EL REY SE DIVIERTE
Cecilio Navarro translation
DRAMA EN CINCO ACTOS
Con un prólogo de su autor, el discurso pronunciado por el mismo ante los tribunales en la causa á que dió lugar su prohibición y la relación de la vista celebrada con este motivo en 19 Diciembre 1832.

Prólogo

El estreno de este drama motivó un acto ministerial inaudito.
El día siguiente á la primera representación, recibió el autor de parte de Mr. Jouslin de la Salle, director de escena del Teatro-Francés el siguiente oficio, cuyo original conserva cuidadosamente:
«En este momento, que son las diez y media, acabo de recibir la orden de suspender las representaciones de El Rey se divierte, comunicada por Mr. Taylor en nombre del ministro.
»Hoy 23 de noviembre.»
Lo primero que se le ocurrió al autor fué dudar de lo que leía: el acto era arbitrario hasta lo increíble.
En efecto, lo que han llamado Constitución-Verdad dice: «Los franceses tienen el derecho de publicar...» Nótese que el texto no dice solamente el derecho de imprimir, sino amplia y claramente el derecho de publicar. Ahora bien, el teatro no es más que un medio de publicación como la prensa, como el grabado, como la litografía. La libertad del teatro está pues implícitamente consignada en la Constitución con las demás libertades del pensamiento. La ley fundamental añade: «La censura no podrá ser restablecida nunca.» No dice el texto la censura de los periódicos, la censura de los libros; dice sólo la censura, la censura en general, toda censura, la del teatro, como la de los escritos. Las obras dramáticas, pues, no podrán en adelante ser legalmente censuradas.
Fuera de esto dice la Constitución: «Queda abolida la confiscación.» Pues la supresión de una obra, después de ser representada, no es sólo un acto monstruoso de censura y arbitrariedad, sino también una verdadera confiscación, es usurpar violentamente al autor y al teatro su legítima propiedad.
Finalmente, para que todo sea neto y claro, para que los cuatro ó cinco grandes principios sociales que la Revolución francesa grabó en bronce queden intactos en sus pedestales de granito, para que no pueda vulnerarse maliciosamente el derecho común de los franceses con esas cuarenta mil armas viejas que enmohece el orín y el desuso en el arsenal de nuestras leyes, la Constitución deja abolido expresamente en su último artículo todo lo que sea contrario á su letra y espíritu en nuestras leyes anteriores.
Esto es lo formal. El decreto ministerial que prohibe la representación de una obra dramática atenta á la libertad con la censura, á la propiedad con la confiscación. Todo nuestro derecho público se subleva contra semejante hecho de fuerza.
Como el autor no se decidía á creer tamaña insolencia, tamaña locura, corrió al teatro, donde le confirmaron ya el hecho por todas partes. El ministro había efectivamente intimado, por sí, ante sí, y armado de su derecho divino de ministro, la susodicha orden. El ministro no tenía razón que dar. El ministro le había usurpado su obra, le había usurpado su derecho, le había usurpado su propiedad: ya sólo faltaba poner al poeta en la Bastilla.
Lo repetimos: en los tiempos que corren, cuando un acto como éste viene á cortarnos el paso, la primera impresión es de asombro. Mil preguntas se ofrecen á la mente. ¿Dónde está la ley? ¿Dónde está el derecho? ¿Ha habido, en efecto, algo que se ha llamado la revolución de Julio? Sin duda no estamos ya en París. ¿En qué bajalato vivimos?
La Comedia-Francesa, estupefacta y consternada, quiso dar todavía algunos pasos cerca del ministro para obtener la revocación de tan extraña orden, pero fué en vano. El diván, digo, el consejo de ministros se había reunido aquel día: y la que el 23 no era más que una orden del ministro, el 24 era ya una orden del ministerio. El 23 sólo estaba suspendida la representación de la obra; el 24 quedó ya definitivamente prohibida. Hasta se conminó á la empresa para que borrara de sus carteles estas pavorosas palabras: El Rey se divierte. Y se le intimó además al malhadado Teatro-Francés que se abstuviera de quejarse. Acaso fuera bueno, leal y noble, resistirse á este despotismo asiático; pero no se atreven á tanto los teatros: el temor de que les retiren sus privilegios los convierte en súbditos, en siervos resignados á todo, eunucos y mudos.
En cuanto al autor, permaneció y debió permanecer extraño á estos manejos del teatro, pues como poeta no depende de ningún ministro. Estos ruegos y solicitaciones, que acaso le aconsejaba su interés, mezquinamente consultado, se los prohibía su deber de escritor libre. Pedir favor al poder era reconocerlo: la libertad y la propiedad no son cosas de antesala, ni un derecho se regatea como un favor. Para un favor se acude al ministro; para un derecho se acude al país.
Al país pues se dirige el autor. Dos vías hay para obtener justicia: la opinión pública y los tribunales. El autor elige ambas á dos.
Ante la opinión pública está ya juzgada y aun ganada la causa. Y aquí debe el autor dar en alta voz las gracias á todas las personas graves é independientes de la literatura y de las artes que en esta ocasión le han dado tantas pruebas de simpatía y cordialidad. Bien contaba con este apoyo, sabiendo, como sabe, que cuando se trata de luchar por la libertad de la inteligencia y del pensamiento, no irá solo al combate.
Digámoslo de paso; por un cálculo harto mezquino, el gobierno se lisonjeaba de contar por auxiliares, hasta en las filas de la oposición, las pasiones literarias sublevadas, tiempo há, en torno del autor; había imaginado que los odios literarios serían más tenaces aún que los odios políticos, fundándose en que los primeros tienen sus raíces en el amor propio, y los segundos sólo en los intereses. El poder se engañó: su acto brutal ha indignado á los hombres honrados de todas las opiniones. El autor ha visto unirse á él para hacer frente á la arbitrariedad y á la injusticia hasta á los mismos que le atacaban con más viveza la víspera. Si por casualidad algunos odios inveterados han persistido, sienten á estas horas el momentáneo auxilio que allegaran al poder. Cuantos enemigos honrados y leales cuenta el autor han venido á tenderle la mano, sin perjuicio de volver al combate literario tan luégo como acabe el combate político. En Francia, el perseguido no tiene más enemigo que el perseguidor.
Si ahora, después de haber sentado que el acto ministerial es odioso, incalificable, imposible en derecho, queremos descender por un momento á discutirlo como un hecho material y á inquirir los elementos de que parece componerse, la primera pregunta que ocurre, y que todos se han hecho, es esta: ¿cuál puede ser el motivo de semejante medida?
Hay que decirlo, porque así es, y porque si el porvenir se ocupa un día en la pequeñez de nuestros hombres y cosas, no será éste el detalle menos curioso de este curioso hecho. Parece ser que nuestros fautores de censuras se sienten como escandalizados y heridos en su moralidad por El Rey se divierte. Este drama ha ofendido el pudor de los gendarmes: la brigada Léotaud ha visto la representación y la encuentra obscena; la oficina de las costumbres se ha tapado la cara; Mr. Vidocq se ha ruborizado... En fin, la consigna que la censura dió á la policía, según se susurra hace algunos días á nuestro alrededor, es en resumen que el drama es inmoral. ¡Cómo! Señores míos, punto en boca.
Expliquémonos, sin embargo, no con la policía, á la cual, yo, como hombre honrado, prohibo hablar de estas materias; sino con el escaso número de personas respetables y concienzudas, que por lo que han oído decir ó por lo que han entrevisto malamente en la representación, se han dejado arrastrar á tan injusto juicio, al cual acaso hubiera podido servir de suficiente refutación sólo el nombre del inculpado poeta.
El drama corre ya impreso: si no habéis visto su representación, leedlo; y si la habéis visto, leedlo también. Recordad que su representación fué más bien una batalla, una especie de batalla de Montlhéry (y pase la comparación un tanto ambiciosa), batalla en que los parisienses y los borgoñones pretendieron cada cual por su parte, haberse embolsado la victoria, como dice Matthieu.
¡Que la obra es inmoral! ¿Lo es acaso en su fondo? He aquí su fondo: Triboulet es deforme, Triboulet está enfermo, Triboulet es bufón de palacio, triple miseria que lo vuelve malvado. Triboulet odia al rey, porque es el rey, á los señores porque son los señores, á los hombres porque no tienen todos como él una joroba en la espalda. Su único pasatiempo es hacer que choquen sin cesar los señores con el rey, y que perezca el más débil víctima del más fuerte. Deprava al rey, lo corrompe, lo embrutece, lo empuja á la tiranía, á la ignorancia, al vicio; suéltalo en medio de las familias de los nobles mostrándole con el dedo la esposa que seducir, la hermana que robar, la hija que deshonrar. El rey, en manos de Triboulet no es más que un Juan de las Viñas todopoderoso que diezma las vidas, entre las cuales le hace mover el bufón. Un día, en medio de una fiesta y cuando Triboulet induce al rey á robar á la mujer de Mr. de Cossé, llega hasta él Saint-Vallier y le reprocha en alta voz la deshonra de Diana de Poitiers. Este padre á quien el rey ha robado la hija, es insultado y escarnecido por Triboulet. De aquí arranca todo el drama: su verdadero asunto es la maldición de Saint-Vallier. Sigamos. Estamos en el segundo acto. ¿Sobre quién recae esta maldición? ¿Sobre Triboulet, bufón del rey? No; Triboulet es hombre, es padre, tiene corazón, tiene una hija. Sí, Triboulet tiene una hija: todo el interés está aquí. Triboulet no tiene en el mundo más que una hija, que oculta á todos los ojos en un barrio desierto, en una casa solitaria. Cuanto más hace correr por la ciudad el contagio del escándalo y del vicio, tanto más aislada y recluída tiene á su hija, á quien educa en la inocencia, en la fe y en el pudor: su mayor cuidado es evitar que caiga en el mal, porque conoce él, malo y todo, lo que con el mal se padece. Pues bien, la maldición del anciano alcanzará á Triboulet en la única cosa que ama en el mundo, en su hija. El mismo rey, á quien Triboulet induce al rapto, robará su hija al bufón, el cual será así castigado por la Providencia de la misma manera exactamente que Saint-Vallier. Y luégo, una vez deshonrada y perdida, tenderá al rey un lazo para vengarla; pero será también su hija quien caiga en él. Así Triboulet tiene dos discípulos, el rey y su hija; el rey, á quien arrastra al vicio, y su hija á quien endereza hacia la virtud. El uno perderá al otro: quiere robar para el rey la esposa de Mr. de Cossé, y roba su propia hija; quiere asesinar al rey para vengarla, y á su hija es á quien asesina. El castigo no se detiene en mitad del camino: la maldición del padre de Diana se cumple en el padre de Blanca.
Sin duda no nos toca á nosotros decidir si hay aquí interés dramático; pero es evidente que hay aquí una idea moral.
En el fondo de una de las obras del autor hay fatalidad; en el fondo de ésta hay Providencia.
Lo repetimos expresamente; no discutimos con la policía, á quien no queremos hacer tanto honor, sino con la parte del público á quien puede parecer necesaria esta discusión. Continuemos.
Si la obra es moral en su invención ¿sería inmoral en su forma? Propuesta así la cuestión nos parece que se destruye por sí misma; pero veamos. Probablemente nada inmoral hay en los actos primero y segundo. ¿Será la situación del tercero la que os choca? Leed ese tercer acto y decidnos con toda probidad si la impresión resultante no es profundamente honesta, casta, moral.
¿Será el cuarto acto? Pero ¿desde cuándo no es permitido á un rey cortejar en la escena á una moza de posada? Esto no es nuevo en la historia ni en el teatro. Hay más aún: la historia nos permitía presentaros á Francisco I ebrio en los tabucos de la calle del Pelícano. Llevar á un rey á una casa pública no sería tampoco nuevo. El teatro griego, que es el teatro clásico, lo ha hecho; Shakspeare, que es el teatro romántico, lo ha hecho. Pues bien, el autor de este drama, no lo ha hecho. Sabe todo lo que se ha escrito de la casa de Saltabadil; pero ¿por qué se le hace decir lo que no ha dicho? ¿por qué se le hace traspasar por fuerza un límite que está en el mismo caso y que en verdad no ha traspasado? Esa Magdalena tan calumniada no es seguramente más descarada que todas las Lisetas y Martas del teatro antiguo. La cabaña de Saltabadil es una hostería, un bodegón, una taberna, la taberna de la Piña, una taberna sospechosa, una madriguera, en buen hora; pero no un lupanar. Es un lugar siniestro, terrorífico, horrendo, todo lo que queráis; pero no un lugar obsceno.
Quedan, pues, los detalles del estilo. Leed. El autor acepta por jueces de la austera severidad de su estilo á las personas mismas que se espantan de la nodriza de Julieta y del padre de Ofelia, de Beaumarchais y de Regnard, de la Escuela de las mujeres y de Anfitrión, de Dandin y de Sganarelle y de la magna escena del Tartufo, del Tartufo acusado también de inmoral en su tiempo. Pero allí donde era menester ser franco, ha creído que debía serlo de su cuenta y riesgo, pero siempre con gravedad y mesura, pues quiere el arte casto y no el arte gazmoño.
He aquí, pues, esa obra contra la cual intenta el ministerio sublevar tantas prevenciones; he aquí puesta al descubierto esa inmoralidad, esa obscenidad. ¡Qué lástima! El gobierno tenía sus razones secretas para concitar contra El Rey se divierte el mayor número posible de preocupaciones, y hubiera querido de muy buena gana que viniera el público á ahogar esta obra, sin conocerla, por un agravio imaginario, como Otelo ahoga á Desdémona. ¡Honest Iago!
Pero como resulta que Otelo no ha ahogado á Desdémona, Iago es quien arroja la máscara y se encarga de ello. Al día siguiente de la representación se prohibe la obra de orden superior.
Ciertamente, si nos dignamos descender un instante más á aceptar por un minuto la ficción ridícula de que, en esta ocasión, sólo el celo por la moral pública mueve á nuestros gobernantes, que, escandalizados del estado de licencia en que ciertos teatros han caído de dos años acá, han querido al fin hacer un escarmiento contra toda ley y todo derecho, con una obra y con un escritor, ciertamente la elección de la obra sería singular, hay que confesarlo, pero la elección del escritor no lo sería menos. Y en efecto, ¿quién es el hombre á quien ese gobierno miope se agarra tan extrañamente? Es un escritor á quien puede negársele talento, pero no carácter; es un hombre de bien á toda prueba, cosa rara y venerable en estos tiempos; es un poeta á quien esa misma licencia de los teatros indignaría como al primero, y que hace diez y ocho meses, al rumor de que iba á restablecerse la inquisición de los teatros, fué personalmente en compañía de muchos otros poetas dramáticos, á advertir al ministro que se lo tuviera en cuidado, reclamando allí en alta voz una ley represiva para los excesos del teatro, á la vez que protestaba contra la censura con palabras cuya severidad no habrá olvidado á buen seguro el ministro. Es un artista consagrado al arte, que no ha buscado nunca el éxito por mezquinos medios, acostumbrado como está toda su vida á mirar al público fijamente y cara á cara; es un hombre sincero y moderado, que ha dado ya más de un combate por toda libertad y contra toda arbitrariedad; que en 1829, el último año de la restauración, rechazó todo lo que el gobierno de entonces le ofrecía para indemnizarle de la prohibición lanzada contra Marion de Lorme, y que un año después, en 1830, hecha la revolución de Julio, se negó contra su interés material, á permitir la representación del mismo drama, en cuanto hubiera podido ser ocasión de insulto contra el rey caído, que la prohibió; conducta bien sencilla sin duda, que todo hombre de honor hubiera observado en su lugar; pero que acaso hubiera debido hacerle inviolable desde entonces á toda censura, á propósito de la cual, escribía en 1831:
«Las ovaciones de escándalo buscado y de alusiones políticas no le son gratas, lo confiesa. Esos triunfos valen poco y poco duran. Y luégo, precisamente cuando no hay censura, deben los autores censurarse á sí mismos, honrada, concienzuda y severamente. Así ensalzarán la dignidad del arte. Cuando se tiene toda libertad conviene guardar toda mesura»[2].
Juzgad ahora. Tenéis por una parte al hombre y su obra, y por otra al ministerio y sus actos.
Ahora que la supuesta inmoralidad de este drama está reducida á la nada, ahora que todo el armazón de las malas y vergonzosas razones está por tierra á nuestros piés, será tiempo de señalar el verdadero motivo de la medida, motivo de antecámara, motivo de corte, motivo secreto, motivo que no se dice por pudor, motivo que se había guardado tan bien bajo un pretexto. Este motivo ha transpirado ya hasta el público, y el público ha sabido adivinarlo. No diremos más. Acaso sea útil á nuestra causa que seamos nosotros los que demos á nuestros adversarios ejemplo de cortesía y moderación, y bueno es siempre que la lección de dignidad y de prudencia se dé por el particular al gobierno, por el perseguido al que persigue. Fuera de esto, no somos de los que pretenden curar las propias heridas emponzoñando las agenas. Realmente hay en el tercer acto de este drama un verso en que la torpe sagacidad de algunos familiares de palacio ha descubierto una alusión en que ni el público ni el autor habían pensado hasta aquí, pero que una vez denunciado de esta manera, viene á ser la más sangrienta y cruel injuria. Realmente ese verso ha bastado para que el desconcertado Teatro-Francés reciba la orden de no ofrecer otra vez á la curiosidad del público la frasecilla sediciosa de El Rey se divierte. No citaremos aquí ese verso, que es un hierro candente; ni lo señalaremos en otra parte sino en último extremo, si se llega á la imprudencia de estrechar así nuestra defensa. No haremos revivir antiguos escándalos históricos, ahorrando en lo posible á una persona de tan alta jerarquía las consecuencias de aturdimientos palaciegos. Puede hacerse una guerra generosa hasta á un rey, y entendemos hacérsela así. Pero mediten los poderosos sobre el inconveniente de tener por amigo á quien no puede aplastar las imperceptibles alusiones que vienen á posarse en su frente, sino con la piedra de la censura.
No sabemos aún si tendremos en la lucha alguna indulgencia para con el ministerio mismo. Todo esto, á decir verdad, nos inspira lástima. El gobierno de Julio es un recién nacido, apenas cuenta treinta meses, está en la cuna, por decirlo así, y tiene rabietas infantiles. ¿Merece que se gaste con él mucha cólera viril? Cuando sea grande, veremos.
Sin embargo, á mirar la cuestión sólo desde el punto de vista privado, la confiscación censorial de que se trata, causa aún más lástima quizás al autor de este drama que á cualquiera otro. En efecto, catorce años há que escribe y no hay obra suya que no haya merecido el malhadado honor de ser escogida para campo de batalla á su aparición, ni que no haya desaparecido desde luégo por más ó menos tiempo bajo el polvo, el humo y el ruido. Con esto, cuando da una obra al teatro, lo que le importa ante todo, no pudiendo esperar un público tranquilo desde el estreno, es la serie de representaciones. Si sucede que el primer día ahoga su voz el tumulto ó que no es bien comprendido su pensamiento, los días siguientes pueden rectificar la impresión del primer día. Hernani tuvo cincuenta y tres representaciones; Marion de Lorme, sesenta y una; El Rey se divierte, á causa del atropello oficial, no habrá tenido más que una. Ciertamente el perjuicio causado al autor es considerable. ¿Quién le dará intacta y en el punto en que estaba esta tercera experiencia tan importante para él? ¿Quién le dirá qué hubiera seguido á esta primera representación? ¿Quién le dará el público del día siguiente, ese público por lo común imparcial, ese público sin amigos ni enemigos, ese público que enseña al poeta y que el poeta enseña?
El momento de transición política en que estamos es curioso. Es uno de aquellos instantes de fatiga general en que son posibles todos los actos despóticos aun en la sociedad más infiltrada de ideas de emancipación y libertad. Francia corrió mucho y deprisa en julio de 1830: hizo tres buenas jornadas, tres grandes etapas en el campo de la civilización y del progreso. Ahora ya son muchos los que están cansados, muchos los que sin aliento piden que se haga alto. Y quieren detener á los espíritus generosos que no se cansan y se empeñan en seguir adelante. Quieren esperar á los rezagados que quedaron atrás y darles tiempo para que se incorporen. De aquí ese temor singular, ese miedo á todo lo que marcha, á todo lo que se mueve, á todo lo que habla, á todo lo que piensa. ¡Extraña situación, fácil de comprender, difícil de definir! Miedo de todas las existencias á todas las ideas; liga de los intereses contra el movimiento de las teorías; el comercio que se asusta de los sistemas; el comerciante que quiere vender; la calle que espanta al mostrador; la tienda armada que se defiende.
Á nuestro parecer el gobierno abusa de esta disposición al reposo y de este miedo á nuevas revoluciones. Ha venido á tiranizar en pequeño y se lastima á sí propio y nos lastima á nosotros. Si cree que hay ahora en los espíritus indiferencia por las ideas de libertad se engaña; lo que hay es cansancio. Un día se le pedirá estrecha cuenta de todos los actos ilegales que vemos acumularse de algún tiempo á esta parte. ¡Cuánto camino nos ha obligado á hacer! Dos años há se podía temer por el orden; hoy hay que temer por la libertad. Asuntos de libre pensamiento, de inteligencia y de arte se resuelven autoritariamente por los visires del rey de las barricadas. Y en verdad causa profunda pena ver cómo acaba la revolución de Julio: mulier formosa superne.
Verdaderamente, si sólo se considera la poca importancia de la obra y del autor de que se trata, la medida ministerial que los alcanza no es cosa mayor, no es más que un travieso golpecito de estado literario, que no tiene otro mérito que no desemparejar la colección de actos arbitrarios que le han precedido. Pero si nos elevamos un poco, veremos que no se trata aquí solamente de un drama y un poeta, sino que, según dijimos al comienzo, la libertad y la propiedad, íntegras ambas á dos, están interesadas en esta cuestión. Son, pues, muy altos y serios intereses los que entran en juego, y aunque el autor esté obligado á entablar este importante litigio por un simple procedimiento mercantil contra el Teatro-Francés, no pudiendo atacar directamente al ministerio parapetado detrás de los altos fines del no ha lugar del Consejo de Estado, espera que su causa será á los ojos de todos una gran causa el día en que se presente en la barra del tribunal consular con la libertad en la mano derecha y la propiedad en la izquierda. Él en persona abogará por la independencia de su arte y defenderá enérgicamente su derecho, con gravedad y sencillez, sin odio á las personas, pero sin temor tampoco. Cuenta con el concurso de todos, con el apoyo franco y cordial de la prensa, con la justicia de la opinión, con la equidad de los tribunales. Y triunfará sin duda. Y el estado de sitio se levantará en la ciudad literaria, lo mismo que en la ciudad política.
Cuando esto suceda, cuando el autor reivindique intacta, inviolable y sagrada su libertad de poeta y ciudadano, volverá pacíficamente á la obra de su vida de que se le arranca violentamente, y de que no hubiera querido separarse un momento. Tiene que llevar á cabo su tarea, bien lo sabe él, y nada lo distraerá de ella. Por de pronto le toca representar un papel político: él no lo ha buscado; lo acepta. En realidad el poder que nos atropella no habrá ganado mucho con que nosotros, hombres de arte, dejemos nuestro trabajo, concienzudo, tranquilo, sincero, profundo, trabajo santo, trabajo de lo pasado y lo por venir, para ir á mezclarnos, indignados, ofendidos y severos con ese público irreverente y burlón que hace quince años ve pasar entre silbidos algunos pobres diablos políticos, que se imaginan que levantan un edificio social, porque á duras penas van todos los días, sudando y jadeando, á llevar y traer montones de proyectos de ley, de las Tullerías al Palacio Borbón y del Palacio Borbón al Luxemburgo.
30 Noviembre 1832.
El autor, como había prometido, llevó el acto arbitrario del gobierno á los tribunales. La causa se vió el 19 de Diciembre en audiencia pública ante el Tribunal de comercio. Á la hora en que escribimos no se ha dictado aún la sentencia; pero el autor cuenta con jueces íntegros, que son jurados al mismo tiempo que jueces, y no querrán desmentir sus honrados antecedentes.
El autor tiene el gusto de insertar en esta edición del drama prohibido su defensa íntegra, tal como la ha pronunciado, y celebra la ocasión que se le ofrece para dar las gracias y felicitar otra vez más en voz alta á Mr. Odilon Barrot, cuya hermosa improvisación, lúcida y grave en la exposición de hechos, vehemente y magnífica en la réplica, causó en el Tribunal y en el público aquella profunda impresión que la palabra del célebre orador produce donde quiera que resuena. El autor se complace también en dar las gracias al público, al público inmenso que llenaba las vastas salas de la Bolsa; público que había acudido en tropel, no á un simple debate comercial y privado, sino á presenciar la causa de la libertad contra la opresión; público al que algunos periódicos, muy dignos por otra parte, han reprochado, sin razón á nuestro juicio, tumultos inseparables de toda multitud, siempre mal hallada cuando es demasiado numerosa, y que han ocurrido siempre en ocasiones semejantes y muy especialmente en las últimas causas políticas y célebres de la restauración; público desinteresado y leal, á quien ciertos periódicos mercenarios han insultado por haber recibido con murmullos de reprobación la apología oficial del acto atentatorio del gobierno, y con aplausos las declaraciones del autor cuando reclamaba firmemente en presencia de todos la emancipación del pensamiento. En general es de desear sin duda que la justicia de los tribunales sea lo menos posible turbada por manifestaciones exteriores de aprobación ó desaprobación; sin embargo, acaso no hay causa política en que se haya podido guardar esta reserva; y en la ocasión actual, como se trataba de un acto importante en la carrera de un ciudadano, el autor pone entre los más preciosos recuerdos de su vida las entusiastas muestras de simpatía que prestaron tanta autoridad á su palabra, tan poco valiosa de suyo, dándole el pavoroso carácter de una reclamación general. Nunca olvidará los testimonios de afecto y de favor que esa multitud inteligente y amiga de todas las ideas de honor é independencia, le prodigó generosamente antes y después del acto y en la misma audiencia. Con semejantes estímulos, imposible es que el arte no se mantenga imperturbable en la doble vía de la libertad literaria y de la libertad política.
París, 21 de Diciembre de 1832.

DISCURSO
PRONUNCIADO
Por Víctor Hugo
EL 19 DICIEMBRE 1832
ANTE EL TRIBUNAL DE COMERCIO
para obligar al Teatro-Francés á representar su drama El Rey se divierte y al gobierno á permitir esta representación
Señores:
Después del elocuente orador que tan generosamente me presta la valiosa asistencia de su palabra, nada tendría que decir si no creyera deber mío no dejar pasar sin una solemne y severa protesta el acto audaz y culpable que ha violado en mi persona todo nuestro derecho público.
Esta causa, señores, no es una causa ordinaria. Á muchos parecerá á primera vista que es sólo una acción mercantil, una reclamación de intereses perjudicados, una indemnización por la infracción de un contrato privado, en una palabra, el litigio de un autor contra una empresa teatral. No, señores; es más que esto, es la acusación dirigida al gobierno por un ciudadano. En el fondo de este asunto hay una obra prohibida de orden superior. Ahora bien, la prohibición de una obra de orden superior es la censura y la constitución ha abolido la censura; la prohibición de una obra de orden superior es la confiscación y por la misma constitución está abolida la confiscación. Vuestro juicio, si me es favorable, y me parece que os agraviaría si dudara de ello, será manifiesta, aunque indirecta condenación de la confiscación y de la censura. Ya veis, señores, cómo se eleva y aclara el horizonte de la causa. Yo abogo aquí por algo más alto que mi interés propio; abogo por mis derechos generales, por mi derecho de pensar y por mi derecho de poseer, es decir, por el derecho de todos. La mía es una causa general, como es absoluta vuestra equidad. Los pormenores del procedimiento desaparecen ante la cuestión así propuesta. Yo no soy ya sólo un escritor, ni vosotros sois ya simplemente jueces consulares: vuestra conciencia está frente á frente de la mía. En este tribunal representáis una idea augusta y yo en esta tribuna represento otra: en vuestro asiento está la justicia; en el mío, la libertad.
Ahora bien, la justicia y la libertad existen para entenderse: la libertad es justa y la justicia libre.
No es la primera vez, como os ha dicho antes que yo Mr. Odilon Barrot, que el tribunal de comercio ha sido llamado á condenar, sin salir de su competencia, los actos arbitrarios del poder. El primer tribunal que declaró ilegales las ordenanzas del 25 de Julio, nadie lo ha olvidado, fué el tribunal de comercio. Vosotros, señores, seguiréis estos memorables antecedentes, y aunque la cuestión sea menos importante, sabréis mantener el derecho de hoy, como lo mantuvisteis entonces; escucharéis, así lo espero, escucharéis con simpatía lo que tengo que deciros; advertiréis con vuestra sentencia al gobierno que ha entrado en mal camino y que ha hecho mal en embrutecer el arte y el pensamiento; me devolveréis mi derecho y mi hacienda, y condenaréis la policía y la censura que fueron á mi hogar en las sombras de la noche á robarme mi libertad y mi propiedad con infracción de la ley fundamental.
Y lo que digo aquí dígolo sin cólera; esa reparación que os pido, os la pido con gravedad y moderación. ¡Líbreme Dios de desvirtuar la belleza y bondad de mi causa con palabras violentas! Quien tiene el derecho tiene la fuerza, y quien tiene la fuerza desdeña la violencia.
Sí, señores, el derecho está de mi parte. La admirable peroración de Mr. Odilon Barrot os ha probado victoriosamente que todo es arbitrario, ilegal, atentatorio á la Constitución en el acto ministerial que ha prohibido la representación del Rey se divierte. En vano se intentaría resucitar, para conceder la censura al poder, una ley del Terror, la ley que ordena textualmente á las empresas de teatros hacer tres veces por semana las tragedias de Bruto y de Guillermo Tell, no representar más que obras republicanas, y suspender las representaciones de toda obra dramática que tendiera á depravar el espíritu público y á despertar la vergonzosa superstición de la monarquía. ¿Se atreverían, señores, los mantenedores de la nueva monarquía á invocar esta ley, é invocarla contra El Rey se divierte? ¿No está evidentemente derogada así en su letra como en su espíritu? Hecha por el Terror, con el Terror murió. ¿No sucede lo mismo con todos esos decretos autoritarios, en cuya virtud, por ejemplo, tendría el poder el derecho no sólo de censurar las obras dramáticas, sino también la facultad de enviar á la cárcel á un autor? ¿Á estas fechas existe algo de eso? ¿No está solemnemente abolida por la constitución de 1830 toda esa legislación de excepción y de azar? Apelamos al solemne juramento del 9 de Agosto. La Francia de Julio no tiene que contar ni con el despotismo convencional ni con el despotismo imperial: la Constitución de 1830 no se deja amordazar ni por 1807 ni por 1793.
La libertad del pensamiento en todas sus formas de publicación, en el teatro, en la prensa, en la cátedra, en la tribuna, es una de las bases de nuestro derecho público. Sin duda se necesita para cada una de esas formas de publicación una ley orgánica, una ley represiva y no preventiva, una ley de buena fe, de acuerdo con la ley fundamental, que dejando á la libertad todo su vuelo tenga á raya la licencia con severa penalidad. El teatro en particular, como sitio público, lo declaramos sin rebozo, no puede sustraerse á la legítima vigilancia de la autoridad municipal. Pues bien, señores, esta ley sobre teatros, esta ley más fácil de hacer acaso de lo que se cree comúnmente, esta ley que cada uno de nosotros, los poetas dramáticos, habrá hecho probablemente más de una vez en su mente, esta ley no existe. Nuestros ministros, que producen, un año con otro, de setenta á ochenta leyes por sesión, no han creído oportuno producir ésta. Una ley sobre teatros les habrá parecido cosa poco urgente. Cosa poco urgente, en efecto, que no interesa más que á la libertad del pensamiento, al progreso de la civilización, á la moral pública, al nombre de las familias, al honor de los particulares, y en ciertos momentos á la tranquilidad de París, es decir, á la tranquilidad de Francia, esto es, á la tranquilidad de Europa.
Esa ley de la libertad del teatro, que debiera haberse formulado desde 1830 en el espíritu de la nueva Constitución; esa ley falta, lo repito, y falta por culpa del gobierno. La legislación anterior ha venido á tierra, y todos los sofismas que se inventen para repellar sus ruinas, no podrían reconstruirla. Así, pues, entre una ley que no existe ya y otra ley que no existe aún, el gobierno no tiene derecho para prohibir una obra de teatro. No he de insistir en lo que Odilon Barrot ha demostrado tan soberanamente.
Aquí se ofrece una cuestión de orden secundario que voy sin embargo á discutir. La ley no existe, se dirá; pero á falta de legislación ¿ha de quedar el gobierno completamente desarmado? ¿No puede aparecer en escena uno de esos dramas infames, hechos evidentemente con un fin de escándalo y lucro, donde se escarnezca desvergonzadamente todo lo que hay de santo, de religioso y moral en el corazón del hombre, y donde se ponga en tela de juicio todo lo que constituye la paz de la familia y la paz de la ciudad, y hasta se saquen á la vergüenza personas conocidas? ¿No impone la razón de estado al gobierno el deber de cerrar el teatro á obras tan monstruosas, á pesar del silencio de la ley?
No sé, señores, si se han hecho jamás semejantes obras; no quiero saberlo; no lo creo ni lo quiero creer, ni aceptaría en ninguna ocasión el cargo de denunciarlas aquí; pero aun en este caso, deplorando el escándalo causado, comprendiendo que otros aconsejan al poder prohibir sin demora una obra de este género é ir inmediatamente á pedir á las cámaras una declaración de indemnidad, aun en este caso, repito y declaro en alta voz, que yo no condenaría el rigor del principio. Diría al gobierno: he aquí las consecuencias de vuestro descuido en presentar una ley tan premiosa como la de libertad de teatro; estáis en un error, apresuraos á repararlo pidiendo á las cámaras una legislación penal, y entre tanto perseguid el drama culpable con la ley de imprenta, que, hasta que se hagan las leyes especiales, rige á mi entender para todas las formas de publicidad. Mi ilustre defensor, bien lo sé, no admite sino con más restricciones que yo la libertad de teatros; yo hablo aquí no con las luces del jurisconsulto, sino con el simple buen sentido del ciudadano; si me equivoco, que no se tengan en cuenta mis palabras, ó tómense contra mí, no contra mi defensor. Lo repito, señores, yo no condenaría el rigor del principio; yo no concedería al poder la facultad de confiscar la libertad, aun en un caso en apariencia legítimo, temiendo que se llegara un día á la confiscación en todos los casos; creería que reprimir el escándalo con la arbitrariedad es cometer otro escándalo, dos en vez de uno, y diría con un hombre elocuente y respetable que debe de lamentarse hoy de cómo aplican sus doctrinas sus mismos discípulos: No hay derecho contra el derecho.
Por consiguiente, señores, si aun recayendo semejante abuso de poder en una obra de licencia, de cinismo y difamación, sería ya inexcusable ¿cuánto más lo será, inútil es decirlo, recayendo en una obra de arte puro, cuando se va á buscar, para proscribirla entre todas las obras que se han representado en dos años, precisamente una composición seria, austera y moral? Esto, sin embargo, es lo que ha hecho el torpe gobierno que nos rige prohibiendo la representación del Rey se divierte. Mr. Odilon Barrot os ha probado que ha obrado sin derecho; yo voy á probaros que ha obrado sin razón.
Los motivos que los familiares de la policía han murmurado, durante algunos días al rededor nuestro, son de tres especies: la razón moral, la razón política, y, hay que decirlo, aunque sea ridículo, la razón literaria. Refiere Virgilio que entraban muchos ingredientes en los rayos que forjaba Vulcano para Júpiter. El mezquino rayo ministerial que ha herido mi obra y que la censura había forjado para la policía, se compone de tres malas razones torcidas y amalgamadas juntamente: tres imbris torti radios. Examinémoslas una á una.
Hay en primer lugar, ó más bien, había la razón moral. Sí, señores, lo afirmo porque es increíble: la policía ha dicho textualmente que El Rey se divierte es una obra inmoral. Sobre este punto ya he impuesto silencio á la policía, la cual se ha mordido los labios y ha hecho bien. Al publicar mi obra he declarado solemnemente, no para la policía, sino para las gentes honradas que quieran leerla, que el drama El Rey se divierte es una obra profundamente moral y severa. Nadie me ha desmentido ni nadie me desmentirá, tengo la íntima convicción de ello en lo hondo de mi honrada conciencia. Todas las prevenciones que algunos habían logrado sublevar momentáneamente contra la moralidad de la obra, se han desvanecido á la hora de esta. Tres mil ejemplares del drama esparcidos entre el público han defendido la razón cada cual por su lado, y estos tres mil abogados han ganado la causa. Fuera de esto, en semejante materia bastaba mi afirmación. No entraré, pues, en una discusión superflua. Mas para el porvenir como para lo pasado, sepa la policía de una vez para siempre que yo no escribo obras inmorales. Téngaselo en cuidado y no digo más.
Después de la razón moral, viene la política. Aquí señores, como no podría repetir las mismas ideas en otros términos, séame permitido citar una página del prólogo que he puesto al drama[3].
···············
Guardaré pues los miramientos que me he comprometido á guardar, señores. Las dignas personas interesadas en que esta discusión sea decorosa y decente nada tienen que temer de mí. No siento cólera ni odio; pero eso de que la policía haya dado á uno de mis versos un sentido que no tiene, que no ha tenido nunca en mi pensamiento, es en verdad insolente, no menos insolente para el rey que para el poeta. Sepa la policía de una vez para siempre que yo no hago obras de alusiones. Y téngaselo por dicho también. No diré más sobre esto.
Tras la razón moral y la política, hay la razón literaria. Un gobierno prohibiendo una obra por motivos literarios, es cosa bien extraña, y sin embargo, es positivo. Recordad, si vale la pena de recordarlo, que en 1829, época en que aparecieron en el teatro las primeras obras llamadas románticas y cuando la Comedia-Francesa recibía la Marion de Lorme, fué firmada por siete personas y presentada al rey Carlos X una petición para obtener que se cerrara de real orden el Teatro-Francés á las obras que llamaban de la nueva escuela. La petición murió bajo el peso de su misma ridiculez. Pues bien, señores, hoy algunos de los signatarios de aquella petición son diputados, diputados influyentes de la mayoría, que tienen parte en el poder y votan el presupuesto. Lo que tímidamente pedían en 1829 han podido hacerlo en 1832, omnipotentes como son. La voz pública refiere, en efecto, que ellos fueron los que, el día siguiente de la primera representación, se acercaron al ministro en la cámara de los diputados y obtuvieron de él, bajo todos los pretextos morales y políticos posibles, la prohibición del Rey se divierte. El ministro, hombre ingenuo, inocente y cándido, se dejó buenamente seducir, no supo descubrir bajo todas estas envolturas la animosidad directa y personal, creyó hacer una proscripción política, que siento por él, y no hizo sino una proscripción literaria. No insistiré sobre este asunto. Es para mí una regla de conducta abstenerme de personalidades y nombres propios tomados en mala parte, aunque haya lugar á represalias. Fuera de que esa pobre artimaña literaria me inspira infinitamente menos cólera que lástima. Es curiosa y nada más. ¡El gobierno prestando ayuda á la Academia en 1832! ¡Aristóteles hecho ley del Estado! ¡Una imperceptible contrarrevolución literaria maniobrando á flor de agua en medio de nuestras grandes revoluciones políticas! ¡Diputados que destronaron á Carlos X trabajando en un rincón para restaurar á Boileau!... ¡Qué miseria!
Así, señores, admitiendo por un instante lo que absolutamente negamos, esto es que el ministerio haya tenido el derecho de prohibir las representaciones del Rey se divierte, no tiene una razón racional que alegar para haberlo hecho. Razones morales, nulas; razones políticas, inadmisibles; razones literarias, ridículas. Pero ¿hay algunas razones personales? ¿Soy yo de los que viven de la difamación y del desorden, en quienes puede suponerse siempre mala intención, y que á todas horas pueden ser sorprendidos en flagrante delito de escándalo, de esos hombres, en fin, contra los cuales se defiende como puede la sociedad? Señores, la arbitrariedad no es permitida contra nadie, ni aun siquiera contra esos hombres, puesto caso que existan. No descenderé á probaros que yo no pertenezco á su número. Hay ideas que no dejo que á mí se acerquen. Sólo afirmaré que el poder ha hecho mal en venir á chocar con el que os habla en este momento, y sin entrar en una apología inútil, y que nadie tiene el derecho de pedirme, os pido permiso para repetir aquí lo que decía no hace muchos días al público[4].
···············
Resumiendo, señores. Prohibiendo mi obra, no tiene el gobierno ni un texto de ley válida que citar, por una parte; y por otra, ni una razón aceptable que exponer. Esta medida tiene dos aspectos igualmente malos: según la ley, es arbitraria; según la razón, es absurda. ¿Qué puede alegar en este asunto el poder que no tiene en su favor ni la razón ni el derecho? Su capricho, su fantasía, su voluntad, es decir nada.
Aplicad, pues, señores, aplicad la justicia á esta voluntad, á esta fantasía, á este capricho. Vuestro fallo, si es para mí absolutorio, hará saber al país en este asunto, que es pequeño, como en el de las ordenanzas de Julio, que era grande, que no hay en Francia fuerza mayor que la fuerza de la ley y que en el fondo de esta causa hay una orden ilegal que el ministro ha hecho mal en dar, y el teatro no ha hecho bien en cumplir.
Vuestro veredicto enseñará al poder que sus mismos amigos le censuran lealmente en esta ocasión; que el derecho de todo ciudadano es sagrado para todo ministro; que una vez cumplidas las condiciones de orden y de seguridad general, debe ser respetado el teatro como una de las voces con que habla el pensamiento público, y en fin, que ya sea la prensa, ya la tribuna ó el teatro, ninguna de las lumbreras que irradian la libertad de la inteligencia puede extinguirse sin peligro. Me dirijo á vosotros con profunda fe en la excelencia de mi causa. Yo no temeré nunca en semejantes circunstancias luchar con un ministerio cuerpo á cuerpo; los tribunales son los jueces naturales de estos honrosos duelos del derecho contra la arbitrariedad; duelos menos desiguales de lo que se piensa, pues si por una parte hay todo un gobierno, y por otra no más que un simple ciudadano, este simple ciudadano es bien fuerte, cuando puede arrastrar á vuestra barra un acto ilegal, avergonzado de ser así expuesto á la luz, y abofetearlo públicamente delante de vosotros, como lo he hecho yo, con cuatro artículos de la Constitución.
No olvido, sin embargo, que la hora en que estamos no se parece ya á aquellos últimos años de la restauración, en que la resistencia á las usurpaciones del gobierno era tan aplaudida, tan alentada, tan popular. Las ideas de inmovilidad y de poder gozan momentáneamente de más favor que las ideas de progreso y de emancipación: reacción natural, después de aquel brusco movimiento de libertad á paso de carga que han llamado la revolución de 1830. Pero esta reacción durará poco. Nuestros ministros se asombrarán un día de la implacable memoria con que los mismos hombres que componen hoy la mayoría les recordarán todos los agravios que aparentan olvidar tan pronto ahora. Por lo demás, venga tarde ó temprano ese día, me tiene sin cuidado. En esta ocasión no busco más el aplauso que temo la invectiva: sólo he seguido la inspiración de mi derecho y de mi deber.
Y debo decirlo aquí, sospecho con fundadas razones que el gobierno se aprovechará del pasajero abatimiento del espíritu público para restablecer formalmente la censura, y que este atentado no es sino un preludio, un ensayo encaminado á poner fuera de la ley común todas las libertades del teatro. No haciendo una ley represiva, dejando exprofeso que se desborde la licencia en la escena por espacio de dos años, se imagina el gobierno que ha creado en la opinión de los hombres honrados, á quienes puede indignar esta licencia, una preocupación favorable á la censura dramática. Mi sentir es que se engaña y que nunca será en Francia la censura otra cosa que una ilegalidad impopular. De mí sé decir que, ya se restablezca por un decreto, que sería ilegal, ya por una ley, que sería inconstitucional, no me someteré jamás á ella, sino como nos sometemos á un poder de hecho, á un hecho de fuerza, protestando; y hago aquí esta protesta solemne hoy y para lo porvenir.
Y observad además cómo en esta serie de actos arbitrarios que se suceden de algún tiempo á esta parte, carece el gobierno de grandeza, de sinceridad, de valor. Aquel edificio, bello aunque incompleto, que había improvisado la revolución de Julio, lo va minando el gobierno lenta, subterránea, sorda, oblicua, tortuosamente. Nos toma siempre por traidores y nos hiere por la espalda en el momento en que menos lo esperábamos. No se atreve á censurar mi obra antes de la representación y la prohibe el día siguiente. Niéganos nuestras franquicias más esenciales; nos regatea nuestras facultades mejor adquiridas; ostenta su arbitrariedad sobre un cúmulo de leyes viejas, carcomidas, derogadas; se esconde para arrebatarnos nuestros derechos en ese bosque de Bondy de los decretos imperiales, por cuyo acecho no puede nunca pasar la libertad sin ser desvalijada.
Debo, señores, haceros notar aquí de paso que no entiendo traspasar con mi lenguaje ninguno de los respetos parlamentarios. Cumple á mi lealtad que se sepa bien cuál es el alcance exacto de mis palabras, cuando ataco al gobierno, uno de cuyos miembros ha dicho: El rey reina y no gobierna. No hay segunda intención en mi polémica. El día en que creyera que debía quejarme de una testa coronada, le dirigiría mi queja á ella misma, la miraría de frente y le diría: «Señor...» Entre tanto sólo á sus ministros me dirijo, sólo en los ministros recae mi palabra, por más que pueda parecer singular en un tiempo en que los ministros son inviolables y los reyes responsables.
Insisto y digo que el gobierno nos va quitando poco á poco todos los derechos y franquicias que nuestros cuarenta años de revolución nos habían dado, y cumple á la probidad de los tribunales detenerlo en esta vía fatal en beneficio suyo y en el nuestro. El poder actual carece especialmente de grandeza y valor en la manera mezquina con que hace esa peligrosa operación, que todos los gobiernos intentan á su vez con ceguedad extraña, y que consiste en reemplazar más ó menos rápidamente la constitución con la arbitrariedad, la libertad con el despotismo.
Cuando Bonaparte fué cónsul y cuando fué emperador quiso también el despotismo; pero obró de otra manera; entró en él de frente y á pié llano, sin emplear ninguna de las miserables precauciones con que hoy se escamotean una á una todas nuestras libertades, así las primogénitas como las segundonas, lo mismo las de 1789 como las de 1830. Napoleón no fué disimulado ni hipócrita; Napoleón no nos usurpó nuestros derechos uno tras otro prevaliéndose de nuestro abatimiento como ahora se hace; Napoleón nos lo usurpó todo de una vez, de un solo golpe, y con sólo una mano: el león no tiene las costumbres del zorro.
Á lo menos, señores, esto era grande. Como gobierno y como administración, el imperio fué ciertamente una época de intolerable tiranía; pero recordemos que nuestra libertad fué compensada largamente con gloria. La Francia de entonces, como la Roma de César, guardaba una actitud á la vez sumisa y soberbia. No era la Francia que nosotros queremos, libre, soberana dueña de sí misma; era la Francia esclava de un hombre y señora del mundo.
Entonces se nos quitaba la libertad, es cierto; pero se nos daba el más espléndido espectáculo. Napoleón decía: «Tal día á tal hora entraré en tal capital.» Y entraba el mismo día á la hora señalada. Los reyes se veían obligados á hacerle antesala; se derribaba una dinastía con un decreto del Monitor. Si se tenía el antojo de una columna se le hacía suministrar el bronce al emperador de Austria. Se arreglaba un poco arbitrariamente, lo confieso, la suerte de los cómicos franceses, pero databa el reglamento de Moscú. Se nos quitaban todas nuestras libertades, digo, existía la censura, se ponían nuestros libros en el majadero, se borraban nuestras obras dramáticas del cartel; pero á todas nuestras quejas se podían dar magníficas respuestas con una sola palabra; podían respondernos: ¡Marengo! ¡Jena! ¡Austerlitz!
Aquello era grande, lo repito; pero hoy todo es pequeño. Vamos á la arbitrariedad como entonces; pero no somos colosos. Nuestro gobierno no es de los que pueden consolar á una gran nación de la pérdida de su libertad: en materia de arte deformamos las Tullerías; en materia de gloria dejamos que perezca Polonia. Esto no impide que nuestros hombrezuelos de Estado traten la libertad como si estuvieran tallados para déspotas, y pongan á Francia bajo sus plantas, como si tuvieran hombros poderosos á soportar el mundo. Á poco que esto continúe, á poco que rijan las leyes en proyecto, será completa la confiscación de todos nuestros derechos: hoy me quita mi libertad de poeta un censor; mañana me quitará un gendarme mi libertad de ciudadano: hoy se me destierra del teatro; mañana se me desterrará del país: hoy se me amordaza; mañana se me deportará: hoy se pone en estado de sitio la literatura; mañana se pondrá en estado de sitio la ciudad. De libertad, de garantías, de Constitución, de derecho público, nadie trata ya.
Si mejor aconsejado el gobierno no se detiene en esta pendiente, mientras es tiempo aún, antes de poco tendremos todo el despotismo de 1807, menos la gloria; tendremos el imperio, sin el emperador.
Sólo me quedan que decir cuatro palabras, señores, y deseo que las tengáis presentes para deliberar. No ha habido en este siglo más que un grande hombre, Napoleón, ni más que una gran cosa, la libertad. Ya no tenemos al grande hombre; procuremos conservar la gran cosa.
EL REY SE DIVIERTE
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
M. DE SAINT-VALLIER.
SALTABADIL.
MAGDALENA.
CLEMENTE MAROT.
M. DE PIENNE.
M. DE GORDES.
M. DE PARDAILLAN.
M. DE BRION.
M. DE MONTCHENU.
M. DE MONTMORENCY.
M. DE COSSÉ.
M. DE LA TOUR-LANDRY.
M.me DE COSSÉ.
M.me BERARDA.
UN GENTIL HOMBRE DE LA REINA.
UN PAJE DEL REY.
UN MÉDICO.
Señores, pajes, gente del pueblo.
París, 152...

ACTO I
M. DE SAINT-VALLIER
Una fiesta nocturna en el Louvre. Sala magnífica llena de caballeros y damas engalanados. Antorchas, música, danzas, carcajadas. — Algunos sirvientes trayendo platos de oro y vajilla de esmalte; grupos de caballeros y damas yendo y viniendo por la escena. — La fiesta toca á su fin. — El alba blanquea ya las vidrieras. Reina cierta libertad que da á la fiesta carácter de orgía. — La arquitectura, los muebles y los trajes son del gusto del Renacimiento.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
M. DE SAINT-VALLIER.
CLEMENTE MAROT.
M. DE PIENNE.
M. DE GORDES.
M. DE BRION.
M. DE MONTCHENU.
M. DE MONTMORENCY.
M. DE COSSÉ.
M. DE LA TOUR-LANDRY.
M.me DE COSSÉ.
M. DE PARDAILLAN.
ESCENA I
EL REY, como lo pintó el Tiziano, M. DE LA TOUR-LANDRY
El Rey.—Conde, quiero terminar esta aventura. Sin duda que es mujer de oscuro linaje, de la clase media, pero encantadora.
La Tour.—¿Y soléis verla en la Iglesia?
El Rey.—En San Germán adonde voy todos los domingos.
La Tour.—Pues á estas horas, ya hará dos meses que eso dura.
El Rey.—Sí.
La Tour.—¿Y dónde vive?
El Rey.—En el callejón sin salida que llaman de Buci.
La Tour.—¿Cerca del palacio de Cossé?
El Rey (con una señal afirmativa).—Donde hay un gran muro.
La Tour.—¡Ah! Ya sé. ¿Y la perseguís, señor?
El Rey.—Sí, pero está siempre allí una vieja adusta que le guarda los ojos, la boca y hasta los oídos.
La Tour.—¿De veras?
El Rey.—Y lo más curioso es que por la noche entra en la casa un hombre misterioso, muy arrebujado en su capa, tan negra como las sombras.
La Tour.—¡Bah! Pues haced vos lo mismo.
El Rey.—¡Oh! La casa está muy bien cerrada para el prójimo.
La Tour.—Pero, cuando seguís á la dama ¿no hace seña alguna?
El Rey.—Sin presunción, comprendo por ciertas miradas que no le inspiro odio.
La Tour.—¿Sabe que la ama el rey?
El Rey.—No... voy disfrazado con una ropilla gris.
La Tour (riendo).—Estoy viendo que á la postre saldremos con que amáis con amor purísimo á alguna augusta Antonia, ama de cura.
(Entran Triboulet y muchos señores.)
El Rey (á La Tour).—Silencio, que vienen. En amor hay que saber callar para conseguir. (Á Triboulet que se acerca y oye estas últimas palabras.) ¿No es verdad?
Triboulet.—El misterio es el único asilo de las intrigas de amor, frágiles de suyo.
ESCENA II
EL REY, TRIBOULET, M. DE GORDES.—Muchos señores lujosamente vestidos. Triboulet con su traje de bufón, como lo pintó Boniface. El rey contempla un grupo de damas que pasan.
La Tour.—¡Qué preciosa es M.me de Vendosme!
Gordes.—No lo son menos la de Alba y la de Montchevreuil.
El Rey.—Pero la de Cossé las aventaja á todas.
Gordes.—Bajad la voz, señor... que oye el marido.
(Indicándole á Mr. de Cossé, que pasa por el fondo.—Mr. de Cossé, bajo y ventrudo, uno de los cuatro gentiles hombres más gordos de Francia, dice Brantôme.)
El Rey.—¿Y á mí qué?...
Gordes.—Iría á decirlo á Diana.
El Rey.—¿Y á mí qué...?
(Va al fondo á hablar con otras damas que pasan.)
Triboulet (á Gordes).—Va á enojar á Diana de Poitiers, á quien no habla hace ocho días.
Gordes.—¿Si irá á enviársela á su marido?
Triboulet.—Creo que no.
Gordes.—Ha pagado el perdón de su padre y en paz.
Triboulet.—Á propósito de Saint-Vallier. ¿Qué capricho tuvo ese viejo estrafalario de casar á su hija Diana, tan hermosa y angelical, con un senescal jorobado?
Gordes.—Es un loco. Me hallé en el mismo cadalso, cuando recibió el perdón; estaba más cerca de él que de ti ahora, y no le oí decir más que estas palabras. «¡Dios guarde al rey!» Es loco de remate.
El Rey (pasando con la de Cossé).—¡Cruel! ¿Os vais?
Mad. de Cossé (suspirando).—Á Soissons, adonde me lleva mi esposo.
El Rey.—¿No es una mengua que cuando vuestros bellos ojos inflaman todos los corazones, y fuerzan á las damas á que vigilen celosas á sus amantes; cuando príncipes y señores, todos os miran con amoroso anhelo, cuando deslumbráis á la corte con el esplendor de vuestra hermosura, vayáis como astro humilde á lucir en un cielo de provincia despreciando señores y príncipes?
Mad. de Cossé.—Calmaos.
El Rey.—Ah, no. ¡Capricho original!... ¡apagar la luz en medio del baile!
(Entra Mr. de Cossé.)
Mad. de Cossé.—Aquí viene mi celoso, señor.
(Se aparta del rey.)
El Rey.—¡Mal demonio se lo lleve! (Á Triboulet.) No por eso he dejado de echarle á su mujer una tirada de versos. ¿Te ha enseñado Marot los últimos que he compuesto?
Triboulet.—Yo no leo versos vuestros, señor. Los versos de los reyes son siempre muy malos.
El Rey.—¡Qué chusco!
Triboulet.—Pase que los haga la plebe; pero un rey... Á las hermosas cortejadlas vos y que haga Marot los versos. Un rey que versifica abdica.
El Rey (con entusiasmo).—¡Ah! Rimar para las hermosas exalta el corazón. He de poner alas á mi torreón real.
Triboulet.—Sería convertirle en molino de viento.
El Rey.—Si no viera allí á M.me de Coislin, te mandaba azotar.
(Corre hacia la de Coislin á quien dirige algunas galanterías.)
Triboulet (aparte).—Sigue, sigue el viento que te lleva hacia esa también.
Gordes (acercándose á Triboulet y haciéndole notar lo que pasa en el fondo).—Mira en la otra puerta á la de Cossé. Apuesto lo que quieras á que va á dejar caer un guante para que el rey lo recoja.
Triboulet.—Estemos á la mira.
(M.me de Cossé, que ve con despecho las atenciones del rey á la de Coislin, deja caer en efecto su ramo, que el rey corre á recoger, y luégo entabla con la dama un coloquio al parecer muy tierno.)
Gordes (á Triboulet).—¿No lo dije?
Triboulet.—¡Magnífico!
Gordes.—¡Ya le cogió otra vez!
Triboulet.—La mujer es un diablo perfeccionado.
(El rey estrecha el talle de la dama y le besa la mano, y mientras ella ríe y departe con él alegremente, entra su esposo por la puerta del fondo. Gordes se lo indica á Triboulet. Mr. de Cossé se detiene mirando el grupo de su esposa y del rey.)
Gordes (á Triboulet).—¡El marido!
Mad. de Cossé.—Separémonos. (Se deshace de los brazos del rey y huye.)
Triboulet.—¿Qué viene á hacer aquí ese barrigudo?
(El rey se acerca á un aparador del fondo y pide de beber.)
Mr. de Cossé (Adelantándose pensativo. Aparte.)—¿Qué se dirían?
(Se acerca con viveza á La Tour que le hace una seña.)
La Tour (misteriosamente).—¿Sabéis que vuestra esposa es bellísima?
(Mr. de Cossé se desvía de repente y se dirige á Gordes que parece quiere decirle algo.)
Gordes.—¿En qué estáis pensando? ¿Por qué miráis de reojo tantas veces?
(Desvíase otra vez el interpelado y se encuentra cara á cara con Triboulet, quien se lo lleva con reservado ademán á un extremo del fondo, mientras Gordes y La Tour se desternillan de risa.)
Triboulet (bajo á Cossé).—¡Cómo andáis tan cariacontecido, señor mío! (Suelta una carcajada y vuelve la espalda al desdichado marido, que sale furioso.)
El Rey (volviendo).—¡Oh! ¡Cuán feliz soy! Á mi lado, Hércules y aun el mismo Júpiter Olímpico no son sino fatuos ridículos. Estas mujeres están encantadoras y yo... soy dichoso. ¿Y tú?
Triboulet.—¿Yo?... Yo me río al paño del baile, de los juegos y de los amoríos. Yo critico y vos gozáis; vos sois dichoso como un rey, y yo como un jorobado.
El Rey.—¡Día de júbilo el día en que mi madre me concibió riendo! (Mirando á Mr. de Cossé que sale.) Sólo ése agua la fiesta. ¿Qué te parece?
Triboulet.—¡Necio y ofensivo!
El Rey.—No importa. Excepto ese celoso, todo me agrada. ¡Poderlo todo, quererlo todo, poseerlo todo!... ¡Triboulet, Triboulet! ¡Qué gusto estar en el mundo y qué bueno es vivir! ¡Oh dicha!
Triboulet.—Ya lo creo, señor; ¡estáis ebrio!
El Rey.—Pero allá descubro... ¡Ah! ¡Qué ojos, qué brazos tan hermosos!
Triboulet.—¿Los de M.me de Cossé?
El Rey.—Ven á hacernos pantalla.
(Cantando.)
¡Vivan los domingos de mi buen París, las mujeres rubias...
Triboulet.—...y los hombres chispos!
ESCENA III
M. DE GORDES, M. DE PARDAILLAN, joven paje rubio, M. DE VIC, CLEMENTE MAROT, en traje de ayuda de cámara del rey. Después M. DE PIENNE; uno ó dos caballeros más. De vez en cuando M. DE COSSÉ, que se pasea serio y pensativo.
Marot (saludando á Gordes).—¿Qué se miente esta noche?
Gordes.—Nada... que la fiesta es magnífica y que el rey se divierte.
Marot.—¡Ah! ¡Gran noticia! ¿El rey se divierte? ¡Diablo!
Mr. de Cossé (á espaldas de ellos).—Gran desgracia, digo yo, porque un rey que se divierte es un rey peligroso. (Pasa adelante.)
Gordes.—Ese pobre gordinflón lleva la muerte en el alma.
Marot.—Parece que el rey asedia mucho á su esposa.
(Gordes se da por entendido; entra Mr. de Pienne.)
Gordes.—Aquí está nuestro caro duque. (Se saludan.)
Pienne (con misterio).—Noticia, amigos míos. Oíd una cosa capaz de turbar al más prudente; una cosa admirable, risible, inverosímil...
Gordes.—Sepamos.
Pienne (agrupándolos en torno de sí).—¡Silencio! Venid, maese Clemente. (Á Marot que ha ido á hablar con otros.)
Marot (acercándose).—¿Qué hay, señor?
Pienne.—Sois un gran necio.
Marot.—Grande no me creía yo de ningún modo.
Pienne.—He leído en vuestra composición sobre el sitio de Peschière estos versos relativos á Triboulet:
Un loco de cabeza desmochada tan cuerdo á treinta años, á fe mía, como el en que nació dichoso día.
Repito que sois un gran necio.
Marot.—Lléveme Cupido, si os comprendo.
Pienne.—En buen hora. Amigos míos... adivinadlo, si podéis. Caso extraordinario el que ocurre á Triboulet.
Pardaillan.—¡Qué! ¿se le ha caído la joroba?
Cossé.—¿Le han hecho condestable?
Marot.—Á dicha ¿lo han servido asado á la mesa?
Pienne.—No, es cosa más chusca todavía. Triboulet tiene... Adivinad lo que tiene. Es increíble.
Gordes.—¿Un duelo con Gargantúa?
Pienne.—No.
Pardaillan.—¿Un mono más feo que él?
Pienne.—No.
Marot.—¿El bolsillo repleto de escudos?
Cossé.—¿Un empleo de perro de asador?
Gordes.—¿Un alma por ventura?
Pienne.—Apuesto ciento contra diez á que no lo adivináis. Triboulet el bufón, Triboulet el deforme, Triboulet... ¡á ver quién acierta!... algo exorbitante es...
Marot.—Su joroba.
Pienne.—No. Apuesto mil contra diez. Está amancebado.
(Todos se echan á reir.)
Marot.—¡Qué chistoso está el duque!
Pardaillan.—¡Vaya un cuento!
Pienne.—Señores, lo juro por mi honor; he de enseñaros la casa de la dama. Todas las noches va allá, arrebujado en negra capa, con aspecto sombrío y altivo como un poeta en ayunas. Rondando no lejos del palacio de Cossé, he descubierto el secreto y suplico que lo guardéis, que quiero darle un chasco.
Marot.—¡Asunto de rondó! ¡Triboulet transformado por la noche en Cupido!
Pardaillan (riendo).—¡Una mujer para Triboulet!
Marot (riendo).—Yo creo que, si algún otro Bedfort desembarcara en Calais, tendría la doncella todo lo que es menester para echar á los ingleses.
(Ríen. Viene Mr. de Vic. Mr. de Pienne se pone el dedo en los labios con ademán de reserva.)
Pardaillan (á Pienne).—¿Por qué el rey sale también todos los días al oscurecer y solo, como buscando aventuras?
Pienne.—Vic nos dirá eso.
Vic.—Lo que puedo afirmar desde luego, es que el rey se divierte mucho.
Cossé.—¡Ah! ¡No me habléis de eso!
Vic.—Pero ¿qué me importa á mí de qué lado empuja el viento sus caprichos, y si sale de noche disfrazado, ó si entra ó no por alguna ventana?
Cossé (moviendo la cabeza).—Los viejos cortesanos, señores, saben que un rey toma siempre en casa agena cuanto le place. ¡Ay del que tiene hermana, esposa ó hija que le agrade! Un poderoso de buen humor no piensa más que en hacer daño. Motivos hay para temer. Boca que se ríe, enseña los dientes.
Vic (bajo á los otros).—¡Qué miedo le tiene al rey!
Pardaillan.—No le teme tanto su mujer.
Marot.—Eso es lo que le espanta.
Gordes.—No tenéis razón, Cossé. Conviene que el rey se mantenga alegre, pródigo y contento.
Pienne (á Gordes).—Soy de tu opinión, conde: un rey aburrido es como un verano de lluvias.
Pardaillan.—Ó un amor sin querellas.
Vic.—Un jarro lleno de agua.
Marot (bajo).—El rey vuelve con el Cupido de Triboulet.
(Entran el rey y Triboulet. Los cortesanos se retiran respetuosamente.)
ESCENA IV
Los mismos, el REY, TRIBOULET
Triboulet (como continuando una conversación).—¡Sabios en la corte! ¡Rara monstruosidad!
El Rey.—Vé á decir eso á mi hermana de Navarra, que quiere rodearme de sabios.
Triboulet.—Acá para inter nos, yo he bebido menos que Vuestra Majestad. Por consiguiente, señor, para juzgar bien de las cosas en todas sus causas y efectos, tengo sobre vos una ventaja inmensa, y aun dos: no estar alegre, ni ser rey. Antes que sabios, señor, traed aquí la peste, la fiebre... etcétera.
El Rey.—El consejo es un poco ligero. Mi hermana quiere rodearme de sabios.
Triboulet.—Pues para ser vuestra hermana, muy mal os quiere. No hay animal, ni cuervo, ni lobo, ni pájaro, ni buey, ni aun poeta, ni mahometano, ni teólogo, ni regidor flamenco, ni oso, ni perro, más feo, más desgreñado, más repulsivo, más encaperuzado de absurdos, más arisco, más sucio y más lleno de viento que ese asno enalbardado que llaman un sabio. ¿Os faltan placeres, poder, conquistas, mujeres en flor para perfumar vuestros festines?
El Rey.—¡Ah! Mi hermana Margarita me dijo una noche en voz baja que las mujeres no iban á satisfacerme eternamente, y que cuando me hastiara...
Triboulet.—¡Absurda medicina! ¡Recetar sabios á quien se hastía! La reina Margarita, bien lo sabéis, está siempre por los remedios radicales.
El Rey.—Pues bien, ¡fuera sabios!; pero cinco ó seis poetas...
Triboulet.—Señor, siendo vos lo que sois, temería más á un poeta emborronado de rimas, que Belcebú un hisopo empapado en agua bendita.
El Rey.—Cinco ó seis no más.
Triboulet.—No más ¿eh? Pues si esto es toda una recua, una academia, un corral... ¿No tenemos harto y más con Marot, aquí presente, para envenenarnos con otros?
Marot.—Muchas gracias. (Aparte.) Callárase el bufón y le tendría más cuenta.
Triboulet.—Las mujeres, señor, son el cielo, la tierra, todo. Y vos tenéis mujeres. Dejadme en paz y no penséis en los sabios.
El Rey.—No creas tampoco que esa idea me quite el sueño. (Carcajadas en un grupo del fondo.) ¡Hola! Aquellos galanes se burlan de ti.
Triboulet.—No, sino de otro loco. (Se les acerca el bufón y vuelve.)
El Rey.—¡Bah! ¿De quién?
Triboulet.—Del rey.
El Rey.—¿De veras? ¿Y qué dicen?
Triboulet.—Pues dicen que sois un avaro; que no se hace nada por ellos, porque dinero y favores van á parar á Navarra.
El Rey.—Sí, veo allá á Montchenu, Brion y Montmorency.
Triboulet.—Exactamente.
El Rey.—Son insaciables estos cortesanos: he hecho al uno almirante, al otro condestable, á Montchenu mayordomo de palacio. ¿Qué más quieren?
Triboulet.—Todavía, y es muy justo, podríais hacerles algo.
El Rey.—¿Qué?
Triboulet.—Hacedlos ahorcar.
Pienne (Á los tres señores que están aún en el fondo. Riendo.)—Señores, ¿habéis oído lo que dice Triboulet?
Brion.—Sí, por cierto. (Mirando al bufón con ira.)
Montmorency.—Me la pagará.
Montchenu.—¡Miserable!
Triboulet (al Rey).—Pero, señor, á veces tendréis vacío el corazón, sin la compañía de una mujer, cuyos ojos os digan que no, mientras su corazón os dice que sí.
El Rey.—¿Qué sabes tú de eso?
Triboulet.—Ser amado sólo por corazones deslumbrados y desvanecidos, tanto es como no ser amado.
El Rey.—¿Qué sabes tú si hay en este mundo quien me ame por mí mismo?
Triboulet.—¿Sin conoceros?
El Rey.—Sin conocerme. (Aparte.) Con esto no comprometo á mi beldad del callejón sin salida.
Triboulet.—¿Es villana?
El Rey.—¿Por qué no?
Triboulet (con viveza).—¡Cuidado con ello! Mucho arriesgáis. Los hombres de esta clase suelen ser altivos romanos; cuando se toca á lo suyo quedan en las manos las señales. ¡Cuidado con ello! Contentémonos, locos y reyes, como somos, con las esposas y hermanas de los cortesanos.
El Rey.—Sí, yo me contentaría con la mujer de Cossé.
Triboulet.—Tomáosla.
El Rey.—Fácil es decirlo, pero no hacerlo.
Triboulet.—Robémosla esta misma noche.
El Rey.—¿Y el conde? (Indicando á Mr. Cossé.)
Triboulet.—Á la Bastilla.
El Rey.—¡Oh! no.
Triboulet.—Pues para arreglar vuestras cuentas, hacedlo duque.
El Rey.—Es celoso como un plebeyo, y negándose á todo se lamentaría á voz en grito.
Triboulet (pensativo).—¡Qué hombre tan embarazoso!... No hay más que pagarle ó desterrarlo. (Mr. de Cossé que se ha acercado por detrás escucha la conversación. Triboulet se da una palmada en la frente y dice con alegría:) Hay un medio sencillo, cómodo, facilísimo en que debiera ya haber pensado.
El Rey.—¿Qué hemos de hacer con Cossé?
Triboulet.—Pues... cortarle la cabeza. (El interesado retrocede con espanto.) ¡Fingimos una conspiración con España ó Roma!...
Cossé.—¡Ah! ¡Satanás!
El Rey (riendo y halagando á Cossé).—¡Por mi fe de caballero! ¿Qué has dicho? ¡Cortar esta cabeza! Mírala bien y dime de qué nacen tus malos pensamientos.
Triboulet.—No son malos ni buenos los que nacen ahí.
Cossé.—¡Cortarme la cabeza!
Triboulet.—¡Y qué!... no hay para alarmarse tanto.
El Rey.—No le desesperes.
Triboulet.—¡Qué diablos! Para qué es ser rey si hay que tropezar á cada paso con algún obstáculo, sin satisfacer el menor capricho.
Cossé.—¡Cortarme la cabeza! Estoy consternado.
Triboulet.—Pero es muy sencillo. ¿Por qué no?
Cossé.—¿De veras? ¡Ah! Yo te castigaré, gran pícaro.
Triboulet.—No os temo. Rodeado de poderosos á quienes hago la guerra, nada temo, caballero, porque no tengo sobre los hombros otra cosa que arriesgar que la cabeza de un loco. Lo único que puedo temer es que mi joroba me éntre en el cuerpo y como á vos me caiga en la barriga, lo cual me afearía mucho.

Cossé (echando mano á la espada).—¡Miserable!
El Rey.—Deteneos, conde. Vente, loco. (Se aleja riendo con Triboulet.)
Gordes.—El rey se desternilla de risa.
Pardaillan.—Poco necesita para eso.
Marot.—Es curioso un rey que se divierte en persona.
(En cuanto se alejan el rey y el bufón se acercan los cortesanos otra vez y persiguen á Triboulet con miradas de odio.)
Brion.—Venguémonos del bufón.
Todos.—¡Hum!
Marot.—Está acorazado. ¿Por dónde lo heriríamos?
Pienne.—Bien lo sé yo. Todos tenemos con él algún resentimiento y podemos vengarnos todos. Esta tarde, entre dos luces, acudid bien armados al callejón sin salida de Buci, junto al palacio de Cossé. Ni una palabra más de esto.
Marot.—Ya caigo.
Pienne.—¿Estamos de acuerdo?
Todos.—Sí.
Pienne.—Que vienen. ¡Silencio!
(Vuelven Triboulet y el rey rodeado de damas.)
Triboulet (solo y aparte).—¿Á quién haré ahora una mala jugada? ¿Al rey?... ¡Pardiez!
Un hujier (Entrando. Bajo á Triboulet.)—El señor de Saint-Vallier, un anciano vestido todo de negro, quiere ver al rey.
Triboulet.—¡Pardiez! Dejadnos ver al señor de Saint-Vallier. (Sale el hujier.) ¡Á mi gusto! Pero va á dar un escándalo espantoso.
(Ruido, tumulto en la puerta principal del fondo.)
Una voz (dentro).—¡Quiero hablar al rey!
El Rey (interrumpiendo su conversación).—¡Cómo! ¿Quién se atreve á tanto?
La misma voz.—¡He de hablar con el rey!
El Rey.—¡No, no!
(Un anciano vestido de luto se abre paso y viene á ponerse delante del rey, quien le mira fijamente. Los cortesanos se apartan sorprendidos.)
ESCENA V
Los mismos, SAINT-VALLIER (Barba y cabellos blancos.)
Saint-Vallier (al Rey).—Sí, vengo á hablaros y os hablaré.
El Rey.—¡Señor de Saint-Vallier!...
Saint-Vallier (inmóvil).—Así me llamo.
(El rey da un paso hacia él colérico. El bufón le detiene.)
Triboulet.—Permitidme, señor, que arengue yo á este buen hombre. (Tomando una actitud dramática.) Monseñor de Saint-Vallier, habéis conspirado contra Nos, y Nos, como rey bondadoso y clemente, os hemos perdonado. ¿Qué mal deseo os viene ahora de tener nietos de vuestro señor yerno, feo, mal conformado, con una verruga en la nariz, tuerto al decir de algunos, velludo, ruín, descolorido, barrigudo como este caballero (indicando á Mr. Cossé, que se indigna) y hasta jorobado como yo? Quien viera á su lado á vuestra hija, se reiría á buen seguro, á costa de él. Si el rey no pusiera orden en esto, claro es que tendríais nietos tuertos, feos, deformes, horribles, ridículos, barrigudos como este caballero y aun jorobados como yo.
(La indignación de Cossé sube de punto. Los cortesanos aplauden al bufón riendo á carcajadas.)

Saint-Vallier.—Escuchadme vos, señor...
Saint-Vallier (sin mirar al bufón).—Un ultraje más. Escuchadme vos, señor, como debéis, puesto que sois el rey. Un día me hicisteis conducir descalzo á la Grève, y ya en el suplicio me enviasteis el perdón. Yo, pobre de mí, os bendije, sin saber lo que esconde un rey dentro de sus gracias. En la que á mí me hicisteis escondíais mi deshonra. Sí, sin respeto á una antiquísima raza, á la sangre de los Poitiers, noble desde hace mil años, mientras volvía yo lentamente de la Grève rogando á Dios que os diera mis muchos años de vida en días de gloria, vos, Francisco de Valois, sin temor, sin piedad, sin pudor, sin amor, deshonrasteis, envilecisteis á Diana de Poitiers, condesa de Brezé. ¡Oh mi casta Diana! ¡Conque, cuando yo esperaba la muerte, corrías tú al Louvre á comprar mi perdón, y el rey, el caballero consagrado por Bayardo, puso en precio tu honor, y aquel tablado horrible—que una mañana levantó el verdugo, antes de espirar el día—había de ser ó el lecho de la hija ó el patíbulo del padre! ¡Oh Dios que nos juzgáis! ¿Qué dijisteis desde el cielo, cuando en el mismo patíbulo veíais revolcarse triste y hosca, ensangrentada y sucia, la lujuria real disfrazada de clemencia?... ¡Mal hicisteis, señor! En buen hora que sacrificarais á un anciano, que siendo de los del condestable, merecía vuestro castigo; pero que por el anciano tomarais á la hija desolada y tímida, es una impiedad de que tendréis que dar cuenta. Habéis traspasado vuestro derecho: el padre os pertenecía, pero la hija no. ¿Soy acaso ingrato porque no acepto en silencio vuestro perdón, vuestra gracia, que así la llamáis? En vez de abusar de mi hija ¿por qué no fuisteis á mi calabozo? Allí os hubiera yo dicho: «Matadme, señor, matadme, pero respetad á mi hija, respetad mi honor. La muerte antes que la afrenta. ¡Oh rey y señor mío! ¿Creéis que no es también decapitar á un cristiano, á un conde, á un caballero arrebatarle el honor?» Esto os hubiera dicho; y aquella noche, en la iglesia, sobre mi ensangrentado féretro, mi honrada hija Diana hubiera podido orar por su padre honrado. No vengo á pediros á mi hija: el que no tiene honor no tiene ya familia. Que os ame ó no con insensato amor, nada tengo que recobrar donde pasó la vergüenza. Retenedla, pues. Me propongo, no obstante, venir á turbar así vuestros festejos; y hasta que un padre, un hermano ó un marido me vengue de vos, lo que tarde ó temprano ha de suceder, vendré á todos vuestros banquetes á deciros: ¡Mal hicisteis, señor! Y me escucharéis sin levantar la frente hasta que yo haya acabado. Para obligarme á callar, querréis entregarme al verdugo. No, no os atreveréis á hacerlo, temiendo que venga á hablaros mi espectro con esta cabeza en la mano.
El Rey (sofocado de cólera).—¡Que hasta este extremo se lleve la audacia y el delirio! (Á Pienne.) Duque, prended á ese lenguaraz.
(El duque hace una seña y dos alabarderos se colocan á uno y otro lado de Saint-Vallier.)
Triboulet (riendo).—El pobre hombre está loco, señor.
Saint-Vallier (levantando los brazos).—¡Malditos seáis los dos! (Al rey.) ¡Mal hacéis, señor! Contra el león moribundo soltáis á vuestro perro. (Á Triboulet.) Quienquiera que seas, hombre viperino, que así escarneces el dolor de un padre ¡maldito, maldito seas! (Al rey.) Tenía derecho á ser tratado por vos de majestad á majestad: vos sois rey, yo padre, y mi edad vale lo que un trono. Los dos ceñimos una corona, adonde nadie debe alzar miradas insolentes; vos de flores de lis, yo de canas. Cuando un sacrílego se atreve á la vuestra, el rey es quien la venga; Dios es quien venga la otra.


ACTO II
SALTABADIL
El rincón más desierto del callejón sin salida de Buci. Á la derecha una casita de reservada apariencia con su patinillo rodeado de un muro que ocupa parte del teatro. En este patio hay algunos árboles y un banco de piedra. En el muro una puerta que da á la calle, y por encima del muro una galería con arcadas del Renacimiento. — La puerta del primer piso da al terrazo que se comunica con el patio por una escalera. — Á la izquierda los altos muros del jardín del palacio Cossé. — En el fondo, casas lejanas, y el campanario de San Severo.
PERSONAJES
FRANCISCO I.
TRIBOULET.
BLANCA.
SALTABADIL.
M. DE PARDAILLAN.
M. DE BRION.
M. DE MONTCHENU.
CLEMENTE MAROT.
M. DE PIENNE.
M. DE GORDES.
M. DE MONTMORENCY.
M. DE COSSÉ.
M.me BERARDA.
ESCENA I
TRIBOULET, SALTABADIL.—Á su tiempo, PIENNE y GORDES por el foro.
(Triboulet, envuelto en oscura capa y sin ninguna de las insignias de bufón, parece en la calle y se dirige hacia la puerta del muro. Un hombre vestido de negro é igualmente arrebujado en su capa, y armado de espada, cuya punta asoma por debajo, viene siguiéndole los pasos.)
Triboulet (pensativo).—¡Cómo me maldijo el anciano!
El hombre (saludándolo).—Caballero...
Triboulet.—¡Ah! (Requiriéndose los bolsillos.) No llevo nada.
El hombre.—Tampoco os pido yo nada. ¡Qué diablo!
Triboulet.—En hora buena.
(Hace un gráfico ademán para que se retire y lo deje en paz, á la vez que entran Pienne y Gordes que se detienen acechando en el fondo.)
El hombre.—Mal me juzgáis, caballero; yo soy hombre de espada.
Triboulet (retrocediendo y aparte).—¿Será un ladrón?
El hombre (acercándose y con voz dulzona).—No temáis. Os veo rondar por aquí todas las noches y presumo que tenéis alguna mujer que guardar.
Triboulet (aparte).—¡Diablo! (Alto.) Yo no acostumbro á decir á nadie mis secretos.
(Quiere pasar adelante y el otro le detiene.)
El hombre.—No lo digo, por tanto, sino por vuestro bien. Si me conociérais me trataríais mejor. (Acercándose más.) ¿Ha puesto acaso algún fatuo sus atrevidos ojos en los de vuestra mujer? ¿Estáis celoso?
Triboulet.—Acabemos: ¿qué queréis? (Con impaciencia.)
El hombre (bajo y pronto).—Con sólo una buena propina mataremos al rival.
Triboulet.—¡Ah! ¡Muy bien!
El hombre.—Ya veis que soy un hombre honrado.
Triboulet.—¡Pardiez! Ya lo veo.
El hombre.—Y que os sigo con buenas intenciones.
Triboulet.—Sí, por cierto. Sois un hombre útil.
El hombre (con modestia).—El guardián del honor de las damas de la ciudad.
Triboulet.—¿Y cuánto lleváis por matar á un rival?
El hombre.—Según sea éste y la habilidad que uno tiene.
Triboulet.—Por despachar á un gran señor.
El hombre.—¡Pardiez! Esos no son hembras y van muy bien armados: por consiguiente hay que dar y recibir y arriesga uno el pellejo. Un gran señor es caro.
Triboulet.—¡Caro eh! ¿Acaso los villanos se permiten matarse entre sí?
El hombre.—Ellos se arreglan. Esto es cosa de lujo, sin embargo, lujo que en general sólo se permiten los hombres bien nacidos. Hay quien por una buena suma quiere echársela de caballero y se vale de mí, dándome la mitad antes, y después la otra mitad.
Triboulet (meneando la cabeza).—Sí, os exponéis á la horca.
El hombre (sonriendo).—No tanto, porque pagamos derechos á la policía.
Triboulet.—Á tanto por hombre ¿eh?
El hombre.—Pues... Á menos que... ¿qué os diré? que no mate uno... al mismo rey.
Triboulet.—¿Y cómo te las compones?
El hombre.—Caballero, yo mato en la ciudad ó en mi casa, como quieran.
Triboulet.—Tu procedimiento es muy urbano.
El hombre.—Para trabajar fuera de casa, tengo un estoque tan agudo como bien templado; acecho apostado á la víctima y...
Triboulet.—¿Y dentro de casa?
El hombre.—¡Oh! Allí tengo á mi hermana Magdalena, moza tan bella como osada y fuerte, que baila por calles y plazas con que atrae á casa al galán y...
Triboulet.—Comprendo.
El hombre.—Esto se hace sin ruido ni voces, decentemente. Dadme, pues, el encargo y os juro que quedaréis contento. No he puesto tienda y todo se hace sin escándalo, á la sordina. Sobre todo, no soy hombre de puñal, como esos bandidos que se juntan á ocho y diez para el menor empeño; tan corto su valor como su acero. Mirad mi herramienta.
(Saca una espada desmesuradamente larga. Triboulet retrocede con espanto.)
Triboulet.—¡Grande es! Pero no tengo por ahora necesidad de ella; mil gracias.
El hombre (envainando su hierro).—Pues cuando me necesitéis, me encontraréis todos los días á eso de las doce paseándome por delante del hotel del Maine. Me llamo Saltabadil.
Triboulet.—¿Sois gitano?
El hombre.—Y borgoñón.
Gordes (Tomando nota.—Aparte á Pienne.)—Es un hombre precioso, y apunto su nombre.
El hombre.—No por eso penséis mal de mí, caballero.
Triboulet.—No. ¡Qué diablos! de algo hay que comer.
El hombre.—Á no ser un mendigo, un holgazán, un miserable. Tengo cuatro hijos.
Triboulet.—Que debéis educar... Ea, Dios os bendiga.
(Despidiéndole.)
Pienne (á Gordes).—Todavía no ha oscurecido y temo que nos vea Triboulet.
(Salen.)
Triboulet.—Buenas tardes.
El hombre.—Siempre á vuestras órdenes.
(Retirándose.)
Triboulet (mirándole).—Mucho nos parecemos los dos: lengua acerada, espada puntiaguda. Yo soy el hombre que ríe; él el hombre que mata.
ESCENA II
TRIBOULET, solo
(El bufón abre cautelosamente la puerta del patio, y después de observar por fuera, quita la llave y vuelve á cerrar por dentro, dando algunos pasos por el patio con preocupación é inquietud.)
¡Cómo me maldijo el anciano!... Mientras me maldecía, me burlaba yo de su dolor, como un infame, y me reía; pero llevaba el espanto en el alma. (Siéntase en el banco junto á la mesa de piedra.) ¡Maldito!... ¡Ah! La naturaleza y los hombres me han hecho muy malo, cruel, é infame en efecto. ¡Oh rabia! ¡Ser bufón, ser deforme! ¡Siempre este pensamiento! Y ya vele, ya duerma, cuando con él he dado la vuelta al mundo, ¡venir á parar siempre á esto! ¡Soy bufón de la corte! ¡No querer, no poder, no deber, y no hacer más que reir! ¡Qué exceso de oprobio y de miseria! Lo que tienen los soldados reunidos en rebaño al rededor de ese harapo que llaman bandera; lo que queda al mendigo español, al esclavo de Túnez, al forzado en su galera, á todo hombre que respira y se mueve, el derecho de no reir, de llorar, si quiere; ese derecho me falta... ¡Oh Dios! Triste y despechado, lleno siempre del disgusto de mi deformidad, celoso de toda fuerza y belleza, rodeado de esplendores que me vuelven más sombrío, adusto y solo, si quiero á veces recoger y calmar por un momento mi alma que solloza y llora amargamente, viene de pronto mi amo, mi alegre amo, que omnipotente, adorado de las mujeres, contento de vivir, de puro dichoso olvidado de la muerte, joven, gallardo, hermoso, rey de Francia, me da un puntapié y me dice bostezando: Bufón, hazme reir... ¡Pobre bufón! Y es un hombre, con todo. Pero la pasión que hierve en su alma, el rencor, el orgullo, la cólera, la envidia, el furor, la eterna cavilación de algún mal designio... cuantos sentimientos le roen el pecho desaparecen á una señal de su amo, y para quien su amo quiere se muestra el juglar jovial y chispeante. ¡Qué abyección! Si se sienta, si se levanta, si anda, siempre siente el hilo que le tira del pié. Por todas partes desprecio y humillación. Así, señores míos, altivos caballeros ¡cuánto os odia el bufón! ¡Qué caros os hace pagar vuestros desdenes! ¡Qué bien sabe buscar sus desquites! Es el demonio familiar que aconseja, que tienta á su amo y en cuanto puede agarrar entre sus uñas un alma la destroza á placer. Vosotros le habéis vuelto malo y se venga. Pero ¡oh dolor! ¿es esto vivir? Mezclar hiel en el vino con que otros se embriagan, borrar todo buen instinto que germina en ellos, aturdir con cascabeles todo espíritu que quiere pensar, pasar como un genio maléfico por los festines, turbar la dicha de los que gozan, ansiar tan sólo el mal ageno, y contra todos y por donde quiera, llevar en sí y derramar en todo, y guardar y esconder bajo burlona risa el odio eterno que envenena el corazón... ¡Oh! ¡Cuán desgraciado soy! (Levantándose.) Pero aquí ¿qué me importa eso? ¿No soy otro hombre al pasar esa puerta? Olvidemos por un momento el mundo de que salgo. Aquí no debo traer nada de afuera. (Volviendo á su despecho.) ¡Cómo me maldijo el anciano!... ¿Por qué diablos me persigue con tal insistencia este pavoroso recuerdo? Con tal que no me suceda nada malo... ¡Bah! Soy un necio.
(Se acerca á la puerta de la casa y llama. Ábrese y sale de ella una joven vestida de blanco, que se echa alegremente en sus brazos.)
ESCENA III
TRIBOULET, BLANCA, luégo M.me BERARDA
Triboulet.—¡Hija mía! (La estrecha con pasión.) ¡Oh! Pon tus manos sobre mi corazón. Á tu lado, bien mío, todo sonríe, nada me pesa. ¡Qué bien respiro á tu lado! ¡Cuán feliz soy contigo! (Mirándola con embriaguez.) Más bella cada día. Nada te falta ¿verdad? ¿Estás bien aquí? Blanca mía, abrázame otra vez.
Blanca.—¡Qué bueno sois, padre mío!
Triboulet (sentándose).—No, es que te amo. ¿No eres mi vida y aun mi sangre? Si no te tuviera á ti, ¿qué haría yo, Dios mío?
Blanca.—¡Suspiráis! ¿Qué pesares tenéis? Decídselos á vuestra hija. ¡Ah! Aún no sé quién es mi familia.
Triboulet.—¡Familia! Tú no la tienes, hija mía.
Blanca.—Hasta ignoro vuestro nombre.
Triboulet.—¿Qué te importa mi nombre?
Blanca.—Nuestros vecinos de Chinón, la aldea en que me crié, me creían huérfana, antes de vuestra llegada.
Triboulet.—Allá debía dejarte; sin duda hubiera sido lo más prudente. Pero yo no podía ya vivir así tampoco: tenía necesidad de ti, tenía necesidad de un corazón que me amara.
(Abrazándola otra vez.)
Blanca.—Si no queréis hablarme de vos...
Triboulet.—Mira, no salgas jamás.
Blanca.—En los dos meses que hace que estoy aquí, apenas he ido ocho veces á la iglesia.
Triboulet.—Bien.
Blanca.—Padre mío, habladme á lo menos de mi madre.
Triboulet.—¡Oh! no despiertes en mí tan amargo pensamiento, no me recuerdes que en otro tiempo encontré una mujer diferente de las demás mujeres, que viéndome solo, enfermo, pobre y aun aborrecido, me amó por mi miseria y mi deformidad. Murió llevándose consigo á la tumba el angelical secreto de su fiel amor, amor que pasó por mí como un relámpago, como un rayo de luz del paraíso que se apagara en mi infierno. ¡Ah! ¡Séale la tierra ligera! Tú sola me quedas en el mundo. ¡Gracias, Dios mío!
(Levanta los ojos al cielo y llora luégo ocultando la frente entre las manos.)
Blanca.—¡Cuánto debéis padecer! Padre mío, no, no quiero que lloréis, porque se me parte el corazón.
Triboulet.—¿Y qué dirías si me vieras reir?
Blanca.—¿Qué tenéis, padre mío? Decidme vuestro nombre. ¡Oh! Derramad en mi seno la amargura de todas vuestras penas.
Triboulet.—No. ¿Á qué nombrarme? Soy tu padre y basta. Escucha. Fuera de aquí acaso me temen. ¿Quién sabe? El uno me desprecia, el otro me maldice. ¡Mi nombre! ¿Qué harías después de saberlo? Quiero, aquí á lo menos, á tu lado, en este rincón del mundo donde todo es inocencia, quiero ser para ti sólo un padre, algo santo, augusto, sagrado.
Blanca.—¡Padre mío!
Triboulet.—¿Hay un solo corazón que responda al mío? (Abrazándola.) ¡Oh! Te amo por todo lo que odio al mundo. Siéntate á mi lado y hablemos de esto. Dime ¿amas mucho á tu padre? Y pues estamos aquí juntos, mano á mano, ¿qué nos obliga á hablar de otra cosa? Hija mía, única felicidad que el cielo me ha permitido, otros tienen padres, hermanos, amigos, esposas, vasallos, cortejo, aliados, muchos hijos... ¿qué sé yo? Yo no tengo más que á mi hija. Otros son ricos; tú sola eres mi tesoro, tú sola mi riqueza. Otros creen en Dios; yo no creo más que en tu alma. Otros son jóvenes y el amor y el placer les brindan sus delicias; para ellos orgullo, esplendor, gracia, salud; yo, como ves, no tengo más que tu belleza. ¡Hija mía! Mi ciudad, mi país, mi familia, mi esposa, mi madre, y mi hermana y mi hija, mi dicha, mi fortuna, mi culto, mi ley, mi universo, eres tú, siempre tú y nada más que tú... ¡Oh, si llegara á perderte!... No, no; no podría soportarlo. Mírame y sonríe: ¡qué graciosa tu sonrisa! toda á tu madre. Ella también era bella. Como ella, sueles pasarte la mano por la frente como si te la enjugaras, porque á un corazón inocente, corresponde una frente pura y ojos azules. Para mí irradias angelical resplandor, y al través de tu cuerpo, mi alma está viendo tu alma. Aun con los ojos cerrados, te veo: la luz me viene de ti. Á veces quisiera estar ciego para no tener otro sol en el mundo.
Blanca.—¡Oh! ¡Cuánto anhelo haceros feliz!
Triboulet.—Si soy feliz contigo. ¡Oh! ¡Qué hermosos cabellos negros! (Acariciándolos.) Cuando niña eras rubia. ¿Quién lo creyera?
Blanca (con mimo).—Un día, antes de oscurecer, quisiera salir para ver un poco á París.
Triboulet (impetuosamente).—¡Nunca, jamás! ¿Has salido alguna vez con Berarda?
Blanca (temblando).—¡Oh! no.
Triboulet.—¡Cuidado!
Blanca.—Sólo he ido á la iglesia.
Triboulet (aparte).—¡Cielos! Si la vieran, la seguirían y acaso... acaso me la robaran. La hija de un bufón no inspiraría ningún respeto y sería cosa de risa deshonrarla (Alto.) Te lo ruego, hija mía; permanece aquí encerrada. ¡Si supieras qué malo es el aire de París para las mujeres!... ¡Si vieras cómo corren por la ciudad los libertinos, sobre todo los señores! ¡Oh Dios! ¡Preserva del tempestuoso viento que marchita y aun troncha otras flores, esta flor graciosa y virginal, para que un padre infeliz pueda en sus horas de tregua aspirar su pura esencia!
(Deja caer la cabeza entre las manos y llora.)
Blanca.—No os hablaré más de salir. No lloréis, padre mío.
Triboulet.—Esto me alivia. ¡He reído tanto anoche!... (Levantándose.) Pero ya anochece y es tiempo de ir á tomar mi collar. Adiós.
Blanca.—¿Volveréis pronto?
Triboulet.—Acaso. Ya ves, niña, cómo no soy dueño de mí. (Llamando.) ¡Berarda!
(Aparece en la puerta una dueña.)
Berarda.—Señor...
Triboulet.—¿Habéis notado si cuando vengo me ve alguien entrar?
Berarda.—Nadie, señor. ¡Si esto es un desierto!
(En la calle, á la otra parte de la tapia, aparece el rey disfrazado con traje oscuro y sencillo, y examina la altura del muro y la puerta cerrada con muestras de impaciencia y despecho.)
Triboulet.—Adiós, hija mía. (Abrazándola.) ¿Tenéis bien cerrada la puerta que da al terraplén? (Á la dueña, que hace una señal afirmativa.) Á espaldas de San Germán sé que hay una casa más retirada todavía. Mañana he de verla.
Blanca.—Padre, esta me gusta por el terrazo, desde donde se ven jardines.
Triboulet.—No subas al terrazo por Dios. (Escuchando.) ¿Andan por fuera?
(Va á la puerta del patio, la abre y mira á la calle con inquietud. El rey se ha ocultado en un hueco cerca de la puerta, que deja entreabierta Triboulet.)
Blanca.—¿Cómo? ¿No puedo por las tardes subir á respirar al terrazo?
Triboulet (volviendo).—¡Cuidado que te podrían ver! (Á Berarda.) Tampoco pondréis nunca luz en la ventana ¿eh?
(El rey á espaldas del bufón se desliza en el patio y se esconde tras de un árbol.)
Berarda.—¡Virgen Santísima! ¿Cómo queréis que éntre aquí ningún hombre?
(Vuélvese y descubre al rey tras del árbol. Pero al ir á gritar le echa el galán en la gorguera un bolsillo, que la dueña toma suspensa y calla.)
Blanca (á su padre que ha ido á reconocer el terrazo con una linterna).—¡Qué precauciones! ¿Qué teméis, padre mío?
Triboulet.—Por mí nada; todo por ti. ¡Vaya! Adiós, Blanca... hija mía.
(Un rayo de luz de la linterna, que tiene la dueña, alumbra al padre y á la hija.)
El Rey (aparte).—¡Triboulet! (Ríe.) ¿Qué diablos es esto? ¡La hija de Triboulet! ¡Preciosa historia!
Triboulet (Volviendo desde la puerta.)—Ahora que me acuerdo, ¿cuándo vais á la iglesia os sigue alguien?
(Blanca baja los ojos con embarazo.)
Berarda.—¡Jesús!... Nadie.
Triboulet.—Si os siguiera alguien alguna vez, gritad.
Berarda.—Sin duda; pediría socorro.
Triboulet.—Y si llaman á la puerta, no abráis jamás.
Berarda.—¿Aunque fuera el rey?
Triboulet.—Sobre todo, si es el rey.
(Abraza por última vez á su hija y sale cerrando tras sí la puerta.)
ESCENA IV
BLANCA, BERARDA, EL REY.—(Que permanece escondido tras el árbol.)
Blanca (escuchando pensativa los pasos de su padre que se aleja).—Siento remordimientos.
Berarda.—¡Remordimientos! ¿Y por qué?
Blanca.—¡Como á la menor cosa se espanta y alarma! Y sin embargo, he visto una lágrima en sus ojos. ¡Pobre padre, tan bondadoso! Debía haberlo prevenido de que el domingo á la hora en que salimos nos sigue un galán. ¿No recuerdas? Aquel gallardo mozo.
Berarda.—¿Y á qué contarle esas cosas, niña? En resumidas cuentas lo que hay es que vuestro padre es muy huraño y raro. Y vos ¿odiáis mucho á ese apuesto galán?
Blanca.—¡Odiarle yo! ¡Oh! no... muy al contrario; desde que le ví, nada puede distraerme de él. ¡Ah! desde el día en que sus ojos hablaron á los míos, lo ven siempre aquí, soy suya... ya ves, me forjé la ilusión... Me parece un codo más alto que todos. ¡Qué arrogante y amable es! ¡qué altivo y noble!...
Berarda.—Un buen mozo, realmente.
(Pasa cerca del rey que le da un puñado de monedas de oro.)
Blanca.—Un hombre así debe ser...
Berarda.—Un cumplido caballero.
(Tendiendo la mano al rey, que vuelve á darle dinero.)
Blanca.—Vese asomar á sus ojos su gran corazón.
Berarda.—Cierto, un corazón inmenso.
(Á cada palabra que dice tiende la mano al rey que se la llena de oro.)
Blanca.—Valiente.
Berarda.—Extraordinario.
Blanca.—Y sin embargo, bondadoso.
Berarda.—Tierno.
Blanca.—Generoso.
Berarda.—Magnífico.
Blanca (suspirando).—Me gusta mucho.
Berarda.—Su estatura es sin igual. ¿Y sus ojos?... ¿Y su frente? ¿Y su nariz?
(Alargando la mano á cada palabra.)
El Rey (aparte).—¡Pardiez! Como la vieja me admira al por menor, me ha dejado exhausto.
Blanca.—Te agradezco que tanto le alabes.
Berarda.—¡Pues no! Un corazón inmenso... bondadoso... tierno... valiente... generoso.
El Rey (Vaciándose los bolsillos. Aparte.)—¡El diablo que te lleve! ¡Y vuelve á empezar!
Berarda.—Es un gran señor... elegantísimo... brillante como el oro...
(Tiende otra vez la mano, y el rey le da á entender que no le queda ya nada.)
Blanca.—Pues yo no quisiera que fuera señor ni príncipe; sino un pobre estudiante de provincia... me amaría más.
Berarda.—Es posible, después de todo, si así lo preferís. (Aparte.) ¡Qué mal gusto! Al fin muchacha; no sabe lo que quiere. (Vuelve á alargar la mano.) Ese gentil galán os ama locamente. (Aparte.) Parece que se ha quedado sin blanca. Pues si no hay dinero, basta de elogios.
Blanca.—¡Cuánto tardan en venir los domingos! Cuando no le veo, estoy triste. ¡Oh! Creí el otro día en el momento del ofertorio que me iba á hablar, y el corazón me saltaba en el pecho. De día y de noche pienso en ello. Por su parte, el amor que me tiene le absorbe... Estoy cierta de que lleva mi imagen grabada en su alma. Es un hombre así, y bien se le conoce: las demás mujeres le son indiferentes; para él no hay juegos ni diversiones... no piensa más que en mí.