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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»
MADAME P. CARO
———
AMAR ES VENCER

BUENOS AIRES
1909
Imp. y estereotipia de La Nación.—Buenos Aires.
Máximo de Cosmes a Javier de Cosmes.
París, 26 de junio de 190...
Celebro en el alma, mi querido Javier, que San Petersburgo te guste y que guste también a Marta, así como que hayáis encontrado en la embajada agradables colegas. Se pondera mucho el encanto y la bondad de la embajadora y esto facilitará vuestra aclimatación.
Dame detalles de vuestra instalación, de vuestras relaciones y hasta del trabajo que se te ha confiado, sin revelar, por supuesto, los secretos de Estado, pues para esto bastan los periódicos.
Salgo dentro de poco para un viaje bastante inesperado, pero quiero participarte sin demora una buena noticia, y es que estoy encargado de suplir al buen viejo Marignol en su cátedra del Colegio de Francia. El buen señor no quiere todavía soltar su presa enteramente y me ha escogido para hacer sus veces mediante un poco de dinero y lejanas esperanzas. Pero estoy encantado, porque, si lo hago bien, y lo procuraré con todas mis fuerzas, estaré designado para sucederle un día.
Y vuelvo a mi viaje, que te va a hacer mucha gracia. Figúrate que esta mañana una esquela de Lacante me llama a su lado. Corro a verlo y lo encuentro luchando con un violento ataque de gota. Con su bata de grueso muletón obscuro y anchas mangas, en las que ocultaba sus doloridas y temblorosas manos, y con aquel cráneo calvo, que relucía sobre una estrecha corona de cabello, parecía un fraile viejo.
A la primera ojeada vi una profunda turbación en aquella cara redonda y afeitada, tan maliciosa y jovial de ordinario.
—Querido mío—me dijo sin preámbulos,—me ocurre una contrariedad considerable: he perdido a mi tía.
—¿Qué tía?
—No tenía más que una, la señorita de Boivic, y aun ésta no lo era más que por benevolencia y especial elección. Era, en efecto, hermana del segundo marido de mi madre, de modo que no me unía con ella ningún lazo real de parentesco... Sin embargo...
—Siempre es triste—dije al ver que vacilaba para continuar—perder a los, que...
—No diga usted vulgaridades, mi buen amigo—me interrumpió con un gesto de impaciencia.—Apenas conocía a esa señora, a la que puede que no haya visto seis veces en mi vida. La muerte de esa respetable persona no me causaría, pues, ningún pesar particular... Preciso es que todo acabe, ¿verdad? Era muy vieja, casi octogenaria, y su muerte está en el orden, evidentemente... Por desgracia, no le conozco ningún pariente próximo, y tengo que ejercer derechos como heredero a una parte, al menos, de sus bienes. Su fortuna es la que el señor de Boivic legó a mi madre... ¿comprende usted? Esta situación me impone también deberes, el primero de los cuales sería hacer los honores fúnebres a la difunta y acompañarla decentemente al cementerio... Ahora bien, mire usted, hijo mío, estas piernas llenas de cataplasmas... ¡Bonita facha de heredero para escoltar hasta la última morada a aquella noble señorita! No puedo, sin embargo, dejarla ir sola, bajo la presidencia de una criada... Esto es lo que espero de usted, amigo mío; va usted a hacer la maleta y a tomar esta noche el tren para Quimper.
—¡Diablo!—dije un poco contrariado.
—Sí, amigo mío, Quimper, Quimper, Corentin, nada menos... Es usted mi pupilo, mi amigo, y esto equivale a un parentesco... Y hará usted mejor figura que yo al frente del cortejo...
—Estoy a las órdenes de usted.
—Otra cosa. La de Boivic era muy devota, y no me extrañaría que hubiera dispuesto de su fortuna, bastante modesta por otra parte, en favor de la gente de iglesia... Tendrá usted que cuidar de que no haya usurpado la parte que me corresponde.
—Pero, querido maestro, ¿con qué derecho habré de intervenir?
—Le enviaré a usted un poder en regla. Usted ha estudiado Derecho y es, justamente, el hombre que necesito... Observe usted que no me opondré en modo alguno a ciertos legados, ya a un hospital, ya a alguna obra piadosa... hasta a la Iglesia. Quiero respetar la voluntad de la difunta en todo lo que sea razonable, pero no consiento expoliación real o disfrazada, ni astutas intrigas... ¿Comprende usted?
—Perfectamente.
—No conozco el valor de la herencia ni me importa en lo que a mí se refiere. Gano bastante dinero con mi pluma, sin contar mi pequeñísimo patrimonio...
—Naturalmente; es por un espíritu de justicia, de estricta equidad, por lo que...
Lacante me miraba y sus ojillos vivos y movibles tenían una singular expresión, que cortó mi frase en suspenso.
—Querido amigo—continuó después de un instante,—es para cumplir un deber... un deber de conciencia en interés de la niña...
—¿Qué niña? ¡Cómo! ¿Acaso aquella noble dama tenía?...
Lacante no me dejó acabar.
—¿Qué diablos va usted a pensar, amigo querido? La niña, y esto es lo que me preocupa, la niña es hija mía.
Como comprenderás, no pude contener un grito de sorpresa, y tú, con toda tu diplomacia, vas a hacer lo mismo al leerlo.
Lacante siguió diciendo con sonrisa, mitad confusa, mitad placentera:
—¡Bah! querido, yo he sido joven, y lo he sido demasiado tiempo... Hay allí una flor tardía, que me pertenece, brotada en un tronco viejo y arruinado.
—¿Es joven?
—Una chicuela.
Reflexionó un instante y dijo:
—Apenas quince años. Su madre ha muerto. Es una triste historia, mi querido amigo... La pobre mujer estaba ya muy enferma cuando me casé con ella en Quimper...
—¡Ha sido usted casado!—exclamé en el colmo del asombro.
—¡Muy poco tiempo!... Y como no tenía por qué jactarme de una alianza que, lo confieso, no había premeditado y que contraje por un sentimiento de lástima, el incidente pasó inadvertido para el mayor número y fue pronto olvidado por los pocos que lo supieron. Ya lo he dicho... la pobre criatura estaba sentenciada y la muerte la arrebató al nacer Elena, es el nombre de la niña, a la que mi madre se encargó de educar... Después se la legó a mi tía Boivic, su cuñada, que acaba de morir... ¿Qué voy a hacer con esa muchacha, amigo mío? Es para perder la cabeza.
Y se cogió la frente entre las manos con expresión desesperada.
Yo no sabía qué decir.
—Tenerla con usted es difícil—me aventuré a decir tímidamente.
—¡Imposible!... Completamente imposible. Polidora tiene preciosas cualidades y es un ama de gobierno agradable para un solterón... pero eso de dirigir y acompañar a una señorita, no creo que sea su negocio...
—No, por cierto—dije con convicción.
Lacante continuó:
—Mi casa no está hecha para criar palomas... Mis costumbres... mis amigos... las conversaciones... yo mismo... No me hago ilusiones; no tengo nada de lo que haría falta.
—¿Qué va usted a decidir?
—No tengo dónde elegir, amigo mío; voy a meterla en un convento.
—¡En un convento!... ¡Él! No podía creer lo que estaba oyendo.
—¿La va usted a hacer una mojigata? ¿Usted?...
—Sí, hijo mío, hasta que pueda casarla. No veo qué otro partido pueda tomar.
—Hay colegios laicos, institutos de niñas, en los que la instrucción está ciertamente más desarrollada y fundada en un espíritu más ancho, más científico...
—Es posible... no digo que no... Pero no conozco esas casas ni sé qué pasa en ellas, mientras que es de tradición que en los conventos las niñas son bien tratadas y se encuentran a gusto... No soy un padre muy tierno... tengo de eso lo menos posible, lo confieso... Los niños me han parecido siempre un estorbo lamentable y tiránico... Sin embargo, no quisiera que esa muchacha fuera desgraciada... En cuanto a la instrucción, ya la desarrollará ella más adelante, si quiere... Su marido la ayudará.
¿He soñado que, al decir esto, me miraba de reojo? ¡Ah! no, eso no. Consiento en prestarle todos los servicios que pueda, porque le quiero mucho. Es el ser de este mundo a quien tú y yo debemos más, pues ha sido, más que un tutor, un padre para nosotros. Le soy enteramente adicto, pero no hasta el punto de casarme con su mojigata. Además, y aprovecho la ocasión para decírtelo, mi corazón ha elegido ya... Te contaré esto otro día.
Lacante me explicó entretanto que la niña estaría menos fuera de su centro en un convento que en otra parte, pues allí encontraría su atmósfera acostumbrada, los olores de incienso y de sacristía, las devociones meticulosas... Después de todo, todo eso me es igual... En cuanto a casarme, esos son otros cantares... No cuente usted con tal cosa, mi buen Lacante...
Adiós, me marcho... Por fortuna, tengo tiempo de aquí a diciembre para preparar mi curso del Colegio de Francia.
Máximo de Cosmes a su hermano.
30 de junio.
Continuación de mi aventura. Estoy hace tres días en Quimper y no sé todavía cuándo podré marcharme.
He atravesado la Bretaña de un tirón y me gusta su aspecto áspero y recogido. Algún día volveré para conocerla más íntimamente.
Llegué a Quimper anteayer, a la caída de la tarde, y después de haberme hecho llevar al mejor hotel de la ciudad, lo que no quiere decir que sea bueno, me he dirigido a la casa de la señorita de Boivic, un edificio situado en las cercanías de la Catedral y de aspecto austero y triste, que hace menos sorprendente el encontrar en ella muertos que vivos, una criada en traje rústico y cofia bretona me introdujo en un vasto salón herméticamente cerrado y débilmente alumbrado. Allí me esperaba la dueña de la casa en su ataúd clavado y entre cuatro cirios. Cerca de ella había una religiosa pasando las cuentas de un rosario. La religiosa me entregó una rama de boj mojada en agua bendita, y yo sacudí gravemente unas cuantas gotas, en señal de bienvenida, sobre el ataúd forrado de lana blanca.
Un desagradable olor de moho, mezclado con el de la cera quemada, se me agarró a la garganta, mientras la luz de los cuatro cirios temblaba en la vasta obscuridad como al soplo de invisibles fantasmas.
No sé qué fúnebre impresión se apoderó de mí... Y como, por otra parte, no tenía nada que decir a la muerta, me apresuré a marcharme.
Era muy tarde para ir a casa del notario y me fui a dar un paseo solitario por la ciudad, que no es muy grande. Atraviésala un riachuelo encajonado entre dos muelles de granito, por los que me paseé un buen rato, y, para terminar con las curiosidades de la localidad, entré en la Catedral, cuyo ábside, por un capricho del arquitecto, según dicen, está un poco inclinado a la derecha. La piedad de la gente del país quiere ver en esto la imagen de la cabeza inclinada de Cristo agonizante. Estamos aquí en el país de las leyendas y de las candideces místicas.
Era ya tarde y la iglesia estaba obscura. La lámpara del santuario hacía más sensibles las tinieblas en que se perdía su vacilante claridad. A la puerta de la sacristía, un farolillo encendido proyectaba vagos resplandores en una de las naves. El resto del edificio estaba sumido en la obscuridad, y apenas caía de las altas vidrieras la claridad suficiente para impedirme tropezar en los anchos pilares. Encontraba yo una especie de voluptuosidad severa en errar por aquel gran santuario vacío, repleto de los llantos, de los gemidos y de las plegarias de las generaciones muertas, y allí me estaba apoyado en un pilar, con los ojos vagos y la mente más vaga todavía, saboreando impresiones de una poética melancolía, cuando un rayo de luna, surgiendo de uno de los rosetones del crucero, atravesó el espesor de las tinieblas y trazó en ellas un surco de luz pálida y temblorosa que hizo aparecer la sublime altura de la bóveda y destacarse las esbeltas columnas de pesados capiteles esculpidos... Fue un efecto de incomparable belleza.
Pero creí ser juguete de una aparición fantástica cuando, al bajar los ojos, vi destacarse sobre la obscuridad, iluminado por el rayo de luna, un perfil puro y divino; así me lo pareció al menos en aquella fosforescente claridad, una cara inmóvil hasta el punto de hacerme dudar si era la estatua de alguna tumba: tan obstinadamente fijos en lo alto estaban sus ojos, como absortos en ardiente contemplación.
No me atrevía a moverme por miedo de que se desvaneciese la aparición, pero un ruido de llaves, del lado de la sacristía, deshizo el encanto. En un instante, la figura desapareció, tan de prisa, que no pude percibir ninguno de sus movimientos. Pareció que las tinieblas se habían abierto y vuéltose a cerrar detrás de ella.
Me apresuré a salir al pórtico para verla; pero se me había adelantado y por la calle, mal alumbrada, vi una figura negra e indistinta que parecía correr, hasta tal punto era rápida su marcha. La seguí, y, sin gran sorpresa, pues un presentimiento me lo había advertido, la vi entrar en casa de la señorita de Boivic.
Era la hija de Lacante, a la que acababa de sorprender en sus devociones de la tarde.
Como estaba muy cansado, me fui al hotel y tuve exquisitos sueños de una pureza de arcángel, hasta el punto de hacerme sentir el tener que levantarme de mi mala cama de posada cuando por la mañana tuve que hacerlo para asistir al entierro. Sabía que el notario había llenado todas las formalidades y que mi papel en la ceremonia consistía en ir a la cabeza del cortejo y en dar las gracias a los asistentes en nombre de la familia.
Me vestí, pues, de negro, como lo requerían las circunstancias y me fui a la casa mortuoria en unas disposiciones muy poco fúnebres, mal que pesara a la pobre solterona. Convendrás en que no estaba yo obligado a un duelo muy profundo. Todo mi cuidado consistía en desempeñar dignamente un papel nuevo para mí y en no escandalizar a aquella buena gente de Quimper con alguna involuntaria irreverencia.
También tenía, como comprenderás, una viva curiosidad por ver de cerca y a buena luz a mi fugitiva aparición de la Catedral.
La mañana estaba hermosa y serena. Los pájaros revoloteaban con alegres gorjeos y, detrás de una tapia orlada de yedra, oíanse voces de niños que reían y disputaban entre confusos pataleos y llamadas guerreras. Las mujeres pasaban con su cesto de provisiones al brazo. Un carpintero, delante de su banco, cepillaba unas tablas, cuyas olorosas virutas se rizaban alrededor. En la esquina de la calle unos albañiles estaban aserrando piedras con estridente ruido. Todo vivía y se agitaba en sus necesidades o sus placeres acostumbrados como si la señorita de Boivic no estuviese, allí cerca, clavada entre cuatro tablas bajo el inmaculado sudario de las vírgenes.
Las campanas de la Catedral doblaban pesadamente con ecos plañideros y entrecortados de silencios, como suspiros de agonía. Pero sólo las campanas lloraban en aquella mañana llena de sol y vida. Escuchábalas yo sin emoción alguna y me daban ganas de decirles: «Sí, sí; ha muerto... Todo muere, y ha hecho como los demás, lo más tarde que ha podido, la venerable dama. Pero no es esta una razón para lamentarnos y perder el tiempo de ser felices. Cada cual a su vez; la nuestra es de vivir.»
Sin embargo, cuando pasé el umbral de aquel gran salón herméticamente cerrado, en el que ardían los cirios hacía dos días, y respiré el olor frío de las altas vigas saturadas de vejez, sentí un malestar de tristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infalible muerte.
Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conocía y a quienes expliqué la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no veía a la hija, y salí a informarme de lo que había sido de ella.
—¿Pregunta usted por la señorita Elena?... No sé si podrá bajar. ¡Ha llorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.
—¡Pobre joven! ¿Quería mucho a su tía?
—Ya ve usted... No tenía a nadie más que a ella para querer... puesto que a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.
—Estoy encargado de llevar a la señorita Elena al lado de su padre—dije prontamente para destruir en el ánimo de aquella mujer la mala idea que tenía de Lacante.
—Sí, eso la consolará acaso, si su padre es un poco bueno para ella. ¡No ha sido muy mimada, la infeliz!
La llegada de nuevos invitados me obligó a volver al salón.
En seguida llegaron los sepultureros.
Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puerta lateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con un inmenso sombrero de crespón y un denso velo que la aplastaba y le hacía parecer tan pequeña como si tuviese apenas doce años.
Escapándose de entre las manos de una criada que se esforzaba por retenerla, se echó de rodillas al lado del ataúd y lo estrechó en sus brazos en un movimiento apasionado, como si la muerta pudiera sentir todavía su presión, y ocultó la llorosa cara entre los pliegues del paño mortuorio.
Su rasgo fue tan espontáneo, su dolor tan verdadero, tan profundo su olvido de todo lo que la rodeaba, que mi corazón se oprimió de dolor y los ojos de algunos se llenaron de lágrimas.
La criada y los amigos se esforzaban por levantarla y llevársela; pero ella se agarraba al ataúd con sus manitas crispadas, y el tiempo urgía.
Me aproximé, y en el tono más dulce y compasivo que me fue posible, pero con firmeza, le rogué que no interrumpiera la ceremonia, por respeto hacia aquella a quien lloraba.
Al sonido extraño de mi voz levantó la cabeza, y, a través del espeso velo negro húmedo y arrugado, vi una cara hinchada y enrojecida por las lágrimas, indescriptible de puro descompuesta, y dos grandes ojos negros que parecían preguntarme: «¿Quién es usted?... ¿Cómo se atreve?...»
—En nombre de su padre, ruego a usted que domine su dolor.
La joven bajó la cabeza, se levantó lentamente y, apoyada en el brazo de una señora que parecía de su intimidad, siguió el cortejo y asistió con valor a toda la ceremonia, hasta la inhumación en el panteón de familia.
No la volví a ver. Me dijeron que estaba enferma y que había tenido que acostarse.
He recibido cita, para la apertura del testamento, del notario y de las personas designadas por la muerta como ejecutores testamentarios. La reunión se verificará mañana.
Máximo de Cosmes a su hermano.
Excepto unas mandas a los pobres, a ciertas obras de beneficencia y a los criados, la señorita de Boivic deja toda su fortuna, unos cuarenta mil pesos, a su sobrina Elena Lacante.
Así, pues, todo está bien. Nada de discusiones ni pleitos. Por esta vez no utilizaré los retazos de conocimientos variados que he sacado de los manuales de Derecho.
El testamento ha sido leído por el notario en presencia de Elena, como ayer velada y encapuchada con su gran sombrero y tan menuda y pequeñita con sus ropas de viuda, que inspiraba profunda piedad.
Pero no queda nada de la ideal aparición de la primera tarde en la Catedral bajo el fantástico rayo de luna. Su figura no es ya la de una santa o una madona poética y extasiada. No hay delante de mí más que una pobre niña temerosa, desolada y casi agreste. Me evita cuanto puede, huye en cuanto me ve y retarda todo lo posible la conversación que le he pedido. Preciso es que convenga con ella lo concerniente a su partida. No puedo estarme eternamente en Quimper, y he hecho rogar a Elena que me reciba en seguida; a las cuatro.
El mismo día a las siete de la tarde.
Por fin la he visto de cerca.
Me estaba esperando en el gran salón en que ayer reposaba su tía. Se habían quitado las colgaduras fúnebres y abierto de par en par las ventanas, pero aquel salón conservaba, sin embargo, un aspecto singularmente glacial y solemne, con sus ensambladuras sucias y desnudas, sus sillas y butacas metódicamente alineadas junto a las paredes y su mesa redonda con tabla de mármol, que, en el vacío de la vasta pieza, parecía un velador de niño, olvidado allí por descuido.
En el extremo del salón y acurrucada en un gran sillón de terciopelo de Utrecht de un amarillo ajado, estaba Elena Lacante.
Esperó para levantarse a que estuviese yo muy cerca de ella, y se estuvo tiesa delante de mí, sin ofrecerme la mano y mirándome furtivamente a través de las largas pestañas negras de sus párpados medio cerrados.
La saludé con mi expresión más amable y le pregunté si estaba muy cansada por las emociones que había sufrido.
—¿Cansada?... No, no lo estoy... Soy muy desgraciada.
Acentuó estas palabras con voz baja y apasionada y labios temblorosos. Sus manos, finas y un poco flacas, que la joven frotaba una con otra en un ademán de cortedad infantil, temblaban también. Y a las pocas palabras de simpatía que le dirigí, respondió con la misma voz sorda y ahogada.
—Todo lo he perdido... No tengo ya a nadie.
—¿No le queda a usted su padre?
Levantó los párpados y, olvidando su timidez, me miró de frente.
—Mi padre... ¿Está enfermo, no es verdad?
¡Qué ojos! Unos ojos gris claro, inmensos, cándidos y dulces, con reflejos cambiantes a la espesa sombra de unas pestañas muy negras... Es encantadora, amigo mío, esta hija de Lacante. ¿Cómo diablos se las habrá compuesto para dotar al mundo de esa flor de poesía? Preciso es que la madre haya puesto mucho de su parte, porque la verdad es que no encuentro en esta muchacha nada que le recuerde con su cabezota redonda, sus ojillos chispeantes, sus delgados labios contraídos por maliciosa sonrisa y su ancha y corta barbilla. Elena no es alta, muy menudita, con ademanes tímidos de pájaro dispuesto a volar. Su cara es ovalada, con espesos rizos separados como los de la Virgen sobre una frente muy blanca. Estaba pálida, acaso de emoción y de fatiga.
—No esté usted de pie—le dije,—y permítame sentarme a su lado. Tenemos que hablar.
La muchacha se dejó deslizar entre los almohadones del sillón, que casi la ocultaban, y me senté a su lado. Le expliqué que el estado de su padre no tenía nada de alarmante, puesto que sus crisis dolorosas le privaban de movimiento sin poner en peligro su vida. Añadí que tenía el encargo de llevarla a su lado y que debía preparar su viaje lo más pronto que le fuese posible.
La joven me escuchaba inmóvil, sin responder ni manifestar aprobación o disgusto.
—¿Le causa a usted pena lo que le digo?—pregunté por fin.
La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmuró en voz baja y quebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer ni pena.
—Pero... su padre de usted... ¿No está usted contenta porque va a su lado?
Elena tardó en responder:
—No lo conozco... y él no me quiere.
—¿Quién le ha dicho a usted eso?—exclamé vivamente.
—Lo sé... no me ha querido nunca; ¿no es verdad?
A mi vez tardé en responder.
¿Qué podía decirle de aquel padre que no había tratado de verla en doce años? Protesté, sin embargo, lo mejor que pude.
—Juro a usted que, al saber la muerte de la señorita de Boivic, la mayor preocupación de su padre de usted ha sido el no poder hacerla feliz.
La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero no dijo nada.
—¿No me cree usted?—añadí con insistencia.
Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.
—¿Será posible—exclamé,—que alguien haya cometido la imprudente crueldad de hablar a usted mal de su padre? ¿Qué se han atrevido a decir a usted?
—Nada... pero me han enseñado a temerlo. Cuando no era buena, me amenazaban con enviarme a su lado.
—¿Quién? ¿La señorita de Boivic?
—Sí... y también Marivette.
Convertido Lacante en el coco, ¿con qué alegría debe considerar esta niña la perspectiva de ir a vivir con él?
—Le han dado a usted de él una idea muy falsa...
Traté de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que hace Lacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lo difícil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una niña. Le pinté además sus ataques de gota que le entregan a los cuidados mercenarios de una criada.
La muchacha se conmovió.
—Yo sería de buena gana su sirviente—exclamó con pasión.—Lo cuidaré si quiere... y le querré si me lo permite...
Creo que posee un alma ardiente y tierna.
Al preguntarle qué sentía más dejar en Quimper, me respondió:
—¡Todo! ¡Todo!
Y rompió a llorar con la cara entre las manos.
—No hay una piedra de este país, ni una flor, ni una mata, ni una cara a que no esté unido mi corazón.
Y siguió sollozando mucho tiempo.
Su niñez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada, Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para su sobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sin embargo, tiene tan buen corazón, que siente a su tía como si nunca hubiera tenido que sufrir su mal humor.
Nos vamos dentro de dos días.
Había yo pensado llevarme a Marivette como doncella de Elena, pero parece que no puede ser. Esta mujer está casada y tiene hijos. Su marido y ella quedan encargados, hasta nueva orden, de guardar la casa.
Y yo me llevo a Elena bajo mi única responsabilidad. ¿No encuentras que esto parece un rapto?
Tengo hecha la maleta, pagada mi cuenta en la fonda y espero, no sin impaciencia, el momento de reunirme con mi compañera de viaje. Estoy harto de Quimper, cuyas bellezas he saboreado hasta la saciedad, y tengo prisa por recobrar mi cuarto, mi trabajo, mis libros y a la que quiero más que todo, a la elegida de mi corazón.
Esta mañana, después de una entrevista con el notario a quien he encargado que arregle todos estos asuntos, paseaba yo mis ocios por las calles próximas a la Catedral, cuando vi a Elena, a la que conocí fácilmente por su ridículo traje, compuesto de trapos viejos de su tía, exhumados de un armario, y que la muchacha lleva con estoica indiferencia. La seguí, riéndome a pesar mío del extraño aspecto que la daban aquel chal tan largo que arrastraba por el suelo y el enorme sombrero de calesín, en el que desaparecía su delicada carita. La pobre muchacha resultaba irresistiblemente cómica.
Entré detrás de ella en la iglesia, con cuidado para que no me viera. Empezaba una misa en el altar de la Virgen, y Elena la oyó con un recogimiento inaudito, sin levantar los ojos hasta el momento en que se aproximó a comulgar. No puedes figurarte, amigo mío, el celestial candor de aquella cara extasiada y transfigurada. Veíala de perfil; el horrible sombrero y todas las grotescas fealdades habían desaparecido. No veía más que la aparición del primer día y su puro y radiante perfil. Lejos de ser un místico, soy un descreído... Pues bien, amigo mío; por un momento, deploré no tener la sencillez y la fe de aquella niña para conocer la sagrada embriaguez cuyo reflejo veía en aquella frente pura. Como en un relámpago, sentí el roce de lo divino, como en uno de esos golpes de sorpresa que ponen en conmoción nuestro sistema nervioso y le levantan un instante, para caer después, más que nunca, en la seca realidad.
Acabada la misa, vuelto el sacerdote a la sacristía, apagados los cirios y dispersos los asistentes, Elena se levantó y dio la vuelta a la iglesia deteniéndose en cada altar pare una oración o una reverencia. Hasta la vi enviar piadosos besos a sus santos favoritos. Llegada a la puerta, mojó los dedos en la pila de agua bendita, y como si no pudiera resolverse a un adiós definitivo, volvió a arrodillarse en la nave para rezar de nuevo. Por fin, dejó aquel sombrío santuario, patria de su alma, y cuando la vi marcharse sola con aquella gran pena en su juvenil corazón, tan pequeña, tan débil, no tenía ya gana de reírme de su traje. ¡Pobre niña! Sea la que quiera la buena voluntad de Lacante, temo que no tenga para ella entrañas de padre. Es un estorbo en su existencia, una carga de la que se ha librado todo el tiempo que ha podido y que le va a resultar incómoda hasta lo ridículo. Imagina el efecto de esa hija que le cae de improviso como una revelación que va a divertir, y casi a escandalizar, a sus respetables colegas de la Academia... ¿Cómo va a salir de la aventura? Es verdad que existe el convento... hasta que se case, dice él... ¿Quién sabe? Quizá hasta la muerte... Si la mete allí, allí se quedará.
Máximo a su hermano.
2 de julio de 190...
...¿Quieres saber lo que ha sido de mi amiguita Elena Lacante?... Celebro haber logrado interesarte por esta niña singular; una florecilla silvestre trasplantada de aquella landa bretona, que cubre con su gran sombra el alto campanario calado, a este hormiguero parisiense, agitado, turbulento, escéptico, burlón y malsano, en el que los intereses, los placeres, los teatros, los museos, todas las invenciones de la ciencia y de la civilización, dejan tan poco espacio al recogimiento de las almas pensativas. La florecilla silvestre por poco se muere aquí de asfixia física y moral.
Nuestro viaje fue bueno y velé por ella con cuidados de nodriza. Reíame para mis adentros y, sin embargo, me sentía asaltado por mil temores quiméricos. Me parecía que aquella joven cabeza, confiada a mi guarda, estaba amenazada de inauditas catástrofes y que el tren, que corría con su velocidad monótona y prevista, iba a conducirnos a los abismos. Comprendí entonces y excusé las más locas alarmas de ciertas madres, que me habían exasperado en otro tiempo. El proteger a un ser débil, desarmado, ignorante del peligro y que se fía de nosotros, es misión de una terrorífica dulzura. En aquella noche de viaje comprendí los transportes y las angustias del amor, todo ternura y todo temor; lo comprendí viendo dormir a aquella niña casi desconocida de la que una ironía de la suerte me hacía en aquel momento único protector. Estaba triste, después de los primeros asombros del viaje, y, al oírla suspirar debajo de su gran velo echado y murmurar palabras ahogadas que parecían quejas o plegarias, la compadecía con todo mi corazón. Hubiera querido mecerla en mis rodillas y consolarla con palabras acariciadoras como a un niño a quien se duerme para que no sufra. Es tanta la ignorancia de la vida y tan cándida su timidez, que daría gana de permitirse con ella una familiaridad de hermano mayor, sin sus ojos, aquellos ojazos de profunda gravedad, superior a sus años, que desconciertan e infunden respeto. En el fondo de aquellos ojos de larga mirada se ve vivir un alma, una razón ya firme y ejercitada en velar sobre sí misma; una inteligencia que reflexiona y observa, un corazón ya dispuesto para la ternura y el sufrimiento inocente, silencioso y solitario. Puedes, pues, suponer que no la senté en mis rodillas y que la dejé suspirar a sus anchas hasta que el cansancio le hizo dormirse. Sólo entonces, y con mil precauciones para no despertarla, extendí sobre ella mi manta de viaje, pues la noche estaba fresca.
Un señor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesaban mucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso. Una vez les oí murmurar en voz baja:
—Debe ser la viuda de algún marino.
—Es demasiado joven. Más bien será una huérfana con su hermano.
—No, porque él no está de luto.
—Entonces será su novio.
Aquellas suposiciones me hacían gracia. Aquellos señores bajaron en Versalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta París. Iba despierta, y como observé que me miraba de reojo a través de su velo, le dirigí algunas palabras animadas con una sonrisa.
—Sí, he dormido—me respondió,—y usted ha debido de pasar frío. Es usted demasiado bueno para mí.
—¿Por qué demasiado? ¿No quiere usted que seamos amigos?
—¡Soy tan poca cosa!
—No es esa la opinión de todo el mundo. ¿Sabe usted lo que pensaban esos señores que han viajado con nosotros esta noche? Que era usted una viuda o mi novia.
Elena se echó a reír y, por primera vez, oí su risa franca y joven, que me la reveló como capaz de alegría y de divertirse un poco.
—¡Viuda! ¡Novia!... ¿Tengo un aspecto tan majestuoso?
—¿No le gustaría a usted estar ya prometida?
—¡Oh! no—exclamó;—sería ridículo.
Y añadió con un candor deplorable:
—Mejor podría usted ser mi padre, ¿verdad?
—No lo veo así enteramente, Elena. ¿Qué edad cree usted que tengo?
—No sé...
Y añadió vacilando:
—¿Es muy viejo mi padre?
—Tiene sesenta y dos años...
--- ¡Oh! ¡Tanto como eso!
—Y yo tengo veintinueve.
—¡Ah!
—Confiese usted que me encuentra muy viejo.
—No, muy joven.
Creo que esta muchacha no encuentra gran diferencia entre mis veintinueve años y los sesenta y dos de Lacante... ¡Es tan grande la distancia entre ella y yo! Esta muchacha me ha puesto en la categoría de los característicos de teatro. Creer que apenas se ha empezado a vivir y echar de ver que para los demás se ha pasado ya de la juventud, es un descubrimiento que le pone a uno melancólico.
Elena miraba pasar por la ventanilla las estaciones y los pueblos con una emoción que parecía sufrimiento.
—¿Llegamos pronto a París?—preguntaba ansiosa.
—Todavía no; yo la advertiré a usted.
—¡Ahí está París!—exclamó al ver la inmensa extensión de casas y monumentos que surgía en el horizonte.
Y se puso muy pálida.
En la estación tomé un coche con mi compañera, que temblaba hasta el punto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cada dos pasos:
—¿Es aquí?
Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches, ni la agitación de la multitud, absorbida por la idea de su padre, al que no conocía.
En la calle de Tournon la ayudé a apearse y a subir el único tramo que conduce a casa de Lacante.
Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado e instalado en su mesa de escribir.
La señora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver el extravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmuró entre dientes con impertinencia:
—¡Dios mío! ¿Qué es esto?
No fue mejor la impresión que hizo a Lacante la vista de Elena, que estaba de pie delante de mí, cortada y confusa, esperando una palabra de bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquel buen señor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcían en una risita nerviosa.
—Es Elena—le dije presentándosela.
Lacante le ofreció la mano.
—Acércate, hija mía, acércate... Yo no puedo salir a recibirte.
Tenía la pierna extendida y el pie rodeado de franela.
—...Pero mi corazón va a tu encuentro; sí, mi corazón va a tu encuentro.
Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a sí mismo.
La muchacha se arrodilló al lado de su butaca y le besó la mano, en la que cayeron unas lágrimas.
—¿Qué tiene? ¿Qué es lo que tiene?—me preguntó Lacante agitado.
—Un poco de cansancio y mucha emoción.
—Sí, sí... ciertamente... cansancio, emoción... Es muy natural... ¡Pobre niña! Eso pasará cuando nos hayamos conocido mejor.
Le dio unos golpecitos en el hombro y mandó a la señora Polidora que la llevase al cuarto que le había hecho preparar y que es la pieza contigua al despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logrado introducir una camita de campaña y un lavabo.
A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, que acababan de llegar. Cuando volví al cuarto de Lacante me le encontré hundido en su sillón, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupación.
—Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete—me dijo moviendo la cabeza con aire consternado.
Protesté diciéndole que Elena era encantadora y que la había visto mal.
—¿Cómo había de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a través de sus lágrimas? Detesto a las mujeres que lloran.
—Elena no está siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como un manantial de agua pura. Si yo tuviera una hija desearía que fuera como ella.
—Y devota, ¿no es verdad?
—Eso sí, lo es bastante...
—¡Vamos allá! Todo eso está muy bien, muy bien. Era lo que hacía falta en mi casa.
Hablaba con seca ironía, dando golpecitos impacientes con las manos en los brazos del sillón.
Yo le respondí con algo de aspereza:
—No hay que hacerle reproches; ha sido educada así.
—Sí, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; pero lo malo es que ha muerto a la mitad de su obra... En fin, a lo hecho, pecho. Después de todo esas mojigaterías no duran. No hay como París para limar lo que hay de sobra de ese género en un cerebro joven.
—Pero si tiene usted la intención de meterla en un convento...
—Hasta en el convento, amigo mío... El aire ambiente penetra por las rejas y por los claustros. Dentro de un año se quedará usted asombrado del camino que habrá hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...
Lacante se dirigía a mí como para prevenir mis objeciones. Palabra de honor; cree que me voy a casar con su hija... ¿Y Luciana, entonces, mi Luciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta y generosa y una inteligencia hermana de la mía?
Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos hablado de Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, y después me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestros amigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de su recepción, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad era que le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequeña, cuyas cuatro piezas están siempre abiertas. Veo que quisiera retardar la divulgación de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio no confesado, y acaso inconfesable, contraído según creo con una mujer de condición inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que había pensado establecer en Bretaña. Ahora va a tratar de confinarla en un convento hasta que se case, si es que no toma allí el velo. Por muy escéptico que sea, estoy seguro de que aceptaría con gusto esa solución, la más cómoda y la más secreta de todas.
Sirviéronnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del sillón del enfermo, y aquello pareció una comidita de niños.
Elena entró, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de su timidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos de cabello castaño obscuro.
Su padre se puso contento al verla así, y varias veces me hizo guiños de satisfacción.
Pero hete aquí que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua con gravedad y recogimiento. La señora Polidora se echa a reír encogiéndose de hombros. Lacante sonríe, mira a Elena con curiosidad y, poniendo los dedos sobre la mano de su hija, le dice:
—Veo, hija mía, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad es una fuente de goces íntimos para los que la poseen... Aquí, en París, no se usa el hacer a cada paso manifestaciones de religión. Hay iglesias, a las que se va a rezar públicamente, y cada cual tiene su conciencia, que es una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios «en espíritu y en verdad,» como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadie en la confidencia. No hagas más señales exteriores de fe y conténtate con llamar en secreto la bendición de Dios sobre tus actos del día. ¿Comprendes?
La muchacha se puso encarnada y escuchó inmóvil, con los ojos bajos, pero respondió sin vacilar y con voz firme:
—Sí, papá.
Al siguiente día otro incidente.
Era viernes, y Elena no comía. Interrogada por su padre, respondió que tenía costumbre de ayunar.
—Pues bien, querida niña—le respondió Lacante,—tienes que perder esa costumbre y conformarte con las mías, esto es lo justo. La obediencia es una virtud que hará las veces de la austeridad. Estoy seguro de que no me darás el disgusto de resistirte.
Elena sonrió y presentó el plato sin decir palabra. Lacante se puso muy contento por aquella sumisión sin echarlas de víctima ni sombra de enfado. Cuando llegué, lo encontré radiante.
—Es buena muchacha la tal Elenita, querido. Nada gazmoña ni rebelde.
Y me contó el episodio del día.
—¡Cuando yo decía que es una joven deliciosa!—exclamé.
Lacante arrugó la nariz y movió maliciosamente la cabeza.
—Sí, sí—dijo,—deliciosa y dócil... Se ha comido animosamente su chuleta... pero... no ha tomado postre. ¿Qué dice usted de esto?... No he querido contrariarla y he hecho como que no lo observaba... Pero lo he visto y comprendido perfectamente.
—Ha sido un medio ingenioso—dije—de conciliar la obediencia con el precepto de la mortificación cristiana.
—Sin duda, amigo mío. Así nos las devuelve la Iglesia cuando ha sido su nodriza: de una dulzura flexible en la superficie, pero firmes en el fondo... ¿Firmes?... Esto es lo que habría que ver después de todo—añadió con expresión pensativa.
—¿Qué importa que quede el fondo, siempre que no haya al exterior ni mal humor ni exigencias? Bueno es, por el contrario, que las muchachas tengan principios; así es más probable que sean mujeres honradas.
Lacante estaba reflexionando.
—Sería interesante saber—dijo como hablando consigo mismo,—quién podría más, si las influencias hereditarias y atávicas o las que se ejercen en la más tierna edad por una mente extraña. Sería curioso. No puedo yo jactarme de haberle infundido el germen de todas las virtudes, y en cuanto a su madre, pobre criatura muy mal educada por unos padres que no le dieron más que golpes y malos ejemplos, no sé qué pudo transmitirle de bueno, fuera de la belleza... Esa niña tiene, sin embargo, una expresión de rectitud y de inocencia que debe de proceder de la educación que ha recibido...
—No sé por qué, querido maestro, se rehusa usted a sí mismo la satisfacción de haber transmitido a su hija, con la vida, las cualidades que hacen de usted un hombre honrado. En el maravilloso alambique de la Naturaleza, las cualidades especiales de nuestro sexo se transforman en las que convienen a la mujer. El sentimiento que nosotros tenemos del honor, por ejemplo, es en ellas el pudor y la fidelidad a la fe jurada.
—Puede ser, amigo mío, puede ser... Pero esa transformación gana, acaso, cuando es fortificada por lo que llamamos las antiguas supersticiones, muy bien apropiadas, en suma, para la imaginación viva y sensible de las mujeres. Para los que creen en ella con sinceridad, la religión debe de ser punto de apoyo sólido en la lucha contra las pasiones. Falta saber si el contraveneno sería suficiente para una naturaleza combatida por instintos más o menos desordenados y, lo repito, el experimento sería interesante.
—Si no se tratara de su hija de usted. Supongo que no tendrá usted la intención de experimentar...
Lacante tomó una expresión de cólera.
—¿Quién habla de eso?—exclamó golpeando en la mesa con la regla.—¿He dicho yo semejante cosa?... Mi hija irá al convento, que es el sitio más propio para mantenerla en las ideas que se le han inculcado... Y no seré yo el que trate... No diga usted tonterías, amigo.
Gruñó todavía un rato, y después, volviéndose hacia Polidora, que entró a darle unos periódicos, la interpeló en tono de buen humor:
—Y bien, Polidora, ¿qué dice usted de mi hija?
La mujer se regodeó con aire de suficiencia y dijo no sin desdén:
—Es una joven sencilla y sin malicia, seguramente... Pero no sabe llevar un vestido ni servirse de sus ojos...
—¡Alto ahí, Polidora! Agradeceré a usted mucho que no la enseñe esas artes de adorno... No necesita saber más, hasta nueva orden... ¿Entiende usted?
—Perfectamente, señor, y basta... Si el señor encuentra bien así a la señorita... Lo que yo decía era por su bien. Me pondré guantes para hablarla, si eso agrada al señor.
—Sí; me agrada, Polidora; y como usted es inteligente, quedo tranquilo.
Máximo a su hermano.
10 de julio.
He corrido una porción de conventos. Nunca había visto tantas monjas, mujeres amables, en resumidas cuentas, con una dignidad sencilla y una urbanidad púdica que tienen gran encanto.
Después de muchas comparaciones y reflexiones, creo que vamos a decidirnos a meterla en la Casa de Sión, que es la que parece más propia para ella. Los estudios no son allí malos y la admisión de pensionistas se hace con menos pretensiones aristocráticas que en el Sagrado Corazón, por ejemplo.
Elena, por otra parte, está delicada desde ayer, y el médico ha aconsejado que se le haga guardar cama. Es, sin duda, la consecuencia del cambio de aire y de vida.
Su existencia no es alegre, siempre sola con Polidora... y el diablo sabe qué es lo que Polidora podrá decirle en aquel cuarto lóbrego de un entresuelo, cuya ventana da a un patio, rodeado por todas partes de casas de cinco pisos.
He propuesto que se le haga pasear por París, antes de enjaularla entre las rejas de Sión; pero hay que esperar que esté vestida decentemente y libertada para siempre de aquellas galas enmohecidas en un armario, y que llevaba, sin duda, la señorita de Boivic hace treinta años.
Máximo de Cosmes a su hermano.
15 de julio.
Tenía que suceder; debía de ocurrírsete esa idea. ¡Enamorado de Elena Lacante!... La cosa estaba en el aire y dentro de las verosimilitudes románticas, y tu superior perspicacia no ha vacilado en desgarrar los velos del porvenir ni en profetizar. Pues bien, no; nada de vaticinios. Nadie es profeta en su familia.
Elena es agradable y las circunstancias singulares en que se me apareció fueron conmovedoras y de una fúnebre poesía. Pero, ya te lo he dicho, mi elección está hecha. ¿Crees tú que tengo un corazón con cajones numerados en el que colecciono las ternuras?
Dices que desconfías de las aventuras novelescas y galantes y de los amores que hieren como un rayo. Pero no sabes, amigo, que no se trata de aventuras galantes ni de amores a la ligera. Nada de rayos. La que amo es Luciana Grevillois, a la que conozco hace mucho tiempo; desde antes de la muerte de su padre, que falleció de repente, hace tres años, en el Observatorio, cuando estaba estudiando con su telescopio un eclipse de luna. Todos los periódicos hablaron de esto. Era un astrónomo distinguido, miembro de la Academia y de varias sociedades científicas. Privado de fortuna, dejó, al morir, a su mujer y a su hija en la situación más precaria, con una modesta viudedad a la que la munificencia del Gobierno añadió un estanco, que Lacante les consiguió. Las dos pobres mujeres han tenido que ingeniarse para suplir la insuficiencia de sus recursos y se han puesto animosamente a trabajar. La madre hace muestrarios de bordados para los almacenes, y la hija, que tiene talento, pinta miniaturas. No son éstos antecedentes ni procedimientos de aventureras y creo que no puede haber nada más honroso.
Las he visto con frecuencia en casa de la Marquesa de Oreve, la gran amiga de Lacante, que tiene un salón artístico y literario en el que nuestro tutor es rey y pontífice, bajo los auspicios del mismo Marqués de Oreve, un papamoscas de alto coturno. Toda esta gente debe ser desconocida para ti, que la habrás olvidado después del tiempo que llevas corriendo por el mundo, lejos del boulevard.
Las señoras de Grevillois no asisten a los jueves de Lacante, pero forman parte del círculo habitual de la Marquesa Leontina de Oreve. Allí se ve también a miss Carolina Godwin, poetisa lírica muy apreciada en Inglaterra, no muy joven y nada linda, aunque gusta a algunos por sus monadas de pájaro asustado y por una especie de gorjeo de que se sirve para expresar sentimientos supraterrestres e ideas de una elevación que causa vértigos. También va Sofía Jansien, una gorda subida de color y de potentes atractivos, cuya historia te contaré un día. Luciana brilla entre aquellas señoras, puedes creerlo, con un fulgor que deslumbra, con su cabellera de oro y su talle de diosa.
Admirábala yo de lejos, sin haber jamás pensado en hacerle la corte (sabes que soy, por naturaleza, poco galante), ni siquiera en hablar con ella de un modo particular. Hermosa y admirada como era, me parecía de una especie diferente de la mía y, por instinto, sin intención deliberada, me mantenía a distancia, dichoso solamente con su presencia, como se es dichoso con un rayo de sol.
Duraba esto hacía unos años, cuando, en una tarde del último octubre, Luciana vino a sentarse a mi lado. Me levanté al acercárseme, dispuesto a cederle el sitio y sin pensar que se hubiese molestado por mí. Pero ella, con un gracioso ademán, me hizo seña de que me volviera a sentar.
—Confiese usted, caballero, que no es usted curioso—me dijo sonriendo.
—¿A qué se refiere la observación?
—Hace meses y aún años que nos encontramos casi todas las semanas en este círculo, tan reducido que es imposible que seamos completamente extraños el uno al otro, y nunca ha tenido usted la tentación, ni aun la más frívola y pasajera, de hablar conmigo y tratar de saber si hay en mi alma más que una muñeca...
Y al ver que, estupefacto por aquel brusco ataque, no respondía, siguió diciendo:
—Yo deseo hace mucho tiempo conocer el color íntimo de su mente de usted, no de la que se muestra en plena luz en conversaciones hechas para la galería, sino de la que se calla, de la que se reserva, de la que sólo se entrega cuando está segura de encontrar una simpatía.
Estaba yo literalmente aturdido. Sabes que no soy inclinado a hacerme valer. Si tengo cierta estima por mi inteligencia, prescindo por completo de mis prendas físicas, y la atención de que era objeto por parte de aquella radiante belleza hacíame dudar si estaba despierto o sumido en las perfidias de un sueño.
Como convenía, me mostré conmovido por su benevolencia y hablamos largamente. Me quedé maravillado de la razón de aquella joven, de la madurez de su pensamiento, de la penetración, un poco desengañada, de su inteligencia. Se ve en ella un corazón que ha sufrido y que, si no se ha agriado, se ha empapado en las amargas aguas de la adversidad y está más dispuesto a la lucha que a una pasiva resignación. Es una valiente, esta Luciana, y he amado a esta valiente. Por mi parte, he creído conocer que le había agradado.
Tomamos la costumbre de crearnos, en todos nuestros encuentros, unos instantes de conversación íntima, y echamos de ver que estábamos maravillosamente de acuerdo en una multitud de cuestiones de arte, de sentimiento de la Naturaleza, de preferencias literarias, aspectos generales de la vida, en todo, en fin. Es verdad que hay en ella aspiraciones religiosas en las que yo no puedo seguirla; pero nada estrecho, nada de devociones infantiles como las de nuestra amiguita Elena Lacante. La religión es en Luciana un vuelo del alma hacia las alturas.
Unas semanas después, me dijo, un día en que habíamos hablado con singular confianza:
—Confiese usted que tuve razón al arriesgarme a los primeros pasos y que estábamos hechos para entendernos. ¿Por qué se separaba usted sistemáticamente de mí?
—Es usted demasiado hermosa y no me atrevía a aproximarme.
—¿De veras me encuentra usted hermosa?... Yo lo aprecio a usted mucho. ¿Cuál de los dos da más al otro?
—Una sola mirada de usted vale más que todo lo que hay en mí y que todo lo que pudiera ofrecerle en cambio.
—Ofrezca usted, con todo—díjome ella sonriendo,—y me contentaré con lo que sea.
Si en aquel momento me hubiera dicho que abriese el balcón y me arrojase de cabeza a la calle, creo que no hubiera vacilado, hasta tal punto estaba mi corazón fanatizado de amor por ella en aquel momento.
—Haga usted de mí lo que quiera—dije muy conmovido.
Luciana respondió:
—Lo que yo quiero es un amigo. ¿Quiere usted serlo?
—No es bastante.
Se quedó un momento silenciosa, mirándome al fondo de los ojos, y dijo en seguida:
—¿Piensa usted en lo que pide?
—Ciertamente que pienso.
—No se apresure usted, porque acaso después le pesaría. A mí me basta con la amistad.
—Y yo la quiero a usted toda—exclamé con ardor.
Si hubiéramos estado solos, la hubiera estrechado contra mi corazón; pero nos rodeaban diez personas, y aunque las costumbres del salón autorizan ciertos modales familiares y una amistad íntima, debemos por eso mismo observar una circunspección y una reserva exterior irreprochables.
Obtuve de ella en aquella tarde permiso para considerarla como mi prometida y le expuse lealmente mi situación, que no es brillante. Tenía ya en aquel momento esperanza de que Marignol me escogiese para suplirlo en la cátedra del Colegio de Francia; pero no era más que una esperanza, y, por otra parte, las condiciones leoninas que me impone ese avaro de Marignol mejoran muy poco mi situación.
Luciana pareció sorprendida de que mis trabajos de crítica sean tan mal pagados. Lo cierto es que con lo que yo gano y con lo poco que a la pobre muchacha le producen sus miniaturas no podríamos sostener una casa.
—Veo—me dijo con un ligero suspiro—que durante largo tiempo tendremos que armarnos de paciencia, a no ser que alguna hada benéfica...
—Las hadas—respondí suspirando—olvidaron el darme, al nacer, entre otros dones, el de la riqueza... y nunca lo he lamentado como hoy. Tendremos, pues, que no contar más que con nosotros mismos y con nuestro esfuerzo.
—Soy valiente—me dijo.
Pero conocí, sin embargo, que aquella larga perspectiva de cuidados, de trabajos y de lucha encarnizada contra la mala fortuna, la entristecía, como era muy natural.
Al despedirme de ella, la estreché la mano y le dije con energía:
—Siento que su cariño de usted me traerá la dicha y espero encontrarme pronto en estado de poder asegurar a usted la dignidad de vida y la tranquilidad de espíritu a que tiene derecho.
Luciana respondió a la presión de mi mano:
—Eso es; esperemos con paciencia el momento favorable para realizar nuestros proyectos.
—¿No retira usted nada de lo que me ha prometido?
—No, por cierto; guardemos nuestras queridas esperanzas y tengámoslas secretas, ¿verdad?
Hubiera yo deseado hacer mis confidencias al Cielo y a la tierra, pero Luciana me hizo observar que la situación de una novia a largo plazo y sin época determinada era embarazosa y algo ridícula.
Consentí, pues, en guardar para mí solo la felicidad que me tenía y me tiene aún deslumbrado, y hasta he concebido por ello cierto nuevo grado de consideración para mí mismo. Hay, además, dulces e incomparables delicias en el misterio de este amor velado a las miradas profanas y que es para nosotros un cielo de goces.
Aquí tienes, amigo mío, toda mi novela, perfectamente legítima y honrosa. Nada hay en las de Grevillois que huela a aventuras, y como Luciana es la belleza misma, seré con ella el más feliz de los hombres.
Perdóname que no te haya contado desde el principio todos los detalles, pero me lo impedía mi promesa de discreción absoluta. Con un hermano, sin embargo, se puede hacer una excepción, y no quiero que imagines alguna aventura dudosa emprendida a la ligera. Pero no nos vendas. Y, sobre todo, no vayas a figurarte que estoy enamorado de Elena. Si supieras cómo se borra hasta desaparecer la pobre chica cuando la comparo con Luciana... He tenido una prueba muy clara al volver de Bretaña. Fui a ver a esas señoras, y en cuanto se presentó mi hermosa prometida, sentí una impresión de luz como el que sale en pleno día de una cueva, o de un lugar de tinieblas.
La pobre Elena, enfermiza e infeliz, me causó una especie de enternecimiento al que contribuyeron el aparato fúnebre y la decoración mística que rodeaban su juventud.
Pero en el entresuelo de la calle de Tournon el prestigio poético se atenúa y se descolora y veo a esta joven tal como es: una criaturita inofensiva y graciosa, que sería acaso linda si fuese feliz, pero que tiene las facciones envueltas en un velo de melancolía y de temor que empañan su brillo.
Máximo de Cosmes a su hermano.
15 de julio.
Elena está decididamente enferma. El médico dice que tiene una fiebre mucosa. Lamentable contratiempo para Lacante, pues es imposible llevarla al convento, donde no la recibirían en tal estado. Hay que tenerla en la casa y puedes figurarte qué trastorno interior. El pobre Lacante, que contaba con seguir ejerciendo de incógnito su paternidad y había suspendido dos semanas seguidas, con diversos pretextos sus reuniones de los jueves, se va a ver obligado a confesar. No se puede guardar en la casa una muchacha enferma sin que se note algo.
El doctor, Carlos Muret, está ya en el secreto, y el desgraciado Lacante se arranca los últimos cabellos.
A pesar de mi cariño, no puedo menos de encontrar cómico el apuro de Lacante, y él, que lo ha observado, me ha tirado su gorro a la cara. El estado de Elena no es grave hasta ahora, y puede uno reírse sin remordimiento del gracioso embrollo en que este buen señor está metido. Él mismo ha acabado por reír, sin cesar en sus anatemas líricos contra el demonio de los tardíos e intempestivos amores que lo han impulsado a proporcionarse una familia a la edad en que, de ordinario, se descansa después de la obra realizada. En su lugar, hubiera yo contado en seguida mi historia, ahorrándome el embarazo de una situación falsa que se hace insostenible al prolongarse. Lo que le detiene no es tanto la confesión del pasado como el partido que hay que tomar para el porvenir. Teme las interpretaciones, las críticas y los consejos sobre la conducta que debe seguir para con esta niña a la que tan poco conoce y a la que tanto debe en compensación de su largo descuido. Lucha entre el sentimiento que tiene de su deber y el egoísmo de sus costumbres independientes, y quisiera estar libre de toda influencia y de toda intervención extraña para cerrar este debate.
Pero, a pesar de sus anatemas y de su aire regañón y contrariado, se le escapan palabras que denuncian una sensibilidad más excitada de lo que él quiere confesar. La juventud, unida al sufrimiento, tiene gracias a que no es posible resistir.
Máximo de Cosmes a su hermano.
18 de julio.
La revelación pública se hizo de improviso, ayer tarde. Unos amigos habían entrado forzando la consigna y estaba yo esforzándome por explicarles la ausencia prolongada de Lacante, mientras éste conferenciaba con el médico; cuando lo vi entrar pálido y descompuesto. Todos lo observaron y le hicieron preguntas sobre su salud.
Lacante entonces se decidió:
—Amigos míos, estoy bueno; pero aquí, en el cuarto contiguo, hay una enferma, y esa enferma es... mi hija.
En seguida, viéndolos a todos estupefactos, añadió:
—Sí, mi hija, una pobre niña que vino al mundo hace quince años, sin grandes ceremonias y en un lecho mortuorio... He sido casado, amigos míos, y si algunos de vosotros no lo han sabido, es porque me han quedado de aquella corta unión impresiones tan dolorosas, que trato de olvidarlas. De los dos amigos que me asistieron en aquellas circunstancias, el uno ha muerto, y el otro no ha salido nunca de Bretaña. Y ahora que la venerable persona que ha educado a mi hija acaba también de morir, pido vuestra benevolencia para esta niña, si no es que...
No pudo acabar y su emoción me conmovió.
—¿Tan mal está?—le dije.
—¡Está muy grave!
Un gran silencio se cernió sobre la estupefacción de todos. Creo que hubiera sido curioso observar las fisonomías, pero yo no tuve la serenidad necesaria. Se murmuraba en voz baja palabras de asombro y de vaga simpatía, pero nadie tenía gana de reír. La muerte, muy próxima, acurrucada sobre aquella joven víctima, quitaba a la aventura lo que, de otro modo, hubiera tenido de irresistiblemente jovial, y la emoción que lo dominaba salvó del ridículo a aquel padre recalcitrante.
Por muy tarde que se hubiesen conmovido sus entrañas por aquel pobre ser nacido de él, había sentido, sin embargo, en su corazón la llamada de la Naturaleza. Bien fuese por lástima, bien por remordimiento, él sufría y no podíamos menos de compadecerlo. Encorvado hacia el suelo y con las manos en las rodillas, parecía agobiado por un gran peso invisible, y sus facciones, tan expresivas y gesticulantes, en las que cada gesto subraya una malicia propia para provocar la risa, tenían en aquel momento una expresión trágica, por lo mismo que no era la acostumbrada.
Le preguntamos la opinión del médico. El doctor teme una meningitis y he pedido consulta. Hemos arrancado estas noticias a Lacante y todos se han despedido. Se veía que deseaba estar solo.
Me ofrecí a quedarme toda la noche a su disposición, pero él no aceptó y me estrechó calurosamente la mano.
—Mi querido amigo—me dijo con voz alterada,—era encantadora y creo que me hubiera querido... me quería ya...
—Y le querrá a usted todavía. ¿Por qué desesperar?
Lacante movió la cabeza sin responder.
¿No sería un extraño desquite de la niña abandonada el haber venido a casa de su padre para morir en ella, dejándole un eterno pesar?
Encontré en la calle a mis amigos, que me estaban esperando para asaltarme con sus preguntas. Tuve que contarles mi viaje a Quimper y hacerles la descripción de Elena. ¡Cuántas curiosidades va a tener que satisfacer, si vive, la pobre inocente! Como era natural, los amigos se desquitaron un poco de la violencia que se habían impuesto en casa de Lacante y se permitieron algunos epigramas jocosos, sin gran malicia, para decir la verdad.
Como era temprano me fui a acabar la velada en casa de las de Grevillois, que daban un té en su minúsculo cuartito del piso quinto. Puedes pensar si tendría yo prisa por ir. Me acompañó Gerardo Lautrec. ¿Te he hablado de él? Y cuando llegamos estaba la reunión en todo su esplendor. Unas quince personas llenaban literalmente la estrecha salita y refluían hasta el comedor, en el que había unos platos con pastas y sandwichs, escoltados por unos vasos de agua de naranja y una tetera de metal blanco. Una lámpara colgada y unas cuantas bujías iluminaban toda la casa.
Una señora estaba cantando en la sala, bastante mal por cierto: no podía verla; pero estaba tranquilo, porque Luciana no canta ni sabe más música que la necesaria para tocar un rigodón. Esperé con paciencia que aquella dama hubiera exhalado el último grito, que me pareció estridente y de un timbre infernal; así fue que el descanso resultó magnífico y la suprimida tortura se tradujo en un aplauso unánime. Me precipité entonces a la sala, empujando a unos cuantos jovenzuelos, so color de un entusiasmo irresistible, y me encontré con la cantante, que, roja, sin aliento y con el pecho al aire, estaba recibiendo los cumplidos con un gusto exento de toda modestia.
Era Sofía Jansien, de quien ya te he hablado. Hija de un plantador de la Jamaica se enamoró del intendente de su padre y se casó con él. Llevaron una existencia miserable durante unos años; pero, habiendo muerto el padre de una caída del caballo sin haber tomado la precaución de desheredar a la fugitiva, se encontró Sofía en posesión de una bonita fortuna, de la que disfruta con su esposo, quien la aprovecha para emborracharse concienzudamente una vez al día por lo menos.
Gracias a su dinero y a algunos altos parentescos, Sofía es admitida en sociedad, pero no lleva a su Jansien, que se encuentra más a sus anchas, para satisfacer sus gustos, en el recogimiento del hogar conyugal. Se dice que se llevan bien. Ella no murmura sobre el número de botellas que el hombre se bebe todos los días, y él la deja, sin mal humor, ir adónde le acomoda y hacer lo que se le antoja.
Esta historia, que todo el mundo conoce, la audacia un poco cínica de su lenguaje y la extravagancia de sus modales, hacen que no la vea yo con mucho gusto en casa de Luciana; pero sé que la pobre muchacha tiene que conservar en ella una cliente preciosa. Esa exuberante amiga de las artes, que pinta como canta, ha escogido a Luciana para retocar clandestinamente sus obras maestras, y paga liberalmente su talento, y, sobre todo, su discreción.
La felicité con un bravo un poco seco, saludé a la de Grevillois, muy ocupada en cumplimentarla para hacer caso de mí, y traté de descubrir a Luciana. Estaba sentada en una silla baja, entre un torrente espumoso de gasas y tules blancos y rosa, y en cuanto me vio se levantó vivamente.
—¿Y Lacante? ¿Dónde está el señor Lacante?
Comprendió en seguida, en la expresión de mi cara, que Lacante no me había acompañado, y sus hermosas facciones se ensombrecieron.
—¡Cómo! ¿No ha venido? Me había usted prometido traerlo... ¡Es fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta decepción, pero no es mía la culpa.
El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y recibir en su casa a todas las celebridades, no sólo de París, sino del mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que tendría orgullo en recibir en su salón a un licenciado de presidio, con tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su colección, y Luciana le había prometido procurárselo valiéndose de mí.
Me esforcé por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cortó mi inútil retórica.
—Si Máximo no trae a Lacante—dijo,—trae en cambio una novela inédita.
—¡Una novela! Veamos, veamos... Señor Cosmes, no puede usted negarse.
Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interesó y divirtió mucho al auditorio.
Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.
Los hombres decían:
—Es acaso un desenlace y una buena solución.
Sofía Jansien resumió todas las opiniones con su voz de clarín:
—Si ha de perder a su hija, más vale que no la haya educado él mismo, pues así se consolará más fácilmente. Si vive, tendrá tiempo para hacer que olvide el pasado y para hacerla feliz... Señoras, no nos enternezcamos por Lacante... Ha amado y esto basta; su misión está cumplida. El gran negocio en esta vida es el amor.
Luciana preguntó:
—¿Es bonita esa joven? No nos lo ha dicho usted.
—¡Lindísima!
Procuré, con algo de malicia, acentuar mi respuesta, pues nada molesta a las mujeres como la belleza de las demás.
—¿Tan bonita es?
—¡Deliciosa!
—El viaje, entonces, no le habrá a usted parecido largo...
—¡Oh! Máximo no se ha aburrido—dijo Lautrec riendo.
Me pareció leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me resultó agradable.
La Condesa Vannier creyó que debía defenderme y habló de misión de confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza, de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tenía en la mente antes de que ella los dijese.
Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos recitara alguna de sus poesías.
Lautrec se excusó diciendo, con un acento de ironía más picante que todas las frases, que la paternidad de Lacante le tenía fuera de su estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompañadas de una de sus irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recitó un soneto de corte romántico, según el cual la crisis fatal de la vida humana no es el día en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el primer desengaño de amor...
—Hay también el día en que se paga al casero—dijo una voz.
Hubo risas, pero el éxito de esta melancólica reflexión se perdió en el ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible formarse idea del efecto que produjeron dichos por él, con su voz cálida y envolvente, patético sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o de varonil altivez. ¡Cómo tenía atentas y palpitantes a todas las mujeres! ¡Y cuánta era mi irritación al ver a Luciana suspendida de sus labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un inglés y con su flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los éxitos que puede desear y hasta algunos más. Luciana, que tenía los ojos brillantes de entusiasmo, le dio las gracias con efusión y se lo llevó después al comedor con el pretexto de darle un refresco.
Lautrec, sin embargo, no tardó en despedirse, y yo me ofrecí el pobre desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.
—¡Cómo!—la dije,—¿ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos de usted?
—¡Ay de mí!—exclamó riendo;—olvidemos lo que es triste y hablemos un poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.
—Tampoco eso es alegre; la pobre niña está acaso a estas horas en el duro trance de la muerte.
—Entonces hablemos de otra cosa—dijo secamente; y me dejó casi en seguida.
No me he engañado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la belleza de Elena, de que está celosa, y sus celos prueban que me ama. ¿Qué más puedo desear?
Pronto la vi reír con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y único negocio de la vida, que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana, con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran míos. ¿Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increíble.
Máximo de Cosmes a su hermano.
30 de julio.
La enfermedad de Elena se prolonga sin dejar de ser grave. Los médicos esperan el veintiún día para pronosticar, entonces deberá producirse una crisis que será decisiva. La vi la otra mañana, muy blanca, en su camita de campaña instalada en la biblioteca para dos o tres noches y que será, acaso, el lecho de su eterno reposo. Su cara, tan pálida como las sábanas, se destacaba sobre la obscura encuadernación de los libros y sus ojos hundidos brillaban en la penumbra.
Me vio en la rendija de la puerta, donde estaba yo medio escondido, y me hizo una señal con la mano. Sus labios se movieron al mismo tiempo, pero su débil voz no pudo llegar hasta mí.
—¿Qué quiere?—pregunté a Polidora que estaba allí.
—Dice que no entre usted, porque se le puede pegar su enfermedad.
¡Pobre niña! Aquel cuidado por los demás, en medio de su fiebre, era conmovedor.
Polidora la cuida con un celo que la rehabilita a mis ojos. Después de todo, es posible que no le haya faltado más que la ocasión de tener virtudes.
He recibido esta mañana una deliciosa carta de Luciana. No la he visto desde la reunión de la otra noche y creía, no sé por qué, que estaba enfadado. La he tranquilizado en seguida con unas palabras dirigidas a la lista del correo, como está convenido entre nosotros. Nada más legítimo, puesto que somos prometidos. Sería duro a nuestra edad someter nuestra correspondencia a la buena señora de Grevillois, y acaso más duro todavía el excluirla de ella. Hemos pensado que lo mejor era ahorrarle ese disgusto.
Adoro las cartas de Luciana, porque se muestra en ellas más libre y más tierna que hablando. En los raros instantes en que podemos hablar solos está reservada y casi fría y me hace feliz esta reserva, hija de su pudor y de su dignidad. El lazo que nos une, aun siendo un poco místico, no deja de ser fuerte.
Máximo de Cosmes a su hermano.
6 de agosto.
¿Sabes que estoy celoso del interés que tomas por todo lo que se refiere a Elena Lacante?
La pobre niña es interesante, pero yo también, qué diablo... Y tú no parece que te das cuenta de ello.
Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha traído un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todavía, sin embargo, alteraciones y lagunas en su memoria.
Lacante es extraordinario. Aunque el médico ha recomendado el reposo y el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al día en el cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta débil criatura, tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. ¡Ah, querido! La belleza es una maga poderosa.
Además, a Lacante le parece deliciosa la novedad del sentimiento que experimenta a una edad en que todo se ha probado y agotado hasta las heces. En la pureza inmaculada de tales sentimientos ¡qué irresistible fuerza la de esas sensaciones todavía no gustadas! Lacante saborea su encanto con una alegría temblorosa por miedo de ver agotarse ante sus ojos ese manantial en el que sueña con apagar la sed de su vejez.
Creo que no podría ya separarse de su hija. El otro día le oí encargar una institutriz inglesa o alemana para acompañar a Elena durante su convalecencia... Piensa, con razón, que Polidora, con toda su buena voluntad, no será una compañía conveniente para su hija. También me ha hablado de un cuartito que se alquila en el mismo piso que el suyo y que podría completar su casa. Creo que las cosas se arreglarán de ese modo, y, realmente, puesto que la existencia de Elena no es ya un secreto para nadie, no veo por qué se ha de privar de la alegría de su presencia. Esto le obligará acaso a sacrificar algunas intimidades y a moderar el tono de las conversaciones. El buen gusto no perderá nada con ello.
Máximo de Cosmes a su hermano
8 de agosto.
Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha presentado un momento en la sala. Hace quince días que han vuelto a verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueño de la casa, aunque algo atacado de la gota, nos había parecido de muy buen humor. A eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha vuelto a entrar con Elena de la mano.
¡Qué aparición, querido mío, la de aquella niña olvidada, demacrada, vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y unidos por detrás en una gruesa trenza, y con el tímido asombro de sus ojazos, un poco hundidos, parecía un ser celestial. Su padre, radiante, se la presentó a la Marquesa de Oreve, que allí estaba y que la acogió con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco arrulladoras y afectadas. Me gustaría saber lo que ha pensado la muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud presuntuosa. Nunca me había chocado tanto como entonces, por el contraste con la cándida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas maneras y de aquellos adornos.
Lacante hizo que su hija se sentase y le presentó, uno por uno, sus invitados, añadiendo al nombre de cada cual una nota característica destinada a fijar sus recuerdos. Cuando llegó a mí, Elena dijo con presteza:
—A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha sido conmigo.
Y me ofreció su manita demacrada.
En este momento entró el doctor Muret y se indignó al encontrarla todavía de pie siendo más de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso como un colegial cogido en falta, dándose prisa para llevarse a Elena, a pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la cólera del médico. Parecía rejuvenecido con la belleza de su hija.
Cuando volvió, fue unánime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec improvisó, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el que la comparaba con las vírgenes de las Propilias y rimaba ánfora con canéfora, lo que es rico, nuevo... y no hace daño a nadie.
Máximo de Cosmes a su hermano.
20 de agosto.
Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa reprimenda.
Me regañas por mi elección porque hubiera podido hacer un matrimonio mejor. Dí, si quieres, que hubiera podido hacerlo más rico, pero no con tan bella prometida. El matrimonio, para mí, no debe ser un buen negocio, cómodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.
Lo que tú piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a través de tus precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engañar por una ambiciosa coqueta y pobre, que ha creído hacer una excelente presa y que finge el amor para asegurarse una posición. No lo niegues; adivino tu pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta que conoce la insuficiente medianía de mis recursos actuales y lo incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una cátedra en el Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.
¿Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrés años, el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita representar la comedia del amor para procurarse un marido?
La sospecha es injuriosa y poco agradable para mí. No soy fatuo ni me creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que encuentro al paso. Pero ¡qué diablo! no soy tampoco un monstruo y no me parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazón se enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo ni las gracias perversas de don Juan.
Y, además amigo mío, aun cuando se me probase que Luciana ha querido ante todo asegurarse una posición y un marido de buena voluntad, y que había usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sería ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilízate; me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De otro modo, ¿por qué me había de escoger?
Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las demás mujeres parecían comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y desaparecía. Nadie puede compararse con Luciana.
Puesto que te divierten mis crónicas, voy a contarte aquella comida en casa de la Marquesa.
La de Oreve tenía a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda a Kisseler, el escultor.
Enfrente de ella, su augusto esposo.
¿Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de cosmético que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos pelos rebeldes, el Marqués es feliz. Tiene la nariz aguileña y larga; lo que es eminentemente aristocrático y le llena de satisfacción. Es aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas crónicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin duda, que él se casó con Leontina Marsh, hija de un fabricante de drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrás y con los ojos ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve tan alto en las jerarquías de Príncipes, que no puede ver lo que pasa delante de sus narices. ¡Y deben de haber sucedido unas cosas!...
El Marqués tenía a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofía Jansien, y, mientras nos sentábamos, le oí decir:
—En 1590, una señorita La Fertè-Jonchère se casó con un caballero de Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, después de varias alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys... Greville-Loys... Grevillois... ¿Comprende usted?
Lo abandoné a su disertación para ir a sentarme en el extremo de la mesa con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme a ese batallón ligero. No me atreví a sentarme al lado de Luciana, que me había dicho por lo bajo, siempre prudente en su táctica: «No llamemos la atención.»
Gerardo Lautrec tenía el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente, sin perder ni un movimiento, ni una expresión, ni un matiz siquiera de sus fisonomías. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo si Luciana, con una seña y una imperceptible sonrisa, no me hubiera probado que estábamos secretamente unidos.
La conversación versó al principio sobre la literatura y las novelas nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no reconoce el mérito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad menos próxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal librado. Lacante sonríe con bondad ante esos holocaustos en su honor y defiende a las víctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinión. Se resigna e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le asesta la inagotable elocuencia de la dueña de la casa, a no ser que el Marqués, molestado por el ruido, no la detenga con un ademán de su larga mano incolora:
—Querida amiga, nos gusta oír hablar a Lacante; permítenos escucharlo.
La primera parte de la comida se consagró a la literatura. Hacia el asado, sin embargo, la conversación se extravió, y dejando los laberintos literarios, hicimos una excursión atrevida hasta las más altas cimas del arte, bajo la dirección de Kisseler. Después, como cediendo a la atracción del vacío, dimos un inmenso chapuzón en el obscuro abismo en que lucha la metafísica contra las religiones, que la desdeñan, y contra la ciencia que la desprecia.
Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresión en digresión, al concepto de la divinidad. Kisseler fue también quien inició el asunto con una audaz apología de la belleza plástica que fue como divinizar la forma: la belleza era para él el primer atributo de un dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religión: la Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religión, única digna de conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto común, la adoración de la belleza. Gerardo Lautrec trató de espiritualizar la idea mostrándonos en la belleza de la forma la imagen y el símbolo de la belleza moral, única representación de la divinidad. Al oír esto Sofía Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache, preguntó con indignado desprecio cómo era posible que se perdiese el tiempo en definir lo que no existe.
—Nosotros—dijo,—somos nuestros propios dioses, puesto que siempre dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo nuestros vicios, como lo prueba la mitología de los griegos.
La Marquesa interpeló a Lacante, que se había limitado hasta entonces a aprobar sucesivamente todas las teorías con la benevolencia ligeramente irónica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de metafísica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en el que no soporta incursiones extrañas más que con sonriente piedad. Hubiera él preferido no verse obligado a responder, y salió del paso con su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.
Desarrolló primero la idea de que para los que consideran el Universo como una fuerza independiente que saca de sí misma todo lo que existe, no es necesaria la hipótesis Dios; y la cuestión de saber si Dios es bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.
—Es verdad—añadió—que si no se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.
—¿Para qué?—exclamó la impetuosa Sofía, contrariada por aquella hábil balanza entre las diversas opiniones.—¿Para qué ese engaño impuesto a nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en nombre de un Dios que no pueden definir.
Gerardo replicó que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable; y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear ciertas palabras para expresar hipótesis, como el éter y el átomo, lo que facilita la explicación de los fenómenos.
Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirmó que la virtud no existiría sin la creencia en Dios, y esto proporcionó a Kisseler la ocasión de dar una carga furiosa contra las virtudes asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.
Y entonces (he querido traerte aquí por este largo rodeo) Luciana, que había guardado hasta entonces un prudente silencio, levantó la linda cabeza y dijo con emoción:
—No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente, invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen, nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el mundo.
Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.
—Luciana nos hace ver maravillosamente—dijo con galantería Lacante—una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin salida—añadió riéndose—es el gran infortunio de los filósofos.
Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda atención, le preguntó:
—¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?
Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que insistió:
—Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la belleza?
Elena respondió con gran dulzura:
—¡El amor!
Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.
Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:
—¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del amor.
—El amor, hijo de Venus—murmuró el Marqués, a quien aburrían estas cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.
La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.
—Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted más que a amar a Dios...
—A Dios y a los hombres, señora—respondió Elena con cándida intrepidez y sin echar de ver las sonrisas de todos.
—¡Diablo!—exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;—pido que se agregue a las señoras...
Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien estas bromas gustan extraordinariamente.
Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al salón.
Elena Lacante al Padre Jalavieux.
Agosto.
Señor cura:
Me siento muy culpable y muy ingrata para con usted. Le había prometido darle noticias de mi viaje, de mi llegada a casa de mi padre y de lo que fuera de mí. Han pasado cerca de dos meses y no he cumplido, mi promesa; y aunque pudiera excusarme por haber estado mala, muy mala, según dicen, prefiero acusarme y pedir a usted perdón, para oír en mi corazón aquellas palabras tan dulces que pronunciaba usted después de la confesión de mis faltas: «¡Váyase en paz!»
¡Cuánta necesidad tendría de sus consejos en esta existencia tan nueva! Y no tengo nadie a quien dirigirme, porque nadie me conoce bastante para interesarse por mí. Mi padre es muy bueno, pero necesitaría consejos para agradarle y no me atrevo a pedírselos. Me intimida hasta el extremo, a pesar de su bondad, que excede a todo lo que podía esperar. Me demuestra hasta ternura, y esto es un verdadero prodigio, pues nada he hecho hasta ahora para que me quiera. Creo que se ha aficionado a mí, por los cuidados que me ha prodigado durante mi enfermedad, y que me agradece que viva, como si tuviese yo en ello algún mérito. Si por eso es feliz no debe dar gracias más que a Dios. Por desgracia (y este es un gran secreto que confío a usted) no creo que piense en tal cosa y esto me produce una pena extremada. Según lo que mi ignorancia me permite juzgar, me parece que Dios es para él un asunto de estudios, un problema interesante e insoluble, y no ese Padre lleno de justicia y de amor al que usted me ha enseñado a amar y a temer. Y esta diferencia en el modo de concebir a Dios, la vida eterna, nuestra alma misma, pues todas estas creencias se encadenan, es acaso lo que me hace ser tan tímida al lado de mi padre. Hay entre nosotros una equivocación, más todavía, una dificultad para entendernos, que me hace encontrarme como en país extranjero entre esta sociedad tan inteligente, tan ingeniosa y, según creo, tan sabia. Mis sentimientos no encuentran eco. Todo lo que digo asombra y hace sonreír.
Todo esto viene acaso de mi ignorancia y de que no sé el sentido exacto de las palabras; pero lo que sí veo claramente es que las prácticas religiosas no se usan en París y que el domingo se diferencia poco de los demás días de la semana. Mi padre, sin embargo, es tan bueno, que me permite obrar según mi conciencia, con tal que no le moleste en sus costumbres, lo que es, después de todo, muy natural. ¿Lo creerá usted, señor cura? Lo poco que hago por Dios, discretamente y en silencio, lo hago con más fervor y me proporciona más dulzura por lo mismo que tengo que superar más dificultades. Deseo mucho complacer a mi padre y que me quiera. Piense usted que es el único ser en el mundo a quien puedo consagrar mi vida: ¿qué iba yo a hacer de mi corazón si nadie se cuidase de él?... ¿Lo escandalizo a usted, señor cura? Usted piensa que Dios nos pide ese corazón y esa vida, y que esto es bastante para llenarlos. Pero, se lo ruego a usted, no piense eso. Dios es demasiado grande y yo demasiado pequeña, y necesito intermediarios para elevarme hasta Él, como los peldaños de una escala de amor; pero si mi inteligencia va derecha hacia Él, y no pide más luz; si la fe me basta para creer; mi corazón no podría subir tan alto de un solo vuelo. Siento mi corazón como vacío, y pesado por estar vacío... Es acaso absurdo lo que estoy escribiendo, pero me resiento todavía de esta larga enfermedad, tengo la cabeza débil y no sé cómo van mis pensamientos. Es preciso, pues, perdonarme si digo alguna tontería.
Adiós; escribiré a usted otro día más en detalle mis impresiones sobre la gente que rodea a mi padre. Hasta este momento las mujeres me gustan menos que los hombres... Quiero decir que me desorientan más, porque son realmente de otra especie que las mujeres de Quimper, al menos que las que conocí en casa de mi pobre tía. Aquí, por mucho que las miro, me es imposible saber si son jóvenes o viejas, guapas o feas, buenas o malas, pues tienen un aspecto, que desconcierta, de serlo todo a la vez. En el mismo momento se presentan bajo aspectos enteramente contrarios y la incertidumbre que producen es causa de cierto malestar. He visto, sin embargo, una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero... Señor cura, borro el "pero" hasta que la conozca mejor.
Adiós, mi bueno y venerado padre, usted me permite, ¿verdad? continuar dándole ese nombre. No olvide usted en sus oraciones a su hija respetuosa,
Elena Lacante.
Máximo a su hermano.
25 de agosto.
Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del Diario de los Sabios, y no encontré en su despacho más que a Elena, muy ocupada en acabar una carta.
—¿A quién escribe usted con tanta aplicación?—le pregunté sentándome enfrente de ella.
Elena me enseñó el sobre.
—Al padre Jalavieux.
Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.
—¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?
—No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las cartas se pierden algunas veces.
—Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?
—No.
—¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?
Elena titubeó.
—No son precisamente secretos...
—¿Qué son, entonces?
—Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.
—¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?
La muchacha bajó la cabeza sin responder.
Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que quise divertirme en continuar la broma.
—¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas, por sus sentimientos?...
—Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de esto, bien puede usted interesarse por mí.
—A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted ya... como a una hermanita.
—¡Oh! mejor—exclamó la muchacha con cándida alegría.
—En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la suerte de ser su hermano.
Elena movió la cabeza y se puso grave.
—No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que él lo sepa.
—He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.