← Table of contents
Argentina, Legend and History

CON RUMBO A LA ESPERANZA Vicente Blasco Ibáñez[574]

Reading edition

CON RUMBO A LA ESPERANZA Vicente Blasco Ibáñez[574]

Europa pierde anualmente una parte de su población, insignificante por el número si se la compara con la gran masa humana que habita su suelo, valiosa por las iniciativas enérgicas y el coraje que demuestra al abandonar la tierra patria con rumbo a lo desconocido.

Todas las semanas apártanse de sus costas enormes buques, que vomitando humo se lanzan a través de las infinitas y azules soledades, repleto el cóncavo vientre de carne humana, que sufre, se agita, sueña o se estremece con los internos espejismos de la esperanza. Salen de los muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses, negros de polvo de hulla, en cuyo ambiente grasoso parece esparcirse un vago perfume de té y tabaco con opio; de las costas de la Francia oceánica, que opone sus bancos vivos de[575] mariscos y los obscuros pinares de sus landas a los rabiosos asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías españolas, inmensas copas de tranquilo azul, sobre las cuales trenzan y destrenzan las gaviotas el blanco aleteo, como asustadas por el intempestivo chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, sonrientes y adormecidas bajo la ardiente lluvia del sol; ciudades blancas, con la alba crudeza de la cal o la suave y aristocrática del mármol; ciudades en cuyos embarcaderos flota un ambiente de hortalizas marchitas y frutos sazonados, y en las que el viento de tierra lleva hasta los buques, junto con el nupcial aliento del naranjo y el varonil incienso del almendro, briosos rasgueos de la guitarra ibera, los repiqueteos del tamboril[576] provenzal y lánguidos arpegios de las mandolinas italianas.

Los gigantes marinos mueven las invisibles uñas de sus hélices y se despegan de la tierra. Su proa, como un hocico inteligente, parece husmear el horizonte para adivinar la senda a traves del infinito, y en torno de su grupa rebullen convertidas[577] en jabonosa espuma las aguas grises o negruscas de los mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas o las verdes linfas mediterráneas, pobladas de chisporroteos de sol y escamas de oro, que pasan y se renuevan como estrellas fugaces en las glaucas profundidades.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Desapareció la tierra: agua por todas partes. El azul blanquecino del cielo sobre el azul negrusco[578] de las olas. La proa que se alza hasta ocultar la faja del horizonte o se hunde elevando sobre su ángulo la lejana línea del mar, como una muralla oscura; la popa, que parece desplomarse en el abismo a cada ondulación, o al remontarse acaricia algunas veces el espacio con infructuosas paletadas de sus hélices; el mugir lejano de las máquinas en lo más profundo de las entrañas del leviatán de acero, revelan únicamente el movimiento,[579] la marcha. Sin esto el buque parecería inmóvil encantado en medio de la inmensidad[580] circular y monótona. Avanza y avanza, y siempre parece estar en el mismo sitio, en el centro exacto del circo infinito.

¿Adónde va el buque a través del misterio azul? ¿A qué lejana tierra de ensueño conduce su cargamento de miseria y esperanza?...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Hace años, estos férreos transportadores de hombres seguían todos el mismo rumbo, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido un camino, no sabe salirse de él.[581]

Al abandonar las costas europeas ponían la proa al Oeste, siguiendo los mares septentrionales agitados o brumosos. Todos se daban cita en las costas de una inmensa nación, tragaderos insaciables[582] de hombres, olla hirviente de todas las razas, tierra de prodigios monstruosos, de iniciativas desconcertantes en fuerza de ser grandiosas; país rodeado de una leyenda de maravillas, con minas de oro más opulentas que las del tiempo de Salomón,[583] edificios de mayor altura que la torre de Babel[584] o los pensiles de Semíramis, e invenciones[585] como no las soñaron los antiguos magos.

Ahora ya no navegan todos los gigantes del mar con rumbo a los Estados Unidos de la América del Norte. El camino se ha bifurcado. El colosal rebaño de humo y acero se reparte, y mientras unos marchan todavía hacia el Oeste para llevar las últimas provisiones de energía humana al pueblo más progresivo de los tiempos modernos, otros ponen la proa al Sur en busca de un nuevo país abierto a la ilusión y al noble espíritu aventurero de los que desean cambiar de medio.

En todas las épocas de la Historia han existido ciudades de renombre mundial, ciudades-esperanza[586] hacia las cuales se han vuelto con anhelante deseo los ojos de los hombres. Lo que la gloriosa Atenas fué para los artistas de remotos siglos, lo que representó Roma para los varones del mundo antiguo, que veían en ella un escenario sonoro de[587] su actividad intelectual, lo han sido otras poblaciones[588] para los hombres ansiosos de conquistar rápidamente una posición económica sin tropezarse con las trabas y obstáculos que oponen las sociedades viejas y exuberantes de población.

El nombre de estas ciudades de prodigios evoca imágenes de suntuosidad y amontonamiento de riquezas; sugiere la visión de fortunas amasadas vertiginosamente; suena en los oídos con el sugestivo retintín del oro, y todos los valerosos en el eterno combate de la vida corrieron a ellas con la desesperación heroica del que ansía morir o abrirse paso.

Bagdad, la mágica Bagdad de Las mil y una[589] noches, ha hecho soñar durante mil años a los pueblos orientales, que veían en la lejana metrópoli del Tigris inmensos tesoros guardados por los genios y las peris para premios de los buenos.

La medioeval Toledo, patria de mágicos prodigiosos,[590] brujos omnipotentes y alquimistas fabricantes de oro, ocupó la imaginación de los europeos siglos y siglos, evocando en su sencilla fantasía montones inmensos de monedas rutilantes, cuevas rellenas de barras del precioso metal, palacios carcomidos, próximos a hundirse bajo el[591] peso de inauditas riquezas. ¡Ser brujo de Toledo! ¡Poseer la receta misteriosa para la fabricación del oro!... Esta ilusión estaba tan arraigada en el alma medioeval, que ha perdurado a través de los siglos, y aun hoy las viejas judías de Salónica[592] y Constantinopla que guardan las tradiciones de España, patria de sus mayores, cantan viejos romances a la gloria de la ciudad del Tajo y sus fantásticas riquezas.

Durante la colonización hispanoamericana, el renombre de una ciudad casi desconocida ahora, conmovió el mundo. ¡Potosí!... Al pronunciar[593] este nombre veíase con la imaginación un monte inmenso de engañosa corteza terrena, en la que bastaba arañar un poco para que quedasen al descubierto las entrañas de metal deslumbrador. Semejantes al rey Midas de la[594] leyenda, que convertía en oro todo cuanto tocaba, los hombres de este país de maravillas vivían rodeados de una abrumadora y forzosa suntuosidad. La plata valía menos que el hierro y la loza grosera. De plata eran las herramientas del trabajo, los objetos de usos más viles, las vajillas ordinarias, y hasta los guijarros con que se apedreaban los muchachos.

¡Potosí! ¡Mágico nombre!... En Europa los labriegos se hacían soldados para poder llegar en son de conquista al famoso país: los estudiantes y los clérigos cambiaban las negras bayetas escolásticas por el coleto de ante y la espada del aventurero: hasta los nobles abandonaban el regalo y las intrigas de la corte y partían a la conquista del Vellocino, despreciando la renta[595] vulgarísima y reposada de sus cortijos, toradas y tierras de pan llevar, ante la esperanza de una[596] fortuna inmensa, rápida, fulminante, en un país donde acababa de realizarse el secular ensueño de El Dorado.[597]

Luego, durante una mitad del siglo XIX, otro nombre de América hizo palidecer el de la famosa[598] ciudad del Alto Perú. ¡California! ¡Los placeres de oro inmediatos al Pacífico!... Y los soñadores de Europa que habían dedicado de antemano su vida a la aventura y al peligro, corrieron al encuentro de esta nueva resurrección de la Quimera que agitaba sus escamas de oro al otro lado[599] de los mares: y las gentes de simple entendimiento y férrea voluntad les siguieron en esta peregrinación hacia la riqueza, descuajándose de la existencia sedentaria, arracándose de las raíces que les unían a la aldea natal, al campo alimentador de su estirpe, para afrontar los peligros de una correría errante e incierta.

Hoy todos estos nombres no son más que recuerdos históricos, rótulos sonoros de ilusiones muertas, de esperanzas hechas polvo. El metal precioso, que era su alma, desapareció arrastrado por la circulación mundial, y sólo queda la mísera[600] máscara que lo contuvo, ruinas que hablan con su triste aspecto de una esplendidez desaparecida para siempre.

Pero la humanidad necesita una ilusión, una esperanza de riqueza que la acaricie en sus horas de desengaño y penuria, y otro nombre ha venido a sustituir a los mágicos nombres antiguos:... ¡Buenos Aires!

Es necesario ser europeo para comprender lo que estas palabras significan en el Viejo Mundo. ¡Buenos Aires!... Al pronunciar este nombre, la imaginación no ve minas de oro, tesoros resplandecientes que se ofrecen a la codicia del recién llegado sin más trabajo que agacharse para poseerlos. Hoy hasta los más ilusos saben que la conquista de la riqueza supone esfuerzo, y Buenos Aires, a través de las más optimistas fantasías, aparece siempre como un El Dorado del trabajo. Lo que este nombre evoca en la mente de los peregrinos mundiales que marchan hacia la tierra argentina no es una visión de oro, sino de rebaños infinitos, al lado de los cuales parecen míseras tropillas los ganados bíblicos de los profetas y la fortuna pastoril de los pueblos nómadas de la antigüedad; campos inmensos como un océano terrestre sobre los cuales tiene el cielo los mismos espejismos y rutilantes atardeceres que sobre el mar; suelos de maravillosa fecundidad, que sólo hay que abrirlos con el surco para que surja al momento, en forma de espléndidas cosechas, una energía fecundante, resto sin duda de las primeras fuerzas que presidieron la formación planetaria y que han estado dormidas durante miles de siglos en las entrañas del globo.

Vista del Puerto de Buenos Aires (Copyright by Underwood & Underwood, N. Y.)

Illustration from Argentina, Legend and History
Vista del Puerto de Buenos Aires Copyright by Underwood & Underwood, N. Y.
Vista del Puerto de Buenos Aires Copyright by Underwood & Underwood, N. Y.

Buenos Aires, cuyo nombre se confunde con el de todo el país argentino en la simple imaginación de muchas gentes, significa la fortuna por el trabajo. Pero hasta este trabajo tiene algo de maravilloso, de inaudito, de nunca visto. El trabajo europeo es para el emigrante una esclavitud penosa, ingrata, degradadora, de la que quiere librarse para siempre: escasos jornales, que apenas si bastan[601] para la satisfacción de las necesidades más primarias; imposibilidad del ahorro como medio de cambiar algún día de posición; falta absoluta de esperanza de mejoramiento; largas temporadas de famélico descanso por abundancia excesiva de brazos, y por encima de todo esto el fatalismo social del mundo viejo, que marca al pobre desde que nace, condenándolo a permanecer eternamente abajo, sin una ilusión, sin un resquicio en su mísera obscuridad, por donde pase la mano de la Fortuna y le busque a tientas tirando de él hacia lo alto.

¡Buenos Aires!... Este nombre hace soñar al desesperado. Al repetirlo mentalmente se siente fortalecido, con energías centuplicadas para la lucha. ¡Trabajará! el trabajo no le da miedo. Desarrollará una actividad triple o cuádruple que en Europa sin sentir cansancio, porque verá inmediatamente en sus manos el resultado de sus esfuerzos y conocerá la remuneración amplia y generosa. Sus brazos van a ser algo solicitado y respetado, con un valor positivo, sin el desprecio de la infinita concurrencia. Al fin va a entrar en relación con el dinero, antes invisible, y el trabajo le buscará, en vez de marchar tras él implorándolo como una limosna.

Hay además en todo emigrante algo de esperanza novelesca; la quimera que acompaña siempre a los hombres, aun a los de pensamiento más rudimentario, en todas las empresas de su vida. ¡Buenos Aires!... Al conjuro de este nombre surgen en la memoria historias maravillosas de rápidas y enormes fortunas; cuentos reales de lo que pudieran llamarse Las mil y una noches de la riqueza moderna: historias de españoles que llegaron al suelo argentino sin otro haber que un hato de ropa al hombro, para juntar en los años de su existencia veinte millones de pesos y extensiones de tierras grandes como provincias: historias de italianos que emprendieron el viaje para ser músicos en cualquier teatrillo de extramuros y acabaron poseyendo centenares de leguas en la fecunda Pampa. ¿Por qué han de ser ellos los únicos? Lo que ocurre a un hombre, ¿no puede ocurrirle a otro?

—¡Quién sabe!... ¡Quién sabe!...

Y murmurando mentalmente palabras de esperanza, se duermen sobre las cubiertas en la noches templadas de la travesía, unos contra otros, confundiendo miserias e ilusiones, como dormían en sus campamentos, muchas veces sin comer y transidos de frío, los soldados de Napoleón, pensando en el majestuoso Murat,[602] antiguo mozo de mulas; en el rey Bernadotte[603], nacido en una panadería; en todos los príncipes, mariscales y monarcas venidos de abajo, lo mismo que el último granadero; recuerdos que inflamaban su entusiasmo, borrando con el cálido esponjazo de la ilusión penalidades y desalientos.

¡Buenos Aires!... ¿Qué misterioso poder hace circular este nombre por toda Europa? ¿A impulsos de qué ley surge siempre con caracteres de fuego en la negra pesadilla del desesperado que recuerda con terror los compromisos y miserias del día siguiente? ¿Quién lo murmura, como un tenue susurro de esperanza, al oído de todos los que desean cambiar de suelo y de existencia?

Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración, tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes; pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje (con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje? ¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...

Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su nueva existencia y gozando de una prosperidad—por escasa que sea—siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente, ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.

Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho, chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un futuro millonario en el listo galleguito. Los hebreos del lejano Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho el viaje varias veces. Son golondrinas que llegan[608] en la época de la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos que llegan por primera vez serán colonos, peones del campo, al lado de los amigos que les precedieron, o se dedicarán bajo su dirección y consejo a todas las faenas urbanas.

Es cierto que una parte de emigración actual va a la Argentina atraída por los compatriotas que hicieron antes el viaje, o recomendada a éstos. Pero, ¿quién atrajo y aconsejó a los que llegaron primeramente por su propia iniciativa? ¿Quién impulsa ahora a los que se presentan solos, sin apoyos ni conocimientos, fiados al buen gesto del destino? ¿Quién ha hecho que el recuerdo de Buenos Aires surja como una suprema solución en el ánimo de todo europeo que atraviesa uno de esos conflictos que cambian una vida?

Cada grupo cosmopolita que llega a los muelles de Buenos Aires es una nueva prueba de la fama mundial de la ciudad-esperanza, moderna Sión para todos los que ansían paz, trabajo y bienestar.

Su nombre circula por el mundo viejo como una brisa dulce que despierta las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos que empiezan a dudar de la que tienen por no encontrar en su seno más que pobrezas y opresiones, sienten como un rejuvenecimiento al pensar en este país maravilloso donde se realizan los más asombrosos avatares. Es la tierra donde el holgazán se siente activo, el apático se mueve con los entusiasmos del optimismo, y el que era en el viejo continente torpe e inútil, deformado por la estrechez del ambiente natal, surge del duro quiste rutinario con originales iniciativas, como si le inspirase el nuevo medio.

“¡Buenos Aires!”, murmura el viento en las noches invernales, al colarse por el cañon de la chimenea en la cocina campestre, española o italiana, donde la familia pasa las horas triste y silenciosa, rumiando cómo podrá evitar al día siguiente el embargo de los cuatro terrones que[609] constituyen su fortuna, o cómo adquirirá el pan necesario: “¡Buenos Aires!”, muge el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa: “¡Buenos Aires!”, parece escribir el sol en arabescos temblones de[610] luces y sombras en los muros calizos de la callejuela oriental, ante los ojos del pobre otomano, encorvado por la servidumbre y el miedo: “¡Buenos Aires!”, repiten las alas de oro de la Ilusión cuando vuela de reverbero en reverbero, a altas horas de la noche, por los desiertos bulevares[611] de las grandes metrópolis europeas, precediendo los pasos del pobre desesperado, sin hogar, sin pan, que estudió para morirse de hambre, que ha visto fracasadas por falta de ambiente todas sus iniciativas, y tal vez piensa en el suicidio.

Vicente Blasco Ibáñez (Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)

Illustration from Argentina, Legend and History
Vicente Blasco Ibáñez Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas
Vicente Blasco Ibáñez Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas

Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales, fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612] vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.

—Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.—

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave, levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores, insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.

Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar, y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.

Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.

—¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a la cola del inmenso éxodo.

Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria, y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.

La misma ilusión del deseo acompaña a los pobres emigrantes, entusiastas cruzados de los tiempos modernos. La ansiada Jerusalén surge ante sus ojos en toda ribera que costea el buque, en todo puerto donde echa el ancla.

¡Buenos Aires! ¿Dónde está Buenos Aires?... Un estremecimiento de esperanza corre por la muchedumbre cuando aparece frente a la proa una faja de tierra. Hasta los más ignorantes conocen la cantidad de días que debe durar la navegación; pero la ansiedad les hace creer en un milagro, en una marcha extraordinaria del buque, y al ver la tierra, se gritan unos a otros:

—¡Buenos Aires!... ¿Será esto Buenos Aires?

No: no es la ciudad-ilusión. Es Pernambuco, es Bahía, es Río Janeiro; y cuando el transatlántico queda fondeado a la vista de la tierra, los peregrinos se agolpan en la borda, mirando la ciudad lejana, pero sin deseos de bajar a ella, faltos de curiosidad. Para ellos no hay nada que les interese en este país: su esperanza vuela más lejos.

Los que hacen el viaje por primera vez, admiran el color negro y la crespa y lanuda pelambrera de los lancheros; compran las frutas raras amontonadas en las barcas que circulan como insectos en torno del gigante marino; admiran su sabor exótico, y al fin acaban por volver la espalda a la costa, tendiéndose en sus mantas y colchonetas, aburridos de esta inercia, deseando reanudar antes el viaje. Buenos Aires es lo que les importa. ¿Cuándo llegarán a Buenos Aires?...

En la espléndida bahía de Río Janeiro, la hermosura del panorama los conmueve unos instantes. Luego reaparece la indiferencia. Ellos no han de vivir en esta tierra; ¿para qué interesarse por sus montañas rosadas de bizarras formas, y sus calles blancas, con dobles filas de altos cocoteros?

Cuando el transatlántico emprende otra vez la marcha, la gente canta y ríe, creyéndose próxima al término del viaje. Ya no aguardarán más: casi se hallan a la vista de la ciudad de la esperanza: la próxima escala es Buenos Aires. Y transcurren varios días sin ver otra cosa que cielo y mar. Algunas veces se marcan en la línea del horizonte manchas obscuras que parecen nubes bajas y son montañas.

El aislamiento de la navegación, la vida común con gentes tan diversas en medio de la soledad de los elementos, la marcha hacia otro mundo misterioso, parece haber transformado la moral de los emigrantes, creando en ellos una nueva personalidad. ¡Adiós, timideces del terruño, humildades de familia, miedos rutinarios a todo lo que se sale de la estrecha norma de lo vulgar!

El pobre campesino, acostumbrado en su país al expolio y la miseria resignada, se siente ahora altivo, con nuevas fuerzas para hacer frente a todos los obstáculos. El viento del océano, al ensanchar sus pulmones, parece echarle atrás los hombros, dando a la cabeza una erguida altivez. Oyendo a los aventureros, a todas estas gentes de extraños países, empieza a considerar con cierto orgullo su condición de emigrante y de pobre. La soledad atlántica, las largas horas de recogimiento, lejos de toda organización social, le hacen apreciar la pequeñez de los hombres y de sus leyes, y se contempla a sí mismo más grande, más poderoso. Las preocupaciones que en tierra firme fueron muchas veces su tormento, las desprecia ahora por insignificantes, viéndose lejos de ellas.

El hombre del viejo mundo desaparece. Cada singladura se lleva algo de su antiguo sér. Van[615] desapareciéndose de su ánimo las timideces y resignaciones de la educación tradicional. Son a modo de escamas del primitivo organismo que se despegan de la piel y caen al agua. Cada día pierde una. Cuando llegue al término de su viaje será otro.

Siéntese capaz de las grandes iniciativas. El pobre de Europa, sometido, y a la huelga, sin esperanzas, sin afanes de actividad, que al fin tuvo que embarcarse y emigrar, le parece ahora un hombre distinto. ¡Lo que trabajará él en el[616] Nuevo Mundo! Hará fortuna a las buenas o las malas. Siente en su ánimo la fría audacia, el egoísmo homicida de los aventureros que todo lo justifican con las necesidades imperiosas de la lucha por la existencia. Su alma es la de los héroes de Balzac que contemplaban París desde una[617] altura, con ojos de invasor implacable y desdeñoso, murmurando: “¡Tú serás mío!”[618]

¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619] por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie. ¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él, quitando todo valor a la palabra “imposible”. Matará, si es preciso, tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a su gusto. ¡Él lo hará todo!...

Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color. Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor, y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un río, el famoso río de la Plata.

Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]

—¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!—gritan a proa, con entusiasmo de peregrinos.

No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.

El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo, parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el paso a las embarcaciones en esta inmensidad.

La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono ric-ric durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos duermen.

La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a recibirles?...

Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías, que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.

El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los arrojos, que no reconocía obstáculos.

Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la esperada visión.

—¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?

Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras, lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos el tirón del remolcador.

De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya. Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes, y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie acuática.

—¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.

La retina no puede abarcar los muelles, que se[624] pierden de vista; las dársenas llenas de buques, que se esfuman en el horizonte; los almacenes y elevadores de trigo, altos y majestuosos como catedrales; las arboledas que siguen la ribera; las calzadas polvorientas por donde pasan trenes y rosarios interminables de carretas. Detrás, altos edificios y suaves rampas marcan una altura, una cuchilla de tierra, el perfil de una meseta de contornos pulidos por el secular arrastre del río; y sobre esta meseta se extiende la urbe, uniforme, baja, monótona, pero de una grandiosidad inabarcable; una ondulación de tejados grises, que se pierde en el horizonte, que avanza tierra adentro, borrando toda idea de límites, desorientando a las imaginaciones, que en vano pugnan por abrazarla; un caparazón gigantesco, en el cual cada escama es la cubierta de una vivienda; un escudo inmenso e igual, del que sobresalen torres y cúpulas como un adorno de clavos, y borlones de seda verde, que son frondosos jardines.

Los que llegan se sienten intimidados por esta enormidad. La capital gigantesca parece caer sobre ellos con mortal gravitación.

—¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

¡Adiós arrogantes propósitos de conquista, gallardías audaces de dominación y rápido encumbramiento! Es la ciudad la que conquista a los recién venidos, la que los hace sus esclavos, tímidos y sumisos, con sólo mostrarse un momento, fría y casi dormida entre las brumas del amanecer.

Muchos de los que llegan nacieron en una aldea o en el campo; no han visto otras ciudades que las de los puertos de embarque, y quedan espantados, enmudecidos por el respeto y el pavor a la vista de esta gran metrópoli de rápidas transformaciones, que todo lo encuentra estrecho, que rompe cada cinco años el traje de albañilería que le fabrican los hombres, y crece y crece, no reconociendo fronteras en su desarrollo.

Buenos Aires: Los Elevadores (Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.)

Illustration from Argentina, Legend and History
Buenos Aires: Los Elevadores Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.
Buenos Aires: Los Elevadores Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.

Lisboa es más escenográfica, con su caserío en cuesta que permite apreciar las grandezas de[625] la edificación: Río Janeiro realza su belleza arquitectónica dentro de un estuche de verdura, entre montañas que forman un marco rosado a la copa de su bahía; pero los emigrantes experimentan una impresión más profunda, de asombro y anonadamiento, a la vista de Buenos Aires. Sus frentes se contraen; sus ojos miran con incertidumbre.

—¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

Y todos piensan con una emoción parecida al miedo, en lo que les aguarda dentro de este caserío achatado, monótono, infinito, igual a la concha protectora de una gran bestia prehistórica.

Avanza lentamente el transatlántico, con ligeras pausas de inmovilidad, como si fuese tanteando el camino para evitarse un encontrón. Navega entre diques, y va a atracar dulcemente en un amplio muelle defendido por una cubierta de acero y cristales, como una estación de ferrocarril.

En el desembarcadero se reúnen grupos de curiosos. Los marineros de la vigilancia marítima, con el machete al cinto, forman fila para contener al gentío que pretende avanzar y llama a gritos a los amigos que llegan en el buque. La policía huronea y mira con ojos inquietos, temiendo el desembarco de gentes peligrosas, de elementos de desorden barridos por las aventuras del viejo mundo.

¡Cuán pequeño es ahora el transatlántico! Pegado a tierra puede apreciarse mejor su grandeza, y, sin embargo, parece más mezquino, más insignificante que en medio de los amplios puertos donde echó sus anclas antes de llegar aquí. La comparación con centenares y centenares de otros buques, que alineados en las tranquilas aguas del río, entre muelles, diques y puentes se esfuman en el horizonte, borra la apreciación de su tamaño. La cantidad desvanece el valor de la dimensión. ¡Son tantos y están tan agrupados los gigantes marinos!... Cada uno de estos buques, destacándose aislado en medio del azul de una bahía, puede admirar por la grandeza y arrogancia de sus proporciones. Aquí no es nada; se pierde entre sus compañeros en una extensión acuática de catorce kilómetros: es una chimenea más entre centenares de chimeneas; dos mástiles que vienen a confundirse en la inmensa selva de palos y cordajes sobre la que revolotean las banderas como mariposas de colores.

Las dársenas, enormes plazas de agua, no son dársenas: son corrales de buques donde se aglomeran los monstruos flotantes como doméstico rebaño.

Los mercenarios de Salambó,[626] al marchar de Cartago, veían con cierta inquietud, clavadas a los árboles por los cuatro remos, bestias moribundas que agitaban su roja melena entre estertores agónicos.

—¿Qué nación es ésta que crucifica a los leones?...—murmuraban asombrados los personajes de Flaubert.

Algo semejante piensa el viajero al llegar al puerto de Buenos Aires, en una mañana fría y brumosa.

—¿Qué pueblo es éste que trata a los gigantes del mar como si fueran reses?...

Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos, mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas, apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días, recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río abajo, hacia los azules[629] campos.

Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos, silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan en el muelle.

El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido. ¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que todos los días devora su ración humana?...

Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad. El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.

Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen cohibidos, atemorizados.

“¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!...”

La inmensa metrópoli sudamericana pesa sobre ellos con toda su enormidad.

Nadie echa ya la cabeza atrás con arrogancia belicosa, ni saca el pecho fanfarronamente. Las frentes se bajan a impulsos de la inquietud; las espaldas parecen encorvarse como si sintieran por adelantado el peso de una vida de laboriosidad que va a empezar.

Y los soñadores del océano, que fantasearon las más absurdas grandezas como final de su viaje, entran a la nueva vida por un camino fácil, encontrando inmediatamente el trabajo y el pan; pero entran cabizbajos... como animales domados... como ilusos que despiertan para caer en la realidad.

Buenos Aires: La Avenida de Mayo (Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.)

Illustration from Argentina, Legend and History
Buenos Aires: La Avenida de Mayo Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.
Buenos Aires: La Avenida de Mayo Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.

Notes in this chapter

Note 1 · La Argentina y sus grandezas.Note 2 · vivos de, alive with.Note 3 · la guitarra ibera. The guitar is the national musical instrument of Spain.Note 4 · grupa, here, poop, carrying out the figure implied in los gigantes marinos.Note 5 · El azul blanquecino del cielo. The verb is yace, understood.Note 6 · revelan únicamente, alone reveal.Note 7 · inmóvil, encantado en medio de la inmensidad. Cf. Ancient Mariner, Part II, 8: “As idle as a painted ship Upon a painted ocean.”Note 8 · no sabe salirse de él, cannot leave it.Note 9 · tragaderos insaciables, i.e., las costas de una inmensa nación.Note 10 · Salomón, king of the Israelites, famous for his wealth as well as for his wisdom.Note 11 · la torre de Babel. According to biblical tradition Noah’s sons attempted to build a tower reaching unto heaven.Note 12 · Semíramis, legendary queen of Assyria, said to have founded Babylon and built its storied hanging gardens.Note 13 · ciudades-esperanza, cities of hope. A noun is seldom used in Spanish as an adjective to modify another noun, but when that occurs the modifyNote 14 · que veían en ella un escenario sonoro de su actividad intelectual, who saw in her an attractive field for their intellectual activity.Note 15 · lo. Note the use of the neuter article to sum up a preceding idea. In this case the clauses beginning with lo que in lines 9 and 10 are recaNote 16 · Bagdad, city on the banks of the Tigris, in Arabia. It was the capital of an important caliphate, from the thirteenth to the fifteenth centuNote 17 · Toledo, city in Spain, famous for its Gothic cathedral, which contains many historical and artistic treasures. The metal industries of ToledNote 18 · próximos a, ready to.Note 19 · Salónica, city and port in northern Greece, captured from the Turks during the recent Balkan War (1912). When the Jews were expelled from SpNote 20 · Potosí, city in Bolivia famous for its silver mines.Note 21 · Midas, king of Phrygia about whom mythology has woven various legends. Besides the one referred to here, he is said to have irritated ApolloNote 22 · Vellocino, the Golden Fleece. Jason and the Argonauts, Greek mythological characters, went to Colchis and brought back the Golden Fleece, afNote 23 · tierras de pan llevar, grain-producing lands.Note 24 · El Dorado. The early conquistadores imagined there existed a country marvelously rich somewhere in America, which they called El Dorado, i.eNote 25 · la famosa ciudad del Alto Perú, i.e., Potosí.Note 26 · Quimera, Chimera, monster in Greek mythology slain by Bellerophon, the Corinthian hero. The meaning of illusion has come as a result of the Note 27 · la mísera máscara, i.e., the exhausted mines of Peru and California.Note 28 · que apenas si bastan, which barely suffice.Note 29 · Murat (Joaquín). He was the son of a humble inn-keeper, and rose to be one of Napoleon’s most trusted marshals, and was king of Naples from Note 30 · Bernadotte (Carlos), another marshal of Napoleon, risen from the ranks. In 1818 he became king of Sweden.Note 31 · los más, the majority.Note 32 · Río Negro, river in the Argentine pampas. V. map.Note 33 · chiripá, gaucho trousers—composed of a piece of cloth wound around the loins and the lower end brought between the legs and fastened in fronNote 34 · las colonias de Entre Ríos. The province of Entre Ríos has many colonies of Jewish farmers.Note 35 · golondrinas, name given in Argentina to the immigrants who go back to their native land each year after the harvest.Note 36 · los cuatro terrones, the niggardly patch.Note 37 · parece escribir el sol... la callejuela oriental, the sun seems to write in arabesque characters trembling with lights and shadows upon the Note 38 · a altas horas de la noche, in the late hours of the night.Note 39 · una mujer blanca y azul, a woman clad in blue and white, i.e., the colors of the Argentine flag.Note 40 · Murillo, Spanish painter. Cf. 138, 19.Note 41 · a prevención, in their foresight.Note 42 · Van desapareciéndose, Gradually there disappear.Note 43 · ¡Lo que trabajará...! How he will work!Note 44 · Balzac (Honoré de), French novelist of the nineteenth century.Note 45 · “¡Tú serás mío!” Cf. Les Illusions Perdues, by Balzac, chapter entitled, Un Grand Homme de Province à Paris.Note 46 · entra por mucho, plays an important part.Note 47 · entre las temblonas pinceladas del gas, among the quivering gleams of gas lights.Note 48 · toma blancuras de leche, becomes milk-white.Note 49 · la Mancha, region in New Castile, Spain, birthplace of Don Quijote, hero of Cervantes’ novel, The Ingenious Gentleman Don Quijote of La MancNote 50 · a su encuentro, to meet him.Note 51 · se pierden de vista, are lost to view.Note 52 · en cuesta, on a slope.Note 53 · Salambó, novel by Flaubert, the great French novelist of the nineteenth century. It depicts life in Carthage.Note 54 · les da con un pie en la amplia grupa, shoves them off.Note 55 · apartando puentes, causing bridges to be drawn.Note 56 · río abajo, downstream.
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings