PARTE TERCERA “NUESTRO CÉSAR”
Reading edition
I
Donde Claudio piensa en «las niñas del Vaticano», y se habla del asesinato del duque de Gandía y la ruidosa desesperación de su padre.
Claudio Borja se sintió avergonzado al día siguiente recordando su conducta en casa de Enciso. Luego, para defenderse de su propio remordimiento, se mostró arrogante.
«No volveré á ver á esas gentes—pensó—. Me alegro de lo ocurrido. En realidad, me interesan muy poco.»
Y satisfecho de haber cortado sus relaciones con «el diplomático-artista» y con su antiguo tutor, se juró á sí mismo no permanecer en Roma más de una semana. Necesitaba este plazo para resolver ciertos pequeños asuntos de la vida diaria que tenía pendientes y entregar el «villino» á un amigo de su propietario. Le dolía acordarse de la dulce Estela, «víctima inocente, merecedora de compasión», y á la vez su orgullo le hacía considerar la insolencia de la noche anterior como un acto providencial. Gracias á él iba á librarse de su matrimonio con la hija de Bustamante.
Pasó la mañana en su casa. Rehuyó el salir de ella, temiendo encontrar á alguno de los que habían escuchado sus palabras en el palacio de Enciso. Luego consideró tal aislamiento una acción cobarde. ¿Qué le podía importar que lo saludasen ó fingieran no verle aquellos personajes antipáticos?...
Al salir de su «villino» dirigióse instintivamente hacia la Ciudad Leonina. Frente á la basílica de San Pedro se unió á un grupo de viajeros, entrando en el Vaticano para ver las Estancias de los Borgia, llamadas por el Renacimiento latinizante las Œdes Borgiæ.
Repetidas veces llevaba hecha esta excursión, admirando los siete salones donde vivió Alejandro VI. El Pinturicchio había pintado sus bóvedas y los dos tercios superiores de sus muros, quedando desnudo el tercio inferior para cubrirlo con tapices.
Admiraba Borja esta decoración, dispuesta por un Papa artista, protector de pintores y escultores que luego tomaron á su servicio Julio II y León X, usurpándole una parte de su gloria de precursor. Especialmente Julio II (Juliano de la Rovere), había dedicado sus años de vida papal á destruir ó calumniar la memoria de su antiguo adversario. Al cerrar las Estancias de los Borgia, inició una leyenda sacrílega, que se fué agrandando en el transcurso de tres siglos. Como nadie podía ver dichos salones, se hablaba de ellos como de un lugar abominable, cubierto por el Pinturicchio de pinturas lascivas. En uno de los frescos estaba representada la Virgen con el rostro de Julia Farnesio, y el papa Alejandro á sus pies. Todos los Borgia figuraban igualmente en otras pinturas.
León XIII, el Pontífice diplomático, admirador de la obra política de Alejandro VI, daba fin en el siglo XIX á esta leyenda mentirosa, restaurando y abriendo al público los abandonados y misteriosos salones. La calumnia histórica se venía al suelo inmediatamente. Todo falso. Alejandro aparecía de rodillas, pero ante una imagen de Cristo resucitado saliendo de su sepulcro. Por ninguna parte se veía á «la bella Julia». Fueron otros, algunos años después de muerto dicho Papa, los que la copiaron desnuda, abajo, en plena iglesia de San Pedro.
Tampoco resultaba cierto que Lucrecia Borgia fuese la Santa Catalina de uno de los frescos y César el tirano que la condena al martirio. Cuando el Pinturicchio terminó este cuadro, los hijos del Papa eran aún adolescentes.
Lo único que representaba á dicha familia en las famosas Estancias era el toro de los Borgia repitiéndose como un motivo ornamental. La evocación de la historia antigua, á que tan aficionados se mostraban todos en aquella época, había reproducido igualmente en una de las pinturas la apoteosis del buey Apis, por su parentesco con la brava bestia heráldica del escudo del Pontífice.
En el piso superior encontraba Claudio las llamadas Logias de Rafael. En tiempo de Alejandro VI servían de habitaciones á su hijo César, y en ellas debió dar éste algunos de sus banquetes licenciosos.
Saliendo del Vaticano, seguía Claudio la calle llamada del Borgo Novo. Resultaba ahora estrecha, pero en el momento de su apertura fué celebrada con versos y fiestas, por la rectitud de su trazado, que iba suprimiendo callejuelas tortuosas y edificios ruinosos. Al inaugurarse se llamó Vía Alejandrina, por ser el papa Borgia el autor de dicha obra, que dió aire y luz á la vieja ciudad en torno al Vaticano. Esta calle la había abierto para el jubileo de 1500, que atrajo á Roma enormes muchedumbres de peregrinos.
Recordó Borja que uno de los que llegaron á dicho jubileo fué cierto hombre del Norte llamado Nicolás Copérnico. El verdadero estudio de la misteriosa inmensidad astronómica iba á empezar bajo el reinado del mismo Pontífice que había intervenido en los más grandes descubrimientos geográficos.
Paseaba Claudio por la Roma moderna, capital de la unidad italiana, en igual estado de ánimo que Platina y los humanistas de fines del siglo XV. Estos sólo tenían ojos para lo antiguo, considerando indigno de mención lo que no fuese estatuas desenterradas, ruinas de termas ó palacios. Borja menospreciaba la Roma actual y también la remota antigüedad clásica. Sólo merecían su atención los recuerdos del llamado Renacimiento, especialmente de su primera época, cuando los españoles influyeron en Roma por obra de los dos Pontífices compatriotas suyos.
El resto de la tarde y gran parte de la noche, hasta que le acometió el sueño, lo pasó Claudio en aquel «estudio» que era la mejor habitación de su casa, leyendo y reflexionando. Los apuntes manuscritos y artículos impresos entregados por su tío en Niza, meses antes, acababa de encontrarlos por casualidad en una maleta, y su lectura le hizo buscar ciertos libros recientemente adquiridos.
Veía á Alejandro VI triunfante, mas no por esto seguro, después que el rey de Francia huía de Italia. El de Nápoles había abdicado en su hijo, el joven Ferrantino; pero como era incapaz de reconquistar su reino, venciendo á los diez mil franceses acampados en él, España enviaba al célebre Gonzalo de Córdoba, llamado más adelante el Gran Capitán, y éste, con escasos recursos, iba poco á poco expulsando á los enemigos.
También el Papa tenía su guerra. Necesitaba castigar á los feudatarios de la Iglesia que en vez de defenderlo se habían unido á Carlos VIII, haciéndole sufrir grandes humillaciones y poniendo en peligro su vida.
César Borgia había contemplado, en un silencio reflexivo de guerrero, la deslealtad de los barones romanos, mientras organizaba mentalmente el porvenir.
Siguiendo una tradición de familia, vió el Papa, en esta campaña contra los Orsini y otros señores, una oportunidad para engrandecer á su primogénito, el segundo duque de Gandía, y lo hizo venir de Valencia, donde se había instalado como un príncipe, después de casarse con la sobrina de Fernando el Católico.
Conocía Claudio la vida íntima de este jovenzuelo, hermoso, valiente, pero de una inteligencia inferior á la de César y Lucrecia. En los papeles del canónigo Figueras había encontrado la copia de varias cartas dirigidas por el Pontífice á su hijo mayor. Le daba consejos sobre su manera de vivir, recomendándole que no fuese dispendioso y se mostrara siempre afable y bueno con los humildes, procurando en todas ocasiones no dar motivos de intranquilidad ó disgusto á su esposa la duquesa, pues la paz de la familia debía ser más importante para un caballero cristiano que las fugaces aventuras amorosas. Le aconsejaba igualmente que fuese devoto de la Virgen y le reñía por algunas travesuras de su desenfadada juventud.
«Un papa Borgia—pensó—muy distinto al de las leyendas, donde aparecen padres é hijos de tal familia realizando juntos los actos más desvergonzados. De ser ciertas dichas calumnias, ¿cómo Rodrigo de Borja iba á enviar semejantes cartas, recomendando una vida moral y cristiana á hijos que le habían acompañado en sus orgías?... Son cartas de un padre, igual á todos los padres, que ha podido tener sus aventuras amorosas, pero dentro de su casa procura conservar la disciplina tradicional.»
No era hipocresía su devoción á la Virgen. La adoraba de buena fe, sin dejar por ello de ser un gran pecador. Tal mezcla de religiosidad y costumbres licenciosas se encontraba en todos los hombres notables de entonces, quienes unían ingenuamente el cristianismo con el paganismo.
«Su alma compleja—siguió pensando—no la comprendemos los modernos, mas no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso. Algunos Pontífices sucesores de Alejandro VI, uno de ellos León X, fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la Virgen, estaba seguro de su perdición eterna, y sin embargo, se dejó llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo á última hora».
Recordaba Claudio haber visto en Valencia una tabla pintada del siglo XV representando á todos los hijos de Alejandro VI. Tal vez era regalo del mismo Papa, el cual envió numerosos cuadros á las iglesias y conventos de su país. En dicha tabla se mostraba el duque de Gandía con el rostro de perfil, una barbilla rubia cortada en punta, coronado de rosas como un poeta, las facciones puras y tranquilas, un ojo rasgado en forma de almendra y la pupila de expresión dulce, algo burlona.
El primogénito del Pontífice se embarcaba en Valencia, venciendo la disimulada oposición de Fernando el Católico, el cual prefería conservarlo en España para dominar mejor al Papa. Se despedía de su esposa y de sus dos hijos, uno de los cuales iba á ser padre del futuro San Francisco de Borja. Al subir á su galera, cubierta de flámulas y gallardetes como un navío de príncipe, estaba lejos de imaginarse que ya no vería más á sus pequeños, pues empezaba á navegar hacia la muerte.
Todos los hijos del Pontífice se juntaron en Roma. Lucrecia había abandonado á su marido, volviendo al lado de su padre. Se quejaba de que Juan Sforza no la «servía» como era su deber. Además, en el curso de la gran tormenta arrostrada por Rodrigo de Borja, este yerno procedía de un modo alevoso, manteniéndose en secreta relación con sus enemigos.
El primero en llegar era Jofre, nuevo príncipe de Esquilache, con su inquietante esposa la napolitana doña Sancha. Habían vivido durante la invasión francesa ocultos en Calabria, y las victorias de Gonzalo de Córdoba acababan de sacarles de dicho confinamiento, entrando en Roma dos años después de su matrimonio.
Preparó Alejandro una recepción ostentosa á los jóvenes príncipes, saliendo á caballo todos los cardenales y las corporaciones fuera de las puertas de la ciudad, para acompañarlos hasta la presencia del Santo Padre, rodeado de su corte y de los embajadores.
Sancha se hacía gran amiga de su cuñada Lucrecia. Esta no era un modelo de virtud; casi ninguna mujer de aquella época lo era en Italia; pero su reposado temperamento la mantenía al margen de la mala conducta, mientras Sancha, de ardores voluptuosos inextinguibles, no reconocía obstáculo para la satisfacción de su lubricidad, mostrándose audaz y escandalosa en gestos y palabras.
Juntábanse en la corte papal tres mujeres jóvenes. La más vieja de ellas apenas pasaba de los veinte años, y sus dos amigas vivían aún lejos de dicha edad: la bella Julia Farnesio, Lucrecia y Sancha.
Claudio las veía imaginativamente cubiertas de joyas, vestidas con un lujo asombroso, seguras de su influencia sobre los hombres, atrevidas al poder contar con la más alta de las protecciones, tomándolo todo á risa, con la ligereza é inconstancia propias de su edad, y las llamaba en su interior «las niñas del Vaticano».
Julia sólo pensaba en el engrandecimiento de su familia; Sancha, era moralmente la más temible de las tres, buscando el amor por el amor, sin importarle el escándalo, uniendo á su ardorosa sexualidad cierta gracia literaria que le hacía manejar la pluma con soltura, describiendo en largas epístolas las fiestas de entonces.
Durante la solemnidad religiosa celebrada en la basílica de San Pedro con motivo del recibimiento de los príncipes de Esquilache, predicó un capellán del obispo de Segorbe, pedantón español, que, enardecido por la majestad del ambiente y lo escogido del auditorio, habló más de una hora, aburriendo al Papa, muy admirador de la verdadera elocuencia, y á toda su corte. Lucrecia y Sancha, ocupando un lugar prominente del coro, empezaron á bromear en alta voz con la corte de señoras romanas sentadas en el suelo, alrededor de ellas. El Papa, sus cardenales y demás próceres eclesiásticos, que daban muestras de impaciencia ante el interminable sermón, acabaron por mirar benévolamente la desenfadada actitud del grupo femenino.
La belleza morena y picante de Sancha se armonizaba con el esplendor rubio y la hermosura tranquila de Lucrecia, cuyos encantos podían llamarse pasivos. Diversas por su temperamento, se parecían á causa del perpetuo desacuerdo en que vivían con sus esposos. Las dos se quejaban de falta de «servicio» marital, la una por estar casada con un adolescente débil, la otra por los vicios de Juan Sforza, que hacían presentir un pronto divorcio.
El duque de Gandía entró en Roma tres meses después, en Agosto de 1496, desplegando el Papa igual pompa en su recibimiento y haciéndolo figurar un escalón más abajo de su trono, como presunto gonfaloniero ó capitán general de la Iglesia. A los pocos días le confió las tropas pontificias; pero aunque era valiente como todos los Borgia, sabía muy poco del arte de la guerra, y el Pontífice tuvo que colocar á su lado á uno de los condottieri más célebres de entonces, Guidobaldo, duque de Urbino.
Había llegado el momento de recobrar las tierras dadas en feudo á aquellos señores, prontos á la explotación de los Papas en sus horas de debilidad y á abandonarlos en caso de peligro. El mismo plan, madurado en silencio por César Borgia, iba á intentar realizarlo con poco éxito su hermano mayor, el más brillante en apariencia de los hijos de Alejandro y el de menos condiciones intelectuales.
Empezó la guerra atacando á los Orsini, por ser los más temibles entre los feudatarios mencionados. Al principiar el invierno de 1496 todo se mostró favorable para el duque de Gandía y su maestro Guidobaldo, apoderándose de numerosas fortalezas.
El cardenal César Borgia, completamente solo y disfrazado de caballero de Rodas, salía de Roma para examinar de cerca las operaciones militares. Quería estudiar sobre el terreno la estrategia y las maniobras de un capitán famoso como lo era Guidobaldo, amaestrándose secretamente para sus empresas futuras. Con tanta audacia avanzaba en dichas excursiones, que una vez, á orillas del lago Braciano, sólo pudo salvarse de los enemigos gracias á la ligereza de su corcel.
Nadie ayudaba al Papa en esta campaña. Los Savelli, los Colonna y otros feudatarios de la Santa Sede, incluso el señor de Pésaro, marido de Lucrecia, se mantenían expectantes, deseando en el fondo de su ánimo la derrota del Pontífice. Esta surgió inesperadamente á fines de Enero de 1497. Gandía y Guidobaldo levantaron el sitio de Braciano para cortar el paso á un ejército de refuerzo que enviaban los amigos de los Orsini. El choque ocurrió cerca del pueblo de Soriano, una de las batallas más sangrientas y empeñadas de aquella época, que tuvo como final la fuga de las tropas papales. Guidobaldo quedó prisionero, y el duque de Gandía, herido en el rostro, tuvo que huir, luego de batirse valerosamente.
Por suerte para el Pontífice, Ferrantino ó Fernando II, rey de Nápoles, le envió á Gonzalo de Córdoba para que sustituyese al duque de Urbino, y el Gran Capitán español, reorganizando las huestes pontificias, consiguió algunas victorias, que permitieron al Papa ajustar una paz honrosa con los Orsini.
Padre de exagerados afectos, quiso Alejandro engañarse á sí mismo sobre las capacidades militares de su primogénito, y le concedió toda clase de honores, como si realmente hubiese obtenido un gran triunfo.
Tenía á su lado como maestro de ceremonias á un alemán, el famoso Burckhardt, testigo desleal, exagerado y rencoroso, que iba escribiendo en su Diarium cuanto veía hacer de lejos á su protector el Papa, y lo que resultaba más terrible, todo lo que oía decir ó murmurar contra él, prescindiendo las más de las veces de buscar pruebas.
Hablando Claudio con Enciso, éste había concretado su opinión sobre Burckhardt y su famoso Diario:
—Me hace recordar á ciertos hombres de nuestra época que escriben sus Memorias para que se publiquen después de su muerte. Poco á poco se apasionan por ellas, con un cariño de autor; quieren que sean interesantes como una novela; se entristecen cuando transcurren días sin poder añadir algo sensacional, y acaban por aceptar serenamente toda clase de chismes y calumnias, sin otra precaución que poner al frente de ellas un «se dice». Alejandro VI mostraba cierto afecto por los alemanes. Después de los españoles, eran aquéllos los más numerosos en la corte papal. En realidad, el tal maestro de ceremonias sólo intervenía en los actos públicos, sin tener entrada en la vida particular del Papa, como el español Marrades y otros; pero suplió la falta de intimidad recogiendo en su Diario todas las calumnias y murmuraciones de antesalas y plazuelas contra su protector.
El Diarium de Burckhardt, escrito en latín con letra casi ininteligible, había permanecido inédito hasta principios del siglo XVIII.
—Los escritores protestantes—continuaba don Manuel—lo descubrieron con verdadero regocijo, y allí donde el texto no se dejaba entender lo interpretaron suponiendo un nuevo crimen de los Borgia.
Recordó Claudio que con ocasión de las últimas campañas del duque de Gandía, este maestro de ceremonias había escrito en su Diario, con rara justicia, sobre los dos capitanes de la Iglesia que acababan de sacar al Papa de su difícil situación. «El uno, Gonzalo de Córdoba—decía—, es un verdadero hombre de guerra y un verdadero hombre de Estado; el otro, el duque de Gandía, un pobre príncipe de comedia cubierto de oro y de joyas.»
Al restablecerse la paz, tenía el Papa que combatir á los enemigos dentro de su propia casa, siendo el peor de ellos su yerno Juan Sforza.
Pariente de los Sforza de Milán y relacionado con la mayor parte de los adversarios del Pontífice, se había mantenido siempre en actitud ambigua, trabajando ocultamente contra la familia de su esposa. Además, Lucrecia no hacía un misterio de la frialdad y displicencia con que la trataba su marido.
Era este Juan Sforza de carácter inquieto, gritón, calumniador, sin límite ni recato en sus mentirosas invenciones, defectos propios de su mala calidad.
—Indudablemente fué un homosexual—había dicho Enciso—, y los de tal especie ganan á las más terribles comadres en mala lengua.
El dió origen á las acusaciones inauditas contra los Borgia, que luego agrandaron los calumniadores de dicha familia y han llegado hasta nuestra época; él inventó la Lucrecia Borgia falsa y legendaria, atribuyendo á su mujer envenenamientos é incestos.
«De ser los Borgia unos monstruos como él supuso—siguió pensando Claudio—, fácil habría sido para el Papa y sus hijos deshacerse de este Sforza dándole muerte. César demostró en el curso de su existencia que no necesitaba auxiliares para suprimir á un enemigo. Lo hizo francamente algunas veces y por su propia mano.»
En vez de esto, el Papa se limitaba á entablar una acción de divorcio, anulando el casamiento de Sforza con su hija, y para esto nombró un tribunal en el que figuraban las personas más respetables é íntegras de entonces. Como dicha anulación tenía por base el hecho de que Lucrecia aún estaba virgen, fué invitado el marido, según costumbre de la época, á demostrar su virilidad delante de testigos, y se negó obstinadamente á esta prueba.
Su tío Ludovico «el Moro», tirano de Milán, por honor de su familia y para evitar los comentarios regocijados de toda Italia que cubrían de ridículo á un Sforza, le exigió, lo mismo que el tribunal de Roma, que se sometiese á probar su virilidad ante testigos, y tampoco quiso obedecer dicha orden.
A lo vergonzoso de esta confesión tácita de impotencia se unió la amargura de tener que restituir la considerable dote que le había aportado Lucrecia, viéndose obligado, de no hacerlo, á la entrega de su señorío de Pésaro, dependiente de la Santa Sede.
Finalmente huyó de Roma, afirmando que hacía esto para salvar su vida, y no le faltaba razón. Con su facundia venenosa, había empezado á lanzar acusaciones dignas de una mentalidad anormal y que equivalían al mismo tiempo á una demostración de que jamás había amado á su mujer. El fué quien inventó la inconcebible calumnia de que Lucrecia era amante de su padre y sus hermanos. Es seguro que de haber permanecido unos días más en Roma, el mismo César lo habría matado á puñaladas.
«Este hispano-italiano—se dijo Borja—, sereno y frío en los cálculos de la política y la guerra, mostraba una furia que era casi demencia cuando alguien insultaba á sus más próximos parientes. Algunos de sus crímenes no tuvieron otro origen. Además, por un pundonor que parecía heredado de sus abuelos valencianos, nunca quiso encargar á otros sus venganzas de familia. Era él quien debía realizarlas por su propia mano.
El parlanchín Sforza se refugió en Venecia, donde vivían los principales adversarios del Papa, y desde allí fué inventando nuevas atrocidades para la leyenda negra de los Borgia, que muchos años después reprodujeron los propagandistas de la Reforma, con el deseo de hacer daño al Papado, sin pararse á examinar su veracidad ni á sostenerlas con pruebas.
Los Borgia asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces á este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro ó de su famoso veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fué de su antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia, el señor de Pésaro se guardó muy bien de ponerse á su alcance, huyendo de su persona como de la hidra.
En aquella época las calumnias de este degenerado fueron comentadas con la afición que muestra siempre el público por los escándalos que afectan á los grandes, pero nadie creyó en ellas. Después de repetir las vociferaciones del señor de Pésaro, la gente se ensañaba con él, diciendo que más fácil le habría sido, para salir del paso honradamente, prestarse á la prueba de su virilidad, y glosaba el abandono en que había tenido á su esposa. Además, cuando el cobarde Sforza, para justificar su fuga de Roma, dijo que los Borgia querían envenenarle, todos recordaron que en esta materia los Sforza eran famosos, y sobre todos ellos Ludovico «el Moro», que se había apoderado del ducado de Milán envenenando públicamente á su sobrino, dueño verdadero de dicho Estado.
Continuaba la corte pontificia en 1497 ofreciendo un aspecto brillante. Todos los hijos de Alejandro VI vivían en Roma, menos Lucrecia, que se había retirado á un convento, algo avergonzada por su divorcio. César, más soldado que cardenal, se instalaba en el castillo de Sant Angelo, vigilando sus obras de reparación. Su cuñada, la ardiente doña Sancha, seguía en relaciones incestuosas con él.
Mostrábase el joven cardenal de Valencia muy reservado en sus amores. Nunca fueron conocidos por indiscreciones suyas. Sancha estaba instalada en el palacio Aleria, cercano al castillo, comunicándose con éste por un pasaje subterráneo semejante al que unía dicha fortaleza y los jardines del Vaticano. Pero César Borgia se preocupaba de la gloria y la riqueza, bases del poder, con preferencia á las voluptuosidades carnales. Sus luchas con los hombres le atraían más que las dulzuras amorosas. Dirigía la nueva fortificación del castillo de Sant Angelo para que resultase un refugio inexpugnable si otra vez venían invasores á atacar al Papado en su capital. Y poco á poco las relaciones entre estos dos grandes apasionados fueron menos frecuentes apartándose atraídos por nuevos afectos.
La sensual Sancha, que dormía en cama aparte, con gran satisfacción de su joven esposo, pudo dedicarse sin obstáculos á la satisfacción de su lascivia, y al llegar á Roma su otro cuñado, el duque de Gandía, mostró por él una pasión más vehemente que la inspirada por César.
Era, en realidad, un hombre superficial, no correspondiendo su carácter á su brillantez exterior. Mas para una hembra como ella resultaba apetecible este varón, de cuya elegancia y vigor masculino se hacían lenguas muchas damas.
Mientras su esposa, doña María Enríquez, y sus dos hijos vivían en Valencia, él amenizaba su celibato temporal en Roma con frecuentes y efímeros amoríos. Hermoso, rico, jactándose de una gran potencia genésica y con una falsa gloria después de sus triunfos debidos al Gran Capitán, era el hombre de moda en aquella ciudad de costumbres licenciosas, donde resultaban contadísimas las mujeres que no se rendían por sensualismo ó por ganancia. Algunas veces permanecía oculto un día entero, sin que esto inquietase á su familia. Se hallaba indudablemente en una encerrona amorosa, esperando la noche para salir de la vivienda de alguna dama y evitar que el escándalo manchase su nombre.
En Junio de 1497 los asuntos de Nápoles volvían á preocupar al Papa. Ferrantino acababa de morir sin descendencia, cuando Gonzalo de Córdoba había expulsado ya á los franceses de casi todo el reino. Su tío Federico, muy amado por los napolitanos, le sucedería en el trono. Por cuarta vez iba á conferir Alejandro VI la investidura del reino de Nápoles.
A César Borgia, hecho camarlengo recientemente, lo nombró legado a latere, encargándole la coronación de Federico. Juan le acompañaría, para que el nuevo rey le diese la investidura de los ducados de Benevento, Terracina y Pontecorvo, que acababa de concederle, con el deseo de tener propicio al Papa.
Por vanidad burguesa, al verse la Vannoza madre de un duque tan poderoso y un cardenal que iba á Nápoles como segundo Papa, quiso reunir antes de dicho viaje á sus dos hijos en un banquete de despedida.
Verdadera romana, había empleado todas sus riquezas en la ciudad, adquiriendo muchas casas, especialmente hospederías, que daban buena renta á causa de ser casi continua la afluencia de peregrinos. Numerosos clérigos poseían también posadas, industria fructuosa en las grandes peregrinaciones, y cuando éstas faltaban, volviendo la ciudad á su población ordinaria, dichos edificios daban hospedaje á espadachines y rameras, convirtiéndose sus propietarios eclesiásticos en dueños de mancebía.
La madre de tan grandes personajes se había construído un palacio cerca de la iglesia de San Pedro ad Vincula, con una viña á sus espaldas. Además de César y Juan asistieron á la comida su hermano menor Jofre, Sancha su mujer, y el primo de todos ellos, Juan de Borja, cardenal de Monreale.
Era ya avanzada la noche cuando los convidados de la Vannoza se marcharon. Juan y César salieron los primeros: el uno á caballo y el otro en una mula, cabalgadura ordinaria de los cardenales.
Juan llevaba delante de su corcel un palafrenero á pie y en la grupa á un desconocido, pequeño de cuerpo, con una máscara sobre el rostro. Esto no resultaba extraordinario en la Roma de entonces. De noche iban á caballo ó á pie damas y señores con careta, para pasar inadvertidos, é igualmente usaban antifaz los portadores de misivas reservadas. Una vida romántica y tenebrosa, pródiga en amores trágicos, apasionadas intrigas, desafíos y asesinatos, justificaba esta prolongación del Carnaval durante todo el año.
Hacía varias semanas que el duque se mostraba en público con este individuo misterioso, siempre enmascarado, que le acompañaba á todas partes, sin que nadie conociese su enigmática personalidad.
Cuando llegaron ante el palacio Cesarini—habitado ahora por el cardenal Ascanio Sforza, y construído por Rodrigo de Borja cuando aún no era Papa—los dos hermanos se despidieron. Juan pretextó el capricho de un paseo nocturno que deseaba hacer solo, y esto, unido á la presencia del enmascarado, hizo suponer á César que su hermano se encaminaba á una cita galante. Lo mismo creyeron el Papa y todos los de su intimidad, al ver que al otro día, 15 de Junio, el duque no regresaba á sus habitaciones del Vaticano, suponiéndolo oculto en la casa de alguna dama, no pudiendo salir hasta la noche, por miedo á la vigilancia del padre ó del marido.
Empezaron á mostrarse inquietos en el curso del día los allegados al Pontífice. El palafrenero del duque había sido encontrado al amanecer en la llamada «plazoleta de los Hebreos», cerca del sitio donde se despidieron los dos hermanos, herido tan gravemente que apenas podía hablar. El caballo del duque, con silla y riendas, erraba por las calles inmediatas. Interrogado el moribundo, respondió dificultosamente que había seguido á su señor hasta la expresada plazoleta, y allí le había ordenado que esperase una hora y se volviera solo al Vaticano si no le veía aparecer en dicho tiempo. Y no pudo explicar cómo lo habían sorprendido y herido de muerte durante la mencionada espera.
Todavía creyeron á Juan de Borja oculto por una cita amorosa; pero al día siguiente, 16, su persistente desaparición comenzó á justificar las peores conjeturas. En vano el prefecto de Roma con sus tropas de esbirros registró las calles y casas de la barriada donde había desaparecido el primogénito del Pontífice. Sus investigaciones se dirigieron luego hacia el Tíber, testigo de tantos delitos y que guardaba para siempre el secreto de los numerosos cadáveres arrojados á sus aguas. Dos esclavones que habían velado á orillas del río contaron entonces lo que vieron en la noche del 14 de Junio. Uno de ellos guardaba montones de leña recién desembarcada. El otro, batelero de profesión, dormía en su barca, y despertado por el frío nocturno, asistió al mismo espectáculo que su compatriota.
Dos hombres habían salido con precaución, cerca del amanecer, de una calleja inmediata al hospital llamado de los Esclavones para explorar si la ribera estaba desierta. No viendo á nadie, retrocedían, regresando luego con otros dos individuos, que permanecieron junto al Tíber vigilando los alrededores, mientras los primeros tornaban por segunda vez á la calleja. Cuando se mostraron por tercera vez, luego que los vigías les hicieron señales para que avanzasen sin miedo, escoltaban á un jinete, llevando éste sobre la grupa de su caballo blanco, tendido á través, un cadáver cuyos brazos y piernas pendían á ambos lados de la bestia.
Llegó el grupo al borde del Tíber, deteniéndose en un lugar donde desaguaba un albañal. El jinete volvió la grupa de su caballo hacia el río, sus ayudantes tiraron del cadáver, sosteniéndolo por los pies y los brazos, y luego de balancearlo dos ó tres veces para que adquiriese más impulso, lo echaron al agua. Al volver el caballero su montura cara al río, vió flotar la capa de la víctima é hizo un signo. Entonces sus acompañantes arrojaron piedras, hasta que la capa desapareció. Hecho esto, los cinco hombres se reunieron, alejándose por una calleja distinta.
Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tíber más de cien cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en averiguar su procedencia.
Esto no era una especialidad del tiempo de los Borgia. En el siglo XV, robos y asesinatos figuraron como accidentes ordinarios en la vida romana, y así continuó ésta bajo los pontificados siguientes.
Trescientos pescadores del Tíber fueron convocados para registrar las aguas, y á mediodía del 16, uno de ellos sacó en su red el cadáver del duque de Gandía, cerca de la iglesia de Santa María del Popolo. El cuerpo de Juan de Borja estaba vestido, con la garganta cortada y el pecho atravesado por nueve heridas. Su elegante justillo no tenía un solo botón sin abrochar. Los guantes largos y perfumados los llevaba pendientes de su cinturón, y su bolsa contenía treinta ducados de oro.
Cubierto con una capa fué llevado en barca hasta el castillo de Sant Angelo, donde lo desnudaron y purificaron, revistiéndolo después con el suntuoso traje de gonfaloniero. En la misma noche fué expuesto el cadáver en Santa María del Popolo y enterrado con gran pompa. El féretro no tenía tapa, viéndose el rostro del muerto. Detrás marchaban doscientos hombres con antorchas, toda la nobleza romana amiga del duque, los embajadores de España y de Milán, muchos cardenales y obispos.
Al mismo tiempo, los españoles que había capitaneado Juan de Borja en su última campaña se esparcían por Roma, espada en mano, dando gritos de venganza, buscando inútilmente al asesino, siendo por su exceso de celo un verdadero peligro para el vecindario.
Contaba la gente que al pasar el entierro nocturno frente al castillo de Sant Angelo, un grito desgarrador partió de una de sus ventanas. Era el Papa, que se había trasladado por el pasaje subterráneo desde el Vaticano á la fortaleza, para contemplar por última vez el rostro de su hijo preferido, acostado en un féretro, bajo los purpúreos resplandores de doscientas antorchas.
Tan violento fué el dolor de Alejandro, que tomó aspecto de demencia. El hombre meridional, con sus complejidades inexplicables y sus arrepentimientos ardorosos, reaparecía en este varón siempre sereno y jocundo. Tres días estuvo encerrado en su cámara, sollozando como un niño. A través de las puertas se escuchaban sus lamentos entremezclados con rezos é imprecaciones terribles. Del miércoles al sábado no tuvo un solo instante de calma. El cardenal de Segovia, su allegado más íntimo, permaneció en el umbral de su puerta durante los tres días, siendo el único que pudo decidirle finalmente á que comiese un poco.
Después de estos extremos ruidosos de pena se entregó al desaliento, mostrando una humildad que hizo dudar á muchos de su razón. Habló de renunciar á la tiara para dedicarse en absoluto á la penitencia, llevando una vida de asceta. Dejó estupefactos á sus cardenales con un discurso en el que se acusó á sí mismo de ser un objeto de escándalo, pidiendo perdón á Dios y á los hombres, jurando emprender inmediatamente una reforma completa de las costumbres eclesiásticas, purificación que prometían todos los Papas y ninguno osaba realizar.
Entrecortó su discuto con lamentos, se golpeó el pecho, expresando su desesperación ingenuamente, con hipérboles semejantes á las de la poesía oriental: «Si Nos tuviésemos siete tronos—decía—, todos ellos los daríamos por devolver la vida al duque.» Y lo que más le apenaba era recordar que el cadáver de aquel hijo, siempre cubierto de sedas y joyas, el primer elegante de su tiempo, había sido recogido junto á un albañal, en la parte más infecta del Tíber, por una red de pescador.
—¡Lo mismo que un saco de basura!—exclamaba dolorosamente el Pontífice.
Parecía asociarse la Naturaleza de un modo dramático á este dolor ruidoso. Una violenta tempestad empezó á rugir sobre Roma. La lluvia y la crecida del río inundaron las calles. El rayo cayó en las habitaciones privadas del Papa y también sobre el castillo de Sant Angelo, derribando la estatua colosal del arcángel que servía de coronamiento á la antigua Moles Adriana. La superstición popular añadió nuevos detalles á este cuadro trágico, asegurando que una procesión de espectros había desfilado durante la noche, bajo el estrépito de la tormenta, por las naves de la basílica de San Pedro, y que el duque de Gandía, en forma de fantasma, vagaba á medianoche por el mencionado castillo pidiendo que le vengasen.
Rodrigo de Borja, hombre de acción en su mocedad, incapaz de sufrir ninguna ofensa, abandonaba de pronto su actitud devota, resignada ante la desgracia, para dar órdenes furiosas al prefecto de Roma y á sus esbirros, así como á los capitanes españoles que estaban á sus órdenes y á todos los que pudieran ayudarle en su venganza. Era preciso encontrar á los matadores del duque, imaginando los más atroces suplicios para su castigo. Pero transcurrieron los días sin descubrir un indicio que permitiese conocer la verdad.
Claudio Borja pensaba en que iban pasados más de tres siglos sin que nadie pudiese aportar una prueba convincente de quién había sido el asesino. En realidad, Juan de Borja, con sus aventuras de amor incesantes y audaces, estaba destinado á perecer de tal modo dadas las costumbres vengativas de entonces.
En los días siguientes al de su muerte, todos creyeron, empezando por su padre, que ésta había sido obra de algún marido celoso. El hecho de quitarse los guantes, pasándoselos por el cinturón de su espada, era una demostración de que lo habían sorprendido y asesinado cuando iba á dar sus manos á alguna mujer. Luego, el misterio de dicha muerte fué agrandando el círculo de los comentarios. La hembra que le había dado la cita nocturna bien podía ser un agente al servicio de los enemigos del duque, deseosos de acabar con él. Además, el recuerdo de aquel enmascarado que le acompañaba desde semanas antes á todas partes y había sido su guía en la noche del crimen corroboraba tal suposición.
Se tuvieron sospechas de los Orsini, enemigos del Pontífice y en especial de Gandía, el cual les resultaba más insufrible que su padre, á causa de su jactanciosa mocedad. Se sospechó también del cardenal Ascanio Sforza, que se había disputado recientemente con Juan; de Bartolomé de Albiano, enemigo suyo; del duque de Urbino, prisionero en el desastre de Soriano, que se mostraba furioso contra los Borgia porque no le habían ayudado á pagar su rescate; de Juan Sforza, el antiguo esposo de Lucrecia, y hasta de los Colonna, siempre amigos de aquéllos.
El Papa examinó estas culpabilidades presuntas con una resignación dolorosa que le hizo mostrarse imparcial y justo. El mismo disculpó al cardenal Sforza, unas veces su colaborador, otras su adversario, cuya acusación parecía, por determinadas circunstancias, la más verosímil de todas. No sólo defendió á su amigo Ascanio, proclamando su inocencia; también hizo lo mismo con otros acusados por la voz pública. Unicamente guardó silencio en lo que hacía referencia á los Orsini. No los acusó, pero se abstuvo de defenderlos como á los otros.
«Indudablemente fueron los Orsini—pensaba Claudio—los que ejecutaron ú ordenaron el asesinato del duque de Gandía.»
Y repasaba en su memoria las opiniones de los pocos historiadores modernos que habían estudiado la vida de los Borgia de un modo concienzudo, sin hacer caso de apasionamientos y mentiras procedentes de aquella época. Aun siendo enemigos de los Borgia, reconocían en este asesinato del hijo mayor del Pontífice una venganza de la familia Orsini, furiosa por la muerte de su mejor capitán, Virginio Orsini, preso en el castillo del Huevo, en Nápoles, y al que sus parientes supusieron envenenado.
El dolor ruidoso del Pontífice conmovió á la cristiandad entera. Todos los reyes le enviaron cartas de condolencia. Hasta el austero Savonarola cesó en sus ataques al Papa, impresionado por la desesperación que mostraba el padre.
Permanecía ahora resignado y silencioso, absteniéndose de nuevas acusaciones. ¿Para qué?... Su hijo no podía resucitar. Transcurrieron nueve meses sin que los maldicientes, ni aun los más exagerados, ligasen á este asesinato el nombre del cardenal César Borgia, que se había ido á Nápoles poco después de dicho suceso para conferir su investidura al nuevo rey. A nadie se le ocurrió la monstruosa suposición de que César hubiese asesinado á su hermano.
Pasados los mencionados nueve meses, se forjó en Venecia tan infame patraña, siendo tal vez su primer inventor el lenguaraz invertido Juan Sforza.
Después de repasar Claudio sus estudios mentalmente, se convencía de la no existencia de pruebas que demostrasen la certidumbre de este fratricidio inútil. César Borgia había cometido crímenes; pero ¿á qué añadirle uno más, inverosímil y sin ningún fundamento?... Bastante tenía con los suyos.
Sus enemigos, para justificar la calumnia, le describían roído por la ambición, viendo en su hermano un obstáculo para su gloria, haciéndolo asesinar con la esperanza de que así conseguiría librarse del cardenalato, ser príncipe laico, sucediendo á Gandía en el mando de las tropas de la Iglesia.
«Todo falso—continuaba diciéndose el joven—. Precisamente Juan de Borja moría asesinado en el momento de su descrédito, después de la derrota que le habían infligido los Orsini en el combate de Soriano, cuando todos estaban convencidos, hasta su mismo padre, por más que lo ocultase, de que era un pobre príncipe de comedia, brillante, simpático, generoso, pero sin condiciones militares ni políticas. Incapacitado de ejercer en lo futuro ningún mando, toda la autoridad positiva de los Borgia iba viniendo á las manos de César. Este no necesitaba ya para conseguir sus fines hacer desaparecer al fracasado duque, crimen horrendo que le podía alienar en cambio el apoyo de su padre y de su familia.»
Resultaba absurda también la suposición de que Alejandro VI había transigido, por miedo ó por mantener incólume el honor de su estirpe, con el asesino de su hijo mayor, luego de confesar César su culpabilidad, como decían los calumniadores. Rodrigo de Borja, violento en sus cariños, era incapaz de aceptar un crimen tan inaudito. Jamás habría podido tener con el supuesto fratricida la confianza que le mostró en los años posteriores, ni sentir entusiasmos tan sinceros por sus victorias.
Algunos, para probar el crimen de César, empleaban como argumento el silencio y la resignación del Papa ante la muerte de su primogénito luego de las manifestaciones coléricas ó desesperadas de los primeros días.
Claudio se explicaba tal cambio de conducta en un hombre sanguíneo, arrebatado en sus pasiones. Después de sus ruidosas y terribles agresividades, caía en una pereza de sentimientos que le impulsaba á la mansedumbre y la tolerancia. Se decía, tal vez, que resulta más doloroso y cuesta mayores esfuerzos castigar á los enemigos que perdonarlos.
Sabiendo que los Orsini eran los autores más ó menos directos de la muerte del duque, no mató á ninguno de ellos. También Juliano de la Rovere, su eterno adversario, y otros cardenales no menos hostiles, estuvieron repetidas veces á merced de su voluntad, pudiendo vengarse en sus personas, y sin embargo el Papa de los innumerables asesinatos y del terrible «veneno de los Borgia» no atentó contra su existencia, ni siquiera alteró su bienestar encarcelándolos.
Quejándose una vez ante sus cardenales de las violencias de César, que realmente era vengativo y no tenía empacho alguno en exterminar á sus adversarios si lo consideraba útil, el Papa dijo así:
—Yo opino de otro modo, tal vez porque no soy joven, y moriré con la conciencia tranquila pensando que en muchas ocasiones pude quitar la vida á gentes que me habían causado grandes daños y sin embargo no lo hice.
Además, César nunca fué en sus combinaciones criminales amigo de tapujos. Luego de organizar el «bello engaño» de Sinigaglia para librarse de sus capitanes rebeldes, se jactó de la maestría con que había preparado dicha ejecución. Mataba él mismo, bajo el imperio de su cólera, ó confiaba el homicidio á sus íntimos, públicamente, asumiendo la responsabilidad.
En plena corte papal, casi en presencia de su padre, daba de puñaladas al español Pedro Calderón, que se había alabado de ciertas privanzas amorosas con su hermana Lucrecia. Estos amoríos, más verbales que carnales, y el flirt epistolar en castellano con Pedro Bembo, futuro cardenal, fueron las dos aventuras conocidas de Lucrecia.
Parecido á todos los hombres de acción de su época, César tenía el orgullo de sus crímenes, apreciados entonces menos severamente que ahora, y justificados, según él decía, por la necesidad de «matar para que no lo matasen».
Durante su corta y ruidosa existencia nadie lo acusó terminantemente y con pruebas del asesinato de su hermano. La mayoría dudó siempre de esta suposición. Sólo al transcurrir los años hizo la calumnia un argumento de los propios triunfos de César, para sostener la hipótesis del fratricidio.
Viéndole victorioso de los tiranuelos italianos, apoyado por el rey de Francia, apoderándose uno tras otro de los pequeños Estados, conquistas que iban á colocar en su cabeza la corona de toda Italia, los enemigos dijeron que «César no habría podido ser nunca lo que era ahora, de seguir viviendo su hermano Juan». Y sacaron la conclusión de que para llegar á ello lo había asesinado. A falta de pruebas materiales de su culpabilidad, esto les parecía suficiente.
Al recordar Claudio Borja dicha imputación criminal, se encogía de hombros.
«Con tal sistema—pensó—todos los que heredan á sus antecesores, ó los que se valen para su propia grandeza de lo que aquéllos prepararon antes, podrían ser acusados igualmente de haberles dado muerte para abrirse camino.»
II
Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia—siguió pensando Borja—, ni abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia, tan corta y abundante en aventuras: Aut Cesar aut nihil: «O César ó nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo, apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano, el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello, diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para dar su hija á César Borgia.
—No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán—dijo rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia, protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro y de su hijo.
—Que el Papa—dijo á los intermediarios—cambie las reglas de la Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto, elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces, se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile, atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia, poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones. Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque, y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al decorado.
Saltaban y rugían á través de los árboles varios invitados y familiares del Pontífice vestidos de fieras: Barleta, en forma de raposo; don Rodrigo Corella, de jirafa; el príncipe de Esquilache, marido de doña Sancha, de pato marino; el prior de Santa Eufemia, hermano del cardenal Borgia, de orifante; don Juan Caños, de ciervo; Nogué, de león, y el cardenal de Valencia, último de todos, en figura de unicornio. El aspecto de estas bestias resultaba convencional. Disfraces de raso y de brocado imitaban con sus colores los de las mencionadas animalías. Unicamente sus cabezas se aproximaban á la realidad de los irracionales representados.
Llegaron bailando á la presencia del Pontífice, fingiendo que reñían unos con otros para beber en el gran tazón, hasta que se presentaba el unicornio, con «un cuerno en la frente, según es de su naturaleza», y establecía la paz entre ellos.
Cuando acabaron estos «bailes de momos», el cardenal de Valencia pidió permiso á Su Santidad para danzar con su hermana doña Lucrecia «la baja y la alta», que era la danza de España más celebrada entonces, y todos hubieron gran placer en ella, por ser ambos los más famosos danzarines de Roma, especialmente en bailes hispanomoriscos, muy de moda en aquel tiempo. El primero en admirar á dicha pareja era el Pontífice. Sonreía embelesado siguiendo los graciosos y elegantes movimientos de sus hijos.
«Era un verdadero padrazo—se dijo Borja—, semejándose en esto á Fernando el Católico, otro hombre temible, también muy padrazo, que lloraba como un niño por los disgustos que le daban sus hijas, y sobre todas doña Juana la Loca, aconsejada por su esposo.»
En estas fiestas palaciegas, hombres y mujeres se trataban de muy distinto modo que en los tiempos presentes. Aunque hubiera sitiales sobrantes, la galantería recomendaba que los hombres se instalasen sobre la alfombra, á los pies de las señoras, apoyando la espalda en sus piernas, y otras veces encima de sus rodillas.
Doña Sancha contaba en su relación que el cardenal de Valencia, fatigado de bailar, venía á sentarse en sus faldas, su marido el príncipe de Esquilache en las rodillas de su hermana Lucrecia, y así los demás invitados.
Todas las damas de la familia Borgia lucían trajes enviados de Valencia, con adornos de oro á martillo y cuentas de vidrio de colores, que se llamaban «á la capellana» y eran entonces la última novedad en el adorno femenino. César y sus compañeros de montería regalaban sus disfraces lujosos á los criados que presenciaban la fiesta, vistiéndose inmediatamente trajes de corte y ciñendo sus espadas para seguir bailando con las señoras.
Al día siguiente celebrábase, en la parte del Vaticano llamada del Belvedere, otra fiesta nocturna, desde las ocho de la noche á las cuatro de la mañana. Varias compañías de truhanes hacían juegos de gimnasia y prestidigitación, empezando á medianoche las danzas de los señores, y otra vez César y Lucrecia, á pedimento del Pontífice, bailaban «la baja y la alta». A la salida del sol les servían una colación de cien platos grandes de confitería que tenían inscritos versos latinos en honor de los cónyuges y de Alejandro VI.
La última fiesta era una corrida de toros en los jardines del Vaticano, á la que asistían más de diez mil personas. Avanzaba el cardenal de Valencia al frente de su cuadrilla, compuesta de doce jinetes, llevando un traje á la morisca como los sarracenos españoles, compuesto de marlota de raso blanca y roja que doña Sancha había bordado de oro, bonete carmesí con penacho, borceguíes azules y una espada forjada expresamente para dicha fiesta. Iba montado en un caballo blanco con ricos jaeces y blandía en su diestra un lanzón, regalo también de doña Sancha. Doce mozos vestidos de raso amarillo y terciopelo carmesí marchaban á pie delante de él.
Los doce caballeros que le seguían eran todos españoles: don Juan de Cervellón, don Guillén Ramón de Borja, don Ramón y don Juan Castellar, don Miguel Corella y otros, vestidos igualmente á la morisca, sobre caballos ricamente encaparazonados.
César costeaba todo este lujo. Los romanos aclamaban al Borgia generoso que les ofrecía, á sus expensas, una fiesta tan interesante. En los estrados ó cadalsos figuraban las damas de la corte pontificia y de la aristocracia de la ciudad, muchas con los mismos trajes á la española que se habían hecho años antes para las fiestas en celebración de la toma de Granada.
Se corrían ocho toros en cinco horas, y el cardenal de Valencia mataba por sí mismo dos de ellos: el primero de una lanzada que le atravesó el pescuezo, acabándolo instantáneamente; el segundo á pie, con su capa en una mano y la espada en la otra.
Le dió tan gran cuchillada, que no necesitó repetir el golpe, haciéndolo caer con el pescuezo partido. El pueblo aclamó al que llamaba «nuestro César», asombrado del vigor inaudito de este joven débil en apariencia y de elegante fragilidad.
En esta evocación de las fiestas profanas que se iban desarrollando en el Vaticano y sus jardines, olvidaba Claudio Borja momentáneamente á César «el único», para concentrar su atención en un personaje que había empezado á figurar al lado de éste, siguiéndole á todas partes como la sombra al cuerpo.
Era un hidalgo valenciano, don Micalet Corella, cuyo nombre castellanizaban los otros españoles residentes en Roma, llamándolo don Miguelito, y al que los italianos dieron meses adelante una celebridad terrorífica, convirtiéndolo en don Michelotto.
Hijo bastardo del marqués de Cocentaina, noble de Valencia, había venido á Roma en compañía de su hermano legítimo Rodrigo Corella, en busca de la protección de los Borgia. Desde el tiempo de Calixto III existía un amistoso comercio entre ambas familias. Alfonso el Magnánimo tenía de confidente íntimo á un Corella, y éste, gran amigo de Alfonso de Borja, había cuidado de la educación del bastardo real don Ferrante, luego rey de Nápoles.
Muchos años después, al ir el cardenal Rodrigo de Borja como legado á España, conocía en Valencia al sucesor de Corella, ya marqués de Cocentaina, residente en dicha ciudad. Los hijos de éste, Rodrigo y Micalet, al ver elegido Papa al amigo de su padre, se dirigían á Roma.
Rodrigo Corella, segundón de ánimo grave, esperando heredar algún día el marquesado de Cocentaina por muerte de su hermano mayor, entraba especialmente al servicio del Pontífice, acompañándole en sus paseos como hombre de confianza, pues á la par que de costumbres tranquilas era muy valeroso. El bastardo don Micalet sentíase atraído por César, y le dedicaba toda su existencia con la fidelidad agradecida que un perro feroz puede mostrar al que lo favorece.
Había ido á Italia como el que va á bodas. Ningún país podía convenirle mejor que éste, por el desprecio absoluto á la vida ajena que mostraban en aquella época lo mismo los grandes señores que las gentes del pueblo.
Para Micalet, matar á un hombre era accidente sin importancia. La estocada frente á frente ó la puñalada por detrás le parecían iguales. Lo interesante era suprimir al enemigo. Su fuerza extraordinaria procedía más de los nervios que de los músculos. Incapaz de olvidar ofensas, y sin respeto alguno para los que fuesen adversarios de sus amigos, pronto adquirió su nombre una terrible celebridad, que contrastaba con lo ruin de su cuerpo, en apariencia débil, y con su exigua estatura, lo que motivó que todos lo tratasen en diminutivo, llamándole Micalet, Miguelito ó Michelotto.
En los últimos años de César, al mandar éste ejércitos, su fiel matón, desconocedor de las reglas y escrúpulos que guían á los otros hombres, se convirtió en un buen capitán de guerra. Fué el jefe de confianza del hijo del Pontífice, y cuando todos lo abandonaron, él se mantuvo leal.
Llamándose el capitán don Miguel Corella, combatió al lado de don Hugo de Moncada y otros españoles célebres, así como de los condottieri italianos de mayor renombre, y tuvo tratos con Leonardo de Vinci, el ingeniero militar de César Borgia. Su vida fué tan corta como la de su protector, marchando detrás de él con la fidelidad amenazante de un mastín.
Siempre bondadoso el Papa para sus compatriotas, veía vagar por los salones del Vaticano á este hombrecito inquietante, con las mandíbulas apretadas y unos ojos pequeños, de mirar agudo y receloso, que parecían ir esparciendo alfilerazos en torno á su persona.
—¡Micalet!... ¡Micalet!—decía Alejandro VI moviendo el índice de su diestra pontifical, como si presintiese alguna mala acción de esta bestezuela temible y la amenazase de antemano.
Varias veces provocó riñas con otros españoles dentro del palacio, sacando á luz sus armas. Prefería el trato con César, que era de su edad, y acabó por vivir cerca de él á todas horas.
Figuraba el Corella legítimo en las fiestas palatinas entre los gentileshombres del séquito del Papa, y éste le había dado varias prebendas, especialmente á raíz de una aventura en que le salvó la vida.
Le acompañaba una tarde Rodrigo Corella en su paseo por una huerta cercana al Belvedere, cuando vieron venir hacia ellos un enorme león. Lo tenían guardado en una casa inmediata y había huído de su jaula. Todo el acompañamiento papal, prelados, domésticos, cubicularios y otros servidores, huyeron despavoridos, dejando solos al Pontífice y al joven español.
—Santo Padre—dijo éste sin perder un momento su calma—, poneos detrás de mí y no os separéis.
Rodrigo de Borja, famoso por su valor tranquilo, siguió estas indicaciones, y Corella, con la espada en la diestra y la capa enrollada en el brazo izquierdo, continuó marchando, siempre de frente á la fiera, teniendo á sus espaldas al Papa, más alto y corpulento que él. Tal situación angustiosa duró largos minutos, mostrándose indeciso el león ante la actitud resuelta de la masa humana formada por los dos hombres. Al fin, los fugitivos, que habían dado la alarma en los jardines del Vaticano, volvieron con numerosos soldados españoles de la guardia del Pontífice, y éstos acosaron el león hasta su jaula, terminando así tan peligroso episodio.
Concedió Alejandro VI varios beneficios á su joven acompañante, asegurándole una renta de 2.000 ducados al año, y hubiese hecho de él un cardenal; pero Rodrigo Corella no quiso dedicarse á la Iglesia, esperando heredar algún día á su hermano mayor, y así fué, volviendo finalmente á Valencia para casarse y tomar el título de marqués de Cocentaina.
El bastardo don Micalet sólo entraba ya en el Vaticano para acompañar á su señor y amigo el cardenal, y si participaba de las fiestas papales era únicamente en corridas de toros ú otros regocijos que exigían fuerza y destreza.
Su nombre empezaba á adquirir celebridad. Para los enemigos de César Borgia, era don Michelotto á modo de un dragón que nunca podían sorprender dormido, pronto á dar el zarpazo de muerte en defensa de su amo. Los calumniadores de la familia papal intentaron hacer una misma persona de don Michelotto y aquel enmascarado que acompañaba al duque de Gandía en la noche de su asesinato. La pequeñez de cuerpo de ambos fué el único detalle para justificar tal identidad, lo que resultaba pueril. El duque Juan conocía perfectamente á Micalet como un familiar de su casa, y no podía equivocarse por más antifaces que se colocara el otro. Al ocurrir el crimen nadie hizo tal suposición sobre don Miguelito, y éste continuó siendo admitido en el Vaticano y tolerado por el Pontífice.
Un mes después de la boda de Lucrecia, el cardenal César Borgia renunciaba á su capelo, y el Sacro Colegio admitía la abdicación. Intentó el embajador de España, Garcilaso de la Vega, oponerse en el consistorio á dicho acto, siguiendo las instrucciones de su rey. Sin duda, Fernando el Católico temía ver convertido en príncipe laico á César Borgia, por creerlo el más temible de los hijos del Papa, poco dispuesto á someterse á su dirección, como lo había hecho el ligero duque de Gandía.
Supo acallar el Pontífice al embajador español y á los cardenales dispuestos á apoyarle, prometiendo que cuantos empleos y beneficios dejase vacantes el cardenal de Valencia al abandonar su estado eclesiástico se repartirían entre los miembros del consistorio amigos de la corte de España, é inmediatamente quedó César desligado de sus votos. En realidad, sólo tenía las órdenes menores y su caso no era sin precedentes.
Al mismo tiempo desembarcaba en Ostia un enviado del rey de Francia con documentos interesantes para el Pontífice y su hijo. Carlos VIII, el de la expedición á Roma, había muerto, heredándole su primo Luis XII. Este vivía mal con su esposa y ansiaba divorciarse para contraer matrimonio con la bellísima Ana, duquesa de Bretaña, unión que satisfacía sus gustos amorosos, aportando á Francia un nuevo Estado.
Conocedor el Papa de los deseos de dicho rey, mostrábase dispuesto á satisfacerlos, pero creía la ocasión propicia para vender caro su consentimiento, creando de tal modo la verdadera grandeza de su hijo. Igualmente veía César en Luis XII el único monarca capaz de apoyar sus ambiciones que asustaban á otros. Vivía rodeado de españoles, el castellano y el valenciano eran las lenguas que empleaba en la intimidad; pero no tenía, como su padre, los recuerdos de la niñez que unen á la tierra originaria. Había nacido en Roma, era verdaderamente un italiano, y mostraba poca afición hacia Fernando el Católico. Conocía muy bien á este viejo é infatigable zorro de la diplomacia, que engañaba á todos los reyes de su tiempo y no podía permitir que alguien medrase á su sombra.
Convenció á su padre de que sirviendo al rey de España serían siempre una especie de autómatas, moviéndose á ciegas, sin saber adónde quería llevarles aquél. Resultaba preferible unirse al monarca de Francia, más inexperto y necesitado del apoyo papal.
Un convenio secreto se estableció entre el Pontífice y Luis XII. César, que era ahora príncipe laico, iría como embajador á Francia para entregar al rey el documento pontificio divorciándolo de su primera esposa y la dispensa para contraer matrimonio con la bella Ana de Bretaña. Luis XII daría á su vez al hijo del Papa el condado de Valencia (Valence), convirtiéndolo en ducado. Así, el antiguo cardenal de Valencia pasaría á ser duque de Valence y personaje francés, luego de haber figurado como arzobispo español.
La parte secreta del convenio era que el monarca de Francia procuraría el casamiento de César con una dama de familia real (Carlota de Nápoles), y el Santo Padre facilitaría á Luis XII los medios para apoderarse de Milán y Nápoles, con más eficacia que lo había hecho su antecesor. A su vez, Luis XII ayudaría al nuevo duque de Valence á reconstituir los dominios de la Iglesia, fundados al principio de la Edad Media por Pepino y Carlomagno, desposeyendo uno tras otro á los barones feudales que detentaban las antiguas tierras de los Papas, representando un peligro permanente para éstos.
En Agosto de 1498 todos hablaban en Roma de que César iba á partir para Francia, donde le harían duque, pero nadie conocía las cláusulas políticas del tratado, guardadas cuidadosamente.
César, héroe del Renacimiento, terrible y fastuoso, gran amigo de exterioridades, dispuesto á conversar con los artistas de su cortejo, entre dos asuntos políticos ó dos batallas, sobre los dibujos de un tapiz, la autenticidad de una estatua antigua ó el cincelado de un puñal, se ocupó durante varias semanas en sus preparativos de viaje, que fueron enormes, amontonando vestiduras lujosas, pedrerías, armas, jaeces de caballo, libros valiosos, toda clase de ricos presentes.
Para los gastos llevaba 200.000 ducados de oro, cantidad enormísima en aquella época. Gran parte de dicho dinero se la sacaron él y su padre á los judíos residentes en Roma. Su séquito componíase de treinta gentileshombres, un médico, un mayordomo y cien criados, pajes y escuderos. Doce carros y cincuenta mulas de carga llevaban su equipaje. Sus caballos de montar eran tantos que ellos solos ocuparon un navío.
Además del buque de guerra enviado por Luis XII, en el que se embarcó con sus más íntimos compañeros, dos naves de cabotaje y cinco galeras del puerto de Ostia formaron una pequeña flota, acompañándolo hasta Marsella.
Desde este puerto á la Turena, donde se encontraba Luis XII, el viaje de César fué una brillante cabalgata. El cardenal Juliano de la Rovere, residente en Aviñón como legado del Pontífice, había vuelto á buscar la amistad de éste al verle en alianza con el monarca francés. Rodrigo de Borja le cortaba todo camino. Ya no podía encontrar nuevos aliados para combatirlo y le convenía ser su adulador.
Claudio Borja sentía cierto desprecio al pensar en la conducta del futuro Julio II, el cual figuraba en la Historia como hombre enérgico, incapaz de servilismos, no obstante haberse agachado tantas veces ante Alejandro VI, su rival. Este pudo aplastarlo en justa venganza, y lo perdonó con una bondad de varón realmente fuerte, sin sospechar que luego de su fallecimiento sería el encargado de ennegrecer su memoria fabricando una biografía falsa que ha durado tres siglos.
Siempre que hablaba de Alejandro VI con sus íntimos le llamaba «judío», «marrano» ó «circunciso». Como entre los españoles avecindados en Roma los había que eran «marranos», ó sea judíos conversos, los italianos, por odio al extranjero, creían de origen israelita á todos los procedentes de España. En cuanto al apodo de «circunciso», aludía Rovere, al mismo tiempo que á un imaginario judaísmo, á ciertos rumores de la maledicencia popular, que suponían en Rodrigo de Borja, cuando era cardenal y atraía á las mujeres «como el imán al hierro», un monstruoso desarrollo de cierta parte de su organismo.
El hipócrita legado en Aviñón recibía á César como un príncipe real, y tales eran sus fiestas y banquetes al hijo del «circunciso», que en una semana gastó 7.000 ducados de oro. Luego escribía entusiásticas cartas al Pontífice alabando la modestia y las virtudes del que todos empezaban á llamar el duque del Valentinado.
Esto último no lo consideraba Claudio hipérbole adulatoria, pues el valor de las palabras cambia con los tiempos. «Modestia» significaba entonces simpatía, y eran llamadas «virtudes» la elegancia, la cultura y el gracejo en la conversación.
Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta, acogido regiamente por los más altos señores franceses, que habían recibido órdenes de su monarca para obsequiarle cual si fuese un príncipe heredero. En Lyón le daban un banquete pantagruélico, con 360 piezas de volatería ó de caza mayor y 162 platos montados de confitería, corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia. Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse, pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y también se negaba á recibir el collar de San Miguel presentado por un embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de Luis XII.
Al fin se encontraba con éste en Chinon, y tan esplendoroso era el cortejo de César, que Brantôme hablaba de él en su libro Vida de hombres ilustres, mostrándose deslumbrado, como los otros cortesanos, por el lujo del hijo del Papa, y burlándose al mismo tiempo á impulsos de la envidia.
Los grandes señores franceses se reconocían algo rústicos é incultos al lado de este príncipe de origen eclesiástico que traía de Italia todas las exquisiteces de la nueva existencia creada por el Renacimiento. Comparado con ellos, que vivían como hombres de guerra, resultaba un poco afeminado este joven, vestido á todas horas de seda y terciopelo lo mismo que una dama, luciendo armas de oro y piedras preciosas semejantes á joyas, esparciendo al andar perfumes orientales, seguido en su entrada triunfal de servidores que arrojaban puñados de monedas á la muchedumbre. Todos sus corceles llevaban herraduras de plata, sostenidas apenas por un clavo del mismo metal para que se soltasen y las recogiese la plebe.
En la corte de Francia encontró á Carlota, la hija del rey Federico de Nápoles, que perfeccionaba en aquélla su educación, y todos los esfuerzos de Luis XII para que se uniese en matrimonio con César resultaban inútiles.
Carlota de Aragón estaba enamorada de un señor de Bretaña, y Federico, su padre, decía que le era imposible contrariar los afectos de su hija por conveniencias diplomáticas. Tal vez el amor por el bretón no fué mas que un pretexto para librarse de César.
Insistía éste en sus pretensiones matrimoniales por verdadero deseo amoroso ó por orgullo, pues su matrimonio con Carlota no le ofrecía ninguna ventaja política, ya que estaba convenido entre Luis XII y Alejandro VI repartirse los Estados del rey de Nápoles. En aquella época eran frecuentes tales perfidias, y los que estaban al tanto del tratado secreto no extrañaban ver al rey de Francia, al Papa y á su hijo trabajando para que este último se casase con la hija del que proyectaban destronar en breve.
Desde España, el primer político de la época que lo veía todo por oculto que estuviese—y lo que no sabía lo adivinaba—había acabado por presentir la maquinación papal y francesa. Fernando el Católico se indignó al ver que un español convertido en Pontífice intentaba moverse solo, siguiendo una política independiente que podía resultar contraria á la suya. Como era hombre de acciones múltiples y contradictorias, valiéndose á la vez de minas y contraminas, hasta el punto de enmarañar las cosas de tal modo que, finalmente, sólo él conocía el hilo conductor, buscó ponerse de acuerdo en secreto con el rey de Francia para repartirse entre ambos los territorios de Nápoles, si es que la tal partición resultaba inevitable, y envió al mismo tiempo una embajada amenazadora al Papa, pretendiendo asustarlo.
Llegaron los embajadores españoles á Roma en un momento angustioso para Alejandro VI. César se veía muy agasajado en la corte francesa y era duque de Valence, pero su situación resultaba algo ridícula. Todos sabían que había ido allá para casarse con una princesa de sangre real y el matrimonio no pasaba de ser un proyecto.
Desistiendo Luis XII de Carlota de Aragón, le había propuesto casarse con otra princesa del mismo nombre, Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, que también vivía en su corte. Aceptó César á esta joven de buena presencia, sana, fuerte y con discreto carácter, condiciones que hacían presentir en ella una esposa amable y sumisa. Además, mostraba gran amor por este príncipe bello y lujoso, pródigo en deslumbrantes magnificencias. Pero la familia de Carlota de Albret, especialmente su padre, viendo el apuro del rey, explotaban la situación, renovando sus peticiones de recompensas antes de dar á Carlota.
Esto hacía vivir al Papa en continua incertidumbre, viéndose al mismo tiempo rodeado de peligros más inmediatos. Los Colonna y los Orsini, siempre enemigos, acababan de unirse para hacer una guerra común al Papa. Ascanio Sforza, enterado de su alianza con el monarca francés, que ponía en peligro á Milán, lo abandonaba para unirse á Fernando el Católico y al emperador Maximiliano de Austria, proyectando con éstos la convocación de un concilio que quitase la tiara á Alejandro.
Al presentarse los embajadores españoles en el Vaticano á fines de 1498, traían el encargo de amenazar al Pontífice con la convocación del mencionado concilio. La entrevista del Papa español y los enviados de los reyes de España resultaba borrascosa. Empezaron éstos por hablar de los medios ilegales de que se había valido Alejandro VI para obtener su tiara, pero éste les interrumpió enérgicamente:
—Poseo el pontificado—dijo—con más derecho que los monarcas españoles poseen sus reinos, de los cuales se apoderaron sin título legal y contra toda ley de conciencia, pues correspondían en justicia á otros de su familia, con mayores derechos á obtener la corona. Vuestro rey y vuestra reina no son sino intrusos, y yo lo sé mejor que nadie por haberles ayudado y apoyado en su juventud, acción de la que tal vez me arrepiento ahora.
Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo divino, replicó el Papa, enojado:
—Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para satisfacer su ambición.
De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.
Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia, legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al nombrarlos:
—Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.
En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de Francia.
Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder á éste su dignidad ó sus bienes temporales.
Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.
César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.
Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.
La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.
Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó la grosería.
«Denota orgullo—pensó—por la solidez y aguante de esta navarra vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición persistente en la familia desde Calixto III.
Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y roedoras.
En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas. Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el legendario Don Juan.
Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado. También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente no podía reservarle desilusiones en lo futuro.
Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez, los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto, César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa Sede.
El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su marido.
Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.
Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia, los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.
Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.
Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro príncipe de la familia Borbón.
III
Las campañas de César, el heroico arremangamiento de faldas de Catalina Sforza y «el bello engaño» de Sinigaglia.
En las evocaciones de sus lejanos ascendientes, asimilaba Claudio el carácter de cada Borgia á la imagen de un animal.
El papa Alejandro le parecía un toro impetuoso, franco en sus arranques, como los que corren por el redondel del circo, acometiendo de frente á todos y dejándose engañar al fin. Los grandes diplomáticos de aquella época—los más retorcidos y astutos de la Historia—lo consideraban un hombre apasionado, y por lo mismo propenso á desorientarse en sus maquinaciones.
A César lo veía como un tigre de dorada piel, ojos de esmeralda y estiramientos peligrosamente elegantes. A continuación convertíalo en pájaro, á causa tal vez de su afición á vestirse, según la moda española, con rasos y brocados negros. Era un ave de presa del mismo color de la noche, las pupilas de fuego y un penacho blanco como remate.
Le parecía el padre más simpático y bondadoso. César tenía, en cambio, mayor elegancia, aun en su lobreguez misteriosa. Abarcaba su ambición más dilatados horizontes, y la vanidad masculina lo ponía á cubierto de las abdicaciones del amor.
Rodrigo de Borja era un enamorado hasta su vejez, dejándose guiar por las mujeres. César las poseía más por ansia de dominación que por verdadero amor, sin obedecerlas nunca, manteniéndolas lejos de sus asuntos, utilizándolas sólo para sus placeres, y mostrando á continuación cierto desprecio por ellas, semejante al de los orientales poseedores de un gran harén.
«De ser mujeriego simplemente, como su padre—pensaba Claudio—, no habría podido realizar lo que hizo en tres años».
Su regreso á Italia esparcía la inquietud entre los soberanos italianos, quienes venían temiendo desde mucho antes las consecuencias de tal viaje.
Claudio Borja se dirigía siempre, en sus paseos por Roma, á los lugares donde se había desarrollado la última parte de la vida de César y de su padre, las Estancias de los Borgia, los jardines del Belvedere, teatro de suntuosos banquetes y fiestas al aire libre, el castillo de Sant Angelo, fortificado por Alejandro VI hasta hacerlo inexpugnable para las armas de aquella época.
Suprimía con la imaginación toda la obra de los Pontífices posteriores, y después de eliminada esta cascara histórica que él llamaba «moderna», creía ver el Vaticano tal como era entonces, con su vida de intrigas y pequeñas guerras, con el populacho al exterior, maldiciente y tornadizo, entusiasmado unas veces por los triunfos de los Borgia, llamando á César «el único», propalando y aceptando en otras ocasiones las calumnias más monstruosas forjadas contra ellos en Venecia y en Florencia, que los cronistas copiaban en sus Dietarios y los embajadores en sus cartas, precedidas simplemente de un «se dice» ó un «según cuentan».
El triunfo de César en Francia sembraba el pánico entre los enemigos de la política pontificia. El cardenal Ascanio Sforza, de carácter pusilánime, no obstante sus intrigas continuas, huía de Roma temiendo la vuelta de César; mas en su perpetua indecisión se abstenía de ir á Milán al lado de su hermano Ludovico «el Moro», para que no le creyesen de acuerdo con éste. Tal ejemplo influía en Alfonso de Aragón, esposo de Lucrecia, el cual escapaba igualmente del Vaticano. Era sobrino del rey de Nápoles, y como el duque de Valence mostraba enojo contra dicho monarca por haberle negado la mano de su hija Carlota, temió las consecuencias de la mala situación en que le colocaba esto dentro de la familia Borgia. Y sin que le amenazase ningún peligro inmediato, salió de Roma, yendo á reunirse con el cardenal Sforza.
Lucrecia no quiso seguirle, á pesar de sus ruegos, considerando inoportuno tal pánico, y su padre la nombró regente de Spoleto, ciudad y territorio gobernados hasta entonces por cardenales legados.
Este nombramiento no resultaba extraordinario. Era un gobierno político, sin ningún carácter religioso, y muchos Estados italianos vivían regidos por mujeres. Lucrecia, de juicio claro y tranquilo para resolver los asuntos públicos, fué objeto de las alabanzas de sus administrados. Más tarde, el Papa le dió el gobierno de Nepi, y al casarse con el duque de Ferrara administró igualmente, en ausencia de su esposo, este principado importante, demostrando poseer las mismas condiciones políticas de su padre y de su hermano César.
Al fin el marido de Lucrecia, convencido por ella, se tranquilizó, volviendo á su lado. La hija del Papa daba á luz en Noviembre un hijo, que recibió el nombre de su abuelo Rodrigo, siendo bautizado con gran pompa en la Capilla Sixtina.
Había penetrado en Italia el rey de Francia, apoderándose el 6 de Octubre de Milán, abandonado por Ludovico «el Moro», quien fué á refugiarse cerca de Maximiliano, emperador de Austria. César Borgia, llegado con Luis XII, organizaba rápidamente un ejército para guerrear por su cuenta contra los barones feudatarios de la Santa Sede que se negaban á obedecerla, y á los que Alejandro había declarado desposeídos de sus territorios.
Iban á empezar las brillantes campañas del nuevo duque. Su ejército se componía de mercenarios facilitados por el rey de Francia ó reclutados por él mismo. Con César Borgia y con Gonzalo de Córdoba iniciábase la verdadera guerra moderna.
Su caballería constaba únicamente de trescientas lanzas, al mando del capitán Ives d’Allegre, el mismo que años antes había cautivado á Julia Farnesio. El bailío de Dijón mandaba una hueste de suizos y gascones, y á estas tropas de procedencia francesa había unido Borgia las compañías de los condottieri Tiberti y Ventivoglio. Además contaba con una legión de españoles, que ascendió algunas veces á 3.000 combatientes, figurando á su cabeza el noble valenciano don Hugo de Moncada, que fué luego uno de los mejores capitanes de mar y tierra de Carlos V, pereciendo como almirante en una batalla naval.
Claudio se detenía á reflexionar sobre la composición de esta tropa española, núcleo, durante tres años, del ejército de César.
Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados á las acciones heroicas y á los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un capitán como César, semejante á ellos, cruel y generoso, dispuesto á sostener la disciplina matando, y tolerante al mismo tiempo para los atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo referente á mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las hazañas del «Valentino», como ellos llamaban á César, ó se habían trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del hijo del Papa. Muchos iban á embarcarse años después para combatir contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin distinción de idiomas ni fronteras, fuese para ellos interminable campo de batalla.
Uno se llamaba Diego García de Paredes, y era apodado «el Sansón de Extremadura», atribuyéndole la tradición—tantas eran sus fuerzas—el arranque en una iglesia de la pila de agua bendita para que una dama mojase sus dedos en ella con más facilidad, el detener con sola una mano la marcha de una carreta de bueyes, el hacer frente á todas las avanzadas de un ejército, protegiendo de este modo la retirada de los suyos. A otro, también extremeño, Gonzalo Pizarro, lo apodaban «el Romano» en Trujillo, su ciudad natal, á causa de sus campañas en Italia. Mucho antes de servir á César Borgia había tenido un bastardo con una campesina de su tierra, abandonándolo, y este chicuelo, llamado Francisco, que guardaba cerdos y no había tenido tiempo para aprender á leer, conquistaba años adelante á orillas del Pacífico un Imperio enorme, llamado del Perú, gobernando como rey los vastísimos territorios de los Incas vencidos.
Don Michelotto era capitán de una de las más temibles compañías, compuesta de españoles bullangueros y espadachines reclutados en los suburbios de Roma.
También en la hueste italiana los hombres eran de una existencia no menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de combate; otros cultos, de gustos artísticos, llevados á la guerra por violencias de su carácter ó aventuras de su historia azarosa. Todos los escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de humanidades aburridos de su vida sedentaria, pintores ó escultores que habían descalabrado á un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de la justicia, se acogían á las banderas del Valentino. Uno de estos soldados se llamaba el Torrigiano, y era el mismo escultor feroz y brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta desfiguración.
El ejército de César constaba solamente de unos diez mil hombres, pero con abundante artillería. Había observado en silencio el modo de hacer la guerra usado por Gonzalo de Córdoba cuando guiaba al duque de Gandía, aprovechando sus lecciones indirectas y perfeccionándolas. La infantería y la artillería eran sus verdaderas armas. Los peones marchaban, bajo sus órdenes, desembarazados de impedimenta, con gran movilidad. En aquel tiempo de caballería pesada, de jinetes cubiertos de hierro, de marchas lentas y reposos que duraban años ante las plazas sitiadas, César Borgia fué de un lado á otro, buscando á sus enemigos, con celeridad pasmosa.
Recordaba Claudio cómo algunos autores franceses habían comparado la rapidez de movimientos del joven conquistador papal con las campañas que debía realizar sobre el mismo suelo de Italia, tres siglos después, otro caudillo de sus mismos años llamado Bonaparte.
Empezó su guerra atacando á los señores que detentaban los feudos de la Iglesia al otro lado de los Apeninos, sobre la vertiente del Adriático, en las llamadas Romañas y la Marca de Ancona: los Manfredi de Faenza, los Riario de Imola y de Forli, los Malatesta de Rímini, el Juan Sforza de Pésaro, los Montefeltro de Urbino y tantos otros.
Las primeras operaciones fueron seguidas de rápidas victorias, casi sin combate. Abrían sus puertas los vecindarios de muchas ciudades al joven conquistador, recibiéndolo en triunfo. Habían vivido sometidos hasta entonces á la tiranía rapaz de pequeños déspotas, que se hacían guerra entre ellos y siempre estaban de acuerdo para explotar á la plebe. A César Borgia lo aclamaban como un libertador. Conocían su generosidad y sentíanse halagados por sus costumbres democráticas.
El astuto Borgia conquistaba para el porvenir, llevando ante sus ojos la quimera de agrupar todos los Estados italianos en un reino único, obediente al Pontífice, pero gobernado por monarcas salidos de su familia. La jornada iba á ser larga, y él debía acariciar al pueblo, que le serviría de cabalgadura en tal camino, economizando sus fuerzas en vez de molerlo á golpes y agotar su vigor, como hacían todos los pequeños tiranos del Renacimiento.
Se había propuesto una conducta política, concretándola en este lema: «Duro con los grandes, dulce con los humildes». Y para mantener dicha máxima derramó la sangre de sus allegados cuando fué necesario. En varias ocasiones ahorcó ó decapitó á gobernadores suyos, por haber imitado la mala conducta de los señores desposeídos, abrumando al pueblo con injusticias y robos.
Los romañoles, montañeses del Apenino, hercúleos y con gran afición á los ejercicios violentos, veían favorecidos sus gustos por este gran señor, siempre vestido de ricas telas y cubierto de joyas como las damas. Su exterior delicado en apariencia, su rostro fino y sus elegantes maneras ocultaban una fuerza atlética.
En las fiestas populares de los países conquistados por él, la muchedumbre veía al poderoso duque Valentino hablando familiarmente con labriegos y pastores. De pronto se quitaba el jubón de seda y la camisa de blondas, quedando con el torso al aire, é invitaba á hacer lo mismo á los señores que le acompañaban, entregándose á la lucha cuerpo á cuerpo con los más humildes de sus súbditos, siempre que tuviesen una poderosa musculatura, venciéndolos ó siendo vencido por ellos, y estrechando finalmente la mano de su adversario entre aplausos y aclamaciones.
Como la distancia carecía de obstáculos suficientes para intimidar á este jinete incansable, dejaba ir á sus tropas sobre Imola y á todo galope se dirigía á la Ciudad Eterna para ver á su padre, después de un año de separación. Permanecía dos días junto á él y tornaba á partir para Imola en una galopada inverosímil, corriendo en veinticuatro horas lo que exigía para otros varias jornadas.
Seguían las ciudades rindiéndosele sin resistencia. Sublevábase el vecindario contra sus antiguos déspotas, aclamando á César. Eran los castillos de cada población los que se defendían, por haberse encerrado en ellos el señor del pequeño Estado ó su principal lugarteniente.
En Forli, capital de las tierras de la célebre Catalina Sforza—una de las más trágicas figuras del Renacimiento italiano—, ocurría lo mismo. Entregábase la ciudad á discreción, mientras Catalina corría á encerrarse en la fortaleza, dispuesta á morir entre sus ruinas.
Este virago, sin duda heroico, vivió una existencia abundante en desgracias y crímenes. Sus infortunios conmovían á los contemporáneos porque era mujer, pero verdaderamente resultaba superior por la brutalidad de su carácter, más salvaje que viril, á todos los tiranos de su época.
Su padre, antiguo déspota de Milán, exasperaba de tal modo al pueblo, que éste lo mató, haciendo pedazos su cadáver. La mayor parte de sus parientes, todos ellos tiranos, perecían víctimas de motivadas venganzas. Mujer de cuerpo grande y vigoroso, teñida de rubio, como era la moda entonces, violenta en sus amores y en su sistema de gobernar, se había casado muy joven con un Riario, sobrino de Sixto IV y primo de Juliano de la Rovere. Dicho Riario cometía tales atrocidades, que los habitantes de Forli lo mataban, arrojando su cadáver desde lo alto de la fortaleza. En vez de corregir tal castigo popular el carácter de Catalina, lo hizo más autoritario y cruel. Tomó un amante que realizó iguales excesos, provocando una segunda revolución, en la que fué hecho pedazos, lo mismo que el esposo. Después de esto se dedicó ella sola á oprimir y castigar á su pueblo.