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Agua de Nieve (Novela)

LIBRO TERCERO EL DESHIELO

Reading edition

I

revelaciones de una hora sentimental.

Por qué lloras, Ana María?

Al son de esta pregunta, hecha con varonil y cariñoso acento, se estremece la joven y trata de esconder su pesadumbre; pero Manuel Velasco, sorprendido de hallar á la niña de Ramírez tan afligida y llorosa, en la gran sala del laboratorio, se acerca dulcemente con una noble expresión de ternura.

Es muy temprano. La cobarde claridad de una mañana inverniza penetra por los altos ventanales del salón y desciende hasta el suelo, como la lumbre perezosa de un crepúsculo. Bajo esta luz tan desmayada y triste, tiene el laboratorio un rígido semblante de aula desierta, de museo abandonado: las recias paredes; el techo de obscuros artesones; las puertas de hojas macizas; los estantes y anaqueles llenos de volúmenes, de aparatos científicos é instrumentos de labor; la fauna y la flora, disecadas y expuestas en aparadores y vitrinas, los metales, pedruscos, fósiles, monstruos submarinos, reliquias de la prehistoria; todo parece viejo, exangüe, descolorido, muerto, como si la naturaleza, agotada y marchita, yaciese en libros apolillados, en aguas turbias y en cárceles de cristal.

Una fuerte atracción guía con frecuencia los pasos de Ana María hacia este recinto de soledad y de tristeza, donde las voces retumban solemnes como en un templo. Si Manuel trabaja, la niña no le interrumpe: llega hasta el dintel, clava allí la penumbra de sus ojos, escucha, sonríe, y se aleja despacito, con la pena de no atreverse á entrar. Sólo algunas veces llama para balbucir:

—Mi padre padece demasiado... Tengo miedo... Acude, por Dios...

En ocasiones, abriendo la puerta de repente, el discípulo ve una sombra fugitiva que en el obscuro corredor deja rastros misteriosos, como el perfume de un secreto...

Aquella mañana, cuando Manuel sorprende á la madrugadora embebida en sus pesares tan temprano, se revela el más profundo cariño en la voz, que pregunta:

—¿Por qué lloras, Ana María?

Y entre el desorden de los cabellos graciosos, ella levanta el semblante apasionado y dulce para responder muy firme:

—No lloro por él... Te lo juro.

Lo mismo que Carlos una noche en el robledal, Manuel interroga con sorpresa:

—¿No le querías?

—Sin duda, no. Sus traiciones sólo me inspiran lástima. Lloro porque mi hermano sufre de un modo cruel y me siento incapaz de consolarle.

—Yo te ayudaré. No llores... le salvaremos.

Es tan enérgica y piadosa la expresión del amigo, que Ana María le contempla mudamente, con aquella mirada suya rebosante de revelaciones, que á Manuel le hace temblar.

—Buscaremos—dice él huyendo de tales miradas, breves y agudas como gritos—una eficaz medicina para Carlos.

—¿Sólo para Carlos?—pregunta la moza, ingenua y anhelante.

—Pero ¡si á ti no te hacen falta! En cuanto él se cure serás tú feliz... ¿No es cierto?

—¡Feliz... feliz...!—balbuce ella.

Y viéndola desfallecer con blancuras de lirio, Manuel la sostiene en sus brazos al borde de la mesa donde se apoya, entre vasijas con líquidos de colores, pinzas y bisturíes.

—Entonces... ¿le querías?—inquiere Velasco lleno de incertidumbre y de piedad.

—No... no...

—Pues si vamos á curar á Carlitos, ¿por qué lloras?

Una cabeza muda y pálida rueda sobre el hombro del caballero, y todo el busto de la muchacha, inerte y exánime, queda entre los brazos acogedores. Guarda Velasco, junto á sí, un momento, la reliquia de aquella frente pura y humilde, como trémula corola de una flor; levanta después el dulce peso de la joven desvanecida, la tiende en un diván, y angustiado, presuroso, rocía las heladas sienes, frota los pulsos irregulares y acerca á la afilada naricilla un frasquito de sal. De hinojos en el suelo, á los pies de la niña inmóvil, avizora en sus labios el soplo de la blanda respiración; y hay en la arrogante figura del discípulo, en su actitud devota y recogida una ternura paternal, un resplandor de fuertes y contenidos amores.

Va creciendo la mañana, lluviosa y triste; en los sonoros ámbitos del aula reina un silencio imponente. ¡Con que terrible melancolía se dibujan allí los tesoros y los misterios del mar, las algas, las conchas y las flores, las piedras y los moluscos, los pólipos gigantescos, las osamentas prehistóricas; jirones arrancados á las entrañas de la vida, yertos despojos de la ciencia militante! A la indecisa luz que vierte el cielo en el ancho salón, se ven confusamente aletas enormes y monstruosos tentáculos; arrecifes coralinos en miniatura; animales vivos en redomas de cristal; frascos panzudos donde el alcohol sostiene cien formas de vidas muertas...

Pero todo aparece sin el debido concierto ni la pulcritud que fuera menester. Añorante de las próvidas manos de Carlota, esta gran cátedra en que un solo discípulo estudia y vigila, tiene á la sazón un aspecto de pesadumbre y de abandono. Aquí donde tuvieron sus gérmenes las íntimas tormentas familiares, pasó antaño una ráfaga de heroísmo que dió al laboratorio cierto rumbo y compostura. Cuando Carlota posaba sus manos lindas y veloces en todo este arsenal languideciente; cuando ella ponía su gracia y su entendimiento al servicio de la ciencia, entre el sabio iracundo y el discípulo fervoroso, diríase que hasta en las vidas inferiores y petrificadas del museo se encendía una promesa de resurrección, un soplo invisible de inmortalidad. Y ahora que no estallan las voces furibundas en el derrotado salón, ahora que la heroína no ennoblece con sus lágrimas el semblante frío de esta ciencia ruinosa, todo aquí tiene un tinte de fracaso, un perfume acre y mortal. El biólogo, al recluirse mudo y hostil en su gabinete, ha dejado en irreparable revolución las colecciones, y ha puesto en fuga al breve personal que en su parte profana asistía á todos los menesteres del instituto. Sólo un misterioso encanto, de muy hondas raíces y muy fuertes ligaduras, abre todavía aquella puerta para que el discípulo de don Juan trabaje, sueñe ó llore... Más bien parece que sueña ó que llora, á juzgar por el desaliño de su mesa de labor y por el trágico matiz del aula. Y aunque va y viene por ella el «hada del Robledo», algún otro hechizo, como el que Manuel sufre, la incapacita para prevenir y atender aquellas minucias donde puso sus manos incansables la Bella durmiente del bosque...

A esta luz grísea, en este marco singular, adquiere ternura conmovedora el grupo de la niña aletargada con el caballero de hinojos á sus pies. Ya éste se impacienta, aguardando un síntoma de reacción en aquel ser angelizado y noble, en cuya frente el dolor finge un sueño. Tiene la muchacha inclinada la cabeza hacia Manuel, y toda su figura grácil yace desvanecida, con trazas de profundo cansancio, como si hubiese caído en el sofá después de un peregrinaje azaroso y terrible. La dulce faz dormida denuncia una temprana pena, y á la pálida boca parecen acudir, en amargo pliegue, implacables tristezas de amores imposibles.

Aquel gesto delator pone tal semejanza entre la niña y su madre, que Velasco, absorto y dolorido murmura:

—¡Carlota!... ¡Carlota!...

Como si este nombre la despertara, anhela el pecho de la joven, tiembla un suspiro en sus labios y abre los ojos con angustioso esfuerzo, muy turbada, muy sorprendida.

De repente se alumbra su memoria: ya sabe por qué está allí sin fuerzas y sin voz; por qué Manuel le dice cariñoso y aturdido:

—Esto no vale nada... Ya pasó; no te asustes.

Pero ¿qué? El está de rodillas acariciando las manos yertas de la muchacha: ¿cómo puede suceder semejante cosa?

—¡Dios del cielo!—prorrumpe Ana María, levantándose con vehemente impulso de esperanza y emoción.

Y Velasco, que también se levanta, la mira ahora hasta el fondo de los pensamientos, hasta hacerle bajar los melados ojos. Pero no está conforme todavía; ha llegado el instante decisivo en que él debe conocer todo el grave secreto que vislumbra. Toma familiarmente la barbilla de la muchacha y alza aquel lindo rostro, entre nubes de rubor, diciendo:

—Mírame bien.

Ella obedece, trémula y roja. Una niebla de llanto se deshace sobre la luz humilde, como albor de lámpara, que la pasión enciende en aquellos ojos.

—Ya te miro—musita.

El discípulo de don Juan es un gran sabio, sin duda, en más de una ciencia humana, porque no se deja engañar por el velo que en aquellas pupilas obscurece á la delatora lumbre.

Ya leyó, de corrido, en el precioso corazón de la mujer que le oye suspirar y le oye decir:

—¡Pobre ángel!

Y al comprobar sus temores, pálido y serio, sólo se le ocurre á Velasco esta pregunta, tácita y honda:

—¿Por qué «entonces», te ibas á casar con otro?

—¡Oh, Dios mío!—gime la turbada niña, que sólo sabe mentar á Dios en aquel apuro tan tremendo. Se ve descubierta. Comprende que ha mostrado el tesoro de su alma, precisamente al hombre á quien más quería ocultarle.

—Pero yo nada te he dicho—balbuce con timidez y asombro, sin comprender que alude al oculto reproche del caballero, ratificando así la inconsciente confesión de sonrojos y lágrimas en aquella hora sentimental.

Manuel la contempla, ausente de sí mismo, envolviendo en una mirada piadosa y limpia la juvenil hermosura que se le ofrece con tan ingenua sencillez.

Alta, mimbreña, con el cabello tenebroso, la boca dulcísima, los ojos enamorados y obscuros, la tez de una blancura mate y doliente, Ana María Ramírez es el vivo retrato de su madre. Aquel ademán gentil para alzar los cabellos sobre la frente, aquel hechizo de melancolía, la voz triste y suave como una romanza, todo es en ambas semejante y original...

Meditando en ello, Manuel Velasco sueña y adora, mientras la niña, confusa y atormentada, está á punto de echar á correr. El adivina su movimiento de fuga y la detiene.

—Todo el mal que mi hermano os hace—dice con solemne tono—, yo juro repararlo.

—¿Por lástima?

—Por amor.

—¡Ah!

Duda la niña, tremante y absorta, al borde de un abismo de felicidad, que mide su corazón por primera vez. Y Velasco, viendo disiparse la niebla de lágrimas en los radiantes ojos, sonríe y promete todavía:

—Por amor, te haré muy feliz...

No miente. Por un profundo y noble amor, lleno de caridad y devociones, ha jurado hace tiempo ser la providencia de Carlos y Ana María. Cumplirá su promesa por encima de todos los renunciamientos y de todos los sacrificios. Y como la muchacha, sacudida por violenta emoción, está pendiente de los labios que la sonríen, él acude á desvanecer los temores y las sombras que adivina en su actitud interrogante.

Tiende los brazos, acogiendo á la niña como cuando era pequeña, y la infeliz goza tan consolada ternura sobre aquel corazón amigo, que sus dolores se deshacen en alegría inexplicable y muda, en tanto que Manuel le dice:

—Antes que de nosotros, nos ocuparemos de tu hermano, ¿quieres?

—¡Sí, sí!... ¡Pobre hermano mío!

—Vamos á darle una carta que le alegre mucho... ¿De quién dirás?

—¿De quién?

—¡Si fuera de tu madre!

—¡Una carta de mi madre!—pronuncia Ana María con asombro rayano en terror.—¡De mi madre!—repite. Y luego interroga fuera de sí:

—Entonces... ¿la escribes tú? ¿Sabes dónde está?

Tiene extraña prisa por separarse de Velasco; pero él, reteniéndola, dícele de nuevo:

—Mírame á los ojos.

—Ya te miro—torna á responder seria y amarga.

—Me ves el corazón..., ¿no es verdad?... Escucha: tu madre escribe á la mía, porque desde lejos vela por vosotros. ¿Supones que podría vivir sin saber de sus hijos?

Ha puesto el mozo en estas frases calor de honradez y bálsamo de oración, con tal eficacia, que la niña, un tiempo recelosa de la asiduidad de Manuel en aquella casa, ya nada sospecha ni teme.

—¡Oh, mamá, mamá!—llora con infinita dulzura, sintiendo cómo las caricias de su madre llegan, providentes y milagrosas, á curar su infortunio.

Pasado el primer estremecimiento de la consoladora novedad, hablan largo y tendido Ana María y Manuel. Buscan horizontes de esperanza bajo la cerrazón de las nubes decembrinas, precisamente en el instante en que unos novios vuelven de la parroquia, con más trazas de duelo que de nupcias.

Al final del palique en que se engolfan la niña y el caballero, sabe ella cómo su madre se esconde en un rinconcillo francés, entre Pau y Lourdes, acechando la abrupta ribera española, donde por antojos de la suerte se llegó á convertir en selva de corazones tristes cierto bravo robledal. Y Manuel sabe, en confesión muy difícil y tímida, que una mujer encantadora, con alma de ángel, amó en Velasquín un sueño, un apellido... tal vez la semejanza con otro hombre que era el realmente amado y que á la moza le parecía un imposible...

II

historias retrospectivas.—la infancia de la «bella durmiente».—la atracción del abismo.—el fauno.—la mujer y la madre.—un idilio y un juramento.—aromas de caridad.

Manuel Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi á la par en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unían los privilegios de la opulencia y del blasón. Fué la niñez de ambos rapaces una dulcísima historia de ternuras y ensueños románticos; los dos mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecían á esa casta infantil soñadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las noches azules pobladas de prodigios.

La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la noble intimidad de sus familias, fueron parte á encender una suavísima afición en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres años, y más viva de genio que el rapaz; madrileña, pero de origen andaluz, ponía su gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del niño montañés, mientras el diminuto hidalgo, con el calzón á la rodilla y el aire severo, se engreía al recibir los favores de Carlota.

Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas á un anhelo semejante, decían con fruición:

—Han nacido el uno para el otro...

Y un prematuro plan de boda consagraba estos cariños infantiles en la vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cuán diversas rutas les había de encaminar el destino.

Espigaba en preciosa mujer la señorita de Heredia, cuando el hijo de doña Mercedes, la señora de Velasco, empeñado ya en serios estudios, fuese á trabajar en París cerca de un sabio naturalista español, oriundo de la Montaña. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la ausencia aquella mutua afición, esperanza de sagrados vínculos, y las madres de los jóvenes aludieron al posible matrimonio siempre que miraban al porvenir en sus horas de intimidad.

Un suceso imprevisto y venturoso fué en casa de los señores de Velasco origen de emoción y de sorpresa: á Manuel le nació un hermanito cuando nadie lo presentía. El nene, á quien llamaron Adolfo, aparecióse en el mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primogénito.

Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos papás, fué aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis años prometedores de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vió en trato íntimo seres tan frágiles y puros, prontos á recibir sus caricias, toda la pujanza de un fino corazón de mujer se reveló en el pecho juvenil al tocar la feble existencia de aquel niño de color de rosa que apretaba sus puños chiquitines, en inconsciente ademán de rebeldía, como si ya pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.

Una infinita sensación de lástima y de cariño prendió en las entrañas de Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que un grito de la vida les dé carne entre lágrimas. Meció la niña al recién nacido con dulces cantos y le cuidó con desvelos y coqueterías de mamá joven, mientras doña Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitín y de la precoz madrecita, sintió reflorecer su apacible otoño...

En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzóse de pronto la silueta arrogante de don Juan Ramírez, caballero maduro y altivo, aureolado con dones de sabiduría y proceridad. Regresaba á Madrid después de una fecunda excursión científica por los más afamados institutos biológicos de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia había dado muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.

Los padres del discípulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne, y como adorno de algunas fiestas íntimas que le ofrecieron, presentáronle á Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban así la desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramírez depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad á los pies de la joven; quedó prendado de ella con ese antojo súbito y potente que á menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados á la plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y espiritual, vino á ejercer sobre ella una especie de sugestión.

El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza que emanaban de toda su persona cegaron á la niña de tal suerte, que, sin saber cómo, rindióse al nuevo hechizo, diciendo siempre que sí con aire de sonámbula.

Cuento de brujas les pareció á los padres y á los amigos de la moza este cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don Juan la llevaba muchos años; contábanse de su vida íntima grandes extravagancias y de su genio y costumbres se decían cosas alarmantes. Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostró una actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de matrimonio.

Algo de la magia que el sabio ejerció sobre la niña fuese comunicando á los señores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de inquietud, padecieron también la sugestión de aquellos ojos, de aquella invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador extendióse como un contagio en los hogares amigos; hasta doña Mercedes llegó á predecir que la risueña juventud de la muchacha hallaría un gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal conquista del maestro, ¿qué podía valer la remota ilusión del discípulo ausente?

No eran egoístas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones, irrealizables quizá. Pensaban que á menudo los vientos de la vida tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel aún estaba en flor...

¡Cuán rápidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre niña! ¡Con qué horrible desengaño expió la propia ligereza! Apenas celebróse el matrimonio cayó el disfraz galante del maestro naturalista, inútil en la ciencia sublime de cultivar cariños: enamorado de Carlota como un fauno y celoso de cuanto ella amaba, la escondió en el Robledo, solar montañés de la familia de Ramírez, y comenzó á tejer allí una existencia obscura y salaz entre conatos de labores científicas y violencias de animal en celo.

Fué un tránsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno á su hundimiento se alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos años después, como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocación de la boda, en que la joven se abismó lo mismo que en una sima, y quedó la triste á merced de su enemigo.

El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un cáustico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la débil mujer que sirvió de cebo á tales cobardías no las hubiera soportado sin el milagroso caudal de ternuras que vino al fin á calmar la ardiente sed de amores en su alma. Ni en los caminos más huraños del mundo apaga Dios por largo tiempo toda luz á los pobres caminantes. Sólo quien cierra los ojos con obstinación se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abría; miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afán, y en el obscuro cielo descubrió una estrella. La historia del hallazgo celeste cabe en pocas sílabas de profunda sencillez. Carlota fué madre...

Rodaban los años encima de esta ventura, más fuerte que los fortísimos dolores de la maternidad, más grande que el infortunio de la mujer sometida al esposo con indignación y repugnancia. Sentía Carlota la vergüenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre, y esta solemne realidad descendía á su alma con divina estupefacción, á modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los mártires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto heroico ni aun con los velos lívidos de la agonía.

Derivó así la existencia de Carlota á merced de los tormentos más absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un instante de revelación, vió la triste con espanto que no sólo el amor de sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encendía en los cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examinó ella entonces, valerosamente, su corazón, y hallóle contrito y confeso, mas replicando á las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; había delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de rebeldía...

Y mientras la mujer hacía estas confesiones, lloraba la madre con supremo dolor.

Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasión de fallecer su padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al primogénito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas casaderas de la aristocracia y de la burguesía. Andaba él por el mundo con un desdén muy triste, que le hacía más interesante; sus treinta años varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tímido á la vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres descollantes cayeron por él en fiebre de tristeza; mas no curaba de semejantes angustias quien dentro del corazón tenía una añeja cicatriz sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.

Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercutía en el alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las raíces de un afecto infantil, delicado y fino, brotó la pasión, la pujante pasión de la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte. Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la amada mujer, embatía en el pecho del mozo con sones de tempestad; y aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita corrección la actitud del enamorado, sus propósitos más insignificantes giraban, como por mágico resorte hacia el señero lugar donde la dulce elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.

Una lástima aguda y vehemente atormentó á Manuel muchos años, conocedor, por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazón que sabía amar y comprender y perdonar, corrían sueltas y veloces á ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no tuvo más oriente que el Robledo montañés, donde la triste padecía. Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los días en un rayo de sol; tales eran sus anhelos.

—Quizá—se decía—un crepúsculo sepulte la última jornada de semejante desventura...

Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor, mostrósele á Manuel una fácil senda hacia Torremar. Doña Mercedes vivía suspirando por el nativo terruño desde el instante penoso de la viudez; todo la llamaba en la montañesa orilla con sedantes recuerdos de otros días mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresuróse á complacerla y dispuso que la madre fijara allí el nido de su ancianidad melancólica. Levantarían una casa moderna, un palacete cómodo y firme en mitad del valle; la vigilancia de estas obras servirían de distracción al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida cortesana, hallaría un adecuado ambiente para vivir con blandura y reposo, según sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba, compartiría los años entre la Universidad madrileña y las vacaciones torremarinas. Y así decidido, el soñador enamorado logró la ventura de aproximarse á la dama del Robledo.

Avecindados en Torremar doña Mercedes y su hijo, ofrecieron á su amiga nobles testimonios de solicitud y compasión, hidalgas prendas de un tutelar afecto henchido de piedades. Logró Velasco, al fin, mañosamente, introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura las manos prisioneras de Carlota; creyó con esto la cautiva que comenzaba á amanecer en sus prisiones, y sintió un consuelo providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del bárbaro peso de su cruz.

Eran entonces Carlitos y Ana María dos preciosas criaturas con los ojos muy atentos á las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y sufridora; él apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de viva inteligencia y noble corazón. Atravesaban aquellos meses de medrosos descubrimientos, descritos á la de Alcántara por Carlos; aquellos días de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban atónitos, presintiendo la tragedia, mientras gemía el robledal, obscuro y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas en los cantiles.

La aparición benigna de Manuel en tan lúgubre escenario, tuvo forma de prodigio venturoso. Para los pequeños, aquel hombre á quien apenas conocían, adquirió la importancia de un ser divino, obrador de milagros tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los silenciosos corredores, abrir puertas con ímpetu y revolver á su talante las salas del museo, mientras el sabio asentía con impenetrable rostro.

Hasta don Juan Ramírez estimó la vecindad de su antiguo discípulo como un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carácter tenaz y apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en cuestiones científicas, ejercieron raro dominio sobre el feroz misántropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones recientes, penetró Velasco en el laboratorio del naturalista, tendiéndole una mano salvadora en el único medio donde el biólogo era asequible al trato y la intimidad. Logró de esta suerte conquistarle y recoger con firmes puños el timón del malparado navío en que el maestro naufragaba sobre las espumas de su demente cólera.

Llevó el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de Ramírez, donde Carlota le ayudaba más que su marido; yacía éste quejoso y meditabundo, ó revolvíase violento, raras veces constante en el trabajo, mientras la señora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz concurso á todos los designios de Manuel, envolviéndole en una mirada infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el interés y afán con que abrió las ventanas del Robledo á una brisa de renovación, eran para el ánimo de Carlota estímulos heroicos. Adivinando en aquel torrente de generosidad un homenaje á sus dolores, acaso un voto en aras del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegación y armóse de paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras del infortunio. Y así llegó á establecerse entre ambos amigos una lucha sutil de abnegaciones: él, odiando á don Juan, se doblegaba á sus antojos crueles, y sonreía con aire feliz para dar á Carlota ejemplo; ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonreía también, sin que jamás rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos fingían engañarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenían la seguridad de vivir en irreparable desventura.

Mas, un tiempo, Manuel llegó á confundirse: la gratitud de la amiga creció tanto, y la sutileza delicada de la mujer laboró de tal modo, que el joven pudo imaginar á Carlota menos infeliz. Ella hacía esfuerzos sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su víctima, la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignación, buscaba un motivo para acercarse á Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa máscara del rostro delatase la íntima tragedia: era el mismo sublime disimulo que la madre se imponía delante de sus hijos.

Había una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio: callaba Carlota por no herir el corazón de aquellas inocentes criaturas, y callaba también porque temía, con angustiosa vergüenza, descubrir al mundo, enteramente, el miserable suplicio á que un hombre vil la sometía, en el cómplice misterio del dormitorio conyugal. Así la mártir, vencida como un despojo inútil en la sorda marejada de sus terrores, perecía en insensato abandono de su persona, sin más razón para vivir que un átomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente, á un grande amor y á una bella gratitud.

Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, llegó á pensar que su maestro no era tan bárbaro como doña Mercedes le contara. También Carlitos, ya sagaz y curioso, imaginó á su padre menos terrible. Y sólo Ana María, al hacerse mujer, sorprendió con la aguda penetración del sexo todo el espanto de la tragedia.

Siempre que Velasco refería á su madre sucesos de la casa de Ramírez, entrevistos por el mozo entre penumbras, movía la dama la cabeza con incertidumbre.

—Carlota disimula—aseguraba—Carlota disimula por altivez y caridad; pero yo sé que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...

Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y virtuosa estimulaba en su hijo el amor á la cautiva. Por un exceso de bondad caía doña Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasión del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el Robledo; suponía que era justo confortar á una criatura tan triste con los bálsamos de un fraternal cariño y nunca pensó que flaqueasen la hidalguía de Manuel y la virtud de Carlota. Influía también en la viuda un sentimiento sutil, muy femenino y humano: don Juan Ramírez le arrebató del propio hogar la novia elegida para el hijo, y después, secuestrada—como decía la señora con encono—, la sacrificó años enteros... Si la infeliz estaba sola, indefensa, ¿no era lícito quebrantar sus prisiones y recoger sus lágrimas? Acaso la ingenua complicidad de doña Mercedes en la romántica aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel á sus ilusiones, por la costumbre de haberlas realizado, esperaba todavía que la felicidad de su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjóse la madre un sueño con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre la frente de Ramírez en castigo ejemplar; moría el atroz verdugo, y su víctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo esto acontecía con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mágico de una varita de virtudes...

Convencida estaba la buena ilusa de que el biólogo se iba de este mundo, cuando llegó Manuel á decirle que era Carlota quien desaparecía de la escena. Sucedió una noche de estío, una hermosa noche de luna. Velasco hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.

—Ha huído—balbucía.

Un juramento grave y solemne le condenaba á la pasividad más dolorosa.

—No la puedo seguir... Lo he jurado—contestaba atónito á las impacientes preguntas de su madre.

Doña Mercedes no comprendió por qué la triste, sometida mucho tiempo á los ultrajes de un hombre indigno, huía precisamente cuando irradiaba en torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y quedó inconsolable la señora, que sólo sabía de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y bienandanza...

Algunos días antes, Manuel halló á su amiga dibujando un esquema en la soledad del laboratorio; inclinábase con profunda atención, casi oculta la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder á cierta consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubrió en la mejilla de Carlota una señal violada, con matices de lirio. Y sin darle tiempo á preguntar la causa de aquella maceración, ya la dama aludía, confusa y roja:

—Fué contra un mueble; ¿sabes?... Tropecé anoche... Se me apagó la luz...

Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco, que la pobre mentirosa acabó de turbarse. El veía con implacable lucidez la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habría esgrimido sus puños contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella del tormento florecía al sol, como rebelde grito de la sangre...

Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron sus frases con llamaradas de pasión. Mirábale Carlota, con el llanto al borde de las pestañas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al silencio, sonreía en el balcón, franco á la dulzura de una tarde estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:

—Calla, calla por Dios...

Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada febril, lívido el semblante y rota la palabra, se retrajo á la soledad de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel día, ni el discípulo pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su enamorado. Del corazón de ella, fecundo por el riego de lágrimas purísimas, brotó una rosa, la más ufana de la vida y del sentimiento: el amor.

Carlota entonces fué tan valiente, que tuvo miedo de sí misma, ese miedo grandioso y sublime que se llama también «temor de Dios», y que es forma exquisita de arrogancia espiritual; hurtóse á las miradas profundas de Manuel; midió los riesgos de su ternura, y lloró con inquietud indecible, á la orilla floreciente del abismo. Quería la infeliz soportar la doble cadena del martirio y de la tentación callando y sufriendo; pero comprendió que en la brava lucha peligraban á cada instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba á rendirse, al cabo, á las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad y gratitud.

Y tomó la heroica resolución de los débiles: decidió marcharse, sola con Dios y su conciencia. Peor que el escándalo de la fuga fuera la certidumbre de pecado. ¿Qué importaba que el mundo murmurase, si en el cielo se sabía la verdad?

Pensando de esta suerte se afirmó en sus propósitos ante los tristes descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces; aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidióse con loca prisa de Manuel, exigiéndole un juramento á la vez que le pedía un favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Después de exigir dulce y amargamente, imploró con infinita humildad: que sus hijos hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...

De pie, vibrando de emoción, con los ojos entornados sobre las mazadas orejas, esperó Carlota; una mirada, un gesto, podían delatar la lumbre del pobre corazón sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se alzó imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendría. Estuvo oyéndola con pánico asombro, sin dilucidar más que una cosa, en el deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir, que le decía adiós... no era nada suyo; de niños fueron novios, eran amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tímida confesión, le daba derecho á contrariar los designios de la señora de Ramírez... ¿Qué importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Juró el caballero cuanto la dama quería, y prometió el amigo lo que imploraba la madre; mientras que el enamorado, estulto y febril, vió desaparecer del laboratorio á Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quizá para toda la vida.

Con movimiento indefinible abalanzóse Velasco al umbral que ella pisó. En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con señales de haber llorado mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atónita y violenta, que daba miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba retrocediendo en su impulsivo afán, para seguir mirando á la fugitiva desde el balcón. Pero la dama, presurosa, sin duda, bajó al camino real por el atajo, á espaldas del laboratorio, y Manuel hallóse enfrente de la belleza del bosque, apacible y melancólica como un paisaje copiado en aguas quietas. Se mecía en el aire el sonoro repique de una campana y el sol moría sobre el mar, en el ancho cielo azul...

Reflejo de la hermosura de la ausente le pareció á Velasco la suave languidez con que fenecía la tarde; así en el rostro de la mujer amada, embellecida por el dolor, se esparcía un vago tinte de crepúsculo, rútilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce como las vendimias del otoño... Y la gracia luminosa del atardecer dió al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal sensación de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbordó en cóleras insensatas; sentía crueles repulsiones hacia cuanto le quedaba en el mundo lejos de Carlota: ¿dónde pondría los ojos, que no viera angustia y soledad?

El reloj de la sala, indiferente á estos mudos afanes, enardeció de súbito las iras de Velasco; el isócrono tic-tac parecióle un lúgubre remedo del propio corazón, una burla de aquella implacable hora que desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arrojó á la blanca esfera un legajo de papeles que tuvo á su alcance, y el cristal, hecho añicos, cayó estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble centinela del tiempo, socarrón y firme, siguió burlándose: tic-tac, tic-tac...

Arrepentido Manuel de su arrebato, huyó del maquinal soniquete, lanzándose al misterioso corredor que aún guardaba del paso de Carlota un ligero perfume. Por una puerta entornada vió surgir de la salita de costura los cojines del sofá en desorden y el velador florido: una bata que el mozo conocía mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y vacías, le ofreció la fugaz impresión de unos brazos rotos en caricia imposible... Cerró los ojos á las amadas huellas, y atravesando el bosque, como un poseído, bajó al valle en la serena caída de la sombra.

Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de Manuel Velasco hizo explosión con gallardas manifestaciones. Acometiendo como un héroe sus propósitos, empezó por volver al Robledo y entrar en derechura hasta la alcoba de don Juan: después que pudo resistir su presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el laboratorio como antes, juzgóse vencedor en la más ruda batalla de su vida; una resignación mansa y piadosa sucedió á los furores de su alma; tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un aroma que la mártir dejó entre sus cadenas.

Pasó Velasco por el fino tamiz de su hidalguía la historia de los recientes sucesos y sintióse culpable de la fuga de Carlota: él la puso en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con las pruebas elocuentes de su pasión; y aunque le animó el consuelo de haber contribuído á libertarla, para mejor aplacar las voces de la conciencia dió, el enamorado, alcance de sagrada misión al imprevisto juramento que concediera á la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de egregia estirpe llenó la vida austera de Velasco: vivir para los hijos de la amada; guardar como devoto penitente el culto á los recuerdos de Carlota. Y sólo doña Mercedes, edificada y suspensa, vislumbró el sublime idilio, apéndice de un drama obscuro y brutal...

Como un premio á la nobleza de Manuel, quebróse el incógnito de la ausente; Carlota escribió á su amiga, á su segunda madre, la viuda de Velasco; y con especial cordura y cálida elocuencia, justificó la dama su grave resolución, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramírez habíase convertido en modesta pensionista de un convento francés, en los Bajos Pirineos: el hábito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un rincón en la clausura religiosa, y allí recataba su infortunio, mirando al porvenir con incertidumbre.

Estas noticias fuéronle compensadas con las que la viuda le envió, muy tranquilizadoras, de Carlos y Ana María. Y tan dulces promesas obtuvo la pobre madre que logró al cabo algún reposo; ya su cielo sombrío lucía claros de sol, y amanecía en su horizonte esa ardiente esperanza del que torna á la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doña Mercedes, secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vacío de Carlota en la desierta casa de Ramírez.

El ilustre maníaco se había hundido en la obscuridad más absoluta: la estampa recia y arisca de don Juan fué desapareciendo del laboratorio, hasta encerrarse en su gabinete; llevóse allí unos aparatos científicos y sepultó su rabia ó sus dolores en aquel extraño escondite, que tan pronto parecía la celda de un penitente como el tugurio de un nigromante. Sólo Ana María traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al sabio con una solicitud triste y silenciosa, que á él le atormentaba como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad ó compasión, pretendía ella ofrecerle algún consuelo, huía el culpable, ríspido y huraño, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas crisis, mediaba Manuel, imponiéndose á fuerza de sugestiones y bríos, á la demencia, la cobardía y la crueldad, ayuntadas en el carácter de aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazón algunas chispas de luz... De aquellas victorias cobrábase con creces el discípulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos, á distancia siempre de su padre, más por la hurañía de éste que por los rencores del muchacho, erraba por el Robledo, triste que triste, detenido allí por la insinuación constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecían á Manuel su influencia sobre don Juan.

El mismo año, Velasquín, doctor en leyes, cansado peregrino de la bulliciosa vida madrileña, se quedó en Torremar, formando parte de la conspiración protectora establecida en torno á la casa de Ramírez; y con las ocasiones y el trato, á la luz de la belleza y al brillo de las lágrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana María. Por segunda vez tejió la juventud una promesa con las ilusiones de doña Mercedes. Juzgóse la niña afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del pretendiente; los anhelos de ésta parecíanle órdenes de la otra, y, feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba á un ensueño remoto, apenas entrevisto del propio corazón que le dió vida...

III

el maleficio de unas bodas.—«la soledad de dos en compañía».—¡para siempre!—imágenes en la niebla.—la flor del romero.—retratos, versos, risas y sollozos.

En vano quiso disimular Regina, bajo las apariencias de un luto acomodaticio, la helada y triste soledad de sus bodas, pues todo tuvo en el solemne día la expresión tosca y ceñuda del remordimiento y del reproche. La casita montés de los Alcántaras, futuro nido de la gentil pareja, yacía en un silencio medroso y áspero, henchido de incertidumbres y zozobras; no había allí la menor señal de fiesta, ornato ni alborozo; ni galas en los roperos, ni flores en los búcaros, ni alegría en los semblantes, ni regocijo en los corazones. Marta y su madre se fatigaron inútilmente sin conseguir que las estancias mostrasen mayor comodidad y compostura; un aire de enojo y desabrimiento estremecía los arcaicos muebles, convulsos por el ímpetu y el desorden con que la novia agitó puertas y llaves, cómodas, cofres y alacenas, para ceñirse, al fin, un vestido negro y ajado, torpe disfraz de impacientes ambiciones, antiguo jirón de mal sufridas pesadumbres.

Huyendo Velasquín de la gente, con mil escrúpulos y reparos, aislóse en huraña reserva, fué y vino desde su casa al arrabal, como una sombra vigilante, y precipitó los desposorios, incapaz de resistir por más tiempo tan violenta situación, en pugna con su carácter comunicativo y apacible.

Don Fermín Pérez, médico y amigo muchos años de la familia, fué, después de algunas pláticas con doña Mercedes, el padrino de la boda; ofició de madrina Eugenia, con grande inquietud y no pocos llantos; y una turbia mañana de Diciembre, al filo del amanecer, pasó la breve comitiva, sin escolta y sin lujo, por el desierto arrabal, camino de la iglesia. La hora, el silencio, la soledad del paisaje, aterido y brumoso; los hervores y retumbos de aguas y espumas en los negros cantiles; la luz naciente de la aurora, que parecía enferma en un cielo cobarde: aquella grandiosa y lúgubre decoración del invierno puso en la frente y en el alma de Regina livores trágicos y escalofríos de angustia.

Una vez en el templo, bendijo á los novios don Amador, pálido y mustio, como si actuara en los funerales de ambos jóvenes, á quienes él mismo bautizó en las primicias de su apostolado parroquial; mirábalos á sus pies, impacientes y ansiosos, en actitud de reos, bajo la abrumadora pesadumbre de un íntimo terror... y en las penumbras de la iglesia, al cobijo de pilares y doseles, se dibujaban, en tanto, muchos perfiles curiosos, ceños delatores y sonrisas burlonas.

Un quejido amargo, entre sollozo y clamor, vino á quebrar el murmullo de los latines que el párroco desgranaba; era la novia de Gabriel que gemía siempre en los desposorios, añorante del suyo malogrado. Puestas las rodillas en el suelo, torcida la cintura como el tallo de una flor, caída la frente sobre las húmedas lanchas, lloró Gabriela con desgarradora expresión de locura, con trágicas voces de plañidera y suplicante.

Volviéronse los novios, trémulos de pavor, hacia aquella Melpómene, sin recordar que su plañido era el obligado acompañamiento de las bodas torremarinas desde hacía muchos años; pasóle á Velasquín por el alma un gélido soplo de mal agüero, y aunque pidió á los ojos de Regina calor y luz para confortarse, aquellos ojos brillaron como estrellas en noche helada, hermosos y duros como piedras preciosas...

Al regresar del templo don Fermín se despidió en la cancela, con la disculpa de urgentes visitas profesionales, y Adolfo y Regina se hallaron solos en el saloncito familiar de la muchacha, revuelto por las impaciencias de aquellas últimas horas. Prevaleció en sus manos, uncidas ya al vínculo indisoluble, el temblor de miedo iniciado en la iglesia, y mirándose como absortos, se hablaron al fin, advirtiendo en el timbre de sus palabras la expresión de extrañeza que suelen causar las voces desconocidas. Ya estaban unidos para siempre. ¿Era cierto?... ¡Para siempre!... Y aquel «siempre» en que los dos reflexionaron con insólita admiración, causóles diversa inquietud.

—¡Siempre!—decíase Adolfo, con ansias infinitas de poseer y de amar en plazo sin riberas. Miraba suya á la moza, y un delicado sentimiento le contenía, prudente y humilde, en los umbrales de la felicidad, pues al trasluz de la palabra «siempre», sinónimo de vida perdurable, aquella mujer adorada con tan frenéticas prisas, con tan locos apetitos, le inspiró á Velasquín ahora un deseo mezclado de pavor y reverencia.

Y Regina, cayendo en vertiginosas meditaciones, en previos análisis de inconsciente perversidad, tuvo un amago de tedio y de protesta.

—¡Siempre suya!—pensó, abrumada de súbito por la perspectiva de una esclavitud interminable, sin descanso ni variaciones. Siempre junto á un hombre, tal vez demasiado perfecto, con los ojos muy grandes, los dientes muy blancos, el bigote muy obscuro, la sonrisa muy pronta, dulce la palabra, el ademán cortés; tan fino, tan elegante, tan... iba á decir «monótono»...; pero, arrepentida, avergonzada de aquel examen burlón, ajeno á su voluntad, quiso escaparse del terrible «siempre», que la oprimía con la sensación espantosa de un sudario, mortaja de libertades y rebeliones. Sedienta de placer, empujó hacia sus despiertos sentidos todas las inquietudes de la madura juventud, y sonrió complaciente al esposo, que ya la envolvía en sus brazos...

Al amanecer otra mañana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su ventura, sintió Velasquín, más agudo y determinado que antes, el terror misterioso que se cernía sobre el raro suceso de su boda. Allí, en el mismo lecho de las nupcias, detrás de aquel biombo colocado por Regina entre la cama y el salón, cayeron las primeras ilusiones como rosas marchitas de la noche á la alborada. Halló Adolfo debajo de sus besos un vacío indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmín de una boca glacial, donde no puso el corazón de la mujer ni la burbuja de un suspiro.

El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presentía, lanzaron al mozo por la casa adelante, con el impaciente afán de quien busca y no encuentra alguna cosa. Torpe y distraído, paseó por la estrechez de los aposentos, que cabían, casi todos, en la holgada y señorial anchura de una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecían á Adolfo tétricas y hostiles, contagiadas también de una secreta desazón. Hasta el jardinero mostró un cariz sombrío, como si olvidase que, libre de simientes y de podas, quedaba reintegrado á la marina, «con galones de segundo» en la tripulación del Reina; cuando Velasco le salió al encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar, el segundo de á bordo bajó la frente en sombras de incógnita culpa, igual que si fuese cómplice de aquel triste desbarajuste donde el señorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.

Y mientras la esposa, por su propia mano, trató de componer los desarreglos de la morada, salió Adolfo á la calle con aquel mismo impulso de pesquisa y ansiedad que le había movido por las revueltas habitaciones. Desde la altura del barrio lanzó una mirada temerosa á la bahía, entoldada de brumas, y al vetusto caserío. Le pareció que el pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de quien se niega á responder á una pregunta. Y volviendo la cabeza, posó los ojos en el Robledo, camposanto de sus memorias: miraba al robledal sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatídico brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasquín enrojeció al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fué la cortina que en el espíritu del visionario se alzó entre la conciencia y la memoria: el jirón intangible dióle la semejanza de un traje femenino, y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.

—¡Ana María!—murmuró Velasquín con involuntaria emoción—. Y en el amable nombre palpitaban todos los gérmenes de sus remordimientos...

Era la niña de Ramírez imán de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los últimos tiempos, á encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...

Pero aquella mañana invernal en que un recién casado mira al Robledo con el corazón oprimido, ¿dónde están las felices promesas, la arrogante y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo tiempo inclinadas á unirse en una?

Esto se preguntaba el mozo, doliéndole en el alma que la realización de aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el río de fuego de sus amores.

¿Por qué, de improviso—se decía—, un afán más duro que todas mis fuerzas ha tirado de mí, lejos de tales propósitos?

Y estremecíase, confuso de haber hecho daño sin poderlo remediar, de haber sido causa de dolor y de vergüenza para su madre, tan tiernamente amada, para sus mejores amigos, para su hermano, á quien Adolfo quería con entusiastas devociones. ¡Que la roja lumbre de la pasión no pudiese arder junto á la llama apacible de los cariños familiares!... Porque Adolfo pensaba en la niña del Robledo con ternura sedante y confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en el santuario de su propia familia.

Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvió en amplio ademán el amigo paisaje, aludiendo acerbamente:

—¡Todo se acabó!

Y volvió las espaldas al bosque deshojado, á la marina brumosa, al pueblo ceñudo, horizontes en querella con su porvenir. Siguió andando hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura de una ondulación, la serranía dejó ver el camposanto, con su pálida toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor cayó el mozo en la cuenta de que por allí sólo se iba al abismo de la muerte, más negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la desgarradora tristeza de los crepúsculos norteños, se condensaba en el remoto confín del argomal bravío, entre las aguas grises y el cielo melancólico. Parecía que el mundo se acababa en aquel jirón de la sierra hincado en el mar, allí donde el tiempo hacía su fuga trágica en los atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor puso en la tierra...

Vuelve sobre sus pasos Velasquín, perseguido por la penosa sensación de infinita soledad que reina en el alto paraje, allí donde parece que se acaba el mundo.

La costumbre y el cariño llevan al muchacho, por detrás de la casita que ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto á la población marinera. ¡Pero también de aquí le espantan los temblores de su corazón!

Señora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus límites con poderío solemne, infunde al mozo un respeto nunca por él sentido desde las amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa: huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses, yermas, baldías, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresión medrosa de lanzas y monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y amenazadores. En la fábrica elegante y jovial del edificio todos los huecos duermen con mueca de indignación y enojo; diríase que el palacete versallesco está vacío y sólo guarda los secretos de una tragedia impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que allí padecen silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, poseído de la pasión súbita y recia, rasgó leyes de hidalguía, quebrantó resoluciones familiares é impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de casarse con la de Alcántara. Y harto sabe también que no traspasará Regina los umbrales de aquel palacio soñoliento y fuerte, cerrado á todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la pesadumbre del fracaso, caídas las alas del espíritu; nada busca ya, puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...

Su mocedad y su buen ánimo le traen de pronto una esperanza firme: se yergue con altivez y valentía y sacude sus cobardes pensamientos. Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del arrabal se le resiste huraño, él sabrá vivir para su gran pasión...

Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta, con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su mujer. La convencerá de que deben partir para una larga excursión. Si aquí toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se bastan á sí mismos para ser felices: irán lejos de mudos reproches y semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazón en un himno de juventud y de independencia...

Pálido y risueño, Adolfo silba un aire montañés cuya letra campesina y jactanciosa, desgrana mentalmente:

«La flor del romero la van á cortar... Si la cortan que la corten, á mi lo mismo me da, porque la flor del romero para mí no ha de faltar... La flor del romero la van á cortar...»

Por el atajo que le lleva á su casa en pocos minutos, un arroyo que baja de la finca de Ramírez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qué remotas tristezas.

Pero Velasquín silba con ímpetu su tonada, para acallar el rumor de aquel llanto que viene del Robledo y cruza el valle, en querella lastimosa.

Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y le tiembla en los labios la canción... Cuando se acoge al portal de su casa, aún le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que vislumbró al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde y abandona á la parte de allá, un nombre se impacienta en su corazón: ¡Ana María!

Es inútil. Adolfo no quiere caer en más ansiedades: alegre y desesperado, canta, á voz en grito, al subir las escaleras:

«... porque la flor del romero para mí no ha de faltar... La flor del romero la van á cortar...»

Todo está en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se oye trastear con acompañamiento de suspiros, en el jardín Pablo hace un hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afán, casi con furor, las caídas de la herramienta en el suelo repercuten al borde de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.

En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser así, porque la voz, un poco empañecida de la trajinadora, repite:

—Son recuerdos... recuerdos...

Allí al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de ataúd, los trajes en desuso, los legajos prendidos en pálidas ligaduras, que trascienden á perfumes añejos y á historias olvidadas. En algunos manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentación de cantar las coplas.

—Serán del difunto don Jaime—alude en voz queda.

Los ágiles dedos han desplegado ya un papel.

—¡Pero, chiquilla!—censura la que está hincada junto al cofre. Y se arma de respetuosa solemnidad, previniendo:

—Son «autógrafos» del pobre señorito...

Con la unción de quien reza en un libro santo, Marta se inclina palpitante para leer:

¡Qué noche más triste, qué noche más larga! ¡Soledad y silencio... El insomnio... las horas que pasan dejando una pena, dejando un vacío y un sabor de ceniza en el alma!... Dios de los amores, oye mi plegaria: enciende en los cielos tu luna de plata; desata la voz de los vientos; que corran veloces las aguas; tiende en lo infinito la secreta escala, y haz que venga á mis brazos la dulce prenda de mis ansias...

—¡Qué precioso!—murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto entró en la estancia está allí escuchando, presa del hastío que á veces la sobrecoge en medio de su inútil actividad.

—Dame eso—dice á Marta, con el brazo extendido hacia el papel.

En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la señorita, y se repliega en el sofá de su breve salón, donde ya se ha encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estéril cansancio, desde que salió Adolfo. Apenas si dirige una mirada á los versos de su padre, que tiene en la mano. ¿Para quién serían?

Esto es lo único que se le ocurre en aquel instante en que la musa paternal roza su oído, al través del tiempo.

—¿Para quién serían?—repite.—Y vuelve los ojos hacia el retrato del poeta, que desde el muro responde á la curiosidad con una sonrisa enigmática.

—Para mi madre, no—prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas, á poco, sonríe con desdén y con mofa: ¿Qué valor, qué virtud tiene en el mundo la fidelidad?... Sólo quien ama es fiel. Y, ¿hay quien ame, en el sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarín de los novios; allí dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles en desorden, un precioso ramo de camelias está en la alfombra marchito, y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada expresión, desde otra pálida fotografía. Este incrédulo matiz plañe con el sordo grito de las cosas:—Como no se cree en el alma de las flores, no se aguarda á que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensación de frío; por desprecio á la estética, los muebles danzan, desorientados y hostiles; porque se duda del cielo, los difuntos se asoman á sus imágenes para sonreir con inquietud, para mirar con angustia...

Y el colmo de la incredulidad pone su trágica nota en la palidez caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tálamo...

Aún tiene la dama los versos á su alcance, y aún dice maquinalmente:—¿Para quién serían?

Busca en la composición algún indicio, con ese falso interés de los ociosos que tratan de engañar su aburrimiento:

...dejando una pena, dejando un vacío; y un sabor de ceniza en el alma...

—¡Miente, miente mi padre!—prorrumpe con ímpetu, casi con crueldad:—«El vacío, la pena, la amargura», quedan en el alma después de ese goce bárbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo... ¡Mienten los poetas!—grita iracunda.

Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la escalera, cantando:

«Si la cortan que la corten, á mí lo mismo me da... La flor del romero la van á cortar...»

Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los labios, quédase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada y tiene un aire de cansancio triste.

Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil, y dice, á guisa de explicación:

—La Venus y yo, tenemos frío...

—¡Es singular!—piensa él, hallando mucha semejanza entre la mujer y la escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...

Yace un papel á los pies de la desposada, y Velasquín le recoge, advertido por ella: Son versos de mi padre...

El mozo, muy aficionado á las sentimentales poesías, lee á media voz, con interés:

Gustar quiero en mis labios ardientes de tus labios la miel regalada, sentir en mi carne la dulce caricia de tu carne en amor inflamada, mientras en mi oído tu boca murmura un «escucho» dulcísimo. El alma sedienta de amores con fatal calentura se abraza... ¡Reina, dame un beso, de esos besos largos que nunca se acaban!

Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve insinuante hacia su mujer, y sonríe:

—Parecen de actualidad.

Estalla en los labios de ella una risa loca.

—Ya sé, ya sé para quién fueron—alude—. No se me había ocurrido: ¡Para Silvia!

—¿Quién era Silvia?

—Una «reina» del boulevard, íntima de mi padre.

Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.

Supone el marido que la emoción de los recuerdos sugiere aquella crisis de risas y llantos, y acude hacia el sofá con tan amable impulso, que Regina presiente la repetición de la estrofa: ¡Reina, dame un beso!... y prorrumpe amarga, casi violenta:

—No heredo yo la «sed de amores del alma» que mi padre sentía.

Adolfo retrocede. El también tiene frío. Un frío penetrante que le taladra el corazón.

IV

luces de ocaso.—los achaques de regina.—tinieblas de un naufragio moral.—la isla de las rosas pálidas.

No sin grande asombro advirtió doña Mercedes que la niña del Robledo se consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la indiferencia de la muchacha al afrontar la conversación sobre este suceso; en el modo digno y prudente con que aludía á la pesadumbre de Carlos sin mentar la propia, adivinó la dama un altivo sentimiento, mezcla de piedad y desdén, que la llegó á herir. ¿No merecía Adolfo siquiera ni el tributo de una lágrima?

Olvidando un instante el dulce cariño de Ana María, irguióse en el pecho clemente de la señora el orgullo maternal. Repitió aquella pregunta delante del primogénito, y entonces Manuel, con viva elocuencia, refirióle á su madre la peregrina historia; analizó, á fuer de agudo psicólogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cómo en su inexperto corazón había ella confundido el afecto fraternal, la antigua simpatía que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor más hondo y entrañable, y, sin más rodeos, añadió que había jurado hacer feliz á la hija de Carlota.

—Ya lo sabe ella—dijo por fin.

—¿Ella? ¿Quién es ella?—inquirió la viuda estupefacta.

—¡Ella!—repitió Velasco también. Y con la voz un poco temblorosa corroboró al punto:

—Ella es la madre... pero yo he renovado á la hija mi juramento.

Fué menester que se explicara con más claridad para que doña Mercedes le comprendiera; y así que la dama hubo entendido cuanto Manuel se proponía, quedó absorta, contemplando á su hijo con ternura y admiración. Apareciósele en aquel momento como un ser providencial, como una especie de caballero andante que tenía la noble misión de traer al Robledo auras de libertad para la Bella durmiente, anuncios de castigo para el Ogro y certidumbres de ventura para el Hada gentil. Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana María se revelaba de súbito, como un premio de Dios á su elegido.

Arrobada y gozosa, doña Mercedes sintió, sin embargo, un ligero escozor en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se excluía en absoluto á la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero una idea luminosa hizo sonreir á la señora de Velasco.—«Ella es la madre»—, pensó, repitiendo mentalmente unas palabras que se le habían quedado en la memoria, clavadas allí por la fuerza de un agudo sentimiento. Y se puso á escribirle una carta á su amiga Carlota, insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y tímidos sobre amores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi siempre á costa del sacrificio de los padres, y concluía en términos de muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel pliego luces alegres de ocaso: á la anciana señora le parecía fácil y sabroso que una madre abdicara en sus hijos las más íntimas ilusiones, y la tremante pluma instiló en el papel toda la suavidad de un corazón envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazón que nunca supo la tormenta espantosa de aquel otro á quien consultaba, joven y pujante, constreñido entre un pasado de angustias y el secreto de un trágico presente.

Carlota hizo su renuncia tácita y plena al porvenir con grave sencillez:—«Si antes daba con gozo mi hija á un niño bueno, ¿cómo no dársela con gratitud al mejor hombre del mundo?»—Así escribió. Y los rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...

Grande júbilo sintió doña Mercedes con esta carta, y viendo disiparse las dóciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco después de su boda. La costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre; érale menester que volviese pronto al hogar el hijo pródigo, y para lograrlo impuso la sola condición de no admitir á la intrusa, á la gentil diablesa que con sutiles artificios arrebató al caro Benjamín de la amistad y compañía de sus deudos.

Manuel sirvió de parlamentario, muy complacido; pero Velasquín, lleno de gratitud hacia quienes le tendían aquel grato puente de reconciliación, temió ofender á Regina excluyéndola en absoluto de las futuras paces. Decidióse al fin á explorar el ánimo de su esposa, con mucha delicadeza, y no sin asombro le halló conforme á cuanto doña Mercedes exigía.

Así volvieron á su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo concurría á la casa de su madre, sin mentar nunca á su mujer, y los dos hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios, procuraban no aludir en sus conversaciones á los de Ramírez, apartados siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar amigo derramaba la piadosa vejez de doña Mercedes la luz de su sonrisa inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepúsculo en un campo de tragedias silenciosas.

Pasaba mientras el tiempo sin que Velasquín pudiese emprender con Regina el proyectado viaje. Cayó la esposa en languidez extraña y profunda; atribuyendo Adolfo á trastornos de salud aquellas inquietudes y endebleces, llamó á don Fermín, y éste dió, por casualidad, un dictamen conforme á la opinión del marido: impresiones violentas, luchas y anhelos del presente, venían sobre las amarguras de lo pasado á determinar una perturbación nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya padecidas. Y el achaque ofició de piadoso velo para que Velasquín no advirtiera las sombras de un corazón que juzgaba suyo. Eugenia dijo que ya en dos ocasiones había caído su niña febril y delirante, con «mal cansado», como si estuviese hechizada; pero, el médico, sonriente, aseguró que las dolencias de señoritas mimosas se curaban siempre al año del casorio, cuando el amor florecía...

Después que Adolfo erró en sus emociones de recién casado, como en selva tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendió á su espíritu optimista; amoroso y creyente, halló razón de sus crueles sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la intimidad una mujer distinta á la novia que le sedujo; esforzábase él en cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa hallaría de nuevo á la vehemente enamorada, acaso convertida en madre para mayor ventura. Y ella se dejó asistir, felicitándose de aquel pretexto que la permitía sumirse en sus fracasos definitivos, sin malograr las ilusiones del esposo. Le vió tranquilizarse, después de las primeras alarmas, y se esforzó entonces en sostener la felicidad de Adolfo con un débil conato de misericordia.

En la total quiebra de ambiciones y propósitos, la dama rubia no salvó más que los indicios de sus energías: el tenue hervor de la conciencia sólo alcanzaba á producir burbujas fugaces de contradictorios sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el hilo de la compasión, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos Ramírez, y entonces, una ola indecisa de carmín sonrojaba el rostro de la coqueta, que con villanos manejos aprisionó al enamorado mozo; si la pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de la ambiciosa, las náuseas del tedio entorpecían aquel graciable instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hábito de educación lograban contener en la boca de Regina frases ó gestos crueles contra Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacían temblar en aquellos labios el nombre de Ana María, el amor propio y la soberbia alzaban contra el generoso remordimiento su aguijón cobarde y fino, como punta de alfiler. En aquel naufragio moral quizá pugnasen, con un poco de ansia, el orgullo y la codicia, para salir á flote: la certeza de haber triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusión que sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza de asirse todavía á la felicidad, por algún cabo suelto del destino, trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambición.

Pero era tan sorda y tímida la lucha de aquel ser tundido por las decepciones más violentas, que la ruin marejada no rompía el hielo de la indolente postura que Regina tomó en su nuevo estado.

Al conseguir sus propósitos, con burla del sufragio popular, y sobre la oposición de una familia poderosa, hallóse la de Alcántara presa en los brazos de un hombre á quien no quería. La misma facilidad con que le sedujo, fué para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene. Adolfo no tenía «aspectos»; de una sola vez se le veía en todas sus fases, porque no cambiaba nunca su expresión ingenua y plácida, galante y dulce.

Así pensaba Regina, estableciendo con fría censura, comparaciones en que su marido quedaba siempre desairado.

—Carlitos—meditaba—es más hombre que Adolfo, y ofrece otras sorpresas, otras seducciones; en sus pupilas arde un fuego triste, un sol de drama que penetra hasta el corazón.

Y al llegar á la parte conmovedora de sus monólogos íntimos, reía en carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.

—¡El corazón!—decíase—; ¡qué de alusiones sentimentales para ese músculo que funciona á instancias de la materia, exactamente igual que el resto del organismo!... ¡El corazón! ¡Qué mote tan precioso, para un pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y averías! En metáfora, mi pobre corazón es una tierra floja en la cual ningún sentimiento echa raíces...

Y sintiéndose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una existencia, irritábase al ver que su destino estaba ya trazado, que todos los senderos de su porvenir tenían en el horizonte el yugo del matrimonio, la cadena del amor... ¿Del amor?

Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de Regina. Para ella, la esperanza del amor yacía con las alas rotas, inerte, imposible...

Y á cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recién casada respondían obstinados y crueles:—El amor es carne, es instinto, como fruto del corazón.

La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tímidamente sobre tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumplía ninguno de sus ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, ¿cómo una parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro día, cosechando, al fin, realidades y venturas?... ¿Por qué el mito de la felicidad subsistía al través de las generaciones?

En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como un eco obsesionante la confusa advertencia: El bien es el placer; el mal es el dolor... Pero ¿el dolor que ella sufría, se originaba de algún mal, ó existía un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba á punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de tales indagaciones.

Presa en el círculo vicioso de sus lecturas, la dama balbucía delirante: El bien es el placer... ¿Cómo se entiende? ¿Cuál es el primero, el originario?... ¿Será preciso obrar el bien para ser feliz, ó ser feliz para obrar el bien? Y se oprimía las sienes, estallantes de dudas y sutilezas, concluyendo por confesar:—Sólo sé que no sé nada... Ella vivió buscando placeres con ciego frenesí, y á lo largo de su juventud todos los goces amargaban con el ácido sabor del mal de la vida. Cuanto más elevado es el ser, más padece, recordaba la filósofa á este propósito. Y trataba de engreirse con frágil orgullo, débil hasta en sus vanidades. Así se hundía en las nieblas de un dañino apocamiento, con trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.

Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces á la extraña dolencia. Alejada de los novios, como era de razón, la corte de amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester buscarle rutas alegres fuera de allí.

El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad, gozando como siempre la supremacía de su linaje y fortuna, achacaba un poco el retraimiento de su mujer á la violenta situación en que ambos estaban frente á los de Ramírez, y á la expectante curiosidad del vecindario. Pero en vano insistía en hacer aquella excursión, base de olvidos y mudanzas; siempre que él hablaba de partir, suspiraba la señora con tal pesadumbre, que el viaje quedábase en suspenso, mientras la vida conyugal languidecía en actitud impaciente, supeditados á la resolución de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideración en la casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario á su gusto para aquel breve estuche de los primeros años de amor. Andando el tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar á su esposa, con todos los honores que le correspondían, en el palacio del valle.

Después de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharían cuando llegase su ajuar de novia, encargado por Velasquín con mucho boato. Fué un pretexto para detenerse aún, asustada por la idea de lanzarse otra vez al mundo, tan inútilmente paseado por la viajera rubia. En sus enormes decaimientos surgían de pronto afanes infantiles, caprichos inocentes como los de una niña. Dió en suponer que entre su ropa blanca pudiera llegar de París alguna solución milagrosa para sus graves conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en cientos de agudos desengaños, estuvo pendiente del arribo de un baúl que entre lazos y blondas alumbró unas prendas vulgares de íntimo uso.

Mientras acomodó Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el sol...

A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba á su mujer de una inmediata aurora de venturas.

—Te pondrás buena... tendremos un hijo—murmuraba en fervientes «escuchos».

Y ella fingía un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdén.

¡Tener un hijo! !Bah! Aquella ambición era insoportable á la flaqueza de Regina. Le hacía daño pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror aquel grandioso pensamiento, que le dolía en la cabeza con peso irresistible. Sintiéndose impotente y acabada, le parecían una burla á su incapacidad las dulces ilusiones del marido...

Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y aún Regina respondía á las instancias de Velasquín:

—Saldremos la semana que viene...

Ya florecía la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje benigno, con la vaga expresión de quien no sabe por dónde ha de venir una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora, hasta el paisaje inmóvil parecía esperar algún suceso.

Adolfo llegó un día á su casa muy alegre, portador de tan grata noticia, que imaginó llevar con ella la salud á su mujer.

Doña Mercedes había hecho partícipe de sus nuevos planes de felicidad al hijo pródigo, y sintiéndose él consolado y tranquilo en el corazón y en la conciencia, supuso que ofrecía iguales beneficios á su esposa, comunicándola el raro secreto.

Habló impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:

—¿No sabes?... Ana María es novia de Manuel.

Fué como una puñalada aquel repentino informe, que dejó convulsa el alma de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrogó:

—¿Novia de tu hermano?

Y ya, penetrándose de la noticia, se asió á la duda con zozobra:

—¿Es de veras?

—De veras... Mi madre cree que se casarán pronto.

—¡Ah!... Se casarán pronto...

El eco de aquella frase silbó en los labios de la dama y dejó en aquella boca contraída la huella cruel de una burla doble y terrible.

—¿Qué dirá Carlota... y qué dices tú?

—¿Cómo?

—La novia de Manuel se iba á casar contigo hace poco tiempo... Y su madre huyó, locamente enamorada de tu hermano.

—¿Tú sabías?...

—Carlos, sin darse cuenta de ello, me ha contado la historia del drama y de la fuga.

—¡Ah, sí; pobre mujer!... También yo supe, hace poco, muchas tristezas del Robledo.

Se quedó el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle á su compromiso con Ana María, habíale iniciado en los amores y dolores de la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasquín, borracho del licor de sus antojos, no percibió el perfume de aquellas rojas flores de pasión y tormento que ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve en su conciencia.

La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazón de Carlota con más sigilo y certidumbre que la ancianidad de doña Mercedes.

Y con profunda lástima pensó el caballero en aquella hermosa mujer, sola en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos á la única estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce premio en el amor de un ángel: Ana María Ramírez era un espléndido regalo para el hombre más descontentadizo. Seguro de ello, Velasquín, imaginó que mientras á su hermano le sonreía tan apetecible recompensa, Carlota ahogaba detrás de sus labios sonrientes un sollozo en que rugían la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasión que asaltaba á la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como animal dañino que acecha al inerme viajero.

Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazón de una madre, le parecían al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasquín sentía rodar un imaginario rumor de lágrimas, se alzó la voz inquieta de Regina. Creyó la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extraviándose en sus conjeturas, fulminó un dicaz comentario:

—Pues ya «estábais» lucidos tú y la fugitiva...

Pero el joven murmuró con fervor, únicamente:

—Carlota es una santa.

Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como si hablase consigo misma:

—Las santas son felices.

Adolfo ya miraba á su interlocutora con más atención.

—¿Felices?—interrogó admirado.—Ella padece enorme desventura.

—¿Porque sufre? ¿Porque ama? Eso es gozar, es sentir, y comerse la vida á mordiscos amargos y dulces... Lo terrible es no tener creencias, ni amores, ni rumbos, ni hambre ó sed de cosa alguna, y fracasar siempre y no saber de quebrantos ni de gozos, hasta morir de hastío, sin pena ni gloria.

El joven, sentado cerca del balcón, alzóse con miedo; su mujer hablaba sordamente, blanco el semblante y sombríos los ojos como nunca.

Un chispazo de luz quiso alumbrar en el corazón del esposo la torva sima abierta debajo de aquellas frases; mas el rostro de la habladora tomó un cariz tan lastimero y doliente, que al punto Velasco, enternecido, se acercó á ella con piedad.

—Te exaltas, hija mía—pronunció,—cálmate; ya hablaremos despacio de todas esas cosas.

Ella, viéndole crédulo y niño, engañado por dos mujeres con tanta facilidad, le vibró de soslayo su desdén en una mirada, y se encogió de hombros con suma indiferencia. Pensaba que era inútil dar calor aparente de vida á los ecos de una tumba: sus palabras, audaces y fuertes, á ella misma le habían hecho daño; tuvieron la resonancia sepulcral de un recinto donde no hubiese más que el polvo de un cadáver...

Sintió que Velasquín la arropaba en el sofá, besándola con dulzura en los cabellos. Y quedó sola, inmóvil, dudando si aquella quietud que la invadía era el anuncio de una buena hora para dormir ó para morir. La breve y dura plática le causó profundo cansancio y dejó en su boca una estela salobre, como si la hubiera acariciado la brisa del mar; aquel triunfo orgulloso sobre otra mujer, única satisfacción positiva de sus errores, hundíase de repente con inesperada burla, y el marido que á Regina le quedaba entre los brazos perdía su único valor para ella, puesto que dejaba de ser el codiciado botín de una victoria.

Bajo la inmovilidad de la dama se alzó una impotente cólera contra Ana María, y subió hacia Velasquín la marejada de los desdenes, como si ambos jóvenes arrebatasen con traición su presa á la triunfadora: pecaba Adolfo—según tales argucias—en valer menos que su hermano, y Ana María en fingir que lo ignoraba, para inutilizar á una rival temible y emprender sin peligros la valiosa conquista del Velasco de más fuste, del hombre original sobre cuya cabeza interesante había nevado en pleno estío. Aquellas prematuras canas de Manuel adquirían, de súbito, un altísimo precio para Regina; y la adusta indiferencia que su cuñado la demostraba, fué de pronto un estímulo que le obligó á admirarle.

Pero rendida en aquel sordo y leve pugilato de odios y admiraciones, dejóse hundir entre las nieblas del sueño. Poco después, bajó sus párpados caídos, á una luz indecisa, como de tarde moribunda, imaginó ver en casa de Ramírez el salón principal del laboratorio convertido en escenario de muy extraña comedia: don Juan vociferaba, con los puños crispados, amenazador y furioso, pero su expresión de voluptuosidad y de placer daba la certidumbre de que era muy feliz de semejante guisa; Carlitos, en un extremo de la sala, lloraba en los brazos de su madre, y sobre los humanos relieves de la piedad y de la pena, tenía el grupo tal aroma divino de amores y de gozos, que á la visionaria le dieron mucha envidia aquellas dos criaturas tristes; allá, en otro rincón, Manuel y Ana María se hablaban en secreto: el rocío del llanto y la santa ciencia del sacrificio daban á la hermosura de la niña un aire de madona, tan solemne y tan noble, que Manuel de seguro la quería por aquel tinte de bondad y excelsitud, en tanto que ella se inclinaba con respeto y ternura hacia los surcos que el dolor y las vigilias pusieron en la frente del mozo.

Flores muertas, animales disecados, fósiles y moluscos, esqueletos y plantas, parecían descansar en cómodas posturas, á lo largo de las paredes, bienhallados con sus apariencias de vida, y con ojos invisibles abiertos á la escena; mientras los peces vivos, en sus casas de cristal, formaban en torno al cuadro una cinta de trémulos colores.

—Pues, señor,—decíase Regina con despecho—aquí todos gozan, todos tienen un destino y un fin, una pasión, un impulso...

Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fué quedándose inerte, petrificada, con sensación de frío y de reposo, como si fuera á morirse.

Pero la muerte así, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando á la dama los cabellos y echándole en los ojos la pálida sombra de un cipresal; después la besaba en los labios, con una ráfaga de hielo que extinguía dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le hacía un pequeño tajo en el corazón, por el cual se le escapaban á Regina los residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benéfico... ¡Qué descansada se quedó!... ¿Era aquello estar muerta, como Daniel, como Jaime, como todos los huéspedes del camposanto, tendido en el argomal?... ¿Estaría disecada, igual que los peces del laboratorio?...

Un átomo vivo de la memoria fluctuó en la rubia cabeza desmayada, y, de repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebató con locos terrores:—¿Qué habrá detrás de los cipreses, al otro lado de la sombra y del frío, de la quietud y el descanso?—gritó el minúsculo vigía de la inteligencia.—Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta, estremecióse toda y despertó.

—Señorita, el correo—anunciaba Marta, presentando una bandeja.

Regina tardó un rato en reconocerse. Examinó los muebles y la estancia, y, hallándose al abrigo del sofá, entre edredones y cojines, fué recordando cómo se había muerto, después de una sorprendente conversación con Adolfo... Sí, era verdad: la hendedura del corazón prevalecía; rencores y cariños, aun aquellos tan leves y menudos que le quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron totalmente durante aquel sueño indefinible. Sintióse ligera y helada, igual que una vedija de nieve.

—Morir, ¿no es soñar?—se dijo.—¿No podría suceder que yo estuviese muerta y que soñara pasajes de mi vida?

—¿La señora no quiere abrir sus cartas?—insinuó la doncella.

—Sí quiero; dámelas—respondió la «difunta» con grato acento. Extendiendo la mano, recogió los sobres, uno de los cuales, con orla de luto, llamó su atención.

—Letra del doctor Marín—dijo.

Y para su «mortaja» (que era un vestido muy elegante), meditó:

—¡Si estaré viva!... Parece que reconozco la escritura de las gentes; que hablo acorde; que tengo agilidad y memoria... ¿Habré resucitado?

Se echó á reir, y el oro de su voz sonó con hechizo de metal puro, estremeciendo á Marta, que no presentía aquella explosión alegre.

—¿Está peor la señora?—interrogó sorprendida, temiendo que delirase.

—Al contrario; estoy muy bien—dijo ella, asombrada de escuchar su propia voz y entender sus razones. Y rasgando el sobre de luto inclinó los ojos tranquilamente hacia la carta del doctor Marín, mientras la doncella salía del aposento.

Por el balcón penetraba un perfumado soplo de la tierra, henchida ya de brotes en la preñez fecunda del verano, y las horas, cuajadas de sol, se mecían con deleite sobre el infinito desdoblamiento del mar.

La escritura, un poco difícil, ocupaba el pliego que extendió Regina y aun cruzaba la página postrera formando cuadritos. Bien conocía esta costumbre la lectora, porque el galeno amable complacióse en escribirle, varias veces, atravesados renglones en cuya confusión clareaba su antojo por la moza andariega, camarada y confidente un día del consolado viudo. A una sola carta contestó Regina, y la más fogosa epístola del doctor cruzóse en el camino con un lacónico impreso en que la viajera rubia participaba su celebrado enlace... Ahora decía Rafael Marín que él también se casaba: una prima suya, cordobesa, mujer de mucho ángel y rica dote, hacía tiempo esperaba aquella decisión del primo viudo. Dábase el mozo importancia con su brillante boda, muy picado por los desdenes de Regina; y este anuncio feliz iba á modo de epílogo al final de otra nueva muy triste: la niña del doctor se había muerto; al nacer la primavera comenzó á entristecerse, y cuando las rosas abrieron sus capullos cerró la nena para siempre los ojos. Quedábase allí en el cementerio lindante con el mar, dormidita debajo de una cruz. El doctor se trasladaba á Córdoba con su hijo, á establecer el hogar nuevo.

Una ráfaga de remota tristeza pasó por el semblante de Regina, como si le llegara de muy lejos, de otro mundo quizá, aquel papel fechado la víspera en San Simón.

Parecióle á la dama haber amado en otra vida á la pobre nena del doctor Marín, y hasta haber sido novia de un mozo enlutado y sonriente, único poblador de una isla admirable, con árboles muy viejos y rosas muy pálidas.

Y entornando los ojos como para retener fugitivas imágenes, vió Regina al médico diciéndola adiós, á la triste hora del crepúsculo, con los niños de la mano, mientras ella bogaba hacia la costa buscando la felicidad.

¡Tampoco estaba en la ribera!—se duele al recordar que persiguió la ilusión de ser feliz al través de los mares y de los mundos. Y sin dolor ni amargura se quedó pensando en la isla verde y florida, desde la cual demandó á la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cuándo, tal vez en época ilusoria.

En la imaginación doliente de la dama es la isla un vergel abandonado, un plantío de cipreses y cruces donde duerme la niña de Marín, mientras su padre corre detrás de una ilusión.

Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en señal de silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueños, la isla de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...

La dama rubia no tiene envidia como antaño, ni humor para hacer experiencias inverosímiles, como cierta noche primaveral en que se descalzó persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:

—¡La felicidad no estaba en la ribera!...

V

amor con amor se cura.—el profeta del almirez.—mentideros torremarinos.—un corazón por blanco.

Arde el estío. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y Carlos Ramírez pasea bajo la fronda en solitaria meditación. Parece más alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud; suspira y se detiene á menudo. El amor le duele como un mal de la vida, y el desengaño le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el bosque á la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura pesadumbre del mozo tiene una alegría: Carlota ha resucitado en la impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente, sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trágica del amor. Sabia en amar la madre y en sufrir, fué clemente doctora para disponer los remedios al herido de amores; y á maternal milagro trascendía la convaleciente actitud que tomó el muchacho apenas sus lágrimas cayeron sobre las cartas benéficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvió de ocupación divina consolar á su hijo; en la dulce tarea hallaba algún recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella triste alma se derretía en halagos y promesas, derramándose en el papel como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina, Carlos sintióse renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara á otra existencia más consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevió á pedir goce mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel hallazgo. Pero la ausente ofreció, pródiga, más bellas realidades, vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una felicidad posible. Y Carlitos espera también animoso, porque la dicha de su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del muchacho.

Al resplandor suavísimo de aquella aurora que en su cielo sonríe, el doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confía. Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus hijos con luminosa traza de aparición, le gusta al muchacho peregrinar por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que un día las virtudes de su madre resplandecerán sin una sombra, con la diadema doble del mérito y el infortunio...

Ya entre el vecindario «se corre» que la dama fugitiva ha parecido, y que vive, en olor de santidad, en un convento francés.

Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras prepara un específico sensacional contra la polilla.

—Aquí hay un conato de crimen, una coacción inicua—murmura, dale que dale en el almirez.

—Esa señora—afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su menjurje—no se ha recluído de tan extraño modo por la propia voluntad, exponiendo fama y dicha... Aquí existen vestigios de secuestro, rastros de monomanía religiosa ó síntomas de terror insuperable...

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