1832 (continued 4)
Dionisio Alcalá-Galiano translation
—He aquí lo que tengo ahora que vaticinarte: dos somos, y sólo uno volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda.
Yo desdeñé responderle, y seguimos avanzando por entre las tinieblas. El rumor sin cesar crecía, y ya no se escuchaba el ruido de nuestros pasos. Supuse que sería el estrépito de una catarata, y no me engañé, en efecto.
Después de andar diez minutos por la obscuridad, llegamos a una especie de terrado interior formado por la naturaleza en las mismas entrañas del monte. La parte principal de este terrado, labrado en forma de medio círculo, estaba inundado por las aguas del torrente, que se despedían con espantoso rugido de las venas de la montaña.
Como cubierta de esta sala subterránea, la bóveda de piedra formaba una especie de cúpula entapizada de hiedra amarillenta, y por encima reinaba en casi toda su anchura una grieta, por donde penetraba la luz del día, y cuyo borde se coronaba de verdes arbustos, dorados en aquel instante por los rayos del sol, ya próximo a su ocaso.
Al extremo norte del terraplén, el torrente se lanzaba con estrépito a un abismo, en lo hondo de cuya sima flotaban, en dudosos cambiantes y sin vencer la obscuridad, las vagas vislumbres que penetraban por la hendedura. Sobre el precipicio se inclinaba un árbol anciano, que mezclaba las ramas de su copa con las espumas y el rocío de la cascada, y asomaba sus nudosas raíces por entre las peñas, como una vara más abajo del borde.
Aquel árbol, bañándose así las sienes en el torrente y alargando, cual un brazo descarnado, sus raíces a través del abismo, estaba tan desnudo de verdor y de hojas que no era posible conocer su especie.
Ofrecía, en verdad, un fenómeno singular: sólo la humedad, que aspiraba sin cesar por el extremo inferior, le impedía perecer, cuando la violencia de la catarata tronchaba sin intermitencia los nuevos vástagos y le obligaba a conservar perpetuamente los mismos ramos.
LII
Los negros se detuvieron en este sitio, y conocí que era llegada la hora de morir.
Entonces, próximo a la sima en donde me arrojaba un acto, por decirlo así, de mi libre albedrío, la imagen de la ventura, a que había breve espacio antes renunciado, vino a acosarme cual un pesar y casi cual un remordimiento. Suplicar era indigno de mí; pero dejé escapárseme una queja.
—Amigos—les dije a los negros que me rodeaban—, ¿sabéis que es cosa triste perecer a los veinte años, cuando se está lleno de robustez y de vida, cuando se goza el amor de los que amamos y cuando se dejan tras sí ojos que no cesarán de llorar hasta cerrarse para siempre?
Una carcajada espantosa acogió mi lamento, saliendo de los labios del obí. Aquella especie de espíritu maligno, aquel ente impenetrable, se me acercó de súbito.
—¡Ja, ja, ja! ¿Conque sientes perder la vida? ¡Alabado sea Dios! Mi único temor era que no tuvieses miedo a la muerte.
Eran la misma voz, la risa misma que tanto me habían cansado en vanas conjeturas.
—¿Quién eres, miserable?—le pregunté.
—Vas a saberlo—me contestó con acento terrible.
Y apartando el sol de plata que le adornaba el negruzco pecho, añadió:
—Mira aquí.
Me incliné hacia él, y en el seno velloso del obí había grabados dos nombres en letras blanquecinas, horribles y perpetuas señales que imprime un hierro ardiente en el cutis de los esclavos. Uno de estos nombres era el de Effingham; el otro, el de mi tío, el mío propio: D’Auverney. Quedé mudo de sorpresa.
—Pues bien, Leopoldo d’Auverney—me preguntó el obí—, ¿no te declara tu nombre el mío?
—No—repliqué, asombrado de oírme llamar así y procurando en vano aclarar mis recuerdos—. Esos dos nombres jamás han estado juntos sino en el pecho del bufón, y el pobre enano ha muerto. Además, fué fiel a nuestra familia; así, ¡tú no puedes ser Habibrah!
—¡El mismo soy!—exclamó con una voz espantosa.
Y, levantando la sangrienta gorra, se arrancó el velo. El diforme rostro del enano doméstico se ofreció a mi vista; mas el aire de sandia alegría que le era común se había trocado en una expresión amenazadora y siniestra.
—¡Dios eterno!—prorrumpí, herido de asombro—. Pues qué, ¿todos los muertos reviven? Este es Habibrah, el bufón de mi tío.
El enano llevó la mano al puñal, y dijo en tono sepulcral y apagado:
—¡Sí, su bufón y... su homicida!
Retrocedí, lleno de espanto.
—¡Su homicida! ¡Infame! ¿Así le pagaste tantas bondades?
—¡Bondades! Ultrajes, dirás—me respondió interrumpiéndome.
—¿Y tú, infame—proseguí—; tú fuiste quien le dió el golpe mortal?
—¡Sí, yo fuí!—replicó, dando una horrible expresión a sus facciones—. ¡Yo le clavé el cuchillo tan hondo en el corazón, que apenas tuvo tiempo de salir de los brazos del sueño para caer en los de la muerte! Clamó en voz débil: “Habibrah, ven”, y ya estaba Habibrah a su cabecera.
Su atroz relación, su aún más atroz serenidad, me horrorizaron.
—¡Vil! ¡Cobarde asesino! ¿Así habías olvidado los favores que a ti solo te dispensaba? Tú, que comías junto a su mesa, que dormías junto a su lecho...
—¡Como un perro!—dijo Habibrah con ímpetu—. ¡Sí, como un perro! ¡Ah, demasiado me acuerdo de tales favores, que eran otras tantas afrentas! Pero me vengué de él, y ahora voy a vengarme de ti. Escúchame. ¿Te imaginas acaso que porque sea mulato, enano y feo, no soy yo un hombre? ¡Ah! También tengo un alma, y un alma más enérgica y más grandiosa que esa alma de tímida doncella que voy a arrancarte ahora del cuerpo. Me dieron de regalo a tu tío como un mico, y yo servía para sus placeres y para dar pábulo a su desprecio. Me quería, sí, ya lo has dicho. Ocupaba yo un lugar en su corazón entre su mona y su papagayo, ¡hasta que me abrí otro hueco más espacioso con mi puñal!
Yo me estremecí al escuchar tales palabras, y el enano prosiguió:
—¡Sí, yo soy, yo mismo: mírame bien a la cara, Leopoldo d’Auverney! Bastantes veces reíste de mí, y ahora puede haber llegado la hora de estremecerte. Y dime: ¿tú me recuerdas la vergonzosa predilección de tu tío hacia el ente a quien llamaba su bufón? ¡Bon Giu! ¡Qué predilección! Si entraba en vuestro aposento, me acogían mil risas desdeñosas: mi estatura, mi deformidad, mis facciones, mi ridículo ropaje, todo, hasta las lastimosas debilidades de mi naturaleza, todo era objeto de escarnio y mofa para tu execrable tío y sus execrables amigos. Y a mí, ni siquiera me era lícito callarme. ¡Oh, rabia! ¡Tenía que mezclar mi risa con las carcajadas que yo excitaba! Respóndeme, ¿crees tú que humillaciones semejantes sean un título al agradecimiento de criatura alguna humana? ¿No confiesas tú que tanto valen como los tormentos de los otros esclavos, como el trabajar sin descanso, los ardores del sol, las argollas de hierro y el látigo de los capataces? ¿No te imaginas que alcanzan para hacer brotar en el corazón de un hombre las simientes de un odio ardiente, implacable, eterno, como el sello de infamia que mancilla mi seno? ¡Oh!, para tamaño padecer, ¡cuán breve y fugaz fué mi venganza! ¡Oh! ¡Y por qué no pude hacerle padecer a mi odioso tirano cuantos tormentos renacían para mí a cada hora de cada día que volaba! ¡Por qué no pudo, antes de morir, conocer la amargura del orgullo herido y sentir cuán abrasadora huella dejan las lágrimas de vergüenza y despecho en un rostro condenado a perpetua risa! ¡Ay, y cuán duro es haber estado aguardando por tan largo espacio la hora del castigo, y contentarse al cabo con una puñalada! ¡Si siquiera hubiese podido saber cuál brazo le hería! Pero tenía demasiado anhelo por escuchar su postrer estertor, y le clavé demasiado pronto el cuchillo; murió sin conocerme, y el ímpetu de mi furor dejó burlada mi venganza. Esta vez, al menos, será más completa. Tú me ves, y bien, ¿no es cierto? Verdad que te costará trabajo distinguirme bajo el nuevo aspecto en que me presento a tus ojos. Siempre me habías visto risueño y satisfecho, y ahora, que nada le impide a mi alma retratarse en mis facciones, en nada debo asemejarme. Tú no me conocías sino de máscara: ¡he aquí mi rostro!
Y era espantoso.
—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te equivocas! ¡Aún queda algo del saltimbanco en la atroz fealdad de tu semblante y de tu alma!
—¡No hables de atrocidad!—me dijo Habibrah—. Recuerda las crueldades de tu tío.
—¡Infame!—le contesté indignado—. Aun cuando fuese cruel, ¿éralo, por ventura, contigo? Te condueles de la suerte de los infelices esclavos; pues ¿por qué ejercías contra tus hermanos el influjo que te daba la debilidad hacia ti de tu señor? ¿Por qué no trataste jamás de ablandarle en sus arrebatos ni de interceder por los tuyos?
—¿Ablandarle? Mucho lo hubiera llorado. ¿Impedirle yo a un blanco que se manchara de un crimen? ¡Oh, no, no, a buen seguro! Al contrario, le incitaba a redoblar sus malos tratamientos hacia los esclavos, para adelantar la hora de la rebelión, para que el exceso de opresión provocase al fin la venganza. Aparentando injuriar a mis hermanos, los favorecía.
Me quedé atónito al contemplar tan profunda combinación, hija del odio.
—Pues bien—añadió el enano—: ¿te parece que he sabido calcular y llevar a cabo? ¿Qué juzgas del necio Habibrah, del bufón de tu tío?
—Acaba lo que tan bien empezaste—le respondí—. Mátame, pero date prisa.
Se puso a pasear por el terrado, restregándose las manos de gozo.
—¿Y si no quiero darme prisa? ¿Y si busco saborear a mi despacio tus angustias? Mira: cuando te vi prisionero en el campamento de los negros, me debía Biassou toda mi parte de botín en el último saqueo, y yo no le pedí en pago sino tu vida. Me la concedió gustoso, y ahora me pertenece y me entretengo en jugar con ella. No te apures, que pronto irás a hacer compañía a las ondas de la cascada en lo profundo de ese abismo; pero antes tengo que darte una nueva. He descubierto el asilo en que se hallaba escondida tu mujer, y hoy le he sugerido a Biassou la idea de incendiar el bosque, que estará ya ardiendo. Así, tu familia yace aniquilada. Tu tío pereció a hierro, tú vas a morir en el agua y tu María a perecer en el fuego.
—¡Infame, infame!—exclamé, haciendo ademán de arrojarme sobre él.
Entonces se volvió a los negros, diciendo:
—¡Atadle, pues se adelanta a sí mismo su hora!
Empezaron luego los negros a atarme en silencio, con cuerdas que traían prevenidas, cuando de repente se me figuró oír los ladridos lejanos de un perro, si bien achaqué el ruido a una ilusión nacida del rugir de la cascada. Los negros acabaron de atarme y me acercaron al borde de la sima en que iba a hundirme; el enano, con los brazos cruzados, me contemplaba rebosando en gozo y triunfo su hórrido semblante, y yo levanté los ojos a la grieta en el techo de la caverna para evitar su odiosa presencia y para ver por una vez aún la luz pura del cielo. En este instante mismo resonó un ladrido más fuerte y más distinto, y la enorme cabeza de Rask apareció por la hendedura. Me estremecí; el enano gritó:
—¡Vamos!
Y los negros, que no habían hecho alto en el ladrido, se prepararon a lanzarme en el abismo...
LIII
—¡Camaradas!—clamó una voz de trueno.
Todos se volvieron: era Bug-Jargal, de pie, erguido al borde de la grieta, con una pluma roja ondeándole en la frente.
—¡Camaradas!—repitió—. ¡Deteneos!
Los negros se postraron, y él prosiguió:
—Yo soy Bug-Jargal.
Los negros golpearon el polvo con sus frentes, lanzando gritos cuyo intento y significado era difícil en extremo discernir.
—¡Desatad al preso!—gritó el caudillo.
Entonces el enano pareció despertar del estupor en que le había sumido tan súbita e inesperada aparición, y detuvo con empeño el brazo de los negros, próximos a cortar mis ligaduras.
—¿Cómo?—exclamó—. ¿Qué quiere decir eso?
Y luego, alzando la cabeza hacia Bug-Jargal, le preguntó:
—Caudillo de Morne-Rouge, ¿qué te conduce a este lugar?
Bug-Jargal respondió:
—Vengo a dar órdenes a mis hermanos.
—En efecto—dijo el enano con rabia reconcentrada—, negros de Morne-Rouge son los que hay aquí. Mas ¿con qué derecho—añadió—vienes a dictar órdenes sobre mi prisionero?
El caudillo repitió:
—Yo soy Bug-Jargal.
Y los negros golpearon con sus frentes el pavimento.
—Bug-Jargal—repuso Habibrah—no puede deshacer lo que Biassou dispone. Biassou me ha regalado este blanco; yo quiero que muera, y morirá. Vosotros—dijo volviéndose a los negros—obedecedme. Lanzadle en el abismo.
A la voz poderosa del obí se incorporaron los negros y dieron un paso adelante; en aquel instante vi segura la muerte.
—¡Soltad al preso!—exclamó Bug-Jargal.
Y con la rapidez de un relámpago me encontré libre. Mi sorpresa era igual a la rabia del obí, que quiso abalanzárseme, pero los negros le detuvieron. Entonces desahogó su encono en imprecaciones y amenazas.
—¡Demonio! ¡Rabia! ¡Infierno de mi alma! Pues qué, infames, ¿rehusáis obedecerme, desconocéis mi voz? ¡Para qué perdería yo el tiempo en hablar con este maldito! ¡Debiera haberle arrojado sin demora a los peces del báratro! Por apetecer una venganza completa, ¡la pierdo toda! ¡Oh, rabia de Satanás! Escuchadme vosotros: Si no me obedecéis, si no lanzáis a lo hondo de la sima a este blanco execrable, yo os hecho mi maldición. El cabello se os volverá blanco; los mosquitos y las cucarachas os devorarán en vida; las piernas y los brazos se os troncharán como endebles juncos; el aliento os quemará la garganta como arena abrasada; os moriréis luego, y después de la muerte vuestras almas estarán condenadas a dar vueltas sin descanso a una piedra de molino, tamaña cual un monte, allá en la luna, donde hace mucho frío.
Semejante escena produjo sobre mí un singular efecto. Unico de mi especie en aquella gruta húmeda y sombría, rodeado de aquellos negros, que se asemejaban a los demonios; suspendido, por decirlo así, sobre un abismo sin fondo; ya amenazado por aquel espantoso enano, cuyos extravagantes ropajes apenas podían distinguirse a los inciertos reflejos de la luz; ya protegido por aquel otro negro gigante, que asomaba en el solo resquicio por donde me era dado descubrir el cielo, me parecía estar a las puertas del infierno, aguardando incierto la pérdida o la salvación de mi alma y asistiendo a una lucha encarnizada entre mi ángel protector y el espíritu maligno.
Los negros se veían amedrentados con las maldiciones del obí, y, queriendo aprovecharse de su incertidumbre, exclamó:
—¡Quiero que muera este blanco! ¡Me obedeceréis, y morirá!
Bug-Jargal respondió con majestad:
—¡El blanco ha de vivir! Yo soy Bug-Jargal; mi padre era rey en la tierra de los Kakongos y administraba justicia en el umbral de su morada.
Los negros volvieron a postrarse en tierra, y su caudillo prosiguió:
—Hermanos, id y decidle a Biassou que no enarbole en la cumbre del monte la bandera negra que ha de anunciar a los blancos la muerte de este mismo cautivo, porque este cautivo le ha salvado la existencia a Bug-Jargal y Bug-Jargal quiere que viva.
Entonces se incorporaron, y Bug-Jargal arrojó su penacho en medio de ellos. El principal del piquete cruzó los brazos al pecho, recogió luego el penacho con ademanes de respeto y en seguida se alejaron sin proferir palabra. El obí desapareció con ellos en las tinieblas de la galería subterránea.
No intentaré, señores, pintar la situación en que me encontraba. Clavé los ojos humedecidos en Pierrot, que a su vez me contemplaba con extrañas muestras de agradecimiento y orgullo.
—¡Alabado sea Dios!—dijo al cabo—. ¡Todo se ha salvado! Hermano, vuélvete por donde has venido, y abajo me encontrarás en el valle.
Hizo un gesto con la mano y desapareció.
LIV
Ansioso por llegar al lugar de la cita y saber qué venturoso milagro había traído tan a tiempo a mi libertador, traté de salir de la caverna; mas al efectuarlo me aguardaban nuevos peligros. En el momento mismo en que me dirigía hacia la galería subterránea, un imprevisto obstáculo salió a atajarme la entrada: Habibrah, el rencoroso obí; lejos de acompañar a los negros, cual habíame imaginado, estaba aguardando un momento más propicio para su venganza. Y ese momento había llegado. El enano apareció de súbito, soltando la carcajada, mientras yo me encontraba sin armas ni defensa; el mismo puñal que le servía de crucifijo brillaba entre sus manos. A su vista, di un paso atrás por un movimiento involuntario.
—¡Ja, ja, maldito! ¿Creías escapárteme? Pero el tonto es menos tonto que tú. Ahora te cogí, y esta vez no te haré esperar ni tendrá tu amigo Bug-Jargal que aguardarte en vano. ¡Irás a la cita en el valle, pero las aguas del torrente se encargarán de hacerte andar el camino!
Y así diciendo, se abalanzó a mí con el puñal enarbolado.
—¡Monstruo!—le respondí, echándome a la espalda por el terrado—. Hace poco no eras más que un verdugo, y ahora eres un asesino.
—¡Me vengo!—replicó, rechinando los dientes.
En aquel instante me hallaba a la orilla del precipicio; se tiró a mí con ímpetu para empujarme con una puñalada; le huí el cuerpo, y deslizándosele el pie por el musgo resbaladizo de que estaban cubiertos los húmedos peñascos, fué rodando por aquella pendiente carcomida por las olas. Dió un feroz aullido, invocando a los espíritus del infierno, y cayó en la sima.
Antes he dicho que asomaban por entre las grietas de la peña, más abajo del borde de la orilla, las raíces de un anciano tronco. El enano tropezó en ellas a su caída, y el estrambótico ropaje se le enredó entre los nudos de la cepa, y, agarrándose a ese postrer sostén, se quedó asido con energía extraordinaria. El gorro puntiagudo se desprendió de su cabeza, tuvo que soltar el puñal, y el arma del asesino y la caperuza del bufón desaparecieron juntas, botando por los profundos rincones de la catarata.
Habibrah, colgado sobre el abismo, trató primero de subir al terrado; pero sus brazuelos no alcanzaban al borde del tajo, y se deshacía las manos en impotentes esfuerzos por clavar las uñas en las peguntosas paredes de la sima. El desgraciado bramaba de ira.
La menor sacudida por mi parte habría bastado para precipitarle; mas hubiese sido una vileza en que ni soñé siquiera. Esta moderación le admiró. Dando gracias al cielo por la salvación que me enviaba de una manera tan inesperada, iba ya a abandonarle a su suerte y me preparaba a partir de la estancia subterránea, cuando de súbito oí salir de entre el precipicio la voz del enano en acento de súplica y de duelo:
—¡Amo, mi amo!—decía—. ¡No os vayáis, por amor del cielo! ¡No dejéis, en nombre del bon Giu, perecer impenitente y culpado a un ente humano a quien podéis salvar! ¡Ay! Las fuerzas me flaquean, la raíz se cimbrea y resbala entre mis manos, el peso del cuerpo me arrastra tras sí; tengo que soltarla o se va a tronchar... ¡Ay, amo mío! El horrendo pozo hierve bajo mis pies. ¡Santo nombre de Dios! ¿No tendréis compasión del pobre bufón? Es muy malo; pero ¿no querréis demostrarle que los blancos son mejores que los mulatos, los amos que los esclavos?
Me acerqué al precipicio, casi conmovido, y la opaca luz que se dejaba caer por la hendedura me enseñó en el repugnante rostro del enano una expresión que aun me era allí desconocida: la del ruego y el quebranto.
—Señor Leopoldo—prosiguió, alentado por un movimiento de lástima que no pude contener—, ¿será posible que cualquier persona humana contemple a su semejante en tan horrible posición y que, pudiendo socorrerle, no lo haga? ¡Ay, amo mío, alargadme la mano! Con un poco de ayuda bastará para salvarme. ¡Lo que pido es todo para mí y tan poca cosa para vos! Tirad de mí, por piedad, y mi agradecimiento se igualará a mis crímenes...
—¡Desgraciado!—le interrumpí diciendo—. ¿Cómo me traes tal recuerdo a la memoria?
—Para aborrecerlo, amo mío. ¡Ah, sed más generoso que yo! ¡El cielo me ampare, que fallezco! ¡Que caigo! ¡Ay, desdichado! ¡La mano! ¡La mano! ¡Alargadme la mano, por la madre que os crió a sus pechos!
No alcanzaré a pintar cuán lamentables eran aquellos gritos de dolor y de angustia. Todo lo olvidé: no era ya a mis ojos un enemigo, un traidor, un asesino, sino un infeliz a quien un ligero esfuerzo de mi parte podía arrancar de una muerte espantosa. ¡Me suplicaba tan lastimeramente! Cualquier palabra, cualquier reprensión, hubiera sido inútil y ridícula; tan urgente se mostraba la necesidad del socorro. Me incliné, pues, y arrodillándome al borde del precipicio, con una de mis manos apoyada en el mismo tronco cuyas raíces sostenían al desgraciado Habibrah, le alargué la otra... En cuanto estuvo a su alcance se asió a ella; la agarró con entrambas las suyas y con fuerza prodigiosa, y, lejos de prestarse al movimiento de ascenso que traté de ofrecerle, sentí que procuraba arrastrarme consigo al abismo. Si el tronco del árbol no me hubiese prestado tan sólido punto de apoyo, sin duda alguna me hubiese arrancado de la orilla la violenta cuanto inesperada sacudida de aquel malvado.
—¿Qué intentas hacer, vil?—exclamé.
—¡Vengarme!—repitió con estrepitosas e infernales carcajadas—. ¡Ah, te cogí al cabo! ¡Necio! ¡Tú mismo te entregaste! ¡Te cogí! Estabas en salvo y yo perdido, y por tu capricho te metes de nuevo en la boca del caimán porque lloró después de haber bramado! ¡Heme ya consolado, puesto que mi muerte es una venganza! Te cogí en el lazo, amigo, y tendré un compañero humano entre los peces de la sima.
—¡Ah, traidor!—le dije, esforzándome para resistir a su impulso—. ¿Así me pagas haberte querido sacar del peligro!
—Sí—me respondió—. Sé que con tu ayuda hubiera podido salvarme; pero mejor quiero que perezcas conmigo. ¡Antes que mi vida, deseo tu muerte! Ven.
Y, al mismo tiempo, ambas sus parduzcas y nervudas manos se crispaban y adherían a las mías con esfuerzos inauditos; le chispeaban los ojos y arrojaba espuma por la boca; las fuerzas, de cuya pérdida se lamentaba, le volvieron exaltadas por el ímpetu de la cólera y la venganza; apoyaba las rodillas como dos palancas contra los muros perpendiculares de las rocas, y brincaba cual un tigre sobre la raíz, que, enredada en su ropaje, le sostenía a pesar suyo, porque hubiera deseado romperla y con el lleno de su peso arrastrarme más pronto. Parecía cual el maligno espíritu de aquella caverna luchando por atraer una víctima al profundo abismo de su tenebrosa morada.
Por fortuna, se me encajó la rodilla en un hueco de la peña; mi brazo estaba cual clavado al árbol que me servía de apoyo, y luchaba contra los esfuerzos del enano con toda aquella energía que puede inspirar el instinto de la propia conservación en momentos tales. De vez en cuando tomaba penosamente aliento y gritaba con toda la fuerza de mis fatigados pulmones:
—¡Bug-Jargal!
Pero el bramido de la cascada y su lejanía me daban muy cortas esperanzas de que mi voz pudiese alcanzarle.
Mientras tanto, el enano, que no creía hallarse con tal resistencia, redoblaba sus frenéticas sacudidas, y ya empezaba yo a decaer de mi vigor, aun cuando esta lucha duró mucho menos tiempo del que tardo en contarla. Una insoportable tirantez me adormecía el brazo; se me anublaba la vista; lívidas y dudosas vislumbres cruzaban por delante de mis ojos; zumbábanme los oídos; oía crujir la raíz, próxima a romperse; oía reír el monstruo, próximo a precipitarse, y parecíame cual si los remolinos de la sima se fueran acercando, ansiosos de tragarme entre sus ondas.
Antes, empero, de abandonarme al cansancio y a la desesperación, tenté el último esfuerzo, y recogiendo el resto de mis agotadas fuerzas, clamé por otra vez aún:
—¡Bug-Jargal!
Un ladrido me dió respuesta... Conocí a Rask... Alcé los ojos, y Bug-Jargal y su perro estaban en el borde de la grieta. Ignoro si oyó mis clamores o si algún temor secreto le hizo volver; pero viendo mi peligro, me gritó:
—¡Sostente!
Habibrah, que temía mi salvación, me dijo a su vez, lleno de rabia:
—¡Ven, vente conmigo!
Y reunió todo el resto de su vigor sobrenatural, a fin de apresurar el desenlace. En este instante mismo, el brazo fatigado se me desprendió del tronco, y no quedaba ya recurso contra mi suerte, cuando me sentí asir por la espalda. Era Rask, que a una seña de su amo había saltado de la hendedura a la caverna y me tenía agarrado con violencia por el cuello del vestido. Este inesperado socorro me salvó. Habibrah había agotado todo su vigor en aquel esfuerzo postrero, y yo recobré el suficiente para desasirme de sus manos. Sus dedos, tiesos y adormecidos, tuvieron al fin que soltar la presa; la raíz, por tan largo tiempo sacudida, cedió al cabo a su peso, y mientras Rask me arrastraba hacia atrás con ímpetu, el vil enano se precipitó entre los copos de espuma de la lóbrega cascada, lanzándome una maldición que no alcancé a oír, y que fué a perderse, cual su cuerpo, en los recónditos senos del abismo. Tal fué la suerte del bufón de mi tío.
LV
Tan espantosa escena, tan desesperada lucha, tan terrible desenlace, me habían postrado, y quedé casi sin fuerza y sin conocimiento. La voz de Bug-Jargal me reanimó.
—Hermano—me dijo—, date prisa a salir de ahí, que dentro de media hora se habrá hundido el sol en el horizonte. Abajo voy a esperarte, y tú deja que Rask te sirva de guía.
Estas amistosas palabras me infundieron a la vez esperanzas, vigor y ánimo. Incorporéme, y siguiendo los ladridos del perro por entre la obscuridad de la bóveda subterránea, empecé luego a ver despuntar la luz del cielo, y llegados en fin a la boca de la cueva, respiré con desembarazo el aire libre. Al salir de aquel paso tenebroso, recordé la profecía del enano en el momento de entrar: Dos somos, y uno solo volverá a salir por esta bóveda y a hollar esta senda. ¡Sus esperanzas habían quedado burladas; su vaticinio solo había salido verdadero!
LVI
Llegado al valle, encontré a Bug-Jargal, y, arrojándome en sus brazos, me quedé oprimido de tan violentas sensaciones, con mil preguntas que dirigirle y sin poder proferir un solo acento.
—Escucha—me dijo—: tu mujer y mi hermana están en salvo. La entregué en el campamento de los blancos a uno de tus parientes que mandaba las avanzadas, y también quise darme por prisionero, no fuese que inmolasen las diez cabezas que en rehenes responden de la mía. Tu pariente me aconsejó que huyera y procurara impedir tu suplicio, seguro de que los diez negros no serían ajusticiados, a menos que tú lo fueses, lo que debía anunciar Biassou enarbolando una bandera negra en el pico más elevado de nuestras montañas. Eché entonces a correr, Rask me sirvió de guía, y, gracias sean dadas al cielo, aun pude llegar a tiempo. Tú vivirás y yo también viviré.
Me alargó la mano y añadió:
—Hermano, ¿estás satisfecho?
Le estreché de nuevo en mis brazos, le rogué que no se separara jamás de mí, que permaneciera entre los blancos, y le ofrecí un grado en el ejército colonial. Aquí me interrumpió, diciendo con aire feroz:
—Hermano, ¿te he propuesto yo acaso que te alistes entre los míos?
Callé, conociendo mi yerro, y él prosiguió en tono festivo:
—Anda, vamos pronto a ver y a consolar a tu mujer.
Semejante propuesta respondía a una necesidad imperiosa de mi alma; me levanté, pues, embriagado de júbilo, y empezamos a caminar. El negro, que conocía la senda, iba delante; Rask nos seguía...
Aquí se detuvo D’Auverney, y echó una mirada lúgubre en derredor; le corría el sudor a gruesas gotas por la frente y se cubrió el rostro entre ambas manos. Rask le estaba mirando con desasosiego.
—Sí, asimismo me mirabas...—pronunció con voz apagada.
Y un minuto después, levantándose con ímpetu, se salió de la tienda; el sargento y el perro le fueron en seguimiento.
LVII
—Apostaría—dijo Enrique—a que nos acercamos al desenlace. De veras que sentiría cualquier desgracia de Bug-Jargal, que era un hombre de prueba.
Pascual se quitó de la boca el frasco forrado en mimbres, y dijo:
—Doce cajas de botellas de Oporto daría yo por ver el cascarón de coco que se bebió de un trago.
Alfredo, que estaba distraído pensando en algún acompañamiento de guitarra, volvió en sí, y pidiéndole a Enrique que le arreglara los cordones, añadió:
—Ese negro me interesa mucho. Solo que tengo curiosidad de preguntarle a D’Auverney, y no me he atrevido, si sabía la canción de La hermosa de Padilla.
—Más raro es aquel Biassou—prosiguió Pascual—. Su vino, sabiendo a pez, no debía de ser muy bueno; pero siquiera ese hombre sabía lo que era un francés. Si me hubiera cogido prisionero, me habría dejado crecer el bigote para que me adelantara en prenda unos cuantos pesos, como dicen que hizo aquel capitán portugués en Goa. ¡Voto a Dios, que mis acreedores son más duros de corazón que Biassou!
—Ahora que me acuerdo, capitán, allá van cuatro luises que le debo—dijo Enrique, alargando su bolsa a Pascual.
El capitán miró atónito a este deudor generoso, que más derecho hubiese tenido a llamarse acreedor. Enrique se apresuró a decir:
—Y vamos, señores, ¿qué les parece a ustedes de la historia que nos cuenta el capitán?
—A fe mía—contestó Alfredo—, que no he puesto mucha atención; pero me aguardaba cosa mejor del melancólico D’Auverney. Además, hay una canción en prosa, y eso no me gusta. ¿A qué música puede arreglarse? En conclusión, la historia de Bug-Jargal me fastidia: es demasiado larga.
—Y mucha razón que lleva—repuso el ayudante Pascual—; es demasiado larga. A no ser por la pipa y el frasco, habría pasado muy mala noche. Y luego, reparen ustedes, caballeros, en que tiene muchísimos disparates. Por ejemplo: ¿quién ha de creerse que ese enanillo brujo, Ahí verás, o como se llame, quiso ahogarse por ahogar a su enemigo?
—Y, sobre todo, en agua, ¿no es cierto, capitán Pascual?—respondió Enrique de broma—. A mí lo que me dió más golpe fué reparar en cómo el perro cojo alzaba la cabeza a cada vez que se repetía el nombre de Bug-Jargal.
—En eso—dijo Pascual—, hacía todo al revés de las viejas de Celadas cuando el padre predicador mentaba a Jesucristo. Yo entré en la iglesia con una docena de coraceros...
El ruido del centinela al presentar las armas avisó el regreso de D’Auverney. Todos callaron, y él continuó por algún rato paseando la estancia con los brazos cruzados y en silencio. Tadeo, acurrucado como antes en un rincón, le miraba a hurtadillas, y mientras tanto, hacía como si acariciase a Rask, a fin de que el capitán no reparase en su sobresalto.
D’Auverney prosiguió al cabo en su relación.
LVIII
—Rask iba siguiéndonos. Ni aun la más elevada cumbre del valle lucía ya bañada por los rayos del sol, cuando una fugaz vislumbre de luz apareció en su cima y pasó luego cual súbito relámpago. El negro se estremeció y me apretó con violencia la mano.
—Escucha—dijo—.
Y, en seguida, un sordo ruido, semejante al estrépito de un cañón, resonó en las cañadas y perdióse retumbando por los ecos del monte.
—¡Esa es la señal!—exclamó el negro en lúgubre acento.
Y luego añadió:
—¿No ha sido un cañonazo?
Hice con la cabeza un gesto afirmativo. Él entonces trepó en dos saltos a una encumbrada loma, y yo le seguí. Llegados arriba, cruzó los brazos y me preguntó con melancólica sonrisa:
—¿Lo ves?
Miré hacia el punto que señalaba, y observé el elevado pico que me indicó en nuestra entrevista con María, único iluminado aún por los postreros rayos del astro del día, y en cuyo más empinado risco ondeaba al viento una negra bandera.
Aquí, D’Auverney hizo una pausa.
—Después supe que Biassou, ansioso de ponerse en movimiento y creyéndome muerto, mandó enarbolar el estandarte sin esperar el regreso de mis verdugos.
Allí seguía inmóvil Bug-Jargal, en pie, con los brazos cruzados y contemplando el lúgubre pendón. De súbito se volvió con ímpetu y dió algunos pasos como para bajar la ladera.
—¡Oh, Dios! ¡Eterno Dios! ¡Mis infelices compañeros!...
Se acercó de nuevo a mí y me preguntó:
—¿Oíste el cañonazo?
Yo no repliqué.
—Pues bien, hermano, era la señal convenida. Ya los sacan...
E hincó la cabeza sobre el pecho; luego se me aproximó aún más, diciendo:
—Hermano, anda a buscar a tu mujer, que Rask te enseñará el camino.
Y se puso a silbar una canción africana; el perro entonces empezó a menear la cola y aparentó querer encaminarse hacia un extremo del valle.
Bug-Jargal me agarró la mano e hizo un esfuerzo por sonreírse; mas era aquella una sonrisa convulsiva.
—¡Adiós!—gritó con voz de trueno.
Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.
Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me hacía prever mayores desdichas. Rask, viendo desaparecer a su amo, se acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego, se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que al fin...—
Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:
—Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.
El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero, sin embargo, trató de obedecer el mandato.
—Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot, fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo, y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán, no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán, cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos horas después se escapó, haciendo un gran agujero...
D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:
—¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no había vuelto—lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo extrañaba—, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se llamaba la Boca Grande del Diablo, a distancia del campamento como de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento, me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento llegó su perrazo, ¡pobre Rask!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a usted muerto... y estaba furioso... y mandé...
El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la fatal palabra.
—Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde entonces acá, caballeros—y meneaba el sargento con dolor la cabeza—, está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía, pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.
Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:
—¡Bug-Jargal había muerto!
Tadeo inclinó la cabeza.
—Sí—dijo—. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!
NOTA
Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney, a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he aquí cuanto hemos averiguado:
Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe, redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles, como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que entrase sin demora el representante.
Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas, sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el representante al general, le dijo a media voz:
—Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los enemigos domésticos.
—¿Qué queréis decir, ciudadano representante?—respondió el general, sorprendido.
—Hay en vuestro ejército—prosiguió con misterio el comisionado de la Convención—un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?
—Y tanto—replicó el general—. Ahora mismo estaba leyendo el parte del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un excelente capitán.
—¡Cómo es eso, ciudadano general!—-dijo el representante del pueblo con altivez—. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?
—No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...
En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.
—La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin tardanza.
El general respondió con frialdad:
—No puede ser.
—¿Que no puede ser?—repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba—. ¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis! Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela aquí: Leopoldo Auverney (ex-de), capitán en el regimiento número 32, está convicto: Primo, de haber contado en un conciliábulo de conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar las añejas supersticiones intituladas trono y religión; secundo, de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables, y entre ellos la emancipación de los ex negros de Santo Domingo, de voces que desaprueba todo buen descamisado; tertio, de haber empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra señores, y nunca la de ciudadanos; quarto, de haber, por fin, con dicha relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida?
—Este enemigo de la nación—replicó el general con dignidad—se ha sacrificado por ella—. A esos apuntes que me habéis leído contestaré con otros muy diferentes; escuchadme ahora a vuestro turno: Leopoldo d’Auverney, capitán del regimiento número 32, ha decidido la nueva victoria conseguida por nuestras armas. Los enemigos, coligados, tenían establecido un reducto formidable, que era preciso tomar, por ser la llave de la posición de donde pendía el éxito de la batalla. La muerte del primer valiente que fuera al asalto era cosa segura: el capitán D’Auverney se ha sacrificado. Tomó el reducto, conseguimos la victoria y él murió en la empresa; se han encontrado muertos también, a sus pies, al sargento Tadeo, del mismo regimiento, y a un perro. Por lo tanto, propongo a la Convención nacional que se sirva declarar benemérito de la patria al capitán Leopoldo d’Auverney. Ya veis, representante—añadió el general con calma—, la gran diferencia de nuestros cargos. Cada cual enviamos una lista a la Convención, y el mismo nombre se encuentra en ambas. Pero vos le proclamáis por traidor y yo por héroe; vos le consignáis a la ignominia; yo, a la gloria; vos le erigís un cadalso; yo, un trofeo; a cada cual su oficio. ¡Fortuna, sin embargo, que este valiente ha sabido escapar del suplicio que le teníais preparado, pereciendo en el campo de batalla! A Dios gracias, murió la víctima que deseabais inmolar sin querer aguardaros.
El representante, furioso al ver desvanecerse su conspiración con el conspirador, prorrumpió entre dientes:
—¡Ha muerto! ¡Qué lástima!
El general lo oyó, y repuso indignado:
—Aún os queda un arbitrio, ciudadano representante del pueblo. Id y buscad entre los escombros del reducto el cuerpo del capitán D’Auverney. ¡Quién sabe! ¡Quizá las balas de los cañones enemigos habrán dejado intacta para la guillotina nacional la cabeza del cadáver!
(Escrito en 1826.)
FIN