BUENOS AIRES Las Tiendas Antiguas Lucio V. López
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No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle del Perú y de la Victoria ha cambiado en los veintidós años transcurridos: el centro comenzaba en la calle de la Piedad y[565] terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia de las tiendas estaba representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina, mostrador[566] democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de la noche y el toque de las ánimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras constituían en esa época el boulevard de la fashion de la gran capital.
Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local, han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador[567] corrido y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge.
¡Oh, qué tiendas aquéllas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar, sin obligación de penetrar a la tienda.[568]
Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la mamá por “ese caballero”,[569] echaba algunos requiebros de buen tono a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del cadete y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería, entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los negocios.
Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe, porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y de Gobelinos[572].
¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la pieza de percal, de muselina o de barège envuelta alrededor de la tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos, qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora, poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!