FRANCISCO ÁLVAREZ
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Si faltaran ejemplos para demostrar el maravilloso poder de la vocación y los prodigios de la constancia y de la voluntad, muchos y excelentes pudieran encontrarse en la vida y en las obras de este infortunado poeta.
Nació en Manatí á mediados de Diciembre del año 1847. Sus padres, don Manuel Álvarez y doña Carmen Marrero, eran pobres y no pudieron dar á su hijo más que una instrucción elemental muy defectuosa é incompleta.
Murió el padre de Francisco Álvarez cuando éste llegaba apenas á los trece años, y le quedó por herencia una enfermedad de la sangre, de imposible curación, según el parecer de los médicos que le asistían. Débil, enfermo y sin poderse valer á sí mismo, tuvo que acudir al trabajo para vivir y auxiliar en algo á su madre achacosa y de escasas energías.
Recurrió al trabajo personal como dependiente en una pequeña tienda del campo, fundada para recolectar y preparar frutos para el mercado. Trabajó con gran diligencia y honradez, y obtenía una retribución insignificante; pero le alentaba la idea de ser útil á su madre, á la que profesaba un gran cariño.
Pero bien pronto se vió atormentado por dos grandes inquietudes: su enfermedad y su inspiración. Se agravaron sus males físicos, y en medio de las fiebres que amenazaban aniquilar por grados aquella naturaleza endeble, se sintió poeta.
No es fácil formar una idea exacta de las angustias de aquella alma privilegiada que propendía á subir, á elevarse, á dominar las alturas, aprisionada en un cuerpo mezquino, doliente, lacerado, que se movía con dificultad y se inclinaba á la tierra, amenazado de muerte prematura. Otro conflicto mental, derivado del anterior, le atormentaba también: sentía bullir en su cerebro y palpitar en su corazón un mundo de ideas generosas y de sentimientos poéticos, que no lograba exteriorizar por falta de expresión adecuada, de vocabulario, de forma estética, de cierta preparación literaria que le permitiera vestir decorosamente aquellas ideas y aquellos sentimientos.
Así empezó á escribir sus primeros ensayos, que rasgaba y destruía después, avergonzado del desequilibrio enorme que notaba entre lo que concebía y lo que lograba expresar.
Renunció á su colocación mercantil, aprovechando la mejoría de salud de su madre; pidió libros prestados, y pidió consejos á las personas de alguna instrucción literaria, que iba conociendo; leyó con avidez, compuso y destruyó muchos de sus ensayos poéticos, hízose agente y corresponsal de algunos periódicos, y por último fundó y dirigió uno, titulado "La Voz Del Norte," en el que publicó sus primeros ensayos poéticos.
Eran éstos muy deficientes al principio, pero mejoraban notablemente cada día, por efecto del estudio incesante y del ejercido metódico y razonado del autor.
Una de estas composiciones, dirigida á un amigo suyo pidiéndole libros, terminaba así:
¡Dadme libros, dadme libros que templen mis hondas penas, y esta sed que siente el alma de arte, luz, verdad y ciencia!
De este modo fué Francisco Álvarez enriqueciendo su mente y perfeccionando su dicción, hasta llegar á escribir un libro de versos muy estimables y un drama en dos actos, titulado Dios en todas partes, que se representó en Manatí, el 19 de Febrero de 1881, tres semanas antes de su muerte.
Hay en sus obras una gradación notable, que indica al observador los progresos que iba realizando en lucha con tanta desgracia y con su propia decadencia física, y que permite calcular hasta dónde hubiera llegado en la perfección de sus producciones si hubiera vivido algún tiempo más. Por desgracia falleció el día 4 de Marzo de 1881, á los treinta y dos años de edad, en plena florescencia de su ingenio, retardada por la enfermedad, y cuando iba logrando dar forma literaria á sus pensamientos, á favor de esfuerzos admirables.
Sus poesías más celebradas son: Á América, Meditación Nocturna, La Primavera y Últimos Cantos.
El pueblo de Manatí ha honrado merecidamente la memoria de este poeta mártir, que dejó en sus obras, aunque imperfectas, muestras muy valiosas de su ingenio, de la bondad de su alma y de su cristiana resignación.
Á AMÉRICA
¡Cuántas veces, oh América, he templado Mi inacorde laúd para cantarte, Y cuántas ¡ay! mi plectro ha vacilado!... De admiración absorto al contemplarte, Por tan rara belleza fascinado, Nunca pudo mi acento consagrarte El himno de mi amor grande y profundo; Canto digno de tí, virgen del mundo. Y decía mi mente contristada: ¿Cómo, al concierto universal que brota De esa región espléndida, encantada, De mi plectro uniré la débil nota, Si yo, cual avecilla en la enramada Que aun es al valle su canción ignota, No tengo voz par elevar cantares Á esa ondina que flota entre dos mares?... Mas hoy resbala en el laúd mi mano, Y no me es dable contener mi acento; Y desde el mar de Atlante al Oceano Que apenas riza el aura con su aliento, Del Hudson hasta donde el araucano Libre habita, mi voz el raudo viento Lleve en sus ondas, cual la esencia pura De la humilde oración lleva á la altura. Y al ensalzar la mágica belleza De ese edénico mundo rico, ingente, Evoque mi memoria la grandeza Del genovés intrépido y sapiente, Que realizó la sin igual proeza De arrancar al abismo un continente; Y al nombre de Colón, que mi estro inspira Adune el de Isabel mi pobre lira. Y si tú, grave Musa, inspiradora De Herodoto, de Tácito y Mariana, Ocultas á la mente escrutadora, De la bella región americana El prístino existir, deja en buen hora Á mi entusiasta inspiración, que ufana Pida á la egregia Erato noble aliento, Que dé vida á mi pobre y rudo acento. Y escalando la andina, enhiesta cumbre Mi osada fantasía, el panorama De mi soñado edén ledo columbre.... ¡Oh!... ya en lecho de flores, que recama Natura, y abrillanta fébea lumbre, Contemplo á la deidad, de quien es fama Que un tiempo fué cacica, ¡cuyo imperio Trocó el conquistador en cautiverio! Mas vedla: ya no es india desgraciada: Es la vestal ceñida de azahares Que en ropaje de flores recatada, Entre plátanos, cedros y palmares Se mira muellemente reclinada; Y extendiendo por brazos los dos mares, Brinda amorosa, en fraternal exceso, Próvido asilo al hombre y al progreso. ¡Salve, aurora del mundo bendecida, Que á los caducos pueblos del Oriente, Cual amante esperanza concebida, Te muestras en tu alcázar de Occidente; Y luces cual tu hermana, que ceñida De rosas, al Ofir brilla riente; Ella brindando luz á la mañana; Tú, albor de paz á la familia humana! Que tú, precioso búcaro esmaltado, Que del amor universal la esencia Ocultas en tu seno perfumado; Oasis, que creó la Providencia Para el pueblo infeliz, que fatigado Sufre tal vez, errante, la inclemencia De la bárbara guerra maldecida.... ¡Tú eras la amada tierra prometida! Que allá, cuando del arte el férreo brazo Dome el ítsmico, ingente promontorio, Y Anfitrite y Neptuno en tierno abrazo Celebren en tu suelo el desposorio; Cuando de paz y libertad el lazo Una á tus hijos; tú, virgen emporio De belleza y de amor, el casto beso Recibirás del inmortal progreso. Y en ese fausto día en que las fiestas Celebren de tu dicha, alborozadas Las Driades en tus bosques y florestas, En tus ríos las Náyades sagradas, Y en tus valles las Ninfas más apuestas; Un coro se alzará de bellas Hadas, En Sorata[4] y en Sierra Verde altiva, Ceñidas de laurel, mirto y oliva. Será la excelsa pléyade que alienta Los más preclaros hechos de la Historia; Concurso de vestales que sustenta El sacro fuego de la patria gloria; Legión que en su estandarte al orbe ostenta, De universal progreso la victoria... Hosanna, ellas dirán en sus canciones, Proclamándote emporio de naciones. Sin savia entonces, juventud ni vida Los pueblos del Oriente, mi estro abona Que desde el viejo mundo, conmovida De maternal orgullo, una matrona Elevará su voz de gloria henchida; Será la ilustre España, que á tu zona Este acento enviará de amor profundo: "¡Yo fuí tu madre, emperatriz del mundo!" Yo entonces, en el lecho del olvido, En rincón apartado y silencioso, Moraré con las sombras confundido; Mas al oir el eco misterioso Por la brisa en mi tumba repetido, Se exaltará mi espíritu, orgulloso (Aun de la muerte en el oscuro arcano) De haber sido español y americano.