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Adriana Zumarán (novela)

Adriana Zumarán (continued 2)

Reading edition

—¿Yo resentida con usted?... ¡Oh, no, no!

—Es una pena.

—¿Una pena que yo no esté resentida con usted? Explíqueme, Julio.

—Es tan difícil explicar... Ciertas ideas, las más íntimas, no podrían expresarse sino por un esquema pueril. Por eso la melancolía de conversar con alguien que podría comprender lo que por desgracia no sabemos explicar: vamos deplorando, al cabo de cada frase, que lo realmente significativo de la idea se quedó en el corazón.

—Pero en fin: ¿usted preferiría que yo estuviese disgustada? Por favor, dígamelo así en esquema.

—Sí, preferiría eso, para poder atribuir su resentimiento a una mala inteligencia; en cambio, ahora ya conozco que su frialdad sólo viene del ningún deseo de reanudar aquella amistad de algunos minutos, cuando nos encontramos aquí hace un año, amistad que sólo en la imaginación mía pudo seguir persistiendo.

Adriana, para demostrarle que tampoco ella había puesto nada en olvido, le repitió algunas palabras que dijera Julio en aquella ocasión. Y se maravillaba de su propia sinceridad.

—¿Sabe usted, agregó, que me dejó sorprendida la seguridad suya cuando se puso a imaginar el elogio de mi alma?

Y le pareció advertir de nuevo, como entonces, que brillaba el amor en la mirada de Julio. Pero ambos callaron, suspensos de la música de Zoraida, que se hallaba en uno de sus momentos de exaltación.

El motivo de Beethoven jugaba con cierta gracia infantil, sus frases líricas parecían caminar sobre el teclado, frescas, ligeras, y acariciaban el oído sin despertar inquietud. Después las notas se precipitaban, límpidas, luminosas, con algo de ansiedad, y en el aire se iba formando una idea musical, pura, serena y como desasida de su mismo origen sonoro. Las límpidas notas, súbitamente contenidas, tornaban en dulce murmullo. Ahora el motivo era un alma, con la palpitación del ritmo pugnaba por subir, vacilante, a las regiones inefables. Se agitaba su vuelo en las alturas, como una alondra. Y por momentos, en la poderosa dilatación del sonido radiante, parecía a punto de alcanzar el júbilo de una maravillosa revelación.

Pero luego las notas decaían, las bellas frases se enlazaban más lánguidas, la imagen de la dicha moría en un radio de sombra, y ya sólo podía oírse la tierna resignación del amor vencido ante la irremediable lejanía de su ideal ultraterreno.

De pronto, en medio de su tristeza, el mismo motivo musical se reavivaba, con la gracia de un hermoso niño que despierta olvidado de la causa que acababa de adormirle llorando; y volvía a su encanto de las primeras notas, ágiles, ligeras, para luego agitar de nuevo en el ritmo sus alas de esperanza. Y otra vez el alma de la idea lírica ascendía cantando, como una alondra.

Cuando terminó la sonata, ambos quedaron un rato en silencio, oprimidos por ese inexplicable deseo que la música infunde, de una dicha excesiva, superior a la condición humana. Ella echó sobre Julio una rápida mirada; estaba un poco pálido y tenía los ojos húmedos, absortos en ella; sus palabras, al reanudar la conversación, tomaron el dejo humilde.

En esto apareció Laura. Al verles hizo un vago gesto, como si hubiese querido retroceder. Pero Adriana se levantó, fue hacia ella, rápidamente, y le oprimió las manos tanto que Laura contuvo un grito. Entonces, con actitud de azoramiento y de lástima, besó una y otra vez aquellas manos, sin alzar los ojos. Daba las espaldas a Julio y seguía sintiendo sus palabras humildes penetrarle en el alma como una larga caricia.

VIII

En esa misma semana tan llena de emociones, volvió a la estancia de su tío para buscar a su madre, que decidió instalarse definitivamente en la ciudad. Fue por la mañana y pasó el día con sus parientes. La notaron cambiada, muy abstraída. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rezó con su tía en el oratorio.

Sus dos primas la observaban, mirándose luego con cierto aire de asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese también su punto censurable. A Fernando, que de allí a poco debía emprender un viaje a Europa, le habló en tono afectuoso, pidiéndole no dejara de escribir con frecuencia, y ayudó a su madre, muy solícita, en el arreglo del equipaje. Su tío relataba anécdotas sobre un político de gran actuación fallecido el día anterior.

—Yo lo traté mucho—decía—y pocas personas he conocido tan finas y tan amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el país. Era tan atento que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de través en la rodilla). Un día, él entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros amigos, cuando entró, después de anunciarse, un jovencito provinciano, muy tímido, con una carta de recomendación. El ministro le tomó la carta, la leyó, le prometió un empleo. Después, por halagarle, se puso a conversar un rato con él. "Yo era muy amigo de su papá—le dijo—persona muy distinguida, por cierto, y cuando murió hube de hablar en su entierro". Esto no era verdad, lo decía de puro amable. El jovencito, naturalmente, se sorprendió. "Señor, mi padre no murió aquí, sino en Montevideo", "Ah, tiene usted razón,—contestó el ministro—en Montevideo, sí, lo recuerdo muy bien, por eso no hablé".

Adriana fingía atender las crónicas de su tío. Pero sus pensamientos volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su anhelo se perdía en presentimientos confusos, su espíritu se transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella había tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fáciles y comunes recursos de seducción y le aterraba la sola idea de que él pudiera interpretar como coquetería alguna actitud suya.

Al caer la tarde, un break las llevó a la estación del pueblecito cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distraída, se dejó besar en las mejillas.

Cuando hubo arrancado el tren, corrió la ventanilla, para evitar el aire frío, y al través del cristal, que se humedecía con su aliento, se puso a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con un ligero esplendor de oro. Hileras de álamos surgían y se precipitaban al paso del tren. Se desteñía el cielo como un inmenso lavado de acuarela, dejando abajo, en su límite con la tierra, una cinta de vapor azul. El sol, descendiendo, ofuscó los ojos de Adriana con sus largas flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulación de la campiña. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un chalet; y su ventana, bajo el triángulo de tejas, fulguraba como una planchuela de oro. El sol se dilató; era una gran ascua redonda que perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la llanura, cruzó por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la inmensidad lívida, una pequeña nube, un encaje de luz rosada y pura, se irisaba como una maravillosa concha de nácar.

Del alma de Adriana huían los pensamientos mezquinos y sus ojos se abismaron en la tristeza del firmamento pálido. Las cosas pasadas en aquellos días surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en el sitio donde había desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con Muñoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado diálogo interrumpido por Laura...

Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el recuerdo de los años de su infancia. Pero la sintió lejos, inconmensurablemente lejos. Parecía escapar como una crisálida convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo irremisiblemente perdido para su corazón. Contempló su propia silueta infantil diseñada como una figura de relieve cubierta de polvo en su recuerdo. Y vio también a Raquel, de seis años, otra figura, otro relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de lágrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitación donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los golpes de Adriana, abría un medallón que llevaba al cuello con el retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que papá vea lo que tú haces". Después, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no corría para pegarle, sino enloquecida de súbita piedad. Y llegando las dos a un corredor oscuro, se abrazaron con ímpetu, consternadas hasta el llanto por aquella penosa evocación de la sombra paterna. Entrecerrando los ojos, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventanilla. Y entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente. Inclinándose juntas, se secaron las lágrimas con el ruedo del vestidito negro. Y volvieron a mirarla, más adustas, Raquel con sus claros ojos verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados. ¿Asombrados por qué? Una amargura indecible pasó por el alma de Adriana. La visión se borró.

Y quiso recordar otros años aun más lejanos. Sin duda tuvo entonces un geniecito encantador y alegre; esto se lo decía un retrato suyo en que aparecía una chiquilla regordeta, graciosísima, que inclinando la cabeza con malicia, adelantaba un piececito y escondía las manos tras la espalda.

Había también una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto, muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante infantil. A los once años entró ella en el internado religioso y no le vio más. Porque a poco él moría en las sierras de Córdoba. Su imagen, después, se le presentó siempre circundada de fría penumbra, entre los pliegues de un sudario, mirándola con sus ojos inteligentes, tristes, velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestión de este recuerdo, solía leer aquel poema francés en que un amante muerto sale melancólicamente de la tumba, llama a la habitación de su amada y murmurándole palabras de lúgubre ternura, la lleva consigo al cementerio.

Y ahora, con aquella meditación de crepúsculo, junto a su madre silenciosa y recogida también en sus recuerdos, se puso a musitar el primer verso del poema:

"Pourquoi pleures-tu petite Christine?"

Imaginó ser ella misma, en la media noche de invierno, la heroína del poema, y repetía sus tristes y tiernas palabras:

"Mon fiancé dort sous la noire terre, Dans la froide tombe il rêve de nous. Laissez-moi pleurer, ma peine est amère, Laissez-moi gémir et veiller, ma mère, Les pleurs me sont doux".

Y al recordar los versos que seguían, la escena descripta se destacó vivamente en la penumbra de su ensueño:

"La mère repose et Christine pleure, Immobile auprès de l'âtre noirci. Au long tintement de la douzième heure, Un doigt léger frappe à l'humble demeure: Qui donc vient ici?"

Y afuera la voz del amado:

"Tire le verrou, Christine, ouvre vite: C'est ton jeune ami, c'est ton fiancé. Un suaire étroit à peine m'abrite; J'ai quitté pour toi, ma chère petite, Mon tombeau glacé."

Adriana sintió suspirando y con una secreta exaltación de júbilo que dos lágrimas le ardían bajo los párpados:

"Oh mon fiancé, souffres-tu, dit elle, Quand le vent d'hiver gémit dans le bois, Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle? Pauvre ami couché dans l'ombre éternelle, Entends-tu ma voix?"

Su júbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales del poema, todo su corazón acompañaba el arranque de fidelidad apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver solitario a la tumba:

"Non! je t'ai donné ma foi virginale, Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas? Non! je veux dormir ma nuit nuptiale, Blanche, à tes côtés, sous la lune pâle, Morte entre tes bras!

En aquel momento su madre empezó a hablar para hacerle reproches, en una letanía lamentable. Estaba inmóvil, con las manos entrelazadas y los ojos aflijidos y fijos. La luz del crepúsculo esfumaba su cara y su pelo en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueños; y perdida en la remota nostalgia se repetía las palabras dolientes del poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en su visión interior bajaba con ella al sepulcro, besándola sobre los ojos; y entre la masa negra de los cipreses, huía el sudario del otro.

De pronto, en una brusca caída a la realidad, la sacudió el traqueteo y el ruido más fuerte del tren. Un "rápido" pasó por la vía paralela disparando un silbato estridente; y la mancha momentánea de los coches osciló en la penumbra del paisaje rayándolo confusamente. Ahora era un paisaje sombrío, todas las cosas exaltaban sus formas como una fantasmagoría. Techos y árboles sobrenadaban en la indecisión de la llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto de oro. La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató. Bóvedas y torrecillas paralelas crecían, parecían moverse, lentamente, hacia el vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas junto a la vía, asomaban rápidamente, y cada una, al pasar, parecía volcarse en la penumbra. El tren corría a la altura de los tejados ceñidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de pobrerío se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva sórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas informes y de vida precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una armonía la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.

El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación jadeante: atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta. Había cruzado el puente en pleno día, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios, entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le pareció pasar por sobre una enorme sierpe de púrpura deslumbrante, que bajo el crepúsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura fantástica, y sorbía en el horizonte la luz de sangre.

Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío confuso que el tren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y una iglesia lejana se diseñó como una miniatura gótica estampada en el cielo pálido; Adriana creyó oír algunos toques de la campana, llegando hasta ella en una vibración imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su música como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las manos. Un gran deseo de purificación la dominó; y en este generoso arranque que subía desde lo más íntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoció una semejanza con la irradiación suntuosa y triste que derramaba el cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visión de aquella luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un prodigio bajo sus ojos atónitos.

La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea, parecía hacer a su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella, arrodillarse en la penumbra más vaga de su nave pequeña y llorar a solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.

IX

Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer. La anciana hizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le acariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad en su modo y en toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traía el vago resplandor de una belleza apagada por el tiempo.

Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo común se absorbía completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para ella se reducía a sus nietas todo el pálido presente.

Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la suntuosa y maciza cómoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra época los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas agrietadas, los rasgos expresivos de las caras habían comenzado a borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud bajo lo anticuado del atavío, parecía velada de pesadumbre, como por la conciencia larga de la muerte.

La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego, evocando poco a poco sucesos que se referían a la familia de Adriana:

—Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu madre; me festejó en un tiempo.

La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó en el recuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las frases que le habían murmurado, más de medio siglo antes, en una fina declaración de amor, que su memoria resucitaba con la imaginación del salón lejano, las figuras ceremoniosas del minué, su propia linda imagen de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.

Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez ocurría que así se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez avanzada había atenuado mucho su sensibilidad, le había comunicado una especie de indiferencia para todas las cosas, y también para sí misma, porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.

—Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces él se casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá; era también muy bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a mí, cuando se acordaba de aquellos festejos. Sí, y él se quedaba callado. Sabía disimular muy bien.

Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa ingenuidad senil.

—Tomaron una casa muy linda,—continuó—en la calle de la Piedad, junto a la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?

—¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.

—La echaron abajo hace tiempo, abuelita—dijo Zoraida. Ahora viven en la calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.

Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con sus baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y recordó también las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las plantas del patio florecían y sus hinchados pétalos, próximos a marchitarse, tomaban un color avinado...

—También la casa en que vivíamos nosotras la han echado abajo, explicó Zoraida.

—¿Es posible?

Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:

—Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló un ramo de diamelas. Josefina se reía, pero no creo que le gustara mucho. Ah, ¡qué ricas diamelas!

Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en una milagrosa reaparición.

Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus amigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas, como el suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengaño de amor.

Recordó el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas y todo un profundo pasado parecía asomarse desde la región del olvido, varias generaciones cuyos individuos se habían ido extinguiendo, con las ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una época muerta; salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos mensajes de amor jamás develados, música de serenatas despertando la calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no había un vestigio de aquella época, la anciana sobrevivía en un presente ruidoso, cuyos ecos sin interés para ella solían llegarle, sin embargo, por la conversación voluble de sus nietas modernas.

Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre las cabezas de Adriana y las Aliaga.

Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que había evocado la anciana.

—¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.

—¡Bah!—respondió Carmen—todas nosotras somos lo mismo, aunque no queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.

Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.

—Lástima—dijo Zoraida—que Julio no haya oído las historias de abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.

Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma. ¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?

Carmen interrumpió a Zoraida.

—¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre todo. Porque todos los hombres...

Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad. Pero prosiguió:

—Sí, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que nadie puede sacarle nada. La festejó un tiempo a Elisa Jiménez.

Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque casi no tenían con ella relación de amistad.

—¿Elisa Jiménez? No es muchacha para enamorar a Julio—repuso Laura casi en voz baja y como distraída.

—O entonces alguna señora casada—sugirió Carmen, mirando de nuevo con aquella expresión sonriente y confusa a su hermana mayor.

—¡Camucha!—le gritó ésta.

—Tal vez—continuó Carmen—está enamorado de alguna de nosotras... Un mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene interés... Después yo he notado...

Pronunció con ligera ironía estas palabras y se detuvo un instante, mirando a Laura con malicia.

Como Adriana advirtió que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la conversación, le tomó rápidamente las manos: "Óyeme, óyeme,—murmuró—te preguntaré una cosa". Pero no tenía idea de preguntarle nada y sólo, sí, el propósito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de Carmen.

—Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...

—Cuando habla contigo también—replicó Laura—Julio siempre mira así.

—¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?—preguntó Carmen como maravillada.—¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.

Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su amiga una broma amable.

Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación. Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de alguien que estuviera completamente solo.

Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu de Adriana un ancho rastro de pena.

X

Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.

—Sí—opinaba Carmen—pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.

—¡Sí, tal vez!—murmuró Laura como atribuyendo una significación extraordinaria a la idea de Carmen.

—¡Bah!—intervino Zoraida—abuelita es demasiado sencilla para eso. Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué piensas sobre eso?

—Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra guardándose la tristeza de no ser comprendido.

Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota pasión de aquel antepasado.

—De todos modos—volvió a sugerir Carmen—el amor en los tiempos de abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible entregarse completamente a la ilusión divina...

—Hoy también—murmuró Laura a media voz.

—¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro—replicó Carmen aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...

Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una torpeza irreparable.

—¡Camucha!—gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor punzante.

Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un arrimo.

—¿Pero qué dijo Carmen?—preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no alcancé a oír.

Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara, exclamó con desesperación:

—¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José Luis!

Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó, sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.

—Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.

—No—replicó Carmen—fue por la impresión que le hace siempre acordarse de José Luis.

—Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien interpretarlo así.

—Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre piensa que tú has deshecho su felicidad...

Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.

—Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida, tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...

Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía sonreír dulcemente a Laura.

—¿Por qué no vas al comedor?—murmuró.—Yo voy a dormirme ya.

—No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te quedas tan apenada.

—Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza procurando sonreír.—De todos modos,—continuó—no podría ser sincera sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!

—¿Buena?—Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía sentir que Laura era su única amiga.

En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia. ¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos hablándola al oído.

—Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?

Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.

Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual, y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado silenciosamente.

—Te voy a contar todo—dijo en voz baja y con el índice sobre los labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura me mataría si llegara a saber...

Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:

—Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares. Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo, seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían. ¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse, aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.

—¿Y te enamoraste de alguien, también?

Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.

—No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura, esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?

—Puede suceder, Carmen.

—¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible! Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente. Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras. La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de humano, ¿será el más verdadero?

—Después te diré, no te interrumpas,—repuso Adriana.

—Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas. Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo Zoraida!

Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos que se enlazaban desnudos a la almohada.

—¡Pobre Laura!—concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva José Luis, todo podrá remediarse.

Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna piedad.

—¿Y Julio?—preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad, dudando sobre la intención de la pregunta.—¿Hace tiempo que es amigo de ustedes?

—Unos tres años.

Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera podido tocar sin sobrecogerse.

—Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre papá...

Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido, en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.

—¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...

Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.

—¿Zoraida? ¡Por Dios!

Adriana se confundió:

—Te quería preguntar...

—¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después... cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses... ¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!

—Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.

—¡Cómo te imaginas!

Y nunca más hablaron de ello.

Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos, y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada, vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.

Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el claror de la luna.

Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su alma ante la inminencia del gran amor.

XI

"He prometido a Muñoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni quiere ir, después de las incomprensibles actitudes tuyas. Además, creo que pretende, con todo derecho, saber si en realidad estás dispuesta a cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde, sería oportuno vinieras lo más temprano posible. Así en seguida le hablo por teléfono a Muñoz. No creas que me haya dado él la misión de convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu inconsecuencia; sólo me emplea en este caso, como sincerísima amiga suya que soy, para obtener una entrevista naturalmente definitiva.—Charito".

Adriana leyó esta esquela y fue temprano, según los deseos de Charito. Pero en seguida le pidió que no llamara a Muñoz. Se sentía poco dispuesta para resolver tan grave asunto:

—Tú comprendes que yo empezaría por hablar alocadamente, como la otra vez, y toda reconciliación sería ya imposible, porque se trata, según creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...

—¡Decir—exclamó Charito—que las muchachas inteligentes y lindas como tú están destinadas generalmente a casarse con hombres de espíritu vulgar! ¡Y tú también habías de perderte así, por tontera, por falta de reflexión! Yo estoy segura de que a Muñoz lo quieres en el fondo; no podrías dejar de quererlo.

—¡Ah, en el fondo...!—repuso Adriana distraída.

Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para qué había venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmósfera de pasión y de encantamiento, la compañía de su "leal amiga" era algo que carecía de significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito, como la familia de su tío Ernesto Molina y como su madre misma, no tenían conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenían las innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana, devoradas por ella, agitadas como muñecos en la constante preocupación de figurar.

La conversación de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.

—¿Y qué haces?—proseguía.—En ninguna parte se te ve ahora. Las mañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este año. Podrían verse allí todos los días; no queda un solo banco desocupado y en las avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de claros colores.

Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito, a quien no faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchándose hablar.

En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía acompañada de su profesora, Mlle. Ivonne, que le servía al mismo tiempo como dama de compañía. Lucía era, para Adriana, un ser mucho más interesante que Charito. Muchacha de unos diez y nueve años, elegantísima, alegre de carácter, llena de gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba en los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte de malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la imaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se divertía, sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no podía comprender, en las muchachas del país, "la falta de lógica y la conducta atolondrada".

—Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para enseñarme idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de papá, que tampoco me sirven para nada.

Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía imitando la pronunciación extranjera, y con el mismo tono de severidad.

La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones de literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido, pero con la condición de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.

Cuando media hora después entraban en la sala de calcos, Adriana creyó soñar: de pie, con la atención reconcentrada en una escultura griega, estaba Julio.

—¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró involuntariamente.

Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón. Y como Lucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó, suplicándole viniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de allí observarle a sus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando saliese de su contemplación!

—No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que allí ves, lo quiero y lo querré toda mi vida.

La miró Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su amiga la humillara con esta inesperada confesión. Y mientras Lucía Moreno rehusaba sentarse, alejándose hacia la sala vecina, con la señorita Ivonne:

—¿Julio Lagos? No te hará caso, sé que es amigo de Muñoz, amigo íntimo.

En ese momento Julio se volvió y sus ojos se encontraron con los de Adriana. Pareció mirarla sin verla. Iluminándosele la cara, la saludó. Adriana sonrió a Charito, a manera de una seña para hacerle comprender a él que podía acercarse. Lo presentó a su amiga, quien le recordó que habían sido ya presentados, algunos meses antes.

Lucía se acercó también, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en los ojos. Conocía a Julio de vista y por oídas. Tomó en seguida una actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoyó en ella con dejadez familiar, lánguida. Parecía advertirle que reconocía en él a una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la conversación sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero observando de pronto que entre éste y Adriana había "algo", puso una graciosa cara de susto y su gesto parecía pedir a Adriana, buenamente, que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del todo, quiso que la señorita Ivonne y Charito les dejaran conversar aparte.

Pero Adriana retuvo a la señorita Ivonne, fue con ella a ver la escultura que había contemplado Julio y leyó la inscripción: "Psyché".

—Mírela bien, Adriana,—dijo él acercándose. Es una figura de absoluta perfección material; las líneas de la cabeza y del rostro parecen sometidas a esa noción del arquetipo que inspiró a los griegos la ciencia y la armonía. Y su realidad artística, material, se desvanece, se pierde bajo una idea superior, como si la perfección visible fuese un simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.

—Eso está todo en la expresión, ¿verdad?—preguntó ella procurando interpretar el pensamiento de Julio.

—Sí, eso "se siente" en la expresión de las líneas y en la actitud, que revelan el rostro invisible, íntimo... Los griegos realizaron sin violencia tales prodigios por una extrema sutilización de las facultades artísticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la época moderna los escultores procuran también revelar espíritus y símbolos, pero sólo logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y así sus obras son casi siempre una caricatura. Nuestra época es incapaz de alzarse hasta la religiosa sabiduría helénica. Inútilmente algunos grandes espíritus han procurado enseñarla. Sus lecciones son voces solitarias, vagamente oídas. En cambio han nacido y prosperado, para interpretarla, teorías monstruosas. Se cree que los griegos adoraban "sobre todo" la materialidad y la forma. Pero éstas eran, evidentemente, simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plástica intermediaria para ascender al arquetipo místico. Hasta se ha establecido una oposición imaginaria, absurda, entre el pretendido materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y éstos se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los más grandes aspiraron, de la noción helénica, la divina placidez que había de irradiar en sus Vírgenes y en sus ángeles de amor; pero abrumados por la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que lo pone en armonía con el movimiento de las esferas. El culto de una belleza absoluta y única, irradiando más allá de las apariencias, y en cierto modo más allá de los dioses, infundió en los artistas de Atenas la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries oscuras en una violación innoble y pedantesca de las leyes eternas, las leyes que hicieron coincidir las líneas expresivas con el alma, así en esa suave Psyché.

—C'est peut être juste, c'est peut être juste, dijo Mlle. Ivonne, procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseñanzas de la Université des Annales que ella frecuentara en su país.

Lucía Moreno se había acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar de sonreír. Examinó la Psyché con cierta curiosidad respetuosa, procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribuía.

—No miremos, Lucía; nuestros ojos son demasiado modernos—dijo Charito irónica, advirtiendo el encanto con que Adriana había oído al rival de su amigo Muñoz.

Pero Adriana no pensaba. Se sentía feliz, indeciblemente feliz, y experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensación de ser "otra". No tenía deseo de intervenir en la conversación y besaba, de vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de la sala, le parecían reposar.

Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.

Y Julio también era otro. Ya no tenía aquella vaga tristeza en el semblante distraído, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantería, no solamente para con ella, sino también cuando se dirigía a Charito, a Lucía o a la institutriz. Esta, considerando que tenía ante sí a un interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refirió a la alta educación que recibían las niñas en los liceos de París y criticó lo decorativo y superficial de la enseñanza en los colegios de Buenos Aires.

—Et même le Sacré Cœur ici, et même le Sacré Cœur, m'a t-on dit.

Después se empeñó en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el arte. Julio condescendía. Entonces, entusiasmada, pasó del modernismo a otros temas, requiriendo a cada paso la opinión de Julio con la misma pregunta:

—Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?

Y de vez en cuando se refería a Lucía, pero hablando en español para hacer notar el concepto inferior en que la tenía:

—¡Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en los estudios serios. Y ella es inteligente, señor, pero aquí las niñas no tienen afición, porque están muy mal educadas. Ellas no tienen base, señor, no tienen base.

Sin embargo, la severidad de sus opiniones no reñía con cierta bondadosa transigencia en asuntos sentimentales. Y así, como Lucía le hiciera comprender el mutuo interés que tenían Adriana y Julio, desapareció instantáneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras llamó con modo muy ostensible a Lucía y a Charito.

—Y el señor Lagos, agregó, puede acabar de explicar a la señorita Adriana la escultura griega.

Ambos entraron en una de esas salitas que están a trasmano.

Había allí una luz atenuada, tranquilidad más íntima y sólo tres o cuatro cuadros de gran tamaño. Inquietud, dicha sobresaltada se apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubría poco a poco los objetos próximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento, como las flores del mantón, pero se anegó también en la misma irrealidad fantástica.

No podía hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se sentía demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin testigos, en aquel delicioso rincón de soledad. Y Julio mismo, al fin, le pareció revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales habían conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tenía de nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la había sorprendido algunos días antes. Y toda su persona parecía rendirse a ella. Para ocultar su emoción, Adriana contemplaba fijamente el cuadro de la maja provocativa.

Cuando oyeron a Lucía que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede para advertirles, Adriana se levantó.

—¿Vienen ya?—preguntó él con un tono de ingenuidad desolada.

—Sí, adiós,—repuso ella abandonándole la mano. Sin saber por qué se despedía así antes de que llegaran las otras; y le miró, no ya con la gracia de sus ojos un poco atónitos, sino con una súbita expresión seria, dulcemente seria.

Y la atmósfera de pasión que ella respiraba en casa de las Aliaga, la abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre suicida por amor, todo seguía atrayendo sobre ella una impalpable influencia.

XII

Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como lejana blancura en sus recuerdos.

Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes, asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra con rocío del cielo.

Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo; interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.

En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria, bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País, trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en sombra.

Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el campanario—la cúpula redonda esmaltada de azul,—parecía asomarse con indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera, lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio, donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo largo del claustro.

Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la Virgen.

Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.

En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la cabeza echada hacia atrás, abría la boca en un estertor de agonía cruel. Se pensaba, al verlo, que retenía un lamento entre los labios inmóviles.

La visión de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente durante horas enteras, solía por la noche frecuentarla bajando del nicho y caminando sobre las baldosas frías del corredor solitario. Adriana entonces, arrebujándose, llena de una conmiseración desolada, se dormía llorando por Él con amargura indecible.

Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio común, se notó su ausencia. La buscaron inútilmente en la capilla, en la oscuridad del jardín, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el ángulo del claustro, parada sobre una silla. Tenía un brazo apoyado encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca entreabierta. Las monjas se acostumbraron, después, a verla inmóvil, al pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atónita. Si entonces alguien venía a hablarla, respondía ella con una dulzura extrañada, volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicación.

Llegó a enamorarse tanto de Jesús, que la aterraba de piedad el motivo que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella, redimida también por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te pido una sola cosa, Jesús de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefería permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del infierno, antes que aprovechar con tanto egoísmo, para conquistar la gloria, sus sufrimientos de Redentor.

Le parecía inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincón del claustro sin advertir el gran dolor de Jesús. Un día, sin poder contenerse, llamó a una monja que era su maestra, se oprimió a ella y le señaló el Cristo. La monja se persignó devotamente.

—Fíjese, hermana, insistió ella con ansiedad, Jesús parece que grita.

—Hijita, sí; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alejó con la indiferencia habitual en todas.

Aquella noche Adriana soñó que las monjas se hallaban reunidas en un confuso salón, iluminado con grandes arañas, y bailaban formando cuadrillas al compás de una música sorda y lenta, pero que estallaba de repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las monjas giraban vertiginosamente y las arañas se sacudían echando sobre ellas los cirios. Luego, bruscamente, la música paraba y cada monja quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hábito descotado y reían como locas; pero al mirarse los brazos desnudos enrojecían tanto, que de los párpados hinchados les brotaban gruesas gotas de sangre. Una legión de diablillos, azules y rojos, caracoleaban por el aire como chispas de fuego.

En medio del salón, expuesto a una burla general, vio al pequeño Cristo que se cubría la cara con las manos y a escondidas le hacía señas de súplica. Las monjas, para no tropezar con él mientras bailaban, se recogían el hábito y le saltaban por encima. Pero Adriana no podía protegerle; la hermana cocinera la tenía abrazada, empeñada en darle el pecho. Adriana apartó la boca con horror, se despertó sin respiro, bañada en sudor, paralizada por la angustia.

Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la cubre.

A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie, se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y le preguntaba, acariciándola con dulzura:—¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no le reza al Señor?

—No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.

Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba perdida para el cielo.

Más tarde su carácter se hizo irónico.

—¿Ustedes son peladas?—preguntaba riendo a las hermanas.

Y las amenazaba con arrancarles la toca.

Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón. Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande, cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.

—¿Por qué no vas a ver?—dijo Adriana a una de sus compañeras.

—Tengo miedo...

—¡Bah! iré yo.

Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y volvió con una expresión maravillada.

—¿Cómo está?—le preguntaron.

—¡Pelada!

Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente, abrieron la cortina.

—¡Jesús!—gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había desvestido aún.

Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.

Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa, hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.

Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron conocer otro mal sentimiento: el rencor.

Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.

XIII

Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca tenía, como de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero inútilmente aguardó de Adriana una pregunta que le diera pie para replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonreír o mirarla de soslayo, distraída, porque aquel mutismo de Charito, sin preocuparla, le permitía abandonarse a la encantada dulzura de sus propios pensamientos.

Al fin Charito no pudo contenerse:

—¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han traído el cuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. ¿Te imaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te dijera...

Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se guardara las palabras más duras.

Adriana seguía mirándola, distraída.

—Tan luego tú, Charito,—dijo con acento amistoso—tú tan seria, tan incapaz de una incorrección, darte cita con varios muchachos. ¿No comprendes que nadie podrá creerlo?

—Lo creen y lo repetirá todo el mundo.

—Todavía de mí, que era una coqueta... que soy una coqueta... Óyeme: no te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenían la cita conmigo.

—Puedes estar segura que yo no cargaré con la culpa.

—¡Ah! pero tú misma, concluyó Adriana acariciándola, has acabado por convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los varios éramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergüenza.

A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana esquivaba la entrevista con Muñoz y en cambio la había obligado a hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejercía sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas juntas, según Charito la censuraba y le imponía consejos que eran siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario, obtenía de ella, sin parecerlo, todo lo que quería.

—Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, tú me harás un gran favor.

—¿Pero no has conseguido acaso verte con él aquí, en casa? ¿Quieres una prueba mayor?

—No te enojes, Charito querida, y escúchame... También lo veo en casa de las Aliaga y es allí donde empecé a quererlo, tú lo sabes. Sin embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes antipatía a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un cálculo para alejarme de ellas...

—Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.

—Lo sé, lo sé... pero entonces yo sí he calculado, te lo confieso. Sería difícil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqué ahora voy con inquietud a esa casa. ¡Y si supieras qué cariño les tengo! A Laura la adoro. No sé lo que daría por verla dichosa... Laura Aliaga es mi mejor amiga.

—¡Ah, tu mejor amiga!

—Exceptuándote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero verlo en tu casa.

—En fin, ¿qué nueva prueba pretendes de mi amistad?

—Óyeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda, por la noche...

—¿Por la noche? ¿Y dónde quieres verlo de noche?

—En el teatro, Charito. Ha empezado la temporada de ópera y tú sabes que voy, en las noches del primer turno, con Raquel y Fernando. Julio va a la platea para verme, pero naturalmente apenas hay oportunidad de hablar. Además, puedo encontrarme con Muñoz y esto sería desagradable. Yo pienso ceder mi butaca a Fernando para que él invite a otro amigo, o puedo dártela a ti...

—¡Pero si yo estoy muy bien en el palco nuestro!

—Para que tú la regales, Charito. No me interrumpas. Ya verás que te pido un pequeño sacrificio... Como de todos modos no coincide el turno tuyo y el mío, quisiera que tú, alguna vez, me acompañaras a la cazuela.

—¿Pero con qué objeto? ¿Qué haremos las dos en la cazuela?

—Para hablar más libremente con Julio.

—¡Estás loca! ¡A la cazuela no pueden ir los hombres!

—Si me interrumpes a cada rato será imposible explicarte. En el piso de la cazuela hay una confitería, y a esta confitería pueden entrar los hombres.

—¡Ah, y tú quisieras...!

—Déjame concluir, Charito. Iríamos juntas tú, Lucía Moreno y yo. Julio se acercaría como un amigo común...

—Basta, eso de mí no lo conseguirás nunca.

—Atiéndeme, Charito.

—Es inútil, no insistas. Puedes entenderte con Lucía; también a ella le gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas que a mí no me gustan nada, por cierto.

Adriana no respondió y se quedó mirándola con la anterior actitud distraída. Después, suspirando con resignación:

—Tendré que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...

Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder. Por otra parte, quería seguir vigilándola. Pensaba que tarde o temprano aquel entusiasmo por Julio acabaría y sería llegado entonces el caso de devolverla al amor de Muñoz.

Sin embargo, su enojo no se había calmado.

—¿Y por qué no te visita en tu casa? ¡Puesto que Muñoz también te visitaba!

—Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio". Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muñoz. El presente que vivimos es conforme a mi corazón.

—Pronto te desilusionarás, porque te enamoras con la misma facilidad de Lucía,—le replicó Charito.

Pudieron verse así con más frecuencia. Algunas noches, por favor especial de su amiga y ruegos insistentes de Lucía Moreno, hallaban ocasión de conversar, después del primer acto, durante todo el resto de la función, en la confitería de la cazuela. Entonces se quedaban casi completamente solos. Los mozos, junto al mostrador, contaban dinero y hablaban en voz alta. Del vasto teatro les llegaba el eco prolongado de un canto, seguido de aplausos que morían en un súbito silencio. Y estos intermitentes rumores de la invisible multitud que palpitaba tan cerca de ellos, contribuían a darles la sensación de hallarse circundados por una suave y amorosa quietud. Adriana escuchaba a Julio con abandono. Le parecía que sólo un tenue velo de dulzura separaba sus almas.

Luego, terminada la función, aparecían Charito y Lucía. Se despedían de Julio en un rellano de la escalera, para que Raquel y Fernando, que las esperaban abajo, no descubrieran el secreto de aquella singular decisión de preferir la cazuela a la brillante sala iluminada.

Al día siguiente, si la mañana era templada, iban al paseo de Palermo. La señorita Ivonne les acompañaba también, empeñada en proteger el amor de Adriana. Experimentaba un placer de reflejo, porque aquella pasión dichosa le hacía recordar un idilio suyo, cuando ella en París era una linda estudiante del Liceo.

Adriana solía preguntarse, sin embargo, si la apasionada humildad de Julio correspondía íntegramente a un sentimiento real, y si no habría exageración, acaso vaga ironía en sus palabras tan rendidas, tan espontáneas y semejantes, a veces, a la confesión que pudiera hacer un niño. ¡Qué no hubiera dado, en tales momentos, para penetrar siquiera por un instante el alma de Julio! Cierto pesimismo se insinuaba a veces en su corazón, tanto más penoso cuanto mayor era su júbilo cuando pensaba que él la quería.

A veces intentaba decirle con sinceridad lo que sentía. Cuando su expresión titubeaba, las palabras de él venían al encuentro de su idea y le daban forma, hasta en sus más velados contornos; era como si ya conociera Julio toda la intimidad de su alma. Ella recordaba entonces, por amorosa comparación, el amanecer de invierno en el internado religioso. Se levantaban todas las colegialas para la misa del alba, y en el templo, a oscuras todavía, tres o cuatro cirios echaban un amarillento resplandor, que relucía en el reborde de algún candelabro o temblaba sobre la cara llorosa de la Virgen. Cuando la luz de la mañana comenzaba luego a esparcir un color avinado, las figuras de las vidrieras místicas eran vagos fantasmas diseñándose apenas y por querer tomar colores en la sombra. Ella se recogía, embargada por la emoción religiosa, y quedaba por largo rato apoyada la frente sobre las manos juntas. Cuando levantaba de nuevo los ojos, las altas vidrieras se habían iluminado, y sus imágenes de esmalte resplandecían, con las túnicas azules y rojas y las bellas caras en éxtasis, circundadas por el oro de las aureolas.

Así le esclarecían las palabras de Julio sus ideas íntimas, y pálidas figuras dormidas se incorporaban como atónitas en la penumbra de su espíritu.

Y sintió un gran deseo de ella también encantarlo. Cierta maravillosa inspiración, a veces, movía sus actitudes y dictaba sus palabras; le parecía convertirse en un ser más perfecto, más ideal, difundir de sí misma una gracia nueva, plegarse su persona completamente al secreto ensueño de Julio; y tenía la sensación de revestirse, para él, con un pasajero pero incontrastable hechizo de milagro. También en tales momentos, cuando se sentía con la posesión de esta fuerza seductora, radiante, ¡qué no hubiera dado por penetrar el alma de Julio, a fin de conocer cómo lo iba ella enamorando!

Eran ya las dos de la madrugada. Sola en su dormitorio contiguo al de Raquel, sin desvestirse, sentada al borde de la cama y la luz velada con la pantalla, Adriana dejaba que su imaginación se sumergiese completamente en la delicia de los momentos extraños pasados con Julio. El presente era por cierto, como se lo había dicho a Charito, conforme a su corazón.

Le parecía vivir en una transparente y maravillosa eternidad.

Y ahora Raquel dormía, la pobre Raquel que no olvidaba, ciertamente, la perversidad de Adriana, y que no había vuelto a hablarla desde la ocasión del penoso diálogo en casa de su tío.

Ahuyentando esta idea penosa, siguió divagando; algunas frases de Julio que tornaban murmurando a sus oídos, le hacían el efecto de una pura y permanente adoración.

¡Qué diferencia con las emociones experimentadas cuando comenzó su relación con Muñoz! Recordó un día en que éste le besó la mano con beso tembloroso, ardiente, de hombre enamorado que quiere imponerse por la audacia, y sólo despertó en ella un sentimiento hostil y ofendido... ¿Llegaría jamás a ofenderse, en cambio, cuando Julio le besara la mano con su modo distraídamente humilde? Adriana sintió algo semejante a la sensación de irrealidad que le sobrevino algunas veces, en la paz conventual, cuando se ponía de rodillas ante el Jesusito del claustro.

Le pareció, de pronto, que se transportaba en cuerpo y alma a una región ideal. Pensó en el milagro de la Asunción. ¿"Estoy loca"? se dijo con un sobresalto dulcísimo. Y era tanta la ligereza, la volubilidad de su divagación, que le pareció subir oscilando, suavemente, como la Virgen, bajo una claridad de gloria.

La trajo a la realidad, de pronto, un gemido de Raquel. Acudió corriendo, sobrecogida por una compasión inenarrable. Encendió la luz. Raquel, que solía tener pesadillas penosas, lloraba ahogada por la angustia; pero cuando Adriana se abrazó a ella y consiguió despertarla, por largo rato no pudo substraerse al terror de su sueño. La agitaban ligeros sollozos, y los hermosos ojos empañados por el llanto, miraban sin comprender. Adriana le acariciaba los cabellos, y murmurando palabras de cariño, procuraba apaciguarla.

Repentinamente cesaron los gemidos de Raquel: vuelta a la conciencia de las cosas, su mirada continuó fija en Adriana, con la misma extrañeza, con el mismo estupor. Porque a medida que se sustraía a la influencia de la pesadilla, iba apoderándose de ella una sorpresa profunda ante la dolorida solicitud de su hermana. Le parecía otra. No acertaba a explicarse aquella compasión que le transformaba tan singularmente la cara, ni aquella mansa ternura de toda su actitud, ni aquellas desconocidas caricias.

Pensó, por un momento, que había salido del sueño terrible para entrar en otro, muy plácido, pero igualmente irreal.

Adriana, en tanto, entendiendo todo lo que decían, a través de las lágrimas, los ojos asombrados de Raquel, recordó las veces que se había complacido en humillarla. El remordimiento, un remordimiento íntimo, amargo, le llenó el corazón. Su antigua maldad le pareció incomprensible. Y lo que más daño le hacía era la persistencia muda de aquella mirada de los ojos verdes en la carita cubierta por el desordenado cabello. Era evidente que su pobre hermana no concebía en ella la bondad.

Entonces, movida por un impulso ardiente, tomó entre sus manos la cabeza de Raquel. Una ternura inmensa la avasalló, hasta quitarle el respiro. Y se puso a sollozar, hablando, con la voz entrecortada.

—Perdóname, Raquelita, perdóname. Ya sé que no tengo ni el derecho de pedirte perdón. Cuando debí hacerlo, te insulté. Sí, he sido contigo demasiado mala. Ya no lo soy. He perdido todo mi orgullo odioso. No, no me mires con ese modo asombrado. Si supieras todo lo que sufro y todo lo que he sufrido en estos días, pensando en mi maldad para contigo. Pero ya no volveré a cometer bajezas, Raquelita... Escúchame... te acuerdas cuando... murió papá... y cuando yo te pegué... cuando...

No pudo continuar, se ahogaba.

Y las dos, abrazadas estrechamente, se pusieron a llorar, comprendiéndose, reconciliándose, abandonadas al imperio de una de esas emociones que son como revelación repentina de una verdad generosa, y derraman su bálsamo de dulzura sobre las inquietudes y los sinsabores de la vida.

XIV

Charito hablaba con su madre y Lucía Moreno sobre una rifa de caridad, proyectada y organizada por ella para contribuir a las obras de un pabellón en el asilo taller de Nueva Pompeya.

Adriana y Julio alcanzaban a oír, con intermitencias, la animada charla.

De pronto Charito enmudeció. Momentos después aparecía ante ellos, confusa, mirándolos, sin acertar a explicarse; procuró sonreír y se sentó en una silla, casi al borde. Pero en seguida hizo un ademán de sobresalto y se levantó, indecisa. Había en toda su persona esa nerviosidad contenida y esos modos inopinados de quien procura hacerse comprender por alguien, con el temor de que otros, presentes, puedan advertirlo. Pero Adriana apenas volvió hacia ella sus ojos distraídos.

—¡Voy, mamá, voy! exclamó Charito con un gesto de desesperación, para llamar la atención de Adriana.

Esta repentinamente adivinó. Oyó la voz de Muñoz, miró a Julio consternada y se levantó oprimida por un sentimiento de vergüenza y desazón. Jamás había hablado con Julio de Muñoz. Tuvo tentación de despedirse y escapar por el vestíbulo. Pero la llamaron. Entró temblando al salón.

—Aquí la tiene usted, dijo con su habitual tono distinguido y amable la señora González, dirigiéndose a Muñoz.

Adriana, lentamente, fue a tenderle la mano, pero en seguida murmuró, ajustándose el sombrero con nervioso apuro:

—¡Qué tarde es! Ya no podría quedarme un rato más. La hora se me pasó, mamá me espera... Muñoz, tenemos que hablar, ya sé; le avisaré a Charito para encontrarnos una tarde aquí. Adiós, adiós.

Julio, retenido un minuto por Lucía, la vio salir como huyendo.

Tanto había conturbado a Muñoz la aparición momentánea de Adriana y tan lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no le reconoció en el primer momento.

La señora González celebró que ambos jóvenes fueran amigos y luego deploró que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.

—Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, añadió dirigiéndose a Muñoz—y esto le sucede por andar tan perdido de aquí, donde se le aprecia y se le quiere tanto.

Lucía la tomó aparte para que pudieran hablar Julio y Muñoz, pero dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de curiosidad.

—¿Tú la conocías, entonces?

—Te lo dije aquella vez, repuso Julio.

—No lo recordaba.

—Te dije que la conocí en casa de las Aliaga.

—Creí que bromeabas, que te querías burlar de mí. No me lo dijiste muy claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime, dejando este ridículo asunto mío, ¿has vuelto a encontrarte con aquella muchacha que también conociste en casa de las Aliaga? ¿De quién se trata, al fin? ¿Has vuelto a encontrarte con ella?

—Sí, he vuelto a encontrarme con ella.

—¿Dónde?

—Allí, en esa misma casa, volví a verla muchas veces, respondió Julio con dulzura.

—¿Y ya te habrás enamorado? Recuerdo, sin embargo, que te proponías no hacer nada para volverla a ver.

—Nada hice. Pero la quiero, ahora, mucho más que a mi vida misma.

—¿Y si ella te dejara?

—Nada haría para retenerla.

—¿Y eso cómo se explica?

—Pero si dejara de verla, lo mismo me daría morir. Ya no habrá nunca otra mujer en mi corazón.

—Pero no dices quien es. No, no importa... De modo que tu "flirt" con Adriana no tiene mayor importancia. Sí, ya comprendo, cosa de poco momento. Es ella, sin duda, la que te ha obligado a festejarla. La has encontrado aquí, por casualidad. El mismo caso de Castilla. Y volviendo a la desgracia mía... ¿Viste cómo apenas me tendió la mano? Es cierto que me dirigió una de esas miradas que siempre tiene para enloquecerme a su gusto. Apuesto la vida a que también a ti te ha mirado alguna vez así... y a Castilla... Te apuesto la vida.

Una vena azul se dibujó en las sienes de Julio y la serenidad de su semblante desapareció por algunos segundos.

—¿Aceptas la apuesta? insistió Muñoz. Yo voy a que del mismo modo angélico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. Sí, no tiene importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece divino, pero que no lo es. Volviendo al corazón mismo de nuestro asunto, debo decirte que no me habló ella nunca de las Aliaga, de esa familia que tú idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. ¿Y hace tiempo que vienes aquí, a esta casa?

—He venido dos o tres veces, a lo sumo.

—¡Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... ¿Para qué te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace años... porque entonces estaría seguro de que la conoces en su maldad íntegra, y que ya la desprecias ahora. Yo soy el único que debe sufrir la condenación de quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.

Siguió un silencio largo. Muñoz, después de titubear visiblemente, durante algunos segundos, le exigió, en forma muy categórica, su opinión sobre Adriana. Y luego que Julio expresó, tranquilamente, una idea opuesta a la suya, se irritó sobremanera. Discutieron. Julio terminó pidiéndole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones hechas por su amigo.

—¡Qué quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy exquisitas mujeres porteñas que nadie conoce, finamente disfrazadas de superficialidad, pero mucho más sutiles que las mujeres de otros países. Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... ¿No confiesas tú mismo que Adriana suele hacerte la impresión de un demonio divino? Piensa un poco...

—En fin—le interrumpió Muñoz—¿qué me aconsejas?

Hizo esta pregunta clavándole una fría mirada. Julio tuvo un gesto vago y se levantó.

—Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la pasión mía, creo que desistiría.

—No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... ¡La que no dejará entrar a otra mujer en tu corazón es Adriana!

—Sí, no he de negártelo.

—Bueno, todo esto carece de importancia. Tú y Castilla y todo el mundo están en la misma situación. Contigo hará lo que hizo conmigo. Te repito que es una mala muchacha, y si hoy encuentro a Castilla le daré un abrazo, de todo corazón. Y tú serás también un cobarde y un desdichado. Ya te ha mareado. El diablo debiera llevársela.

Se quedaron callados, Julio quiso despedirse. Lucía, acercándose, le retuvo, mientras parecían sus ojos preguntar a uno y a otro: "¿Y cómo han arreglado el asunto estos dos rivales?" Brillaba con tanta evidencia la curiosidad amable en sus lindos ojos, que Charito, impaciente, la abordó con un tema trivial, el primero que se le ocurrió.

Julio, como distraído por una preocupación, volvió a despedirse.

—Es una lástima, le dijo Lucía en voz baja, para no ser oída de Muñoz; ahora que no está Adriana para acapararlo como hace siempre, ahora que una podría hablar con usted, se va tan en seguida.

Pocos minutos después, acompañándole con Charito hasta la escalera del vestíbulo, su mano enguantada, mientras él descendía, le saludó por encima de la barandilla.

—Adiós, Lagos... es una suerte que se haya usted enamorado de Adriana... y yo de otro. Porque si no sería usted capaz de gustarme... Y reía deliciosamente, en tanto que Charito, tapándole la boca para que no prosiguiera, la reprendía en voz baja.

—Te pareces a Adriana; en esto son las dos igualitas.

Cuando ambas volvían al salón, Lucía confesó encantada:

—Yo me reía, sabes, pero más por disimular, porque te juro, dejando las bromas, que Julio me gusta.

Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprendía que cambiar los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difícil. Al mismo tiempo aumentaba en su corazón la animadversión contra Julio. Y acercándose vivamente a Muñoz:

—Quiero hablarle con sinceridad, exclamó, a usted, a mi mejor amigo, para quien jamás tendría una doblez. ¿Es o no verdad que soy su amiga más buena y más leal?

—Sí, ya lo sé, Charito, respondió Muñoz haciendo un esfuerzo para sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.

—Y bueno, prosiguió ella con tono conmovido—yo nunca he comprendido esa pasión suya por Adriana.

—Pero, Charito, ¡si ella es monísima! intervino Lucía.

—Tú no sabes lo que hablas. ¡No es una muchacha que merezca tanto! Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetería y apariencia.

—Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.

—¡Ah! No vaya usted a suponer, Muñoz, que quiero hablarle mal de Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha inteligencia natural, y un espíritu cultivado. Pero tiene defectos fatales. Yo no creo que ella pueda ser garantía de felicidad para un hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como yo... No nos engañemos, Muñoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz de constancia, llena de caprichos y con una imaginación enteramente fantástica.

—Ya, la familia fantástica, dijo Muñoz, sin que Charito, llevada por el calor de sus palabras, advirtiese la interrupción.

—No, Muñoz, yo no comprendo que se pueda querer así, ciegamente, y sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espíritus no sólo distintos sino casi opuestos, que no podrían comprenderse nunca. Usted se engaña, se engaña. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno, lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qué sé yo... Porque le repito que no quiero hablarle mal de ella.

—¡Pero no haces otra cosa, Charito! exclamó Lucía.

—¡No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco soy una santa.

—Entonces no exageres así. Si nos pusiéramos a comparar ¿qué dirías de mí?

—Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella sí.

—Tampoco en Adriana. Una engaña como la pueden engañar a una. Las palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que tú no conoces, y donde pueden ocultarse el júbilo y las lágrimas. Porque en todo este juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una dulzura...

El continuo velo de malicia había caído de su cara y hablaba con una seriedad graciosísima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que Charito y Muñoz tenían los ojos fijos en ella, escuchándola, se ruborizó como una criatura; y echándose a reír, volvió a recatarse bajo su amable expresión habitual.

—Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por Adriana, por disculparla y por disculparme yo también. Creo que Charito es con ella demasiado severa... Fuera de Muñoz, (agregó para halagar a éste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.

—¡Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quería mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que él festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para hacerse festejar por él...

—No creo, Charito.

—Porque no la conoces.

—Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista y que todo lo hace por exceso de idealismo...

—No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo le hablo así a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una alucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen después todas las apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engañen completamente! Y esto lo he pensado, Muñoz, no solamente ahora, sino hasta cuando ella se moría por usted.

—Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al contrario, Charito, ni cuando decía quererme.

—¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta suele disimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir por cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo usted era el único que realmente había sabido, según ella, despertarle amor. Es cierto que lo mismo le oí decir en ocasión de otro festejo...

Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no le había oído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convenía a su demostración. Sus escrúpulos desaparecían por la idea de consultar el interés de Muñoz.

—Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta pasión. Porque ni siquiera la comprendería si usted se hubiese dejado seducir y alucinar por la simple belleza física.

Muñoz miró a Charito atentamente.

—Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?

—No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.

Él insistió.

—¿Pero le demuestra algo, al menos?

—¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin coquetearle.

Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.

—¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de Charito. Y dirigiéndose a él:—Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted festeje lo querrá... Nadie podría ser feliz si tomara las cosas como usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cariño, cuando no hay otro remedio. Sea razonable, Muñoz.

Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo que temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se había ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho abatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar tanto de un fino consuelo.

—Y no hay otro remedio, efectivamente,—murmuró él sumido ahora en una vaguedad de inconsciencia.—Pero no me resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía? ¿Qué puedo hacer?

Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:

—Y... quiérame a mí...

XV

Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo lo demás eran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una gran sensación de vacío. Recordó que había empezado la temporada de ópera y que posiblemente estaría Adriana esa noche en el teatro.

Se vistió apresuradamente. Había bajado a la calle, cuando advirtió el olvido de los guantes y el pañuelo. Después, cuando entró en la platea, tuvo conciencia tardía de que dos minutos antes, frente a la ancha escalera iluminada, se había cruzado distraído con un grupo de señoras y que una de ellas le había mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, no tiene importancia", se dijo.

Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cayó el telón, y ya encendidas las luces de la sala, buscó el sitio en que debía estar Adriana. Pero apenas creyó distinguirla, el exceso de la emoción le hizo apartar la vista, y se puso a pasearla por todo el teatro, por las mil caras rosadas, los blancos hombros desnudos y los peinados espléndidos cuajados de pedrería. Sobre el rumoreo de las conversaciones, vibraba alguna fina risa femenina y él volvía los ojos para reconocer a la que había reído. A la sola idea de que Adriana estaba allí, tan cerca de él, un desfallecimiento corría por todo su ser. El aire de la sala, tibio, sensual, y el deslumbramiento de las luces, contribuían para enervarle.

Pero al fin se acercó resueltamente al grupo donde había creído verla. No era ella, sino Raquel, y la acompañaban Fernando y una amiga a quien él conocía poco. Después de vacilar un segundo, confuso, frente a ellos, saludó y siguió andando. En ese momento vio a Castilla venir en dirección contraria a la suya. Para rehuirle volvió la cara.

Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante desembarazo de costumbre, dominando la sala. Saludó a Raquel con cierta afectación digna y luego, de la misma manera, a varias muchachas reunidas en un palco, quienes le contestaron graciosamente, agitando hacia él las manos enguantadas. Una, muy bonita, le llamó con un signo, pero él fingió no advertirlo, y fue a colocarse en el mismo sitio que había dejado Muñoz, apoyándose también en la barandilla de la orquesta.

Muñoz se arrepintió de no haberse detenido para preguntar a Raquel por Adriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos muchachas quedaron solas. A pesar de comprender que su indecisión no dejaba de ser algo ridícula, se llegó hasta ellas. Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.

—¿Adriana no está?

Raquel miró a su compañera y respondió enrojeciendo:

—Creo que no... esta noche le fue imposible venir.

Su rubor provenía no sólo de mentir, sabiendo que Adriana estaba en la cazuela, sino también a causa de sus hombros y brazos desnudos; aquel año venía por primera vez a la platea del Colón y no podía sacarse la preocupación de que todo el teatro podía verla tan escotada. Ni se atrevía a mirar a Muñoz. Este creyó que la grave carita enrojecida de Raquel era un reproche a la inoportunidad de pararse a conversar con ellas, y se retiró en seguida.

Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado, cuando saliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla. Este le abrió los brazos con alegría, sin dejarle ir.

—Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba en antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.

Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la atención de una niña que le había mirado de soslayo, desde un palco próximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco en la cabeza.—Es decir, continuó, no pude imaginarme que darías importancia a la cosa. Tú comprendes que Adriana...

—Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido no tanto por el tema que abordaba Castilla, sino por oírle pronunciar el nombre de Adriana. Experimentó una impresión casi tan desagradable como en casa de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la mano. Un odio físico le sublevó.

—¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me disculpes... Pero no negarás que ella es coqueta. Sería una lástima, realmente, que te dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer, pero no pierdas la cabeza. A propósito, la vi en la primera función de la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.

Muñoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al oír la noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le siguió escuchando.

—A mí, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosiguió Castilla.

Con todos sus desdeñosos alardes, debía quedarle un resquemor, porque acompañó dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto que le contraía los labios y daba a su rostro una expresión desagradable. Habitualmente perdía así la elegancia de la actitud y la distinción del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasión; la verdadera mezquindad de su ser se traslucía.

Pero habiéndose vuelto hacia el palco próximo, encontró puestos en él los ojos de la niña: su rostro se dulcificó instantáneamente, a tiempo que se rehacía toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora Muñoz le escuchaba con atención, prosiguió su charla.

—Lo que es al casamiento no iría uno con Adriana ni a cañón, esto lo convendrás conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que se deja a nuestras niñas y con tanta perversión como hay en las costumbres, las peores suelen ser esas que más apariencia tienen de ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo criterio moral de la sociedad porteña... No te extrañe oírme filosofar acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya sé, pero precisamente si tengo veintiocho años y no he concluido todavía la Facultad, es porque me atrae y me interesa, más que los libros, más que los Códigos, la vida misma. ¡Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la observación del mundo! Tal vez un día escriba algo... No creas, tengo pensado un estudio sobre la evolución de la sociedad argentina; será un golpe de maza. ¿Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que están creciendo, la sociedad argentina se va al hoyo. ¡Al hoyo! ¡Si hay niñas que ya tienen "garçonnière"!

Nuevamente asomó a su cara una expresión violenta y desagradable.

—La sociedad se irá al hoyo, murmuró Muñoz, cuando todo el mundo proceda con tu falta de escrúpulos y con tu falta de honor.

Castilla le miró sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria completamente inmotivada.

—Hijo, repuso, la inmoralidad mía nada tiene que ver con la inmoralidad social. Y pasando a cosas menos serias, ¿no sabes que la tonadillera se ha casado? Tú fuiste muy tonto.

Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces. Castilla miró una vez más, con atrevimiento, a la niña del palco. Pero como Muñoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.

—Oye, tú sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario, me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en fin, yo no podría quejarme...

—¿No puedes quejarte?—dijo Muñoz, los ojos llameantes y un impulso de echarle las manos al cuello. Sentía que Castilla estaba groseramente mintiendo.

—Pero precisamente, continuó Castilla titubeando sobre lo que iba a decir,—precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningún modo. Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser una niña de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi consejo tiende sólo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras meterte de tal modo en este lío...

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