EL REY SE DIVIERTE (continued 2)
Cecilio Navarro translation
Berarda.—Lo juraría por mi cabeza.
(Tendiendo la mano.)
El Rey (aparte).—Mi anillo por tu cabeza.
(Le da su anillo.)
Blanca.—Muchas veces, pensando en él de día y con él soñando de noche, quisiera verlo aquí, delante de mis ojos... (Sale el rey de su escondrijo y va á arrodillarse á sus piés mientras ella mira á otro lado...) ...para decirle á él mismo: Sé feliz; está contento... ¡oh! sí, yo te am... (Se vuelve, ve al rey y se detiene petrificada.)
El Rey (tendiéndole los brazos).—¡Te amo! Acaba, acaba. ¡Oh! dí ¡Yo te amo! No temas nada. ¡Suenan tan bien estas palabras en tan graciosos labios!...
Blanca (buscando espantada con la vista á la dueña, que ha desaparecido).—¡Berarda! Nadie me responde ¡oh Dios!
El Rey.—Dos amantes felices son un mundo.
Blanca (temblando).—Caballero ¿de dónde salís?
El Rey.—Del infierno ó del cielo. Que sea yo Satanás ó Gabriel, ¿qué os importa, si os amo?
Blanca.—¡Oh Dios! ¡Piedad! Supongo que no os habrán visto entrar. ¡Dios mío! Si mi padre... Salid.
El Rey.—¡Salir! ¡Cuando te tengo entre mis brazos, cuando te pertenezco y me perteneces! Me has dicho que me amas.
Blanca (confusa).—¡Me escuchaba!
El Rey.—Sin duda. ¿Qué concierto más divino quieres que escuche?
Blanca (suplicante).—¡Ah! Ya me habéis hablado. Ahora por piedad, salid.
El Rey.—¡Salir, cuando mi suerte está ligada á la tuya, cuando tu estrella y la mía brillan en el mismo horizonte, cuando vengo á despertar tu corazón de niña... el cielo me ha elegido para abrir al amor tu alma virginal, y tus ojos á la luz! Ven, escucha... el amor es el sol del alma. ¿No te sientes enardecida á su dulce llama? El cetro que da y quita la muerte, la gloria que se adquiere con la guerra, tener un nombre famoso, ganar muchos dominios, ser rey ó emperador son cosas humanas; no hay nada en la tierra donde todo pasa, sino una cosa divina, el amor. ¡Oh Blanca! tu rendido amante te trae la felicidad que tímida esperaba en tu puerta. La vida es una flor y el amor su miel, es la paloma unida al águila en el cielo, es la trémula gracia apoyada en la fuerza, es tu mano dulcemente olvidada en mi mano... ¡Oh! amémonos, amémonos.
(Quiere abrazarla y ella lo rehuye.)
Blanca.—No, no; dejadme, por Dios.
(El rey la estrecha al fin en sus brazos y la besa.)
Berarda (Oculta en el fondo. Aparte.)—Esto va viento en popa.
El Rey.—¡Ah! Dime que me amas.
Berarda.—¡Truhán!
El Rey.—Soy feliz.
Blanca.—Estoy perdida.
El Rey.—Al contrario, amor mío.
Blanca.—Sois un extraño para mí. Decidme vuestro nombre.
Berarda (aparte).—Tiempo es ya de pensar en ello.
Blanca.—Á lo menos no seréis gran señor. ¡Les teme tanto mi padre!...
El Rey.—Yo me llamo... (Aparte.) ¿Cómo me llamo yo? (Alto.) Gaucher Mahiet, y soy... un pobre estudiante.
Berarda (contando su dinero).—¡Qué trapalón!
(Entran en la calle M. de Pienne y Pardaillan envueltos en sendas capas y con una linterna sorda en la mano.)
Pienne (al otro).—Aquí es, caballero.
Berarda (baja precipitadamente del terrazo y avisa en voz baja diciendo:)—Gente oí fuera.
Blanca (con espanto).—Acaso mi padre.
Berarda.—Partid, caballero.
El Rey.—¡Que no tuviera entre mis manos al que así me estorba!
Blanca (á la dueña).—Acompáñalo sin demora y que salga por la puerta del malecón.
El Rey.—¡Oh! ¡Dejarte ya...!
Blanca.—Es preciso.
El Rey.—¿Me amarás mañana?
Blanca.—¿Y vos?
El Rey.—Toda la vida.
Blanca.—¡Ah! Me engañaréis, porque engaño yo á mi padre.
El Rey.—Nunca. Ahora, Blanca, un beso de despedida.
Berarda (aparte).—Es un besucón de mil demonios.
Blanca.—No, no.
(El rey la besa y sigue á la dueña. Blanca queda un momento con los ojos fijos en la puerta por donde han salido, y después los sigue. Entre tanto puéblase la calle de caballeros armados, cubiertos y enmascarados. Ha cerrado la noche. Los caballeros, que han tapado la linterna sorda, se entienden por señas. Un criado los sigue con una escala.)
ESCENA V
Los caballeros, luégo TRIBOULET, después BLANCA
(Blanca aparece en el terrazo por la puerta del primer piso con una luz en la mano.)
Blanca.—¡Gaucher Mahiet! nombre de mi amado, grábate en mi corazón.
Pienne.—Caballeros, es ella; la misma.
Pardaillan.—Veamos.
Gordes (con desdén).—Alguna beldad vulgar. Te compadezco, duque, si te contentas con mujeres de villanos.
(Vuélvese Blanca de modo que la pueden ver bien.)
Pienne.—¿Qué te parece, conde?
Marot.—No es fea la villana.
Gordes.—Es un hada, un ángel, una diosa.
Pardaillan.—¿Y es la manceba del bufón? ¡Qué hipócrita!
Gordes.—¡Qué pícaro!
Marot.—La más hermosa para el más feo. Júpiter se complace en cruzar las razas.
(Retírase Blanca por donde ha salido, viéndose ya sólo luz por una ventana.)
Pienne.—Señores, no perdamos tiempo. Hemos resuelto castigar á Triboulet, y aquí estamos todos con nuestro agravio y además con una escala. Escalemos, pues, el muro y robémosle la hembra, para que al levantarse el rey mañana, la encuentre en palacio.
Cossé.—Si el rey pone aquí la mano...
Marot.—El diablo desenredará la trama.
Pienne.—¡Bien dicho! Manos á la obra.
Gordes.—En verdad, es bocado de rey.
(Entra Triboulet.)
Triboulet (pensativo, en el fondo).—Vuelvo... no sé á qué... ¡Ah!
Cossé (á los otros).—Pero, señores, ¿os parece bien que el rey le sople así la dama á todo el mundo? Querría saber yo lo que diría el rey, si alguien le usurpara la suya.
Triboulet (adelantándose).—¡Cómo me maldijo el anciano! Siento así... como una turbación. (La oscuridad es tan densa que no ve á Gordes con quien se roza al pasar.) ¿Quién va?
Gordes (volviendo á los otros).—¡Triboulet, señores!
Cossé.—¡Victoria doble! Matemos al traidor.
Pienne.—Eso no.
Cossé.—Está en nuestras manos.
Pienne.—Pero ¿quién nos divertirá mañana?
Gordes.—Va á estorbarnos.
Marot.—Dejad que yo le hable: voy á arreglarlo todo.
Triboulet (prestando atento oído).—Parece que hablan bajo.
Marot (acercándose).—¿Triboulet?
Triboulet (con voz ruda).—¿Quién va?
Marot.—¡Pardiez! No vayas á tragarme: soy yo.
Triboulet.—¿Quién eres tú?
Marot.—Marot.
Triboulet.—¡Ah! ¡Está tan oscuro!... Y ¿qué ocurre?
Marot.—Venimos... ¿No lo adivinas?
Triboulet.—No.
Marot.—Pues venimos á robar para el rey la esposa de Cossé.
Triboulet (respirando).—¡Ah!... ¡Magnífica idea!
Cossé (aparte).—Estoy por romperle un hueso.
Triboulet.—¿Y cómo os las compondréis para llegar hasta ella?
Marot (bajo á Cossé).—Dadme vuestra llave.

Blanca.—¡Padre! ¡Padre mío! ¡Socorro!
(Se la da. Toma, y tienta la llave y reconoce el cincelado blasón del conde.)
Triboulet.—Sí, las tres hojas de sierra: es su blasón. (Aparte.) ¡Pardiez! ¡Qué necio soy! No sé lo que me había imaginado. (Alto.) Pues ahí está el palacio de Cossé. ¡Conque venís á robar su mujer! ¡Bravo!
Marot.—Todos venimos enmascarados.
Triboulet.—Pues bien, venga una máscara. (Marot le pone una máscara y añade una venda que le ata sobre los ojos y las orejas.) ¿Y ahora?
Marot.—Ahora nos tendrás la escala.
(Los caballeros suben por la escala, fuerzan la puerta del primer piso del terrazo y penetran en la casa. Un momento después, uno de ellos aparece en el patio, cuya puerta abre. Después entra todo el grupo, trayendo á Blanca desceñida y amordazada, que se resiste como puede.)
Blanca (á lo lejos).—¡Padre! ¡Padre mío! ¡Socorro!
Los caballeros.—¡Victoria!
(Desaparecen con la joven.)
Triboulet (solo al pié de la escalera).—¿Me hacen pasar aquí mi purgatorio? ¿Han acabado ya? ¡Qué irrisión! (Suelta la escala, se lleva la mano á la máscara y encuentra la venda.) ¡Ah, tengo los ojos vendados! (Se arranca la venda y la máscara. Á la luz de la linterna sorda, que se han dejado olvidada en el suelo, ve algo blanco, lo recoge y reconoce el velo de su hija. Vuélvese y ve apoyada la escala en el muro de su terrazo y la puerta de su casa abierta. Entra en ella como un loco y reaparece un momento después arrastrando á la dueña amordazada y medio vestida. Mírala con estupor y luégo se mesa los cabellos dando gritos inarticulados. Al fin recobra la palabra y grita sordamente:) ¡Oh! ¡la maldición, la maldición!
(Cae sin sentido.)

ACTO III
EL REY
La antecámara del rey en el Louvre. Dorados, molduras, muebles, tapicería del Renacimiento. — Una mesa, una silla de brazos y otra de tijera en primer término. — Una gran puerta dorada en el fondo. — Á la izquierda la puerta del dormitorio del rey. Á la derecha un aparador cargado de vajilla de oro y esmalte.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SAINT-VALLIER.
CLEMENTE MAROT.
M. DE PIENNE.
M. DE GORDES.
M. DE PARDAILLAN.
M. DE MONTCHENU.
M. DE COSSÉ.
PAJES.
CABALLEROS.
ESCENA I
LOS CABALLEROS
Gordes.—Ahora debemos tratar del desenlace de la aventura. Es preciso que Triboulet se atormente y desespere, sin sospechar que está aquí su amada.
Cossé.—Que se desespere buscándola... está muy bien... pero si los porteros la han visto entrar.
Montchenu.—Todos los ujieres de palacio tienen orden de decirle que no han visto aquí esta noche á mujer alguna.
Pardaillan.—Además un criado mío muy hábil en burlerías, ha ido á desorientarle diciendo en casa del bufón que había visto por sus ojos llevar por fuerza una mujer al palacio de Hautefort, á eso de la media noche.
Cossé (riendo).—Pues Hautefort le aleja mucho del Louvre.
Gordes.—Apretémosle la venda que le ciega.
Marot.—Yo le he escrito esta esquela esta mañana. (Saca un papel y lee:) «Acabo de robarte tu beldad, amigo Triboulet, y por darte noticias de ella, te participo que me la llevo fuera de Francia.»
(Ríen todos.)
Gordes (á Marot).—¿Firmado?
Marot.—Juan de Nivelles.
(Nuevas carcajadas.)
Pardaillan.—Va á correr el mundo buscándola.
Cossé.—Gozo ya viéndolo.
Gordes.—El desdichado, con su desesperación, sus crispados puños y sus dientes apretados, nos va á pagar en un día todas sus deudas atrasadas.
(Ábrese la puerta lateral y entra el rey en lujoso traje de mañana y en compañía de Pienne. Todos los cortesanos se descubren y abren paso. El rey y M. de Pienne ríen á carcajadas.)
El Rey (indicando la puerta del fondo).—¿Está allí la hermosa?
Pienne.—¡La manceba de Triboulet!
El Rey.—En verdad que soplarle la dama á mi bufón es cosa de risa.
Pienne.—¿Pero es su manceba ó su esposa?
El Rey (Aparte.)—¡Una mujer, una hija! No le suponía tan buen padre de familia.
Pienne.—¿Quiere verla Vuestra Majestad?
El Rey.—¡Pardiez!
(Sale el duque y vuelve sosteniendo á Blanca velada y vacilante. Siéntase el rey con negligencia.)
Pienne (á Blanca).—Entrad, hermosa. Después temblaréis cuanto queráis. Estáis en presencia del rey.
Blanca.—¡Ah! ¡Aquel galán es el rey!
(Corre á postrarse á sus piés. El rey con un gesto despide á los cortesanos.)
ESCENA II
EL REY, BLANCA
(Á solas ya el rey con Blanca, le quita el velo que la envuelve.)
El Rey.—¡Blanca!
Blanca.—¡Gaucher Mahiet! ¡Cielos!
El Rey (riendo).—¡Á fe de caballero, que me encanta la treta, sea engaño ó deliberación! ¡Vive Dios! Blanca, hermosa mía, ven á mis brazos.
Blanca (retrocediendo).—¡El rey! Dejadme, señor. ¡Dios mío! Yo ¡pobre de mí! no sé cómo hablar... ni qué decir. ¡Señor Gaucher Mahiet!... ¡Ah, no; sois el rey! ¡Oh! Quienquiera que seáis, tened piedad de mí.
(Cayendo otra vez de rodillas.)
El Rey.—¡Tener piedad de ti! ¡Yo que te adoro! Lo que dijo Gaucher, lo repite Francisco. Me amas, te amo y somos felices. Ser rey no es nada contrario al amor. ¡Inocente! Me creías comerciante, escolar, menos acaso. Porque la casualidad ha hecho que naciera un poco mejor, porque soy rey, no debes odiarme tan pronto. No tengo la dicha de ser un patán... ¿pero qué más da?
(Riendo.)
Blanca (aparte).—Se ríe. ¡Oh Dios! Quisiera morirme.
El Rey.—¡Oh! Las fiestas, los juegos, las danzas, los torneos, los dulces coloquios de amor en el fondo de los bosques, cien y cien placeres que las sombras cubrirán con sus alas, he aquí tu porvenir, al cual no será extraño el mío. Seamos dos amantes, dos esposos, dos seres felices. Hay que envejecer un día, y la vida, acá para nosotros, ese tejido en que, á pesar de los años que la ajan, brillan algunos instantes de amor, no sería más que un triste harapo sin esas lentejuelas. Blanca, he reflexionado muchas veces en esto; toda la sabiduría se reduce á honrar á Dios padre, amar, comer, beber, gozar.
Blanca (retrocediendo aterrada).—¡Ay de mis ilusiones! ¡Qué diferencia!
El Rey.—Pues ¿qué? ¿Me suponías un amante tímido y tembloroso, uno de esos pazguatos lúgubres y fríos que creen que basta para cautivar los corazones exhalar suspiros y querellas?
Blanca.—Dejadme. ¡Desdichada de mí!
El Rey.—¡Oh! ¿Sabes bien quién soy yo? Francia entera, quince millones de almas, riquezas, honores, placeres, poder sin cortapisa, todo es para mí, todo es mío, yo soy el rey. Pues bien, Blanca, tú serás la reina.
Blanca.—¡La reina! ¿Y vuestra esposa?
El Rey.—¡Inocente! Mi esposa... no es mi manceba. ¿Comprendes?
Blanca.—¡Ah! ¡Qué vergüenza!
El Rey.—¡Qué orgullosa!
Blanca.—No, no soy vuestra; soy de mi padre.
El Rey.—¡Tu padre!... Tu padre es mi bufón, tu padre es mío y hago de él lo que me place, sin que pueda querer él sino lo que yo quiera.
Blanca (llorando amargamente con la cabeza entre las manos).—¡Oh Dios! ¡Pobre padre! ¡Conque todo es vuestro!
(Sollozando.)
El Rey (echándose á sus piés para consolarla).—Blanca, te juro que te amo y que me interesas mucho. No llores más; ven á mis brazos, á mi corazón.
Blanca (resistiéndose).—¡Jamás!
El Rey.—Aún no me has repetido, ingrata, que me amas.
Blanca.—Todo se acabó.
El Rey.—Sin querer te he ofendido; perdóname. No te aflijas, Blanca mía. Oh, antes que arrancar lágrimas á tus bellos ojos quisiera morir y aun pasar en mi reino y señorío por un rey débil y sin honor.
Blanca.—¿No es verdad que todo esto es un juego? Si vos sois el rey, yo tengo á mi padre. Mandad que me lleven á su lado. Vivimos junto al palacio Cossé. Pero harto lo sabéis. ¡Oh! ¿Quién sois? No comprendo nada de esto. ¿Cómo me han traído con la gritería de un festejo? Todo esto se ha confundido en mi cabeza como un sueño. Ni siquiera sé ya si os amo. (Retrocediendo con terror.) ¡Ah! ¡El rey! ¡Piedad! Tengo miedo de vos.
El Rey (queriendo tomarla en brazos).—¡Miedo de mí, ingrata!
Blanca (rechazándole).—¡Dejadme! ¡Dejadme!
El Rey (estrechándola más).—Un beso de perdón.
Blanca.—¡No! ¡No!
El Rey.—¡Qué extraña niña!
Blanca (desasiéndose).—¡Dejadme! ¡Dejadme! Esta puerta...
(Se precipita en la cámara real y se encierra.)
El Rey.—¡Oh! Traigo la llave encima.
(Saca de su cinturón una llavecita de oro, abre y entra cerrando tras sí la puerta. Marot que estaba en acecho junto á la puerta del fondo, se adelanta riendo.)
Marot.—¡Se ha refugiado en la misma cámara del rey! ¡Pobre muchacha! (Llamando á Mr. Gordes) ¡Eh! ¡Conde!
ESCENA III
MAROT, luégo los CABALLEROS, después TRIBOULET
Gordes.—¿Han entrado?
Marot.—El león ha arrastrado á la oveja á su madriguera.
Pardaillan (Saltando de alegría.)—¡Oh! ¡Pobre Triboulet!
Pienne (que ha quedado en la puerta mirando afuera.) ¡Silencio! ¡Aquí viene!
Gordes.—¡Disimulo!
Marot.—Yo soy el único á quien puede reconocer, pues sólo habló conmigo.
Pienne.—No nos demos por entendidos.
(Entra Triboulet. Nada ha cambiado en él. Trae su traje y su indiferencia de bufón; sólo que está muy pálido.)
Pienne (como continuando una conversación y haciendo una seña á los otros, que apenas pueden reprimir la risa).—Sí, señores, entonces... ¡Hola! ¡Triboulet! Buenos días... entonces sacaron esta copla:
(Cantando.)
Cuando Borbón fué á Marsella dicen que dijo á su séquito: ¿Qué capitán, Dios bendito, encontraremos ahí dentro?
Triboulet (continuando la canción):
Del monte de la Colomba es el paso muy estrecho y subieron todos juntos soplándose bien los dedos.
(Risas y aplausos irónicos.)
Todos.—¡Bravo!
Triboulet (Adelantándose al proscenio lentamente. Aparte.)—¡Hija mía!... ¿Dónde estará?...
(Cantando.)
y subieron todos juntos soplándose bien los dedos.
Gordes (aplaudiendo).—¡Bravo, Triboulet!
Triboulet (Examinando las caras de los que se ríen al rededor. Aparte.)—Todos ellos dieron el golpe; no hay que dudarlo.
Cossé (riendo y dándole una palmada en el hombro).—¿Qué hay de nuevo, bufón?
Triboulet.—Observad qué sombrío está este caballero cuando se ríe. (Remedándolo.) ¿Qué hay de nuevo, bufón?
Cossé (riendo aún).—Sí, ¿qué nos cuentas?
Triboulet (mirándole de arriba abajo).—Que no la echéis de gracioso, porque sois desgraciado siempre.
(Durante la primera parte de esta escena, Triboulet, preocupado siempre, á pesar suyo, va como registrándolo todo. Á veces, cuando cree que nadie le mira, quita un mueble de su sitio, ó tantea el botón de una puerta para ver si está cerrada. Fuera de esto, habla con todos, según su costumbre, con desenfado y burlando. Los caballeros por su parte bromean entre sí, haciéndose señas de inteligencia.)
Triboulet (Mirando de reojo.—Aparte.) ¿Dónde la habrán escondido? ¡Oh! Si les pido mi hija, se burlarán más de mí. (Acercándose á Marot con semblante risueño.) Celebro mucho, Marot, que no te hayas constipado esta noche.
Marot (fingiendo sorpresa).—¡Esta noche!
Triboulet (guiñándole el ojo).—¡Buena jugada!
Marot.—¿Qué jugada?
Triboulet.—¡Bah!
Marot.—Te aseguro que al toque de ánimas estaba ya en la cama y el sol muy alto cuando desperté.
Triboulet.—¡Cómo! ¿No has salido esta noche? Entonces lo he soñado.
(Ve un pañuelo en una mesa y se echa encima de él.)
Pardaillan (á Pienne).—Mira, duque, cómo registra la marca de mi pañuelo.
Triboulet (Dejando el pañuelo. Aparte.)—No, no es el suyo.
Pienne (á algunos jóvenes que ríen en el fondo).—¡Señores!
Triboulet (aparte).—¿Dónde puede estar?
Pienne (á Gordes).—¿De qué os reís así?
Gordes (indicando á Marot).—¡Pardiez! Marot nos hace reir.
Triboulet (aparte).—Están todos muy risueños hoy.
Gordes (á Marot, riendo).—No me mires de esa manera ó te tiro el bufón á la cabeza.
Triboulet (á Pienne).—¿No se ha levantado el rey aún?
Pienne.—No á fe.
Triboulet.—Parece que se siente algo dentro.
(Va á acercarse á la puerta y Pardaillan lo detiene.)
Pardaillan.—No vayas á turbar su real sueño.
Gordes (á Pardaillan).—Vizconde, este truhán de Marot nos cuenta un cuento gracioso. Al volver, no sé de dónde, los tres Guys, hubieron de encontrar á sus tres mujeres...
Marot.—Con otros tres que no eran ellos.
Triboulet.—Anda tan perdida en estos tiempos la moral...
Cossé.—¡Son tan traidoras las mujeres!
Triboulet.—¡Cuidado!
Cossé.—¿Eh?
Triboulet.—Cuenta con lo que se dice, caballero Cossé.
Cossé.—¿Y eso?...
Triboulet.—Dicen que no hay que mentar la soga...
Cossé.—No entiendo.
Triboulet.—Pues no puedo explicarme más.
Cossé.—¡Hum!
Triboulet.—Señores, acertad qué animal dice cuando está furioso: (Remedando á Cossé) ¡Hum!
(Todos ríen. Entra un gentil hombre de la reina.)
Pienne.—¿Qué ocurre, Vaudragon?
Vaudragon.—La reina, mi señora, desea ver al rey para asunto urgente. (El duque le da á entender por señas que es imposible. El gentil hombre insiste.) M.me de Brezé no está con él, sin embargo.
Pienne (con impaciencia).—El rey no se ha levantado aún.
Vaudragon.—Pero, duque, si hace un instante que estaba con vos...
Pienne (haciéndole señas que el otro no entiende y que no se le escapan á Triboulet).—El rey está de caza.
Vaudragon.—Sin pajes ni monteros, porque todos están aquí.
Pienne (con cólera).—¡Diablo! Os digo, y á ver si lo comprendéis, que el rey no puede ver á nadie ahora.
Triboulet (con voz de trueno).—¡Ella, ella está aquí! ¡Está con el rey!
(Asombro general.)
Gordes.—¿Qué quiere decir eso? ¡Ella! Sin duda delira.
Triboulet.—Bien sabéis todos de qué hablo. La mujer que todos vosotros, Cossé, Pienne, Brion, Montmorency, Marot, Satanás; la mujer que anoche robasteis de mi casa, está aquí, y la recobraré.
Pienne (riendo).—¡Triboulet ha perdido á su manceba! Hermosa ó fea, que la busque en otra parte.
Triboulet (con espantoso enojo).—¡Quiero á mi hija!
Todos.—¡Su hija!
(Movimiento de sorpresa.)
Triboulet (cruzando los brazos).—Mi hija. Reíd ahora... ¡Ah! Os habéis quedado mudos. ¿Tenéis por cosa extraña que este bufón sea padre y que tenga una hija? Pues ¿no tienen también su familia los lobos y los señores? ¡Ea, basta de burlas! Quiero á mi hija. (Los cortesanos cuchichean entre sí.) Repito, señores, que quiero á mi hija. (Corriendo á la puerta del rey.) Aquí está.
(Todos los cortesanos corren tras él y se interponen.)
Marot.—Está loco de atar.
Triboulet (retrocediendo con desesperación).—¡Cortesanos! ¡Cortesanos! ¡Demonios! ¡Raza maldita! No hay duda: me han robado á mi hija estos bandidos. Para ellos una mujer no vale nada cuando el rey, por fortuna, es un crapuloso. Las mujeres de los señores, si son diestras, les sirven mucho. El honor de una doncella es un lujo inútil, un oneroso tesoro. Una mujer es un campo que produce, un fundo cuyo real colono paga á cada plazo, y de aquí los favores que llueven no se sabe de dónde, hoy un gobierno, mañana una venera, una multitud de gracias que aumenta sin cesar. (Mirándolos á todos cara á cara.) ¿Hay entre vosotros uno solo que me desmienta? ¿No es verdad lo que digo, señores? (Yendo de uno á otro.) Todo se lo venderíais, si ya no lo habéis hecho, por un nombre, por un título, por cualquiera otra vanidad. Tú, Brion, tu mujer; tú, Gordes, tu hermana; tú, joven Pardaillan, tu madre.
(Un paje se escancia en el aparador un vaso de vino, bebe, y canta entre dientes:)
Cuando Borbón vió á Marsella dicen que dijo á su séquito...
Triboulet (volviéndose).—No sé qué me contiene, vizconde de Aubusson, que no te rompo en los dientes la copa y el cantar. (Á todos.) ¡Quién lo creyera! Duques y pares, grandes de España, ¡oh vergüenza! Un Vermandois que desciende de Carlomagno, un Brion, cuyo abuelo era duque de Milán, un Gordes, un Pienne, un Pardaillan, un Montmorency... los más ilustres personajes, ¡haber ido á robar su hija á este pobre hombre! No, no son dignos de tan nobles razas corazones tan viles bajo tan altos blasones. No, sin duda vuestras madres se prostituyeron á infames lacayos; sois todos bastardos.
Gordes.—Es chusco.
Triboulet.—¿Cuánto os ha dado el rey por mi hija? (Mesándose los cabellos.) ¡Y no tenía yo más tesoro que ella! ¡Oh! si yo quisiera... sin duda... Es joven y bella... Ciertamente me la pagaría bien. (Mirándolos á todos.) ¿Creerá vuestro rey que puede hacer algo por mí? ¿Puede cubrir mi nombre con otro como los vuestros? ¿Puede hacerme hermoso, gallardo, igual á los demás? ¡Infierno! ¡Todo me lo ha quitado! ¡Oh! esta jugada es vil, infame, horrible, y se ha hecho cobardemente. ¡Malvados! ¡Asesinos! ¡Todos, todos sois infames, ladrones, bandidos!... Señores... quiero á mi hija... devolvédmela al momento. ¡Oh! Ved esta mano... no tiene nada de ilustre, es la mano de un plebeyo, de un palurdo, de un siervo; pero esta mano que parece desarmada á los burladores, si no tiene espada tiene uñas. Harto esperé ya. Devolvedme mi tesoro. Abrid esa puerta. (Corre de nuevo á la puerta, que defienden todos los cortesanos. Lucha porfiadamente con ellos hasta que falto de fuerzas y jadeante viene á caer de rodillas en el proscenio.) ¡Todos juntos contra mí! ¡Diez contra uno solo! (Sollozando.) Y bien, sí, lloro. (Á Marot.) Marot, bastante te has divertido conmigo; si tienes alma, inspiración, corazón plebeyo, bajo esa librea, dime qué es de mi hija. Está ahí, ¿no es verdad? ¡Oh! Contra esos malditos hagamos causa común los dos, como buenos hermanos. Entre todos ellos, tú eres el único que piensas... Marot... amigo Marot... ¡Callas! (Arrastrándose hacia los señores.) ¡Oh! ¡Ved cómo me arrastro á vuestros piés pidiéndoos perdón!... ¡Estoy enfermo!... Tened piedad de mí. Otro día hubiera tomado mejor la travesura; pero con frecuencia siento, al andar, dolores de que no hablo nunca, y como contrahecho, suelo tener malos días. Hace muchos años que soy vuestro juglar; no rompáis así vuestro juguete, el pobre Triboulet que tanto os ha hecho reir. No sé ya cómo hablaros, ni qué deciros. Señores, señores míos, devolvedme mi hija que está encerrada en la cámara real. Es mi único tesoro: devolvédmela por piedad. ¿Qué haría sin mi hija? ¡Es ya tan mala mi suerte!... (Todos guardan silencio. Triboulet se levanta desesperado.) ¡Oh Dios! No sabéis más que reir ó callar. Qué gusto, ¿verdad? ver á un pobre padre golpearse el pecho y arrancarse los cabellos de desesperación.
(Ábrese de repente la puerta de la real cámara y sale Blanca despavorida y desgreñada.)
Blanca.—¡Ah! ¡Padre!
Triboulet.—¡Hija! ¡Hija mía! (Recibiéndola en sus brazos.) Sí, ella es... mi hija... ¡Ah! señores... (Llorando y riendo.) ¿Lo veis? Es toda mi familia, mi ángel tutelar. Sin ella ¡qué duelo en mi casa! ¿No es verdad que tenía razón en dolerme de su pérdida y que eran legítimos mis arrebatos y justas mis lágrimas? (Á Blanca.) No temas ya nada... Fué sólo una chanza... Te habrán asustado mucho, pero son buenos, ya lo ves: han visto cuánto te amo y en adelante nos dejarán en paz. ¿No es verdad, señores? ¡Qué dicha volver á verte y abrazarte, hija mía! Tanta es la alegría de mi corazón que ignoro si es un bien perderte un momento para encontrarte después. (Mirándola con inquietud.) Pero ¿por qué lloras así?

Triboulet.—Tened piedad de mí.
Blanca (tapándose la cara con las manos).—¡Desdichados de nosotros! ¡Qué vergüenza!
Triboulet (estremeciéndose).—¿Qué dices?... Habla.
Blanca.—Delante de tantos hombres, no; á solas los dos.
Triboulet (volviéndose hacia las puertas del rey).—¡Infame!
Blanca.—Quiero estar sola con vos.
(Sollozando y cayendo á sus piés.)
Triboulet (dando tres pasos y barriendo con el ademán á todos los desconcertados cortesanos).—Idos de aquí. Y si el rey de Francia se arriesga á venir... (Á Vermandois.) Vos que sois de su guardia, decidle que se detenga, que estoy aquí yo.
Pienne.—Jamás se ha visto un loco como éste.
Gordes (haciéndole una seña para que se retire).—Con los locos y los niños, hay que ceder algo. Estemos, sin embargo, á la mira, por lo que pueda suceder.
(Salen.)
Triboulet (sentándose en la silla del rey y levantando á su hija.) Ea, habla pues. Dímelo todo. (Vuélvese y viendo á Mr. Cossé rezagado, se levanta y le dice indicándole la puerta.) ¿No habéis oído, caballero?
Cossé (retirándose subyugado).—Estos bufones reales creen que todo les es permitido.
ESCENA IV
BLANCA, TRIBOULET
Triboulet (con gravedad).—Habla ahora.
Blanca (entre sollozos).—Padre mío... tengo que deciros que ayer... se deslizó en casa... ¡Qué vergüenza!... Hace mucho tiempo—yo debía habéroslo dicho antes—hace mucho tiempo que me seguía... No... debo empezar por el principio... Ese joven...
Triboulet.—Sí, el rey.
Blanca.—Iba todos los domingos á la iglesia...
Triboulet.—Sí, á oir misa.
Blanca.—Y sin hablarme nunca, para llamarme la atención, movía una silla al pasar. Anoche se dió maña para introducirse en casa y...
Triboulet.—Ahórrate á lo menos la angustia de decirme lo demás: ya lo adivino. (Levantándose.) ¡Oh dolor! ¡El oprobio y la vergüenza en una frente tan pura!... Blanca, velo de dignidad echado sobre mi deshonra, único asilo del maldito á quien todos desprecian, ángel olvidado en mi casa por la piedad de Dios, cielo perdido en este sucio lodo, única cosa santa en que creía en este mundo ¿qué va á ser de mí después de esta desgracia? ¿Qué voy ahora á hacer yo, que en esta corte prostituída, fuera de mí como en mí mismo, no veía más que vicio, desvergüenza, impudor, infamia, escándalo, y sólo tu virginal virtud para consolar mi alma? Ya me había resignado y aceptaba mi miseria. Las lágrimas, la abyección, el orgullo que destila sangre en lo hondo de este roto corazón, la risa del desprecio que mis males aguzaban, todos esos dolores mezclados con la vergüenza, todos los quería yo para mí, mas para ella no. Cuanto más bajo había caído, más alta la quería á ella, que bien está un altar junto á un patíbulo. ¡Y han derribado el altar!... Esconde la frente... Sí, llora, hija querida... Te hice hablar demasiado poco hace ¿no es verdad? Llora, llora mucho: á tu edad suele correr con las lágrimas parte del dolor. Viértelas todas, si puedes, en el corazón de tu padre. (Pensando.) Blanca, cuando haya hecho lo que me queda que hacer, nos iremos de París... si escapo bien del empeño. (Pausa.) ¿Quién dijera que basta un día para que todo se mude así? (Levantándose con furor.) ¡Maldición! ¿Quién me hubiera dicho que esta corte infame que va desenfrenada contra todo lo que Dios manda, y corre salpicando de sangre y lodo á las gentes, iría hasta las sombras de mi casa á manchar esta frente casta y piadosa? (Volviéndose hacia la puerta del rey.) ¡Oh rey Francisco primero! ¡Plegue á Dios que me escucha, que tropieces pronto en ese camino! ¡que tropieces y caigas y no veas el día de mañana!
Blanca (Levantando los ojos al cielo. Aparte.)—¡Oh Dios! ¡no escuchéis esa maldición!
(Ruido de pasos hacia el fondo. Aparece en la galería exterior un grupo de soldados y palaciegos, á cuyo frente va Mr. de Pienne.)
Pienne.—Caballero Montchenu, mandad que abran la verja al señor de Saint-Vallier, á quien llevan á la Bastilla.
(El grupo de soldados desfila á dos de fondo, y al pasar Saint-Vallier, á quien custodian, se detiene en la puerta.)
Saint-Vallier.—Pues que á mi maldición no ha respondido todavía ni un rayo en el cielo ni un brazo varonil en la tierra, no espero ya nada. Seguirá el rey engrandeciéndose.
Triboulet (Mirándolo de frente.)—Conde, os engañáis. Alguien os vengará.


ACTO IV
BLANCA
La Grève desierta cerca de la Tournelle (antigua puerta de París.) — Á la derecha una casucha miserablemente amueblada en cuyo primer piso á teja vana se ve por la ventana un mal lecho. La fachada, que mira al público, está horadada y se distingue su interior. Hay una mesa, una chimenea y en el fondo una escalera. La fachada de la izquierda del actor tiene una puerta que se abre por dentro. Las grietas de las paredes permiten ver desde fuera lo que pasa interiormente. Hay en la puerta un postigo enrejado y encima una muestra de posada. — Lo demás del teatro representa la Grève. Á la izquierda un parapeto arruinado á cuyo pié corre el Sena, y en que está asegurado el sustentáculo de la campana de aguas. — En el fondo y río allende, el antiguo París.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SALTABADIL.
MAGDALENA.
ESCENA I
TRIBOULET, BLANCA afuera; SALTABADIL, dentro de la casa
(Durante esta escena, Triboulet debe estar inquieto y preocupado, como quien teme ser sorprendido. Saltabadil, sentado junto á la mesa dentro de casa, se ocupa en limpiar su tahalí sin cuidarse de lo demás.)
Triboulet.—¿Y le amas?
Blanca.—Siempre.
Triboulet.—Y eso que dejé correr el tiempo para que te cures de amor tan insensato.
Blanca.—Pero ¿qué queréis que haga si le amo?
Triboulet.—¡Pobre corazón de mujer! Explícame á lo menos las razones de tu amor.
Blanca.—No sé.
Triboulet.—¡Cosa rara!
Blanca.—¡Oh! no... eso es precisamente lo que hace que le ame. Hay hombres que salvan la vida á las mujeres; maridos que las hacen ricas y dignas de envidia. ¿Les aman siempre? Él no me ha hecho á mí más que daño, y yo le amo sin saber por qué. ¡Y ved qué locura!... le amo de tal modo, que con ser él tan cruel y vos tan tierno para mí, lo mismo, padre, lo mismo moriría por él que por vos.
Triboulet.—Eres una niña y te perdono.
Blanca.—Y si él también me ama...
Triboulet.—No, loca, no.
Blanca.—Él mismo me lo dijo y aun me lo juró. Y luégo dice las cosas de un modo que vence y avasalla el corazón. Y es tan gallardo y hermoso...
Triboulet.—¡Es un infame! Y no ha de decir el vil burlador que me robó impunemente mi tesoro.
Blanca.—Le habíais perdonado, padre mío.
Triboulet.—Nunca: necesitaba tiempo para tenderle el lazo y ya está tendido.
Blanca.—Ha pasado un mes y estabais tranquilo é indulgente.
Triboulet.—Lo aparentaba. ¡Oh! Te vengaré, Blanca, te vengaré.
Blanca.—Me afligís, padre mío.
Triboulet.—¿Se indignaría tu blando corazón, si supieras que te engaña el libertino?
Blanca.—¡Engañarme! No, no lo creo.
Triboulet.—Y si lo vieras por tus ojos; si te convencieras de que no te ama, ¿le amarías aún?
Blanca.—No sé... Ayer mismo me dijo que me adora.
Triboulet (con amargura).—¿Te dijo ayer?... ¿Á qué hora?
Blanca.—Por la noche.
Triboulet.—Pues bien, mira y ve, si puedes ver.
(Indícale una grieta de la pared, y Blanca atisba por ella.)
Blanca (bajo).—No veo más que un hombre.
Triboulet.—Espera un poco.
(Vestido el Rey de simple oficial aparece en la sala baja de la hostería saliendo por una puertecita de un aposento inmediato.)
Blanca (estremeciéndose).—¡Padre... él!
(Durante la escena segunda sigue observando por la abertura con visible agitación.)
ESCENA II
Los mismos, EL REY, MAGDALENA
(El rey le da en el hombro una palmada á Saltabadil, que se vuelve de repente.)
Saltabadil.—¿Qué se ofrece?
El Rey.—Dos cosas sin demora.
Saltabadil.—¿Qué?
El Rey.—Tu hermana y un vaso.
Triboulet (fuera).—Ya ves sus costumbres. Ese rey por la gracia de Dios, se arriesga á menudo solo en inmundos tugurios, y el vino que más le alegra y gusta es, como vas á ver, el que le escancia impúdica Hebe de taberna.
El Rey. (Cantando.)
La mujer, pluma al viento, pronto varía...
(Saltabadil ha ido en silencio á la pieza inmediata por una botella y un vaso que trae y pone sobre la mesa. Después da un par de golpes en el techo con el pomo de su luenga espada, á cuya señal, una moza vestida de gitana, lista y risueña, baja á saltos la escalera. Apenas aparece, cuando ya el rey quiere abrazarla; pero ella lo rehuye.)
El Rey (á Saltabadil que ha vuelto á su tarea de limpiar el tahalí).—Amigo mío, si limpiaras al aire libre el tahalí, quedaría de perlas.
Saltabadil.—Comprendo.
(Se levanta, saluda, abre la puerta de la calle y sale volviendo á cerrar tras sí. Reconoce á Triboulet y se dirige á él misteriosamente. Mientras cambian algunas palabras, Magdalena hace al rey algunas zalamerías, que Blanca observa con terror.)
Saltabadil (indicando la casa).—El hombre está en nuestras manos. ¿Queréis que viva ó que muera?
Triboulet.—Vuelve dentro de poco.
(Saltabadil desaparece lentamente por detrás del parapeto.)
Magdalena.—Digo que no.
El Rey.—Ya hemos adelantado algo. Hace un momento, por abrazarte, me golpeaste de recio. Decir que no, es ya un gran paso. No huyas; hablemos. (Se acerca Magdalena.) Hace ocho días que en la posada de Hércules... ¿Quién me llevó allí? ¡Ah! Triboulet me llevó... pues, como iba diciendo, ocho días hace que ví allí tus ojos por la primera vez, y desde entonces te adoro, hermosa mía. Y no amo ni quiero amar á nadie, sino á ti.
Magdalena (riendo).—Después de veinte más. ¡Tenéis un aire de libertino!...
El Rey (riendo también).—Hasta ahora, sí, he perdido á más de una; pero...
Magdalena.—Sois un fatuo.
El Rey.—Te digo la verdad. Pero en fin, tú me has traído esta mañana á tu casa, maldita hostería en que se come muy mal y se bebe peor un vino que debe de hacer tu hermano, que es malísimo. Sea como quiera, deseo pasar la noche aquí, contigo.
Magdalena.—¡Claro está! Pero dejadme. Os digo que no.
El Rey.—¡Qué esquiva!
Magdalena.—Sed prudente.
El Rey.—He aquí la prudencia y toda la sabiduría de Salomón: Amar, comer, beber, gozar.
Magdalena.—Me parece que no vais al sermón tanto como á la taberna.
El Rey (tendiéndole los brazos).—¡Magdalena!...
Magdalena (rehuyendo).—Mañana.
El Rey.—Echo á rodar la mesa, si repites esta majadería. Una mujer hermosa no debe decir nunca mañana.
Magdalena (sentándose al fin al lado del rey).—Pues bien, hagamos las paces.
El Rey (cogiéndole una mano).—¡Oh Dios! ¡Qué bella mano! Con más gusto recibiría bofetones de ésta, que halagos de otra.
Magdalena.—¿No os burláis?
El Rey.—De veras hablo.
Magdalena.—¡Si soy fea!
El Rey.—¡Pardiez! No digas eso; haz más justicia á tus divinos encantos. ¡Ardo como un volcán! ¿Ignoras, reina de las desdeñosas, cómo el amor nos abrasa á nosotros, los militares, y si nos aceptan por suyos las bellas, somos vivo fuego hasta con las suecas?
Magdalena (riendo).—Eso lo habéis leído en algún libro.
El Rey (aparte).—Es muy posible. (Alto.) Ea, déjate querer.
Magdalena.—¿Estáis ebrio?
El Rey.—Sí, pero de amor.
Magdalena.—Bonitamente os estáis burlando de mí.
El Rey.—¡Oh! no.
Magdalena.—Basta, basta.
El Rey.—Si he de casarme contigo...
Magdalena (riendo).—¿Palabra de honor?
El Rey (aparte).—¡Qué damisela tan loca y deliciosa!
(La sienta en sus rodillas y hablan bajo. Blanca no pudiendo soportarlo, se retira pálida y temblorosa.)
Triboulet (después de mirarla un instante en silencio).—Y bien ¿qué piensas de la venganza, niña?
Blanca (esforzándose por hablar).—¡Oh! ¡Qué traición! ¡Ingrato!... ¡Dios mío! El corazón se me parte... ¡Cómo me engañaba! Pero ese hombre no tiene alma. Le dice á esa mujer cosas que me había dicho á mí. Eso es abominable. ¡Dios mío!... (Oculta la frente en el seno de su padre.) ¡Y á una mujer tan desvergonzada!... ¡Oh!
Triboulet.—Déjate ahora de llantos. Ahora no hay sino vengarse. Te vengaré... me vengaré.
Blanca.—Haced lo que queráis.
Triboulet.—Así te quiero.
Blanca.—Pero estáis terrible. ¿Qué pensáis hacer?
Triboulet.—Todo está dispuesto. Escucha. Vé á casa, disfrázate de hombre, toma dinero y un caballo y parte, sin detenerte hasta Evreux, á donde te alcanzaré yo mañana. En el cofre que hay bajo el retrato de tu madre, está el traje de hombre que hice para ti. El caballo está ensillado. Hazlo todo como te lo digo y Dios te guarde. Para nada tienes que volver aquí: guárdate de volver porque va á pasar algo horrible. Vé.
Blanca.—Venid conmigo, padre mío.
Triboulet.—Imposible.
Blanca.—¡Ah! Estoy temblando.
Triboulet.—Hasta mañana, pues. Haz lo que te he dicho.
(Blanca se aleja con paso vacilante. Triboulet va al parapeto, hace una seña y acude Saltabadil. Oscurece. El rey y Magdalena siguen retozando.)
ESCENA III
TRIBOULET, SALTABADIL (fuera).—MAGDALENA y EL REY (dentro).
Triboulet (Contando escudos de oro. Á Saltabadil.)—Veinte escudos ¿eh? Aquí tienes los diez del anticipo, según lo estipulado. Sin duda pasará aquí la noche.
Saltabadil (mirando el horizonte).—Muy nublado está.
Triboulet (aparte).—No siempre duerme en palacio.
Saltabadil.—Descuidad; no tardará una hora en llover. La tempestad, el vino y el amor lo retendrán en casa, á buen seguro.
Triboulet.—Á media noche volveré.
Saltabadil.—No os toméis esa molestia; me basto y me sobro para echar al Sena un cadáver.
Triboulet.—No, no; quiero echarlo yo mismo.
Saltabadil.—¡Como queráis! Os lo entregaré bien cosido en un saco.
Triboulet (dándole ahora el dinero).—Muy bien. Luégo os daré el resto. Hasta la vista.
Saltabadil.—Todo irá á pedir de boca. ¿Cómo se llama el galán?
Triboulet.—¿Quieres saber su nombre?
Saltabadil.—Si no hay inconveniente.
Triboulet.—Ninguno; te diré el mío también. Se llama el Crimen, y yo el Castigo.
ESCENA IV
Los mismos, menos TRIBOULET
Saltabadil (mirando al cielo que se carga de nubes y relampaguea).—La tempestad se acerca: ya está sobre París. Mejor: así se hallará más desierta la ribera. (Reflexionando.) Toda esta gente tiene aire de no sé qué. No adivino nada más.
El Rey.—Magdalena...
Magdalena.—Esperad.
(Se le escapa.)
El Rey.—¡Maldita!
Magdalena (cantando.)
Sarmiento que brota, que brota en Abril, poco vino echa, echa en el barril.
El Rey.—¡Qué hombros! ¡qué brazos! ¡Pardiez! No sé por qué quien hizo tan bellos brazos puso un corazón de turco en ese cuerpo de Venus.
Magdalena.—¡Larari lararán! ¡Formalidad, que viene mi hermano!
El Rey.—¿Qué importa? (Se oye un trueno lejano.)
Magdalena.—¡Ay, qué miedo!
Saltabadil.—Va á llover á cántaros.
El Rey.—En buen hora. ¡Ni que lluevan chuzos de punta! Yo ya estoy bajo techado, y no me disgusta pasar aquí la noche.
Magdalena (aparte).—¿No os disgusta? ¡Qué tono de rey! (Alto.) Pero, señor, vuestra familia estará cuidadosa.
(Saltabadil le tira de la falda y le hace señas.)
El Rey.—Ni tengo abuela ni hijas, ni apego á nada.
Saltabadil (aparte).—Tanto mejor.
(Comienza á llover. Oscuridad completa.)
El Rey.—Amigo mío, tendrás que acostarte en la caballeriza ó en el infierno, donde quieras.
Saltabadil (saludando).—Muchas gracias.
Magdalena (al Rey en voz baja y rápidamente mientras enciende una luz).—Vete.
El Rey (riendo y en alta voz).—Está lloviendo. ¿Á dónde quieres que vaya con este tiempo en que ni á un poeta se podría negar hospitalidad?
(Va á mirar por la ventana.)
Saltabadil (á Magdalena, enseñándole el dinero recibido).—Déjalo que se quede aquí. ¡Diez escudos de oro! Y muy luégo otros diez. (Al Rey.) Tengo el mayor gusto en ofreceros para esta noche mi aposento.
El Rey (riendo).—Donde en julio se podrá tostar el pan y en diciembre se helarán las palabras ¿eh?
Saltabadil.—Si queréis verlo...
El Rey.—Veámoslo.
(Saltabadil toma la luz. El Rey dice riendo algunas palabras al oído á Magdalena y sigue al asesino al piso superior, quedando abajo la moza.)
Magdalena.—¡Pobre galán! (Va á la ventana.) ¡Oh Dios! ¡Qué oscuridad!
Saltabadil.—He aquí, señor, la cama, la silla y la mesa.
El Rey.—¿Cuántos piés en total? Tres... seis... nueve. ¡Magnífico! Pero, amigo, tus muebles estuvieron sin duda en la batalla de Marignan, según están de lisiados. (Acercándose á la ventana cuyos vidrios están rotos.) Y aquí se duerme al aire libre. Ni puertas ni vidrios en la ventana. Imposible que se trate al viento que quiera entrar con atención más hospitalaria. En fin, buenas noches.
Saltabadil.—Dios os guarde.
(Deja la luz y baja.)
El Rey (quitándose el tahalí).—¡Pardiez! ¡Qué cansado estoy! Voy á dormir un poco para esperar mejor. (Deja sobre la silla el sombrero y la espada, se descalza las botas y se echa sobre la cama.) ¡Qué frescota y alegre es la tal Magdalena!... Sin duda ha dejado abierta la puerta. Esperemos durmiendo.
(Se recoge y un momento después se le ve profundamente dormido. Entre tanto Saltabadil y su hermana departen abajo. La tempestad ha estallado. Magdalena sentada á la mesa se entretiene con alguna labor, mientras su hermano apura la botella que ha dejado el Rey. Ambos guardan silencio por algún tiempo como preocupados de una idea grave.)
Magdalena.—¡Es un buen mozo el militar!
Saltabadil.—No me disgusta á mí tampoco: me hace ganar veinte escudos...
Magdalena.—¿Cuánto?
Saltabadil.—Veinte escudos.
Magdalena.—Valía mucho más.
Saltabadil.—¡Muñeca!... Vé, vé allá á ver si duerme y bájate de camino su espada.
(Obedece Magdalena. La tempestad arrecia. Aparece en el fondo Blanca vestida de hombre en traje negro de montar, y avanza hacia la casa, mientras Saltabadil bebe y Magdalena contempla al rey dormido.)
Magdalena (con pesar).—¡Qué lástima! ¡Qué confiado duerme! (Toma su espada.) ¡Pobre mozo!
ESCENA V
EL REY dormido arriba; SALTABADIL y MAGDALENA departiendo en la planta baja; BLANCA observando, afuera
Blanca.—¡Cosa terrible! ¡Ah! Voy á perder la razón. Atraído á esta casa, va á pasar aquí la noche y... ¡Ah! Siento que se acerca un supremo instante. Perdonadme, padre mío, si os desobedezco; pero no he podido resistir. (Se acerca á la casa.) ¿Qué irán á hacer? ¿Cómo va á acabar esto?... ¡Ah! ¡yo que antes de ahora, ignorando el porvenir, el mundo y sus azares, vivía escondida con mis flores, verme tan de repente lanzada por tan sombríos caminos!... ¡Ay de mí! Mi virtud, mi felicidad, todo lo perdí, todo es dolor y luto. ¿Sólo esto deja el amor en los corazones que inflama? De todo su incendio ¿no quedan más que cenizas? Nada, el ingrato no me ama ya. (Levantando la cabeza.) Me parecía haber oído al través de mis ideas un pavoroso ruido... Algún trueno. ¡Qué horrible noche! No hay nada á que no se arriesgue una mujer desesperada. ¡Y yo que me asustaba de mi sombra! ¿Qué pasa ahí dentro? (Avanza y retrocede.) ¡Ah! ¡tengo oprimido el corazón!... ¡Como no maten á alguien!...
Saltabadil.—¡Qué tiempo!
Magdalena.—¡Mala noche! ¡Qué llover! ¡Qué tronar!
Saltabadil.—Sin duda riñe el matrimonio en el cielo: el uno rabia y la otra llora.
Blanca.—¡Si mi padre supiera dónde estoy!...
Magdalena.—Hermano.
Blanca.—Creo que hablan.
(Se acerca á la casa y aplica los ojos y los oídos á las hendiduras de la pared.)
Magdalena.—Hermano.
Saltabadil.—Habla.
Magdalena.—¿Sabes en qué estoy pensando?
Saltabadil.—No.
Magdalena.—Á ver si lo aciertas.
Saltabadil.—No estoy ahora para acertijos.
Magdalena.—Pues oye. Ese mozo es un buen mozo, galante y bien hablado, aunque audaz y... la verdad, me ama con todas las ansias de su gran corazón. Y confiando en nuestra hospitalidad, duerme como un bendito. No le matemos, hermano.
Blanca.—¡Cielos!
Saltabadil (sacando de un baúl un saco de lona y dándoselo á su hermana).—Recose cuanto antes este saco.
Magdalena.—¿Para qué?
Saltabadil.—Para meter un cadáver y echarlo al río.
Magdalena.—Pero...
Saltabadil.—No me repliques, Magdalena. Si te escuchara, no mataríamos á nadie. Compón el saco y no te metas en lo demás.
Blanca.—¡Qué pareja! ¿No es el infierno lo que veo?
Magdalena.—Obedezco... Pero hablemos como buenos hermanos.
Saltabadil.—Enhorabuena.
Magdalena.—¿Le tienes algún odio á ese caballero?
Saltabadil.—¿Yo? Al contrario; es un capitán, y estimo á los hombres de espada... ¡como soy uno de tantos!...
Magdalena.—Pues matar á un real mozo por dar gusto á un maldito jorobado es una necedad.
Saltabadil.—Yo he recibido de un jorobado por matar á un buen mozo, lo cual me importa poco á mí, diez escudos de oro á toca-teja, y recibiré otros diez al entregar el cadáver.

Magdalena y Saltabadil.
Magdalena.—Puedes matar al jorobado, cuando vuelva á traerte los diez escudos restantes y te hace la misma cuenta.
Blanca.—¡Padre mío!
Magdalena.—¿No te parece?
Saltabadil.—¿Por quién me tomas tú, hermana? ¿Soy yo algún bandido? ¿Soy algún ladrón? ¡Matar á un cliente que me paga!
Magdalena (indicándole un hacecillo).—Pues bien, mete en el saco ese haz de leña, que en la oscuridad pasará por su víctima.
Saltabadil.—¡Qué disparate! ¿Cómo quieres que se tome el hacecillo por un muerto?
Blanca.—¡Qué frío!
Magdalena.—Te pido gracia por él.
Saltabadil.—Déjate de cosas...
Magdalena.—Buen hermano mío...
Saltabadil.—Habla más bajo, ó cállate. Es preciso que muera.
Magdalena.—No quiero que muera. Le despertaré y se pondrá en salvo.
Blanca.—¡Buen corazón!
Saltabadil.—Pero ¿y los diez escudos de oro?
Magdalena.—Es verdad.
Saltabadil.—No seas niña; cree y déjame hacer.
Magdalena.—Quiero salvarle.
(Se planta resueltamente al pié de la escalera para cerrar el paso á su hermano, el cual vencido por la resistencia, vuelve al proscenio y busca al parecer en su espíritu un medio de conciliarlo todo.)
Saltabadil.—Veamos. El otro vendrá á media noche á buscarme. Si de aquí á entonces, viene un viajero cualquiera á pedir posada, le mato y le meto en el saco en vez del militar. El jorobado no echará de ver el engaño en la oscuridad de la noche y se dará por satisfecho con echar al río un cuerpo muerto. Es cuanto puedo hacer por ti.
Magdalena.—Te lo agradezco. Pero ¿quién ha de venir acaso á estas horas?
Saltabadil.—Pues no hay otro medio de salvar á tu oficial.
Blanca.—¡Oh Dios! Sin duda queréis que yo muera. ¿Y he de hacer este sacrificio por un ingrato? ¡Oh! no; soy demasiado joven. ¡No me impulséis, Dios mío!
(Truena.)
Magdalena.—Si viene alguien en semejante noche, me obligo á traer el mar en mi canasta.
Saltabadil.—Pues si nadie viene, yo no puedo faltar á mi palabra: tu hombre es muerto.
Blanca.—¡Horror! Estoy por avisar á la ronda... Pero todos estarán durmiendo. Además ese hombre denunciaría á mi padre. No quiero morir: tengo que asistir y consolar á mi padre... luégo morir á los diez y seis años es horrible.
(Suenan las doce menos cuarto.)
Saltabadil.—Las doce menos cuarto, hermana. Nadie vendrá ya en tan breve espacio. ¿Oyes afuera algún ruido?... Hay que acabar: sólo me queda un cuarto de hora.
(Pone el pié en la escalera.)
Magdalena (Deteniéndole.)—Hermano, un momento más.
Blanca.—¡Cómo! ¡Esa mujer llora, y yo que puedo salvarle permanezco aquí! Puesto que él no me ama, no quiero ya vivir. Muramos por él. (Vacilando aún.) ¿Qué me importa?... Voy... ¡Qué horror!
Saltabadil.—No puedo esperar más. ¡Imposible!
Blanca.—¡Si á lo menos supiera cómo me han de herir!... ¡Si no me hicieran padecer!... Pero si me hieren en la frente, en la cara... ¡Oh, Dios mío!
Saltabadil.—Ea, ¿qué quieres que haga? No esperes ya que nadie venga á ocupar su puesto.
Blanca (tiritando).—¡Estoy yerta! ¡Vamos! (Dirigiéndose á la puerta.) ¡Qué frío! (Deteniéndose.) ¡Vamos!
(Llama dando una débil palmada.)
Magdalena.—¡Ah!
Saltabadil.—¿Qué?
Magdalena.—Han llamado.
Saltabadil.—Sin duda el viento que hace crugir el techo.
(Vuelve á llamar Blanca.)
Magdalena.—¿Lo oyes? Llaman.
(Corre á abrir el postigo y mira afuera.)
Saltabadil.—¡Es raro!
Magdalena.—¡Hola! ¿Quién va? (Á Saltabadil.) Un joven viajero.
Blanca.—¿Hay posada?
Magdalena.—Sí.
Blanca.—Abrid.
Saltabadil.—Espera ¡vive Dios! Dame mi cuchillo para afilarlo un poco.
(Le da el cuchillo que se pone á afilar.)
Blanca.—¡Cielos! ¡Siento afilar el cuchillo!
Magdalena.—¡Pobre joven! Llama á su tumba.
Blanca.—Estoy temblando. Voy á morir. (Cayendo de rodillas.) ¡Oh Dios! Perdono á cuantos me han ofendido; perdónalos tú también; al rey, á quien compadezco y amo, á todos, hasta á ese réprobo que me espera ahí en la sombra con el hierro levantado. Ofrezco en sacrificio mi vida por un ingrato. Si es más dichoso, ¡que me olvide!, y viva en su prosperidad mucho tiempo... él... ¡por quien muero!... (Levantándose.) El verdugo debe estar ya dispuesto.
(Va á llamar otra vez.)
Magdalena (á Saltabadil).—¡Acaba, que se impacienta!
Saltabadil (probando el filo en la mesa).—Bien. Espera; me escondo detrás de la puerta.
Blanca.—Oigo todo lo que dicen.
Magdalena.—Espero la señal.
Saltabadil (detrás de la puerta, cuchillo en mano).—¡Ya!
Magdalena (abriendo).—¡Adelante!
Blanca (aparte).—¡Cielos! ¡Me va á hacer mucho mal!
(Retrocede.)
Magdalena.—Adelante, pues.
Blanca (aparte).—La hermana ayuda al hermano á matar. ¡Oh Dios, perdónalos!... ¡Perdóname, padre mío!
(Entra. Al pasar el umbral se ve á Saltabadil alzar el cuchillo. Telón rápido.)


ACTO V
TRIBOULET
La misma decoración del acto anterior, pero cuando se levante el telón, la casa de Saltabadil estará completamente cerrada á la vista. No se ve ninguna luz: oscuridad completa.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SALTABADIL.
UN MÉDICO.
HOMBRES Y MUJERES DEL PUEBLO
ESCENA I
TRIBOULET
(Se adelanta lentamente por el fondo envuelto en su capa. Ha cesado la lluvia y va alejándose la tempestad. De vez en cuando relampaguea y truena.)
Por fin voy á vengarme. Ya acaso esté vengado. Pronto hará un mes que espero, que espío, aun haciendo reir como juglar, ocultando mi turbación, llorando lágrimas de sangre bajo mi máscara de indiferencia. (Examinando una puerta baja de la casa.) Esta puerta... ¡Oh! ¡Tocar ya mi venganza! Por aquí ha de sacarlo, según creo. Aún no es la hora... Entre tanto miraré la puerta (Truena.) ¡Qué tiempo! ¡Noche de misterio! Una tempestad en el cielo... un asesinato en la tierra... ¡Qué grande soy aquí! Mi cólera de fuego es esta noche como la de Dios. ¡Qué rey inmolo! Un rey de quien dependen veinte reyes; un rey que soporta ahora el peso del mundo entero y de cuyas manos pende la paz ó la guerra. ¡Cómo va á conmoverse todo cuando deje de existir! ¡Cómo va á estremecerse la Europa, precisada á buscar su equilibrio en otra parte, cuando eche al río su cadáver! Pensar que si mañana dijera Dios á la tierra: ¡Oh tierra! ¿qué volcán acaba de abrir su cráter? ¿Quién agita así al cristiano y al turco, á Clemente, á Doria, á Carlos V, á Solimán? ¿Qué César, qué Cristo, qué guerrero, qué apóstol mueve las naciones á la lucha? ¿Quién te hace así temblar, oh tierra? La tierra contestaría con terror: «¡Triboulet!» ¡Oh! goza, vil bufón, goza en tu satánica soberbia: la venganza de un loco hace oscilar el mundo. (Óyese la hora en un reloj lejano.) ¡Las doce!
(Corre á la puerta y llama.)
Una voz (dentro).—¿Quién va?
Triboulet.—Yo.
La voz.—Bien.
(Ábrese el tablero inferior de la puerta.)

Triboulet.—Pronto.
La voz.—No entréis.
(Sale Saltabadil por la abertura y tira de algo pesado y metido en un saco que apenas se distingue en la oscuridad.)
ESCENA II
TRIBOULET, SALTABADIL
Saltabadil.—¡Pardiez! ¡Y cómo pesa! Ayudadme, señor mío, un poco. (El bufón, agitado de convulsiva alegría, le ayuda á llevar el saco, que al parecer contiene un cadáver, hasta el proscenio.) Vuestro enemigo está en este saco.
Triboulet.—¡Qué gusto! Quiero verlo. ¡Una luz!
Saltabadil.—¡No, pardiez!
Triboulet.—¿Quién teméis que nos vea?
Saltabadil.—Los arqueros y vigilantes nocturnos. Nada de luz ¡qué diablo! Ya hacemos bastante ruido. Los diez escudos.
Triboulet.—Toma. (Entregándole un bolsillo.) Hay momentos de verdadera fruición en la venganza.
(Examina el saco mientras el otro cuenta.)
Saltabadil.—¿No he de ayudaros á echarlo al río?
Triboulet.—Para esto yo solo me basto.
Saltabadil.—Pero los dos lo haríamos más pronto.
Triboulet.—Un enemigo muerto y arrastrando no pesa mucho.
Saltabadil.—¡Como queráis! (Yendo á un punto del parapeto.) No lo arrojéis por aquí. Este sitio es malo. (Indicándole una brecha del parapeto.) Por aquí hay más profundidad. Despachad pronto y... buenas noches.
(Vuelve á su casa y cierra la puerta.)
ESCENA III
TRIBOULET
¡Aquí está!... ¡Muerto!... Quisiera verlo. (Palpando el saco.) ¿Qué importa? Es él: lo reconozco al través del saco. He aquí sus espuelas que atraviesan la lona: no hay duda, es él. (Se endereza y pone el pié encima del saco.) Ahora ¡oh mundo! mírame. Este es un bufón y este es un rey. Y ¡qué rey! El primero de todos. Y míralo á mis piés, con un saco por sudario, y por sepulcro el Sena que lo aguarda. ¿Quién ha hecho esto? (Cruzando los brazos.) Yo, yo solo. Viéndola estoy y no creo en mi victoria, ni los pueblos la creerán mañana. ¿Qué dirá la posteridad? ¡Qué asombro entre las naciones! ¡Oh suerte! ¡Cómo juegas con los destinos de los hombres! Una de las más altas majestades de la tierra, Francisco de Valois, rival de Carlos V, un rey de Francia, un héroe, un dios sin la eternidad, el amigo de la victoria, cuyo paso estremecía las murallas, el vencedor de Marignan, el rey del universo iluminado por su gloria... ¡oh Dios! arrebatado de repente en todo su poder, con su nombre y su fama y su corte aduladora; arrebatado como un niño mal nacido, arrastrado en una noche tormentosa por ignorada mano. ¡Cómo! ¡El rey que se elevaba ceñido de inflamada aureola, vedlo aquí extinto, desvanecido, disipado en los aires, apareciendo y desapareciendo como uno de esos relámpagos! Y acaso mañana, pregoneros inútiles irán de pueblo en pueblo ofreciendo oro y gritando á los pasajeros: ¿Quién se ha encontrado á Francisco primero, que se ha perdido? ¡Qué maravilla! (Pausa de silencio.) ¡Mi hija! ¡Pobre hija mía! Ya estás vengada. ¡Oh! ¡qué sed tenía de esta sangre! (Inclinándose sobre el cadáver.) ¡Malvado! ¿Puedes oirme aún? Tú me robaste á mi hija, que vale más que tu corona y no había hecho mal á nadie; me la devolviste, pero llena de vergüenza y llorando. Pues bien, ahora, ¿me oyes, rey de la crápula? ahora yo soy quien se ríe y se venga. Porque aparentaba haberlo olvidado todo, te adormeciste y confiaste. Creías piedad el disimulo de un padre, á quien podías abofetear. ¡Oh! no; en la lucha suscitada entre nosotros, lucha entre el débil y el fuerte, el vencedor es el débil; el que te lamía los piés, te roe el corazón. Ya eres mío, ya estás vencido. ¿Me oyes? Yo soy, rey caballero, yo, el loco, el bufón, esta mitad de hombre, este supuesto animal á quien tú llamabas perro. (Dándole con el pié.) Y es que, cuando la venganza está en nosotros, no hay nada que duerma en el corazón por muerto que esté; el más pequeño crece, el más vil se transforma, el esclavo desenvaina su odio, el gato se torna tigre, y un verdugo el bufón. (Irguiéndose.) ¡Oh, cómo gozaría yo si pudiera oirme, sin poder moverse! (Inclinándose otra vez.) ¿Me oyes? ¡Te aborrezco! Vé á ver si en lo hondo del río en que acaban tus días, hay alguna corriente que te lleve á Saint Denis. ¡Al agua, rey Francisco!
(Toma el saco por un extremo y lo arrastra á la orilla del río. Al dejarlo en el parapeto, se entreabre la puerta baja de la casa y sale Magdalena, observa con inquietud, hace una seña, dando á entender que no se ve á nadie, entra y vuelve á salir con el rey, al cual induce por señas á irse. Después se encierra en la casa y el rey atraviesa el fondo en la dirección que le ha indicado.)
Triboulet.—¡Al agua!
El Rey (cantando por el fondo.)
La mujer, pluma al viento, pronto varía...
Triboulet (estremeciéndose).—¡Qué voz!... Ilusiones de la noche ¿os queréis burlar de mí?
(Vuélvese y presta atento oído. El rey ha desaparecido, pero se le oye á lo lejos.)
El Rey (cantando.)
loco y necio es el hombre que en ella fía.
Triboulet.—¡Maldición! No es él quien está en este saco. Alguien le ha protegido y se pone en salvo. ¡Me han engañado! (Corre á la casa donde sólo hay abierta la ventana superior.) ¡Bandido!... ¡Si no estuviera tan alta la ventana!... (Volviendo al saco con furor.) ¿Á qué inocente ha puesto en su lugar el traidor? Estoy temblando. (Palpando el saco.) Sí, es un cuerpo muerto. (Desgarra el lienzo con su puñal y mira ansiosamente.) No veo. ¡Qué oscuridad! Esperemos un relámpago. (Queda un instante con la vista fija en el saco entreabierto.)
ESCENA IV
TRIBOULET, BLANCA
(Brilla un relámpago. Se levanta el bufón dando gritos frenéticos.)
Triboulet.—¡Ah! ¡Mi hija! ¡Dios mío! ¡Mi hija! ¡Cielos! ¡Es mi hija! (Palpando su mano.) Tengo mojada la mano. ¡Oh Dios! ¡Sangre, sangre de mi hija! ¡Oh! ¡Me vuelvo loco! ¡Prodigio horrible!... Pero no: Blanca partió, está en camino de Evreux. (Cayendo de rodillas junto al cuerpo.) ¡Dios mío! ¿No es verdad que es un sueño horroroso? ¿No es verdad que habéis guardado á mi hija bajo vuestras alas y que no es ella? (Brilla otro relámpago.) ¡Sí, ella, ella es! (Arrojándose sobre el cuerpo y sollozando.) Hija mía, hija, respóndeme. ¡Te han asesinado! ¡Bandidos! ¡Y nadie aquí! ¡Qué siniestra familia! Háblame, hija mía. ¡Oh dolor! ¡Mi hija!
Blanca (Como reanimada á los gritos de su padre y con voz desfallecida.)—¿Quién me llama?
Triboulet.—¡Habla! ¡Se mueve! ¡Late aún! ¡Entreabre los ojos! ¡Vive, oh Dios! ¡Vive!
Blanca (incorporándose un poco).—¿Dónde estoy?
Triboulet (abrazándola).—¡Hija mía, mi único bien en la tierra! ¿reconoces mi voz? ¿Me oyes? Dí.
Blanca.—¡Padre mío!
Triboulet.—Blanca mía, ¿qué te han hecho? ¿Qué infernal misterio es este? Temo lastimarte... no veo. Hija, hija mía, ¿estás herida? Guía tú mi mano.
Blanca.—El hierro... ha tocado sin duda... el corazón... lo he sentido.
Triboulet.—Pero ¿quién, quién te ha dado golpe tan cruel?
Blanca.—¡Ah! Yo sola soy la culpable... Os he engañado... le amaba y... muero... por él.
Triboulet.—¡Suerte implacable! ¡Cogida en mi venganza! ¡Oh! Dios me castiga. Pero ¿cómo ha sido esto? Explícate, hija mía.
Blanca (moribunda).—No me hagáis hablar...
Triboulet.—Perdóname... Pero ¡perderte sin saber cómo!...
Blanca.—¡Me ahogo!
Triboulet.—Blanca, hija mía, no te mueras. (Con desesperación.) ¡Socorro! ¡Socorro! Nadie hay aquí. ¿He de dejar morir así á mi hija? ¡Ah! la campana de las aguas está ahí en el parapeto. ¿Puedes, hija mía, esperar que vaya á traer agua y á tocar para que vengan en tu auxilio? (Blanca hace una seña negativa.) ¿No quieres? Pero fuerza es que... (Llamando sin dejarla.) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa, Dios mío, es una tumba! (Blanca agoniza.) ¡Se muere! No, no te mueras, hija mía. ¡Tesoro mío! ¡paloma mía! Si tú me faltas ¿qué me quedará ya en el mundo?
Blanca.—¡Oh!
Triboulet.—Espera; te estoy lastimando con el brazo; déjame mudar de postura. ¿Estás así mejor? Procura respirar hasta que venga alguien á asistirnos... ¡Y no viene nadie! ¡Oh Dios!... ¡Nadie!

Triboulet.—¡Blanca!... ¡Hija mía!
Blanca.—Padre mío... perdonadme... ¡Adiós!
Triboulet (mesándose los cabellos).—¡Blanca! ¡Hija mía!... ¡Está espirando! (Corre á la campana y toca á rebato.) ¡Socorro! ¡Asesinos! ¡Fuego! (Volviendo á Blanca.) ¡Procura, hija mía, decirme otra palabra, una sola por piedad! ¡Á los diez y seis años! ¡Oh! es demasiado joven; no está muerta. Blanca ¿has podido dejar así á tu padre? ¿No he de oir más tu dulce voz? (Viene gente del pueblo con hachas encendidas.) No tuvo el cielo piedad al darte á mí. ¿Por qué no te llevó, á lo menos, antes de mostrarme la belleza de tu alma? ¿Por qué me dejó conocer tesoro tan precioso? ¡Que no te hubieras muerto en la infancia, cuando te heriste jugando con otros pequeñuelos! ¡Hija mía! ¡Hija mía!
ESCENA V
Los mismos, hombres y mujeres del pueblo
Una mujer.—Sus palabras me parten el corazón.
Triboulet (volviéndose).—¡Ah! ¿Ahora? Á buen tiempo. (Agarrando del cuello á un carretero que trae su fusta en la mano.) ¿Tienes caballos, gaznápiro? ¿Tienes carro?
Carretero.—Sí, señor. ¡Vaya si está furioso!
Triboulet.—Pues bien, toma mi cabeza y ponla debajo de las ruedas. (Volviendo á Blanca.) ¡Hija, hija mía!
Un hombre del pueblo.—¡Un asesinato! ¡Un padre desesperado! Vamos á separarlos. (Quieren apartar á Triboulet que se resiste.)
Triboulet.—¡Quiero aguardar aquí! ¡Quiero verla! Yo no os he hecho ningún mal para que me la quitéis. No os conozco. (Á una mujer.) Señora, vos que sois buena, porque lloráis conmigo, decidles que no me aparten de mi hija. (Intercede la mujer, y vuelve él junto á Blanca.) ¡De rodillas! ¡De rodillas, miserable, y muere al lado de ella! (Se arrodilla.)
La mujer.—Tranquilizaos, buen hombre. Si gritáis, os echarán de aquí.
Triboulet.—No, no; dejadme. Creo que respira aún; tiene necesidad de mí. Id á pedir socorro á la ciudad. Dejadla en mis brazos, sin temor de que me mueva. (La toma en brazos como una madre á un niño.) No, no está muerta: no lo querrá Dios, porque, en fin, bien sabe Dios que no tengo en la tierra más que á mi hija. Todos odian al pobre deforme, y á sus males todos son indiferentes. Ella me ama, sin embargo; es mi alegría, mi apoyo, y cuando se ríen de su padre, llora con él. ¡Tan hermosa y muerta! ¡Oh! no. Dadme un pañizuelo para enjugarme la frente. (Se la enjuga una mujer.) Sus labios están aún sonrosados. ¡Oh! ¡Si la hubiérais visto! Parece que la veo yo aún, cuando era pequeñuela con sus cabellos de oro... Era rubia entonces... (Estrechándola con delirio.) ¡Oh! ¡Pobre niña! Mi Blanca, mi dicha, mi hija adorada. Cuando era pequeña, la tenía yo así. Ella se dormía en mis brazos como ahora, y cuando se despertaba... ¡qué ángel del cielo! No le parecía yo nada extraño; y se sonreía mirándome con sus ojos divinos, mientras yo le besaba las dos manos. ¡Pobre paloma mía! ¡Muerta! Oh no; está durmiendo, y pronto la veréis abrir los ojos. Ya veis, señores, como hablo ahora con juicio, me estoy quieto y no ofendo á nadie; ya veis... no hago nada, bien me podéis dejar que mire á mi hija. (Contemplándola.) ¡Ni una sombra en la frente! ¡ni uno de los dolores antiguos! Ya he calentado sus manos entre las mías. Ved, tocadlas. (Llega un médico.)
La mujer.—El cirujano.
Triboulet (al médico que se acerca).—Venid, miradla. No me opondré á nada. Está desmayada ¿no es verdad?
El Médico (después de reconocer á Blanca).—Está muerta.
Triboulet.—¡Muerta!
(Se levanta con un movimiento convulsivo.)
El Médico (continuando fríamente).—Tiene en el costado izquierdo una herida harto profunda, y la sangre ha causado su muerte sofocándola.
Triboulet (con desesperación).—¡Yo, yo he matado á mi hija! ¡Yo he matado á mi hija!
(Cae al suelo sin sentido.)


NOTA

Como documento biográfico interesante se incluye en esta edición la reseña de la vista pública á que dió lugar la prohibición de El Rey se divierte. Esta reseña está tomada del Journal des Débats, en su número correspondiente al 20 de Diciembre de 1832.
TRIBUNAL DE COMERCIO
Demanda de Mr. Víctor Hugo contra el TEATRO-FRANCÉS y acción en garantía del TEATRO-FRANCÉS contra el ministro de obras públicas.
El drama El Rey se divierte no llevó proporcionalmente tanto público á la Comedia-Francesa, como la demanda de que ha sido ocasión, ha atraído hoy á la audiencia de la jurisdicción consular.
Allí, como en la calle de Richelieu, se dividían los espectadores en muchas y diversas clases. En el recinto del estrado personas distinguidas y damas ricamente ataviadas; en la tribuna de abogados, ilustres jurisconsultos entre los que se confundían los diputados Bryas y Brigode; en fin, en la parte más retirada, donde el público está de pié, lugar que puede compararse al paraíso de los teatros, se veía apiñado un auditorio más impaciente, el cual desde las nueve de la mañana había estado haciendo cola en las vastas galerías del palacio de la Bolsa. Todavía detrás de este auditorio había otro público de más modesto porte y tanto más impaciente y rumoroso, cuanto que se veía relegado al último lugar.
Á las doce del día, franqueadas las puertas á estas dos masas del público, todo lo que estaba vacío fué inundado atropelladamente, y hasta la sala de Pas-perdus, especie de vestíbulo separado de la sala de audiencia por puertas vidrieras, fué invadida por multitud de curiosos.
Algunos de estos extrañaban que el Tribunal y los litigantes no observasen la misma puntualidad con que ellos mismos acudieron, y reclamaban pidiendo á voces que se diera comienzo á lo que suponían ni más ni menos que un espectáculo.
Cuando se vió llegar y sentarse en los bancos de la izquierda á Víctor Hugo y sus abogados, muchos de los concurrentes se subieron sobre las banquetas, y otros, á quienes los primeros tapaban la vista, les gritaron que se sentaran. Fué aplaudido el autor por unos y otros.
El Tribunal, presidido por Mr. Aubé, abrió, por fin, la sesión, y no sin dificultad hubo de restablecerse el silencio. Los gritos de ¡fuera! se alzaron contra los que, no habiendo podido encontrar sitio, causaban algún tumulto; y en medio de esta agitación, se pregonaron las dos causas: 1.ª la demanda entablada por Mr. Víctor Hugo contra el Teatro-Francés; 2.ª el recurso interpuesto por los cómicos contra el ministro de Comercio y Obras Públicas.
Mr. Chaix-d’Est-Ange, abogado del ministro, deduce conclusiones encaminadas á que el Tribunal se declare incompetente, considerando respecto á la cuestión de legalidad ó ilegalidad de un acto administrativo, que la ley del 24 de Agosto de 1791 prohibe á los tribunales conocer de actos administrativos y de inmiscuirse en asuntos de administración.
«El texto de la ley, dice este abogado, es de tal modo terminante, que á la incompetencia no puede oponerse la menor dificultad. Fuera de esto, esperaré las objeciones para contestarlas.»
Mr. Odilon Barrot sienta por su parte las conclusiones siguientes:
«Considerando que por contrato verbal del 22 de Agosto último entre Mr. Víctor Hugo y la Comedia-Francesa, representada por Mr. Desmousseaux, uno de los empresarios del Teatro-Francés, debidamente autorizado, se obligó la administración á representar el drama titulado El Rey se divierte bajo las condiciones estipuladas; que la primera representación tuvo lugar el 22 de Noviembre último; que el día siguiente fué oficiosamente advertido el autor de que las representaciones de su drama estaban suspendidas de orden superior; que de hecho, el anuncio de la segunda representación desapareció de los carteles del Teatro-Francés para no reaparecer; que los contratos constituyen la ley de las partes; que nada puede modificar su ejecución; ha de servirse el Tribunal condenar por todas las vías de derecho, aun por la fuerza, á los empresarios del Teatro-Francés á representar el drama de que se trata, ó á pagar veinticinco mil francos de indemnización; y en el caso de que consintieran en representar el drama, condenarlos, por los perjuicios anteriores, á la suma que parezca justa al Tribunal.
»Señores, dice el defensor, la celebridad de mi cliente me dispensa de dároslo á conocer. Su cargo, el que ha recibido de su talento y de su genio es de traer la literatura á la verdad, no á esa verdad de convención y artificio, sino á esa verdad que se saca de la realidad de nuestra naturaleza, de nuestras costumbres, de nuestros hábitos; tarea que ha emprendido con valor y prosigue con tanta constancia como talento. Muchas tempestades ha levantado, y el público, tribunal soberano ante el cual comparece, parece haber consagrado sus esfuerzos con entusiastas y numerosos aplausos.
»¿Por qué hoy está sentado en estos bancos ante un tribunal, teniendo por apoyo, no el prestigio de su talento, sino mi severo ministerio y la presencia de jurisconsultos que nada tienen de literario ni poético? Porque Víctor Hugo no es solamente poeta, es ciudadano; sabe que hay derechos que pueden renunciarse cuando llevan consigo perjuicios exclusivamente personales, pero que hay otros que deben defenderse por todos los medios y recursos posibles, porque no se puede abandonar el derecho propio, sin entregar el derecho ageno, el derecho de la libertad del pensamiento, de la libertad de las representaciones teatrales. La resistencia á la censura, á actos arbitrarios, es derecho y garantía que no se puede abandonar cuando se tiene conciencia de estos derechos y de estas garantías y cuando se sabe en qué consiste el deber de un ciudadano.
»Ese deber es el que Mr. Víctor Hugo viene aquí á cumplir; y bien que se haya reprochado á la república de las letras, con justicia á veces, la facilidad con que entrega sus franquicias y privilegios al poder, el ilustre poeta tiene la ventaja de haber dado noble y brillante mentís á este reproche. Mucho tiempo há que Víctor Hugo probó lo contrario: ya en tiempo de la Restauración se resistió á doblegarse ante la arbitrariedad de la censura. Ni honores, ni pensiones, ni favor ninguno fueron poderosos á tentarlo para dominar en su ánimo el sentimiento de su derecho, la conciencia de su deber. Le admirábamos entonces dándole entusiastas testimonios de nuestras simpatías. ¿Y sería acogido con otros sentimientos hoy que viene á llenar ese mismo deber, hoy que, en más favorables circunstancias, cuando una revolución había abolido al parecer toda censura, viene á reclamar, no un derecho dudoso, incierto, sino un derecho consagrado por la ley fundamental, fruto y conquista de aquella revolución?
»No, señores, no temo que el favor que acompañó hasta aquí á Mr. Víctor Hugo, le abandone hoy: sus sentimientos son los mismos, ó acaso han adquirido mayor energía en las circunstancias que después han sobrevenido. Nunca olvidaré yo, ni Francia olvidará tampoco, que en este mismo sitio, el 28 de Julio de 1830 se dió el primero, el más solemne ejemplo de resistencia á la arbitrariedad. Aludo al memorable juicio que condenó al impresor Chantpie á cumplir sus compromisos, imprimiendo el Diario del Comercio, á pesar de las ordenanzas del 25 de Julio.
»Preveo que se me argüirá con otro juicio de este mismo Tribunal con motivo de la interdicción que impuso la autoridad al teatro de Novedades de representar la obra titulada Proceso de un mariscal de Francia. Los autores Mrs. Fontan y Dupeuty perdieron su causa; pero la causa era muy diferente. Vuestro juicio hace constar que el director del teatro de Novedades había hecho todo lo posible por que continuaran las representaciones, y que sólo había cedido á la violencia, al uso de la fuerza armada, habiendo sido cercado su teatro y cerrado por muchos días. Nada semejante hay en el caso actual. El día siguiente al de la primera representación se escribe vagamente al autor que existe una orden que prohibe su drama. Esta orden no se ha producido, no la conocemos, y debiéramos saber si existe en efecto y qué clase de orden es.»
Mr. Léon Duval, abogado de la Comedia-Francesa, interrumpe á Odilon Barrot, diciendo:
«Las relaciones de Mr. Víctor Hugo con el Teatro-Francés no son tan raras que no pueda conocer la orden intimada por el ministro. Con todo, hela aquí:
«El Ministro secretario de Estado en el ramo de Comercio y obras públicas, visto el artículo 14 del decreto de 9 de junio de 1806; considerando que en algunos pasajes del drama representado en el Teatro-Francés el 22 de Noviembre de 1832, con el título El Rey se divierte, se ultrajan las costumbres... (Violentos murmullos y risas irónicas en el fondo de la sala) hemos debido decretar y decretamos:
»Quedan prohibidas en adelante las representaciones del drama titulado El Rey se divierte.
»Dado en París á 10 de Diciembre de 1832.
»Firmado: Conde de Argout.»
(Arrecian los clamores y hasta se oyen algunos silbidos.)
Mr. Odilon Barrot: «Celebro haber provocado esta explicación; por lo menos tenemos ya una base en qué fundar el debate.
»Señores, creo que hay aquí una confusión extraña, y que Mr. de Argout se ha engañado lastimosamente sobre la naturaleza de sus facultades. Tres especies de intervenciones puede ejercer la autoridad en los teatros».
(Aquí llega á ser tal el tumulto en el vestíbulo que precede á la sala de audiencia, que es imposible oir al abogado.)
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Ruego al tribunal se sirva tomar medidas para que cese este ruido, que me impide seguir el hilo de la argumentación de mi adversario, á quien igualmente estorba».
El Presidente: «Si no se restablece el orden, me veré obligado á hacer evacuar la sala».
Mr. Odilon Barrot, dirigiéndose al público:
«Es difícil continuar una discusión, de suyo árida, en medio de esa agitación continua. Ruego al público se sirva escuchar, con paciencia á lo menos, las deducciones legales que voy á sacar de la legislación existente:
El Presidente: «¡Que se cierren las puertas!»
Voces del interior: «¡Nos estamos ahogando!»
Otras voces: «Mejor sería abrir las ventanas».
Mr. Odilon Barrot: «La primera intervención es la de la policía municipal. Si se turba el orden por la representación de una obra, si se teme el mismo desorden en las representaciones siguientes, concibo que la autoridad intervenga y tome sus medidas para que cese la causa de la perturbación.
»La segunda es la de la censura dictatorial que se ejercía en tiempos de la Convención y del Imperio y que existía aún durante la Restauración.
»La tercera es la influencia de protección y de subvención. La autoridad que subvenciona un teatro, bien puede intimarle órdenes de suspensión de determinadas obras so pena de retirarle su favor.
»Nosotros no estamos en ninguno de estos casos; por una anomalía que sin duda hará cesar muy pronto la ley de organización municipal de París, no hemos visto que el prefecto de policía, ejerciendo el poder municipal, pusiera término á las representaciones del drama. Tampoco es el ministro de Policía quien ha hecho uso de los derechos de censura; el ministro de Obras Públicas, ha venido á usurpar las atribuciones de su colega. Así, pues, ese pobre ministerio de la Gobernación... (Risas irónicas en la misma parte de la sala de que procede todo el ruido) ese pobre ministerio, ya tan mutilado, que hace incesantes esfuerzos por cubrir su desnudez y ver de recobrar alguna de las facultades que se le escapan, se ve desposeído de su derecho de policía en los teatros por la intrusión del ministro de Obras Públicas.
»Este ministro no ha podido intervenir sino de una manera: conminando á la empresa del Teatro-Francés con el sensible golpe de retirar la subvención que la ley de presupuestos concede á los teatros reales. Esta consideración no puede interesar al autor, ni menos influir en la decisión del tribunal. El teatro debe cumplir sus compromisos, aun á riesgo de perder la subvención. Al hacer el contrato debió medir todas sus consecuencias. ¿Sería admisible, en buena doctrina, la resistencia á cumplir un compromiso contraído á pretexto de que este compromiso no es del agrado de un protector, de un pariente cuya herencia se espera, ó cuya exheredación se teme?
»Yo, por mi parte, no profeso la opinión de la libertad absoluta del teatro: no es este lugar ni momento oportuno para entregarnos á teorías absolutas, sobre todo cuando no son necesarias; pero, en fin, la censura dramática, como toda otra censura, está abolida por la Constitución de 1830, uno de cuyos artículos dice textualmente que no podrá ser restablecida la censura. También hacia fines de aquel año, al presentar Mr. de Montalivet, ministro de la Gobernación entonces, un proyecto, que al fin no llegó á ser ley, sobre policía de teatros, decía en la exposición de motivos: La censura ha muerto.
»Pero lo que se querría restablecer no es la censura preventiva, sino una censura mucho más peligrosa, la censura à posteriori, por decirlo así. Con esto se dejaría á una empresa de teatros hacer cuantiosos gastos en decoraciones y trajes, se dejaría también dar la primera representación y luégo, ex-abrupto, se prohibiría la obra. He aquí una disposición á que no hubiera debido someterse con tanta docilidad el Teatro-Francés. Por eso nos asombramos viendo que no esperó el 24 de Noviembre la orden que no se firmó hasta el 10 de Diciembre siguiente, contentándose con una simple intimación verbal, acaso con algunas palabras escapadas al ministro.
»La empresa del Teatro-Francés debe, pues, sufrir la pena de su conducta, de la infracción del contrato ajustado con nosotros, y esta infracción no puede resolverse sino indemnizando al autor de daños y perjuicios.
»Vivimos, señores, en una época singular, época de transición y confusión, como quiera que estamos bajo el imperio de cuatro ó cinco legislaciones sucesivas que se cruzan y contradicen unas á otras. Solamente los tribunales deben, en este arsenal de leyes, separar las armas que aún pueden servir de aquellas cuyo uso no es ya permitido. De esta manera os atendréis, señores magistrados, á la letra de la Constitución que proscribe toda clase de censura, así la de obras dramáticas, como la de obras impresas, y haciendo justicia á mi cliente, serviréis los intereses de la libertad.»
El Presidente: «El abogado del Teatro-Francés tiene la palabra.»
Mr. Víctor Hugo: «Ruego al Señor presidente se sirva concedérmela para después.»
El Presidente: «Podéis hacer uso de ella desde luégo.»
Mr. Víctor Hugo: «Preferiría hablar después de mis dos adversarios.»
Mr. Léon Duval, en nombre del Teatro-Francés desarrolla conclusiones encaminadas á probar la incompetencia del Tribunal de comercio. Según él, la empresa no hubiera querido otra cosa que continuar las representaciones de una obra que le prometía abundantes ingresos; encender con las tempestades de la primera noche otras tempestades; pero tuvo que ceder á una necesidad imperiosa.
El tumulto llega á ser tan violento que es imposible continuar. Suenan voces de «¡Nos estamos ahogando! ¡Abrid las ventanas! ¡Aire! ¡Aire! ¡Que se evacue la primera sala!» Muchas señoras se retiran asustadas.
El Presidente: «Ya es difícil oir. Si se abren las ventanas, no oiremos una palabra.»
Muchas voces: «No podemos salir ni respirar. ¡Nos ahogamos!»
El Presidente: «Se va á suspender la audiencia momentáneamente para abrir las ventanas y evacuar la primera sala.»
(Aplausos en la parte del público más próxima al Tribunal. Murmullos en el vestíbulo.)
El tumulto sube de punto. Un piquete de guardias nacionales penetra en el recinto. La mayoría del público aplaude, sobre todo cuando ve que los guardias han tenido el cuidado de envainar bayoneta. La fuerza armada evacua el vestíbulo y algunos de los expulsados tararean la Marsellesa.
Los agentes de cambio y los comerciantes, que estaban ocupados en negocios de bolsa en la planta baja del edificio, pudieron creerse sorprendidos por un motín.
Por fin, se cierran las puertas vidrieras, como también las exteriores, para evitar que éntre más gente y continúa la audiencia á las dos y media.
El Presidente: «El Tribunal ha hecho cuanto le ha sido posible para que el público estuviera cómodamente. Si se reproduce el ruido se suspenderá la audiencia aplazando el acto para otro día.»
Mr. Léon Duval acaba su defensa, demostrando que la empresa del teatro ha cedido á fuerza mayor, y que aun sin tratar más que de la subvención, no se habría empeñado en una lucha en que inevitablemente hubiera sucumbido.
Víctor Hugo, á quien el presidente concede la palabra, manifiesta que desea ser el último.
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Sería lo más lógico acabar la defensa para contestar yo luégo de una vez á todos mis adversarios. De lo contrario, tendré necesariamente que replicar cansando dos veces al Tribunal y al público.»
Mr. Víctor Hugo: «Estoy dispuesto á hablar desde luégo.»[5].
El discurso de Víctor Hugo fué seguido de ruidosos y repetidos aplausos procedentes del fondo de la sala y de afuera.
El Presidente: «Parte del público olvida que no es este un espectáculo.»
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Señores, dos cuestiones se agitan en este juicio; la una de competencia: se trata de saber si podéis apreciar un acto cuya regularidad os está conferida; la otra de fondo: trátase de saber si este acto es legal, regular, conforme con la Constitución y con la libertad que ésta consagra.
»Sobre la primera cuestión suscitada por mí mismo, debo entrar en algunos detalles. Debería prescindir de la segunda: incompetentes como sois, no debería examinar ante la jurisdicción consular si el acto de la autoridad administrativa es legal ó debe ser revocado. Pero ante todo, señores, hay un deber de conciencia y de honor que el abogado debe cumplir. No quiero dejar sin contestación los cargos que se han hecho aquí; no quiero que permanezca esta vergüenza y la rechazaré; porque la primera condición de mi presencia en la causa ha sido que si se dirigían inculpaciones á la autoridad cuya representación y defensa tomaba, tomaría la palabra sobre el fondo para probar ante los hombres de honor que la autoridad ha cumplido con su deber.
»Yo espero obtener de este público tan entusiasta por la causa de Mr. Víctor Hugo y tan amigo de la libertad, esa libertad de discusión que debe concederse á todos igualmente. Nadie se crea aquí con derecho á interrumpir á un abogado cuya lealtad é independencia nunca jamás han sido sospechosas. (Movimiento general de aprobación en la mayor parte del público.)
»Entro en el examen de la primera cuestión ó sea la de competencia. Hay principios que basta enunciar para que parezcan indiscutibles, y cuya fuerza resiste á toda contradicción. Así la opinión general, la experiencia de todos los tiempos, ha consagrado, de tal suerte que no es posible rebatirlo, el principio de la división de los poderes en todo gobierno bien ordenado.
»Existe el poder legislativo, encargado de hacer las leyes; el poder judicial, con la misión de aplicarlas, y el poder administrativo que cuida de su ejecución. Esta división no es nueva: el principio ha sido consagrado en leyes tan numerosas, en textos tan precisos que basta con enunciarlos.»
Después de haber citado las leyes de 1790 y 91, é invocado la autoridad de un venerable magistrado, Mr. Henrion de Pensey, añade el defensor:
«Todavía puedo oponer á mi adversario el testimonio de un colega suyo, el vizconde de Cormenin, el defensor ardiente é intrépido de la libertad.
»No hay que separarse, decía el vizconde, cuando no era más que barón... (Risas seguidas de violentos rumores en el fondo de la sala) no hay que separarse de este principio tutelar de la división de los poderes.
»Mi adversario ha sido el primero que os ha citado un juicio de este mismo Tribunal en la demanda relativa á Mrs. Fontan y Dupeuty sobre el Proceso del mariscal Ney. El Tribunal no sólo apoyó la desestimación de la demanda sobre el caso de fuerza mayor, resultante de la intervención de los gendarmes, sino que reconoció también la incompetencia de la jurisdicción comercial para pronunciar sobre un acto de administración. En aquella causa, como en esta, se había visto una especie de concierto entre los autores y la empresa teatral para someter al ministro á un juicio público.»
Mr. Odilon Barrot: «No nos acuséis de falta de franqueza. Nosotros no hemos sabido vuestra intervención hasta ahora, en la misma audiencia.»
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Os ruego que no me interrumpáis: bastante dificultad he tenido en dominar otras interrupciones de parte del público. Bien veis que no he podido pronunciar las palabras de moral y ultrajes á las costumbres sin excitar inconcebibles murmullos.
»Se ha invocado el juicio del 28 de Julio de 1830 en el asunto del Correo francés. Un juicio celebrado en medio de los combates y de los peligros, un juicio pronunciado desde lo alto de esa especie de trono, proclamó la ilegalidad de las ordenanzas del 25 de Julio. Fué un gran acto de valor, un acto de buenos ciudadanos; pero ¿vale citar en momentos de calma lo que ha pasado en tiempos de desorden? Los jueces que dictaron aquella providencia, eran como los guardias nacionales que ilegalmente también vestían su uniforme é iban á combatir por la libertad y por las leyes.
»No estamos ya, por fortuna, en aquella época, y sin embargo, Mr. Víctor Hugo tiene un pensamiento que no desampara: piensa Mr. Víctor Hugo que la orden que ha prohibido su drama vale á lo menos lo que las ordenanzas de Julio; piensa que para invalidar esa orden están las gentes dispuestas, ahora como entonces, á hacer un motín ó más bien una revolución. (Grandes rumores en la misma parte del público.) El autor mismo lo ha dicho en carta dirigida á los periódicos, y yo lo repito porque toda libertad debe rodear aquí al abogado que habla inspirado por su conciencia. (Aplausos y bravos en la mayoría del público.) Sí, Mr. Víctor Hugo ha escrito que quería ponerse entre el motín y el gobierno; ha tenido, pues, la generosidad de recomendar á la generosa juventud de los talleres y escuelas que no se subleven por él, que no hagan una revolución por su drama.
»En interés de la administración debería detenerme aquí; pero he anunciado que trataría la cuestión legal. Aquí no están de acuerdo mis adversarios: el cliente se revuelve contra toda clase de medidas preventivas y quiere, á lo menos antes de la representación, una libertad ilimitada; el defensor no es completamente de su opinión: la censura teatral, le parece cuestión muy delicada, y nos ha velado sus argumentos con esas nebulosidades de que su talento suele rodearse en la discusión (Risas); se ha hecho, por decirlo así, incoercible; nos ha rogado que le permitamos, á él, hombre político, no tomar partido, no decirnos el fondo de su pensamiento porque su pensamiento no es definitivo.
»Ahora bien: poneos de acuerdo, debo decir á mis adversarios. Si no queréis la censura, decidlo francamente; si la queréis, tened, hombres populares, tened el valor de decirlo con la misma franqueza, porque es dar pruebas de valor arrostrar las falsas opiniones del público y proclamar siempre y en todas partes la verdad.
»Por lo demás, no extraño esa vacilación de mi adversario. Cuando Mr. Barrot fué llamado, como miembro del Consejo de Estado, á dar su parecer sobre la libertad teatral, reconoció la necesidad de la represión preventiva; sólo que no quería que quedara en manos de la policía. Uno de los prefectos que se han sucedido en este ramo desde la revolución, Mr. Vivien, era del mismo parecer. Que no se nos venga ahora presentando la censura dramática como una violencia con fractura á la Constitución; que Mr. Víctor Hugo con su lenguaje enérgico y pintoresco no se jacte de haber abofeteado un acto del poder con cuatro artículos de la Constitución.
»Todas las leyes sobre teatros están vigentes: todas fueron aplicadas bajo el régimen del Directorio, sin que se haya derogado una sola. Ni podía ser de otra manera. Una obra dramática puede pasar sin peligro en un punto y ofrecer en otros grandes inconvenientes. Suponed la tragedia de Carlos IX, la matanza de san Bartolomé, representada en el teatro de Nimes, en un país donde las pasiones, los odios entre católicos y protestantes subsisten todavía tan vivos, y juzgad, juzgad de sus efectos.
»De las tres clases de intervención de la autoridad en los teatros, de que os ha hablado mi adversario, la segunda, ó sea la censura, subsiste. Hablando de la primera, de la autoridad municipal, el abogado defensor ha incurrido en una contradicción, porque la ley de 1790 prohibe á los municipios inmiscuirse en la policía de los teatros. La influencia de las subvenciones no debiera haber sido tratada por un autor dramático.
»Sin embargo, insiste mi adversario; pretende que el ministro de la Gobernación y no el ministro de Fomento, es quien debería cuidar de la policía de los teatros, y ha llorado sobre ese pobre ministerio desposeído de una de sus más importantes atribuciones. Pues bien, la policía de los teatros está, como las subvenciones, en las atribuciones del ministro de Fomento, y este ministro, no el de Gobernación, fué el traído á juicio en el asunto del Mariscal Ney.
»Pero se dice: ¿por qué no ha ejercido este ministro en la obra de Víctor Hugo la censura preventiva, la buena censura, que dice mi adversario? La razón es sencilla. El ministro se resistía á la censura, y dijo á Víctor Hugo. «No os pido el manuscrito del drama; pero dadme vuestra palabra de honor de que no contiene nada contrario á la moral.» La palabra de honor fué empeñada, y he aquí por qué fué permitida sin examen.»
Mr. Víctor Hugo: «Pido la palabra para contestar á esa aserción.» (Diversos rumores.)
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Los censores, convengo en ello, los censores matan la censura; á veces la hacen odiosa; pero tranquilizaos: la opinión pública y las costumbres son omnipotentes en Francia, y no estaría en el deseo ni en el poder del gobierno prohibir ni suspender la representación de una obra que no ofreciera ningún peligro para el orden ni para la moral. Haga Víctor Hugo una obra maestra (tiene bastante talento para hacerla), hable en ella de los beneficios de la libertad, como en otro tiempo hablaba de los beneficios de la Restauración, y si se le oponen dificultades, se le hará justicia.»
Mr. Odilon Barrot replica inmediatamente y recuerda los diferentes casos en que los tribunales han reconocido la ilegalidad de actos administrativos. Tal fué el principio de la sentencia del Tribunal de casación sobre las ordenanzas de policía que mandaba poner colgaduras en las ventanas para la procesión del Corpus.
Así, los tribunales tienen siempre el derecho de apreciar los actos de que se hace derivar jurisprudencia, y el de decidir si estos actos toman su fuerza de la ley y si se puede fundar un juicio en ellos.
«Se ha tenido el valor y estaba por decir la audacia, añade Odilon Barrot, de ver en el juicio relativo al impresor Chantpie y al editor del Diario del Comercio una especie de sedición. Como ciudadanos, como hombres tenéis sin duda el deber de resistiros á los actos de opresión; pero cuando vestimos la toga, cuando ejercemos una función pública, cuando estamos instituídos para hacer respetar las leyes, nos guardamos de violarlas, y es hacer una injuria al tribunal suponer que á ojos vistas, á presencia del pueblo ha violado las leyes en cualquiera ocasión. No, señores, el Tribunal de Comercio no ha violado las leyes en el juicio de Chantpie y su gloria es tanto mayor cuanto que ha tenido á raya la arbitrariedad del poder hasta el último límite de sus facultades, manteniendo el respeto á las leyes con su propio respeto.»
Finalmente, el defensor calificó de orden póstuma la prohibición notificada al Teatro-Francés, el 10 de Diciembre por el ministro de Fomento. No es menos cierto que negándose el 24 de Noviembre anterior, á seguir representando el drama, el Teatro-Francés ha infringido el convenio entre él y Víctor Hugo, por lo cual no puede alegar excepción de fuerza mayor.
Mr. Víctor Hugo: «Voy á decir solamente algunas palabras.»
El Presidente: «La cuestión ha sido bastante discutida.»
Mr. Víctor Hugo: «Un pasaje del discurso de Mr. Chaix-d’Est-Ange me proporciona la ocasión de hacer constar un hecho de que no he hablado porque me es honroso, y no creo deber alegar ciertos hechos que me honran. He aquí lo que pasó:
»Antes de la representación de mi drama, advertido por la empresa del Teatro-Francés de que Mr. Argout quería censurarlo, fuí á verle, y le dije entonces, como un ciudadano al ministro, que no le reconocía el derecho de censurar una obra dramática, que este derecho estaba abolido, á mi modo de ver, por la Constitución: añadí que si pretendía censurar mi obra, la retiraría inmediatamente, y que á él le correspondía ver si no habría en esto para la autoridad una consecuencia más enojosa que en permitir la representación de mi obra sin haberla censurado.
»Me dijo entonces Mr. Argout que su opinión era muy distinta sobre la materia, y que en su calidad de ministro se creía en el derecho de censurar una obra dramática, pero que teniéndome por un hombre de honor, incapaz de hacer obras de alusiones ó inmorales, consentía con mucho gusto en que mi obra no fuese censurada.
»Repliqué al ministro que yo no tenía nada que pedirle, que era un derecho el que pretendía ejercer. Mr. de Argout no se opuso á que se representara el drama y renunció á la facultad que en su sentir tenía.
»Esto, ni más ni menos, es lo que ha pasado, é invoco aquí el testimonio de un hombre de honor, presente en la audiencia, el cual no me desmentirá. Si M. de Argout hubiera insistido en censurar mi obra, luégo al punto la hubiera yo retirado del teatro. Declaro que una comisión de la empresa fué á verme aquella misma mañana para rogarme que no la retirara en el caso de que el ministro hubiera querido censurarla. Insistí en mi resolución de no someterme á la censura y no he querido nunca abandonar mi derecho.
»Es un hecho que hubiera podido referir minuciosamente en mi discurso, y tengo la certeza de haberme atraído las simpatías del Tribunal y del público. Pero ya que el abogado de la parte contraria lo ha traído al debate, puedo á lo menos jactarme ahora de él sin inmodestia.»
Mr. Chaix-d’Est-Ange: «Lo que yo he aducido, era necesario á la defensa bajo el doble respecto del hecho y del derecho. No era inútil contestar á la aserción de que el ministro no había cuidado de ejercer la censura preventiva antes de la representación. He explicado por qué no insistió en su derecho; no insistió porque tenía bastante confianza en el honor y en la lealtad de Mr. Víctor Hugo para estar persuadido de que no había en su drama ningún ultraje á las costumbres.»
El Presidente: «El tribunal pasa á deliberar para pronunciar su fallo dentro de quince días.»
Se levantó la sesión á las seis menos cuarto.
La multitud, que llenaba el local y todas las avenidas, esperó á Víctor Hugo para saludarle y le aplaudió ruidosamente á su paso.
