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El Jayón

ACTO SEGUNDO

Reading edition

La misma decoración. Han pasado nueve años, nieva y es media tarde en el mes de febrero.

ESCENA PRIMERA

MARCELA, después LUISA

MARCELA

(Con un chal obscuro atado a la cintura, se asoma al borde del portal en atisbo impaciente de la borrasca, muy afligida.) ¡Virgen Santa!... Arrecia el temporal y Andrés no vuelve con los niños... ¡Buena locura haberlos dejado ir!... ¿Qué será de ellos, Señor?

LUISA

(Envuelta en un mantón, con abarcas, llega muy arrebujada, llamando desde el camino.) ¡Marcela!... ¿Dónde estás?

MARCELA

Aquí, ¿dónde quieres que esté? Clavada en esta linde, esperando que pase la cellisca, pidiéndole a Dios que «aquellos» vuelvan sin mal ninguno.

LUISA

(Desembarazándose un poco del chal.) Ya sabía yo que estarías así, con el alma en un hilo, hecha una calamidad... Por eso vine.

MARCELA

(Agradecida.) Hiciste bien.

LUISA

(Mirándola con aire de reproche.) No; si tú no vas a llegar a vieja: ¡lo digo yo!

MARCELA

(Pesimista.) ¡Poco me falta!

LUISA

(Con indignación.) Pues, hija, ¡te luciste! Vieja tú, a los treinta años, con una salud como un roble; con esa cara; con ese pelo... ¿qué diremos, entonces, las demás?

MARCELA

¡Ay Luisa, he sufrido tanto!...

LUISA

(Animosa.) Para todo da el tiempo.

MARCELA

¡Y lo que me espera!

LUISA

Mira, si te pones de pésame me vuelvo a mi casa.

MARCELA

(Sentándose y poniéndole otra silla.) ¡Si supieras lo que estoy padeciendo!

LUISA

(Sentándose.) Pero criatura, atiéndete a razones: Andrés salió con los muchachos ayer a media tarde.

MARCELA

Sí; estaba el día nublado y sereno.

LUISA

¡Ya lo sé!... Pensaban dar la vuelta hoy, tal como a estas horas.

MARCELA

Eso mismo.

LUISA

Y como nieva, y como en el invernal están asubio, con torta caliente y leche abundante... ¡pues no vuelven hasta que mejore el tiempo!

MARCELA

(Sin persuadirse.) Es que Jesús está cada día peor... Yo creo que tiene calentura: no come, no duerme... y tiemblo por él.

LUISA

¿No decís que el monte le prueba, y que el médico le manda subir?

MARCELA

Por eso subió; porque arriba duerme y come algo más, y Andrés le lleva a menudo.

LUISA

(Convencida.) Pues habrá dormido y habrá cenado anoche.

MARCELA

¡Pero el frío le hace mucho daño!

LUISA

Tendrán buena lumbre. Además ha calentado un poco la tarde. Mira: ya me sobra el mantón. (Echándole para atrás sobre la silla.) Todo eso que ves (Señalando hacia fuera) no va a durar ni veinticuatro horas. Va a saltar el ábrego y a barrer la nevada en un periquete.

MARCELA

(Que permanece ensimismada.) ¡Ay, tú me animas!

LUISA

A eso he venido.

MARCELA

Pero no sabes...

LUISA

¿Qué es ello, di?: vamos a ver.

MARCELA

(Con voz sorda.) No... no.

LUISA

Bueno: pues no lo dices y en paz.

MARCELA

(Pasándose las manos por la frente.) ¡Dios mío! (Para esconder su pensamiento se levanta y vuelve a escrudiñar los horizontes.) Cunde la nieve; se rasan las veredas... todas las lejuras parecen una sola mortaja... (LUISA se asoma también a mirar.) Oye, oye los frémitos del aire, los clamores del agua en el fondo de la hoz...

LUISA

(Le interrumpe.) Sí, Marcela, sí; ya veo, ya oigo... Cuando hay un temporal aquí, en el mes de febrero, suele suceder que cae la nieve; que la tierra parece mismamente una difunta; que el viento muge igual que un toro; que el río se pone ronco de dar voces...

MARCELA

Tú lo dices así porque no tienes un hijo en medio de la borrasca.

LUISA

¡Mujer, ni tú tampoco! El tu muchacho, valiente y robusto, que salta y brinca lo mismo que un rebeco, está con su padre en la cabaña; no en medio de la sierra...

MARCELA

(Confusa.) Pero Andrés se verá muy mal con el otro, enfermo...

LUISA

El otro... el otro...

ESCENA II

Dichas y REMEDIOS

REMEDIOS aparece en el camino con la falda por la cabeza, descubriendo un refajo rojo. Lleva abarcas y una toquilla cruzada a la cintura.

REMEDIOS

¡Eh, Marcela, aquí estoy yo!

MARCELA

(Asomándose a encontrarla.) Pase, pase, tía Remedios.

LUISA

Venga con Dios.

REMEDIOS

(Dejando caer el vestido.) ¡Ah, tienes buena compaña! Pues, hijuca, lleguéme acá pensando que estarías sola.

MARCELA

Se lo agradezco. (Acerca otra silla para REMEDIOS y las tres se sientan.)

REMEDIOS

Y a saber si habían venido los del invernal. (Saca de una gran faltriquera una media empezada y unos espejuelos que se pone y comienza a tejer.)

MARCELA

¡No fuera malo!

LUISA

Ya le digo yo, que vendrán así que escampe.

REMEDIOS

¡Eso es!... Y en el ínterin, no te apures, que buena cabaña tienen.

MARCELA

(Sin tranquilizarse.) ¿Y si les ha cogido fuera la nevisca, ya en el retorno, es un suponer?

LUISA

(Impaciente.) ¿Y si llega el día del juicio final?

MARCELA

¡Ay, Dios mío!

REMEDIOS

(Sacando de la faltriquera un mazo de algodón.) Miray, y si no hacéis nada, devanarme esta madeja.

LUISA

(Cogiendo el mazo y desdoblándole.) Venga; no nos ha de sobrar mucha luz, por eso no traje labor.

MARCELA

Yo no puedo hacer nada: me sería imposible.

LUISA

(Alargándole la madeja para que le ayude.) ¿Ni tener aquí?

MARCELA

¡Ni eso!

LUISA

¡Válgame el Señor! (Se levanta, cuelga la madeja en el respaldo de la silla y se pone a devanar.)

REMEDIOS

(A LUISA.) Bien considero lo que padece esta infeliz, que el que tiene un hijo solo, está siempre si le ve o no le ve.

LUISA

Yo, ¡como no tengo ninguno!

REMEDIOS

¡Y no estarás conforme!

LUISA

¡Qué remedio me queda!

MARCELA

¡Dichosa de ti!

REMEDIOS

(Suspirando.) ¡Ay, una sola he criado yo, de seis que tuve, y quisiera meterla en un fanal!

LUISA

Tú, Marcela, no has pensado siempre como ahora.

MARCELA

Tienes razón.

LUISA

Esperaste a Serafín como si fuera el premio gordo.

MARCELA

Mucho más: hubiese dado media vida por él.

LUISA

Como tardaba en venir, toda te volvías ofertas y peregrinaciones...

REMEDIOS

¡No sabe una lo que pide!

MARCELA

(Evocadora.) Sí; me puse muchas veces en cruz a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fuí sola, cuando llenó la luna, a beber agua en la fuente del argomal...

REMEDIOS

Dicen que tiene mucha virtud.

LUISA

(Incrédula.) Puede ser.

REMEDIOS

(A LUISA.) ¿Tú no has hecho la prueba?

LUISA

No, señora; yo no.

MARCELA

(Embargada en sus recuerdos.) Una noche, la última que fuí, campaba la luna, para mi cuenta, más grande y más luciente... Era por el mes de mayo; estaban las árgomas en flor, olía todo el valle a madurez y un malvís cantaba como un loco en el ansar... (Ni LUISA devana ni REMEDIOS teje.) Llegué a la fuente, me hinqué a beber en la misma boca del manantío, y al levantarme vi una mujer a mi lado.

REMEDIOS

¡Te quedarías como lela!

LUISA

¿No sería tu sombra?

MARCELA

Una sombra muerta me pareció... pero estaba viva... Tenía los ojos del color del bosque; los pasos, chitos; el habla, muda...

REMEDIOS

No digas más: ya sabemos quién era.

LUISA

¿Y qué hiciste?

MARCELA

Eché a correr sin buscar el sendero. El vestido se me enganchaba en las púas de la ramazón, y pensaba yo que «la otra» corría detrás de mí; que me quería detener, que me iba a matar... rodé por la tierra, volví a levantarme...

REMEDIOS

Sólo de oirlo se me acorta el resuello, muchachas.

LUISA

Y se pone un ñudo en el corazón.

MARCELA

Pasaron nueve años, y tengo patente en el alma, como si fuera hoy, aquella noche blanca de luna y de miedo, llena de flores amarillas, que me tiraban de la ropa... (Va anocheciendo. Se oyen pasos en el corral. LUISA, que sigue de pie, se asoma a ver quién llega, sin soltar el ovillo que devana.)

LUISA

Aquí viene Antonio.

REMEDIOS

(A MARCELA, volviendo a su labor.) ¡No sé cómo lograste el hijo, con el susto y la caída!

MARCELA

(Aparte.) ¡Lograrse! ¡Más se logró el de «ella»!

ESCENA III

Dichas y ANTONIO

ANTONIO con abarcas y tapabocas y un paraguas grande, de color, abierto.

LUISA

(Esperando a su marido al borde del portal.) ¿Venías a buscarme?

ANTONIO

No; vengo a preguntar por Andrés.

LUISA

No ha llegado.

MARCELA

(Levantándose muy impaciente. Va al encuentro de ANTONIO.) ¿Sabes tú algo de ellos?

ANTONIO

Ni una palabra. Pero oí decir que bajaban ahora dos pastores con el serroján, y acerquéme por si habían traído algún mandado.

LUISA

No hemos visto a nadie. (Vuelve a devanar.)

MARCELA

¿Qué pastores dices?

ANTONIO

Manuel y Elías, de la cabaña de Cos.

LUISA

Y el serroján será Cándido, ¿eh?

ANTONIO

El mismo.

REMEDIOS

(Sin dejar su calceta.) ¡Diez años hace que espera subir hasta pastor!

MARCELA

(Siempre muy preocupada.) ¿Y a qué vienen?

ANTONIO

A buscar harina para la borona por si se cierra el tiempo a nevar.

MARCELA

(A LUISA.) ¿Lo ves?

LUISA

(A su marido.) Está empeñada en que va a durar la tormenta hasta el verano.

ANTONIO

Pues yo barrunto que será cuestión de pocas horas; ahí ves tú.

LUISA

(A MARCELA.) ¡Claro, mujer!

MARCELA

Entonces, ¿por qué bajan con una tarde así?

ANTONIO

Porque se equivocaron, si a mano viene... En el monte se hacen las horas siglos y parecen los temporales el cuento de nunca acabar.

MARCELA

¿Habrán pasado por Bustarredondo?

ANTONIO

Camino derecho no lo es...

MARCELA

(Con recelo.) ¿No dijiste que podrían traerme alguna razón?

ANTONIO

¡Como poder...!

LUISA

(A ANTONIO.) ¡No la metas en confusiones!

ANTONIO

Es que podían. En la sierra todo está cercano, al respetive... Si se enciende una fogata en el tu invernal (A MARCELA) los otros invernales se dan por entendidos y los pastores se ponen al habla; se ayudan, si lo han menester...

MARCELA

(Que escucha recelosa.) Yo voy a hablar con esos hombres.

REMEDIOS

¡Ay, qué súpita eres!

LUISA

Pero, ¿qué te van a decir?

ANTONIO

Si es por eso, iré yo.

MARCELA

(Resuelta.) No; yo misma. Voy de un pronto y vuelvo a escape.

ANTONIO

Y, ¿adónde?

LUISA

¡Eso digo!

MARCELA

Adonde estén.

REMEDIOS

¿Vas a buscarlos por todo el lugar?

ANTONIO

Habrán ido cada uno a su casa o, juntos, a la taberna.

LUISA

(A REMEDIOS.) Cándido puede ser que esté con Flora, tía Remedios, que, por lo visto, la corteja de viuda también.

REMEDIOS

¡Dióle por ahí...!

MARCELA

(Coge el mantón de LUISA.) Me voy; llevo tu chal.

LUISA

(A su marido.) Anda, hombre; vete tú.

ANTONIO

(Deteniendo a MARCELA.) Voy ahora mismo.

MARCELA

Es que me quedo más conforme si los hablo yo.

ANTONIO

Te los traigo aquí.

LUISA

Muy bien.

REMEDIOS

¡Así se hace!

MARCELA

(Cediendo.) ¿Y no tardarás?

ANTONIO

De la que los tope doy la vuelta.

MARCELA

Bueno, pues anda, sí... (ANTONIO recoge el paraguas y sale.)

ESCENA IV

Dichas menos ANTONIO

REMEDIOS

(Acomodando sus gafas y su labor en la faltriquera.) Y yo, muchachas, voy a dejaros; porque cavilo que ese mozón igual se me cuela donde la hija, y se quedó sola.

MARCELA

Además se está haciendo tarde para usted.

LUISA

(Devanando las últimas vueltas de la madeja.) Sí; que van los caminos muy malos. Ya está el ovillo hecho.

REMEDIOS

(Coge la mano que le ofrece MARCELA para levantarse.) ¡Aúpa!... ¡Ay, hija, estoy muy torpe! (Se cubre otra vez la cabeza con la falda, ayudada por MARCELA.)

LUISA

¿Conque el bueno de Cándido sigue pretendiendo a Flora?

REMEDIOS

No sé qué te diga, mujer. Es como si hubiera nacido de suyo con esa condición; serroján y cortejo de la mi muchacha: de ahí no sale... Pasaron los años, ella se cansó de esperar y casóse con otro. Ahora enviuda, con dos rapaces, y ya le tienes ahí.

MARCELA

Se conoce que la quiere.

REMEDIOS

¿Sabrálo él...?

LUISA

(A REMEDIOS, dándole el ovillo.) Tenga.

REMEDIOS

Dios te lo pague. (Le mete en la faltriquera.) Y tú, hijuca (A MARCELA), no te apures; que ni al hombre ni al hijo tuyo les puede suceder ningún percance. Son fuertes y sanotes; conque, si alguno lo pasa mal, será el jayón...

MARCELA

(Sin poderse contener.) ¡No le llame usted así!

REMEDIOS

Al fin y al cabo nada te toca, y un ser tan ruino poco vale...

MARCELA

(Aparte.) ¡Dios de mi alma!

REMEDIOS

Tú bastante sufriste por causa «de otros»... que tienen muchas culpas que pagar.

MARCELA

(Abstraída, desesperada.) ¡Culpas...! ¡culpas...!

REMEDIOS

Vaya, adiós.

LUISA

Adiós, y tenga cuidado dónde pisa. (Va con ella hasta el corral. MARCELA se deja caer en una silla y se cubre la cara con las manos.)

REMEDIOS

(Alejándose despacio.) Sí; que la nieve resbala mucho.

LUISA

¡Ahinque bien las abarcas...!

ESCENA V

LUISA y MARCELA

LUISA

(Vuelve al portal y queda muy sorprendida ante la actitud de MARCELA.) Pero, ¿vas a llorar ahora?

MARCELA

(Con desolación.) ¿Tú sabes lo que me ha dicho esa mujer?

LUISA

Nada nuevo.

MARCELA

(Exaltada.) Nada nuevo, ¿verdad?

LUISA

¡Claro que no!

MARCELA

(Con impulso irrefrenable.) Aquel hijo que aguardé tres años, de rodillas a la vera del altar y de la fuente, aquel hijo que había de servir de orgullo a Andrés y me iba a vengar para siempre de «la otra»... es Jesús, ¿sabes?... Es Jesús, el niño maltrecho y ruin, ese que vale poco, ese a quien llamáis con desdeño el jayón...

LUISA

(Con asombro inmenso.) Pero... ¿qué dices?

MARCELA

(Delirante lanzada a la confidencia como en un vértigo.) Que los cambié en la cuna, que sentí el bochorno de confesar por mío al jorobado, al que mira todo el mundo con burlas o con lástima, y mentí... los troqué... ¡Soy una criminal!

LUISA

¿Te has vuelto loca?

MARCELA

No, Luisa; estoy en mi sana razón.

LUISA

(Sentándose al lado de MARCELA.) Pero... ¿cómo pudiste?...

MARCELA

Yo sola conocí la desgracia de mi criatura. Tenían los niños tres meses cada uno; eran como dos mellizos de semejantes y únicamente yo los diferenciaba, cuando un día palpé en el pecho de Serafín las costillas viciosas, los huesos retorcidos... Nublé de espanto.

LUISA

¿Y, entonces?

MARCELA

Llamé al médico. Le examinó con señales de compadecerse mucho, y sin decir el mal que tenía, va y me pregunta:—Este niño, ¿cuál es? Yo conocí que le iba a sentenciar para siempre, y como la comedianta que representa una mentira, salté y repuse:—Este es el jayón.

LUISA

¡Te creyó a pies juntos!

MARCELA

Igual que al Evangelio. Aun quiso echarme flores tratándome de generosa y buena porque criaba yo misma al infeliz... Y le sentenció a padecer doblado y enfermo, toda la vida...

LUISA

¡Vaya un trance!

MARCELA

(Con desesperada tristeza.) Desde aquella hora, Serafín, el pobre hijo de mi alma, se llamó Jesús, y ya solo fué mío en las entrañas obscuras de mi corazón...

LUISA

¡Te creímos todos!

MARCELA

Y el primero Andrés... Así empezó mi castigo... Tuve que cuidar al niño ajeno como si fuera el mío, y esconder para el otro el amor y la misericordia...

LUISA

No lo escondiste mucho...

MARCELA

¡Por eso me creisteis llena de virtudes y me ensalzasteis más!

LUISA

¡Dabas un ejemplo tan noble!

MARCELA

Sí; ¡mintiendo...! Andrés me mira como a las efigies de los santos... (Con infinita amargura.) sin conseguir «olvidarla»... Por bien agradecido huye de Irene y quisiera tratar al hijo sano con todas las finuras, creyendo que me premia... A veces le registra los ojos con afán... (Clavando mucho la mirada.) así... así... como un loco... Es que los tiene lo mismo que su madre, verdes, tristes, pungidos de penas y de brasas... ¿te has fijado?

LUISA

En que son muy hermosos; pero en la semejanza no... ¡Cómo se me iba a ocurrir...!

MARCELA

Pues el padre los teme y los busca sin saber por qué... Debe pensar que engendró en mí un hijo lleno de la pasión de la otra, dueño de aquellos ojos y de aquella mirada... En tanto se me oculta para consolar al enfermo imaginando que es el de «ella» y que me duele ese cariño.

LUISA

Por desgraciado le prefiere.

MARCELA

¡Y también porque en él la sigue queriendo todavía!...

LUISA

Tú discurres demasiado. Al cabo del tiempo, Andrés no se acuerda de Irene, que está, la pobre, acabada, consumida...

MARCELA

(Con sombría expresión.) ¡No; que le quedan los ojos!

LUISA

¿Querías que estuviese ciega?

MARCELA

(Misteriosa.) Pero los tiene llenos de lumbre, llenos de esperanza... le viven, allá en la hondura, unos secretos que Andrés no puede olvidar.

LUISA

(Fascinada.) ¿Y tú los descubriste?

MARCELA

No, no... parecen cosa de brujería...

LUISA

(Con la misma inquietud.) ¡Cosa de sortilegio!

MARCELA

Es como si otras almas que sufrieron de amores y de olvidos se asomaran al semblante de esa mujer, para rogar clemencia.

LUISA

(Levantándose y sacudiendo la obsesión.) La mitad de lo que hablas es porque la compadeces y porque...

MARCELA

(Interrumpiendo.) Sí, dilo, dilo: porque tengo remordimientos...

LUISA

¡Mujer!

MARCELA

(Atendiendo a rumores del camino.) Se oyen pasos: viene gente.

LUISA

(Asomándose al corral.) ¡Si ya es de noche!

MARCELA

(Observando también.) Y ha dejado de nevar.

LUISA

Sin duda Antonio vuelve con los pastores.

MARCELA

(Estrechando las manos de su amiga.) ¡Guárdame el secreto, por Dios!

LUISA

Descuida, mujer.

MARCELA

¡Nadie en el mundo lo sabe más que tú! (Llega ANTONIO con los pastores.)

ESCENA VI

Dichas, ANTONIO, ELÍAS y MANUEL.

Los dos últimos llevan zajones a estilo del país, cayados y abarcas.

ANTONIO

(A MARCELA.) Aquí tienes a éstos.

ELÍAS

Buenas noches.

MANUEL

Dios os guarde.

MARCELA

Ya disimularéis el incomodo...

ELÍAS

¡Bah! ¡Siendo cosa tuya y de Andrés!

MANUEL

¡Lástima fuera!

MARCELA

¿Y el serroján?

ANTONIO

Está en casa de Flora y dijo, dice: Dile que no puedo ir.

LUISA

¡Qué zoquete!... Pero no os quedéis al raso. (Viéndoles a la orilla del portal.) Adelante. Voy a encender luz.

MANUEL

(A LUISA.) Déjalo: se ve bastante así.

MARCELA

No, no; os vais a sentar. Ahora sacaré un farol. (Entran bajo el techado y se sientan todos menos las mujeres.)

LUISA

Yo entro por él. (A su marido.) Alúmbrame tú.

ANTONIO

Voy. (Sin levantarse enciende la mecha con mucha calma. LUISA aguarda de pie.)

MARCELA

(A los pastores.) Conque no pasasteis por Bustarredondo ¿verdad? (Sentándose.)

ELÍAS

No.

MANUEL

No es camino ni menos pensarlo.

MARCELA

¡Tengo una inquietud!... Quería saber si es muy recio allá arriba el temporal.

MANUEL

Pues... no sé qué decirte. (ANTONIO alumbra a su mujer y entran en la casa.)

MARCELA

¡Ay, Dios mío; será tremendo!

ELÍAS

De todas suertes ya pasó lo peor.

MARCELA

(Ansiosa.) ¿Si?

MANUEL

¡Toma! Como que saltó el ábrego ¿no le oyes bufar? (Se oye un trueno sordo.)

MARCELA

(Escuchando.) Me parece que lo que oigo es un trueno.

ELÍAS

Eso mismo es.

MARCELA

Entonces vuelve la tormenta.

MANUEL

Al contrario, se va hacia la costa.

ELÍAS

El viento la sorbe. (Luce un relámpago.)

MARCELA

(Se santigua.) ¡Virgen santa!

MANUEL

Todo ese aparato es música celestial.

MARCELA

¿Y en el monte cayó mucha nieve?

ELÍAS

¡Bastante!

MARCELA

¿Como cuanta?

MANUEL

Era nevasca, ¿sabes? de esa que cae en torbellinos y le ciega a uno.

MARCELA

¡Eso temía yo!

ELÍAS

Fué esta mañana; de repente: mostróse el cielo gacho y turbio y empezó una cellisca que tenía que ver.

MARCELA

¡Ay, Señor! (Se levanta y se acerca a la puerta por donde entraron LUISA y ANTONIO.) ¡Luisa!

LUISA

(Desde dentro.) Allá vamos.

MARCELA

Trae un jarro de vino; haz el favor: ya sabes dónde está. (Volviendo a sentarse.) ¡Yo no vivo de incertidumbre!

MANUEL

¡Pero si ya está desnevando!

ELÍAS

¡Y que va por la posta!

MARCELA

(Bajo su preocupación.) ¿De modo que esta mañana hubo remolinos y ventisca?

MANUEL

¡Con fuerza!

MARCELA

¿A qué hora empezó?

ELÍAS

Sobre eso de las diez.

MARCELA

¿Y duró mucho?

ELÍAS

Hasta media tarde. Así que me amainó bajamos nosotros para acá. Ya rodaba la nube contra la llanura y en los pliegues del monte remanecía el ábrego.

MARCELA

En el valle escampó bien anochecido; ahora poco. (Salen ANTONIO y LUISA. Él lleva en la mano, encendido, un farol pequeño, de cuatro vidrios, uno de los cuales gira para servir de puerta. LUISA lleva una jarra de loza con ramos de colores y un solo vaso.)

LUISA

Aquí tenéis.

MARCELA

Sentaros. (A LUISA.) Anda, sirve tú, ¿quieres? (Se sienta ANTONIO.)

LUISA

Ahora mismo. (Escancia y ofrece vino blanco a los pastores y luego a su marido. Beben mientras sigue la conversación; lían cigarrillos en hojas de maíz y los encienden en la mecha del farol, descolgándole del clavo donde ANTONIO le habrá puesto en una viga próxima. Durante la escena, hasta el final del acto, se siguen sucediendo algunos truenos y relámpagos de la tormenta ya lejana.)

MARCELA

Estarán cubiertos los caminos allá arriba, ¿eh?

MANUEL

¡Hazte cargo!

MARCELA

¿Y será fácil perderse?

MANUEL

A todo nevar, sí.

ANTONIO

Porque le envuelven a uno el viento y los copos, y se nubla el sentido.

ELÍAS

Hasta puede uno ahogarse, si se tercia.

LUISA

(Con censura.) ¡Tan grave lo ponéis!

MARCELA

(A LUISA.) ¿Ves cómo yo tengo razón en afligirme?

ANTONIO

Dicen estos que no.

MANUEL

¡Quiá!

ELÍAS

Andrés no sale con los muchachos de la cabaña hoy.

MARCELA

Pero, ¿si salió antes que empezara a nevar?

ELÍAS

(Muy complaciente.) ¡Todo pudiera suceder!

MARCELA

(Alarmadísima.) ¿Cómo dices?

LUISA

¡Hombre, qué ocurrencia!

ANTONIO

¡Qué había de salir!

MANUEL

En lo tocante a eso...

MARCELA

¿Qué?

MANUEL

(Con mucha parsimonia.) ¡Sábelo Dios!

ANTONIO

¡Vaya una salida!

MARCELA

Sí; ¡Dios lo sabe! (A los pastores.) ¿Y no supisteis nada del nuestro invernal?

MANUEL

Nada, hija... Considera que el vuestro cae ponentino y el de nosotros cara al sur.

ELÍAS

¡Si hubiéramos barruntado que andaba por allí Andrés!

MARCELA

Pero la bajada al pueblo es la misma.

ANTONIO

Desde medio camino sí...

MARCELA

(A los pastores.) ¿Y no hallasteis huella ninguna?

LUISA

¡Marcela, no te mortifiques más!

MARCELA

¡No puedo remediarlo!

ELÍAS

Ni vimos alma viviente: ¡estaba el monte frío y solo como un muerto!

MANUEL

Y nos sucedió un caso.

ELÍAS

Es verdad.

MARCELA

¿Qué fué?

ANTONIO

No me lo habíais dicho.

ELÍAS

Vale poco la pena.

LUISA

A ver qué es ello.

MARCELA

¡Sí!

MANUEL

Pues, veníamos por el soto de la Cruz, cuando, en esto, va el serroján y echa un relincho que retumbó en la nieve por todas las camberas abajo. Y quien os dice que a tal tiempo, oímos unas voces como si fueran cosa del otro mundo.

MARCELA

¡Virgen de la Esperanza!

LUISA

¿Y qué hicisteis?

MANUEL

Pararnos a escuchar.

MARCELA

¿Entonces?

MANUEL

¡Todo estaba mudo, igual que antes!

MARCELA

¿Pero, aquel clamor?...

ANTONIO

La quejumbre del ábrego...

ELÍAS

O el eco del ijujú...

LUISA

¡Claro está!

MARCELA

¿No sería la voz de Andrés?

ELÍAS

¿Por aquellos rodales?

MARCELA

¿O el llanto de un niño?

LUISA

(A MARCELA.) ¡Lo que tú amontonas, criatura!

MANUEL

¡Cosa muy amarga parecía!

MARCELA

(Desolada.) ¡Me consume el miedo!

ELÍAS

Para mi cuenta fueron los crujidos del invernal ruinoso.

ANTONIO

Justo: que se hundía al peso de la nieve.

MARCELA

¿Y no fuisteis allá?

ELÍAS

¿A qué habíamos de ir?

MARCELA

(Dominada por su inquietud.) Por si algún caminante se hubiera guarecido y demandara socorro.

ANTONIO

No, mujer; por el monte no transita ningún forastero.

ELÍAS

Y los del país no asubiamos en el soto de la Cruz.

MARCELA

(A MANUEL, que parece reservado.) ¿Tú qué piensas, Manuel?

LUISA

(A MANUEL aparte.) ¡No la atemorices!

MANUEL

(Después de pensarlo.) Pues... en finiquito: yo pienso... que todos tenéis razón.

ELÍAS

(Riendo.) Está bien.

ANTONIO

(A MARCELA.) Mira: el invernal ese que cruje y se está hundiendo, no es camino de Bustarredondo, ni semejante cosa.

MARCELA

(Con recelo, a los pastores.) ¿No?

ELÍAS

No; queda muy a trasmano.

MANUEL

¡Mucho!

LUISA

(A MARCELA.) ¡Bien lo sabes tú!

MARCELA

(Con desaliento.) ¡No sé nada!

ELÍAS

(Haciendo ademán de levantarse.) Conque, Marcela, si no mandas más...

MANUEL

Sí; nos iremos.

ANTONIO

(A su mujer.) Y también nosotros.

LUISA

Sí. (Todos se levantan.)

MARCELA

(Dominándose.) ¿No queréis otro vaso de vino?

ELÍAS

Ya basta.

MANUEL

Se agradece.

ANTONIO

(A MARCELA.) A la mañanuca temprano yo vendré por aquí a ver lo que se te ocurre.

LUISA

Y yo lo mismo. (Vacilando.) ¿Tendrás miedo esta noche?

MARCELA

Para la soledad no soy medrosa.

ANTONIO

(A su mujer.) Puedes quedarte con ella.

LUISA

Eso estaba cavilando.

MARCELA

No. (Ante el ademán insistente de LUISA.) No he de ceder. Que mañana madrugues, eso sí. (Los pastores han recogido sus cayados y aguardan en el corral.) (LUISA se pone el mantón.)

MANUEL

(Desde fuera.) Si hacia el mediodía no ha bajado Andrés, iremos a buscarle.

ELÍAS

(A MARCELA.) Tú dispones.

MARCELA

Gracias por todo... ¡Ah! llevaros el farol. (Le descuelga y se le ofrece a la orilla del portal.)

LUISA

¿Te íbamos a dejar a oscuras?

MARCELA

Encenderé el candil.

ELÍAS

No es menester luz, no.

ANTONIO

La nieve nos alumbra.

ELÍAS y MANUEL

Buenas noches.

MARCELA

Que descanseis.

LUISA

(Volviendo unos pasos atrás.) A ver si te acuestas y duermes.

MARCELA

(A media voz.) ¡Ay, pídele a Dios por mí!

LUISA

(En el mismo tono.) Sosiégate, mujer, ten confianza...

ANTONIO

(Ya en el camino esperando a LUISA.) ¿Vamos?

LUISA

(A su marido.) Allá voy. (A MARCELA abrazándola.) Adiós...

MARCELA

Adiós... (Desaparecen en el campo.)

ESCENA VII

MARCELA, luego IRENE

MARCELA permanece al borde del portal con el farol en la mano, inmóvil, aterrados los ojos. No se sabe si escucha o aguarda. La noche se aclara con la nieve; brillan algunos relámpagos; suena el toque de las oraciones.

MARCELA

(Sale de su quietud con un largo suspiro y se santigua.) ¡Las oraciones! ¡Si yo pudiera rezar!... ¡Y un poco he desahogado el corazón que se me quería partir! (Apaga el farol y le deja en el suelo.) No me hace falta luz: ¿para qué? He de estarme en esta orilla de cara al cielo y a la nieve, esperando, esperando... ¿Qué espero?... Aquí se me figura que sufro, más cerca del inocente que sufre... más lejos del castigo... ¡Aquellas voces del soto de la Cruz! (Levanta la cabeza, mira al campo y se estremece. Una sombra enlutada va acercándose con sigilo. MARCELA se recoge al fondo del portal.) ¡Ah...! ¡Una sombra, Dios mío!... La sombra de una mujer... No es un fantasma, no: bien cierta la descubro... Es «ella»... siempre «ella»... Padece por la misma criatura que yo; la empuja hacia mí esta misma inquietud que me consume... ¡Nos come un solo penar! (Con vehemente impulso de compasión, llamando, ensordecida la voz.) ¡Irene... Irene!

IRENE

(Estremecida, adelantándose.) ¡Marcela! ¿Eres tú?

MARCELA

Ven.

IRENE

(Acercándose dudosa.) ¿Es verdad que me llamas?... ¿Estás ahí?

MARCELA

Te llamo: aquí estoy.

IRENE

¡No te veo!

MARCELA

Porque llegas de la claridad... En cambio a mi se me hace que vienes toda llena de luz. (Sale a recibirla.)

IRENE

(Pasándose las manos por los ojos.) Me ciega la blancura de la nieve... ¿Estás sola?

MARCELA

Sí.

IRENE

(Trémula, con la voz tapada.) ¿Han vuelto?

MARCELA

(Con tono igual.) ¡No!

IRENE

¿Y qué hacías?

MARCELA

Esperar... ¿y tú?

IRENE

Yo también.

MARCELA

Esperaremos juntas.

IRENE

¡Si me dejas!

MARCELA

Ven. (Al salir a buscarla atisba otra vez el celaje.) Has traído la bonanza. Ya se afinan las nubes... Repara cómo se hiende el cielo y las estrellas se asoman a ese retal azul...

IRENE

(Fijándose donde MARCELA dice.) Parece que se miran y que tiemblan...

MARCELA

(Muy conmovida.) ¡Lo mismo que nosotras! (Luce un relámpago; a su resplandor las dos mujeres se miran temblorosas con suprema ansiedad.)

IRENE

¡Marcela!

MARCELA

(Tendiéndole la mano.) ¡Ven!

TELÓN

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