1832 (continued 3)
Dionisio Alcalá-Galiano translation
El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:
—Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, filántropos y negrófilos.
—¡Vaya!—dijo Biassou moviendo la cabeza—. ¡Cátense ustedes ahí que vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué sirves?
Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se asió C... con ahinco.
—Ilustre guerrero—respondió luego—, ¿tenéis en vuestro ejército algún economista?
—¿Qué cosa es eso?—le preguntó el caudillo.
—Es—dijo el prisionero, con tanto énfasis cuanto su terror le permitía—, es un hombre necesario por excelencia; el único que sabe tasar en su respectivo valor los recursos materiales de un imperio, clasificarlos por el orden de su importancia, beneficiarlos y acrecentarlos combinando sus orígenes y resultados, y distribuirlos con tino cuales otros tantos arroyos fecundantes, que aumentan los caudales del río de la utilidad general, el que viene, a su vez, a confundirse en el mar de la prosperidad pública.
—¡Caramba!—dijo Biassou, inclinándose hacia el obí—. ¿Qué diantres quiere decir con esa cáfila de vocablos, ensartados unos detrás de otros como las cuentas de tu rosario?
El obí se encogió de hombros en ademán de persona que no entiende y que desprecia. Sin embargo, el ciudadano C... proseguía así la relación:
—Yo he estudiado... dignaos escucharme, valeroso caudillo de los valientes regeneradores de Santo Domingo; yo he estudiado a los grandes economistas, a Turgot, a Raynal y a Mirabeau, el amigo del pueblo. He puesto su teoría en práctica, y poseo la ciencia indispensable para el gobierno de las monarquías o de los Estados cualesquiera.
—El economista no es económico en cuanto a palabras—dijo Rigaud con su sonrisa suave y burlona.
Biassou exclamó mientras tanto:
—Y dime, hablador descomunal, ¿tengo yo Estados que gobernar, por ventura?
—Todavía no, hombre grande—replicó C...—; pero puede venir el caso, y, además, mi ciencia se humilla, sin mengua de su dignidad, a entrar en los pormenores necesarios para la administración de un ejército.
—Yo no administro mi ejército, señor hacendado, sino lo mando—dijo el generalísimo, interrumpiéndole de nuevo con viveza.
—Pues está muy bien—expuso el ciudadano—; vos haréis de general y yo de intendente militar. Tengo conocimientos especiales en el ramo de la cría del ganado vacuno...
—¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?—replicó Biassou en su tono sarcástico—. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, necesaria por excelencia.
Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.
—Mis estudios—dijo—no se limitan a la cría del ganado, y tengo otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de piedra.
—¡Qué me importa eso!—contestó Biassou—. Cuando me hace falta carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.
—También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de madera—prosiguió el prisionero—. El chicarón y la sabieca, para las quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los guayacos, los cedros...
—¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete infiernos!—exclamó en español Biassou, ya impacientado.
—¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?—dijo, todo trémulo, el economista, que no entendía achaque de español.
—Escúchame—repuso Biassou—; yo no tengo necesidad de buques, y en toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera el de mayordomo, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el señor filósofo si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de rodillas, me traerás la pipa y el calalú[18] y andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?
El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de agradecimiento y gozo.
—¿Conque lo aceptas?—preguntó Biassou.
—¿Y podía poner siquiera en duda mi generoso amo que yo titubeara un momento ante tan insigne favor cual el de servirle en su persona?
A semejante respuesta, el diabólico sarcasmo de Biassou cobró un aire de triunfo. Cruzó los brazos, se puso erguido, respirando orgullo, y repeliendo con el pie la cabeza del blanco postrado ante sus plantas, exclamó en alta voz:
—¡Quería probar hasta dónde llega la vileza de los blancos después de haber presenciado hasta dónde alcanza su crueldad! A ti, ciudadano C..., te debo el doble ejemplo. ¡Bien te conozco! ¿Cómo has podido ser tan necio que no lo percibieras? Tú fuiste quien presidió en las justicias de junio, julio y agosto; tú, quien plantaste cincuenta cabezas de negros en la entrada de tu hacienda; tú, quien quería degollar a los quinientos esclavos que después de la rebelión tenías aprisionados, y colocar un cordón de cabezas de esclavo en la ciudad, desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol. Tú, si hubieras podido, habrías hecho un trofeo de mi cabeza, y ahora te considerarías por muy dichoso si yo quisiese admitirte de criado. No, no; quiero cuidar de tu honor más que lo haces tú mismo, y no te impondré tal ultraje. ¡Prepárate para la muerte!
Hizo un gesto, y los negros pusieron junto a mí al desgraciado negrófilo, que, sin poder proferir una sola palabra, había caído ante sus pies como herido del rayo.
FOOTNOTES:
XXXIV
—A ti te toca—dijo el caudillo, volviéndose hacia el último de los prisioneros, el hacendado a quien acusaban los blancos de tener la sangre no muy limpia, y que me había provocado a desafío por decirle tal injuria.
Un clamor general entre los rebeldes ahogó la respuesta del hacendado:
—¡Muera, muera! Mort! Death! Touyé! Touyé!—gritaban todos, cada cual a su manera, rechinando los dientes y amenazando con el puño cerrado al infeliz cautivo.
—Mi general—dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que el resto—, es un blanco, y es preciso que muera.
El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le oyeran algunas palabras:
—No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, ¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y vuestras hermanas.
—¡Miente, miente!—decían los negros enfurecidos—. Es un blanco, y siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.
—¡Jamás!—respondió el prisionero—. Los blancos son a quienes detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como vosotros: Negré ce blan, blan ce negré[19].
—¡Nada de eso, nada de eso!—clamaba la muchedumbre—. Touyé blan!, touyé blan![20].
El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:
—¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!
—¿La prueba?—dijo con frialdad Biassou.
—La prueba—respondió el otro, desatentado—, es que siempre me despreciaron los blancos.
—Eso puede muy bien ser verdad—replicó Biassou—, porque eres un insolente.
Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:
—Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.
Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía lloroso:
—¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el pertenecer a los negros. Yo soy mulato.
—Si fueses mulato de veras—observó Rigaud con aparente sosiego—, no te valdrías de semejante palabra[21].
—¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?—repuso el miserable—. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22].
Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.
—Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de probar tus asertos y de salvarte.
—¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?—preguntó el hacendado con suma ansia—. Estoy pronto.
—Hele aquí—contestó Biassou con frialdad—. Agarra este cuchillo y da por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.
Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, le ofrecía.
—¿Cómo es eso?—dijo el generalísimo—. ¿Conque titubeas? Pues era el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el tiempo.
Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en todo su cuerpo.
—¡Vamos!—prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera—, ¡que estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.
El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.
—Está muy bien—repuso Biassou volviéndose hacia los negros—; pues que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...
Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se hallaba recostado junto a mí.
Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo. Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en tono lastimero:
—¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he hecho para ofenderle?
—Llegó la hora de la muerte, caballero—replicó el mestizo, procurando soltarse el brazo y clavando sobre su víctima la vista desatentada—. No me estorbe usted, que no le haré daño.
—¡Morir a manos de usted!—clamaba el economista—. ¿Y por qué? ¡Perdóneme usted! ¿Me guarda usted rencor porque dije en algún tiempo que no era de sangre limpia? Pues déjeme usted la vida, y le prometo reconocerle por blanco. Sí, usted es blanco, y lo diré por dondequiera... ¡pero misericordia!
El negrófilo había elegido con poco tino sus medios de defensa.
—¡Cállate, cállate!—gritó su rival, enfurecido y temeroso de que oyesen los negros semejante declaración.
Mas el otro clamaba con toda su fuerza que le conocía por blanco y de excelente estirpe. El mulato hizo un postrer esfuerzo para acallarle, y apartando con violencia entrambas manos, que le detenían, metió el puñal por entre las vestiduras del ciudadano C... Sintió el desdichado la punta del acero, y mordió rabioso el brazo que lo clavaba.
—¡Monstruo! ¡Malvado! Que me asesinas...—dijo.
Y volviéndose hacia Biassou, añadió:
—¡Defendedme, vengador de la humanidad!...
Pero el matador apretó ya frenético la hoja de la daga, y un grueso chorro de sangre, que brotó entre sus dedos, vino hasta salpicarle el rostro. Dobláronse entonces de súbito las rodillas del negrófilo, flaqueáronle los brazos, empañáronse sus ojos, lanzaron sus labios un débil gemido y cayó el cuerpo a tierra, convertido ya en exánime cadáver.
FOOTNOTES:
XXXV
Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me tenía helado de espanto. El vengador de la humanidad había presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados pajecillos:
—Traedme más tabaco.
Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo acababa de ponerles ante los ojos.
Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados ojos.
Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en mi asesino.
—Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti—le dijo Biassou.
Y luego miróme y añadió:
—Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.
A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:
—¿Y a mí, mi general?
—Vamos, ¿qué pretendes tú decir?—preguntó Biassou.
—¿No haréis nada por mí, mi general?—dijo el negro—. Ahí se le da un ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?
Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:
—No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de eludirla.
—¿Conque pretendes un ascenso?—contestó entonces Biassou volviéndose hacia el negro bueno—. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado que apeteces.
—Quiero ser oficial.
—¡Oficial!—replicó el generalísimo—. Vamos, dime cuáles son tus méritos para pretender las charreteras.
—Yo—repuso el negro con ahinco—fuí el que incendió el ingenio de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he matado a mi amo M. Noé y a su madre...
—Pasa por alto tu hoja de servicios—le dijo Rigaud, que encubría en su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.
—Muchos más pudiera alegar—replicó el negro con orgullo—; pero éstos juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la categoría de oficial y llevar al hombro una charretera de oro como aquellos compañeros.
Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió al negro con suma gravedad estas palabras:
—Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el latín?
El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:
—Mi general...
—Eso te pregunto—repuso Biassou sin demora—. ¿Sabes el latín?
—El... latín...—repitió el negro estupefacto.
—¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?—prosiguió el astuto caudillo.
Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del salmo In exitu Israel de Ægypto, añadió:
—Explícame lo que significan estas palabras.
El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la bandera.
—Vamos, ¿acabarás de responder?—díjole con impaciencia Biassou.
El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:
—No entiendo, mi general.
El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.
—¿Cómo es eso—exclamó—, tunante desvergonzado? ¿Tienes el atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?
—Pero, mi general...—tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.
—Cállate—replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir en aumento—. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la explicación: In exitu, ningún soldado; Israel, como no sepa latín; de Ægypto, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?
El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:
—Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido—entonces se volvió hacia el recién acuñado verdugo—. Dinos, amigo, si no es esto exacto. Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere decir Dominus vobiscum.
El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que tuvo de proferir esta pueril explicación:
—Dominus vobiscum... quiere decir... El Señor sea con vosotros.
—Et cum spiritu tuo—añadió solemnemente el misterioso obí.
—Amén—respondió Biassou.
Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera fingida algunas frases sueltas de pésimo latín—por el estilo del médico a palos—para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al negro ambicioso:
—Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. Sursum corda! No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes que saben latín; orate, fratres, o te mandaré ahorcar. Bonus, bona, bonum.
El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.
Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había empleado con tan cabal éxito[23] para desconcertar las ambiciones particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia de su caudillo.
XXXVI
En tanto, había llegado la hora del almuerzo de Biassou, y los sirvientes pusieron ante el mariscal de campo de Su Majestad Católica una gran concha de tortuga llena de una especie de olla podrida, en que las tajadas del mismo animal hacían el oficio de carnero, y las batatas, el de garbanzos, todo profusamente condimentado con lonjas de tocino, mientras una enorme col sobrenadaba en el caldo de aquel puchero. A entrambos lados de la concha, que servía a la vez de marmita y de sopera, había dos cáscaras de coco convertidas en copas y llenas de pasas, sandías, higos y ñames, que servían de postres. Un pan de maíz y una bota de vino, con el sabor a pez que le da el cuero, completaban el banquete. Sacó luego Biassou un puñado de ajos del bolsillo, y restregó con ellos el pan, poniéndose a comer sin mandar siquiera que se llevasen el aún tibio cadáver que yacía en su presencia, y convidando a Rigaud para que hiciese lo mismo. El apetito de Biassou tenía en sí algo de espantoso.
El obí no participó de sus manjares, y comprendí que, cual todos los de su calaña, jamás comía en público, para persuadir a los negros que era de una esencia sobrenatural y que vivía sin alimento.
Al tiempo propio de almorzar mandó Biassou a uno de sus ayudantes que hiciese empezar la revista, y la turba de sus secuaces comenzó a desfilar en buen orden por delante de la gruta. Los negros de Morne-Rouge pasaron los primeros, en número como de algunos cuatro mil, divididos en apiñadas mitades bajo la guía de sus oficiales, quienes iban, según ya he dicho, adornados con unos calzoncillos o un cinto color de grana. Estos negros, casi todos robustos y de alta estatura, llevaban fusiles, hachas y sables, aunque muchos, a falta de otras armas, se habían provisto de arcos y flechas y azagayas. No tenían cubierta la cabeza y marchaban silenciosos, con aspecto de desconsuelo.
Al desfilar de esta escuadra inclinóse Biassou al oído de Rigaud, y le dijo en francés:
—¿Cuándo acabará la metralla de los blancos de quitarme el estorbo de estos forajidos de Morne-Rouge? ¡Los aborrezco porque casi todos son congos! Y, además, no saben matar sino en la pelea, siguiendo el ejemplo de su imbécil caudillo, su ídolo Bug-Jargal, ese muchacho necio, que quisiera echarla de magnánimo y generoso. ¿Tú no le conoces, Rigaud? Pues entonces confío en que te quedarás para siempre sin conocerle, porque los blancos le han hecho prisionero, y me libertarán de él, así como lo hicieron con Bouckmann.
—A propósito de Bouckmann—respondió Rigaud—; ahí vienen los cimarrones de Macaya, y veo pasar entre sus filas al negro que envió Juan Francisco para anunciarnos su muerte. ¿Sabes que ese hombre podría destruir todo el efecto de las profecías del obí acerca del fin de aquel jefe si contara que le habían detenido media hora en las avanzadas y que me había participado su noticia antes que le mandaras entrar?
—¡Qué diablo!—dijo Biassou—. ¡Y razón que te sobra, amigo! Es preciso buscar un medio de taparle a ese hombre la boca. Aguarda...
Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.
El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.
—Haz salir de tus filas—repuso Biassou—a aquel negro que va allí y que no debiera.
Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de cólera que sabía fingir con tanto acierto.
—¿Quién eres?—le preguntó al negro sobrecogido.
—Mi general, soy un negro.
—¡Caramba! ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?
—Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte días antes de la Natividad...
Biassou le interrumpió:
—¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...
—Mi general—respondió el negro—, no es culpa mía. El gran almirante Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a la entrada del campamento, y...
Biassou arrugó el ceño.
—¡No se trata de eso, gabacho, sino de tu desvergüenza en asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.
Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había muerto!
Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”
FOOTNOTES:
XXXVII
Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los himnos rebeldes de Gran-Pré y Oua-Nassé. Por encima de tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: Mueran los sacerdotes y los aristócratas, ¡Viva la religión!, ¡Libertad e igualdad!, ¡Viva el Rey!, ¡Muera la metrópoli!, ¡Viva España!, ¡No más tiranos!, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.
Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una especie de temor supersticioso.
Pasó al cabo aquella inundación de bárbaros, y confieso que, si al principio sirvióme de distracción, llegó por último a serme penosa la vista de tanto forajido.
Mientras tanto, la tarde declinaba, y, cuando los últimos hombres desfilaron, el sol teñía débilmente de un rojo cobrizo la frente granítica de las montañas de oriente.
XXXVIII
Biassou parecía meditabundo, y cuando, terminada la revista y dadas sus órdenes postreras, se retiraron los rebeldes a sus chozas, me dirigió al fin la palabra en tales términos:
—Ya has podido juzgar a tu despacio, joven, de mi ingenio y poderío, y he aquí llegada la hora de que vayas a participárselo a Leogrí.
—No ha consistido en mí que tarde tanto—le respondí con indiferencia.
—Razón tienes—replicó Biassou.
Y aquí se detuvo un instante, como para observar qué efecto iban a producir en mí las siguientes palabras:
—Y, además, de ti penderá el que nunca llegue.
—¿Cómo es eso?—exclamé pasmado—. ¿Qué quieres tú decir?
—Sí—prosiguió Biassou—; en tus propias manos tienes tu vida, y si quieres, puedes salvarla.
Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los faquires indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la voz lleno de ira:
—¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo? ¿No se acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el bon Giu pueden ya disponer de esta vida, que me pertenece.
En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.
Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos puestos y actitudes.
—Escucha—me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos—. Nuestros negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:
“Señores diputados:
“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos indistintamente.
“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien y que nos manifiesta recompensas[25], seguiremos a su servicio con celo y lealtad.
“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre—de 1791—, la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de la condición política de los hombres libres de color. Nosotros defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última gota de nuestra sangre. Sería conveniente que declararíais por un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se recuperaría el equilibrio roto.
“No contéis, sin embargo, señores representantes, en que consintamos en armarnos por el beneplácito de asambleas revolucionarias. Nosotros somos súbditos de tres reyes. El Rey del Congo, señor natural de todos los negros; el Rey de Francia, que representa a nuestros padres, y el Rey de España, que representa a nuestras madres. Estos tres reyes son los descendientes de los tres reyes magos que, guiados por una estrella, vinieron a adorar el Dios-hombre. Si sirviéramos a las Asambleas, tal vez nos veríamos arrastrados a hacer la guerra contra nuestros hermanos, los súbditos de estos tres reyes, a quienes hemos jurado fidelidad.
“Además, no sabemos lo que se quiere decir por la voluntad de la nación, puesto que desde que el mundo reina no hemos ejecutado sino la de un rey. El príncipe de Francia nos quiere y el de España no cesa de darnos socorro. Les ayudamos y nos ayudan: ésta es la causa de la humanidad. Y luego, aun cuando nos faltaran estas Majestades, pronto habríamos tronado un Rey.
“Tales son nuestras intenciones, mediante las cuales consentiremos en hacer la paz[26].—Firmado, Juan Francisco, general; Biassou, mariscal de campo; Desprez, Manzeau, Toussaint, Aubert, comisionados ad hoc.”
—Ya ves—añadió Biassou, concluída que fué la lectura de este documento de la diplomacia negra, que se me quedó estampado en la memoria palabra por palabra—; ya ves, digo, que estamos de paz. Ahora bien: esto es lo que pretendo de ti. Ni Juan Francisco ni yo nos hemos educado en las escuelas de los blancos, donde se aprende a charlar bien; sabemos pelear, pero no escribir, y, sin embargo, no quisiéramos que hubiera en nuestra carta a la Asamblea nada que pudiese excitar la burla orgullosa de nuestros antiguos dueños. Tú me parece que has aprendido esta frívola ciencia que a nosotros nos falta; así, pues, corrige en nuestro oficio cuantas faltas hicieran reír a los blancos, y a este precio te concedo la vida.
Había en este empleo de corrector de las faltas de ortografía diplomática de Biassou algo de demasiado repugnante a mi orgullo para que yo titubease un solo momento. Y, además, ¿qué se me daba de la vida? Rehusé, pues, su oferta.
Pareció sorprenderse.
—¿Cómo es eso?—exclamó—. ¿Prefieres morir a hacer unos cuantos garabatos con la pluma en un pedazo de pergamino?
—Sí—le repliqué.
Mi determinación pareció como que le desagradaba, y, después de meditar por un breve espacio, me dijo:
—Escúchame, muchacho atolondrado; quiero ser menos terco que tú y te concedo de plazo hasta mañana por la tarde para que te resuelvas a obedecerme. Mañana, al ponerse el sol, volverán a traerte a mi presencia, y piensa en complacerme. Adiós, que la almohada es fuente de buenos consejos. Acuérdate que entre nosotros recibir la muerte es algo más que el morir.
El sentido de estas últimas palabras, acompañadas de una horrenda carcajada, no era, por cierto, equívoco, y los tormentos que Biassou acostumbraba inventar para sus víctimas acababan de explicarlas.
—Candi—prosiguió Biassou—, llévate al prisionero y entrégale a la custodia de los negros de Morne-Rouge, porque quiero que aún vea asomar por una vez el sol, y mis soldados quizá no tendrían tanta paciencia como para aguardar que pasasen veinticuatro horas.
El mulato Candi, comandante de sus guardias, me mandó atar los brazos a la espalda, y, agarrando un soldado el cabo de la cuerda, nos salimos de la cueva.
FOOTNOTES:
XXXIX
Cuando acaecimientos extraordinarios, angustias y catástrofes estallan de súbito en medio del sosiego de una existencia feliz y deliciosamente uniforme, estas inesperadas emociones, estos golpes de fortuna cortan atropelladamente el letargo del alma que estaba adormecida en la monotonía de su próspero destino. Mas, sin embargo, en los infortunios que así llegan no nos parece que despertamos, sino que soñamos. Para quien siempre fué feliz, las desdichas empiezan por atontecerle. La adversidad imprevista se asemeja a la conmoción eléctrica del torpedo, que nos sacude, pero al mismo tiempo nos pasma los miembros, y el espantoso resplandor que arroja de súbito ante nuestros ojos nos deslumbra, pero no ilumina. Los hombres, los objetos y los sucesos nos pasan por delante con un aspecto en cierto modo fantástico, y se mueven cual en un ensueño. Todo ha cambiado en el horizonte de nuestra vida: la perspectiva y la atmósfera; pero largo tiempo transcurre antes que se borre de los ojos aquella cual luminosa imagen de la dicha pasada, que nos persigue, y que, interponiéndose entre ellos y la lúgubre realidad de lo presente, desfigura los colores y comunica no sé qué tinte engañoso a la verdad misma. Entonces, lo que efectivamente es nos parece imposible y absurdo, y apenas tenemos fe en nuestra propia existencia, porque no encontrando alrededor de nosotros nada de cuanto componía nuestro ser, no alcanzamos a concebir cómo todo aquello pudo desaparecer sin arrastrarnos consigo y por qué de toda nuestra vida nosotros quedamos aislados por único vestigio. Si esta posición violenta del alma se prolonga, destruye el equilibrio del pensamiento y se torna en demencia, estado quizá de dicha en que la vida es para el infeliz una visión tan solo, en la que él mismo aparece cual un fantasma.
XL
No sé, a decir verdad, señores, a qué expongo semejantes ideas, pues no son de aquellas que se comprenden o se explican, sino que es necesario haberlas sentido. Yo las probé. Tal era el estado de mi mente en el momento en que los guardias de Biassou me entregaron a los negros de Morne-Rouge, y como me parecían espectros que me pasaban a manos de otros espectros, dejé sin asomo de resistencia que me atasen por la cintura al tronco de un árbol. Trajéronme por alimento algunas batatas cocidas en agua, y comí por aquella especie de instinto maquinal que la bondad divina concede al hombre sumido en la amargura de sus pensamientos.
Había, por fin, llegado la noche, y mis guardias se retiraron a sus chozas, excepto cinco o seis que permanecieron junto a mí de vigilantes, sentados o tendidos alrededor de una hoguera que tenían encendida para guarecerse del frío nocturno. Al cabo de algunos breves instantes, quedaron todos sumidos en profundo sueño.
La postración física en que me encontraba contribuyó no poco a las vagas imágenes que me confundían la mente. Recordaba los días tranquilos y siempre idénticos que pocas semanas antes pasaba al lado de María, sin entrever siquiera en el porvenir otra posibilidad que la de una dicha eterna, y comparábalos entonces con el día que acababa de transcurrir, día en que tantas y tan extrañas cosas se habían mostrado a mi vista, como para hacerme dudar de la existencia, y en que tres veces me vi próximo a morir y escapé, sin tener aún la vida en salvo. Meditaba en el porvenir inmediato, comprendido en el breve recinto de una mañana, sin más perspectiva que la desgracia y una muerte ya próxima, por fortuna, y me parecía lidiar con alguna horrenda pesadilla. Preguntábame a mí propio si era posible que cuanto había pasado hubiese pasado; que lo que me rodeaba fuese el campamento del sanguinario Biassou; que hubiese perdido a María para siempre, y que aquel prisionero custodiado por seis bárbaros, atado y dispuesto para una muerte segura, aquel prisionero, a quien veía al resplandor de una hoguera de forajidos, fuese yo en mi misma persona. Y no obstante todos mis esfuerzos para evitar el asedio de una idea, mucho más dolorosa aún, mi corazón se tornaba a María. Examinaba con angustia su suerte y estirábame entre mis ligaduras como para volar a su socorro, confiado siempre en que habría de disiparse el horrible sueño y en que Dios no consentiría en derramar sobre el destino del ángel que me había concedido por esposa, todos aquellos horrores de que la imaginación retrocedía espantada. El doloroso encadenamiento de mis ideas me representaba luego a Pierrot, y la rabia me volvía insensato: las arterias de las sienes querían reventar con la sangre agolpada, y yo me odiaba, me maldecía, me despreciaba a mí propio por haber confundido en algún tiempo mi amistad hacia Pierrot con mi amor a María, y, sin tratar de explicarme qué motivo le impulsara a lanzarse en las corrientes del río Grande, lloraba de no haberle exterminado. Él había ya muerto, yo iba también a morir, y lo único que lamentaba en esta pérdida de ambas vidas era haber perdido asimismo mi venganza.
Todas estas emociones me agitaban en una especie de letargo, entre dormir y velar, en que había caído a efectos del cansancio; y no sé cuánto tiempo habría durado, cuando me arrancó de repente de él el eco de una voz varonil, que cantaba en acento claro y distinto, pero aún lejano: “Yo, que soy contrabandista.” Abrí los ojos, estremecido; pero todo estaba a obscuras, durmiendo los negros y el fuego moribundo. Nada más oí, y pensando que fuese una ilusión del sueño, mis pesados párpados volvieron a cerrarse. Volvílos a abrir con precipitación, porque la voz había empezado de nuevo a resonar, cantando con tristeza, y ya más de cerca, esta copla de un romance español:
En los campos de Ocaña prisionero caí; llévanme a Cotadilla, ¡desdichado que fuí!
Ahora ya no cabía sueño: ¡era la voz de Pierrot! Un momento después volvió a alzarse entre el silencio de las tinieblas, y repitió a mis oídos la conocida canción: “Yo, que soy contrabandista”. Un perro corrió alegre y juguetón a echarse a mis pies, y este perro era Rask. Levanté los ojos. Un negro se veía delante de mí, mientras la luz de la hoguera arrojaba al lado del perro su sombra colosal, y este negro era Pierrot. El ímpetu de venganza me arrebató, y la sorpresa me tenía inmóvil y mudo. ¿Velaba por ventura? ¿Se aparecían los muertos? Esto no era ya un sueño, sino una aparición. Aparté horrorizado la vista, y a este ademán dejó él caer la cabeza sobre el pecho.
—Hermano—susurró en voz baja—, me habías prometido no dudar jamás de mí cuando me oyeras esta canción; dime, hermano, ¿has olvidado tus promesas?
La ira me volvió la palabra.
—¡Monstruo!—exclamé—. ¡Te hallé, al fin, verdugo, asesino de mi tío, raptor de María!, ¿te atreves a llamarme hermano? ¡Mira, no te me acerques!
Y, olvidando que estaba atado sin facultad para hacer casi el menor movimiento, bajé como involuntariamente la vista hacia la cintura para buscar mi espada. Tan visible intención le lastimó, y, con acento conmovido, pero de blandura, me replicó:
—No, no me acercaré; eres desgraciado, y me compadezco de ti, aunque tú no me tienes lástima a mí, ¡que soy aún más desgraciado!
Encogíme de hombros, y, conociendo él aquella muda queja, prosiguió con aspecto melancólico:
—¡Sí, tú has perdido mucho; pero yo he perdido más que tú!
En esto, el ruido de su voz despertó a los seis negros que me vigilaban, quienes, al ver una persona extraña, se levantaron con presura, corriendo a las armas; mas luego que hubieron fijado sus miradas en Pierrot, lanzaron un grito de júbilo y sorpresa y cayeron postrados en tierra, golpeando el polvo con sus frentes.
Pero ni el homenaje que los negros tributaban a Pierrot, ni las caricias que Rask repartía entre su amo y yo, mirándome con desasosiego, como sorprendido de mi frío recibimiento, nada me hacía impresión en aquel instante. Estaba enteramente entregado a los transportes de mi rabia, que las ligaduras hacían impotente.
—¡Oh!—exclamé al cabo, llorando de ira, bajo el peso de las trabas que me retenían—. ¡Oh, y cuán desgraciado soy! Yo lamentaba que ese infame hubiese hecho justicia de sí propio; yo le juzgaba muerto, y sentía mi perdida venganza, y hele aquí ahora que viene a mofarse de mí con su presencia; hele aquí vivo, ante mis ojos, sin que pueda tener el placer de coserle a puñaladas. ¡Oh! ¡Quién me libertaría de estos execrables lazos!
Pierrot se volvió hacia los negros, que seguían en adoración a sus plantas.
—Compañeros—les dijo—, soltad al prisionero.
XLI
Pronto quedó obedecido. Los negros, que me custodiaban se apresuraron ahora a cortar las cuerdas de mis ligaduras, y me encontré en pie y libre; pero quedéme inmóvil, porque el pasmo me tenía a su vez encadenado.
—No es esto solo—repuso Pierrot arrancándole a uno de los negros su cuchillo y ofreciéndomelo—. Puedes cumplir tu deseo. Dios no permita que te dispute el derecho de disponer de mi vida. Por tres veces la salvaste, y es ya muy tuya; hiere, si quieres herirme.
No había ni amargura ni queja en el tono de su voz, que estaba tan sólo triste y resignada.
Aquella inesperada puerta que le abría a mi venganza el ente mismo a quien ella se consumía por alcanzar, tenía en sí algo de demasiado extraño y demasiado fácil. Conocí que ni todo mi encono contra Pierrot, ni todo mi amor hacia María, eran capaces de inducirme a un asesinato; y, además, fueran cuales fuesen las apariencias, cierta voz oculta me clamaba en lo hondo del corazón que un enemigo y un culpado no habría venido a ofrecerse en semejante manera a la venganza y al castigo. ¿Lo diré, por fin? Había en el imperioso prestigio de que aquel ser extraordinario se hallaba cercado cierta cosa que a mí mismo, y a pesar mío, me subyugaba en aquel instante. Aparté, pues, el puñal diciendo:
—¡Vil! Yo consentiría en matarte en combate, pero no en asesinarte. ¡Defiéndete!
—¡Que me defienda!—replicó asombrado—. ¿Y de quién?
—De mí.
Hizo un ademán de pasmo.
—¡De ti! Es lo único en que no me cabe obedecerte. ¿Ves tú aquí a Rask? Puedo degollarle y me dejará que lo haga sin defensa; pero no podré forzarle a que pelee contra mí: no lo entendería; y yo, que soy para contigo como Rask, no te entiendo.
Hizo aquí una breve pausa, y añadió en seguida:
—Leo en tus ojos el odio como en algún tiempo pudiste tú leerlo en los míos. Sé que has padecido muchos infortunios: te han muerto a tu tío, han incendiado tus campos, degollado a tus amigos, saqueado tu morada, devastado tus haciendas; pero no he sido yo, sino los míos. Escúchame: cierto día te dije que los tuyos me habían causado muchos males, y me respondiste que tú no eras; ¿qué hice yo entonces?
Se le despejó el semblante, aguardando que me arrojase en sus brazos; yo le miré con ferocidad.
—Niegas tu parte en cuanto los tuyos han hecho—díjele enfurecido—, y no mientas lo que tú propio hiciste en mi contra.
—¿Qué?—me preguntó.
Me acerqué a él con violencia, y mi voz, al hablarle, retumbó cual un trueno:
—¿Dónde está María? ¿Qué has hecho de María?
A este nombre cruzó una nube por su frente, y pareció un momento como desconcertado. Al cabo, rompiendo el silencio, me respondió:
—¡María! ¡Sí, tienes razón!... Pero hay demasiados oídos que nos escuchen.
Su turbación, y tales palabras como tienes razón, encendieron un infierno de celos en mi ánimo, e imaginéme que eludía mis preguntas. En aquel instante me miró con semblante de franqueza, y dijo con emoción profunda:
—No sospeches de mí, te lo suplico, y en otro lugar te lo explicaré todo: quiéreme como yo te amo, con confianza.
Aquí se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras, y añadió enternecido:
—¿Puedo llamarte mi hermano?
Pero mi cólera y mis celos habían recobrado todo su ímpetu, y estas palabras tan tiernas me parecieron hipócritas y no hicieron sino exasperarme.
—¡Miserable, ingrato!—exclamé—. ¿Te atreves a recordarme aquellos tiempos?
Me interrumpió, diciendo con los ojos arrasados en lágrimas:
—¡No soy yo el ingrato!
—¡Pues bien—le repliqué arrebatado—, habla!, ¿qué has hecho con María?
—En otro lugar, en otro lugar—me contestó—; aquí hay otros oídos que escucharían nuestras palabras, y, además, no me creerías sin darte pruebas, y el tiempo urge. El día va despuntando, y tengo que sacarte de aquí. Escucha, todo ha concluído, y pues que recelas de mí, bien harías en acabarme con el puñal; mas aguarda un poco antes de ejecutar lo que llamas tu venganza, porque primero tengo que ponerte en libertad. Vamos a ver a Biassou.
Semejante conducta y tales discursos encubrían algún misterio que no alcanzaba a comprender. A pesar de todas mis preocupaciones contra aquel hombre, conocía que a su voz me vibraban las fibras del corazón y que me dominaba algún inexplicable poderío; me sentí titubear entre el deseo de venganza y la compasión, entre los recelos y la más ciega confianza, y, por último, me resolví a seguirle.
XLII
Salimos del recinto de los negros de Morne-Rouge, y grande era mi sorpresa al verme caminar libre por aquel campamento de bárbaros en que la víspera ostentaba cada forajido una sed tan rabiosa de mi sangre. Lejos, muy lejos de intentar atajarnos el paso, se postraban ante nosotros todos los negros y mulatos, entre unánimes exclamaciones de asombro, de alegría y de respeto. Ignoraba yo cuál pudiera ser la categoría de Pierrot en el ejército de los revoltosos; pero acordándome del dominio que ejercía entre sus anteriores compañeros de cautiverio, no tuve dificultad en comprender la importancia de que, al parecer, gozaba entre los secuaces del levantamiento.
Llegando a la línea de centinelas que vigilaba ante la gruta de Biassou, se dirigió hacia nosotros su caudillo, el mulato Candi, preguntando desde lejos con amenazas por qué nos atrevíamos a aproximarnos así al general; mas cuando llegó a distancia de percibir las facciones de Pierrot distintamente, quitóse de súbito la montera recamada de oro, y, como aterrorizado de su propio atrevimiento, hizo una reverencia, humillándose hasta el suelo, y nos introdujo en la estancia de Biassou, dando en tono balbuciente mil disculpas, a que sólo contestó Pierrot con un gesto de desdén.
Aunque no me había causado sorpresa el respeto de los soldados negros hacia Pierrot, al mirar a Candi, uno de sus principales jefes, humillarse de tal modo ante el esclavo de mi tío, empecé ya a preguntarme a mí propio quién pudiera ser este hombre, cuya autoridad tan grande parecía. Y mucho subió de punto tal idea cuando vi al generalísimo, que se hallaba solo en el momento de nuestra entrada, comiendo con gran sosiego, levantarse precipitadamente al aspecto de Pierrot, y, disimulando su inquieta sorpresa y su violento despecho bajo la capa de respeto el más profundo, hacer una humilde reverencia a mi compañero y ofrecerle su mismo trono de caoba. Pierrot rehusó admitir la oferta.
—Juan Biassou—le dijo—, no he venido a usurpar tu puesto, sino sólo a pedirte una gracia.
—Vuestra Alteza sabe—respondió Biassou redoblando sus saludos—que puede disponer de cuanto dependa de Juan Biassou, de cuanto Juan Biassou posea y aun de su misma persona.
El título de Alteza que confería Biassou a Pierrot aumentó más mi asombro.
—No quiero tanto—repuso Pierrot con empeño—. No te pido otra cosa que la vida y la libertad de este prisionero.
Y, al decir esto, señaló hacia mí. Biassou se quedó por un instante como cortado; pero su indecisión fué breve.
—Gran pesar me causa Vuestra Alteza pidiéndome lo que con sumo dolor no puedo concederle. Este prisionero no es de Juan Biassou, no pertenece a Juan Biassou, y Juan Biassou no manda en él.
—¿Qué pretendes decir?—preguntó Pierrot con ademán severo—. ¿Pues de quién depende? ¿Hay por ventura aquí más autoridad o poder que los tuyos?
—Sí, Alteza; por desgracia.
—¿Y cuál?
—Mi ejército.
El aire zalamero y astuto con que eludía Biassou las preguntas francas y altivas de Pierrot daba claro a entender su resolución de no conceder otra cosa a más del respeto a que al parecer se veía obligado.
—¿Cómo es eso de tu ejército?—exclamó Pierrot—. Pues qué, ¿no sabes hacerte obedecer?
Biassou, conservando su posición ventajosa, aunque sin soltar el aire de inferioridad, contestó con aparente franqueza:
—¿Y se imagina Su Alteza que se pueda mandar de veras a hombres que se han rebelado por no obedecer?
Yo daba demasiado poco precio a la vida para romper el silencio; pero la ilimitada autoridad que vi a Biassou ejercer la víspera sobre sus secuaces hubiera podido proporcionarme ocasión de desmentirle y poner a descubierto su doblez. Pierrot le replicó:
—Pues bien: ya que no sabes mandar a tu ejército y que los soldados hacen aquí de jefe, ¿qué motivos de odio pueden ellos abrigar contra este prisionero?
—Las tropas del gobierno acaban de dar muerte a Bouckmann—contestó Biassou, cubriendo con un velo de tristeza su feroz y burlona fisonomía—, y mis compañeros están resueltos a vengarse en este blanco de la pérdida del caudillo de los negros cimarrones de Jamaica; quieren alzar trofeo contra trofeo, y que la cabeza de este oficial haga balanza a la cabeza de Bouckmann en la medida en que el bon Giu bueno pesa a entrambos partidos.
—¿Cómo has podido—le dijo Pierrot—adherirte a estas horribles represalias? Escúchame atento, Juan Biassou: estas crueldades serán lo que arruinen nuestra justa causa. Prisionero en el campamento de los blancos, de donde logré fugarme, ignoraba la muerte de Bouckmann, que ahora me cuentas, y que es un justo castigo del cielo por sus crímenes. En cambio, voy a participarte otra nueva: Jeannot, aquel mismo caudillo de los negros que sirvió a los blancos de guía para meterlos en la emboscada de Doma-Mulatos, Jeannot, también acaba de morir. Ya sabes, no me interrumpas, Biassou, que competía en lo sanguinario con Bouckmann y contigo; ahora bien, atiéndeme: no es la cólera del cielo ni tampoco los blancos los que le han herido, sino el mismo Juan Francisco es quien ha hecho este acto de justicia.
Biassou, que estaba escuchando con ademán sombrío de respeto, dejó escapársele una exclamación de sorpresa. En este instante entró Rigaud, hizo a Pierrot una profunda reverencia y se puso a hablarle en secreto al generalísimo, cuando a la par se oía gran estrépito por el campamento. Pierrot continuó hablando así:
—... Sí, Juan Francisco, cuyo único defecto es un lujo funesto, y la ridícula pompa de aquella carroza con seis caballos en que va todos los días desde su campamento a oír la misa que le dice el cura de Río Grande; Juan Francisco ha castigado los furores de Jeannot. A pesar de las cobardes súplicas del forajido, y aunque a los últimos momentos se abrazó con tanto terror al cura de la Marmelade, encargado de exhortarle a bien morir, que fué preciso arrancarle de por fuerza, al fin ayer quedó fusilado el monstruo bajo el mismo árbol, lleno de garfios de hierro, de donde colgaba a sus víctimas vivas. Biassou, medita en este ejemplo. ¿A qué fin esas matanzas, que obligan a los blancos a mostrarse feroces? ¿A qué valerse de artificios para excitar aún más el furor de nuestros desgraciados compañeros, ya de por sí exasperados en demasía? Hay en Trou-Coffi un charlatán mulato, a quien apellidan Romana la Profetisa, que anda fanatizando un tropel de negros, profanando sacrílegamente la Santa Misa y haciéndoles creer que está en relaciones con la divina Virgen, que le comunica sus oráculos cuando introduce la cabeza en el santuario. Así incita a sus secuaces a la matanza y al saqueo en nombre de María...
Quizá había una expresión más tierna aún que la del acatamiento religioso en el acento con que pronunció esta postrer palabra; y yo no sabré decir por qué, pero me sentí ofendido e irritado.
—... Pues bien—prosiguió el esclavo—, tenéis aquí en vuestro campamento a no sé cuál obí o charlatán semejante a ese Romana la Profetisa. No ignoro que, debiendo guiar un ejército compuesto de hombres de todos países, de todo origen, de todos colores, es preciso enlazarlos por algún vínculo de comunidad; pero ¿acaso no es dable encontrarlo sino en un fanatismo feroz y en ridículas supersticiones? Créeme, Biassou, que los blancos no son tan crueles como nosotros. A menudo he visto a los dueños defender las vidas de sus esclavos, y aunque no desconozco que para muchos de ellos, no la vida de un hombre, sino una suma de dinero, era el objeto de aprecio, siquiera el egoísmo de su propio interés les inspiraba una virtud. No seamos, pues, menos clementes, que también nuestro provecho nos lo aconseja. ¿Será más santa y más justa nuestra causa por ventura cuando hayamos exterminado a las mujeres, degollado las inocentes criaturas, atormentado a los ancianos o hecho perecer a nuestros antiguos amos entre las llamas de sus mismas habitaciones? ¡Y, sin embargo, tales son nuestras hazañas diarias! Respóndeme, Biassou, ¿de qué sirve dejar por testimonio de nuestras huellas un rastro de cenizas o un rastro de sangre?
Calló, y el fuego de sus miradas y la energía de sus acentos respiraban tal convencimiento y fuerza de mando cuales no alcanzaré a describir. Con los ojos bajos y el ademán de un raposo cogido en las garras del león, meditaba Biassou el medio de esquivar tamaño poderío, y, mientras tanto, el caudillo de las hordas de los Cayos, aquel mismo Rigaud, que había presenciado la víspera, y con sereno aspecto, cometerse tales horrores, aparentaba indignarse de los atentados que Pierrot tan al vivo retrataba, exclamando con hipócrita alarma:
—¡Oh, Dios mío, y lo que es un pueblo enfurecido!
XLIII
Crecía en esto el estrépito por afuera, y Biassou se mostraba desasosegado. Más tarde supe que procedía este rumor de los negros de Morne-Rouge, quienes recorrían el campamento anunciando la llegada de mi libertador y el intento de sostenerle, fuese cual fuera el motivo de su visita a Biassou. Rigaud había venido a participar al generalísimo esta circunstancia, y el temor de un funesto rompimiento fué lo que indujo al astuto caudillo a hacer, como en efecto hizo, una especie de aparente concesión a los deseos de Pierrot.
—Si somos algo severos con los blancos—dijo con evidente despecho—, Vuestra Alteza lo es bastante con nosotros, y me agravia en particular con achacarme el ímpetu del torrente. Pero, al cabo, ¿qué podría hacer ahora para satisfacerle?
—Ya lo he dicho, señor Biassou—replicó Pierrot—: que me dejen llevarme a este cautivo.
Biassou se quedó por unos instantes pensativo, y después exclamó, dando a sus facciones cuanta expresión de sinceridad le fué dable.
—Vamos, quiero probarle a Vuestra Alteza cuán grande es mi deseo de complacerle. Permítame sólo que hable dos palabras con él en secreto, y en seguida el prisionero quedará libre.
—¿De veras?... Que por eso no quede—replicó Pierrot.
Y su semblante, hasta entonces lleno de altivez y desagrado, se encendió de júbilo. Alejóse luego unos pocos pasos, y Biassou, llevándome a un rincón apartado de la gruta, me dijo en voz baja:
—No puedo concederte la vida sino bajo una condición, y ya la sabes; ¿consientes?
Y me enseñó el despacho de Juan Francisco. El consentir me hubiera parecido ruindad, y así, le contesté:
—No, no consiento.
—¡Ah!—continuó con su acostumbrado sarcasmo—. ¡Conque sigues siempre tan terco! ¡Parece que te confías mucho en tu protector! ¿Sabes quién es, por acaso?
—Sí—le repliqué con violencia—, es un monstruo como tú, y, además, más hipócrita.
Se incorporó con un movimiento de sorpresa, y clavó los ojos en mí como para descubrir en los míos si hablaba de veras.
—¡Pues qué!—me dijo—, ¿no le conoces?
—No reconozco en él—respondí con desprecio—sino a un esclavo de mi tío que se llama Pierrot.
Biassou soltó una risa de mofa:
—¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y tú le das el dictado de un monstruo como yo.
—¡Qué me importa!—le contesté—. Si disfrutara de un momento de libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.
—¿Qué significa esto?—dijo Biassou—. Hablas con aire sincero y no supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello. Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así, te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol. ¿No es cierto que eres francés?
¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y mi palabra se la di.
Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo con tono sumiso:
—Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra Alteza y en libertad de ir en su compañía.
Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.
—Gracias, Biassou—exclamó alargándole la mano—; gracias, porque acabas de hacerme un servicio que te autoriza de aquí en adelante para exigir cuanto de mí apetezcas. Por ahora, sigue disponiendo hasta mi vuelta de mis hermanos de Morne-Rouge.
Entonces se volvió hacia mí, diciendo:
—Pues que estás libre, ven.
Y me arrastró tras sí con singular energía.
Biassou nos miró salir con un asombro que se distinguía aun al través de las muestras de respeto con que despidió a mi compañero.
XLIV
Ansiaba yo por quedarme a solas con Pierrot. Su turbación cuando le pregunté por la suerte de María, la insolente ternura con que osaba pronunciar su nombre, habían arraigado aún más los gérmenes de execración y celos que brotaron en mi pecho cuando le vi arrebatar por medio de las llamas en el castillo de Galifet a aquella que apenas podía aún llamar mi esposa. ¿Qué se me daba, pues, de las generosas reconvenciones con que había amonestado al sanguinario Biassou en mi presencia, ni del afán que se tomaba por mi vida, ni de aquel sello extraordinario que se veía impreso en todas sus acciones y palabras? ¿Qué se me daba de aquel misterio que le envolvía, que me le presentaba vivo ante los ojos cuando había presenciado su muerte, que me le ofrecía cautivo de los blancos cuando le vi sepultarse en las aguas del Río Grande, que transformaba al esclavo en Alteza y en libertador al prisionero? De todo este caos incomprensible, la única cosa para mí evidente era el infame rapto de María, un ultraje que vengar, un crimen a que imponer castigo. Los extraños sucesos que había ya presenciado, apenas bastaban para hacerme suspender un tanto el juicio, y aguardaba con impaciencia el momento de obligar a mi rival a explicarse. Este momento llegó al fin.
Habíamos cruzado por entre las triples filas de negros, que, postrados a nuestro paso, exclamaban con asombro, y sin que yo pudiese entender si hablaban de Pierrot o de mí:
—¡Milagro! Ya no está prisionero.
Habíamos traspasado los últimos límites del campamento; habíamos perdido de vista entre los árboles y peñascos los postreros centinelas de Biassou; Rask corría gozoso, adelantándose, y luego volvía a nuestro encuentro; Pierrot caminaba con rapidez; yo, por fin, le detuve entonces y le dije:
—Escúchame ahora, que ya es excusado el ir más lejos. Los oídos que temías ya no están a nuestro alcance ni pueden recoger nuestras palabras; habla, pues: ¿qué has hecho de María?
Una violenta emoción me ahogaba casi la trémula voz; él me miró con dulzura, respondiendo:
—¿Siempre lo mismo?
—¡Sí, siempre, siempre!—exclamé arrebatado—. Te haré la misma pregunta hasta que ambos exhalemos el postrer aliento. ¿Dónde está María?
—¿Conque nada logra disipar tus dudas de mi buena fe? Pronto lo sabrás.
—¡Pronto, monstruo!—le repliqué—. ¡Ahora, ahora mismo quiero saberlo! ¿Dónde está María? ¿Dónde está María?... ¿Me oyes? Respóndeme, o juega tu vida a trueque de la mía. ¡Defiéndete!
—Ya te he dicho que eso no puede ser—prosiguió con tristeza—. El torrente no lucha con su manantial, y mi vida, que has salvado por tres veces, no puede disputarte a ti la vida. Además, aun cuando yo quisiera, es imposible, porque no tenemos más que un cuchillo para los dos.
Y, hablando así, sacó un puñal de su cinto, y alargándomelo:
—Toma—me dijo.
Estaba fuera de mí. Agarré el puñal y le hice brillar sobre su pecho, pero no dió señales de rehuir el golpe.
—¡Infame!—exclamé—. No me obligues a un asesinato. Te envainaré en el corazón este acero si no me dices luego dónde está mi mujer.
Entonces me respondió sin cólera:
—Eres árbitro de hacerlo; pero te suplico de rodillas que me concedas una hora más de vida y que vengas tras mí. Desconfías de quien te debe tres existencias, del que apellidabas tu hermano; pero atiéndeme: si dentro de una hora persistes en tus recelos, eres dueño de matarme; siempre estarás a tiempo, pues ves que no trato de defenderme. Te lo ruego en nombre de María... de tu esposa—añadió con un penoso esfuerzo—; dame una hora más de plazo, y cuando así te imploro, no es por mi bien, créelo, sino por el tuyo propio.
Tenían sus acentos una expresión inefable de persuasión y de pesar. Algo parecía advertirme en secreto de que quizá era sincero; que el apego a la vida no alcanzaba para infundir en su voz aquella penetrante ternura, aquella dulzura en sus ruegos. Cedí de nuevo a aquel imperio secreto que ejercía sobre mí y que me avergonzaba entonces de confesar.
—Vamos—le dije—, te concedo esta hora de prórroga y estoy pronto a acompañarte.
Quise devolverle el puñal, pero me respondió:
—No, guárdatelo, porque recelas de mí, y sígueme, sin que perdamos más tiempo en balde.
XLV
Echó con esto de nuevo a andar, y Rask, que durante nuestra conversación había hecho varias tentativas de proseguir la jornada, volviéndose luego para mirarnos y como para preguntar por qué nos deteníamos; Rask, digo, continuó alegre su camino. Nos enmarañamos a través de una selva virgen, y a la media hora tropezamos con una verde pradera, bañada por las cristalinas aguas de un manantial que brotaba entre las peñas y cercada en torno de frondosos árboles, cuyos gruesos y robustos troncos eran el vivo testimonio de los pasados siglos. Una gruta, cuya cenicienta boca teñía de verde una multitud de enredaderas, clemátides, lianas, jazmines, daba salida al prado; Rask corrió a ladrar a la entrada; pero Pierrot le hizo una seña, y, agarrándome por la mano, sin pronunciar una sola palabra, me introdujo en la gruta.
Una mujer estaba adentro, con la espalda vuelta a la luz y sentada en una estera de juncos; al ruido de nuestros pasos volvió el rostro, y... amigos, era mi María.
Llevaba aún, como el día de nuestra boda, un vestido blanco, y adornaba todavía sus cabellos la corona de azahar, último tocado virginal de la tierna esposa, emblema de pureza que aún no habían desprendido mis manos de sus sienes. Me vió, me conoció, lanzó un grito y cayó entre mis brazos, moribunda de júbilo y de sorpresa; yo estaba fuera de mí mismo.
A este grito, una vieja, llevando un niño en los brazos, acudió de otra estancia en lo más profundo de la gruta: era la nodriza de María, con el más niño de los hijos de mi desgraciado tío. Mientras tanto, Pierrot había ido a buscar agua del manantial, y salpicó con algunas gotas el semblante de María, que, al sentir su frescura, volvió en sí, y, entreabriendo los ojos:
—¡Leopoldo!—dijo—. ¡Leopoldo mío!
—¡María!...—le respondí, y el resto de mis palabras se perdió en el arrullo de un beso.
—¡Oh, siquiera no en mi presencia!—exclamó una voz penetrante.
Alzamos luego la vista, y era Pierrot. Allí estaba, asistiendo a nuestras caricias como a un suplicio. Hinchados los pulmones, respiraba apenas, temblaban todos sus miembros y gruesas gotas de un sudor helado le chorreaban por la frente. De súbito escondió el semblante entre las manos, y salióse huyendo de la gruta, repitiendo en acentos terribles:
—¡Siquiera no en mi presencia!
María se medio incorporó entre mis brazos, y, siguiéndole con la vista, exclamó:
—¡Dios eterno! Leopoldo mío, parece como si nuestros amores le atormentaran. ¿Me amará, por ventura?
El grito del esclavo me había anunciado que era mi rival; la exclamación de María anunciaba que también era mi amigo.
—María—le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la vez que una mortal pesadumbre—. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?
—Y lo ignoro aún—me respondió, cubierta de casto rubor—. ¿De veras? ¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.
La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:
—Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! Había sospechado de él.
—¡Cómo!—prosiguió María con asombro—. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? ¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun quizá—añadió, bajando los ojos—le debes más aún. A no ser por su socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.
Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.
—¿Y por qué razón—le pregunté—no te envió luego Pierrot a la ciudad del Cabo, donde estaba tu esposo?
—Lo ha intentado—me replicó—; pero no fué posible. Teniendo que recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo hubiera muerto en el instante mismo.
—¿Y Pierrot te condujo a este lugar?
—Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. ¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?
—Sí—le respondí.
—Pero, entonces, ¿cómo es dable—repuso ella—que esté enamorado de mí? ¿Estás seguro?
—¡Ahora lo estoy!—repliqué—. Él es quien, a punto de clavarme el puñal, se dejó vencer por el temor de afligirte; él quien te entonaba cánticos de amor en la glorieta del río.
—¡De veras!—prosiguió María con inocente sorpresa—. ¡Conque es tu rival! ¡Aquel tunante de las flores se ha convertido en el buen Pierrot! No puedo creerlo. Tenía conmigo un aire tan humilde, tan respetuoso, ¡más aún que cuando era esclavo! Verdad es que solía mirarme a veces con un aire muy extraño; pero no era más que de tristeza, y yo lo atribuía a mis desgracias. ¡Si supieras con qué apasionado ardor hablaba de mi Leopoldo! Su amistad era casi tan vehemente como mi amor.
Estas explicaciones de María me colmaban a la vez de júbilo y de pena.
Recordé con cuánta crueldad había tratado al generoso Pierrot, y sentí toda la fuerza de sus tiernas y mansas quejas: “¡No soy yo el ingrato!”
En este mismo instante volvió a entrar Pierrot; su fisonomía tenía un aspecto sombrío y doloroso. Parecía como un reo que le traen del potro, pero que regresa triunfante. Se adelantó hacia mí con paso mesurado, y, señalándome al puñal que tenía en el cinto, me dijo con acento grave:
—Se pasó la hora.
—¡La hora! ¿Qué hora?—le pregunté.
—La que me habías concedido de plazo, porque la necesitaba para conducirte aquí. Entonces te supliqué que me perdonases la vida, y ahora imploro de ti que me la arranques.
Las más dulces emociones del corazón, el amor, la amistad, la gratitud, se reunían en el momento mismo para destrozarme el pecho, y caí a los pies del esclavo sollozando amargamente, sin poder proferir una palabra. Él me levantó con precipitación, y
—Qué haces?—me dijo.
—Tributarte el homenaje que te mereces: ya no soy digno de una amistad como la tuya. Tu agradecimiento no puede llegar al colmo de perdonar mi ingratitud.
Duró por algún tiempo en sus facciones una expresión de aspereza, y parecía como que estaba experimentando una violenta lucha; dió un paso hacia mí, y luego echóse atrás; abrió los labios y guardó silencio. Mas este intervalo fué breve, y extendió los brazos, diciendo:
—¿Puedo ahora llamarte hermano mío?
No le respondí sino estrechándome contra su corazón; él añadió, tras una corta pausa:
—Tú eres bueno; pero la desdicha te había vuelto injusto.
—Encontré a mi hermano—le respondí—, y ya no seré por más tiempo desdichado; pero soy muy criminal.
—¡Criminal! Hermano, yo lo he sido también, y más que tú. ¡Pero tú ya no eres desgraciado, y yo... yo lo seré para siempre!
XLVI
El gozo que los primeros transportes de la amistad habían hecho brillar en sus mejillas se desvaneció, y su fisonomía cobró un aspecto de tristeza tan singular cuanto enérgico.
—Escúchame—dijo en tono de frialdad—: mi padre era rey en el Kakongo; administraba justicia a sus súbditos en el umbral de su morada, y a cada fallo bebía, según es costumbre de los reyes, una copa colmada con el vino de sus palmas. Allí vivíamos felices y poderosos. Pero vinieron los europeos, y me enseñaron esos fútiles adornos del saber que te causaron tal sorpresa. Su caudillo era un capitán español que le prometió a mi padre Estados más vastos y mujeres blancas; mi padre le siguió con toda su familia... ¡Hermano, nos vendieron!
Se le hinchó al negro el pecho de cólera, y sus ojos brotaban chispas; tronchó maquinalmente un tierno arbolillo que estaba a su lado, y después continuó, sin parecer ya dirigirse a mí:
—El señor del país del Kakongo tuvo un dueño, y su hijo se afanó trabajando como esclavo en los surcos de Santo Domingo. Para domarlos con mayor facilidad separaron al padre anciano del león mancebo. Arrancaron a la esposa del lado de su esposo para sacar más ganancia uniéndolos con otros. Las tiernas criaturas buscaban a la madre que las crió a sus pechos, al padre que las bañaba en el torrente, y no encontraron sino a tiranos y bárbaros, y durmieron revueltas entre los perros.
Calló, y sus labios seguían moviéndose sin hablar; sus miradas andaban desatentadas. Por fin me agarró del brazo con violencia.
—Hermano, ¿lo oyes? Me han vendido, he pasado de un dueño a otro como un vil animal. ¿Te acuerdas del suplicio de Ogé? Pues en aquel día volví a ver a mi padre, pero entre los martirios de la rueda.
Yo me estremecí, y él prosiguió:
—¡Mi esposa la prostituyeron a los blancos! Escucha, hermano: ha muerto y me ha pedido venganza. ¿Te lo confesaré?—continuó titubeando y bajando los ojos—. He sido criminal: he amado a otra... Pero sigamos adelante.
Todos los míos me instaban por que los libertase y me vengara; Rask era el confidente que me traía sus mensajes.
Yo no podía satisfacerlos, porque también me encontraba en los calabozos de tu tío. El día en que obtuviste mi perdón, salí para arrancar a mis hijuelos de las garras de un amo feroz; llegué, hermano, y el postrero de los descendientes del rey del Kakongo acababa de expirar bajo el azote de un blanco; los otros le habían precedido en la misma jornada.
Aquí cortó el hilo de su discurso y me preguntó con indiferencia:
—Hermano, ¿qué hubieras tú hecho?
Este terrible cuento me había helado de horror y no pude responder a su pregunta sino por un gesto de amenaza. Él me comprendió, se sonrió con amargura y prosiguió en estos términos:
—Sus esclavos se levantaron contra el amo y castigaron el asesinato de mis hijos. Me eligieron por cabeza, y ya tú bien sabes los destrozos que ocasionó esta rebelión. Supe que los esclavos de tu tío se preparaban a seguir el ejemplo, y llegué al Acul la noche misma en que la insurrección se aproximaba. Tú estabas ausente; tu tío yacía en su lecho cosido a puñaladas; los negros iban ya incendiando las haciendas, y no pudiendo aplacar su furor porque creían vengarme quemando la morada de tu tío, hube de contentarme con salvar lo que subsistía de tu familia. Entré en el castillo por el boquete que tenía dispuesto, y entregué a los cuidados de un negro fiel a la nodriza de tu mujer. Más afanes pasé por salvar a tu María: había corrido hacia la parte incendiada de la fortaleza en busca de su hermano el más niño, único que escapó de la matanza, y estaba rodeada de negros próximos a darle muerte. Me presenté y les mandé que me dejaran tomar venganza por mis propias manos: obedecieron y se retiraron; agarré a tu mujer en los brazos, confié el niño a Rask y los conduje a entrambos a esta gruta, de cuya existencia y sendero era sabedor yo solo. Hermano, he aquí mi crimen.
Más y más penetrado a cada vez de arrepentimiento y de gratitud, quise volver a arrojarme a los pies de Pierrot; pero él me contuvo, como ofendido.
—Vamos—me dijo tras un momento de silencio y agarrándome de la mano—; toma a tu mujer y echemos a andar los cinco.
Yo le pregunté con sorpresa adónde quería conducirnos.
—Al campamento de los blancos—me respondió—. Este asilo ya no es seguro, porque mañana, al amanecer, van a atacar los blancos las posiciones de Biassou, y no hay duda de que incendiarán el bosque. Y, además, no tenemos un momento que perder, porque diez cabezas están pendientes de la mía; podemos darnos prisa, porque tú estás libre; lo debemos, porque yo no lo estoy.
Tales palabras acrecentaron mi sorpresa, y le pedí aclaración.
—Pues qué—contestó con ademán de impaciencia—, ¿no has oído decir que Bug-Jargal estaba prisionero?
—Sí; mas ¿qué tienes tú que ver con ese Bug-Jargal?
A su vez pareció sorprendido, y respondió con gravedad:
—Yo soy Bug-Jargal.
XLVII
Estaba, por decirlo así, acostumbrado a ver y oír prodigios respecto de aquel hombre. No sin gran extrañeza acababa de contemplar un minuto antes al esclavo Pierrot transformarse en monarca africano, y ahora llegó mi admiración a su colmo al reconocer en él al terrible y magnánimo Bug-Jargal, cabeza de los rebeldes de Morne-Rouge. Entonces comprendí de dónde provenía el homenaje que los negros todos, incluso el mismo Biassou, tributaban al caudillo Bug-Jargal, al rey del Kakongo.
Parecía como que no observaba la impresión que en mí hicieron sus palabras postreras, y prosiguió hablando:
—Me habían dicho que también tú, por tu parte, estabas prisionero en el campamento de Biassou, y vine a libertarte.
—¿Por qué me decías, pues, que no estabas libre?
Miróme como para tratar de adivinar el motivo de pregunta tan natural, y:
—Escucha—me dijo—; esta mañana estaba prisionero entre los tuyos, cuando oí anunciar que Biassou había declarado su intención de dar muerte antes de la puesta del sol a un cautivo joven llamado Leopoldo d’Auverney. Entonces reforzaron las guardias de mi prisión, y supe que mi suplicio se seguiría al tuyo, y que, en caso de evasión, diez de mis compañeros responderían por mí. Ya ves que estoy de prisa.
Volví a detenerle, preguntando:
—¿Pero te has escapado?
—¿Pues cómo había de estar aquí? ¿No era preciso salvarte? ¿No te debía yo la vida? Pero, vamos, sígueme: estamos a una hora de distancia, tanto del campamento de los blancos cuanto del de Biassou. Mira: la sombra de los cocoteros se va alargando, y su cogollo aparece en la hierba del prado cual el enorme huevo de un cóndor. Dentro de tres horas, el sol se habrá ya puesto; anda, hermano, que el tiempo nos urge.
Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto; estas sencillas palabras me helaron de terror, cual un fúnebre espectro, porque me recordaron la fatal promesa que le había hecho a Biassou. ¡Ay! ¡Volviendo a ver a María había olvidado nuestra separación próxima y eterna! Embriagado de júbilo, tantas emociones me arrebataron la memoria, ¡y no recordé la muerte en brazos del placer! Las palabras de mi amigo me trajeron de súbito la imagen de mi infortunio. ¡Dentro de tres horas, el sol se habrá puesto! Y necesitaba una entera para llegar al campamento de Biassou. Mis deberes estaban imperiosamente prescritos: el infame tenía mi palabra, y antes morir mil veces que dar a semejante bárbaro derecho para menospreciar la única cosa en que, al parecer, tenía aún fe: el honor de un francés. La alternativa era terrible, y elegí lo que elegir debía; pero habré de confesarlo, señores, que titubeé por un momento. ¿Fuí, acaso, tan de culpar?
XLVIII
Al cabo, lanzando un suspiro, agarré con una mano las de Bug-Jargal, y con la otra las de mi pobre María, que contemplaba con inquietud el sombrío aspecto de mis facciones.
—Bug-Jargal—dije haciendo un esfuerzo—; Bug-Jargal, hermano, te recomiendo la guardia del único ser en el universo a quien amo más que a ti: la guardia de María. ¡Volved sin mí al campamento, porque yo no puedo seguiros!
—¡Dios eterno!—exclamó María pudiendo respirar apenas—. ¡Alguna nueva desdicha!
Bug-Jargal se había estremecido, y una dolorosa sorpresa se pintó en sus ojos.
—Hermano, ¿qué nos dices?
El terror que oprimía a María a la sola idea de una desdicha que su previsor cariño demasiado bien parecía adivinar, me obligó a ocultarle la realidad y excusarle tan horrorosa despedida. Inclinéme, pues, al oído de Bug-Jargal y le dije en voz baja:
—Estoy prisionero. Le he jurado a Biassou entregarme en sus manos dos horas antes de terminarse el día: he prometido morir.
Al oírme bramaba de cólera, y su voz cobró un acento terrible:
—¡Oh, monstruo! He aquí por qué me pidió hablarte en secreto para arrancarte esta promesa. ¡Yo debiera haberme recelado del inicuo Biassou! ¿Cómo no me sospeché algún acto de perfidia? ¡Oh! ¡No es negro, es un mulato!
—¿Qué significa eso? ¿Qué promesa? ¿Qué perfidia? ¿Quién es ese Biassou?—dijo María atemorizada.
—Cállate, cállate—le repetí en secreto a Bug-Jargal—; cállate, no la asustemos.
—Pero bien—me preguntó con tono sombrío—, ¿cómo consentiste en hacer tal promesa? ¿Por qué se la diste?
—Te creía ingrato, creía perdida a mi María; ¿qué me importaba el vivir?
—Pero una promesa verbal no puede obligarte con ese infame.
—Le empeñé mi palabra de honor.
Se quedó recapacitando, como para procurar comprenderme.
—¡Tu palabra de honor! ¿Qué es eso? ¿Habéis bebido en la misma copa? ¿Habéis roto entre los dos un anillo o tronchado una rama de arce con sus flores rojizas?
—No.
—Pues bien, ¿qué es lo que quieres decir? ¿Cómo has podido ligarte?
—Mi honor—le repliqué.
—No sé lo que eso significa; nada hay que te empeñe con Biassou: ven con nosotros.
—No puedo, hermano; lo he prometido.
—No, no lo has prometido—prorrumpió con arrebato.
Y luego, alzando la voz:
—Hermana, júntate a mí e impide que tu marido nos abandone. Quiere volverse al campamento de los negros, de donde le he sacado, bajo pretexto de que le ha ofrecido morir a su caudillo, a Biassou.
—¿Qué has hecho?—exclamé.
Pero era demasiado tarde para cortar este arranque generoso, que le llevaba a implorar el socorro de la mujer que amaba para salvarle la vida a su mismo rival, y rival favorecido. María se había lanzado a mis brazos con un grito de desesperación, y, colgada de mi cuello por sus manos entrelazadas, se dejaba caer sobre mi corazón, sin fuerza y sin aliento apenas.
—¡Oh!—decía sollozando, en voz apagada—. ¿Qué es lo que dice, Leopoldo mío? ¿No es verdad que me engaña y que tú, en el momento de reunirnos, no quieres volver a alejarte de mi lado y a separarte para morir? Respóndeme, o yo seré la que muera. ¡Tú no tienes derecho para abandonar tu vida, porque no debes sacrificar la mía! ¿Quieres separarte de mí para no volver jamás a verme?
—María—contesté—, no le creas; tengo que alejarme, es cierto, pero también es preciso, y nos volveremos a encontrar en otros lugares.
—¡En otros lugares!—prosiguió ella con espanto—. ¡En otros lugares! ¿Adónde?...
—¡En el cielo!—le respondí, falto de fuerza para engañar a aquel ángel.
Se desmayó otra vez; pero ahora era de dolor. El tiempo urgía, y yo la coloqué en los brazos de Bug-Jargal, cuyos ojos rebosaban en lágrimas.
—¿Y nada puede detenerte?—me dijo—. Nada añadiré a lo que estás viendo. ¿Cómo puedes resistir a María? Por una sola de las palabras que te ha dirigido le hubiera yo sacrificado el orbe, ¡y tú no quieres hacerle el sacrificio de vivir!
—¡El honor!—le respondí—. Adiós, hermano; adiós, Bug-Jargal; te la encargo.
Me agarró de la mano; estaba pensativo y apenas parecía escucharme.
—Hermano, hay en el campamento de los blancos uno de tus parientes, y a ése le entregaré a María. Por lo que a mí hace, no cabe aceptar tu confianza.
Y señaló a las cumbres de un monte vecino, cuya cima dominaba toda la comarca.
—¿Ves ese peñón? Cuando la señal de tu muerte aparezca en él, el pregón de la mía no tardará en resonar. Adiós.
Sin hacer alto en el sentido incógnito de estas palabras, le abrazé, sellé con un beso la pálida frente de María, que, gracias al cuidado de su nodriza, empezaba a reanimarse, y eché a huir con precipitación, temeroso de que su primera mirada, su primer lamento, desarmasen mi fortaleza.
XLIX
Eché a huir, repito, y me lancé a través del bosque, siguiendo la huella que habíamos dejado y sin atreverme a volver siquiera la vista atrás. Como para embotar las ideas que me acosaban, corrí sin descanso por entre la espesura, por las praderas y por los collados, hasta que al fin, desde lo alto de una roca, el campamento de Biassou, con sus enjambres de negros, apareció ante mis ojos. Allí me detuve. Tocaba en el fin de mi jornada y de mi existencia. El cansancio y la emoción agotaron mis fuerzas; me apoyé a un tronco por sostenerme, y dejé espaciarse la vista por el cuadro que en la vega fatal se ostentaba a mis pies.
Antes de aquel instante me creía haber apurado todo el cáliz de hiel y amargura; pero no conocía aún el mayor de los pesares: el de verse obligado por una fuerza moral, superior a los acaecimientos, a renunciar voluntariamente vivo a la vida y venturoso a la ventura. Pocas horas ha, ¡qué me importaba estar sobre la tierra! Yo no vivía, porque el extremo de la desesperación es una especie de muerte que nos hace desear la muerte verdadera. Pero aquella desesperación había desaparecido: mi perdida María había vuelto a mis brazos; mi felicidad difunta había, por decirlo así, de súbito resucitado; mi antiguo ser se había convertido en mi porvenir; mis eclipsados ensueños habían de nuevo brotado, y ahora más que nunca seductores; la vida, en fin, una vida de juventud, de amor y de delicias, me presentaba radiante la perspectiva de sus infinitos horizontes. Y esta florida senda de la vida podía comenzar a pisarla de nuevo; todo a ello me incitaba, en mi ánimo y en los objetos externos; ningún obstáculo material, ninguna traba aparente; yo era libre, dichoso, y, sin embargo, ¡me era preciso el morir! Apenas había estampado una vez mi huella en aquel paraíso de deleites, cuando no sé qué deber, ni glorioso siquiera, me forzaba a retroceder hacia un suplicio. La muerte es leve cosa para un alma marchita y helada ya por la adversidad; mas, ¡oh, cuán agudo es su golpe, cuán glacial es su mano cuando caen sobre un corazón que lozano crece, fecundado por los goces de la existencia! Yo lo probé. Por un instante salí del sepulcro; me había embriagado en aquel fugaz momento con los placeres más puros y más celestiales de la tierra: la amistad, la libertad, el amor; y ahora tenía de nuevo que hundirme rápidamente en la tumba.
L
Cuando la flaqueza del dolor hubo pasado, una especie de rabia se apoderó de mí, y corrí precipitado hacia el valle, porque sentía la necesidad de abreviar el trago. Me presenté en los puestos avanzados de los negros, y, ¡cosa extraña!, rehusaban admitirme, y aun tuve que rogárselo. Por fin, dos de entre ellos se apoderaron de mi persona y tomaron el cargo de conducirme a la estancia de Biassou.
Entré, pues, en la caverna de aquel caudillo, ocupado en hacer jugar los muelles de varias máquinas de tormento que tenía en torno de sí. Al ruido que hicieron sus guardias introduciéndome, volvió la cabeza y no se manifestó atónito de mi presencia.
—¿Ves?—me dijo ostentando el horrible aparato que le rodeaba.
Yo permanecí sosegado, porque conocía al “héroe de la humanidad” y estaba resuelto a sufrirlo todo con entereza.
—¿No es verdad?—añadió riéndose en tono de escarnio—. ¿No es verdad que Leogrí fué muy afortunado en escapar con la horca?
Le miré sin responder y con ademanes de frío desdén.
—Que le avisen al señor padre capellán—dijo él entonces, dirigiéndose a uno de sus ayudantes.
Por un momento quedamos los dos en silencio, mirándonos cara a cara. Yo le observaba; él me espiaba. En este instante entró Rigaud, como agitado, y conferenció en secreto con el generalísimo.
—Que se mande aviso a todos los jefes de mi ejército—dijo Biassou con sosiego.
Y, al cabo de un cuarto de hora, todos los jefes, con sus diversos y tan extraños adornos, estaban reunidos delante de la gruta. Entonces, Biassou se levantó.
—Escuchad, amigos; los blancos piensan atacarnos en este punto al amanecer, y como la posición es mala, conviene abandonarla. Pongámonos todos en movimiento al entrar la noche, y nos acogeremos a la frontera española. Tú, Macaya, llevarás la vanguardia con tus negros cimarrones; tú, Padrejan, clavarás las piezas tomadas a la artillería de Praloto, que no pueden llevarse por la montaña. Los valientes de la Croix-des-Bouquets se pondrán en marcha detrás de Macaya. Toussaint irá en seguida con los negros de Leogane y de Trou. Si los griotos y griotas meten ruido, al verdugo del ejército se los encomiendo. El teniente coronel Cloud repartirá los fusiles ingleses recién desembarcados en el cabo Cabrón, y guiará a los mestizos ex libres por los senderos de la Vista. Si quedan prisioneros, que se degüellen; que se masquen las balas; que se envenenen las flechas, y que se arrojen tres toneladas de arsénico en el manantial que da abasto de agua para el campamento; los coloniales pensarán que es azúcar y se la beberán sin recelo. Los batallones del Limbé, del Dondon y del Acul marcharán detrás de Cloud y de Toussaint. Que se embaracen con peñas todas las entradas de la vega; deshaced los caminos e incendiad los bosques. Tú, Rigaud, quédate a mi lado, y tú, Candi, reune a mis guardias. En fin, los negros de Morne-Rouge formarán la retaguardia y no evacuarán el terreno hasta el despuntar del día.
Y luego, inclinándose al oído de Rigaud, le dijo en voz baja:
—Son los negros de Bug-Jargal, y ¡ojalá que los exterminaran aquí! Muerta la tropa, muerto el jefe.
—Vamos, hermanos—añadió incorporándose—. Candi dará el santo y la contraseña.
Los jefes se retiraron.
—Mi general—dijo Rigaud—, sería menester enviar los oficios de Juan Francisco, porque nuestras cosas van mal y quizá podría entretenerse a los blancos.
Biassou los sacó de prisa de su faltriquera.
—Tienes razón en recordármelo; pero hay tantas faltas de gramática, como ellos dicen, que se burlarán de nosotros.
En seguida me presentó el papel.
—Escucha, ¿quieres salvarte la vida? Mi bondad condesciende en preguntárselo otra vez más a tu obstinación. Ayúdame a componer esta carta; yo dictaré las ideas y tú me las pondrás en estilo blanco.
Hice con la cabeza un gesto de negativa, y aparentó impacientarse.
—¿Quieres decir que no?—me preguntó.
—No; mil veces no—le repliqué.
Volvió a insistir, y me dijo:
—Reflexiónalo bien.
Mientras tanto, sus ojos procuraban demostrarme los instrumentos del verdugo con que se entretenía.
—Porque lo he reflexionado—le contesté—, me niego a ello. Parece que tienes temores por ti y los tuyos y que confías en esa carta para retardar la venida y la venganza de los blancos. Rehuso, pues, una existencia que pudiera quizá servir para salvar la tuya. Manda luego que empiecen mis tormentos.
—¡Hola, muchacho!—respondió Biassou dando un puntapié a los instrumentos de tortura—. Creo que te vas familiarizando con esto, y de veras que siento en el alma no tener tiempo para hacer una prueba. Esta posición es peligrosa, y necesito salir de ella lo más pronto posible. ¿Conque no quieres ser mi secretario? Al cabo, no lo yerras, porque lo mismo te hubiera sucedido después, pues nadie puede vivir sabiendo un secreto de Biassou, y, además, le he dado promesa de tu muerte al padre capellán.
Con esto se volvió al obí, que acababa de entrar en el aposento.
—Bon per, ¿está preparada su escolta? El obí hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Habéis escogido para el servicio negros de Morne-Rouge? Son los únicos del ejército que no están ocupados en los preparativos de marcha.
El obí respondió que sí por otra seña.
Entonces Biassou me señaló la gran bandera negra en que había ya reparado, y que estaba en un rincón de la caverna.
—He aquí lo que anunciará a los tuyos que pueden darle el ascenso de capitán al teniente de tu compañía. Y hablando de eso, una vez que vienes de pasearte por el campo, ¿qué tal te han parecido estos contornos?
—He visto—le respondí con frescura—que hay árboles sobrados para ahorcarte a ti y a toda tu gavilla.
—Pues mira—replicó con un tono de burla forzado—, hay un sitio que sin duda no conoces, y que el bendito bon per se va a tomar la molestia de enseñarte. Adiós, señorito capitán; memorias a Leogrí.
Y luego me saludó con aquella carcajada que me recordaba el ruido de una serpiente de cascabel; hizo un gesto, me volvió la espalda, y los negros me llevaron de allí; el obí nos acompañaba con su velo echado y el rosario en la mano.
LI
Caminé entre medio de ellos sin tratar de hacer resistencia, que hubiera sido enteramente inútil. Subimos a la cima de un cerro situado a poniente de la vega, donde descansamos un breve instante, y eché la última mirada hacia el astro que iba a sepultarse en las ondas para jamás volver a alumbrar mis párpados. Los guías se levantaron, y bajamos a un estrecho valle, que me hubiera encantado en cualquier otro momento. Un torrente lo atravesaba en todo su ancho, fecundizando con su extrema humedad la tierra, y luego, llegado al extremo, se perdía en uno de aquellos azules y cristalinos lagos que con tanta frecuencia hermosean el interior de las cañadas de Santo Domingo. ¡Cuántas veces, en tiempos más felices, me había sentado, para alimentar las ilusiones de mi fantasía, a la orilla de aquellos deliciosos lagos en la hora del crepúsculo, cuando sus azuladas aguas se iban convirtiendo en un manto de plata, salpicado de doradas lentejuelas, donde rielaba en las olas el primer resplandor de los nocturnos luceros! Y pronto llegaría aquella hora misma; pero antes había yo de desaparecer. ¡Qué hermoso me pareció el valle! Allí crecían plátanos con flores de arce, de un vigor y lozanía prodigiosos; allí, espesas enramadas de mauricias, especie de palma que no tolera ninguna otra vegetación bajo su sombra; allí, palmas de dátiles; allí, magnolias, con sus enormes flores; allí, inmensas catalpas lucían sus recortadas y brillantes hojas entre los dorados racimos del ébano falso, entrelazados con las azules aureolas de aquella especie de madreselva silvestre que apellidan los negros coalí. Frescos cortinajes de bejucos escondían entre su verdor los descarnados peñascos de las vecinas laderas. El aire estaba impregnado de suaves olores, que por dondequiera se exhalaban de este suelo virgen, y formaban un delicioso aroma, cual debió respirarle el primer hombre entre las rosas primeras del paraíso. Así caminábamos, mientras tanto, por un sendero, a lo largo del torrente y contra el curso de sus ondas, hasta que, con sorpresa mía, terminó esta senda en un peñón tajado, a cuyos pies reparé una abertura en forma de arco, por donde brotaban las aguas. Un sordo estruendo y un viento impetuoso salían por aquel respiradero natural. Los negros tomaron a la izquierda, por un camino desigual y tortuoso, que parecía la rambla de un torrente de largo tiempo atrás ya seco. Una bóveda, medio cegada por las zarzas, acebos y espinos silvestres, que crecían y se cruzaban a su boca, se nos apareció entonces, y bajo la bóveda resonaba un rumor semejante al que despedía de sí el arco que vi en el fondo del valle. Los negros me empujaron adentro, y al momento de dar el primer paso por el subterráneo, se me acercó el obí y me dijo con extraño acento: