Hernani (continued 2)
Cecilio Navarro translation
D. Ricardo (Entregándola.)—Señor, pensaréis en el conde de Limburgo, custodio capitular, que me la ha confiado y se ofrece á todo por complaceros.
D. Carlos (Despidiéndole.)—Haz cuanto te dije... todo.
D. Ricardo (Inclinándose.)—Sin demora, señor.
D. Carlos.—Tres cañonazos ¿eh?
D. Ricardo.—Tres.
(Se inclina y sale. Don Carlos, solo ya, se abisma en meditación profunda. Después levanta la cabeza y se vuelve hacia el sepulcro.)
ESCENA II
DON CARLOS, solo
¡Carlomagno, perdona! Estas solitarias bóvedas sólo deberían repetir austeras palabras, y sin duda te indignas del rumor que hacen nuestras ambiciones en tu sagrada mansión... ¡Aquí está Carlomagno! ¿Cómo, oscuro sepulcro, cómo puedes contenerlo sin estallar? Gigante de un mundo creador ¿estás ahí bien hallado? ¿Puede estar ahí tendida toda tu grandeza? ¡Ah! ¡Magnífico espectáculo, la Europa así forjada por su mano y como él la dejó! Un edificio con dos hombres en la cúspide; dos jefes elegidos, á los cuales todo rey legítimo se somete. Casi todos los Estados, ducados, feudos militares, reinos, marquesados, todos son hereditarios; pero el pueblo suele tener su papa y su césar; todo marcha y el azar corrige el azar. De aquí proviene el equilibrio y siempre el orden se impone. Electores revestidos de tisú de oro, cardenales envueltos en mantos de escarlata, doble sacro senado que conmueve la tierra, no son más que ostentación y Dios quiere lo que quiere. Surge una idea, según las necesidades de los tiempos, brilla una luz, y se agranda, va, corre, se mezcla en todo, se hace hombre, posee los corazones, labra un surco... Muchos reyes la pisotean ó amordazan; pero entra un día en la dieta, en el cónclave, y todos ven surgir de repente sobre sus cabezas la idea esclava, con el globo en la mano y la tiara en la frente. El papa y el emperador lo son todo. Nada existe en la tierra sino por ellos y para ellos. En ellos vive un misterio supremo; y el cielo, cuyos derechos asumen, les da un gran banquete de pueblos y de reyes, y bajo sus nubes donde brama el trueno, los tiene á ellos solos sentados á la mesa, en que Dios les sirve el mundo. Frente á frente están allí arreglando, recortando, ordenando el universo y todo se hace entre los dos. Los reyes están á la puerta respirando el vapor de los manjares y empinándose para ver por las vidrieras. Por debajo se agrupa y escalona el mundo. Ellos hacen y deshacen: el uno desata, y el otro corta; el uno es la verdad, el otro la fuerza. Llevan su razón en sí mismos, y son porque son. Cuando salen del santuario, iguales los dos, el uno con su púrpura y el otro con sus blancas vestiduras, el universo contempla deslumbrado y con asombro esas dos mitades de Dios, el papa y el emperador... ¡El emperador!... ¡Ser emperador! ¡Oh rabia! ¡No serlo, no serlo y sentir lleno de aliento el corazón! ¡Cuán dichoso fué el que duerme en este sepulcro! Y ¡cuán grande! En sus tiempos aún era esto mejor. El papa y el emperador no eran ya dos hombres; eran Pedro y César uniendo las dos Romas, fecundando una y otra en místico himeneo, dando nueva forma, nueva alma al género humano, fundiendo pueblos y reinos para hacer una Europa nueva y los dos poniendo en el molde por sí mismos el bronce que quedaba del viejo mundo romano. ¡Oh! ¡qué destino! Y este sepulcro es el suyo. ¿Tan poco es todo que venga á parar en esto? ¡Cómo! ¡Haber sido príncipe, rey, emperador; haber sido la espada, haber sido la ley; como gigante, tener por pedestal Alemania, por título César, por nombre Carlomagno; haber sido más grande que Aníbal, más que Atila, tan grande como el mundo... y que todo pare aquí! ¡Ah! Pretender el imperio para ver luégo el polvo que levanta un emperador; llenar la tierra de tumulto y ruido; construir, edificar sin decir nunca: basta; hacer un edificio inmenso, y luégo... ¡qué! todo se reduce á esta piedra; y del título y la fama quedan algunas letras para que deletreen los niños; y por alto que sea el fin á que aspire el orgullo, todo para en esto. ¡Oh demencia! Sin embargo, el imperio... el imperio... Estoy tocándolo ya y es cosa de mi gusto. Algo me dice «¡Lo tendrás, lo tendrás!» ¡Lo tendré!... Si lo tuviera... ¡Oh cielos! ¡Ser el origen de todo, solo, de pié, en lo más alto de esa inmensa espiral!... la clave de una multitud de Estados escalonados unos sobre otros; y ver por debajo á los reyes, y por debajo de los reyes, á los señores feudales, margraves, cardenales, duques; y luégo á los obispos, abades, barones; y luégo clérigos, soldados; y luégo, lejos de la cima en que estamos, en las sombras, en lo hondo del abismo, los hombres; es decir un mar de gente, de ruido, de llantos, de gritos, de amargas risas á veces; queja que despertando la tierra, llega á nuestros oídos, al través de tantos ecos, como bulliciosa música. ¡Los hombres! ciudades, torres, altos campanarios para tocar á rebato...
(Soñando.)
Base de naciones que lleva sobre sus hombros la pirámide enorme apoyada en los dos polos, oleadas vivas que siempre la balancean, mudan de sitio las cosas y sobre sus altas crestas mecen los tronos, de tal modo que los reyes, dando tregua á sus querellas, alzan los ojos al cielo... Reyes, mirad abajo.—¡Oh! ¡el pueblo! ¡Qué océano! onda sin cesar movida, donde no puede echarse nada sin que todo se remueva y que derriba un trono y mece una tumba; espejo en que rara vez se ve bien parecido un rey. ¡Ah! cuántas veces al contemplar ese sombrío océano, se verían en su fondo grandes imperios, grandes bajeles náufragos, que su flujo y reflujo hace rodar, que lo molestaban y que ya no conoce. ¡Gobernar todo esto; subir á esta cúspide, y subir sintiéndose al cabo simple mortal; tener á los piés el abismo!... Con tal que no me vaya á dar ahora un vértigo... ¡Oh, móvil pirámide de Estados y de reyes! ¡Cuán estrecha es tu puerta! ¡Ay del pié tímido! ¿En quién me apoyaré? ¡Si desfalleciera sintiendo estremecerse el mundo bajo mis piés y moverse y palpitar la tierra! Después, cuando tenga en mis manos este globo ¿qué haré de él? ¿Podré siquiera llevarlo? ¿Qué hay en mí? ¡Ser emperador, Dios mío, cuando es demasiado ser rey! ¡Ciertamente sólo el mortal de raza extraordinaria puede ensanchar el ánimo con la fortuna! ¡Pero yo!... ¿Quién me hará grande? ¿quién será mi guía, quién me aconsejará?
(Cae de rodillas ante el sepulcro.)
¡Tú, Carlomagno, tú! Ya que Dios, para quien no hay obstáculos, toma nuestras dos majestades y las pone cara á cara, vierte en mi corazón desde tu almo sepulcro algo de grande y sublime. ¡Oh! hazme ver las cosas por todas sus fases; muéstrame que el mundo es pequeño, porque yo no me atrevo á tocar á él; muéstrame que sobre esa Babel que desde el pastor al César va subiendo hasta el cielo, cada cual en su clase se complace y admira, ve al otro por debajo y reprime la risa. Enséñame tus secretos de vencer y de regir y dime que más vale castigar que perdonar. ¿No es así? Si es verdad que en su tumba solitaria despierta á veces al ruido del mundo una gran sombra, y se entreabre el sepulcro y alumbra como con un relámpago la oscuridad del universo; si esto es verdad, emperador de Alemania, dime, ¡oh! dime qué puede hacerse después de Carlomagno. Habla, aunque al hablar tu aliento soberano rompa en mi frente esta puerta. Oh, déjame entrar en tu santuario; déjame ver tu faz, incorporado sobre tu marmóreo lecho. Aunque con voz fatídica me digas cosas que hagan temblar, habla y no me ciegues, porque tu sepulcro está sin duda lleno de claridad. Ó si no dices nada, deja que en tu paz profunda estudie Carlos de Austria tu cabeza como un mundo; deja ¡oh gigante! que te mida á su sabor... nada existe en la tierra comparable á tu no sér. Aconséjeme, si no tu sombra, tu ceniza. Entremos.
(Va á abrir y retrocede.)
¡Gran Dios! ¡Si me hablara al oído! ¡Si estuviera ahí de pié andando lentamente! ¡Si saliera yo encanecido!
(Ruido de pasos.)
Alguien llega. ¿Quién se atreve, como no sea yo, á turbar á estas horas la paz de tan augusto muerto?
(Se acerca el ruido.)
¡Ah! Lo había olvidado: son mis asesinos. Entremos, pues.
(Abre la puerta del sepulcro que vuelve á cerrar tras sí. Aparecen luégo algunos encubiertos.)
ESCENA III
LOS CONJURADOS
(Se acercan unos á otros y se dan las manos cambiando algunas palabras en voz baja.)
1.er CONJURADO (Con una antorcha en la mano.)—Ad augusta.
2.º CONJURADO.—Per angusta.
1.er CONJURADO.—Los Santos nos protegen.
3.er CONJURADO.—Los muertos nos sirven.
1.er CONJURADO.—Dios nos guarde.
(Ruido de pasos en la oscuridad.)
2.º CONJURADO.—¿Quién vive?
Una voz.—Ad augusta.
2.º CONJURADO.—Per angusta.
(Entran nuevos conjurados. Ruido de pasos.)
1.er CONJURADO AL 3.º—Mira; aún vienen algunos.
3.er CONJURADO.—¿Quién vive?
Voz en la sombra.—Ad augusta.
3.er CONJURADO.—Per angusta.
(Entran nuevos conjurados que saludan por señas á los demás.)
1.er CONJURADO.—Muy bien. Todos estamos aquí; habla, Gotha. Amigos, la sombra espera la luz.
(Todos los conjurados se sientan en semicírculo en los sepulcros. El primer conjurado va de uno en otro y todos encienden en su antorcha sendos cirios. Después el primer conjurado va á sentarse en otro sepulcro más alto que todos en el centro del círculo.)
El duque de Gotha (Levantándose.)—Amigos, Carlos de España, extranjero por su madre, aspira al sacro imperio.
1.er CONJURADO.—¡Mal haya, amén!
Gotha (Tirando al suelo su antorcha y pisándola.)—Hagan con su frente lo que yo con esta antorcha.
Todos.—Así sea.
1.er CONJURADO.—¡Muera Carlos de España!
Gotha.—¡Muera!
Todos.—¡Muera!
D. Juan de Haro.—Su padre era alemán.
El duque de Lutzelburgo.—Su madre es española.
Gotha.—Ni es español ni alemán. Muera.
Un conjurado.—¿Y si los electores le nombraran emperador?
1.er CONJURADO.—¿Á él? ¡Jamás!
D. Gil Téllez Girón.—¿Qué importa? Matándole, queda anulado el nombramiento.
1.er CONJURADO.—Si obtiene el sacro imperio, viene á ser inviolable y sólo Dios puede tocarle.
Gotha.—Lo más seguro es que muera antes de ser emperador.
1.er CONJURADO.—No le elegirán.
Todos.—No obtendrá el imperio.
1.er CONJURADO.—¿Cuántos brazos se necesitan para echarlo á la tumba?
Todos.—Uno solo.
1.er CONJURADO.—¿Cuántos golpes en el corazón?
Todos.—Solo uno.
1.er CONJURADO.—¿Quién ha de darlo?
Todos juntos.—Yo.
1.er CONJURADO.—La víctima es un traidor; ellos hacen un emperador: hagamos nosotros un gran sacerdote. Echemos suertes.
(Todos los conjurados escriben sus nombres en sendas hojas, que arrollan y depositan uno tras otro en la urna de un sepulcro.)
1.er CONJURADO.—Oremos. (Todos se arrodillan.) Que el elegido crea en Dios, hiera como un romano, muera como un hebreo. Ha de arrostrar la rueda y las tenazas, cantar en el potro, reir en el fuego; ha de hacerlo todo, en fin, resignado á matar y morir.
(Saca de la urna uno de los pergaminos.)
Todos.—¿Qué nombre?
1.er CONJURADO.—Hernani.
Hernani (Saliendo de entre los conjurados.)—He ganado. ¡Ya eres mío, tú á quien he perseguido tanto tiempo! ¡Venganza!
D. Ruy Gómez (Aparta á Hernani.)—¡Oh! Cédeme la suerte.
Hernani.—No por mi vida. ¡Oh! no me envidiéis mi buena fortuna; es la primera vez que me halaga.
D. Ruy.—Tú no tienes nada. Pues bien, feudos, castillos, vasallaje, cien mil siervos en mis trescientas villas, todo lo que tengo te doy por este golpe.
Hernani.—No.
El duque de Gotha.—Tu brazo no daría un golpe tan fuerte, anciano.
D. Ruy.—¡Bah! Si el brazo me faltara, me sobraría alma. Por la herrumbre de la vaina no se ha de juzgar la hoja. (Á Hernani.) Recuerda que me perteneces.
Hernani.—Mi vida es vuestra; la suya es mía.
D. Ruy.—Te daré la mano de ella y te devolveré esta prenda.
(La bocina.)
Hernani (Vacilando.)—¡Pardiez! ¡Doña Sol y la vida!... No, no; antes mi venganza. En esto voy de acuerdo con el mismo Dios. Tengo que vengar á mi padre... y acaso algo más.
D. Ruy.—¡Ella y la vida!
Hernani.—No.
D. Ruy.—Reflexiónalo bien, insensato.
Hernani.—Señor duque, dejadme mi presa.
D. Ruy.—¡Mal haya tu tenacidad!
(Desviándose.)
1.er CONJURADO (Á Hernani.)—Hermano, antes que hayan podido elegirlo, bueno sería esperar á Carlos esta misma noche.
Hernani.—No temas: sé yo muy bien cómo se despacha á un hombre y en cuidado me lo tengo.
1.er CONJURADO.—¡Que toda traición recaiga sobre el traidor y Dios te guarde! Nosotros, condes y barones, si éste perece sin matar, continuaremos. Juraremos todos herir á nuestra vez, sin excusa ninguna, á Carlos, condenado á muerte.

Todos (Sacando las espadas.)—¡Juremos!
Gotha (Al 1.er conjurado.)—¿Por qué, hermano?
D. Ruy.—Por esta cruz.
(Tomando su espada por la punta y levantándola.)
Todos (Levantando sus espadas.)—¡Que muera impenitente!
(Se oye un cañonazo lejano. Todos se detienen en silencio. Entreábrese la puerta del sepulcro y aparece don Carlos pálido y presta atento oído. Suena otro cañonazo y luégo otro. Abre de par en par la puerta del sepulcro, pero sin dar un paso, de pié é inmóvil en el dintel.)
ESCENA IV
LOS CONJURADOS, DON CARLOS, luégo DON RICARDO; Señores, Guardias; el REY DE BOHEMIA, el DUQUE DE BAVIERA, DOÑA SOL
D. Carlos.—Señores, retiraos un poco. El emperador os oye. (Todas las antorchas se apagan á la vez. Profundo silencio. Da un paso en las tinieblas tan densas que apenas se distinguen los conjurados inmóviles y mudos.) ¡Silencio y sombras! El enjambre sale de ellas y á ellas vuelve. ¿Creéis que esto va á pasar como un sueño, y que en la oscuridad os he de tomar por hombres de piedra sentados en sus sepulcros? Hace poco hablabais bastante alto, estatuas. Ea, levantad las abatidas frentes porque aquí está Carlos Quinto. Heridme, dad un paso... Vamos ¿os atreveríais? No, no os atrevéis. Vuestras antorchas llameaban sanguinarias bajo estas bóvedas y ha bastado mi aliento para apagarlas todas. Pero ved: si yo apago muchas, enciendo aún más. (Da con la llave en la puerta de bronce del sepulcro, y á esta señal todas las profundidades del subterráneo se pueblan de soldados con antorchas y partesanas. Á su frente el duque de Alcalá, el marqués de Almunan, etc.) ¡Acudid, halcones míos! He descubierto el nido; tengo la presa. (Á los conjurados.) También yo alumbro: el sepulcro llamea. ¡Ved! (Á los soldados.) Venid todos, que el crimen es flagrante.
Hernani (Mirando á los soldados.)—En buen hora. Solo, me parecía muy grande: creí que era Carlomagno y no es más que Carlos Quinto.
D. Carlos (al duque de Alcalá).—Condestable de Castilla, (Al marqués de Almunan.) Almirante, aquí. Desarmadlos.
(Cercan á los conjurados y los desarman.)
D. Ricardo.—Augusto Emperador...
(Inclinándose hasta tierra.)
D. Carlos.—Te nombro alcalde de palacio.
D. Ricardo.—Dos electores, en nombre de la cámara dorada, vienen á cumplimentar á la sacra Majestad.
D. Carlos.—Que entren. (Bajo.) ¡Doña Sol!
(Don Ricardo saluda y sale. Entran con antorchas y músicas el rey de Bohemia y el duque de Baviera, ceñida la corona. Numeroso cortejo de señores alemanes con la bandera del imperio, el águila bicéfala con el escudo de España en medio. Los soldados forman calle y dan paso á los dos electores hasta el emperador á quien saludan profundamente.)
El duque de Baviera.—Carlos, rey de los romanos. Majestad sacratísima, Emperador, el mundo está ahora en vuestras manos, porque tenéis el imperio. Vuestro es ese trono á que todo monarca aspira. Federico, duque de Sajonia, fué primero el elegido; pero juzgándoos más digno, no ha querido aceptarlo. Venid, pues, á recibir la corona y el globo. El sacro imperio os reviste de la púrpura, os ciñe la espada y os hace Máximo.
D. Carlos.—Iré á mi vuelta á dar las gracias al colegio. Gracias, hermano de Bohemia; primo de Baviera, adiós. Yo mismo iré.
El rey de Bohemia.—Carlos, nuestros abuelos se llamaban amigos, nuestros padres lo eran igualmente; Carlos, ¿quieres que seamos hermanos? Te he visto pequeñuelo, y no puedo olvidar...
D. Carlos (Interrumpiéndole.)—Rey de Bohemia, vos sois familiar nuestro. (Les da la mano á besar y los despide.) Adiós.
(Salen los dos electores con su cortejo.)
La multitud.—¡Viva!
D. Carlos (Aparte.)—Estoy en ello. Todo me abre paso. ¡Emperador!... por renuncia de Federico el Sabio.
(Sale doña Sol.)

El duque de Baviera.—... El sacro imperio os reviste de la púrpura...
D.ª Sol.—¡Soldados! ¡El Emperador! ¡Dios mío! ¡Qué golpe tan imprevisto! ¡Hernani!
Hernani.—¡Doña Sol!
D. Ruy (Al lado de Hernani. Aparte.)—No me ha visto Sol.
(Doña Sol corre á Hernani y retrocede ante su mirada.)
Hernani.—Señora...
D.ª Sol (Sacándose del seno el puñal.)—Aún guardo su puñal.
Hernani (Tendiéndole los brazos.)—¡Amada mía!
D. Carlos.—¡Silencio! (Á los conjurados.) ¿Estáis ya más alentados? Conviene que dé una lección al mundo. Lara el de Castilla y Gotha el Sajón, todos vosotros ¿qué hacíais aquí? Hablad.
Hernani (Dando un paso.)—Señor, es muy sencillo y puede decirse en alta voz. Estábamos grabando en la pared la sentencia de Baltasar. (Alzando el puñal.) Dábamos al César lo que es del César.
D. Carlos.—En buen hora. ¿Y vos, traidor Silva?
D. Ruy.—¿Quién de nosotros dos?
Hernani (Á los conjurados.)—Nuestras cabezas y el imperio. Tiene lo que desea. (Al emperador.) El manto azul de los reyes podía embarazar vuestros pasos. La púrpura os conviene más: en ella no se ve la sangre.
D. Carlos (Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, has cometido una felonía que bien merece borrar del blasón tus títulos. Eres reo de alta traición, Ruy, bien lo reconocerás.
D. Ruy.—El rey Rodrigo hizo al conde don Julián.
D. Carlos (Al duque de Alcalá.)—No prendáis sino á los títulos: los demás...
(Don Ruy Gómez, el duque de Lutzelburgo, el de Gotha, don Juan de Haro, don Guzmán de Lara, Téllez Girón y el barón de Hohemburgo se separan del grupo de los conjurados entre los que queda Hernani. El duque de Alcalá los rodea estrechamente de guardias.)
D.ª Sol.—¡Se ha salvado!
Hernani (Saliendo del grupo.)—Pretendo que se me cuente entre ellos. (Á don Carlos.) Pues que se trata aquí de subir al cadalso y Hernani, como oscuro pastor, quedaría impune; pues que su frente no está al nivel de tu cuchilla; pues que es preciso ser grande para morir, me levanto. Dios que da los cetros, me hizo á mí duque de Segorbe, y duque de Cardona, y marqués de Monroy, y conde de Albatera, y vizconde de Gor, y señor de lugares cuyo número no recuerdo ahora. Soy Juan de Aragón, gran maestre de Aviz, nacido en el destierro, hijo proscrito de un padre asesinado por sentencia del tuyo, rey de Castilla. El asesinato es negocio de familia entre nosotros: vosotros usáis el cadalso; nosotros el puñal. El cielo me hizo duque y el destino montañés. Pero una vez que, sin fruto, he afilado mi hierro en las peñas de los torrentes, cubrámonos, grandes de España. (Se cubre y lo imitan todos los españoles.) Sí, nuestras cabezas, oh rey, tienen el derecho de caer cubiertas delante de ti. ¡Silva! ¡Haro! ¡Lara! ¡Señores de título y de raza, pido mi lugar entre vosotros! (Á los cortesanos y á los guardias.) Criados y verdugos, ¡paso á don Juan de Aragón!
(Se mete en el grupo de los señores presos.)
D.ª Sol.—¡Dios mío!
D. Carlos.—En efecto, había olvidado esa historia.
Hernani.—La afrenta que el ofensor olvida insensato, vive y se revuelve siempre en el corazón del ofendido.
D. Carlos.—¡Conque yo soy hijo de padres que decapitaron á los vuestros! Este título basta.
D.ª Sol (Arrodillándose á sus piés.)—¡Piedad, señor! Sed clemente con él, ó heridnos á los dos, porque es mi amante, es mi esposo, y sólo por él y para él vivo. ¡Piedad, señor, os lo ruego de rodillas á vuestras sagradas plantas! Le amo y es mío, como el imperio es vuestro. ¡Oh! ¡perdón! (Don Carlos la mira inmóvil.) ¿Qué idea siniestra os absorbe?
D. Carlos.—Ea, levantaos, duquesa de Segorbe, condesa de Albatera, marquesa de Monroy... ¿Tus otros títulos, don Juan?
Hernani (Con delirio.)—¿Habla así el Rey?
D. Carlos.—No; el Emperador.
D.ª Sol (Levantándose.)—¡Gran Dios!
D. Carlos (Á Hernani.)—Duque, he aquí tu esposa.
Hernani (Recibiéndola en los brazos.)—¡Dios justo!
D. Carlos (Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, tu nobleza es celosa, bien lo sé; pero un Aragón bien vale lo que un Silva.
D. Ruy.—¡Ah! no es mi nobleza la celosa.
Hernani.—¡Oh! Mi odio se extingue. (Tira el puñal.)
D. Ruy (Mirándolos abrazados. Aparte.)—¡Qué hacer! ¡Oh amor loco, insufrible dolor! Les darías lástima. Anciano, arde sin llama, ama y sufre en secreto, ó se reirían de ti.
D.ª Sol.—¡Duque, duque mío!
Hernani.—Ya no tengo más que amor en el alma.
D.ª Sol.—¡Oh dicha!
D. Carlos (Con la mano en el pecho. Aparte.)—¡Extínguete, corazón ardiente y juvenil! Deja reinar al espíritu que siempre turbaste. De hoy más, tus amores, serán Alemania, España, Flandes. (Mirando una bandera imperial.) El emperador es como el águila, su compañera: en el sitio del corazón no tiene más que un escudo.
Hernani.—¡Ah! Sois César.
D. Carlos.—Don Juan, tu corazón es digno de tu noble casa. (Indicando á doña Sol.) Eres también digno de ella. De rodillas, duque. (Hernani se arrodilla. Don Carlos se quita el Toisón y se lo pone á él.) Recibe este collar. Sé fiel. Por San Esteban, duque, te hago caballero de esta orden. (Lo levanta y abraza.) Pero tú tienes el más bello y precioso collar... el que yo no tengo, el que falta al poder: los brazos de una mujer amada y amante. Vas á ser muy feliz. Yo... yo soy emperador. (Á los conjurados.) Ignoro vuestros nombres, señores. Odio y rencor, todo quiero olvidarlo. Idos en paz: os perdono. Esta lección me cumple dar al mundo.
Los conjurados (Cayendo de rodillas.)—¡Gloria al Emperador!
D. Ruy (Á don Carlos.)—Yo solo quedo condenado.
D. Carlos.—Y yo.
Hernani.—Yo no odio ya. ¿Á quién se debe esta mudanza?
Todos.—¡Honor á Carlos Quinto!
D. Carlos (Volviéndose hacia el sepulcro.)—¡Honor á Carlomagno!... Dejadnos solos á los dos.
(Salen todos.)
ESCENA V
DON CARLOS, solo
(Se inclina ante el sepulcro.)
¿Estás satisfecho de mí? ¿He sabido despojarme de las miserias del rey? ¿Soy ya otro hombre? ¿Puedo ceñir mi yelmo de batalla con la tiara papal? ¿Tengo derecho á gobernar el mundo? ¿Mi pié es ya bastante firme y seguro para andar por ese camino sembrado de vandálicas ruinas que tú hollaste con tus anchas sandalias? ¿Encendí mi antorcha en tu llama inextinguible? ¿He comprendido la voz que habla en tu sepulcro?... ¡Ah! Estaba solo, perdido ante un imperio. Todo un mundo que aúlla, y amenaza y conspira; el danés á quien tener á raya, el Padre Santo á quien pagar; Venecia, Solimán, Lutero, Francisco primero; mil puñales conjurados centelleando en las sombras; asechanzas, escollos, enemigos por doquiera; veinte pueblos que harían temblar á cien reyes; todo premioso, urgente, pidiendo simultánea solución... Y te llamé diciendo: ¡Carlomagno! ¿por dónde empezaré? Y tú me respondiste: ¡Hijo, por la clemencia!


ACTO V
LAS BODAS
ZARAGOZA
Galería del palacio de Aragón. — En el fondo una escalera que desciende hasta el jardín. — Á derecha é izquierda dos puertas. — Dos arcadas moriscas sobrepuestas cierran el fondo, dejando ver por sus claros los jardines con luces que van y vienen, y en último término los remates góticos y árabes del palacio iluminado. — Música lejana. — Máscaras de dominó, aisladas ó en grupos, pasean por el fondo. — En el proscenio, un grupo de jóvenes, que, con los antifaces en la mano, hablan y ríen ruidosamente.
PERSONAJES
HERNANI.
DOÑA SOL.
DON RUY GÓMEZ DE SILVA.
DON SANCHO.
DON MATÍAS.
DON RICARDO.
DON FRANCISCO.
DON GARCI SUÁREZ.
ESCENA I
DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey; DON MATÍAS CENTURIÓN, marqués de Almunan; DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma; DON FRANCISCO DE SOTOMAYOR, conde de Belalcázar; DON GARCI SUÁREZ DE CARVAJAL, conde de Peñalver.
D. García.—¡Viva la novia y viva la alegría!
D. Matías.—Zaragoza se asoma esta noche á los balcones.
D. García.—Y hace bien, porque jamás se vió boda más alegre, ni más gallardos novios, ni noche más serena.
D. Matías.—¡Buen emperador!
D. Sancho.—Marqués, cierta noche en que íbamos los dos con él en busca de aventuras ¿quién nos hubiera dicho que aquello había de acabar así?
D. Ricardo.—Yo era de la partida. (Á los otros.) Escuchad la historia. Tres galanes y un bandido, un duque y un rey ponen sitio á la vez al corazón de una mujer. Dado el asalto ¿quién la gana? El bandido.
D. Francisco.—Nada más natural: el amor y la fortuna, lo mismo aquí que en Francia, son dados falsos: el fullero es el que gana.
D. Ricardo.—Yo hice mi fortuna viendo cortejos: primero conde, luégo grande, después alcalde de corte. Indudablemente he empleado bien el tiempo.
D. Sancho.—El secreto de este alcalde consiste en hallarse siempre en el camino del rey.
D. Ricardo.—Haciendo valer mis derechos y mis servicios.
D. García.—Y hasta sus distracciones.
D. Matías.—¿Qué ha sido del viejo duque? ¿Está disponiendo el ataúd?
D. Sancho.—Dejémonos de chanzas, marqués; el viejo es hombre de temple y amaba á doña Sol. Sesenta años tardó en encanecer: un día ha bastado para que encaneciera del todo.
D. García.—Dícese que se ha ido á Zaragoza.
D. Sancho.—¿Querías que trajera á la boda su despecho?
D. Francisco.—¿Y qué hace el emperador?
D. Sancho.—El emperador está hoy triste. Lutero le da en qué pensar.
D. Ricardo.—¡Lutero! ¡Buen asunto de cuidados y penas, que yo acabaría muy pronto con cuatro soldados!
D. Matías.—Solimán también le hace sombra.
D. García.—¡Lutero, Solimán, Neptuno, el diablo y Júpiter! ¿Qué nos importa eso? Las mujeres, las máscaras, la broma...
D. Sancho.—Esto es lo esencial.
D. Ricardo.—Tiene razón Garci Suárez. Yo no soy el mismo en día de fiesta... en poniéndome una máscara, parece que me pongo otra cabeza.
D. Sancho (Bajo á don Matías.)—¿Por qué no serán todos días de fiesta?
D. Francisco (Indicando la puerta de la derecha.)—¿No es esa la habitación de los desposados?
D. García.—Sí. Y pronto los veremos venir.
D. Francisco.—¿Vendrán?
D. García.—Sin duda.
D. Francisco.—Tanto mejor. La novia es bellísima.
D. Ricardo.—Y el emperador, muy bondadoso; perdonar á ese rebelde de Hernani, cargarle de títulos y unirle en matrimonio con doña Sol. ¡Pardiez! Si el emperador hubiera seguido mi consejo, dábale á él un lecho de piedra y á ella un lecho de pluma.
D. Sancho (Bajo á don Matías.)—De buena gana le daría una estocada á este señor de oropel.
D. Ricardo.—¿Qué estáis diciendo ahí?
(Acercándose.)
D. Matías (Bajo á Sancho.)—No arméis contienda ahora. (Á don Ricardo.) Me recita unos versos del Petrarca á su amada.
D. García.—Señores ¿habéis observado entre las flores, las mujeres y los trajes de colorines, un espectro, que de pié junto á una columna, manchaba la mascarada con su negro dominó?
D. Ricardo.—Sí, pardiez.
D. García.—¿Quién será?
D. Ricardo.—Su estatura, su porte... Sin duda don Pancracio, general de mar.
D. Francisco.—No.
D. García.—No se ha quitado la máscara.
D. Francisco.—Ni tenía guardia. Es el duque de Soma, que quiere que lo miren y nada más.
D. Ricardo.—Tampoco, porque el duque habló conmigo.
D. García.—Entonces ¿quién diablos es? ¡Pardiez! Helo allí.
(Entra un enmascarado con dominó negro, y cruza lentamente el fondo. Todos se vuelven á mirarle y le siguen con la vista, sin que él haga caso.)
D. Sancho.—Si los muertos andan, así han de andar.
D. García (Corriendo á él.)—¡Máscara! (El dominó negro se detiene. García retrocede.) ¡Por vida mía! señores, he visto fulgurar sus ojos.
D. Sancho.—Si es el diablo, ha encontrado á quien hablar. (Se le acerca.) Mala sombra, ¿vienes del infierno?
El Máscara.—No vengo, voy...
(Sigue su camino y desaparece por la escalera del fondo. Todos le siguen con la vista con cierto espanto.)
D. Matías.—Su voz es verdaderamente sepulcral.

Bodas de Hernani y Doña Sol
D. García.—Sea: lo que da espanto en otra parte, hace reir en un baile.
D. Sancho.—Algún chusco de mal género.
D. García.—Y si es Lucifer que viene á vernos bailar, mientras llega la hora del infierno, bailemos.
D. Sancho.—Alguna bufonada, á buen seguro.
D. Matías.—Mañana lo sabremos.
D. Sancho (á don Matías.)—Mirad adónde ha ido.
D. Matías (Mirando.)—Ha bajado la escalera y... ¿Quién sabe?
D. Sancho.—Es singular.
D. García (Á una dama que pasa.)—Marquesa ¿seréis tan bondadosa...?
(La saluda y le ofrece la mano.)
La dama.—Mi querido conde, bien sabéis que con vos mi marido las cuenta.
D. García.—Mejor que mejor, pues se divierte con eso. Él contará y nosotros bailaremos.
(La dama le da la mano y salen.)
D. Sancho (Pensativo.)—Es singular.
D. Matías.—¡Los novios! ¡Silencio!
(Entran Hernani y Sol de la mano; ella en magnífico traje nupcial; él de terciopelo negro y el Toisón al cuello. Detrás de ellos multitud de damas y caballeros de máscara, que les dan cortejo. Cuatro pajes les preceden y dos alabarderos les siguen.)
ESCENA II
Los mismos, HERNANI, DOÑA SOL, séquito
Hernani (Saludando.)—¡Amigos míos!
D. Ricardo (Lisonjeándole.)—Tu felicidad hace la nuestra, ilustre Aragón.
D. Francisco.—¡Por Santiago Apóstol! ¡Es la misma Venus!
D. Matías.—¿Hay nada más feliz que un día de bodas?
D. Francisco.—Sí... la noche.
D. Sancho (á don Matías).—Ya es tarde. ¿Nos retiramos?
(Todos van á saludar á los recién casados, y salen, unos por la puerta, otros por la escalera del fondo.)
Hernani (Despidiéndolos.)—Dios os guarde.
D. Sancho (Estrechándole la mano.)—¡Sed felices!
(Quedan solos Hernani y Sol. Las luces se van apagando y muy luégo reina la oscuridad y el silencio.)
ESCENA III
HERNANI, DOÑA SOL
D.ª Sol.—Por fin se van todos.
Hernani (Atrayéndola á sí.)—¡Amor mío!
D.ª Sol (Esquivándole ruborizada.)—Es que... ya es tarde.
Hernani.—¡Ángel mío! Siempre es tarde para estar á solas juntos.
D.ª Sol.—Ya me fatigaba ese ruido. ¿No es verdad que toda esa alegría aturde y ahuyenta la felicidad?
Hernani.—Dices bien. La felicidad, vida mía, es cosa grave; quiere corazones de bronce y lentamente se graba en ellos. El placer la espanta echándole flores; su sonrisa dista menos de llorar que de reir.
D.ª Sol.—Es verdad. (Resistiéndose á seguir á Hernani que quiere llevársela hacia la puerta.) Luégo, luégo.
Hernani.—¡Oh! No soy más que tu esclavo. Bien, permanece aquí; haz lo que quieras... yo no pido nada. Tú sabes lo que haces y para mí aciertas siempre. Reiré ó cantaré, si quieres. El alma se me abrasa... ¡Oh! Dile al volcán que apague sus llamas, y el volcán cerrará su cráter y cubrirá su falda de flores y verde musgo. Porque el gigante está vencido, el Vesubio es esclavo y ¿qué te importa á ti su corazón candente? ¿Quieres flores? Sea: forzoso será que el volcán, ardiendo y todo, se engalane á tus ojos.
D.ª Sol.—¡Qué bondadoso eres con esta pobre mujer, Hernani de mi alma!
Hernani.—¿Qué nombre has pronunciado? ¡Oh! por favor, no me dés ya ese nombre, pues me haces recordar que lo he olvidado todo. Sé que en otro tiempo existía como en sueño un Hernani, cuyos ojos fulguraban como un puñal; un hombre de las sombras y los montes, un proscrito que sólo respiraba odio y venganza, un infeliz que arrastraba por todas partes su anatema; pero yo no conozco á ese Hernani. Yo amo los prados, las flores, los bosques, el canto del ruiseñor; soy don Juan de Aragón, esposo de doña Sol. Soy feliz.
D.ª Sol.—Y yo, y yo. ¡Cuán feliz soy!
Hernani.—¿Qué importan los andrajos que dejé á la puerta? Vuelvo á mi luctuoso palacio y un ángel del Señor me esperaba en el umbral. Entro y pongo en pié sus derribadas columnas, vuelvo á encender el hogar, abro las ventanas, arraso la yerba del pavés del patio; yo no soy ya más que alegría y amor. Que me devuelvan mis torres y castillos, mi penacho, mi asiento en el consejo de Castilla; venga mi doña Sol, honesta y pura, déjennos solos, y demos por pasado lo demás. Nada he visto, nada he dicho, nada he hecho; vuelvo á empezar, lo borro todo, todo lo olvido. Oh prudencia, oh locura, te tengo á ti, te amo y basta á mi felicidad.
D.ª Sol.—¡Qué bien sienta ese collar de oro sobre el terciopelo negro!
Hernani.—Antes que á mí viste al rey con igual traje.
D.ª Sol.—No lo he notado. ¿Ni qué me importa otro hombre? Y luégo si no es el terciopelo ó el raso... No, duque mío; es tu cuello el que sienta bien al collar de oro. (Resistiéndose aún.) Luégo, luégo... Un momento no más. ¿No ves? Estoy alegre y lloro. ¡Cuán feliz soy! Ven á ver tan hermosa noche. (Van á la arcada.) Sólo un instante, duque mío; el tiempo de respirar y ver solamente. Todo se ha extinguido: antorchas y música. Nada más que la noche y nosotros. ¡Felicidad perfecta! ¿No lo crees tú así? Mientras todo duerme, vela amorosamente sobre nosotros la naturaleza: la luna sola en el cielo reposa como nosotros y como nosotros respira el aire embalsamado de las flores. Mira: ni una luz, ni un rumor... todo calla. Há poco, mientras hablabas, el trémulo brillo de la luna y el timbre de tu voz, me llegaban juntos al corazón. Sentíame alegre y tranquila, amor mío, y hubiera querido espirar en aquel momento.
Hernani.—¡Ah! ¿Quién no lo olvidaría todo al encanto de tu voz? Tu palabra es un canto angelical; como á la luz crepuscular de una tarde de verano, ve deslizarse el viajero las márgenes floridas de un río, vaga mi pensamiento por tus melancolías.
D.ª Sol.—Este silencio es harto lúgubre, y demasiado profundo este sosiego. Dime, amor mío, ¿no querrías ver en el fondo una estrella? ¿No quisieras que una voz de la noche tierna y amorosa se alzara de repente y cantara?
Hernani.—¡Ah caprichosa! Ahora mismo huías de la luz y de los cantos.
D.ª Sol.—Del baile. Pero un pájaro que cantara en el campo, un ruiseñor perdido en las sombras, allá en una enramada, ó alguna flauta á lo lejos... La música es dulce, desliza en el alma armonía y amor... despierta mil voces que resuenan en el alma. ¡Oh! Sería delicioso.
(Óyese el són lejano de un cuerno.)
Hernani.—¡Ah!
D.ª Sol.—¡Mi deseo fué oído!
Hernani (Aparte; estremeciéndose.)—¡Desdichada!
D.ª Sol.—Un ángel me ha oído; sin duda tu ángel bueno.
Hernani.—Sí, mi ángel bueno. (Con amargura.—Aparte.) ¡Todavía!
D.ª Sol.—Don Juan, he reconocido el són de esa bocina.
Hernani.—¿Sí?
D.ª Sol.—Esta serenata, la has dispuesto tú ¿verdad?
Hernani.—Tú lo has dicho.
D.ª Sol.—¡Qué baile tan fastidioso! ¡Oh! ¡Cuánto le prefiero el toque de una bocina en el fondo de los bosques! Y más siendo la tuya... es como tu voz.
(Óyese otra vez el mismo són.)
Hernani (Aparte.)—¡Ah! El tigre aúlla y reclama su presa.
D.ª Sol.—Don Juan, ese sonido llena de alegría el corazón.
Hernani.—¡Llámame Hernani; llámame Hernani! ¡Aún me persigue ese nombre fatal!
D.ª Sol (Temblando.)—¿Qué tienes?
Hernani.—¡El viejo!
D.ª Sol.—¡Dios mío! Me espanta tu mirada. ¿Qué tienes?
Hernani.—El viejo que se ríe en las tinieblas. ¿No lo ves?
D.ª Sol.—¿Desvarías, bien mío? ¿Quién es ese viejo?
Hernani.—¡El viejo!
D.ª Sol.—Te ruego de rodillas que calmes mi inquietud. ¿Qué secreto es ese que te turba? ¿Qué tienes?
Hernani.—¡Se lo juré!
D.ª Sol.—¿Se lo juraste?
(Sigue todos sus movimientos con ansiedad. Detiénese él de golpe y se pasa la mano por la frente.)
Hernani (Aparte.)—¿Qué le iba á decir? (Alto.) ¿Yo? Nada. ¿De qué te hablaba?
D.ª Sol.—Me has dicho...
Hernani.—No, no... estaba turbado... Me siento mal... pero no te inquietes.
D.ª Sol.—¿Necesitas algo? ¿Qué traigo? Ordéname.
(Vuelve á sonar el cuerno.)
Hernani (Aparte.)—No desiste... ¡mi juramento! (Buscándose el puñal.) Nada. ¡Ah!
D.ª Sol.—¿Te sientes peor? ¿Qué tienes?
Hernani.—Una... una herida antigua, que parecía cerrada y se renueva. (Aparte.) Alejémosla de aquí. (Alto.) Sol de mi vida, escucha: aquella cajita, que en días menos felices llevaba yo conmigo...
D.ª Sol.—Ya sé. ¿Qué quieres que haga?
Hernani.—En ella encontrarás un pomo de elixir, que podrá poner término al mal que preveo. Vé y tráemelo.
(Sale doña Sol por la puerta de la cámara nupcial.)
ESCENA IV
HERNANI, solo
¡He aquí lo que viene á hacer con mi felicidad! ¡He aquí el dedo fatal que brilla en la pared! ¡Oh! ¡Con qué crueldad se burla de mí el destino! (Cae en profunda y tormentosa reflexión. Después se desvía bruscamente.) ¡Y bien!... Pero todo calla... No veo venir á nadie... ¡Si me hubiera engañado!...
(El máscara del dominó negro aparece en el fondo. Hernani se detiene petrificado.)
ESCENA V
HERNANI, el MÁSCARA
El Máscara.—«Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en cualquier lugar y á cualquiera hora, si creéis que es llegada la de mi muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme en vuestro poder.» Este pacto tuvo á los muertos por testigos. Ahora bien. ¿Estás dispuesto?
Hernani (Aparte.)—¡Es él!
El Máscara.—Vengo á tu palacio á decirte que ha llegado la hora y veo que acudes tarde.
Hernani.—Bien. ¿Qué quieres? ¿Qué vas á hacer de mí? Habla.
El Máscara.—Puedes elegir entre el puñal y el veneno. Traigo lo necesario. Partiremos los dos.
Hernani.—En buen hora.
El Máscara.—Oremos antes.
Hernani.—¿Para qué?
El Máscara.—¿Qué eliges tú?
Hernani.—El veneno.
El Máscara.—Bien. Dame la mano. (Le presenta un pomo, que Hernani toma temblando.) Bebe y acabemos.
Hernani (Se lleva el pomo á los labios, y luégo lo aparta.)—¡Oh! Por piedad, déjalo para mañana. ¡Oh! si tienes corazón, ó alma siquiera; si no eres un espectro escapado de las llamas, un réprobo, un fantasma ó un demonio; si sabes lo que es la dicha suprema de amar, de tener veinte años y estar recién casado; si alguna vez ha palpitado en tus brazos una mujer amante y amada, espera, espera hasta mañana. Mañana puedes volver.
El Máscara.—¡Mañana! ¡Mañana! ¡Necio! ¿Y qué haría yo esta noche? Morirme. Y ¿quién vendría mañana por ti? No, no; joven, es preciso despachar ahora.
Hernani.—Pues bien, no. Sabré librarme de ti, demonio. No, no te obedezco.
El Máscara.—¡Bien me lo temía! Muy bien. ¿Por qué sagrado juramento te obligaste? ¡Ah! por nada... por la memoria de tu padre. Bien puedes olvidarlo: la juventud es ligera.
Hernani.—¡Ah! ¡Padre, padre mío! Voy á perder el juicio.
El Máscara.—No, no es más que un perjurio, un sacrilegio.
Hernani.—¡Señor duque!
El Máscara.—Puesto que los primogénitos de las familias castellanas toman á juego el juramento, y faltan á él tan livianamente, adiós. (Da un paso para retirarse.)
Hernani.—Espera; no te vayas tan pronto.
El Máscara.—Entonces...
Hernani.—¡Viejo desalmado! (Toma el pomo.) ¡Perseguirme así hasta las puertas del cielo!...
(Vuelve Sol sin ver al encubierto, de pié junto á la escalera del fondo.)
ESCENA VI
Los mismos, DOÑA SOL
D.ª Sol.—No he podido encontrar la caja.
Hernani.—¡Ella! ¡En qué momento!
D.ª Sol.—¿Qué tiene? ¡Se espanta de mí y vacila á mi voz! ¿Qué tienes en la mano? ¡Horrible sospecha! ¿Qué tienes en la mano? Contesta. (El encubierto se quita el antifaz. Sol reconoce á don Ruy Gómez y da un grito.) ¡Veneno!
Hernani.—¡Gran Dios!
D.ª Sol.—¿Qué te he hecho yo? ¡Qué horrible misterio! Me engañabas, don Juan.
Hernani.—¡Ah! He debido ocultártelo. Había jurado morir al duque á quien debí mi salvación un día: Aragón debe pagar esta deuda á Silva.

D.ª Sol.—Pero tú no te perteneces, tú eres mío. ¿Qué me importan á mí los demás juramentos? Duque, el amor me hace fuerte y contra vos y contra el mundo entero sabré defenderlo.
D. Ruy.—Defiéndelo, si puedes, contra un sagrado juramento.
D.ª Sol.—¿Cuál?
Hernani.—Sí, juré...
D.ª Sol.—No, nada te obliga á morir. No, no puede ser. Es un crimen, un atentado, una locura.
D. Ruy.—Vamos, don Juan de Aragón.
(Hernani va á obedecer. Sol se lo impide.)
Hernani.—Dejadme, doña Sol, es preciso. El duque tiene mi palabra y mi padre me mira desde el cielo.
D.ª Sol (Á don Ruy.)—Antes arrancaríais á una tigre sus cachorros que á mí el amante de mi alma. Todavía no sabéis bien lo que es esta mujer. Por mucho tiempo, compadecida de vuestros sesenta años y respetando vuestras canas, he sido sumisa, mansa y tímida; pero ahora... ahora, ved estos ojos encendidos y fulgurantes de rabia (Sácase del seno un puñal), y ved este puñal. ¡Viejo insensato! Temed cuando los ojos amagan... Soy de la familia, tío...; y así fuera hija vuestra ¡ay de ti, si atentas contra mi esposo! (Tira el puñal y cae de rodillas ante el duque.) ¡Ah! Vedme de hinojos á vuestros piés, y tened piedad de nosotros. ¡Perdón, señor, perdón! Sólo soy una débil mujer; mi fuerza aborta en mi alma y fácilmente flaqueo. ¡Ah! de rodillas os lo ruego; ¡tened piedad de nosotros!
D. Ruy.—¡Doña Sol!
D.ª Sol.—¡Perdonad! El dolor me ha inducido á proferir duras palabras. Perdonad. Vos no sois malo, tío. Compadeceos de nosotros, porque al tocarle á él, me matáis á mí. ¡Le amo tanto!...
D. Ruy.—Tanto le amáis ¿eh?
Hernani.—¡Lloras!
D.ª Sol.—No quiero que mueras, amor mío; no, no lo quiero. (Á don Ruy.) Perdonadle, señor, y yo os amaré á vos también.
D. Ruy.—¡En segundo lugar! Con esos restos de amor... de amistad... menos aún ¿crees apagar la sed que me devora? (Indicando á Hernani.) Él lo es todo; pero yo... ¡brava compasión! ¿Qué he de hacer yo con tu amistad? ¡Oh! él poseería el alma, el amor, el trono, y sólo tendría yo la limosna de una mirada. ¡Vergüenza é irrisión! No; es preciso acabar. Bebe.
Hernani.—Tiene mi palabra y debo cumplirla.
D. Ruy.—¡Vamos!
(Hernani lleva el pomo á los labios. Sol le detiene el brazo.)
D.ª Sol.—¡Aún no..., aún no! Dignaos oirme los dos.
D. Ruy.—El sepulcro está abierto y no puedo esperar.
D.ª Sol.—Un instante, señor; un instante, don Juan. ¡Ah! ¡Cuán crueles sois los dos! ¿Qué es lo que os pido? Un instante no más... es todo cuanto deseo. Permitidme que diga esta pobre mujer lo que tiene en el corazón; permitídmelo por piedad.
D. Ruy (á Hernani).—Tengo prisa.
D.ª Sol.—Pero, me hacéis temblar. ¿Qué os he hecho yo?
Hernani.—¡Ah! Su voz me desgarra el corazón.
D.ª Sol (Reteniéndole aún el brazo.)—Comprended que tengo mil cosas que decir.
D. Ruy.—¡Acabemos!
D.ª Sol.—Don Juan, en cuanto haya hablado, puedes hacer lo que tengas á bien. (Le arrebata el pomo.) ¡Mío, mío es ya! (Lo presenta á vista de los dos sorprendidos.)
D. Ruy.—Puesto que he de habérmelas aquí con dos mujeres, don Juan, preciso es que vaya á otra parte á buscar almas. Tú te atreves á jurar por la memoria de tu padre y no cumples; yo voy á hablar de ello á tu padre entre los muertos. Adiós.
(Da algunos pasos y Hernani lo detiene. Á Sol.)
Hernani.—Deteneos, duque, deteneos. (Á Sol.) ¡Ah! ¿Quieres que sea pérfido, perjuro, sacrílego? ¿Quieres que lleve por el mundo escrito el crimen en mi frente? ¡Ah! Por piedad, devuélveme ese pomo. ¡Por nuestro amor, por nuestra alma inmortal!
D.ª Sol.—¡Insistís!
Hernani.—Sí.
D.ª Sol.—Bien. (Bebe.) Tómalo.
D. Ruy.—¡Ah! Era para ella.
D.ª Sol (Ofreciendo el pomo á Hernani.)—Tómalo ahora, te digo.
Hernani.—¿Ves, viejo miserable?
D.ª Sol.—No te quejes de mí: te guardo tu parte.
Hernani (Tomando el pomo.)—¡Oh Dios!
D.ª Sol.—Tú no me hubieras guardado la mía. ¡Oh! no tienes tú el corazón de una esposa cristiana, ni sabes amar como ama una Silva. Pero he bebido primero y estoy tranquila. Ahora tú, si quieres.
Hernani.—¿Qué has hecho, desdichada?
D.ª Sol.—Tú lo has querido.
Hernani.—¡Muerte espantosa!
D.ª Sol.—No. ¿Por qué?
Hernani.—Ese licor lleva al sepulcro.
D.ª Sol.—¿No debíamos dormir juntos esta noche? ¿Qué importa en qué lecho?
Hernani.—¡Padre mío! Te vengas en mí que te olvidaba.
(Se lleva el pomo á la boca. Sol lo detiene otra vez.)
D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Qué dolores tan extraños! ¡Ah! Tira lejos de ti ese licor funesto... ¡Se extravía mi razón! Detente ¡ay! detente, don Juan mío; ese veneno es vivísimo y engendra en el corazón una hidra de mil dientes que lo roen y devoran. ¡Oh! yo no sabía que se padeciera tanto. ¿Qué es? ¡Ah! fuego. ¡No bebas! ¡Oh! no; padecerías mucho.
Hernani (á don Ruy).—¡Ah! ¡Cuán cruel eres! ¿No podías haber elegido otro veneno para ella?
(Bebe y tira el pomo.)
D.ª Sol.—¿Qué has hecho?
Hernani.—¿Qué has hecho tú?
D.ª Sol.—Ven, ven, amor mío, á mis brazos. (Siéntanse juntos.) ¿No es verdad que se padece horriblemente?
Hernani.—No.
D.ª Sol.—He aquí nuestra noche de bodas. He de estar muy pálida para novia.
Hernani.—¡Ah!
D. Ruy.—La fatalidad se cumple.
Hernani.—¡Qué desesperación! ¡Verla yo morir en este tormento!
D.ª Sol.—Cálmate: me siento mejor. Ahora mismo vamos á abrir nuestras alas hacia nuevos iluminados espacios. Partamos con vuelo igual á un mundo mejor. ¡Un beso! ¡Sólo uno!
D. Ruy.—¡Oh dolor!
Hernani (Con voz débil.)—¡Bendito sea el cielo que me dió una vida rodeada de abismos y seguida de espectros; pero que me permitió dormirme, cansado de tan rudo camino, besando tu mano!
D. Ruy.—¡Cuán felices son!
Hernani (Desfalleciendo.)—Ven... ven... Sol de mi alma. ¡Qué oscuro está todo!... ¿Padeces mucho?
D.ª Sol (Con voz igualmente desfallecida.)—Nada... nada ya.

Hernani.—¿Ves dos luces en las sombras?
D.ª Sol.—Todavía no.
Hernani.—Yo sí...
(Da un suspiro y cae.)
D. Ruy (Levantándole la cabeza, que vuelve á caer.)—¡Muerto!
D.ª Sol (Desgreñada é incorporándose un poco.)—¡Muerto! No... dormimos... Duerme... es mi esposo. ¿Ves? Nos amamos y... dormimos aquí... Esta es nuestra noche de bodas. No le despertéis, señor duque de Mendoza... está cansado... (Vuelve la cara de Hernani.) Amor mío, vuelve á mí tus ojos... Más cerca... más aún...
(Cae.)
D. Ruy.—¡Muerta! ¡Oh! ¡estoy condenado!
(Se mata.)
FIN DEL DRAMA