LA LEALTAD DE SAN MARTÍN C. O. Bunge (Según Juan M. Espora)
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Hallábase el general San Martín en el campamento de Mendoza. El edecán de servicio en la[277] antesala de su tienda de campaña, entró un día en su escritorio, anunciándole:—“Un oficial pregunta por el ciudadano don José de San Martín.”—“Hágale usted entrar.”—Entró el oficial, ratificándose en que venía a ver al ciudadano, y[278] no al general en jefe.—“Puede usted hablar”, le dijo San Martín.—“Vengo a confiarme a usted como un hijo a su padre”, balbuceó el oficial. “Soy habilitado de mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de guerra, para socorro de los oficiales y soldados, una suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando entré por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío que se halla enfermo. Varios compañeros estaban jugando a los naipes en su aposento. Me invitaron a acompañarles. Al principio rehusé. Luego quise tentar la suerte. Resolví jugar la pequeña suma que me correspondía como oficial de la cantidad total que me fuera entregada. Como debo al sastre, a la lavandera y a varios proveedores, no pudiendo pagar mis deudas con esa pequeña suma, ocurrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla, saldría de apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe, quiero reponer la pérdida, juego de nuevo, y vuelvo a perder.... En fin, arriesgué todo lo que llevaba, y ¡lo perdí todo!... He pasado la noche vagando por los alrededores del campamento como un loco. Estoy deshonrado. ¡Ruégole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea sirviéndole de criado. ¡Lo que no quiero es que no se me ajusticie[279] como ladrón, y llegue luego la noticia a mi pobre madre!... “El general San Martín le contestó, después de una pausa: “Como general estaría obligado a hacerle enjuiciar ante el consejo de guerra.... Pero usted se ha confiado a mi lealtad y me promete enmendarse....” Y tiró una gaveta de su escritorio, sacó en onzas de oro de su propio peculio la suma que el oficial le pedía, y, al entregársela, le dijo: “Vaya usted y en el acto entregue ese dinero en la caja de su cuerpo. ¡Que en su vida se vuelva a repetir un[280] pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde usted en el más profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el acto le manda fusilar.”