VII
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FIN DEL FIN
I
Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia el 10 de Junio, y le acompañaban y asistían algunos ratos. Otros iban poco por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban contados, acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado antes, y haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró, después de oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron escribir á la familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía el manchego, la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y Poleró, yendo á la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían oído contar á Miquis las rarezas de su tía. Ésta les recibió con urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de modales, y rompiendo en denuestos contra la juventud del día, les llamó gandules y les dijo que se pusieran en la calle. Acentuando ellos su cortesía, hablaron del triste asunto que les llevara allí; pero la señora les interrumpió de este modo:
—No es Miquis, es Herrera; no es sobrino, es segunda vez nieto mío. ¿Y á ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún Micifuf á extraviar mi buena razón, y á trastornarme el clarísimo juicio de que, á Dios gracias, gozo?
Poco le faltó á Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias se contuvieron.
—Bien, bien—manifestó la señora, señalándoles la puerta.—Yo me enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el estado de aquel ángel... porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves Santo. Y si quieren una prueba de ello, diréles lo que ha hecho Alejandro en el tiempo en que no le he visto con estos ojos.
Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.
—Á mí nada se me oculta; para mí nada hay secreto, ni aun lo que se esconde en las entrañas de la tierra. Ustedes, que son compañeros de Alejandro y le han ayudado á gastar mi dinero, verán si me equivoco... ¡Ah! el muy pícaro no ha cumplido su palabra; no supo ó no quiso emplear aquel dinero en instruirse y afinarse; gastólo en francachelas con damas y galanes de la embajada de Austria... Se entregó á los desvaríos y excesos de la pasión amorosa... Una princesa garrida le arrastró á las mayores locuras, llevándole á vivir consigo y gastándole bonitamente los millones que le dí. Hoy, él y la bella princesa viven en arruinado palacio, pasando mil molestias y privaciones... ¿Es ó no cierto? Desmiéntanme si se atreven.
Los ojos de la tiíta despedían fulgores de fósforo. Arias la miraba con lástima y cierto terror supersticioso. Ambos se esmeraron en ser corteses, manifestándose pasmados de la adivinación de la señora y de lo bien que sabía todo cuanto en el mundo pasaba. Era, por lo mismo, conveniente que la dama zahorí visitase á su sobrino, que estaba en peligro de muerte, y ellos se brindaron á llevarla en coche al arruinado palacio. Á lo que contestó doña Isabel que ella sabía ir sola, y que no necesitaba de tal compañía... Después, mirando al suelo, se lamentó de la suciedad que ambos jóvenes habían traído en sus botas.
—¡Buena, buena me han puesto la estera con el barro de las calles!... Váyanse de una vez, que vamos á empezar la limpieza... ¡Á la calle, á la calle!...
Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio á la calle de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo que al de doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un fanal en cualquier Museo para que todo el mundo fuera á verla y admirarla. Dijéronle á Miquis:
—Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar á tu tía á tanto la entrada.
Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores que toman siempre la delantera, se había anticipado á su señor, la vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad. Sensaciones había ya inactivas, y partes desalojadas. Por momentos creeríase que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba fuera desordenada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos, las fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y bulla; en otros, marasmo, silencio... El pulso á veces se dormía, á veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida, deseosa de inundar regiones que por el fuero fisiológico le están vedadas. Su ardor, aumentado por la carrera, difundía el espanto aquí y acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!» Otros: «¡bastante hemos trabajado!» Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en la parte de los nervios, que ya no reconocían ley, ni se dejaban gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada. Cual desmoralizado ejército, que al saber el abandono de la plaza se niega á combatir y á la crápula y al desorden se entrega, aquellos condenados discurrían ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo epiléptico, ya jugaban al histerismo, á la litiasis, á la difteria, á la artritis. Para que su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de salud, difundiendo por toda la casa un bienestar engañoso. Todo era allí jácara, diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento, lo recibían á golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre que la sangre traía alguna substancia medicamentosa, si era tónica, la arrojaban con desprecio; si era calmante, la cogían y hacían burla y chacota de ella. Todos se confabulaban contra el sueño, que quería entrar. Apenas éste se presentaba, tales empujones recibía, y tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre salía más que de prisa... En el cerebro, las funciones más notables, desoyendo aquel tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba proyectos luminosos y vastos. La forma artística se ataviaba de galas vistosísimas; la crítica pedanteaba, y hablando todas de un glorioso más allá, parecían, no en vías de concluir, sino de empezar. La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el señor había querido que hasta el último instante estuviese expedita, y corrientes los nunca gastados hilos de la palabra...
—Hola, chico.. ¿qué tal? Venga un abrazo.
—Ruiz... ¡cuánto me alegro de verte!
—¿Y qué tal estás hoy?
—Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fué horrible. Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así, la semana que viene podré marcharme.
—Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no te ahogas.
El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás, el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.
Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que daba el quién vive.
—No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia—le dijo Alejandro.—El otro día no hiciste más que entrar y salir... Es magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes gran talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año que viene.
Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto, el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos. Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. En todo lo que hacían sus amigos veía grandes bellezas, y á Ruiz le diputaba por uno de los mayores talentos. La comedia era sosa, y á él le pareció salada; era roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral papaveráceo, y sus efectos serían admirables si al teatro fuéramos á dormir. Era un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver allí lo desgraciados que son los solteros, y las felicidades sin fin que cosechan en la vida los que se casan. Para esto, los personajes, cuidándose bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del matrimonio, quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante y el vicio rudamente castigado. El éxito fué regular, y los amigos llamaron al autor al final de cada acto. Los periódicos dijeron que aquel Ruiz astrónomo, era un genio, un tal y un cual... Pero á los ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima del olvido.
Ruiz no se forjaba ilusiones vanas. El Teatro ofrecía poco estímulo. ¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si él hubiera nacido en otro país, se dedicaría seguramente al Teatro; ¡pero aquí...! En Francia habría ganado diez ó doce mil duros con una sola obra. En España todo es miseria. Y de que su obra gustó al público, ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande que se hubiera representado al fin de temporada! Toda la prensa había puesto en el mismo cuerno de la luna la excelente versificación, y copiado algunas redondillas de las más resonantes. Pero lo que el autor estimaba más en su obra; era el pensamiento. ¡Ah! ¡qué cosa tan moral y edificante!...
Á pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el Teatro. Este empezaba á fastidiarle, como le habían fastidiado antes la Astronomía y la Música... Y siendo su pensamiento refractario á la holganza, de las cenizas de su amor al Teatro nació, polluelo de ave Fénix, un amor nuevo, una vehemente afición á otro linaje de estudios: á la Filosofía... Burla burlando, ya tenía escrito un estudio sobre Hegel, y había empezado á estudiar varios sistemas desconocidos en España, á saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del Krausismo, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en Bélgica. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo, porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no hay filósofos. Él acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que en el curso próximo había de hablar en el Ateneo. No: ninguna ocupación de la mente era más bonita que aquélla. Recomendaba á su amigo Miquis que tan pronto como entrara en la convalecencia, se diese un buen atracón de filósofos y se dejara de dramas... Tanto, tanto habló sobre esto, acompañando su perorata de extravagantes cambios de postura, que al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al raudal de la filosófica oratoria, y le dijo:
—Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque éste es así. Antes se dejará desollar que ofender á un amigo... Con tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen á los condenados que se vuelven locos.
II
Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía: «mírame.»
Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.
Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno, Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y decoro, decía:
—Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el deber...
Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas. Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen Cerato simple estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.
—Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho—le dijo.—Tenía tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro abajo.
Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo se le había antojado comer.
—¡Ay, hijo!—exclamó doña Nicanora afligidísima.—Cuánto siento no poder dártelo.
Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó prontamente, diciendo:
—Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo. Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.
—Si el señor don José me quisiera dejar el drama—dijo otra de las presentes cuando Felipe salía,—para que lo lea mi marido... Él lo entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á teatro lo sabe al dedillo.
Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo. Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego, carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo á Poleró:
—Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?
—Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.
—No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te debo algo?
—¿Á mí? Nada, hijo.
Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una cuenta que me ha baldado.»
Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:
—Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros... Tómalos del cajón.
Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles, que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?
Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:
—¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.
—¡Ah! ¡pillo!...—replicó Alejandro, riendo también.—Bien es verdad que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.
III
Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo, cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:
—¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos quedamos sin tu amo.
La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de las lágrimas.
Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis, y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba llena de baúles y trastos.
Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego. Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer, volvió decidido á quedarse toda la noche.
—Me parece que hago falta—decía con petulancia,—porque esta casa es un pandemonium. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me retiro...
Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía, dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades, haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:
—Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos. ¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...
Y en otra ocasión vino con este mensaje:
—Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto, estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación, un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la ponga en la puerta...
Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:
—No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á usted Don Urgente, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.
—Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta. No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la urgencia de atender á su alma.
—Yo no se lo digo.
—Ni yo...
—Pues yo se lo diré—afirmó Ruiz con énfasis.—No son ustedes hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores: hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á hablar con Miquis.
Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle. Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras, y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del recogimiento de toda la vida en el cerebro.
—¿Qué tal te encuentras?—le dijo Federico acariciándole la barba.
—Ahora, bien—replicó el tobosino con cierta facilidad de respiración y palabra que antes no había tenido.—¿Qué hora es?
—Las ocho.
—¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué obscuro está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz: ya empiezan á verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran á la piedad y á la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?
—Por allí veo el Escorpión. Aquella hermosa estrella es la llamada Antarés, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La constelación correspondiente á este mes es el Toro, San Marcos, porque el sol entra en sus dominios, y en ellos está Aldebarán, San Juan Bautista, que se celebra el 24 de este mes...
—¿Y estamos á...?
—Á 18... Te encuentro muy bien esta noche.
—Sí—dijo el paciente con animación.—Respiro sin trabajo. Se me figura que de esta vez la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay conciencia física, como decía el bendito don Jesús Delgado, y la mía me está dando avisos de salud... Esta noche me dijo Moreno que ya la semana que entra podré marcharme. El ordinario me ha dicho que está hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho que ha llovido... ¡Qué ganas tengo de verlo!...
—Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes? debes ocuparte, debes pensar... No quiere esto decir que haya peligro... Los hombres deben hallarse siempre preparados para todo lo que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así es que...
Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente, diciendo:
—Ruiz, que le llaman á usted...
Don Urgente salió.
—Este pobre Ruiz—observó Miquis con penetración admirable,—porque me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve... él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro. Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José, estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que cada vez parece que hay menos aire, y más calor.
En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar, poniéndose de parte del catalán.
—No te metas en eso—le dijo el aprendiz de médico.—El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo, allá con los Santos Inocentes!...
—Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve bajo un prisma,—decía Poleró.
—Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de conciencia—manifestó el astrónomo con cierta pompa,—yo me lavo las manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted, no mía.
Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido, á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del moribundo.
—¿Qué tal está ahora, amigo Arias?
—Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.
—Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se podrá ofrecer.
—¿Qué lee usted?
—Un acto de El Grande Osuna. Ya lo conocía; pero veo que hay modificaciones.
—Yo intentaré descabezar un sueño—murmuró Arias, tendiéndose en un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico departamento.—¡Hace un calor!...
—Indudablemente este pobre Miquis valía—declaró Ruiz, dejando la lectura con aires de indulgencia crítica.—No lo digo por este drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo, permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia, urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey, fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y, por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se representara, que no se representará, el público tiraría las butacas al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables: no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo, y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores, disparates, cosas de chiquillos...
Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción grandísima que él había sentido.
IV
Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres apariencias.
—¿En dónde está mi sobrino?—preguntó sin dirigirse á ninguno.—Me llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...
Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió así:
—¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen que ver.
—Señora—le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,—tenga usted la bondad de sentarse...
—Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.
Entró Cirila en aquel momento.
—¿Es usted, señora—le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,—la dueña de este palacio?...
—¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.
—Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?
Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus padecimientos...
—Señora—balbució Cirila,—ocúpese usted de su sobrino... que está... ¡pobrecito! en las últimas...
—Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?... Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería. Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar infinitamente privado de agua.
Poleró entró muy alarmado, diciendo:
—No conviene que la señora pase en este momento...
Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.
—No hay nada que hacer—observó Cienfuegos sollozando.—¿Á qué martirizarle, si no se ha de conseguir nada?
Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían á la señora. La criada de ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina; mas tampoco quería sentarse...
—Grande horror tengo de esa enfermedad—volvió á decir la Godoy;—pero yo quiero verle... ¡Oh! si asearan la casa, si lavaran esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre, y tanta basura, el pobre angelito sanaría.
Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse á la puerta de la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar y el temor ó escrúpulo que sentía del contacto del enfermo. Poleró acudió junto á ella, temiendo que se desmayara... Desde la puerta miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no fué bastante á vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un finísimo pañuelo que se llevaba á los ojos para secar sus lágrimas.
—Hace años y años que no lloro—dijo á Poleró.—Esto que ahora veo me desmenuza el corazón... y no es mi corazón de carne, es de hierro que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el dolor se quedó dentro...
Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre que acercaba á la nariz...
—Si no fuera por esta precaución, me infestaría, ¿no es verdad, caballero?... No puedo ver lo que veo... ¡Pobre Alejandro, pobre niño mío, pobre ángel de mis entrañas!...
Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.
—Retírese usted, señora,—indicó Arias.
—Pase usted aquí... al salón de embajadores,—dijo Poleró, no queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la mente de la Godoy.
—¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace tiempo. Yo lo sé todo.
Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad insufrible le dijo:
—Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión, no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo, no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me lavé las manos...
—¿Se lavó usted las manos?—dijo la tiíta reparando en las extremidades del astrónomo.—Pues no se conoce. Las tiene usted que parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas de chivo! Quiten para allá...
Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las lágrimas se lo había metido en el bolsillo.
—¿Por qué no se sienta usted, señora?
—Estoy bien...—replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.—No me siento, no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...
—Si la señora quiere pasar á mi casa—manifestó don José Ido con urbanidad,—allí encontrará un asiento más cómodo. Tenemos una butaca...
—Buena estará también... ¡Ay, qué palacios éstos!... Hay salones que parecen cocinas inmundas... Prefiero mi choza... ¿Es usted el médico que asiste á mi sobrino?
—No, señora—replicó Ido del Sagrario con un registro de voz que parecía el aleteo de una mosca.—Soy profesor de Instrucción primaria, con título y...
—Porque si fuera usted el médico, le diría que puede estar tranquilo. Alejandrito no se morirá: yo lo sé, yo lo he visto... Alejandrito no tiene más que un fuerte mal de amores: así lo dicen las acepciones de amor, desvío, mudanza, mujer morena... Con que no se aflijan, señores: lo digo yo, que he nacido en Jueves Santo.
Mirábanse Poleró y Arias aguantando la risa, y á pesar del dolor que les embargaba, casi no podían contenerla.
—Pero siéntese usted, señora...
—Que no me siento... Y si pudiera no tocar el suelo con mis pies... Es muy tarde: Teresa y yo no tenemos costumbre de andar de noche por esas calles. Nos retiramos.
—Uno de nosotros la acompañará á usted.
—¡Oh!... no... gracias. No se molesten... Cuiden bien al pobrecito enfermo, y denme aviso mañana de su mejoría... Aseo, aseo, agua y jabón es lo que hace aquí falta.
En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en la puerta de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor de agitado coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja: la una era Cirila, la otra su hermana. La primera, que había salido con una luz para buscar algo en uno de los cuartos obscuros, decía: «No entres: está muy mal. Estos señores no permiten... Más vale que te vayas.» Federico Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vió llegada la coyuntura más bonita para el acto de ejemplaridad que anhelaba realizar. Por fin, gracias á él, los buenos principios iban á tener cumplida satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y la impureza sufrirían rudo escarmiento en la más solemne de las ocasiones. Salió prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de buenas á primeras esta indirecta:
—Óigame, señora: haga usted el favor de salir de aquí. En nombre de la familia, yo...
—¡Eh!—dijo Poleró,—no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted: le tengo más miedo á su celo que á un cañón Krupp.
Del estrecho pasillo de la casa salieron todos al larguísimo y no muy ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la claridad competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió, ganosa de aplacar á don Federico, llevaba la luz y alumbraba las figuras movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían á lo largo de las paredes y salían hasta la escalera.
—No se puede tolerar—dijo Ruiz, con acento de calorosa honradez,—que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo, venga usted á escarnecer con su presencia...
—Señor de Ruiz—observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á alzar la voz,—es mi hermana; y esta casa...
—No hay casa que valga, no hay hermana que valga...—clamó el astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que tenía de darse importancia.—Si usted me levanta el gallo, ahora mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto... ¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos momentos, y á insultarnos á todos...?
—No alborotar, no hacer ruido—volvió á decir Poleró, creyendo que la expulsión se debía verificar con menos bambolla...—Está con la moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.
Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando de esta suerte:
—¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en nombre de lo más sagrado...!
¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla. Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.
—Para evitar cuestiones—gruñó Cirila, empujando suavemente á su hermana,—más vale que...
En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las sombras de los demás. Paróse, miró á todos uno por uno, después á la Tal... La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de muñeca de porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra muñeca, de carne y hermosura, torneada con gallardía, y barnizada de expresión melancólica.
—Esta señora—dijo Ruiz,—es la perdición de nuestro amigo... ¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! Ó ella, ó nosotros...
Con espontaneidad, que resultaba muy donosa, se escaparon de los labios de la Godoy estas palabras:
—María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!
Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de la mujer de vida libre, el cual, iluminado, resplandeció como sol de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos la Tal. De sus labios, ni una sola sílaba... Dejando la luz, doña Isabel lanzó un gran suspiro. Siguió observando.
—¡Gracias á Dios que veo aquí una persona limpia...! Y eso que las manos no están muy lavadas que digamos... Usted es de las que no cuidan más que el palmito...
Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para exclamar:
—Princesa... no me le dejes morir.
Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban como esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la expresión de su cara variaba... Casi, casi sonreía.
—La señora es de la familia—dijo Cirila señalando á la Godoy y mirando á Ruiz,—y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.
—Pero la señora—objetó Ruiz,—se ha escapado de un manicomio.
Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dió tres vueltas sobre sí misma, y en cada una tocaba el brazo de la Tal, repitiendo:
—No le dejes morir, no le dejes morir.
Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora para encaminarla á la escalera. La criada quiso también llevársela... Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras; virgen madre de todos los desatinos; maga, sibila, vestal, momia llena de gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo. Llévante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos á los ángeles, como te pareces tú á una pura ninfa de los tiempos que no volverán.
Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera, acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una observación corriente:
—Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan hermosa medicina. Los ojos matan, ¡ay! los ojos también curan... y resucitan. Que la vea... Se pondrá bueno al instante: lo sé, lo leo bien claro en las acepciones de reconciliación, cariño mutuo, castidad.
Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los escalones, por si no estaban seguros... Desapareció en la espiral tenebrosa como si se la tragara la tierra.
En el pasillo largo continuaba la escena, cuyos actores eran: Ruiz en el foro de los principios morales; la Tal en el de la pasiva resistencia á los dichos principios; Poleró en segundo término, murmurando:
—No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe dónde pone el púlpito.
—Ya, ya se está usted marchando de aquí—decía Ruiz.—No tengo que añadir una palabra más.
Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después, cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus blancos dientes y sus encías rojas.
—Más vale que te vayas—le dijo Cirila.—Así no tendremos cuestiones.
—¡Que traigo una pareja!
—Sosiéguese usted, hombre de Dios.
—¡Que la traigo!...
La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe Dios las perrerías que le dijo:
—Vaya, vaya—dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola consigo.—Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.
Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también. La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo, con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.
V
Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad, se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo, ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos, acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado catre.
Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe, y le dijo:
—¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?
—¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?
—Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un carretoncillo.
—Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.
—Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme. Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba, guapo!
Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á caer en el sillón.
—Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil, relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece, Cienfuegos?
—Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete ahora.
—¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!—replicó el enfermo, respirando con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á una.—¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda una escena de El Condenado por confiado.
—La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?
—Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó es cierto que viene mi madre á buscarme?
—Es cierto que viene—manifestó Cienfuegos.—Ya te dije que la espero mañana.
Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por no alarmarle.
—¿Pusísteis telegrama?
—No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?
Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.
—¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...
—Mañana la tendrás aquí.
El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.
—Ó me engaño mucho, ó sólo con verla entrar creo que me restableceré por completo.
—Como si lo viera... Procura serenarte ahora, y duerme. Voy á ver si se han dormido esos chavales y á echar un cigarro con ellos si están despiertos. (Sale Cienfuegos.)
—Aristóteles.
—Señor...
—¿Estás aquí? No te veo bien.
—Si estoy aquí...—dijo Centeno, acariciándole las manos, que tenía entre las suyas.
—¿Hay luz en el cuarto?
—Sí.
—Me pareció que estaba esto muy obscuro. Pues lo que es mis ojos bien claro ven. Á tí te distingo como un bulto. ¿Sabes una cosa...?
—¿Qué?—preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.
—Que me han entrado fuertes deseos de...
—¿De qué?
—Te vas á reir,—murmuró Alejandro riendo á su vez; pero su jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.
—No, no me río.
—Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo... Yo no puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón. ¡Cosa más particular!... Dámelo tú á mí.
Tan aturdido estaba Felipe, que no acertó á satisfacer el deseo de su amo. Fué preciso que éste repitiera su mandato para que el Doctor se pusiese en pie, y acercándose á Miquis todo lo más que podía, le estrechara en sus brazos.
—No, no aprietes tanto, que me ahogas... así. Ya ves qué antojos me entran. ¿Qué dices á esto?
Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba. Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.
—¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?
—No, señor—replicó el otro con risa convulsiva:—es que me he dado un golpe en este codo.
—Ven acá; no te separes de mí...
—Aquí estoy.
—Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.
—Eso sí.
—Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería... se me antoja que vamos á separarnos.
—¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!
—Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero, no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila... ¿Qué opinas?
El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.
—Me parece muy bien.
—Llámate á Cienfuegos. ¡El pobre...! Quiero darle una sorpresa. Verás qué alegre se pone.
Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión á la pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina con un puño en cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon un mal suceso.
—Que vaya usted, señor de Cienfuegos,—fué lo único que dijo Felipe.
Y él se quedó allí, llorando con gran desconsuelo. Don José Ido no estaba presente; pero sí Rosita, la cual creyó muy del caso consolar á su amigo con las frases propias de la ocasión, entremezcladas de suspiritos:
—Hijo, es preciso conformarnos con la voluntad de Dios. ¡Ay, Jesús, qué mundo éste!... No hay más que penas.
El Doctor se limpió las lágrimas, y serenándose un tanto habló así con su amiga:
—Chiquilla, ¿por qué no vas á acostarte? ¿Qué haces tú por aquí á esta hora?
—Puede ofrecerse algo... ya ves... Hasta que papá no se acueste... Vaya un escándalo que hubo esta noche, ¿lo oíste? cuando vino la señora aquélla, loca... Dicen que esa señora lava la sal antes de echarla en el puchero... ¿Pues y la chubasca?... ¡Lo que te perdiste! Ella no se quería marchar; pero tanto le dijo el señor de Ruiz... ¡Ay! hijo, el señor Ruiz es como un predicador. Dice mamá que para obispo no tiene precio. Ahora está durmiendo. ¿No oyes sus ronquidos?... Pues la Tal salió hecha un veneno. Yo subía la escalera cuando ella iba para abajo. En cada descanso se paraba y volvía los ojos para arriba. Daba miedo verla. El señorito Poleró bajó con ella, y el señorito Arias también. Los dos se reían y le decían cosas... «Mujer, no te enfades... no hagas caso de ese farsante de Ruiz...» El señorito Poleró la pellizcaba. ¡Qué pillos!... ¿eh? y ella tan seriota...
—Rosa—dijo don José, presentándose de improviso en la puerta de la cocina,—acuéstate al momento. Es muy tarde.
Notó Felipe en su amigo una exaltación, un extraño júbilo, que hacía, sobre su apenado semblante, efecto parecido al de los fuegos fatuos. Sus mechones bermejos parece que tendían á engalanarle el rostro como guirnalda de triunfo.
—¿No sabes lo que ocurre?—dijo á Felipe mostrando en la palma de la mano dos monedas de oro.—Pues verás: me llama ese bendito don Alejandro... Entro, hijo, y me da estos doblones... Dice que no le hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender á mis necesidades. Francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo estoy conmovido... ese joven es un santo... pero si mañana hiciera falta este dinero para el entierro...
Diciendo esto, guardaba las monedas.
—Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble amo—añadió retrocediendo,—amigo Felipe, liberal joven, digno Panza de aquel bravo don Quijote, ¿por qué no me das uno de los dos panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu amo está rico. Estos pobres niños no quieren dormirse por la gran necesidad que tienen...
Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.
—Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar, velar...
Poleró entró en la cocina diciendo:
—Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que durará pocas horas... Felipe, te llama.
Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas palabras:
—Que me dejen solo con Felipe.
Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.
—Aristóteles...
—Aquí estoy.
—Ponte más cerca.
Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.
—Así... Ahora siento una languidez, un sueño... No me duele nada. Parece que me voy á dormir, y que estaré durmiendo días y días. Ya es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche como he pasado. Un encargo te voy á hacer. ¿Lo cumplirás?
—Pues ya...
—Cuidado, Felipe, cómo te descuidas... Si me duermo esta noche, y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño profundísimo que siento venir, ¿entiendes?... en cuanto llegue mi madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes el cuerpo bien sacudido...
—Descuide usted,—dijo Felipe con el corazón traspasado.
—En tí confío, Aristóteles... y así podré dormirme tranquilo... Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me despertará por muy dormido que esté.
Dejó caer los párpados... Murmullo lento y hondo salía de sus entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarle de cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro, abrió los ojos...
—Aristo...
—Señor.
—Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita memoria mía... Se me escapan las ideas... Dime si en estos últimos días ha venido á verme...
Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno consolarle en aquella ocasión...
—Ya lo creo que ha venido, sí, señor... Sólo que no hemos querido dejar entrar á nadie... Como estaba usted durmiendo...
—Ha venido...—balbució Miquis, y en aquel mismo instante apareció tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se espantaron. Era otro, era un muerto.
—Sí, señor—dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo;—ha venido... siempre tan... cariñosa... Llorando por no poder verle, y diciendo que...
—Cállate,—dijo bruscamente Cienfuegos.
Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:
—Aristo...
—Señor...
—Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una cosa...
—¿Qué?
—Quemar El Grande Osuna...—murmuró Alejandro con visible esfuerzo, que parecía un tanto doloroso.—Es detestable... Es feo y repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta vulgar al lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al lado de esta creación de las creaciones, que titulo El Condenado por confiado... Es la salud, es el vivir sin dolor... Aquí veo otra figura, otra belleza suprema... Á su lado aquélla es fealdad, impureza... podredumbre... consunción...
—¡Quemar El Osuna!... no, señor... ¡qué dirá la señorita Carniola..!
Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto. Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, muy amarga... Más que habladas, fueron estertorizadas estas palabras:
—La aborrezco...
Felipe le observaba... Cienfuegos le puso la mano en la frente... Momento de terror... Inmenso sueño aquél.
—Se ha dormido,—murmuró Felipe atónito.
—¡Qué muerte tan dulce!—dijo Cienfuegos.
VI
La escena representa el interior de un coche de alquiler. En el fondo, Aristóteles y don José Ido ocupan el asiento principal; á izquierda y derecha, cerradas portezuelas con ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire. Veterano corcel tira con trabajo de la escena, á la cual preceden otros cinco vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas, su dormilón cochero y su caballo claudicante. La fila marcha perezosa, por calles y caminos, siguiendo á otro armatoste poco agradable de ver, cosa negra y desapacible, sobrecargada de tristeza y duelo.
Ido.—(Acariciando él hombro de su amigo.) Pues esto no tiene ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con la voluntad de Dios, y pongas ya término á tus lágrimas, ayes y suspiros. Empiezas á vivir; tienes mucho mundo por delante; estás en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No quieras hacerte superior á tus años prolongando tu dolor más de lo que corresponde, y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo, y considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros que podrías desear para instruirte en el gobierno de tí mismo y en todo el saber de la vida. (Sintiéndose inspirado.) Considera que esto es para tí ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota de dolor y resguardado tras el durísimo broquel de la experiencia; y francamente, naturalmente... yo, en tu lugar, me alegraría de haber visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste... No seas tonto: encontrarás ahora colocación mejor y amos generosos que te protejan...
Aristóteles.—(Dando un gran suspiro.) No encontraré otro amo como el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...
Ido.—(Con agudeza filosófica.) Es que, según dice un libro que leí anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas, con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y picardía.
Aristo.—Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró le llamaba el goloso de las damas, y Arias decía que había hecho voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?
Ido.—(Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso modo, la misma sabiduría.) Todos, todos los humanos, si no fuéramos lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas mismas son penitencia á la par que son pecados.
Aristo.—Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un hombre en verso, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo sonaba, sí, sonaba como las panderetas.
Ido.—(Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas.) Mal terrible es ser hombre-poema en esta edad prosáica. El mundo elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como la vocación de ruiseñor en una familia de castores.
Aristo.—Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...
Ido.—(Enternecido.) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada que me puse, para venir dignamente al entierro.
Aristo.—(Afligidísimo.) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó. Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.
Ido.—(Desperezándose.) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.
Aristo.—Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro del señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dió doña Virginia y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita de Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían nada... Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole, y nada pasó; pero esta mañana, cuando salí á llevar los recados á los amigos para que vinieran al entierro... esa sinvergüenza, esa Cirila de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer...
Ido.—(Aterrado.) ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa hembra sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese monstruo rapaz, profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda valiosa...!
Aristo.—(Llorando con rabia.) Le quitó la levita. Cuando entré y lo ví, me dió una cosa, señor don José, me corrió un fuego por todo el cuerpo... Volé á la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento... Me fuí derecho á ella, y le dije todo lo que había callado en tanto tiempo... yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido á bocados... Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge Resplandor por la cintura y me sujeta, hay allí la del Dos de Mayo. Todavía me dura el sofoco... Me la ha de pagar... No se la perdono, no se la perdono.
Ido.—(Con apacible serenidad y con unción que no parece suya, sino de los espíritus de santos ó filósofos que andan por dentro de su cuerpo.) Modérate, ¡oh, Felipe! y templa tus excesivos arrebatos, impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por cima de las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer tendrá el castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de ella. Déjala tú... El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito amo del abrigo y confortamiento de una levita. ¿No nos dice la Religión que el cuerpo es polvo y ceniza? El polvo, digo yo, ¿para qué necesita del auxilio de los sastres? Cierto que el acto... llamémosle acto... de esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no es más que un despojo miserable que vamos á entregar con solemnidad convencional á la tierra. No le quitará Cirila á tu amo su glorioso vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de Miquis padecerá de frío en las regiones invisibles, intangibles é inmensurables. Y sin traspasar con el pensamiento las fronteras que de tu amo nos separan, podrás hallar consuelo considerando que la rapacidad de una vil patrona no despojará á tu amo de la gloria mundana que envolverá su nombre, cuando sea conocido ese portento literario, ese drama de los dramas...
Aristo.—(Con hondísima pena.) Esa es otra... ¡señor don José de mi alma!... ¡Usted no sabe!...
Ido.—¿Qué?... No cuentas hoy más que desdichas... Apenas abres la boca, ya tiemblo.
Aristo.—Pues tiemble usted todo lo que quiera... pero sepa que el drama ya no existe. Esta mañana, cuando fuí á casa de Resplandor en busca de un poco de agua para lavarme, ví que doña Ángela (¡mal demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le estaba arrancando las hojas para hacer papillotes con que sujetar los rizos de las niñas... Al ver esto me volé. Ella dijo: «pues tonto, ¿para qué sirve esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que era...» Recogí algunas hojas. Después ví que Ruiz se llevaba otro acto. El tercero le sirvió á Cirila para encender la lumbre. Con el quinto hacían pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y lo guardaré toda mi vida...
Ido.—(Meditando.) ¡Gran desastre es que obra tan supina haya caído en manos de gente indocta! Yo que tú, procuraría restaurar toda la obra, recordando algunos pasajes y añadiendo de mi cosecha lo que se me hubiera ido de la memoria.
Aristo.—(Prontamente.) Usted es bobo... por fuerza... ¡Qué cosas se le ocurren!
Ido.—Siento de veras la pérdida de ese precioso manuscrito... ¡Obra más hermosa...! Si se representara, daría mucho dinero... Y no me has dicho una cosa que deseaba saber. ¿Cómo se han arreglado para los gastos del entierro?
Aristo.—Como saben que don Pedro Miquis ha de mandar lo necesario, echaron un guante entre todos para anticipar la cantidad. Poleró dió ocho duros, Arias cinco, Cienfuegos devolvió la cantidad que mi amo le había dado, menos treinta y dos reales. Doña Virginia también dió algo, y Ruiz ni una mota, porque dice que tuvo que pagar una cuenta. Ese es de lo más farsante que hay. No sirve más que para dar órdenes, meterse en todo y hacer pamemas. Estaba durmiendo cuando el señorito espiró. Al entrar en el cuarto, no hacía más que lamentarse de que no se le hubiera avisado. Echó una voz muy hueca y dijo: «Señores, el romanticismo ha muerto.» Y luego: «¿Qué hacemos, pero qué hacemos?...» Yo no sabía lo que me pasaba. No quería creer que don Alejandro estaba muerto, porque un momento antes me había dicho cosas... Se murió en mitad de un suspiro, con medio sollozo dentro y medio fuera. El alma se le salió sin darle ni una chispa de padecer... Se quedó tan sereno, que parecía que estaba durmiendo y soñando las cosas bonitas que él sabía soñar... Cienfuegos, que no tiene más falta que ser tramposo, lloraba como un chiquillo; le abrazaba y le besaba la mano... Yo también...
Ido.—Sosiégate... no llores, repitiendo la escena luctuosa. Tu edad juvenil es propicia al olvido, y la energía reparatriz derramará pronto en tu ánimo su bálsamo consolador.
Aristo.—(Cortando la relación con suspiros.) Poleró también lloraba, porque es buen chico, y Arias, pálido y muy triste, decía: «Yo no sirvo para esto.» Se quitaba y se ponía los lentes sin parar. Mirando á mi amo, echaba suspiros. Ruiz era el que no dejaba de hablar, y siempre á gritos. Salía al pasillo, diciendo á todo el que pasaba: «Ya espiró, ¡pobre amigo!» Y luego entraba otra vez, y cruzándose de brazos decía: «Pero ¿qué hacemos? ¿Están ustedes lelos ó qué...? Hay que determinar algo.» ¡Cansado hombre, qué ruido hacía para nada!... Después se quejó de que don Alejandro se hubiera muerto sin religión, y dale otra vez con aquello de «yo me lavo las manos, yo no tuve la culpa...» Un rato larguísimo estuvieron tratando del parte que habían de poner á la familia... si lo pondrían así ó asado. Por fin salió el parte y yo fuí al telégrafo. Ruiz bajó por la mañana á la estación por si llegaba doña Piedad... pues... para prepararla, y enterarla poquito á poquito de la defunción del hijo. Pero doña Piedad no vino. Como al Toboso no va telégrafo, creen que el parte puesto ayer al Quintanar no se habrá recibido hasta hoy... Después que se arregló lo del telégrafo, empezaron á ocuparse de cómo le vestían. Yo buscaba ropa... nada; revuelvo todo y... nada. ¡Aquella ladrona, aquella Caifasa...! ¡Ay! don José, yo tengo envenenada la sangre... Por fin le vestimos, como usted sabe mejor que nadie, porque me ayudó en ello... Los señoritos, reunidos en la cocina, hicieron cuentas de lo que costaba el entierro, y luego echaron un guante... y con el dinero que sobró, compró Cienfuegos una corbata negra. Los coches los pagan ellos también á escote, para lo cual pidieron á todos los amigos, y éste una peseta, aquél dos, se juntó la cantidad. En el primer coche va Ruiz con un señor manchego que conoce á la familia. Don Federico preside, porque si le quitan el presidir y el ponerse delante de todos, creo que le da un soponcio... Á mí no me querían llevar... Yo hubiera ido á pie... pero el señorito Arias fué el primero que dijo: «Felipe no puede faltar.» Total: seis coches y catorce personas.
Ido.—(Patéticamente.) ¡Tales desengaños encierran los designios de los hombres! El que estaba designado á ser fanal de gloria, muere obscuro; el que parecía llamado á conmover y entusiasmar á las muchedumbres, es conducido á su última morada en pobre convoy sin más compañía que la de unos cuantos amigos. (Mostrándose tan inspirado que sin duda no es él, sino Salomón, el que habla.) ¿De qué valen las glorias humanas? ¡Ay! humo son y polvo de los caminos. Para combatir la aflicción, seamos buenos y echemos de nuestros corazones la vanidad. La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá... Ten confianza en Dios, Felipe, que si con tu amo ha sido justiciero, lo será también contigo, dándote alientos para seguir por el derrotero de la vida. Y no te aflijas porque estés algunos días sin colocación. En mi casa, hijo, ya sabes que no reina la abundancia; pero lo poco que hay será partido alegremente contigo, mientras no halles acomodo... No, no tienes que agradecernos nada. (Con iluminismo.) Bien dijo el otro: «Bienaventurado quien piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová...» Y ahora que me acuerdo, voy á proponerte una colocación decorosa. Es más de lo que podías soñar.
Aristo.—(Con vivo interés.) Dígamelo pronto.
Ido.—Pues un amigo tengo, persona respetabilísima... no vayas á creer que es un cualquiera... que se dedica á especulaciones mercantiles y al comercio ambulante de petróleo, quiero decir, que es de esos que van por las calles con un caballo cargado de cántaras de aquel inflamable líquido. Á un chico, de tu edad poco más ó menos, que era su dependiente, le despidió hace pocos días por ciertas desazones, y ayer me dijo: «Señor de Ido, búsqueme usted un buen muchacho de estas y estas circunstancias para que me ayude en mi trajín.» Al pronto no me acordé de tí; pero ahora caigo en la cuenta de que te ha venido Dios á ver con esta proporción... Todo se reduce á conducir el caballo; el trabajo no es grande; paseas de lo lindo, y hasta es un gusto ir por esas calles tocando la corneta para que bajen las criadas. Parecerás el ángel del Juicio Final. ¿Te conviene? Dí sí ó no.
Aristo.—Lo pensaré, señor Ido, y la cosa está en saber lo que su amigo ha de darme por ese trajín de estar todo el santo día en la calle dando trompetazos.
Ido.—Creo que los emolumentos no serán flojos. Y en todo caso, más vale siempre algo que nada. (Repítese el fenómeno de que la sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale á sus labios.) El hombre, en toda ocasión, debe aprovechar lo que encuentra, y sin perjuicio de sus aspiraciones á lo mejor, coger lo bueno y lo posible que á su lado vea. Sí: cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo, lo mejor es contentarse con poco, para esperar siempre más, pues si alimentaras aspiraciones desmedidas, al satisfacerlas creerías tener menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes de ella y la revieses.»
Aristo.—(Mirando con malicia á don José, pues no comprendiendo que Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro está algo bebido.) Don José, usted está hoy muy sabio.
Ido.—Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me han quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura, y una frase feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan nuevo ser á mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra...» Yo, además, tengo motivos para no estar tan triste como otras veces. Sabrás, caro Felipe, que me han salido dos discípulos.
Aristo.—¿De veras? Ese sí que es favor de Dios.
Ido.—Sí, dos discípulos. ¡Y qué buenos chicos! Estaban en casa de don Pedro, y como allí no aprendían jota, los han sacado sus padres, y desde mañana voy á la casa á darles lección privada... Hijo, son cinco duros al mes que me caen como el maná... Y ahora que nombro á don Pedro, diréte que ya ese hombre no es hombre, es una bestia. La familia está desorganizada; cada cual tira por su lado; la madre parece que ha caído poquito á poco en la mala costumbre de echar unas siestas muy largas después de comer... Ya en mis tiempos gustaba de lo añejo. Marcelina, entregada á la embriaguez del fanatismo, pasa todo el día en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro... ¡Oh! ese merece capítulo aparte, y si tenemos un rato libre, te he de contar los horrores que sé, y hacerte ver los pasos del incierto camino por donde marcha nuestro maestro sin ventura... ¡Oh, aquí de tu amo! Con aquella imaginación suya y aquel arte, bien hubiera podido coger la pluma y endilgar un drama que sería el non plus por lo terrible y lo verdadero... Ya hablaremos de esto más despacio. Yo, no sintiéndome con fuerzas para tan alto asunto, puede que agarre la de ganso y enjarete una media resma para echar también mi cuarto á espadas en literatura, porque francamente, naturalmente, los tiempos son malos; todos servimos para todo, quién más, quién menos, y como se trate de ganar un real, no hay cosa que me espante ni escrúpulos que me arredren (con exaltación). José Ido del Sagrario es hombre para todo; José Ido del Sagrario tiene alientos de poeta, bríos de inventor y un correr de pluma que ya...
Aristo.—(Asustado, y sospechando otra vez, viendo la animación y el brillo de los ojos de su amigo, que ha tenido alguna debilidad anacreóntica.) Don José, ¿pero va usted á volverse literato?
Ido.—(Con marrullería.) No te diré que sí ni que no... Puede ser, puede no ser. Ello es que hace días se me ha clavado aquí una idea, y no puedo echarla de mí... (con cierto misterio). Ya sabes que hay ahora una literatura harto fácil de componer y más fácil de colocar: hablo de las novelas que se publican por entregas á cuartillo de real, y que gozan del favor de miles de miles de lectores. Editorcillo hay que da una onza por cada reparto al forjador de tales composiciones; otros dan diez duros, otros siete, según la correa de invención que saca de su cabeza cada autor. Pues bien: un amigo mío que trabaja en estas cosas, y que ha ganado mucho dinero, me aconsejó no há mucho que me meta yo también á novelador... Francamente, naturalmente, al pronto me pareció absurdo; después lo he pensado, hijo... Es cosa facilísima idear, componer y emborronar una de esas máquinas de atropellados sucesos que no tienen término, y salen enredados unos en otros, como los hilos de una madeja... Yo he de probarlo, Felipe; yo he de hacer un ensayo en esta cosa bonita y cómoda del novelar. Ya tengo pensado un principio, que es lo que importa; y cuando menos lo pienses, verás mi nombre por esas esquinas de Dios, y te echarán por debajo de la puerta un cuaderno con láminas muy majas y un poquito de texto para que caigas en la tentación de suscribirte.
Aristo.—(Con inocencia.) Pues, hombre de Dios, si quiere componer libros para entretener á la gente y hacerla reir y llorar, no tiene más que llamarme; yo le cuento todo lo que nos ha pasado á mi amo y á mí, y conforme yo se lo vaya contando, usted lo va poniendo en escritura.
Ido.—(Con suficiencia.) ¡Cómo se conoce que eres un chiquillo y no estás fuerte en letras! Las cosas comunes y que están pasando todos los días no tienen el gustoso saborete que es propio de las inventadas, extraídas de la imaginación. La pluma del poeta se ha de mojar en la ambrosía de la mentira hermosa, y no en el caldo de la horrible verdad.
Aristo.—Pues ponga todo eso de don Pedro Polo que, según dice, es tan bueno...
Ido.—No, hombre, no: yo no voy á escribir para que se duerman los lectores... Pienso desarrollar un estupendo plan moral: enaltecer la virtud y condenar el vicio... ¡Buena zurra les daré á los pícaros...! pondré como ropa de pascuas á los perdularios y jugadores, y á las mujeres levantadas de cascos que faltan á sus maridos, y á todas esas bribonazas que corrompen á la sociedad... Algo, naturalmente, francamente, he de tomar del mundo visible; y, por ejemplo, al pintar un empedernido avaro, me acordaré de Resplandor; si pongo hembras malas, tendré presentes á Cirila y su hermana; al ocuparme de los hombres oprimidos del peso de su condición social, sacaré á relucir á nuestro don Pedro Polo, si bien cuidaré de presentarles á todos en fantasía y de hacerles hablar un lenguaje escogido, sutil y que no sea como el lenguaje que hablamos en el mundo. Ya he principiado á revolver mis libros leyendo ésta ó la otra página, para que se me vayan pegando las frases bonitas y voces refinadas que debo usar. Tipos no han de faltarme: para el de la mujer virtuosa, tengo á Nicanora, á quien veo como ángel de fidelidad, dulzura y belleza; y para modelo de muchachos leales, tú... Pero ya llegamos. El vehículo mortuorio se detiene ya en la puerta del descanso eterno; los convidados bajan, y vamos todos á cumplir este deber triste con los fríos despojos que nuestro desventurado amigo nos dejó al partir para la Gloria Eterna.
Madrid, Mayo de 1883.
FIN DE EL DOCTOR CENTENO