Adriana Zumarán (continued 4)
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Muñoz la miró con asombro. Después, levantándose, llamó con voz muy alterada a Charito y a Lucía.
—No podrían ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las cartas... parecida...
Se interrumpió de golpe y las miró, ruborizándose y como arrepentido de haber provocado una situación incómoda.
—Tenga más calma, Muñoz, dijo Adriana con dulzura. Siéntese aquí, al lado mío. Y ustedes perdónenle. ¡Ha sufrido tanto por mi culpa!
—¿Pero qué lío es este, Adriana? interrogó Charito con aire de sorpresa y de reproche.
—Ya lo sabrás, cuestión de algunos minutos. Todo se aclarará. Ya lo sabrás también tú, Lucía, aunque sospecho que también te estabas enamorando un poco de Muñoz... ¿Qué le decías, con tanto mimo, cuando yo entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor que no digas nada, que no nos interrumpas. Tú también, Charito. Venga aquí, Muñoz, venga.
Volvió él a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenían una expresión de pasmo. Nunca la había sentido más lejos de su alma, ni más inasequible. Su instinto percibía una misteriosa falsedad en aquella sumisa actitud de Adriana.
—Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosiguió ella, nos habríamos ahorrado esta interrupción tan desagradable. Déjelas conversar allí, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso tener que emplear tantos argumentos. Óiga... para no gastar palabras inútiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo algo que será una prueba decisiva de mi sinceridad.
—Adriana, deje primero que le haga una última súplica. Si no fuese verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece oír soñando, fuesen como aquellas cartas que usted desmentía siempre, después de escribirlas... o si no está segura de hablarme con sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe más yo no podría soportarlo.
—Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede la posibilidad de un engaño y todo se aclare por sí solo, voy a proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos casemos... No es el antiguo compromiso que yo exigía lo mantuviéramos secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos días. Pídame mañana a mamá... Aunque es inútil, ya le he dicho yo a mamá que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de mí. Le suplicaría que nos casáramos cuanto antes. Soy suya, enteramente suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran felicidad que soñé, que soñé tanto en estos días, y rezando delante de la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...
Dijo con exaltación las últimas frases, palideciendo. Muñoz la contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluían y de que Adriana sería suya.
—¡Adriana! ¡Adriana!
Ella se quedó como extática, cayó de rodillas, pero casi dando la espalda a Muñoz. Alzó la mirada, juntó las manos en actitud de apasionado arrebato; le caían lágrimas de los ojos fijos. Mientras pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de júbilo le nacía, como una luz, y le bañaba el semblante. Muñoz, maravillado, creyendo soñar, tomó entre las suyas aquellas dos manos juntas.
—¡Adriana! ¿Puedo creer a mis ojos? ¿Puedo pensar que esta alegría es alegría de su ternura por mí?
—Sí, Muñoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.
Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera sentía el contacto de las manos de Muñoz.
XXIV
La madre de Adriana llamó con urgencia a Ernesto Molina para pedirle consejo. Por más que siempre consideró a Muñoz un marido ideal para su hija, le alarmaba grandemente la repentina decisión de casarse con él después de haberle burlado por otro. Informó a su hermano, minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conocía.
—Tú podrías interrogarla—añadió—contigo fue siempre más "dada". Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la dejemos, que las cosas marcharán así mucho mejor, y para bien de todos. En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos más noticias de las que hubiera podido recibir un extraño. Tú comprenderás, hace tiempo he perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos últimos meses cambió mucho; se hizo muy buena y muy compañera con Raquel. Antes casi no se hablaban. No sé si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver a comprometerse así, de un día para otro, y pretender que ha de casarse ya mismo, podría significar un simple capricho. Yo no pasaría tanto cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella también. "Tú no intervengas para nada—me ha dicho hoy—si algo grave le sucede, no serás tú la que pueda remediarlo". Y así las dos me dejan con las manos atadas.
—Y por el mismo Muñoz, hija, ¿nada has podido averiguar?
—Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara. Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles. Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué piensas tú?
Ernesto Molina meneó la cabeza.
—Esta muchacha se casa por lástima.
Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.
—Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un chiquito.
—¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.
—Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede suceder.
La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.
—¿Y Adriana visita a las Aliaga?
—Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.
—¿Pero tu hija conoce aquello?...
—Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.
—Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu marido. Todos han tenido fama de raros.
—Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes de matarse por la viuda de Aliaga.
—No seas supersticiosa, hija.
—Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.
—Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy discreta...
—Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta, siempre soñando locuras.
Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando como una aureola a la cara lívida.
El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no estuviera en el orden.
Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio. No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle como elemento de juicio.
—¿Dónde está Adriana?—preguntó.
—De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la confesión.
Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que dejaban sobre su frente los cabellos lacios.
Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la retuvo.
—Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?
Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre sí misma, y dijo riendo:
—Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón. Era para usted, ábrala.
Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero de fieltro.
En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de padrino.
Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y cariñosamente:
—Tío, estos asuntos no tienen explicación.
Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la cintura y ambas salieron.
—¿Viste? Contigo también ha cambiado.
El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio. Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado. Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.
—Debemos dejarla hacer—declaró al fin—ella sabe de sus cosas mucho más que nosotros.
No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro. Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada, cerca del altar.
Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio, le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.
Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:
—Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.
El sacerdote requirió una explicación. Pero Adriana, arrepentida, repuso con indiferencia:
—Sí, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.
El sacerdote la absolvió.
Ella llamó a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana. Y allá en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del Pilar, aquella iglesia pequeña, que más de una vez, bajo el oro del otoño en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las Aliaga imaginando idilios con Julio. ¡Cómo se habían alejado de pronto, hacia una irrealidad extraña, aquellos tiempos! Ahora le parecía otra, la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del día sereno, su apariencia atónita, simple, tenía para ella algo de hostil, como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de las imágenes y las cruces doradas. Adriana apresuró el paso, con una amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento más propicio para interrogar a su hermana. Había notado que todo lo hacía como en una especie de alucinación, y comprendía que marchaba al casamiento con la muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.
Esquivando al señor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana. También ésta sentía ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se anticiparon al deseo de Raquel. Arrojó sobre la cama, con un gesto de desolación, la piel y el sombrero, y empezó a contarle, minuciosamente, lo que había ocurrido tres días antes en casa de las Aliaga. Cuando refirió cómo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato quedó muda, sin acertar con la manera de encarar la situación. Al fin, en voz baja, mirándola atentamente y como si procurase arrancarla de un mal sueño:
—Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. ¿Qué obligación es esta de casarte con Muñoz?
—¡Oh, repuso Adriana, tú no relacionas las cosas, no sabes, no te pones en mi caso!
—¡Y casarte así, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera la muerte!
—La muerte mía no, pero sí la muerte de Laura. De casarme con Julio, Laura se moriría.
—¡Cómo exageras!
—Tú no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario, hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus cosas tiene la reserva y la discreción más delicadas. Pero llena de alma como es, lo cifró todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con ella.
—En cualquier caso, Adriana, casándote con Muñoz no remediarás nada.
—¡Oh, sí!
—Julio te quiere a ti, te quiere locamente. ¿Cómo puedes imaginar, entonces, que se casará con Laura?
—En realidad, no se trata de que se case con Laura.
—¡Pero entonces cada vez te comprendo menos!
Y Raquel, acalorándose, procuró convencerla de que si ella se casaba con Muñoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio sería un desatino inútil.
Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de tristeza parecían explicarle todo lo que no podía decir con palabras.
Pero Raquel insistió, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidió que al menos postergara el casamiento hasta una semana más.
—Que no sea este lunes que viene, sino el otro.
—¿El otro lunes?
—Sí, no te pido más.
—Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...
—Te lo suplico.
—No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días, tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.
—Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?
—Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me caso con un hombre sin quererlo.
—Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te permitan cometer esta locura.
—No lo harás.
—Te juro que lo haré.
—Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mamá, que le has contado algo, haré una locura peor. Oh, no me, conoces.
—Por mi vida, por la vida de mamita...
—No, no me supliques nada.
—¡Casarte con Muñoz queriéndolo a Julio tanto!...
—Adorándolo, como no podrías formarte una idea. Por eso, si no me casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de mí, sería capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marcháramos de aquí, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. ¿Comprendes, ahora, porqué debo casarme con Muñoz?
—¡Ojalá venga Julio mismo a salvarte!
—Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabrá cuando todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura dependiera de su cariño... ¡Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que Julio se casará con Laura. ¡Qué gran tristeza, Raquel! Sin mí, Julio la hubiera querido. Sí, eso está escrito en su diario. Yo intervine, en realidad, para destruir esa dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarse con él, más adelante!
Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio había tenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que concibieran juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor ardiente.
Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de revivir imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara huía el dolor dejando una pasajera expresión de dicha sin límites.
—Óyeme,—prosiguió—no llores, no me impidas ver la verdad. En mí no se casará con Muñoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufriré mucho menos si es que puedo darme cuenta más clara de mis actos. Tú debes ayudarme. Si no me casara con Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendría que morir! ¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos, yo sería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y después los dos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para escapar al pensamiento de Laura.
Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo inquebrantable, ya no respondió una palabra.
Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día fatal.
En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a Julio. "¿Cómo es posible—pensó—que sólo ahora, tal vez demasiado tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada. Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.
—Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos tenga él esta carta.
Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo todo, le quitó la carta.
Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.
Raquel se retorcía las manos, consternada.
—¡Déjala ir!
—Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.
—A Muñoz no podrás quererlo nunca.
—Nunca, ya lo sé—respondió ella,—y si alguna vez, dentro de cinco, dentro de diez años, tú notaras que algo parecido al amor me ata a mi marido, si te dieras cuenta que el hábito me ha trabajado hasta inspirarme por él algún sentimiento real, no pongas entonces en duda que la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.
—¡Déjala ir!—gritó Raquel abrazándola y procurando recobrar la carta.
Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció sonriendo Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolvía, bajo el sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.
Tomó con efusión las manos de Adriana.
—Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá, haciendo compras para ti.
Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber llevado a buen término una obra que significaba, según ella, la felicidad de sus dos mejores amigos.
Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de alegres apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.
XXV
Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado, el jefe de la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un señor gordo, tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna parecía afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno, pobremente vestido, tenía por el contrario el semblante apático; adelantándose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en mitad de la sala y buscó, sin apuro, el folio en que debía formularse el contrato matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.
Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar. Su madre, que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante. Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.
—Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.
Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, más que nunca les hacía Adriana la impresión de una rara. Tenían la vaga idea de que ahora expiaba las consecuencias de sus fantasías absurdas. Y se miraban con un gesto de aprensión, casi asustadas.
Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo con que solía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de una novia, y por su actitud natural, casi distraída, en medio de las caras solemnes, parecía moverse en otra atmósfera. Difundía una gracia singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:—¿Han visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso a otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven ahora, con ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en sí de felicidad.
De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras formalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas palabras ininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia Adriana. Estaba resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa, sin adivinar su propósito. Los mechones del pelo lacio se le habían pegado, con las lágrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignación se pintaban juntas en su semblante enrojecido.
Pudo al fin hablar.
—¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?
Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró con fijeza; después, besándola, la empujó suavemente hacia su madre. Como si hubiese leído alguna trágica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no cambiaron de expresión para los demás asistentes, Raquel retrocedió, ahogando un grito.
—¡Qué nervios tiene esa chica!—dijo alguien en voz baja.
Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del acta, con la naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muñoz, en cambio, tomó la pluma temblando, y no pudo ocultar su emoción en aquel instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de Adriana.
Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y sirvió ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.
Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía sollozando, y Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.
Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro había desaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida como un estribillo, la dulce frase murmurada por Julio, pocos días antes, junto a la iglesia de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, viviré sin vivir". Pero esta frase no llegaba todavía a conmoverla. Porque la gravedad misma de los sucesos, había en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente eléctrica que por demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.
En el almuerzo, apenas comió. En seguida suplicó que la dejaran sola, declarando que no había dormido en toda la noche anterior y necesitaba descansar. Insistió, sobre todo, en que se marchara Muñoz. El señor Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.
Adriana se echó vestida en la cama y durmió durante varias horas. Cuando quisieron despertarla no se movió. Parecía el suyo un sueño de muerte. Sin embargo, tenía las mejillas acaloradas y junto a la raíz de los cabellos brillaban pequeñas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se había comunicado el casamiento. Contra las súplicas de Raquel, su madre logró, al fin, despertarla. Ella, con un ademán de desesperación, sin abrir los ojos, pidió que la dejaran. Escondió la cara en los almohadones y volvió a dormirse en seguida.
Soñó.
En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella salía por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio, que le murmuraba al oído palabras ininteligibles. Llegaron a la calle. Vetas de sombra temblaban sobre los transeúntes, pero ninguno de éstos se paró para ver salir el cortejo; corrían y se esfumaban como fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los árboles habían crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se sumergía en un cielo borroso.
Subió con Julio al único carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a los caballos, sin que éstos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el chasquido del látigo.
Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin duda desistiera de casarse con Muñoz. Tampoco pudo recordar las personas que habían asistido a la ceremonia; sólo tenía presente la cara del cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se parecía al sacerdote que la confesara días antes. Después de echarles la bendición se había inclinado sobre ella cuchicheándole maliciosamente al oído: "Con este no te casas por casarte".
El carruaje paró. Descendieron. Instantáneamente se vio con él en la sala nupcial. Había un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba indecisamente el moaré de los almohadones.
Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban juntos en aquella tibia intimidad, irradió en su espíritu como una gloria, sin rastro alguno de impureza.
Pero notó, sorprendida, que el traje de novia se le había desceñido por los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.
Entonces cerró los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolvía la sensación de una dicha excesiva. Ardiéndole el rubor en las mejillas, fue a sentarse en un sillón, de espaldas al lecho. Julio se arrodilló y comenzó a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sintió que su ser se diluía en una vaguedad semejante a la que había experimentado en algunos momentos extáticos, así junto a la Virgen en la iglesia de Nueva Pompeya, y le pareció que morir no sería sino prolongar por toda una eternidad la delicia de aquellos momentos. ¡Una eternidad para las manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se incorporó y la miró con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido sus mudos y apasionados deseos, le tomó la cabeza en una caricia, y se puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una adoración a sus oídos. Después la besó en los ojos y en los labios. Adriana se oprimió contra él, con un deseo dulce de morir.
De pronto advirtió con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al mismo tiempo se abría la puerta de la alcoba; asomó una cara pálida, que se puso a mirarla con triste asombro. Reconoció a Laura y dio un grito. Pero Laura, precipitándose, se abrazó a ella. Todo el decorado de la alcoba nupcial desapareció en un remolino, y la figura de Laura fue sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.
Entonces, despertando del todo, se le representó la escena de su casamiento civil con Muñoz.
—¿Me casé ya?—preguntó, con la instintiva esperanza de que no se hubiese realizado todavía la ceremonia. Pero entrando en la plena conciencia de la realidad, comprendió lo absurdo de su pregunta.
Al día siguiente, en medio de la agitación que trajeron los preparativos del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la terrible obsesión. Muñoz ahora se le antojaba un extraño, un hombre a quien no hubiese tratado nunca. Su galantería solícita la hería como una ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.
Iba la ceremonia a celebrarse, según sus deseos, en la casa misma. No hubiera tenido valor para casarse con Muñoz en una iglesia.
El señor Molina recorría, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre ella una mirada penetrante.
—¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!—murmuraba hablando consigo mismo, pero con el propósito de que ella, oyéndole, comprendiera que no le engañaba su apacible indiferencia exterior.
Adriana, sintiéndose a punto de abrazar llorando a su tío, furtivamente se retiró a su cuarto, sin advertir que Muñoz la seguía. Cuando de pronto se vio sola con él, tuvo, azorada, la tentación de huir. Dominándose, fingió que había entrado a su habitación para buscar algo en la mesita de luz. Pero él, acercándose, le enlazó la cintura. Adriana, pálida de susto, se defendió.
—¡No! ¡No, Muñoz!—exclamó sin atinar con lo que decía.—¡Si no ha venido el cura todavía!
Y llamó gritando a Raquel.
Muñoz retrocedió asombrado, inquieto. La sintió, como en otros tiempos, protegida por un gran resplandor.
—¿Vuelve a despreciarme, ahora?
Ella ensayó una explicación. Y dirigiéndose a Raquel que acudía:—Te llamé... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas mías.
—Sí, venga, Muñoz, dejémosla.... Ella es algo enferma, ¿usted no sabe?
Y le miraba seria, enrojecidos por las lágrimas sus ojos verdes.
Muñoz obedeció. Pero su espíritu se había turbado y le asaltó la antigua sospecha de que Adriana jamás podría quererle. Por primera vez, después de la inesperada confesión de amor en casa de Charito, le intrigó el apuro singular con que se habían llevado las cosas. Recordó el motivo aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras, quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna precipitación no se avenía, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmática aprensión con que había rehuido su caricia. ¿Eran desigualdades de su carácter, simples rarezas, como ella decía? Se sorprendió de no haber puesto la atención, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba Raquel. La felicidad sin duda le había traído una especie de inconsciencia, y más con el trajín de arreglar la casa en un par de días. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella había rehusado el viaje de bodas a Montevideo.
Comprendió que el golpe de la dicha imprevista le había desquiciado y sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los ojos, al fin. ¿Qué significaba aquel aspecto caviloso con que el señor Molina se paseaba, desde hacía dos horas, por las habitaciones de la casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda conversación? ¿Por qué no relataba, con su flema de costumbre, anécdotas históricas? Aquella misma mañana Muñoz le había abordado, expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por Charito.—Sí, sí, todo eso me parece muy bien, respondió el señor Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta. Luego, sacando su reloj:—Hasta luego, amigo, tengo por ahí un asuntito.
Mientras tanto el cura no tardaría en llegar para consagrar la unión, y esa misma tarde iría él con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado de viejos árboles, en las barrancas de Belgrano... ¿No lo habría soñado? ¿Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeñara y le humillara tanto y a quien durante los últimos meses no pudiera contemplar sino furtivamente, como un ladrón, en la penumbra de la iglesia del Socorro? ¿Era esta la misma Adriana que tantas veces resplandeciera para él, transfigurada, en la indecisión de una portentosa lejanía?
En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.
Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del acto religioso.
XXVI
Apenas Adriana quedó sola, después de rechazar a Muñoz, entró en su cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.
Ella palideció.
—¿Está sola?
—Sí, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la niña Laura.
Entonces, con el mismo ímpetu desordenado que pusiera días antes para resolver el casamiento con Muñoz, decidió ahora correr a casa de las Aliaga. ¿Qué pasaría a la pobre Laura? Acaso su anemia se había agravado...
—Oye, ordenó a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris, pronto, y no digas nada, tú no me has visto salir, tú no sabes nada de mí.
Dos minutos después, subiendo al carruaje, interrogó ansiosamente a la sirvienta de las Aliaga.
Esta la informó. Laura estaba en cama, muy enferma, y los médicos no lograban ponerse de acuerdo en las consultas; sin embargo, la fiebre, desde el día anterior, sin que nadie lo esperase, había cedido.
—Y ahora, niña,—agregó—quiere verla a usted, le ha entrado una desesperación por verla, le dijeron que usted se casa, pero ella porfía que no puede ser.
Por un momento, Adriana imaginó la confusión que se produciría en su casa cuando llegara el cura y la buscaran inútilmente. Pero esto le pareció de una importancia irrisoria; en su espíritu ya no había sino el anhelo de ver a Laura.
Cuando subió la escalera que una semana antes había bajado llorando, tuvo que detenerse en el rellano y oprimirse con las dos manos el corazón. Al cruzar el vestíbulo y entrar en el corredor que conducía a la habitación de Laura, la atmósfera de aquella casa en que había nacido su gran amor tan súbitamente perdido para siempre, y donde ahora acaso estaba muriendo su dulce rival querida, la envolvió como en una realidad ardiente. Le parecía de cierto modo revivir.
La habitación de Laura estaba ahí, a pocos pasos.
Había en toda la casa un silencio de muerte. Sacándose el anillo de Muñoz, sin saber por qué, se volvió a la sirvienta y le pidió en voz baja que lo guardara.
Parándose en el umbral, suspensa, lo primero que vio fue la cara de Laura hundida en el blanco almohadón. Sentado a la cabecera de la cama, Julio tenía una mano de la enferma entre las suyas. Una arruga vertical en la frente y las comisuras contraídas de sus labios, revelaban insomnios y noches en vela. Contemplaba a Laura adormecida.
Carmen, en medio de la habitación, preparaba un remedio mirando la copa al trasluz. También era otra, Carmen: parecía más crecida, más mujer; la aflicción persistente le había borrado del semblante la expresión infantil.
Adriana tuvo la sensación viva de todo lo que se había llorado en la casa durante la espantosa semana transcurrida. Y se sintió oprimida, avasallada por aquel dolor común. Volvió Carmen hacia ella, muy dulcemente, los ojos enrojecidos bajo la hinchazón de los párpados.
—¡Qué bien has hecho en venir!—dijo con la voz abatida y al mismo tiempo tierna, sin interrumpir la preparación del remedio.
Al oír hablar, Laura se incorporó, retiró vivamente su mano de las manos de Julio y tendió los brazos a su amiga. Adriana se precipitó, la besó una y otra vez, y parecía no tener caricias bastantes para aquella pobre cara devastada por la pasión y por el sufrimiento.
Laura sonreía.
—¡Qué miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, ¿sabes? Me agravé más porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muñoz. Es un cuento, claro está; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino así, me afligió como no puedes darte idea. Tú has de casarte con Julio, todo eso que leíste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a explicar...
Carmen la interrumpió, para hacerle tomar la medicina ya preparada.
—Y no hables tanto, ahora; volverá a subirte la fiebre.
En esto bajó Zoraida para pedir a Julio que hiciera compañía a la abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban inútiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacían para darle a entender que no tenía gravedad el estado de Laura. A toda costa quería que la bajaran en una camilla.
Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplicó, por el contrario, que la dejaran con él y con Adriana, pues entre los tres debían resolver un asunto aparentemente difícil pero muy sencillo en realidad. Era necesario aclarar toda mala inteligencia.
Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sería contrariarle aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el día anterior.
Adriana, que no había mirado a Julio una sóla vez, declaró a Laura que su casamiento no era un chisme, que se habían ya unido civilmente y que era ésta, por otra parte, la única solución que convenía.
Laura se incorporó, la miró con un gesto de sorpresa; una sombra de fastidio pasó sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que parecía, más que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonrió con incredulidad.
—Tú quieres engañarme. Piensas que esta mentira podrá contribuir a curar mi anemia. ¡Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera cierto, eso no haría sino empeorarme. Precisamente te llamé para impedir que te comprometieras con Muñoz.
Fue inútil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez más incrédula, seguía burlándose.
—¿Y quién es Muñoz? ¿Tiene algo de común contigo, al menos? ¡Hacerle a Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propósito lo adivino, pero no tiene ninguna razón de ser, porque Julio no es para mí sino un amigo, como tú. Óyeme: en un tiempo tuve celos, sí, te lo confieso. Ya lo habrás leído en mi diario... Y a propósito, ¡qué picardía la tuya y la de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!
—Perdóname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la verdad.
—Para mal tuyo y mío.
—No, porque todo ahora se arreglará. Tú te casarás con Julio; demasiado sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.
Ambas rivalizaban, así, en el deseo de sacrificarse, y no parecían reparar en la presencia de Julio. Después Laura alternativamente los miró.
—Ustedes, prosiguió, son ahora para mí dos amigos, los quiero con un mismo cariño. Mi pasión, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos de que me case con Julio son así absurdos. ¡Ah! Pero por favor, pónganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la cabeza a cada rato.
Julio se levantó, la cara tranquila bañada en lágrimas, y obedeció.
—¡Y llora!—exclamó Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo llorar. Tú lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.
Adormecida por aquella mansa charla, Adriana se puso a pensar que junto a ella, anegado en la misma pena, estaba el hombre elegido por su corazón. Brillaron en su espíritu los maravillosos recuerdos. Se vio con él en la salita apartada del Museo, bajo el cuadro de la maja provocativa, y después de la intimidad de las citas que de tan mala gana les proporcionara Charito. Se representó también las graciosas actitudes de Lucía Moreno, con sus grandes ojos llenos de fina sensualidad y de malicia; y luego vio la ruidosa escena en que Carmen escapara al vestíbulo y arrojara a las manos de Julio el diario de Laura. Y esto y todo un tropel de imágenes pasaban ahora como a trasmano de su vida; porque al renunciar a su dicha, había renunciado también al deseo de la vida y del mundo. El casamiento con Muñoz era eso, un acto de renunciamiento. En verdad no se arrepentiría nunca de su decisión. Pero su alma se llenaba de amargura por la idea de que aquella separación hubiese ocurrido con tan áspera presteza, sin el consuelo de una despedida.
Y a él, ¿qué pensamientos le llenaban ahora el alma? Adriana se hubiese acercado a enjugarle el silencioso llanto con largos besos de ternura, para unir esta tristeza de su amor ya imposible a la piedad inmensa que le inspiraba su amiga enferma.
Ya se entraba la tarde, una de esas tardes templadas, casi tibias en mitad del invierno, que suelen suceder a una semana de frío intenso. Comenzaba a oscurecer. A través de los cristales y sus cortinas blancas, entraba con el crepúsculo una luz tan azulada, que el aire de la habitación y las caras se revestían de su azul.
—Y ahora—dijo Laura después de un silencio—les pediré un favor, muy en serio. Quiero que delante de mí, ahora que todo está explicado, y para que no haya entre nosotros ninguna cosa ambigua, se den los dos un abrazo de reconciliación.
Ambos quedaron inmóviles. Pero Laura insistió, suplicó, y al fin tendió hacia Julio su mano, voluntariosamente. Entonces él obedeció. Sintió Adriana repentinamente que el mundo y la misma Laura se desvanecían ante la realidad de Julio que acercaba a la suya la cara querida, como en el vivo sueño de la víspera. El exceso de la emoción la hizo palidecer, y oprimirse como un pájaro aterido. Le tomó él la cabeza entre las manos y la besó. Pensaron ambos que ya no volverían a verse nunca. Entonces se abrazaron con abandono, y ella apoyando la mejilla en la cara de Julio, sólo sentía un deseo dulce de morir.
En ese momento acudieron precipitadamente Zoraida y Carmen.
—¡Ha venido un hombre, no sabemos quién es!
El desconocido visitante estaba en el vestíbulo. La sirvienta, que no había podido detenerle, trajo la tarjeta. Leyeron el nombre: "Ricardo Muñoz".
Se le oía pasear en el vestíbulo.
—Ha sospechado que estás aquí, dijo Zoraida, pero es de todos modos un atrevimiento. Y dirigiéndose a la sirvienta:—Dile que no estamos para nadie, que hay enfermos.
Adriana se hincó de rodillas y escondió el semblante entre las ropas de la cama.
—¡Ahora lo sabremos todo!—dijo Laura con resolución.
Y contrariando la actitud de su hermana, llamó gritando tan alto como pudo con sus débiles fuerzas:
—¡Muñoz! ¡Señor Muñoz!
—¡Estás loca!—exclamó Zoraida azorada. ¡No podemos dejar que entre aquí!
Pero ella siguió llamándole.
—¡Entre, Muñoz!
Apareció, su cara se iluminó también con la indecisa claridad azul. Traía el cabello revuelto y miraba con extravío a las muchachas fantásticas. No cambió su expresión a la vista de Adriana, ni pareció sorprenderle la presencia de Julio.
Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se acercara. Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer pronunciar una frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad infantil.
—¿Podría la sirvienta—dijo Muñoz al fin—acompañarla a su casa?
—¿Por qué, señor?—le preguntó Laura.—¿Usted no sabe que Adriana quiere a Julio?
—Cállate, Laura, por piedad, interrumpió Zoraida, no sabes lo que dices.
—No, déjame hablar, él comprenderá, necesito explicarle.
—¡Te subirá la fiebre!
—Zoraida, déjame hablar, te lo pido.
—¡Te subirá la fiebre!
—Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la desesperación me matará. Aquí hay un verdadero contrasentido. Considere un momento, señor Muñoz, que Adriana sólo se casaría con usted por la compasión que yo le inspiro y es capaz, para llegar a este fin, de haberle fingido que lo quiere.
Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad diáfana, mientras Muñoz, adusto, con los ojos bajos, apretándose las manos, parecía aguardar, impaciente, que ella concluyera.—¡Y no se conmueve! continuó Laura. Los hubiera visto un momento antes de que usted llegara. ¡Con qué pasión dolorosa se besaron, obligados por mí!
Sacudido por estas últimas palabras, Muñoz se adelantó, sin responder a Laura, y tocó el hombro de Adriana. Pero su gesto autoritario no correspondía al verdadero estado de su espíritu. Temblaba de inquietud, y la noticia que tan bruscamente le daba Laura, el beso a Julio, sólo alcanzó a herirle la imaginación.
Su amor propio había muerto, estaba dispuesto a pasar por todo para conseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se habría humillado hasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al mismo Julio que intercediera para convencerla. Porque la deseaba.
Pero ella obedeció, ajustándose el sombrero para marcharse.
—¡Cómo!—exclamó Laura sorprendida. ¿Usted pretende imponerse? ¡No! ¡Déjela! ¡Perverso! ¡Pícaro!
Adriana acalló sus palabras con una caricia, y luego hizo a la sirvienta seña de seguirla. Y salió, después de besar, rápidamente, a Zoraida y a Carmen. Sus pasos y sus sollozos resonaron en la escalera del vestíbulo.
Muñoz, saludando, se retiró también.
Laura había enmudecido, dándose cuenta de que los dos eran ya, efectivamente, marido y mujer.
A través de los cristales entraba todavía el resplandor de la luz azul, pero ya muy velado por la indecisión que ponían las tinieblas. Julio estaba otra vez a la cabecera de la cama, y tenía una mano de la enferma entre las suyas. El rumor de la ciudad llegaba en el silencio como la resignación de una lejana queja. Y la cara de Laura, sobre la blancura de los almohadones, parecía diluirse cada vez más en la penumbra azul.
EPILOGO
Se llevó a cabo, tres días después, la ceremonia del casamiento religioso. Adriana dejó que su madre y su tío dispusieran todo lo que a la situación convenía. Hubo que buscar a otro sacerdote, porque se negó rotundamente a consagrar la unión el que la primera vez viniera en balde. Muñoz ni siquiera pidió cuenta a su mujer de la huida a casa de las Aliaga. Y comprendió, ahora, aquellas palabras de Julio que tanto le habían intrigado: "La parte de la tierra ha de corresponderte a ti".
Laura, trasladada a la estancia, comenzó a mejorar, excitada por el sol y el aire áspero del campo. Pero tuvo una recaída y murió. Acaso no vino a sostener sus débiles fuerzas una suficiente voluntad de vivir.
Las Aliaga volvieron a la ciudad y al cabo de un año Carmen aceptó a José Luis Aguirre, aun cuando la persona de éste no coincidía con su secreto ideal... Pero al fin, menos apasionada que la pobre Laura, más resignada a la realidad del mundo y enseñada, además, por la verdad que parecían realmente encerrar los extraños temores y presentimientos de Zoraida, había cesado de cifrar esperanzas en el peligroso amor. Fingió por eso la común alegría de las novias y se casó. Como luego, poco a poco, su imaginación cesó de volar a las nubes, y por otra parte José Luis, aunque siempre presumido, era un marido excelente, concluyó por hallar en el mundo la relativa felicidad.
Adriana y Julio no volvieron a encontrarse. Viajó él por Europa y al fin se estableció en España.
Un día Eduardo recibió de él una larga carta y se la leyó a Zoraida. Con relación a su amor con Adriana y a la muerte de Laura sólo contenía estas palabras: "No te asombre mi silencio sobre las tristes cosas pasadas. El alma humana tiene una capacidad limitada: durante aquellos días apuré todo mi poder de amar, de gozar y de sufrir. No me quedan más que sombras de sentimientos".
En el chalet rodeado de viejos árboles, sobre las hermosas barrancas de Belgrano, Adriana vive desde hace años retraída, encerrada, y contra todos los ruegos de Muñoz rehusa cualquier ocasión de mostrarse en sociedad. Ha esquivado relacionarse con las gentes que habitan los chalets vecinos. Como Julio, sólo tiene sombras de sentimientos.
El matrimonio equivale para ella a la paz de un retiro conventual.
FIN