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Agua de Nieve (Novela)

LIBRO PRIMERO LA VIAJERA RUBIA (continued 2)

Reading edition

—Es menester—musita, sagaz y perversa—enterarse de todas estas cosas. Me casaré; pero quiero un novio de mis gustos, un hombre excepcional y valioso... Suspira, y añade:—Jacinto Ibarrola tal vez...

No le conoce. Ha visto en los periódicos su retrato y en ellos ha leído sus aventuras sensacionales, aureoladas con altísimas ponderaciones.

Es Ibarrola un caballero vascongado, valiente y buen mozo, con una brillante historia de heroísmo. De ilustre familia española, ha luchado por su patria voluntariamente, con arrojo que decoró su pecho de heridas y galardones. Aventurero de noble estirpe, se arriesga ahora en una exploración peligrosísima por el interior del Gran Chaco, proponiéndose remontar el Pilcomayo hasta sus fuentes originarias; intento en que ya dejaron la vida ó los propósitos varias huestes de expedicionarios.

Cuatro fecundas castas de habitantes independientes y enemigos entre sí, celan con salvaje vigilancia aquel bravo territorio, y á sus primeras tentativas de avance entre las feroces tribus, Ibarrola se queda solo en la incógnita ruta. Retroceden sus camaradas, enfermos ó arrepentidos, y él prosigue impávido su temeraria empresa.

Los periódicos del Uruguay y la Argentina consagran diariamente á Jacinto Ibarrola arrogantes columnas de laureles, y describen imaginarios derroteros por donde le suponen señor del Pilcomayo, en regreso feliz. Y Regina, que ha seguido los pasos del héroe con enamoradas admiraciones, al recobrar los bríos juveniles, después de la tempestad de sus pesares y dolencias, vuelve hacia el peregrino del Chaco las miradas curiosas, y anhelante le busca su imaginación cual si entre ambos existiese el tácito acuerdo de una cita en tal valle, en tal cumbre, en el suave declive de esta montaña, en el pliegue feroz de aquella selva, ó en las embosquecidas márgenes de esotro río... Perdida en una niebla de ilusiones llegó la joven á pensar: Sí; donde nos vimos la otra vez...—Y recordaba confusamente una entrevista suya con Ibarrola en el fondo sombrío de una hoz...

Corrieron á poco rumores alarmantes sobre la suerte del viajero. Los quinientos hombres que en socorro suyo envió el Gobierno argentino al mando de un coronel, retroceden á las veinte leguas de indagaciones por el Chaco Austral, sin haber hallado la pista que buscaban. Y según confidencias de los indios pilagas, sus adversarios en las frecuentes luchas intestinas de la comarca, los sanguinarios tobas habían dado cruel muerte al solitario español prisionero en sus tolderías. La trágica sospecha se extendió con rapidez emocionante por aquellas repúblicas, interesadas de cerca en la intrépida excursión de Ibarrola, y agitóse Regina con profundos temores de novia en duelo, igual que si su denodado compatricio hubiese hecho votos de llevarla al altar cuando rindiera vencedor aquel famoso viaje...

Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente el corazón, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda á cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plácidas, que preparando el porvenir tejía con el galante cumplidor de sus antojos, el infatigable compañero de sus jornadas inquietas. Mira en torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonríen con pálida indecisión, con melancólica simplicidad de criaturas tímidas y obedientes, almas que sólo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.

Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena allí, por la inquietud con que aguarda su aparición, Regina escaparía con presteza en busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal ímpetu aquel interés por el esforzado caballero, que la joven se detiene uno y otro día, lanzando desde el escondite de la breve playa sus agitados deseos en pesquisas veloces detrás del peregrino. Pasmados están Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje, mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de quien ella se juzga enamorada. ¿Enamorada?

Sí; Regina empieza á creer, ó al menos á dudar en el amor; y ya no se atreve á analizarle con frías razones. Se ha vuelto de improviso respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaña y la abriga y la sostiene en medio del páramo de su mocedad, atenta al eco de unos pasos desconocidos, pronta á partir no sabe adónde, cuando la realidad de aquel ensueño llegue. Su actitud es la de una desolada viajera que en estación de tránsito aguardase un tren de recreo detenido por lastimoso azar...

Harto sabe la joven de galanteos y de coqueterías, que no en vano es moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiración y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de coleccionista guarda epístolas amatorias escritas en todos los idiomas universales. Los nerviosos pies, conocedores de las más altas cumbres y de los valles más hondos, portentos de la Naturaleza, saben, también, deslizarse por los salones mundanos con un señoril donaire, de mucha gracia y atractivo.

Jaime de Alcántara, bien relacionado desde París con las legaciones españolas en los países que ha visitado, pudo presentar á su hija en la más encumbrada sociedad mundial. Galán y artista, hombre de estrados, diestro en cortesanías, hizo el papá valer en todas partes la beldad extraña de aquella niña que le servía de adorno como una flor exótica de feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecían pensar siempre en otra cosa, mientras yacía olvidada una sonrisa noble en la púrpura regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distinción la daban un aplomo que suplía á su inexperiencia en aquellos lances, y detrás de su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesía rumores de curiosidad y admiración.

Así gozó Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en espléndidas fiestas. Y no desmintió su carácter femenino mostrándose insensible á los halagos del éxito y la lisonja, sino que reveló unas grandes aptitudes para la coquetería de buen tono, y supo acreditarse ducha en el flirteo más exquisito sin previa novatada.

Pero ningún doncel de los que la pidieron un vals ó un rigodón, en su galante odisea de excursionista universal, mereció de la niña española devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto tomaban proporciones de pasión, ella deponía sus travesuras femeninas con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba á sus amadores, se encogía de hombros con indiferencia, para seguir agitando por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.

En Tánger se prendó Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el mismo hotel que la familia de Alcántara. El hijo de Mahoma parecía haber inflamado con sus candentes ojos el corazón indómito de la viajera, y cuando acaso ella vislumbra una romántica aventura de apostasía y matrimonio, cae sobre la cándida chilaba del africano la funesta sombra de una tremenda acusación política, y desaparece el buen mozo prisionero y celado sabe Alah en qué mazmorras inclementes... El espacio de una quincena había durado aquel idilio singular; pero no fué menester tan largo tiempo para que la imagen del moro pasase á un rincón de la memoria de la niña, como pasa una prenda de ropa en desuso á la percha olvidada de un armario.

Y entre los recuerdos amorosos de Regina, quedó colgado un jaique, junto al gabán de pieles de un polaco guapísimo á quien ella creyó amar, en Varsovia, lo menos ocho días... Allí en la extensa galería de tales membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y jocundos de ingleses y alemanes, pálidos fantasmas italianos, perfiles franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con vestigios varoniles de la vieja Europa.

Las Américas dieron á esta colección de apuntes íntimos un gran contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicidó desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la siguió desde California, por toda la América Central, inútilmente decidido á congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el duelo era formal, y uno de los combatientes quedó con la cara partida por el sable enemigo. Como la señorita había coqueteado un poco aquella vez, sintió el cordial impulso de corresponder á la víctima, á manera de indemnización. Mas halló tan feo al incauto con las vendas y el descaecimiento del percance, que, sin esperar á que cicatrizara la herida de aquel rostro compungido, tramontó, ligera y conquistadora, sin remordimiento alguno...

Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las ponía la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen brava y esquiva, reina de sus pensamientos.

—Esto es amor... Debe de ser amor—murmura la muchacha, deliciosamente sorprendida—; esto lo tengo aquí, clavado y doliente, hace ya mucho tiempo.

Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir aquí, apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. «Mucho tiempo» son tres meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que, desde su rincón porteño, avizora los horizontes donde ha de amanecer su felicidad en forma de aventurero caminante.

Y un día cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros, confirmada y rotunda dentro de un periódico, la tremenda noticia: ¡Ibarrola ha muerto! Los bárbaros tobas han destrozado á su heroico prisionero en suplicio salvaje.

Una misión que los españoles enviaron en socorro del compatriota, halla los restos mutilados del mártir, los identifica y los salva del abandono con veneración piadosa.

Toda la culta América se estremece de espanto al conocer este nuevo drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traición brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes á la redentora influencia de los conquistadores...

El general boliviano que fracasara en esta misma expedición capitaneando una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan inútiles esfuerzos en idéntica empresa, se obscurecieron en el olvido cuando el francés Crevaux fué asesinado al tratar de internarse en el territorio independiente. A la sazón, sobre todos los intentos de exploraciones en el Pilcomayo, quedará el prestigio de la nueva tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegación y valentía en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul, es hazaña de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores españolas que trascienden á bravura de raza, á fortaleza de un pueblo inmortal.

El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un legendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte naciones...

Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca. Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la flor del prado...»

VII

nuestras vidas son los ríos.—la cruz de los andes.—el loco de amor.—regreso á la patria.—la costa de la muerte.

Aquellas graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.

—La carne es heno—repetía y nunca duerme la Segadora...

Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se detiene»...

Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de ultratumba:

—Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...

«Nuestras vidas son los ríos que van á dar en el mar, que es el morir...»

Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar pudiera.

La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.

Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.

Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una anhelante querella que se compadecía:—¿quién me diera alas como á la paloma, para echar á volar y hallar reposo?...

Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible. Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento, la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los mulos...

Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros, en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!

A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.

La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera murmuraba implacable: Querer sin motivo, padecer siempre, luchar siempre y luego... morir...

Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un arranque...

—Aquí me quedo—dice.

Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le miraron perplejas.

—¿Por qué?—pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.

—Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.

¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares, que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.

¿Otra muerte? ¿Otra tumba?—piensa con espanto la miedosa que ayer mismo se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida altura vecina de los cielos...

Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida consumación.

En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo, enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo, escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.

Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.

Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la muchacha:

—Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...

—¿Si? Usted cree...—indaga febrilmente Regina.

—Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.

Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días y huye con Daniel, que apenas pregunta:

—¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?

—No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...

El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos tiempos azarosos.

Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad. Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud, repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de mujer, de los latidos maternales de su corazón.

La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de caricias y votos: ¡Hijo mío! Al pronunciarla siente en sus labios de doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en compasiones y desvelos de madre.

La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara, y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el infeliz pidiendo á gritos:—¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por piedad!...—Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de aquellos lamentos, y le dicen:—No hay razón; es un loco que pide un beso á una mujer. ¿A qué mujer?—pregunta.—A cualquiera, si es joven y hermosa—le responden—; está enamorado de un ensueño, y padece un horrible delirio de belleza y amor.—Impulsada entonces la viajera por una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:—¡Ah, eres tú!...—Luego pronuncia:—Gracias.—Y ahíto de felicidad, sacio y trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las ventanillas.

En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella. Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.

Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas; estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:—Dios te lo pague.—Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre enfermo: ¡hijo mío! con un desbordamiento de piedades y dulzuras que alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste humanidad, huérfana de consuelos.

—¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!—piensa Regina antes de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.—No quiero sentir—exclama—; no quiero llorar ni quiero saber.—Y se golpea las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos tentadores y amargos.—¡La huérfana de Alcántara, la viuda de Ibarrola!—piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta con enojo, casi con brutalidad, murmurando:—Ni una cosa ni otra; el poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle, únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime; búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola—conviene la viajera en su escéptico soliloquio—no era nada mío, nada; sólo le he visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor; por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco; quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte... ¡Adiós!

Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con joviales adornos de primavera se despide de la costa americana, alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos, sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.

Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí, bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.

—Tal vez la muerte se quedará también en la ribera—piensa en zozobras calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por ese sentimiento desgarrador de las despedidas.

—¿Llora usted?—la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre, responde:

—Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...

Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.—Está en todas partes—dijo.—¡Está en la vida!—Y con una impavidez martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas, en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.—Morir... dormir... soñar acaso...—repetía, tratando de asir alguna esperanza que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo hastío:—¡Descansar, á lo menos!...

Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la borda atalayando el horizonte, interroga Regina:—¿España?—Y la contestan:—Sí, Galicia, la costa de la muerte...—¡Ah! ¡Qué admirable!—dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al mismo tiempo. Y repite:—España... Galicia... ¡la costa de la muerte!... ¡Qué hermosura!...

Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan alegre turbación.

VIII

aurora de mayo.—cruces y naves.—centellica de amor.—¡ah de la ribera!

La alborada radiante de aquella mañana española vino á encender con luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de su rápida existencia.

Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante: una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...

La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:

—¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la tarde cuando salgamos para Vigo...

Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en aquella advertencia, y responde con un suspiro:

—Bueno...

Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan pacíficos sentimientos.

En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el paisaje bañado de luz.

Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le relumbran los ojos amorosamente.

Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.

Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y venturosa...

En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge, placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su mujer, enferma desde su último alumbramiento.

—¿Es usted casado?—pregunta Regina con alguna sorpresa.

Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase aquí...

Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un momento cuando murmuró:

—¡La muerte está en todas partes!—Pero queriendo, la muchacha resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para endulzarla, interrogóle con amable interés:

—Tiene usted hijos, ¿verdad?

Una parejita—contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía inclinada.

El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una hora sentimental.

Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir que «le conoce» y le juzga.

—Es un hombre apasionado y sencillo—piensa.

Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á definir más que una cosa:

—¡Linda y rara mujer!...

Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.

A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive hacia el mar.

Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:

—Es el cementerio.

Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura. Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados en el mar como arboladuras náufragas.—¡Han zozobrado!—piensa Regina, mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma de nave.

Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el insuperable pavor, todas las energías de aquella alma están vigilantes en acecho de la felicidad.

—Me conformo—dice interiormente,—me resigno á morir; pero mientras llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...

Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.

El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la travesía la cortejó sin tregua.

—Anoche me habló mucho de usted...

Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.

Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.

—¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?—se pregunta perplejo.

De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el pabellón de primera clase.

Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.

En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el doctor dice señalándolos:

—Mis nenes...

Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las manos.

El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.

La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.

Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:

—Coqueta, ¿eh?

—Interesantísima—contesta el interrogado con fervor.

Declina la tarde, dorada y silenciosa.

Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera, aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que lleva de la mano á sus hijos.

Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su regazo al son de dulcísimos cantares.

Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las cadencias de un villancico:

La virgen lava pañales y los tiende en el romero y los pajaritos cantan y el agua se va riendo...

Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.

—¡Pobre nena sin madre! murmuró.

Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña, asustada, echóse á llorar...

La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.

Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que condena sin apelación sus amorosas pretensiones.

—¿No le da á usted lástima?—pregunta el médico á la desdeñosa, señalando la fugitiva estela.

Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se empequeñece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en el oleaje de la existencia. Luego replica:

—Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.

Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se atreve á preguntar:

—¿No se ha enamorado usted nunca?

—No he podido—responde ella sencillamente después de una leve vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo seria y triste:

—Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos. Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes... ¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no soy buena.

Quédase pensativa al decir esto y añade después:

—Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueño del corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda sentirlos nunca...

Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:

—¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!

Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:

—En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete darme noticias de ellos á menudo.

Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido, pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le tiende la mano, repitiendo:

—¿Quiere usted?

Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:

—Con muchísimo gusto.

—Adiós, doctor.

—Adiós, señorita.

Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz de remotas canciones...

Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á la vida.

La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto, por una cartulina negra, que decía en letras blancas: Rafael Marín.—Doctor en Medicina.

De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al malogrado Daniel, gimieron:

—¡Por el alma del señorito!

Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con esplendidez á la camarera, que andaba rondando:

—¿Quedas contenta?—le preguntó.

Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:

—Quedo.

Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los remos.

Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como si el paisaje cayera en un sueño profundo. La isla de San Simón se hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á la luna.

Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón desierto que tiembla y clama:

—¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?

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