LIBRO PRIMERO NUESTRA SALIDA DE IRÚN
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LAMENTACIÓN CARCELERA
Estas páginas las escribo en la Cárcel de Corte de Madrid, en el año de desgracia de 1834.
Acusado de conspirador por haber fundado la Isabelina, me he quedado solo en la cárcel; mis cómplices andan libres, gracias á mis declaraciones; yo no he querido cantar y los he salvado. No me lo han agradecido, y en los periódicos hablan de mí con desprecio y con burla.
Vivo en un agujero negro donde no tengo más compañía que las ratas. Les echo migas de pan y lo agradecen. Sin duda tienen más memoria que los hombres.
Para dar á la estancia en la trena mayor encanto, se ha declarado el cólera con una furia terrible. La iglesia de la Cárcel de Corte, habilitada de hospital, se halla atestada de enfermos y de moribundos.
El huésped del Ganges, como decimos los periodistas, da la batalla á la humanidad, si es que es humanidad la que está presa en un estercolero. Los enfermos se mueren al pie de los altares; los sanos se dedican á cantar, á bailar y á tocar la guitarra. Y ande el movimiento... el movimiento hacia el cementerio.
Aquí vendría bien un latinajo sentencioso, de esos que expresan con gran elegancia una vulgaridad conocida por todos; pero yo no recuerdo ninguno... ni falta.
Mi hermana y su marido vienen á verme. Les suele acompañar una viudita de la vecindad, muy sensible, que al parecer tiene simpatía por mí y compasión por mi estado, y eso que le han dicho, probablemente algún fraile en el confesonario, que yo soy muy malo, muy malo.
A la viudita le hace mucha impresión lo que cuento yo de la vida de la cárcel; así que tengo que tranquilizarla y decirle al oído, como en esa célebre carcelera:
En la reja de la trena no te pongas á llorar; ya que no me quites penas, no me las vengas á dar.
Varias veces, mientras charlamos, me avisan para ayudar al cura á dar los óleos y voy de acólito suyo con el farol.
Un granujilla viene á llamarme.
—Don Eugenio, que vaya usted á llevar el farol.
—Bueno, ya voy.
Me despido de mi familia y me largo.
Cuando no acudo yo va Luis Candelas, el célebre ladrón de Madrid, huésped también de la cárcel y amigo mío.
—Luisillo—le suelo decir—, creo que tú y yo somos las dos únicas personas decentes que hay en Madrid; por eso estamos en la cárcel.
—Y que es mucha verdad, don Eugenio—contesta él—, porque yo, aunque ladrón, soy un ladrón honrado y, además, un hombre muy liberal. Esto lo dice Candelas porque tomó parte muy activa en el desarme de los voluntarios realistas.
A veces, lo demasiado pintoresco del presente hace que vaya á refugiarme en mis recuerdos, cosa contraria á mi temperamento, poco amigo de lloriquear sobre el pasado.
No me gusta el melodrama del género lacrimoso.
Después de todo, ¿qué importa estar en la cárcel ó estar en la calle?
Cuando se conserva el ánimo fuerte, estos horrores carcelarios, estas atrocidades le van curtiendo á uno.
Cantaba hace unos meses la tía Matafrailes, en la taberna del hermano de Balseiro, mientras afilaba el cuchillo con el que pensaba abrir en canal á un jesuíta, esta canción:
Tres cosas en el mundo causan espante: timulto, tirrimoto, y el alifante.
Pues, para mí, apreciable tía Matafrailes, no hay timulto ni tirrimoto que valga, y hasta al mismo alifante era capaz de mascarle la nuez ó la trompa si entraba en mi calabozo.
Condenar á un hombre de acción á no hacer nada es una cosa cruel.
Debo tener las entrañas más negras que la tinta... de rabia.
Estoy tan vigilado, que la única acción posible para mí es la gimnasia y llevar el farol del señor cura. ¡Maldita sea la...!
INVOCACIÓN
Oh tú, ciudadano desconocido, que encuentres este cuaderno en algún rincón de mi calabozo; carcelero ó rata de cárcel, asesino ó apóstol, católico ó librepensador, realista ó republicano, granuja ú hombre de bien, si pasas los ojos por estas líneas, sabe que el hombre que las ha escrito, encerrado aquí, ha sufrido por la libertad, ha querido que los hombres sean hombres y no sean bestias; sabe... pero, en fin, no sepas nada; me es igual.
I EL TEOFILÁNTROPO
Casi siempre el acontecimiento es traidor é inesperado. ¿Quién lo puede prever? Aun contando con la casualidad es difícil; sin contar con ella es imposible.
Se cree á veces dominar la situación, tener todos los hilos en la mano, conocer perfectamente los factores de un negocio, y, de repente, surge el hecho nuevo de la obscuridad, el hecho nuevo que no existía, ó que existía y no lo veíamos, y en un instante el andamiaje entero levantado por nosotros se viene á tierra, y la ordenación que nos parecía una obra maestra se convierte en armazón inútil y enojoso.
Muchas veces he comprobado en mis proyectos la quiebra producida por el acontecimiento inesperado, á veces tan decisiva, que no permitía ni aun siquiera la reconstrucción de la idea anterior con un nuevo plan.
El año 1808 vivía en Irún. Era yo todavía un chico, aunque bastante precoz, para soñar con empresas políticas y revolucionarias.
Como fundador del Aventino, me habían nombrado presidente de la Sociedad y estaba en relación con las logias de Bayona, con la de Bilbao, la más importante, y la de Vitoria.
Nuestra Sociedad avanzaba; hicimos gestiones cerca de los liberales vascos, algunos, como Echave, de los que trabajaron por la independencia de Guipúzcoa en 1795, y conseguimos su adhesión.
Los afiliados de Irún todos eran jóvenes, menos un señor ya viejo, organista de la iglesia, tipo bastante extraño y original, apellidado Michelena.
Michelena era alto, flaco, huesudo, de unos cincuenta años, hombre muy sentimental.
Michelena, además de pertenecer al Aventino, estaba afiliado á una secta, llamada de los Teofilántropos, que tenía su centro en París.
¿Cómo este buen organista, que apenas había salido de Irún, pertenecía á aquella Sociedad?
SANTA CRUZ
El mismo Michelena me lo contó. Unos años antes pasó por Irún un hombre humilde y andrajoso. Venía de Hendaya á pie.
El hombre se dirigió á Michelena y le preguntó dónde podría descansar allí unos días. El organista le llevó á su casa.
El tipo andrajoso se llamaba Andrés Santa Cruz, era de un pueblo de la Alcarria y quería volver á su tierra á morir en ella.
Santa Cruz contó su vida á Michelena.
En su juventud, sintiendo mucha afición á leer, y creyéndose ahogado en el ambiente estrecho de España, salió de su pueblo á pie hacia París. Tenía un gran entusiasmo por los enciclopedistas franceses y quería conocerlos.
Al llegar á Tours, un príncipe alemán que pasaba, en su carroza lo encontró tendido en la cuneta de la carretera; se acercó á él, le preguntó quién era, y quedó asombrado de los muchos conocimientos del vagabundo. El príncipe le ofreció el cargo de preceptor de sus hijos y Santa Cruz aceptó.
El alcarreño fué á vivir á Londres, pasó allí varios años, se hizo masón, conoció á Cagliostro, que le inició en el magnetismo y le dió varias recetas de elixires y sortilegios, y al comenzar la Revolución Francesa no pudo resistir la tentación y, dejando su cargo, se trasladó á París. Era en 1790.
Santa Cruz, hombre suave y de gustos sencillos, se encontraba atraído y al mismo tiempo repelido por aquellos hombres terribles y violentos de la Revolución. En París, Santa Cruz se hizo amigo íntimo de un profesor de botánica y diputado de las Constituyentes, Larreveillere-Lepaux de nombre, tipo también extraño, de ideas originales y de cuerpo igualmente original, pues era contrahecho y tenía una gran joroba en la espalda.
Durante el Terror, Larreveillere y Santa Cruz estuvieron escondidos en una guardilla. Larreveillere dibujaba láminas de botánica para un editor y Santa Cruz trabajaba como sastre. Cuando el establecimiento del Directorio fundaron entre los dos la Sociedad de los Teofilántropos. Luego Larreveillere llegó á ser un personaje, y Santa Cruz siguió siendo un hombre obscuro.
Santa Cruz publicó el año V de la República un folleto, titulado: «El culto de la Humanidad».
Santa Cruz y Michelena se entendieron; el organista tocó en su casa, en el clavicordio, trozos de Juan Sebastián Bach y de Haydn; el vagabundo contó su vida y explicó sus ideas.
Santa Cruz había recorrido casi todas las capitales de Europa y visitado á los hombres más ilustres, de quienes conservaba vivos recuerdos.
Un día el vagabundo le indicó á su amigo que se marchaba á Bilbao, y le dejó un folleto con esta dedicatoria: «A un hombre bueno, un hombre desgraciado».
El organista había experimentado una gran sorpresa al hablar con Santa Cruz, y se sintió convencido al leerle. Un día se le ocurrió escribir á París á Larreveillere-Lepaux y se afilió á la Sociedad de los Teofilántropos.
Michelena tenía su sistema político-social, en donde entraban la religión, la música, la teofilantropía y el magnetismo, Jesucristo, Bach y Mesmer. Sus argumentaciones las ilustraba con trozos musicales.
Algunos del Aventino le oían con mucho gusto.
Yo no tenía gran entusiasmo por aquellas lucubraciones fantasmagóricas.
El movimiento, la acción, la vida intensa, dinámica, era lo que me atraía.
II SORPRESA
En medio de estas preocupaciones masónicas, revolucionarias y filantrópicas, recibimos el anuncio de la entrada de los franceses en nuestro país. Se decía que iban á cruzar España para intervenir en Portugal.
Efectivamente; poco después pasaron el Bidasoa Junot y luego Dupont.
Yo no me hallaba entonces bien enterado de la política de aquel tiempo, y no podría trazar un cuadro completo del estado de España en 1808; no conozco bastante la historia para eso, y en el fondo de esta cárcel no puedo proporcionarme libros ni datos.
Además, como hombre de acción, he vivido al día, y el recuerdo de tanto acontecimiento favorable y adverso, más adversos que favorables, batallas, matanzas, epidemias, unido á los sufrimientos de la cárcel, han llevado la confusión á mi memoria.
Contaré, pues, las cosas conforme las vaya recordando.
Yo, como digo, vivía pensando en el Aventino y en las discusiones masónicas y teofilantrópicas que teníamos unos y otros.
De cuando en cuando hablaba con mi tío del viaje á Méjico, que por una serie de dilaciones no había podido realizar.
En esto se presentó en Irún mi amigo de la infancia Ignacio Arteaga. Ignacio venía de ayudante del general don Pedro Rodríguez de la Buria, el cual traía una misión diplomática, al parecer, muy delicada. Ignacio me habló de su familia. Consuelo se había casado con un hombre de más de cuarenta años, persona de posición y de gran porvenir.
Yo, desesperado por la noticia, decidí apresurar mi viaje á Méjico, y escribí á una casa de Burdeos pidiendo pasaje. Debió perderse la carta, porque no recibí contestación. Este pequeño detalle cambió la dirección de mi vida por completo.
Al final de Enero de 1808 tuvimos en Irún el espectáculo de ver entrar al mariscal Moncey con un cuerpo de ejército de veinticuatro mil hombres. Era el Cuerpo de Observación de las costas del Océano, el tercero que pasaba la frontera.
Mi tío Fermín Esteban, que leía muchas gacetas y se enteraba de la marcha política de los imperios, era de los más desconfiados y más llenos de preocupación con las expediciones francesas.
¿Para qué querían los imperiales aquellos inmensos acopios de galleta en Bayona, San Sebastián y Burgos?
¿Por qué tantas vituallas en ciudades tan distantes de los puertos de Andalucía, donde los franceses iban á embarcarse para entrar en Portugal?
Por otra parte, la caballería que pasaba por Irún, necesitaba, para ser transportada, una enormidad de buques, que, según mi tío Fermín Esteban, no había.
Ignacio Arteaga venía á verme siempre que su general le dejaba libre.
EL PATRIOTISMO DE IGNACIO
Ignacio se manifestaba muy patriota, cosa que yo entonces no comprendía; porque la patria no se siente fuertemente mas que cuando se está fuera de ella y cuando se encuentra uno en peligro de perderla.
Ignacio me habló repetidas veces del Rey, de la Reina, de Godoy y del príncipe Fernando; de sus odios, de sus disputas y de sus maquinaciones.
Esta vida doméstica de los reyes y de sus serviles palaciegos, á mí, al menos, no me interesaba nada. Ignacio era enemigo del «Choricero», como llamaban á Godoy, y creía que bastaba la subida al trono del príncipe Fernando para que España fuera feliz.
Ignacio, por orden del general Buria, mandaba todos los días informes alarmantes acerca de los propósitos de los franceses, y desde Madrid solían contestarle diciendo: «Enterado».
En Febrero se supo en Irún que el general Darmagnac se había apoderado por sorpresa de la ciudadela de Pamplona.
Mi tío Fermín Esteban dijo:
—Esto va mal; los franceses nos están engañando.
Cuando vinieron las noticias del motín de Aranjuez contra Godoy, Ignacio Arteaga, muy enemigo del favorito, aseguró que con aquel cambio iba á arreglarse todo.
Los aristócratas que produjeron la caída de Godoy valían mucho menos que él; los Montijo, los Infantado, los Orgaz, los Ayerbe eran unos botarates ambiciosos de poca monta que querían rivalizar en el honor de cepillar la casaca y lustrar las botas del monarca con otros palaciegos.
Difícilmente se puede dar un caso de ineptitud mayor que el de la aristocracia española y el de todas las clases pudientes en el reinado de Carlos IV y en la invasión francesa.
Sin el arranque y la genialidad del pueblo, la época de la guerra de la Independencia hubiera sido de las más bochornosas de la historia de España.
No se hubiera sabido qué despreciar más, si al Rey, á los aristócratas, á los políticos ó á los generales.
Las clases directoras fueron de una esterilidad absoluta; no salió un hombre capaz de dirigir á los demás.
Como era natural, el motín de Aranjuez no arregló nada; las tropas francesas siguieron avanzando por España y Murat entró en Madrid.
Yo le encontraba á mi tío Fermín Esteban leyendo gacetas, consultando planos, lleno de preocupaciones. En un hombre egoísta y poltrón como aquél era extraño verle tan agitado.
FERNANDO VII Y SUS SATÉLITES
En Abril pasó el príncipe Fernando por Irún. Ignacio Arteaga le vió; según dijo, venía muy receloso. En Vitoria, para impedir su viaje, le habían cortado los tirantes del coche y en Guipúzcoa, en Astigarraga, los campesinos se acercaron á Fernando con hachas encendidas gritando:
—¡No ir á Pransia! ¡No ir á Pransia!
Este amor por un rey que recomendaba á sus vasallos no le siguiesen á mi revolucionario y jefe del Aventino me parecía algo ridículo y vergonzoso.
A la semana de la marcha del Rey se levantaba Tolosa, entonces capital de Guipúzcoa, y luego Bilbao.
Unos días más tarde se presentaron en Irún Carlos IV y María Luisa con Godoy, y pasaron á Bayona.
Una nube de aristócratas, de militares y de intrigantes aparecieron en la frontera. Entre ellos se encontraba don Juan Palafox, que luego tuvo tanta fama de patriota por la defensa de Zaragoza, y á quien conocí más tarde y me pareció un hombre inepto, ambicioso y de poca integridad moral.
Palafox venía con el hijo del marqués de Castelar, y quería pasar á Bayona á olfatear lo que allí se guisaba, aunque él dijo después que iba á arrancar al príncipe Fernando de las garras de Napoleón. Le preguntaron á Arteaga si podrían entrar en Bayona, é Ignacio les contestó que serían detenidos si se presentaban de uniforme, é igualmente si se disfrazaban, porque Bonaparte tenía miles de espías en la frontera.
Castelar y Palafox no se determinaron á pasar, al menos por Irún.
Arteaga, que estaba muy enterado de las murmuraciones de la corte, me dijo que Palafox había sido uno de los intermediarios del príncipe Fernando con el embajador de Francia en Madrid, Beauharnais, para concertar el matrimonio del príncipe con una sobrina de Napoleón.
Había tomado también parte Palafox, unido con Montijo, en el motín de Aranjuez, y aconsejado á Fernando que marchase á Bayona.
Al ver que la cosa salía mal, Palafox se hizo el sorprendido, y pocos meses después estaba en Zaragoza echándoselas de héroe y dando proclamas elocuentes, que se las escribían los frailes.
La misma conducta artera ha seguido conmigo veinticinco años después, con motivo de la conspiración Isabelina, por la que estoy preso.
Sabía lo que pasaba, dejaba que los demás se comprometiesen. ¿Salía el movimiento bien? Pues el duque se aprovechaba. ¿Salía mal? Él no tenía nada que ver.
Este Palafox, hombre que une la ineptitud con la ambición, cuya vida pública y privada ha sido sospechosa, que hizo una salida de Zaragoza dejando abandonado el pueblo en el momento de más peligro, pasa por una de nuestras grandes figuras.
Así es la historia. En cambio, ¡cuántos hombres no han muerto haciendo verdaderas heroicidades y han quedado ignorados!
En el fondo, es igual. La inmortalidad es una poética superstición.
Como decía, ni Palafox ni Castelar fueron á Francia, por Irún.
Días más tarde el general Rodríguez de la Buria, Ignacio y yo marchamos á Bayona.
Ni el general ni Ignacio sabían bien el francés, y me llevaron como intérprete.
El general se presentó al príncipe Fernando, quien le dió la comisión de proponer á los reyes padres un acomodamiento: el cederles Mallorca ó Murcia durante sus días.
El pobre calzonazos de Carlos IV dijo que había que consultar á Godoy, á su querido Manuel, y Godoy, cuando se lo dijeron, no aceptó.
Entonces hubo una serie de conferencias secretas y de líos en Bayona y en Irún, en que intervinieron Fernando, Godoy, los dos Palafox, el conde de Belveder, el cónsul de Bayona Iparraguirre y otros.
Yo sabía algo de estas maquinaciones por Ignacio.
Un día nos encontrábamos Ignacio y yo en la fonda, en Bayona, esperando á que llegase el general Buria, cuando se presentaron unos cuantos oficiales franceses. Iban á Burgos, estaban muy contentos, pidieron café y licores y brindaron por la conquista de España.
Ignacio Arteaga se puso pálido como un muerto; me miró y no dijo nada.
Al día siguiente Rodríguez de la Buria y Arteaga pasaron á Irún y siguieron hacia Madrid.
III VACILACIONES
Desde entonces comencé yo á preocuparme de los acontecimientos de actualidad.
Yo no sospechaba que la invasión francesa produjera el alzamiento del país y aquel incendio que acabó con una España y dió principio á otra.
Pocos años antes los españoles habían invadido el Rosellón, y los franceses, después, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya y no se conmovieron ninguna de las dos naciones.
Esta vez la cosa iba tomando otro carácter.
Mientras se hablaba de los arreglos y componendas de Fernando, Carlos IV y Napoleón, se supieron los sucesos del 2 de Mayo, de Madrid.
En la Gaceta del Comercio, que se publicaba en Bayona, en castellano, leí un relato de estos sucesos, escrito por algún afrancesado. El artículo terminaba diciendo:
«Valúase la pérdida de los franceses en 25 hombres muertos y 45 á 50 heridos; la de los sublevados asciende á varios millares de los mayores calaveras de la villa y de sus inmediaciones.»
Un comerciante de Bilbao nos contó la verdad de lo ocurrido en Madrid el día 2 de Mayo.
Tuvimos junta en el Aventino. Todos, hasta Michelena, se manifestaron patriotas y guerreros. El Teofilántropo no pudo menos de confesar que los pases magnéticos no significaban nada ante un trabuco.
La opinión general estuvo de acuerdo en abandonar por entonces las cuestiones políticas y hacer la guerra á los franceses. Los mismos enciclopedistas vascos que antes, en 1795, habían querido la separación de Guipúzcoa de España con la protección de la República Francesa, se decidían con entusiasmo por la causa española. A uno de los más significados separatistas, don Fernando de Echave, acababan de prender los franceses en Usurbil por manifestarse enemigo de los invasores.
A mí la posibilidad de una campaña anticlerical hecha por Napoleón me hacía esperar.
Me encontraba así fluctuando; mi tío, á pesar de su españolismo, me aconsejaba que me dejara de guerras y fuera cuanto antes á Méjico; mis amigos excitaban mis sentimientos patrióticos.
Yo les aconsejaba calma; que esperaran el giro de los acontecimientos...
Aquella pobre familia de los Borbones se mostró ante Napoleón ridícula y servil.
Los padres, el hijo, el favorito, todos rivalizaron en abyección y vileza.
El amo de Europa presenciaba sonriendo aquellas escenas vergonzosas, como un juez desdeñoso el escándalo de una casa de vecindad.
Los grandes de España que se encontraban en Bayona se mostraron también cobardes y sumisos.
Más que los grandes de España, parecían los enanos de España.
Yo tenía interés en ver cómo terminaba aquello. El verano se iban á celebrar Cortes en Bayona. ¿Qué podía salir de tanto enredo?
LAS ESPERANZAS DE LAZCANO
Por esta época me encontré á Lazcano y Eguía. Acababa de llegar á Irún é iba de paso para Francia.
Hablamos extensamente de los asuntos de actualidad.
Lazcano se mostró entusiasmado.
—Estamos de enhorabuena—me dijo.
—¿Cree usted?
—Sí, sí. España entra en un nuevo período. Esto se va á transformar.
—Me parece difícil.
—A mí no. Marchena ha dicho muchas veces: Francia necesitaba de una regeneración; España no necesita mas que una renovación.
—¿Y quién ó quiénes van á hacer esa renovación?—pregunté yo.
—Bonaparte. José Bonaparte. Es un hombre de un talento grande. El será el eje de la transformación de España; hará lo que ha hecho su hermano en Francia. La verdadera obra revolucionaria ha sido la de Napoleón.
No quise discutir su aserto, con el cual no estaba conforme.
No creía tampoco en la eficacia liberal de la invasión francesa. Si el pensamiento de Napoleón hubiera sido liberalizar á España, podía haber dejado en Madrid un rey español, por ejemplo, á Fernando, rodeado de bayonetas; hacer lo que hicieron los franceses con Angulema quince años después para asegurar la reacción; pero Napoleón no quería liberalizar, quería reinar; nacido de la Revolución, aspiraba á ahogarla.
Lazcano me invitó á ir con él á conocer á los Notables que en Bayona estaban preparando el cambio de dinastía: Azanza, Urquijo, Arribas, Hermosilla, etc., pero no quise ir.
No creía tampoco que tuviera gran eficacia una Constitución que, aunque se decía se estaba elaborando en Bayona por españoles ilustres, realmente se había redactado calcándola sobre la francesa por un señor llamado Esmenard, que, al parecer, conocía bien los asuntos de España.
PLANES DE GANISCH
Al proyecto de Lazcano oponían Ganisch y Cortázar el de salir al campo á luchar con los franceses.
A Cortázar le inspiraba el patriotismo; Ganisch tenía, más que nada, afán de aventuras.
Al final de verano se supo en Irún la noticia del triunfo de los españoles en Bailén. En todas partes se hablaba de la victoria obtenida en esta gran batalla, y como no había periódicos ni noticias oficiales, se aumentaba ó disminuía la importancia de los acontecimientos al capricho.
Ganisch y Cortázar decidieron que debíamos echarnos al campo.
Era difícil; las provincias vascas se hallaban ocupadas militarmente en su totalidad por los franceses, y aunque se hablaba de partidas de patriotas, nadie sabía con exactitud por dónde andaban.
Se citaban nombres de guerrilleros hasta entonces desconocidos. Los franceses decían que eran sólo ladrones y no patriotas. El primero que se citó en el Norte fué Javier Mina, á quien luego, cuando su tío don Francisco Espoz adquirió más fama, se le llamó Mina el Mozo ó Mina el Estudiante.
Cortázar, Ganisch y yo intentamos ir hacia Navarra; pero viendo la dificultad de pasar, nos volvimos de nuevo á Irún.
Entonces á Ganisch se le ocurrió que fingiéramos una carta diciendo que me llamaban á casa desde Madrid.
Hicimos esto y yo recibí la falsa carta. Mi tío Fermín Esteban no sospechó la superchería y me dió sesenta duros para el viaje.
Hice mis preparativos é inmediatamente Ganisch y yo nos fuimos á San Sebastián, al San Sebastián quemado por los ingleses el año 1813, que era un pueblo parecido al actual, con casas altas de cuatro ó cinco pisos, encerradas dentro de la muralla, y calles estrechas, iluminadas de noche con faroles de reverbero.
Nos hospedamos en el Parador Real, y yo tuve el capricho de comprar en una tienda nueva un anteojo de larga vista.
En San Sebastián supimos que comenzaba á haber partidas de patriotas en los puntos de paso obligados de Madrid y pensamos en reunimos con cualquiera de ellas. Tomamos nuestro pasaporte, yo á nombre de Eugenio Echegaray, mi tercer apellido, y Ganisch con el de Juan Garmendia.
Desde San Sebastián fuimos á Vitoria en un cochecito. En la ciudad alavesa estaba el rey José con su cuartel general. Allí iba á esperar á Napoleón, que pocos días después estaría en España á la cabeza de su ejército con los mariscales Soult y Lannes.
IV ENCUENTRO
En Miranda de Ebro nos topamos con unos arrieros en el mismo puente, y en su compañía pasamos el desfiladero de Pancorbo y llegamos hasta Briviesca.
Se detuvieron ellos y nosotros á la salida del pueblo, en el mesón del Segoviano, que entonces pertenecía á un señor Ramón de Pancorbo. Los arrieros hicieron la comida aparte, y Ganisch y yo pedimos de cenar y nos sentamos á la mesa redonda.
Estaban de comensales dos militares franceses, uno de ellos capitán y el otro subteniente, hombre este de largos bigotes rubios, y dos mujeres españolas, una muchacha y una vieja.
Los militares intentaban entrar en conversación con la muchacha, pero ella, seca y desabrida, no contestaba.
Durante la cena las dos mujeres, Ganisch y yo no dijimos nada. Los oficiales franceses, atrevidos y fanfarrones, se hartaron de reirse y de insultarnos en su lengua. Ya veríamos los españoles lo que nos iba á ocurrir cuando llegara el gran Napoleón con Soult. Tendríamos que arrodillarnos todos á sus pies si no queríamos ser pasados á cuchillo.
Al levantarse los franceses el odio español estalló como una mina, y hablamos los cuatro que quedábamos en la mesa de que había que exterminar aquellos estúpidos y petulantes invasores. Al momento Ganisch y yo nos hicimos amigos de las dos mujeres.
La muchacha se llamaba Fermina, y la vieja, doña Celia.
Hasta mucho tiempo después no supe que las dos no se conocían en el momento de encontrarlas nosotros en el parador.
Fermina era una mujer bonita, de ojos negros; tenía la nariz recta, la boca pequeña, la cara ovalada, la estatura algo menos que mediana, pero erguida y esbelta de talle; la tez morena pálida. Vestía de luto; parecía una señorita de pueblo.
La vieja doña Celia era de esas viejas que cuentan desdichas y hablan constantemente de su padre el general, de su tío el oidor del Perú, y de su juventud deslizada entre condes y marqueses.
Charlamos largo rato Fermina y doña Celia, Ganisch y yo, y expusimos nuestras aspiraciones patrióticas.
La moza del mesón, que nos oía, se adhirió y fué de las más entusiastas.
Ganisch entonces confesó que él y yo nos íbamos á echar al monte, lo que produjo que las tres mujeres nos miraran con admiración y enternecimiento.
—Nada; si quieren ustedes venir, vengan con nosotros—añadió Ganisch, que tenía las grandes salidas.
—¿A dónde?
—Al monte. A matar franceses.
Fermina afirmó que ella iba; tal odio sentía por los invasores: la criada del mesón dijo que también. Estaba cansada de servir en la posada y ansiaba marcharse á recorrer tierras.
—¿Cómo te llamas?—le pregunté yo.
—María, la Riojana.
La Riojana tenía la nariz remangada, los ojos muy claros, la boca entreabierta, como expresando una interrogación; el pelo rubio rojizo, la piel blanca y el pecho abundante.
Hablaba con mucha gracia, una gracia picante, burda; su conversación era como esos guisos de arriero salpimentados con especias fuertes.
Una sociedad como la nuestra, hecha en un mesón entre cinco personas desconocidas, no podía verificarse mas que en un momento de inquietud como aquél.
Realmente había una enorme ansiedad en toda España; en las ciudades, en las aldeas, en los rincones apartados no se hablaba mas que de la invasión francesa.
Se citaba en los pueblos la gente preparada para echarse al campo; en ninguna parte se sabía nada de cierto, y las noticias, contradictorias y absurdas, aumentaban la confusión.
En las ciudades el elemento culto se dedicaba á escribir y á publicar hojas sueltas.
Era aquél el sacudimiento de los nervios y de la inteligencia de una nación aletargada y casi moribunda.
Después de hablar en el mesón largamente, quedamos de acuerdo en que por la mañanita la vieja doña Celia, con Fermina y la Riojana, salieran en dos mulos camino de Burgos; horas después marcharíamos Ganisch y yo á reunimos con ellas.
LA MAÑANA SIGUIENTE
De acuerdo en el plan, nos fuimos á la cama. Noté, ya medio en sueños, que Ganisch entraba y salía en el cuarto, pero no hice caso. Me figuré que andaría rondando la alcoba de la Riojana.
Al día siguiente, muy de mañana, pedimos el desayuno y la cuenta. Nos lo trajo la dueña del mesón. Concluído el refrigerio bajamos á la cuadra y vimos Ganisch y yo cómo se preparaban para la marcha las tres mujeres. Iban á montar la vieja y la Riojana en un mulo y Fermina en otro, cuando acertaron á venir el subteniente francés de los largos bigotes rubios, nuestro comensal de la noche anterior, con un sargento.
Éste, haciéndose el distraído, pasó por cerca de Fermina y le dió un pellizco en sitio blando y carnoso. Fermina se volvió como una víbora, y con el puño cerrado le pegó un golpe en la cara al francés.
Al soldadote bárbaro, que creía, sin duda, que la milicia era una institución sagrada hasta cuando pellizcaba, no se le ocurrió otra cosa mas que echar mano al sable y desenvainarlo.
Nos mezclamos Ganisch y yo con idea de apaciguar á tales brutos, y el subteniente y el sargento la tomaron con nosotros hasta atacarnos á sablazos.
Yo, con un palo que cogí de un rincón, paré varios mandobles de aquellos bárbaros; pero el subteniente me tiró una estocada que me hirió encima de la clavícula.
El mesonero, mientras tanto, echaba á correr al pueblo, y poco después volvía con un capitán muy desdeñoso y antipático.
Como el subteniente y el sargento querían tergiversar la cuestión diciendo que les habíamos insultado, y llamándonos á cada momento brigands, tercié yo y, en francés, expliqué al capitán lo ocurrido.
El capitán nos preguntó quiénes éramos y á qué íbamos á Burgos; mostramos nuestros pasaportes, y con aire displicente y poco amable exclamó:
—Está bien; váyanse ustedes.
Salimos del pueblo. Yo tenía la camisa empapada en sangre. Empezaba á sentir por aquellos estúpidos galos un odio que no había tenido nunca.
A los pocos minutos de Briviesca nos encontramos con un carromato cargado de pellejos de vino. Contamos al carretero lo que nos ocurría y nos invitó á montar. Puso un saco de paja y unas mantas sobre los pellejos y yo me eché encima.
Poco después, en el sitio que se llama la Lengua Negra, entre Santa Olalla de Bureba y Santa María del Invierno, encontramos á Fermina, la Riojana y la vieja; nos esperaban con ansiedad. Ganisch contó lo ocurrido y todas las atenciones de las tres mujeres fueron para mí.
Faltaban unas cuatro ó cinco leguas para Burgos, y en ocho ó diez horas llegamos al puente de Santa María.
UNA BELLA DAMA
Supusimos que en la puerta de la muralla, al verme pálido y manchado de sangre, me detendrían.
Bajé del carro, ayudado por todos, y estaba sin poder tenerme en pie, cuando llegó una señora en un coche.
—¿Qué pasa?—dijo asomando la cabeza por la ventanilla.
La vieja doña Celia, desde su mula, explicó lo ocurrido en Briviesca con los militares franceses.
—Este pobre muchacho no va á poder ir andando—advirtió la dama.
Contemplé á la señora, que era una mujer soberbia; tenía unos ojos negros preciosos, la tez pálida y la expresión trágica. Yo la miraba absorto, lleno de admiración.
No sé si en premio de mi entusiasmo la señora dijo:
—Que suba en mi coche; yo le llevaré. ¿Dónde tiene que parar?
—En la plaza.
Abrió doña Celia la ventanilla y, ayudado por Ganisch, subí al carruaje, que echó á andar y entró por el arco de Santa María.
Al pararnos en la puerta un momento se acercó al coche un oficial francés é hizo á la dama un saludo ceremonioso y le besó la mano. Seguimos adelante.
—¿Le duele á usted la herida?—me preguntó la señora.
—Sí—contesté—, pero no me importa.
—¿Por qué?—preguntó ella extrañada.
—Por haberla visto á usted. Es usted muy hermosa, señora.
—Y usted es un chico. ¿A qué viene usted á Burgos?
—Vengo á hacerme guerrillero contra los franceses.
Ella se quedó asombrada.
—No lo diga usted en todas partes—me dijo—. Le pueden prender á usted. Los franceses tienen muchos amigos. Yo soy amiga suya.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pues lo siento.
—¿Por qué?
—Porque son unos brutos.
La señora me preguntó quién era y de qué familia; yo se lo dije, y llegamos á la plaza. El carruaje se detuvo.
—¿Podrá usted bajar solo?—me preguntó la dama—. ¿O quiere usted que llame á alguien para que le ayude?
—No, yo bajaré.
—Le mandaré á usted un médico esta noche.
—Muchísimas gracias, señora.
—Adiós, y no haga usted más tonterías.
Bajé del coche, y me quedé inmóvil agarrado á la portezuela.
—¿Qué espera usted?—me preguntó ella.
—Que me dé usted á mí también la mano á besar.
—Es usted un muchacho insoportable—replicó la señora riendo.
Y me alargó la mano, que yo besé con entusiasmo.
V EN BURGOS
Mareado y medio desvanecido me acerqué á una de las columnas de la plaza y estuve así esperando hasta que llegaron Fermina, doña Celia, la Riojana y Ganisch.
Ayudado por ellos, entré en una posada de allí cerca y me metí en la cama.
Me encontraba con la cabeza débil y con fiebre. Doña Celia comenzó á preparar un bálsamo, que yo creo que era el mismísimo bálsamo de Fierabrás, y que si me aplica en la herida me produce la gangrena de todo el cuerpo, cuando llegó un señor preguntando por mí. Era un médico. Venía á verme de parte de la señora que me había llevado en su coche por la tarde.
—¿Quién es esa señora?—pregunté yo.
—La marquesa de Monte-hermoso.
El médico lavó y curó mi herida y dijo que tendría para rato.
Con este motivo se renovó en Fermina, doña Celia y la Riojana el odio contra los franceses.
Fermina sentía por ellos una repugnancia parecida á la que se puede tener por un escorpión ó por un insecto venenoso.
El día siguiente estuve en la cama. Me dolía mucho la herida. A pesar del dolor, me sentía completamente feliz pensando en aquella mujer soberbia: la marquesa de Monte-hermoso.
¿Se llamaría así? El título me daba la impresión de ser falso; me parecía un título de novela folletinesca por el estilo de las que después ha escrito mi amigo Aiguals de Izco. Me enteré bien, y supe que mi protectora, efectivamente, se llamaba así; que su nombre era doña María del Pilar Acedo y Sarriá, marquesa de Monte-hermoso, y condesa de Echauz y del Vado.
Su marido había sido diputado por Álava en la Asamblea de Bayona, y después le hicieron muchos honores, entre ellos el de ser marido de la querida del rey. También le nombraron á Monte-Hermoso gentilhombre de cámara y una porción de cosas más.
Mientras yo me pudría de impaciencia en la cama, Ganisch y las tres mujeres salían de casa, y al volver me traían una porción de noticias contradictorias.
Ganisch había oído decir que el Gobierno de los patriotas, establecido en Aranjuez, al acercarse Napoleón á Madrid se había instalado en Sevilla. Desde Sevilla comenzaría á organizar partidas de guerrilleros.
Doña Celia, Fermina y la Riojana contaron una porción de historias recogidas en la calle.
Todas sus noticias me tenían á mí sin cuidado. No pensaba mas que en aquellos ojos negros y en aquella expresión dolorosa y trágica de la marquesa.
El séptimo día de estancia en Burgos, el médico me dió el alta.
—Ya está usted bien—me dijo—. No salga usted mucho de casa.
—Dele usted de mi parte muchas gracias á la señora marquesa—le dije yo.
—Ya se ha marchado—contestó el médico.
—¿A Madrid?
—¡Cualquiera lo sabe! ¡Habrá ido á reunirse con José Bonaparte! Dicen que es la querida de Pepe Botellas.
La noticia me hizo más daño que el sable del francés de Briviesca; pero aún me molestaba más el que se hubiera ido de Burgos aquella mujer admirable sin acordarse de mí.
El pensar en esto reanimó mi actividad y mis sentimientos patrióticos.
Decidí olvidar las dos heridas: la del francés y la causada por la marquesa de Monte-hermoso.
Se me ocurrió escribir al mariscal de campo don Gabriel Mendizábal, paisano y amigo de mi padre. Mendizábal debía hallarse en esta época en Alba de Tormes, y no encontré medio de hacerle llegar la carta.
Mi desesperación y mi furor patriótico iban en aumento.
Me figuraba estar viendo á la marquesa de Monte-hermoso, rodeada de oficiales franceses elegantes, llenos de oro y de bordados. Yo había de ir entre los desarrapados á acometerlos, á acuchillarlos.
El furor que comenzaba á tener lo experimentaba la gente del pueblo, sin el acicate de pensar en una bella dama.
La plebe se enardecía con el odio al invasor.
Los franceses se figuraban que iban á luchar con un ejército y con partidas de guerrilleros; pero, en el fondo, tenían que guerrear con una turba de mujeres, de chicos, de viejos tenderos, de frailes, inspirados todos en un fanatismo religioso y patriótico terrible.
EL PADRE PAJARERO
A la semana siguiente de llegar á Burgos, doña Celia me contó que una señora en la iglesia le había dicho que un fraile mercedario andaba hablando á los jóvenes del pueblo para reclutarlos y formar una partida.
Le recomendé á doña Celia que se enterara en dónde se le podría ver al mercedario, y no sólo se enteró, sino que vino con él á la posada al día siguiente.
El padre Pajarero era un frailuco joven, moreno, con los ojos brillantes. Llevaba hábito pardo, cerquillo y sandalias.
Se presentó en mi cuarto y habló conmigo. Yo me encontraba de la herida casi bien.
El padre Pajarero me sometió á un interrogatorio. Yo, por la costumbre que había adquirido en el tiempo que llevaba desde que salí de Irún, le dije que me apellidaba Echegaray.
Me preguntó si estaba dispuesto á echarme al campo. Le contesté que sí.
—Bueno; pues entonces—repuso él—le voy á dar á usted un papel para que vaya á ver á cierta persona.
—Venga. Está bien.
Sacó el padre un tinterito de cuerno, escribió unas líneas, dobló el papel y, antes de dármelo, me dijo:
—¿Sabe usted dónde está la calle de la Calera?
—No.
—¿Y el barrio de Vega?
—Tampoco. ¿No ve usted que no he salido de casa con la herida? Pero preguntaré.
—Vale más que vaya usted sin preguntar.
—Doña Celia sabrá, quizá, dónde está esa calle.
—Sí, ella sí lo sabe.
—Entonces, doña Celia nos acompañará.
—¿No va usted á ir solo?
—Iré con un amigo paisano y patriota como yo.
—¿Cómo se llama su amigo?
—Garmendia. Juan Garmendia.
—¿Cuándo van ustedes á ir?
—Iremos mañana mismo.
—Bueno. Hay que advertir que el barrio de Vega está fuera de la muralla, al otro lado del río. Cuando llegue usted á la calle de la Calera, en esa calle, á mano derecha, verá usted una casa grande con dos torreones en las dos esquinas. Empezando á contar desde esta casa, en la misma acera, en el séptimo portal llamará usted. Preguntará usted por el director, y cuando le digan de parte de quién va, contestará usted que de parte del fraile.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Saldrán ustedes de Burgos al anochecer por el arco de Santa María, cuando vayan á cerrar la puerta de la muralla. Dan ustedes un paseo y, cuando ya esté obscuro, se presentan en la calle de la Calera.
—Muy bien.
—Luego, como no es cosa de que llamen ustedes á la guardia francesa para que les abra, irán ustedes á dormir al convento de la Merced. Doña Celia les enseñará también dónde está.
Decidimos acudir Ganisch y yo al día siguiente á la casa indicada por el fraile. Por la mañana le dije á Ganisch acompañara á doña Celia para que ésta le enseñase la calle de la Calera y el convento de la Merced, y después de cenar fuimos Ganisch y yo á ver al misterioso director.
DE PARTE DEL FRAILE
Me prestaron en la posada una capa larga hasta los talones, y, embozado en ella, en compañía de Ganisch, que iba envuelto en una manta, salimos en dirección de la calle de la Calera.
La tarde estaba horriblemente fría. El viento silbaba por los arcos de la plaza; el cielo se mostraba vagamente iluminado por las luces del crepúsculo y por la luna medio oculta entre nubarrones. Sólo alguna luz brillaba en el pueblo.
De la plaza salimos por el arco de Santa María, á la orilla del río, y esperamos en el paseo del Espolón.
Algunos vecinos, retardados, marchaban de prisa por el puente de Santa María á entrar en la ciudad; otros aguijoneaban á los borriquillos y caballerías.
Un momento después cerraron la puerta; dejaron solamente un postigo abierto y se oyeron los toques de retreta.
Había entrado la noche y las orillas del río quedaron desiertas. Sólo se oía el murmullo del agua misterioso y triste. La luna comenzaba á brillar en el cielo.
Ganisch y yo atravesamos el puente y entramos en la calle de la Calera.
No pasaba entre las dos paredes de los edificios la luz de la luna y la callejuela estaba negra y siniestra.
Nos detuvimos un momento enfrente de la casa de los torreones y la portada historiada para cerciorarnos de que era ella, y desde este punto comenzamos á contar los portales.
Ya cerca de la salida del campo, tuvimos que pararnos. Habíamos llegado.
Llamamos dos veces; se abrió la puerta desde arriba, sin duda con un cordón atado al picaporte, y pasamos á un zaguán estrecho y mal iluminado. Un farolillo colgado de una ventana pequeña alumbraba el portal y al mismo tiempo la escalera.
—Buenas noches—grité yo.
—¿Qué quieren ustedes?—nos preguntó una voz de mujer desde una reja que daba al zaguán.
—Venimos á ver al director—contesté yo.
—¿De parte de quién?
—De parte del fraile.
Se descorrió un cerrojo, se abrió la puerta del fondo y apareció una criada. Nos hizo pasar y subimos tras ella hasta el piso primero. Recorrimos un pasillo y llegamos á un cuarto blanqueado y bajo de techo, iluminado por un velón, con una mesa de aspas y varios sillones fraileros.
EL DIRECTOR
Esperamos un momento y apareció un señor vestido de negro, un hombre de unos cincuenta años, de facciones duras, pero expresivas, con aire clerical. Era el director. Le di la carta del padre Pajarero, la leyó y nos sometió á un nuevo interrogatorio.
Le chocó bastante mi palidez y le conté lo que nos había pasado en el mesón del Segoviano, en Briviesca.
Mi relato le interesó muchísimo y sirvió para hacerme simpático.
—¿Pero ya está usted bien?—me dijo.
—Sí, estoy bien.
—¿No quiere usted que le mande un médico?
—No; ya, ¿para qué?
—Bueno, pues entonces—concluyó diciendo—déjenme ustedes sus nombres y sus señas, y la semana que viene yo les avisaré. Va á venir un delegado de la Nueva Junta Central desde Sevilla para organizar la resistencia.
Como el padre Pajarero, en su nota al director, había puesto los nombres con que figurábamos en los pasaportes, seguimos llamándonos: Ganisch, Garmendia, y yo, Echegaray.
—Ahora, ¿dónde van ustedes á dormir?
—El padre Pajarero nos ha dicho que vayamos al convento de la Merced.
—¿Saben ustedes dónde está?
—Sí, creo que lo encontraremos.
—Mi criado les acompañará.
Nos despedimos del director y salimos á la calle acompañados de un mozo envuelto en una manta.
Luchando con el viento helado salimos á la orilla del Arlanzón. La luna resplandecía en el cielo, iluminando la ciudad. Las torres de la catedral y los pináculos de la capilla del condestable brillaban como barnizados de plata. Unos caballos corrían por el cauce del río.
Siguiendo la orilla, á pocos pasos llegamos á un edificio grande. Llamó el mozo con los dedos en la puerta.
—¡Ave María Purísima!
—Sin pecado concebida—dijo de adentro una voz suave y frailuna—. ¿Qué quieren?
—Estos señores que vienen á dormir de parte de mi amo, el director.
Un lego nos salió al paso y nos llevó á Ganisch y á mí á una celda, donde dormimos perfectamente.
VI LA CONJURACIÓN
Estaba deseando que nuestro alistamiento se arreglase, porque el dinero nos comenzaba á faltar. Doña Celia, Fermina, la Riojana y Ganisch gastaban del fondo común, ya tan mermado que de un momento á otro iba á dar el último suspiro.
Ganisch, enredado con la Riojana, vivía con ella como marido y mujer.
Yo ansiaba que nos llamara el director para acabar con aquella vida de posada, de chismes y disputas.
A los cinco ó seis días me avisaron que fuera á la calle de la Calera por la tarde.
Fuí en seguida. Saludé al director, quien me presentó inmediatamente al deán de Lerma, don Benito Taberner, después obispo de Solsona.
El deán era un cura de esos guapos, altos, que encantan á las mujeres; tenía el tipo romano, los ojos negros, la nariz fuerte, la frente desguarnecida, el pelo con bucles y los dientes blancos.
Nos comunicó el director la noticia de haber llegado el comisario regio de la Junta Suprema Central, el presbítero Peña, el cual traía la misión de organizar la guerra de partidarios en el Norte.
Realmente, nosotros no sabíamos si esta Junta Central existía ó era un mito; pero, puesto que venía á preparar la lucha, no se tuvo inconveniente en dar su existencia como efectiva.
Discurríamos el director, el deán y yo acerca de nuestros medios, cuando se presentó Peña. Era un cura andaluz, un poco zonzo, charlatán, no muy activo ni inteligente.
Traía una carta del secretario de la Junta Central, don Martín Garay, para el director. Se leyó la carta en voz alta y se habló de las providencias que había que tomar.
Peña se quejó dos ó tres veces del frío de Burgos, cosa que al deán y al director les produjo un efecto pésimo. Un verdadero patriota no debía fijarse en estas cosas.
Cuando se fué Peña, el director nos dijo:
—Hay que prescindir de este hombre; es un inútil.
—Lo malo es si, además de inútil, es perjudicial—dijo el deán de Lerma.
—Le voy á escribir ahora mismo que los franceses le espían, que no salga de casa ni hable con nadie. Echegaray, ¿quiere usted redactar esa carta?
—Sí, señor.
Escribí la carta, que firmó el director, y seguimos tratando nuestro asunto. Se discutió la manera de organizar las guerrillas, y el deán y el director convinieron en dirigirse al cura de Villoviado, don Jerónimo Merino, el cual contaba ya con una pequeña partida de guerrilleros.
Esta partida podía ser el núcleo de otra mayor. La cuestión era engrosarla y aguerrirla todo lo posible.
—Yo supongo que el cura de Villoviado no se opondrá—dijo el director.
—¡Qué se va á oponer!—exclamó el deán.
—Es que estos curas de pueblo son muy cerriles, y si teme que alguien le quite el mando es capaz de decir que no.
—Entonces yo, como abad mitrado de la Colegiata de Lerma y superior jerárquico, le ordenaré lo que deba hacer—dijo don Benito.
—¿Por qué no tienen ustedes una conferencia con él?—pregunté yo.
—Es buena idea—dijo el director—. ¿No le parece á usted, deán?
—Muy bien. ¿En dónde podríamos vernos?
—En algún convento—dije yo; porque como todo se trataba entre curas y frailes, me parecía el lugar más á propósito.
—¡En qué convento podría ser!—exclamó el deán.
—¿No sería buen sitio el convento de San Pedro de Arlanza?—preguntó el director.
—No diga usted más. El mejor.
Quedó acordado que tendríamos una reunión en San Pedro de Arlanza con Merino.
Esta fué la primera vez que oí hablar de aquel cura cabecilla.
NOTICIAS DE MERINO
Jerónimo Merino había nacido en Villoviado, pueblo del partido de Lerma, en la provincia de Burgos.
A los siete años Jeromo era pastor. A pesar de ser cerril, y quizá por esto le hicieron estudiar para cura, y con grandes esfuerzos y la protección del párroco de Covarrubias, le ordenaron y lo enviaron á Villoviado.
Este clérigo de misa y olla no sabía una palabra de latín, ni maldita la falta que le hacía, pero, en cambio, con una escopeta y un perro era un prodigio.
La invasión francesa decidió el porvenir de Jeromo, el ex pastor, que, de cura de escopeta y perro, llegó á ser brigadier de verdad.
Un día de Enero de 1808 descansó en Villoviado una compañía de cazadores franceses.
Querían seguir por la mañana su marcha á Lerma y el jefe pidió al Ayuntamiento bagajes, y como no se pudiera reunir número de caballerías necesario, al impío francés no se le ocurrió otra cosa mas que decomisar á los vecinos del pueblo como acémilas, sin excluir al cura.
Para mayor escarnio, le cargaron á Merino con el bombo, los platillos, un cornetín y dos ó tres tambores.
Al llegar á la plaza de Lerma, Merino tiró todos los instrumentos al suelo y, con los dedos en cruz, dijo:
—Os juro por ésta que me la habéis de pagar.
Un sargento que le oyó le agarró de una oreja y, á culatazos y á puntapiés, lo echaron de allí.
Merino iba ardiendo, indignado.
¡A él! ¡á un ministro del Señor hacerle cargar con el bombo!
Merino, furioso, se fué al mesón de la Quintanilla, se quitó los hábitos, cogió una escopeta y se emboscó en los pinares. Al primer francés que pasó, ¡paf!, abajo.
Por la noche entró en Villoviado y llamó á un mozo acompañante suyo en las excursiones de caza.
Le dió una escopeta, y fueron los dos al pinar.
Cuando pasaban franceses, el cura le decía al mozo:
—Apunta á los que veas más majos, que yo haré lo mismo.
Los dos se pusieron á matar franceses como un gato á cazar ratones. Cada tiro costaba la vida á un soldado imperial.
La espesura de los matorrales y el conocimiento del terreno en todas sus sendas y vericuetos les aseguraba la impunidad.
Poco después se unió á la pareja un sobrino del cura, y esta trinidad continuó en su evangélica tarea de ir echando franceses al otro mundo.
Semanas más tarde, el cura Merino contaba con una partida de veinte hombres que le ayudó á armar el Empecinado.
Todos ellos eran serranos de los contornos, conocían á palmos los pinares de Quintanar, no se aventuraban á salir de ellos, y atacaban á los destacamentos franceses de escaso número de soldados, preparándoles emboscadas en los caminos y desfiladeros.
VII LERMA Y COVARRUBIAS
Dos días después de la conversación que tuvimos en casa del director, los conjurados salíamos por la mañana á caballo, camino de Lerma.
Dormimos en el palacio del abad, y al día siguiente se avisó á las personas notables del pueblo para que acudiesen á una reunión.
Se presentaron todos los citados y reinó en la junta un gran entusiasmo.
Como directores provisionales de los trabajos en Lerma se nombraron al escribano don Ramón Santillán y al abogado don Fermín Herrero; los demás congregados prometieron contribuir con su dinero y con sus hijos cuando se les llamara, y este ofrecimiento lo hicieron los representantes de las familias más importantes de la villa: los Lara, Pablos, Sancha, San Cristóbal, Páramo, etc.
A la mañana siguiente, los mismos que habíamos salido de Burgos, el director, el deán, Peña y yo nos encaminamos á Covarrubias, villa bastante importante, colocada á orillas del río Arlanza, con una iglesia antigua que en otro tiempo fué Colegiata.
Cruzamos Covarrubias, que tiene un par de plazas irregulares y una docena de calles tortuosas, y nos detuvimos delante de una antigua casa á orillas del río.
Era la casa del párroco. Subimos y el vicario del pueblo, don Cristóbal Mansilla, nos hospedó y nos trató espléndidamente.
Don Cristóbal vivía con el ama y con una sobrina verdaderamente bonita.
El párroco notó que el deán frunció el ceño al ver á las dos mujeres. A éste, sin duda, aunque no lo dijo, le pareció que don Cristóbal Mansilla era, ó un truhán, ó un hombre excesivamente virtuoso.
Don Cristóbal, al saber que pensábamos marchar al día siguiente, mandó preparar todo lo necesario para la expedición.
Habíamos salido de Burgos jinetes en caballos prestados, sin dinero ni medios de ninguna clase, y, á pesar de esto, todo se allanaba en nuestro camino.
Por la noche, en casa del párroco de Covarrubias, después de cenar, se habló de las partidas patrióticas, y vinieron varios vecinos del pueblo á ofrecerse para todo lo que hiciera falta.
Uno de ellos era un hombre seco, cetrino, de mediana estatura, de unos cuarenta años, brusco de palabras y muy velludo.
Vestía un traje raído como de hombre que anda entre breñales y descampados, calzón de ante, polaina antigua, levitón abrillantado por el uso, chaleco muy cerrado por el cuello, corbata negra de muchas vueltas y sombrero de copa cubierto con un hule. Parecía un aldeano acomodado. Me chocó las miradas de inteligencia que se cruzaban entre el director y él.
Por iniciativa del deán se comenzó á hacer una lista de suscripción; luego se discutieron varios proyectos, y el director indicó que lo primero era hablar con Merino, á quien veríamos al día siguiente.
VIII LA REUNIÓN EN SAN PEDRO DE ARLANZA
Cuando se parte de Covarrubias por el camino de Salas de los Infantes á buscar Lerma, siguiendo por la carretera y bordeando el río, á una hora ú hora y media de marcha se encuentra el convento de benedictinos de San Pedro de Arlanza.
Es aquél un sitio grave, solitario, triste; no hay en él más población que los monjes; alrededor, soledad, silencio, ruido de las fuentes, murmullo de cascadas espumosas en que se precipita el Arlanza.
Muy temprano, al amanecer, fuimos al monasterio.
Recuerdo aquel día de nuestra llegada al convento. Un cielo azul, con unas nubes muy blancas alumbraba la tierra.
Perdimos la vista de los tejados rojos, torcidos y llenos de piedras de Covarrubias, y nos encaminamos hacia el monasterio.
Un amante de la naturaleza se hubiera quedado absorto contemplando el ruinoso convento, próximo al riachuelo espumoso, con su torreón cuadrado, su fuente en medio y sus viejas tumbas de guerreros.
Yo confieso que á mí estas cosas no me han entusiasmado nunca. El contemplar pasivamente no está en mi temperamento.
El deán, el director, Peña y yo íbamos impulsados por una idea de guerra, de violencia, y no nos fijamos en los primores arqueológicos del convento ni en la belleza del paisaje.
Entramos en el claustro. El criado que nos salió al encuentro fué á llamar al superior y nos condujo á la sala capitular. Había pocos frailes en el monasterio: un abad, ocho ó diez clérigos y cuatro ó cinco legos. Todos llevaban hábito negro.
Esperamos unos minutos, y poco después entró el abad de los benedictinos. Era un hombre imponente, con la barba entrecana, la mirada brillante y fuerte.
Sabía de antemano el objeto de nuestra visita, pues le habían escrito el director y el deán de Lerma.
El abad de los benedictinos nos dijo:
—Merino está avisado; dentro de un momento se presentará aquí.
Preguntó el deán al abad si podría contar con algunas personas de su confianza, y el abad dió una lista de nombres que aseguró contribuirían á la suscripción.
Yo fuí escribiendo los nombres en un papel.
Se habló de las probabilidades de éxito del levantamiento contra los franceses, y cuando se debatía este punto entró un lego á decir que don Jerónimo Merino se encontraba en el claustro.
LA ESTAMPA DEL CURA
El abad mandó que le hicieran pasar á la sala. Reconocí en el guerrillero el comensal de la noche anterior, el hombre cetrino de gran levitón y sombrero de hule. Al entrar el cabecilla nos levantamos todos; se sentó luego el abad y volvimos á sentarnos los demás. Siguió la plática.
Yo estuve observando al guerrillero. Era Merino hombre de facciones duras, de pelo negro y cerdoso de piel muy atezada y velluda.
Fijándose en él era feo, más que feo, poco simpático: tenía los ojos vivos y brillantes de animal salvaje; la nariz, saliente y porruda; la boca, de campesino, con las comisuras para abajo, una boca de maestro de escuela ó de dómine tiránico. Llevaba sotabarba y algo de patillas de tono rojizo.
No miraba cara á cara, sino siempre al suelo ó de través.
El que le contemplasen le molestaba.
Al primer golpe de vista me pareció un hombre astuto, pero no fuerte y valiente.
El cabecilla daba muestras de inquietud mirando á derecha é izquierda.
El abad explicó á Merino de qué se trataba, y éste contestó haciendo señales de asentimiento.
El cabecilla tenía una voz metálica, aguda, poco agradable. El deán, como superior jerárquico del cura, le exhortó á que defendiera la Religión y la Patria.
Después el comisario regio, Peña, leyó el decreto de la Junta Central. Concluída la lectura, el director tomó la palabra é hizo estas proposiciones, que sometió al juicio de los demás:
Primera, que se eligiese una junta permanente en Burgos y en las cabezas de partido para allegar recursos; segunda, que el comisario Peña indicase al señor don Martín Garay la conveniencia de nombrar teniente coronel de la partida de guerrillas de la Sierra de Burgos y Soria á don Jerónimo Merino, y tercera, que enviaran desde Sevilla en comisión un comandante de caballería de ejército que fuera buen táctico en el arma, un capitán y varios sargentos instructores para formar una academia de oficiales y clases en la Sierra.
Aceptadas las proposiciones del director, el abad de Lerma se levantó, y sacando el crucifijo de cobre colgado de su cuello y enarbolándolo en el aire, nos hizo jurar guardar el secreto.
Nos levantamos todos para jurar. Cuando miré de nuevo alrededor, ya Merino había desaparecido.
Después el abad del convento nos llevó á la iglesia, donde iba á decir misa.
Doce guerrilleros de Merino se pusieron al pie del altar con la bayoneta calada; luego nos arrodillamos nosotros, que tuvimos que estar durante toda la misa de rodillas.
Oficiaba un fraile viejo y le acompañaba el sonido del órgano y las voces de los frailes dominadoras en el coro.
Tenía aquello un aire verdaderamente imponente.
Después de la misa tomamos cada uno un pocillo de chocolate con bizcochos, vimos los alrededores del convento antes de comer, y á las primeras horas de la tarde marchábamos de vuelta camino de Burgos.
Peña se fué á Sevilla con una corta memoria dirigida á don Martín Garay, en la cual se especificaban los deseos de los patriotas castellanos, y el director y yo comenzamos á hacer gestiones para nombrar la Junta Permanente con que arbitrar recursos.
IX LOS PREPARATIVOS
Durante varios días fuí á casa del director á trabajar con él en la organización de las juntas. Se pensaba establecerlas en toda la provincia, principalmente en las cabezas de partido. Las gestiones se hacían con exquisita precaución para no comprometerse.
Muchas cosas el director no me las comunicaba, pues, aunque tenía bastante confianza conmigo, temía una imprudencia.
La primera junta patriótica que se constituyó en Burgos la formaron tres personas: don Eulogio Josef de Muro, persona muy rica; un fraile mercedario, superior del padre Pajarero, y un capellán del hospital de la Concepción, á quien sustituyó después don Pedro Gordo, cura de Santibáñez.
El director no quiso decir á nadie los nombres de estas personas que trabajarían en silencio, y sólo pasado algún tiempo me enteré yo de sus nombres.
Además de la junta permanente de Burgos se organizaron otras en Roa, Aranda de Duero, Lerma, Salas de los Infantes, Castrojeriz y Belorado.
La junta de Lerma fué la que trabajó con más entusiasmo; la formaban el escribano don Ramón Santillán, el abogado don Fermín Herrero y el abad mitrado de Lerma don Benito Taberner.
Estos tres junteros no gastaban nada; todo lo hacían con sus manos: escribían cartas, llevaban la contabilidad y pagaban los sellos. Su organización era verdaderamente generosa y admirable.
El director me dictó varias cartas excitando á las juntas á que se dirigieran á todo el mundo pidiendo prestado para comprar armas y caballos, porque no había un maravedí.
Los tiempos eran muy miserables, y el dinero iba convirtiéndose para los españoles en algo mitológico y legendario.
A pesar de la pobreza general, los labradores, los curas, los tenderos, los campesinos más desvalidos contribuyeron á la suscripción con verdadera largueza.
La junta de Burgos reunió en unos días veinticinco mil duros, el director dió de su bolsillo diez mil reales, y el presidente, don Eulogio, cuarenta mil.
Las otras juntas reunieron entre todas en el mismo tiempo veinte mil duros.
Se hizo una clasificación para el empleo del dinero, y más de la mitad se dedicó á comprar caballos.
EL ALBÉITAR FRANCÉS
Nos avistamos el director y yo con un albéitar que se llamaba Arija, hermano de un sombrerero que en 1821 se levantó con Merino, Cuevillas y otros realistas contra el Gobierno constitucional. Arija, el albéitar, era hombre activo, y á él se le encomendó la compra del ganado.
Muchos caballos se adquirieron en las ferias de los pueblos próximos, y algunos los regalaron los mismos propietarios.
De primera intención se hizo un envío de cincuenta con sus respectivas monturas á los pinares.
En esta expedición marcharon Ganisch, Fermina y la Riojana.
Después, Arija y yo, fuimos al valle de Burón de Riaño y á las provincias de Valladolid y Segovia. Allí nos hicimos amigos de un albéitar gascón, legitimista, llamado Hipólito Montgiscard, que había ido á aquellos puntos á comprar mulas para el ejército francés.
Montgiscard era un tipo extraño, uno de esos tipos que, teniendo todos los instintos y la manera de ser de sus paisanos, los odian sin motivo.
Esto sucede rara vez en Europa, y con mucha frecuencia en América, en donde un español ó un italiano comienza de pronto á sentir un rencor por su país verdaderamente frenético.
A Montgiscard le había dado por ahí; no quería nada con los franceses, constantemente hablaba mal de ellos, calificándolos de franchutes, gabachos, etc.
Napoleón, el gran Napoleón, era su pesadilla. Tenía por el emperador una inquina personal un tanto cómica.
Montgiscard era tan antibonapartista que accedió á entenderse con nosotros en cuanto concluyera su comisión.
Entre Arija, Montgiscard y yo compramos más de cien cabezas de ganado caballar, que se enviaron con sus monturas en pequeñas secciones á la Sierra.
Volvíamos los tres hacia Burgos, cuando supimos á poca distancia de la ciudad, en la Venta de la Horca, que una división española, al mando del general Belveder, había sido atacada y dispersada por los franceses en la carretera, entre Villafría y el Gamonal. Los franceses habían entrado en la ciudad, entregándola al saqueo, y Napoleón había instalado allí su cuartel general y publicado un decreto de amnistía y una lista de proscripción.
Entramos en Burgos; las violencias de los franceses habían exacerbado al pueblo. Los pobres se marchaban al campo y las personas pudientes emigraban hacia el Mediodía.
Nosotros, el Director, Arija y yo, con la complicidad de Montgiscard el gascón, seguimos en nuestros preparativos.
Se compraron muchos caballos de desecho del ejército francés, vendidos por defectos de poca monta.
Cuando llegó el tiempo de ir al campo, Arija se negó; en cambio el albéitar gascón, decidió desertar de las tropas imperiales y unirse con los guerrilleros que peleaban contra su patria.
Son los contrastes de la vida. El español no quiso ir y el francés sí. Montgiscard sacrificaba la patria á sus ideas legitimistas y antibonapartistas; en cambio, yo ponía la patria por encima de mis ideas revolucionarias, viviendo entre curas y frailes y demás morralla molesta y desagradable.
EN LA SIERRA
Montgiscard y yo salimos de Burgos llevando una carga de herraduras en un carro cubierto de paja, expuestos los dos, principalmente él, á ser fusilados sobre la marcha, y fuimos á Hontoria del Pinar, donde se hallaba por entonces don Jerónimo Merino.
Merino nos recibió muy bien. El director le había dado buenos informes de mí. Don Jerónimo deseaba que yo quedara adscripto á la parte burocrática de su partida, de intendente.
—Bueno, sí, señor—dije yo—; pero yo quiero, cuando venga la ocasión, pelear como todos.
—Bien, hijo, bien; pelearás como todos. ¿Sabes montar á caballo?
—Sí.
—¿Manejas bien las armas?
—Sé algo de esgrima.
—Pues á los húsares. Ahora, que al principio vas á tener que hacer las dos cosas, hacer cuentas y al mismo tiempo andar en las maniobras.
—Bueno.
—Así me gusta á mí la gente, trabajadora.
Me llevó don Jerónimo á mi oficina, y al día siguiente comencé á ocuparme de mis dos cargos.
Estaba todo sin organizar aún. Las Juntas seguían enviándonos voluntarios, y era indispensable tomar su filiación, interrogarlos, uniformarlos y armarlos.
LOS JÓVENES DE LERMA
De la parte de Lerma vinieron sesenta muchachos de la villa y de los alrededores, algunos con su caballo enjaezado, el sable y dos pistolas cada uno.
El escribano Santillán, presidente de la Junta de este pueblo, se presentó con su hijo Ramón, que ansiaba alistarse como voluntario en la partida y dejar la facultad de Derecho de Valladolid, en donde estudiaba. Santillán, hijo, fué luego ayudante mayor del regimiento de húsares de Burgos.
Al mismo tiempo llegaron al campamento varios jóvenes de Lerma: Julián de Pablos, Eustaquio de San Cristóbal, Fermín Sancha, Miguel de Lara, Ricardo Páramo y otros, que, en su mayoría, fueron luego capitanes distinguidos del regimiento de Burgos, en que se convirtió andando el tiempo parte de la guerrilla de Merino.
De los oficiales suyos, más de cuatro peleamos contra el cura después de la guerra de la Independencia: yo, con una partida suelta, en 1821; Páramo, en 1823, y Julián de Pablos, siendo coronel, en la guerra civil actual.
Yo, al principio, trabajé mucho. Me habían destinado á un escuadrón de pocas plazas, mandado por un ex mesonero, á quien llamaban Juan el Brigante.
El Brigante, al verme, dijo que él no quería en su escuadrón pisaverdes.
Dos ó tres de los guerrilleros que le rodeaban se echaron á reir; pero no siguieron riendo, porque les advertí que estaba dispuesto á imponerles respeto á sablazos.
A pesar de esto, el mote me quedó, y muchos en el escuadrón me siguieron llamando el Pisaverde.
No hubo más remedio que dejarlo, porque incomodarse era peor. Además, para muchos de ellos, el apellido Echegaray era de una pronunciación enrevesada y difícil.
El Brigante, á pesar de su mala disposición primera para conmigo, rectificó su concepto y hasta me ofreció su amistad.
Yo tenía vara alta en la oficina, y siempre que podía favorecer á mi escuadrón eligiéndole buenos caballos y armas, lo hacía.
Con las nuevas remesas enviadas por la Junta de Burgos al cura, y el ganado que se fué apresando en varias correrías, al mes y medio de la celebración de la solemne y decorativa Junta de San Pedro de Arlanza, la partida de Merino ascendía á trescientos caballos montados por jinetes provistos de excelentes armas.