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Mi padre se había vuelto hacia mí y se sonreía.
—¿No era, entonces, mi tía la señorita de Boivic?
—No, pero en Bretaña los parentescos son hospitalarios y la de Boivic quería considerarte como sobrina.
—Fue muy generosa para mí—dije con emoción.
—Ciertamente; le debemos mucho agradecimiento... Ya ves, querida Elena, que si no soy un buen cristiano, no pongo en ello gran malicia.
Yo estaba afligida al ver el ancho abismo que separa a nuestras almas, pero me esforcé para no dejarlo ver.
—Realmente, papá, no es culpa tuya... pero...
—¿Qué, hija mía?
—Un día dijiste que si la existencia de Dios no puede ser demostrada, es bueno, sin embargo, obrar como si lo fuese.
Mi padre se volvió hacia Máximo.
—¡Miren la chiquilla, que recoge mis palabras para traérmelas a la cabeza!... Y bien, señorita, ¿no obro yo con arreglo a la ley de Dios? ¿Me ves hacer mal al prójimo, despojar a la gente o calumniar a la virtud? ¿No vivo yo como una persona honrada y celosa de su deber?... ¿Qué tienes que objetar?...
No me atreví a responder, y él siguió diciendo:
—Habla, pardiez, y di lo que piensas... No me gustan las reservas mentales.
—Querido papá... los deberes para con el prójimo... son la mitad de la ley.
—Sí, sí, necesitarías oraciones, genuflexiones, que fuese a la iglesia, que me hiciese bautizar...
Se quitó el gorro y se lo encasquetó después de un golpe seco, lo que es en él señal de la más violenta agitación.
—Sí, Máximo, eso es lo que ella querría, el bautismo... El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo... Toda la Trinidad... Es mucho, señorita, es mucho...
Máximo dijo con dulzura un tanto desdeñosa:
—Cuando se toma lo sobrenatural, no hay que disputar por la cantidad.
—¡Oh! no—exclamé;—usted, no quiero que se burle de mí. A mi padre le está todo permitido... pero a usted le ruego que no se ría a mi costa.
—¿Reír? No tengo ninguna gana.
Y, en verdad, tenía una expresión muy melancólica.
Mi padre, que había recobrado su buen humor, se volvió hacia mí:
—No lo maltrates... Lo que dice es verdad, después de todo; cuando se entra en lo sobrenatural, se traspasan de un salto los límites de la razón pura y la discusión es inútil... Vamos, loquilla, no te devanes los sesos por mi causa... ¿No fue San Pablo quien dijo que la mujer fiel justifica al marido infiel?... Las hijas deben tener el mismo privilegio... Anda, puesto que hace buen día, aprovecha la ocasión de que Máximo quiere hacerme compañía y vete a tomar el aire... Tienes unas ojeras... que no hacen honor a la casa.
Cuando me marchaba, me llamó y me dijo dándome cariñosos golpecitos en el carrillo:
—¿Crees tú que no querría yo creer? ¡Por qué no tengo la fe de un patán cualquiera!... Muchas veces lo he pensado.
Máximo a su hermano.
28 de noviembre.
Si no es cierto que un disgusto borra el anterior, lo es que nuestra pobre naturaleza no puede sufrir con igual intensidad dos penas diferentes. Nuestro buen Lacante, un padre para mí, acaba de escapar, no sin trabajo, a un ataque de gota que por poco lo mata. Y este cuidado ha puesto en segundo término mis irritantes sospechas respecto de Luciana.
Pero en cuanto ha desaparecido el peligro de Lacante, ha vuelto a empezar el asalto contra mi pobre alma, que no puede ya más en esta lucha solitaria con fantasmas.
Cuanto más pienso en mi conversación con Sofía Jansien, más convencido estoy de que hizo insinuaciones contra Luciana sobre hechos que no quiere poner en claro. Le basta haberme vertido el veneno y hasta puede que ya lo lamente. Su última frase fue para aconsejarme irónicamente que consultase a mis amigos. ¿Será que ellos también saben, que todo el mundo sabe esas cosas que yo sólo ignoro? Toda mi sangre se subleva y hierve al pensarlo. El interrogar a unos y a otros es una investigación repugnante y odiosa, para la que, hasta ahora, me había faltado valor.
Ayer, sin embargo, Lacante, alarmado por esta tristeza que altera mi salud, me ha obligado cariñosamente a abrirle mi corazón y ha tratado de tranquilizarme. Me ha jurado que jamás ha oído poner en duda la perfecta corrección de Luciana y me ha aconsejado seriamente que desprecie las denuncias bajas y vagas que no se apoyan en nada, y que no ponga mi dicha a merced de cualquier miserable.
—Pero Sofía Jansien, sus medias palabras subrayadas con la mirada y con la sonrisa...
—¡Bah! Una mujer envidiosa de la belleza de Luciana... y ligera.
Me dio como un desafío, el consejo de preguntar a mis amigos.
—Usted... los de Oreve...
—Pregunte usted a los de Oreve, si eso le tranquiliza... pero yo afirmo que no sé nada. Puede usted creer que soy demasiado amigo suyo para no ponerle en guardia si creyese indigna a su prometida.
—Usted vive muy por encima de esos chismes y cuentos y no puede, en efecto, ser confidente de tales calumnias... A lo más, Elena pudiera haber oído algo... Entre mujeres...
—Lo dudo. Elena odia la maledicencia; pero, en fin, si usted lo desea, la interrogaré...
En esto estoy, querido hermano... Lacante no sabe nada, lo que es ya mucho, así como lo es el tener un poco de simpatía en el estado de ánimo en que me encuentro.
¿Hablar a los de Oreve? Me falta valor. Arrastrar a mi pobre Luciana de puerta en puerta, como sospechosa, como acusada, sin que ella lo sepa para defenderse, se parece mucho a una traición. Si le confieso mis perplejidades, despreciará mi debilidad y se negará a defenderse, la conozco, ofendida en su orgullo tanto como en su amor. Lo que no me impedirá llevar infiltrado en mi sangre y en mi corazón el veneno de la duda, que corromperá mi existencia y también la suya. ¿Quién puede jactarse de ahogar para siempre la sospecha, ese monstruo de cien cabezas siempre renacientes? ¿No he visto a todos los hombres a sus pies? ¿No me inspiró sospechas recientemente Gerardo Lautrec? Es verdad que supe después a quien se dirigían sus obsequios y con quién sostenía una correspondencia clandestina... ¡Era Elena!...
Decididamente, la mujer ha nacido perversa y engaña desde la cuna por una necesidad de su naturaleza. ¡Qué bien inspirado está el que se conserva a distancia del peligro femenino! Así era yo, en mi prudente indiferencia, antes de que la Eva de belleza viniese a tentarme... El fruto que me ha ofrecido tiene un amargo sabor... Pero, ¿de qué sirve gemir cuando se está con la cuerda al cuello?
Elena al Padre Jalavieux.
¡Oh! señor cura, estoy sufriendo una prueba en la que flaquea mi valor. Ya sabe usted que Máximo, la persona a quien más quiero después de mi padre, está convencido, por un funesto azar, de que he sostenido con Lautrec una correspondencia sospechosa. Sabe usted también que Máximo se va a casar con aquélla cuyo secreto está en mis manos.
He guardado hasta ahora religiosamente ese secreto y me he prohibido hasta la pena, por miedo de que detrás de ella se deslizase en mi corazón una sombra de deseo y de esperanza. Me ha costado gran trabajo, porque amo a Máximo y sé que ningún otro ocupará el lugar de que le destierro.
Pues bien, hace un momento, me ha dicho mi padre, después de hablar conmigo de los pequeños incidentes del día:
—También he visto a Máximo. ¿No le encuentras un aspecto triste y preocupado?
—Me ha chocado como a ti; no sé qué tiene.
—Es desgraciado y le he arrancado la confidencia de sus disgustos. Figúrate que el pobre muchacho está inundado de denuncias anónimas contra Luciana.
No pude contener un estremecimiento y mi padre lo notó.
—¿Lo sabías?
—No... Estoy estupefacta... ¿Qué dicen?
—Nada preciso... Dan a entender que ha amado a otro y que le ha dado algo más que esperanzas.
—Yo creía—dije con toda la calma que me permitía mi emoción,—que no se debía dar ninguna importancia a los anónimos.
—Nada más despreciable, en efecto; pero no dejan por eso de surtir su efecto funesto. Por mucho que se proteste contra la infamia del procedimiento, la sospecha queda. Máximo es una prueba... Además, la de Jansien ha lanzado insinuaciones pérfidas, sin querer explicarlas.
—También eso es despreciable.
—Como quieras... pero siempre será un hecho que la reputación de esa joven no está intacta... por una razón cualquiera, grave o fútil, antigua o reciente... ¿Qué piensas tú?
Mi corazón latía tan fuerte, que me costaba trabajo hablar.
—Pienso que la de Jansien está, acaso, celosa por la belleza de Luciana y que otras pueden estarlo por su matrimonio...
—¿No has notado nada que pudiera justificar esas, hablillas?
—Nada—respondí con voz ahogada,—sino que Luciana atrae a los homenajes y que acaso no los desprecia.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Tu opinión es, entonces, que Máximo no debe dar importancia al incidente y casarse con su Luciana a ojos cerrados?
Esta vez mi corazón flaqueó.
—No soy yo quien debe aconsejar a Máximo, papá... Nunca me ha pedido mi opinión...
Mi padre comprendió esta respuesta en el sentido que yo quería.
—¡Pobre hija mía!—me dijo tiernamente;—los dos habíamos pensado que haría mejor elección... Es preciso, sin embargo, que le dé una respuesta... Cree que las mujeres os observáis y os hacéis confidencias... ¿es verdad?
—Las confidencias que nos hacemos no son de gran importancia, y, además, la delicadeza obliga a tenerlas secretas.
—¿Quieres darme a entender?...
—¡No, no, nada!—exclamé vivamente.—Responde a Máximo que no tengo nada que decir.
—Entonces no sabes nada, absolutamente nada desfavorable a Luciana... ¿Sí o no?
¿Por qué me obligaba así? En un segundo pasó por mi mente un huracán de pensamientos confusos y contrarios de incertidumbre y de infinitos escrúpulos... Mi padre me miraba con fijeza...
Entonces, señor cura, me pareció que una voz interior, la de mi conciencia, me decía al oído: «No cometas una traición.» Y respondí con firmeza:
—No.
—Entonces, puedo tranquilizar a Máximo—dijo mi padre, que acaso esperaba otra cosa.
Respondí con una seña, sin fuerza ya para hablar.
He mentido a mi padre; he mentido a la amistad por cumplir mi juramento. ¿He hecho mal? ¿Soy culpable? Si es así, espero que Dios me lo perdonará, pues Él sabe lo que me ha costado.
Máximo a su hermano.
3 de diciembre.
Al fin sé la despreciable acusación que pesa sobre Luciana y sé de dónde ha salido.
La Marquesa de Oreve me llamó ayer a su casa por una carta urgente y fui corriendo con el presentimiento de lo que iba a suceder. Estaba yo tan pálido y desencajado, que la Marquesa exclamó al verme:
—No se alarme usted, querido amigo... Lo que tengo que decirle exige ante todo calma y sangre fría...
—Se trata de Luciana, ¿verdad?
—Puesto que lo ha adivinado usted, no tengo que tomar precauciones oratorias...
—Se lo ruego a usted, señora; ¿de qué se la acusa?
—Cálmese usted o no me atreveré a continuar... Se trata, creo, de una ligereza... una imprudencia... Pero las suposiciones malignas van más lejos...
Le supliqué que abreviase, pero tuve que sufrir un exordio, preparado de antemano, sobre los penosos deberes de la amistad y sobre el esfuerzo que le imponía su vivo interés por mí... Por fin habló.
Trátase, en efecto, de Lautrec y ha sido la de Jansien la que ha puesto en circulación el rumor. Bromeó sobre eso con Kisseler, el cual fue, muy indignado según parece, a contárselo a la Marquesa.
La de Jansien afirma haber visto a Luciana entrar sola una mañana en casa de Lautrec y estar allí un rato bastante largo para que Sofía pudiese subir a casa de su abogado, que vive en el tercero, entregarle unos papeles y volver a bajar, precisamente en el momento en que Luciana salía del piso bajo habitado por el joven. Su lacayo también la vio, pues ella le ha oído contar la historia al cochero y reírse... a costa mía, sin duda... Luciana es orgullosa y hasta un poco altanera con los criados, y presumo que fue de esas bajas regiones de la servidumbre de donde salieron los anónimos.
Naturalmente, no creo tal historia. Ha habido un error, o bien... ¿Qué razón ha podido llevar a Luciana a casa de Lautrec?...
La veré, y si la acusación es falsa, como lo afirmo, la de Jansien tendrá que retractarse en público o pediré cuentas al idiota de su marido.
Mañana estará Luciana justificada a los ojos de todo el mundo. Lo juro por mi amor ofendido.
Máximo a su hermano.
4 de diciembre.
La he visto; todo es verdad... Estoy anonadado.
La encontré en aquella salita tan modesta, tan triste, a la que llega la luz por encima de los tejados vecinos, en aquella callejuela estrecha y húmeda. Estaba pintando una miniatura de un niño, cuya fotografía tenía delante. Siempre la veré así, con el pincel en la mano, vestida con una bata obscura, y coronada por su espléndida cabellera de oro, de la que un pálido sol de diciembre arrancaba reflejos tristes.
Al oír abrirse la puerta volvió la cabeza y sonrió... Y aquella sonrisa me traspasó el corazón, pensando en lo que tenía que decirle.
—¿Tan de mañana?... Buenos días—me dijo alegremente.—Muy mal aviada estoy para recibir a usted.
Echóse por los hombros, para ocultar lo raído del traje, un chal de brillantes rayas que había dejado caer, e inclinándose graciosamente, me dio la mano.
Se la oprimí y la oprimí contra mis labios tratando de reanimar mi valor, mientras ella, siempre sonriente, me miraba, esperando la explicación de mi visita a aquella hora.
—Luciana—dije muy bajo,—¿es verdad que ha ido usted sola a buscar a Lautrec a su casa de la calle de Jena?
Mi prometida se puso tan pálida, que hasta los labios resultaron descoloridos; y al mismo tiempo una horrible sensación de frío corría por mis venas, mis dientes crujían y me parecía que el sol acababa de apagarse.
—Le juro a usted que nunca he visto a Gerardo Lautrec en su casa.
Su voz estaba cambiada y su respiración era anhelosa.
—¿Por qué niega usted? La vieron a usted entrar.
—¿Quién me vio? ¿Quién se atreve a decir eso?
—La de Jansien... Iba a ver a su abogado, Lehoux, que vive en la misma casa que Lautrec, y ha visto a usted, a usted, Luciana, entrar en casa de ese hombre, donde era usted, sin duda, esperada, puesto que allí se quedó.
—Es un error... Lautrec no estaba en casa... No hice más que dejarle un recado...
—Un recado... ¿de quién?
Luciana vaciló.
—Tenía que pedirle una cosa...
—¿Y estaba usted obligada a ir sola a pedírsela?
—Hice mal... muy mal... Pero juro a usted por mi salvación eterna que Lautrec no estaba en casa y que no lo vi.
—Sin embargo, usted entró... ¿para esperarlo?
—No; para escribir mi petición en la antesala.
—¿Qué tenía usted que pedirle tan importante?
Luciana hizo un gesto de irritación y de cansancio.
—¿Para qué preguntarme?... Si duda usted de mí, es inútil...
—¿Por qué no decir la verdad, si es inocente?
—Lo es, pero usted no lo creería.
—¿Cómo no ve usted que no pido más que creerla, que tengo sed de su inocencia y de verla justificada ante todo el mundo como lo está de antemano para mí? Pero, por Dios, Luciana, sea usted franca.
Su cara se contrajo con una expresión de sufrimiento; y después levantó la cabeza y dijo con resolución.
—Pues bien, lo seré... y usted será inexorable; lo conozco... Fui a casa del señor Lautrec a reclamar unas cartas que había tenido la imprudencia de escribirle...
—Muchas imprudencias son esas para una mujer que va a casarse, Luciana... ¿Qué decían esas cartas? ¿Estaba su madre de usted enterada de esa correspondencia?
—Si lo hubiera estado no hubiera yo ido en secreto a reclamarlas. Lautrec se marchaba al día siguiente y no podía resignarme a dejárselas.
—¿Qué decían esas cartas?
—Frases de novela... esas tonterías sentimentales, sin sinceridad, que divierten a la frivolidad de las mujeres... ¡Qué castigada estoy por aquella pueril vanidad!...
—¿Las tiene Lautrec?
—No... Me las ha devuelto.
—¿No dice usted que no estaba en su casa?
—Así es la verdad... Me las envió por una persona segura.
—¿Puedo saber el nombre de esa persona?
—¿Para qué?... Eso importa poco...
—Me importa mucho, al contrario, saber quién ha intervenido en un episodio tan lamentable para mí.
—Pues bien, puede usted preguntarla y sabrá que no miento: es Elena Lacante.
—¡Elena!
No pude contener un grito. En medio de mi pena, de mi ternura humillada y del sombrío abatimiento en que me sumían las confesiones de Luciana, brotó de mí un relámpago de alegría.
¡Elena, al menos, es inocente y pura! ¿Hay, pues, mujeres leales, fieles y sin artificios y falsedades?
—Su sorpresa de usted me prueba—dijo Luciana,—que Elena ha guardado el secreto... Quiero hacerle justicia a su vez... Las cartas que usted vio que Lautrec le entregaba, eran las mías.
—¿Las tiene usted?
—Las he quemado... así como las respuestas.
—¡Ah! Naturalmente, él también escribía a usted... a la lista del correo, como me hacía usted escribirle... Es lamentable, Luciana, que haya usted destruido esa interesante correspondencia, que hubiera podido indicar el grado más o menos excusable de su ligereza... ¿Por qué las ha quemado usted?
—No merecían mejor suerte.
—¿Eran cartas de amor?
—Las suyas, sí... yo respondía en otro tono.
—¿Y encuentra usted legítimo y natural, usted la prometida de otro, sostener con el señor Lautrec un cambio de cartas galantes? Si me hubiese usted amado, siquiera un poco, le hubiera bastado una palabra para impedirlo.
—Olvida usted que nuestro compromiso era secreto y que mi libertad aparente autorizaba a Lautrec para tratar de agradarme.
—Por eso no lo acuso a él, sino a usted... ¿Cómo le ha permitido usted hablarle de su amor y escribirle, cuando el honor exigía que le hiciera callar a la primera palabra?
—Es verdad... He hecho mal, y lo siento amargamente... Piense usted, sin embargo, que nuestro porvenir era incierto y nuestro casamiento una eventualidad lejana.
—Es decir, que dejaba usted una puerta abierta a su impaciencia y a su indiferencia seca y cruel... ¿Cree usted, Luciana, que me es fácil perdonar eso? ¿Será posible?
Luciana respondió en tono resuelto.
—¡No!... Aunque me perdonase usted, no podría olvidar... Y yo tampoco olvidaría mi falta ni la dureza de sus reproches. Conservaría un sentimiento indeleble, al mismo tiempo de creerme obligada por su clemencia. Renuncio a esa doble carga.
—¿Entonces?—pregunté anhelante de emoción.
También ella estaba conmovida, y en sus ojos brillaban las lágrimas. Su voz se debilitó y me dijo muy bajo:
—Creo que nos hemos engañado... No soy yo la mujer que le conviene a usted... y acaso no es usted tampoco como yo había creído...
—¡Luciana!...
Mi corazón se partía en el momento de perderla, y comprendía, sin embargo, que decía la verdad.
Y esto era lo más amargo de todo.
Luciana se levantó lentamente.
—Olvide usted que me ha amado. Yo me acordaré siempre... y ese recuerdo será el más dulce de mi vida pasada...
Me hizo con la mano una seña de adiós, y salió de la sala.
Yo no la retuve...
En el comedor, me encontré al salir con la de Grevillois, que estaba poniendo su modesta mesa.
—¿Qué ocurre?—exclamó al ver mi cara descompuesta.
—Luciana se lo dirá a usted.
Besé con respeto aquella mano laboriosa y arrugada y pasé aquel umbral que no veré más, dejando detrás de mí los sueños febriles de un año y las ruinas de mi tardía juventud.
Ya estoy libre... pero solo...
Elena al Padre Jalavieux.
Lo imposible sucede algunas veces, señor cura.
Mi padre me ha llamado hace un momento y en cuanto le he visto, he conocido que no estaba satisfecho.
—Ven aquí—me dijo,—y dame cuenta de tu conducta. ¿Por qué me has mentido?
—¿En qué, papá?
—Me has afirmado que no sabías nada de las fechorías de Luciana, a pesar de que estabas perfectamente informada, con pruebas, y has dejado a Máximo, un amigo, caer sin socorro en el lazo que le tendía esa casquivana.
—Papá, se había confiado a mí y yo le había jurado el secreto.
—Has hecho mal, muy mal. Una joven que quiere y respeta a su padre no tiene secretos para él.
—He deplorado amargamente mi imprudencia, pero, una vez cometida la falta, ¿podía yo hacer traición a la que se había entregado a mí con toda confianza?
—Se había entregado... por interés; por hacerte sacar las castañas del fuego, tontilla.
—No pensé en eso al verla tan desolada, tan infeliz. Y después no he creído que debía cometer un perjurio.
Mi padre dijo, ahuecando la voz:
—¡Oh! ¡Hermosos sentimientos!... Habría que preguntarte, sin embargo, si la fidelidad a tu palabra debía poder más que el respeto a la verdad.
—Me lo he preguntado con angustia, papá... Y, en la duda de lo que debía hacer, he tomado el partido que más trabajo me costaba. He temido que el decir la verdad estuviese demasiado conforme con mis... deseos.
No pude continuar y bajé la cabeza.
Mi padre se agitó en su sillón, creyendo que estaba yo llorando, y dijo:
—Ahora lágrimas; el argumento supremo de las mujeres. ¡No llores, voto va!
Se quitó el gorro y lo lanzó al otro extremo de la habitación. Después se dulcificó.
—Tráeme el gorro y no tomes ese aire desesperado... Vamos, ven acá... Algo hay de bueno, después de todo, en esa cabecita. ¿Dices que temías, hablando, ceder a algún deseo secreto? ¿Es ese tu pensamiento? Responde... ¿Es que amas a Máximo?
Yo estaba como una acusada, con la cabeza baja, y no tenía valor para responder.
Mi padre continuó:
—Lo sospechaba... lo amas. ¿Dónde está el mal? Hablemos un poco...
—Pero él no me ama a mí—murmuré tristemente.
—¡Déjame hablar, qué diablo! Si lo amas, sabrás sin pena que su matrimonio se ha roto.
—¿Completamente?
—Completamente. La misma Luciana le ha confesado la historia y lo ha dispensado de sus juramentos.
—¿Y él ha consentido?
—Sin resistencia, y debe estimarse muy dichoso. Es evidente que esa joven corría dos liebres a la vez y que lo reservaba como plato de segunda mesa.
—Sin embargo, estoy segura de que él la ama todavía... ¡Es tan hermosa y tan seductora!
—¡Bah!... En todo caso, Máximo no piensa como un amigo nuestro, que la belleza es una virtud que dispensa de las otras... Por el momento, el pobre parece un gato escapado de la caldera... y tiene un saludable temor de la mujer... lo que es el principio de la sabiduría... Dejemos hacer al tiempo... Entretanto, lo tendremos más a nuestro lado, ya que se ha desembarazado de esa muchacha.
¿No admira usted, señor cura, cómo me he librado, sin hacer nada para ello, de ese secreto que tanto me pesaba?
Elena al Padre Jalavieux.
Mi padre lleva muchos días enfermo y con alternativas que nunca le llevan a la convalecencia. Estoy angustiada.
Hoy, cuando salía de mi cuarto para ir a instalarme al lado de mi padre, me he encontrado con Máximo. Le dí la mano, y él la retuvo en las suyas y me dijo en tono de reproche:
—¿Por qué huye usted de mí? Hace un mes que no encuentro medio de hablarla.
—Ya sabe usted que el cuidado de mi padre ocupa todo mi tiempo.
—¿Está solo en este momento?
—Están con él los Marqueses de Oreve.
—Entonces no hay sitio para mí y debo marcharme, a no ser que usted tenga la indulgencia de hacerme quedar.
—Quédese, se lo ruego.
Se sentó al lado del escritorio, y yo en la sillita baja que siempre ocupo junto al sillón de mi padre.
—Hoy hace un mes, sufrí una gran decepción; ya sabe usted lo que quiero decir y en qué forma brutal se hizo la luz. Hubiera sido menos cruel para mí el oír la verdad de su boca de usted.
—¡Era imposible!
—No discuto sus razones, Elena; aunque sospecho que fue su indiferencia de usted lo que les dio tanta fuerza.
Me callé y no revelé ni por una seña mis verdaderos sentimientos.
—Si hablo de esto—continuó,—puede usted creer que no es para que lamente mi suerte, que es más bien grotesca.
—¿Por qué?
—Porque es ridículo ser engañado.
—¿Cómo no serlo cuando se ama?
Máximo respondió tristemente:
—¿Quién sabe si no empieza uno por engañarse a sí mismo?... Pero no he querido hablar con usted para disertar sobre psicología sentimental, sino para pedirle perdón.
—¿Ha sospechado usted de mí, verdad?—dije sonriendo.—Así debía ser, pues las apariencias estaban contra mí.
—Y le importaba a usted poco, confiéselo.
—No tan poco, puesto que tuve una gran pena. Pero el ser inocente me consolaba.
—Es usted, sencillamente, un ángel. Elena, esto es lo que quería decirle.
No pude menos de echarme a reír.
—Hace usted mal de reírse de un pobre diablo escaso de hipérboles... ¿Me guarda usted rencor?
—¿Por ser escaso de hipérboles?
—Por haber sospechado de usted.
—Le había a usted perdonado antes de estar justificada, y no tengo mérito ahora mostrándome magnánima... ¿Quiere usted entrar a ver a mi padre?
Máximo se levantó.
—Voy a ahuyentar a los de Oreve...
No los ahuyentó, y mi padre estaba muy fatigado por la noche, a causa de las visitas que había recibido.
Pero él dice que lo distraen de sus dolores.
Máximo a su hermano.
23 de diciembre.
Lacante está muy en peligro. La gota amenaza subir al corazón y vivimos en una perpetua alarma.
Ayer me hizo llamar y me dijo:
—No se engañe usted, amigo mío, sobre lo que voy a pedirle, pues no es nada que pueda restringir su libertad ni un modo indirecto de encadenarlo. Estoy muy malo, lo sé, y no me disimulo el rápido desenlace de mi enfermedad, cuya marcha es demasiado conocida para poder equivocarse. Tengo, pues, que prever con firmeza mi próxima desaparición... No se aflija usted, amigo mío... Harto sabe usted que este accidente de la muerte es inevitable y que lamentarse por esa ley de la Naturaleza es tan vano como lo sería el llorar diariamente cuando viene la noche. He cumplido sesenta y ocho años, he pasado del término medio de las vidas humanas, y no tengo derecho a quejarme. Si estuviese solo en el mundo, encontraría muy oportuno el despedirme de él antes de sufrir una disminución notable de mis facultades; pero tengo a esta pobre niña, esta rosa de invierno brotada en un tronco viejo y carcomido y que ha embalsado mis últimos días. Muerto yo, se queda sin familia y muy joven aún para vivir sola con un ama de gobierno. Podría confiársela a la Marquesa de Oreve, que aceptaría el legado, pero hay incompatibilidad de costumbres y de principios entre la Marquesa y Elena, y yo quiero que mi hija siga siendo lo que es, una alma excelentemente recta y un corazón puro. Me gusta también que sea religiosa, pues el creer en lo ideal es una gracia en las mujeres, y Dios es, después de todo, la concepción más alta del ideal. Además, la religión es una fuerza y Elena tendrá necesidad de ella... He pensado en un convento; pero, después de la libertad y la dulzura de la vida de familia, el convento es un refugio demasiado austero. He aquí, pues, lo que quiero pedir a usted: ¿Cree usted que su hermano y su amable señora consentirían en recoger y querer a mi huerfanita, en aconsejarla y guiarla en la elección de un marido y en reemplazar, en fin, a los padres que ha perdido? Respóndame usted con toda franqueza, amigo mío.
A pesar de la emoción que me oprimía la garganta, respondí sin vacilar que aceptaría esa misión. No me ha ocurrido un solo instante dudar de tu bondad ni de la de Marta. Sin embargo, para tranquilizar a Lacante, envíame en seguida una aceptación formal.
Elena al Padre Javalieux.
24 de diciembre.
Él mal aumenta, señor cura, y todos nuestros esfuerzos son impotentes.
Hace un momento, Máximo, que no se mueve de aquí, tenía a mi padre incorporado mientras yo le daba el calmante que debe tomar cada hora.
El enfermo querido nos dio tiernamente las gracias al uno y al otro, y añadió:
—Seréis siempre amigos en recuerdo mío, ¿no es verdad?
Dí silenciosamente la mano a Máximo, que la besó y la conservó en la suya.
No podíamos hablar; las sollozos nos ahogaban.
Máximo a su hermano.
25 de diciembre.
¡Qué noche!... ¡Qué tortura!
Es horrorosa la agonía de un ser todavía lleno de vida y de pensamiento, luchando con un mal inflexible que le tiene en un suplicio, viendo el abismo abierto y cayendo en él sin flaqueza...
A las diez ha tenido una crisis horrible seguida de una larga postración semejante al sueño. Elena, arrodillada al lado de la cama, rezaba silenciosamente con un amoroso ardor de pena y de fe que la transfiguraba. Yo la envidiaba muy de veras...
—Elena... hija mía...
La joven se levantó y acercó la mejilla a aquellos labios moribundos, que la besaron.
Después, el enfermo, dijo con voz débil:
—Oigo como un ruido de campanas... ¿Será que sueño?
—Son las campanas de Nochebuena, que tocan a la misa del gallo.
—¡Triste Nochebuena para ti, pobre hija mía!
Se quedó un gran rato silencioso y con la mano de Elena entre la suya. Por fin, dijo con más fuerza:
—Desde que estás aquí, Elena, has sido mi alegría, la alegría de la casa... Quiero decírtelo hoy, como obsequio de Pascua... Es preciso que sepas que todos los días he bendecido tu presencia...
Su palabra era firme, aunque un poco anhelosa y entrecortada.
Elena se inclinaba más y más hacia él, para no perder nada de su despedida suprema, y sus lágrimas caían en las pobres manos paralizadas del enfermo, que ya no podían estrechar las suyas.
La voz de Lacante se volvió más fuerte y más solemne:
—Hija mía, escucha lo que voy a decirte: tu dolor me ha vencido y ha triunfado de mis resistencias... No quiero dejarte en el corazón un dolor del que sé que nunca te curarías... Quiero morir en tu misma fe y en tu misma esperanza...
Elena dio un grito ahogado, indescriptible, y cayó de rodillas con las manos juntas.
Lacante continuó:
—Te dejaré el gozo sobrenatural de un lazo invisible que nos tendrá unidos en la gran noche próxima...
Después de unos instantes de silencio, durante los cuales pareció que recogía sus fuerzas, siguió diciendo:
—No puedo decir que no tengo dudas. ¿Qué sabemos de lo que nadie conoce?... Mi espíritu está a obscuras... Pero quisiera creer... hace ya mucho tiempo... Este deseo es lo que ofrezco a Dios, si quiere contentarse con él...
—Papá querido, la Escritura dice: «Paz a los hombres de buena voluntad.» La fe la da Dios.
—Bien, hija mía... Puede ser. Pídesela para mí, tú que tienes puro el corazón. Mañana harás lo necesario; está convenido.
Su cara descompuesta miró a Elena unos instantes.
—¿Estás contenta de mí?
Otra crisis más aguda me hizo acercarme a la cama.
En este momento está más tranquilo, pero la postración es completa y espantosa.
Elena reza y llora en silencio.
Acabo de separarme de ella para escribirte. No tengo esperanza de que se salve nuestro amigo.
La misma noche, a la una.
Nuevo ataque, más terrible y más corto. Respira con trabajo y cada aliento parece un gemido.
Nos ha mirado tristemente y ha dicho:
—¡Qué trabajo cuesta morir y qué duro es separarnos!
A medida que le abandonan las fuerzas está más propenso al estremecimiento.
Estábamos cada uno a un lado de la cama. De pronto me incliné hacia este querido amigo y cogiendo la mano de Elena, le dije:
—¿Quiere usted dármela, padre mío, si ella consiente después?
El moribundo respondió:
—Es todo mi deseo.
Elena no se movió ni dijo nada. No sabe más que llorar.
A las dos.
No llegará al día.
La marca del dedo fatal se ha impreso en sus facciones, siniestramente modeladas.
La vida se apaga.
Ya no es permitida la duda.
Me he aproximado a Elena y me la he llevado a cierta distancia.
—Elena, está muy malo.
No comprendió al pronto y me preguntó si se había perdido toda la esperanza.
—¡Ay! sí... No verá el día que va a venir...
Elena vaciló como herida del rayo y tuve que sostenerla un momento... Después se irguió, sin lágrimas, y me dijo angustiada:
—Si muere antes del día, no se cumplirá su deseo supremo... Usted lo ha oído; quiere morir en la fe cristiana...
—Lo he oído.
—En nombre del Cielo, Máximo, corra usted a la iglesia más próxima...
Yo moví la cabeza.
—Apenas le quedan unos momentos de vida... Sea usted valerosa... Dios lo tendrá en cuenta...
Pero, de pronto, tuve una inspiración:
—Elena, usted misma puede realizar la obra de salvación. El tiempo apremia...
—¡No me atrevo!...
La infeliz temblaba, quebrantada por la emoción, y yo la conduje al lado del moribundo.
—¡Padre! ¡Padre querido! Dime otra vez que quieres ser cristiano...
Al oír aquella voz, Lacante abrió los ojos, la miró largamente, como si volviera de una región lejana y quisiera penetrarse del sentido de las palabras.
Después, sus labios rígidos pronunciaron con lentitud:
—Sí, quiero.
Elena se volvió hacia mí.
—Ya lo ha oído usted... ¡Hágalo usted cristiano, Máximo!
Yo contesté con toda sinceridad:
—No soy digno.
Le presenté agua en un vaso y ella lo cogió con mano firme. Alzó los ojos al Cielo en una muda invitación, y vertió unas gotas en aquella frente bañada de sudor, pronunciando las palabras litúrgicas:
«Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»
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No soy místico, pero te lo juro, sentí en aquel momento pasar por mis venas el calofrío de lo divino, y me pareció que se abría el Cielo por encima de aquella estancia de agonía.
Las campanas de Nochebuena estaban tocando a la misa del alba.
Lacante está en letargo. Te estoy escribiendo a su lado. Su respiración fatigosa se acorta de minuto en minuto.
A las tres.
Todo acabó. Nuestro buen Lacante ha dejado de existir.
FIN