PARTE PRIMERA EL ÚLTIMO CRUZADO
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I Las dichas y contrariedades del caballero Tannhäuser en la Venusberg
Al mirar distraídamente la fecha de los periódicos recién llegados de París, sintió por primera vez Claudio Borja la existencia del tiempo.
Hasta entonces había llevado una vida irreal, libre de la esclavitud de las horas y las imposiciones del espacio. Todos los días eran iguales para él. No vivía, se deslizaba con suavidad por un declive dulce, sin altibajos ni sacudidas. El día presente era tan bello como el anterior, y sin duda resultaría igual el próximo mañana. Sólo al recordarle la fecha de los diarios otra fecha idéntica guardada en su memoria, hizo un cálculo del tiempo transcurrido durante esta dulce inercia, únicamente comparable á la de los seres que en los cuentos árabes quedan inmóviles, dentro de ciudades encantadas, paralizados por un conjuro mágico.
¡Un año!... Iba ya transcurrido un año desde aquel suceso que dividía su existencia, como los hechos trascendentales parten la Historia, sirviendo de cabecera á una nueva época. Recordaba su sorpresa en el ruinoso castillo papal de Peñíscola, próximo al Mediterráneo, ante la aparición inesperada de Rosaura Salcedo. La hermosa viuda venía á buscarle sin saber por qué, creyendo obrar así por aburrimiento, y moviéndose en realidad á impulsos de un amoroso instinto, aún no definido, que pugnaba por adquirir forma. Luego veía la tempestad, llamada por él «providencial», el refugio de los dos en un huerto de naranjos próximo á Castellón, la noche pasada en la vivienda de una campesina, que los tomaba por esposos.
Nunca volvería á ver esta pobre casa, y sin embargo, se alzaba en su recuerdo más grande y majestuosa que todos los edificios históricos admirados en sus viajes. Tenía olvidado el nombre de aquella humilde mujer que facilitó, sin saberlo, la aproximación de ellos dos; pero su imagen persistía en su memoria, con el resplandor dulce y atractivo que envuelve á los grandes favorecedores de nuestro pasado.
A partir de aquella noche, el mundo cambiaba para Borja. Tal vez seres y cosas continuaban lo mismo; pero él era otro, viendo transformadas las condiciones de su vida, encontrando un nuevo encanto á lo que antes consideraba monótono y ordinario.
Había descubierto, como todos los enamorados satisfechos de su felicidad, que nuestra existencia tiene más poesía que nos imaginamos en días de pesimismo. Vuelto de espaldas al resto del mundo, no encontraba otra vida digna de interés que la de aquella mujer. Juntos harían su camino en todo lo que les quedase por existir, y eso que ambos, siendo jóvenes, veían su futuro como un horizonte sin límites.
Viajaron los primeros meses, yendo adonde van las gentes de la sociedad en que había vivido hasta entonces Rosaura, y procurando al mismo tiempo aislarse de ellas. Aprovecharon el ferrocarril para huir de aquel huerto que tanto recordaban después. Querían un escenario menos rústico para su amor. Esperaron en Barcelona á que el chófer hubiese recompuesto el automóvil en un taller de Castellón. Luego volvieron á Francia, como si, pasada aquella tempestad en el campo de naranjos, no pudieran ya pensar mas que en ellos dos. La viuda argentina mostrábase de repente sin interés alguno por las bellezas de la costa española y la historia novelesca del papa Luna.
Volvieron á verse en Marsella, pero ahora sin las dudas y los apartamientos inesperados de semanas antes. Finalmente paseó Claudio por el jardín en declive que ponía en comunicación la elegante casa de Rosaura, en la Costa Azul, con los peñascos blancos de áspero mármol, taladrados incesantemente por las aguas marítimas.
La soledad, grata en los primeros días, empezó á pesarle de pronto á Rosaura. Ella, tan deseosa de guardar su reputación y su rango social, se mostró la más osada, como si le placiese exhibir ante sus amigas íntimas este enamorado, más joven que Urdaneta.
—Con discreción todo puede hacerse en nuestro mundo—dijo para convencer á Borja, tímido y prudente.
Viajando juntos y fingiendo vivir separados dentro de un mismo hotel, pasaron los meses de verano en Biarritz; luego en Venecia y en las admirables estaciones alpinas del Tirol. No podía recordar Claudio con exactitud dónde había estado y lo que llevaba visto. Fuese adonde fuese, mar ó montaña, ciudad ó paisaje, todo creía verlo reflejado en las pupilas de Rosaura, apreciando los diversos lugares según los comentarios de ella y la placidez ó excitación de sus nervios.
Le parecía en ciertos momentos que la atmósfera cantaba alrededor de su persona. Sus pies sentían la impresión de un suelo elástico. Tenía la certeza de poder saltar y mantenerse en el aire, contra todas las leyes físicas, cual si estuviese en otro planeta. Vivía dentro de un perpetuo ensueño, y algunas mañanas, al despertar en un cuarto de hotel, lejos del que ocupaba ella, para mantener unas conveniencias que las más de las veces resultaban inútiles, se preguntaba con inquietud: «¿Realmente soy el amante de Rosaura? ¿No lo habré soñado en el curso de la noche y voy á convencerme ahora de que todo es mentira?»
Al repeler á continuación las últimas incertidumbres y anemias del sueño, el orgullo de su triunfo se transformaba en modestia, por una misteriosa operación psíquica, reconociéndose indigno de tanta felicidad. ¡Verse amado por aquella mujer que había considerado al principio como perteneciente á una especie superior, sin esperanza de que volviese los ojos hacia él!...
El antiguo mote de «caballero Tannhäuser» empleado algunas veces por Rosaura parecía aumentar su vanidad de amante. Ella era Venus, y él vivía á sus pies saciado de amor, como el réprobo poeta. Aquel jardín de la Costa Azul propiedad de la argentina era comparable á la Venusberg, la legendaria Montaña de Venus, mágico lugar de voluptuosidades, de poesía carnal, que hacía estremecer de espanto á los ascetas cristianos.
Parecía Rosaura satisfecha del resultado de una aventura emprendida ligeramente, sin propósito determinado, con un aceleramiento algo loco. Halagaba su vanidad femenina la supeditación amorosa de Claudio. Este la había hecho desde el principio el homenaje de su voluntad. En los primeros meses nunca surgían entre ellos las disputas y celos que habían amargado sus relaciones con Urdaneta, el famoso general-doctor. Borja mostraba cierto misticismo en su adoración. La veía como una diosa, y á las divinidades se las obedece, sin discutir con ellas.
En los momentos de agradecimiento amoroso, cuando se siente la necesidad de retribuir la dicha recibida con tiernas palabras, ella decía siempre lo mismo:
—¡Qué bueno eres!... Por eso te quiero como no he querido á nadie.
Después de las semanas otoñales pasadas en París, el invierno los había empujado á la Costa Azul.
Se instaló la señora de Pineda en su lujosa «villa» entre Niza y Monte-Carlo, pero ahora con todas las comodidades de una larga permanencia, rodeada de numerosa servidumbre, haciendo saber á sus amigas su firme voluntad de no irse hasta la llegada del verano.
Su pasión la hacía olvidar una vez más aquella maternidad sólo renaciente en días de pesimismo amoroso. Se había preocupado en París de la educación de sus dos hijos, afirmando que era un sacrificio tener que separarse de ellos; pero su porvenir lo exigía así. Al lado de su madre no adquirirían nunca una verdadera instrucción. El niño había sido enviado á Inglaterra, para que hiciesen de él un cumplido gentleman desde su infancia; la niña entraba en un colegio aristocrático de París, dirigido por monjas. Y creyendo haber cumplido por el momento todos sus deberes maternales, pudo dedicarse en absoluto, libre de testigos molestos, á la vida común con el que llamaba «su poeta».
Claudio estaba instalado aparentemente en un hotel próximo á la propiedad de la señora de Pineda. Casi todo el día y una gran parte de la noche los pasaba el joven en el jardín de Rosaura ó en su casa; pero de todos modos, su «domicilio oficial» en el hotel, como decía Borja, era una discreta concesión á los respetos sociales. Las gentes amigas de ella cerraban los ojos, admitiendo con aparente buena fe que el español no era mas que un visitante de la rica viuda, existiendo entre ambos la simpatía originada por la comunidad de idioma y de origen étnico.
Así se fué prolongando algunos meses más la vida irreal de Claudio. No existían en este jardín de la Costa Azul los mágicos rincones de la Venusberg, con lechos de corales y guirnaldas de floraciones fantásticas, semejantes á las de los campos submarinos. Mas sus bosquecillos de rosales en los que abundaban tanto las flores como las hojas, sus plazoletas con fuentes de cantarino gotear, sus enramadas susurrantes bajo las cuales se arrullaban palomas, y su playa de guijarros azules entre peñascos que parecían bloques de mármol en espera de un cincel, fueron testigos muchas veces de las lentas conversaciones de los dos enamorados y sus silencios de pasión interrumpidos por el chasquido de los besos.
Poco antes que Borja se diese cuenta de que ya llevaba un año junto á Rosaura, esta existencia común empezó á sufrir variaciones. Ella le dijo un día con cierta gravedad, como si presintiese un peligro:
—Debemos pensar menos en nosotros, volver á nuestra vida de antes, sin que por eso dejemos de querernos mucho. Las cosas extremadas acaban por resultar violentas y duran poco.
Empezó á mostrarse la hermosa Madame Pineda en los salones de juego de Monte-Carlo, en las comidas de gala de los hoteles, en los dancings más elegantes á la hora del té, seguida de «su español», que era aceptado por todos como un acompañante legal, sin que ninguno se tomase el trabajo de definir el carácter de dicha familiaridad.
Borja la creyó más segura para él viéndola seguir sus costumbres de antes. Así evitaban el aburrimiento de una larga intimidad siempre á solas. Al poco tiempo este conformismo del joven empezó á resquebrajarse con los pequeños accidentes diarios de una vida agitada.
La argentina había recobrado su gusto por el baile, y él no era un verdadero danzarín. Confesó Rosaura, con sonrisa algo nerviosa, la imposibilidad de bailar bien con él.
—Sabes de muchas cosas, y por eso te admiro... pero de bailar... ¡nada!
Como en realidad no gustaba de la danza, empezó Claudio á mostrar una resignación de marido cortés, manteniéndose en su asiento mientras ella bailaba con otros hombres. Luego, al volver Rosaura á su lado, sonreía con forzada mansedumbre. Nada podía decirle á una mujer que se apresuraba á halagarlo con palabras amorosas, como si le pidiese perdón.
En verdad, Borja no tenía motivos de queja. Ella seguía amándolo lo mismo que antes, como aman las beldades que ya están en los últimos linderos de la juventud á un hombre menor en años.
—El baile—decía—es para mí una gimnasia social, un deporte de moda.
Parecía olvidarse de Claudio en los dancings de los hoteles y en las mesas de juego de Monte-Carlo; mas una vez satisfechas sus dos pasiones, volvía á buscarle con el mismo amor de antes, sin que él pudiese sorprender disminución alguna.
Esta confianza en la fidelidad de Rosaura acabó por hacerle sobrellevar sin celos la presencia de un hombre cuyo apellido había perturbado algunas veces la serenidad de sus amores en los primeros meses de vida común.
Estando en París conocía á Urdaneta, el general-doctor, en una fiesta americana á la que asistió acompañando á la señora de Pineda. Indudablemente el caudillo deseaba su amistad, y lo buscó, haciéndose presentar por un amigo de ambos.
¡Cosa inexplicable para Borja!... Había pensado siempre con odio en este hombre, y al verlo de cerca tuvo que confesar que no le era antipático. Sólo odiaba al general-doctor cuando estaba lejos. Luego, en su presencia, le parecía absurdo que el apellido de este hombre pudiese agitar sus nervios.
Urdaneta había venido á vivir en Cannes unas semanas, y los dos enamorados lo encontraron repetidas veces en los hoteles de Niza ó en el Casino de Monte-Carlo.
Rosaura, más tenaz en sus desvíos, lo trataba fríamente, esforzándose por hacer ver á todos que este hombre sólo era ya para ella uno de tantos visitantes. El pasado estaba muerto y bien muerto. Borja, en cambio, sentíase atraído por el irresistible agradador. Si su nombre le infundía celos, su presencia real no despertaba en su ánimo ninguna desconfianza, y hasta le inspiraba cierta conmiseración simpática.
En algunas ocasiones, al escuchar que Rosaura hablaba de él con menosprecio, intentó defenderle. «¡Pobre general Urdaneta!...» Su época gloriosa iba á terminar.
Era ya el hombre seductor que declina y se sobrevive. Aún conseguía atraer el interés de algunas mujeres con su gran barba rizada, su aspecto de hermosa bestia de combate, sus pasadas aventuras y su petulancia varonil; pero no sabía ocultar un desaliento creciente.
Sufría continuas escaseces de dinero. Esto no resultaba extraordinario en su historia de incansable derrochador. Lo terrible era que se iba cerrando la explotación de su propio país, siempre considerado por él como una mina segura al otro lado del Océano.
Ya no podía embarcarse para hacer una revolución más en su patria, acopiar dinero y volverse á París. La pequeña república había seguido la evolución de los países vecinos, abominando repentinamente de Urdaneta. Ahora gobernaban la nación hombres jóvenes que habían estudiado en los Estados Unidos ó en Europa, y establecían empresas industriales, necesitadas de paz.
«No venga, general-doctor—le escribían sus íntimos—. Esto ha cambiado mucho. La gente ya no aclama su nombre; y si viene, tal vez lo perjudiquen.»
Y Urdaneta, que desde París husmeaba los vientos de su patria lo mismo que sus corresponsales, se abstenía de embarcarse para hacer una intervención armada, sabiendo que en el lenguaje de su tierra «perjudicar» equivalía poco más ó menos á fusilamiento.
Agobiado por deudas crecientes y en la obligación de hacer economías—lo que era para él signo de indiscutible decadencia—, manteníase indeciso, no sabiendo qué nuevo rumbo seguir. Hombre experto en amores, no intentó recobrar á la millonaria argentina. ¡Historia terminada!... No iba á retroceder Rosaura hacia él teniendo á este joven supeditado completamente á su voluntad, dulce en palabras y actos. Además, conocía el valor de la juventud para las mujeres procedentes de América, mundo en extremo joven, que siente aún fervores de tribu primitiva ante las existencias primaverales.
El también se consideraba con cierta inferioridad en presencia de Borja. ¡Ay, la juventud!...
Veía en este español un heredero digno de respeto, se interesaba por su suerte involuntariamente, delatando dicho afecto en sus ojos y su sonrisa benévola. Quizá la simpatía obscura que impulsaba á Borja hacia él era un reflejo de sus propios sentimientos.
Algunas veces creyó leer Claudio en sus amistosas miradas y en la expresión bondadosa de su boca. Tal vez lo creía un compañero futuro de infortunio. Con mujeres como Rosaura, enamoradas de la vida y poseedoras de un alma pagana, ¿quién puede estar verdaderamente tranquilo?... «Teme, compañero, á la juventud—parecía decirle Urdaneta—. Algún día vendrá otro con menos años, que te sucederá: como tú á mí.»
Cuando Borja creía adivinar esto en la expresión afectuosa y triste del héroe caído, se tranquilizaba á sí mismo con una petulancia de enamorado feliz... Él era él: un hombre muy superior por su inteligencia y sus gustos á este guerrero selvático que al otro lado del Océano había matado centenares de hombres y aquí empezaba á parecer un personaje algo grotesco, lejos de su ambiente favorable, imposibilitado de continuar su antigua historia.
Las mayores contrariedades sufridas por Borja en su vida actual procedían de aquel mundo algo híbrido, pero siempre elegante, que se reunía durante el invierno en la Costa Azul. Se había agregado á él contra su voluntad, arrastrado por las costumbres y aficiones de Rosaura, dejándose presentar á personas que no le interesaban, pero con las cuales debía mantener conversación en los «tés danzantes», en los salones del Sporting Club de Monte-Carlo, en las fiestas de caridad, en los conciertos clásicos.
Era un amontonamiento internacional, en el que figuraban desocupados de todos los países; gentes de historia novelesca las más de las veces, sin ninguna instrucción sólida, hablando numerosos idiomas y habiendo viajado mucho, para ver superficialmente las naciones é interesarse sólo por sus grandes hoteles y sus altas clases sociales.
Se encontraban en este mundo personajes de importancia auténtica: hombres políticos venidos á menos, con la nostalgia de la autoridad perdida; individuos de familias destronadas; magnates del dinero que descansaban unos meses á orillas del Mediterráneo. Y en torno á este grupo selecto, una inquieta marea de duquesas y marquesas de diversos reinos, sobre cuyo pasado se contaban picantes historias; princesas rusas que se mantenían vendiendo sus últimas alhajas y abrigos de armiño; aventureras que se hacían tolerar por una amabilidad reptilesca; antiguas cocotas que habían afirmado su posición casándose con algún millonario viejo poco antes de morir éste.
Todos llevaban una existencia atareada, corriendo en automóvil los sesenta kilómetros de carretera entre Cannes y Mentón, para asistir á fiestas en las diversas ciudades ó arriesgar su dinero sobre las mesas verdes de los casinos situados á lo largo de la cornisa de la Costa Azul.
Los temas de conversación eran siempre los mismos: la riqueza y el amor. Algunas veces los olvidaban para hablar de títulos nobiliarios ó antiguos cargos políticos, apreciándolos según las simpatías que les inspiraban sus poseedores.
—¿Por qué vivo entre una gente tan insubstancial?—se preguntaba Claudio Borja.
En realidad, era su obligación de seguir á Rosaura lo que le condenaba para siempre á figurar en dicho mundo, frívolo, murmurador, y al mismo tiempo exageradamente tolerante hasta el amoralismo.
Sufría viéndose ignorado por esta gente bien educada y amable. Todos le acogían con sonrisas y apretones de manos, desconociendo su verdadera personalidad. Era para ellos «el amigo de Madame Pineda, joven español, simpático, distinguido...» y nada más.
Algunas damas viejas empezaban á llamarle «marqués», sin que pudiera saber quién había iniciado tal invención. Les parecía sin duda imposible que siendo de España no fuese marqués de Borja. En esta sociedad brillante, mezclada y sospechosa, casi todos llevaban un título, y únicamente á los millonarios de los Estados Unidos les toleraban que ostentasen su nombre á secas.
El «amigo» de Madame Pineda se daba cuenta del concepto que tenían de él muchos hombres y mujeres con los que hablaba en comidas y bailes. Sólo decían que era «simpático y distinguido», pero Claudio leía algo más en el silencio continuador de tales palabras. Como la viuda argentina era rica, tal vez le creían protegido por sus amorosas larguezas. Esto no era pecado ni defecto entre las gentes de dicho mundo. Casi aumentaba á los ojos de las señoras el valor de un hombre, dándole el atractivo de una alhaja cara, de todo objeto de lujo que cuesta mucho dinero.
Así se explicaba Borja las ojeadas invitadoras, las frases de doble sentido de algunas amigas íntimas de Rosaura al hablar á solas con él. Le tenían sin duda por el gigolo de la viuda de Pineda. Tal vez presentían en su persona una misteriosa y tentadora potencialidad de amor, ya que una dama tan elegante y buscada le permanecía fiel, después de un año de relaciones... Y esta sospecha, que dejaban adivinar los menos prudentes, le indignó al principio, acabando por hacerle sonreir con amarga conformidad.
Desde los primeros días de vida amorosa, se había resistido á aceptar las consecuencias del gran desnivel existente entre las fortunas de los dos.
—Yo soy el hombre—protestaba con orgullo cuando viajando juntos pretendía Rosaura pagar los gastos de él.
Por una fatalidad comparable á la de ciertas leyes físicas, la enorme fortuna de la argentina pesaba sobre la asociación de los dos, y aunque era Rosaura la que costeaba la mayor parte de su vida siempre fastuosa, el goce de algunos de estos despilfarros alcanzaba al hombre que iba con ella. De todos modos Borja atendía á su propio mantenimiento, y sin que su amante se diese cuenta, era origen para él de muchos gastos extraordinarios.
«Las mujeres ricas—se decía el joven algunas veces—cuestan más dinero que las pobres, sin que ellas lleguen á enterarse.»
Este año de vida común con una millonaria empezaba á quebrantar su fortuna. Había gastado más del doble de sus rentas, pidiendo frecuentes adelantos al administrador que tenía en Madrid. No amaba el juego, y se veía obligado á jugar en Monte-Carlo, en Niza ó en Cannes, perdiendo siempre. Además, al lado de esta mujer que hablaba á todas horas de vestidos y recibía semanalmente nuevos trajes, le era preciso ocuparse de su indumento con una minuciosidad femenil, yendo en busca del sastre cada vez que ella fijaba su atención en el porte y las novedades de algún gentleman recién llegado de Londres.
Tenía la certeza de que á la larga le sería imposible resistir económicamente esta vida con una mujer poseedora de millones... ¡Y las gentes le creían su gigolo!
Dejaba para más adelante el pensar en esta desigualdad de fortunas. Aguardaba algo inesperado que surgiría en el porvenir: un nivelamiento salvador, sin detenerse á reflexionar cómo podría ser esto, contento de su dicha presente.
Lo único que le producía verdaderas molestias en su actual situación era verse incomprendido por las personas que rodeaban á Rosaura. ¡No haber continuado sus primeros meses de aislamiento y amor en el jardín rumoroso, oliendo á mimosas, á claveles y á sal marítima, que ellos llamaban su Venusberg!
Estos amigos hablaban muchos idiomas, menos el de Borja. La lengua francesa los unía en el trato diario, y sólo excepcionalmente lograba encontrar alguno que balbucease palabras españolas, aprendidas en viajes por la América del Sur.
En vano Rosaura, con el deseo de elevarlo ante los ojos de estas grandes frívolas, anunciaba que Borja era escritor, ¡un gran escritor! Algunas damas inglesas, cuyo romanticismo iba unido á la nostalgia de su perdida juventud, se interesaban repentinamente por él, pidiéndole sus novelas. Debían estar traducidas al francés ó al inglés. Claudio se excusaba, confuso. El no había hecho novelas, único género literario que resiste la prueba de ser traducido. Sólo escribía versos, y en español, forzosamente prisioneros de su forma primitiva. Traducir versos es romper un vaso de perfumes para que se pierda en el aire su esencia.
También se veía en esto incomprendido y menospreciado. Era simplemente un bailarín torpe, un oyente silencioso de charlas mundanas, muy por debajo de ciertos jóvenes frívolos que provocaban palabras de elogio en los dancings por su habilidad en mover los pies, viéndose llamados á los corros de señoras para divertirlas con sus murmuraciones casi femeninas.
«Soy feliz—se decía muchas veces Claudio—, ¡y cómo me aburro apenas ella se aleja!... Me doy asco á mí mismo.»
De pronto sentía un deseo cruel de atormentar con sus quejas á la mujer adorada. Era una obra subconsciente, una mala pasión que parecía venir de otro hombre. En tales momentos el amor estaba compuesto para él de agresividad y odio afectuoso.
—Tú debes haber tenido muchos amantes—decía en las horas de mayor confianza—. Cuéntame; nada me importa.
Inútilmente protestaba Rosaura... El incrédulo Borja seguía preguntando... ¿Cómo una mujer hermosa que tanto interesaba á los hombres podía haber llegado hasta él sin historias amorosas?...
A Urdaneta no lo nombraba. Prescindía de este antecesor como si lo ignorase, por lo mismo que era la única realidad. Quería conocer á «los otros», cuyo número agrandaba ó achicaba, al capricho de sus celos. Estos «otros» eran el misterio con su cruel atracción, el pasado de Rosaura, vacío y obscuro, que necesitaba poblar de espectros para su propio sufrimiento y el de su amante.
Como este martirio de las preguntas era siempre de noche y en el lecho, ella no podía escapar á tal obsesión, y procuraba hacer frente valiéndose de femeninas habilidades.
Le contaba inverosímiles historias de amores con hombres de diversos países á los que había conocido en sus viajes, y al notar el enfurruñamiento silencioso de Claudio rompía á reir.
—¿Pero no ves, grandísimo «zonzo», que me estoy burlando de ti?... Todo cuentos disparatados, ya que eso te gusta.
De poco le valía tal estratagema, pues el celoso tornaba á acosarla con sus preguntas. Detrás de dichos embustes debían ocultarse, según él, terribles verdades. Hasta parecía menospreciarla, considerando rebajados sus méritos por no haber tenido muchos amantes.
Al fin Rosaura apelaba al llanto, diciendo con amargura:
—Nunca vives contento de lo que tienes. Te conozco. Necesitas sufrir, complicar tu vida y la del que esté cerca de ti. Eres de los que aman... con enemistad.
Dudaba creyendo expresarse mal, por no haber encontrado palabras más exactas, y segura al mismo tiempo de estar formulando grandes verdades.
Luego se reconciliaban, y ella, vibrante aún por las caricias recientes, decía con agradecimiento:
—¡Qué suerte habernos encontrado!... ¡Bendita la hora que se me ocurrió ir á Madrid! ¡Y pensar que podríamos haber vivido cada uno por su lado... sin conocernos!
Todo esto no impedía que una semana después tuviese que llorar en la intimidad, protestando de los celos de él, siempre con las mismas palabras:
—Lo que tú tienes, Claudio, es que te aburres.
Y en tal situación, cuando el tedio de esta existencia demasiado tranquila y feliz iba agriando el carácter de Borja, una noticia le reanimó con el incentivo de la novedad.
Su tío el canónigo de Valencia, don Baltasar Figueras, iba camino de Italia—según le anunciaba en una carta—para completar algunos de aquellos estudios históricos que le habían hecho célebre en España entre dos docenas de eruditos semejantes á él.
Necesitaba visitar por tercera vez á Roma, para ver en las llamadas «Estancias de los Borgia», dentro del Vaticano, algunos fragmentos que aún existían de su primitiva pavimentación, hecha con azulejos de Valencia. Quería calcarlos para completar cierto libro sobre la antigua azulejería hispano-morisca fabricada en el pueblo de Manises.
Este viaje le placía más que los otros dos que llevaba hechos á la ciudad de los Papas, agregado á populosas peregrinaciones. Ahora iba solo y contando con un «apoyo oficial». Su ilustre amigo don Arístides Bustamante, al que había sido presentado en otros tiempos por el padre de Claudio, vivía en Roma como embajador de España cerca del Papa. Esto iba á proporcionarle grandes facilidades para sus rebuscas y estudios. Verse admitido en la Biblioteca Vaticana con una investidura casi oficial le parecía el triunfo supremo de su carrera de historiador.
La carta del canónigo puso de pie en la memoria de Claudio tres figuras sólo entrevistas durante los últimos meses como fugaces é indecisos fantasmas: el embajador Bustamante, su cuñada doña Nati y la dulce Estela. Esta última, sin embargo, persistía en su recuerdo, según propias palabras, «como un perfume lejano de violeta adormecida entre hojas».
Rosaura se acordó igualmente de los olvidados Bustamante. Don Arístides y su familia habían pasado por la Costa Azul cuando ella viajaba lejos con Claudio. El embajador la había enviado al principio desde Roma varias cartas, describiendo en estilo pomposo las fiestas dadas en su palacio, las invitaciones y honores de que era objeto, apremiándola para que le hiciese una visita y participase de tanto esplendor. Luego, tenaz silencio.
—Deben saberlo todo... ¿Qué me importa?
Y como su egoísmo amoroso la daba un valor á toda prueba, no se acordó más del personaje y su familia.
El canónigo iba á detenerse en Niza sólo por ver á su sobrino. El año anterior, después de anunciarle éste una visita desde Peñíscola, había desistido de ir á Valencia, volviéndose á Francia.
Deseaba pasar con él varios días, viendo al mismo tiempo la famosa Costa Azul, que siempre había contemplado desde el ferrocarril como una visión cinematográfica. Revelaba en su carta un entusiasmo de adolescente al ocuparse de este lugar famoso. Iba á conocerlo al lado de su sobrino, «gran mundano» que le hacía recordar los héroes de ciertas novelas leídas en sus tiempos de seminarista.
«Mis estudios me esperan en Roma. Ya sabes que mi vida entera la he dedicado á la noble empresa de defender y justificar á los mayores calumniados de la Historia. El trabajo es tan enorme, que tal vez llegue para mí la muerte antes de que lo termine. Tú, á causa de tu apellido, deberías sentir tanto interés como yo por dicho trabajo... A pesar de todo, perderé unos días al lado tuyo. Quiero conocer algo del mundo en que vives, simpático é inconsciente pecador.»
II Donde el canónigo Figueras cuenta la gran empresa de su vida
Claudio vió á don Baltasar casi lo mismo que cuando él era niño y vivía bajo su tutela en un caserón de la tranquila calle de Caballeros, en Valencia.
Pasados los sesenta años, se mantenía ágil de cuerpo, erguido, el rostro sonrosado y fresco, la cabeza más abundante en cabellos obscuros que en canas.
Sus fatigosas lecturas de pergaminos y papelotes, con la tinta enrojecida por el tiempo, le habían quebrantado la vista, lo que le hacía usar ahora unas gafas de cristales ovalados y montura de oro.
Otra modificación que Borja notó en su persona fué el abultamiento del abdomen. Manteníase enjuto de carnes, sin aditamentos grasosos en los miembros, pero su vientre se había desarrollado aparte, con independencia algo grotesca. Era el resultado de un sedentarismo de hombre estudioso, que pasaba largas horas en el archivo de la catedral ó en la biblioteca de su casa, inmóvil en un sillón, la cabeza apoyada en ambas manos, los ojos puestos en un documento de intrincada escritura. Se acordó Borja, además, de los siete arroces distintos que figuran en la cocina valenciana y de otros platos no menos suculentos á los que se mostraba aficionado este santo hombre, por no conocer vicio mayor que el de una gula tranquila y jocunda, capaz de hacer alto en los linderos del exceso.
Este viaje á Roma, después de largos años sin salir de Valencia, daba al canónigo una alegría juvenil. Parecía admirarse á sí mismo viéndose sin aquellas sotanas de seda que sus criadas conservaban siempre limpias y brillantes, esparciendo un ligero olor de incienso y de tabaco. Iba ahora en traje civil, vestido de negro, con una pechera de igual color sobre la abertura del chaleco, y en la solapa izquierda un botón rojo y amarillo, colores de la bandera española.
—Llevo esto—explicó á su sobrino con gravedad—para que sepan que soy un sacerdote católico. Aquí en el extranjero abundan los protestantes, y clérigos y pastores vamos trajeados lo mismo. Necesito que me distingan de ellos, y por eso me he puesto esta insignia, que guardo de la última peregrinación.
Y el bueno de don Baltasar se imaginaba á todo el mundo enterado de cuáles eran los colores de la bandera española, y convencido de que su botoncito revelaría instantáneamente, á cuantos le mirasen, su patria y su religión.
Creyó Borja haber vuelto á la adolescencia viendo á este hombre, que, próximo á su ancianidad, se mantenía alegre, bondadoso y crédulo, lo mismo que en sus tiempos de seminarista. Vivía en un hotel de Niza por recomendación de algunos compañeros de sacerdocio que habían ido á Roma poco antes.
—Una casa seria, dirigida por personas creyentes—dijo á Claudio, que deseaba llevarle á un alojamiento mejor—. No es decente para uno de mi clase ir adonde vais vosotros. Demasiadas mujeres en esta tierra, y todas con los brazos al aire, escotadas de un modo escandaloso... ¡hasta dentro de los templos!
No obstante tales protestas, era más propenso Figueras á excusar las flaquezas del prójimo que á censurarlas. Sus estudios históricos, que le habían hecho vivir entre reyes, reinas y Pontífices de existencia suntuosa, unían á dicha tolerancia una predisposición instintiva hacia el lujo (aunque no participase de él), un respeto y una admiración algo pueriles para los ricos y los poderosos.
Cuando su sobrino le habló de la viuda de Pineda, dueña de una «villa» muy elegante en el camino de Monte-Carlo, gran dama que deseaba conocerle por lo mucho que había oído hablar de él, tosió el canónigo con cierta malicia, queriendo dar á entender que no le era completamente ignorada dicha señora.
Hasta su casa habían llegado los ecos de la existencia que llevaba Claudio. Sabía quién era esta millonaria de América y sus relaciones con Borja... Pero en fin, la vida en el extranjero es otra que la de España; ella era viuda y él estaba libre. A nadie hacían daño de un modo inmediato y directo con su conducta irregular. Y el sacerdote, para tranquilidad de su propia conciencia, mostrábase seguro de que los dos acabarían por casarse.
Cierta vanidad de carácter literario aumentaba la tolerancia del canónigo. Conocía como nadie, por indiscreciones de antiguos documentos, la vida secreta de ciertos reyes de Aragón, que eran sus personajes favoritos; todos ellos con mancebas, á las que amaban románticamente, volviendo su espalda á la mujer legítima. Alfonso V, conquistador de Nápoles, no regresaba nunca á España al lado de su esposa, y moría en Italia víctima de su entusiasmo por las marquesas napolitanas. Su hermano Juan II, padre de Fernando el Católico, reinaba luego amancebado con una hebrea de rara hermosura. Figueras había dedicado además una parte de sus estudios al Renacimiento italiano y sus costumbres, sabiendo como pocos los pecados amorosos de varios Papas y de los cardenales aseglarados de su corte durante el curso del siglo XV.
No iba á asustarse, como tímida beata, por los amoríos de dos personas jóvenes, que además sabían ocultarlos con discreción. Era lógico cerrar los ojos, ya que el pecado no iba unido al escándalo.
Y don Baltasar entró en aquel jardín, que Claudio llamaba la Venusberg, admirando su esplendor vegetal. Luego acogió con rebuscadas y melifluas palabras todas las amabilidades de la dueña de la casa.
«Sí que es guapa—se decía interiormente—. Mucho más de lo que me habían dicho y lo que yo imaginaba... ¡Y tan elegante!»
Al fin conseguía ver de cerca á una de estas señoras de rítmico paso, envueltas en suaves perfumes, que le hacían recordar á las otras, admiradas tantas veces, imaginativamente, mientras estudiaba la vida secreta de altísimos personajes; mujeres extraordinarias que no eran ya mas que polvo y huesos rotos dentro de tumbas olvidadas en los penumbrosos rincones de una catedral.
La encontró idéntica á las amantes de ciertos reyes de vida romancesca y á las señoras romanas que hacían pecar á los Pontífices. Luego se arrepintió de tan irrespetuosas comparaciones, impresionado por la sonrisa falsamente pueril de Rosaura, por la sencillez de sus maneras, por el aire de niña que tomaba al hacerle preguntas.
Ella conocía perfectamente á don Baltasar gracias á las revelaciones de Claudio. El interés que sentimos todos por enterarnos del pasado de la persona amada la había hecho complacerse—durante los reposos de sus noches de voluptuosidad—en escuchar á Borja el relato de su infancia dentro de aquel caserón lleno de libros viejos, en una de las calles más tranquilas de Valencia.
Creía haber visto con sus ojos dicho edificio, donde llevaba viviendo cerca de cuarenta años el canónigo. Los salones olían á humedad. No quedaba techo ni pared que no estuviese rayado por las serpentinas rendijas del agrietamiento. Los pisos temblaban con un eco inquietante bajo los pasos. De los techos llovía yeso cada vez que pasaba un vehículo cargado por la inmediata calle.
El zaguán era enorme. Las antiguas carrozas podían dar vuelta dentro de él; pero hacía muchos años que no trotaban sobre su pavimento de piedras azules otros animales que una familia de gatos rojos y negros, mantenidos por las criadas del canónigo, para que diesen guerra á las innumerables ratas emboscadas en los estantes de libros y manuscritos.
Lo mejor era el llamado jardín, espacio abierto entre los caserones inmediatos, unas docenas de metros de tierra libre con varias matas de flores y tres naranjos colosales, negros y retorcidos, con muñones monstruosos en el tronco á causa de las ramas cortadas, subiendo casi verticalmente, en busca de un sol que doraba tejados y muros, sin atreverse á descender mas que breves instantes hasta el suelo, siempre húmedo y musgoso.
Estos árboles, urbanos y centenarios, se consolaban de tal aprisionamiento dando algunas veces su cosecha de naranjas con una prolificuidad que parecía malsana. Sus profundas raíces, al taladrar el suelo, debían haberse extendido hasta algún albañal olvidado. Sus productos tenían la dulzura exasperante, la miel reconcentrada, el tamaño extraordinario de ciertas ciruelas que años después había gustado Borja en el cementerio de una abadía ruinosa de Bretaña, de la cual había sido prior Pedro Abelardo, el amante de Eloísa. Estas naranjas se pudrían con la misma rapidez que habían crecido, como todo lo que se desarrolla fuera de los ritmos ordinarios de la vida.
Se acordaba Rosaura repentinamente de una doméstica del canónigo, que Claudio había nombrado muchas veces. El joven la distinguía de las otras por su habilidad para contarle historias de santos y demonios, que amenizaban su niñez. Admirábase Figueras de la memoria prodigiosa de esta señora, capaz de retener el nombre de una obscura criada.
—¿Qué es de Ramona?... ¿Está todavía á su servicio?
Don Baltasar ponía la cara triste. Ramona había muerto ocho años antes. Las dos mujeres que ahora cuidaban de él no habían conocido á Claudio. Eran á modo de extranjeras dentro de aquella casa de tres siglos, con un escudo sobre su puerta cuyos cuarteles estaban borrosos por las roeduras del tiempo y semejaba una piedra informe extraída del fondo de un río.
—Todos se mueren—continuó el canónico melancólicamente—. Y la pobre casa también va á morir.
Era la única amargura, intensa en realidad, que perturbaba su vida optimista. Un año ú otro, los propietarios del edificio, noble familia residente en Madrid, tendrían que echarlo abajo, no sabiendo él adonde ir con todo su bagaje de manuscritos y libros. Retardaba el trágico instante, con riesgo de su propia existencia. En vano los arquitectos habían declarado el caserón próximo á derrumbarse. Don Baltasar inventaba razones para seguir en él, arrostrando el peligro de perecer sepultado bajo escombros y papeles.
Tenía la esperanza de morir antes que el edificio. En tal caso, sus manuscritos pasarían al archivo de la catedral ó á la Academia de la Historia en Madrid, y los arquitectos podrían, sin obstáculo alguno, elevar sobre el terreno de esta mansión venerable otra moderna, hermosa como una jaula, con numerosos departamentos, dentro de los cuales vivirían las gentes lo mismo que pájaros saltarines y cautivos.
Poco después de haber terminado el almuerzo con que la viuda de Pineda obsequió al canónigo, mostró ésta deseos de abandonar á sus dos invitados.
¡Muy interesante don Baltasar!... Tenía para ella el doble atractivo de conocerlo á través de los relatos de Claudio y de pertenecer á la Iglesia, pues la bella señora mezclaba con una vida de incesantes diversiones, verdaderamente pagana, una adhesión inquebrantable al catolicismo. Su alma siempre movediza necesitaba una continua renovación de sensaciones, y anunció de pronto el deseo de marcharse.
Debía ver en el Sporting Club de Monte-Carlo á unas amigas inglesas. Claudio y su tío podían quedarse paseando por el jardín. Estaban en su casa. Ella pensaba enviarles su automóvil una hora después. Así Borja podría enseñar al canónigo las cosas interesantes de Mónaco y Monte-Carlo que parecían tentarle con el atractivo de todo lo que representa peligro ó misterio.
Claudio, al pasear por el jardín con su tío, sospechó si Rosaura se había marchado por evitarse las charlas eruditas de éste. El mismo la había hablado algunas veces de lo peligroso que resultaba el canónigo al enfrascarse poco á poco en la exposición de sus estudios favoritos.
Tenía «su manía» propia, como todos los que concentran la atención en un asunto único. Sus pláticas eran agradables; sabía contar historias amenas sobre la vida íntima en la Edad Media, que interesaban hasta á las personas más frívolas. Pero apenas nombraba á los Borja, sus oyentes mirábanse entre ellos con cierta inquietud. La conversación se convertía en monólogo, y don Baltasar hablaba horas y horas, sin darse cuenta de su esfuerzo.
Era temible, como «el hombre de un solo libro» de que habla Santo Tomás. Todo lo encaminaba á su tema favorito, con una constancia de maniático.
En los tiempos de su niñez empezó Claudio á darse cuenta de este fervor del canónigo por los Borja. Hasta parecía envidiarlo á él, por llevar igual nombre que los Pontífices españoles tan execrados por muchos. De buena gana habría cambiado su apellido de Figueras por el que ostentaba su primo el ingeniero Borja, padre de Claudio.
Se acordaba el joven de las veces que había ido, en su infancia, con una de sus criadas á buscarlo en el archivo de la catedral. Subían por una escalera antigua, entre muros de piedra de este primitivo templo gótico, que un pueblo devoto y demasiado rico había transformado en iglesia de arquitectura clásica, arqueando las ojivas, cubriendo de mármoles y dorados los negruzcos sillares.
Ocupaba el archivo varios cuartos blanqueados con cal. Don Baltasar había colocado en vitrinas de madera los documentos más valiosos. Un armario guardaba sellos y bulas que pendían de los antiguos documentos, representando en sus redondeles escudos heráldicos, imágenes de santos, altares y templos. Estas plastas de cera roja, verde ó amarilla parecían tener la dureza de un metal prolijamente cincelado. En una pared se mostraba, bajo vidrio, larguísimo papel con columnas de letra menuda. Eran las cuentas del abastecimiento (armas, víveres y sueldos) de una de las flotas mandadas por Roger de Lauria, dominador del Mediterráneo, que no permitía navegasen en él ni los peces «sin llevar sobre su lomo las cuatro barras rojas del escudo de Aragón».
Iba enseñando don Baltasar al pequeño todos los tesoros de este apartado y silencioso dominio, en el que pasaba semanas y meses sin que nadie viniese á turbar la paz de sus estudios. Podía descifrar documentos y escribir notas escuchando al mismo tiempo, por la tarde, con una lejanía que él llamaba «poética», los armónicos trompeteos del órgano y los cánticos de sus compañeros de canonicato reunidos en el coro para el cumplimiento del oficio diario. Le parecía vivir en un mundo aparte, por encima del tiempo y del espacio, en comunicación sobrenatural con siglos remotos que sólo habían dejado como huellas de existencia varias losas sepulcrales abajo en el templo y unos legajos color de hoja marchita en los estantes de pino que rodeaban su mesa.
Otro de estos legajos, oculto en un arcón y bajo llave como si fuese tentadora joya, lo mostró dos veces el canónigo á su sobrino.
—Fíjate bien—dijo—; esto te pertenece, es de tu familia: las cartas de los Borja, que luego los italianos llamaron Borgia... Esta es de Alejandro VI á su hijo mayor el duque de Gandía. Esta otra, de César Borgia cuando aún no era soldado y ostentaba el título de cardenal de Valencia.
Y seguía enumerando las epístolas que la poderosa familia, instalada en Roma, había ido dirigiendo á sus amigos y parientes en la ciudad de la que eran oriundos.
—Todas están escritas en valenciano—continuaba Figueras—. El valenciano fué la lengua familiar de los Borgia, el idioma sagrado y secreto de tribu con el que se entendían entre ellos, al vivir en Italia, circundados de espías é hipócritas.
También usaban con frecuencia el castellano. El cardenal Pedro Bembo, cuando aún era simple literato en Venecia, su patria, aprendía el castellano para escribir cartas amorosas á Lucrecia Borgia. Todos los hijos de Alejandro VI, á pesar de ser mestizos de italiana y español y no haber ido nunca á España, hablaban en castellano á los amigos y protegidos de su padre, y se valían con éste del valenciano, como si tal medio de expresión les diese mayor intimidad.
Quedaba el canónigo pensativo unos momentos, y colocando una mano en la cabeza del pequeño, acababa por decir:
—Cuando seas hombre comprenderás mejor lo que valen estos papeles. Debes consagrarte á una empresa justa que tal vez yo no pueda terminar. Defiende á los tuyos, que son los mayores calumniados de la Historia.
El mismo fervor por dicha reivindicación lo notaba ahora Claudio en el jardín de Rosaura oyendo á este santo hombre, que parecía no haber nacido para otra finalidad que hablar de los Borja. Se habían sentado los dos en lo alto de una avenida de flores que, en forma de mesetas superpuestas, descendía hasta el mar.
Por esa tendencia á la antítesis que algunas veces nos hace ser pesimistas ante los espectáculos risueños, al mismo tiempo que Figueras contemplaba un pedazo azul y luminoso del Mediterráneo, con algunas velas blancas en último término, empezó á hablar de las ruinas de la Roma del siglo XV, casi desaparecida bajo escombros á consecuencia del abandono de los Papas instalados en Aviñón y las luengas peleas del Gran Cisma de Occidente.
—Tú sabes algo de eso, Claudio—dijo el canónigo—. Muchas veces me hablaste de la obra que pensabas escribir sobre el papa Luna. Estoy seguro de que no la has terminado... Tal vez no has escrito una sola línea. ¡Qué vas á escribir en esta vida que ahora llevas!... Pero en fin, conoces las aventuras del «Papa del mar», y también lo que ocurrió en el Concilio de Constanza, que de tres Papas hizo uno, proclamando á Martín V, así como la resistencia de nuestro don Pedro en el castillo de Peñíscola, donde tú estuviste, marchándote sin venir á Valencia... Imagínate cómo sería Roma después de un abandono que duró cerca de un siglo.
Martín V hallaba á la Ciudad Eterna en paz, pero como una ruina inmensa, cubierta de escombros, con su población terriblemente mermada por las enfermedades. Sólo permanecían de pie las torres de algunos nobles, acostumbrados á vivir como bandidos, saliendo de sus guaridas para robar y matar á los débiles. La pobreza era tan general, que en las grandes fiestas del año no se podía encender una lámpara en la iglesia de San Pedro. Había eclesiásticos que morían de hambre, y los supervivientes iban cubiertos de andrajos, con aire de salvajes, implorando la caridad.
Los más de los edificios eran montones de escombros cubiertos ya de matorrales, y en las partes bajas de Roma la lluvia había formado charcas que corrompían la atmósfera, favoreciendo la difusión de la malaria y la peste.
Muchas iglesias se habían venido al suelo, faltas de reparación. El Coliseo perdía una parte de sus arcos; el Palatino servía de pradera á caballos y cabras, y en el Foro pacían manadas de vacas. Ciertas familias feudales que dominaban á Roma iban empleando estatuas y columnas de mármol para hacer muros, escaleras, umbrales de puertas y hasta cuadras y pocilgas. Si algunas obras antiguas conseguían salvarse, era por permanecer ocultas bajo cascotes y malezas. Los monumentos de la Roma clásica servían de canteras inagotables, proporcionando bloques á los edificios en construcción y á las fábricas de cal.
En la corta vida de un hombre, la Ciudad Eterna sufría enormes destrucciones. El humanista Poggio había visto casi incólume el templo de Saturno, y al volver á Roma años después, sólo encontraba las ocho columnas que se conservan actualmente. Igual devastación notaba en el sepulcro de Cecilia Metella.
—Mas á pesar de tales destrucciones—siguió diciendo don Baltasar—, existía indudablemente una cantidad mayor de monumentos antiguos que en nuestra época, y su abandono daba á la ciudad cierto aspecto muy pintoresco. Una vegetación de varios siglos se había extendido sobre las ruinas. La superstición medieval las iba poblando de fantasmas y brujas. Si algunos artistas se cuidaban de desenterrarlas y dibujarlas, la plebe romana los creía unas veces magos y otras buscadores de tesoros.
El antiguo palacio de Letrán, residencia de los Papas, estaba tan arruinado que era imposible intentar su restauración. Algunas iglesias célebres carecían de techumbre y otras eran convertidas en caballerizas. La basílica de San Pablo había perdido su tejado y la lluvia y el granizo penetraban en ella sin obstáculo, continuando su destrucción. Los pastores de la campiña romana metían sus rebaños en este templo para que pernoctasen, como en un establo. Junto á la basílica de San Pedro, la mayor parte de las casas estaban destruídas y las calles de la Ciudad Leonina intransitables por los montones de escombros. Todo el vestíbulo de la citada basílica, primer templo del catolicismo, se había desplomado.
Las murallas de la Roma papal tenían grandes brechas, penetrando por ellas durante la noche bandas de lobos procedentes de las llanuras desiertas. Estos lobos merodeaban dentro de los jardines del Vaticano, desenterrando los cadáveres de un cementerio vecino. Además, las enfermedades pestilentes eran continuas, viéndose diezmado el escaso vecindario.
—Dichas calamidades—continuó el canónigo—fueron combatidas por los tres primeros Papas que se instalaron en Roma después del Gran Cisma: Martín V, Eugenio IV y Nicolás V. El dinero de la cristiandad ya no tomaba el camino de Aviñón; volvió á afluir á Roma, y los mencionados Pontífices fueron reparando los males de un abandono casi secular.
Iba acompañada la nueva prosperidad de un relajamiento general de las costumbres, de un deseo ardoroso de vivir. Empezaba el período titulado del Renacimiento. Los humanistas, escritores, oradores y poetas, devotos fanáticos de la antigüedad clásica, extendían su influencia sobre las diversas cortes de los Estados italianos. El culto á las letras antiguas tomaba un carácter religioso. Se olvidaban las gentes de Dios para ocuparse únicamente de los dioses. Las divinidades de la religión cristiana eran designadas con nombres paganos. Filósofos huídos de Constantinopla ante el avance de los turcos esparcían en Italia este gusto por la literatura clásica, fajada y envuelta en perfumes, como una momia majestuosa, durante los mil años que había durado el Imperio de Bizancio.
Todas las grandes familias italianas poseían un humanista á su servicio, un orador para que las deleitase con sus discursos latinos, como dos siglos antes los señores cubiertos de hierro y las damas sentadas en altos sitiales tenían á los trovadores en sus castillos.
Cicerón era preferido á Virgilio y Horacio. La elocuencia lo dominaba todo, impidiendo las guerras, cimentando la paz, manteniendo las buenas relaciones entre soberanos. Los embajadores recibían el título de «oradores». Todo príncipe ó pequeña República procuraba tener á sueldo un orador más elocuente y de un latinismo más elegante que las potencias rivales. En las invitaciones á los banquetes se anunciaba como gran aliciente una arenga latina á los postres, pronunciada por algún humanista célebre.
Para atraerse la amistad de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles, la República de Florencia le enviaba un manuscrito de Tito Livio. Este monarca hispano-italiano interrumpía un concierto sinfónico para que le leyesen á toda voz varios capítulos de cierta obra antigua que acababa de recibir, prefiriendo la melodía de los períodos latinos á la de los instrumentos de madera y de cuerda.
Petrarca y Boccacio habían iniciado un siglo antes el entusiasmo por la literatura clásica. Los potentados daban á sus hijos é hijas nombres de personajes de la antigüedad. En el alma de todos se realizaba una profunda mutación. Hasta entonces se había vivido con el pensamiento puesto en el cielo, ambicionando conseguir la salvación del alma. Ahora se amaba la gloria eterna ó la celebridad pasajera, lo mismo que los héroes romanos ó griegos.
Cada personaje quería ser un semidiós. Al levantarse nuevos templos, se mezclaban imágenes y atributos paganos con los símbolos del cristianismo. Estos humanistas, adoradores furiosos del mundo antiguo, se deslizaban con dulzura por la pendiente de la herejía, llegando á la más absoluta incredulidad.
Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trataba los hombres y los dogmas del catolicismo con una ironía igual á la de los librepensadores del siglo XVIII, precursores de la Revolución francesa. La Iglesia fingía no enterarse de tales atrevimientos, por miedo á aparecer en abierta hostilidad con unos personajes que estaban de moda. Además, el rey de Nápoles guardaba como secretario á Lorenzo Valla, defendiéndolo de todo ataque.
La filosofía de este humanista evocaba la imagen de una carrera sin freno, entre alaridos jocundos, después de la cautividad de varios siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer, la satisfacción de todos los apetitos, el salto alegre sobre cuantas barreras habían levantado la disciplina y la honestidad. El adulterio debía admitirse como algo natural, según Valla, siempre que fuese ordenado y discreto; la comunidad de mujeres resultaba de acuerdo con la Naturaleza. Sólo era prudente evitar el adulterio y el desorden en los deleites cuando representasen algún peligro.
Otro humanista todavía más escéptico, Becadelli, el autor de El hermafrodita, se unía á Valla, defendiendo ambos el deleite sensual como soberano bien, y declarando la virginidad voluntaria un vicio del cristianismo, un crimen contra la benigna Naturaleza. Presentaban los amores de los dioses paganos como regla de vida. Todos los seres del Olimpo, exceptuando á Minerva, habían conocido el ayuntamiento carnal, y Júpiter, en cuanto dependió de él, no pudo consentir jamás cerca de su persona ninguna virginidad.
Tales doctrinas regocijaban á los hombres más poderosos de entonces. Nadie osaba declarar en público su conformidad con ellas, mencionándolas como extravagancias de talentos algo descarriados, pero en la práctica aceptaban dicha glorificación del placer, amoldando su existencia á las teorías de Valla y sus amigos.
Jamás en la Historia se vió un deseo tan general de gozar, de ir en busca del deleite, arrollando obstáculos; nunca la humanidad mostró un cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.
Casi todos los reyes y príncipes de los Estados de Italia eran hijos ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos Papas hacían igual que los soberanos laicos, teniendo á su lado numerosos hijos, disimulados al principio con el título de sobrinos, reconocidos finalmente como hijos sin empacho alguno.
—Pío II—continuó don Baltasar—, al que tú llamas algunas veces «el Papa novelista», cuando hizo su entrada en Ferrara en 1459, fué recibido por siete príncipes reinantes de Italia, y ni uno solo de ellos era hijo legítimo. Nadie se indignaba ante las irregularidades de los señores laicos y eclesiásticos. La gente reía de las concupiscencias de los grandes personajes de la Iglesia, pero sin considerar un crimen su lubricidad, ya que de un extremo á otro de Italia reinaba un libertinaje tranquilo que nos es imposible concebir en los tiempos actuales.
Los miembros del clero vivían en concubinaje público, y cuando no tenían una mujer ó varias al lado de ellos, sus costumbres resultaban aún más abominables. Los Manfredi en Faenza, los Malatesta en Rímini, los Baglioni en Perusa, los Pandolfo Petrucci en Siena, los Sforza en Milán, los Este en Ferrara, los Aragón en Nápoles y otras familias reinantes menos poderosas, exhibían sin rubor alguno sus vicios y sus incestos, y nadie protestaba de tal desvergüenza, á excepción del austero Savonarola.
Existían en la burguesía familias guardadoras de las antiguas virtudes, procurando vivir al margen de esta licencia general; pero el pueblo imitaba con exageración los vicios de sus gobernantes.
Paolo Baglioni, soberano de Perusa, viviendo maritalmente con su hermana, recibía en el lecho á una diputación de notables de la ciudad, y éstos no sabían qué cara poner ni en qué actitud mantenerse viendo al príncipe acostado junto á su hermana, completamente desnuda, y acariciando sus pechos mientras oía la arenga del orador de la comisión.
Un príncipe de Ferrara decapitaba á su mujer por adúltera con uno de sus hijastros. Otra era precipitada desde una torre por mantener relaciones carnales con varios sobrinos. El doga de Venecia Pietro Mocénigo caía enfermo á causa de sus excesos con dos bellas cautivas traídas de Turquía. Este viejo libidonoso no tardaba en reponerse, y poco después lo sorprendían en su cama con cuatro adolescentes venecianas de doce á catorce años.
Segismundo Malatesta, hábil y temible capitán, que fué en sus guerras un precursor de César Borgia, tomaba las mujeres violentamente, matándolas si se negaban á sus deseos. Esta brutalidad de sátiro no le impedía ser poeta, hábil orfebre, gran protector de las artes y constructor de bellas iglesias que parecían templos paganos. Su lubricidad de fiera le impulsó á querer «conocer», en el sentido bíblico, á su hijo Roberto, teniendo que huir este futuro heredero de sus Estados para librarse de la terrible predilección paternal.
—Es verdad—dijo Figueras—que en esta acción monstruosa hubo indudablemente el deseo de cumplir algún rito mágico, pues todos estos señores, que apenas creían en Dios, tenían gran fe en el diablo y tomaban consejo de magos y astrólogos antes de acometer una empresa.
Pasaban de mano en mano escritos pornográficos, obra de famosos humanistas. Las novelas en boga superaban á las de Boccacio en descripciones libertinas. Bandello, futuro obispo, y Bembo, futuro cardenal, escribían historias de alcoba que hacían las delicias de las grandes damas italianas. Dábanse en los palacios funciones teatrales, reproduciendo sobre el escenario los actos más íntimos del placer carnal. Otra diversión, después de una cena, era reclutar prostitutas y ponerlas desnudas, arrojándolas castañas y almendras para que las buscasen, marchando á cuatro patas, por debajo de los muebles.
Se había extendido la moda de tener esclavas orientales, y los pintores, desde Mantegna al Veronés, reproducían en sus cuadros á dichas hembras, ornamento de las familias ricas, que iban aumentando éstas con bastardos hijos del dueño de la casa.
A pesar de la cínica libertad dentro de los hogares, el número de prostitutas era enorme en Italia. Venecia, con trescientos mil habitantes, contaba once mil hembras de dicha especie y otras tantas ó más dedicadas en secreto al mismo comercio irregular. El gusto por la vida antigua facilitaba á muchas de ellas el ascender al mismo nivel de las cortesanas célebres de Grecia, valiéndose de sus riquezas y de su educación intelectual. Poetas y cuentistas las dedicaban grandes elogios. Se hacían construir palacios para recibir dignamente á sus adoradores, que eran príncipes reinantes, prelados ó banqueros.
Tulia de Aragón veíase celebrada en toda Italia por su belleza, su talento de poetisa y los refinamientos voluptuosos que había inventado en una Academia Erótica presidida por ella. Finalmente, esta cocota del siglo XV, despilfarradora de millones, moría joven aún, roída por secretas enfermedades, sirviendo de moza en una taberna del Transtevere.
La bella Imperia, mantenida en un lujo de emperatriz por el banquero Agostino Chigi, tomaba lecciones de los más afamados humanistas y sostenía correspondencia literaria, abundante en citas latinas y griegas, con los escritores más reputados de la corte de los Médicis y otros de Pisa, Bolonia y Milán. Guardábanle en las iglesias el lugar más honorífico y se apartaban los transeuntes en las calles para cederla el paso entre murmullos de admiración.
Sus limosnas eran tan enormes como su lujo. Venían de toda Italia, con el deseo de poseerla, príncipes, prelados y opulentos mercaderes; pero ella mantenía en torno á su persona una pléyade de cortesanas jóvenes, á las cuales iba delegando, según se presentaban los suspirantes, para esquivar su contacto, y sólo accedía á concederles sus favores cuando estaban quebrantados por las pruebas á que les habían sometido sus bellas auxiliares.
El fervor exagerado por la antigüedad añadía á esta depravación de las costumbres italianas los amores contra natura, designados por todos con el nombre de «vicio griego». Muchos humanistas hacían gala en público del más aborrecible defecto del paganismo, y grandes personajes de la época participaban en secreto de sus aficiones. Unos se dedicaban exclusivamente, por fanatismo clásico, al amor homosexual; los más eran «ambidextros», practicando á un mismo tiempo los dos comercios carnales.
—Hasta hubo Papas—continuó don Baltasar—acusados públicamente de dicha abominación tan extendida en aquella época; uno de ellos el famoso cardenal Juliano de la Rovere, que fué luego Julio II, eterno é implacable enemigo de los Borgia. Tuvo, como Alejandro VI, hijos naturales, y además pareció interesarse por el vicio griego, aberración en la que no incurrió nunca nuestro compatriota Rodrigo de Borja.
Al llegar aquí, después de haber descrito las corrupciones del Renacimiento, el buen canónigo dió suelta á su indignación contra las calumnias que pesaban sobre los Borgia, pintándolos cual si fuesen unos seres excepcionales, demonios surgidos en medio de un período de virtud general, monstruos de liviandad que escandalizaron á sus contemporáneos, todos muy honrados.
—Dejemos aparte á Calixto III, el primer papa Borgia, varón de puras costumbres, al que sólo se atreven á criticar algunos por haber abierto el camino de los altos honores eclesiásticos á su sobrino, el futuro Alejandro VI... Yo no digo que Rodrigo de Borja, su hijo César y otros parientes fuesen santos ni modelos de virtud. Eran hombres de su época, y vivieron con arreglo al ambiente de entonces. Antes de que ellos naciesen ya existía la corrupción italiana, dentro de la cual se desenvolvieron. Lo que á mí me indigna es que muchos de sus contemporáneos supriman con hipocresía el ambiente general de la época, hablando de ciertos hechos de los Borgia (indudablemente censurables) como si fuesen casos aislados, y callándose lo que hacían al mismo tiempo centenares y centenares de personajes más corrompidos que aquéllos. Todos se acuerdan de César Borgia, príncipe hispano-italiano, como de un «monstruo único», y nadie alude á Segismundo Malatesta y demás condottieri, feroces como osos y sin el aliciente de la elegancia en los gestos que tenía el otro. A nuestro Alejandro VI, uno de los Papas que mejor defendieron los intereses de la Iglesia, lo hacen aparecer como un gozador vulgar ó como un personaje de melodrama, envenenando á las gentes por gusto.
Los Borgia, individualidades robustas, conseguían imponer durante varios años sus concepciones políticas, creándose con esto muchos enemigos, que escribieron contra ellos. Además, tenían para Italia el enorme defecto de ser extranjeros, de proceder de España, y los españoles eran odiados por los italianos de entonces poco menos que los franceses.
—Nadie tuvo interés en defenderlos luego de su muerte, cuando sus enemigos pudieron ejercer contra ellos una larguísima venganza. Los historiadores imparciales encontraron más cómodo llegar hasta nuestros días copiándose unos á otros de un modo automático, sin examinar antes la autenticidad y veracidad de los relatos antiguos. Aún tenían los autores de la época de los Borgia la precaución ó el escrúpulo de poner al frente de sus más injuriosas afirmaciones un «se dice» ó un «según cuentan». Los que llegaron después suprimieron este dubitativo, dando como indiscutibles todas las murmuraciones y calumnias de antesalas y plazuelas.
El canónigo dejó de mirar á su sobrino y siguió hablando, como si los árboles y las plantas floridas que le rodeaban formasen un auditorio enorme.
—¿Qué le echan en cara á Alejandro VI?... ¿que tuvo hijos? También los tenían varios de los Papas que se sentaron antes en el trono de San Pedro, y los tuvieron igualmente después otros Pontífices. Su crimen consistió en que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas, ardorosas en sus deseos, inteligentes y audaces, como verdaderos Borja, ansiosos de poder y de gloria; y los hijos de los otros Papas no pasaron de simples parásitos del Vaticano, atentos únicamente á engordar como sanguijuelas con la sangre de la Iglesia, á vender empleos y reunir tesoros. Tampoco puede atacarse á nuestro Papa como una especialidad por sus malas costumbres. En tal caso, hay que extender la censura á otros Pontífices anteriores y posteriores á él, igualmente aficionados á carnalidades con hembras ó á vicios más horrendos.
Y sin embargo, Alejandro VI, el simpático Rodrigo de Borja, que durante su vida ejerció una especie de encantamiento sobre cuantos se aproximaban á él, hombres y mujeres, se veía en el curso de tres siglos considerado como uno de los monstruos más excepcionales de la Historia. Los italianos enemigos del Papado caían con preferencia sobre este Pontífice porque no era de Italia. Los escritores protestantes, en su guerra con la Roma católica, escogían para sus golpes á este Papa, que además era español, hijo del país que se desangró luchando contra la Reforma por sostener la unidad católica.
—Este es el verdadero origen de la gran calumnia universal que pesa aún sobre los de dicha familia. Fueron españoles, y Alejandro VI resulta la víctima expiatoria de todas las licencias y escándalos del período del Renacimiento.
Lucrecia Borgia, hija del Pontífice, había sido también otra gran calumniada.
—Ya la han justificado muchos historiadores, demostrando la falsedad de los crímenes y vicios que la atribuyeron; pero esto no impide que la gente ignorante continúe sin conocer otra figura que la antigua, la creada por la mentira, y cada vez que en los diarios se habla de una envenenadora célebre, nunca falta un periodista ignorante ó un lector bodoque que diga: «Es una Lucrecia Borgia.»
El santo hombre hizo una pausa, para hablar luego con tono indignado.
—¡Ese Víctor Hugo!... Tú lo admiras devotamente, pero reconocerás que su Lucrecia Borgia es una mala acción. No sólo recogió cuantas falsedades dijeron los enemigos de los Borgia; además fué añadiendo por su cuenta muchas otras. En su drama tiene Lucrecia un hijo ilegítimo, Gennaro, que nadie conoció, pues lo inventa el poeta de cabeza á pies, y este hijo mata á su madre. Tú sabes que á la pobre señora sólo la mató Dios, pues falleció de parto siendo princesa reinante de Ferrara, después de tener varios hijos. Usaba cilicio, vivía devotamente, fué la admiración de sus contemporáneos, y jamás le atribuyó nadie envenamiento alguno, ni los más encarnizados enemigos de su familia.
Cambió don Baltasar el curso de su cólera.
—¡Y si sólo existiese el drama de Víctor Hugo!... Hace años que está olvidado; es tal vez la peor de sus obras teatrales; pero á Donizetti se le ocurrió ponerlo en música, y ¿quién no ha oído su ópera?... ¿Cómo luchar con la estulticia de dos generaciones que han aprendido la historia de Lucrecia Borgia en el teatro, con acompañamiento de orquesta, inventada en los tiempos más delirantes del romanticismo y modificada todavía por un obscuro «libretista»?
La consideración de que ésta era la única Lucrecia conocida de todos le puso aún más triste, y dijo á su sobrino con tono de ruego:
—Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. Los Borgia deben interesarte más que «el Papa del mar», al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgia continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.
Hizo una pausa, para añadir con desaliento:
—Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me parece que voy á faltar á los deberes que me impone la disciplina de la Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice relatando los escándalos de otros Pontífices de su época. Necesito recordar lo que olvidaron muchos maliciosamente, para ir concentrando sobre el Papa español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible decir la verdad sin faltar á ningún ministerio sagrado.
Claudio sonrió distraídamente. Fingía escuchar con atención á su tío, mientras su pensamiento se iba alejando de él.
¿Qué podían importarle los Borgia?... Tal vez le hubiesen interesado un año antes, cuando estudiaba las andanzas novelescas de don Pedro de Luna; pero ahora vivía en otro mundo y eran distintas sus aficiones é ideas.
Pensaba con inquietud en Rosaura. Hacía dos horas que se había ausentado. Su automóvil les esperaba ante la verja del jardín. Seguramente estaba bailando entre los brazos de otro hombre, sin acordarse de él.
¿Por qué seguir aquí, oyendo la charla apasionada de este erudito, sinceramente indignado por la injusticia póstuma infligida á la memoria de unos seres que habían dejado de existir cuatrocientos años antes?...
III En el que se habla del hijo de la universidad de Canals y de la victoriosa batalla de los Tres Juanes
A los pocos días de permanencia en la Costa Azul, sintió don Baltasar Figueras la comezón de continuar su viaje á Roma.
Ya había visto bastante. De Niza sólo le interesaban la ciudad vieja y su mercado de legumbres y flores, semejante al antiguo de Valencia. En el principado monegasco prefería la ciudad de Mónaco, con sus callejuelas tranquilas, donde encontraba frailes y monjas, y la gran plaza, frente al palacio de los Príncipes, adornada con cañones del tiempo de Luis XIV y pirámides de proyectiles esféricos. Esta artillería, teatral é inútil, imponía respeto al canónigo, predispuesto á la admiración de todo lo viejo, haciéndole aceptar dicha planicie como una verdadera plaza fuerte.
La inmediata altura de Monte-Carlo, al otro lado del puerto, le inspiraba menos respeto. Era, según él, una ciudad peligrosa. Todos sus habitantes le parecían terribles bandidos internacionales, y en cuanto á las mujeres, se abstenía, por pudor, de darlas su verdadero nombre.
Como llevaba leídas cosas tremebundas sobre este país, pidió á Claudio que le enseñase cierto banco llamado de «los suicidas», porque en él solían matarse los desesperados del juego.
Inútilmente paseó Borja sus miradas por los numerosos bancos de un jardín dividido en terrazas. No pudo saber cuál era el que gozaba de tal privilegio fúnebre. Esto no impidió que el santo varón mirase con cierta inquietud los peñascos de la costa y las palmeras de los paseos, esperando ver pendiente de su frágil ramaje algún ahorcado puesto de frac, ó hechas pedazos, junto á las olas, á varias damas en traje de baile.
Dentro de los salones del Casino se mostró nervioso y ruborizado, cual si estuviese cometiendo una mala acción. En vano le señaló su sobrino un grupo de clérigos portugueses que venían de Roma ó se encaminaban á ella. Casi todos los que iban en peregrinación á ver al Papa hacían alto unas horas para conocer este Casino de Monte-Carlo, famoso en el mundo entero, y arriesgar algunas monedas sobre las mesas verdes. Don Baltasar dudó en el primer momento de la autenticidad de sus compañeros portugueses.
—Deben ser pastores luteranos—dijo á Claudio.
Y al convencerse finalmente de que eran católicos como él, no por esto recobró su tranquilidad.
Nada le interesaba en este mundo de la Costa Azul. Tenía otras cosas que hacer. Y anunció á su sobrino y á la «distinguidísima viuda», admirada por él como una gran señora de los mejores tiempos de la Historia, su propósito de continuar el viaje.
Rosaura lo invitó segunda vez á almorzar, mostrando repentino interés por su gran empresa en favor de los Borgia. Era sin duda una amabilidad de última hora, un deseo de serle agradable, ya que no lo iba á ver más. Y escuchó atenta la descripción que el canónigo fué haciendo de la ciudad de Játiva, donde los árabes españoles fabricaron el primer papel conocido en Europa.
Situada al pie de una colina que tiene en su cumbre un castillo famoso á causa de los personajes que guardó prisioneros, la circunda extensa huerta, en la que alternan los campos siempre verdes con grupos de palmeras.
Un agua fresca y rumorosa viene de las fuentes de la montaña á esparcirse por las casas, en chorros sin grifo que se desgranan día y noche sobre las pilas de los patios. Al pasar el transeunte frente á las puertas, es acogido por el rumor melodioso de estos arroyuelos continuos.
—Los Borja—dijo don Baltasar—fueron de Játiva, pero el primero de ellos, el papa Calixto III, no nació dentro de la ciudad, sino en la «universidad» de Canals.
Sonrió con malicia al notar cierta extrañeza en sus oyentes, y siguió diciendo:
—El significado de las palabras cambia con el transcurso del tiempo. Antes, «presidio» quería decir plaza fuerte. Del mismo modo «universidad» equivalía á reunión ó gremio. La llamada Universidad de Mareantes de Sevilla no era escuela de navegación; significaba cofradía ó sociedad de hombres de mar. Los grupos de caserío demasiado pequeños para titularse pueblos, y que vivían á la sombra de un municipio mayor, se designaban con el nombre de «universidad».
Dotado el canónigo de prodigiosa memoria, recordaba lo dicho por un teólogo del siglo XVIII al describir la pequeña patria del primero de los Borja. «La universidad de Canals se llama universidad porque así debe apellidarse toda república que es menos que villa y mucho más que lugar.»
Procedían los Borja de la ciudad de su mismo nombre situada en Aragón, y bajaban á Valencia para su conquista, siguiendo al rey don Jaime, que expulsó á los moros. Todos eran de notable hermosura corporal y espíritu ardiente, con grandes ánimos para sus empresas, deseosos de realizar hazañas famosas y unidos por una solidaridad de familia semejante á la de las tribus primitivas.
Alfonso de Borja había nacido el último día del año en que estalló el Gran Cisma, ó sea en 1378. Una tradición le acompañaba desde la cuna, dándole gran fe en sus destinos. Su madre le había contado que, en los primeros años de su vida, el gran taumaturgo y predicador que fué luego San Vicente Ferrer profetizó, al verle, su ascensión al más alto puesto de la Iglesia.
—Debo añadir—dijo Figueras—que el futuro santo hizo otras muchas predicciones semejantes. Nada le costaba alegrar de este modo á una pobre madre.
Establecidos los Borja en Játiva, con otros caballeros guerreadores, para hacer frente á los moros que intentaban recobrar el reino de Valencia, fueron dividiéndose y cambiando de situación al transcurrir el tiempo. Hubo Borjas ricos que mantuvieron el prestigio de su nobleza con el dinero. Otros, dedicados al cultivo de la tierra, fueron descendiendo en rango social, aunque sin perder su primitiva nobleza. Alfonso de Borja era hijo de uno de estos hidalgos venidos á menos, que vivían á estilo de labradores, pero conservando con orgullo el escudo de la familia: un toro rojo sobre fondo de oro, símbolo de la robustez, la acometividad y el ardor de todos los que llevaban dicho apellido. Estos labriegos de noble origen ostentaban el título de «generosos», ó sea de generación militar.
Dedicado á los estudios jurídicos en la Universidad de Lérida, obtenía una cátedra en plena juventud. El papa Luna, apreciando los méritos del nuevo doctor, le daba un canonicato en dicha ciudad. Los cargos eclesiásticos eran entonces la mejor recompensa para literatos y jurisconsultos, ya que se podía disfrutar su renta sin necesidad de hacerse sacerdote.
Al subir Alfonso V al trono de Aragón, reconocía los méritos de este joven experimentado en cuestiones jurídicas y hábil para las negociaciones diplomáticas, haciendo de él su secretario. Los servicios que prestó á Martín V—el Papa elegido por el Concilio de Constanza—le abrían el camino de los altos honores de la Iglesia. El fué quien trató con el sucesor del papa Luna, el canónigo de Valencia Gil Muñoz, llamado Clemente VIII, para que renunciase á la tiara en el castillo de Peñíscola, y el Pontífice de Roma lo premió otorgándole el obispado de Valencia. Luego vivía en Nápoles al lado de Alfonso V, ayudándole en la reorganización de dicho reino, despedazado por largas guerras.
Aquí el canónigo abandonó momentáneamente á Alfonso de Borja para hablar de su regio protector.
—Con razón—dijo—llamaron á Alfonso V «el Magnánimo». Ningún rey de su época tan caballeresco y tan humano.
Célebre en Europa por tales condiciones, Juana II de Nápoles, que no tenía hijos, le prometía su corona en herencia si la apoyaba contra el duque de Anjou, aspirante á dicho trono con el auxilio de un partido de descontentos.
Ayudado por la flota aragonesa, conquistaba Alfonso V el reino napolitano. Luego, la vieja Juana reñía con él, nombrando heredero al de Anjou; pero el aragonés continuaba la guerra, y tras muchas alternativas, adueñábase definitivamente del reino de Nápoles en 1442, quedando en él para siempre.
—En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, á mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique III de Castilla, y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato de celos, hizo matar á la amante, historia romántica con la que se justifica el hecho de que Alfonso V viviese treinta y ocho años lejos de su mujer, guerreando en Italia ó gobernando pacíficamente á Nápoles.
Ensalzó don Baltasar la popularidad italiana del rey español, protector de sabios y escritores. Los humanistas más atrevidos buscaban refugio en Nápoles. Como era amante de la gloria, procuraba merecer los elogios de estos literatos, distribuidores entonces de la celebridad. Griegos desterrados de Constantinopla venían á dar lecciones en Nápoles y Sicilia, honrándolos el rey con títulos de caballero.
Se contaban anécdotas sobre el respeto de Alfonso V á las letras clásicas, afirmando que empleaba muchas veces como medicina la lectura de ciertos autores antiguos, curándose así las dolencias nerviosas. Hasta se abstuvo en una recepción de espantar una mosca posada sobre su nariz por no perder ninguna frase de la arenga latina que le dedicaba un orador célebre. En sus guerras para conseguir la posesión definitiva de Nápoles, perdonó á varias poblaciones que le habían opuesto empeñada resistencia, al acordarse de que eran patria de grandes hombres de la antigüedad.
—Su título de «magnánimo» fué merecido. Al combatir á su adversario el duque de Anjou en su misma tierra de Provenza, apoderándose de Marsella, rehusó los presentes que le ofrecían las damas de dicha ciudad por haberla salvado del pillaje de sus tropas. «Yo he venido á vengarme como príncipe—dijo—y no á hacer la guerra como ladrón.»
Sitiando á Gaeta, dejaba salir de la famélica plaza á las mujeres y los niños. Esto permitía á sus defensores aguardar un avituallamiento que imposibilitó momentáneamente la toma de la población; mas no por ello se arrepintió «el Magnánimo» de su generosidad. A unos que conspiraban contra él los perdonó, diciendo: «Yo los obligaré á reconocer que cuido más de su vida que ellos mismos.»
Una galera llena de soldados estaba próxima á naufragar, y como notó Alfonso V que sus órdenes para salvarla eran obedecidas con timidez, se arrojó el primero en una chalupa, gritando á los vacilantes: «Quiero mejor ser el compañero que el testigo de su muerte.» Y esta resolución enardecía á sus gentes, haciéndolas salvar el buque.
Sonrió Figueras con cierto rubor, como si pidiese perdón á la dama que le estaba escuchando, y dijo:
—Lo único que se le pudo reprochar fué su gran afición á las mujeres. Toda su vida mostró esta debilidad, hasta en sus últimos años. Cuando ya tenía cerca de sesenta, hizo reir un poco á los de Nápoles con su amor senil por la hermosa y joven Lucrecia de Alagno, aunque él dijo siempre que esta pasión era puramente platónica. Hasta en su vejez tenía bella presencia y aspecto majestuoso, siendo uno de los caballeros más cumplidos de aquella época.
Cuando su secretario Alfonso de Borja pasó á ser Papa con el nombre de Calixto III y andaban ambos en cuestiones por considerar el Pontífice un feudatario de la Iglesia á su antiguo señor, la bella Lucrecia de Alagno marchó á Roma con imponente cortejo, siendo recibida como una soberana. Pero Calixto se negó á dar licencia para que Alfonso V pudiera contraer con ella un segundo matrimonio. Mantenía su antigua amistad con la verdadera reina doña María, residente en Zaragoza ó en Valencia. Sin esto la hermosa Lucrecia habría acabado por ser soberana de Nápoles.
—Pero volvamos—dijo el canónigo—á la carrera prodigiosa del profesor de Lérida y rector de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, que llegó á Pontífice.
Alfonso de Borja procuraba reconciliar á su rey con el papa Eugenio IV, y éste, agradeciendo las gestiones del obispo de Valencia, lo hacía cardenal en 1444, asignándole como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados, situada en una eminencia del llamado Monte Celio. Obedeciendo los deseos del Pontífice, se quedaba en Roma, logrando fama de cardenal exento de adulación, independiente, sin espíritu de partido.
La sencillez y pureza de costumbres de Borja, que no se había ordenado de sacerdote hasta que fué obispo, llamaron la atención en aquella época de cardenales aseglarados, iguales á los príncipes laicos en desórdenes y liviandades. El titulado cardenal de Valencia vivía modestamente, en riguroso celibato. Hasta en las épocas que gobernó á Nápoles como delegado de Alfonso V, concitándose enemigos por sus medidas extraordinarias, los libelistas napolitanos sólo supieron decir de él que amaba los perfumes y gustaba de conversar con las damas de la corte, sin poder añadir anécdotas escandalosas á estas particularidades ordinarias en el consejero de un monarca, acostumbrado á vivir en palacios.
Así fué llegando á la ancianidad. Sus estudios y el mucho trabajo á que le obligó la incesante colaboración con el rey de Nápoles habían quebrantado su salud, hasta el punto de figurar como uno de los cardenales más enfermos y débiles de la corte pontificia.
Algunas veces hablaba melancólicamente á sus íntimos recordando la profecía del maestro Vicente Ferrer. Nunca llegaría á Papa. Aquel santo predicador se había equivocado. Otro fraile ascético, que luego figuró igualmente en los altares, San Juan de Capistrano, gran amigo de Alfonso de Borja, oyó muchas veces cómo recordaba éste dicha predicción, seguro de que iba á resultar falsa.
Tres Papas se habían sucedido en Roma después del Concilio de Constanza: Martín V, Eugenio IV y Nicolás V, todos italianos. A la muerte de Nicolás, «el Papa bibliotecario», preocupado especialmente de proteger á los humanistas y adquirir libros valiosos, mientras los turcos, dueños de Constantinopla recién conquistada, amenazaban el centro de Europa, la elección del nuevo Pontífice se presentó como un problema pavoroso.
El prestigio de la Iglesia se había extinguido. Reyes y príncipes desobedecían al Pontificado después de verlo pasar por las vergüenzas del Gran Cisma. Dentro de Roma existía un gran partido republicano y antipapal. Pocos años antes, en tiempo de Eugenio IV, el patricio Esteban Porcaro, ardoroso y enérgico, de mejores condiciones que Rienzi, había pretendido hacer una revolución para proclamar la República romana, muriendo en la horca por orden del Papa.
De existir el elocuente y hábil Porcaro en Marzo de 1455, la reunión del cónclave para elegir nuevo Pontífice habría sido la señal de una gran revolución popular. Las dos facciones aristocráticas, representadas por las familias de los Colonna y los Orsini, siempre en pelea por el gobierno de la ciudad, iban á guerrear dentro del cónclave para obtener la tiara. Un cardenal Colonna y un cardenal Orsini, deseosos cada uno de ser Papa, buscaban alianzas por medio de la intriga y el dinero. De los quince cardenales electores, siete eran italianos, dos franceses, dos griegos y cuatro españoles: Torquemada, Lacerda, Carvajal y Borja.
Nadie pensaba en la posibilidad de un Papa extranjero. El Gran Cisma había sido motivado por la oposición de Roma á todo Pontífice que no fuese de Italia. Hasta en el Concilio de Constanza, gran asamblea internacional de la Iglesia, había sido elegido un italiano, Martín V, para terminar el conflicto definitivamente.
Como ni Colonna ni Orsini tenían votos suficientes para triunfar, se hablaba de otras candidaturas italianas, profetizando la victoria de Scarampo, cardenal muy rico, aficionado á la espada, ó de Pedro Barbo, que años después fué Pontífice con el nombre de Paulo II.
—En realidad, era Pedro Barbo el más cercano á la tiara al abrirse el cónclave; pero los romanos tienen un refrán que dice: «el que entra en el cónclave como Papa sale como cardenal», y así fué una vez más.
Apenas empezaron las sesiones, los que deseaban un candidato independiente, agradable á todos, se fijaron en el cardenal Bessarion, griego refugiado en Roma, de grandes conocimientos científicos, y que vivía apartado de contiendas, en un aislamiento de hombre estudioso. Pero no hizo nada por robustecer su candidatura, y algunos cardenales dijeron que era indigno ver á un neófito, que aún usaba la barba á estilo oriental y acababa de abandonar el cisma griego, colocándose de golpe á la cabeza de la Iglesia romana. Además, los cardenales aseglarados como Scarampo temían la severidad de costumbres de Bessarion.
Transcurrió el tiempo, se hicieron muchas votaciones inútiles, el pueblo se impacientaba, y al fin los dos partidos difirieron su lucha para otra elección, acordando proclamar á uno de los cardenales más ancianos, amigo del poderoso rey de Nápoles, y al que le quedaban pocos meses de vida. De esta suerte fué elegido inesperadamente Alfonso de Borja, á la edad de setenta y siete años, tomando el nombre de Calixto III.
Toda la población de Roma quedó absorta al ver elegido á un español. La tradicional resistencia á los Papas extranjeros, origen del Gran Cisma, resultaba de pronto ineficaz. Pedro de Luna, último Papa de Aviñón, triunfaba póstumamente treinta y dos años después de su muerte. El mundo católico no le había querido, á pesar de sus virtudes, porque era español, y un segundo español venía ahora á sentarse en el trono de aquella Roma donde no pudo entrar nunca el otro.
Se llegó á temer que estallara de nuevo el cisma y los cardenales italianos abandonasen á Roma para elegir un segundo Pontífice. Al Papa inesperado le daban el apodo de «el viejo catalán», y su amistad con el rey de Nápoles era interpretada como un anuncio del crecimiento de dicho reino.
—Si al valenciano Borja—continuó Figueras—lo llamaban catalán, era porque los catalanes gozaban en Italia de una impopularidad algo menor que la de los franceses, mas no por eso menos odiosa é intolerable para el vulgo. Dominaban á Sicilia y Nápoles y hacían la guerra en el mar á las galeras de varias repúblicas y principados italianos. Temían las gentes de Roma que el nuevo Papa confiase las fortalezas de la Iglesia á guerreros «catalanes», ó sea españoles, de suerte que luego de su fallecimiento fuese difícil volver á recobrarlas. Pero la índole apacible y bondadosa de Alfonso de Borja, su fama de hombre justo y puro de costumbres, la severidad para el trato de su propia persona y el tono suave con que acogía á todos, acabaron por acallar estas inquietudes públicas.
Además, el descendiente de los caballeros de Játiva, eternos guerreadores contra los moros, publicó inmediatamente cuál iba á ser la verdadera finalidad de su pontificado: combatir á los turcos hasta reconquistar Constantinopla, que su antecesor, el Pontífice bibliófilo, había dejado perderse con desesperados lamentos, pero sin ninguna medida enérgica que impidiese dicha catástrofe cristiana.
Los primeros días del pontificado de este español no fueron dichosos. Roma continuaba viviendo en la inseguridad de la guerra civil, con su vecindario dividido en bandos implacables. El 20 de Abril se celebraba la coronación del primer Borgia. Por la mañana iba Calixto á la basílica de San Pedro, y un canónigo, para recordarle la fugacidad de las cosas terrenas, quemaba ante sus ojos un poco de estopa, diciendo: «Santo Padre, así pasa la gloria de este mundo».
Luego celebraba la misa ayudado por los dos candidatos que días antes figuraban en el cónclave como Papas probables, cuando nadie pensaba en él. El cardenal Orsini cantó la epístola y el cardenal Colonna el Evangelio. Finalmente se procedía á la coronación ante la basílica, y Próspero Colonna, como el más antiguo de los cardenales diáconos, colocaba en la cabeza de Calixto el tryreinum, diciendo así:
—Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres padre de los príncipes y de los reyes, guía del orden y vicario en la tierra de nuestro salvador Jesucristo, cuya es la honra y la alabanza por una eternidad de eternidades. Amén.
El español fué á tomar posesión de la iglesia de Letrán, que es el templo correspondiente á los Pontífices, como los cardenales tienen cada uno su iglesia propia. Iban en su cortejo ochenta obispos vestidos de blanco, todos los cardenales vestidos de rojo, muchos barones romanos con armaduras y los magistrados de Roma.
El hijo de la «universidad» de Canals, jinete en un caballo blanco, parecía rejuvenecido, no obstante sus años y enfermedades, por esta autoridad de carácter universal que acababa de serle impuesta. Ya no era un consejero del rey de Aragón; se veía por encima de todos los monarcas de la tierra.
Según antigua costumbre, en el lugar llamado Monte Giordano, una diputación de los judíos residentes en Roma aguardaba el cortejo solemne de todo nuevo Pontífice, para ofrecerle el libro de su Ley, ricamente encuadernado, en cuyo volumen leía el Papa algunas palabras, diciendo finalmente: «Nos, confirmamos vuestra Ley, pero condenamos vuestra exposición; porque Aquel de quien ella dice que vendrá ha venido ya, y es Jesucristo nuestro Señor, como la Iglesia nos lo enseña y predica.»
Para el populacho de Roma, la elección de un Pontífice era pretexto de motines, diversiones brutales y saqueos. Entre dos Papados, la ciudad vivía un período anárquico, negando obediencia á las autoridades del Pontífice muerto y aprovechándose de la incertidumbre y desorientación de las autoridades recién nombradas.
Otra de sus costumbres era saquear el palacio del cardenal que acababa de ser elegido Papa. Como iba á instalarse en el Vaticano, el populacho se creía con derecho á apropiarse todo lo de su antigua vivienda, llevándose muebles, ropas y joyas. Años después, los cardenales que aspiraban á ser Pontífices, antes de ir á encerrarse en el cónclave procuraban dejar en sus palacios una guarnición de espadachines y arcabuceros para que repeliese el asalto de la muchedumbre en el caso de que su candidatura resultase triunfante.
Al llegar Calixto III al Monte Giordano, mientras realizaba la ceremonia de leer el libro de la Ley judaica y contestar á la diputación del ghetto las palabras rituales, el populacho se sintió tentado por la riqueza de este magnífico volumen encuadernado en oro, y para robarlo arrolló á los guardias del Pontífice. Se produjo tal confusión, que el anciano Borja vióse próximo á morir aplastado por el gentío. Los soldados papales repelieron á las turbas con sus espadas y lanzas, pero esto no impidió que arrebatasen en su retirada el rico baldaquino que servía al Pontífice cuando era llevado en andas dentro de las iglesias y que le seguía en este cortejo como símbolo de su dignidad.
Poco después, al pasar por el Campo dei Fiori, surgió otro incidente más grave. Napoleón Orsini andaba en pendencias con el conde de Anguillara, acuchillándose los partidarios de uno y otro dentro de Roma.
Orsini quiso aprovechar la ocasión, y abandonando la comitiva papal corrió al Campo dei Fiori, donde habitaba dicho conde, haciendo saquear su vivienda. «¡Quien quiera bien á la casa de Orsini que acuda en su auxilio!», gritaban los del mencionado partido. En pocos momentos se reunieron tres mil hombres armados á favor de los Orsini, mientras los Colonna, por la eterna rivalidad entre las dos familias, daban auxilio al conde de Anguillara, juntando otra tropa no menos considerable.
Ambos partidos se aprestaron á dar una verdadera batalla en presencia del nuevo Pontífice, siendo necesaria la intervención de los cardenales Colonna y Orsini para que, exhortando á sus parientes, restableciesen la tranquilidad.
Encargó Calixto III á Pedro Barbo y otros cardenales influyentes el afianzamiento de la paz en los Estados pontificios, ajustando una tregua de varios meses entre las familias rivales. El necesitaba su tiempo y su actividad para la organización de la guerra contra los turcos.
Resultaban sin fundamento los temores que había inspirado al principio de querer trasladar la corte pontificia lejos de Roma, tal vez á España, imitando con ello á los Pontífices franceses que la habían establecido en Aviñón.
—Este viejo español—siguió diciendo el canónigo—era de vista más larga y concepciones más universales. Sólo le preocupó la suerte del cristianismo; únicamente prestaba atención á la empresa de reconquistar Constantinopla y los Santos Lugares.
Los humanistas, acostumbrados á vivir como parásitos de la generosidad de príncipes y Papas, no encontraron apoyo en este antiguo jurisconsulto. Nunca se mostró hostil al Renacimiento, pero lo miró con indiferencia, preocupándole más el reunir dinero para la guerra contra los turcos que dar salarios á escritores venales y de estilo fácil, como lo había hecho su antecesor, Nicolás V, erudito confiado é ingenuo.
—Por un motivo inexplicable para muchos, el único humanista que protegió este Papa tan devoto fué el incrédulo Lorenzo Valla. Apenas elevado al trono pontificio, lo hizo secretario suyo, dotando liberalmente con algunos canonicatos al terrible librepensador. Sin duda le guardaba Calixto un gran afecto personal desde los tiempos que lo tuvo á sus órdenes como gobernador de Nápoles; pero Valla apenas pudo gozar las dulzuras de dicha protección, pues murió dos años después.
Todo el dinero de la Iglesia lo iba dedicando el ardiente anciano á la cruzada contra los turcos. Anunció que iba á empeñar para esto su propia tiara, y hasta arrancó sus encuadernaciones á muchos códices de la biblioteca del Vaticano, porque tenían adornos de metales preciosos.
El rey Alfonso de Nápoles, muy entendido en objetos de arte, compró al Papa ánforas, copas y otros servicios de plata y oro, cálices, patenas y un tabernáculo con valiosos esmaltes. El Pontífice comía en platos de barro, y afirmó en uno de sus Breves que iba á contentarse con una simple mitra de lino, enajenando todas las joyas de la Iglesia para la guerra santa.
Contempló Europa con admiración y al mismo tiempo con apatía los esfuerzos de este anciano, enardecido por una extraordinaria juventud.
—Quiero ser—dijo—el emperador y el campeón de la cristiandad contra los infieles.
Sólo un español podía mostrar este ardor antimahometano. Las naciones del centro de Europa ya no se acordaban de las cruzadas. Además, éstas sólo habían sido un episodio de su historia, mientras en España la guerra contra los musulmanes se prolongaba siete siglos. Todavía en aquellos momentos poseían los moros el floreciente reino de Granada, representando un peligro nacional.
Su propósito era coligar todo el Occidente cristiano contra el nuevo emperador de Constantinopla, socorrer á los húngaros, amenazados por los turcos, crear una flota de guerra pontificia que fuese á atacarlos en el archipiélago griego, del cual se iban apoderando rápidamente.
—Todos los cronistas de entonces se asombraron del celo guerrero y la fuerza de voluntad de este anciano, que muchos creían próximo á morir. Los asuntos generales de la Iglesia los trataba brevemente, pero de la cruzada discurría con gran prolijidad, atendiendo á todos sus detalles.
Falto de dinero, licenciaba á cuantos escritores y artistas vivían á sueldo del Pontificado, y si retenía á algunos de los últimos, era para que trabajasen en cosas de la guerra. A los pintores y bordadores les encargaba estandartes. Los escultores tallaban pelotas de piedra para las bombardas. Enviaba exhortaciones á los reyes cristianos para que tomaran la cruz y marchasen contra los turcos. Exigía de los cleros de todos los países una contribución para el sostenimiento de dicha campaña...
—Pero ¡ay! la antigua fe guerrera—continuó el canónigo—se había extinguido. Los monarcas se embolsaban cínicamente las cantidades recogidas para la cruzada, siendo el primero en dar tan perverso ejemplo Alfonso V de Aragón. Aún hizo algo peor. Se apropió los buques que por encargo del Pontífice había reunido el arzobispo de Tarragona Pedro de Urrea, y que estaban mandados por Antonio Olcina. Estos buques, en vez de ir á Ostia, poniéndose á las órdenes del Papa, se unían á la flota del rey Alfonso para hacer la guerra á los genoveses y otros Estados cristianos enemigos de dicho rey.
Protestaba el viejo Pontífice inútilmente contra el arzobispo de Tarragona y Alfonso V, llamándolos «traidores». Era el único, en todo el Occidente, que hacía algo por oponerse al avance de los turcos, y con asombro de todos los que ridiculizaban su empresa, considerándola quimerática, empezaron á verla realizarse bajo el influjo milagroso de una ardiente voluntad.
Las riberas del Tíber, siempre dormidas y casi desiertas, resucitaron á la vida del trabajo por obra de este anciano. En la Ripa Grande estableció arsenales, y junto á San Espíritu construyó un dique para limpiar galeras.
Carpinteros y marineros acudían de toda Italia contratados por los agentes del Pontífice. Este gustaba de dirigir los preparativos personalmente, y cuando no escribía cartas á los reyes invitándolos á tomar la cruz, intervenía en las compras de hierro, brea y maderaje para las construcciones navales, vigilando igualmente los acopios de pelotas de piedra y plomo para las bombardas, de ballestas, cascos, escudos, lanzas, espadas, cadenas, áncoras y cables. Lo mismo se preocupaba del bizcocho ó galleta para las tripulaciones que de las banderas y gallardetes que debían ondear en las arboladuras de las naves. Hasta se cuidó de dar cinco resmas de papel á los jefes de su flota para que pudiesen escribirle acerca de las operaciones.