Adriana Zumarán (continued 3)
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No pudo proseguir, porque Muñoz, en voz baja, descompuesta por la rabia contenida, le interrumpió:
—¡Óyeme! Ella será lo que quieras, pero tú has de empezar a decir vilezas sobre Adriana, ¿me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un perro...
Quiso agregar algún insulto atroz, pero la misma sobreexcitación le impidió proferir otra palabra. Su amigo, más admirado que ofendido, le miró alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contraseña que un empleado intentó entregarle.
Encogiéndose de hombros, Castilla entró en la sala. Pasó junto al palco de la niña del traje verde, caminando lentamente; luego de pasar se volvió hacia ella y la miró atentamente, con una imperceptible sonrisa.
XVI
Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño. Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba, dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra... Y Muñoz se aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de los bellos hechizos.
No había muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.
Volvió a pedir una licencia en la secretaría del Juzgado, una licencia más larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la melancolía de su preocupación. En los domingos, por la mañana, estaba seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la misma misa de las once, vestida con sencillez. Muñoz se disimulaba en la nave izquierda, y aguardaba con el corazón palpitante. Aguardándola, su imagen empezaba a representársele, traída por el deseo, en tanto que la iglesia, su bóveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus ojos como un confuso sueño. Al fin Adriana misma aparecía, mojaba los dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perdía la dulce naturalidad de la expresión. Su andar era suave, su silueta pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muñoz aspiraba largamente la impresión que recibía en el alma; y era como un desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos. Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muñoz, bajo el ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, ponía los brazos juntos en el asiento delantero y abría el libro de oraciones. Muñoz, aproximándose, no perdía un detalle. Contemplándola así, en la media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella ni nadie lo advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suya cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos juntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el mundo caía de rodillas.
La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muñoz y se confundía con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor parecía comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística de los santos inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, y subía por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los cirios.
Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un sufrimiento casi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le pareció prolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado, junto a la pilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El tintineo de la campanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas señoras se pararon, persignándose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante gentío se levantó también, y lentamente, formando hilera, comenzó a salir. Los bancos quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra en el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.
Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz aguardó todavía, con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque se había acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinación, como se habitúa el fumador de opio a la caricia fantástica que se le desliza en los sentidos con el veneno de la droga.
Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vacío. Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso atrio y la fachada de los edificios vecinos. Todavía formaban corrillos los mozos que acuden para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, le palmeó amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.
Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si Adriana hubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó todas sus pasadas inconsecuencias, la perversidad con que le había retenido, en los primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escribía para luego mostrarse ante él fría, implacablemente fría; recordó también la escena con Castilla y la extraña presencia de Julio en casa de Charito.
Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla lógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad, tenía bien luego la sensación de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada, resplandecía para él desde una portentosa lejanía.
XVII
Avisada un día por Carmen de que José Luis Aguirre, llegado de Europa, les había hecho una visita, Adriana fue a casa de las Aliaga con la gran ansiedad de saber si reanudaría Laura con él su antigua relación. Ardientemente lo deseaba. Su actitud, cuando se anunció la vuelta de José Luis, permitía abrigar pocas esperanzas. Sin embargo, podía suponerse que la tenacidad de su silencio no significara una real indiferencia para el bello pasado romántico, sino que persistiendo secretamente en ella la memoria del idilio interrumpido, la frialdad fuera más bien pura apariencia y reproche tácito a Zoraida.
También ésta aspiraba, evidentemente, a que se produjese entre ambos la reconciliación; había dejado de ver en aquel amor una desdicha fatal. Y Adriana, recordando con piedad la dolorosa relación que le hiciera Carmen dos meses atrás, se representaba de nuevo a la pobre Laura dormida, su cabeza reposando en el blanco almohadón y guardando, bajo el velo del sueño, la tristeza que le había dejado la inoportuna alusión de Carmen.
"¡Qué extraña es la manía de Zoraida!—pensaba Adriana. ¿Por qué suponer que el amor ha de traer por fuerza la infelicidad? Será sugestión que le dejó la muerte de papá... Y ahora ¿por qué consiente? ¿Por qué nos estimuló, la vez pasada, para que le diéramos bromas con José Luis?"
Y mientras discurría de esta suerte para sí, aumentaba su deseo ansioso de que se reconstruyera el idilio y se casaran.
Con la primera que se encontró fue con la misma Laura. Había adelgazado en pocos días. Vestía un batón azul, ceñido con cinturón de seda negra, y en tan descuidado arreglo, sin embargo, una gracia suave la envolvía.
Adriana quedó helada. No eran aquellas, por cierto, las apariencias de quien ha recobrado una dicha perdida. Pero se sobrepuso a la impresión penosa y fingió no advertir el aspecto desmejorado de su amiga.
—Laurita, sé que José Luis ha estado aquí...
Pero ella la besó y llamó a sus hermanas. Era evidente que le dolía tocar este asunto. Iban todas a subir a la habitación de la abuelita, cuando sonó el timbre de calle y se anunció José Luis.
—¿Y piensas recibirle así?—dijo Carmen mirando a Laura de arriba abajo, sorprendida de su desaliño.
Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.
—Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a conversar conmigo. Luego subiremos también, si quieres, aunque no sé qué interés podrías tener en conocerle, ahora...
Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz juvenil y expansiva del visitante resonar en el vestíbulo.
—¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.
—¿Y no te cuidas?
—Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a ir. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia mía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no necesito preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habérsela contado también a Julio.
—¡Oh, no! No lo pienses, Laura.
—Es lo mismo... Quería decirte que él me hace ahora la impresión de un simple extraño, precisamente la impresión que yo había imaginado, cuando dijeron que volvía de Europa.
—¿No te habrás sugestionado, entonces, con esa imaginación? El amor se relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasías...
—Sí, cuando no hay una sensibilidad más o menos afinada, o exagerada, que no engaña, y lleva en cambio a la fatalidad de la pasión real, profunda. Tú, como yo, estamos destinadas a una excesiva dicha o a un sufrimiento mortal. Por eso te quiero tanto, Adriana, como a una hermana, suceda lo que suceda. Nos parecemos por el modo de sentir, por la necesidad íntima del ideal, por la imposibilidad de ser felices a medias...
Pronunció con enternecimiento estas palabras y se levantó, como asustada de su propia sinceridad y de lo que todavía pudiera salir de sus labios.
Adriana quedó muda, alterado todo su ser por una emoción sin nombre.
En esto se oyó la voz de Carmen llamándola; sus gritos bajaban atravesando el vestíbulo y llenando toda la casa con la contagiosa alegría mundana que había traído José Luis.
—Subamos, lo conocerás, es un muchacho muy bien. Sí, eso, un muchacho muy bien. Entretiene, divierte, es oportuno y muy agradable.
Al entrar en la habitación de la abuelita, su cara tomó cierto aire de indiferencia que nunca tenía. Tendió la mano a José Luis y como estaba Adriana junto a ella, se lo presentó.
Era un joven alto, vestido acaso con elegancia demasiado cuidada, según el juego perfecto que hacían la ancha corbata azul oscuro, la camisa finamente rayada de azul claro, el rosado rostro lleno de salud y los vivos ojos grises. La mirada de estos ojos era franca y tenía cierta protectora bondad cuando reía. Toda su persona demostraba cortesanía y dicha de vivir.
"¿Y este muchacho, pensaba Adriana, este muchacho tan elegantón y tan absolutamente seguro de sí mismo escribía las cartas divinas que dice Camucha? ¿Es posible concebirle protagonista de la novela de amor interrumpida por Zoraida?"
Echó involuntariamente una ojeada a Laura, y en el fondo de su dulce y noble mirada, leyó en seguida: "¿Comprendes, ahora, que no podría volver a quererle?"
José Luis, que había interrumpido—intrigado por aquel mudo lenguaje—una relación sobre costumbres típicas en el sur de España, la reanudó al momento. Su charla era chispeante, llena de comparaciones pintorescas y de reflexiones chistosas que intercalaba con evidente propósito de matizar más brillantemente su relación. Pero se advertía que algún episodio de efecto lo contaba ya de memoria. Se dirigía particularmente a la abuelita, quien le escuchaba aprobándole con su gesto plácido de anciana. Carmen celebraba con alegre exageración los pasajes graciosos, y Zoraida, mucho más comunicativa que de ordinario, le interrogaba y tomaba parte activa en la conversación.
La presencia de José Luis había alterado el ambiente de la casa. Eran otras ahora las caras de Zoraida y de Carmen. Y era otra, también, la misma abuelita. Los viejos muebles coloniales que la acompañaban desde otros tiempos, parecían escuchar también, con un poco de asombro, la alegre charla, en aquella habitación impregnada de reminiscencias añosas y como poblada de vagos fantasmas.
Y galvanizada por la alegría de José Luis, la abuelita empezó a referir, con abundancia de detalles familiares, episodios sumidos en el largo pasado, y cuyos protagonistas, evocados así, parecían comparecer ante ella, adoptando un singular aire de personas resucitadas y sorprendidas de salir a la claridad del mundo. Seres que ya sólo en el recuerdo de esta anciana continuaban perdurando y que se desvanecerían para siempre cuando ella bajara a la tumba.
Y era un curioso contraste, después de la chispeante y sonora conversación de José Luis, el modo apacible, lento, con que la abuelita contaba las cosas de su tiempo.
Las Aliaga la escucharon con aquella misma atención recogida que Adriana había observado ya en ocasiones pasadas. Laura, sin embargo, atendía con menos avidez que las otras, como si algo en su interior atrajera con tenaz persistencia la preocupación más cara de su ser.
Hablaba la anciana, con muchos pormenores, de un festejante, Emilio Medrano, cuyos hijos, ya viejos, ni se acordarían de ella; un festejante que, muy rendido a ella durante algún tiempo, cesó repentinamente en su empeño galante.
—Nunca supe yo por qué se retiró. Hoy estuve toda la mañana pensando si no serían intrigas de una amiga, una compañera que tuve en el colegio de las Salesas. Porque me pareció que también ella estaba enamorada de Medrano.
A José Luis no le interesaban gran cosa los relatos de la anciana. Se advertía su atención distraída y la extrañeza que le causaba la evidente despreocupación de su novia de la adolescencia. "Tenemos que hablar" le decían de vez en cuando sus ojos, mientras con su aire cortesano fingía no perder palabra de la abuelita, que pronto calló para sumergirse en la cavilación de las causas que habían motivado el retiro de Medrano.
José Luis reanudó su charla. Se refirió a las veces que tuvo ocasión de departir con el rey de España, quien "era una monada" por su sencillez y por la franqueza de su carácter. Y no dejó de mencionar, como cosa incidental, su amistad con tales o cuales personajes "cubiertos delante del rey", y la gracia de una duquesita a quien había tratado varias veces en Palacio.
—Y sin embargo, afirmó con enérgica sinceridad, créanlo ustedes o no lo crean, yo daría con gusto todos estos años intensos y todas las perspectivas de mi carrera diplomática, por volver a vivir el encanto de mis quince años, entre mis relaciones de aquí, donde los recuerdos me han dejado no sé qué perfume de sentimientos inolvidables.
Volvieron a encontrarse la mirada de Laura, llena de manso desvío, y la entristecida de Adriana. Movida ésta por impulso más fuerte que su voluntad y experimentando al mismo tiempo una sensación rara y penosísima, se acercó a Laura, le habló al oído y la sacó fuera de la habitación.
—¿Serías capaz, Laurita,—comenzó con la voz ligera como un soplo, cuando estuvieron solas,—serías capaz de explicarme sinceramente algo que quiero preguntarte?
—Sí, siempre soy contigo sincera.
—¿Por qué te preocupó, aquella vez, que Camucha pudiera haber contado a Julio tu asunto con José Luis?
Laura ni pareció siquiera advertir el tono demudado con que la había Adriana interrogado.
—¿Preocuparme? Te habré dicho distraída que eso me preocupaba. En realidad no puedo habértelo dicho. O habrá sido por decir hasta qué punto Camucha es indiscreta. Son historias tristes que no deben salir de una misma.
—¡Cómo me despistas!
—¿Pero por qué?
Adriana la miró en los ojos profundamente. Nada pudo leer.
—¿Entonces, en tu vida no sucede, "ahora", algo extraordinario?
—Desde aquello que hubo con José Luis, no, puedes estar segura. ¡Tengo una indiferencia!
Adriana con ardiente alegría acarició a Laura, contemplándola.
—¡Ah, qué alivio! ¿Sabes lo que se me había ocurrido, la sospecha que había empezado a atormentarme?
—No, Adriana, no puedo imaginarlo.
—¿Ni siquiera imaginarlo? ¡Oh! ¡cómo he podido crearme un motivo de tormento que no existe! Pensé que podrías haberte enamorado de... de Julio.
—¿De Julio?
—Sí, de Julio.
—¡Qué idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia tanto, se diría casi un hermano nuestro. Y tú sabes que viene aquí hace años. ¿Cómo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con él, alguna vez?
Y Laura llamó a gritos:—¡Camucha! ¡Camucha! ¡Pero que no venga Zoraida, ni nadie, sino Camucha!
Y alegremente declaró a su hermana que Adriana tenía celos.
—¿Adriana celosa? ¿Celosa de quién?
—De mí, de mí.
—¡Oh, Adriana!, exclamó Carmen tomándole los brazos como pasmada de asombro. ¿En media hora te has enamorado de José Luis?
—¡Tonta!—exclamó Laura, cada vez más animada y con un modo que en ella no era natural,—Adriana no podría enamorarse nunca de un muchacho como José Luis, tan pura espuma como él es. Pero empezó a sospechar, sí, a sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio. ¡Y se había puesto celosa! ¡Qué alma más buena, más delicada! Tal vez estaría dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo libre. Ojalá la hubieras visto hace un rato, después que me sacó de allí con tanto misterio, cuando me preguntó confidencialmente si yo lo quería a Julio. Se puso blanca como un papel.
Calló repentinamente y en seguida empezó a reír, a reír de veras.
—¡Cómo estás colorada!—observó Camucha.
—Mejor, así ya no tendrán pretexto para llevarme a la estancia.
Se aplicó el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvió a reír. Parecía realmente divertida con los celos de Adriana.
Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carácter de ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada de anormal. No cabía en sí de júbilo. Miraba desvanecerse una preocupación, un ligero fantasma que había flotado fugitivo, impreciso y como poniéndose siempre a sus espaldas, para no ser visto...
XVIII
—¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran entrevista. Pero lo peor—y se lo digo con el corazón en la mano—sería para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja, Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo. Ella sabe hacer olvidar.
—¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?
—¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más remedio que "planchar".
Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.
Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.
—¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!—exclamó Charito,—¡salúdela!
Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su gesto de amable curiosidad.
En ese momento apareció Adriana.
Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez. Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.
Lucía caminó rápidamente hacia ella.
—¡Qué bonita estás!—exclamó contemplándola con admiración.
En seguida, para dejarla con Muñoz, le hizo un signo de inteligencia, agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "¿Qué podrá pasar? Lástima no poder oír lo que éstos van a decirse".
Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a propósito que inventaba un pretexto la llevó al saloncito contiguo.
Adriana se sentó. Muñoz, mudo, casi no la veía. La impresión de hallarse de nuevo con ella, le infiltraba una extraña insensibilidad.
Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la gargantilla de perlas en el triángulo de blancura que dejaba el breve escote.
—¿No quiere ahora hablar conmigo, Muñoz?
Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.
Cuando quiso él responder, sintió, aterrado, la inutilidad de todo lo que podría decir, de todo lo que había cavilado muchas veces en la espera larga de una explicación definitiva. Iban a subir palabras a sus labios y su voluntad las rechazaban con desesperación. Suspiró, y cerrando los puños se hincaba las uñas en las palmas.
—¡Oh, Ricardo!—exclamó ella acentuando aquel inusitado tono de queja.
Experimentó Muñoz un halago indecible. Sólo una vez, en otro tiempo, le había llamado por su nombre. Se dejó avasallar por una idea insensata: todo lo que había sucedido y todo lo que pudiera suceder aún, no sería obstáculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa felicidad.
Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua que se desborda. Se apuraba febrilmente, y sólo tenía verdadera conciencia de cada frase, cuando la había ya pronunciado. Ella le escuchó inmóvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba más a Muñoz.
La habló del comienzo de su amor, evocó la pasión ardiente nacida bajo los paisajes de la sierra, las grandes melancolías de la decepción, la inconsecuencia con que ella había destruido su ilusión de una dicha perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas de amor que más tarde se complacía ella en desmentir con una frialdad cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.
Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados, sumisos, y contenían una suprema súplica. El último vestigio de su orgullo había muerto, y la elocuencia le venía de la sinceridad de su espíritu fecundado por el sufrimiento. Le contó que iba siempre a la iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y le explicó cómo, imaginándola suya, y soñando con lo que no sería realidad nunca, había atravesado aquellas largas semanas de pena. Y ahora no le exigía nada, no le recordaba promesa alguna y sólo pedía que le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.
Calló, cubriéndose los ojos, y esperó la respuesta de Adriana. El calor de sus propias palabras había traído a su ánimo una serenidad desconocida.
—Yo lo escucho, Muñoz,—dijo ella—y comprendo que si usted me hubiese hablado así en otro tiempo, no habrían pasado muchas cosas... No me parecería un desatino, al menos, esta pasión suya... Usted no es el de antes... Sí, un desatino. Usted no sabe, yo también he cambiado... A todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no sé qué, somos pobres criaturas, créame...
Y Adriana no podía proseguir.
—¡Por favor!—exclamó Muñoz—Una palabra sencilla, clara, sincera...
Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de Adriana.
—¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!—repuso ella.—Y es que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.
Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es porque yo me engañé y pienso que usted se ha engañado también. Yo tengo la culpa, ya sé. Como le escribía esas cartas y como después me mostraba tan insensible y tan rara, usted mismo se avivó una pasión que tal vez no hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese mostrado más sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No concibo tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficción, de un fantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla... hasta soy buena ¿sabe? Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por que ahora... no sé si decírselo... pero ya Charito... no, nada. No me creerá si le digo que por usted sufro, sufro mucho.
Muñoz alzo la cabeza y la miró.
—¿Que sufre por mí?
Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito. Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una explicación realmente definitiva.
—¿Que usted sufre por mí?
Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía soñar.
—Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.
Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de nuevo, la mirada llena de espanto.
Hubo un silencio largo.
—¿Usted quiere a otro?...—pronunció él con voz lenta.
Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.
—Sí, usted quiere a otro, a Julio.
—Escúcheme...
—Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.
—Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,—yo no merezco su cariño... Yo, Muñoz...
—Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de sarcasmo.
—Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a otro...
—¡No es verdad que quiere a Julio!
—No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso. Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí, ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.
Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.—Dime, Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera, Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su cariño en mí.
Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y dejara de sufrir.
Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en ellas un sentido oculto, impenetrable.
Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba la piedad.
De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado de Muñoz, descorazonada.
Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.
XIX
Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva Pompeya. Charito pidió a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar también algunos amigos. ¿No era lamentable que los jóvenes inteligentes demostraran, en su mayoría, ese despego ahora tan general para las cosas del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironías con la religión? Esto se lo pedía, pues, con un especial interés.
Adriana escuchaba.
—Comienza por avisarle,—intervino Lucía Moreno,—que también Adriana irá.
—No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y por el encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una miniatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que me trae a la memoria!
Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos melancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flotó suspensa en la lejanía de la sombra violácea.
—Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he soñado.
Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva Pompeya.
—Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el Riachuelo se había desbordado. Vi la inundación. Aquello es un arrabal de gentes muy pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecían bajo la llanura de agua; sólo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco achicando. Por una calle más alta, que ya se había inundado también, navegaba una canoa, larga y chata; traía hombres y mujeres casi desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia la campaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía la impresión del diluvio bíblico.
—¿Y la iglesia?—preguntó Adriana.
—La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía por contraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía la impresión de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corría ya por el pavimento del atrio, muy mansa, y lamía las paredes laterales. Algunos centímetros más y la creciente invadiría el interior de la iglesia. Estaba abierta de par en par, salía el olor del incienso quemado en la misa que oficiaban para conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcación larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.
La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la gran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una queja. El sonido se expandió, muy dulcemente, y cada vibración, resbalando del campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.
—¡Es como si lo estuviera viendo!—exclamó Lucía.
Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se acercó a Julio:
—Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera misa.
—¿Como a las siete, entonces?
—Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.
Él prometió ir para la misma hora, aunque difícilmente encontraría amigos que le acompañaran. Charito, condescendiendo, se conformó. Había concluido por abandonar la causa de Muñoz, porque tenía poco temperamento para sus afectos y para sus odios.
Adriana y Julio vivían ahora en una dicha excesiva y en esa zona de adoración anormal que embellece a los amantes y los hace caros a la muerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que se aproximaba a ellos en la invisible trama de los acontecimientos.
También Raquel, al día siguiente, quiso ir con Adriana y Lucía a Nueva Pompeya. Cuando llegaron amanecía. Vieron la iglesia alzarse por encima del chato caserío; un débil reflejo dorado, que no era todavía sol, tocó la cruz, y envolvía poco a poco el campanario; luego fue descendiendo por los ladrillos del muro, y pronto el templo entero y todo el arrabal se bañaban en la ligera claridad de oro.
Bajo el cielo que tomaba una tersura de esmalte, las miserables casuchas de cinc pintado parecían despertar al nuevo día con una indiferencia triste.
Aquella madrugada había helado, y chicos desarrapados, descalzos, se divertían saltando sobre la escarcha y contemplándose luego los pies horriblemente enrojecidos. El pobrerío se iba amontonando frente a la iglesia.
En el atrio charlaban grupos de mujeres con niños de pecho raquíticos, que gritaban de frío, sin inquietar por eso a sus madres. Un automóvil de librea, llegando como exhalación, paraba sin ruido frente a la iglesia. Damas abrigadas con pieles que les ocultaban el rosado rostro, bajaban difundiendo un aire de elegancia y de riqueza. Pasaban por en medio del pobrerío. Algunas distribuían al pasar, con una sonrisa compasiva, todas las monedas que hallaban en sus pequeñas bolsas, monedas que caían sobre aquella miseria como gotas al mar. Uno de los arrapiezos corrió a un almacén y volvió saltando de alegría; traía en la boca un cigarrillo y aspiraba el humo con fruición. De vez en cuando, una elegante muchacha se detenía en mitad del atrio para acariciar la carita sucia de un pequeñuelo y preguntar su edad a la madre; sus compañeras la llamaban riendo y en cuanto llegaban al dintel de la iglesia todas tomaban una expresión seria y recogida.
Adriana no quiso entrar en seguida. Le hacía una muy extraña impresión aquella escena, le pareció que nunca había comprendido el contraste de la opulencia y la miseria. Le chocaba la satisfacción fútil que se reflejaba en el rostro de las que habían vaciado su bolsa de monedas, para hacer caridad. "Sin duda, pensó, esto no me hubiera impresionado antes". Durante toda la misa, continuó pensando en el sufrimiento de la pobreza, en el drama sórdido que sin duda era la vida de aquella gente, aunque la terrible inundación del Riachuelo no les anegara la escueta vivienda. Más tarde, después de la misa, en la sala donde se cumplía la ceremonia solemne de la inauguración, Adriana no pudo poner atención a nada; oyó por intervalos el cuchicheo de las personas que tenía cerca de sí, el discurso de circunstancias que leyó una señora, en el estrado, junto al arzobispo, y todo aquello le produjo un efecto indefinible, algo así como sucede a quien despierto apenas no alcanza todavía a comunicarse con la realidad. Y tal estado de su espíritu no cambió cuando la gran concurrencia apiñada salió de la sala, haciendo bulliciosos comentarios que la aturdían, y demostrando un contento que resplandecía por igual en todas las caras. Se encontró con amigas. Tuvo que mezclarse a sus conversaciones, responder a las preguntas y a las alusiones gentiles; algunas le daban bromas con Muñoz, otras con Julio. Ella respondía al azar, equivocándose en las palabras, y hasta saludó dos veces a un señor que le presentó Charito. Tenía la sensación de que todas las gentes vivían ciegas en el mundo, asediadas por multitud de preocupaciones triviales que las absorbían y les quitaban el sentimiento de una realidad más profunda.
Iba cesando el rumoreo mundano. Las damas de la Comisión, después de conversar un rato con el arzobispo, salieron acompañándole. Sólo quedaban dos o tres grupos de personas. Uno de éstos lo formaban Adriana, Lucía y Julio. Charito, secretaria de la Comisión, se había reunido a departir todavía con las damas y el arzobispo, después de prevenir a sus compañeras que no debían irse sin ella.
Adriana miró a Julio. La avasalló un deseo ardiente de compartir con él todo lo que se agitaba en su alma.
Pronto Lucía los dejó solos junto a la iglesia cuyo atrio había quedado desierto.
—Escúcheme, Julio—comenzó ella—hasta ahora nunca he alcanzado a decirle lo que significa usted para mí...
—No importa, Adriana. Las palabras hubieran tal vez empobrecido la claridad que de usted me llega. A veces me imagino en el caso de no verla nunca más, y siento que continuaría queriéndola lo mismo, siempre. Aunque... si a usted la pierdo, Adrianita, viviré sin vivir.
—Ya lo sé, ya lo sé, pero escúcheme, tal vez pueda expresarme... Si ahora soy buena, lo debo a usted; seguramente es la mía una bondad transitoria, que sin usted moriría. Lo veo tan rendido a mí, tan humilde, tan bueno, cuando podría tenerme completamente dominada, subyugada, y ¡jugar conmigo como con una pobre criatura sumisa! No sé: a veces pienso que si yo pierdo toda clase de orgullo y de maldad es porque usted no quiere usar del imperio que tiene sobre mí. Y debe ser esta delicadeza suya la fuerza que más me domina. No, no se podría querer más, Julio, no existe dicha comparable a esta mía. A veces tengo miedo, se me ocurre que algo ha de sobrevenir para dañarnos, para deshacer toda esta trama de ilusión. Cuando estoy sola, en casa, siento impulsos de correr a buscarlo y sentirme suya y rechazar ese algo que podría quitarnos la dicha que quiero. Y ahora, Julio, aguárdeme aquí con ellas. No me diga una palabra, déjeme, voy a entrar en la iglesia. Voy a rezar ahora que todo el mundo se ha ido. No, no me diga una palabra, no podría resistir, ahora, una palabra suya.
Y corrió, muy alterada, hacia el interior del templo.
Un hombre de cabeza crespa y rojiza, vestido con traje de pana, andaba apagando los cirios en el silencio de la pequeña nave. Adriana buscó un rincón de penumbra y se recogió bajo una Virgen en cuya cara pintada groseramente habían figurado lágrimas de cristal. El hombre vino, caminando sin ruido; con su largo palo apagó, por encima de Adriana, los dos cirios que alumbraban el pobre altar. Ella se anegó en una vaguedad dulce y profunda. Murmuraban en su alma las sensaciones de aquellos días, y la asaltó el escrúpulo de que se juntaban a la unción de su espíritu vestigios profanos. Cerró entonces los ojos, apoyó la frente en los pies de la imagen.
Algo, poco a poco, la enajenaba, algo que ya no era sensación ni sentimiento, sus ideas se perdían hacia un fondo de claridad interior, infinita; un vago canto la transportó. Y la iba abandonando toda noción del mundo, en esta irradiación y en este vago canto; su propio ser se desvanecía...
Algunos minutos después abrió los ojos y se miró las manos llenas de lágrimas que no había sentido correr. Le pareció que había dormido un sueño de siglos y que en la profundidad de este sueño había experimentado un júbilo sin límites, intraducible por acentos de la tierra.
Atravesó de nuevo la pequeña nave. Casi no sentía el suelo bajo los pies. El hombre de cabeza crespa aguardaba a que ella saliera para cerrar las puertas del templo.
XX
—Puedes leerla también, ya no quiero tener ningún secreto para ti. Has vuelto a ser mi hermana querida.
Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que le habían traído de Muñoz. Le anunciaba su intención de irse al campo, por una temporada muy larga. "Hágame saber, concluía, si podrá recibirme en su casa. Es una súplica; en caso de no obtener contestación iré a casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve hacerme la caridad de atender algunas últimas palabras mías".
—¡Pobre muchacho!—suspiró Raquel.—Pero tú no debes ir, porque sería alentarlo.
—No, no iré; no podría ir.
Y Adriana, entristecida, se cubrió la cara con las manos. Pero luego, tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba al suelo, uno por uno. Y su lástima se desvanecía en la sensación de su dicha.
Recordando que no habían convenido con Julio dónde se verían esa tarde, decidió ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba allí. Por otra parte, la anemia de Laura le había dejado una penosa preocupación. La recibió Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada parecía reprimir con trabajo las ganas de reír.
—José Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los días, ¿sabes?
La alegría iluminó también la cara de Adriana. Carmen comenzó entonces a reír con todas sus ganas.
—¿Se ha reconciliado con Laura?
—No, ¿por qué se te ocurre eso?
—Si dices que viene ahora todos los días...
—Pero Laura no es la única que puede inspirar amor... Imagínate: ¡ahora me festeja a mí!
—¡Te festeja a ti!
—Sí; Laura ya no le interesa... ¿Pero por qué te pones triste?
—¡Oh, no, no! Y Adriana le tomó las manos, procurando también reír.
—Los muchachos como José Luis—prosiguió Carmen—sirven para distraerle a una la pena del gran amor que nos hace falta. Es muy posible que venga hoy.
Hablando así la llevó a su cuarto. Se miró en un espejo, atentamente, y con la punta del peine hizo caer sobre la blancura mate de su frente una ligera mecha del fino cabello dorado. Se puso después un poco de rojo en las mejillas y humedeció sus labios con agua de rosa.
—¿Ves como estoy así más linda? No creas que tengo costumbre de pintarme; solamente me pinto cuando estoy demasiado pálida, como hoy, por una razón estética. No hago más que igualarme, igualar mi cara a la que tengo los demás días. Volviendo a José Luis, yo no pienso hacerle caso. Pero me hace mucha gracia oírle decir aquellas mismas cosas que en otro tiempo eran para Laura. No ha cambiado de vocabulario. Tiene todo un catálogo de galanterías preciosas. Pero verás. Ayer nos habíamos quedado solos. Empezaron las palabras dulces. De repente le interrumpo:—No, no quiero que me diga "eso". Se quedó él asombrado.—¿Por qué, Carmencita?—Porque "eso", textualmente, ya se lo escribió usted a Laura en una carta hace años. Se puso todo colorado. Un poco de caso le estoy haciendo, claro está. Pero no creas que Laura se ha resentido. Al contrario, me estimula. ¿Sabes que ahora tampoco la comprendo a Laura? Algo raro debe pasarle. Creo que a José Luis le tiene desprecio. Y está delgadísima, la pobre. Hoy llamamos al doctor Castro Fernández. Nos dijo que la anemia se agrava y que conviene llevarla al campo, en cuanto empiece la primavera.
Adriana sintió que el corazón se le oprimía.
—Ah, ¡cómo has podido reírte así!—murmuró casi sin voz.
Carmen también se entristeció. Pero pronto, animándose de nuevo:—Laura y Zoraida están ahora arriba con abuelita. Vamos nosotras al cuarto de Laura. La vi escribiendo hoy por más de una hora, en su diario. Puede ser que hallemos la llave del armario... ¿Comprendes?
Subieron. El diario estaba allí, sobre la mesita escritorio; Laura había olvidado guardarlo.
—¡Qué casualidad divina!—exclamó Carmen; y en seguida, ávidamente, se dispuso a leerlo. Adriana se sentó junto a ella, pero sus manos temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas negras, presentía una dolorosa revelación.
En tanto Laura, recordando vagamente que había dejado el diario en la mesita, bajaba la escalera del vestíbulo. Pero se paró, indecisa, como retenida por una preocupación. Los hermosos ojos se quedaron mirando el vacío, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la negrura de las pestañas. En su cara se habían afilado las líneas de la nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules. Parecía una cara tallada en marfil.
Abajo el pesado péndulo del reloj llenaba la amplitud del vestíbulo con un ruidito inquieto, triste.
Laura siguió bajando. Pero cuando ya se dirigía a su habitación, donde hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oyó sonar el timbre de la puerta de calle. Entró Julio.
No cambió la mirada de Laura.
—¿Quiere subir ya? Algo enferma está hoy abuelita. ¿Por qué tantos días sin venir?
Y su voz, arrastrando ligeramente las sílabas, tenía un dejo resignado, manso.
Se sentaron.
—Usted también está enferma—murmuró Julio. Y mientras la iba observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.
—Hoy Adriana no está, dijo ella. Hace días que tampoco viene... Ojalá llegara...
—¿Por qué, Laura?
—¡Se querrán ya tanto, usted y ella!
Era la primera vez que Laura, hablando con Julio, aludía a esta pasión.—Tal vez a usted le sorprenda oírme hablar así... o más bien... debe haberle llamado la atención de que únicamente yo no le diese nunca una broma con Adriana. Confiese que le ha sorprendido.
—Me hizo pensar, más bien...
—¿Lo inquietó? ¡Qué tontera! Yo esperaba, para darles bromas, y para ayudarlos, que se enamoraran los dos completamente. Antes de resolverme, en un asunto tan grave, quería comprobar que se trataba realmente de un gran amor.
—Esperaba usted eso... Y en caso...
—Sí, eso, convencerme de que había sobrevenido, para ustedes dos, la pasión ideal; que usted le daría efectivamente esa dicha que sólo se realiza para una muchacha entre miles que la hemos soñado y la estamos soñando con el mismo deseo, con la misma ternura... En fin, usted penetra en las almas con tanta fineza... Yo sé porqué se queda callado. Me hace gracia. En sus ojos lo estoy leyendo todo, Julio. Hasta la pena de seguir mirándome, para no traicionarse. Soy una perversa, le estoy sugiriendo cantidad de cosas que naturalmente le hacen sufrir. Es que me aburría tanto, hoy, y esta idea de que me llevarán al campo, por la anemia... Y como me aburría, me propuse hacer una experiencia; pero todo es broma... Ahora, seriamente: antes usted era para mí un amigo mejor, más franco, más bueno; los dos conversábamos con frecuencia, y llegué a verlo como mi amigo único, un amigo insustituible, casi como un refugio... Ya ve, ésta sí que es una gran confesión.
—¿Y he dejado de ser su amigo?
—Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien su adoración por Adriana, y yo a ella la quiero también, con toda mi alma. Y en mi cariño de amiga hay además un mérito que no tiene la adoración suya... Un mérito que usted ha de ignorar siempre...
—Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba tanto... en las raras veces que usted me la concedía... Pero por la pena de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda la ilusión de que la amistad antigua continúa.
—Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no importa, me parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de esa intimidad antigua.
Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de Laura.
—¿Acaso ya no somos los mismos?
—Yo sí, Julio.
—No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...
—¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está imaginando cosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay de lo que usted sospecha. Así, es inútil que me hable con ese modito de lástima.
—¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.
—No puedo hablarle con sencillez.
—¿Yo sospeché?...
—La sencillez sería el silencio, y por demasiado tiempo he hablado en esa forma. También tiene su atractivo hablar complicadamente. Porque todo cansa, Julio, hasta la poesía del silencio. ¿Cómo le gusto más? ¿Silenciosa o habladora? Créame que estoy azorada y que me desconozco. No me soñé nunca semejante conversación. No haga caso, Julio. Hablo así por la alegría de volver a conversar con usted.
—Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.
—¡Y usted también, Julio! Usted más que yo... Si llega, no la dejaremos subir. Nos quedaremos aquí, los tres, conversando sinceramente, hasta confesar la intimidad más íntima de nuestros corazones. Le propongo una cosa que será muy original: repetirle a ella hasta la última palabra de nuestro diálogo, y después decir todo lo que pensamos y todo lo que sospechamos. Será divino. Y entonces ya verá usted que sospechó mal... Si "eso" fuera cierto, ¿se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinar nunca?
—¿Adivinar que usted pudiera quererme?
Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, bajó los ojos y se puso a reír; sus mejillas se habían coloreado.
—"Eso" sería un secreto mío que no podría sospechar usted nunca, suponiendo que fuese cierto.
—¿Y no es cierto?
—Claro que no, Julio.
Y Laura, excitada, embellecía extraordinariamente. Sus ojos arrojaban un brillo cada vez más febril.
—¡Laura! llamó Zoraida desde arriba.
—¿Qué quieres, Zoraida?—preguntó ella con tono de júbilo.
—¿Con quién estás?
—Con Julio. Ya iremos.
Luego, subiendo la escalera, su rostro recobró la calma, y dijo a Julio en voz baja:—Ya ve usted que no hay motivos para sufrir, ni usted ni yo. Ha sido una suerte que Zoraida llamase... He pasado unos días de pena muy íntima, tanto que tal vez hubiese concluido por desahogarme, por decirle toda la verdad... Que lo quiero como a un hermano... o todavía más que a un hermano.
Ya llegaban. Se paró:—Por eso voy a pedirle una cosa, un favor... escuche, no entremos todavía. No dejen pasar tanto tiempo sin venir, usted y Adriana. Y cuando se casen... no nos olviden tampoco, vengan siempre, vengan, por favor. Prométalo que vendrán, por lo menos en los primeros meses...
Y Julio, mudo, la contemplaba con un asombro triste.
XXI
Carmen apoyó las manos sobre las páginas abiertas del diario de Laura, para impedir que Adriana leyera ante todo, como pretendía, algo de las páginas últimas.
—Por favor, Carmen, sólo tres líneas, para sacarme la curiosidad de lo que ha pensado ahora, sobre la vuelta de José Luis...
De pronto se arrepintió de haber venido ese día.
—Tengo miedo, murmuró, ella podría aparecer, sorprendernos... Oye, creo que ha entrado alguien; están hablando.
Se levantaron, pero Carmen oprimiendo contra su pecho el diario abierto. Alcanzaron a escuchar la voz de Laura y Julio que conversaban muy cerca, en el vestíbulo.
—Ya irán a la pieza de abuelita.
—Quién sabe... dejemos esto. Es una mala acción.
Aguardaron algunos minutos hasta que les oyeron subir llamados por Zoraida.
—Dejemos esto, suplicó Adriana casi trémula.
—Entonces he de leerlo sola. Debe ser todo una novela.
—Lee, Carmen.
Empezaron:
"Septiembre 22 de 19...
"Hace varios días conocí a José Luis Aguirre. Presiento, no sé por qué, una pasión. Dios quiera que sea la única de mi vida y no se cumpla ese mal augurio de Zoraida. Dice ella que para nosotras sólo puede haber amores desdichados. Lo repite tanto que ha llegado a darme un poco de susto. Además, allí está el recuerdo de mamita. No importa; si José Luis llega a quererme, yo le corresponderé. ¡Qué suave y qué raro es el comienzo del primer amor! Siento que pronto me dominará la delicia de adorarlo..."
—Por favor, Camucha—interrumpió Adriana—no leamos más, yo sé por qué te lo digo. Dejemos esto.
—No, estás loca. ¡Y te has puesto pálida! No tengas miedo, tonta. Después subimos. La miramos con cara de muy inocentes y nunca llegará a sospechar nada. Oye; yo la miraré así, bien en los ojos; ¿se me conoce algo?
Y siguió leyendo:
"...me dominará la delicia de adorarlo. Tía lo ha invitado a pasar una temporada en la estancia, para el verano. El año pasado estuve allí. Me distraje leyendo Ivanhoe y Romeo y Julieta y pensando en lo que podía guardar para mí el porvenir. ¡Qué idea absurda la de Zoraida! La vida es amor, nada más que amor".
"Ayer he cumplido quince años".
Carmen levantó los ojos pensativa: Yo pronto cumpliré veintiuno y el gran amor no viene...
—Lee, por favor.
En las páginas que seguían, Laura contaba larga y minuciosamente su amor con José Luis. Lo más conmovedor eran las interpretaciones que ella hacía respecto de cualquier frase que le escuchaba; siempre Laura les prestaba una significación que no tenían, por embellecerlas y dejar que recayera sobre él un mérito más alto.
Carmen se interrumpía, para comentar cada cosa del manuscrito. Pero Adriana la apuraba con impaciencia, angustiada; ya no hubiera podido arrancarse a la ansiedad con que devoraba los secretos de Laura. El diario, después de referir las dolorosas consecuencias que tuvo la intervención de Zoraida, aparecía con una página en blanco.
Luego se reanudaba, según la fecha, siete años más tarde.
"5 de junio de 19...
"¿Podría asegurarse que la intervención de Zoraida ha sido realmente un mal para mí? José Luis no brilla en mi recuerdo con el prestigio de antes. ¿Volvería a quererle, si las circunstancias lo trajeran otra vez aquí? No lo creo. Aquello ha muerto para siempre. Más todavía: muchas veces cuando releo las dos cartas suyas que no quise devolverle, y cuando ahora pienso en su cariño y en las cosas que decía, me cuesta trabajo concebir cómo él pudo llegar a trastornarme tanto. Hay alguna espontaneidad, alguna frase sentida entre otras muchas vulgares y de mal gusto, tontamente literarias..."
—¡Oh! ¡Y a mí que me parecían divinas!—exclamó Carmen. ¿Estaría yo enamorada, también?
—Cállate, Camucha, no tenemos tiempo de conversar ahora. Hagamos los comentarios después.
Continuaron leyendo:
"Sí, acaso debo más bien agradecerle a Zoraida lo que hizo entonces. Acaso... No puedo saberlo todavía. El porvenir vuelve a espantarme".
Seguían muchas páginas referentes a un período de indecisión, reflexiones escritas sin la sospecha siquiera de que otros ojos que los suyos pudieran leerlas nunca; el alma de Laura asomaba por ellas con toda su gracia interior, como una vestal que descubriera sus hechizos a la luna. Adriana las leía con encanto, sus ojos y sus labios sonreían. Pero pronto le volvió la inquietud. Laura contaba sus impresiones de Julio.
"12 de noviembre.
"Julio se quedó anoche hasta muy tarde. Retraídas como vivimos, su compañía nos resulta inapreciable. Es un amigo leal. En realidad, no creo que puedan encontrarse fácilmente muchachos así. Lo digo pensando en los mismos parientes nuestros, aunque sólo de tarde en tarde nos tratamos con alguno, y por los amigos que suele traer Eduardo. Hay en ellos no sé qué de superficial o de incomprensivo. ¿Cómo diré? Aunque sean inteligentes, carecen como quiera que sea de suficiente tacto espiritual".
"22 de noviembre.
"Eduardo tiene de Julio la más alta opinión. Todavía más alta es la opinión mía. ¡Qué interesante y qué bueno es! Me hace mucha gracia cuando la pelea a Camucha, por broma. Pero ella es viva y le contesta con habilidad.
"Hoy, cuando él vino, se había puesto en una postura romántica, el codo en la rodilla y la cara apoyada en el dorso de la mano. Julio la comparó con "El Pensador" de Rodin. Ella se quedó callada.
—"¿Una pena de amor?
—"Peor que eso, Julio. Me ha pedido Lorenzo en matrimonio, y Zoraida no sabe qué contestar.
—"Lorenzo... Lorenzo...—Julio quería recordar. Había oído ese nombre varias veces en la casa.
—"Dile quién es, Laura, para que él nos aconseje.
"Le dije quién era, un viejecito algo opa, que fue peón en la estancia nuestra.
"Y Camucha, sin cambiar de postura, le explicó muy seria:
—"Figúrese, Julio; cuando Zoraida era criatura la llevó en los brazos, y ahora quiere llevarme a mí al registro civil.
"En realidad, yo creo que si en vez de Lorenzo la pidiera Julio... ¡Quién sabe! Es capaz de estar un poquito enamorada. Por eso pelean".
Carmen suspendió la lectura para protestar vivamente.
—¡Qué desatino! No lo creas, Adriana, no lo creas. En todo caso a ella, tal vez, en aquel tiempo, le gustaba Julio.
Adriana suspiró y la obligó a continuar, volviendo otra hoja del manuscrito. En su cara había cada vez más ansiedad, más angustia. Pero el manuscrito se interrumpía nuevamente, para reanudarse tres meses más tarde.
"4 de marzo de 19...
"¡Cuánto tiempo sin escribir en mi diario! Estoy desganada, triste. Algo raro pasa en mí. Ni quiero pensarlo. Pensar es inquietarse, sufrir".
"5 de marzo.
"¡Qué cosas lindas ha dicho Julio esta tarde, así, al azar de la conversación! Y no acostumbra, como suelen hacerlo otros hombres inteligentes, abordar asuntos difíciles para demostrar que viven en un mundo de ideas superiores. Al contrario, nunca le he oído hasta ahora hablar sino de temas que nosotras comprendemos. Ese tacto que tiene su alma es lo que en él más me gusta. Hoy, por ejemplo, nos habló de un autor ruso, Nicolás Gogol. Nos ha hecho vivir durante media hora en un mundo de cosas primitivas y al mismo tiempo misteriosas, de seres raros, de sentimientos toscos y grandes. Y él, generalmente tan sereno, tan despreocupado, se apasionó. Este muchacho no podría enamorarse de una manera vulgar. Camucha estuvo graciosísima. A toda costa quería que Julio continuara hablando.—¡Más, más!, le decía; y quería seriamente obligarle a seguir".
—Me acuerdo muy bien, dijo Carmen, interrumpiendo de nuevo la lectura. Y como yo así le pedía que siguiera hablando, nos contó un cuento jocoso de ese mismo autor, titulado "La Nariz", sobre un panadero que un día se despierta, se mira al espejo y observa muy asustado que ha perdido la nariz. Y entonces, la mujer del panadero...
—¡Oh, Camucha, después me lo contarás! Ahora sigamos, que ella puede venir de un momento a otro.
—Sí, después te contaré, te morirás de risa.
"9 de marzo.
"¿Por qué conmigo no bromea nunca? Al contrario, me habla con seriedad. No deja de preocuparme esa curiosa diferencia que establece entre Camucha y yo. A Zoraida, en cambio, la trata... ¿cómo diré? con una especie de término medio: ni le da bromas ni la habla con esa carita tan seria...
"Sí, ¿porqué viene tan seguido a casa? ¿Por alguna de nosotras? Camucha, a la menor sospecha se entusiasmaría en seguida".
—¿Y ella?—saltó Carmen. ¿Te crees que ella no estuvo tal vez enamorada de Julio? ¿Cómo se explicaría, si no, esa manera de apuntar tan minuciosamente todo lo que a él se refiere?
Adriana no la miró, no habló. La mano le temblaba sobre el manuscrito abierto. Iba surgiendo, desgraciadamente, la revelación temida, aquello que fuera sólo indecisa sospecha, ligero fantasma rechazado siempre, pero que no había cesado de rondar invisible, a sus espaldas. Su alma se llenó de desesperación. ¿Y cómo era posible que Carmen no comprendiera todavía?
"16 de marzo.
"Largo rato estuve hoy hablando con Julio, sólos. Me comprende bien. ¿Qué clase de sentimiento es este que se va formando entre nosotros? Una muy delicada amistad, tal vez... Su voz parece que tuviera un alma".
"25 de marzo.
"Se diría que Julio Lagos no es feliz. Idealista, demasiado idealista. Se queda encantado cuando yo le cuento alguna intimidad mía. Alguna intimidad disfrazada, naturalmente. Le dejo ver un chiquito de mi alma, alguna rareza mía, y después me asusto de que él pueda adivinarme toda".
"28 de marzo.
"Hemos jugado anoche a la lotería por moneditas, con Julio y varios muchachos que también estuvieron. Pero Julio y Eduardo nos dejaron temprano. Claro, la lotería resulta un juego tan tonto, y tenían tan poca gracia los chistes que hacía uno de los muchachos. Y comenzó por el chiste más desagradable: sentarse al lado mío, cuando Zoraida le había ya indicado ese asiento a Julio".
"21 de abril.
"Hace dos semanas que Julio no viene. ¿Por qué? Es cierto que antes estaba a lo mejor meses enteros sin venir. Sin embargo, ahora lo extraño, lo extraño mucho".
"22 de abril.
"Hoy nos visitó Adriana Zumarán. Estuvo una vez el año pasado y entonces fue una gran sorpresa para nosotras. Yo me pregunto si ella sabrá o no lo que pasó con su papá.
"Será una gran amiga. Sin embargo, su visita me ha dejado triste".
"30 de abril.
"Anoche Julio nos leyó, a Carmen y a mí, Ligeia de Edgardo Poe. ¡Cómo siente y hace sentir las cosas realmente divinas!
"Seguramente Julio no se enamorará nunca, si no encuentra en el mundo un ser así, sobrenatural, como Legeia. Afortunadamente, no hay Ligeias..."
"3 de mayo.
"Hoy volvió a visitarnos Adriana Zumarán. La llevé a mi cuarto, le mostré mis libros, le presté uno. Estuvimos conversando mucho. No podría soñar, como amiga, nada mejor. También a Zoraida y a Carmen les gusta mucho. Abuelita nos ha reprochado que no se la hubiésemos llevado, para verla. Ella conoció mucho a los bisabuelos de Adriana".
"12 de mayo.
"Ya somos con Adriana las más íntimas amigas. ¡Qué admirable su espíritu, su modo! Nos queremos entrañablemente. Hay en ella una sensibilidad finísima. Todos los elogios serían pocos para ella".
"13 de mayo.
"Decididamente Julio nos ha olvidado. ¿Diré a Camucha que le escriba?
"14 de mayo.
"Finalmente Julio ha vuelto. Lo hemos cargado de reproches, sobre todo Camucha. Zoraida tuvo que reprenderla por una broma bastante atrevida que le dio. Y ella lo hace de inocente, porque no se da cuenta de lo que significan ciertas cosas. No contenta con eso se puso a contar un sueño rarísimo, lleno de disparates tan atrevidos, que Zoraida y yo nos pusimos coloradas. ¡Y Julio, cómo se reía!
"Al fin no dio ninguna explicación del por qué había faltado tantos días. Alguna aventura, con seguridad.
"Zoraida lo ha invitado para mañana a comer".
"15 de mayo.
"Mientras oíamos la música de Zoraida, en el piano, Julio me ha mirado mucho. Yo me fingía absorta en la música. Como una puede ver sin necesidad de mirar, noté que él no cambiaba de expresión, me miraba y sin embargo parecía distraído de mí.
"Tengo siempre un miedo mortal de decir alguna cosa que le desilusione o que no corresponda a la idea pura que debe haberse formado de mí. Que no le soy indiferente, es seguro. Pero procura descubrirme, tal vez le intrigo algo. Quisiera confiarme a él, contarle cosas de mi alma... Pero no puedo. A veces sufro cuando nos quedamos solos.
"El gran problema a resolverse es este: si el final desdichado de mi amor con José Luis ha sobrevenido para darme la ocasión de una felicidad más grande, más verdadera, la única, la indecible felicidad que sueño, o al contrario, para hacer que caiga sobre mí una desdicha todavía más irreparable y más triste".
Ambas levantaron los ojos del manuscrito y se miraron con desolación. Adriana sintió que el corazón se le desgarraba.
Le pareció que el fantasma temido tomaba formas y se sentaba frente a ella, familiarmente, con una sonrisa de curiosidad irónica bajo la sombría capucha.
Siguieron leyendo.
"20 de mayo.
"Yo le demuestro ahora una gran indiferencia. Me aterra la idea de que él adivina las preocupaciones mías. Me aterra, también, que yo pueda enamorarme inútilmente. No debo ser el ideal de Julio. No existe su ideal.
"Cualquier galantería suya me halaga de un modo indecible. No puedo creer que mi cariño por él esté condenado a vivir ocultamente, para mí sola".
"22 de mayo.
"Esta tarde, con gran espontaneidad, me habló de su vida, de su infancia, de lo que ha buscado inútilmente cuando cortó sus estudios y viajó por Europa. Para realizar grandes cosas sólo le ha faltado un amor que le diera alas. Es un idealista imposible. Sus confesiones me impresionaron, claro está, porque yo también soy una idealista imposible. Tuve que bajar los ojos y luego fingirme distraída, para que él no pudiese advertir la exaltación que me producían sus palabras. Mi actitud le ha sugerido seguramente una idea errónea. Me dio cierta lástima cuando noté que la incomprensión mía le hacía sufrir. Es curioso lo que sucede entre nosotros. Yo lo desconcierto sin querer. Es que yo misma tampoco sé qué pensar con respecto de mí. No responde a coquetería ni menos a cálculo mi modo de ser. Pero existe en el interior mío una muy curiosa inconstancia: de pronto me posee un deseo ardiente de que nuestra amistad se convierta en amor, y al rato rechazo como absurdo semejante anhelo y prefiero prolongar indefinidamente esta situación ambigua, para que él pueda seguir añadiendo a los encantos que tengo los hechizos que me faltan. ¡Cómo debo haber embellecido en su imaginación! Si sobreviniera la intimidad sentimental con él, tendría que despedirme, a la larga, de las mejores prendas con que él me adorna; en cambio, como no sé hablar, las prendas que realmente poseo quedarían invisibles, de todos modos. No podré nunca, por ejemplo, describirle un ángel que se posesiona de mí cuando en él pienso..."
"27 de mayo.
"Ya nada puedo esperar y acepto lo que disponga Dios. Vino Adriana, y Camucha nos hizo bajar a Julio y a mí; se miraron con curiosidad, ella y él; pude notar en los dos, el deseo de hablarse, de tratarse íntimamente".
"4 de junio.
"Hoy he pasado dos horas con Adriana, conversando sin interrupción, de mil asuntos y de Julio. ¡Con qué naturalidad hablé de Julio! Ella ni nadie hubiera podido sospechar que se trataba de mi pasión. Le dije que era nuestro mejor amigo, nuestro único amigo de verdad, lo puse por las nubes. No sé por qué lo hice. Mientras hablaba, comprendía muy bien que mis palabras le aumentaban el prestigio. En mí existe una necesidad muy inexplicable de atarme a ella. La acaricio y la beso con una especie de sinceridad dolorosa".
"5 de junio.
"El pensamiento de que Adriana y Julio pueden enamorarse, ha hecho avivar mi pasión. Ahora, sí, es una verdadera pasión. Lo veo de continuo en mi pensamiento, lo siento en mi alma y me cantan en los oídos las palabras que llegó a decirme. Estoy arrepentida de no haber precipitado las cosas entonces; para entrar en su alma con más prestigio, hice demasiado misterio y concluí por sugerirle, acaso, la idea de que se estaba él engañando y de que yo carecía de capacidad para el gran cariño soñado. Cuando él buscaba la intimidad mía, cuando con tanta reserva y tanta habilidad procuraba vencer mi resistencia tonta, yo, en vez de sonreír enigmáticamente debí abrirle mi corazón. ¡Qué júbilo hubiera él tenido, con qué abandono nos hubiéramos puesto a querernos!"
"6 de junio.
"No está todo perdido. ¡Qué mal hice de ponérselo yo misma por los ojos! En adelante ya no le hablaré más de Julio. Realmente no tengo motivos para pensar que mi felicidad se ha desvanecido. Han vuelto a encontrarse hoy. Ni en él ni en ella he notado nada de particular. Hasta se han hablado con cierta indiferencia. Seguramente el otro día yo he visto visiones. Ella hoy se fue temprano. El saludo que se hicieron sólo demostraba afecto amistoso. Claro está que si cometo la torpeza de pintárselo como un héroe, ella no podrá menos que enamorarse.
"Decididamente mi opinión es esta: con el recuerdo de la ocasión en que se hablaron con tanta galantería, el año pasado, los dos se habían llenado la imaginación y deseaban volverse a ver; se vieron y la pasión no se produjo. Yo deseo infinitamente que así sea. La esperanza de mi vida volvería a brillar.
"Sin embargo, si esa indiferencia no fuera sino fingida, en los dos...
"Nada hay peor que esta clase de incertidumbres. Para distraerme, para arrancarme un poco la preocupación, acompañé a Camucha al taller de repujado que tiene una profesora francesa. Son muchas las señoras y las niñas que aprenden ese trabajo. Camucha está en la tarea muy seria de un bargueño. Quién sabe cuándo lo terminará, porque no permite que nadie la ayude. Ella se lo piensa regalar a abuelita, y la verdad que el bargueño haría juego con el armario y con la cómoda. Yo desde el lunes también comenzaré a ir".
"11 de junio.
"Hoy Adriana trajo violetas, que Zoraida puso encima del piano. Nos quedamos conversando, todos. En cierto momento Julio se levantó, y pasando junto al piano, se detuvo a mirar las flores. Fingiendo que aspiraba el perfume, las tocó con los labios. Lo hizo tal vez distraído".
"12 de junio.
"Tengo un gran desgano para todo; no he querido ir al taller de repujado. Me sorprenderían a cada rato dejando el punzón para ponerme a pensar. Cuando tomo un libro, obligándome a mí misma a leer, ocurre que al poco rato ni sé lo que estoy leyendo. Comencé una novela que, según dice Zoraida, es interesantísima. No he podido pasar del segundo capítulo. Han dejado de interesarme, ahora, los dramas puramente imaginados y la hermosura del estilo me entristece, no sé porqué.
"No puedo quitarme la visión de Julio cuando tocó con los labios, como distraído, las violetas de Adriana.
"Hasta los dramas reales han dejado de interesarme. Hoy Camucha entró corriendo para contarnos cómo acaba de romperse el compromiso de una prima nuestra que iba a casarse el mes que viene. Una cuestión de intrigas, complicadísima, y ella que amenaza con envenenarse. Una hora estuvo Camucha contando los detalles. Yo la oía sin escucharla. Entonces sucedió algo cómico. A propósito de lo que contaba reclamó mi opinión.—¿A ti te parece, dime?—Sí, Camucha, le contesté al azar. Todos pusieron una cara de sorpresa.—¿Entonces tú lo defiendes, a ese pillo? Yo había aprobado, sin vacilación, inconscientemente, la actitud del novio indigno".
"13 de junio.
"Anoche casi me desmayé. Se trata de algo tan penoso y desagradable que no puedo arrancarme a la impresión. He dado al hecho mayor trascendencia de la que tiene, porque en realidad ¿puede importarme algo, ahora, que Julio sepa o no sepa mi asunto con José Luis? ¿Acaso abrigo todavía esperanzas? Estábamos en el comedor conversando, cuando a Camucha se le ocurrió hablar de mi antigua pasión por José Luis. Yo sentí como si me dieran un golpe en el pecho y no pude dejar de mirar a Julio. Noté muy bien en su cara una pequeña sorpresa y también se me ocurrió que la noticia le producía algo así como un desencanto. ¿Me habrá puesto demasiado alto, me habrá figurado inasequible cuando parecía festejarme? Todo esto se junta en mi alma con reflexiones oscuras y me sería difícil escribirlo. Pero no me cabe duda de que él, al notar cómo yo me conturbaba, fingió no oír la frase de Camucha. ¿Para qué fingió? ¿Sabe que yo lo quiero? ¿Lo adivinó en ese momento al pensar, lógicamente, que yo le había ocultado esa pasión? No puedo salir de las conjeturas".
"14 de junio.
"¿Por qué se habrán conocido? Tal vez ella hubiera sido feliz con otro. Yo, en cambio, sin él estoy perdida. Lo que me mata es una duda egoísta. Tengo el deseo, la esperanza última, de que no lleguen a un amor duradero. Me pongo a pensar, a meditar horas y horas sobre qué clase de sentimiento puede haber entre ellos. Dicen que una pasión violenta pasa pronto; en tal caso, ojalá se quieran con la pasión más ardiente, hasta la locura, ojalá lleguen a los minutos de la dicha más grande, a la embriaguez de la dicha, ojalá sean felices como jamás podría serlo nadie. Mi alma, mi corazón, los bendecirá. Y después, después... que el uno al otro se dejen para siempre. ¡Yo entonces lo llamaré, yo misma lo llamaré; y si ha quedado triste, mi consuelo será como una dulzura tibia, tomaré para él una delicadeza de lirio, y seré tan íntegramente suya que nada podrá nunca más separarnos!"
"30 de junio.
"¿Por qué vienen ahora con tan poca frecuencia? Estoy segura de que se ven en otra parte. Se me ocurre que ella ha sospechado.
"Y yo conservo por Adriana, cosa curiosa, una simpatía íntima, mientras comprendo que toda la desdicha me viene de ella. Ya ni yo misma me entiendo. Hubiera preferido mil otras rivales. Es muy extraño que no la pueda odiar ni tampoco dejar de quererla mucho. Si ella supiera el amor mío por Julio, estoy segura que tampoco me perdería el cariño. Al contrario ¡y yo le daría una lástima!
"Es una verdadera pena que se hayan conocido".
"18 de julio.
"¡Si mis hermanas comprendieran lo que me hacen sufrir con sus alusiones a José Luis! Parece que llegará pronto. Yo lo espero con indiferencia. Estoy segura que no sentiré ninguna emoción al volverlo a ver. Me mostraré con él tan amable como ellas; si es posible, más. Se sorprenderá mucho de no ver en mí sino la sonrisa amistosa. Pensará que finjo, que me han hecho coqueta. Le pareceré así más interesante.
"He tenido un susto, nunca en mi vida he tenido un susto igual. Esta tarde, en vez de guardar mi diario en el cajoncito del escritorio como hago siempre, lo dejé bajo el almohadón para seguir después escribiendo. Pero vino Adriana, y más tarde Julio. Camucha, no sé para qué, los trajo a mi cuarto. Después se sentó en la cama y empezó a jugar con el almohadón. De repente me acordé que allí estaba mi diario. Camucha es irreflexiva, no tiene conciencia de la gravedad de ciertas cosas. Corrí en seguida, saqué a Camucha de mi cama y me senté apoyando la mano en el almohadón. Todos me miraron sin saber lo que me estaba pasando. Para no parecerle a Julio una "tocada", saqué el diario y fui a guardarlo en el cajoncito.
"Pero Carmen se viene detrás mío a las calladas, me lo arrebata, sale corriendo y desde el vestíbulo se pone a llamar a gritos: "¡Julio! ¡Julio! ¡El diario de Laura! ¡Venga!" Yo me precipito, pero todos salen también detrás mío, y Julio, Zoraida y yo la acorralamos a Camucha contra la baranda de la escalera para quitárselo. Ella se defiende y quiere entregárselo a Julio. Yo la abrazo a Carmen para hacérselo soltar, pero con la agitación y con el miedo, me faltan las fuerzas. Llamo a Juana, la sirvienta, en mi auxilio. Todos gritamos. Por encima de mi cabeza Carmen levanta el brazo, tira el diario y Julio lo caza en el aire.
"Sucedió todo en un abrir y cerrar de ojos. Yo me quedé fría, mirando en las manos de Julio estas páginas que contienen, desnudas, tantas cosas íntimas y ardientes que a él se refieren.
"No sé si tuvo Julio la intención de abrirlo. No sé si lo hubiera hecho. Pero yo debí poner tal cara, con el susto, que dejó de reír y me lo entregó. ¿Me habré traicionado? ¿Habrá él adivinado?
"Tampoco Adriana se reía".
"3 de julio.
"Hace ya quince días que no viene. ¡Qué tristeza! Estoy adelgazando mucho. Dicen que es anemia.
"Esta mañana me quedé un buen rato delante del espejo, mirándome en los ojos, fijamente. No podría escribir lo que sentí. Me pareció leer, en el fondo de mis ojos, mi destino. Les pedí una expresión de esperanza, y sólo vi negrura. Ahora he perdido hasta la dulzura de la resignación".
"19 de julio.
"Me ha visto otro médico. Estuvo examinándome durante una hora. Creo que se sorprendió, como el doctor Castro Fernández, de no encontrar vestigios de tuberculosis. Dice que tengo pulmones de roble. ¡Qué exageración! Pero también recomendó que me llevaran a la estancia o sino a Mendoza, por el clima.
"Yo creo que me agravo tanto porque no me desahogo, porque no digo a nadie la pena que me mata. Claro que si los médicos supieran esto no andarían tan despistados. Castro Fernández preguntó, es cierto, si no había pasado disgustos, pero yo lo miré riendo, a todos los miré riendo. Y al médico se le fue en seguida la sospecha".
"22 de julio.
"Camucha me señaló en el diario la noticia de que José Luis ha llegado de Europa hoy. Gran indiferencia mía que a Camucha sorprendió muchísimo. Dice que hago "pose".
"Seguramente José Luis nos visitará".
"24 de julio.
"Adiviné: hoy nos visitó José Luis y anuncia para pasado mañana otra visita.
"Lo recibieron Camucha y Zoraida. Yo demoré bastante para salir. Habrá creído que era por arreglarme. Según dice Camucha, él no podía disimular su impaciencia. Después, como estaba invitado a una comida en la Legación de España, no hemos tenido tiempo de conversar mucho. Se mostró inquieto por mi palidez, nos aconsejó un viaje a Europa.
"Me ha sucedido con José Luis lo que yo preví, lo que yo sabía. Un poco de curiosidad por ver cómo había cambiado su cara y para explicarme el motivo de haberme enamorado tanto, en aquel tiempo. Ahora tengo casi la impresión de que no fue pasión mía".
"Agosto 5 (11 p. m.).
"Como el médico ha ordenado que me acueste temprano, ellas ahora todas las noches, para obligarme a obedecer, se privan de hacer sobremesa y de quedarse, como antes, levantadas hasta tarde. Se han puesto en cama y toda la casa está a oscuras, menos aquí, en mi cuarto. Con tal que no se despierten. ¡Qué raro me parece estar así, sola completamente, a esta hora, mientras todo el mundo duerme! Es como si esto fuera la soledad de mi vida misma. Pero en medio de este silencio, tengo en mí como una gran dulzura. Estoy libre de las angustias que me dominaban. Es como si no sintiera mi desdicha. Todo me parece más ligero y más claro.
"Adriana, hace ya dos semanas que no te vemos. Julio, algo más constante que tú, no mucho más, vino ayer. Es cierto que apenas estuvo durante media hora. Parecía triste, pero bajo esa capa de tristeza creí adivinar la plenitud de la dicha. No te guardo rencor ninguno, Adriana. Al contrario. Nadie sospecha la pasión que con tanto cuidado procuro ocultar, esta pasión que no me conocen Camucha ni Zoraida; y si, por desgracia, la sospecha influye para que dejes pasar tantos días sin venir, quiero hacer a toda costa que ella desaparezca de tu espíritu. Diré a Camucha que te escriba y cuando estés aquí hallaré la manera de persuadirte. Te daré bromas con él y reiré mucho, mucho; así me saldrá un poco de color en la cara. No quiero que mi desdicha sea una sombra en la felicidad tuya. Oigo ruido. Zoraida que se ha levantado."
"1 a. m.
"Me acosté delante de Zoraida, luego me finjí dormida. Ella misma apagó la luz, después de besarme en la frente. Me besó y se fue suspirando. ¡Qué buena es, qué íntima lástima me tiene!
"Adriana, mi único desahogo es escribirte aquí, en estas páginas que nadie ha de leer nunca. Pero se me ocurre que te escribo a otro mundo, donde un día, dentro de mucho tiempo, podrás leerlas sin que pueda hacerte daño su amargura. ¡Si supieras lo que a pesar de todo hay para ti en mi corazón! ¡Y si supieras la extraña alegría con que pienso a veces que voy a morir, idealizada por el sacrificio, perdonando a todos y bendiciendo tu gran amor a Julio! Pasé varios días mortales, es cierto, en que no hubo delante de mis ojos ni la sombra de la esperanza. Pero ahora ya no la tengo en Julio, ahora es otra clase de esperanza, muy distinta, aunque muy inexplicable. Inquietud ya no siento. Es algo así como si tuviera júbilo de morirme y dejarlos a ustedes felices. Yo quiero que se acuerden de la pobre Laura, pero sin sospechar nunca por qué se puso anémica y por qué murió..."
Adriana y Carmen no pudieron seguir. Las lágrimas les anegaban los ojos y caían sobre las páginas del manuscrito. Las dos se pusieron a sollozar. Oyeron un ruido de pasos ligeros que se acercaban. Apareció Laura. Hizo un ligero gesto de susto, al ver el cuaderno en las manos de Carmen; luego se llevó las manos a la cabeza como atontada por un golpe.
Adriana levantándose, caminó hacia ella, acercó su cara dolorida a la cara pálida de Laura y la abrazó con desatinada vehemencia, sacudida por los sollozos.
Parecían querer fundirse la una en la otra, para formar o un mismo amor o una misma desolación.
En tanto Zoraida y Julio, dejando a la abuelita, habían bajado también y conversaban con tranquilidad en el vestíbulo. De pronto oyeron los sollozos de Adriana; iban a levantarse, sorprendidos, cuando ella cruzó corriendo, con el pañuelo en los ojos y desapareció como una sombra por la escalera, sin oír a Zoraida que asomándose por encima de la barandilla la llamaba desesperada, a gritos.
XXII
Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio. Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor: había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.
Nada le hacía más daño, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no podía soportar la suposición de que la bondad le hubiese nacido con el amor a Julio. A éste le exigiría, y tal era el propósito de su fracasada visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo estaba en que había escrito a ella suplicándole, para esa misma noche, la última entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquilizó la amarga evidencia de que Adriana no iría a casa de Charito. "¿Cómo pudo ocurrírseme, pensó, que ella me tendrá en cuenta ahora, justamente ahora que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrán citado, con seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantásticas, por ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde allí. Y he sido tan torpe para no adivinarlo. Y habrán quedado a comer, los dos, para luego seguir conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvería antes de la una".
Y Muñoz experimentaba una nueva y muy extraña sensación de desahogo revolviéndose en el corazón, mediante tales conjeturas, el puñal atravesado de los celos.
Pero no había andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a Julio en un carruaje. Chistó al cochero, subió y se sentó al lado de su rival. Por la emoción misma no advirtió la falta de respuesta que había seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber conversado una palabra.
—Debías echar a tu sirviente—dijo Muñoz al fin;—me aseguró que no volverías hasta la madrugada.
Luego le detuvo en el vestíbulo, por la idea del retrato desaparecido, cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como Julio, sin atenderle, se dejara caer en un sillón, le miró: había cerrado los ojos, palidísimo, y apoyaba la cara de perfil en el respaldo; una de sus manos colgaba inerte.
Se sorprendió Muñoz extraordinariamente. En seguida una alegría frenética le agitó. Adriana, sin duda, había hecho una de las suyas, se había burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; recordó que también él había regresado una vez a su casa así, abrumado, aplastado por uno de aquellos fríos desaires con que ella acostumbraba a contradecir la hechicería de su dulzura. No era, pues, la única víctima.
Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana, como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdén sobre los infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio también se humillaría, Julio también buscaría avergonzado la mediación de Charito, y acaso en la mañana de los domingos, para la misa de las once, se deslizaría como él, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.
Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de su abatimiento:
—Yo te lo advertí muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito. Adriana es una muchacha perversa, diabólica. Lo declaran sus amigas mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su voluptuosidad es esa. Pero tú, en vez de hacerme caso, tomaste su defensa, ¡te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la inflexión floja de su voz traslucía la satisfacción vengativa que le subía de las entrañas.
Luego le entró cierta lástima y sentándose en un brazo del sillón, sacudió a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en él cansadamente.
—¿Pero qué ha pasado, al fin?—le preguntó.
—Nada. Estoy muy bien.
Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz desapareció, sustituida por una idea espantosa.
—¡Adriana ha muerto!
Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un enfermo, tomó la de Muñoz.
—No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra, tal vez, te corresponda a ti.
Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana. Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.
Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias veces, de puntillas, sin valor para llamarle.
Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del diario.
Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo, pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?
Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses. Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una muralla de desolación.
A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espíritu de análisis flaqueaba, y Julio recaía en la contemplación interior de su tristeza, ¡Cómo había cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a ocultas del sombrío presente le fuera concedida una hora del hechizo muerto: ¡una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las conversaciones que traían, a lo íntimo de sus almas, los júbilos alados!
Tuvo la sensación indecible de que en aquella tarde habían pasado años y años. Y ni siquiera podía reconstruir el cercano recuerdo. La cara de Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su imaginación sin lograr que aquellos ojos tomaran para él la dulzura conocida.
Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexión distinta: aquella voz que más de una vez escuchara desatendiendo adrede el sentido de lo que ella hablaba, para sólo percibir el secreto de la idea en el rumor musical de las palabras.
¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma exquisitamente susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de aquella pasión tan celosamente oculta, hubiera sido para él motivo de insensata delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo de reminiscente melancolía. Se le representaron los días en que ella le intimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de Julio moría la indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Había concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder corresponder al adivinado deseo de adoración. Después, ya en pleno idilio con Adriana, solía preguntarse, intrigado aún, si alguna llama de amor no habría flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, que tan mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce con que otras veces le escuchaba.
Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para Laura, para Adriana y para sí mismo.
Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningún otro amor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el ambiente recobrarían sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engañosa superficialidad, se recogería en esa penumbra íntima que suele ser, para las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los ensueños, el mundo interior que nadie sospecha.
Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole de los afectos comunes, había tomado un camino casi místico hacia la adoración de aquel cierto tipo porteño cuya originalidad le asombrara y sedujera como una fina revelación. Y había amado un poco a todas las mujeres que de él traían algún inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombra de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armonía del andar.
Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita del Jockey Club, con Ricardo Muñoz.
Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina resignada, la realidad del mundo, casándose, al azar, con un hombre que no llegaría a conocerla nunca.
Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el sacrificio y despojada de toda materialidad.
Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos ya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una última y original visión de la vida que dulcemente les abandona.
Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una alimaña que le hubiera saltado a los hombros. Pensó con desagrado en la visita de Muñoz. ¿Acaso le había atraído a su casa un mal instinto, como atrae al buitre el olor de la presa? Miró con gesto sombrío el marquito de plata vacío, y ahora el robo del retrato le irritó. Inútilmente procuraba rehacer en la memoria la frase que se le había ocurrido en el momento de irse Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de los celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde el fondo de su espíritu, los ojos turbios de la Angustia.
XXIII
Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con Adriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de cómo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estaría al tanto de la ruptura, o del suceso que había motivado aquel estado de mortal lasitud en que había visto a Lagos.
Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y comenzó a repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de Adriana.
Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había fingido tan abatido para evitar una explicación, o por alguna rara delicadeza de rival afortunado.
—¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!—exclamó en voz alta.
—¿La cortesía de quién?—le preguntó Charito.
—No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvarío. Es un mal momento de mi vida.
En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no podía sacar una pieza de memoria.
Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la influencia de su obsesión.
—Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del cielo.
—¡Pero Muñoz, Muñoz!—gritó Charito alarmada.
Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.
—Todo esto son fantasías—explicó—para distraerlas a ustedes. Cuando uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para quitar el aburrimiento a sus amigas.
Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la cabeza en el brazo de un sofá.
—¡Es que sufro tanto, tanto!
Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad. Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación contra Adriana.
Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que Charito no se sorprendió.
Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia, una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella, una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna y con el puro propósito de consolarle.
En esto resonó el timbre de la puerta de calle.
—¿Quién podrá venir a esta hora?—dijo Charito sorprendida. ¡Son las once pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando apareció la visitante: era Adriana.
Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz, se levantó enrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente, en la figura de Adriana.
Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba sonreír.
—¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!—exclamó Lucía. Pero advirtió entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y comprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito aparte.
Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y la miraba con expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.
—He recibido su carta y he venido.
—Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.
Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando una tabla de salvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo del salón. Echó ella una mirada de odio a Muñoz. La desolación de su semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse, parecía a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran resolución, acercándose más a Muñoz, le habló en voz baja, insinuante, una voz que no parecía la suya.
—Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos últimos meses, ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver si usted de veras me quería. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias con nosotras mismas. ¡Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras. Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir es una defensa contra la posibilidad de engañarnos. Fingimos indiferencia, fingimos que andamos enamorándonos de otro... Y yo le explicaré, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un poco, por favor. Los otros días, cuando lloré, usted hubiera debido adivinar que comencé llorando como fingimiento, para concluir llorando por la idea de que no podía dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el espíritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente así poseída por esa maldad extraña... No fui yo, fue mi maldad la que le ha simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le ha hecho sufrir. Perdóneme, Muñoz, a usted lo quise siempre y ya es tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.