ACTO TERCERO
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Una cocina montañesa con el llar en el suelo, gran campana, espetera brillante, de cobre, colmada botijera y bancos rústicos de nogal. Hay varios taburetes de la misma madera, una puerta lateral que comunica con el interior, y otra grande, abierta sobre el portal con una ventana pequeña en la misma dirección. Ha pasado la noche y ha salido el sol encima de la nieve: su luz debe asomarse a la escena.
ESCENA PRIMERA
LUISA y ANTONIO
LUISA
(Trajinando.) ¡Qué cosas se ven en este mundo!... ¡Mira que llegar yo aquí al amanecer y encontrarme a Irene y a Marcela juntas en un mismo banco!
ANTONIO
(Con alguna suficiencia, mientras pasea y fuma.) Las mujeres sois así: tan repentinas para aborrecer como para perdonar.
LUISA
Ellas no se aborrecen...
ANTONIO
Pues esa es la cuestión; que en los quebraderos de esta casa todo el personal es de valía... Marcela una venturada que no hay más que pedirle; ya lo estamos viendo; mejor criatura no cabe. Andrés, bueno a carta cabal, amigo de los pobres y pronto a sacarnos de un apuro al que más y al que menos... ¡Da en cara verle padecer el humor de la melancolía!
LUISA
(Cavilosa.) ¡Sí; llevas razón!
ANTONIO
Y si vamos a Irene, otra infeliz. Desde el percance aquel no ha vuelto a dar qué hablar ni ese es el camino... Ella trabaja, sola y enferma, dale que dale, y puja con la vida siempre clavando los ojos en este llar, donde le recogieron al hijo.
LUISA
¡Por ahí duele! (Acabó de ordenar la cocina y atiende con mucho interés a la conversación: hablan en voz discreta.)
ANTONIO
¿Y van a estar los tres como en el Purgatorio, talmente, hasta el sin fin de los años?
LUISA
(Desanimada.) ¡Qué sé yo!
ANTONIO
¡Es el sino de las personas, no digas!... Nacen con la negrura de un desvelo, como quien saca una pinta en la piel, y arrastran aquella nube hasta que vuelven a la tierra.
LUISA
¡Será... será! (Pausa.)
ESCENA II
Dichos y MARCELA
MARCELA
(Saliendo del interior, siempre con aire inquieto.) ¡Qué largas se me van a hacer las horas de aquí al mediodía!
ANTONIO
Paréceme que antes no pueden venir. Porque Andrés aguardará a que el sol caliente para traer a los muchachos poco a poco.
LUISA
Y si no llegan a eso de las doce, suben a buscarlos.
ANTONIO
(A MARCELA.) No sé si habrán subido ya; porque todo el pueblo está pendiente de tus cavilaciones.
MARCELA
Nos queréis bien.
ANTONIO
Merecido estará.
LUISA
(A MARCELA.) ¿Por qué no te acuestas un rato y yo me quedo aquí a la mira?
MARCELA
No estoy cansada... Después de calentarme a la lumbre maté el frío y el sueño y no me importaría quedarme en vela otra noche.
LUISA
¡Gastas recia salud!
MARCELA
¡Si la pudiera repartir!...
ANTONIO
(A MARCELA.) Ya que no mandas ninguna cosa voy a soltar el ganado y volveré más tarde.
LUISA
Es lo mejor.
MARCELA
Sí; comeréis con nosotros.
ANTONIO
Hasta luego. (Sale despacio.)
LUISA
(A ANTONIO.) ¿Sabes qué hora es?
ANTONIO
(Deteniéndose en la puerta a mirar hacia delante quitándose el sol con la mano.) Las ocho dadas, que ya cayó la sombra en la cerca del maestro.
ESCENA III
MARCELA y LUISA
MARCELA
Entonces, si te puedes quedar aquí voy un rato a la iglesia. Se me hará el tiempo más corto y aprovecharé la blandura que siento en el corazón.
LUISA
Yo te aguardo lo que necesites, y contenta, porque te veo más animosa.
MARCELA
¡Qué buena eres conmigo!
LUISA
Si te sirvo de algo no haré más que corresponderte.
MARCELA
Me sirves de mucho. Desde ayer puedo rezar y no se me endurecen los pensamientos, cerrados en la esclavitud... Es como si te diese un poco de este peso que me agobia.
LUISA
Me lo diste y se me aposentó aquí. (Señalándose el pecho.)
MARCELA
Pues con llevarlo tú me alivias. Me consuela saber que tengo a quién decirle hasta dónde se me hunde la compasión y la ternura por Jesús; como le quiero de un modo diferente a las otras madres que en el hijo disfrutan bienandanzas y goces... En mí todo el amor es una cuita que me consume... un dolor que me parte las entrañas...
LUISA
¡Así será para Irene!
MARCELA
¡Te acordaste de ella!, ¿verdad? ¿Qué haré yo, Luisa?
LUISA
¡Bien lo considero!...
MARCELA
Muchas veces en tantos años de padecer, tuve tentaciones de confesar a gritos mi culpa, que a todos nos aflige.
LUISA
¡Es un caso muy fuerte!
MARCELA
(Con pasión.) ¡Y está Andrés por el medio!
LUISA
Pero él es tu marido.
MARCELA
(Sordamente.) ¡Por gratitud!
LUISA
¡No, mujer!
MARCELA
¡Por Serafín!
LUISA
¿No dices que quiere más al otro?
MARCELA
En el hijo dañado le tira la pasión; en el saludable el orgullo...
LUISA
Andrés es bueno...
MARCELA
Sí, pero no la olvida; no la puede olvidar, ¡y si supiera!...
LUISA
¿Y cómo anoche la diste arrimo?
MARCELA
No te lo sé decir... Toda la lástima y el sentimiento subiéronse a mi boca de un pronto. «Estaba» ahí esperando como yo: la llamé y vino. Juntas lloramos y yo sentí consuelo al cobijarla. Pero si nos hallaste juntas... ¡nos apartaban muchas cosas!...
LUISA
¡Se te haría la noche un siglo!
MARCELA
Al revés... se me pasó como un vuelo. Las penas se me pasmaron aturdidas y ya no supe si yo era yo.
LUISA
Estarías trasoñada.
MARCELA
Estuve con los ojos abiertos como ahora.
LUISA
(Con mucho interés.) ¿Y ella?
MARCELA
Ella, igual.
LUISA
¿Hablasteis?
MARCELA
(Con voz sorda.) No: lloramos.
LUISA
¿Y no te dió recelo su mirada como otras veces?
MARCELA
Ninguno: con el llanto se le apagó la lumbre de los ojos...
LUISA
Parece mentira... Ahí en la soledad oscura, yo lo que tú me traspaso de miedo.
MARCELA
Había mucha luz. Como está creciendo la luna, quebró las nubes y se puso cada vez más blanca la noche... Según el ábrego iba deshaciendo la nieve, llenóse el valle con el vocerío de la riada...
LUISA
(Interrumpiéndola.) ¡Ya lo creo! Estaban rotos los azutes del ansar y los saetines del molino.
MARCELA
Y bajaban despeñados los chortales del monte. ¿Los oíste?
LUISA
¡Qué había de hacer!
MARCELA
(Con honda evocación.) Pues yo no sabía si aquel llorar tan grande era de Irene o mío, o de todas las tristezas de la vida juntas.
LUISA
Es que soñabas sin dormir.
MARCELA
Con todo y eso, no se me despertaron las agonías tan duras como ayer y ahora parece que se me derrite un poco la pesadumbre con el sol.
LUISA
(Alentándola.) Sí, Marcela, a ver si te recobras: Dios te ayudará.
MARCELA
(Con alguna esperanza.) ¡Ay!, mucho se lo tengo que pedir... Voy a buscar la mantilla. (Entra en la casa.)
LUISA
(Sola.) Y yo a sacar unos cántaros de agua y a gobernar allá dentro. (Hay un silencio, mientras el cual LUISA dispone los cántaros.)
MARCELA
(Sale con la mantilla en la mano y se la va poniendo.) Si algo ocurre te acercas a llamarme, ¿eh?
LUISA
Vete sin cuidado. (Se va MARCELA.) ¡Pobre criatura! ¡Lo que ella pena y se martiriza por el amor del su hombre!... Y él, tan amargo y sobrecogido como si la ventura le supiera a hieles. ¡Qué vida, Señor!
ESCENA IV
CARMEN y LUISA
CARMEN
(Llega con un cántaro y un botijo a sacar agua también. Habla con tono de misterio y emoción.) Una que va por ahí delante, ¿es Marcela?
LUISA
Lo será, porque acaba de salir.
CARMEN
Víla al doblar la cerca del maestro y no pude fijarme bien. ¿Iba a la parroquia?
LUISA
Eso mismo.
CARMEN
Entonces, ¿no sabéis lo que pasa?
LUISA
(Con inquietud.) No..., ¿qué?
CARMEN
Pues dicen que bajó Andrés con un muchacho sólo entre los brazos y que al otro le dejó muerto encima de la nieve.
LUISA
(Muy apurada.) ¿Cuándo? ¿Quién lo dice?
CARMEN
El serroján lo habló en la mi cambera.
LUISA
Pero, ¿dónde están?
CARMEN
Venía Cándido de casa de Flora y decía que estaban allí; que llegaban aterecidos y los querían fortalecer un poco, antes que los viese Marcela.
LUISA
¿Será verdad?... ¡Era lo que faltaba!... ¿Y cuál niño dicen que pereció?
CARMEN
Eso no lo sé.
LUISA
¡Ay, no quisiera encontrarme aquí!
CARMEN
Yo me vine a buscar agua para enterarme de si era cierto.
LUISA
(Perpleja.) ¿Y qué hago yo ahora?... No; a Marcela no la llamo hasta saber...
CARMEN
(Mirando hacia el camino.) ¡Ahí vienen!
LUISA
(En la misma actitud.) ¡Andrés!... ¡Si parece más viejo!... ¿Qué habrá sucedido?
ESCENA V
Dichas, ANDRÉS, MANUEL, ELÍAS; después ANTONIO.
ANDRÉS
(Con la cabeza descubierta. En zapatos; traje de pana con remonta. Aspecto de fatiga y desesperación. A LUISA.) ¿Marcela?
LUISA
(Temblando.) No está.
ANDRÉS
¿Cómo?...
LUISA
Fué a la iglesia y vendrá en seguida... Pero, ¿qué te pasa?
ANDRÉS
(Se deja caer en una silla, con la frente entre las manos. Todos le rodean en actitud solícita y penosa.) ¡El jayón!... (Con amarguísimos acentos.) No era más que eso..., ¡un pobre jayón!...
LUISA
(A los pastores.) ¿Qué dice?
CARMEN
(Comprendiéndolo.) ¡Es Jesús el que ha perecido!
ELÍAS
Sí.
LUISA
¡Virgen de los Dolores!
MANUEL
¡Y del mal, el menos!
ANDRÉS
(Levantando la cabeza; saturada la voz de amargura.) ¡Eso es!... Un niño sin padres, raquítico, inútil, para nada sirve en el mundo.
MANUEL
Hombre, eso no... (Alusivo.) Bien consideramos la pena tuya.
ELÍAS
(En el mismo tono.) Y conocemos que él y tú... ¡Claro está!
CARMEN
(Corroborando.) ¡Las cosas de la vida!...
LUISA
(Aparte.) ¡El hijo de las dos madres!...
ANTONIO
(Llega buscando a ANDRÉS y le abraza contristado.) Andrés: supe ahora mismo la desgracia...
ANDRÉS
(Con honda intención.) Una desgracia, sí... aunque no lo parezca.
ANTONIO
¿Quién lo había de pensar? Ibamos a subir a buscarte sólo por tu mujer. (Mirando alrededor.) ¿Dónde está ella?
CARMEN
Yo iré a llamarla.
LUISA
(Deteniéndola con viva ansiedad.) No vayas, no... Ahora viene...
ANDRÉS
¡A tiempo llegará!
ANTONIO
(A los pastores.) ¿Dónde le encontrasteis vosotros?
ELÍAS
Vímosle bajar por la calzada y fuimos a ayudarle.
MANUEL
Venía con cara de difunto, cargado con el hijo.
ANTONIO
¿Y Serafín?
ELÍAS
La tía Remedios le está aliñando para traérsele a su madre.
LUISA
(Aparte.) ¡Pobre Marcela!
ANTONIO
(A ANDRÉS, que permanece absorto en un dolor sombrío.) Pero ¿cómo fué eso?
ANDRÉS
¡Por mi culpa!
ANTONIO
A ver: dilo.
MANUEL
Sí, hombre, cuenta. (Todos se preparan a escuchar con mucho interés.)
ANDRÉS
¿Qué voy a deciros? No vale para contado. (Pausa.) Cuando ayer barrunté la nieve en los cielos y en el aire, quise venir antes que reventara la nube, creyendo que había lugar...
ELÍAS
¿Y salisteis?
ANDRÉS
Esa fué mi torpeza. Jesús no había querido almorzar. Ardía y temblaba, y me entró la prisa de traerle. Como a la hora de camino, en la mitad del monte, nos alcanzó la lluvia de través, un cierzo helado que se volvía nevasca, todo envuelto en huracanes. Entonces quise volverme al invernal... Pero ya estaban rasas las veredas: nos cegaba la nieve; perdí el tino y erré el sendero.
MANUEL
¡No hay mucho que asombrarse!
ELÍAS
¡El temporal aturde al más valiente!
ANTONIO
¡El monte es cosa muy seria!
ANDRÉS
(Con la voz traspasada por el desaliento.) ¡Para qué voy a contaros más!
ANTONIO
Sí: acaba.
CARMEN
¿Cómo fué lo del niño?
LUISA
¡Dilo pronto, Andrés!
ANDRÉS
¡Que le roían la tristeza y la enfermedad y no pudo resistir como el otro!... Fuí tirando por ellos monte arriba igual que un orate, pensando acertar con la cabaña. Puse en los hombros a Jesús y llevé de la mano a Serafín no sé qué tiempo... Era todo el aire una pura cellisca y la tormenta rodaba con tronidos y relámpagos.
MANUEL
¡Pues no bregaste tú poco!
ELÍAS
Sí; que empezó a tronar a media tarde.
ANDRÉS
¡Y a escampar también!
ELÍAS
Eso.
ANDRÉS
Pero ¿sabéis dónde estábamos a aquella hora?
MANUEL
¿Dónde?
ANDRÉS
En el soto de la Cruz.
MANUEL
(Alteradísimo.) ¿En el invernal?
ANDRÉS
Sí.
ELÍAS
¿Y diste unas voces?
ANTONIO
¡Marcela acertó!
LUISA
¡Fué una corazonada!
ANDRÉS
(A los pastores, muy asombrado.) ¿De qué sabéis?...
MANUEL
¿Oíste el ijujú?
ANDRÉS
(Levantándose, con tremenda ansiedad.) Me lo pareció: ¿erais vosotros?
ELÍAS
(Desolado.) Sí; ¿cómo íbamos a pensar que eras tú?
ANDRÉS
Pero ¿escuchasteis mi grito?
MANUEL
¡El tuyo fué; no le tuvimos por cosa humana!
ELÍAS
Contamos que al hundirse gemía el invernal...
MANUEL
¡Que aullaba el viento!...
ANDRÉS
(Entre dolido y desesperado.) ¡No me disteis socorro!
MANUEL Y ELÍAS
(Muy afligidos, abrazándole.) ¡Andrés!
ANTONIO
(Con cierta pavura.) El monte es así, como una madriguera...
MANUEL
(En el mismo tono.) ¡Igual que una sima!...
ELÍAS
(A ANDRÉS.) Repara que tampoco tú fiaste en nuestra voz.
ANDRÉS
(Muy abatido.) Tampoco; asubié en la cabaña porque ya no podía Serafín andar ni yo mismo debatirme contra la fatiga y la inquietud. Esperaba allí una ayuda de Dios: ¡llegó el milagro y no tuve fe!... Respondí con un grito a otro apagado entre la nieve y el vendaval; pero respondí sin confianza, como quien sueña o tiene calentura, y no hallé amparo...
ANTONIO
(Profético.) ¡Es el destino de cada cual!
LUISA
(Llorosa.) ¡Qué lástima!
CARMEN
(Lo mismo.) Da mucha compasión.
ANDRÉS
(Vuelve a sentarse, caído en su quebranto.) ¡Sí; la suerte suya!... ¡Tenía que morirse a las inclemencias del cielo, según había nacido!
LUISA
¿Fué allí en el invernal?
ANDRÉS
Ni eso siquiera. Toda la noche padeció sin lamentarse, con los ojos más despiertos que nunca, mientras Serafín, deshambrido y cansado, acabó por dormirse. Bajo las hendeduras abiertas a los temporales no les hallé apenas el abrigo de un rincón y ni un puñado de rozo o de escamonda para mullirles una cama. Quise darles calor con mi cuerpo y no logré que Jesús dejara de temblar...
MANUEL
A lo menos tuviste luna.
ANDRÉS
Sí; muy grande y muy amarilla; ¡más triste que las mismas tinieblas!...
LUISA
¿Y después?
ANDRÉS
De amanecida empezó a crujir la techumbre con señales de hundirse. Saqué a los niños fuera, de un brazado, y se vino abajo lo que quedaba del invernal.
ANTONIO
¡Miray que es mala suerte!
MANUEL
¡Apañado estuvo!
LUISA
(A ANDRÉS, apremiante.) ¿Y qué?
ANDRÉS
Era en el valle de noche, pero hacía bonanza y ya en las cumbres quería salir el sol. Cobré ánimo, tomé rumbo de cara a la llanura y volví a cargar con Jesús; ya no le ardían más que los ojos y parecíame que estaba mejor. Pero Serafín, al despertar, sintió hambre y empezó a dolerse, muy cansado y lloroso. Y va y me dice:—Me quieres menos que a Jesús; por eso le llevas siempre a él... (Con la voz muy ensordecida.) ¡Tenía razón!... Yo entonces preguntéle al dañado. ¿Puedes andar? Y fué y contestó:—Sí. Le posé y cargué al otro... Al poco tiempo rodaba en la nieve Jesús detrás de mí. Conté que se había resbalado y quise levantarle, pero no se movía; estaba yerto. Me hinqué al lado suyo; le llamé:—¡Jesús... Jesusín!... y comenzó a reirse... ¡ja ja ja!... (Ríe de un modo siniestro.)
LUISA
(Con asombro mientras todos se alarman.) ¿A reirse?
ANDRÉS
(Poseído por la profunda emoción de su relato, se obsesiona con el recuerdo de la risa fatal, y la repite aunque con la mano sobre la boca la quiere contener.) ¡Ja ja ja!... Así ríen los que se hielan. (Sigue riendo.)
CARMEN
¡Se trascorda!
ANTONIO
(Asustado.) Pero, hombre; ¿estás en ti?
ANDRÉS
(Se domina, se levanta y continúa con la más elevada pesadumbre.) ¡Lo estoy!... Íbase la risa del niño por el monte abajo sin dejar de oirse... ¡todavía se oye!... y los ojos le relucían como un cristal, llenos de lágrimas, abiertos contra las nubes, mirando al sol... Dentro de ellos el alma fuese apagando como un cirio cuando se consume; hasta que se le nublaron los últimos ardores con una sombra muy fría, y toda la carne de la criatura se cuajó en cera mortal... (Las mujeres sollozan; los hombres se muestran muy enternecidos.) Eché a correr con el hijo que me quedaba y dejé allí solo al inocente... No le sirvieron estos brazos míos para nacer ni para morir... Una noche, hace ya nueve años, temiendo que pereciese de frío y de hambre, le abrí esa puerta y le calenté en ese llar... ¡Bendita sea la mujer que le remedió!... Pero Jesús traía consigo la condena, arrastraba una culpa, y luego de padecer toda su vida, tenía que morir de hambre y de frío, sin un regazo, sin un consuelo... ¡delante de mí!...
ESCENA VI
Dichos, IRENE, después MARCELA
IRENE
(Llega en silencio cuando ANDRÉS pronuncia las últimas palabras. Demuestra una ansiedad desgarradora.) ¡Andrés... Andrés!... ¿Qué es lo que dices?
ANDRÉS
(Con un grito inexplicable.) ¡Irene!... ¿Tú?...
IRENE
(Mirándole con suprema angustia.) ¿Es verdad que dejaste a Jesús muerto en el monte, solo, encima de la nieve?
ANDRÉS
(Bajando la cabeza al peso de toda su amargura.) ¡Es verdad!
IRENE
(Trastornada por la pena.) ¡Ah! ¿Qué has hecho de él?... ¿Qué has hecho, di?
ANDRÉS
¡Lo quiso Dios!
IRENE
(Desesperada.) ¡Mi hijo... mi hijo! (ANDRÉS hace un generoso movimiento para recibirla en sus brazos pero se detiene con un sollozo y LUISA y CARMEN la reciben en los suyos piadosamente.)
LUISA
(A IRENE y ANDRÉS.) ¡Se os escapa a gritos el secreto!
MARCELA
(Sin aparecer, llamando con ansia.) ¡Luisa!... ¡Luisa!...
ANTONIO
¡Ahí viene Marcela!
ANDRÉS
(Dominándose.) Mucho la debo, pero algo se lo voy a pagar.
IRENE
(En medio de su llanto.) ¡Sí; con mi carne!...
ANDRÉS
(Mordiendo la frase con pasión.) ¡Y con la mía!
LUISA
(Ha salido a recibir a MARCELA que llega desolada, con la mantilla caída en los hombros.) ¡Detente... aguarda!
MARCELA
(Desasiéndose.) ¡No... no!... ¿Dónde está Andrés?
ANDRÉS
(Acogiéndola en un abrazo.) ¡Aquí!
MARCELA
(Mirando en torno suyo como una loca.) ¿Pero qué sucede? ¿Dónde están los niños, dónde?
ANDRÉS
(Solemnemente.) ¡Salvé al hijo tuyo, mujer!
MARCELA
(Convulsa.) ¿Al mío?... ¿al mío?... ¿A cuál?
ANDRÉS
Al tuyo: ¡a Serafín!
MARCELA
(Con un grito indecible.) ¡Hijo de mi alma! (Oculta la cara entre las manos con infinita desolación... Después de una pausa habla exaltadamente.) ¡No, ese no es el mío, no; el mío es el otro, el otro!
IRENE
(Absorta.) ¿Qué dices?
ANDRÉS
(Asombradísimo.) ¿Cómo?
TODOS
(Con vivísima ansiedad.) ¿Qué?
MARCELA
(A ANDRÉS.) Dime tú qué fué del infeliz. ¿Dónde está?... ¿No alienta?... ¿No le veré ya nunca, nunca?
ANDRÉS
(Angustiado.) ¡Vivo, nunca!
MARCELA
(Abrumadísima.) ¡Ah!
ANDRÉS
(Siempre con voz opaca.) Le alcanzaron la nieve y el mal... y le dobló la muerte allá arriba.
MARCELA
(Delirante.) ¡El castigo, el castigo!
ESCENA VII
Dichos, REMEDIOS y SERAFÍN
REMEDIOS
(Llevando de la mano al niño, que viste blusa y pantalón largo y representa nueve años muy gentiles.) Aquí tenéis al muchacho tan campante.
MARCELA
(Mira al niño con extravío y le empuja al medio de la escena.) Pues éste, éste es Jesús, el jayón... Te le devuelvo, Irene, toma: ¡no llores más por él!
IRENE
¿Que este es Jesús?... ¡Mi hijo!... ¿No me engañas?
ANDRÉS
(A Marcela, con ansiosa inquietud.) ¿Pero es verdad?
LUISA
(Suplicante.) ¡Marcela, por Dios!
MARCELA
(A su marido.) ¡Es verdad! (A IRENE.) ¡No te engaño! (Señalando al niño.) Quise valerme de él contra ti, y no quiso el que todo lo puede!... Este niño es el vuestro, el saludable y dulce, el de los ojos verdes que embrujan como los tuyos. (Habla con pasión y violencia, arrepentida y desesperada a un tiempo, mientras IRENE se sacia mirando al hijo y le tiende los brazos.) ¡Fíjate! Cuando Andrés le mira, es igual que si te mirase a ti.
IRENE
(Mirando y abrazando al niño, que se resiste asustado.) ¡Yo no pienso en Andrés!
MARCELA
(Con lógica brutal.) ¡La que se lleva al hijo se lleva al hombre!
IRENE
No; al hijo nada más; al hijo, sí; ¡ven! (Muy codiciosa.)
JESÚS
(Lloroso, muy aturdido, queriendo irse con MARCELA.) ¡Madre!
ANDRÉS
(Aparte.) ¡No acabo de creerlo!
MARCELA
(Echando al niño con brusquedad en brazos de IRENE.) ¡Esa es tu madre! (A ella.) ¡Tómale!... Te le doy y me quedo sola en el mundo, como estabas tú...
ANDRÉS
¡Calla, calla, te confiesas a voces!
MARCELA
(Con infinita amargura.) ¡Como los sentenciados a muerte! (Haciendo un ademán de huída.) Ahora... ¡adiós!
ANDRÉS
(Adelantándose a detenerla.) ¿Que te vas? ¿adónde?
MARCELA
(Pugnando por soltar la mano con que la sujeta su marido.) Por la nieve adelante, por los caminos altos donde las criaturas perecen de frío y pesadumbre...
IRENE
(Aparte.) ¡Como el hijo suyo!
ANDRÉS
(Compasivo.) ¡No, eso no!
MARCELA
(Con obscura intención.) Si cada alma vuelve a su estrella, yo quiero acercarme a la mía sola y en paz.
ANDRÉS
Y yo no puedo abandonarte.
MARCELA
(Imperiosa, magnífica en su terrible desesperación.) ¡Déjame, Andrés! Ya oíste mi culpa: no te acuerdes más de mí!
ANDRÉS
(Muy sombrío.) ¡No sé lo que oigo!
MARCELA
¡Sí; lo que no sabes lo adivinas!... Nada me preguntes ni me prometas: me duele tu caridad... ¡Quédate con ellos!
ANDRÉS
(Vacilante.) ¡Pero, aguarda!
MARCELA
¡No! ¡Quiero acabar de arrancarme el corazón! (Volviéndose a la gente que escucha con murmullos de inquietud y compasión.) Que nadie me siga: ¡Que nadie me busque!
ANDRÉS
(Porfiando débilmente.) ¡Marcela!
MARCELA
(Empujándole hacia IRENE y JESÚS con un sollozo que más parece un rugido.) ¡Quédate ahí! (Huye desatinadamente, mientras IRENE y ANDRÉS se miran con infinita ansiedad.)
IRENE
(Dando un paso hacia el hombre como para retenerle, con descubierta pasión.) ¡Andrés!...
TELÓN.