1832 (continued 2)
Dionisio Alcalá-Galiano translation
El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de usurpación de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas y de exigir la responsabilidad.
Yo aproveché la coyuntura para arrancarle a M. De Blanchelande las órdenes que con tal anhelo solicitaba, y salí, a fin de reunir mi tropa y ponerme de nuevo en marcha hacia el Acul, no obstante el cansancio de que todos, excepto yo, daban muestras.
XVII
Iban ya despuntando los primeros albores de la mañana cuando acudí a la plaza de Armas, despertando a los milicianos, que dormían echados en sus capotes, mezclados con los Dragones encarnados y amarillos, con los fugitivos del llano, con los ganados que mugían y balaban, y con los efectos de toda especie introducidos en la ciudad por los dueños de haciendas. En medio de tal desorden, iba ya logrando poner mi escasa fuerza en orden, cuando vi acudir hacia mí, a escape tendido, un dragón amarillo, cubierto de sudor y de polvo, y, adelantándome a su encuentro, supe con espanto, a las pocas y entrecortadas palabras que pronunció, que mis temores se habían realizado, que la insurrección se había propagado por las vegas del Acul y que los negros habían puesto sitio al castillo de Galifet, donde se habían refugiado la milicia y los hacendados blancos. Y aquí convendrá decir que el castillo de Galifet era de muy poca importancia, pues en Santo Domingo se le daba aquel pomposo nombre a cualquier fortín de campaña.
No había, pues, ni un momento que perder. Busqué cuantos caballos me fué dable para montar mi tropa, y sirviéndome el dragón de guía, llegamos a la hacienda de mi tío hacia las diez de la mañana. Apenas eché una mirada sobre aquellos magníficos plantíos, convertidos en un mar de llamas que despedían de su seno espesas olas de humo, entre las cuales cruzaban, arrebatados como leves chispas por el viento, gruesos troncos de árboles vomitando fuego. El espantoso crujir del incendio, como que respondía a los aullidos lejanos de los negros rebeldes, a quienes alcanzaba a oír, aunque no a divisar. Sólo me acusaba un pensamiento, del que no podía distraerme la pérdida de tantas riquezas de que hubiera sido dueño: ¡el salvar a María! Después de conseguirlo, ¿qué me importaba el resto? Sabía que estaba encerrada en el castillo, y mi única súplica a Dios era la de llegar a tiempo. Sólo esta esperanza me alentaba en mis penas y me daba las fuerzas y los bríos de un león.
Por fin, a una vuelta del camino, se descubrió el castillo de Galifet, con el estandarte tricolor ondeando aún en sus murallas, defendidas por un vivo fuego de fusilería. Solté un grito de placer:
—¡A galope, amigos; riendas sueltas y meted espuelas!—dije a mis compañeros.
Y, redoblando el paso, nos arrojamos a campo a traviesa hacia el castillo, a cuyas plantas se veía la habitación de mi tío, desmantelada, pero en pie aún e iluminada por los rojizos reflejos del incendio, que todavía no había hecho en ella presa, pues el viento soplaba de la mar y estaba aislada de cualquier otro edificio.
Una multitud de negros guarecidos en la casa se mostraban a la vez en el ventanaje todo y aun en los techos, y sus armas y antorchas relucían en medio de los incesantes disparos que hacían al castillo, mientras otro y más numeroso tropel de sus camaradas subía, caía y volvía a subir de nuevo por los muros de la fortaleza, rodeados de escalas. Aquellas oleadas de negros, sin cesar rechazados y sin cesar asomando sobre aquellos cenicientos paredones, se asemejaban a un enjambre de hormigas que procuran ascender por la concha de una gruesa tortuga, y de cuyas molestias se liberta de rato en rato el tardo animal con una sacudida.
Tocábamos, por fin, en las obras avanzadas del fuerte, y con la vista fija en el asta de bandera, animé a mis soldados, invocando el nombre de sus familias, recogidas cual la mía al amparo de aquellos muros, en cuyo socorro íbamos. Una aclamación general me respondió, y, formando mi reducido escuadrón en columna, estaba pronto a dar la voz de carga contra el tropel de los asaltantes. En este momento, un grito agudo salió del recinto de la fortaleza; un espeso remolino de humo envolvió todo el edificio, extendiendo por algún espacio sus vaporosos pliegues en derredor de las murallas, de donde salía un rumor semejante al de un horno encendido, y, alzándose luego en el aire, nos dejó ver el castillo de Galifet, dominado por una bandera roja, anuncio de la cabal catástrofe.
XVIII
No diré lo que por mí pasó a la vista de aquel horrible espectáculo. Con vergüenza lo confieso; pero la toma del castillo, la muerte de sus defensores, la carnicería de veinte familias, tamaño, en fin, y tan universal estrago, no me ocupó ni por un instante. ¡María, perdida para mí, arrebatada de mis brazos a las pocas horas de aquella en que me había sido confiada para siempre, perdida por mi culpa, pues si no la hubiera abandonado la noche anterior para ir al Cabo por orden de mi tío, hubiese podido siquiera estar a su lado, y morir junto a ella, y con ella y en su defensa, que casi era no perderla! Tales y tan amargas ideas hicieron subir mi dolor al punto de frenesí. Había en mi desesperación algo de remordimiento.
En esto, mis compañeros clamaron irritados:
—¡Venganza!
Y con el sable en la boca y las pistolas empuñadas en ambas manos, nos metimos por medio de los rebeldes vencedores. Aun cuando en número muy superior, los negros huían al acercarnos; pero delante y detrás, por derecha e izquierda, iban asesinando a los blancos y apresurándose a incendiar el fuerte; nuestro furor se acrecentaba con su cobardía.
A una puerta del castillo se me presentó Tadeo, cubierto de heridas.
—Mi capitán—dijo—: su Pierrot de usted es un hechicero, un obí, como dicen esos condenados negros, o, cuando menos, un diablo. Nos estábamos sosteniendo y ustedes llegaban, con lo que quedaba todo remediado, cuando se entró en la fortaleza no sé por dónde, y cate usted ahí... En cuanto a su señor tío, y su familia... y la señora...
—¿Y María?—le interrumpí—. ¿Dónde está María?
En este momento, un negro de alta estatura salió de entre un parapeto incendiado, llevándose una mujer joven, que gritaba y luchaba en sus brazos. La joven era María; el negro era Pierrot.
—¡Pérfido!—le grité, y le apunté con una de mis pistolas.
Pero otro de los esclavos rebeldes corrió a cubrirle del tiro, y, atravesado por la bala, cayó muerto a mis pies.
Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era Rask, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero erré la puntería.
Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista y di en tierra con un desmayo.
XIX
Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí los ansiosos ojos.
—¡Victoria!—gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso—. ¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...
Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:
—¿Dónde está María?
Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!
Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible atajarlo.
Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el descanso del alma de su fiel Habibrah.
XX
El castillo de Galifet quedaba arruinado, nuestras haciendas habían desaparecido, y era tan excusado cuanto imposible permanecer por más largo tiempo entre aquellos escombros. En la tarde misma regresamos al Cabo.
Llegados allí, una fiebre ardiente se apoderó de mí. Los esfuerzos que hube intentado para domar mi desesperación eran demasiado violentos, y la cuerda, estirada sin mesura, saltó, y caí en un profundo delirio. Todas mis esperanzas burladas, mi amor profanado, mi amistad vendida, mi porvenir perdido, y, sobre todo, los implacables celos, trastornaron mi juicio, y juzgaba sin cesar que veía las llamas circular por mis venas. La cabeza se me partía y las furias me desgarraban las entrañas. Me representaba a María en poder de otro dueño, de otro amante; en poder de un esclavo, de Pierrot. Dicen que en aquellos momentos me arrojaba del lecho, y eran necesarios seis hombres para impedir que me deshiciera el cráneo contra las paredes. ¡Ah! ¿Por qué no me dejaron entonces morir?
La crisis pasó. Los médicos, los cuidados de Tadeo y no sé qué fuerza vivificante de la juventud vencieron el mal, aquel mal que hubiera podido ser un bien tan grande. Curé al cabo de diez días, y no me afligí por ello. Me alegré de poder vivir algún tiempo más para vengarme.
Apenas convalecido, fuí a solicitar del señor De Blanchelande que me pusiese en servicio activo, y quiso él confiarme la defensa de algún punto fortificado; pero yo le supliqué que me agregara en clase de voluntario a cualquiera de las columnas volantes que acostumbraban a hacer expediciones contra los negros para barrer el país. Mientras tanto, se había fortificado de ligero la ciudad del Cabo, y la insurrección seguía haciendo espantosos progresos. Los negros de Puerto Príncipe empezaban a conmoverse; Biassou hacía de cabeza de los del Limbé, el Dondon y el Acul; Juan Francisco se había declarado generalísimo de los rebeldes de las vegas de Maribarou; Bouckmann, famoso más adelante por su trágico fin, recorría con sus secuaces las riberas de la Limonade, y, por último, las bandas de Morne-Rouge habían aclamado por caudillo a un negro llamado Bug-Jargal.
El carácter de este último, a dar crédito a lo que de él se decía, contrastaba de una manera extraordinaria con la ferocidad de sus iguales. Al paso que Bouckmann y Biassou inventaban mil géneros de muerte para los prisioneros que caían entre sus garras, Bug-Jargal se apresuraba a facilitarles medios para salir de la isla. Los primeros celebraban contratos con las lanchas españolas que cruzaban por la costa y les vendían de antemano los despojos de los desgraciados a quienes precisaban a la fuga; Bug-Jargal, por el contrario, había echado a pique varios de estos piratas. M. Colas de Maigné y otros ocho hacendados de distinción fueron desatados por su mandato de la rueda donde los tenía ya ligados Bouckmann para darles tormento, y se contaban de él otros mil actos de generosidad que serían demasiado largos de referir.
Sin embargo, mi sed de venganza no parecía próxima a saciarse, pues no había vuelto a oír hablar de Pierrot. Los rebeldes, al mando de Biassou, seguían hostigando al Cabo, y aun tuvieron una vez el arrojo de subir al cerro que domina la ciudad, costando no poco trabajo el rechazarlos a los cañones de la ciudadela. Entonces el gobernador resolvió acorralarlos hacia lo interior de la isla. La milicia del Acul, el Limbé, Ouanaminta y Maribarou, unidas al regimiento del Cabo y a las terribles compañías de Dragones amarillos y encarnados, formaban nuestro ejército de operaciones. La milicia del Dondon y de Quartier-Dauphin, reforzadas con un cuerpo de voluntarios a las órdenes del comerciante Poncignon, guarnecían la plaza. El gobernador trató primero de desembarazarse de Bug-Jargal, quien le incomodaba en sus movimientos y le alarmaba con sus diversiones. Envió, pues, en su busca la milicia de Ouanaminta, con un batallón del Cabo; pero la columna regresó a los dos días en completa derrota. El gobernador se obstinó en destruir a Bug-Jargal, y mandó salir a las mismas tropas con cincuenta dragones amarillos y cuatrocientos milicianos de Maribarou de refuerzo. Esta segunda expedición quedó más maltratada aún que la primera, y Tadeo, que formaba parte, concibió tal despecho, que me juró, ya de vuelta, vengarse de Bug-Jargal...
Una lágrima brotó de los párpados de D’Auverney; cruzó los brazos y pareció durante algunos minutos como arrobado en dolorosa distracción; mas al fin prosiguió así.
XXI
—Llegó luego la noticia de que Bug-Jargal había salido de Morne-Rouge, dirigiéndose con sus tropas camino de la sierra para reunirse con Biassou. El gobernador se colmó de gozo, y decía, restregándose las manos:
—¡Los cogimos!
Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni aun siquiera nos era dado conocer el sitio.
A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.
XXII
A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había hecho señalar aquel sitio con el nombre de Doma-Mulatos. El río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la florida cubierta indicaban el curso del río.
Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el himno terrible de Oua-Nassé y del Campo del Grand-Pré resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.
El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos contemplaban inmóviles entonando el cántico de Oua-Nassé.
Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro repitió el coro del himno de Oua-Nassé, clavó su bandera en la cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había de morir por mis manos.
Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad ingenioso...—
Aquí la narración se vió interrumpida de repente.
XXIII
Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, empezó a decir, medio tartamudeando:
—Eso es mucha bondad, mi capitán.
Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con aspereza:
—¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?
A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en voz muy baja:
—No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro con su sargento que le tratara de usted.
El capitán se levantó con precipitación:
—Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, Tadeo, ¿me perdonas?
Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar suyo, diciendo:
—Esta es la tercera vez; pero ahora es llorar de gozo.
La paz estaba ajustada; mas siguióse un breve silencio.
—Pero, dime, Tadeo—preguntóle el capitán con blandura—, ¿por qué te has salido del hospital para venirte aquí?
—Con licencia, mi capitán; pero quería saber si hay que ponerle mañana al caballo la mantilla de galones.
Enrique se echó a reír.
—Mejor hubieras hecho, Tadeo, en preguntarle al cirujano si habías de ponerte dos onzas de hilas en el brazo herido.
—O en averiguar—prosiguió Pascual—si podrías beber un poquito de vino para refrescarte; por el pronto, aquí está el aguardiente, que por fuerza te hará provecho. Vaya un trago, sargento.
Tadeo se adelantó, hizo un respetuoso saludo, dió sus excusas por agarrar el vaso con la mano izquierda, y le vació con un brindis a la salud de la concurrencia. Esto le infundió bríos.
—Estaba usted, mi capitán, en el momento que... que... ya, pues sí, yo fuí el que propuse entrarnos por los bejucos para que no muriera a pedradas gente cristiana. El oficial, que no sabía nadar y tenía miedo de ahogarse, se oponía con empeño, hasta que, con licencia, caballeros, vió un canto, que a poco no le estruja, caer en la madre del río, sin hundirse en las hierbas. “Más vale—dijo entonces—morir como Faraón de Egipto que no como San Esteban, porque nosotros no somos santos, y Faraón era militar como cualquiera de nosotros.” Conque así, mi oficial, que ya conocerán ustedes que era sujeto de muchas letras, se avino a mi parecer a condición que haría yo el primero la prueba. Voy, pues, y me bajo por la orilla y salto debajo del toldo, agarrándome a las ramas de encima, cuando digo: “Mi capitán, siento que me tiran de una pierna”; me resisto, grito por socorro y me empiezan a dar de sablazos, cuando vea usted aquí que acuden todos los dragones y se meten de mogollón, como diablos, debajo de los bejucos. Sin que nadie lo supiera, los negros de Morne Rouge estaban allí agazapados para probablemente embestirnos por las espaldas un momento después. ¡Vaya, y la que se armaría en el agua! No era buen rato para pescar con caña. Cada cual peleaba, juraba y gritaba como mejor y más podía. Ellos, como estaban desnudos, andaban más listos; pero nuestros golpes eran más duros que los suyos. Se nadaba con un brazo y peleábamos con el otro, como siempre se hace en tales casos; y los que no sabían nadar, digo, mi capitán, se colgaban por una mano de los bejucos, y los negros les tiraban de los pies. En medio de la función, reparé en un negrazo que se defendía como Belcebú contra ocho o diez de los míos; me fuí hacia allá nadando y conocí a Pierrot, llamado también Bug... Pero esto no debe decirse hasta después. ¿Verdad, mi capitán? Reconocí a Pierrot, y, como desde la toma del fuerte andábamos peleados, le agarré por el pescuezo, y él iba ya a sacudirse de mí con una puñalada, cuando me miró a la cara, y, en lugar de matarme, se entregó; que fué una lástima, mi capitán, porque si no se hubiera entregado... Pero eso queda para más adelante. En cuanto los negros le vieron prisionero, se nos echaron todos encima para rescatarle, de modo que también los milicianos se venían al agua para darnos socorro; hasta que él, conociendo que todos los negros iban a quedarse allí, les dijo algunas palabras que serían un exorcismo, porque los puso a todos en huída. Se zambulleron, y en un abrir y cerrar de ojos no quedaba uno. Aquella batalla debajo del agua tenía algo de agradable, y me hubiera entretenido si no hubiera perdido un dedo y mojado diez cartuchos, y si... ¡pobrecillo!, ¡pero estaba escrito, mi capitán!
Y el sargento, después de llevarse, en ademán de saludo militar, la mano a la gorra de cuartel, la levantó hacia el cielo con gesto de inspirado.
D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.
—Sí—dijo—, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche fatal...
Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que prosiguiera, cual así lo hizo.
XXIV
Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...—Tadeo, triunfante, fué a colocarse detrás de su capitán—, mientras la escena que Tadeo acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un pico llamado el Pavo Real por los brillantes reflejos que despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que su caudillo estaba o muerto o prisionero.
Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.
XXV
Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la sierra que se llama en Santo Domingo las montañas dobles, consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.
El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me replicó con gesto de orgullo:
—De Morne-Rouge.
Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, enseñándome el puño cerrado:
—¡Biassou, Biassou!
Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.
La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.
XXVI
Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el collar de hechizos pendiente del cuello, por el delantal de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego que eran las Griotas. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los minstrels de Inglaterra, los minnesinger de Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de griotos. Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia de las bayaderas del Indostán, o de las almeas egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su rojiza lumbre.
Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, comenzó a clamar:
—Ouanga!
Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. Repitieron todas en coro:
—Ouanga!
Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas palabras sacramentales:
—Malé o guiab.
Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con el diablo.” Todas las griotas, imitando el ejemplo de su decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con gravedad:
—Malé o guiab.
Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que se llama risa histérica. En balde fueron todos mis esfuerzos para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y espantosa.
Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en tumulto, aullando antes que diciendo:
—¡Un blanco, un blanco!
Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y ensangrentadas venas.
Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una señal y gritó repetidas veces:
—Zoté cordé, zoté cordé.[6]
Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de la chica.
Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de la chica; el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su balafo, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte que le tenían prevenida al blanco, espectador sacrílego de su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos de estremecerme al notar que, a una señal dada por el balafo, cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas pinzas, o los dientes de una sierra.
El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de chispas.
Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en verdad, un momento de horror!
No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, quien acudía gritando:
—¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi prisionero.
Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que venía el negro acompañado.
Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su pecho velludo, que, según el color, me pareció de salto atrás, donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no sin gran sorpresa, reconocí la gorra de Habibrah. La diferencia única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.
Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:
—¡El obí!
Y cayeron postradas en tierra, por donde adiviné que sería el hechicero del ejército de Biassou.
—¡Basta, basta!—dijo al acercarse a ellas en tono de voz grave y apagada—. Dejad al prisionero de Biassou.
Todas las negras, alzándose en tumulto, arrojaron los instrumentos de muerte de que iban cargadas, volvieron a ceñirse su delantal de plumas y desaparecieron a un gesto del obí cual una nube de langostas.
En este instante pareció clavarse en mí la mirada del hechicero, y con un estremecimiento en todo su cuerpo, dió un paso atrás y extendió la vara hacia las griotas cual para mandarlas regresar. Con todo, después de refunfuñar entre sí, oyéndosele tan sólo la palabra maldito, dijo no sé qué al oído del negro, y se retiró a paso lento, con los brazos cruzados y los ademanes de un hombre embebido en profundas meditaciones.
FOOTNOTES:
XXVII
En seguida me avisó mi vigía que Biassou deseaba verme y que había de prepararme para dentro de una hora a la entrevista con aquel caudillo.
Sin duda, quedábame aún una hora de vida, y mientras transcurría, dejé correr mis miradas por el campamento de los rebeldes, cuyo singular aspecto me demostraba la luz clara del día hasta en los más pequeños pormenores. Quizá en un estado diverso del ánimo no hubiese podido contener la risa al contemplar la inepta vanidad de los negros sobrecargados, casi sin excepción, de insignias guerreras y sacerdotales despojos de sus víctimas. La mayor parte de tales adornos no eran otra cosa que algunos andrajos desapareados y sangrientos. No era cosa rara el ver una gola sobre una sobrepelliz, o una charretera encima de una casulla. Además, sin duda para descansar de las faenas a que habían estado su vida entera sujetos, los negros permanecían en un estado de inacción absolutamente desconocido por nuestros soldados, aun en las horas de descanso. Algunos estaban dormidos al sol, con la cabeza cerca de una hoguera ardiente; otros, con el semblante ya apático, ya furioso, cantaban con voz monótona, sentados en cuclillas a la puerta de sus ajoupas, especie de chozas puntiagudas, techadas con hojas de plátano y de palma, cuya forma cónica se asemejaba a nuestras tiendas de campaña. Las mujeres, negras o pardas, preparaban con ayuda de los negrillos el rancho para los combatientes, y yo los veía revolver con enormes pinchos el maíz, las patatas, los ñames, los plátanos, los guisantes, el coco, la col caribe, que ellos llaman tayo, y toda especie de frutos y plantas indígenas, que hervían mezclados con los cuartos despedazados de cerdos, de perros y de tortugas, en las inmensas calderas robadas de los ingenios. A lo lejos, en los confines del campamento, los griotos y las griotas formaban grandes círculos alrededor de las hogueras, y el viento me traía a veces algunos trozos de sus bárbaras canciones entre la música de las guitarras y balafos. Varios centinelas colocados en la cima de los más cercanos peñascos vigilaban los alrededores del cuartel general de Biassou, cuya única defensa, en caso de ataque, consistía en una línea circular de carretones cargados con las municiones y el botín. Aquellos atezados centinelas, erguidos sobre la aguzada punta de las pirámides de granito de que están erizados los cerros, daban vueltas a menudo, como las veletas de los góticos campanarios, y se corrían con toda la fuerza de sus pulmones esta palabra, que aseguraba el sosiego del campamento:
—Nada, nada.
De tiempo en tiempo se formaba en torno de mi persona un corro de negros curiosos, que todos me contemplaban con aire amenazador.
XXVIII
Al cabo, un piquete de soldados de color, bastante bien armados, se llegó hacia nosotros, y el negro a quien parecía yo pertenecer me desató de la encina a que estaba atado y me entregó en manos del comandante de la escolta, recibiendo en pago un saco, que abrió sin demora, y que estaba lleno de pesos fuertes. Mientras el negro, arrodillado sobre la hierba, los iba contando con ansia manifiesta, los soldados me separaron de allí. En el camino examiné con curiosidad su equipo, que consistía en un uniforme de paño tosco, pardo y amarillo, y cortado a la española: una especie de montera castellana, adornada de una cucarda encarnada[7], les cubría su pelo de lana. En lugar de cartuchera llevaban una especie de morral colgando del costado, y sus armas eran un fusil de mucho peso, un sable y un machete. Después supe que este uniforme era el de la guardia particular de Biassou.
Después de grandes rodeos entre las filas irregulares de chozas, que embarazaban el terreno del campamento, llegamos a la entrada de una gruta, labrada por la naturaleza al pie de uno de aquellos inmensos lienzos de peña viva de que estaba el valle amurallado. Un gran cortinaje de aquella tela tibetana llamada cachemira, y que no tanto se distingue por lo vivo de sus colores cuanto por la suavidad de su trama y lo variado de sus dibujos, escondía a la vista lo interior de esta caverna, rodeada por espesas hileras de soldados, todos con igual equipo que mis conductores.
Tras dar la seña a los dos centinelas que se paseaban a los umbrales de la gruta, el comandante del piquete alzó el cortinaje y me introdujo consigo, dejándole caer tras de mí.
Una lámpara de cobre con cinco mecheros, colgada de unas cadenas a la bóveda, difundía sus trémulos rayos sobre las húmedas paredes de aquella cueva, privada de la luz del día. Entre dos filas de soldados mulatos descubrí a un hombre de color, sentado en un grueso tronco de caobo, medio encubierto por un tapiz de plumas de papagayo. Este hombre pertenecía a la especie de los salto-atrás, que no está separada de los negros sino por diferencias casi imperceptibles. Su vestido era ridículo. Una magnífica faja de red de seda, de donde colgaba una cruz de San Luis, le ceñía a la altura del ombligo unos calzoncillos azules, de lienzo tosco, y una chupa de cotonía blanca, demasiado corta para alcanzarle a la cintura, completaba el resto de su ajuar. Llevaba, además, botas grises, un sombrero redondo, coronado con la cucarda encarnada, y dos charreteras: la una de oro, con estrellas de plata en la pala, cuales usan los mariscales de campo en Francia, y la restante, de lana amarilla. Dos estrellas de cobre, que aparentaban ser dos acicates de espuela, estaban clavadas en la postrera, sin duda para hacerla digna de su brillante compaña. Estas dos charreteras, que no tenían sujeción por medio de presillas en su lugar debido, colgaban por ambos lados de los hombros sobre el pecho del personaje. Un sable y dos pistolas ricamente embutidas estaban a su lado, sobre un tapiz de plumas.
Detrás de su asiento, silenciosos e inmóviles, se veían dos niños con el vestido de esclavos, y cada uno con un inmenso abanico de plumas de pavo real. Estos dos niños eran dos blancos reducidos ahora a cautiverio.
Dos cojines de terciopelo carmesí, que parecían sacados de algún oratorio, señalaban dos puestos a derecha e izquierda del leño de caoba. Uno de ellos, el de la derecha, se hallaba ocupado por el obí que me libertó del furor de las griotas. Estaba él sentado, con las piernas cruzadas, derecha la varita, inmóvil cual un ídolo de porcelana en una pagoda chinesca, tan sólo que a través de las hendeduras del velo veía chispearle los ojos, enardecidos y clavados en mí sin pestañear.
A cada lado del caudillo había unos haces de pendones, banderas y gallardetes de toda especie, entre los cuales reparé en la bandera blanca francesa con flores de lis, la bandera tricolor y la bandera española; las restantes eran insignias de capricho, incluso un gran estandarte de color negro.
A la cabecera de la estancia, por encima del principal personaje, otro objeto llamó asimismo mi atención: un retrato del mulato Ogé, ajusticiado el año anterior en el Cabo por crimen de rebelión con su teniente Juan Bautista Chavanne, y otros veinte cómplices, entre pardos y negros. En este retrato, Ogé, hijo de un carnicero del Cabo, estaba representado como tenía costumbre de hacerse pintar, es decir, con uniforme de teniente coronel, la cruz de San Luis y la orden de mérito del León, que había comprado en Europa al príncipe del Limburgo.
El mulato en cuya presencia me veía yo ahora era hombre de mediana estatura, y en el semblante presentaba una extraña mezcla de astucia y crueldad. Hízome aproximar, me miró por algún tiempo en silencio y, al fin, me dijo con risa amarga y sarcástica, parecida a los aullidos de una hiena:
—Yo soy Biassou.
Aguardaba tal nombre, pero no pude oírle en boca semejante y en medio de aquella feroz carcajada sin temblar interiormente. Mi rostro, empero, se mantuvo sereno y orgulloso, y ni me digné contestarle.
—¿Qué es eso?—repuso en francés menos que mediano—. ¿Te han empalado ya de modo que no puedes doblar el espinazo y hacer una cortesía en presencia de Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los Reales Ejércitos de Su Majestad Católica?—La táctica de los principales caudillos rebeldes consistía en dar a entender que obraban a favor, ya del Rey de Francia, ya de la revolución o ya del Rey de España—.
Crucé los brazos en el pecho y le miré cara a cara con resolución. El volvió a su risa sarcástica, que parece lo tenía por resabio.
—¡Hola, hola! Me pareces hombre de buen ánimo. Pues bien, escúchame lo que voy a decirte: ¿Eres criollo?
—No—le repliqué—, soy francés.
Mi firmeza le hizo arquear el entrecejo, y me respondió con su risa acostumbrada:
—Tanto mejor. Veo por el uniforme que eres oficial. ¿Qué edad tienes?
—Veinte años.
—¿Cuándo los cumpliste?
A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con empeño, y entonces yo le contesté:
—El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.
Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:
—Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad que ejerce este generalísimo sobre la gente del Rey.
Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar Gran Almirante de Francia, y su camarada Biassou, designaban sus catervas de negros y mulatos rebeldes.
Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de ayudantes de campo, dijo:
—Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y para mis soldados el santo sacrificio de la misa.
El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general prorrumpiendo en alta voz:
—¿Dice usted, señor cura, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el bon Giu[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de piedras; hagamos, pues, bon per[9], como ellos hicieron, que al bon Giu le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?
Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse en los costados del extraño altar: Dubuisson y Compañía, en Nantes.
Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.
Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:
—¡De rodillas!
—¡De rodillas!—repitieron los jefes de batallón.
Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.
Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de culto.
El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y exclamó en su dialecto:
—Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan yo touté[10].
A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.
FOOTNOTES:
XXIX
Concluída la ceremonia, el obí se volvió hacia Biassou con una respetuosa reverencia, y entonces, levantándose aquel caudillo, dijo en francés, encarándose conmigo:
—Nos acusan de no tener religión; pero ya ves tú que eso es una calumnia y que somos buenos católicos.
No sé si hablaba irónicamente o de buena fe; mas, al cabo de un momento, hizo que le trajesen un vaso de vidrio lleno de maíz negro, y puso encima unos cuantos granos de maíz blanco, y en seguida, alzando el vaso por encima de su cabeza para que mejor alcanzase a verlo todo el ejército, exclamó:
—Hermanos, vosotros sois el maíz negro, y vuestros enemigos los blancos son el maíz blanco.
En esto meneó el vaso, y cuando casi todos los granos blancos hubieron desaparecido escondidos entre los negros, prorrumpió en decir con aire de inspiración y triunfo:
—Guette blan si la la[11].
Otra aclamación, que retumbó en los ecos de la montaña, acogió la parábola del caudillo, y Biassou prosiguió, mezclando con frecuencia en su mal francés frases o españolas o criollas:
—El tiempo de la mansedumbre ha pasado. Por demasiado largo período hemos aguantado en paz como los carneros, con cuya lana comparan nuestros cabellos los blancos; seamos ahora implacables como los jaguares y panteras de la región de donde nos arrancaron. La fuerza sola adquiere derechos, que todo le pertenece al que se muestra esforzado y sin compasión. San Lobo[12] tiene dos fiestas en el almanaque, y el Cordero Pascual no tiene más de una... ¿No es así, padre capellán?
El obí hizo una reverencia afirmativa.
—Han venido—repuso Biassou—, han venido los enemigos de la regeneración de la humanidad, esos blancos, esos hacendados, esos dueños, esos hombres de negocios, verdaderos demonios vomitados por las furias infernales. Han venido con insolencia, cubiertos, ¡gente vana!, de armas, de plumajes y de ropajes magníficos a la vista, y nos despreciaban porque éramos negros y estábamos desnudos. Pensaban, en su orgullo, dispersarnos con tanta facilidad como estas plumas ahuyentan esos negros enjambres de mosquitos y maringuinos.
Y, al acabar esta comparación, tomó de manos de un esclavo blanco uno de aquellos abanicos que se hacía llevar detrás de sí, y comenzó a sacudirlo con mil gestos vehementes; luego continuó:
—... Pero, hermanos, nuestro ejército se arrojó sobre ellos como las moscas sobre un cadáver; cayeron con sus lucidos uniformes a los golpes de estos brazos desnudos, que juzgaron sin bríos, no sabiendo que la buena madera está más dura cuando le quitan la corteza. Ahora tiemblan esos tiranos aborrecibles: yo gagné peur[13].
Un aullido de gozo y de triunfo respondió a este grito de su jefe, y la caterva toda siguió repitiendo por largo período:
—Yo gagné peur!
—Negros criollos y congos—añadió Biassou—, venganza y libertad. Gente de sangre mixta, no os dejéis ablandar por las seducciones de los diablos blancos. Vuestros padres están entre sus filas, pero vuestras madres están entre las nuestras. Y luego, hermanos de mi alma, jamás os han tratado como padres, sino como amos; tan esclavos erais como los negros. Cuando apenas un miserable harapo cubría vuestros miembros abrasados por el Sol, vuestros bárbaros padres se pavoneaban con muy buenos sombreros y llevaban chaquetas de mahón los días de faena, y los días de fiesta, vestidos de barragán o de terciopelo, a diez y siete cuartos la vara. ¡Maldecid a esos entes desnaturalizados! Pero como los santos mandamientos del bon Giu los protegen, no maltratéis a vuestro propio padre; y si le encontráis entre los contrarios, nada os estorba, amigos, para que no os digáis mutuamente: Touyé papa moé, ma touyé quena toué[14]. ¡Venganza! Gente del Rey: libertad para todos los hombres. Este grito tiene eco en todas las islas: nació en Quisqueya[15] y resonó en Tabago y en Cuba. Un capitán de ciento veinticinco negros cimarrones de las Montañas Azules, un negro de Jamaica, Bouckmann, en fin, fué quien primero alzó el pendón entre nosotros. Un triunfo ha sido su primer acto de fraternidad con los negros de Santo Domingo. Sigamos tan glorioso ejemplo, con la tea en una mano y el hacha en la otra. No haya compasión para los blancos, para los dueños. Matemos las familias, arruinemos sus plantíos, no dejemos en sus haciendas un árbol siquiera sin tener las raíces hacia el cielo. ¡Trastornemos la tierra para que se trague a los blancos! ¡Animo, pues, hermanos y amigos! Pronto iremos a pelear y exterminarlos. Triunfaremos o moriremos en la empresa. Vencedores, gozaremos a nuestra vez de todos los deleites de la vida; si morimos, iremos al cielo, donde los santos nos esperan; al paraíso, donde cada bravo tendrá ración doble de aguardiente y un peso en plata al día.
Esta especie de sermón soldadesco, que a ustedes, señores, no les parecerá más que risible, produjo entre los rebeldes un efecto maravilloso. Verdad es que los extraños gestos de Biassou, el acento inspirado de su voz, el extraordinario sarcasmo que cortaba a veces sus palabras, infundían a su arenga no sé qué oculto poderío de seducción. El arte con que entreveraba con sus declamaciones pormenores a propósito calculados para halagar las pasiones o el interés de los insurgentes, añadía cierto grado de fuerza a aquella elocuencia, tan adecuada para aquel auditorio.
No intentaré pintar qué grado de tétrico entusiasmo se manifestó en el ejército tras la alocución de Biassou. Fué un concierto discordante de clamores, de aullidos y de lamentos. Golpeábanse unos el pecho, sacudían otros sus mazas y sables, muchos permanecían de rodillas en actitud de inmóvil éxtasis. Las negras se desgarraban el seno y los brazos con las espinas de pescado que les servían para peinar sus cabellos. Las guitarras, los timbales, las cajas y los balafos mezclaban su estrépito con las descargas de fusilería. Era, por fin, aquello una algazara infernal.
Hizo Biassou un gesto con la mano, y el tumulto cesó luego como por encanto, y cada negro fuese en silencio a ocupar su puesto. Tan severa disciplina a que había doblegado Biassou a sus iguales, por el mero ascendiente de su ingenio y voluntad firme, me llenaron, por decirlo así, de admiración. Todos los soldados de aquel ejército parecían hablar y moverse al impulso del caudillo como las teclas del órgano ceden a los dedos del músico.
FOOTNOTES:
XXX
Otro nuevo espectáculo y género nuevo de charlatanismo y alucinamiento excitó mi curiosidad; a saber: la curación de los heridos. El obí, que ejercía en el ejército el doble cargo de médico para las dolencias del alma y del cuerpo, había empezado a visitar los pacientes. Se había desnudado de sus atavíos sacerdotales y llevaba junto a sí un gran cajón con compartimientos, donde iban sus drogas y herramientas, aunque, a decir verdad, poco usaba de sus instrumentos quirúrgicos; y excepto una lanceta de espina de pescado, con la que practicaba con suma habilidad una sangría, le tuve por muy torpe en el asunto, manifestando gran embarazo en manejar las tenazas que le servían de pinzas y el cuchillo que hacía de bisturí. La mayor parte del tiempo se contentaba con recetar cocimientos de naranjas silvestres, de zarzaparrilla o raíz de China, con algunos sorbos de aguardiente de cañas añejo. Su remedio favorito y, según él decía, soberano, constaba de tres copas de vino tinto mezclado con polvos de nuez moscada y la yema de un huevo duro, cocido entre el rescoldo. De este específico se servía para curar cualquier especie de llaga o dolencia. Fácil es de conocer que semejante medicina era tan irrisoria como el culto divino de que se fingía sacerdote, y es de calcular que el muy corto número de curas hijas del acaso no le hubieran bastado para conservar la confianza de los negros si no hubiera añadido los sortilegios a sus drogas y tratado de obrar con tanta más violencia sobre la imaginación de sus pacientes cuanto menor era su influjo verdadero sobre los males. Así es que ya se contentaba con tocar sus heridas haciendo algunos gestos místicos, ya valiéndose con tino de aquel resto de sus antiguas supersticiones, que mezclaba con su catolicismo reciente, metía en la llaga una piedrecita fetiche envuelta en hilas, y el herido atribuía a la piedra los saludables efectos de su cubierta. Si le anunciaban que alguno de los heridos bajo su cuidado había muerto, o de las resultas del daño original, o aun quizá de su propio desatinado método de cura, respondía en tono solemne:
—Ya lo tenía yo previsto: era un traidor que en el incendio de tal hacienda salvó a un blanco, y su muerte es un castigo.
Entonces, la caterva de atónitos rebeldes le aplaudía, más enconada aún en sus sentimientos de odio y de venganza. El charlatán se valió aún de otro sistema curativo que me chocó por su extrañeza. Era el paciente uno de los jefes negros, herido de bastante gravedad en el postrer encuentro, y, después de haber examinado la lesión y de hacer la cura lo mejor que pudo, exclamó, subiendo al altar:
—Todo esto no vale nada.
Desgarró luego tres o cuatro hojas del misal, las quemó a la luz de los cirios robados de la iglesia del Acul y, mezclando estas cenizas del papel consagrado con unas cuantas gotas de vino echadas en el cáliz, dijo al herido:
—Bebe, que aquí va la salud[16].
Bebió el otro, lleno de fe, clavando sus estúpidas miradas en el juglar, que tenía elevadas sobre él las manos, cual invocando la bendición celeste, y quizá el convencimiento de que estaba ya sano contribuyó no poco a lograr la cura.
XXXI
Siguióse a esta escena otra en que el velado obí representó aún el principal papel: el médico había reemplazado al sacerdote; el zahorí reemplazó ahora al médico.
—Hombres, escuchad—exclamó el obí, saltando con agilidad increíble sobre el altar improvisado, donde vino a caer sentado, con las piernas cruzadas bajo sus abotargadas enaguas—. Escuchad, hombres; cuantos quieran leer en el libro del destino el secreto de su vida, que se acerquen y se lo diré: He estudiado la ciencia de los gitanos.
Una caterva de negros y de mulatos se acercaron con precipitación.
—Uno tras otro—dijo el obí, cuya voz hueca y ronca cobraba a veces un acento atiplado y chillón, que me chocaba como un recuerdo—. Si venís todos juntos, juntos iréis a la hoya.
Entonces se detuvieron, y, en este instante, un hombre de color, vestido al uso de los hacendados ricos, con chaqueta y pantalón blanco y un pañuelo atado en la cabeza, se acercó a Biassou; la consternación se hallaba retratada en su semblante.
—¡Y bien!—dijo el generalísimo en voz baja—, ¿qué es eso?, ¿qué tienes, Rigaud?
Era, pues, el caudillo mulato de las gavillas de los Cayos, conocido más en adelante bajo el nombre del general Rigaud, hombre astuto bajo apariencia de candidez y cruel bajo la capa de dulzura. Le examiné con atención.
—Mi general—respondió Rigaud—porque si bien hablaba en tono muy bajo, estaba yo tan próximo a Biassou que logré oírles—, a la entrada del campamento hay un mensajero de Juan Francisco con la noticia de que Bouckmann ha muerto en un encuentro con M. De Touzard, y que los blancos han colgado su cabeza en la ciudad por trofeo.
—¿No hay más que eso?—contestó Biassou, brillándole los ojos de gozo al ver disminuirse el número de los cabecillas y acrecentarse, por consiguiente, su importancia.
—Además, el emisario de Juan Francisco trae un mensaje para el general.
—Bien está—repuso Biassou—; pero amigo Rigaud, no tengas esa cara de espanto.
—Pues ¿qué, mi general—objetó Rigaud—, la muerte de Bouckmann no podrá producir mal efecto en la tropa?
—No eres tan sencillo, Rigaud, como aparentas—replicó su jefe—; mas ahora vas a juzgar a Biassou. Haz que el mensajero se retarde en entrar un cuarto de hora, y eso basta.
Entonces se acercó al obí, que durante esta conversación, escuchada por mí tan sólo, había comenzado su oficio de adivino, examinando los signos de sus frentes y de la palma de sus manos y repartiéndoles más o menos felicidad venidera, según el sonido, el color y el tamaño de la moneda que cada cual de ellos echaba a sus pies, en una patena de plata dorada. Díjole Biassou unas breves palabras al oído, y el hechicero, sin detenerse, continuó sus observaciones de adivinanza.
—El que lleva en medio de la frente—decía el obí—, en la arruga del sol, una figura pequeña cuadrada o en triángulo, hará una gran fortuna sin afán ni trabajos.
La figura de tres S. S. S. juntas, en cualquier lugar de la frente que se hallen, es un signo muy funesto. Quien la lleva se ahogará sin remedio si no huye del agua con sumo cuidado.
Cuatro líneas que arranquen de la nariz y a pares se arqueen por encima de los ojos, anuncian que algún día habrá de caer el sujeto prisionero de guerra y de gemir cautivo en manos de los extraños.
Aquí el obí hizo una pausa.
—Compañeros—añadió con gravedad—: tenía yo observado este signo en el semblante de Bug-Jargal, caudillo de los valientes de Morne-Rouge.
A tales palabras, que me confirmaron aún más el aprisionamiento de Bug-Jargal, siguiéronse los lamentos de una gavilla, compuesta de negros exclusivamente, y cuyos principales jefes llevaban calzoncillos encarnados: era la división de Morne-Rouge.
Sin embargo, el obí prosiguió:
—Si tenéis en el lado derecho de la frente, sobre la línea de la luna, alguna figura en semejanza de horquilla, temed el estar ociosos o el entregaros demasiado a los placeres.
Un signo pequeño, aunque muy importante, que es la figura árabe del número 3, sobre la línea del sol anuncia azotes...
Un negro viejo español de Santo Domingo interrumpió al obí, acercándose a él implorando socorro. Estaba herido en la frente, y uno de sus ojos, arrancado de la órbita, le colgaba chorreando sangre. El obí le había dejado olvidado en su revista médica, y al momento que le vió, dijo:
—Figuras redondas en la región derecha de la frente, sobre la línea de la luna, indican dolencias en los ojos. Hombre, ese signo está muy visible en tu frente; a ver, dame la mano.
—¡Ay, excelentísimo señor!—replicó el herido—. Mire usted mi ojo.
—¡Vejancón![17]—respondió de mal humor el obí—, ¿qué necesidad tengo yo de verte los ojos? Daca la mano, digo.
El desdichado alargó la mano, repitiendo siempre en voz baja:
—¡Ay, mi ojo!
—Bueno—dijo el zahorí—. Si en la línea de la vida se descubre un punto rodeado de un círculo pequeño y de color negro, se quedará tuerta la persona, porque este signo anuncia la pérdida de un ojo. Eso es: aquí, aquí está el punto, y el círculo, y serás tuerto.
—¡Ya lo soy!—respondió el vejancón gimiendo en tono lastimero.
Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza, y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:
—Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas, retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona será breve.
Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos flechas cruzadas morirá en una batalla.
Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona aquella perecerá en un cadalso... Y ahora—añadió el obí—debo decir, hermanos, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.
A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento, inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de atención que tanto se asemeja al estupor.
—Tan sólo hay—prosiguió el obí—que no sé cómo concuerden ambos signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.
Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.
—La boca abierta y lacia—tornó a decir el obí, volviéndose hacia el concurso y con tono bufón y malicioso—, una actitud insignificante, los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad embrutecida.
Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango, y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado, un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N., enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; ¡viva el rey!” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco.
El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto desconsolado:
—¡Tropas del rey!
Los negros hicieron una profunda reverencia.
—¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de España y de las Indias.
Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe; Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su ciudad del Cabo. ¡Venganza!
El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto, el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita blanca con gestos triunfantes.
—Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht, Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La ciencia de los zahorís no me ha engañado. Hijos, amigos, hermanos, muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí, ¿no lo había yo vaticinado? ¿Qué había dicho? Los signos de la frente de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso. Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.
El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:
—Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou, mariscal de campo?
El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al mariscal de campo:
—Venga vuestra merced.
En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote, y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún movimiento de enojo.
—La mano, mi general—dijo el obí, inclinándose para cogerla—. Empiezo: la línea de la coyuntura, señalada con igualdad en toda su extensión, le promete riquezas y felicidad. La línea de la vida, larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la generosidad del corazón; en fin, aquí veo lo que los nigrománticos llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las grandezas. La línea de la salud, muy larga, confirma los pronósticos de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una severidad provechosa.
A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto y tono:
—Sembrada de círculos pequeños, la línea de la salud anuncia gran cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los blancos, si no los extermina. La línea de la fortuna, rodeada, como su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el talento para gobernar. La quinta línea, la del triángulo, que se prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de Bouckmann—añadió el obí en voz sonora—. La eminencia que se forma a la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles: honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales, porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y que anuncia dignidades y poderío.
“¡Feliz—dice Eleazar Taleb—el mortal que lleva tales señales! ¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará el genio que confiere gloria!” Ahora, mi general, voy a mirarle la frente. “El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del sol, una figura cuadrada—dice Raquel Flintz, la gitana—o bien un triángulo, hará gran fortuna.” Aquí está, y bien señalada. Si el signo está a la derecha, promete una herencia importante. La misma de la gloria de Bouckmann. El signo de una herradura en el entrecejo, por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar sus injurias y la tiranía que haya sufrido. Yo tengo este signo, y mi general también...—
El modo en que el obí pronunció las palabras yo tengo este signo, me volvió a chocar por lo extraordinario.
—También se le ve—añadió con el mismo tono—en los valientes que saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María. En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre elegido por el destino.
—Gracias, señor capellán—dijo Biassou regresando hacia su trono de caoba.
—Aguárdese, señor general—-repuso el obí—, que se me olvidaba otro signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación a la magnificencia.
Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin de no desmentir a la línea del sol.
Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y, ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general, prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”
El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.
No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento, y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.
—Señor obí, señor cura, doctor, médico, señor capellán, bon per—le dije.
Volvióse hacia mí con presteza.
—Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y ésa soy yo.
Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho, y no me replicó; yo continué:
—De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.
Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:
—Te equivocas; dame la mano.
Alarguésela, mirándole cara a cara; chispeábanle los ojos y hacía ademán de examinarme la mano.
—Si la línea de la vida—me dijo—está cortada hacia la mitad por dos rayas transversales y visibles, es indicio de muerte próxima. Tu muerte está próxima.
Si no se encuentra la línea de la salud en el centro de la mano y existen tan sólo las de la vida y la fortuna reunidas en su origen de modo que formen un ángulo, no se espere quien tenga tal signo a morir de muerte natural. No aguardes, pues, una muerte natural.
Si la faz interior del índice tiene una raya que la atraviesa en todo su largo, muere el sujeto de un modo violento.
Había algo de júbilo en aquella voz sepulcral que me anunciaba la muerte; pero yo le oí con indiferencia y menosprecio.
—Zahorí—le dije con una sonrisa de desdén—, se conoce que eres hábil y que pronosticas lo que cualquiera ve que es seguro.
Se me acercó más a esto.
—¡Conque dudas de mi ciencia! Pues bien: escúchame de nuevo. La interrupción en la línea del sol sobre tu frente me anuncia que tienes por enemigo a un amigo, y a un amigo por un enemigo...
El sentido de tales palabras aparentaba aludir al pérfido Pierrot, a quien amaba, y que me había sido traidor, y al fiel Habibrah, a quien aborrecía, y cuyos ensangrentados vestidos atestiguaban su animosa muerte y su constancia.
—¿Qué pretendes decir?—exclamé.
—Escucha hasta el cabo—prosiguió el obí—. Ya te he hablado del porvenir, y ahora toca lo pasado. La línea de la luna presenta una curva ligera en la frente: esto significa que te han arrebatado a tu mujer.
Me estremecí, y quise lanzarme del asiento; pero los centinelas me contuvieron.
—¡No tienes paciencia! Oyelo todo—repuso el obí—. La cruz pequeña en que remata la curva completa la explicación. Tu mujer te fué arrebatada la noche misma de la boda.
—¡Miserable!—prorrumpí—, ¿sabes tú dónde está?... ¿Quién eres?
Y probé a soltarme de nuevo y arrancarle el velo; pero me fué preciso ceder al número y la fuerza, y vi con rabia alejarse al misterioso obí, diciéndome:
—¿Me creerás ahora? ¡Prepárate para tu muerte inmediata!
FOOTNOTES:
XXXII
Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y el obí ante sus atónitas gavillas.
Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación; Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido a saber del mariscal de campo si se mandaba desfilar al ejército, cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus siniestros gritos:
—Mort! Mort!—decían algunos.
—¡Mueran! ¡Mueran!—repetían otros; y
—Death! Death!—respondían algunos negros ingleses, quizá de los secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los negros españoles y franceses de Biassou.
El mariscal de campo les impuso silencio, y con un gesto mandó adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel ciudadano general C..., aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo, que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe, que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por separado, procurando ocultarse en la sierra.
El artesano sufrió primero su interrogatorio:
—¿Quién eres?—le dijo Biassou.
—Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en el Cabo.
Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del generalísimo del país conquistado.
—¡Santiago Belin!—repitió mordiéndose los labios.
—Sí—repuso el carpintero—. ¿Pues qué, me desconoces?
—Empieza tú—dijo el mariscal de campo—por reconocerme y acatarme.
—¡Yo no saludo a mis esclavos!—replicó el carpintero.
—¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?—exclamó el generalísimo.
—Sí—contestó el carpintero—. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.
Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.
—Pues qué—prosiguió el blanco—, ¿te avergüenzas ahora de haberme servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.
Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le daba el aspecto de un tigre.
—Bien está—dijo.
Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro Belin, añadió:
—Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre. Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por haberte proporcionado una muerte de carpintero.
Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:
—Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.
Entonces se lo llevaron.
XXXIII
Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.
Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:
—¿Qué te parece?—le preguntó.
Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió balbuciente:
—Mi general; en ese punto, me fío en el parecer de su excelencia.
—¡Adulación!—replicó Biassou—. Tu sentir es lo que pretendo averiguar, y no el mío. ¿Sabes que haya mejor tabaco de polvo que el de M. Lebattu?
—Por cierto que no, excelentísimo señor—dijo C..., con cuya turbación se divertía Biassou.
—Mi general, su excelencia, excelentísimo señor—repuso el caudillo con apariencias de enojo—. ¿Eres tú acaso un aristócrata?
—Nada de eso—exclamó el ciudadano general—. Soy patriota de 1791, de los puros, y entusiasta negrófilo...
—¿Negrófilo?—le interrumpió el generalísimo—. ¿Qué quiere decir eso?
—Amigo de los negros—tartamudeó, en respuesta, el ciudadano.
—No basta ser amigo de los negros—replicó Biassou con severidad—; hay que serlo también de los pardos.
Ya hemos manifestado que Biassou era salto-atrás.
—De los pardos era lo que quise decir, mi general—repuso humildemente el negrófilo—. Yo estoy relacionado con todos los más famosos partidarios de los negros y de los mulatos...
Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la palabra:
—¡Negros y mulatos! ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?
—Es un mal hábito contraído desde la infancia—respondió C...—; perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.
—Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de aristócratas.
C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra explicación:
—Si me conocieras, ciudadano...
—¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?—gritó Biassou enfurecido—. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el generalísimo de las tropas del Rey! ¡Ciudadano! ¡Vaya, el insolente!
El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto desechaba el tratamiento de excelencia cuanto el título de ciudadano, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.
—¡Ay!—dijo por fin el ciudadano general—, ¡y cuán mal me juzgáis, insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del linaje humano!...
En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a quien se dirigían.
Biassou le miró de fijo y le preguntó:
—¿Conque tanto cariño profesas a los negros y a los pardos de toda especie?
—¿Si les profeso?—exclamó el ciudadano C...—. Soy corresponsal de Brissot y de...
Biassou le interrumpió, soltando su risa acostumbrada.
—¡Ja!... ¡ja!... Mucho me regocijo de encontrarme en ti con un amigo de nuestra causa. ¡En tal caso, habrás de aborrecer a los inicuos hacendados blancos que castigaron nuestra justa insurrección con los suplicios más crueles, y pensarás, como nosotros, que no los negros, sino antes los blancos, son los verdaderos rebeldes, puesto que se ponen en rebeldía contra la humanidad y los dictados naturales! ¡Habrás entonces de abominar a tales monstruos!
—¡Los abomino!—respondió C...
—Pues bien—repuso Biassou—: ¿qué te parecería de un hombre que, para sofocar las postreras tentativas de los esclavos, hubiese puesto cincuenta cabezas de negro a los costados de la alameda de su hacienda?
La palidez de C... llegó a ser horrible.
—¿Qué pensarías de un blanco que hubiese propuesto hacer un cordón alrededor de la ciudad del Cabo con cabezas de negros?...
—¡Perdón! ¡Perdón!—dijo el ciudadano general aterrorizado.
—¿Y en qué te amenazo?—respondió Biassou con suma frialdad—. Déjame acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!
Las palabras ¿en qué te amenazo? habían hecho recobrar alguna esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:
—Me parece que son unos crímenes atroces.
Biassou soltó su carcajada.
—¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?
Aquí el desdichado C... titubeó.
—Vamos—repuso Biassou—-, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?
Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:
—Merece la pena de muerte.
—Muy bien respondido—dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el tabaco que tenía en la boca para mascar.
En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en términos tales:
—Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate Tamburini, en Italia...
Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando Biassou le atajó los vuelos:
—¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el mundo.