Front matter (continued 2)
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—¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que esté yo en un error, pero lo siento así.
Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo me incliné rápidamente y se la quité.
—Ahora—dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,—soy dueño de sus secretos de usted, señorita Elena.
Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una singular importancia.
—¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan linda?—le dije enseñándole el párrafo de lejos.
—No quiero responder a usted.
Elena parecía enfadada y volvía la cabeza para no verme.
—Si me responde usted, le devolveré la carta.
—Sí, es esa señorita.
Cogió la carta, que le devolví, y se apresuró a meterla en el sobre.
—¿Qué quería decir ese «pero» que ha borrado usted?
—Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.
—Quisiera saber qué tiene usted que reprochar a esa amable persona.
Elena me miró con fijeza.
—¿Le interesa a usted mucho esa amable persona?
—Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las personas... Me gustaría penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...
Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexionó unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:
—Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sería injusto comunicarle una impresión poco favorable, cuando a mí misma me ha parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a ella.
Insistí yo, secretamente picado y deseoso de saber qué podía reprochar a mi amada Luciana, pero se negó obstinadamente a responder.
—No, no; estaría muy mal. No insista usted, porque perderá el tiempo.
Vi que, en efecto, sería inútil insistir, pues su cara había tomado una expresión de dulce resolución, contra la cual se veía que no prevaldría ningún esfuerzo.
Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortificó.
—Decididamente, es usted demasiado perfecta, señorita Elena, y su conciencia se alarma demasiado fácilmente... La caridad cristiana gana mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantería... Aquí están las notas que deseaba su padre de usted. Sírvase usted entregárselas cuando vuelva.
Saludé y me fui.
Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin embargo.
Y nos separamos enfadados.
Máximo de Cosmes a su hermano.
...Diversos obstáculos me han impedido ir a casa de Lacante durante varios días. Ayer, jueves, día de la comida semanal, me fui temprano para poder hablar con él tranquilamente.
Elena estaba sola en la salita, y me salió al encuentro con expresión de cándida ansiedad.
—¿Todavía enfadado?—me preguntó, y su voz, su mirada, su hermosa mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en su joven fisonomía y en su actitud, parecía implorar.
Yo no pude fingir un descontento que tenía ya olvidado, y respondí:
—Nada de eso... ¿Cómo guardar rencor a una niña como usted?
Le dí la mano, la tomó, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo, me la besó...
Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo un inmenso placer, te engañas. Ese beso me ocasionó sorpresa y confusión, además del secreto chasco de sentir bajo su candor un sentimiento de inconsciente veneración. Y, ¡qué diablo! si es hermoso el ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi edad, un poco desconsoladora.
Lacante, con gran estupefacción de todos, nos anunció aquella noche que se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderías lo que tiene de revolucionaria esa extraña decisión. Hace mucho tiempo que nos dejaste y que estás corriendo por el mundo de las embajadas, para darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.
Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su mesa.
Aquel espíritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto mundo más que por la lectura y por su maravillosa intuición de las cosas. Así fue que le hicimos repetir varias veces su declaración.
Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolución, que ella sola aprovechará, pues la casita que Lacante ha alquilado en Vaucresson está muy cerca de su «Villa del Lys.» Ha convencido a Lacante de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo restablecimiento de Elena, y acaso tiene razón, pues la convaleciente tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he sabido que Luciana y su madre están invitadas para fin del verano en la «Villa del Lys.» La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una señora de compañía. Todo está habilidosamente combinado en favor de los intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.
Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de una inteligencia notable, de una penetración extremadamente sutil y dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y evidentemente salida de los almacenes de productos químicos de su señor padre. Y su espíritu está en armonía con su cuerpo. Tiene inteligencia, pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores, son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y sólo descansan en el vacío. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se figura que pensar fuera del sentido común es colocarse en la categoría de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias en voz baja e indiferente, por haber oído decir que es de buen tono no animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin embargo, por haberse mostrado virtuosa en más de una circunstancia. Pero emplea una especie de ostentación en adornarse con la amistad de Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.
Y es que así conviene a su vanidad. Con cierta instrucción y alguna memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cuánto contribuye a su reputación la presencia habitual de Lacante y cuánto se la envidian.
Lo más asombroso es que a él le guste, pues no es posible que se haga ilusiones sobre lo que vale la señora. Pero esos demonios de escépticos y de «ironistas» no necesitan ilusión y toman de cada cual lo bueno que tiene, sin ocuparse de lo demás.
Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor de ella. En primer lugar, la atmósfera de lujo y de elegancia en que vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las más modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes de ocasión y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido en mesas en que un hule hacía de mantel y en vajillas desportilladas. Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos en la república de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, más ávido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en sí mismo, oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y exquisitas.
El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoderó de él al entrar en la existencia íntima de los Oreve y en aquella casa de una suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta su título de Marquesa tenía como un perfume de polvos «a la maréchale» que le hacían retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginación curiosa del pasado. Puede ser también que lo conquistase el culto entusiasta de la Marquesa y su admiración fecunda en adulaciones, pues los más listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, sí, que los afectos más tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste siempre por lo mismo que nunca se harta.
¿Se sabe jamás en qué consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas veces.
También el Marqués ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La solemnidad beatífica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta diplomática, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legación de Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogías aristocráticas que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el decorado.
El Marqués, por su parte, encuentra natural, conveniente y ajustado en todo a las tradiciones, que un literato coma a su mesa, y sea el amigo íntimo de su mujer. La satisfacción que le inspira el espejo cuando contempla en él la palidez aristocrática de su cara, a la que sirven de marco unas patillas escasas pero bien peinadas, su ancha frente y hasta su cabellera bermeja e indisciplinada, no le permiten sospechar nada malo por la familiaridad de Lacante en su casa, y acaso, tiene razón. En todo caso, sería verdaderamente difícil suponer ahora nada incorrecto en tales relaciones.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Puesto que usted me lo permite, querido y respetable padre, y hasta me lo pide con insistencia, voy a continuar, con toda sinceridad y confianza, el relato de mis impresiones. Debo decirle, ante todo, que procuro adaptarme a sus consejos no juzgando demasiado de prisa a las personas que me rodean.
Tiene usted razón al decir que un cambio brusco de localidad puede producir dos efectos contrarios y casi igualmente peligrosos: o una especie de entusiasmo por la novedad de las cosas y de las personas, o una tristeza que exagera la crítica. Con este último sentimiento es con el que yo tengo que luchar y así lo procuro desde que usted me lo ha advertido.
¡Es todo aquí tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver y a conocer en Quimper!
Y no es que todo fuera allí para mí gozo y dulzura. Usted, señor cura, conocía a mi pobre tía, y aunque no quisiera decir nada que pareciese un reproche a su memoria, sabe, sin embargo, que era severa, y, a veces, hasta un poco gruñona. Detestaba el ruido y el movimiento y me obligaba a estar inmóvil y muda a su lado, cuando tanto hubiera yo querido moverme y hablar. Decía que hay que saber aburrirse, porque la vida no es una expedición de placer.
A pesar de esto, me quería y me cuidaba bien, y como siempre me estaba recordando que yo no tenía madre y que mi padre no se cuidaba de mí, la encontraba muy buena por tenerme a su lado y soportar mis defectos, y estaba tan acostumbrada a ella, a sus maneras un poco rudas y a sus manías, que cuando murió, no sabía qué hacer de mi vida sin ella. También estaba muy hecha a aquellas costumbres tan metódicas: a misa por la mañana, el almuerzo a las diez, la comida a las seis, y entre uno y otra, lo más delicioso del día, que era la merienda de pan y fruta, que se me permitía comer en el jardín, corriendo, saltando y hasta trepando a los árboles, lo que no era muy bonito para una joven.
¡Cómo me gustaba aquel jardín, con sus cuadros de huerta, con sus orlas de flores rodeadas de boj, con sus musgosos y viejos manzanos, sus rosales grandes como árboles y la parra y las campanillas azules que vestían la fachada de la casa! También tenía cariño a aquel destartalado caserón, en el que corrían los ratones por delante del indolente gato, que les dejaba correr.
¡Y qué bien me parecían los amigos de mi tía cada uno en su género! Aquel señor de Tintellier y aquella señora de Rech, empaquetada en su traje de seda granate, y su hermana Malvina, tan sentimental, de cuyos largos «arrepentimientos» se burlaba usted, señor cura, con un poco de malicia, que también me gustaba.
Después había allí la Catedral. ¡Qué a mis anchas me encontraba en su gran nave obscura, tan sonora, por la que corrían ruidos que no se pueden expresar, bajo aquella bóveda alta y misteriosa y entre aquellos severos pilares por los que parecía que circulaban los ángeles! Y los sonidos del órgano que subían, subían, entre nubes de incienso, y parecía que me arrebataban con ellos... ¡Cuánto me agradaba todo aquello! Sólo el recordarlo me conmueve y me ocupo en hablar a usted de esto en vez de describirle mi nueva vida.
Aquí todo ha cambiado, y cada variación que echo de ver es como un muro de olvido que se levanta y me separa de aquellas cosas del tranquilo pasado. No sólo han cambiado el cuadro exterior y las personas, sino también, y sobre todo, la atmósfera en que se agita la gente a mi alrededor y en la que me siento como aturdida de perfumes desconocidos y embriagadores, tan diferentes de los sanos olores de mi ciudad natal, como las esencias en que aquí se impregnan las señoras son distintas del aroma de las violetas y de las rosas. Todo me parece artificial y contrahecho, las figuras, las fisonomías, las actitudes, las conversaciones, los sentimientos... Parece que, aquí, todo el mundo desconfía de la Naturaleza y trabaja para alejarse de ella; y todos viven con tal soltura en estas sutiles complicaciones, que estoy al verlos estupefacta, sin aliento y anonadada. Me cuesta trabajo comprender y no soy comprendida. Tomo en serio simples chistes, y cuando digo con sinceridad lo que me viene en mientes, todos se asombran o se ríen. Hay veces en que parece que me encuentran ingenio, siendo así que, sencillamente, no han comprendido lo que yo quería decir. Este perpetuo error me cansa. He rogado a mi padre que me preste unos cuantos libros de literatura y de historia; cuando esté acostumbrada a los asuntos que son el objeto habitual de la conversación, acaso mi inteligencia será más flexible y más despierta y pareceré menos tonta. Lo malo es aquí (se va usted a reír, señor cura, y, sin embargo, es la verdad), que yo no soy bastante joven. Todas las personas que me rodean saben reír y bromear y como yo no sé, debo de parecer terriblemente fastidiosa. Esto me da pena, porque tengo mucho amor propio, y lo siento además por mi padre. También él, se lo aseguro a usted, es demasiado joven para mí. Físicamente tiene el aspecto bastante aviejado; es grueso, algo cargado de espalda, muy calvo y tiene un cerquillo de cabello blanco que le hace parecer un fraile, mucho más, con una especie de solideo redondo que usa por casa y que completa el parecido. Con sus piernas gotosas, no parece ciertamente un muchacho; pero su sonrisa, la movilidad de su cara, su vivacidad, su calor de vida interior y una llama de pensamiento que le corre de pies a cabeza, le hacen vivir en un instante, más de lo que se vive en Quimper en diez años. No diga usted esto a nadie, señor cura, pero en el primer momento encontré a mi padre más bien feo; ahora, me gusta su cara de tal modo, que creo que no habría otra alguna que me gustase más. ¡Es todo el mundo tan insignificante a su lado!... Ciertamente, tiene el aspecto menos... ¿cómo lo diré? menos padre de familia que el señor Ravenaz, por ejemplo, el mayordomo de cofradía que cantaba tan fuerte en la misa mayor y hacía cantar con él a sus cuatro hijas y siete hijos, todos dóciles a una señal de sus ojos; o que el señor Tintellier, que sólo tiene un hijo, pero que es tan escéptico y no ríe nunca más que con un lado de la boca, de modo que su alegría se parece al esfuerzo de tragar algo amargo y más da lástima que envidia. Mi padre ríe de tan buena gana, no a carcajadas, pero con tal fe e intención, que se toma parte en su alegría aun sin saber por qué. Sus ojos ríen al mismo tiempo que sus labios y las mejillas, la barba y hasta las orejas parece que se divierten a la vez con lo que le hace reír, que es, a veces, un pensamiento que ni siquiera ha dicho. Yo no puedo separar de él la mirada, tanto me interesa y me encanta.
Tiene algunos amigos bastante agradables. Primero, don Máximo de Cosmes, al que vio usted en Quimper y que es el favorito de mi padre. Tiene hermosos ojos (no sé si usted lo repararía), bonitos dientes que se ven mucho, aunque él no trata de enseñarlos, y un carácter que creo en armonía con su cara franca y simpática. Hay otro también que me gusta bastante, porque defiende generalmente ideas que se aproximan a las mías. Mis ideas, señor cura, puede usted figurarse que no son inventadas por mí, pues son las del catecismo y el Evangelio. Las de don Gerardo Lautrec no son tan límpidas, pero son hermosas, sin embargo, y él las sostiene con formas elegantes, con palabras lindas y musicales y con una especie de emoción entusiasta, sin decir nunca nada que me mortifique, mientras que noto en los demás una indiferencia hostil y hasta aversión y desprecio declarados contra todo lo que es más sagrado para mí... Y todavía se contienen por mi causa... He visto a don Máximo hacerles señas y contener en sus labios palabras que iban a decir. Lo más sorprendente es que las mujeres, muchas al menos, hablan exactamente igual que los hombres, con el mismo atrevimiento respecto de todos los asuntos, y acaso, con más violencia todavía.
Con toda esta charla, señor cura, no le he dicho a usted que, hace una semana, estamos instalados en el campo, a unas leguas de París y en un sitio delicioso, rodeado de bosques y praderas. Más bonito sería, sin embargo, si no hubiera tantas casas, pues las hay por todas partes y eso desfigura el paisaje. Más parece esto un arrabal que el campo.
Muy cerca de nosotros, la Marquesa de Oreve, de la que ya he hablado a usted, tiene una hermosa casa, a la que llaman la «Villa del Lys». Aquí se llama así a cualquier casa por pequeña que sea. La nuestra es la «Villa Sol», nombre retumbante y pomposo para tan modesta casita. La verdad es, sin embargo, que está bañada de sol de la mañana a la tarde, lo que parece que es muy bueno para mi salud.
Estoy tan débil todavía, que me cansa el escribir y aquí hago punto, a pesar de todo lo que tengo todavía que decir a usted. Otra vez será.
Bendiga usted a esta su hija, mi buen señor cura, y deséele prudencia y salud.
Elena Lacante.
Máximo a Su hermano.
5 de septiembre.
La de Grevillois y su hija se han instalado en la «Villa del Lys», y Luciana ha bosquejado ya el retrato de la «patrona,» como llamamos a la Marquesa. Creo que está muy parecido, demasiado casi, y preveo que a Luciana le costará trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha manifestado ya cierta discreta indignación ante el boceto.
«Sobre todo, hija mía, cuide usted de no engordarme exageradamente... Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza... Creo también (y usted me dispensará, ¿verdad? esta pequeña coquetería) que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Además, los ojos no están parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que tengo... Pero usted corregirá todo esto cuando revise mañana su obra... Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y sólo se ve exactamente a la larga...»
Luciana estaba un poco nerviosa y traté de calmarla como pude durante un corto paseo que hicimos solos para ir a la «Villa Sol». El tiempo estaba hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el corazón, que parecía fundirse en el pecho con una sensación de desvanecerse y de evaporarse en el éter... Era aquello delicioso y hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero seguía nerviosa y despechada.
—Es estúpido—decía—el ser pobre y depender de la primer tonta que se presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para decírselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni críticas, a exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento, belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado desdeñosamente por cualquier imbécil encaramado en sus sacos de pesos, desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de uno y otro sexo...
Mi pobre Luciana tenía los hermosos ojos llenos de lágrimas de cólera mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de despecho que denunciaba su humillación.
Yo sufría por ella y tanto como ella, pero le contesté con dulzura y logré hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace daño a nadie más que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como es. La superioridad del dinero no existe realmente más que para aquellos que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla. Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de envidia, de adulación y de cólera, le dije besando sus bonitas manos.
Luciana sonrió débilmente.
—Habla usted como un sabio—me dijo,—pero la cordura es difícil, se lo juro, cuando hay que habérselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera tener esa hermosa filosofía; pero carezco de fuerza de alma, lo confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, única cualidad que es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mérito, hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo más que la edad que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta años hácenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y se mide y sólo las cifras tienen una realidad inflexible.
—Lo que se cuenta, se mide o se pesa—contesté;—no vale nada al lado de una sola gota de infinito...
Luciana dejó ver su bella y seductora sonrisa y respondió:
—Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?
—Lo es el mío, ciertamente.
—Diga usted el nuestro, Máximo.
Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en cuando para cortar flores.
—Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento—dijo Luciana con un dejo de desdén.
—¿No le gusta a usted, Elena?
—¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una chiquilla...
—Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la sociedad de usted podría serle muy provechosa.
Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.
—No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.
—Pues yo la encuentro encantadora... y rara.
—Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha dicho usted varias veces...
—Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.
—¡Hacerme amiga suya!—exclamó.—Enséñeme usted entonces por dónde hay que tomarla.
Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un gran ramo que traía en la mano.
—¿De dónde viene usted?—le pregunté.—¿De una santa peregrinación, de una iglesia, de una capilla?
—No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea usted mi cosecha.
Y nos enseñó el ramo.
Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún retintín:
—Venimos de...
Elena se volvió vivamente hacia ella.
—No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don Máximo a no ser curioso.
—Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor padre—respondió el ama de gobierno.—Nada me impedirá cumplir con mi deber.
Elena respondió con dulzura:
—Hará usted bien.
Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole admirar las que formaban su ramo...
Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.
—¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero que se presenta.
—¡Cómo!—exclamé.—Pues parece más bien tímida y más inclinada a callarse que a hablar.
—Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las conveniencias...
—¿Y hoy... ha empujado algún otro carro?
—¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer; está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije: «Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.» «Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres; ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.
—¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?
—Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...
Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»
Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su inocencia.
Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial, superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa misericordia para con la pecadora?
En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella mujer de mala vida.
Elena estaba extraordinariamente desolada.
—Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la madre está tan enferma! No creo que tenga cura.
—Seguramente que no—exclamó Polidora.—Todo lo que se haga por ella será como no hacer nada.
—Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.
—Pero tú quieres arruinarme—dijo Lacante sonriendo y acariciando el cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.
—¿Quieres, verdad?—le dijo Elena besándole la mano.—Estoy segura de que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.
Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.
¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su pureza?
Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su caridad.
Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...
—¡Y por mí!—se apresuró a decir Luciana.
Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena, radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos hecho un rico regalo.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no he encontrado ninguna a mi gusto.
Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara, porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión. Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia, no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.
Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente, después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la iglesia.
Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.
—Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?
—Porque allí es donde se realizan los misterios.
Me miró con una especie de asombro y no insistió.
Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible, acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta trabajo dominar.
Su madre, la señora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la que sólo el respeto impide juzgar a su madre como a mí. Esta excelente persona pasa los días enteros sentada en una butaca junto a la ventana, con un bastidor de tapicería en las rodillas, y, casi sin levantar los ojos, clava la aguja en el cañamazo con una regularidad apacible y mecánica que da sueño. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me inspira más simpatía. Es la única que no se ríe con los chistes del señor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia a todo el mundo. Este señor me disgusta y me parece grosero, acaso porque no le comprendo, pues da a las palabras más sencillas, en apariencia, un sentido particular que hace reír a los hombres y ruborizarse a las señoras, sin perjuicio de reírse también. La de Grevillois permanece seria y con una expresión de placidez, como si no oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le divierten extraordinariamente las ocurrencias del señor Kisseler y, si está callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: «Kisseler está triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.»
Y esto basta para inflamar la pólvora. Mi padre dice muchas veces a la de Oreve:
—No lo provoque usted, señora, porque tenemos aquí muchachas esta noche.
Pero ella responde tranquilamente:
—No se apure usted; hay gracias de estado para las jóvenes y no entienden más que lo que deben entender. ¿Verdad, señoritas? Todo es puro para los puros.
Y el señor Kisseler se dispara.
La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote en el altar. Al mismo tiempo murmuraba sílabas raras e incomprensibles, con inflexiones de voz cómicas, resoplidos grotescos y contorsiones extáticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanación, no podía guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz arremangada y aquellas muecas de compunción. La risa me retozaba en los labios, y puedo asegurar a usted, señor cura, que contra mi voluntad.
Por la noche, antes de volverse a París en el último tren, esos señores quisieron acompañarnos, a mi padre y a mi, a la «Villa Sol». Mi padre, un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Máximo. El señor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado, explicándome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este señor Lautrec es una persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy brillantes y muy rápidos, con los que parece que recorre el horizonte entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que su mirada.
Iba yo muy entretenida con lo que me decía, pero escuchándolo sin responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en mí como un relámpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio, cuando el señor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza. En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropezó y se quedó bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y el bastón por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sacó tranquilamente el pañuelo y se puso a enjugarse la frente con expresión satisfecha, como si el sueño de su vida se hubiera realizado al encontrarse allí gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue general, pues la flema del señor Kisseler en tal aventura resultó irremisiblemente cómica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos, que temían perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde estaba sentado y que le cubría la ropa. No fue floja tarea la de sacudírsela para ponerlo presentable.
Máximo a su Hermano.
14 de septiembre.
Ayer, domingo, fui a almorzar a la «Villa Sol» y a ponerme a la disposición de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec almorzó también en casa de Lacante y se ofreció a acompañarnos al campo Quemado. Luciana, fiel a su promesa, llegó en el momento en que íbamos a ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargábamos alternativamente Lautrec y yo.
El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable si hubiéramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las resedas, de los heliotropos y de las rosas.
El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el brazo a Gerardo y a mí, torpes para llevarlo a causa de nuestra inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas del contenido, pero esta idea práctica fue acogida con una explosión de indignado desprecio, y las jóvenes, exaltadas, se apoderaron valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, después de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron convencer de que debían desistir de su hazaña.
Por fin llegamos.
He aquí el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos niños llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.
Entramos. Un olor fétido y sofocante se nos coge a la garganta y me basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas horas de vida.
La imaginación no puede concebir un marco más siniestro para el drama de la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montón de trapos sórdidos en una cabaña abandonada, podrida y agrietada, en la que, por lástima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus crías, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmarañados y rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera, el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia un cielo azul pálido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un hedor de roña inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto lívido, de arrecido sudor y en el que sólo brillan dos ojos ardientes, feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.
Es la Briffarde.
La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogación de sus ojos y los fija después en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus fuerzas para hablar.
—Ya está usted ahí—dijo en voz baja y bronca.—Creí que no vendría usted.
—Lo había prometido.
—Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.
Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En seguida exclamó con aliento ahogado:
—Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo trabajar.
—No, pobre mujer, está usted todavía muy débil—dijo Elena con dulzura.—He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.
Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.
—Y aquí tiene usted un poco de dinero—añadió abriendo el portamonedas.
—¡Venga, venga el dinero!—exclamó la enferma, abriendo con ademán de fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...—¡El dinero! ¡El dinero!
No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió un instante.
A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.
—Salgamos—me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.
—Esta mujer se está muriendo—le dije muy bajo.
Elena me miró con espanto y palideció.
—Todavía no, ¿verdad? Todavía no...
Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar aquella vida expirante.
—Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.
—¡Oh! no, no es eso lo que temo...
Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la acarició dulcemente.
—¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de fatigarla...
—¡Oh! sí, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y pegándose... No puedo con ellos... Mejor estaría en el hospital... pero dejarlos solos...
La voz de Elena continuó con gran dulzura:
—Podríamos colocarlos en alguna parte mientras esté usted enferma... ¿Dónde quiere usted que los metamos? Dígame lo que desea.
La mujer se quedó un rato sin responder, con los ojos fijos y el oído en tensión, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de Elena.
—¿Colocarlos? ¿Los chicos?... ¡Ah! sí, sí quiero... Las niñas con las monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeños al Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... ¿Sabe usted?
Elena prometió ocuparse de todo aquello, y yo admiré la ingeniosa gracia de aquel corazón de quince años tratando de arrancar a una madre, sin que ella lo sospechase, su última voluntad sobre los que iba a dejar huérfanos.
Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y salí a reunirme con Luciana y Gerardo. Como ellos, aspiré con delicia el poco de aire puro que caía de las alturas del bosque al campo Quemado.
Elena, mientras tanto, seguía inclinada sobre aquel semicadáver, cuyo pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Había echado un poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.
La mujer aceptaba aquellos cuidados como había aceptado las limosnas, sin dar las gracias y como cosa debida.
Los niños se habían diseminado por el campo, adonde los había enviado Luciana a cortar amapolas.
No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al gemido casi continuo de la moribunda.
En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:
—¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?
—Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...
—¿Y el señor cura, viene alguna vez?
La mujer exclamó duramente:
—¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.
—Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.
—¿Para qué?—Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente, sin poder incorporarse.—¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero sotanas ni hombres negros a mi alrededor.
Elena respondió con voz temblorosa:
—Pues le diría a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.
—¡Palabras!... ¿De qué sirven las palabras y las frases?... Lo que yo necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es Dios...
—No es Dios, pero se dirige a Él y le reza...
—¡Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los quiere; pero no... Si hay un Dios, tendrá otra cosa que hacer que ocuparse de mí, según parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la vida, el tal Dios... ¿Por qué hay pobres como yo y ricos que no carecen de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, ¿cree usted que tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?
La moribunda se incorporó entonces, desgreñada, medio desnuda, con los hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedían llamas mientras sus labios, contraídos, se retorcían en una mueca espantosa. Elena retrocedió instintivamente.
—Dígale usted que deje a esa mujer agonizar en paz—murmuró Luciana a mi oído.—Hace mal en atormentarla así.
Yo también pensaba que Elena hacía mal. Sus esfuerzos por despertar la conciencia de la moribunda, por conmover su corazón e inspirarle mejores sentimientos, me parecían a la vez crueles y patéticos. ¿Para qué perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra la disgregación? ¿Para qué exponerse a hacerla ver el negro abismo en el que estaba ya medio caída?
Me aproximé a Elena y traté de llevármela.
—Venga usted—le dije,—y deje a esta mujer agonizar en paz. Vámonos.
La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que toda repugnancia y que todo consejo, la aproximó al camastro y triunfó de la repugnancia y del horror que, por un instante, la había dominado.
Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor glacial, y le dijo tiernamente:
—¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.
La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el hipo de la muerte, resultó horrible.
—Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!
—Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón... Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...
—Allá, en tiempos... sí, como a los demás.
—Entonces creía usted en Dios...
—Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para divertir a los pobres.
Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados Gerardo y yo, y dijo:
—Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.
—¡Yo sí voy!—dijo Gerardo.
—¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte... Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero cumplir mi promesa...
—¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?
—¿A quién?...
Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:
—El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.
—¿Y dónde está el padre?—preguntó cándidamente Elena.
--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde entonces estoy enferma...
Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo incomprensible.
—¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.
—Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...
Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.
Después siguió diciendo con voz vacilante:
—Otras veces... otras veces...
Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.
—Otras veces—dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos harapos,—recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.»
La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...» Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua en una tierra árida.
Me aproximé a Elena y la así la mano.
—¡Se acabó!—dije.—Ahora venga usted.
—Hay que cerrarle los ojos—respondió Gerardo, que estaba a mi lado y cumplió ese piadoso deber.
Elena se levantó sin resistencia y me siguió.
En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.
—¡Vámonos pronto!—exclamó Luciana estremeciéndose.—¡Es horrible la muerte!...
Elena me miraba indecisa.
—Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?
—Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.
Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana abierta.
—Por fin se ha muerto—dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de la Briffarde.
—No se ha perdido mucho—respondió la otra; una morenilla bastante fresca.
—Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?
Creí que debía apoyar ese sencillo sentimiento y añadí que aquella muerte era triste a causa de los niños.
—¡Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba—respondió la morena,—puede que sea mejor que esté donde está.
—No se les puede dejar solos con el cadáver—indiqué yo.
—Claro está que no... Allá voy... Tú, Aniceta, corre a la Celle y advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.
La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me siguió y no dejó de hablarme de las fechorías de la pobre Briffarde.
—No tenía nada de buena... Sin los chiquillos, que pedían limosna por los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas... Además, la tal Briffarde no tenía nada de cómoda... Una salvaje, caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podían con ella...
Y yo iba pensando en el cándido apostolado de Elena y en su paciente dulzura, que había triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y de ruego había encontrado el camino de su corazón, enternecido su último suspiro y desarmado un poco su áspero y furioso rencor.
No era, acaso, el arrepentimiento lo que se había despertado en su alma, sino una turbación precursora; y la miserable pecadora no habría comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazón ante el Juez infalible en quien Elena tiene fe.
Fuera de la fúnebre choza, y sentados juntos en un haz de leña verde, recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando en voz baja.
En el campo habían cesado los gritos y los juegos y remaba un trágico silencio.
En el interior, los muchachos, agrupados en un rincón, estaban llorando con llamadas monótonas y, en cierto modo, mecánicas: «Mamá... mamá...» entrecortadas por sollozos en los que la conmoción nerviosa, el asombro y el terror tenían tanta parte como el desconsuelo. La mayor habíase sentado de nuevo en la piedra y tenía en la falda al más pequeño, al que daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un niño de tres o cuatro años había cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero el mayor lo vio e interrumpió su cantinela llorosa para quitárselo, y reforzó vigorosamente este acto de justicia con un coscorrón en la cabeza del delincuente, después de lo cual secó el zoquete con un jirón que le colgaba de la manga.
En esto entró la amable vecina, echó una ojeada al descarnado esqueleto cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubrían. La cara parecía como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes hundidas dibujaban duramente sus líneas, y los párpados cerrados le daban una expresión de augusta calma y revelaban una belleza desaparecida hacía mucho tiempo.
—¡Esta mujer no tenía treinta y cinco años, caballero!... ¡Vea usted lo que queda de ella!... ¡Vamos! A callar—exclamó volviéndose hacia los chicos;—no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y además, por mucho que la llaméis, no ha de volver... Arregladme todos esos trapajos... Y tú, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus hermanos, para que no estén asquerosos cuando venga el cura.
Luciana me suplicó que nos fuésemos, alterada de nerviosa impaciencia por escaparse de aquella atmósfera de muerte.
—Es tarde, y su padre de usted estará inquieto—dije a Elena, que se levantó en seguida.
La última mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los niños, con promesa de volver a verlos, y hétenos en marcha por la creciente sombra que invade el camino.
Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia atrás, como para verla andar.
Y Luciana, cuya alegría iba renaciendo a medida que nos alejábamos del campo Quemado, le preguntó riendo:
—¿Qué busca usted en la espalda de Elena?
—Quiero ver si le brotan las alas.
Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oyó nada de esto.
Y Luciana siguió diciendo a media voz:
—Me parece un poco formalista, este ángel... Su implacable caridad me ha dado calofríos... ¿Le gustaría a usted, cuando estuviera luchando con una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intención del mundo?: «Hermano, hay que morir; ha llegado la hora...» ¿Le gustaría a usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?
—¿Por qué no, si la voz que me advertía era dulce y el corazón tierno?
—Pues yo pido que me dejen morir con la ilusión de la vida.
—Y yo—exclamé—pido que deje usted a un lado esos crespones fúnebres y esos trágicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de esta hermosa noche que nos ofrece la benévola Naturaleza...
¡Qué bonita estaba Luciana y qué resplandeciente de vida, en la radiación oblicua del sol al esconderse detrás de la movible cortina de los bosques! Había como un nimbo de oro en torno de su frente. Los pájaros revoloteaban cantando su canción de la tarde, y poco a poco se iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traíamos del campo Quemado. Como entrábamos en lo más espeso del bosque y el sendero era allí estrecho, dejé a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve detrás a Luciana. ¿Fue aquella visión de la muerte lo que había rozado nuestras vidas? ¿Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente Naturaleza lo que dio un impulso más fuerte a la avidez de vivir y de ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sentí un extremado enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que debía ser mía. Rodeé con el brazo su talle, y, teniéndola muy cerca, le dije bajito:
—¿Me ama usted?... ¡Yo la adoro!...
No sé qué la preocupaba e ignoro si me oyó, pues no se dignó responderme... Después de largo rato de distracción, acabó por decir:
—¿Me ha hablado usted?... ¿Qué me decía?
El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:
—¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?
—Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!
—Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?
Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.
—Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...
—Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted—respondió en tono más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.—La verdad es que este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.
Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.
—Luciana mía—exclamé,—si la he disgustado a usted, le pido perdón... Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.
—Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas—dijo Luciana riendo.
Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz alta:
—Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de madreselva?
Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en que había yo dicho que podría ahorcarme.
—¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a fin de que le diese esa flor?—pregunté a Luciana.
—Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero—respondió poniéndomela en el ojal.
Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.
Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar. ¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y como un deslumbramiento doloroso.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?
Hoy le escribo teniendo en el corazón un gran peso de cuidados y de emociones.
Mi padre acaba de estar muy enfermo, señor cura. La otra mañana se puso de repente muy pálido, su vista se quedó fija y turbia y perdió el conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo como muerto, caído en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados y a los gritos de doña Polidora... En esos instantes han pasado por mi mente horribles pensamientos...
Cuando por fin abrió los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus pobres labios azulados se esforzaron por sonreír, y sus primeras palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espíritu no se había extraviado muy lejos de nosotros y que había vuelto, con el primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: «¿Me creías ya muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te entristezcas; otra vez será.»
Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, pálida y un poco contraída era tan doloroso el esfuerzo para sonreír, que no pude contener las lágrimas.
Mi padre me alargó la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de melancólico asombro:
—Pero, entonces, ¿me quieres?...
¡Lo dudaba, después de las bondades que tiene para mí continuamente!
Cubrí de besos aquella mano que estrechaba la mía con una presión todavía muy débil, y le respondí desde el fondo de mi corazón:
—¿A quién he de querer en este mundo sino a ti?
Creí leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero enternecimiento; pero después, y a medida que se disipaban rápidamente las nubes del síncope, se volvía a encender la malicia de la mirada en sus pupilas todavía turbias, y me dijo en su tono ordinario:
—¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en conmoverse... y esperaba...
—¿Qué, papá?
Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:
—Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa, ¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay que formarse espantajos...
¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible despertar en la otra vida...
Y no me atreví a decir nada.
Me faltó el valor y me callé cobardemente.
¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan fácilmente extraviada en mis pensamientos?
Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha vivido, estudiado y reflexionado tanto...
Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.
Y, sin embargo, ¿es bastante rezar en el secreto de mi corazón? ¿Es bastante? Dígamelo usted, mi buen señor cura.
Máximo a su hermano.
6 de octubre.
Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos días recibí un telegrama de Elena advirtiéndome que su padre estaba enfermo y rogándome que llevase un médico.
Correr a casa de Muret y llevármelo a la «Villa Sol», fue cuestión de una hora.
Cuando llegamos, la crisis había terminado y encontramos a Lacante acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.
El doctor no encontró nada alarmante por el momento y prescribió un régimen que Lacante no seguirá, por desgracia.
Cuando Muret se marchó, después de haber ordenado un reposo absoluto y elogiando mucho a Elena por su sangre fría y por la prudencia de sus cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el sillón habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un poco caída. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emoción. A pesar de la expresión de tristeza que la envolvía por entero, los rayos del sol que se filtraban por el ramaje, ponían un nimbo de oro en torno de aquella fisonomía cándida y doliente.
Corté unas violetas y se las di con palabras de ánimo, a las que ella respondió con una débil sonrisa.
Me senté al lado suyo, penetrado de compasión. ¡La comprendía, la adivinaba tan bien!... ¿No había visto, hacía poco tiempo, al lado de la cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una energía moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que hubiera sido para su fe la muerte sin perdón, la muerte eterna? Por muy extraño que yo fuese a sus creencias, la había comprendido y había admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber que podía más que sus timideces y hasta que su compasión.
Y entonces también la adivinaba.
Comprendía su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi piedad por aquel débil corazón de niña, estaba impregnada de ternura. ¿Por qué el aspecto de la muerte predispone el corazón a esos enternecimientos? ¿Será que buscamos por instinto un refugio contra el aniquilamiento final? ¿Será que las fibras más profundas del ser se conmueven a la vez y vibran al unísono al contacto de la formidable enemiga?
Tenía yo un deseo apasionado de decir a Elena:
—Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descreído que yo sea a los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad, condenada al dolor y a la muerte.
Mientras yo me dirigía este monólogo, Elena mordisqueaba las violetas que yo le había dado y nuestros pensamientos se encontraban.
—¿Usted no cree?—me preguntó tristemente.
—Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en la ciencia... en la...
Elena me interrumpió:
—Hay un nombre que lo resume todo, ¿y no lo dice usted?
—Es que quisiera comprender...
—¿Comprenderlo todo?—me preguntó.—¿Es eso posible? ¿Cree usted que todo se puede explicar?
Yo no quería ni afligirla ni discutir.
—No—respondí;—las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.
—¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!—exclamó con mirada brillante.
—Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos—dije sonriendo.—Si usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de la misma opinión.
—Sí... usted me enseñaría a pensar...
—¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.
Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.
Elena sonrió y dijo:
—No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.
Máximo a su hermano.
8 de octubre.
Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político, pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como este diablo de Kisseler.
Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un lujo de detalles verdaderamente chistosos.
Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena, sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal aventura.
Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin contar la Marquesa de Oreve.
Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando no se sabe de qué se ríen!»
¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense, hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a Kisseler por la ventana...
Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.
Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:
—Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.
Y después de una pausa añadió:
—Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.
—Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás tienen más tacto.
—¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es su fuerza y su gracia...
Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya pulverizado todo el edificio de fuerza mística.
—Admito—dijo,—que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler, pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted que?...
—¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.
—Es verdad—dije no sin malicia,—que le he oído a usted en otro tiempo expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.
—Aquellas eran teorías y frases de solterón—dijo moviendo la cabeza.—Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los misterios...
Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:
—Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.
—Es deliciosa—exclamé.
Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.
Después siguió diciendo:
—Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena decidirá.
Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi brazo para entrar en su cuarto.
Al estrecharme la mano, me dijo:
—Esta niña merece ser dichosa.
—Lo será—respondí maquinalmente.
Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:
—Gracias, hijo mío.
¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.
Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que solamente Elena elegiría?
Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos, pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi favor, sino todo lo contrario.
Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese lado hubiera un desenlace muy dichoso...
Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo, casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia... Estoy loco y me voy a la cama.
Buenas noches, querido hermano...
Elena al Padre Jalavieux.
Octubre.
He leído, releído y meditado su carta de usted, mi buen señor cura, a fin de hacer entrar en mí el espíritu que la ha dictado y que quiero que sea mi regla de conducta: «No discutir jamás las cuestiones de fe...» ¡Cómo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... «Afirmar valientemente mi fe cuando se presente la ocasión, sin tratar de imponérsela a los demás.» También esto me gusta extraordinariamente.
Pero, señor cura, «hacer amar la fe haciendo amar en mí las virtudes que le debo...» ¡Señor! ¡Virtudes! Yo, tan débil, y que no tengo más que instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...
Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y sé que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el mal está hecho. También lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma, puesto que es más imparcial.
Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un día en que mi pobre tía me sorprendió encaramada en una silla delante de la chimenea del comedor, con la nariz pegada al tremó, que tenía reflejos verdes, para verme más de cerca. Mi tía se indignó enormemente y me llevó, toda temblorosa, hasta la sacristía, donde estaba usted escribiendo en un gran librote. Le contó a usted mi crimen y creo que habló de propensiones hereditarias, palabras que oía yo por primera vez y que me dieron un miedo atroz, pues me creí atacada de alguna enfermedad mortal. Recuerdo qué bueno fue usted, señor cura, y cuánto le quise desde aquel día. «Mi querida señora, le dijo usted; hay un precepto de la Sabiduría, que dice: Conócete a ti mismo. Elena ha empezado el inventario por el exterior; después llegará a lo principal.» Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy niña, pues tenía seis años; pero siento aún en el carrillo la dulzura de aquel cachetito consolador.
Mi padre está ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo, a sus estudios y a sus lecturas.
He ganado en esta crisis, que tanto me atormentó, una intimidad más estrecha con él; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y con inteligencia. Observe usted esto, señor cura; mi padre, que sabe lo que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba usted de leer a escape y sin enterarme de lo que leía... Pero era que (ahora puedo decirlo) los libros de edificación, las meditaciones, los sermones y las controversias, me aburrían cruelmente. No me gustaba nada más que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas enamoradas de lo divino, la precisión pedantesca y el exceso de documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que nos sujeta a la tierra cuando quisiéramos remontar el vuelo y subir a lo más alto. Espero que no se escandalizará usted y que me perdonará la ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.
Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le marco o le copio los párrafos que necesita. Y no puede usted figurarse lo agradable y gloriosa que encuentro así la vida.
Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con más frecuencia y más íntimamente, y que cada día lo quiero más.
Elena al Padre Jalavieux.
Hace un momento, después de dos largas horas de trabajo a la sombra del único árbol del jardín, entre las matas de rosales, y a pesar del vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha recostado en su butaca, después de sujetar cuidadosamente las cuartillas cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobación.
—Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.
Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz figurándome que le ayudaba un poco.
—Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que, sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y atención.
Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.
Mi padre siguió diciendo:
—Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una muchacha de tu edad.
Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.
Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.
—De pronto me dijo:
—¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...
—¿Mis confidencias?...
—Sí, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... ¿A quién se los dices?... ¿Es a doña Polidora?
—¡Dios mío! no, papá. No comprendo bien lo que tú entiendes por...
Mi padre hizo un gesto de impaciencia.
—Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres de talento y de valía... y todos empeñados en agradarte. Es imposible que no haya uno que te guste más que los demás... Sé franca...
—Desde luego, el que me gusta menos es el señor Kisseler.
—Procedamos, si quieres, por eliminación. ¿Qué piensas de Gerardo Lautrec?
—Lo encuentro fino, ingenioso, amable...
—¿Es a él a quien prefieres?
—¡Oh! no...
Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.
—Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...
—No, no, por cierto.
—Bueno—dijo mi padre radiante,—entonces la palma es de Máximo...
—Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás, ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un poco. Todo lo demás me es igual.
Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.
—¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.
A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto. «¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente, contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.
No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle con buen humor.
—La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...
—¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?
—Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.
—¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que Dios te ha dado, puede quitártelo.
Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y estrechándome contra su pecho:
—La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir, y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.
—¡Me dices cosas crueles!—exclamé.
—¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la señorita?
Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola para despertar mi atención.
—Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu lado!
—Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano, tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo... de una bonita especie, lo confieso...
—Pues bien, papá, elige tú...
—Perfectamente... Elijo a Kisseler...
—¡Kisseler!
Mi espanto le hizo reír de buena gana.
—Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.
—Creí que elegirías otro.
—¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?
—Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas. Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?
—Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.
—¡Amor propio de autor!—pensé tristemente.
—Ahora—dijo mi padre,—trabajemos una hora más y te dejaré en libertad.
Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.
Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.
—¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes rencor?
—Sí—respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la calva;—sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.
Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.
—Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi Aristóteles a la cabeza!
Y blandía el librote con fingida cólera.
Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad de estar sola.
Aquella prisa por casarme me entristecía.
A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente incrustada en la suya, sea para él un estorbo y una carga dura de soportar.
Aquel temor se mezclaba con otro más cruel, el de que mi padre sintiese acaso más comprometida su salud de lo que quería dejar ver.
¡Cómo! Siempre está presente la muerte; en todas las vueltas del camino, en las horas más serenas de la mañana como en el ocaso de la vida, aparece con su misterio y su terrible silencio.
En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el otoño, pasé, señor cura, unos momentos crueles.
Después, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi presencia.
Me convencí, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del médico sobre la fuerte constitución de mi padre eran enteramente sinceras y de que podía tener confianza.
Y entonces se impuso a mi reflexión la idea del matrimonio en sí misma. Casarme; elegir un ser para entregarme a él y que sea mi dueño; dar de una vez y para toda la vida el corazón, es cosa grave...
Además, hay que agradar, hacerse amar... ¡Qué trabajo de Hércules, Dios mío! ¿Cómo se arregla una para hacerse amar? ¿Por dónde se empieza? ¡Si usted cree, señor cura, que estas cuestiones son fáciles de resolver!...
Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su infatuación paternal.
Y luego, ¿a quién quisiera yo agradar? El señor Lautrec tiene ideas que se aproximan a las mías, o que, al menos, no las contradicen violentamente. Es muy agradable y, sin decir jamás piropos triviales, sabe hacer halagüeñas sus atenciones. Pero hay en él algo que se opone a la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que está dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las más finas y las más fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse más. Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo también, puesto que es fuerte. No veo en el señor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podría inspirárselos. Me parece muy fascinado por la bellísima Luciana, que es tan a propósito para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos, pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.
Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas, y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que es también un poco fastidioso.
Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a cabeza.
No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi padre...
Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá, cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.
Máximo a su hermano.
Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.
Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.
Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.
Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo no sospechaba.
La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña sociedad que nos rodea.
Cuando así se lo hago observar amablemente, me responde riendo:
—Está jurado y no hay que hablar más del asunto.
Y añade en tono de broma:
—¿Quiere usted que, dentro de diez años, al vernos todavía novios, nos abrumen a chistes nuestros amigos?
—¡Diez años, Luciana!... es imposible...
—¿Por qué es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene sesenta y ocho años; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la iglesia.
La discreción que me impone me es penosa para con Lacante, que es para mí más que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor, la Marquesa de Oreve es su protectora y habría las mismas razones para hacerle la confidencia.
Y entonces, adiós secreto y vienen todos los inconvenientes de una espera interminable.
Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada más inocente, puesto que la señora de Grevillois conoce nuestros compromisos y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la corrección casi fría de nuestras conversaciones. ¿Será que, cuando estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las expresiones vivas? Quisiera creerlo. ¿Será que tema mis temeridades? Hará mal. Respeto mucho en ella a la mujer que será mía para que tenga nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa disparidad entre la palabra y su expresión escrita. Sospecho que está más prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la inocente e inconsciente retórica de un alma romántica enamorada de los bellos períodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y casi en tono burlesco.
Si crees que la amo menos, te engañas. Su presencia me produce siempre la misma turbación deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de aquellos labios húmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio de las largas pestañas... ¡Qué seducción hasta en sus caprichos, pues los tiene! Tiene también desigualdades de humor, y, de repente, accesos de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.
¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?
Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en seguida la conversación interrumpida a mi llegada.
—¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?
—Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.
—Usted piensa—díjele riendo,—que el bosque de Bolonia es insuficiente como selva virgen.
—Eso puede llevar muy lejos—repuso Luciana.
—¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.
—¿Qué es lo que usted llama pronto?
—Dos o tres años...
—¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás ningún pesar.
—Siempre se dejan pesares... aunque no sea más que el de los sueños no realizados.
—Los sueños son humo y no valen un pesar...
—Todo lo contrario... Hay sueños deslumbradores... tan inaccesibles, por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...
—Para perderlos por el camino.
Ambos se reían y yo me figuré, sabe Dios por qué, que la risa de Luciana era nerviosa y falsa, y cátame triste para toda la noche. ¿Estoy, pues, celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser alabada. ¿Por qué acusarla? Es bella y lo natural es que goce del éxito de su belleza. ¿Y qué me importa, puesto que su corazón es mío y estoy seguro de su rectitud y de su ternura? Lo demás es polvo que el viento disipa.