LIBRO SEGUNDO LOS GUERRILLEROS
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I EL BRIGANTE Y SUS HOMBRES
Al principio de reunirse la gente nueva de la partida hubo gran confusión entre nosotros; luego vinieron á nuestro campamento de Hontoria los comandantes Blanco y Angulo, enviados por la Junta Central, y dos oficiales de Administración, y se comenzaron á poner las cosas en orden.
El comandante Blanco organizó las fuerzas de caballería. Era hombre inteligente, buen militar, de valor sereno, sin petulancia alguna y sin ambición.
Probablemente por esto no prosperó.
Desde el momento que llegaron los oficiales enviados desde Sevilla, yo dejé la oficina y me incorporé definitivamente al escuadrón.
Merino no quería tener mezclados los guerrilleros antiguos y los modernos, por el temor de las rivalidades y peleas, y como tampoco quería disgustar á los antiguos de su partida, formó tres escuadrones, dos de guerrilleros viejos y uno de los nuevos. Los dos de los viejos los mandaban el Jabalí de Arauzo, y Juan el Brigante, que gozaban de cierta independencia; el moderno, más disciplinado y militar, tenía al frente al comandante Blanco.
Al mismo tiempo se comenzó á organizar un batallón de infantería á las órdenes del comandante Angulo.
A pesar de estas separaciones, estallaron las rivalidades. Todos aquellos guerrilleros antiguos eran hombres montaraces, sin instrucción; casi ninguno sabía leer y escribir.
Feroces, fanáticos, hubieran formado igualmente una partida de bandidos.
Estaban seguros de que si los franceses llegaban á cogerlos les tratarían, no como á soldados, sino como á salteadores. Su única idea era pelear, robar y matar.
Veían claramente los guerrilleros viejos que ellos habían tenido que resistir la parte más dura y peligrosa de la campaña, y que cuando la resistencia se iba organizando y llegaba el dinero, venían unos señoritos á quedarse con los galones y las estrellas; y pensando en esto les llevaban los demonios.
Para evitar las riñas nos mantenían separados. Yo, como he dicho, fuí á parar al escuadrón del Brigante.
JUAN BUSTOS, EL VENTERO
La historia del escuadrón se condensaba en la historia de su jefe, Juan Bustos. Juan había tenido, hasta echarse al monte, un ventorrillo en la calzada que va de Salas de los Infantes á Huerta del Rey.
Al llegar la invasión francesa, Juan Bustos comenzó á discutir y á disputar con los soldados imperiales que pasaban por su venta acerca de la cuestión candente de quién era el verdadero rey de España.
Poco á poco empezaron á motejarle de patriota, y como los franceses á todo el que se les manifestaba hostil le llamaban bandido, brigand, á Bustos le decían el Brigand.
El pueblo, que coge todo en seguida, castellanizó la palabra: llamó á Bustos el Brigante, y á su casa la venta ó el ventorro del Brigante.
Un día en que no estaba él, entró en su casa un pelotón de franceses; mataron á su padre y violaron á su hermana.
Juan Bustos, al llegar á su hogar y ver aquel cuadro, el padre muerto, la hermana gimiendo, salió como un león á buscar á los franceses, arrancó á uno de ellos el fusil, y, manejándolo como una maza, tendió á tres ó cuatro; y luego, abriéndose paso por entre ellos, herido y lleno de sangre, se refugió en un pinar, donde se reunió con Merino.
El cura era astuto; el Brigante, esforzado y audaz. Los dos se hubieran podido completar; pero Merino no quería rivales.
El cura llegó á temer al Brigante y no quiso que estuviera á su lado. Vió que tenía arraigo entre los guerrilleros, y como Merino era solapado y capaz de una traición, pensó que el Brigante podía serlo también.
EL JABALÍ DE ARAUZO
Merino para contrarrestar los triunfos de la partida de Juan Bustos, el Brigante, fomentó el que otro guerrillero, el Jabalí de Arauzo, formara también un grupo con los antiguos incondicionales del cura.
El Jabalí era un tipo feroz, supersticioso y lujurioso. Se le creía medio saludador, medio iluminado. Había forzado algunas muchachas, y se contaba que á una de ellas después la descuartizó. Así lo aseguraba un convecino suyo.
El Jabalí era merinista rabioso. Tenía esa fuerza de los hombres fanáticos y ardientes que saben arrastrar á la gente de imaginación débil; pero, como muchos de los que se echan de iluminados, estudiaba sus gestos y sus actitudes y concluía siendo un farsante.
Al Jabalí siempre se le veía con el rosario en la mano.
Su tipo era tan extraño como su manera de ser moral; su aire, de hombre abstraído. Gastaba pantalón corto, chaqueta de sayal y camisa de cáñamo.
Iba casi siempre mal afeitado; llevaba largas melenas, grasientas y negras, sombrero redondo con escarapela patriótica, y en el pecho una especie de escapulario grande, de bayeta, sobre el cual había fijado una porción de estampitas y medallas de la Virgen y de todos los santos. Por lo que decían dormía con este parche místico, al que consideraba como un amuleto.
Los que le seguían tenían trazas parecidas: eran igualmente melenudos y sucios, y se distinguían, como él, por su fanatismo religioso, por su ferocidad y por su crueldad.
Este escuadrón contaba con muchos curas y frailes que habían decidido abandonar los hábitos mientras durara la guerra.
El hermano Bartolo y mosén Ramón eran los principales de la clerigalla. Tipos de energúmenos, exaltaban con sus palabras y sus pinturas de las llamas del infierno á los demás.
Los del Brigante, por oposición á los guerrilleros del Jabalí, se manifestaban algo incrédulos; todo lo incrédulos que se podía ser en la partida de Merino, en donde no había más remedio que ir á la iglesia y darse golpes de pecho, y confesarse y comulgar con alguno de aquellos ganapanes de sotana.
Los guerrilleros del Brigante, que al principio me recibieron con burlas, luego me acogieron muy bien. Se sentían ofendidos, pues se les había apartado sistemáticamente del elemento nuevo, casi aristocrático, y agradecieron que un señorito se mezclara con ellos.
Poco después entró también en el escuadrón, por amistad conmigo, Miguel Lara. Lara y yo fuimos los ayudantes de Juan Bustos el Brigante.
Juan Bustos era un hombre bajo, ancho, forzudo, musculoso, con las espaldas y las manos cuadradas. Tenía el color tostado, la cabeza grande, huesuda; la cara algo picada de viruelas, las facciones nobles, las cejas cerdosas y salientes, y los ojos hundidos, grises, con un brillo de acero.
La mirada y la sonrisa le caracterizaban. Sus ojos tenían una penetración extraña: cuando sonreía mostraba dos filas de dientes grandes, blancos, fuertes, cosa poco común entre montañeses, que suelen tener, casi siempre, mala dentadura.
Cuando Juan se exaltaba relampagueaban sus ojos, y tenía un gesto extraño que al hacerlo mostraba sus dientes.
Entonces se me figuraba un tigre.
Era Juan valiente hasta la temeridad; amigo de exponerse y de andar á cuchilladas.
A pesar de su acometimiento, era también muy zorro, muy sabio á su modo, y de muchos refranes.
SILUETAS DE GUERRILLEROS
El Brigante tenía cuatro ó cinco especialistas, de los que se guiaba. Para conocer el tiempo no había otro como el Abuelo; para distinguir el terreno, el más inteligente era el Apañado; para preparar una emboscada, ninguno como el Tobalos.
El Tobalos era un hombre pequeño, acartonado, de unos cincuenta años, rubio, con esa tez del castellano que toma el color de la tierra. Su cara impasible no temblaba ni se estremecía jamás.
Andaba siempre á caballo, por lo que tenía las piernas como dos paréntesis.
Valiente era como el mismo diablo. Así como el Brigante parecía un tigre, el Tobalos tenía algo del azor.
Para una descubierta audaz, para una emboscada atrevida, ninguno como él.
El Tobalos era muy silencioso; todos sus comentarios debían ser interiores. Cuando el Brigante le preguntaba algo, contestaba con monosílabos ó moviendo la cabeza.
El discutir, el hablar, eran cosas que le molestaban. El Brigante le trataba con mucha consideración.
—Oye—le solía decir en algunas ocasiones—, ¿podrías ahora hacer esto?
El Tobalos contestaba sí ó no sin abrir apenas la boca. Y el Brigante no replicaba nunca.
El Apañado, en cambio, era la antítesis del Tobalos: charlatán como él solo.
Tenía una conversación aguda, rápida; una penetración natural grandísima. Nunca se daba el caso de que el Apañado tomase un tronco de árbol por un hombre, ni á un pastor por un espía, ni que notara el último huella de herraduras en un camino.
En medio de esta gente que parecía haber nacido para la guerra de emboscadas, había algunos con otras aficiones. Uno de ellos era el herbola rio de Santibáñez del Val, á quien no se le podía encomendar una guardia porque se le iba el santo al cielo, se dedicaba á buscar los simples y se olvidaba de lo que le habían encargado.
Otro tipo por el estilo era el cura de Tinieblas, con la diferencia de que éste, en vez de preocuparse de los simples, pensaba en aumentar su colección de monedas.
El herbolario y el cura estaban siempre juntos, porque sólo ellos podían aguantar mutuamente sus disertaciones botánicas ó numismáticas.
Lara y yo teníamos en el escuadrón el negociado de la historia y de la literatura.
Casi todos los guerrilleros del Brigante habían sido leñadores y aserradores, gente ágil, pero no buenos jinetes. Los mejores soldados de caballería del escuadrón eran los que habían sido cavadores de viña en la ribera del Duero.
En este oficio se necesita mucha fuerza y un brazo muy membrudo. El pastor y el leñador tienen la pierna fuerte, pero el brazo débil; á los cavadores les ocurre lo contrario.
La partida del Empecinado, formada casi en su totalidad por cavadores, era la que contaba con los mejores jinetes de todo el centro de España.
Lara y yo, á quienes nos hicieron sargentos y luego alféreces en comisión, aunque en el haber apenas llegábamos á soldados rasos, solíamos pasar lista al escuadrón del Brigante.
Era indispensable llamar á los guerrilleros por el nombre y por los apodos, porque algunos se habían olvidado de sus apellidos y no sabían si al llamarles Matute, Chapero ó Rebollo era éste el nombre de la familia, ó el de la casa, ó simplemente un mote.
Como varios de los nuestros tenían el mismo apodo, hubo que desbautizar á unos y darles á elegir otro nombre.
Del escuadrón del Brigante, además de los que he citado, recuerdo el Largo, el Zamorano, el Chato, el Arriero, el Rojo, el Canene, el tío Currusco, el Estudiante, el Lobo de Huerta, el Barbero y el Fraile. Algunos de ellos, dóciles, comprendían la superioridad del saber, se rendían á ella y se dejaban guiar por los más instruídos; pero otros querían considerar que ser cerril y tener la cabeza dura constituía un gran mérito.
Entre nosotros la disciplina no era la misma que en las tropas regulares. Allí la ordenanza sobraba. Todo era improvisado á base de brutalidad, de barbarie y de heroísmo.
FERMINA LA NAVARRA
Nuestra vida era pintoresca y amena. Estábamos, mientras se organizaban las tropas, en Hontoria del Pinar, y nos reuníamos formando un rancho en casa de un herrero, á quien llamaban el Padre Eterno por sus largas barbas.
El Padre Eterno era el maestro de taller de la herrería de Merino, y constantemente estaba arreglando las armas que se estropeaban y se cogían al enemigo.
En casa del Padre Eterno vivíamos Fermina, la Riojana, Ganisch, Lara y un curita joven que se decía Juanito Briones, mozo terne, bravío, de estos curas de bota y garrote, juerguistas y amigos de riñas.
Cada uno aportaba la menestra, que se repartía por las mañanas, y comprábamos á prorrateo, con la peseta del haber, el pan, el vino y el aceite. La Riojana se encargaba de guisar, y á fe que con sus platos se chupaba uno los dedos.
Había en nuestro escuadrón varias mujeres que montaban á caballo admirablemente. Además de Fermina la Navarra, teníamos á Juana la Albeitaresa, Amparo la Loca, la Morena, la Brita, la Matahombres, la Montesina y algunas más.
Estas amazonas no gastaban sable, sino tercerola.
Las de nuestro escuadrón eran muy elegantes; llevaban uniforme, botas altas y morrión.
Fermina hacía de capitana. Montaba admirablemente á caballo y solía andar á pie muy gallarda, haciendo sonar las espuelas con el látigo en la mano.
Esta Fermina era una mujer extraña, insoportable á ratos, á ratos todo simpatía y encanto.
Parecía á la vez dos mujeres: la mujer pálida, verdosa, iracunda, llena de saña, y la mujer amable, humilde, cariñosa.
Por lo que me dijo doña Celia, la vieja que fué con nosotros de Briviesca á Burgos, un jovencete había seducido á Fermina en su pueblo y sacado de casa. El jovencete éste había desconcertado la vida y hecho desgraciada á una de las mujeres más dignas de ser feliz.
Varias veces, en el tiempo que pasé cerca de ella, pude ver á Fermina transformarse rápidamente de la hembra fiera á la mujer llena de encanto. ¡Qué trabajos se tomaba para hacerse desgraciada! Sus pasiones violentas luchaban con su bondad natural y le hacían sufrir.
Además de estas amazonas, teníamos cantineras que iban vendiendo rosquillas y aguardiente.
Las de nuestro escuadrón eran María la Galga y la Saltacharcos.
María la Galga era alta, delgada, morena, mujer valiente que tomaba la carabina cuando llegaba la ocasión.
La Saltacharcos era pequeña y redonda, de ojos negros. Solía ir montada en una mula á quien llamaba Paquita con sus cacharros.
A la Paquita se la reconocía pronto, porque el esquilador de Hontoria solía ponerle un letrero de ¡Viva España! en las ancas: ¡Viva! á un lado del rabo, y ¡España! al otro.
II MÁS TIPOS DEL ESCUADRÓN
Entre los tipos curiosos que había en el escuadrón del Brigante, ninguno tan raro, físicamente, como el Mastaco.
El Mastaco, caballero en su macho, daba la impresión de un gran jinete; á pie era un ridículo enano.
Tenía el Mastaco la cabeza grande, fuerte, bien hecha, la nariz aguileña, el afeitado de la cara azul.
Su pecho y el tronco guardaban las proporciones naturales; en cambio, las piernas eran pequeñísimas y los pies parecían dos tarugos torcidos hacia dentro.
Al Mastaco se le montaba en su macho, se le ponían los estribos muy cortos y parecía un centauro. A pie causaba lástima; pero, ya jinete, se tapaba las piernas con la manta y estaba arrogante.
Montaba el Mastaco un machillo pequeño con su cabezada y correa, unas alforjas de lana blanca pintada, sable al cinto y carabina á la espalda.
DON PERFECTO
Si el Mastaco era por su rareza física un fenómeno, nadie podía competir por su extrañeza moral con un señor don Perfecto Sánchez, que había venido desde Burgos, donde estaba empleado, y entrado á formar parte del escuadrón.
Don Perfecto, al principio, no nos chocó; era un hombre vulgar, torpe en todo, muy poco comprensivo y muy entusiasta.
Don Perfecto no parecía castellano, á juzgar por su acento. Tenía un tipo de moro: pelo muy negro, ojos amarillentos y dientes del mismo color. Llevaba patillas á la rusa, unidas al bigote, lo que le daba un aspecto de facineroso terrible. Montaba un caballo muy viejo, escuálido y grande. Sin duda, era del consejo irónico del pueblo que dice: «Ande ó no ande, caballo grande».
Don Perfecto se parecía tanto á su caballo, que cualquiera hubiese dicho era de la familia. Podían los dos haber cambiado de dentadura sin que nadie lo notase.
Don Perfecto hablaba tartamudeando, y era pesado y falto de gracia.
Al principio nos parecía un hombre fastidioso, de esos de quienes se huye; pero luego, poco á poco, nos asombró. ¡Qué idea tenía aquel hombre de sí mismo! ¡Se creía el ser de más inteligencia, el más atrevido, el más ágil del mundo! Siempre llegaba el primero, siempre sabía el secreto de lo que pasaba, siempre tenía que salvar á los demás y reirse de ellos. Como jinete era una maravilla, como tirador de armas y valiente no había otro.
Don Perfecto pensaba que todos los días le estaban pasando cosas extraordinarias; constantemente el enemigo le tendía lazos que él, con su gran malicia, sabía esquivar.
Cuando contaba aquellas supuestas celadas y explicaba los medios empleados para burlarlas con su lengua gorda, se reía con un entusiasmo loco, mostrando su fila de dientes grandes y amarillos como los de su caballo viejo.
Varias veces nos dijo que Napoleón ya sabía quién era él y que le temía. Al oirlo el Brigante, que era burlón, nos dijo á Lara y á mí que debíamos escribir á don Perfecto una carta, firmada por Napoleón Bonaparte, diciéndole que estaba enterado de que era su gran enemigo, pero que, á pesar de esto, le apreciaba y le admiraba como se merecía.
Cuando recibió la carta don Perfecto estuvo serio más de una semana; nosotros creíamos que habría notado la broma; pero no era esto, sino que estaba preocupado buscando los términos de la carta que tenía que contestar á Napoleón.
Llegó á tomar unos aires de orgullo tan necios, que el Brigante le dijo que no fuera tonto, que se estaba poniendo en ridículo, que la carta de Napoleón la habíamos escrito entre Lara y yo.
Don Perfecto se puso compungido fingiendo tristeza, y cuando dejó de hablar con el Brigante vino á nosotros á decirnos que él se reía de estas cosas porque sabía mejor que nadie lo que pasaba y la envidia que tenían algunas personas de sus méritos.
Respecto á la carta de Napoleón, estaba tan seguro de que era de él, que todas las bromas que le dieran con este motivo no le hacían la menor mella.
EL MELOSO
Tipos bien distintos á éste eran el Feo y el Meloso. El Feo era muy buena persona. Eso sí, merecía el apodo como pocos. Decían los guerrilleros que era más feo que el cabo Negrón, que, según tradiciones que quedan en la milicia, reventó de feo.
El Meloso, antiguo pastor, tenía unos cincuenta años.
Era el Meloso hombre, al parecer, de gran sencillez y humildad. Tenía unos ojos azules claros, cándidos como los de un niño, las cejas rojas y cerdosas, las mandíbulas sin dientes.
A pesar de su humildad, era cazurro y marrullero como pocos.
Vestía una camisa de cáñamo y un traje de bayeta. Llevaba faja encarnada, reloj de faltriquera con su gruesa cadena, pañuelo atado á la cabeza y calañés. Solía montar en un caballejo negro, escuálido, pero de mucha sangre; llevaba dos alforjas jerezanas á los lados de la silla, y en el arzón un trabuco.
El Meloso era muy amable y suave; de esto le venía el mote. Solía echar al enemigo que cogía por su cuenta al otro mundo con verdadera melosidad.
Otros dos guerrilleros, amigos y compadres, los dos tunos y muy ladrones, el uno ya viejo y el otro joven, eran el Gato y el Manquico.
El Gato era un viejo socarrón, bajito, muy taimado, siempre sonriente, pero iracundo. Montaba una yegua parda con sus lomillos y dos cabezadas con brida; colgando de la silla llevaba una escopeta, y en el arzón, escondido, un bote de hoja de lata donde metía el dinero.
El Manquico robaba también en combinación con el Gato. Este le había aleccionado. Sabíamos sus mañas y estábamos esperando la ocasión de pescarle en el garlito para darle una paliza y echarlo del escuadrón.
Como él llegó á conocer nuestras intenciones, poco después se marchó con el Jabalí.
Un muchacho simpático á quien solíamos bromear todos por su candidez era Martinillo el Pastor.
Martinillo contaba poco más ó menos la misma edad que Lara y que yo; pero como había vivido en el campo conservaba gran inocencia.
Martinillo era uno de los cornetas del escuadrón y le gustaba mucho marchar á la cabeza tocando.
Martinillo tenía amores con una muchacha pastora de Quintanar de la Sierra, llamada Teodosia.
Como todos sabíamos sus amores, le bromeábamos con la Teodosia. El suspiraba por ascender y ganar unos cuartos para casarse con la pastorcilla.
Entonces Lara, yo y otros oficiales del escuadrón de húsares de Burgos hicimos una suscripción y reunimos treinta duros, que se entregaron á Martinillo.
Martinillo, loco de entusiasmo, arregló una casa en Hontoria del Pinar y se casó con la Teodosia.
La boda fué una verdadera fiesta para el escuadrón del Brigante y para los amigos. La única que no quiso asistir fué Fermina la Navarra. Sentía un gran desprecio por la pobre Teodosia, á quien consideraba estúpida y ñoña.
Para no amargar la fiesta á Martinillo, le dijimos que Fermina tenía una desgracia de familia y que por eso no iba á la boda.
Durante mucho tiempo se habló de la fiesta como de algo maravilloso y extraordinario.
EN CASA DEL PADRE ETERNO
Las noches en que no estábamos de guardia nos reuníamos en nuestro alojamiento de Hontoria, en casa del Padre Eterno, unos cuantos guerrilleros al amor de la lumbre. El Brigante solía venir casi siempre.
Se contaban cuentos y hablábamos de todo: de las cosas próximas, como la guerra y las ambiciones del gran Napoleón, y de las más lejanas, como la historia antigua y la astronomía.
En cuestiones de política y de historia teníamos que terciar Lara y yo, que, aunque no muy cultos, pasábamos allí por unos Solones.
Alguna vez hubo un poco de baile con las mozas del pueblo al son de la guitarra, y dos ó tres noches se jugó á las cartas, á pesar de ser cosa especialmente prohibida.
Miguel de Lara, cada vez más amigo mío, recitaba en nuestras reuniones versos antiguos y modernos.
Los romances del Cid, de la Infantina y de los Infantes de Lara producían gran entusiasmo.
Aquellos campesinos no sentían el tiempo interpuesto entre estas viejas historias y la época nuestra, y para ellos, el Cid, el conde Lozano, Mudarra y Diego Láinez eran casi contemporáneos suyos, hombres que tenían iguales pasiones é idénticas maneras de sentir.
Yo le dije una noche á Lara que encontraba absurdo en un hombre de su sensibilidad poética no hiciera versos originales.
El se turbó, y al día siguiente leyó una oda á la patria que nos produjo á todos un entusiasmo inmenso. Le abrazamos, y el pobre muchacho quedó sofocado del éxito.
Lara era un tipo verdaderamente admirable, generoso, desinteresado; no quería nada para él; valiente y audaz, le gustaba el peligro; pero, sobre todo, tenía un sentimiento de justicia extraordinario.
Al pensar en él me venía á la imaginación la frase de Rousseau acerca de Altuna; se podía haber dicho también de mi amigo que era de esos tipos que España sólo produce, y que no produce bastantes para su gloria.
Lara y yo decidimos ser los cronistas de la partida; sobre todo, de las hazañas del batallón del Brigante; yo escribiría los acontecimientos en estilo liso y llano y él intercalaría romances cantando nuestras heroicidades.
Esta idea produjo un gran entusiasmo entre los guerrilleros.
Muchas anécdotas podría contar de las reuniones de Hontoria en casa del Padre Eterno.
Había entre todos aquellos pobres un deseo de saber, y el Brigante era de los más interesados en educarse y pulirse.
Una noche de éstas, el Brigante nos contó una cosa cómica.
—Antiguamente—dijo—, alrededor de España había dos mares, y estos dos mares querían juntarse, pero no podían, porque entre uno y otro se levantaban unas rocas muy altas. Entonces un hombre muy fuerte, á quien llamaban el Cule, empezó á trastazos con las rocas, y á martillazos las rompió y comunicó los dos mares.
—Pero ¿dónde has leído eso?—le pregunté yo.
—Yo te traeré el librico.
Efectivamente, me lo trajo; y cuando vi que el Cule á quien se refería el Brigante era nada menos que Hércules, me dió una risa inextinguible; pero él, como era buena persona, no se incomodó.
—¡Pisaverde! Eres una sabandija que hay que aplastar con el tacón—me decía, mientras yo me moría de risa.
III EL CURA MERINO, DE CERCA
Por esta época veía yo casi todas las mañanas al cura Merino y hablaba con él.
Nunca me fué simpático. Lo encontraba soez, egoísta y brutal.
Su manera de ser la constituía una mezcla de fanatismo, de barbarie, de ferocidad y de astucia. Era, en el fondo, el campesino, tal como suele ser en todas partes cuando las circunstancias desarrollan en él los instintos de lucha.
El campesino produce el guerrillero, y éste se suele desdoblar en dos tipos: el tipo generoso, comprensivo, que llega á perder su carácter de hombre de campo: Mina, el Empecinado, Zurbano; y el tipo sórdido, intransigente, invariable: Merino.
El primero es un ser de excepción; es un hombre de instinto que aspira á convertirse violentamente en un hombre de razón; es un espíritu que tiene fe en sí mismo y en los demás; el segundo, por el contrario, desconfía; teme todo cambio; cree que la menor transformación de la vida aniquilará su personalidad.
Merino, en el fondo, era uno de tantos campesinos en el cual se habían perfeccionado los instintos guerreros como en un perro se perfeccionan los instintos de caza.
Merino, más que á nada, temía á un posible rival.
Estaba entonces en la plenitud de la vida, pues contaría cuarenta años; tenía sentidos muy finos y despiertos, veía á enormes distancias la hora en el reloj del campanario de una iglesia, distinguía á lo lejos, por la forma del polvo, si llegaba caballería ó infantería por una calzada, notaba el ruido más imperceptible y se daba cuenta de dónde provenía.
Como jinete era una especialidad; hombre de poca carne y ligero cansaba apenas á los caballos, subía, bajaba, corría por los precipicios como si fuese en llano. Al distinguirle desde lejos daba la impresión de un caballero montado en un hipogrifo.
La primera vez que le vi en casa del párroco de Covarrubias, Merino iba un tanto desastrado; pero luego, cuando fué llegando el dinero de las Juntas se elegantizó, hasta parecer un currutaco.
Al pensar en Merino se me viene siempre á la imaginación una estampa vista en una tienda de París, años después, en la calle del Sena. La lámina tenía como leyenda: «Le curé espagnol Merino».
En el dibujo aparecía un clérigo narigudo con un sombrero de teja descomunal atado á la cabeza con un pañuelo, dando la impresión de que el guerrillero tuviera mal de muelas.
El cura caricaturizado montaba en un caballo flaco y huesudo; llevaba un sable enorme, un trabuco naranjero, un cristo colgado al cuello y un paraguas abierto.
¡Qué poco se parecía la figura de la estampa al original!
Merino, como he dicho, después de recibir el dinero de las Juntas vestía muy bien.
Llevaba levita de paño azul, pantalón obscuro, chaleco negro de seda, corbata negra y sombrero de copa, al que ponía un hule cuando llovía.
No usaba casi nunca polainas, sino medias de lana, zapatos gruesos y un espolín en el pie derecho; porque decía en broma, como los vaqueros cordobeses, que también gastan sólo una espuela, que cuando se arrea con ella á medio caballo y anda, el otro medio no se queda atrás.
No quería el cura insignias de mando. Sus armas eran un trabuco, pistolas en el arzón y un cachorrillo en la faja.
Merino no era un valiente, como Mina ó el Empecinado, ni un estratégico de genio, como luego ha demostrado ser Zumalacárregui.
Nuestro jefe no tenía una idea noble de la guerra; á él que no le hablaran de heroísmo, de arrogancias con los contrarios; él peleaba siempre con ventaja. Conocía las veredas y los senderos de aquella sierra como nadie, y en este conocimiento basaba su estrategia. Cuando atacaba, lo hacía contando, por lo menos, con doble fuerza que el enemigo, y ocupando una posición mejor.
Merino apenas sabía leer y escribir. Una vez me confesó que no había tenido jamás un libro en la mano, fuera del misal.
Antes de comenzar su vida de guerrillero, todos sus conocimientos se reducían á rezar y á cazar.
Eso sí; no había en todo el país escopeta como la de aquel Nemrod de sotana.
Merino, sin ser muy valiente, ni inteligente, ni generoso, ni noble, tenía grandes condiciones de guerrillero; lo que demuestra que la guerra, es una cosa de orden inferior, puramente animal.
Nuestro capitán nos vareaba como á la lana.
Cuando empezaban las operaciones, ya se sabía: no nos dejaba un momento de descanso.
Prohibía que se desnudase nadie para dormir, y se tenía uno que echar vestido en el suelo ó en el monte entre las matas. De las veinticuatro horas del día, el cura estaba diez y ocho á caballo. Con él no había otro medio: endurecerse ó perecer.
A Merino, que era hombre poco ingenioso y nada cordial, no le gustaba la conversación. La gente le estorbaba.
Yo supongo que, en el fondo, tanta cautela, tanta insociabilidad provenía del miedo de una asechanza, más que de otra cosa.
LAS TRETAS DEL CURA
El cura no gastaba confianzas con nadie. Se le tenía respeto, pero no se le quería.
Cuando se incomodaba y se ponía á hablar con una voz aguda y seca, de timbre metálico, todo el mundo temblaba. Había llevado la reserva hasta el último extremo.
Merino estaba el tiempo necesario al frente de sus tropas; luego se largaba. ¿Adónde? Nadie lo sabía. Variaba todos los días de escondrijo. Al que hubiese tenido una curiosidad indiscreta, probablemente le hubiese costado la vida.
A sus espías les hablaba de noche en sitio seguro, y no los esperaba nunca; siempre tenían ellos que esperarle. Además, se presentaba de improviso.
Cuando tenía que tratar con alguno á quien no conocía, le daba cita en la calvera de un monte, y el cura, oculto, estudiaba el tipo y los movimientos del desconocido.
Es indudable que cada oficio da un carácter profesional al que lo ejerce. A pesar de no saber latín, ni cánones, ni teología, el cura Merino era cura hasta la médula de los huesos.
Merino, al decir de los guerrilleros, había empleado meses en recorrer en todos sentidos los pinares y desfiladeros de las sierras de Quintanar y Soria con los pastores y cazadores del país; así, conocía, aun de noche, los caminos, las sendas, los escondrijos y cuevas de los contornos. No necesitaba guías; él marcaba la dirección.
Merino no aceptaba pretextos. Era la severidad misma.
Se manifestaba implacable para todo lo que le pareciese espíritu de rebelión y de crítica. Había que obedecerle sin discurrir. Si alguno no cumplía al pie de la letra una orden por parecerle imposible ó por haberlo hecho ya otro, le llamaba:
—¿Qué te he mandado yo?—preguntaba.
—Tal cosa.
—Y ¿por qué no la has hecho?
El preguntado daba sus razones.
—Está bien; pero otra vez no discurras, y lo que te se mande haz.
Merino exigía la obediencia ciega. El hombre que no discurría le encantaba. Hubiese podido recomendar la máxima de los frailes de la universidad de Cervera: «Lejos de nosotros la peligrosa manía de pensar».
Toda la filosofía de Merino se reducía á afirmar que lo tradicional es sagrado. Usos, costumbres, rutinas, fueran buenos ó malos, si eran antiguos, para él, eran respetables.
En esto pensaba como las mujeres. Se ve que los manteos y las sayas dan la misma manera de discurrir á las personas.
Merino no toleraba ni permitía en su tropa juegos de azar.
Si olfateaba alguna partida de naipes se presentaba de improviso, y desgraciados de los guerrilleros á quienes encontrase jugando.
Tenía también un odio especial por los borrachos.
—A ninguno que beba se le debe tolerar en la partida—decía á los capitanes—, y menos confiarle una guardia ó un pliego.
A los que juraban y blasfemaban les castigaba cruelmente, dándoles de palos. Era también feroz con los ladrones.
En cambio, con el que se sometía en absoluto á la disciplina se mostraba á veces cariñoso.
Estas tiranías de curas son casi siempre así: crueles y femeninas. El cura y la mujer tienen algo de común; por eso se entienden tan bien.
Merino mantenía la leyenda de que contaba con grandes recursos y manejaba resortes secretos.
En el campo se oía hablar de las expediciones de Merino á Burgos disfrazado de pimentonero. Según los nuestros, iba á ver á los franceses para engañarlos.
Era la voz que corría por los pueblos acerca del cura de Villoviáu, como decían los aldeanos.
—¿Qué dicen del cura?—se preguntaban unos á otros.
—Que si le pescan los franceses le van á hacer tajaditas así.
—¿Y le cogerán?
—¡Qué le van á coger! ¿No ve usted que les engaña? Se disfraza, se acerca á los franceses y les pregunta:—Y ustedes, ¿qué van á hacer? ¿Por dónde van á ir?—Pues nosotros vamos por aquí ó por allá.—Y, claro, el cura los espera y los destroza.
El pueblo es niño y le agrada creer en estas historias absurdas.
Ni á Merino le gustaba exponerse de una manera tan grande, ni sabía hablar francés para entenderse con los soldados de Napoleón, ni tenía resortes desconocidos.
Los recursos más importantes se los proporcionaban las Juntas de la provincia, y los mejores informes se los daba el director y el espionaje espontáneo de los alcaldes y curas de pueblo.
IV LOS PRIMEROS COMBATES
Las primeras salidas fueron para los guerrilleros bisoños de gran emoción; el toque de diana nos llenaba de inquietud; creíamos encontrar al enemigo en todas partes y á todas horas, y pasábamos alternativamente del miedo á la tranquilidad con rapidez.
Esta primera hora de la mañana en que se comienzan los preparativos de marcha, aun en el hombre de nervios fuertes produce al principio emoción.
Van viniendo los caballos de aquí y de allá; se oyen voces, gritos, relinchos, sonidos de corneta; las cantineras arreglan sus cacharros en las alforjas, los acemileros aparejan sus mulas, el cirujano y los ayudantes preparan el botiquín, y poco á poco esta masa confusa de hombres, de caballos, de mulas y de carros se convierte en una columna que marcha en orden y que evoluciona con exactitud á la voz de mando.....
Pronto comenzamos á acostumbrarnos y á gustar de aquella vida.
La guerra en la montaña tiene, indudablemente, grandes atractivos; el paisaje cambia á cada paso, el aire está fresco, el cielo azul; no hay polvo, no hay marchas fatigosas, el agua brota de todas partes.
Para un hombre joven y lleno de entusiasmo se comprende el encanto de esta vida salvaje del guerrillero, que es la misma que la del salteador de caminos.
El ser guerrillero, moralmente, es una ganga; es como ser bandido con permiso, como ser libertino á sueldo y con bula del Papa.
Guerrear, robar, dedicarse á la rapiña y al pillaje, preparar emboscadas y sorpresas, tomar un pueblo, saquearlo, no es seguramente una ocupación muy moral, pero sí muy divertida.
Se ve la poca fuerza que tiene la civilización cuando el hombre pasa con tanta facilidad á ser un bárbaro, amigo de la carnicería y del robo. Los alemanes suelen decir: «Rascad en el ruso, y aparecerá el tártaro».
Los alemanes y los no alemanes pueden añadir: «Rascad en el hombre, y aparecerá el salvaje».
A veces nos parecían un poco pesadas las marchas y contramarchas, pero se olvidaba pronto la fatiga.
El comienzo del año 9 lo pasamos así en ejercicios y en maniobras, interrumpidos por alguna que otra escaramuza.
En Marzo deseaba el director y la Junta de Burgos dar principio á las operaciones en cierta escala, y avisaron á Merino la inmediata salida de varios correos franceses detenidos en aquella capital. Con ellos iba una berlina con sacos de dinero para pagar á las tropas, dos furgones con pólvora y varios otros carros.
Iban escoltados por unos ochenta ó noventa dragones.
Merino decidió apoderarse de la presa. Apostó sus hombres á un lado y á otro del camino, de manera que pudieran cruzar sus fuegos, y ordenó al Brigante quedara en un carrascal próximo á la carretera y no apareciese con su gente hasta pasadas las primeras descargas.
Estuvimos ocultos los del escuadrón, como nos habían mandado, sin ver lo que ocurría. Sonaron las primeras descargas, transcurrió un momento de fuego y cruzaron por delante de nosotros cuatro ó cinco carros al galope con los acemileros, azotando á los caballos.
HAY QUE CORRER
En esto nos dieron la orden de salir á la carretera.
Aparecimos á un cuarto de legua del sitio de la pelea. Nos formamos allí y nos lanzamos al galope.
Los franceses, al divisarnos, se parapetaron detrás de sus carros y comenzaron á hacernos fuego.
Nosotros embestíamos, retrocedíamos, acuchillábamos á los que se nos ponían por delante.
Los guerrilleros, emboscados, hacían un fuego certero y terrible, pero los franceses no se rendían.
Nuestra victoria era cuestión de tiempo.
El Brigante y yo y otros dos ó tres luchábamos en primera línea con un grupo de soldados imperiales que se defendían á la bayoneta.
En esto se oyó un grito que nos alarmó, y los franceses se irguieron levantando los fusiles y dando vivas al Emperador.
Yo me detuve á ver qué pasaba. De pronto oí como un trueno que se acercaba. Miré alrededor estaba solo.
Un escuadrón francés llegaba al galope á salvar á los del convoy atacado.
Yo quedé paralizado, sin voluntad.
Afortunadamente para mí, el amontonamiento de carros y furgones del camino impidió avanzar á la caballería enemiga; si no, hubiera perecido arrollado.
Cuando reaccioné y tuve decisión para escapar, me encontré seguido de cerca por un dragón francés que me daba gritos de que me detuviera.
¡Qué pánico! Afortunadamente, mi caballo saltaba mejor que el del francés por encima de las piedras y de las matas y pude salvarme.
Cuando me reuní con los míos me recibieron con grandes extremos. Creían que me habrían matado; como es natural, no confesé que el miedo me había impedido escapar, sino lo atribuí al ardor bélico que me dominaba.
Esta primera escaramuza me impresionó bastante.
Realmente, produce efecto el ruido de las herraduras de más de mil caballos que parece que van galopando por encima del cráneo de uno.
Aquel fué mi primer hecho de armas. Después, hablando de este combate con el Brigante, yo le decía que nuestros escopeteros debían haber hecho frente á los franceses para detenerlos un instante y no dejarnos sin defensa.
El Brigante se encogió de hombros, como dando á entender que no quería hablar.
El Brigante y Merino no estaban conformes en muchas cosas.
Para el cura, la cuestión en la guerra era exterminar al enemigo sin exponerse. El Brigante y yo creíamos que la cuestión era matar, pero matar con nobleza, dando cuartel, respetando á los heridos. Otros opinaban que no, que si se hubiera podido echar veneno al agua que habían de beber los franceses, sería lo mejor.
Las mujeres eran de este último partido; el odio al francés, sólo por extranjero, se manifestaba en ellas de una manera selvática.
Cuando yo le decía á Fermina la Navarra que había tenido amistad con algunos franceses, le parecía una cosa monstruosa.
En todo el mes de Marzo, Abril y Mayo los nuestros se dedicaron á cazar correos y á atacar á los destacamentos enemigos. Solamente los dejábamos en paz cuando iban en grandes núcleos.
Merino mandaba exploradores para que no nos ocurriera lo de la primera escaramuza y no nos viésemos combatidos por la caballería.
Los generales del Imperio, en vista de las emboscadas de los guerrilleros, se decidieron á no enviar correos ni convoyes mas que acompañados de grandes escoltas de caballería.
A Juan el Brigante y á los de nuestro escuadrón nos hubiera gustado luchar con los franceses en número igual para probar la fuerza y la dureza de los guerrilleros; pero Merino no atacaba mas que emboscado y cuando contaba con doble número de gente que el enemigo.
Lo demás le parecían simplezas y ganas ridículas de figurar.
En cambio, nosotros encontrábamos su guerra una cosa ratera y baja.
Con tanto sigilo y tanta prudencia, sentíamos todos, por contagio, más inclinaciones para la intriga que para el combate á campo abierto.
V LA VIGILANCIA DEL CABECILLA
Merino, por instinto, sin aprenderlo de nadie, era un gran técnico, quizá demasiado técnico. Despreciaba la improvisación. Para él, el heroísmo, el arranque, la audacia tenían importancia, pero una importancia muy secundaria.
Su afán era combinar los proyectos de sorpresas y emboscadas hasta en los más pequeños detalles.
Con una cultura apropiada, aquel hombre hubiera sido un gran jefe de Estado Mayor de un ejército regular. Nunca hubiera tenido, seguramente, el golpe de vista genial de los grandes generales; pero para la organización lenta y perseverante era una especialidad.
A pesar de las largas disertaciones de los escritores militares, se ve que la guerra, en el fondo, es un producto instintivo, y mientras exista la barbarie que la produce habrá, en mayor ó menor escala, generales improvisados, tan hábiles en las batallas como los llenos de conocimientos tácticos y estratégicos aprendidos en los libros.
Merino no era el clásico guerrillero, arrebatado, valiente, acometedor, ardoroso. Le faltaba impetuosidad, genialidad, brío, y estas faltas las suplía con la atención y el trabajo.
Nuestro jefe basaba sus operaciones, primero, en el conocimiento del terreno, que lo tenía casi absoluto; después, en las confidencias y en el espionaje, (por eso pagaba á sus espías lo más espléndidamente que podía); y, por último, en la perseverancia, que pensaba había de llegar al cansancio del adversario.
De las veinticuatro horas del día, Merino se ocupaba de sus tropas lo menos veinte, y á veces las veinticuatro. Merino tenía á sus fuerzas en una continua actividad y en un perpetuo movimiento.
Por la tarde, al ponerse el sol, solía distribuir los escuadrones de su partida en una aldea, ó en varias próximas, á las guarniciones de los franceses; colocaba centinelas avanzados de caballería por los caminos de los pueblos ocupados por el enemigo, y establecía un gran retén de jinetes en una posada y en las casas inmediatas.
Esta guardia solía constar de la tercera parte de gente del total de la partida, y como por entonces éramos de trescientos á cuatrocientos hombres, la guardia solía pasar de un centenar; á veces llegaba á ciento cincuenta.
Cuando alcanzaba este número, cincuenta marchaban en la ronda, otros cincuenta quedaban con las armas en la mano, y el resto dormía.
Los caballos quedaban en la posada ensillados, atados al pesebre y con la brida en el arzón. En caso de alarma, se montaba inmediatamente y se formaba en el zaguán ó en la calle.
Constantemente exploraba las inmediaciones de la aldea la ronda de caballería; ronda que, al cabo de dos horas, volvía á la posada y era sustituída por otra del mismo número de jinetes.
El retén lo mandaba un oficial, generalmente, un capitán, que estaba de guardia toda la noche, sin dormir un momento ni ser reemplazado.
Esto tenía la ventaja de que, con tal procedimiento, la dirección era única y la responsabilidad también.
LA NOCHE DEL CURA
Cuando quedaba alojada la tropa y Merino daba sus instrucciones al capitán de guardia y á los demás jefes, montaba á caballo y desaparecía seguido de su asistente.
En sus salidas nocturnas por el campo, siempre llevaba distinta indumentaria que de día. Su objeto, indudablemente, era que en la obscuridad nadie le reconociese.
Tarde ó temprano, lloviera, nevara ó granizara, no dejaba nunca de salir.
—El cura va á celebrar la misa del gallo—decían los guerrilleros al verle marchar á las altas horas de la noche.
Su salida tenía por objeto dar un último vistazo á todo.
Al trote largo, el cabecilla avanzaba hasta los alrededores de las guarniciones enemigas, hablaba con los confidentes enviados de antemano á los pueblos, recogía noticias de los curas, de los alcaldes y de los aldeanos.
Era incansable; no quería dejar nada á la suerte. Andaba diez ó doce leguas á media noche para enterarse de un detalle, por insignificante que pareciera á primera vista.
Sufría las nieves y los fríos más intensos como los más fuertes calores.
En el rigor del invierno gastaba guantes de lana y una especie de carrick anguarina con capucha, prenda parecida á la que emplean en Soria los montañeses de Villaciervos y á los capusays de los pastores vascongados.
Para ir á caballo se calaba una gorra de pelo, se subía el cuello del carrick, y así marchaba horas y horas.
Los días de lluvia gastaba una capa de paño grueso de Riaza, empapada en un barniz impermeable, al estilo de esos capotes usados en Cuenca que llaman barraganes.
Después de recorrer los caminos y encrucijadas en donde podía haber alguna novedad, si el cura encontraba todo tranquilo volvía hacia el punto en donde se hallaba el grueso principal de su fuerza y, dando la vuelta al pueblo, se dirigía á media rienda al bosque ó montaña inmediata.
Seguido de su asistente, iba haciendo caprichosos zigzags hasta que se detenía. ¿Hacía todo esto para desorientarle? ¿O quizá pensando que alguno podría seguirle? No lo sé.
Cuando le parecía bien se paraba y le llamaba al asistente. El que con más frecuencia le acompañaba era el Feo, y algunas veces el Canene:
—Eh, tú, Feo... quédate aquí.
—Está bien, don Jerónimo. Buenas noches.
—Buenas noches.
El asistente se apeaba del caballo, lo desembridaba, aflojaba la cincha, le echaba la manta, colocándole el morral con un celemín de cebada, sacaba de la alforja los víveres para su cena y se tendía, envuelto en la manta morellana, debajo de un árbol ó al abrigo de una peña.
EN LA SOLEDAD DEL MONTE
Merino seguía caminando por el monte en zig-zag hasta que encontraba un sitio que se le antojaba bueno y seguro. Siempre prefería aquel donde corría un arroyo ó manaba una fuente.
Al llegar allí se apeaba, desbridaba el caballo, le ataba con el ronzal á un árbol, le quitaba la silla, le echaba una manta y le ponía en el morral medio celemín de cebada.
Luego se envolvía en una bufanda, colocaba la silla del caballo á manera de almohada, y debajo de la silla metía un reloj de repetición, al que daba cuerda. Después se tendía á dormir.
Sonaba la repetición á las tres de la mañana. Merino, que tenía el sueño ligero, se despertaba y se ponía de pie. Si el tiempo estaba bueno, sacaba de la alforja una maquinilla con espíritu de vino, y en un cazo hacía chocolate.
Mientras hervía el chocolate volvía á echar al caballo en el morral un medio celemín de cebada y le dejaba comer despacio. El, mientras tanto, tomaba el chocolate con un trozo de pan, bebía un vaso de agua y fumaba un cigarro de papel.
Si por el mal tiempo no podía hacer el chocolate, comía la pastilla cruda.
Después recogía sus bártulos, ensillaba el caballo, le quitaba el morral, le llevaba al arroyo para que bebiese y comiese un poco de hierba, en la orilla y luego, montando, se acercaba al asistente:
—¡Eh, tú, Feo!—gritaba.
El asistente podía contestar al primer grito, si no quería recibir algunos latigazos. El Feo se levantaba, arreglaba su caballo, y el amo y el criado salían del monte.
LAS MAÑANAS DEL CURA
En seguida Merino emprendía la ronda de la mañana, encaminándose á toda prisa á las proximidades de la guarnición enemiga; conferenciaba con sus espías, y antes del amanecer estaba en el cuartel general de la partida; veía por sí mismo si las avanzadas y las rondas se hallaban en sus puestos, y entraba en la población.
Mandaba tocar llamada, y si alguno no estaba al momento dispuesto para marchar, salía á enterarse de lo que hacía.
El Feo llevaba á Merino un vaso de leche, que bebía á caballo, y en seguida se ponían las tropas en movimiento.
Se salía del pueblo, y al llegar á un sitio adecuado, la tropa se colocaba en orden de batalla y se pasaba revista.
Nos conocía á todos. Tenía ese aire inquisitorial de un director de seminario que quiere averiguar los pensamientos más íntimos de sus alumnos.
—¡Mala cara tienes tú hoy!—me dijo varias veces por lo bajo.
Una de las reglas de Merino era observar á sus guerrilleros. Quería, sin duda, conocerlos, ver transparentarse sus almas.
Así, sabía siempre lo que sus hombres deseaban cuándo estaban cansados, cuándo no; cuándo fingían ardimiento y cuándo lo experimentaban de veras.
Este deseo de contentar á su gente, y al mismo tiempo de recibir sus inspiraciones, producía en ellos una gran confianza, y cuando veían que el cura contrariaba abiertamente sus deseos cada uno de ellos pensaba: «Ocurre algo. El cura no puede dar descanso».
Es indudable que el pueblo tiene siempre rasgos de genialidad, y más aún en tiempo de guerra.
Esa alma colectiva que se forma en las masas condensa las virtudes, los vicios, las crueldades de cada uno de los individuos que la forman.
Así, estas colectividades, cuando se sienten heroicas, son más heroicas que un hombre solo, y lo mismo cuando se sienten cobardes ó crueles.
Marino comprendía instintivamente que de sus guerrilleros toscos podía sacar lecciones, y las aprovechaba.
Después de pasar revista nos hacía acampar, y mientras parte de la fuerza quedaba de guardia en los caminos, otra se ejercitaba en maniobras de guerrillas, haciendo simulacros de ataques y defensas, de reconocimientos, de combates, de tiros al blanco y dando cargas de caballería.
Mientras tanto, Merino se sentaba en una silla de tijera, leía los partes que le enviaban, y de su sombrero de copa, su gran archivo, sacaba un cuadernillo de papel y contestaba, y daba sus órdenes á los comandantes destacados en diferentes puntos.
Nunca empleaba más de tres ó cuatro líneas en sus instrucciones; así que no necesitaba secretario.
A mí me llamó algunas veces para fingir comunicaciones falsas redactadas en francés, como si estuvieran enviadas de un comandante de un cantón á otro.
No le gustaba á Merino guardar papeles, y todos los que recibía los quemaba al instante.
Los partes suyos los doblaba, los metía en sobres gruesos, echaba cera amarilla y ponía encima su sello. El sello era uno que le había regalado el cura de Coruña del Conde, y que provenía de las ruinas de la gran Clunia, ciudad romana levantada en otro tiempo en un cerro próximo al río Arandilla.
Con todos los sobres preparados, hacía venir á su presencia á los ordenanzas de á caballo, y á cada uno le confiaba el parte, le prevenía los caminos ó sendas que debía tomar y le fijaba hora exacta para entregarlo.
EL TEMOR AL ENVENENAMIENTO
Después de estas diligencias veía el final de las maniobras, daba la orden de marcha y se seguía adelante al pueblo ó aldea donde había que hacer el rancho y dar pienso á los caballos.
No nos dejaba comer en paz. Él solía entrar en la casa donde encargaba el almuerzo y mandaba que se lo hicieran sin sal. Tenía miedo de que le envenenaran.
Le traían unas sopas de ajo ó huevos, les echaba sal, que sacaba de un paquete que guardaba cuidadosamente, compraba un panecillo en otra parte y comía sin sentarse á la mesa; después extraía de su alforja un trozo de carne en fiambre y un pedacito de queso y marchaba á la fuente, llenaba un vaso de agua, que bebía, y salía á fumar un cigarro.
A los cinco minutos ya estaba volviendo y preguntando á los oficiales:
—Qué, ¿estamos?
Los soldados, en general, tenían más tiempo de descanso, y con el motivo de hacer el rancho y con el pretexto de herrar á los caballos y darles de beber, nos hacían esperar siempre.
Con estos trotes que nos daba, no hay para qué decir que la mayoría deseábamos operar independientes.
Merino era incansable. No quería dejar nada á la casualidad.
Muchas noches las pasaba enteras á caballo, aunque cayeran rayos y centellas.
Con tanto trajín, un caballo y un asistente no le bastaba, y cambiaba dos y hasta tres al día.
Contaba para la remuda siete ú ocho caballos, los mejores del escuadrón, con sus arneses y monturas.
Siempre llevaba uno enjaezado cerca del que montaba. No quería guardia. Ya sabía que todo el país estaba á su lado, y aunque temía las traiciones, temía más aún las maniobras indiscretas.
En general, cambiaba de caballo por la mañana, al mediodía y al anochecer. Cada uno llevaba su alforjita con su celemín de cebada.
Al montar, siempre decía al asistente:
—Feo.
-¿Qué?
—¿Está bien calzado?
—Sí, señor.
—¿No le falta ningún clavo en las herraduras?
—Ninguno.
—Bueno; pues vamos allá.
VI ARDIDES Y EMBOSCADAS
Al escribir estas páginas, al cabo de más de veinte años en la obscura cárcel, donde me encuentro preso, me figuro tener hoy los mismos sentimientos de aquella época de mi vida de guerrillero.
Claro que es un error. Los años y la desgracia dan sus lecciones, aunque no se sepa á veces claramente cuáles son.
Por otra parte, había entonces para mí una influencia, cuya presión me es difícil calcular.
Me refiero al contagio de los sentimientos patrióticos de los demás. En todas esas grandes convulsiones populares, como la guerra de la Independencia, hay una contaminación evidente; uno cree obrar impulsado por su inteligencia, y lo hace movido por su sangre, por sus instintos, por razones fisiológicas, poco claras y conocidas.
Este contagio lo experimenté yo, como lo experimentaron otros mucho más cultos que yo. Al principio de la guerra, la calentura patriótica nos abrasaba.
Sin embargo, yo confieso que en una de las emboscadas primeras en que tomé parte me costó trabajo dar la voz de fuego. Me habían mandado al frente de veinte jinetes con la orden de agazaparnos en un alto detrás de unas piedras y terrones y esperar el paso de un pelotón enemigo. Al divisarlo debíamos hacerle una descarga cerrada é inmediatamente montar á caballo y salir corriendo hacia nuestro campo.
Fuimos marchando á la deshilada con un mozo pastor que conocía muy bien los senderos; tomamos y dejamos veredas abiertas entre la maleza y el monte bajo, y llegamos á las peñas donde debíamos agazaparnos. Yo tenía un buen observatorio oculto por unas matas.
Esperamos toda la tarde; el anochecer fué espléndido; el sol del crepúsculo doraba el campo, alargando las sombras de los árboles.
Yo, contagiado por la paz de la Naturaleza, estaba deseando que no apareciesen los franceses; pero un momento antes de anochecer se presentaron.
Eran cincuenta ó sesenta soldados de infantería; iban á pie; algunos cantaban alegremente.
Se me encogió el corazón, pero no había más remedio. Miré á mis guerrilleros. Todos estaban preparados.
—¡Fuego!—grité.
No quise mirar. Montamos á caballo y nos retiramos de aquel sitio rápidamente.
Este sentimiento de responsabilidad, de remordimiento, no lo experimenté mas que las pocas veces que tuve algún mando; en lo demás, no.
En los ataques de caballería que dimos los del escuadrón del Brigante no sentía uno intranquilidad moral ninguna. La cólera, el odio y, más aún, la emulación nos arrastraban.
No veíamos si eran muchos ó pocos los enemigos; nos lanzábamos contra ellos con tal furia que, generalmente, no podían resistir nuestro empuje.
Luego, ya llegó un tiempo en que no sé si por costumbre, por el hábito de verlos, ó por vislumbrar la posibilidad de echarlos de España, comenzamos á perder el odio por los invasores.
Estas alternativas, comunes á los del escuadrón del Brigante, no influyeron en Merino. El cura siguió preparando al principio y al fin sus emboscadas y sus sorpresas de una manera fría y metódica.
Ciertamente, la guerra, con método ó sin él, es una cosa horrible; pero cuando se hace de manera tranquila, parece más horrible todavía.
Al menos, cuando se luchaba á pecho descubierto, como lo hacía el Brigante en pequeño y como lo hicieron en grande Mina, el Empecinado y don Julián Sánchez, la impresión del peligro experimentado, del valor del jefe marchando á la cabeza, hacía un efecto tónico.
Muchos años después, siendo mariscal de campo el Empecinado y yo su ayudante, dimos una carga, en 1822, llevándole al frente, contra una partida de absolutistas, que entonces llamábamos feotas, mandados por Merino, y aquello alegraba el corazón.
Aun así, creo que á un hombre de dentro de doscientos años, este acuchillarse mutuo de hombres desconocidos le parecerá, no como á nosotros, un gran acto de patriotismo y de nobleza, sino una monstruosidad. Cada hombre es, aunque no quiera, de su siglo y de su época, y pedir otra cosa es una gollería.
La guerra de Merino, no sólo no era para contentar al hombre hipotético de dentro de doscientos años, ni aun satisfacía al de su época. Aquello tenía el aspecto de una cacería metódica y siniestra. Allí no se ganaban acciones; se mataba.
Cuando Merino atacaba á una fuerza considerable, principiaba casi siempre el fuego sobre la infantería. El mismo disparaba sus tiros certeros de carabina contra el oficial ó el jefe francés que dirigía las fuerzas contrarias.
Los asistentes cuidaban de tener preparada la carabina ó el retaco del cabecilla.
A veces, cuando estaba emboscado en lugar seguro, y al mismo tiempo próximo al enemigo, mandaba cargar al Feo ó al Canene un trabuco con un grueso puñado de pólvora de un frasco que llevaba en la pistolera de su silla, y le metía por la boca diez y seis balas de á onza, y lo atacaba después mucho.
Para hacer fuego con aquello, colocaba el arma debajo del brazo derecho y sujetaba el extremo del cañón con la mano izquierda, á fin de evitar en lo posible el choque violentísimo.
La maniobra constante de Merino consistía en batirse en retirada hasta separar la infantería de la caballería enemiga. Después intentaba atraer á los franceses á la loma ó bosque en que solíamos estar reunidos y formados los escuadrones del Jabalí y del Brigante, y si lo conseguía, nos mandaba cargar de repente agitando el pañuelo desde lejos. Nosotros nos lanzábamos sobre el enemigo y casi siempre conseguíamos derrotarlo.
Rara vez los franceses, en tales condiciones y en corto número, podían reorganizarse y resistir. En general, los pasábamos á cuchillo si no se rendían.
Muchas veces también ejecutaba la maniobra de defender una posición falsa é irse retirando á otra fuerte y atrincherada, desde donde podía causar gran daño al enemigo.
La mayor parte de estas emboscadas las preparaba Merino de acuerdo con los alcaldes de los pueblos. Entendido con ellos, dictaba los partes que éstos debían dar en cumplimiento de sus deberes á los comandantes y jefes de los cantones inmediatos.
LAS NOTICIAS FALSAS
Merino, como hombre astuto, sabía desorientar á los franceses dándoles noticias falsas, diciéndoles á veces la verdad á medias.
También empleaba otro procedimiento un tanto peligroso. Hacía que el alcalde del pueblo en donde se alojaba enviara de noche un parte así redactado: «El alcalde del pueblo Tal tiene el honor de manifestar al comandante del cantón y jefe de esta zona que una partida de guerrilleros, en número de trescientos, se presentó ayer, al anochecer, al mando del cabecilla Merino. Las fuerzas rebeldes han sacado raciones y piensan pernoctar en el pueblo».
El jefe del cantón recibía el parte, y para cuando ordenaba la salida de tropas era ya el amanecer, y cuando llegaban al pueblo, de día claro.
Merino, antes del alba, lo había evacuado, dejando en la salida de la aldea un pequeño destacamento al mando de un oficial que supiera su consigna.
El oficial fingía el ser sorprendido al entrar las tropas francesas; un grupo de guerrilleros corría por la derecha, otro por la izquierda, y de lejos, y en aparente desorden, comenzaban el fuego contra los franceses.
Si éstos les perseguían, los guerrilleros se iban retirando y dispersando en dirección del bosque ó desfiladero donde se hallaba emboscado Merino.
Si los franceses, creyendo la presa segura, avanzaban hasta el bosque ó la loma donde estaba preparada la ratonera, podían darse por perdidos.
Salían guerrilleros como abejas de un panal, menudeaban los tiros y los trabucazos, y al último, si se podía, para terminar la jornada, entrábamos nosotros dando mandobles y estocadas.
Sorpresas parecidas se solían preparar al retirarse las guarniciones francesas hacia el cantón donde se alojaban, esperándolas de noche en un bosque ó en un desfiladero.
Para estas funciones de guerra se necesitaba, primero, un secreto absoluto, y después, tenerlo todo á tiempo; tanto lo uno como lo otro lo conseguía Merino constantemente.
Si alguna vez sus emboscadas se malograron fué por maniobra impensada de los enemigos.
Como todo el país nos ayudaba, las estratagemas se repetían con frecuencia, y casi siempre con éxito.
VII BARBARIE DECRETADA
En 9 de Mayo de 1809 el mariscal Soult dió la orden furibunda por la cual, desde aquel momento, no se reconocía más ejército español que el de Su Majestad Católica José Napoleón; por consiguiente, todas las tropas y partidas de patriotas, grandes ó pequeñas, las consideraría desde entonces como formadas por bandoleros y ladrones.
Serían fusilados al momento los españoles aprehendidos con las armas en la mano, y quemados y arrasados los pueblos donde apareciese muerto un francés.
La Regencia, el Gobierno de los patriotas, contestó como réplica, meses después, al decreto de Soult lo siguiente: «Todo español es soldado de la patria; por cada español que fusile el enemigo serán ahorcados tres franceses, y se tomarán represalias si éstos queman los pueblos y las casas sólo por devastar el país». Se añadía que «hasta el momento que el duque de Dalmacia (Soult) no hubiese revocado su orden, sería considerado personalmente como indigno de la protección del derecho de gentes y puesto fuera de la ley, caso de que le cogieran las tropas españolas».
Era la proclamación de la guerra sin cuartel.
La barbarie contra la barbarie.
De joven, hay momentos en que la guerra llega á parecer algo hermoso y sublime; indudablemente, todo ello es vida, y vida fuerte é intensa; pero por cada instante de generosidad, de abnegación, de heroísmo que se encuentra en los campos de batalla, ¡cuánta miseria, cuánta brutalidad!
Guerrear es suprimir durante un período la civilización, el orden, la justicia; abolir el mundo moral creado con tanto trabajo, retroceder á épocas de barbarie y de salvajismo.
Así nosotros teníamos en nuestras filas al Jabalí de Arauzo.
El Jabalí, en circunstancias normales, hubiese estado en un presidio ó colgado de una horca; en plena guerra, convertido en un jefe respetable, lleno de galones y de prestigio, podía asesinar y robar impunemente, no por afán patriótico, sino por satisfacer sus instintos crueles.
Muchos, y yo mismo, han asegurado que de la guerra de la Independencia surgió el renacimiento de España. Sin tanta matanza hubiera surgido también.
REFLEXIONES ACERCA DE UN MANDAMIENTO
¡Cuántas veces al recordar aquella época he pensado en ese tópico que tanto se repite: la influencia del cristianismo en la dulzura de costumbres y en la civilización!
Los mismos escritores impíos y racionalistas aseguran que el cristianismo hace á los hombres más dulces y suaves. ¿En dónde? ¿Cuándo?
Si al cabo de diez y nueve siglos de predicación apostólica nos seguimos acuchillando unos á otros sin piedad, ¿en qué se conoce la eficacia del cristianismo?
Los que hemos visto tantos hombres con las tripas al aire, con los sesos fuera; los que hemos presenciado casi diariamente el espectáculo de ahorcar, fusilar, acuchillar, abrir en canal, presidido por gente católica y rezadora; los que hemos conocido á curas de trabuco que sabían enarbolar mejor el puñal que la cruz; los que hemos encontrado las sacristías convertidas en focos de conspiración y los conventos preparados como cuarteles, no podemos menos de reirnos un poco de la eficacia de la religión.
Los eclécticos nos dirán: Es que ésos son los malos curas. Yo les contestaría que ni aun los buenos han sabido dar lecciones de humanidad y de bondad.
En cualquier parte se oyen predicadores que nos quieren demostrar que una pequeña manifestación de sensualidad merece el infierno. El hombre que mira á una mujer con amor, que la besa ó la abraza; la mujer que se adorna ó cubre sus mejillas con un poco de blanco ó de rojo para parecer más bonita, comete un pecado horrendo; en cambio, ese cabecilla carlista que se dedica á fusilar, á degollar, á incendiar pueblos, ése es un bendito que trabaja por la mayor gloria de Dios.
¡Qué estupidez! ¡Qué salvajismo!
Si al menos los sacerdotes de todas las sectas cristianas hubieran tenido la precaución de asegurar que uno de los mandamientos de la ley de Dios es No matarás... en tiempo de paz, y no No matarás sólo, estarían en su terreno bendiciendo espadas, fusiles, banderas y cañones; pero esos libros santos son tan incompletos, que han hecho que los que creen en ellos tengan que dividir el mandamiento No matarás en dos secciones: la de la paz y la de la guerra.
Cuando se depende del ministerio de la paz, matar es un crimen; en cambio, si se depende del ministerio de la guerra, matar es una virtud. En el primer caso, matando se merece el garrote; en el segundo, el Tedéum.
Alguno dirá que esto es difícil de entender y absurdo; pero otros absurdos más difíciles de entender hay en nuestra religión, y, sin embargo, los creemos.
DISPERSIÓN
Quiero abandonar las reflexiones filosóficas, que no le cuadran á un hombre de acción, y seguir adelante.
Pocos meses después del decreto de Soult, y en vista de las constantes expoliaciones de Mina, el Empecinado y Merino, Napoleón ordenó que tres columnas de quince á veinte mil hombres cada una ocupasen las guaridas de los guerrilleros en Navarra, en la Alcarria y en las sierras de Burgos y Soria.
Los generales Kellerman y Roquet fueron los encargados de perseguirnos.
¡Kellerman! ¡Cómo recordaba yo este nombre! ¡El gran Kellerman de la batalla de Valmy!
¡El general de quien había oído hablar con tanto entusiasmo á mi tío Etchepare!
Con una columna de quince mil hombres, Roquet ocupó militarmente las sierras de Quintanar y de Soria, colocando fuertes guarniciones en todos los pueblos granados de la sierra, y formó columnas móviles dispuestas á reconocer bosques y desfiladeros.
Merino no tenía esa alta serenidad de los hombres de conciencia, y se amilanó viendo que se le echaba encima tal avalancha de soldados. Escribió al director que no iba á poder sostenerse en la sierra y que había pensado acercarse al Moncayo é internarse en Aragón.
El director le disuadió de tal proyecto y le dijo sería su ruina.
Según éste, se debía permanecer á toda costa en los pinares de Soria, subdividiendo las fuerzas en pequeñas secciones, al abrigo de las montañas, observando la mayor vigilancia.
Merino siguió el consejo del director y nos fraccionó en grupos de diez y de veinte, mandados por un oficial ó individuo de clase.
Todos no quedaron en la sierra: muchos de los nuestros fueron al Señorío de Molina de Aragón, en unión de los guerrilleros de Villacampa, Eraso y del cura Tapia.
Merino nos dijo que cuando viniera el momento nos avisaría el sitio y la hora de la asamblea.