LIBRO TERCERO EL DESHIELO (continued 2)
Reading edition
—Una perra de cerato simple—le interrumpen. Él despacha, cobra, tose y augura:
—La familia del Robledo no puede acabar bien. Tiene una vena dramática en pugna con el sentido común.
Felipe Alonso, que abre unos ojos tristísimos sobre los manejos del charlatán, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no encuentra á quién colocar algún discurso altisonante; y allí se encoge pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja intervenir en su peroración. Después, el bello Alonso toma justa venganza del humillante mutismo, apropiándose las invenciones y hasta las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al través del puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan, se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa á volar la fantasía con inventos peregrinos, desde la cárcel de su laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero aunque goza éste las primicias de la pública emoción, no sabe disimular en sus speechs el sello originario, un rojo tinte de volcán y tragedia, que hace á las gentes decir:
—«Eso» ha salido de la botica...
Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden á la fuente madre de los chismes, y pierden interés las divulgaciones que siembra Alonso en el Casino y en las demás tertulias.
Mas ahora tardará el boticario novelero en sentir los halagos de la popularidad: sus pronósticos ofrecen dudas, á fuerza de no cumplirse; sus noticias se han desacreditado, como cierto betún para las canas, completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica, situada á pleno mediodía en el chicharrero de la calle Real, no goza el favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes perfumes, donde el mármol y el cristal hacen más visible la ausencia del aseo. La facundia del químico se derrocha esta vez sin esperanzas; conoce él sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda «joven», mustia y frenética por la broma del amor y del barniz.
Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura, como el barómetro; así, el viejo proporciona á su agente y enemigo augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve á ser «cuestión palpitante»; y aunque no vendrá igual que antaño la ronda de curiosos á indagar el origen de tales rumores, en risueña parranda, el farmacéutico sonríe complacido y arremete con ímpetus á su preparación contra la polilla, de enorme utilidad en la canícula.
Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el declamador buen mozo á predecir, con voces misteriosas, graves sucesos en la familia de Ramírez: mas en vano gesticula en actitud interesante, y finge alarmas, y augural balbuce:
—«Según tengo entendido»...
La gente mira incrédula al Robledo, y ni los más inclinados á la catástrofe y á la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie drama alguno: adormecida está en la altura, con beatitud amable, como si prestara oído á la solemne respiración del Cantábrico; y el cantar de las aguas corrientes brota de las entrañas de la selva con tan mansos rumores, que hasta los más pesimistas y agoreros oyen en su voz un romance de paz.
Si la señora de Ramírez se apareciese allí donde su hijo ambula esperándola, de seguro el vecindario sonreiría con benevolencia, creyendo á Carlota un ángel en quien Dios hacía gala de prodigios. Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha devolver la dama del Robledo, tiene una dulzura placentera que Felipe Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...
En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y alegre de la viuda de Velasco—casi nunca vista en la población—apoyándose en la niña de Ramírez, y con la escolta galante de Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden en la tienda más rica de la ciudad.
Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto están atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.
Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus ojos al otro lado del fino cendal que cubre á las señoras, arrodilladas, impacientes y febriles.
Y al sorprender la risueña observación de Velasco enrojece Ana María, y se turba.
Ya no es preciso más para que cuenten aquella noche las de Estrada que otra vez hay barruntos de boda en el Robledo: asienten las de Bernaldo; las del juez aseguran, y ármase un guirigay estrepitoso, del cual llegan rumores á cada paseante de la alameda, donde el estío reune á la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:
—¡Iban tan entusiasmados!...
—Ella se puso muy encarnada...
—¡Está monísima!
—¡Qué buen mozo es él!
—Las canas le favorecen.
—Es tan arrogante como Adolfo...
—Y más formal.
La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud cometida por Velasquín.
—Pues hay pocos hombres de ese temple—exclama Filomena Bernaldo.
Ordóñez toma parte en la conversación:
—Con mujeres como Ana María, ya puede ser Velasco un caballero.
—Adolfo no lo fué—murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.
Pero él replica impávido:
—Un caso de locura no se repite con frecuencia.
—¡Buen desfacedor de agravios tenemos aquí!—ríe muy relamida la celosa.
Y el joven se conduele agresivo:
—¡Si no estuviera «tan alto» el Robledo!...—Después lanza, burlón, una pregunta al corro:
—¿No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender terciopelos y lanas?
Todos sonríen mirando á Filo; la sensible doncella, dándose por aludida, responde con mucho desdén que ya es viejo ese específico... «de la calle Real», porque el año anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel... ¡y se le picó toda!...
—¿Se le ha picado á usted la piel?—compadece Estraduca, tímido y desolante, asomando la nariz por detrás de sus hijas.
—Sí, señor. La tengo completamente picada.
—¡Pobre criatura!... Pero ¿y de qué, de qué?
—Pues de la polilla.
—¿Es posible? ¿de veras?
—¡Si era de nutria, hombre!—advierte Jacoba con un codazo irrespetuoso. El regocijo gárrulo de las mujeres empapa la vocecilla tremante, que gime aún, con la obsesión del duelo:
—¡Pobre Filomena!...
Cuando agoniza la velada, ya es público en Torremar el hidalgo proceder con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada boda presta al Robledo un relieve de tales proporciones, que, mediante absurda suposición, cuéntase á la de Heredia enclaustrada por un voto y se dice que la merced pontificia está á punto de volverle su libertad... ¡Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana María!...
Ligera y fugaz como una sombra, desde que «resucitó» con el corazón exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de Alcántara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar á sus familiares, sonríe con la misma dulzura á Pablo y á Velasquín; tal sonrisa es perenne, yerta y remota, como la de un retrato, ó de una estatua. Ya la joven sale en el Reina; cruza la playa; monta á caballo, y asiste á misa. Adolfo está muy contento viéndola así, por más que á veces sienta una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el frío detrás de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un sepulcro. Hay una triste sensación de ausencia en las pupilas de la dama: diríase que duerme con los párpados abiertos ó que vela con el espíritu en fuga. Velasquín está receloso y le dice á menudo:
—¿Sufres?... ¿Qué sientes?
Regina responde:
—No sufro nada. No siento nada... ¡nada!—corrobora con un ligero espasmo de extrañeza.
Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la creían achacosa y doliente.
No ha pasado la primera semana sobre la singular resurrección, y una tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasquín, desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y junto á la cerca, Adolfo propone á su mujer colocar desde allí, á porfía, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el caballero, y acierta; la señora apunta y dispara: una cruz del plantel cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al herido leño.
Velasquín, pálido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas funerales; Regina corre detrás, sin miedo ni susto, rauda y leve como una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el marido incorpora á una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue entre los brazos del símbolo piadoso un nombre: ¡Gabriel!
Cuando la triste desmayada vuelve en sí, mediante la asistencia de ambos jóvenes, mira á la cruz y prorrumpe en lamentos:—¡Gabriel! ¡Gabriel!—murmura.—¡Está sangrando!... ¡Le han herido en el corazón!
Y furiosa de repente, arranca puños de flores y se los echa al rostro á la culpable. Luego, huye veloz y frenética, gritando su desventura. Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudiéndose los pétalos de rosas que le salpican el traje, sonríe con absoluta indiferencia.
Los ayes de la novia repercuten en el acantilado bravío, mezclándose al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando Velasquín y su esposa llegan á la población, ya en el alto argomal las florecillas silvestres entornan con sueño los dorados ojos. Se duele el joven del percance, culpándose de no hacer prevenido el posible error de aquel disparo; aún se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la loca alborote á la gente, y que en la desenfrenada fantasía popular adquiera visos de profanación aquel suceso fortuito; pero Regina escucha sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen ni á ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de Velasquín es para la dama un ruido más, un rumor que se une al de las olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de Gabriela...
Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece porque no halla razón á la indiferencia extraña de su esposa. Cayendo la noche tornan los dos al hogar mudo y áspero, donde las incertidumbres del mozo vuelven á insinuarse, mientras el señorío de Torremar, congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas domingueras, no ya en plácemes de boda como la anterior, sino en derroche de vilipendios contra Regina de Alcántara, que otra vez sale de aventuras á dejar en su camino una huella de escándalo. Y del coro de vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma exótico, entre mal disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que ondulan como bandera de rebeldía, malignos y seductores...
VI
fin de la historia de la "bella durmiente".
¡Día magnífico, día sublime para las musas trágicas de don Celso Ortiz; día histórico de perpetua memoria en los anales de Torremar!
Apenas había el boticario augur abierto los ojos á la luz de aquella mañana, entróse por la botica cierto rumor de catástrofe, que puso al profeta del almirez en súbita vibración. Un mozo de la finca de Ramírez, forastero sin duda, preguntaba por el domicilio de don Fermín. La inquietud del emisario y la urgencia que mostraba, dieron margen al interrogatorio:
—¿Ocurre alguna cosa?
—¡Vaya si ocurre!
—¿Hay enfermos?
—Lo que hay es un difunto. Y la señorita está muy maluca.
—Pero ¿qué ha sucedido?
—Pues que el amo... Al decir esto hízose el mozo, con el pulgar en la garganta, una señal significativa.
—...¿Se degolló?
—Así parece.
Y mientras don Celso, pálido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos brillantes, conmovía á la vecindad con la triste nueva, echó el mozo á correr, calle abajo, en busca del médico.
Aconteció la víspera en el Robledo que Ana María bajó al sótano para hacer, como de costumbre, la renovación y limpieza del gran acuario instalado allí. De algún tiempo á esta parte, sentíase la joven más animosa para llevar las difíciles riendas de aquel laboratorio sin labores, con vistas á un hogar arrecido. La inspección cotidiana del acuario constituía para la moza un curioso divertimiento: gustábale descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la obscuridad del sótano, perspectivas fantásticas y emocionantes; era un vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la jerarquía social, revuelto nansa donde también los peces grandes se comen á los chicos...
Absorta Ana María, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo, cuando sintió pasos en la escalera:
—Será Manuel—pensó, enrojeciendo—. Teme que se me olvide soltar los grifos y abrir las válvulas...
De pronto, una mano cayó con violencia en el hombro de la niña, y, tras un grito de espanto, la voz de don Juan Ramírez rugió desatada:
—¡Carlota!... ¿Te escondes, eh?... ¡No te me escaparás, infame!
El sabio, el loco, sacudiendo á su hija con frenesí, levantó sobre ella el puño. Pero no le llegó á descargar. Con las dos manos presas, hallóse frente á Manuel Velasco, que le decía en pleno rostro:
—¡Cobarde!
Tras una ráfaga de vacilación y de miedo, Ramírez protestó:
—¿Qué buscas tú aquí? ¿A qué vienes?... Esa mujer es mía.
—Está usted equivocado.
—¡Es mía!
—Le digo á usted que se equivoca.
El discípulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el espavecido semblante de la niña. Próximo ya el crepúsculo, había crecido la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoñal, deshojador de rosas, parecía gemir sobre los gajos murientes de la luz. El sordo murmullo de las aguas semejante á un lamento; las reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente emoción al terrible episodio.
—¡No es ella!—profirió don Juan, escudriñando con avidez la cara llorosa de la joven. Quedó un punto perplejo, y con súbita audacia gritó en seguida.
—Pero ésta me pertenece también.
—Me pertenece á mí—refutó Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmóvil y medroso, la reciedumbre de otra mano, mientras añadía Manuel con reconcentrada expresión:
—He adquirido derechos sobre ella á muy alto precio.
—¿Y pretendes tener en mi casa más derechos que yo?
—Sobre los corazones, sí.
—¿Qué me importan á mí los corazones?
—Por eso huyen de usted...
—No me hacen falta.
El mozo, endulzando su acento, murmuró, más compasivo que indignado:
—La vida es amor.
—Aborrezco la vida.
—¿Cómo quiere usted entonces dominarla?
—Con el odio.
—¡Pobre don Juan!—compadeció Velasco, doliéndose de aquella demencia destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramírez, jadeante como si rindiese la jornada más penosa, giró en redondo, y hundióse en la obscuridad, de donde había salido igual que un fantasma. Iba regruñendo:
—¡Odio... odio!...
—Amor... amor...—aleteaba el corazón de Ana María, refugiándose en los brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos de aquel pecho tan suyo, hízose un eco de la blanda querella, confirmando:
—Sí; amor... amor...
Y después de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en el alma de Manuel los más nobles propósitos, añadió acariciando la frente de la niña:
—Es menester sacarte pronto de aquí; lo resolveremos mañana mismo—. Se la confió luego á Carlos con muchas precauciones, y bajó á su casa impaciente.
Triste fué la velada del Robledo: don Juan se escondió en su alcoba soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto á una vidriera, ya cerrada al rocío del otoño, Carlos y Ana María recordaron con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de su corazón. El paisaje, pálido y confuso bajo la luz de la luna, parecía penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como enorme sollozo de la vida...
Al nacer la siguiente mañana, en el dormitorio de don Juan resonaron quejidos, y piadosa Ana María, acudió con solicitud cerca de su padre: un espectáculo horrible la clavó al pie del lecho, pávida de terror; el sabio se debatía con la muerte, entre las sábanas húmedas y rojas, ya sumidos los ojos en tinieblas. Habíase inferido en el cuello bárbaro corte, valiéndose de una cuchilla sutil del laboratorio.
Pocos minutos después inclinábase don Amador con infinita piedad sobre la tremenda agonía. Desde fuera, señores y criados escuchaban distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponiéndose á los ayes del moribundo, decía con solemne ternura:
—El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramírez: espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el fondo de su alma: ¡Jesús... Jesús... Amor... Amor...!
Aún vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando Velasquín se atreve á decir á su mujer:
—¡Si subieras al Robledo!... Allí no te guardan rencor. Pronto seremos hermanos de Ana María, porque la boda se hará en breve.
Sin recordar por qué los de Ramírez habían de ser rencorosos para ella, Regina maquinalmente pregunta:
—¿Has subido tú?
—El día del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me preguntó por ti.
—Subiré hoy—dice la señora muy tranquila—; tú me irás á recoger cuando anochezca.
Y por los mismos senderos tan paseados el año anterior con locas ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y fallida, fué ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo, entre las rachas del agorero vendaval.
Por consejo de Eugenia vistióse Regina un traje obscuro: ahora le es muy fácil y cómodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no tuviese voluntad, interés ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta antes de salir:
—Abríguese bien, por Dios; hace mucho frío, «está cociendo nieve»...
Y la señorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad: cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia el Robledo, á poco de haber tocado un tren en la estación de Torremar.
En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de luto; sobre su albísima frente el velo de crespón semeja una desgarradura de la noche caída en el dosel de la mañana.
Acércanse las dos mujeres, se miran á los ojos en silencio, y Regina balbuce con una voz que no parece suya:
—¡Carlota!...
—¿Adónde vas, Regina?
La de Alcántara no responde, y en el estupor de una sonrisa atónita, quédase mirando á la viajera, cuyo acento dulcísimo, al derramarse en la desolación del robledal, juraría la joven que tiene resonancia prodigiosa; porque, de pronto, los árboles ariscos, el aire helado, el celaje adusto y su propio impasible corazón, le preguntan á un tiempo:
—«¿Adónde vas, Regina?»
Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueños ó de fiebres y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:
—¿Estoy muerta?... ¿Seré sonámbula?... No; ¡estoy viva!—asegura, sintiendo agudo y potentísimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las pasiones y el aguijón de la memoria, enrojece y se turba.
—¡No te guardo rencor!—dice benigna la señora del velo, al ver á la muchacha vacilar en confusión tremenda. La moza repite:
—¡No me guarda rencor!—Sabe que esas palabras se las ha dicho también Adolfo, refiriéndose á Carlos y Ana María: ya sus recuerdos no huyen como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los más lejanos retornan en tropel dentro de un rayo de luz que ha caído en el alma de Regina desde los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas toma con sagacidad la de Velasco unas partículas y compone esta frase, evasiva y extraña, fuera de lugar:
—Ana María se casa con Manuel...
En el semblante hermoso de la enlutada cayó una sombra; ¿qué pretende Regina con aquella importuna afirmación? ¿Trata de disculpar sus traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga, ó conoce el secreto de la madre y quiere atormentarla?...
Las dos señoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de Heredia murmura con voz firme:
—He venido á la boda.
—¿No la esperan á usted?
—Siempre me están esperando—sonríe la peregrina. Y continúa:
—Quise venir sin avisarles, porque sé que no daña la felicidad.
—Ana María estuvo enferma... de la impresión...—alude entonces Regina; pero ya está valiente.
—Sí: también Carlos se muestra valeroso—asegura Carlota, evadiéndose de comentar el suicidio y con acento que á la coqueta le parece una acusanza.
Quedan mudas un instante, sin saber qué decirse, disimulando impulsos y palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazón sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie espera su visita en casa de Ramírez; ya se lo ha demostrado la extrañada pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasquín, renace y dicta á la mente torturada amargo insulto:
—¡Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me envía sola, ciega y torpe, á demandar clemencia... ¡Me he casado con un nene, con un cobarde!
Alza los ojos y la voz la querellosa dama, y quiere explicar:
—Pues yo, venía por aquí á dar un paseo...
—¿Sola, en una tarde tan cruel?
No hay ironía en este comentario; la duda de Carlota está llena de lástima. Y con dulce compasión, añade:
—¿No eres feliz?
Escucha la de Velasco, seducida por la entrañable suavidad de aquel acento.
Sobre el luctuoso ropaje de la viajera, derrama el bosque, como una caricia, el oro sutil de algunas leves hojas, y el viento, que no se cansa nunca de rondar en las selvas otoñales, gime «escuchos» tristísimos alrededor de las solitarias mujeres.
—¡Feliz!—exclama la joven amargamente.—Y ansiosa pregunta:
—Pero ¿existe la felicidad?... ¿Usted la conoce?
—¿Yo?—balbuce la enlutada;—yo conozco la alegría de mis penas... he saboreado los frutos divinos del dolor.
La codicia pone un relámpago en los ojos audaces de la dama rubia.
—¿Y qué haré,—murmura subyugada—para poseer esos frutos y esas alegrías?
—Sufrir y amar.
—Ya sufro...
—¿Y amas?
—No puedo... no sé. He conocido todos los amores y ninguno me conmueve... ¡Tengo el corazón helado!
—¿Todos, dices que los probaste?—advierte incrédula Carlota.—Sin remontarte al cielo, aún te falta uno, el más hermoso, el más grande...
—¡Ah, sí! Feto «ese»—aduce Regina—es superior á mis fuerzas... No podría con el.
—«Ese», derritiendo la nieve de tus entrañas, te haría llorar mucho: te salvaría.
—De modo, ¿que es preciso llorar para salvarse, llorar para ser feliz; siempre llorar?
—Sí; es menester que llueva en los corazones para que fructifiquen.
—¿En dolor?
—Y en amor; en caridad, que es fuente de vida eterna... Pero ya me voy; llevo mucha prisa... Me detuve á consolarte un poco.
—¡Oh, espere usted!... ¡Un minuto!... ¿Quién le dijo que yo era desgraciada?
—Mi presentimiento.
—¿Porque fuí culpable?—confiesa Regina bajando la frente.
—La culpa—dice Carlota evasiva, para responder con más piedad—engendra un dolor estéril, sin esperanzas ni compensaciones.
—Así es el mío—confirma la escéptica con amargura.
—Pues truécale por este otro, confiado y sonriente;—y Carlota señala su corazón.
—Aguarde usted otro momento—suplica la joven al ver que la señora trata de partir,—y dígame algo de ese corazón que usted me enseña.
—¿Tienes curiosidad?
—¡Tengo envidia!—Y con audacia añade:
—Yo conozco la vida de usted; sé que por esta selva, en este memorable día de regreso, usted va hacia el más duro de los sacrificios: ¿por qué va usted predicando la esperanza y el amor?
Carlota, palidísima, con voz de lágrimas, responde:
—Porque voy también al triunfo...
Levanta los ojos al cielo y á Regina se le van los suyos detrás de aquella mirada. Se han partido las siniestras nubes y un jirón azul asoma en el espacio como fugaz sonrisa del celaje.
—No me puedo detener—dice Carlota muy conmovida;—el más valiente, el más puro de los amores humanos, me espera detrás de esos árboles... Adiós.
—Respóndame usted—clama Regina asiéndola del velo.—Derroché mi juventud al través del mundo, buscando la felicidad...
—No la busques. Busca el bien solamente y lo demás te será dado por añadidura.
—Pero es que no lo encuentro; voy desorientada y loca; no me abandone usted, que sabe los caminos...
Hay tal angustia en esta confesión, que la dama viajera se detiene; su actitud, segura y apacible, contrasta de un modo original con el aspecto inquietante de Regina. Sorprendiéndolas allí, en tan raro coloquio, se las tomaría por imágenes de una fantástica historia; pudiera creerse que la joven peregrina, cobarde y sin rumbo, pregunta á la reina del Bosque:
—Dígame, por favor: ¿hay por aquí posadas y veredas hacia el Buen Paradero?... ¿Habrá lobos y ladrones?
Y parece que responde, solícita, la señora del manto:
—¿Ves aquel caminuco lleno de abrojos? Sigue por él... Andarás, andarás; si te hieres, no grites; llora en silencio y ofrece á Dios tus tribulaciones. A la derecha, siempre á la derecha, se ensancha la ruta, el suelo se ablanda y se toca el final del camino; el descanso, el triunfo...
En realidad lo que hablan las dos mujeres tiene mucho parecido con eso.
—Amar es recrearse con el bien de otro—dice Carlota—; es sufrir por el ser amado y olvidarse de sí mismo... Obrar el bien es tener la caridad por norma de nuestras acciones.
—Me seducen las palabras de usted, aunque no las entiendo—afirma la de Velasco—; tienen música y miel, tienen aroma... ¿Cuándo volveré á verla? ¿No querrá usted aparecérseme en este bosque, como una princesa encantada?
—No, no—sonríe la del velo—; al contrario; huiré de estos lugares apenas coloque la mano de mi hija en la de su esposo.
—¿Dónde vivirá usted?
—En un rincón sereno, donde la Virgen me ayude á curar á Carlitos.
—¿Cree usted en los milagros de la Virgen?
—Si los podemos hacer las madres buenas, ¿qué no hará la mejor de las madres?... Adiós; ten muchos ánimos y sigue tu camino. Para huir de lobos y de ladrones, no lo olvides; siempre subiendo, á la derecha; siempre sobre espinas y zarzas, hasta el Buen Paradero...
La moza, con las manos en cruz, á punto de llorar, pregunta:
—¿Y me perdona usted?...
—Con toda mi alma—interrumpe la viajera, consagrando el perdón en una caricia. Después se obscurece entre los árboles, y con los perfiles del manto se borra la luz y el hechizo de la singular aparición, mientras Regina, casi de hinojos, echa á volar un beso, y murmura:
—Adiós, Bella durmiente del bosque... Un abrazo al hada benéfica y al duendecillo gentil... ¡Adiós, Carlota!...
Clavada en el camino, temblando de emoción, Regina escucha; le parece que el bosque va á repetir, con fervorosos murmullos, las palabras admirables de Carlota; mas, como si ésta se hubiese llevado en pos de sí el silvestre cortejo de rumores, calla el robledal y se entolda, cada vez más sombrío, según la tarde avanza. Aquellas nubes que sonrieron un instante, han volado hacia el mar, y sobre el cielo torvo muere la luz cansada y triste.
Regina se recobra de su éxtasis, alarmada por el silencio que la rodea, y busca el senderillo del atajo para volver á la ciudad. Bajo aquel traje señoril que ondula en las yertas campiñas, late con ansia el veleidoso corazón, bien advertido de que no es la virtud un nombre vano, de que hay en el mundo torrentes de caridad, y de que todos estos divinos amores tienen la voz muy dulce y la sonrisa muy bella. Podrá la dama rubia no estar en sus cabales y ver visiones á menudo; pero Carlota no es una ilusión; es una mujer de carne y hueso, dechado tangible de aquellas heroicas virtudes del sacrificio, que la visionaria tomó siempre por utopías. Enfrente del cruel escepticismo, razonador de sentimientos, impuro manantial de negaciones; por encima de los placeres infructuosos que rozaron la epidermis de la muchacha en su existencia frívola, el corazón anuncia que ha llegado la hora de sentir. Pero este latido cordial, que se inició con arrogancia, fluctúa con timidez, paralizado por el frío interior del espíritu, donde ya no fulguran los ojos de Carlota.
Cuanto de esta mujer supo Regina, parecióle un hermoso cuento, igual que tantos otros imaginados ó leídos: desde las suaves nieblas de la infancia hasta los presentes días obscuros, de congelado abandono, fué la imagen de la Bella durmiente para la joven «erudita» una especie de símbolo, de conseja moral, tan fantástica como las leyendas que la embelesaron en el Rhin cuando empezó á recorrer el mundo. La sublimidad de Carlota, liberta de su cruel esclavitud por el amor, y esclava, por el amor mismo, en un convento, resultábale á Regina tan misteriosa y vaga como el impulso de «la novia de Rolando», cautiva de sagrada clausura por creer á su amante víctima de la guerra. El drama del Robledo, más sensible para la curiosa que aquellos otros aprendidos en papeles y viajes, cayó en las penumbras de la fábula ante el incógnito de la protagonista, que ama, padece y se inmola «desde lejos», igual que en las novelas, lo mismo que en los romances y en las historias del Flos Sanctorum...
Mas he aquí que la noble Musa de aquel poema de amores y piedades se aparece á la incrédula, y despertándola de su sueño interior, la detiene y la dice:
—«¿Adónde vas, Regina?...»
Y aunque por su hermosura y raras prendas tiene Carlota mucho parecido con las heroínas de los cuentos, bien claro está que no bajó de las nubes ni brotó de un arbusto, sino que llegó en un tren á Torremar y al Robledo en un coche, cruzando á pie una parte de la selva para acortar camino.
Segura está Regina de que la Bella durmiente, con su traza de aparición y sus frases de parábola, es una pobre mujer que lucha y gime; pero también es cierto que la vió sonreir con placidez suavísima, y levantar los ojos al cielo con divino arrebato, al través de la niebla de sus lágrimas...
—¿De modo—pregúntase la razonadora,—que en el amor hay dolor y en el dolor hay transportes de alegría?
Se detiene vacilante, desesperada, añadiendo:
—¿Y nunca podré amar?
Desdeña su mala condición; supone que hay una raza escogida de seres enamorados y piadosos, á la cual no pertenece; pensando que está condenada al martirio de la incredulidad, recuerda cómo otra vez bajó de una cumbre, igual que ahora, huyendo del amor y del sacrificio, con espanto de réproba; fué en los Andes, en la cima del mundo; creyó amar y sufrir, y amores y dolores se le escaparon en un gemido de impotencia y cobardía, delante de una cruz...
Pero al descender por la pendiente del Robledo, el temor de Regina es menos trágico que en aquella fuga memorable; tal vez porque la cruz que hoy vió en la cumbre se muestra más humana y el monte más asequible... Celestial misericordia protege á la infeliz, que busca y huye, que asalta con el duro análisis de su inteligencia las sagradas razones del sentimiento y del corazón; se ha humillado con piedad infinita el símbolo cuya grandeza majestuosa hizo temblar á la viajera rubia; y desde la cordillera gigante donde parece que sólo Dios puede alcanzarla, ha bajado la cruz, en forma sumisa de mujer, á un montecillo dócil y extendiendo sus brazos de carne temblorosa, ha dicho con una voz muy dulce, delante de la obsesa:
—«¿Adónde vas, Regina?...»
Quisiera responder la moza y mira al cielo, porque siente, aunque no se lo explique, cómo baja de allí la solemne pregunta. Ya cae la sombra; las nubes se han aligerado al roce del crepúsculo, con esa inconstancia propia de los norteños celajes; y ha encendido la luna su pálido fanal, que parece verter al mismo tiempo el silencio y la luz sobre la tierra. Largos y obscuros los perfiles de los árboles, se inclinan reverentes al paso de la rubia señora, que abre su alma al secreto de la noche, sintiéndose presa de una fe que no cree en nada, y de una emoción sin nombre ni rumbo, que ensancha su cauce poco á poco, bajo la nieve del entendimiento.
En una vuelta del camino, ya cercano el arrabal, Velasquín detiene á su esposa:
—Pero ¿no me esperabas?—interroga alarmado.
Y ella sorprendida, con el rostro encendido por súbita perplejidad, no sabe qué decir; siente deseos de mostrarse cariñosa, y recuerda sus ocultos reproches contra Adolfo... ¿Los merece?... En la duda benigna que le asalta, decide callarlos, y aduce amable:
—No llegué á casa de Ramírez, porque he visto á Carlota.
—¿A Carlota?—Velasquín sospecha que su mujer no está en sana razón. Pero Regina asegura:
—Sí; ha llegado esta tarde en el tren correo; cuando yo cruzaba la selva la encontré; dejó el coche en el camino real para subir por el atajo.
—Entonces no avisó la llegada.
—No; quería sorprender á sus hijos.
—¿Y hablaste con ella?
—Hablé mucho.
—¿Cómo la conociste?
—Apenas ha cambiado; siempre está hermosa... Ella me conoció también.—Hay tanta dulzura en la expresión de estas frases, que Adolfo, maravillado y crédulo, se siente muy feliz. La esposa continúa con naturalidad:
—No era oportuno que hoy fuésemos de visita.
—¡Claro!... Pero es muy tarde para que vuelvas sola.
—Me entretuve... ¡y anochece tan pronto!
Quiere Regina cambiar de conversación; se apoya en el brazo de Velasquín, y ambos sienten la dulzura de aquella intimidad. El Cantábrico, movido y bullicioso, dice á la costa su amenaza bravía, y al son de las airadas voces, la señora murmura:
—Ya no sales en el Reina...
—Porque todos los días se anuncia un temporal.
—¿Tienes miedo?
—¿Miedo?—protesta el joven sonriente.—¿Tú me juzgas miedoso?
Evadiendo la respuesta, dice Regina, irónica á pesar suyo:
—Me entusiasman los hombres temerarios.
Y flotan estas palabras, como señuelo de combate sobre el perfume de amor y de ilusiones que va dejando en pos de si la elegante pareja.
VII
entre el cielo y el mar.—el placer del peligro.—la mujer y la ola.—espejo de nautas y desengaño de galanes.
Ventaba el Noroeste, con barruntos de galerna, cuando Velasquín salió de su casa, huraño y triste, huyendo la melancolía de aquel hogar enfermizo, donde la juventud y el amor tenían semblantes de fracaso, de pesadumbre y de vejez. Los recios soplos del vendaval, saturados del aura salobre; los aguileños perfiles del suburbio marinero, encaramado con valentía en los zócalos y contrafuertes de la sierra; la anchura majestuosa de los cielos y las aguas dieron súbita energía al corazón de Adolfo, siempre dispuesto por los pocos años á recobrar los bríos de su temple viril.
Para escuchar mejor los retumbos del oleaje, llegó al borde aspérrimo de los cantiles y sentóse á horcajadas en un ingente colmillo de la roca, bauprés inmóvil sobre las férvidas espumas, ariete formidable de los vientos, heroico brazo tenso hacia el mar, como el reto de un dios... Erguido en tan áspera silla, entre los aletazos del Noroeste y el ronco son de las olas, imaginóse por un momento Velasquín llevado en furioso galope, al través de las tormentas, sobre los duros lomos de un caballo salvaje; oprimió con ansia la roca, igual que antaño su bridón, cuando impaciente cabalgaba en busca del Robledo; mas una racha cruel, cogiendo al mozo de improviso, estuvo á pique de dar con su vida y sus sueños en el hondo sepulcro de las olas.
Temeroso del riesgo inútil, volvióse al arrabal y vió en la cumbre del monte la casita blanca y verde, la casita triste, nido de amores y desengaños. Allí, en el balcón del gabinete familiar, estaba la dama rubia, siguiendo con los ojos los pasos de su marido, tal vez burlona, compasiva tal vez... ¿Por qué raro engarce de pensamientos, por qué misteriosa corazonada sintió Velasquín entonces, más fuerte que nunca, la decepción de su esquivo matrimonio? ¿Por qué voluble asociación de ideas imaginó mirando al mar y mirando á Regina, que ambas, la ola y la mujer, eran igualmente bellas y peligrosas, atractivas y falaces? Movido Adolfo por el ímpetu de su juventud, por el resorte de sus deseos, hubiera querido ahora juntar en un solo abrazo á la mujer y al mar, y hacerlos suyos para siempre, con absoluto dominio. Pero el mar y la mujer estaban allí, como dos esfinges, sin descubrir el secreto de su perfidia y de su hermosura.
Todo esto pensaba Velasquín muy vagamente, ó, mejor dicho, lo presentía, mientras que se alejaba con lentitud del hogar montesino y triste, acercándose al puerto con el ansia secreta de vencer al mar delante de los ojos de la mujer. Desde las últimas atalayas de la costa contempló la bahía rizada por el viento; la ciudad vetusta, mezcla de marinera y labradora, diestra en el manejo del dalle y de las redes; las montañas, de colores umbríos; el cielo, nuboso y gris; el mar, blanco de espumas... El espectáculo de la naturaleza era un tónico para su espíritu, lleno de preocupaciones íntimas y crueles, inficionado de misteriosa enfermedad. Sólo en los fuertes goces de la montaña y la marina, en los placeres rústicos, en las empresas difíciles, ejercitando sus artes de nauta y de montero, podía hallar equilibrio y expansión aquel muchacho varonil y francote, unido á una mujer toda melindres, sofismas y tristezas. Pero ni aun así se veía libre enteramente de la malsana sugestión de su esposa; hechizado por ella, sin saber cómo, abandonábase á su influjo hasta caer de nuevo en las prisiones de su hogar, que le atraían con imanes y vértigos de abismo.
Llegando al puerto, después de breve paseo por la costa, miró Velasquín el horizonte de la bahía, con la obsesión del mar, imagen de sus turbios amores. Arreciaba el Noroeste; un cinturón de espumas señalaba con vigoroso pincel la barra del puerto; las olas se teñían de un color gris, de reflejos metálicos; las banderas de los buques surtos al abrigo del muelle, tremolaban con ímpetu, sacudidas por el vendaval, y, en primer término, sobre las ondas más tranquilas; se columpiaba airoso el Reina, bien señalado por su arrogante grimpolón azul.
Apareja, que vamos á salir—díjole Adolfo á Pablo el marinero, que paseaba ocioso y mustio por el muelle.
—¿Con este tiempo?—repuso el «segundo de á bordo», mirando alternativamente al cielo, al mar y á las banderas temblorosas.
—Con este tiempo.
—¿No ve cómo sopla el Noroeste, y con rachas poco nobles?...
—No importa, Pablo.
—Bueno, voy á avisar...
—No avises á nadie; vamos tú y yo solos.
—¿Solos?—interrogó pasmado el marinero.
—Si no te atreves, dilo, y buscaré quien me acompañe.
—No es que no me atreva, señorito; peores tiempos ha pasado uno. Sino que el barco es grande, y ¿cómo hemos de estar á la maniobra con este día? Si usted gobierna y yo quedo á proa, ¿cómo voy á atender á todo?
—Ya nos arreglaremos. Anda listo si quieres...
Calló Pablo y se alejó moviendo significativamente la cabeza. De pronto, volvióse para preguntar:
—El foque pequeño... ¿no?
—El grande y sin arrisar nada; no toques al «roling».
—Dirán que estamos locos...
—Que digan lo que quieran.
—Iremos, si es capricho.
—Lo es.
Pablo embarcó en el chinchorro, bogó hacia el balandro, y una vez en él izó la vela mayor, dejando dispuesto el foque.
Luego tornó al muelle para buscar á Velasquín.
Quedóse un momento solo y sin tripular el Reina sobre la poderosa ancla y los fuertes arpeos. Arriados los foques y cautiva la caña, ceñíase el viento á la vela mayor y hacía dar muy graciosas vueltas al balandro. Tomaba éste el viento, cedía, se atravesaba, le ponía la proa, y el aire, entrando á ras del palo, sacudiendo la relinga, daba un aletazo á la vela, y de nuevo comenzaba el alegre baile del donoso batel, entre vivos cabeceos y rápidos tumbos, hasta quedar proa al viento.
Saltó á bordo Velasquín, miró allá arriba, á la cumbre del arrabal, y avizoró al punto, en el balcón de la casita blanca y verde, la figura de la mujer y en sus manos un pañuelo sacudido con fuerza por el aire, quizá, también, por el terror. Que como algo se le alcanzaba á Regina en las cosas del mar, por la costumbre que de ellas tuvo desde la libre niñez, harto debía presumir que embarcase con aquel día y con todo el aparejo era una loca temeridad.
Pero Velasquín, sonriendo orgulloso y decidido, se puso al timón y asió la caña, mientras Pablo fué junto al mástil, aclaró las drizas y las hizo funcionar. A poco, se elevó majestuosamente uno de los foques y luego el otro, aleteando soberbios y azotando el aire con los látigos de sus escotas. Cazadas éstas, arrióse la de la mayor y quedó el balandro en franquía. Saltó el Reina sobre las espumas, viró con gracia, y, escorando hasta mostrar la línea verde de su casco finísimo, acercóse á los cantiles donde poco antes abarcara Adolfo con ímpetus y codicias los misterios de la mujer y del mar.
—Ya no me preguntará si soy cobarde—dijose el bravo nauta, pensando en Regina con indefinible emoción. Puso luego la proa en derechura del formidable contrafuerte, y cuando parecía que el balandro había de estrellarse en las piedras, viró de súbito: las velas temblaron un instante y cambiaron luego de posición; cayó el bajel sobre el costado de sotavento, no sin meter en el mar parte de la cubierta, y navegó en busca de la barra. En lo alto del mástil pudo ver Regina, desde su nido aguileño, la orgullosa inicial de su nombre, diciéndole adiós, sobre el raudo grimpolín que se estremecía en el tope.
Domeñadas las hirvientes espumas de la barra por la ligera quilla de la nave, llevóla Adolfo mar adentro, sin cambiar el rumbo: iba «á un largo», pero como la costa se hallaba cerca, el viento ya no daba más de sí ni era posible seguir ciñendo; fué preciso virar.
—¡Listo!—gritó Velasquín—. Y Pablo ejecutó la maniobra mirando hacia arriba con ojos escrutadores, mientras las olas saltaban á la cubierta rugiendo ante la resistencia del timón, y la caña temblaba en las manos del audaz piloto, vibrando como sensible telégrafo que transmitiese á las lenguas del mar los pensamientos del hombre.
Saltó de pronto una ráfaga y oyóse un crujido.
—¡Orce todo y póngase á la capa—vociferó Pablo con viva angustia,—que nos va á faltar el mastelero!
—¡Qué á la capa; á la vía!—repuso Velasquín.—¡Esto es hermoso!
Y el balandro siguió su carrera loca entre las irritadas espumas, irguiéndose con terribles saltos como si fuese á volar, cielo arriba, con las alas crepitantes de sus velas, y escorando después, á riesgo de hundirse en las abiertas fauces del mar. Los lonas, henchidas por el viento, gemían trépidas, y el agua, turbia, crespa, rebelde, saltaba como sacudida por interiores y profundas cóleras.
Sentíase Velasquín orgulloso de su propia temeridad, con la embriaguez del peligro, fascinado por la hermosura trágica de la escena, azotado por el viento, estremecido por las olas, presto á domeñar las fuerzas inertes de la naturaleza, allí entre dos abismos indómitos y al alcance de las miradas de Regina. Puesta la mano en el timón, igual que en un cetro, contemplaba el joven las revueltas ondas, que se erguían junto al balando, flexibles y elásticas, muelles, redondas, insinuantes, como brazos y senos de mujer, coronadas de espumas, de flotantes cabelleras con rizo de nieve. El hondo piélago sabía también de carantoñas y de halagos para esconder falsías y traiciones.
De nuevo se oyó, con más fuerza y estruendo, el crujido del mástil. Pablo se puso en pie y clamó:
—¡Arribe, don Adolfo; arribe y cace escota!
Mas ya era tarde. Roto el mastelero por la encapilladura, vínose abajo con temeroso ruido y quedó pendiente de las jarcias; aflojóse el estay, cayó la vela, y escoró la nave, á punto de rendirse. Sin pérdida de tiempo se puso Pablo á desatar las drizas; pero la balumba de cuerdas y lonas abofeteadas por el vendaval, crujía y aleteaba, como un albatros herido de muerte.
Miraba todo aquello Velasquín, ajeno á los peligros del naufragio, con el hechizo de un pañuelo que viera tremolar allá arriba en la cumbre serrana. Por una especie de telepatía misteriosa, aquel pañuelo, agitado con angustia en las manos de una mujer, dió al mozo alas y bríos, le empujó mar adentro, hacia el abismo traidor.
Oculta estaba la ribera tras el hervor del oleaje; pero las peñas del arrabal, escalando el horizonte obscuro, se dibujaban sobre el fondo gris del cielo con la robusta crudeza de un agua fuerte. Los matices sombríos de la montaña; la recia arquitectura de las rocas; el bajo vuelo de las nubes; el cariz lúgubre del océano, daban la impresión de un lienzo de tragedia, de un crepúsculo universal.
Hay horas en que los hombres más cabales se sienten arrastrados por una fuerza secretísima, invencible, superior á los bríos de la voluntad y la razón; así, Velasquín, el mozo alegre y ligero, movido de extraños resortes, jugaba con la vida y con la muerte, como un sonámbulo. ¿Era la sugestión de aquellos ojos, clavados con ansia en el mar desde la casita blanca y verde? ¿Era el embeleso de aquellas olas, bellas y falaces como los ojos de la mujer?
La furia de un maretazo despertó al joven de su tórpido ensueño; recobró el instinto de la vida, y ordenó á Pablo, que se debatía entre las revueltas jarcias:
—¡Deja eso, deja eso!... ¡Pícalo todo!
Y como Pablo no le oyera con el ruido del mar, abandonó la caña diciendo á grandes voces:
—¡Gobierna tú, gobierna tú!...
Después abalanzóse á proa, con su cuchillo en la mano, para cortar las cuerdas. El marinero llegó al timón, pero antes de coger la caña se atravesó la nave al mar y al viento; hincharonse las velas, y de repente, advirtió Adolfo que el foque grande, que tenía en banda las escotas, se le arrollaba al cuerpo, le envolvía con ímpetu y le arrastraba al abismo. No vió el agua, pero la sintió en las piernas, al través de la lona que le ceñía; después en la cintura, en el pecho, en la boca y en el alma, con una frialdad y una amargura que parecían de otro mar... Quiso defenderse, mover los pies y las manos, dar un grito; pero hallóse mudo, inerme, ciego, cautivo en el abrazo pérfido y suave del lienzo y de las olas, arrastrado entre dos aguas, en desenfrenada carrera, á remolque de la bravía embarcación, como vencido paladín á quien ataran á la cola de su propio corcel.
En vano el marinero rompió en desaladas voces y procuró izar á bordo el peregrino sudario. Ya el pobre Velasquín, en los umbrales de la muerte, veía por última vez, con los ojos del alma, una cumbre negra, un pañuelo blanco, una figura de mujer, y una ola flexible, muelle, acariciadora, que parecía el símbolo y el retrato de aquella mujer... hermosa y pérfida como el mar.
VIII
la lámpara vigilante.—rescoldos de la tragedia.—los dos médicos.—no puede ser...—epílogo á la historia de la «bella durmiente».
Caen los copos de nieve con misteriosa lentitud, en la fría serenidad de la atmósfera, semejantes á lágrimas de los cielos, á vedijas de nube, á pétalos de nardo, vistiendo la tierra de apacible resplandor. Hoces y cuetos, pinos y rocas, ceñidos por el cándido ropaje, pierden la aspereza y rigidez de su color y sus perfiles; sólo la mancha cruda del mar, de un gris metálico, desgarra como una hoja de acero la blandura de los horizontes, y finge un ceño sombrío en el manso cariz de la mañana.
Desde el fondo de su aposento Regina escruta el paisaje con obstinación acerba, y torna á menudo los ojos al saloncito, bañado en el claror de la nieve, mira que te mira, halla en esta luz un tinte lúgubre de mortaja y á la vez una implacable intensidad que alumbra los más ocultos pliegues de la conciencia.
De cuantas sutiles enfermedades adoleció Regina, ninguna fué tan dolorosa como esta que padece al resplandor de la nevada, en la más triste soledad: sufre mareos y náuseas, y tiene delirios como antaño; tan pronto la persiguen aciagas visiones, como yace en sopor febril, entelerida y absorta. Pero al través de los porfiados sueños, lo mismo que en las crisis de agitación, arde en la penumbra de aquella cuita una lámpara vigilante, que muestra las memorias y las sensaciones con rútila verdad. A cada fase de la extraña dolencia, siente Regina en el fondo de su espíritu resplandecer el invisible fulgor, y tirando del crespón sombrío de sus dudas, confirma valerosa:
—Estos son remordimientos.
En la ondulante blancura del arrabal imagina á veces la vela enorme de un balandro monstruo, la trágica vela que envolvió á Velasquín y le meció en las olas hasta ahogarle. En estos minutos de obsesión, para Regina ha naufragado toda la tierra; sólo vive del mundo una líquida llanura sobre la cual flota aquel sudario, resto de la hecatombe... ¡Y cómo finge el mar; qué traidor es! Se está en su sitio, mudo y ceniciento, con traza indiferente, y bajo las espumas de sus crenchas guarda con avaricia despojos de ilusiones, cimientos de hogares... Pensando así, la dama prorrumpe:
—¡Como yo, igual que yo!
Hace de si misma un análisis despiadado; inocente se finge ella también; sola y callada, oculta allí su luto... nadie dirá que empujó á su esposo hacia el peligro, hacia la muerte... nadie supone que bajo el oro de los bucles nievan los remordimientos en la conciencia de la viuda. Pero ella sabe que pronunció unas imprudentes palabras contra la valentía de aquel mozo apasionado y sincero; sabe que le estimuló á un combate inútil, á una lid temeraria y estéril, y se siente culpable de haber arrancado, á traición, las raíces de aquella vida lozana, de haber destruido los cimientos del hogar. Todas las expiaciones le parecen pequeñas para tan graves culpas: que ya la tierra no resucite dentro de su mortaja; que el horizonte semeje, como ahora, la vela de un balandro gigantesco; que siempre el mar escuche, turbio y silencioso, el albo secreto de la nieve, y que la dama rubia viva infeliz años y años, mirando ese paisaje, abriendo su conciencia á esa luz cegadora que la espanta...
—Aún es poco—murmura con ansias de padecer. Y no es que busque la felicidad incomprensible de que le habló Carlota. Está segura de no merecer ningún alivio, ninguna esperanza: sus pesares serán siempre duros, helados, secos; Dios la castiga á sufrir sin llorar; á reconocerse culpable sin emoción, con un sentimiento de justicia, recio y firme, esclarecido por ignoto luminar, sereno y helado como el que reverbera sobre la nieve.
Ya Regina no confunde la maldad con la virtud; ya no fomenta en sus íntimos coloquios la duda de «dónde acaba el bien, y dónde empieza el mal», tópico de que los «amorales» suelen servirse para disculpar sus errores. La clarividencia de la razón empuja hacia la superficie el fondo de bondad de aquel carácter, y Regina tiene ahora grandes repugnancias hacia cuanto no brille limpio y virtuoso, á la vez que se aferra con todas las energías del entendimiento á lo más sano y puro que conoce. De tan profunda transformación dimana el menosprecio que hace de si propia; el afán con que quiere castigarse y padecer, para contribuir al equilibrio de la justicia. Y de la fuerza misteriosa que hay en este humano propósito, la dama colige que sus afanes tienen arraigos de eternidad. ¡Pero la fuente del sentimiento perdura cautiva, acaso negada para siempre al pobre corazón, loco de sed!
En vano Regina pide lágrimas y oraciones para regar los áridos caminos de su arrepentimiento; sufre con los ojos enjutos, con los labios rebeldes á una deprecación que no brota de su alma. Muchas veces recuerda la pesadilla delirante que padeció en Spa, cuando quiso interceder por su hermano y se le negó á ello el corazón; mas, al fin, arrodillóse la colosal cabeza de aquel sueño, y oró la niña visionaria y dichosa. De semejante deliquio se reanimó la viajera rubia, sonriente y despreocupada, mientras que hoy, la mujer que padece y busca, sabe que está despierta y se reconoce acreedora al castigo de no encontrar los dulces manantiales de la oración y el llanto.
—La que ambicionó entender alegrías y dolores, y quiso gustar la vida sólo con la inteligencia, está bien condenada á no sentir—murmura la señora.
Conoce que se ha fabricado el propio suplicio; ella cegó con hielo de sofismas y argucias las fuentes redentoras de su alma; ¡por eso la luz que se hace en su razón alumbra un páramo de nieve!
Anonadada la infeliz, se humilla á los consejos del sacerdote, del viejo y buen amigo que no abandona á su triste feligresa. Y aquel salón minúsculo, cerrado á la batalla de reconquista que el señorío de Torremar intentó con pretextos de pésame, se abre á don Amador, y se puebla de murmullos piadosos casi todas las tardes...
No necesita el sacerdote preguntar hoy cómo sigue su enferma; pulsa con una mirada el sediento corazón que se asoma á los ojos de la joven, y se duele:
—¡Estás lo mismo!
—Siempre estaré así...
—Siempre, no. Dios te acendra, porque te elige y te destina sus divinos consuelos... ¿Lo dudas?—añade el apóstol, ante la incertidumbre de la dama.
—No lo puedo creer—responde ella con desconsolada sinceridad.
—Pero, ¿quieres creerlo?
—¡Oh, sí!
—Eso basta, por ahora, hija mía, eso basta; no te desanimes. Ten fe... siquiera en tus nobles deseos de sentir y de amar... Ten esperanza en tus altos propósitos...
Regina baja la frente suspirando.
—Reza con humildad—continúa don Amador.
—Es que no puedo.
También el sacerdote inclina la cabeza, y tras una pausa, dice:
—Aunque sólo sea con los labios, reza, hija mía.
—¿Y será eficaz?...
—Muy eficaz, por ahora—repite el cura.
Ella quiere alentarse; alza los ojos con un giro de confianza, y toda la crudeza del horizonte se le mete en el corazón. Viéndola tan abatida, el párroco le ofrece:
—¿Quieres que yo te guíe?
La viuda dice al punto que sí. Y repite como un eco las jaculatorias breves y dulces que el anciano recita con mucha suavidad, según conviene al espíritu vibrante de la enferma. Cuando se deshace aquel grupo conmovedor, tiene el sacerdote los ojos llenos de lágrimas, y los de Regina quieren sonreir con gratitud.
Sin miedo al temporal, ofrece el cura volver pronto y se despide conmovido, lleno de lástima. Detrás de los cristales la señora le ve marchar: camina con torpeza sobre la nieve; el manteo flota mecido por un aire de nevasca, sutil y asolador, y produce rumores sordos, como de alas ó de velamen, hasta que ya los pasos del apóstol se extinguen con aterciopelada blandura en el paisaje raso y tupido...
Llegando la noche, Regina se sintió más cansada que de costumbre; cansada de la taciturna quietud de sus meditaciones y tristezas. Ya al caer la tarde le acosó á la dama un desfallecimiento profundo; y las tres mujeres que la sirven y la miman, llenas de piedad y cariño, reconociéronse inútiles para darle ánimos.
Dolores, tan penetrada como Eugenia de aquella punzante desventura, huye del cuarto de la señora con delicado escrúpulo de misericordia, como si le alcanzara un asomo de culpa en aquel duelo inconsolable.
El hecho de que Pablo, con toda su intrepidez y adhesión no lograra salvar al señorito, colocó á la pobre familia del marinero en un doble caso de pesadumbre. Desde el juez, que oyó las declaraciones del único tripulante del Reina y hasta el hermano de la víctima y la propia viuda, todos hallaron verosímil y sincero el relato lamentable; todos sabían que aquel rudo y valiente mozo trajo con Velasquín, entre la vela del yate, amortajados para siempre, su bravo orgullo de hombre de mar y su confianza en el destino.
El desconsuelo de Pablo era conmovedor. Se arrepentía con obstinada queja:
—¿Por qué le obedecí? ¿Por qué salimos solos, si era una locura?—Lloraba como un niño, y por primera vez en su vida tuvo fiebre y necesitó guardar cama. Apenas hizo entrega en el muelle de su triste cargamento, hurtándose á los brazos de su madre y á las preguntas tumultuosas del vecindario, corrió á buscar un rincón en la casucha de un camarada y escondióse, hosco y rendido, luchando muchos días con la calentura y con la pena. Cuando su robustez venció aquel violento desequilibrio nervioso, fué imposible convencerle de que volviera á casa de Regina.
—¿Para qué?—preguntó.—En el jardín no me necesitan ahora; en el mar tampoco... ¡No hago falta, no hago falta!...—repetía consternado. Por fin acudió obediente al llamamiento doloroso de la señorita. Ella quiso verle para identificarse más con la terrible aventura, escuchándola de su único testigo: anheló conocer todos los pormenores de la catástrofe para reconstruir en su imaginación el cuadro siniestro y guardarle esculpido en la conciencia, como perenne acusación contra si misma.
Al entrar Pablo en la estancia, empujado por su madre, le tendió sus dos manos la señora; y el pobre marinero, tan tímido otras veces, halló en su propia emoción una hermosa actitud de humildad y de elocuencia; cayó de rodillas delante de la viuda murmurando:
—¡No le pude salvar ni á costa de mi vida! ¡Lo juro... lo juro!...—Chispeaba el sudor de la angustia en su frente morena, y todo el cuerpo juvenil se remecía con el ímpetu de la devota confesión.
Eugenia y Marta lloraron en silencio; y Dolores, al otro lado del dintel, rompió en sollozos amarguísimos ante un dolor tan semejante al que ella memoraba toda la vida. Propensa al llanto, con esa blandura propia de las almas sensibles, no comprendía la infeliz mujer cómo aquella otra viuda, al borde mismo de la cruel desgracia, devoraba su quebranto con los ojos ardientes y los labios mudos, sin una lágrima ni una queja.
Así estaba Regina. Hizo á Pablo sentarse al lado suyo, preguntándole con prisas febriles todos los detalles del dramático suceso; y al cabo de la triste relación, mostróse muy afable con el mozo, instándole á continuar en la casa, tal vez con el secreto designio de que su presencia quedase allí á manera de clavo, fija y traspasadora, en un arrepentimiento siempre agudo. Pero el muchacho logró evadirse:
—No, no; se me hace «de mal»,—afirmó—me da en cara, señorita; más «alante», si es caso, volveré.
Y salió pesaroso, quebrantado, como si hubiera corrido otra borrasca.
Con aquella misma expresión de cortedad evitaba Dolores, en lo posible, encontrarse con la señora; parecíale que en los ojos, aun al través de lágrimas, le veía ella lucir el júbilo de que Pablo viviese; y olvidando, humilde y generosa, que también el mar la había hecho viuda, imaginaba que el resplandor de su alegría de madre era hostil al pesar de la joven. Así los suspiros y los rezos de la buena mujer rondaban en torno del aposento de Regina, como un tímido homenaje de gratitud y de fervor en tanto que Eugenia y Marta pretendían acompañarla y distraerla.
Pero hay tales inquietudes en sus esfuerzos, y se las ve tan desanimadas y confusas, que Regina recuerda, involuntariamente, la época de su desamparo y soledad, entre un niño moribundo y una mujer aturdida, allá en playas remotas...
Esta misma noche, las dos enfermeras se anonadan y confunden ante el decaimiento de la dama; van y vienen á su lado, torpes y afligidas, sin atinar con un buen remedio.
Eugenia se enjuga los ojos por los rincones, con disimulo pueril: ¿Irá á morirse también su Regina, lo que más ama en el mundo? La adicta servidora ha visto doblarse á su alrededor tantas juventudes, que una desconfianza profunda le hace temblar. A este punto, por los resquicios de los balcones se desliza una imperiosa ráfaga de viento, y el ludir de algunas puertas produce medrosa resonancia, como si por la casita montés, arrebujada en la nieve, atravesare un soplo de espanto.
Hace Marta, temblorosa, la señal de la cruz, Dolores se apresura á revisar fallebas y cerrojos; y trata de serenarse Eugenia, respondiendo á la muda interrogación de Regina:
—Saltó el ábrego... Así desnevará primero...
Aquella noticia no le interesa mucho á la señora, que se quiere acostar, débil y mareada. En tanto que la desnuda, al borde del tibio lecho, preparado con solicitud, Eugenia exclama confidencialmente:
—¡Si fuera verdad lo que don Fermín supone!...
Regina se sobresalta un instante, y murmura incrédula:
—Le engañan sus deseos, como á ti.
—Pues tiene muy buen ojo y dicen que nunca se equivoca.
—No es infalible... Yo no espero nada.
—¿Por qué, criatura?... Ya ves que los síntomas...
—Pueden obedecer á otras alteraciones de salud... Acuérdate de Spa y de Ensenada. El mismo don Fermín cuenta que es muy obscuro ese primer período... Nada espero—repite—. Y se encoge, tiritando de frío, en el confortable refugio de su cama de nogal, viejo mueble que fué tálamo de varias generaciones; que sabe de lágrimas y de suspiros; de ansias virginales y de insomnios dolientes; de vidas que surgen y de existencias que agonizan... Hoy le toca sufrir el temblor de un cuerpo joven y hermoso, cárcel de un alma toda luz y hielo; toda conciencia y quebranto...
Crece la noche y desfilan una vez más por la memoria de la viuda los acontecimientos de los treinta días horribles transcurridos desde la tragedia: allí está palpitante, la mortal inquietud de aquellas horas, cuando primero vió á Velasquín errar por la marina, solitario y tenaz, como atraído por las espumas y los clamores de la marejada, y á poco le descubrió en el Reina, solo con Pablo, en desatinada aventura; después, la espera congojosa junto al balcón, atalayando el horizonte hasta que aparece el yate á la vista, desmantelado y á remolque de un vaporcito en demanda del puerto; casi en seguida Timonel, que llega sin saber lo que dice; semblantes que gesticulan en el arrabal; Dolores que vuelve riendo y llorando y que á las preguntas locas de Regina responde al fin:
—El señorito Adolfo... viene herido...
Trata la esposa de correr al encuentro de aquella desgracia y la detienen; la empujan hacia su habitación, donde no escuche las voces de la calle: aterrada, inquiere, suplica la verdad del siniestro, y el espanto de todas las caras le responde... De pronto entra Manuel, blanco, transido, y en impulso fraternal y conmovedor, ofrece los brazos á la viuda. Pero ella, con la arrogancia heroica de quien se confiesa públicamente, grita:
—No; no me toques. Yo tuve la culpa de su muerte: le llamé cobarde y arrostró el peligro para probar que no lo era... ¡Yo tengo la culpa!...
Todos creyeron que el dolor la extraviaba; pero Manuel la miró á los ojos fijamente y huyó sin volver la cabeza... El fúnebre cortejo que subía hacia el arrabal cambió entonces de rumbo y descendió al valle... No protestó Regina de que le arrebataran los despojos de su marido, porque se consideró indigna de hospedarlos: cerró su casa á las importunas curiosidades de Torremar; abrió su espíritu á las voces de la conciencia y quedó escuchando la posa de muerte que durante nueve días rodó sobre la población en frecuentes lamentos.
Cuando llamaron á don Fermín, creyendo muy enferma á la joven, ya don Amador ofrecía su asistencia piadosa, sin que le llamaran. Ambos fueron recibidos en calidad de médicos, sin ilusiones pero sumisamente; y ambos aplicaron sus medicinas con misericordia y ternura sobre el alma y el cuerpo de la infeliz. Mientras el sacerdote procuraba reanimar aquel espíritu helado, recetaba el doctor pócimas calmantes y repetía un augurio muy dulce al oído de la mujer. Ya otra dos veces en aquella última temporada y respondiendo á las consultas de Adolfo, don Fermín calificó de síntomas de embarazo las rarezas observadas en Regina; su propensión á dormirse; sus disparatados sueños; y aquella actitud de sonambulismo que al esposo alarmaba tanto. Pero la dama encogía los hombros, en la crisis profunda de su indiferencia, diciendo vagamente:
—No puede ser.
Y al sentir de nuevo el roce balsámico de aquella esperanza, consciente ahora, segura de no merecerla, repite:
—No puede ser.
Mas don Fermín, en su reciente visita, ha insistido sobre este punto, casi con certidumbre, anunciando gravemente:
—Volveré un día de éstos y saldremos de dudas.
Un escalofrío de sagrados temores estremece á Regina cuando recuerda que el plazo va á cumplirse, y que su destino está pendiente de las palabras que el médico pronuncie. Pues aunque echó la muchacha la llave á todas sus ambiciones, como un castigo que se impuso, la profesía consoladora filtra en aquel espíritu desierto un blando soplo de ilusión, igual que el ábrego reinante introduce por hendeduras de las puertas sus audaces silbidos y sus rachas impetuosas...
En el insomnio de Regina hay esta noche un tumulto de imágenes. El cuerpo gentil que tiembla en la cama de nogal, está agitado por la fusta de muy distintas memorias... Al romper la mañana debe celebrarse, en la capilla de los Velascos, el casamiento de Ana María y Manuel; silencioso y triste como el que antaño se celebró en la parroquia; también ha de oficiar don Amador emocionado, y han de servir de padrinos una llorosa dama y un caballero melancólico; también en la penumbra una mujer llorará, de hinojos... Pero los desposados que se arrodillen entre doña Mercedes y Carlitos, los novios de esta otra mañana decembrina, van á recibir un sacramento con la frente serena y los corazones henchidos de piedad y de amor: la sublime locura de la Bella durmiente, contenida en íntimos sollozos, será ejemplo admirable de celsitud y sacrificio, allí donde la novia de Gabriel hubiera lamentado á voces su frustrada felicidad. Y si otros pesares menos ocultos enlutan el recinto y mojan de lágrimas las oraciones de la boda... bien sabe Regina quién los ha provocado, y en qué pecho repercuten con gritos de expiación. El matrimonio, en apariencia semejante al que la dama rubia conmemora en cruel aniversario, sabe ella que es en el fondo muy distinto del suyo, y admira con humildad sus nobles fundamentos: quiere Carlota partir con su hijo para consagrarse á levantar el vuelo de aquel mustio corazón, en saludable mudanza de horizontes; pero antes paga sus deudas de gratitud á la ilustre familia de Velasco y ofrece á su hija la ventura, con suprema generosidad, empujándola hacia el palacio del valle, donde siembre sonrisas y consolaciones sobre la memoria de Velasquín; consiente Manuel, devoto cumplidor de sus palabras y preclaro artífice de bellas obras, y doña Mercedes abre sus brazos temblorosos para abrazarse al «hada del Robledo» como á un providencial refugio... Peregrinos y claros le parecen á Regina estos propósitos que apenas trascienden, ocultos con humilde cautela, bajo la capa misteriosa del destino. Se tiñen de rubor las mejillas de la joven al recordar que pudo confundir lo malo con lo bueno; los intentos obscuros y egoístas, con los altos y hermosos ideales. En las rutas determinadas y frías de aquella alma, ya todos los rincones están llenos de luz; y hasta la mariposa vacilante, pálida como un cirio, que alumbra el aposento de Regina, adquiere una potencia singular á esta hora de confusiones y de fantasmas, esclareciendo la vida entera de la dama rubia.
IX
el ventalle del ábrego.—la ronda de los sueños.—un corazón que nace.—la sinfonía de la nieve.—¡amor!
Amanece; desnieva; el ábrego sacude con ímpetu sus ráfagas de otoño; baja de los montes desmelenado, furibundo, y al roce de su aliento la costa y el valle se derriten en aguas bullidoras.
En el dormitorio de Regina, la débil mariposa, fácula de pensamientos claros y tristes, crepita, tiembla y muere, mientras cauces y arroyos dan curso á la corriente con sonoro cantar. Al cristalino son, ya enervada y rendida, se adormece la dama: entran sus visiones en la niebla del sueño, y aún las alumbra un rayo frío de razón y de luz; una chispa de sol que da en la nieve; un eco de verdad que repercute en el alma. Los seres familiares, mezclados en curioso rolde con otros de fábulas y libros, huyen ante la ensoñadora, en fuga que acelera su velocidad hasta producirle á Regina mareos horribles: al principio, todas las imágenes descubre; pronuncia cada nombre del que pasa, y sabe que al través de ellos sintió curiosidad, inquietudes y codicias...; ¿amores? Mueve la cabeza negando, y á este movimiento, un malestar físico y cruel la punza en el estómago y las sienes... Tornan á girar los semblantes de la ronda, cada vez más de prisa y más lejos; gesticulan como si hablaran, pero ya la señora no los oye, y se tiene que esforzar para distinguirlos: su madre, con el pálido rostro que Regina conoce en un retrato, sonríe, sonríe... aquella expresión resignada se borra al punto, y sólo queda un perfil triste que huye; Jaime corre detrás altivo y hermoso, flotante la artística melena, y recitando coplas; le siguen Daniel, llorando; Eugenia, cansadísima; y Carlos Ramírez con dos flores mustias en el ojal: la «Bernalda joven» se enlaza con don Celso Ortiz; y Ana María y Manuel van muy contentos junto al comisionista de Alcoy, que lleva de la mano á la ninfa Aretusa, en pos de lord Byron y la condesa Guiccioli... Pasan á escape Ibarrola, el doctor Marín y Adolfo Velasco, riendo como unos locos...
Cuando el rolde quimérico da la última vuelta á los pies de la cama de nogal, en una sombra cada vez más obscura, ya en el vertiginoso remolino Regina sólo distingue á Daniel, que rompe la cadena danzante para llorar á gusto: crece su llanto como una marejada, con rumores de manantial; de pronto no es Danielín quien llora, sino doña Mercedes, con la misma voz hialina, semejante á la de un río; y al cabo no es doña Mercedes tampoco, sino «la novia de Gabriel», la que se lamenta, con lágrimas tan copiosas que ya su rumor finge el torrencial estruendo de una catarata... Al fin desaparece «la novia», pero los sones de su llanto suben crecientes á los oídos de Regina; y ya semejan ecos del diluvio, ya estrépitos del mar. Al formidable impulso de tantas aguas, la casita montés se pone en movimiento, deslizándose suavemente, acaso por un río apacible: tal vez por un lago melancólico. La dama rubia renueva sus deliciosas navegaciones por el Rhin, por el Marañón y el Napo: un momento, imagina tripular la piragua de Tlaloc, el dios benigno de las cosechas y las lluvias. Pero de repente la nave toma un ímpetu loco, salta, gira, va á hundirse en el abismo; ¡es el Reina lanzado, con todo el aparejo, entre las olas y el vendaval! La voz de Pablo, ronca y difícil, clama:
—¡Orce, don Adolfo!...
Regina, nauseando, aterrada, tiende las manos con ademán de supremo terror, y otras muy suaves, se las reciben, mientras una voz, limpia y clara como el cristal de una fuente, murmura:
—¡Animos, hija mía!... Ya me ha dicho don Amador que sufres mucho y que estás en camino de santificarte.
Levanta con fatiga sus párpados la joven: un rostro muy blanco y un velo de luto se inclinan hacia ella.
—¿Yo—balbuce—yo santificarme?... ¡Si no tengo corazón!
—¡Si le tienes!—asegura con solemnidad la señora del velo.
—¿En dónde?
—En las entrañas. Escucha... Escucha...
—¡Ah, sí; un latido muy débil, como de un corazón chiquitín, que nace ahora!...—pronuncia Regina, reconcentrándose y sintiendo un blando pulso en lo más íntimo de su ser.—¿Es de verdad?—grita buscando á la dama reveladora, que ha desaparecido.
Acude Eugenia:
—¿Qué te sucede? ¿Estás peor?
Sin contestar, pregunta:
—¿Ha venido Carlota á despedirse?
—Sí; un minuto... Dormías; te dió un beso y salió callandito... Ella y don Carlos se irán en el tren de las once...
No quiere Eugenia comentar la boda que acaba de verificarse, ni remover recuerdos que mortifiquen á su niña: descubre con angustia la palidez de aquel amado rostro, y no sabe qué decir.
Ya están abiertos los postigos: un sol resplandeciente se derrama en el aposento, arrastrándose humilde en la alfombra, escalando los muros, juguetón, y besando los pies de la cama con muchísima finura. Ha cedido el viento, y desnieva en un cándido susurro de aguas limpias y veloces, como aquella que dijo en la musa de un vate castellano:
«Era pura nieve y los soles me hicieron cristal. Bebe, niña, bebe la clara pureza de mi manantial. Canté entre los pinos al bajar desde el blanco nevero; crucé los caminos, dí armonía y frescura el sendero. No temas que, aleve, finja engaños mi voz de cristal. Bebe, niña, bebe la clara pureza de mi manantial. Allá, cuando el frío, mi blancura las cumbres entoca; luego, en el estío, voy cantando á morir en tu boca. Tan sólo soy nieve, no me enturbian ponzoña ni mal. Bebe, niña, bebe la clara pureza de mi manantial.»
En la voz de los cristalinos arroyos, escucha Regina invitaciones tan delicadas como la del poeta; romances y arrullos, arpegios y estrofas que tienen, á su parecer, el blando ritmo de un corazón inocente y chiquitín, oculto en las entrañas de la nieve.
Y así pasa una hora; la dama está mecida por el compás dulce, por el misterioso latido que siente palpitar en cuanto la rodea; silba un tren en la estación del puerto, y el aviso lejano que tantas veces oye la señora como un rumor cualquiera de la vida, la enternece y la turba, al rodar hoy entre las pulsaciones de una fibra secreta, que ha empezado á latir desde que la Bella durmiente aparecióse junto al lecho de nogal y dijo á la de Alcántara:
—Escucha... escucha...
Y cuando Eugenia, sorprendida de aquella inmovilidad, pregunta á la señora:
—¿Qué haces?
Ella responde sencillamente, con maravillada expresión:
—Estoy escuchando.
Luego se ruboriza, se aturde, y declara que quiere vestirse. Pero Marta asoma al gabinete su lindo rostro para anunciar con algún misterio:
—Aquí está el doctor.
Entra don Fermín con aire solemne, saluda y soliloquia:
—Vamos á ver... Vamos á ver...
Quédase mirando á Regina, que se ha puesto muy pálida; la pulsa, y acariciando aquella mano temblorosa con paternal solicitud, trata de entablar conversación para distraer á su enferma; refiere que el temporal le ha impedido venir aquellos días; habla del reciente cambio de temperatura, y cuenta que ha estado en la estación á despedir á Carlota y á su hijo.
—Guapo mozo—medita—y tan adicto á su madre, que da gusto admirar cómo la quiere. Por cierto—continúa, clavando los ojos en la joven—que Carlota me ha preguntado por ti con grande interés en casa de doña Mercedes... Corren por el palacio vientos favorables á tu gentil persona; y has de saber que los han levantado la de Heredia y sus hijos; buena gente, esa dama y esos mozos; ¡interesantes... muy interesantes!...
Regina atiende con síntomas de emoción, tan raros en ella, que don Fermín corta su monólogo de improviso, se levanta de la silla y repite:
—Vamos á ver... Vamos á ver...
Dirigiéndose á Eugenia, advierte:
—Separe usted los almohadones.
Saca luego del bolsillo un estetoscopio, retira alguna ropa de la cama, y, tendida la enferma horizontalmente, la ausculta, primero, con la mano; después, con el oído. A cada nuevo examen, asevera el médico optimista y perspicaz:
—Muy bien... Perfectamente... Perfectamente...
Por último, fija el instrumento en un punto determinado, y dice:
—Helo aquí; el corazón de la criatura.
—¿De qué criatura?—gime la incrédula, todavía obcecada y absorta.
—¡De tu hijo, pardiez!—pronuncia don Fermín rotundamente.
—¡Bendito sea Dios!—balbuce Eugenia, con lágrimas en los ojos.
Regina ni se estremece ni habla, presa de un estupor inexplicable. Diríase que ha reconcentrado toda su atención en un hilo que baja desde el techo y en el cual bulle, afanosa, una araña chiquitina y rubia. De pronto se quiebra el hilo, el insecto desaparece y don Fermín, al retirarse un poco, permite al sol, que ha ido subiendo por la cama, besar la frente de la madre. A ella se le mete en el pecho todo el calor del astro, y se cubre los ojos, cobardes para resistir la refulgente caricia. El doctor cree que llora.
—Sí, tu hijo—vuelve á decir, emocionado—. Y aquella frase va descendiendo con el sol hasta el alma de Regina y la llena de amorosa blandura. Se incorpora la joven sobre un brazo nervioso y moreno, abre los ojos con intrepidez á la firmeza de la luz y averigua, con la voz empapada de profundas inquietudes:
—¿Está usted seguro?
—Tan seguro—sonríe don Fermín—como de que naciste en mis manos.
Y haciendo algunas recomendaciones eficaces para la asistencia de la dama, se despide muy placentero, con el orgullo de que sus palabras han sembrado una alegría en aquella casa tan triste. Acompáñale Eugenia hasta el portal, deteniéndole allí con minuciosas preguntas que brotan como flores de la recién sembrada ilusión. Cuando la buena mujer sube y entreabre la puerta del dormitorio, Regina se ha vestido sola y está de hinojos junto al lecho, en tan reservada actitud, que Eugenia vuelve á cerrar y con un dedo sobre los labios va á reunirse con Marta y Dolores. Ante aquella señal de silencio, la casita montés quédase muda, envuelta en el rumor de las aguas y en las caricias férvidas del sol, con un aire de misterio dulce, de «escucho» peregrino. La fachada blanca y verde nunca mostró tan vivos sus colores ni tan vigilantes los ojos de sus puertas: un solo hueco estaba cerrado y ya se abrió al empuje de una mano imperiosa.
Al salir el doctor del saloncito, el primer impulso de Regina fué levantarse; necesitaba hallar en el movimiento una fuerza física donde sostener su terrible emoción; el instinto de la maternidad le sacudía bravamente las entrañas, desperezándose en ellas como un cachorro de leona, hasta romper en un bramido bárbaro y alegre, voz del alma y de la sangre, férvido anuncio de victoriosa encarnación: todo su ser se desgarraba de golpe con una mezcla de angustia y deleite, de zozobra y de júbilo; era el gran misterio de la vida, la suprema revelación de todas las ternuras concentradas en el amor más grande de cuantos amores humanos pueden sacudir el alma de una mujer.
Se vistió Regina maquinalmente y fué derecha á abrir el balcón, empujada por el afán de asomarse al mar y al cielo, á todas las visiones que pudieran ofrecerle un retrato de lo infinito.
El sol inundaba el firmamento, esclarecía los aires y descendía sobre la tierra como las lumbres de un incendio glorioso. Deshacíase la nieve en risas y lágrimas, cayendo por las vertientes y ramblares, por las acequias de los huertos, reverberando con tanto brío como si los montes fueran de plata y se fundieran todos en el crisol esplendente de la atmósfera.
Hundió la muchacha los ojos en el paisaje, miró al cielo, á la tierra y al mar con ansia de luz; y deslumbrada por los reflejos del sol encima de la nieve, sintió que en su pecho se deshacía algo también. Irguió entonces su espíritu, como un águila caudal, sobre las cumbres congeladas, sobre las nieves muertas y derretidas, sobre los horizontes flamígeros, al través de los espacios pulverizados de sol; recorrió de nuevo, con la fantasía, los cuatro vientos de la rosa, los continentes y los mares, las montañas y las riberas, los desiertos, las urbes insignes; y por encima de las aguas, de las tierras, de los neveros, sobre las selvas vírgenes, sobre las ciudades remotas, sobre la vida bárbara de los yermos, de las estepas implacables, en lo más triste y desolado del mundo, oyó el mismo grito, la misma palabra, el mismo arrebatado sollozo: ¡Amor!
Sí; el amor era el grave secreto, el secreto á voces de la vida, el motivo fundamental de todas las cosas, el sol que derrite todas las nieves. ¡Con qué elocuencia se lo decían á Regina el temblor del paisaje, el gozo de las aguas, las vibraciones de la luz; imágenes vivas de su alma en aquel recio amanecer de todos los amores!
Volvió el rostro hacia su aposento, dió algunos pasos con sorpresa inaudita, creyéndose otra mujer, mirando en torno suyo con asombrosa novedad; la cara de su madre en el retrato adquirió seráfica dulzura, mientras que en la fisonomía de Alcántara se extendía una tristeza amorosa, algo parecido á un dulce reproche, mucho tiempo disimulado detrás de la galante sonrisa. Abarcó la joven ambas imágenes con una mirada nueva, teñida de ternura; pronunció interiormente en atropello y confusión muchas frases cálidas y anhelosas; el hermoso nombre de su madre:—¡Rosario!... ¡Rosario!...—Y luego:—¡Madre mía!—Y después:—¡Mi poeta, mi amigo, mi padre!...—Sintió que una marea de lágrimas subía por sus nervios, á borbotones, murmuró:—¡Adolfo!... ¡Perdón... perdón!...;—y cayendo de rodillas, quiso rezar; mas sólo acudieron á sus labios convulsos las cándidas frases de aquella jaculatoria infantil: Con Dios me acuesto, con Dios me levanto... Y en el hipo de las palabras tumultuosas rompió á llorar como si un bloque de hielo se derritiera en su corazón. La nube de llanto arrastró á los labios de Regina, en fecundo rocío, otra plegaria:—Dios te salve, Reina y Madre, Madre de misericordia—y con asombro exquisito mezcló la miel de este saludo á la confortable amargura de sus lágrimas, repitiendo ferviente:—Madre de Misericordia... Reina y Madre...—Pronunciaba cada sílaba con sublime entusiasmo, como si descubriese las estrofas de un poema colosal.
Amaba, al fin, aquella mujer, plena y profundamente, con una maravillosa terneza en los sentimientos y una anchura fluvial en el alma. Amaba y creía, llorando por aquellos á quienes no supo amar bien; probando el refinado goce de sufrir por amor y de gozar sufriendo. Y tantas divinas novedades eran para la moza como el hallazgo de un mundo novísimo; como la epifanía de muchos soles, juntos en una sola alborada; como un despertar de alondras en el árbol del corazón...
Aquí está, lector, Regina de Alcántara: «la viajera rubia», de inverniza juventud; la mujer sabidora y escéptica; la curiosa impertinente. Sus yertos egoísmos, sus antojos, sus incertidumbres, naufragan en el río tibio y oloroso del sentimiento, que ha quebrantado, al fin, los duros témpanos de sus prisiones; aquí está en humilde postura de enamorada; reza y llora á los pies de una imagen de la Virgen con el Niño en los brazos, divino señuelo de redención y caridad; aquí está, escuchando cómo late en sus entrañas un corazoncito, que ha llenado el mundo para ella de inefables ecos.
Reminiscencias de cosas incoercibles y lejanas; atisbos de lo porvenir; efusiones sentimentales, florecen ya con suavísima contrición en el pecho y en los labios de Regina, ungiéndolos de lágrimas, embalsamándolos de fe; y su voz y su lloro suenan á besos, á piedades y á canciones, como la voz mansa y pura del agua de la nieve...