V
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PRINCIPIO DEL FIN
I
Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste. Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda, donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero? Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto; pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de domicilio.
Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres, bien podrían salir del frío hueco de una tumba!
Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos... En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café. ¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total: él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros, tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...
Alejandro.—(Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano.) Toma.
Cienfuegos.—(Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los dedos lo que le daban.) Puedes estar seguro de que el mes que entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...
Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl, y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo, no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito, podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez, podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas, dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de lo porvenir.
—No—dijo,—yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.
La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.
—Me estaré aquí unos pocos días—pensó el joven,—hasta encontrar cosa mejor.
Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe, regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce de aquella errante vida.
Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde daban más.
Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos, donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que tenía puesta.
Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde, le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar, y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio, á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una veterana alfombra.
Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos. Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno de gozo, que se le traslucía en el semblante.
Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas cobrado, como cosa de encantamiento.
Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.
Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó se metía en un portal.
II
Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos. Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno, si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal, filial y amistoso.
Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón; si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso. Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones picantes entre mujeres y soldados.
Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas, y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.
Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano, García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»
Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra El Tanto por ciento, de la cual decía nuestro manchego: «La primera vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres días.» Y en su Grande Osuna había querido hacer gala de remedar la dicción admirable, limpia y sonora de El hombre de Estado. No ya cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.
Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba: «¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él, á trechos, para mirarle de frente.
Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta, aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las manos que la ejecutaron.
—¿Esto lo hizo un hombre?...—preguntaba Felipe en el colmo del candor.
—Sí: Murillo.
—¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?
—Ahí verás tú.
Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro, estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes, que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel, aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le salían erizados mechones de pelo.
Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero, ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe—le decía después de comer,—ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»
Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le dejara solo, para trabajar pro domo sua. Tenía instintos prácticos, vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.
Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras, episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.
También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban. Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:
«¡Teneos... atrás! ¡traidor!
Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:
¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!
Y yo te doy la estocada:
¡Válgate el infierno!
Tú dices entonces con angustia:
Aguarda. Oye una palabra... advierte...
Y yo te remato así:
¿Palabras yo? toma hierro.
Y caes bañado en sangre gritando:
¡Yo muero... Jesús mil veces!
Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.
—¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!—exclamó con profundo desconsuelo.—¡Y que esto no se haya representado todavía...!
Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:
—Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien; perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo, manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral indulgente...
Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey, que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito que el Grande Osuna.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda mujer guapa...
Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:
—Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.
Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.
Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:
—Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los uscoques. Uscoques son unos bandidos que habitan en las playas del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...
—Un mar,—replicaba Felipe, hinchado de erudición.
—Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente los uscoques... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?
—Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...
—Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los uscoques se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...
—Yo...
—Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque, previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...
—¡Pillos!...
—La Carniola es también hermosa figura—afirmó el poeta, desvanecido de entusiasmo.—Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua, la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada acaricia quemando...
Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca. Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas. Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio sudor.
—Vámonos—dijo Felipe asustadísimo.—Hace aquí mucho frío.
Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego, apoyado en su fiel secretario. Al llegar á la casa se acostó. La fiebre era intensísima... Deliraba.
III
El mal comenzado, ó más bien recrudecido aquella noche, tenía trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto á la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría su rostro, y sus ojos, engrandecidos enormemente, expresaban estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas horas de inquietud y ardor tan grandes, que creyó revolcarse en un lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los párpados, le dijo:
—Corre, Felipe, y llámate á Cienfuegos...
Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia médica, antes de tener la ciencia y el título.
—Esto no es nada...—manifestó con énfasis doctoral.—Te voy á dar el percloruro de hierro líquido. Tendrás un poco de paciencia... y sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana y todos los días.
Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro movió sus labios para murmurar: «hablaremos...» el novel médico creyó que iba á recordarle ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, en tono de cariño, le dijo:
—¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede serte funesto. Con que punto en boca. Á la noche veremos. Que vaya Felipe al momento por la medicina. Me voy á clase.
Durante el curso de la dolencia, asistía Cienfuegos con irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su naturaleza. Algunos días iba cuatro ó cinco veces, y se estaba allí largas horas; otros no se le veía el pelo. Cuando era más necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida, que vendré sin falta,» no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente á horas desusadas. Y no perdía ocasión de proponer á su paciente el préstamo de un napoleón ó dos, animándole á ello con lisonjeros augurios de un pronto restablecimiento.
Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras. En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su Grande Osuna no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen: «La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»
El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida. Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera; pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre, sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.
El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...
Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo, esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado. Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro, con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo, porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para poder exclamar:
—Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito potro. Dentro de tres días, á la calle.
Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque, Jacques Pierres y la Carniola.
Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia, ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano. Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que decía en caracteres de letra inglesa: Por esta primera de cambio, etc..
—Lo primero es pagar—dijo Miquis con honradez candorosa.—Habrá para todo.
¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar, pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos. Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra vez á la calle con decencia.
Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre los dedos!
—Voy á restablecer la figura de la Carniola—decía una noche, ya metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;—voy á restablecerla tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la raza de los uscoques, de origen helénico, los implacables enemigos del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?
Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta febril elocuencia.
—Pues Catalina es robada de la casa paterna por un uscoque. Este muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado. Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente, cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta, porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para abreviar, te diré que la Carniola no puede ver á Jacques Pierres: le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal mujer...
—¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!—dijo Centeno.—Eso es en aquel pasaje que cuenta:
Ví en Posilipo una mujer tan bella, no digo bien mujer; yo ví una diosa...
—Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la Carniola. Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad. Aquí es donde dice:
Subiendo á la cumbre voy del monte de mi fortuna. Á su extremo soberano sólo falta un escalón: dame la mano, ambición; lisonja, dame la mano[2].
En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante, sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia toda... ¡Y qué figura la de Catalina! ¡No habrá actriz que me la interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo á tí: es alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros en los cuales centellea una dulzura incandescente y derretida, que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy bueno ya... ¿no crees...?
IV
¡Y qué bien durmió aquella noche! Las doce del día serían cuando Felipe se aventuró á despertarle. Toda la tarde estuvo charla que charla, y habría salido á la calle si Cienfuegos no se lo prohibiera por estar el tiempo frío y amenazando lluvia. Como no carecía de dineros, mandó traer comida de la fonda. ¡Lástima grande que el apetito le faltara! Era muy extraño que apeteciera éste y el otro plato, y que en el momento de verlos delante, le entraran invencibles repugnancias. Esto le ponía triste, y decía:
—¿Sabes tú, Felipe, una cosa que yo creo que comería con gana? Pues cañamones. Si mi tía me los mandara... Creo que con esto me volverían las ganas de comer y me pondría bueno.
Benditos platos traídos de la fonda, no os podríais quejar del desaire que el amo os hacía, porque, en cambio, el criado os trataba con extremados miramientos. Así estaba él de nutrido y saludable, y así echaba aquellos colores, pregoneros de su naturaleza vigorosa y de un organismo admirablemente regularizado.
Al anochecer quejóse Alejandro de frío, y se acostó. No había acabado de hacerlo, cuando alguien llegó á la casa preguntando por él. Felipe salió á enterarse. Era una mujer...
—¡Ya, ya sé!—dijo Miquis turbadísimo cuando Felipe le dió cuenta de la visita.—Enciende luz, dí á esa persona que entre, y vete en seguida.
Felipe vió el demacrado rostro de su amo encenderse con llamarada de rubor, cual hoja seca que arde. Los ojos del enfermo chisporrotearon gozosos.
Al punto entró la mujer, señora ó lo que fuese. Pero la puerta quedó entreabierta, y Centeno atisbó desde el pasillo... ¡Vaya, que era arrogante y hermosa! No se la debía diputar por señora, porque ninguna que tal nombre merezca se presentaría en visita con aquel mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo de seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo como un cucurucho prolongado sobre la frente. Á la sombra de este pañuelo brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella ninfa, amorosos y traicioneros, como en verso decía Miquis, hablando del mirar de la Carniola. Lo de las flechas que tanto usan los poetas, venían bien allí; mas eran flechas untadas de caramelo envenenado. ¡Bonito aire el de la Tal, y qué bien calzada!
Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero de la hermosura, luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje hablaba? Ya... se comía la mitad de las palabras, y las otras las remataba con un dejo... ¡ay! Era andaluza... El metal de voz sonaba un poquito ronco; pero la dicción no por eso resultaba menos lánguida y suspirante.
¡Felipe, oído! La Tal se acercaba al lecho de Miquis y le tomaba la mano. Él, turbado, sin duda, de la alegría de verla, le decía que se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba harto cansina. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que á Felipe le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y moralmente en situación de ser llevado en brazos, y aun de que le dieran biberón.
¡Oído, Felipe!... La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua andaluza... ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en él... ¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno... Ella estaba muy disgustada. ¡Le pasaban unas cosas... pero unas cosas...! No podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo que su amo decía no llegó á los sutiles oídos de Centeno, porque la voz de Alejandro, á consecuencia del mal que padecía, era como un soplo fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera á su lado.
Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fué. La patrona, el marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo, y la despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto á su amo, viole un tanto caviloso; pero no triste. De repente le entró una gran locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese antecedentes del asunto en que él pensaba, dijo á Centeno:
—La pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la tiene pereciendo.
—Hay que traer azúcar,—dijo Felipe, atento al cuidado del enfermo.
—Es verdad.
—¿Cuartos...?
—Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?
Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un gran paquete de duros y pesetas, fué á buscar allí lo que necesitaba; pero Alejandro le detuvo con estas palabras:
—No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.
El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado la plata depositada en la mesa de noche, empezó á buscar en todos los huecos de la ropa.
—No hay ni un sacramento.
—Pídelo á doña Pepa. Tráete también caramelos... Oye, y cigarros. Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.
Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además La Correspondencia. Su amo dormitaba; luego se despabiló y estuvo despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama, de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque, y de las atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír á Alejandro:
—Esa que ha estado aquí esta tarde—dijo,—es la Carniola.
—¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder de un Jacques Pierres...!
—¡Qué pillo! Y puede que le pegue...
—Es un salvaje... ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita cama...!
No dijo más sobre el particular... Como el tiempo seguía malo, continuó prisionero algunos días. La Tal volvió á visitarle, y en aquella segunda entrevista, que fué también de noche, el enfermo estaba levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones de afecto. Ella contaba suplicios, sofocos y privaciones horribles. Él la consolaba y anunciaba mejores días... ¡Oh! pues si él no estuviera enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos ojos un par de lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al manchego se le partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal no podría venir más á verle... Para salir á la calle necesitaba decir mil mentiras... ¡Y luego venía con un miedo...! Pues si el bárbaro llegaba á descubrir que ella... De seguro que le cortaría la cara, y era lástima que una cara tan linda... ¡Lástima también ¡ay, Dios mío! que Alejandro no tuviera salud y mucha guita para poner eficaz y pronto remedio á tamaños males!... En fin, adiós, adiós...
Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de ella, Miquis escribió una carta á Torquemada pidiéndole dinero. El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando pudiera salir á la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones persuasivas que no podía expresar la pluma de un poeta.
Á Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y gentileza de la desconocida amiga de su amo, á la cual daba, por no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la expresión indefinible que se asociaba, por mágico contacto de las ideas, á los poéticos lances del drama de Miquis.
Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto, y él con su imaginación se anticipaba á la edad. Estaba, pues, como poseído de cierta idealidad contemplativa y platónica, que se recrudecía al ver á la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas sus gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió á mi hombre la cosa más extraña... Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural de infantiles caletres, y confesemos que lo que discurrió Centeno era muy adecuado á su edad de transición y á su escogido espíritu.
Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué no había de componer también sus versos, como todos los chicos en llegando á su edad? ¡Y quién sabía si estaba destinado á ser autor notable como su señor, y aun á escribir un drama tan hermoso como El Grande Osuna, que sería el asombro del mundo! Era menester probarlo. Notaba como una llamarada dentro de su cabeza, y siempre que se acordaba de la hechicera y arrogante Carniola, oía susurro de rimas en sus orejas, y sentía dentro algo como ganas de llorar, ganas de reir... Manos á la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si no conseguía enjaretar dos docenas de versos y cantar en ellos la preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba reducido á barajar unas cuantas palabras bonitas, y á ponerlas bien puestas aquí y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.
Su amo dormía; sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!... allá te van renglones. ¡Quiá! esto no suena. Otra vez; borra y vuelve á escribir. No sale... Ahora... Gentil señora, de beldad bella y hechicera... ¡Oh! esto no sonaba. Á ver ahora. Cuando las auras... Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. Cuando las auras gimen ¡ay! y gimen... ¡Magnífico! Lo malo era que no podía seguir adelante, hasta ver qué salía de tanto gemido. Otro esfuerzo: Al mirar esos ojos cual luceros... Bien, bien: ¡qué bien sonaba el cual!... Echando rayos hechiceros... Que me queman cual encendidos... ¿Qué pondría para rimar? ¿Carniceros? No: esto no parecía palabra de poesía. Además, debía ser cosa que quemara, que ardiera, como, por ejemplo, braseros, y mejor pebeteros, cosa de lumbre y de buen olor á un tiempo.
Á las doce quedó terminada la composición. Felipe se reía á cada verso escrito ó borrado. Á veces juzgábase hábil poeta, á veces absolutamente inepto para el áspero arte de la versificación. Por último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquellos disparates, llevóle á considerar sus versos como los más chabacanos que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando para más adelante, y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo ensayo de sus facultades imaginativas.
Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular á Petrarca.
¡Oído, Felipe! que aquel día la conferencia fué más acalorada que nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus cajas, que le ponían en el desairado trance de no poder atender á las cuitas pecuniarias de la hermosa Carniola, y librarla de la feroz tiranía de aquel Jacques Pierres á quien los turcos debían hacer picadillo... Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las visitas recatadas al Duque, y recelaba que no pudieran verse más... Para remediar esto, se le había ocurrido un plan. ¡Qué acertado pensamiento! Bien para él y bien para ella. ¡Oído, Felipe! que va á decir el plan. La Tal tenía una hermana, casada con el mayoral de una ganadería. Vivía este matrimonio en casa humilde, pero aseada, y le vendría bien tener un huésped para ayudarse. ¿Por qué no se iba Alejandro á vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes; en aquella leonera, donde le robaban y no le cuidaban bien. No sería huésped, sería el amo, y la bendita hermana de la Carniola no sería su patrona, sino su ama de llaves. ¡Qué comodidad y qué proporción! El mejor resultado de esto sería que la Tal podría siempre que quisiera visitar á su hermana, sin oposición del caribe, y ver á Alejandro diariamente y aun cuidarle en su enfermedad...
Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan, y reniega de doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud de un cambio de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí; y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su hermana cae á unos jardines que parecen los cármenes de su tierra, llenos de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El piso es altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba...
Quiso la suerte ó la desdicha de nuestro héroe tobosino que á sus proyectos se anticipara la llamada doña Pepa, hembra de mal genio y peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener en su casa un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta y pegadiza. La casa perdía mucho con esto, en su opinión de saludable, y ya algunos señores alumnos de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de marcharse. Teniendo ciertos puntos y ribetes de humanitaria la doña Pepa, no quería decir á Miquis, desabrida y secamente: «Le echo á usted por enfermo.» Discurría un hábil pretexto, y vinieron á dárselo las visitas de aquella Tal, á quien lo mismo ella que su marido diputaron por una cualquiera, ¡Vaya unas amistades que tenía el don Alejandro! No, en casa tan honrada no se querían visitas de tal naturaleza, ni la opinión de la escogida pléyade de huéspedes podía ser expuesta á las calumnias y dicharachos de la vecindad. En éstos ó parecidos términos manifestó á Miquis doña Pepa sus propósitos, corteses, pero claritos.
—Yo pensaba marcharme—dijo él.—En esta casa no hay aire respirable.
Y sin pérdida de tiempo empezó á disponer todo para la mudanza, apretándole á ello el deseo de gozar pronto de la vista de aquellos jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué suerte tenía y qué motivos de alabar á la Providencia!
V
Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir á la calle. La primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse á casa; pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más que su quebranto, y en los días siguientes tornó á salir y estuvo en el café. Era su aspecto como el de un difunto. Cuantos le veían, ó manifestaban el mayor asombro, ó tenían que hacer disimulos muy violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo, la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Y él, siempre optimista, y engañándose á sí mismo, se anticipaba á las observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:
—No estoy ya tan malo como crees... Es porque me ves el primer día que salgo á la calle, y la verdad... me he quedado en los huesos. Pero me voy reponiendo... siento que mejoro rápidamente...
—¿Y dónde vives ahora?
—Te diré... No vayas á verme, porque estoy como de paso en una casa que no es de huéspedes... casa con jardines; quiero decir, que tiene vistas á un jardín... Pero no vayas por allí: hay mucha escalera, y lo probable es que no me encuentres.
El verdadero motivo de que Alejandro alejara á sus amigos del nuevo domicilio, era cierto disgusto ó vergüenza de que le vieran allí, pues en verdad (¡desvaneceos, ilusiones locas!) no pudo el enfermo haber ido á peor sitio, aunque lo rebuscara entre todo lo malo que hay en Madrid. Estaba la tal casa en la calle de Cervantes; mas no bastaban las leyendas gloriosas del barrio á hacerla simpática. Á dicha vivienda se subía por una escalera interior, casi tan larga como la del Cielo. Aquello no acababa nunca, y nuestro poeta tenía que sentarse dos ó tres veces en los peldaños para poder seguir. Cerca ya de los sotabancos, muchedumbre de sucios chiquillos á todas horas invadía la escalera, estorbando el paso, haciendo infernal ruido que ni un momento se interrumpía de la mañana á la noche. En los descansos altos, había un tufo que viciaba el aire y lo hacía irrespirable, porque las vecinas sacaban sus anafres y braseros para encenderlos y pasarlos en la escalera. Abiertas casi todas las puertas, sentíase allí hormigueo de gente que, por no tener espacio bastante, rebosaba de sus domicilios, y el murmullo mareaba tanto como el tufo del carbón. Las paredes, de abajo arriba, y donde quiera que no faltaba el yeso, aparecían llenas de letreros, mamarrachos y de mil suciedades diferentes.
La primera impresión de Alejandro, al estrenar su domicilio, fué penosísima... Creyó que entraba en una carbonería, porque paredes más negras que las de aquel pasillo no las había visto él en toda su vida. Por el suelo de polvorosos ladrillos rojos se arrastraban chicos entecos y miserables, otros gateaban, aquéllos corrían como en una plaza, éstos hacían procesiones y paradas militares. En las puertas numeradas, no había cordón de campanilla, y las más estaban abiertas. Para llamar en las cerradas, se hacía uso de los nudillos. Una vez dentro de su cuarto, que era el número 7, enseñáronle una salita, lo mejor, casi lo único de la casa, de regular tamaño, paredes sin papel, aplanado techo y buenas luces. Eso sí, en vistas, no le ganara ni la torre de Santa Cruz.
Por la cuadrada ventana se veía grandioso país de nubes y tejados; se dominaba toda la parte oriental de Madrid, que es la más hermosa: el Retiro, la aguja del Dos de Mayo, el techo plomizo del Congreso, la mole de Buenavista, las chimeneas de la flamante Casa de la Moneda, y detrás el árido campo donde pronto se había de levantar el barrio de Salamanca. En cúpulas y tejados veíanse las formas más extrañas y las variedades más caprichosas. Ofrecía el conjunto una crestería chabacana, de recortados picos, aleros, palomares y sin fin de chimeneas, como negro ejército en desorden, las unas empenachadas de humo, las otras no, muchas torcidas y con el capacete ladeado. Era preciso mirar verticalmente, como se mira al fondo de un pozo, para alcanzar á ver aquellos jardines de que hablaba la Tal. Pertenecían á lujosas casas de la calle del Prado, y estaban tan hondos, que las más altas ramas de las acacias apenas llegaban al segundo piso. Con esmero y mimo cultivados, aquellos profundos verjeles se componían de afeitado césped, setos tijereteados, de algunas coníferas y acacias, todo raquítico y achacoso. Era como un hospital de árboles. Los había variolosos, todos llenos de verrugas; los había reumáticos, mancos de ramas; habíalos atacados de alopecia, por lo cual tenían calvicie de hojas, y todos calenturientos, revelaban en su amarillez el paludismo en que vivían. No faltaba tampoco una marmórea fuente que á ciertas horas se emperifollaba con un juego de agua para recreo de los pececillos rojos, prisioneros en el pilón.
No disgustó á Alejandro la estancia aquélla desde la cual se veía tanta nube, tanta chimenea, y, con buena voluntad, el sepultado jardín. Los muebles habían sido muy buenos; pero estaban estropeadísimos y pidiendo á gritos plumero, agua y estropajo. No había silla que no estuviera coja, ni pieza en que no faltara algo. Todo revelaba la adquisición de lance, en el desplome de una fugaz fortuna, de esas que nacen y se liquidan en una semana. Todo era de acarreo, de baratillo; todo procedía de esa industria prendera que sirve para poner casas provisionales ó para la improvisación de los ajuares domésticos.
La gente aquélla, marido y mujer, no parecía mala. Ella habría sido hermosa, si no estuviera picoteada por las viruelas; él, atravesado y de semblante duro, revelaba conexiones con gente torera. La estudiada afabilidad de ambos cautivó al manchego, que no veía más que el aspecto bueno de las cosas. Todo quedó convenido, y se instaló en la sala. Allí estaría como en su casa. Para mayor comodidad del ínclito joven, no se fijaría un diario, al uso de las casas de huéspedes, sino que él diría por las mañanas á Cirila: «Cirila, quiero comer esto, quiero lo otro;» y Cirila le diría: «Pues, señor don Alejandro, déme usted tanto más cuanto...» ¿Que el señorito no quería aquel día comer...? «Pues, Cirila, hoy no como en casa.» ¿Que quería un extraordinario...? «Cirila, mañana comeremos aquí cuatro amigos.» Y ella entonces haría las cuentas, y le diría: «Porque mire usted, señorito: la ternera está á tanto, la merluza á cuánto...»
Todo iba bien. Los primeros días estuvo Alejandro bastante mejorado, y claro es que pasaba en la calle la mayor parte del tiempo. Felizmente no carecía de dinero, juntando lo que pudo arrancar á Torquemada con lo poco que le envió su padre. Iba viviendo; su pensamiento, ávido de las cumbres, no sabía descender á los llanos de la vida material, ni enterarse de lo mucho que habían encarecido los artículos de comer desde que él hiciera sus convenios con Cirila; ni advertía que le estaban costando un ojo de la cara su frugal almuerzo y su nada abundante comida.
Había dicho á Felipe que abandonara la posada de los mieleros y se viniese á habitar con él, lo que llevaron á mal Cirila y su marido, porque era Felipe, según ellos, fisgón, entrometido y amigo de curiosear lo que no le importaba. Todo lo había de intervenir, y sabía el precio de los comestibles, del carbón y de los artículos más usuales... ¡Oh, á él no se la daban! ¿Quién había visto que cuatro huevos costaran una peseta? Sólo aquel visionario de don Alejandro, con su cabeza llena de dramas, Carniolas, ideales y filosofías, podía ver impasible tan grande atrocidad económica.
En un momento de mal humor había dicho Cirila: «Ya sabía yo que el señorito era muy aficionado á mantener vagos,» frase que al Doctor se le atravesó y no pudo digerirla en mucho tiempo. Pero mientras más le crecían las uñas á ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir todo.
Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto faltaron ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El 1.º de Mayo, á consecuencia de haberse mojado con una llovizna, al anochecer, recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y no fiándose de su ciencia para un mal tan grave, trajo consigo á un médico amigo, joven y afectuoso. La debilidad de Alejandro era tan grande como su inapetencia. Hubo que recurrir á la carne cruda, al extracto de Liebig, y con ninguna de estas cosas se atajaba el rápido desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y perderse en lo inorgánico. La combustión crecía; las pérdidas eran enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan solo, que los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el infeliz que en casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y sepultado en aquella odiosa cama de tormento. Para que éste fuera mayor, su ánimo abatido negábase á buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad, las fuerzas reparatrices. Callaban los estímulos mentales del arte, y enmudecían los pruritos íntimos del ideal y el amor. Todo dormía en él, menos el enfermo; todo, menos la fatiga, el calor, el frío, la cefalalgia, el negro cansancio y la pesadez de sus huesos de plomo... ¡Inexplicable desvío el de la Tal, que no había ido á verle más que dos veces desde que allí estaba, y estas dos veces con mucha prisa, porque tenía que hacer, porque sólo disponía de un par de ratitos!... No vienen nunca solos los males. Á los referidos, juntóse uno que era en todas circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y en aquella terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había concluido esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero!... ¡Qué afanes, qué fatigas para procurarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con cartitas y recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que ya abusamos—pensaba él.—Razón tienen en no darnos nada.»
VI
Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan, porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada. Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado, rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque ella...
En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo... Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta. Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para lo que ocurriese. Todavía había Providencia.
La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa, que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido, salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban. Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto, y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de aquel fantasma pendía, le dijo:
—¡Don José!... ¿Ya no me conoce?
El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral, como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de los conceptos de aquella voz, que dijo:
—¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de don Pedro... ¿Vives aquí?
Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el último peldaño de ella.
—Siéntate aquí y hablaremos—dijo con voz desvanecida y vagorosa, cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran retroceder para volverse á la boca.—Sabrás, Felipe, cómo estoy sin colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy, hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos, cada uno con su boca correspondiente.
Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo:
—¡Ay! hijo, tú te marchaste antes de que en el bueno de don Pedro se iniciaran las grandes locuras que hemos visto... Ya conoces su genio de Barrabás y sabes cómo nos trataba... El genio se le podía llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que ofenden á un hombre digno. Yo á nadie falto. ¿Por qué no se me ha de tratar con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas, el maestro me decía palabras malsonantes; pero como él mismo se reía, pasaban por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple.» Esto era á cada momento. Bien: pase como un desahogo... Pero cuando un concepto se repite y se repite... Yo paso una broma; pero que me pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no me llamaba por mi nombre, sino que decía: «Cerato simple, haga usted esto ó lo otro. Calamidad, esto ó aquello...» Los chicos se reían y no me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien dijera: «Cerato, vete al acá ó al allá.» Francamente, naturalmente, amigo Felipe, esto ya es por demás. Porque si un chico me falta una vez, se lo paso; pero que me tomen como cuento de risa... Si á uno le mandaba una cosa, me respondía: «Dido, no me da la gana...» «Dido, vete á donde quieras...» Francamente, naturalmente... yo estaba ya trinando en mi interior, y con un aquél que me revolvía las tripas. Don Pedro no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones: todo lo decía al revés, y echaba la culpa á los chicos y á mí. Un día se puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos, con espuma en la boca; y empezó á tirarnos los libros, los tinteros, plumas, pizarras. Nos apedreaba. Á algunos alumnos les hizo heridas... Todos estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y le tiró al aire. Á todas éstas, renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de un sacerdote... Francamente, naturalmente, esto no se podía aguantar. Aquel día se retiraron de la escuela no pocos niños, y el padre de Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de palabras con don Pedro, y por poco se pegan. Otro día el maestro estaba como un idiota: no decía palabra; tenía una especie de modorra, y hasta parece que se le caía la baba... No te rías; sí: al tal don Pedro le pasa algo... Enfermo está no sé de qué... Pues como te decía, sin más ni más, salió con la pitada de que yo le quitaba los discípulos, y que soy un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente, naturalmente, señor don Pedro...» Y él me contestó: «Porque usted, bajo esa capita de santo, es capaz de asesinar á su padre...» Francamente, naturalmente, yo... ¿qué había de hacer?... Total, que me marché. Aquí me tienes, pues, sin colocación, pasando las de Caín para mantener á tanta familia. ¿Vives tú con un señor que parece está enfermo, y que, según dijo doña Cirila, es algo poeta?
—¿Qué es eso de algo?—replicó Felipe, ofendido de que se escatimaran así las facultades literarias de su señor.—Mi amo es de lo que no hay en eso del drama y la poesía.
—Pues, hijo—manifestó don José alzando un poco la abatida voz por los bríos que le daba la esperanza,—á ver si me proporcionas algún trabajo. Quizás tenga tu amo borradores que copiar...
—Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está mi amo muy en fondos para encargar ese trabajo... Más adelante puede... porque tenemos unos dramas que el señorito va á poner en limpio.
—¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda á cuenta... Yo también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora se me ha ocurrido retocarlo, á ver si alguna compañía me lo quiere representar. Es cosa del conde Fernán González, y todo, todito, me lo hice en sonetos... Francamente, naturalmente, creo que no sirve para nada.
—Me voy, no sea que se despierte,—dijo Centeno, cansado de las confidencias de Ido.
Este le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo de su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:
—Felipe, tú no sabes lo triste que es volver á casa á estas horas con las manos vacías, y cuando á uno le están esperando desde media tarde, creyendo que lleva los imposibles... Si algún día eres padre de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de prestarme dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento... que francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo, dedicado á la enseñanza...
Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la civilización, el pescador de hombres, sacó de su bolsillo una cosa que, por las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó á las fuentes de ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que había en ellos se lo dió.
Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y de su triste situación.
—Coge todo lo que haya—dijo el manchego,—y llévaselo. ¿Qué nos importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra miseria es contingente, accidental y temporal la suya es intrínseca y permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues ofréceselos. Y las tres onzas de chocolate y el pan... Dale todos los cuartos que tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me ponga bueno, he de buscarle una colocación.
Siempre el mismo Alejandro. Ansioso de dinero cuando no lo tenía, y capaz, por adquirirlo, hasta de olvidar los buenos principios, como sucedió en el caso de la tiíta, desde que tenía algo, fuese poco ó mucho, ya le faltaba tiempo para desprenderse de ello y acudir á cuantas necesidades, verdaderas ó falsas, se manifestaran á su lado. Su generosidad era tan incorregible como su ambición. Y no escarmentaba nunca. Repetidas veces se había visto en grandes aprietos por haber acudido con demasiada prisa al socorro de los ajenos. Ejemplo de ello, que pocas horas después de su liberalidad con el pobre Ido, al amanecer del siguiente día, la Naturaleza le pidió cuentas de su falta de caridad consigo mismo. ¡De qué buena gana se habría tomado una taza de té con leche, ó leche sola caliente!... Pero no había leche ni azúcar, ni dinero con qué comprarla. Como Felipe se quejara del pernicioso desprendimiento de su amo, éste le dijo:
—Qué quieres... yo soy así, y no puedo ser de otro modo. Por más que me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es un yo ajeno.
Y ambos permanecieron silenciosos, mirándose á ratos; y cuando no se miraban, el uno fijaba sus ojos en el techo y el otro en el suelo. ¡Peregrina divergencia, que en cierto modo venía como á simbolizar la contraria organización de cada uno! ¿Y qué descubría Miquis en el techo? Nada. ¿Qué sacaba Felipe del suelo? Nada. Ni arriba ni abajo había para ellos socorro alguno.
Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de bríos morales y mentales que debieran tener virtud suficiente para compensar, en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero no podría creerse que la misma tensión y crecimiento del contenido habían roto el frágil vaso, que ya, ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no le compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro, en que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación de las ideas, no había de extender la mano y decir con arrebato de piedad: «Detente, muerte, y no le toques?»
Era la perfecta imagen de un Nazareno, á quien se le quitaran diez años. Su barba mosáica le había crecido algo después de la enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo, fino y sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando carboncillo: se creería que iba á desaparecer si la soplaban con fuerza. Su perfecta nariz afilada tenía transparencias de ópalo, y las tintas gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las cuencas de sus ojos agrandaba éstos, haciéndolos más negros, luminosos y profundos. Cuando eran intérpretes de la esperanza ó del entusiasmo, el espíritu como que no cabía en ellos y se derramaba en borbotones de luz. Tristes, parecían la propia mirada de la muerte; alegres, traían resurrección á apariencias de salud á todo el descompuesto organismo.
Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado en el lecho, porque no podía respirar de otra manera; rodeado de almohadas, mal cubierto, de frente á la luz, con la mirada perdida en el techo, ó en el cuadrado trozo de cielo que por la ventana se veía.
VII
Sacóles de la perplejidad en que ambos estaban una voz, precedida de discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿dan su permiso?» y la persona que entró fué don José Ido, que á preguntar venía por el enfermo y á dar las gracias por los auxilios de la noche anterior. Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía mucho mejor, y entabló un ameno coloquio con aquel excelente sujeto, mártir de la instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado por falta de aceite. Los tiempos estaban malos, y francamente, naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una espuerta de tierra en las obras del Ayuntamiento... ¡Y pensar que había en España diez millones de seres, con ojos y manos, que no sabían escribir!... ¡Y que él, hombre capaz de enseñar á escribir al pilón de la Puerta del Sol, no tuviese que comer...! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero esto era una nación ó una horda? Ido se inclinaba á creer que fuera una gavilla de empleados, una manada de cesantes y una piara de pretendientes... Por todas partes no se oían más que anuncios de revolución, y don José... francamente... le pedía á Dios que se armara la gorda lo más pronto posible, que todo se volviese patas arriba, y que viéramos á los generales y ministros yendo á esperar á los Reyes, y á los aguadores sentados en las poltronas... ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser grande para que el país se desasnara.
Felipe, mientras hablaba su amigo, había encendido la cocinilla económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban allí, en un papelejo; pero faltaba el azúcar.
—Si tuviera usted un poco de azúcar, don José...
—Precisamente—replicó el pendolista con generoso arranque,—ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.
Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á gloria.
—Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...
—Voy á ver... Puede...
Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de leche.
—Si se pudiera arreglar el señor con esto...
—Basta: muchas gracias.
Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día; tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos, ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.
Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:
—Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale la situación.
Á media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo espacio de tiempo, no había estado Miquis en completo abandono. Cirila, que no era un ángel ni mucho menos, pero sí un sér humano, había entrado á las once y le había dicho esto:
—He puesto un pucherito. Le traeré á usted una taza de caldo, ó unas sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si me da algo á cuenta, no le faltará nada.
No volvió Felipe con las manos vacías. Oigámosle:
—Cienfuegos no tiene un ochavo. Arias dice que si usted le da cinco duros, le hará un gran favor. Sí: para dar estamos. Poleró dice que vendrá á verle á usted esta noche, y Sánchez de Guevara me dió esta peseta para mí... ¡para mí! Bueno. El tío prisma salió muy tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca; el señor Completo salió á echar sus cartas, y me preguntó si estaba usted mejor. Le dije que sí, y echó un suspiro. Prisma dijo que... memorias... y que si se ofrece algo para París. ¡Ah!... Zalamero que vendrá también por acá... Bueno... ¡Ah! memorias de Julián, que salió conmigo á la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta. No quiso entrar... Bueno... Ahora viene lo gordo... (metiendo la mano en el bolsillo y sacando un objeto). ¿Á que no sabe usted quién me ha dado este duro? Si lo acierta... ¿á que no acierta? Pues me lo ha dado doña Virginia. Dice que le va á mandar á usted chuletas... que eso que usted tiene no es más que hambre, y que se cura con carne y jamón.
—¡Pobre Virginia! Es una buena mujer... Mira, dale el duro enterito á Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy me ha dado sopas.
—¡Ah!... don Basilio me dió este real... ¡para mí!... y que expresiones, y que no se acoquine usted.
Por la noche tuvieron de visita á Zalamero, Poleró y Arias. Hablaron tanto, que Alejandro se aturdió con el ruido; pero disimulaba su malestar por no privarse del gusto que tenía en la conversación. Lo único que dijo fué que hicieran el favor de no fumar mucho.
Poleró, con su vehemencia de costumbre, le decía:
—Anímate, hombre. Sal de esa cama. Hace ahora un tiempo hermosísimo. Si no fuera porque están cerca los exámenes y hay que empollar, te acompañaríamos más. ¿Y el drama? ¿Se representará la temporada que viene?
—Eso, seguro.
—Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz. Me han dicho que es mala adrede.
Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de Los Miserables, obra que por tales días cautivaba y embelesaba á tantos lectores. ¡Aquella Cosette!... ¡aquella Fantina!... ¡aquel Juan Valjean!... ¡aquel capítulo la tempestad bajo un cráneo!... ¡aquel polizonte Javert!... ¡aquel capítulo de las cloacas!... ¡aquel Fauchelevant!... ¡aquellas monjas del pequeño Picpus!... ¡aquella frase no hay que confundir las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango las patas de los gansos!... ¡aquel Gavroche!... En fin, todo, todo...
Con estas conversaciones, poníase Alejandro excitadísimo y le entraba ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba á pasar! Más valía que se fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos; pero entre todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche tres duros y dos pesetas.
—Adiós, adiós: á ver si te sacudes.
—Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba lo que me enviará mi padre.
Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre lo que acababan de ver.
—Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida. Él se ha matado.
—¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía: «Mira, que te estás matando.»
—La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?
—¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con sentido común?
—Si no hay quien le entienda...
—Es un desgraciado, un loco... Bien merecido le está.
Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa de noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos, fué todo uno.
—Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿Á ver ese pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí esos? ¿Ha habido conversación? Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia te mandará mañana unas chuletitas.
Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas palabras sacramentales:
—Veo que estás en fondos... No, lo que es este duro me lo llevo. Recuerda que me debes... Es decir, yo te debo más; pero me refiero á lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de las leyes. ¡Eh!... tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido la receta? Si á las diez no duerme, se lo das. Avisa á cualquier hora de la noche si hay novedad.
Incomodó á Felipe la franqueza con que el médico espoliaba el tesoro del enfermo; pero no se atrevió á decir nada. Cuando se fué Juan Antonio, hablaron un ratito amo y criado de la necesidad de llamar otro médico, el mismo que había venido al principio... Días pasaron sin ninguna novedad. Ido les acompañaba no pocos ratos, y ambas familias se favorecían mutuamente en sus tribulaciones. Á lo mejor tocaban á la puerta, y se veía asomar por ella el rostro agraciado de una niña de diez años, bonita, rubia, con la cara sucia y el vestir andrajoso:
—Don Felipe...
¿Qué quieres, muchacha?—preguntaba él asustado del don.
—Dice mi mamá que si por casualidad tiene usted una libreta.
—Sí, sí—respondía Miquis al punto.—Felipe, dásela.
—Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta, que cuando venga papá á la noche se la dará.
—Toma.
—Don Felipe, que si hace el favor de un huevo...
—Toma.
Gran regocijo y distracción tenía el enfermo cuando los dos chicos mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto, con gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos militares. Si no fuera por el ruido que metían, no les dejaría salir del cuarto en toda la tarde; pero á veces era menester darles algo para que callaran ó para que hicieran sus evoluciones en el pasillo con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que á pedir venía de parte de su mamá, era muy juiciosa, y á ratos les acompañaba contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el gato. Su papá había ido á casa del ministro para ver si lo quería colocar; ¡pero quiá! el ministro era un pillo... Decía su papá que iba á venir la gorda, y que él se alegraba, porque eso de que unos coman y otros no, francamente... Algunas tardes iba con su muñeca, que tenía toda la cara comida, y se ocupaba en vestirla y desnudarla con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando á este caballero.» Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por Felipe tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese. Á veces atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre cualquier insulso tema.
—¿Por qué te llaman Doctor?—le dijo un día.—¿Es que eres médico? Pues cúrame el gato, que está malito.