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Antología portorriqueña

FRANCISCO J. AMY

Reading edition

Entre los literatos y poetas portorriqueños del siglo XIX era Francisco Javier Amy el más versado en idiomas extranjeros, y el que aportó mayor caudal de otras literaturas á la del país.

Nació en Arroyo el 2 de agosto de 1837. Antes de haber cumplido 14 años se trasladó á los Estados Unidos, en donde aprendió pronto el idioma inglés, recibió su educación en la Episcopal Academy, Cheshire, Connecticut. Á los 17 años ejercía ya la enseñanza de los idiomas inglés y español, y escribía algunas producciones en prosa y verso para el Waverley Magazine y otras publicaciones de Nueva Inglaterra.

Volvió á Puerto Rico en 1858 para realizar algunas propiedades heredadas de uno de sus tíos, y aceptó aquí algunas proposiciones que se le hacían para el cargo de corresponsal extranjero de varias casas comerciales. Pero habituado á la vida de la libertad en los Estados Unidos, no se avenía bien con las prácticas restrictivas del régimen colonial que imperaba en Puerto Rico, y no tardó en volverse para el Norte de América, en donde se naturalizó como súbdito americano.

Regresó más tarde á Ponce, donde fundó, en unión del Dr. Zeno Gandía, una revista literaria y científica titulada El Estudio, y publicó una colección de poesías, unas originales y otras traducidas por él concienzudamente. Este libro se titula Ecos y Notas.

En 1888 volvió á los Estados Unidos, en donde publicó un nuevo libro de prosa y de verso, titulado Letras de Molde, y dió á la literatura inglesa una preciosa traducción de El Sombrero de Tres Picos, de Alarcón, con el título de The Cocked Hat Publicó también, durante algunos años, La Gaceta Ilustrada, de Nueva York, y escribía para varios periódicos en inglés y en castellano.

Al efectuarse en Puerto Rico el cambio de soberanía después de la guerra hispanoamericana, fué requerido Amy por el nuevo gobierno en calidad de traductor oficial, cargo en el que prestó importantes servicios al gobierno y al país.

Producto de su observación directa y de su honrada sinceridad al apreciar procedimientos y opiniones de la política del país, fueron los artículos que forman su libro Predicar en Desierto, no bien apreciados en la época en que los dió á la publicidad.

Pero su obra culminante fué sin duda el libro titulado Musa Bilingüe, colección de poesías escritas en idioma inglés y traducidas con gran acierto al castellano por el mismo Amy y otros buenos poetas, y de poesías castellanas, hispanoamericanas y portorriqueñas puestas en verso inglés por insignes poetas de lengua inglesa ó por el mismo Sr. Amy. Hay en todas sus traducciones una gran fidelidad y respeto al pensamiento y áun al estilo del autor. Era realmente un traductor modelo, y elegía bien los autores y las obras.

De los poetas angloamericanos tradujo poesías famosas de Bryant, de Longfellow, de Whittier, de Whitman y de Stedman; de los británicos tradujo poesías selectas de Moore, de Hood y de algunos más. Tradujo también al inglés algunas joyas poéticas de Cuba y Puerto Rico.

La influencia de su labor en la poética de este país fué beneficiosa: contribuyó á moderar el excesivo floreo retórico y la adjetivación más abundante que apropiada, y puso algún freno á los alardes innecesarios de la verbosidad y la fantasía, ampliando por otra parte los buenos modelos y los horizontes de la inspiración.

Su estilo, como su carácter, era sobrio, preciso, austero á veces, pero siempre decoroso y correcto.

Fué siempre admirable su laboriosidad, y actuó valientemente en su mesa de trabajo hasta que le rindió su enfermedad mortal, cuando había él cumplido más de 75 años de vida.

Falleció el día 30 de noviembre de 1912.

La siguiente traducción de una de las composiciones de Longfellow más difíciles de reproducir en otro idioma, puede dar una idea de la capacidad de Amy para esta clase de trabajos.

EL VIEJO RELOJ

En un confín de la rústica aldea Alzase antigua mansión imponente, Cuyo portal, con sus lóbregas formas, Olmos añosos en sombra mantienen; Y en la antesala un reloj carcomido Va repitiendo, pausado y solemne: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Allí en su rígida caja de roble, Con sus inquietas agujas, parece Un viejo monje en su negra capucha Que se persigna y murmura sus preces; Que con acento fatídico y grave Á cuantos llegan les dice entre dientes: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Suaves sus golpes se escuchan de día, Mas de la noche en las horas silentes, Cual misteriosas pisadas, sus ecos Acompasados los tímpanos hieren; Y á cada puerta de aquella morada Llegan y dicen en tono doliente: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Horas fugaces de gozo y de vida, Horas tremendas de luto y de muerte; Todas las raudas mudanzas del mundo Marca el reloj, sin que nada le altere; Sin que un instante su lengua ominosa El estribillo monótono deje: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Franca acogida encontraba el extraño De esa mansión al cruzar los dinteles; Vivo chispeaba el hogar espacioso, Mientras bullía ruidoso el banquete: Mas, entre brindis y risas llegaba, Cual de un espectro, el augurio solemne: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Allí los niños jugaban gozosos; Allí las cándidas almas ardientes Á sus ensueños de amor se entregaban... ¡Oh, rica edad que al fugarse no vuelve! Así contaba el reloj, cual avaro, Esos de dicha momentos tan breves: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! De aquella alcoba salió deslumbrante La desposada en su traje de nieve; En el salón silencioso y obscuro Vióse tendido el cadáver inerte; Y á cada pausa en los rezos, marcaba Lento el reloj su tic tac elocuente: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! Todos dispersos están los que un día Vida prestaron al tétrico albergue; Y al exclamar melancólico: "¡Cuándo, Cuándo otra vez se unirán los ausentes!" Como en los tiempos pasados, escucho Sólo del viejo reloj los vaivenes: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre! ¡Nunca en el mundo falaz, engañoso! ¡Por siempre allá de la mística muerte En el tranquilo, amoroso regazo, Donde sin penas ni afanes se duerme!... Esto el vetusto reloj de los siglos Á todos dice en su lengua solemne: ¡Por siempre,—nunca! ¡Nunca,—por siempre!

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