← Table of contents
El Doctor Centeno (novela completa)

II

Reading edition

PEDAGOGÍA

I

Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia, que don Pedro Polo y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba á la iglesia de las monjas, decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo, volvía después á su casa, charlaba con su madre por espacio de un cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba un suspiro... Todo esto ocurría invariablemente día por día, sin que nada faltase, ni el chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la señal para entrar en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían á las ocho en verano y á las nueve en invierno.

Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima, qué ruido, qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como en amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos con gesto semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla. Luego daba una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas! Creo que se podría oir el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa con las patas... Después, poquito á poquito, saltaba un murmullo, una sílaba, una palabra, y de esto se iba formando susurro hondo y creciente que no se sabe á dónde llegaría si don Pedro con su potente quos ego no lo atajara.

Había un pasante á quien llamaban don José Ido, hombre aplicadísimo á su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos ó verrugones que parecían gotas de cera que le escurrían por la cara; de expresión llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; manifestando en todo las congojas de una de esas vidas de abnegación y sacrificio heróicamente consagradas á la infancia. Tenía en la frente un mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías. Era el mártir obscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las generaciones, el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de tantas fortunas y de preclaros hechos. Políticos que habéis firmado sabias leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis la muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos en la religión de la escritura, os dió diploma y título de cristianos civilizados...

Porque el fuerte, ó mejor dicho, el sacerdocio de nuestro don José Ido, era la caligrafía. Enseñaba por el Evangelio de Iturzaeta una forma redonda, armónicamente compuesta de trazos gordos y finos, con cada rasgo para arriba y para abajo que daba gloria, y un golpe de mayúsculas que podría competir con lo mejor de los tiempos benedictinos. Cuando por encargo especial acometía un trabajo de felicitación ó cosa semejante, para implorar por cuenta propia ó ajena la benevolencia de cualquier magnate, eran de ver aquellas Emes iniciales con el cabello erizado de entusiasmo, aquellas Haches que arrastraban más cola que un pavo real, aquellas Erres que hacían cortesías, aquellas Efes con más peluca que Luis XIV, aquellas Eses minúsculas que parecían saltar de gozo, aquellas Eles á caballo sobre las Íes, aquellas Jotas con morrión, y otras infinitas maravillas que producían á la vista ilusión de pirotecnia, todo rematado con unas etcéteras que á la cola de esta procesión pendolística iban con plumachos, blandiendo alabardas y banderolas. El resto lo hacían mil vaivenes de rúbrica, como flechas disparadas ó laberinto arácnido, en el centro del cual aparecía lánguido, indolente, cual si cayera mareado en medio de tanto círculo, el claro nombre de José Ido del Sagrario.

La clase duraba horas y más horas. Era la vida perdurable, un lapso secular, sueño del tiempo y embriaguez de las horas. Nunca se vió más antipática pesadilla, formada de horripilantes aberraciones de Aritmética, Gramática ó Historia sagrada, de números ensartados, de cláusulas rotas. Sobre el eje del fastidio giraban los graves problemas de sintaxis, la regla de tres, los hijos de Jacob, todo confundido en el común matiz del dolor, todo teñido de repugnancias, trazando al modo de espirales, que corrían premiosas, ásperas, gemebundas. Era una rueda de tormento, máquina cruelísima, en la cual los bárbaros artífices arrancaban con tenazas una idea del cerebro, sujeto con cien tornillos, y metían otra á martillazos, y estiraban conceptos é incrustaban reglas, todo con violencia, con golpe, espasmo y rechinar de dientes por una y otra parte.

En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí dos ó tres mártires de rodillas con los calzones rotos; á esta parte, otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y trasudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío, y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas en carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los tinteros, ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar ocasión de volcarse... Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido agarrando una pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto mayor era el empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían muecas con el difícil rasgueo de la pluma... Á lo mejor, un cráneo sonaba seco al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas sacudidas por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y á cada segundo se oía un ¡ay! Se confundían las voces de bruto, acémila, con los lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico yo no he sido. La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa de su misión educatriz, aporreando sin piedad á todo el que cogía. La quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente, silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de aquel docto instrumento, una caña y á veces flexible vara de mimbre sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía, y todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio de carnes y huesos.

Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire una mosca con rabo de papel, sucediendo á esto la algazara propia del caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre una peña. Los miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de impedir las patadas, los desperezos, el acostar la cabeza sobre los brazos cruzados, el cuchicheo, la inquietud... Una autoridad férrea, despótica, á quien la conciencia del deber daba algo de la crueldad sublime que enalteció á Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno, recorría los bancos, desde que se notaban los primeros síntomas de la rebelión del fastidio. Á la manera que el cómitre de una galera iba sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices condenados al remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con su vara ó su mano al arrastrar de suelas, á las pandiculaciones, al cuchicheo, al mirar, al reir. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía la mano del maestro levantar muy alto una cabeza suspendida de una oreja, ó empujar otra sobre la carpeta con tal fuerza, que á poco más se incrusta la nariz en la tabla!... Su máxima era: Siembra coscorrones y recogerás sabios.

II

Don Pedro Polo y Cortés era de Medellín: por lo tanto, tenía con el conquistador de Méjico la doble conexión del apellido y de la cuna. ¿Había parentesco? Dice Clío que no sabe jota de esto. Doña Claudia, madre de nuestro extremeño, sostenía que sí; mas para probarlo se vale del sentimiento antes que de las razones. El padre, hombre que gozó la más pura y noble fama de honradez, murió desastrosamente en la cárcel veinte años antes de estos sucesos que ahora referimos. Perseguido con saña por graves delitos ajenos, de que su buena fe le hizo en apariencia responsable, fué mártir del honor; fué, como suele decirse, un carácter elevado y glorioso, de esos que, si no abundan, no faltan tampoco en cada edad, para que conste, conforme al plan del mundo, que éste no es patrimonio de los malos. Murió como un santo, y muchos están con menos motivo en los altares.

La familia no había vivido nunca con holgura, y muerto el jefe de ella, quedó en triste miseria. Á Pedro Polo le correspondía llevarla sobre sí, cosa en extremo difícil, pues se encontraba con veinticuatro años á la espalda, sin haber estudiado cosa alguna, sin oficio, carrera ni habilidad que pudiera serle provechosa. Sólo sabía leer, escribir, contar y un poco de latín más macarrónico que erudito. Había pasado la niñez y lo mejor de su juventud dedicado á divertimientos corporales y al saludable ejercicio de la caza. De su complexión atlética, ¿qué beneficio podía sacar como no fuera un jornal mísero? Á las ciencias no les tenía maldita afición. La milicia le seducía, pero ya era tarde para pensar en ella. Ir á cualquier parte de las próvidas Américas en busca de fortuna, cuadraba á su natural aventurero y á su atrevido espíritu; pero mientras parecía la fortuna, que allí como en todas partes no se alcanza sin trabajo y paciencia, ¿de qué vivirían su madre y su hermana? El comercio no le desagradaba; pero no tenía más capital que su escopeta y un poco de pólvora. Cualquier profesión, por breve y fácil que fuese, requería tiempo y libros, y la necesidad de familia no admitía espera. Una sola carrera ó profesión existía que pudiera acometer y lograr en poco tiempo el joven Polo. Apretábale á seguirla un tío suyo materno en tercer grado, canónigo de la catedral de Coria; hubo lucha, sugestiones, lágrimas femeninas, dimes y diretes; el tío ofreció pensionar á la madre y hermana mientras durasen los estudios, y por fin, todos estos estímulos, y más que ninguno el agudísimo de la necesidad, vencieron la repugnancia de Polo, le fingieron una vocación que no tenía, y...

Cantó misa, y la familia tuvo un apoyo. Cinco años pasó Polo y Cortés en Medellín, viviendo con estrechez, pero viviendo. Con sus misas, sus funerales y bautizos, desempeñando la coadjutoría de la parroquia, pudo pagar deudas onerosas que abrumaban á la familia. Disentimientos y rivalidades de sacristía le obligaron á salir de su pueblo. Vivió algún tiempo en Trujillo; desempeñó más tarde un curato en Puente del Arzobispo, y luego residió seis años en Toledo, siempre con grandísima penuria, mortificado por la pena de no poder sacar á su madre y hermana de aquella triste vida, llena de incomodidades y pobreza. Tuvo esto feliz término cuando se estableció en Madrid. ¡Gracias á Dios que le sonreía la fortuna! Desde que una azafata de la Reina, extremeña, solicitó y obtuvo para Pedro Polo el capellanazgo de las monjas mercenarias calzadas de San Fernando, la vida de aquellas tres personas tomó cariz más risueño y un rumbo enteramente dichoso. ¡Las monjas eran tan buenas, tan cariñosas, tan señoras...! Ellas mismas sugirieron á su bizarro capellán la idea de poner una escuela donde recibieran instrucción cristiana y yugo social los muchachos más díscolos; y para realizar este noble pensamiento, le ofrecieron el local que tenían en el callejón de San Marcos, en la casa del marquesado de Aquila-Fuente, tronco de aquella piadosa fundación.

Era el edificio tan viejo, que sólo por respeto á su origen glorioso se conservaba en pie. La planta principal servía para habitación de don Pedro y su familia, y la baja, con espaciosas cuadras, para albergar la escuela y toda la chiquillería consiguiente. Hermoso plan, tan pronto pensado como hecho. Así como el tío canónigo (á quien don Pedro en sus ratos de jovialidad solía llamar el bobo de Coria) había dicho hágote sacerdote, las monjas habían dicho á su vez hágote maestro. Para su sotana pensaba Polo así: «¿Clérigo dijiste? pues á ello. ¿Profesor dijiste? pues conforme.» Dichosa edad ésta en que el hombre recibe su destino hecho y ajustado como tomaría un vestido de manos del sastre, y en que lo más fácil y provechoso para él es bailar al son que le tocan. Música, música y viva la Providencia.

El éxito de la escuela fué grande. Centenares de hijos del hombre acudieron de todas las partes del barrio, atraídos por la fama de docto, juicioso y paternal que había adquirido Polo sin saber cómo. El caudal de la familia engrosaba lentamente, y viérais por fin cómo se dulcificaba la hasta entonces amarga vida de aquella buena gente; cómo podía gozar doña Claudia de comodidades que hasta entonces no conociera, y Marcelina Polo decorar su persona con severa compostura. No faltaban ya en la casa los alimentos sanos y abundantes, ni el abrigo en invierno, ni los honrados esparcimientos en verano. Aunque la mayor de las satisfacciones de don Pedro Polo era el bienestar de su madre y hermana, á quienes amaba tiernamente, no le disgustaba tomar para sí una parte de los dones de la fortuna, y al año de establecida la escuela se le podía ver y admirar, vestido de seglar ó de cura, según los casos, con la pulcritud y el lujo de los sacerdotes más distinguidos.

Aquel nobilísimo oficio le daba mucho que hacer en sus comienzos, porque tenía que aprender por las noches lo que había de enseñar al día siguiente; trabajo ingrato y penoso que fatigaba su memoria sin recrear su entendimiento. Todo lo enseñaba Polo según el método que él empleara en aprenderlo; mejor dicho, Polo no enseñaba nada: lo que hacía era introducir en la mollera de sus alumnos, por una operación que podríamos llamar inyecto-cerebral, cantidad de fórmulas, definiciones, reglas, generalidades y recetas científicas, que luego se quedaban dentro indigeridas y fosilizadas, embarazando la inteligencia sin darla un átomo de substancia ni dejar fluir las ideas propias, bien así como las piedras que obstruyen el conducto de una fuente. De aquí viene que generaciones enteras padezcan enfermedad dolorosísima, que no es otra cosa que el mal de piedra del cerebro.

III

También dice la chismosa Clío que el temperamento de don Pedro Polo era sanguíneo, tirando á bilioso, de donde los conocedores del cuerpo humano podrían sacar razones bastantes para suponerle hostigado de grandes ansias, ambicioso y emprendedor, como lo fueron César, Napoleón y Cromwell. Sobre esto de los temperamentos hay mucho que hablar, por lo cual mejor será no decir nada. Quédese para otros el fundar en el predominio de la acción del hígado el genio violentísimo de nuestro capellán, y en el desarrollo del sistema vascular, así como en la superioridad de las funciones de nutrición sobre las de relación, la intensidad de sus anhelos, su fuerza de voluntad incontrastable. Cierto es que si se dedicara, como su paisano, á conquistar imperios, los habría ganado con rapidez. Habiéndose metido, por la fatalidad de los tiempos y de las circunstancias, á instruir muchachos, los instruía por los modos y estilo que el otro empleó en domar naciones. Y no comprendía Polo la enseñanza de otra manera. Se le representaba el entendimiento de un niño como castillo que debía ser embestido y tomado á viva fuerza, y á veces por sorpresa. La máxima antigua de la letra con sangre entra, tenía dentro del magín de Polo la fijeza de uno de esos preceptos intuitivos y primordiales del genio militar, que en otro orden de cosas han producido hechos tan sublimes. Así, cuando, movido de su convicción profundísima, descargaba los nudillos sobre el cráneo de un alumno rebelde, esta cruel enseñanza iba acompañada de la idea de abrir un agujero por donde á la fuerza había de entrar el tarugo intelectual que allí dentro faltaba. Los pellizcos de sus acerados dedos eran como puncturas por las cuales se hacían, al través de la piel, inyecciones de la sabiduría alcaloide de los libros de texto.

Gran auxilio á don Pedro prestaba el pasante don José Ido, mayormente en el arte de escribir. Polo escribía mal, y su ortografía era muy descuidada. Ido le ayudaba también en las lecciones, y hacía leer á los pequeñuelos, mas con tan delgada voz y entonación tan embarazosa, que para articular una sílaba parecía pedir prestado el aliento al que estaba más próximo. Los chicos, desde el mayor al más pequeño, respetaban y temían tanto á don Pedro, que ni aun fuera de la clase se atrevían á hacer burla de él; pero al pobre Ido le trataban con familiaridad casi irreverente. Las paredes del callejón de San Marcos estaban de punta á punta ilustradas con el retrato del señor de Ido, en diferentes actitudes, y eran de ver lo parecido del semblante y la gracia de la expresión en aquellos toscos diseños. No faltaban explicaciones y leyendas que decían: Ido diendo á los toros; y por otro lado: Ido del Sagrario calléndosele los calzones. Porque este pobre calígrafo tenía las carnes tan flácidas, que toda su ropa parecía escurrirse, y que cada pieza, desde la corbata á los pantalones, estaba más baja del sitio que le correspondía. Otra cosa que daba motivo así á las cuchufletas como á las ilustraciones, era el cartílago laríngeo, ó la nuez del pasante, la cual era grandísima. Entre las pinturas murales, que representaban casi siempre escenas de toros, había una cuyo letrero decía: El toro, perdone ustez,—me le enganchó de la nuez...

Á este hombre, probo, trabajador, honrado como los ángeles, inocente como los serafines, esclavo, mártir, héroe, santo, apóstol, pescador de hombres, padre de las generaciones, le trataba don Pedro delante de los chicos con frialdad y sequedad; mas cuando estaban solos le abrumaba á cortesanías y piropos, como éste: «Es usted más tonto que el cerato simple,» dicho con desenfado y sin mala voluntad. Ó bien le saludaba así: «Cierre usted esa boca, hombre, que se le va por ella el alma.» Y era verdad que parecía que el alma estaba acechando una ocasión para echársele fuera y correr en busca de mejor acomodo.

Los capones y pellizcos, los palmetazos y nalgadas, las ampliaciones de orejas, aplastamiento de carrillos, vapuleo de huesos y maceración de carnes, no completaban el código penitenciario de Polo. Además de la pena infamante de las orejas de burro, había la de dejar sin comer, aplicada con tanta frecuencia, que si las familias no sacaban de ella grandes ahorros, era porque no querían. Todos los días, al sonar las doce, se quedaban en la clase, con el libro delante y las piernas colgando, tres ó cuatro individuos que se habían equivocado en una suma ó confundido á Jeroboan con Abimelech, ó levantado algún falso testimonio á los pronombres relativos. Los autores de estos crímenes no debían alcanzar de nuestro Eterno Padre el pan de cada día, que todos piden, pero que se da sólo á quien lo merece. Bostezos que parecían suspiros, suspiros como puños llenaban la grande y trágica sala. Isaías no habría desdeñado llorar tan dolorosas penas, y hubiera sacado de su boca algún sublime acento con que pintar aquellos desperezos tan fuertes, que no parecía sino que cada brazo iba á caer por su lado. Á menudo las páginas sucias, dobladas, rotas, de los aborrecidos libros se veían visitadas por un lagrimón que resbalaba de línea en línea. Pero esta forma del luto infantil no era la más común. La inquietud, la rebeldía, el mareo, la invención de peregrinas diabluras eran lo frecuente y lo más propio de estómagos vacíos. Quién gastaba su poca saliva en mascar y amasar papel para tirarlo al techo; quién dibujaba más monos que vieron selvas africanas; quién se pintaba las manos de tinta á estilo de salvajes...

Cuando la clase concluía, allá sobre las cinco de la tarde, después de diez horas mortales de banco duro, de carpeta negra, de letras horribles, de encerado fúnebre, el enjambre salía con ardiente fiebre de actividad. Era como un furor de batallas, cual voladura de todas las malicias, inspiración rápida y calorosa de hacer en un momento lo que no se había podido hacer en tantas horas. Una tarde de Enero, un chico que había estado preso, sin comer y sin moverse en todo el día, salió disparado, ebrio, con alegría rabiosa. Sus carcajadas eran como un restallido de cohetes; sus saltos, de gato perseguido; sus contorsiones, de epiléptico; la distensión de sus músculos, como el blandir de aceros toledanos; su carrera, como la de la saeta despedida del arco. Por la calle de San Bartolomé pasaba una mujer cargada con enorme cántaro de leche. El chico, ciego, la embistió con aquel movimiento de testuz que usan cuando juegan al toro. El piso estaba helado. La mujer cayó de golpe, dando con la sien en el mismo filo del encintado de la calle, y quedó muerta en el acto.

IV

Es forzoso repetir que la crueldad de don Pedro era convicción, y su barbarie fruto áspero, pero madurísimo, de la conciencia. No era un maestro severo, sino un honrado vándalo. Entraba á saco los entendimientos, y arrasaba cuanto se le ponía delante. Era el evangelista de la aridez, que iba arrancando toda flor que encontrase, y asolando las amenidades que embelesan el campo de la infancia, para plantar luego las estacas de un saber disecado y sin jugo. Pisoteaba rosas y plantaba cañas. Su aliento de exterminio ponía la desolación allí donde estaban las gracias; destruía la vida propia de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos de trapos pedantescos. Segaba impío la espontaneidad, arrancaba cuanto retoño brotara de la savia natural y del sabio esfuerzo de la Naturaleza, y luego aquí y allí ponía flores de papel inodoras, pintorreadas, muertas. Por uno de esos errores que no se comprenden en hombre tan bueno, estaba muy satisfecho de su trabajo, y veía con gozo que sus discípulos se lucían en los Institutos, sacando á espuertas las notas de sobresaliente. Don Pedro decía: ellos llevan el cuerpo bien punteado de cardenales, pero bien sabidos van.

Á los tres años de esta ordenada vida capellanesca, escolástica y cardenalicia, la familia se encontraba en un pie de comodidades que nunca había conocido. Doña Claudia Cortés se trataba con azafatas, alabarderas, tal cual camarista y otras personas bien puestas en Palacio. Marcelina Polo, que llevaba el peso de la casa, había logrado decorar ésta con cierta elegancia relativa. En el reducido círculo de las relaciones de la familia pasaba ya por dogma que en ningún cacareado colegio de Madrid recibían los muchachos educación tan sólida, cristiana y de machaca-martillo como en el del padre Polo. Llegó día en que eran necesarias las recomendaciones para admitir una nueva víctima en el presidio escolar. Desgraciadamente para la familia, los ingresos, aunque regularcitos, no correspondían á la fama del llamado colegio, por tener don Pedro una cualidad excelsa en el terreno moral, pero muy desastrosa en el económico: era una extremada y nunca vista delicadeza en cuestiones de dinero. Aquella voluntad de hierro, aquel carácter duro se trocaban en timidez siempre que era preciso reclamar de algún chico ó de sus padres el pago de los honorarios. Así es que muchos no le pagaban maldita cosa, y él antes se cortara una mano que despedirles. Este sublime desinterés lo tuvo también el padre de don Pedro, de donde le vino, al decir de sus contemporáneos, que muriera en afrentosa cárcel. La economía política debe llamar á esta virtud voto de pobreza, es evidente que estorba para todo negocio que no sea el importantísimo de la salvación.

Pero bueno es decir que los fallidos ocasionados en la caja por los efectos de esta santidad los compensaba Polo y Cortés con otros ingresos que le sobrevinieron cuando menos pensaba. Alentado por varios amigos, se metió á predicador. Hizo una tentativa: le salió regular; animóse; fué entrando en calor, y al año se lo disputaban las cofradías. El no era por sí elocuente; pero le favorecían su voz grave, llena, hermosa, á veces dulce, á veces patética, y su facilidad de dicción. En tres ó cuatro leídas se apropiaba un sermón de cualquiera de las colecciones que existen. De su propia cosecha ponía muy poco. Había tenido también el talento de asimilarse el énfasis declamatorio y la mímica del púlpito, que tan grande parte tienen en el éxito. Cada perorata le valía una onza, y á su madre le daba con cada sermón diez años de vida, porque, según ella, los ángeles mismos no dirían cosas tan sublimes y cristianas como las que su hijo echaba por aquel pico de oro. No se desvanecía don Pedro con estas lisonjas, flores preciosas del amor materno, y á solas con su conciencia literaria, cuando bajaba del púlpito, iba diciendo: «Dios me perdone las tontadas que he dicho.»

Muchas amistades cultivaba don Pedro en Madrid. Eran principales amigos un empleado de Hacienda que conoció en Toledo, y un fotógrafo, excelente persona, extremeño, y también Cortés de nombre y genio. Las señoras de ambos visitaban á doña Claudia, y tomaban participación en sus jugadas de lotería. Porque es bueno saber que á la madre de don Pedro le había entrado pasión tan ardiente por la Lotería Nacional, que en todas las extracciones probaba fortuna, y se pasaba la vida discurriendo y combinando números. Éste era bonito, aquél feo, tal otro había sido afortunado, cuál refractario á la suerte; pero la suya era con todos tan mala, como incorregible su manía de probarla dos ó tres veces al mes. El empleado de Hacienda paseaba con don Pedro algunas tardes, y las de día de fiesta infaliblemente. Se ponían los dos muy guapos, de guante y gabán, y medían todo el Retiro, hablando de la cosa pública, del reconocimiento del reino de Italia y de la guerra de Santo Domingo. El fotógrafo no había encontrado manera mejor de corresponder á la amistad de los Polos que retratándolos á todos con profusa variedad. Por esto se veían las paredes de la salita salpicadas de diferentes imágenes en cuantas formas se pueden idear: don Pedro, de hábitos, sentado; don Pedro, de paisano, con un libro en la mano; Marcelina, de mantilla, ante un fondo de ruinas y lago con barquilla; don Pedro y su madre, sobre telón de selva con cascada, ella sentada y estupefacta, él en pie mirándola, y otros muchos...

Dos parentescos tenían los Polos en Madrid, ambos con venerables conserjes de establecimientos científicos. El de la escuela de Farmacia, padre de las dos guapas chicas que vimos aquel día en donde queda dicho, se declaraba primo de don Pedro en tercer grado. Su apellido era Sánchez y Emperador; pero á las niñas se las llamaba comúnmente las de ó las del Emperador. Doña Saturna, esposa de aquel don Florencio Morales que se emborrachaba con agua, era sobrina de doña Claudia. Á estos parientes consideraban más que á nadie los Polos, no sólo por sus cualidades y virtudes, sino porque doña Saturna poseía entre éstas una de grandísimo valor para don Pedro. Era la tal señora la más eminente cocinera que se ha visto, doctora por lo que sabía, genio por lo que inventaba, y artista por su exquisito gusto. Cuentan que en su juventud había vivido con monjas y servido después en casas de gran rumbo. Todo lo dominaba: la cocina rancia española y la extranjera, la confitería caliente y fría. De aquí que don Pedro la trajera en palmitas, porque el buen señor, al pasar de su primitiva vida miserable á la regalona en que entonces estaba, se pasó también gradualmente, y sin darse cuenta de ello, de la sobriedad del cazador á la glotonería del cortesano. Le acometían punzantes apetitos, y mientras más rarezas coquinarias probaba, más se relamía con todas y más deseaba las nuevas y aún no conocidas. Su gusto se refinó grandemente, y sin aborrecer los platos nacionales, adoraba algunos de los extranjeros connaturalizados en España. Su madre alentaba esto mimándole y engolosinándole sin tasa, discurriendo las cosas más aperitivas y confabulándose con doña Saturna para proporcionarle un día y otro esta novedad, aquella sorpresa.

Siempre que los Polos invitaban á algún amigo á comer, doña Saturna se personaba en la casa muy tempranito, y cuando Morales celebraba sus días ó los de su esposa, el primer convidado era Polo. Las de Emperador iban á una y otra parte, y en ambas eran muy agasajadas por sus méritos, por su índole modesta, por ser huérfanas de madre, y por su mansedumbre graciosa y un tanto sentimental.

Marcelina Polo las quería entrañablemente, y hacía para ellas laborcillas de gancho, corbatas y mil enredos y regalitos. Ya que hemos nombrado á la hermana del capellán, conviene decir que esta señora, de más edad que don Pedro, era lo que en toda la amplitud de la palabra se llama una mujer fea. Su cara se salía ya de los términos de la estética, y era verdaderamente una cara ilícita, esto es, que quedaba debajo del fuero del poder judicial. Debía, por consiguiente, recaer sobre ella la prohibición de mostrarse en público. Así lo conocía la dueña de aquel monumento azteca, y ni tenía en su habitación espejos que se lo reprodujeran, ni salía más que para ir á la iglesia, ó á visitar amigas de confianza. Era una persona insignificante, pero que tratada de cerca inspiraba algunas simpatías. Ocupábase de cuidar la casa, de hacer obras de mano, generalmente de poco mérito, y de rezar, escribir cartitas á las monjas ó enredar un poco en la sacristía de la iglesia. Resumiendo todo lo que nos dice Clío respecto á estas tres personas, resulta que se avenían y ajustaban maravillosamente, viviendo bajo un mismo techo y amándose con ardor, tres diferentes pasiones: Gula, Religión, Lotería.

V

—¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y curtir, hasta que seas otro y no te parezcas á lo que fuiste!... Haz cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre? Pues ahora te las verás conmigo.

Esto decía Polo á su nuevo alumno, recogido por caridad un domingo por la tarde, en momentos de satisfacción digesta. Se vieron, se hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado, y el criado sería discípulo de su amo. Perfectamente... Á la familia le hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese casa y escuela, que á veces no podían con más polvo, y prestara además otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces para poder repartir á domicilio los papelitos en que hacía constar las participaciones que ésta ó la otra persona tenían en sus jugadas. Marcelina recibió á Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces había dejado de mandar á las monjas un recado importante por no tener quien lo llevara! Agradó á todos el muchacho, y como llevaba la buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un paje, un caballerito... Señaláronle para su vivienda un cuarto, ó más bien una garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales, aunque llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores que cuantos palacios puede soñar la fantasía.

Hasta aquí muy bien. Grande, inesperada fortuna del héroe, que decía gozoso: «¡Ahora no hay quien me tosa! ¡Si la Nela me viera en medio de tantos santos, blandones, murumentos y animales!...» Y era verdad que en compañía de todo esto se hallaba, porque los sotabancos del caserón de Aquila-Fuente servían á las monjas para depósito de objetos inútiles, ó de otros que no tenían hueco en la sacristía, y allí había cantidad de imágenes, las unas rotas, las otras desnudas; aparejos de funeral, y diversas piezas del monumento de Semana Santa en cartón y madera. Los animales eran los que acompañan y simbolizan á tres de los Evangelistas, piezas enormes y algo pavorosas, cuya vista daría miedo á quien no tuviera corazón tan esforzado como el de Felipe.

Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del neófito no causaba sorpresa al maestro ni á don José Ido, por estar el chico en estado completamente cerril ó primitivo. Ni en el servicio doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia de todas las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el destino de los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el molinillo de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de no traer lo que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de romper alguna cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus desaliños, le aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos plácemes cuando era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él y ponía las manos á la altura de sus anteojos siempre que la criada, muerta de risa, venía contando alguna fechoría ó gansada del pobre Felipe. Porque Maritornes, preciso es decirlo para que cada cual tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra á muerte desde el principio, y muchas cosas que él hubiera hecho bien las hacía mal porque ella le confundía con sus gritos y le atropellaba con sus lenguarajos. No habían pasado tres semanas, cuando doña Claudia decía á todo el que la quisiera oir:

—¡Qué cosas tiene mi hijo!... Habernos traído aquí este muñeco... Lo que digo, es un número sin premio.

Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que jamás contestaba á las reprimendas, ni se daba por aludido de los pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel estoico, pequeño de cuerpo. Si no llegaba á decir, como el otro, que el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido, y á solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, ó se ponía de hoja de perejil, encareciendo su torpeza y brutalidad... ¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso en sus obligaciones, y todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía poner en cada faena sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en sus manos una tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no fuera cargar espuertas de tierra. Mal ó bien, ya se iba haciendo á manejar platos y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre sus tiesos y duros dedos; cuando le sentaban delante de un papel rayado y le mandaban trazar... ¡Dios de los pequeños, Dios de los débiles! ¡qué sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano se le ponía rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de sangre, estaba llena de cosquillas. Para someterla á la voluntad, el angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios, distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los pies... Ni por esas: sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo, y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo curvo, erizado de púas como un cardo... Y cuando, al fin, parecía que iba saliendo un poquito más derecho... ¡cataplum! un coscorrón del pasante que le hacía soltar el papel para llevarse la mano á la parte dolorida, y rascársela cuanto permitieran las iracundas miradas de don Pedro... Nueva tentativa, nuevo fracaso acompañado de esta lluvia de flores:

—Burro, eso no es escribir: eso es dar coces...

En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron á desflorar los elementos de las artes y las ciencias... ¡Dios misericordioso, amparo de la ignorancia!... Nada, nada: Polo y don José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que compendian la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al intentar decir que el participio es una parte de la oración que participa de la índole del verbo y del adjetivo. En otras definiciones se trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras. ¡Flojita cosa era para él saber lo que es Gramática! ¡Re-córcholis, si no sabía lo que es arte... si no sabía lo que quiere decir correctamente!... Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba el pobre Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca eran cosas harto semejantes.

Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece interés á la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían á mal traer, porque confundía una con otra, ó le colgaba un parentesco al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra! y lo mismo daba Juan que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico achacando á Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Júpiter; y al ver que todos se reían, dijo con mucho desenfado:

—Lo mismo da: tan pillo era el uno como el otro.

La algazara que produjo esta observación fué tan grande, que don Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio, aunque él mismo no contenía la risa.

Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba á lucir. Como que ya sabía él algo, y aun algos, de cosa tan buena, santa y admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber. Pero á las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos! empezó mi sabio á desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las respuestas que comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal: mi hombre las espetaba de corrido; pero ¡ay! cuando venía una de aquellas cosas hondas, largas, enrevesadas y obscuras que guardaba el librito en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido... Allá iban proposiciones que harían estremecer de espanto á los Santos Padres. ¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha visto ni verá más atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia es un sér divino que nos hace esclavos del demonio!... ¡Ciérrate, boca nefanda!

Un día, que fué de los más infelices que tuvo Centeno en la casa de don Pedro, á los tres meses de haber entrado en ella; un día en que todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los más horribles despropósitos que pueden oirse, don Pedro tuvo una idea entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por obra como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos. Porque cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con aquella cara de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas, eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias de puñal, como los epigramas de Shakespeare. Cogió á Felipe, me le puso de rodillas sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el bochornoso y orejudo casco de papel que servía para la coronación de los desaplicados. Luego, en el airoso pico de esta mitra, colgó un papel que decía con letras gordas, trazadas gallardamente por don José Ido: El Doctor Centeno.

¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel día tuvo don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba chispas, y de su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus chistes resultaba el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con la palmeta en la mano, decía:

—Este señor vino á Madrid para ser médico. Como es tan aprovechado, tan sabio, tan eminente, pronto le veremos con la borla en la cabeza... Ánimo, hombre, no llores... No hay carrera sin trabajos... Ya estás á medio camino. Si sabes más que ese tintero... Serás médico: tómale el pulso á la pata de la mesa.

¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maestro más gracioso...

VI

Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró á doña Claudia, en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo fomentada por el carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo. Luego la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus enredosos chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de tener la culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si algo traía, traíalo tarde; si se le confiaba cualquier faena de la cocina, echábala á perder; si redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas, salían mal; si al ir á comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que había traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba, era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías; si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán. En resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en llamarle de este modo, y también el Doctorcillo) tener la sabiduría de aquel señor tan despejado de que habla la Historia Sagrada, Salomón, para poder complacer á la doméstica y á la señora. Los regaños de ésta, importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que le entraban deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales esfuerzos no tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando iba á recados, se detenía en las calles mirando los escaparates ó añadiéndose al corro que por cualquier motivo se formara, ó entablando sabroso palique con éste ó el otro amigo.

En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se le tomaba lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le hacían, y el gran don José Ido, al llegar á él, decía:

—Mira, Doctor, más vale que te vayas á subir agua, que estas cosas no son para tí.

Y él veía el cielo abierto, porque más le gustaba y más le instruía sacar agua del pozo y cargar una cuba que repetir aquello de que el artículo sirve para entresacar el nombre de la masa común de su especie.

De las enseñanzas de la escuela, lo único que le agradaba era la Geografía. Cierto día, teniendo delante un mapa muy bonito, donde se veían los países pintados con rayas y masas de colores, y el mar azul y las islas de extraña forma, sintió una tentación que sin duda debía de ser mala. ¡Diablos de chicos, no hay cosa que no inventen!... Pues se le ocurrió nada menos que dejar á un lado los palotes, como se arroja fatigosa carga, y ponerse con toda su alma á retratar el mapa, imitando los contornos y perfiles que allí parecían el propio rostro de las naciones. ¡Qué lástima no tener caja de pinturas, ó al menos lápices de colores! Así, así debían ser enseñadas todas las cosas. ¿Por qué no se han de pintar la Gramática y la Doctrina?... Manos á la obra y venga papel. Sacó del bolsillo un pedazo de lápiz, y aquí te quiero ver, talento. Raya por allí, raya por allá; aquí un pico, más allá un hueco, todito iba saliendo á maravilla: la Inglaterra, que es una isluca con muchas púas; Suecia, que parece una gran pieza de bacalao; Franciota con luengas narices; Portugalito con la boca risueña, que es la del Tajo; Italia como una bota; Grecia cual manojo de pueblecitos, y Rusia grandísima, informe, esteparia, soñolienta, sin fisonomía... Muy bien. La cosa prometía. El retrato estaba hablando, y aunque á algunas de las naciones no las conocería ni la mala mujer que las inventó, si el artista tuviera goma con que borrar para rehacer su trabajo... ¡re-contra!... Tan engolfado estaba en sus golfos, y tan aislado dentro de sus islas, que no vió venir á don Pedro, el cual se acercó por detrás pasito á pasito... ¡Ay, Dios mío! Del primer cosque poco faltó para que los nudillos del maestro penetraran hasta la masa cerebral del geógrafo pintor, y detrás otro y otro, dados al compás de estas cariñosas frases:

—¡Animal, siempre de juego, pum!... ¡Si te voy á freir! ¿De esa manera, ¡pum!... correspondes al bien que te he hecho recogiéndote... ¡pum! de las calles? No se puede... ¡pum! sacar partido de tí. Anda, anda arriba...

El resto de tan cristiano discurso fué, más que pronunciado, escrito con las manos del maestro sobre las mejillas rojas del criminal y sobre otras partes de su cuerpo. Cada lagrimón que le caía abultaba más que un garbanzo. La suerte es que se los iba bebiendo á medida que llegaban á la boca; que si los dejara rodar, seguramente le mojarían la ropa. Al subir, se tentaba el cráneo para indagar cuántos y de qué calibre eran los agujeros que en él, á su parecer, tenía.

Por tres motivos estaba de malísimo talante aquel día doña Claudia. Primeramente le dolía la cabeza, como atestiguaba la venda que se la oprimía, sujetando dos ruedas de patata sobre las sienes. Añadid á esto el disgusto que le ocasionaba la lista grande, que acababa de leer, en cuyo documento, por uno de esos descuidos tan propios de nuestra mala administración, no aparecía premiado ningún número de los que la señora tenía. Seguramente la lista estaba equivocada. Por último, doña Claudia había descubierto en la criada cosas de que no se podía echar la culpa á Felipe. Así, cuando éste se presentó y le dijo llorando: «El señor me ha mandado que suba,» doña Claudia se puso en pie, dió al aire las dos aspas de sus brazos, y con voz desabrida le contestó: «Dí á mi hijo que aquí no hacen falta monigotes.» Felipe tornó al piso bajo; mas no tuvo ánimo para entrar en la clase, y sentóse junto á la puerta de ella, esperando á que don Pedro saliera y le dijese algo.

Allí estuvo largo rato, oyendo el rumor hondo del aula, tan semejante al del mar, y como éste, músico y peregrino. Lo componen un vagido constante de cláusulas que vienen y van, salpicar de letras, restallido de palmetazos y aquel fondo mugidor de la murmuración infantil, que es como el constante silbar de la brisa. Este fenómeno, sobre que entristecía el alma del buen Doctor, le convidaba á mecerse en meditaciones... ¡Qué desfallecimiento el suyo! No podía ya dudar que era el más bruto, el más torpe y necio de la escuela.

Él lo comprendía bien, por virtud de su propio entendimiento, en que cada esfuerzo era un fracaso, y además cierto debía de ser, porque lo aseguraban personas como Polo y don José Ido, que eran dos templos de sabiduría. Verdaderamente, el Doctor Centeno no estaba en su lugar sino en Socartes, rodeado de sus iguales, las piedras, y de sus dignos prójimos, las mulas. ¿Por qué algunos chicos decían tan bien sus lecciones, y él no daba pie con bola?... ¡Qué cosa más triste! ¡Toda la vida sería un animal!... Sí: tan médico sería él como puede serlo una calabaza. ¡Qué desengaño! Y no era por falta de voluntad, que si la voluntad hiciera sabios, él se reiría del mismo Salomón. Era porque le faltaba algo en aquella condenada y cien veces maldita cabeza... Pero no, no lo podía remediar, ni estaba en su mano corregir su natural barbarie. Había hecho fatigosos y titánicos esfuerzos por retener las sabias respuestas de los libros, y las palabras se le salían de la memoria como se saldrían las moscas si se las quisiera encerrar en una jaula de pájaros... El Doctor Centeno para nada servía, absolutamente para nada. ¡Malditos libros, y cómo los odiaba! Y era tan bobo Felipe, que se le había ocurrido aprender muchas cosas preguntándolas al pasante. Porque en los cansados libros no se mentaba nada de lo que á él le ponía tan pensativo, nada de tanto y tanto problema constantemente ofrecido á su curiosidad ansiosa. ¡Oh! si el doctísimo don José le respondiese á sus preguntas, ¡cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes, verbigracia: por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al suelo; por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover; qué es el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse quemar, y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío cuando uno se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua; qué parentesco tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace agua y el otro no; por qué una rueda da vueltas; qué es esto de echar agua por los ojos cuando uno llora; qué significa el morirse, etc., etc.

Pensando en estas simplezas, dieron las doce y terminó la clase de la mañana. ¡Momento feliz! Creeríase que el día, perezoso, daba un salto y se ponía de pie... Iban saliendo los escolares á escape y atropelladamente: el último quería ser el primero. Todos, al pasar por donde Centeno estaba, le decían alguna cosa. Éste le daba con el pie; el otro le incitaba á que saliera también para jugar en la calle, y unos con desvío, los más con afecto, todos tenían para él palabra, pellizco ó arrechucho. Don Pedro le vió en la puerta, y ceñudo le dijo:

—Hoy estás sin comer.

Ni asombro ni pena causó esto á Felipe, por lo acostumbrado que estaba á tales penitencias. De los seis días de labor de cada semana, tres por lo menos se los pasaba á la buena de Dios. Es forzoso repetir que Polo hacía estas justiciadas á toda conciencia, creyendo poner en práctica el más juicioso y eficaz sistema docente; no lo hacía por ruindad, ni por la sórdida idea de ahorrar la comida de su Doctor sirviente.

Los condenados al ayuno se quedaban en la clase. Se les obligaba á estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante, á quien una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos. Mientras ellos leían ó charlaban, él comía sus sopas y un guisote de salsa. Á veces, cuando les veía muy desconsolados, dábales algo. Después hacía traer un café, y repartía el azúcar que sobraba; siendo tal su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy amargo para que no faltara á los hambrientos la golosina. Alguno había tan mal agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo á otro, echábale bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de la que servía para escribir en el encerado.

Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la de sus amos en el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa en la cocina, se le mandaba bajar á clase con el estómago más vacío que las arcas del Tesoro. Era tan desgraciado, que siempre llegaba después que el seráfico don José había repartido los terroncillos. Pero algún alma tolerante y cristiana se acordaba de él, hay que decirlo claro; sí: Marcelina le guardaba siempre alguna cosita, para dársela al anochecer, á escondidas de su hermano y de doña Claudia, que decía:

—¿Sabes lo que haces con esos mimos? Pues consentirle y echarle á perder más.

Y á pesar de tantos y tan variados rigores, Felipe tenía cariño á don Pedro; le quería, le respetaba y se desvivía por agradarle. Las reprimendas que su amo le echaba heríanle en lo más vivo de su alma, y ésta se le inundaba de contento cuando sorprendía en el semblante de él señales ó vislumbres, por débiles que fueran, de aprobación. Le miraba como á un sér eminente y escogido, instrumento de la Providencia, grande y terrorífico como aquel Moisés que hacía tan vistoso papel en las Escrituras. Algunos domingos, el terrible don Pedro tenía un arranque de generosidad, digno de su alma varonil. Aquella rigidez se doblaba; aquella dureza se fundía; aquel bronce se hacía carne. Llamaba á Felipe, y echando mano al bolsillo, le daba un par de cuartos, diciéndole:

—Toma, hombre: vete por ahí de paseo y compra alguna golosina.

VII

Frente á la casa de don Pedro, por el callejón de San Marcos, se veía, en muestra negra con letras blancas, el título de un periódico. En el piso bajo estaba la redacción, y en el sótano la imprenta y máquinas del mismo. Felipe, siempre que salía, se paraba delante de las ventanas mirando por los cristales á los señores que escribían el diario, reunidos alrededor de una mesa con tapete verde, en la cual había papeles cortados, manojos de cuartillas, grandes tijeras y obleas rojas. Los tales eran, según Felipe, los hombres más sabios de la tierra, porque inventaban todas aquellas cosas saladísimas que salían en el papel al día siguiente. Les miraba él desde fuera con supersticioso respeto, y se admiraba de que, siendo todos tan sabios, no tuvieran mejor pelaje. Disputaban, reían, y mientras el uno escribía, otro daba grandes tijeretazos sin piedad en distintos papeles más largos que sábanas. De todos aquellos simpáticos señores, el que más atraía la atención de Felipe era uno que siempre se sentaba frente á la ventana, y por eso se le veía mejor desde la calle. No era joven; tenía la cara redonda, la nariz muy chica y picuda, la expresión avinagrada, el mirar soberano, y grande, espaciosa y reluciente calva, por la cual se pasaba suavemente la mano para acariciar sus ideas. Vaya, que si toda aquella cabeza estaba llena de talento, aquél debía ser el hombre del siglo. ¡Con qué gravedad tomaba, ora las tijeras, ora la pluma, y con qué aire se acomodaba á cada momento los anteojos sobre la nariz!... Observando estas cosas, Felipe se detenía en la calle más de lo regular; los recados tardaban eternidades, y luego doña Claudia ó Marcelina ponían el grito en el cielo y llovían bofetadas. Mayores fueron aún las distracciones de Centeno cuando se hizo amigo de otro chico de la misma edad, poco más ó menos, que era hijo del mozo de la redacción y servía en ésta y en la imprenta para hacer recados y llevar pruebas. No salía nunca el Doctor á un mandado sin asomar las narices á la puerta de la redacción para ver si estaba su amigo. Éste también le buscaba, y como se encontraran, ambos se pasaban las horas jugando, olvidados de su deber. Desde que se vieron simpatizaron, y desde que se hablaron su afecto apareció tan vivo como si fuera antiguo. El primer cambio de palabras fué para enterarse de los nombres.

—¿Cómo te llamas tú?

—¿Yo? Felipe Centeno. ¿Y tú?

—Yo me llamo Juanito del Socorro.

En figura y en genio no tenían semejanza, pues Socorro representaba menos edad de la verdadera; era delgado, flexible y escurridizo como una lagartija. Parecía tener alas en los pies, porque no andaba sino á saltos, y hablaba haciendo mil contorsiones y monerías. Era más embustero que el inventor de las mentiras, que, según parece, fué la serpiente del Paraíso, y además vanidoso y lleno de las más graciosas y ridículas presunciones. Se comía la mitad de las palabras, y dándose aires de protector, llamaba á su amigo hijito, con un retintín que habría hecho reir á la rueda de una noria. Por Socorro supo Felipe que el señor de la calva y de los espejuelos sobre la nariz chica, era el que escribía los artículos y sueltos de Hacienda.

—¡De Hacienda!—exclamó Centeno, abriendo la boca todo lo que se puede abrir.

—Hijí... tú no sabes: es un señor que siempre está muy enfadado, y cuando escribe, dice que la Deuda... ¡bum! la Hacienda, ¡bum! el Porsupuesto, ¡bum!... y echa unas carretadas de números que te quedas bizco.

Felipe le oía con la boca abierta, lleno de admiración.

—¡Vaya un hombre!... ¡Cór...!

—Pues mira, hijí... cuando no está en la casa, los otros relatores se ríen de él, y dicen que es más tonto que el cepillo de las ánimas. Voy á comprarle cigarros... Que se espere.

En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban el uno al otro en sus recados. Á menudo Juanito hacía ponderaciones de su estado y familia, diciendo:

—Hijí... cuando menos lo pienses, te he de colocar... porque mira, mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque van á subir los de acá, y lo menos le hacen comendante... Yo como todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga que es duquesa y le manda regalos... Un día de éstos verás el caballo que me va á comprar papá. Lo van á traer de las haciendas, ¿estás?

Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo que oía en la redacción, decía á su amigo con misterioso acento:

—Hijí... hijí... ¿no sabes? Esto se va... Vamos al decir, que viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada. Se arma, se arma.

Centeno, al oir esto, sentía en su espíritu el pasmo que ocasiona todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas ni comprendidas.

—Sí, hijí... cuando yo te lo digo... Esto anda mal, y los curas tienen la culpa de todo... Mi padre, que sabe mucho y es amigo de los pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar á mucho pillo. Á un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y papá dice que se la han de pagar... porque cuando venga la cosa, habrá lo que llaman melicia.

—Pues algo va á pasar—manifestó Felipe, dándose importancia,—porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto se pone feo... ¿oyes? y habló del Gobierno, de la tropa, del Porsupuesto... Él también lee por las mañanas un papel, y el otro día contaba que... pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas, dí, ¿qué quiere decir las turbas?

—¿Las turbas?... pues las turbas... Hijí... eso está claro. Las turbas somos nosotros.

Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas conferencias, sentados en la puerta de la redacción ó en otra más allá, fumando entre los dos á turno un roto cigarrillo. El maestro no se contentaba con reprender y castigar á Felipe, sino que á los dos les sacudía algunos pescozones, diciéndoles:

—Tunantes, id á vuestra obligación.

Don Pedro salía todas ó las más de las noches. Aquel hombre, consagrado á rudo trabajo, necesitaba esparcimiento y ejercicio. En los primeros años de su vida escolástica, solía tertuliar con su madre y hermana después de la cena, hasta la hora de acostarse. Pero llegaron días de mayor cansancio; las digestiones no eran tan fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y á obscuras... De repente sentíasele revolviendo en la habitación, y al fin aparecía de paisano, envuelto en su capa.

—Sí—le decía en un bostezo doña Claudia:—bueno es que hagas ejercicio.

Marcelina le miraba sin decir nada; pero sus miradas traducían tímidamente esta observación: «Ya le entró á mi hermano la calentura.»

Don Pedro decía: «voy á dar una vuelta,» y se iba. Regresaba á las once, cuando ya su madre dormía. Su hermana le esperaba siempre, y le alumbraba hasta llegar á la alcoba. Don Pedro sólo decía alguna frase referente al tiempo.

Vino después larga temporada en que parecía luchar consigo mismo para evitar la salida. Después de comer se entregaba á la lectura. Compró muchos libros, y otros se los prestaba el fotógrafo, que tenía gran copia de ellos. El leer más grato á su espíritu varonil era el de cosas heróicas y fuera de lo común, historias de bravas conquistas ó descubrimientos. También se entretenía con novelas, prefiriendo las de mucho enredo, llenas de pasos y lances estupendos. Los viajes arriesgados por islas y tierras de bárbaros le deleitaban, y todo aquello en que hubiera lucha con feroces bestias ó con los elementos; dificultades, trabajos y el siempre sublime sacrificio del hombre por la cruz y la civilización. Su temperamento se empapaba en esto y se condimentaba, dirémoslo así, como ciertos manjares se guisan en su propio jugo.

Jamás se le vió leer libro místico; y cuando tenía que preparar un sermón, cogía la Cadena de Oro de Predicadores, el Alivio de Párrocos, ó bien el socorrido Troncoso, únicos libros religiosos que guardaba, y entresacando de aquí y de allí, esto quiero, esto no quiero, una de cal y otra de arena, componía sus enfáticas oraciones; y aprendidas de memoria, las soltaba como un seráfico papagayo, del mismo modo que sus venturosos discípulos decían las definiciones. ¡Y qué pico de oro!

VIII

La mesa de don Pedro había ido ganando, día por día, en variedad y riqueza. Modestísima en los comienzos de la vida capellanesca, era últimamente casi suntuosa. Sobre los regalos que le hacían las monjas, tenía los de sus discípulos, que no eran cualquier cosa. El 29 de Junio se renovaba allí el espectáculo eructante de las Bodas de Camacho. En tal día y en otros marcados, convidaban los Polos á parientes ó amigos, no faltando nunca don Florencio ni el fotógrafo. Doña Saturna iba puntual á sus primores, y desde muy temprano, ella y doña Claudia se metían en la cocina y pasaban todo el día machacando especias, haciendo salsas y picadillos, revolviendo peroles. Generalmente, por ser casi todos los comensales extremeños, las dos señoras hacían el frite, guiso de cordero á la extremeña, que era recibido en la mesa con aclamaciones patrióticas.

Cuando iban á comer las dos chicas de Sánchez Emperador, don Pedro estaba en sus glorias, y se esmeraba en ser fino y galante con ellas, especialmente con la mayor, que era la hermosa.

Profesaba Polo la teoría, por cierto muy razonable, de que se puede ser á un tiempo buen sacerdote y atendedor de las damas, con lo cual se reverencia de dos maneras al Supremo Artífice de todas las cosas. Por esto, cuando las de Emperador eran convidadas, viérais al señor capellán y maestro salir de su cuarto muy almidonado, muy peinado y oloroso, en correcto y limpio traje de paisano. Luego, durante el curso de la comida, no cesaba de echar donaires por aquella boca, y galanas flores retóricas del mejor gusto y sin chispa de malicia. Todos lo alababan y reían, no siendo las dos chicas indiferentes á los elogios que se hacían de su mérito.

Después de uno de estos días de honesta jarana, solía estar don Pedro muy taciturno y displicente. Notaban los alumnos en él refinamientos de rigor y exigencias inquisitoriales al tomar la lección. No perdonaba ni una mota. Aun con la familia estaba el buen señor muy enojado: economizaba con avaricia las palabras; ponía defectos á la comida diaria; quejábase de inexactitudes en los servicios de su hermana; á cualquier descuido, como un botón por pegar ó un cuello mal planchado, daba importancia extrema. Se paseaba silencioso de un ángulo á otro de su cuarto, y Felipe se asustaba oyéndole dar unos suspiros tan grandes, que eran como si por el resuello quisiera descargarse de un pesadísimo tormento interior. Únicamente salía de sus labios la frase rutinaria «voy á dar una vuelta» en el momento de ponerse la capa.

Tal estado de misantropía se iba desvaneciendo, y el personaje, cual pieza forjada que se enfría y recobra su temple y dureza, volvía lentamente á su carácter normal: pacífico y tierno con la familia, afable y cariñoso con todos menos con los alumnos.

Cuando don Pedro se iba á dar la famosa vuelta, doña Claudia, que cenaba sola y más tarde que su hijo, se comía el salpicón ó la ensalada con el cortadillo de vino, y luego se daba á la endiablada tarea de combinar sus números y recorrer las listas pasadas para hacer un cálculo de probabilidades que no entenderían los matemáticos de más tino. El sueño la cogía de súbito en estos afanes, y se dormía sobre sus laureles aritméticos. Después de dar mil cabezadas íbase á la cama, arrastrándose, y poco después sus ronquidos daban fe de la tranquilidad de su conciencia.

Marcelina y Felipe se quedaban en vela esperando á don Pedro, junto á la lámpara del comedor, ella ocupada en costura ó laborcilla de crochet, él estudiando las lecciones del día siguiente. Muy á menudo el Doctor inclinaba la cabeza sobre la Gramática y se quedaba dormido, como esos Niños Jesús á quienes pintan durmiendo sobre el libro de los Evangelios. La fea de las feas tenía la bondad de respetar á veces aquel descanso, y no lo interrumpía en media hora. Cuando el chico estaba despierto, la señora le sermoneaba, echándole en cara su poco amor al estudio, sus descuidos en el servicio, y principalmente su pícara afición á vagabundear por las calles y á detenerse las horas muertas en los recados. Bien conocía Centeno la justicia de estas observaciones; pero en cuanto á su gusto de callejear, se sentía cobarde para reprimirlo, porque la amistad de Juanito del Socorro, que le contaba cosas tan interesantes de política y revoluciones, era el único bálsamo de su vida miserable.

Triste era para él la casa; triste su habitación; tristísima la escuela, el pasante y los libros; más tristes aún doña Claudia, la cocinera y la cocina. La calle y Juanito eran todo lo contrario de aquel marco sombrío y de aquellas figuras regañonas y lúgubres; lo contrario de los coscorrones, de las bofetadas, de los gritos, del estirar de orejas, de la Gramática (¡el impío y bárbaro estudio!), de la bestial Maritornes, de aquel rudo trabajo sin recompensa moral ni estímulo. Sin un poquito de calle cada día; luz de su obscuridad, lenitivo de su pena y descanso de su entumecido físico y moral, la vida le habría sido imposible.

—Lee, hombre, lee—le decía por las noches Marcelina, sin quitar los ojos de su obra, cuando á Felipe sorprendía jugando con sus propios dedos ó atendiendo á los ruidos de la calle.—Eres malo de veras. No aprenderás nunca palotada. Mi hermano dice que él ha conocido muchos brutos, pero ninguno como tú... ¿No te da vergüenza, hombre, de ver á otros niños tan aplicaditos...?

Reconociendo el Doctor que la señora hablaba como la misma sabiduría, no le hacía gran caso, y con el alma, más que con los ojos, miraba á la calle, oyendo los silbidos con que le llamara el del Socorro. ¡Inmenso dolor!... ¡No poder acudir á tan dulce reclamo! Sin duda tenía que contarle aquella noche cosas muy buenas: por ejemplo, que los regimientos se iban á echar á la calle, que la cosa estaba en un tris, y los curas con el alma en un hilo... No había más remedio que tener paciencia y entretener de cualquier modo las pesadas horas, ya mirando los movimientos que con sus dedos hacía Marcelina metiendo y sacando el gancho, ya contando los hoyos que aquella excelente señora tenía en la nariz, ó los erizados pelos de su verruga... porque pensar que él había de leer en la fementida Gramática, era pensar en lo imposible.

Un sistema de distracción encontró Centeno, á fuerza de aburrirse, y era observar los distintos ruidos que hacían las puertas mohosas de la casa cuando las abría y cerraba la cocinera, la cual andaba trasteando, hasta más de las diez, de la cocina á la despensa y de la despensa al comedor. Las puertas, como toda la casa, tenían dos siglos de fecha, y en tan largo tiempo nadie se había tomado el trabajo de acariciar con aceite sus gastados, secos y polvorientos goznes. Así es que daban unos gemidos que parecían de seres vivientes, y su lamentar producía los más extraños efectos musicales. En la soledad y hastío de su espíritu, Felipe no hallaba mejor entretenimiento que observar la diversa tesitura y acento de cada uno de aquellos ruidos. Tal puerta imitaba el mugido de un buey; tal otra el llanto de un niño; alguna sonaba como voz gangosa que pronunciara el principio del Padre nuestro; la de más allá parecía la matraca de Viernes Santo, y otra decía siempre: mira que te cojo. Amenizaba estas sonatas el lejano roncar de doña Claudia, que á ratos era silbido tenue, á ratos fabordón que decía con toda claridad: Sursum Cooor...da.

Cuando las puertas callaban, cual si se durmieran, Felipe buscaba impresiones del mismo orden en las vidrieras. Eran éstas, como las ventanas, grandísimas, desvencijadas. Se componían de vidrios pequeños, verdosos, que retasaban la luz y eran como aduaneros de ella, pues no la permitían pasar sin cogerse una parte. La madera estaba pintada de azul, al temple, según el uso antiguo; el plomo era negro, y de puro viejo apenas sujetaba los vidrios. Estos, siempre que los pesados bastidores se abrían, bailaban en sus endebles junturas, cual si quisieran saltar y echarse fuera. Cuando pasaba un coche por la mal empedrada calle, era tanto el temblor y tanta la chillería de los vidrios, que las personas tenían que dar fuertes gritos para hacerse oir.

Tal era la ocupación del Doctor: atender al paso de los coches. Desde que sentía su rodar lejano, ponía alerta el oído para observar cómo lentamente empezaba el retintín de los vidrios; cómo iba en rápido crescendo, hasta ser algarabía estruendosa. Antojábasele comparar la casa con un cuerpo humano al que se hacían cosquillas, y con las cosquillas se disparaba en convulsivas risotadas.

De todo esto era preciso tomar nota, y con su pedacito de lápiz iba marcando disimuladamente con rayas, en el margen del libro, los coches que pasaban. Pero algunas veces era vencedor de la atención el fastidio. Felipe hacía almohada de la Gramática y se cuajaba dulcemente como un ángel. Viéraisle despertar pavorido á la entrada de don Pedro, que, por tener llavín, no llamaba nunca. Á veces, una mano vigorosa le extraía, suspendido de la oreja, de aquel seno placentero de su sueño, y oía una voz de trompeta del Juicio Final, diciendo: «Á acostarse.»

Andaba dormido, tropezando, los sentidos abotagados, sin enterarse de lo que charlaban el amo y su hermana antes de recogerse. Á tientas subía por fin á sus elevados aposentos, y... Á media noche todo dormía en la casa: personas, goznes y vidrios. Sólo don Pedro, algunas veces, tenía el sueño tan difícil, que el alba y aun el claro día le encontraban como un lince; y gracias que pudiera aletargarse y dar breve descanso á sus potencias cerebrales á hora inoportuna, cuando ya el esquilón monjil le avisaba que era llegada la de la misa.

IX

En la calle de la Libertad, más allá de la esquina de la casa donde la redacción estaba, había un solar vacío, separado de la calle por una cerca de desiguales y viejas tablas. Dentro sólo se veían montones de escombros, media docena de escobas y otras tantas carretillas que dejaban allí los encargados de la limpieza urbana. Tenía la tal valla una puerta que estaba cerrada casi siempre; pero Juanito del Socorro y otros chicos de la vecindad, asistentes á la escuela de don Pedro, habían hallado medio de colarse dentro, arrancando una tabla y apartando otra; y posesionados del terreno, lo dedicaron á plaza para hacer en él sus corridas.

Habiendo sido admitido un día Felipe á esta diversión infantil, halló tanto gusto en ella, que se hubiera estado todo el santo día en la plaza, sin acordarse para nada de sus deberes escolares y domésticos, ni de don Pedro, ni del santo de su nombre. Mientras más el juego se repetía, más afición le cobraba, y los domingos por la tarde, si sus amos le permitían salir, entregábase con frenesí á las alegrías del toreo. Saltar, correr, montarse sobre otro; ser alternativamente picador, caballo, banderillero, mula, toro y diestro, era la delicia de las delicias, exigencia del cuerpo y del alma, prurito que declaraba perentorias necesidades de la naturaleza. Días enteros pasaba pensando en el ratito que podía dedicar á la función, ó representándose los entretenidos episodios y pasos de ella. Y tanto repitieron los chicos aquel juego, que llegaron á organizarlo en regla, para lo cual tenía especial tino el gran Juanito del Socorro, sujeto de mucho tacto y autoridad. Era empresario y presidente, acomodador y naranjero. Dirigía las suertes y á cada cual asignaba su papel, reservando para sí el de primer espada. Á Felipe le tocaba siempre ser toro.

Quisieron proporcionarse una de esas cabezotas de mimbres que adornan las puertas de las cesterías; pero no lograron pasar del deseo al hecho, porque no había ningún rico en la cuadrilla, ni aunque se juntaran los capitales de todos podrían llegar á la suma necesaria. Se servían de una banasta, donde Felipe metía la cabeza. ¡Con qué furor salía él del toril, bramando, repartiendo testarazos, muertes y exterminio por donde quiera que pasaba! Á éste derribaba, al otro le metía el cuerno por la barriga, al de más allá levantaba en vilo. Víctimas de su arrojo, muchos caían por el suelo, hasta que Juanito del Socorro, alias Redator, lo remataba gallarda y valerosamente, dejándole tendido con media lengua fuera de la boca.

Cada cual contribuía con sus recursos y con su inventiva á dar todo el esplendor y propiedad posibles á la hermosa fiesta. No había detalle que no tuvieran presente, ni oportunidad que no aprovecharan aquellas imaginaciones llenas de viveza y lozanía. Blas Torres, hijo de un prendero, se proporcionó una capa de seda con galoncillos de plata. Algunos llevaban capa de percal, y otros se equipaban con un pedazo de cualquier tela. Perico Sáez, hijo del carnicero, presentó á la cuadrilla una adquisición admirable y de grandísimo precio: un rabo de buey, que Felipe se ataba en semejante parte para imitar la trasera del feroz animal. Con aquello y la banasta en la cabeza, y los bramidos que daba, parecía acabadito de venir de la ganadería. Fuenmayor llevaba las banderillas de papel, y Gázquez, hijo del estanquero, llevaba una cosa muy necesaria en juego tan peligroso, á saber: tiras de papel engomado de los sellos para aplicarlo á las heridas, rozaduras y contusiones. El chico de la prestamista se había proporcionado una corneta para hacer las señales, y algunos cascabeles para las mulas; y Alonso Pasarón, el de la tienda de ultramarinos, que era artista, pintor y tenía su caja de colores para hacer láminas, llevaba los carteles con una suerte pintada en verde y rojo, grandes letras y garabatos en que no faltaba palabra, ni fecha, ni detalle de los que en tales rótulos se usan. Pero de cuanto aquellos benditos inventaron para imitar al vivo las corridas, nada tan ingenioso como lo que se le ocurrió á Nicomedes, hijo del dueño de una tienda de sedas de la calle de Hortaleza. Este condenado reunió en su casa muchas varas de cinta encarnada: con ellas hacía un revuelto lío; se lo metía en la camisa junto á la barriga, y cuando en lo mejor de la lidia desempeñaba con admirable verdad, vendado un ojo, el papel de caballo, y venía el toro y le daba el tremendo topetazo en el cuerpo, empezaba á soltar cinta y más cinta y á cojear y dar relinchos y á hacer piruetas de dolor, con tal arte, que parecía que se le salían las tripas y que se las pisaba, como suele suceder á los caballos de verdad en la sangrienta arena de la plaza. Para que nada les faltara, también se habían adjudicado unos á otros sus alias en sustitución de los nombres verdaderos. Á Nicomedes se le llamaba Lengüita, sin duda por lo mucho que hablaba. Blas Torres, ilustre hijo de una prendera, tenía por mote Trapillos. Felipe respondía por el Iscuelero, y Juanito del Socorro tenía un apodo á la vez popular y respetuoso, nombre peregrino, que declaraba en cierto modo su origen literario. Se le llamaba Redator.

En lo mejor de la pelea se presentaba un individuo de policía ó el guarda del solar, y les echaba á la calle... Porque, verdaderamente, ¿qué cosa más contraria á la dignidad de una población que esta batahola de chicos en un solar cerrado, en día festivo, y cuando los mayores se entregan con delirio á las ardientes emociones del toreo verdadero? Los guindillas ó polizontes municipales demostraban un celo digno de todo encomio en la corrección de estos abusos infantiles, y el guarda, enojadísimo porque profanaban la virginidad de su solar, la emprendía á escobazos con los lidiadores y... Dios nos libre de que alguno se le rebelara... Por la calle adelante salía corriendo la partida, perseguida activamente por la fuerza pública, y al fin se disolvía, sin más consecuencias y sin ninguna desgracia personal.

Por lo mismo que Felipe no podía disfrutar de este juego sino en breves y angustiosos momentos, robados á cualquier obligación, sus goces eran grandísimos, inefables, y no los trocaría por la gloria eterna. Los sofiones que se llevó por su tardanza en un recado ó por sus escapatorias cuando el deber le llamaba á la casa, no son para contados. Pero llegó á familiarizarse de tal modo con el sermoneo y los golpes, que ya no le hacían efecto. Estaba al fin como curtido, y su cuerpo se le figuraba forrado de duras conchas como las del galápago. Moralmente, su atrofia corría parejas con la insensibilidad dérmica, y el convencimiento de que era malo, incorregible, llevábale á sentir altivo desprecio de los mandamientos de todos los Polos nacidos y por nacer.

Cuando se retiraba de noche á su madriguera, renovaba en su mente con claridad y frescura las gratas sensaciones de la última corrida, y á la memoria traía los puyazos que le dieron, los jinetes que echó á rodar por el suelo, los caballos que destripó y los diestros que hizo pedazos. Oía la bélica trompeta y los gritos de la multitud. Hasta el recuerdo del despejo final, hecho á escobazos por el guarda, y aquel desalado correr por la calle, insultando desde la esquina al mismo guarda, tenía dejos gratísimos en su memoria. ¡Oh! divinas horas, ¿por qué pasáis?

Pronto le ganaba el sueño, y se dormía profundamente, rendido de cansancio. No le permitían usar luz por temor á que prendiera fuego á los trastos almacenados en el desván, y cuando no había luna que le iluminara el paso por aquel tenebroso y fantástico recinto, á tientas buscaba su rincón, y ya se trompicaba en el cáliz de la Fe, ya iba á parar á los brazos de una Virgen, ó rodaba entre las columnas del monumento.

Si por acaso despertaba á media noche ó de madrugada, y era tiempo de luna, le entraba miedo de verse entre tantos señores de cartón. los unos en pie, los otros arrumbados, casi todos muy barbudos y con luengos trajes blancos ó negros. Por allí salía un brazo con dorada custodia; por aquí la cabeza melenuda de un león; por allá judíos feroces con los brazos en alto y las manos armadas de disciplinas; caras lívidas y afligidas, y lienzos negros con calaveras pintadas y canillas en cruz. Las primeras noches pasó Felipe momentos de agonía, y los escalofríos y congojas no le dejaban dormir. El terror le apretaba los párpados, y la curiosidad se los abría... Abría un poquito, y luego al punto cerraba prontamente para no ver más. Poco á poco se fué acostumbrando á ver sin miedo las figuras que poblaban su vivienda, y de tal modo se connaturalizó con ellas, que llegaron á parecerle individuos de la familia, algo como parientes mudos ó callados amigos. No obstante, le desagradaba despertar á media noche en tiempo de luna, porque, ó él era tonto y veía visiones, ó la Fe soltaba el cáliz y se quitaba la venda de los ojos para mirarle á él, á Felipe, que no osaba moverse ni el espacio de un dedo.

También le puso al principio en gran zozobra un ruido que sentía tras las paredes, así como roce y vibración de una soga, rumor seguido de lejanos tañidos de campana. No tardó en comprender que un tabique le separaba de la parte alta del convento, y que por allí pendía la cuerda con que las señoras monjas tocaban á maitines á desusadas horas de la noche. Sentía también Felipe ruido de pasos. Eran las esposas de Jesucristo que bajaban al coro. Una de ellas debía de ser coja, porque claramente se sentía el acompasado toqueteo de dos muletas.

Tempranito despertaba nuestro Doctor. Generalmente no era preciso llamarle; pero á veces, si su cansancio le emperezaba un poco, subía la criada, y tirándole del cabello le ponía más despabilado que una ardilla. Se levantaba mi hombre renegando de las criadas madrugadoras, y antes de bajar se daba un paseo por entre sus inmóviles compañeros de domicilio, observando las variaciones que el tiempo y el olvido ponían en la catadura de cada cual. Á una santa le habían comido los ratones media cabeza. Las telarañas que abrigaban como toquilla el vendado rostro de la Fe, crecían atrozmente, y rostros que fueron lampiños echaban barbas de polvo; rodaban por el suelo torneados brazos, alas de ángeles, manos de judíos que, aun desprendidas, no habían soltado el látigo. Había rostros apolillados que de tristes habíanse vuelto cómicos y alegres.

Pero lo más interesante para el gran Felipe era un San Lucas, tamaño como dos hombres bien conservados, y que estaba, no enteramente á plomo, sino algo arrumbado sobre San Marcos, el cual, oprimido del peso de su compañero, tenía muy ajadas las ropas. Á los pies del primero había un magnífico toro, del cual no se veían más que los cuartos delanteros y la cabeza, tan grande y hermosa como la de los que salen en la plaza. El escultor que lo hizo había sabido imitar á la Naturaleza con tan exquisito arte, que al animal no le faltaba más que mugir. Tenía los cuernos relucientes, corvos y agudísimos; los ojos negros y vivos; la piel obscura... en fin, daba gozo el verle.

De cuanto en el desván había, esta cabeza taurina era lo que principalmente merecía la admiración, mejor dicho, los amores de Felipe. La quería con toda su alma. Todos los días le quitaba el polvo, y por fin la limpió con agua, dejándola tan reluciente, que era una maravilla de aseo. Un día, mientras la limpiaba, notó en el cuello del animal una grande y profunda hendidura. Sí: la cabeza estaba casi separada del tronco, y bastaba tirar un poco para desprenderla completamente. ¿Se atrevería?... Sí: Felipe tiró cuidadosamente y con cierto respeto, y el apolillado cartón se rasgó como un papel.

La cabeza era hueca, cual muchas de carne y hueso puestas sobre humanos hombros. En la mente de Felipe nació una idea... ¡qué idea! Pronto fué luz y norte de su alma... ¡Qué soberbia pieza para jugar al toro! El Doctor metió su cabeza dentro de la del animal, y vió que le venía como el mejor de los sombreros... Pero no veía nada. Los ojos no tenían agujeros... Tanto le dominó y subyugó su idea, que aquel mismo día hubo de subir con disimulo el cuchillo de la cocina, y le sacó los ojos al toro. Hizo dos agujeros, con los cuales la cabeza quedó convertida en admirable careta. ¡Bien, muy bien!

¡Si él se atreviera...! pero no, no se atrevería. Pues si se atreviera, ¡qué golpe!... ¡Si cuando estuviesen los chicos en lo mejor de la corrida se presentara él de repente con su cabeza puesta...! De fijo creerían que había entrado en la plaza un toro de verdad... ¡Qué sensación, qué efecto, qué delirio! ¡Con qué envidia le mirarían!... Porque él primero se dejaría desollar que ceder su cabeza á nadie... Pero no se atrevía, no...

Gran batalla surgió en su alma, turbándola espantosamente. Aquella idea tenía poder bastante para interrumpir su pesado sueño infantil. Á media noche despertaba creyendo estar en la plaza, haciendo lo que por el día había pensado. De día, y dando la lección, soñaba lo mismo, y no se volvía su espíritu á ninguna parte sin llevar consigo la idea tentadora, gozo y tormento de su existencia. Ya, en los breves ratos sustraídos á su obligación, no salía á la calle en busca de Juanito del Socorro (Redator), sino que en dos trancazos se encaramaba en el desván, y poniéndose la cabeza, arremetía al mismo San Lucas, á la Fe, á los rotos telones, y en todo ello, con las repetidas cornadas, abrió mil agujeros y desgarraduras. Por el boquete que el santo Evangelista tenía en su vientre, se le verían las entrañas si algunas hubiera.

Cuando se cansaba de este ejercicio, se divertía de otro modo. Tenía el desván un ventanillo alto que daba á los tejados y buhardillones de la vecindad. Con ayuda de un banco, Felipe subía hasta alcanzar con su cabeza el hueco, se ponía la del toro y se asomaba para ofrecer inusitado espectáculo á los chicos y á las mujeres de la buharda frontera. Él se reía lo increíble, viendo por los agujeros, que eran los ojos del animal, el estupor y miedo de los espectadores; y para dar más carácter á la broma, lanzaba desde el interior de su máscara un prolongado y terrorífico muú... imitando el bramar de la fiera. Los chicos de la vecindad que tal veían se alborotaban; las vecinas se asomaban también, y todo era curiosidad, cuchicheos, asombro y dudas... De pronto desaparecía el toro... Expectación. Presentábase de nuevo, llenando el marco del ventanucho; y como no se viera rastro de persona, ni se tenía noticia de que allí habitase nadie, crecía la sorpresa de aquella gente y la felicidad del Iscuelero.

Si se atreviera, ¡ay!... ¿pero cómo atreverse? Don Pedro le mataría.

X

En éstas y otras cosas pasaba el verano, época dichosa para algunos de los alumnos del capellán; mas no para Felipe y las demás víctimas, porque don José Ido siguió funcionando durante la canícula y don Pedro administrando coscorrones. Á tantas diversidades de tormentos uníase la asfixia, porque el infierno de Polo tenía exposición meridional, y si por una ventana salían lamentos, por otra entraban llamaradas. Se podía decir que en aquel caldeado altar de la instrucción se ofrecían á la bárbara diosa entendimientos cochifritos... Pero esto se queda aquí, pues lo que nos importa ahora es hablar de la solemnísima fiesta religiosa que celebraron las monjas, no se sabe bien si el 15 de Agosto ó el 8 de Septiembre, por haber cierta obscuridad en los documentos que de esto tratan. Mas como la fecha no es cosa esencial, y ambas festividades de la Virgen son igualmente grandes, queda libre este punto para que cada cual lo interprete ó aplique á su gusto.

Consta, sin género alguno de duda, que ofició el obispo de Caupolicán, prelado de excelsa virtud y humildad, y que dijo el panegírico nuestro buen don Pedro Polo, el cual supo salir muy airoso de su empeño, que consideraba el más arriesgado de su vida por ser alto y sutil el asunto, la función muy aparatosa, el auditorio escogidísimo. Su varonil presencia en la cátedra, así como su hermosa voz, le aseguraban las tres cuartas partes del éxito. Gustó mucho el sermón, y de uno á otro confín de la iglesia, cuando don Pedro bajaba del púlpito, se oían esos murmullos de aprobación que equivalen á los aplausos que en otros sitios manifiestan el contento del público. Doña Claudia y Marcelina habían mojado entre las dos, de tanto llorar, una docena de pañuelos. No faltaba ninguno de los amigos de la casa: Morales y su esposa, don José Ido, el fotógrafo y el empleado de Hacienda con sus señoras respectivas, y Sánchez Emperador con sus dos guapas niñas, Amparo y Refugio.

Felipe y Juanito del Socorro se habían subido al coro para ver mejor y estar al lado de la música y oirla de cerca. Pegados al que tocaba el contrabajo, estorbaban sus gallardos movimientos en tal manera, que el buen músico, un anciano de mucha paciencia y cortesía, les dijo alguna vez, apartándoles:

—Si me hicieran ustedes el favor...

Felipe estaba lelo, mirando cómo vibraban las cuerdas de aquel formidable instrumento; luego observaba embelesado cómo abrían la boca los cantores; y él y Juanito agradecían mucho que se les mandara tener algún papel de música ó traer un vaso de agua al señor director, el cual era un hombre con mucha hormiguilla en el cuerpo, según se movía y dislocaba para conducir la orquesta y toda la balumba de voces.

Durante el panegírico, ambos, aburridísimos, se fueron á la calle y se metieron en la redacción, que estaba desierta por ser día festivo. Revolvieron los pupitres de los redactores, comieron obleas rojas, cortaron pedazos de periódico, escribieron en las cuartillas. En un momento de entusiasmo, Juanito se subió sobre la mesa, y empezó á repetir frases que antes oyera y que se habían grabado en su memoria. El condenado imitaba la voz y gesto de alguno de los periodistas ausentes, diciendo:

—Señores, esto se va... los dioses se van... esto matará á aquello.

Después subieron al campanario del convento. Juanito, siempre fatuo y vanidoso, contaba á Felipe las grandezas de su casa. ¡Qué cosas le dijo! Su madre tenía una silla dorada, y su padre era amigo de un Marqués. Él iba á estudiar para redator, y su padre no esperaba sino que llegara la jarana para ponerse su uniforme de capitán de la milicia. Como en estas conversaciones siempre sacaba á relucir el del Socorro los términos que oía, habló á Felipe del pueblo soberano, de la revolución próxima, de los curas, de la tropa y de ahorcar mucha y diversa gente. Esto, dicho en las alturas del campanario y bajo los ardientes rayos del sol, le puso á mi Felipe la cabeza toda exaltada y como en ebullición, llena de ideas sediciosas y disolventes. Cuando bajaban á saltos por la angosta escalera, le dijo Socorro:

—Aquel obispote que está en el altar mayor, es el capitán general de los curas... ¡Vaya un peje!... ¡Cuando se arme...!

Concluída la función, hubo refresco en casa de don Pedro. Las monjas enviaron dulces y bartolillos, y el predicador laureado sacó de un misterioso armario de su cuarto botellas de vino añejo que le había regalado el padre de uno de sus alumnos. Brindó el fotógrafo por el primero de nuestros oradores sagrados, cuyo elogio recibió don Pedro con carcajadas de modestia. El oficial de Hacienda, frotándose las manos, no cesaba de decir:

—Bien, señor de Polo, muy bien.

Doña Claudia se reía como si no tuviera bien sentado el juicio, y el majestuosísimo don Florencio Mora...les y Temprado daba fuertes palmadas en el hombro del héroe del día, promulgando estas observaciones que merecen ser entregadas á la posteridad:

—Vas á dejar atrás al célebre Troncoso y á ese que llaman Bordalúo... Estuviste muy propio. Así da gusto oir predicar. Esto es religión, porque francamente y entre paréntesis, querido, cuando suben á la cátedra del Espíritu Santo, ó pongamos el caso, á la tribuna de un Congreso, algunos que...

Amparo y Refugio miraban á Polo con cierta veneración. Refugio, que era un tanto desenvuelta, sin menoscabo de su inocencia y purísimas costumbres, dijo así con risa y donaire:

—Don Pedro, estaba usted muy guapo en el púlpito.

Amparo, que era muy callada, tendiendo siempre á la melancolía, no decía nada.

Obsequiaba Polo á sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía, no sin elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura español, parecía uno de esos italianos de la Nunciatura, hechos al roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando se suscitó aquella cuestión de si estaba más ó menos guapo en el púlpito, echóse á reir y dijo con mucha sorna:

—Pero, Refugio, si tú no me has visto... Yo te ví, y me parece que te dormías.

—¡Don Pedro!

—¿No es verdad, Amparo? Ésta lo dirá. ¿Es cierto ó no que Refugio estaba dando cabezadas?

—¡Quien las daba era ella!—exclamó Refugio señalando á su hermana.

—¿Yo?... ¡Si no quitaba los ojos de don Pedro...! Que lo diga él.

—Bien, bien. ¿Esas tenemos? ¡Don Pedro!... ¡Amparo!—exclamó el fotógrafo, riendo y envolviéndose una mano en otra, pues era hombre que no sabía decir sus bromas sin amasarse las manos con tanta fuerza cual si de las dos quisiera hacer una sola.

—¿Y cuándo predicamos en Palacio?—preguntó en tono de excelsitud el señor de Morales, ávido de cortar, con una proposición seria, aquel tema tan baladí.

Don Pedro dió media vuelta para contestar á Sánchez Emperador, que le daba su parecer sobre el vino que bebían. Este señor y el empleado de Hacienda no gastaban cumplidos para aceptar copa tras copa, y se reían de Morales, considerándole el estómago lleno de ranas, sapos, anguilas y otras diversas alimañas acuáticas. Pero él, sin darse por vencido, antes bien orgulloso de su pasión por las aguas, gritaba cogiendo el vaso, lleno hasta los bordes del licor del Lozoya:

—Estas son mis bodegas. Vaya una cosa rica... No me harto nunca.

Felipe bajaba á cada instante al torno de las monjas, para traer cestas llenas y llevarlas vacías.

Bizcochos, mojicones, bartolillos, pasteles, mazapanes y otras menudencias ocupaban toda la mesa, pasando fugaces desde las bandejas á las tragaderas del fotógrafo, de Sánchez Emperador y del hacendista, que eran los principales consumidores. Bienaventuradas bocas, ¡para eso os cría Dios! En poco tiempo descubrióse el fondo de las bandejas. Había, entre los felicitantes, ropas polvoreadas, dedos untados de pegajoso caramelo y barbas con canela.

Doña Claudia, que estaba en todo, dijo á Felipe:

—Vete corriendo al locutorio y dí á las señoras monjas que no se olviden de mandarnos el pebre para la salsa del cabrito.

Volviendo luego á la hermosa Amparo, que á su lado estaba, le dijo:

—Es el pebre picante de que hablábamos ayer, fuertecito como á tí te gusta. ¡Verás qué cosa tan rica!

Don Pedro, que no cesaba de mirar á todos lados repartiendo por igual sus finezas y ofrecimientos, alcanzó á ver, allá junto á la puerta, lejos del animado grupo, ¿á quién? al propio don José Ido, humilde y modestísimo en todas las ocasiones, y más en aquélla, pues tanta era su timidez, que habiendo entrado de los primeros, hacía media hora que estaba allí sin que nadie reparase en él, y ni avanzar quería ni retirarse por miedo á llamar la atención. Estaba el pobre sin saber qué hacer, inmóvil y pestañeando, parado y atónito, cual sí le estuvieran dando una mala noticia. Don Pedro, con aquella generosidad rumbosa que era la flor tardía, pero lozana, de un honrado carácter, llegóse al pasante, le trajo por el brazo al círculo de amigos y con cariñoso modo le dijo:

—No tenga usted miedo, Ido. Tomará usted una copita.

Ido refunfuñó no se sabe qué excusas; pero negarse á recibir la copa y tomarla, todo fué uno.

—Un bollito, don José.

—Gracias... si acabo de comer...

Para aquel bendito, haber comido en Julio era acabar de comer. En un solo instante rechazaba el bollo y se lo engullía. El fotógrafo, qué quieras que no, le hizo tomar otra copa; y después de beber, don José sacó un pañuelo para limpiarse la boca y enjugarse las lágrimas, pues aquel hombre, más que hombre, era una sensitiva. Cualquier incidente común le producía emoción vivísima, y cualquier emoción abría la exclusa de sus lágrimas. Balbuciendo gratitudes y dando un cordial apretón de manos á don Pedro, se marchó veloz, bajando la escalera como si le fueran á prender.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings