LIBRO TERCERO DEL AÑO 9 AL AÑO 10
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I NUESTROS REFUGIOS
La vida del partidario tiene cambios de luz como los cuadros de una linterna mágica.
Fué para nosotros un momento extraño aquel en que dejamos de ser guerrilleros para convertirnos en pacíficos trogloditas.
La mayoría de nuestros hombres, nacidos por aquellas montañas, se repartieron en los pueblos y en las casas de los labradores, y los que podían suscitar sospechas por su aspecto, por no tener aire de campesinos ni de leñadores, fueron enviados á los ocultos refugios con que contábamos. De estos refugios, los principales eran el embudo de Neila, la cueva del Abejón, cerca de Covaleda, el poblado de Quintanarejo y las ruinas de Clunia.
Yo pasé por todos ellos: viví en la cueva del Abejón y en las ruinas de Clunia unos días, y estuve en Neila á dar un recado á Merino.
En las cuevas y en los rincones de las iglesias se guardaron las armas y las municiones.
Merino, con alguno de los suyos, fué á Neila.
EL EMBUDO DE NEILA
Neila es un poblado pequeño, miserable, hundido en un barranco en forma de embudo: se halla en la sierra, hacia un punto donde hay una laguna, de la cual sale el río Najerilla.
Neila está tan escondido, que en el mismo borde del embudo donde se encuentra, no hay nadie que, aun sabiendo que allí hay un pueblo, sea capaz de dar con él. No se ve camino—al menos no se veía entonces por ningún lado—, y sólo deslizándose por un pedregal se encontraba al poco rato el comienzo de una estrecha senda que bordeaba las paredes del embudo y conducía á Neila.
El pueblo ocuparía, con sus campos, un espacio como la plaza Mayor de Madrid.
En los días nublados de invierno, como la luz apenas llegaba á las casas, á todas horas ardían grandes hachas de viento, formadas por fibras de pino. Allí abajo, en los interiores, las paredes, los muebles, todo estaba barnizado por el hollín negro y brillante que dejaba la tea resinosa.
En período de paz, la gente de Neila se dedicaba en aquella época á la corta de pinos para las serrerías mecánicas de las inmediaciones. Durante la guerra, los neilenses vivían con gran miseria.
Merino, cuando se refugió en Neila, hizo que los leñadores formasen una guardia de centinelas por si aparecían los franceses, y mandó, además, arreglar una estrada en lo más agrio de la sierra, por la cual pudieran escaparse él y sus hombres.
LA CUEVA DEL ABEJÓN
Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardábamos muchas armas, fué la cueva del Abejón, situada en la cumbre del pinar de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.
En la cueva del Abejón, que es grande, cabía mucha gente. Allí estuvo el Brigante con la mitad de sus hombres.
Hoy la recordaba en esta maldita Cárcel de Corte, donde me encuentro preso, al leer en un periódico que esa cueva es uno de los puntos de reunión de los carlistas.
¡Qué vida aquélla! Los guerrilleros, sucios, negros, hacían la comida en un hornillo de piedras, y á la luz de las llamas se les veía con más aspecto de bandidos que de soldados.
Se comía unas cuantas piltrafas de carne de cabra frita con sebo, se asaban patatas en el rescoldo, y los huecos del estómago se llenaban con pan. Después se bebía un poco de aguardiente, de ése que llaman matarratas, y se fumaba un tabaco apestoso.
A pesar de la miseria que nos carcomía, y de que toda nuestra alimentación se reducía á unas cuantas hebras de carne que parecían de correa, conservo de aquella vida gratos recuerdos. El más desagradable es el de unos dolores reumáticos producidos por la humedad.
Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy primitiva y salvaje. Se vivía como en la Edad Media; probablemente hoy se seguirá viviendo lo mismo. Todos allí vestían á la antigua; llevaban el pelo largo y tufos por encima de las orejas.
El traje regional de los hombres consistía en una especie de marsellés, atado por delante con una sola cinta, como un corsé, debajo del cual llevaban un pañuelo de colores, pantalones anchos y cortos, y abarcas. Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto, y, según algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña.
El Brigante y yo solíamos ir con frecuencia á cazar al Urbión y á la garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros más hermosos de España.
La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto de espesos pinares.
En su fondo corre el Duero por entre peñas cubiertas de musgo, saltando en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de las serrerías de tejados rojos y brillantes.
Como la estancia en la cueva del Abejón no me convenía por mi reumatismo, cada vez mayor, y como por aquel entonces las tropas de Roquet nos rodeaban por todas partes, andando solo de noche fuí atravesando gran parte de la provincia de Soria hasta Coruña del Conde.
El cura de este pueblo, amigo de Merino, me acogió en su casa, y en ella estuve algún tiempo, hasta que me repuse.
En la aldea se encontraba un grupo de la partida de Merino.
Por lo que dijeron, habían encontrado en las ruinas del anfiteatro romano de Clunia una porción de agujeros y de espacios abovedados, donde se recogían para dormir.
De día, los guerrilleros trabajaban con los labradores y ganaban su jornal.
Como en esta parte, ya próxima á la ribera del Duero, no se vigilaba tanto como en la sierra, yo pude vivir en casa del cura de Coruña del Conde completamente tranquilo.
II UN EPISODIO DE LA VIDA DEL TOBALOS
Un día se presentó en casa del cura de Coruña del Conde un clérigo joven, que estaba alistado como guerrillero en la partida de Tapia, que, como se sabe, también era cura.
El clérigo y yo hablamos, después de cenar, de los hechos de nuestras respectivas guerrillas, y de pronto él me preguntó:
—¿Usted conoce, por casualidad, á uno que está en la partida de Merino y á quien llaman el Tobalos?
—Sí, señor. Está en mi escuadrón—le dije yo.
—Hombre valiente es, ¿eh?
—¡Ya lo creo! ¿Le conoce usted?
—¡Si le conozco! Como que soy de su pueblo. Y todo el mundo allí se acuerda de él á cada paso. Verdad es que lo que hizo no es para menos.
—Pues ¿qué hizo?
—Es una historia larga de contar.
—¿Y qué? Cuéntela usted; no tenemos nada que hacer—dije yo.
—Sí, hombre, cuéntala—repuso el cura de Coruña del Conde.
—Bueno; puesto que ustedes lo quieren, la contaré.
LA JUSTICIA DEL BUEN ALCALDE GARCÍA
Han de saber ustedes, señores—dijo el cura—que hay en la orilla del Duero, no les diré si muy cerca ó muy lejos, un pueblo grande, que, aunque no se llama el Villar, para los efectos de mi historia le nombraremos así.
Este pueblo es célebre por sus albaricoques y por otros dulces y sabrosos frutos; por el zumo de la uva, que es de primera calidad; y aunque yo sea eclesiástico, tengo que reconocer que también es nombrado por la belleza de sus mujeres.
En el Villar hay varias casas solariegas é hidalgas, y entre ellas la más importante es la de los Acostas.
Algunos dicen que estos Acostas proceden de unos judíos portugueses que se establecieron en el lugar en tiempos de Felipe II; otros afirman que no, que son cristianos viejos y de rancia prosapia.
Existe un indicio para creer que los Acostas tuvieron relaciones con la Santa Inquisición, puesto que en su escudo hay una rueda de suplicio y seis costillas, jeroglífico que parece quiere decir: «Rueda á costa de mis costillas».
Fuera de esto lo que fuera, el caso es que en el Villar, en la casa solariega de los Acostas, vivía hace siete ú ocho años don Rodrigo de Acosta, señor que había sido militar y quedado viudo con dos hijos: don Diego y doña María.
Don Rodrigo, que tenía pleitos en Madrid, solía ir con frecuencia á la corte y dejaba encomendada la custodia de su hijo á un viejo perdido, llamado Sarmiento, á quien se le conocía por el Capitán, y á su hija doña María, al cuidado de una dueña respetable, llamada doña Mercedes.
En este mismo pueblo vivía Antonio García, apodado el Tobalos, hombre conocido en toda la comarca por su honradez.
El Tobalos tenía cinco ó seis pares de mulas; trabajaba casi todo el día en el campo y no hablaba apenas. Tenía el Tobalos una hija, Epifania, que prometía ser una real moza, y recogido en su casa un sobrino suyo, hijo de una hermana.
Este conjunto de antecedentes es necesario conocer para mi historia.
Se deslizaba la vida del pueblo sin más acontecimientos que los de costumbre, cuando se comenzó á hablar de las travesuras de don Diego Acosta, el hijo de don Rodrigo.
Al principio nadie se sorprendió, porque era costumbre de los hijos de familias poderosas hacer su voluntad y su capricho.
Poco á poco las travesuras subieron de punto y se convirtieron en verdaderas bellaquerías de rufián.
Don Diego, en compañía de su amigo y consejero Sarmiento, alias el Capitán, robaba en los garitos, apaleaba á los mozos y violaba á las muchachas en los campos.
Un día el Tobalos vió á don Diego que rondaba su casa. Sin más averiguaciones, se vistió y fué al palacio de los Acostas, preguntó por don Rodrigo, le explicó en pocas palabras lo que ocurría, y añadió:
—Yo no digo más. Si á don Diego le veo de nuevo rondando mi casa, le pego un tiro.
Don Rodrigo, que sabía que el Tobalos era hombre honrado, le aseguró que don Diego no volvería á rondar su casa, y, efectivamente, así fué.
Pasaron unos meses y llegó la época de ferias. En esta época solían descolgarse en el Villar una turba de chalanes, gitanos, jugadores, tahures y cómicos.
Esta vez llegaron dos carros de comediantes, y entre éstos una dama joven, muchachita verdaderamente linda, llamada Isabel.
La compañía de cómicos estuvo más de una semana; los galanes del pueblo asediaron á la dama joven, ofreciéndole regalos y joyas; pero la muchacha era honesta y rechazó todas cuantas proposiciones la hicieron.
En esto, una mañana se supo con horror en el pueblo que la dama joven acababa de ser encontrada hecha pedazos en un bosquecillo próximo al río.
La justicia comenzó sus averiguaciones, y se supo que un cómico de la compañía había estado la noche del crimen en una casa que una vieja celestina tenía detrás de la iglesia. Esta vieja era conocida por la tía Cándida.
Las autoridades prendieron al cómico y encontraron que tenía manchas de sangre en las botas. Lo llevaron á él y á la tía Cándida á la cárcel. La Celestina probó la coartada, demostrando que durante todo el día no estuvo en su casa, y el cómico, que no pudo explicar cómo aparecían manchas de sangre en sus ropas, fué agarrotado en la plaza pública.
Pasó medio año y comenzó á olvidarse el crimen.
El pueblo estaba muy dividido: cada casa aristocrática tenía sus partidarios, y las disputas eran constantes. Entonces, no se sabe á quién, pero muchos supusieron que á don Rodrigo Acosta, se le ocurrió nombrar alcalde corregidor á Antonio García el Tobalos.
Seguramente, podrá haber un hombre más inteligente que él; pero con dificultad otro más recto.
Como si todas las posibilidades de encumbramiento se presentaran de pronto, García vió que don Diego Acosta se dirigía formalmente á su hija Epifania, pidiéndola en matrimonio. Poco después su sobrino Fernando galanteaba á doña María, la hija de la poderosa familia de los Acostas, y con asombro de todos era aceptado en ella.
El pueblo acusó al corregidor de sentirse orgulloso; no era cierto. El Tobalos no quería nada con don Diego de Acosta, aunque le permitía hablar con la Epifania por la reja. Creía que el perdido había de volver á las andadas.
Si el Tobalos no se deslumbraba con su posición, su hija Epifania y la señora Manuela, su mujer, estaban cerca de volverse locas de contento.
Así las cosas, una noche se presentó á ver al alcalde García un muchacho joven forastero vestido de negro.
Le hicieron pasar al cuarto del alcalde, y al entrar en él se arrodilló y dijo:
—Señor corregidor, vengo á pedir justicia.
—Si está en mi mano hacerla, se hará—contestó el alcalde—. Levántate, muchacho. ¿Qué pasa?
El joven vestido de negro habló en estos términos:
—Yo, señor, soy hermano de un cómico que ha sido ejecutado en el patíbulo en la plaza del Villar por considerársele autor de un crimen contra una muchacha violada y descuartizada á orillas del río. Mi hermano había sido un calavera; había arruinado á mi padre, que es librero en Valladolid, y era la deshonra de la familia. A pesar de esto, ni mi padre ni mi madre creyeron nunca á mi hermano capaz de cometer un crimen así, y afirmaron siempre que debía haber un error en su condena. Efectivamente; lo hay.
El corregidor quedó contemplando atentamente al joven, que siguió hablando así:
—Mi padre, que tiene amigos en el Villar, encargó á uno de ellos que hiciera averiguaciones acerca del crimen, y el amigo las hizo; y como estas indagaciones dieron resultado, mi padre me encargó que viniera aquí. Ayer, ese amigo y yo fuimos á ver á una anciana enferma y moribunda, y ella nos confirmó que mi hermano era inocente y que los asesinos de la muchacha fueron otros. El amigo nuestro, al saber los nombres de los verdaderos criminales tembló, y desde este momento ya no ha querido mezclarse en nada. Estaba abatido, creyendo que nadie querría ayudarme en la reivindicación de la memoria de mi hermano, cuando una buena mujer, en cuya casa vivo, me dijo: «Vete á casa del alcalde García; si él cree que tienes razón, aunque sea contra el rey, te ayudará». ¿Qué me contesta usted, señor alcalde?—preguntó el joven vestido de negro.
—Cuenta los hechos, dame los nombres y las pruebas... y se hará justicia.
El muchacho narró lo ocurrido y terminó diciendo:
—La anciana enferma moribunda no tiene inconveniente en declarar.
—Entonces, que vengan dos testigos y el notario, y vamos allá.
El corregidor se envolvió en su capa, y en compañía de los dos testigos, del notario, de un escribiente y del muchacho fueron á una casa pequeña próxima á la iglesia parroquial.
La vieja era muy vieja y muy enferma, pero estaba en el dominio de todas sus facultades; recibió la visita de las autoridades con calma, y después de jurar en nombre de Dios decir la verdad, exclamó:
—Me alegro que hayan venido usías á mi pobre casa, porque el remordimiento me tiene atosigada el alma. Sí, yo creo que conozco á los que mataron á la cómica, y no lo he dicho ante la justicia porque estoy baldada por el reúma y no he podido ir á declarar; y cuando conté á un hijo mío lo que pasaba, me dijo éste que veía visiones y que no me metiera en lo que no me importaba.
—Está bien. Cuente claramente lo que pasó y lo que vió—dijo el alcalde.
—Pues verá usía: todo fué una pura casualidad. El día del crimen, mi hijo, al marcharse, después de comer, á trabajar al majuelo, me preguntó si yo recordaba dónde estaban unas botas viejas suyas. Por la tarde fuí á un cuarto que tenemos en la parte de atrás, donde guardamos los aperos de labranza, y estaba allí registrando y viendo las cosas una á una. Este cuarto tiene, y luego si ustedes quieren lo pueden ver, un ventanillo que da á la calle de la Cadena. No sé qué ocurrencia me dió, ó si es que oí alguna voz, el caso es que tuve la curiosidad de mirar por allí, y poniendo un cajón en el suelo y subiéndome á él me asomé por el ventanillo y vi á dos hombres en acecho.
—¿Los conoció usted?—preguntó el corregidor.
—Sí.
—¿Quiénes eran?
—Don Diego de Acosta y el Capitán.
Los testigos y el notario y el jovencito vestido de negro miraron á García, que no parpadeó.
—No deje usted de apuntarlo todo—dijo el corregidor al escribiente; y luego añadió, dirigiéndose á la vieja:
—Siga usted.
—Don Diego iba á cuerpo; el Capitán, á pesar de que no hacía frío, llevaba una capa negra. Como yo, lo mismo que todo el pueblo, sabía que don Diego y el Capitán eran hombres de aventuras, supuse que se trataría de algún enredo amoroso. Estuve mirándolos durante algún tiempo ir y venir por la calle desierta; me fuí á trabajar, y al anochecer volví de nuevo á curiosear desde el ventanillo. De pronto, apareció un hombre y entró en el portal de la tía Cándida; no era ni don Diego ni el Capitán; no era ninguno del pueblo.
—Era mi hermano el cómico—interrumpió el jovencito vestido de negro.
—Estuvo esperando el hombre en el portal—siguió diciendo la vieja—hasta que se acercó una mujer tapada, alta, gruesa, que desapareció en la casa.
Creía yo en aquel instante que don Diego y el Capitán se habrían marchado; pero en esto les vi aparecer á los dos, y á los pocos momentos volvieron corriendo. El Capitán llevaba una mujer en los brazos. Entraron en casa de la tía Cándida. La mujer no gritó; quizá llevaba la boca tapada. Esperé, y una hora más tarde, ya de noche, salieron la señora alta y el galán de negro, y poco después, el Capitán y don Diego, con un bulto obscuro en brazos. Ya no vi más.
Mi hijo volvió aquel día muy tarde del majuelo, y me contó que debajo del puente había visto á dos hombres, que le parecieron el Capitán y don Diego, apisonando la tierra.
Al día siguiente, cuando se supo la muerte de la cómica, le dije yo á mi hijo:
—¿No habrán sido los asesinos esos dos? Porque yo les vi salir de casa de la tía Cándida... Y mi hijo me contestó:—Madre, usted chochea, usted no ha visto nada.
—Eso es todo lo que sé, señores—concluyó diciendo la vieja.
Se le leyó la declaración, en la que puso una cruz por no saber firmar, y se retiraron las autoridades.
Al día siguiente, el corregidor, con el alguacil y el escribano, fueron á la orilla del río; debajo del puente mandaron cavar en distintos puntos á un bracero y encontraron la capa del Capitán manchada de sangre y dos puños, que pertenecían á don Diego.
Por la noche, don Diego y el Capitán eran presos y llevados á la cárcel con escolta.
El asombro del pueblo fué extraordinario. Don Rodrigo de Acosta se presentó en casa de García furioso, indignado; pero cuando el corregidor le mostró las pruebas, el viejo hidalgo quedó confundido.
El alcaide de la cárcel, que consideraba todos los procedimientos buenos para descubrir un crimen, comenzó por atemorizar á los culpables, poniendo por las noches en su calabozo una calavera entre dos velas; luego dió tormento al Capitán y á don Diego, y al fin éstos confesaron.
El pueblo entero se había declarado en contra de los culpables; creía que don Rodrigo intentaría salvar á su hijo por cualquier medio y todo el mundo estaba dispuesto á no permitirlo.
Sobre el alcalde pesaban mil influencias; su hija estaba enferma, grave; su mujer lloraba constantemente; su sobrino Fernando y don Rodrigo pedían indulto.
—Antes que nada es la justicia—repetía el corregidor.
El viejo Acosta compró al alcaide y á los demás carceleros á peso de oro para que permitiesen escapar á don Diego y propuso al corregidor que hiciera la vista gorda.
García no aceptó.
Acosta le suscitó pleitos para arruinarle.
El alcalde no se rindió.
La hija se agravó; pidió á su padre perdón para su novio. El alcalde dijo que él no era quién para perdonar.
Contra viento y marea llevó el proceso hasta el fin, y no paró hasta que envió á los dos criminales al patíbulo.
Su hija Epifania murió; el sobrino Fernando huyó del pueblo; de la hacienda del Tobalos no quedó nada; toda se la comieron los curiales.
El día de la ejecución, por la mañana, el buen alcalde García cruzó el pueblo. La gente, al verle, le abría paso, le miraba y le saludaba con respeto. Las campanas tocaban á muerto. Un gran paño negro cubría el escudo del palacio de los Acostas.
El alcalde vió cómo el verdugo agarrotaba á los dos criminales; luego volvió á su casa, sacó el macho, en donde hizo montar á su mujer, y dijo:
—Vamos, mujer. Ya no tenemos nada que hacer aquí.
Y los dos, cruzando el pueblo, se marcharon de él para no volver más.
—Este es el Tobalos—concluyó diciendo el cura, paisano suyo.
—¡Hombre terrible!—murmuró el párroco de Coruña del Conde—. Con muchos como él, de otra manera marcharía España.
Hicimos algunos comentarios acerca del ex alcalde y guerrillero y nos fuimos á acostar.
III UNA GRAN PRESA
A pesar de que la mayoría de las fuerzas de Merino se dividían y subdividían mucho, quedó, para los efectos de influir en los aldeanos y despistar á los franceses, una partida de hombres á pie, sin fusiles, que corrían como gamos. Eran casi todos pastores ágiles, fuertes, que conocían la sierra como su casa.
Mientras las columnas móviles de los imperiales exploraban los pasos de los montes, el grupo de pastores iba de un punto á otro por senderos, por veredas de cabras, desesperando á los franceses, que no comprendían cómo una partida de trescientos á cuatrocientos hombres (ellos suponían que era toda la partida) podía hacer estas extrañas evoluciones.
Al finalizar el verano, los franceses se desanimaron; las columnas no se podían sostener en la sierra por no haber manera de abastecerlas.
Venía la mala estación; era aún más difícil avituallar tanta gente en sitios desiertos y pobres, y poco á poco las tropas de Roquet fueron retirándose de la sierra.
Pronto supo Merino lo que pasaba, y comenzaron los avisos para la asamblea.
Mandó á los diferentes puntos de refugio de los guerrilleros los mejores guías de los contornos para que nos acompañaran.
Aún no se habían retirado los franceses y ya estaba Merino reuniendo sus fuerzas en el centro de la sierra; pasaban los nuestros al lado de las tropas enemigas por caminos desconocidos por ellas.
Los franceses cubrían seis ó siete senderos y los guías se colaban por otro.
Para el comienzo del otoño, la partida estaba igualmente formada que antes de su disolución.
LA VALIJA DEL EDECÁN
Después de organizadas nuevamente las fuerzas, nuestra primera operación fué atacar en Santa María del Campo á una columna de imperiales que había salido de Celada, á la que se le hizo veinte ó treinta bajas.
Unos días más tarde el director avisó á Merino la inmediata salida de un edecán del ministro de la Guerra de Francia, que llevaba pliegos importantísimos del emperador para su hermano José y los mariscales de sus ejércitos en España.
Merino, con el escuadrón de Blanco y con el nuestro del Brigante, esperó á la patrulla francesa entre Villazopeque y Villanueva de las Carretas; la sorprendió é hizo presos al edecán del mariscal Bernardotte y á cuarenta y seis dragones de la escolta. Al mismo tiempo se apoderó de un birlocho y de la valija en donde iba la correspondencia del emperador para su hermano y para el ministro de la Guerra de España.
En el encuentro no tuvimos herido alguno. Merino no se sintió cruel y respetó la vida de los franceses.
Al apoderarse de la valija vaciló, y nos preguntó á los oficiales qué creíamos se debía hacer con ella.
El había pensado mandársela al director. Yo observé que me parecía lo más natural abrirla y leer los pliegos, y después enviársela al Gobierno.
Se siguió mi consejo, y yo, como más versado en el francés, fuí el encargado de revisar los papeles.
Había pliegos de gran interés con noticias referentes á la guerra grande de los ejércitos regulares. Esto, mayormente á nosotros, nos interesaba poco.
El dato de importancia obtenido de la correspondencia fué saber que los franceses preparaban en Burgos un gran convoy destinado al ejército mandado por Massena y por Ney, que sitiaba la plaza de Ciudad Rodrigo.
El convoy constaría de 120 furgones y otros carros militares, cargados de pertrechos y municiones de guerra.
Se dirigiría por la carretera de Valladolid á Tordesillas á tomar la calzada de Toro.
Irían custodiando la expedición doscientos hombres de infantería y unos ciento sesenta dragones.
Después de revisar los papeles se cerró la valija, y con un oficial del escuadrón de Burgos y la minuta de oficio se remitió la correspondencia al marqués de la Romana.
PREPARATIVOS
Al día siguiente Merino comenzó sus preparativos para apoderarse del convoy francés que había de dirigirse á Ciudad Rodrigo.
Pensaba dar el golpe sólo con la caballería. Las fuerzas de infantería que mandaba el comandante Angulo las envió hacia la orilla del Duero, entre Peñaranda y Hontoria de Valdearados.
Luego mandó de vanguardia á la gente del Jabalí, y á nosotros los del Brigante para que, cruzando el Duero por la Vid, nos internáramos en la provincia de Segovia, pasando por cerca de Sacramenia y Fuentidueña á acampar en los pinares de Aguilafuente.
De aquí nos iríamos aproximando de noche á la carretera.
Pocos días después despachó al escuadrón de Burgos para que se reuniera con nosotros. Este escuadrón estaba formándose y era todavía de muy pocas plazas.
Mientras tanto, Merino quedó en la sierra con veinticinco jinetes escogidos y cincuenta serranos de á pie, armados de escopetas.
Merino y los suyos se acercaron por la madrugada á algunos pueblos ocupados por los franceses é hicieron el simulacro de atacarlos y llamar su atención sin recibir mayor castigo.
Merino hizo creer á los franceses que seguía con su partida por los riscos de la sierra. Se valió también de su sistema de dictar á los alcaldes y justicias de los pueblos partes dirigidos á los jefes de cantón afirmando que el cura se había presentado en este ó en el otro punto al frente de doscientos á trescientos hombres, sacando raciones y cometiendo varios atropellos.
Al recibirse aviso de Burgos de la salida del convoy francés para el sitio de Ciudad Rodrigo, Merino licenció á sus escopeteros serranos, y con los veinticinco hombres que le quedaban recorrió en pocas horas la enorme distancia, para hacerla de una tirada, que hay desde Quintanar de la Sierra hasta Fuentidueña.
EL ATAQUE
Después de aquella tremenda caminata, el cura durmió unas dos horas, y al frente de toda su caballería, acercándose á la carretera, avanzó en sentido contrario del que debía llevar el convoy francés, y determinó atacarlo entre Torquemada y Quintana de la Puente, en la calzada de Valladolid á Burgos.
Colocó á los hombres del Jabalí, en quienes tenía más confianza como tiradores que como jinetes, á un lado y á otro á lo largo de la carretera; al comandante Blanco mandó emboscarse en un carrascal, y nosotros, los del Brigante, quedamos del lado de Valladolid reconociendo la carretera.
Merino nos avisaría la proximidad del convoy: de noche, con una hoguera que se encendería en un altozano; de día, con un palo y un trapo blanco como bandera que mandaría colocar en el mismo punto.
Si era de noche, no cargaríamos mientras no se nos avisara; si era de día, aparecería en el altozano, al lado de la bandera blanca, un gallardete rojo.
Durante todo el día, con una lluvia torrencial, estuvimos yendo y viniendo por la carretera. Por la noche nos dividimos en rondas y pudimos descansar algo.
Poco después del amanecer, estábamos el Brigante, Lara y yo desayunando con un pedazo de pan y un poco de aguardiente que nos dió nuestra cantinera la Galga, cuando apareció la banderita blanca en el altozano indicado por el cura.
Inmediatamente montamos á caballo y formamos.
Por lo que supe luego, los franceses eran unos trescientos; habían salido en tan corto número, pensando que ni Merino ni el Empecinado podían atacarlos. Al Empecinado lo suponían en aquel momento en la Alcarria, y á Merino, á muchas leguas á sus espaldas.
Desde la revuelta de la carretera en donde nos encontrábamos nosotros oímos el fuego. Al graneado de los guerrilleros, mezclado con estampidos de trabuco, se mezclaba la descarga cerrada de los franceses.
Llevarían más de una hora de fuego, cuando flameó en el cerro el gallardete rojo.
El Brigante levantó su sable; Lara y yo hicimos lo mismo; picamos espuelas y, primero al trote, luego al galope, nos lanzamos sobre los franceses. El fuego de los nuestros cesó. Los franceses se habían atrincherado detrás de los carros, de los furgones y de los caballos. Al atacar nosotros, la mayoría de los enemigos se dispersó, pero no pudimos avanzar; tal masa confusa se formó de carros, de caballos y de hombres.
No cesábamos de acuchillar á derecha y á izquierda; los del escuadrón de Burgos llegaban por el otro lado de la carretera y se entablaban luchas cuerpo á cuerpo.
Los franceses quedaron arrollados y muertos en gran número; algunos quedaron prisioneros; muy pocos debieron lograr huir por los campos.
En esta sorpresa apenas tuvimos bajas. Sólo en nuestro escuadrón hubo un muerto y tres ó cuatro heridos.
El procedimiento de Merino no era para tenerlos.
EL BOTÍN
Después de asegurada la presa, quedaba una parte difícil: guardar los ciento diez y ocho furgones del cargamento. Había herramientas, pólvora, medicinas, cañones, aparatos de cirugía.
Merino llamó á los habitantes de Quintana y de los pueblos inmediatos para que viniesen con sus borricos, mulas y carros.
Se desengancharon todos los caballos de tiro del convoy francés, que pasaban de seiscientos y eran de esos frisones de mucha fuerza.
Inmediatamente se comenzó la descarga de los barriles de pólvora, y colocando en cada caballería una albarda con dos barriles, se los dirigió con escolta á los conventos inmediatos.
Los cañones, bombas y balas de cañón se enterraron provisionalmente á orillas del río; se repartieron entre los vecinos de los pueblos los caballos, y se dijo á los aldeanos se llevasen de los furgones lo que quisieran, ruedas, llantas, tornos, etc.
Luego, Merino mandó amontonar las tablas, las lanzas de los carros, los cadáveres de los franceses y los caballos muertos y los quemó.
Había una satisfacción cruel en estas purificaciones hechas por el cura.
Cierto, que lo mejor que se puede hacer con un cadáver es quemarlo; pero Merino no lo hacía por piedad ni por higiene, sino por odio.
Al mediodía no quedaba de aquel convoy mas que una inmensa hoguera.
Por la tarde se supo que varios escuadrones de caballería francesa venían de exploración por la carretera.
Merino dió sus órdenes para la retirada. El Jabalí marchó de vanguardia; luego partieron los del escuadrón de Burgos. Mientras tanto, el cura se presentó en la casa del Ayuntamiento de Quintana y dictó el parte que el alcalde debía dar al jefe de la primera guarnición francesa para cubrir la responsabilidad del pueblo.
Inmediatamente salió; montó á caballo, se reunió con nosotros, y fuimos retirándonos á toda prisa de la carretera.
Llevábamos más de cincuenta prisioneros, divididos en pequeños grupos.
IV A MARCHAS FORZADAS
El mismo día en que se verificó el combate, por la tarde, una tarde lluviosa y fría, recorrimos siete ú ocho leguas y fuimos á refugiarnos á los pinares de Segovia entre Fuentidueña y Aguilafuente.
Los prisioneros no nos daban trabajo; comprendían que, de escapar si no llegaban á un cantón ocupado por franceses, estaban perdidos, pues los aldeanos los mataban y los tiraban á los pozos.
En los pinares esperamos á saber el efecto que producía á los imperiales tan gran presa.
Merino envió confidentes á Peñafiel, Roa, Aranda de Duero, Lerma y Burgo de Osma.
A los cuatro días se supo que todas las tropas francesas de los contornos abandonaban sus guarniciones, y reunidas en Aranda, iban á formar una línea de vigilancia estrecha para impedir la vuelta de Merino á la sierra.
—¡Bah! El zorro se escapará de la trampa—dijo el cura.
Las tropas de Roquet ocuparon Sacramenia y Fuentidueña, y el general Kellerman, al frente de dos mil infantes y trescientos caballos, entró en Peñafiel.
Nosotros teníamos alguna preocupación; veíamos á los prisioneros franceses esperanzados y contentos. Si el cura no podía pasar á la sierra estaba perdido, pues aunque sostuviera la partida algún tiempo en tierra llana, á la larga sería cercado y desecho.
Merino, después de hablar con la gente del país, dividió todas sus fuerzas en ocho secciones, de unos sesenta á ochenta hombres cada una.
Cada sección contaría con un guía, á quien debía seguir, y un oficial por si el pelotón era atacado por el enemigo. A mí me tocó mandar una de las dos secciones en que se dividió el escuadrón del Brigante.
Una tarde me dieron la orden de marcha. Salimos á la deshilada ya de noche. Caminamos durante diez horas; dimos una de vueltas para despistar á cualquiera; pasamos por cerca de la Peña del Cuervo y de Onrubia, y dormimos por la mañana en un bosque; al segundo día atravesamos el puente de la Vid, descansamos en el pinar próximo á Huerta del Rey, y la tercera noche de la salida estábamos en Hontoria, sin haber perdido un hombre ni un prisionero.
Durante todo el camino se nos acercó la gente de los pueblos á decirnos lo que pasaba y á explicarnos dónde estaban los franceses. Sobre todo, los curas constituían una policía espontánea inmejorable.
ROQUET Y KELLERMAN
El general Roquet se reunió á Kellerman en Peñafiel; permanecieron juntos los generales en aquella villa más de tres días sin poder averiguar el paradero de Merino, hasta que recibieron un parte del comandante militar del cantón de Aranda de Duero comunicándoles que Merino y su partida se encontraban de nuevo en el corazón de la sierra.
Roquet y Kellerman celebraron consejo, al que asistieron los coroneles de los regimientos.
No se tenía indicio alguno de nuestro paso. Demasiado comprendían los franceses que, cuando el país es amigo, todo se encuentra lleno de facilidades, y que, por el contrario, en tierra enemiga los caminos están erizados de obstáculos y dificultades.
Se discutieron y se rechazaron en el consejo una serie de proposiciones, y en vista de la imposibilidad de dar con un hombre tan astuto como Merino y tan conocedor del país, se determinó aislarlo en la sierra, recomendando al capitán general de Burgos que enviara siempre los convoyes con fuertes destacamentos.
Por otra parte, la lucha en las montañas, en pleno invierno, llevando grandes columnas, era imposible. Los soldados franceses, por muy aguerridos que fuesen, no podían alcanzar á montañeses ligeros, que corrían por el monte como cabras y conocían el terreno palmo á palmo.
Los acuerdos del consejo de Peñafiel se pusieron en conocimiento del conde de Dorsenne, jefe del ejército del Norte. El conde, en vista de las razones que le exponían, aprobó la determinación de los generales y se disolvieron las columnas, y enviaron las tropas á sus respectivos cantones.
Disueltas las brigadas, Roquet y Kellerman volvieron á Valladolid.
Libre Merino de toda persecución, empezó á estar á sus anchas. Tenía ya más de quinientos caballos de alzada, de excelente calidad, montados por buenos jinetes. En caso necesario, podía contar con otros tantos infantes.
V DILIGENCIA Y PEREZA
Después de la sorpresa de Quintana, Merino, á quien habían nombrado coronel efectivo, comenzó á lucir unos magníficos caballos.
El mejor que montó durante toda la guerra fué uno á quien bautizó por el Tordo.
El Tordo lo montaba el coronel francés del convoy muerto en el combate de Quintana. Era un caballo normando, de color ceniciento, de gran alzada, ancho de pecho, los pies y los brazos gruesos como columnas, y el pelo poblado y crecido, de media cuarta, tanto, que había que esquilarle en invierno, principalmente por los lodos.
Era un caballazo tosco, mal configurado y poco esbelto; parecía uno de esos percherones de los carros de mudanza.
Durante la pelea con los franceses entre Torquemada y Quintana de la Puente lo pudo contemplar Merino y ver su resistencia y su fuerza.
Cuando se lo mostraron después de la refriega decidió guardarlo para él. La cosa hizo reir á los oficiales y se hicieron chistes acerca del caballo, á quien unos llamaron Clavileño y otros Rocinante. Pronto se vió que los burlones estaban en un gran error.
El Tordo era muy manso; pero luego que se le ponía la silla y se montaba el jinete, se deshacía en movimientos y brincos.
Se le veía siempre deseando marchar.
Trotaba magníficamente y andaba á media rienda con frecuencia, cosa que gustaba mucho á Merino.
En la carrera, ningún otro caballo de la partida le superaba, y menos aún por entre montes y peñascales.
A pesar de su aspecto tosco, tenía las habilidades de un caballo de circo. Se paraba á la voz del amo, quedaba quieto como un poste, y el jinete podía apuntar con la misma seguridad que si estuviera en el suelo.
Para hacerle andar no se necesitaba ni la espuela ni el látigo; bastaba un ligero movimiento de la brida y animarle con la voz para que rompiese al trote.
En las embestidas del ataque parecía un caballo apocalíptico; no sólo no le asustaba el estruendo de los fusilazos, la gritería de los combatientes y el ruido de los sables, sino que por el contrario, le excitaba y le hacía dar saltos y cabriolas.
Casi todos los días, después de haber andado ocho ó nueve leguas á media rienda, el asistente le quitaba la silla, y si había río ó alberca en la proximidad le dejaba meterse en el agua.
Esto era lo que más le gustaba. Después del baño iba á la cuadra dando saltos y relinchando, y con un hambre tal, que si le echaban dos ó tres celemines de cebada, aunque fuera sin paja, se los tragaba al momento, y lo mismo comía habas secas, patatas ó zanahorias.
Los días de gran caminata, su amo mandaba darle una gran hogaza de pan con un azumbre de vino.
El cura comprendía el valor del Tordo en un momento de peligro, y no dejaba que lo montase nadie. Cuando entraba en acción hacía que el asistente lo llevara á su lado con silla y brida, por si venían mal dadas salvarse el primero.
Merino conservó el animal hasta después de la guerra, en que murió de viejo.
GANISCH
A principio del año 10 me hicieron á mí teniente. Ganisch pidió ser mi ordenanza.
Ya suponía yo que no ganaba nada con esto pero tuve que aceptar por amistad. Decían que Ganisch no entendía bien el castellano, y que por eso tenía que estar á mi servicio.
Ganisch no comprendía lo que no le daba la gana. A mí me estaba ya cargando. Era un egoísta terrible. Si le mandaban algo que no le gustaba, ponía cara de tonto y decía:
—No entender.
Ganisch me dió los grandes disgustos y estuvo á punto de comprometerme.
Aceptaba el mando en el momento del combate; pero luego era la indisciplina más completa.
—Mira, tú—le decía—, á ver si limpias esto.
—Ya lo limpiarás tú—contestaba con una frescura inaudita.
Determiné no encargarle nada; pero al último no era esto sólo, sino que de pronto me decía:
—Mira, tú, cuida de mi caballo, que voy á ver si encuentro algo de comer.
—Pero ¿tú qué te has creído?—le preguntaba yo.
—Bueno, bueno; ya sabemos lo que es esto.
Al oirle, cualquiera hubiera dicho que representábamos todos una farsa y que él estaba en el secreto.
Afortunadamente, Ganisch se las arregló para que le nombraran cabo furriel, y me dejó en paz.
VI LA CABALLERÍA ENEMIGA
Siempre que acometíamos á tropas de caballería pesada, dragones ó coraceros, maniobrábamos á nuestro capricho y dominábamos la situación.
La caballería ligera, formada por húsares y cazadores, era mucho más peligrosa; pues la velocidad de los caballos y la agilidad y pequeña talla de los jinetes les permitía darnos alcance y estorbar nuestro sistema de retirarnos y reunirnos rápidamente.
Como he dicho varias veces, no atacábamos mas que á columnas ó destacamentos menores que los nuestros.
Esas historias de partidas de campesinos que vencen á doble número de tropas regulares, creo que no pasan de ser historias. Claro que habrá casos de éstos; pero, en general, la victoria en la guerra es una resultante de fuerzas, y el que en un momento presente más hombres disciplinados con mayor suma de medios, vencerá.
La lógica y el sentido común triunfan en los campos de batalla como en todas partes.
La caballería pesada, poco temible por su lentitud, era peligrosa en las luchas cuerpo á cuerpo. Nosotros teníamos gente fuerte y aguerrida, pero no se podían comparar con los coraceros imperiales.
Sobre todo los alemanes, á quienes conocíamos por sus correas amarillas, eran unos bárbaros. Había entre ellos hombres que de un sablazo eran capaces de cortar el tronco de una encina.
Formaban los regimientos de Nassau, de Westfalia, de Wittemburgo y otros.
En ellos teníamos los mayores enemigos y los mayores amigos de España. La causa de esta discrepancia debía ser la religión. Los unos eran, sin duda, protestantes, y allí donde veían una iglesia entraban en ella, derribaban los altares, hacían abrevar los caballos en las pilas de agua bendita y pegaban fuego á todo lo que podían.
Los soldados imperiales italianos, suizos y polacos, en su mayoría católicos, eran de menos cuidado; desertaban muchos, y con facilidad se pasaban á nuestro campo.
A estos desertores y á los prisioneros los enviábamos al ejército aliado por la vía de Alicante y Valencia, con su hoja de ruta, alojamiento y raciones.
Se excitaba la deserción de los alemanes por medio de proclamas escritas en su lengua, que se esparcían en los pueblos donde estaban acantonados. A los prusianos se les aconsejaba que no lucharan á favor del enemigo de su patria, y á los católicos se les decía que ayudando á los impíos y á los hugonotes contra sus hermanos en religión, perdían su alma.
Los curas y las mujeres eran los más activos repartidores de estos papeles.
«EL QUADRO»
Los católicos y realistas franceses enviaban folletos y hojas contra Napoleón, en francés y en castellano, desde Inglaterra y Austria.
Uno de estos folletos se llamaba El Quadro, y venía á ser una aleluya de la familia Bonaparte.
El padre de Napoleón aparecía de carnicero en Ajaccio; su hijo Carlos, de mendigo; la mujer de éste, Leticia Catalina Fesch, de cena alegre con el conde de Marbeuf, gobernador de Córcega, enseñándole la pantorrilla; la emperatriz Josefina, abrazada á Barras; Elisa, la hermana de Napoleón, de planchadora, y luego embarazada; Pascual Bona, ó sea Félix Bacciochi, de mozo de café; Murat, gran duque de Berg, de cocinero, y Luciano Bonaparte, de arriero.
En medio de todos aparecía Napoleón sentado en un trono, con un puñal en la mano y rodeado de serpientes. Alrededor de la corona se leía: Napoleone, é irradiando de las letras de su nombre se formaba este acróstico:
N emice A micus P rotector O mnium L atronum E clesiæ O pressor N eronis E mulator
Napoleón enemigo, amigo y protector de todos los ladrones, opresor de la Iglesia, emulador de Nerón.
En casi todos los papeles antibonapartistas se citaba esta conversación entre dos italianos:
—Tutti li francesi son latri?—preguntaba uno; y el otro contestaba:
—Non tuttima buona parte.
Como el apellido originario de Napoleón era Buonaparte, y todos los realistas lo pronunciaban así, recalcando la ú, parecía esto una cosa ingeniosísima.
En los libelos contra el rey José se le llamaba siempre Pepillo, Pepe Botellas ó el Rey de Copas; se le pintaba borracho y cayéndose.
Se decía que en Logroño subió al púlpito de una iglesia á predicar, y se vendía una hoja suelta titulada: «Sermón que predicó el señor Josef Bonaparte, intruso rey de España, en la santa iglesia de Logroño, en italiano».
También corrían entre nosotros dos folletos, en francés: «La Santa Familia» y Les Nouvelles a la main, en los cuales se atribuían infinidad de crímenes y de villanías á los Bonapartes.
Yo para mí pensaba que por muchos horrores que se les atribuyeran no se podía menos de reconocer que era una familia de hombres de talento, bien diferente de la de los Borbones, que unía la estolidez á la degeneración.
Al mismo tiempo se cantaba la inocencia de Fernando, se tenía un amor por él verdaderamente ridículo, y se creía en una protección especial de Dios por la dinastía de los Narices. A pesar de ser yo guerrillero patriota, esta alianza entre Dios y el rey de España, de que nos hablaban los fanáticos, me repugnaba, me recordaba las historias de la Biblia y las ilusiones de un pueblo tan miserable como el pueblo judío, que se creía elegido por Dios.
Fuera por los libelos ó por lo que fuera, el caso es que el número de desertores de los ejércitos imperiales aumentaba. Al principio se quedaban entre nosotros; pero cuando ya había muchos, Merino que temía ser víctima de un complot combinado entre los desertores y los enemigos, iba enviando aquellos al ejército aliado.
Uno de los que quedó con nosotros, y en el escuadrón del Brigante, fué un bávaro, Pablo Müller, de religión católica, hombre fuerte, fanático, que llegó á ser un buen amigo de todos.
VII DESCONTENTO
A pesar de una larga época de grandes reveses sufridos por los españoles, y á pesar de que en Madrid se suponía consolidado el trono de José Bonaparte, desde el campo se advertía la imposibilidad de la victoria francesa.
El alzamiento español se generalizaba; la fiebre patriótica crecía; la resistencia se iba organizando cada vez mejor.
Nosotros, que al principio de la guerra nos hallábamos incomunicados con el resto de España, empezamos á recibir noticias de todas partes. Estas noticias no nos halagaron. Creíamos ser los únicos guerrilleros de una gran partida, y vimos que no. Se comenzó á hablar de las hazañas de Mina, del Empecinado y de don Julián Sánchez.
La gente de las orillas del Duero nos contaba las peripecias de la vida de don Juan Martín, y los llegados del Norte, los hechos heroicos de don Francisco Espoz.
Nuestras glorias quedaban obscurecidas. Se apreciaban los servicios de la partida de Merino, pero no se contaban de ella heroicidades.
Merino había comunicado su manera de ser á su gente, como Mina y el Empecinado á la suya.
En los pueblos se nos tenía por guerrilleros hábiles, astutos, activos, no por gente de coraje. Desprestigio terrible.
Varias veces hablé con el Brigante de esto.
Yo no me hallaba conforme con la táctica del cura; yo creía que el éxito de la guerra no dependía sólo de matar; había que intentar algo extraordinario que nos cubriese de gloria.
Hay gente que supone que en el día no puede ocurrir nada extraordinario ni original. Para muchos, la extraordinariez y la originalidad no se encuentran mas que en las cosas pasadas.
Lo que ha ocurrido ya, para los que piensan tener toda la ciencia en el bolsillo, además de original y raro, les parece necesario y lógico. ¿Pero no les parecería igualmente lógico si hubiera ocurrido lo contrario?
Respecto á la originalidad, es indudable que si alguno pudiera ver las acciones de los hombres en conjunto, las encontraría todas iguales; pero, en realidad, no lo son, como no lo son las hojas de un mismo árbol.
Yo por mi parte y fuera de esto creo que basta el sentimiento íntimo de que lo que uno hace es espontáneo y original para que lo sea.
El Brigante era un poco inclinado al fatalismo, doctrina quizá buena para un filósofo, pero mala para un hombre de acción.
Yo intentaba demostrar que debíamos hacer algo fuera de todos los hábitos rutinarios de los demás.
El Brigante me oía sin replicar.
—Si tuviéramos mil hombres dirigidos por ti—decía yo—, podríamos dar batallas verdaderas.
El Brigante se quedaba ensimismado.
—Aunque tuviéramos quinientos, ¿eh?
Poco á poco me aventuré á hablar más claro, y le dije que debíamos abandonar á Merino.
—¿Y qué vamos á hacer?
Este era el problema. Lo más fácil hubiera sido dejar la partida y entrar en el ejército regular; pero al Brigante y á mí no nos gustaba estar sometidos á ser siempre peones. Queríamos conservar nuestra independencia, y la vida aventurera y cambiante nos parecía mejor que la reglamentada.
Sentíamos también los guerrilleros un poco de desprecio por las paradas y las batallas de bandera y música. La disciplina estrecha, la burocracia militar, el cuartel; todo esto nos parecía repugnante.
Ser guerrillero y pelear y matar está bien; ser militar para andar probando ranchos y acompañando procesiones es cosa ridícula.
El proyecto de incorporarnos al ejército regular, por difícil y poco halagüeño lo abandonamos.
Desechado esto, discutimos la posibilidad de desertar con el escuadrón ó con parte de él, internarnos en la Rioja ó en Burgos y formar partida independiente.
En el caso de querer incorporarnos á otra partida, las teníamos cerca. Mina guerreaba en Navarra; Jáuregui, en Guipúzcoa; Renovales y Campillos, en Aragón; Longa, en Alava y en la ribera del Ebro; y el Empecinado, en la Alcarria.
El Brigante me oyó, y como, á pesar de su valor, era hombre prudente, me dijo:
—Hay que esperar la ocasión. Y ten cuidado, Eugenio; otro te puede escuchar como yo, y luego ir con el cuento... Y ya sabes lo que te espera.
El Brigante tenía razón. Había que esperar. Yo lo comprendía, pero me impacientaba.
LAS SIMPATÍAS DE NUESTRA GENTE
Comencé á explorar el ánimo de mis guerrilleros, y me encontré sorprendido al notar que todos eran más partidarios de Merino que del Brigante.
El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrón no producía efecto en nuestras huestes.
Es terrible esto de no poder arrastrar á nadie. De contar con los ciento cincuenta hombres del escuadrón, se hubiera podido hacer algo; pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del cura.
El pueblo tiene su instinto que le sirve de lógica. En nosotros, en el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en mí, veían algo extraño: una tendencia á sacar las cosas de sus cauces naturales llevándolas por otros caminos, una inclinación á no seguir los usos sancionados y un desdén por sus hábitos de crueldad.
Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.
En cambio, Merino era de los suyos, discurría como ellos, pensaba como ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.
Al comprobar esto me desesperé.
¡Qué ocurrencia la mía de ir á Burgos y unirme con Merino!
Habiendo guerrilleros vascos célebres, Mina y Renovales que eran navarros, Jáuregui guipuzcoano, y Longa vizcaíno, tres de ellos muy liberales, la suerte hacía que yo, vasco y liberal, me uniera á un castellano absolutista.
Después, en el transcurso de mi vida, el haber estado á las órdenes de Merino fué un obstáculo para mis planes.
Si en la conversación se hablaba de los sucesos del año 8 al 14 y yo daba detalles, me preguntaban:
—¿Es que estuvo usted en la guerra de la Independencia?
Yo contestaba que sí.
Era para mí un gran honor.
—¿Con quién?—me preguntaban.
—Con el cura Merino.
Y todo el que me oía creía que era un absolutista.
El general Mina, hombre intransigente y algo arbitrario, nunca se fió de mí, sólo por eso. Varias veces dijo á algunos amigos suyos y míos que bastaba que yo hubiese guerreado con Merino para que no creyese en la sinceridad de mis ideas liberales.