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A los pies de Venus (los Borgia)

PARTE TERCERA “NUESTRO CÉSAR” (continued 3)

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Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen á una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo encargado de su custodia, ahuyentando luego á cuchilladas á otros funcionarios papales. Con tal fervor servía á su amigo y amo, que se llevó á las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.

Fuera del palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsini, que vivía oculta, temiendo á César, se lanzaba á las calles al conocer la muerte de su padre. Los Colonna formaban un pequeño ejército, avanzando hacia Roma á marchas forzadas. Los Savelli, fugitivos desde años antes, volvían á su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de la Iglesia desposeídos de sus feudos y los condottieri enemigos del Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia ó en sus antiguas tierras.

Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgia se veían obligados á levantar barricadas frente á sus palacios ó casas. La Ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas, choques de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.

Asaltaban los Orsini las viviendas de los españoles para robarlas y quemarlas. Los Colonna, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días el odio secular para vengarse de César y sus amigos.

Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgia.

Siete diablos habían aparecido junto á su cama para llevárselo, apenas muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había vendido su alma al demonio á cambio de doce años de pontificado. «Al morir—según escribía uno de la familia Gonzaga—se levantó en su cuerpo un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»

Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su cadáver. Tan voluminoso era al fin, que resultaba difícil acoplarlo en el ataúd é imposible cerrar la tapa de éste.

Mientras tanto, el duque de las Romañas, sobreponiéndose á su desaliento con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse inmovilizado en su lecho, hacía frente á todo. Dictó órdenes imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de Roma; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo á reconocer su calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos.

Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la guardia personal del duque imponía respeto á sus enemigos en las calles. Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus agresiones á los españoles así que presentían la proximidad de don Miguelito, el perro feroz de César.

En vano amenazaban á este último con que el rey de España iba á enviar contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba á los delegados del Sacro Colegio y á los representantes de los diversos partidos á venir á tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus hombres se imponían á los revoltosos, gracias á su disciplina, él, empleando una diplomacia genial, estorbaba que los Colonna se aliasen con los Orsini, atrayéndolos finalmente á su causa.

Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban á su lado, el escritor Agapito de Amalia, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi, llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto á dejarse matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen hasta el sacrificio.

Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes, enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las Romañas ó los suyos sería condenado á la pérdida de la vida y sus propiedades.

El protocolo del cónclave exigía que ninguna persona que llevase armas pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y cumpliendo dicho mandato, los Orsini, los Colonna y otras facciones habían salido ya de la ciudad el 2 de Septiembre.

César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico á su enfermedad para mostrarse en público.

Antes de salir de Roma pagó á sus tropas con las riquezas arrebatadas por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta Viridaria.

Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí. Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo negro, bordadas en oro sus armas ducales, y sostenido de las riendas por un paje.

Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más allá de los muros de Roma. El cardenal Cesarini lo esperaba en una puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que no podía darle audiencia.

En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la familia Borgia. Su madre la Vannoza había ido á pedirle protección, pues al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y robar su casa.

Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa, la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant Angelo desde algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, á causa de sus escándalos. César acababa de ordenar su libertad, encargando á los Colonna que la condujesen á Nápoles.

Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia, colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglia, que había de morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del Pontífice muerto y de la bella Julia Farnesio. César mostraba un afecto paternal por este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos suyos, habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores procuró siempre mantenerlos en el misterio.

Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando á un lado y á otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres, que abandonaban Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta á ladrar y morder al menor incidente.

«Esta retirada—se dijo Claudio—, comparable á una apoteosis, fué el fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más á partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales fueron en realidad una lenta agonía».

Contaba en el cónclave con el partido español, compuesto de trece cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, influyendo en la elección pontificia.

Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado á cardenales, hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que empezó por cubiculario del Papa, para llegar á ser su tesorero, arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia. Hubo un momento en que se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.

Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad, también recibían el capelo cardenalicio, así como un clérigo de Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de Alejandro, su camarero Marrades, Pedro Carranza y otros, llegaban á ser arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el autor del Diarium, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto la fría obra de difamación contra su protector.

Juliano de la Rovere, amigo de los Borgia en apariencia y el más implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde lejos que el cónclave designase á un octogenario, el cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.

Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, é inmediatamente confirmó á César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de la Iglesia y duque de las Romañas. Este hombre terrible con sus adversarios era capaz de los más audaces sacrificios para los que se mantenían fieles á él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini había sido siempre amiga de los Borgia, mostraba un amor paternal por César. Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida en cierta ocasión, combatiendo á sus enemigos personales.

Por desgracia para el duque de las Romañas, el nuevo Papa era tan viejo y estaba tan débil, que ni había podido asistir al cónclave.

Volvió á Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza á todos los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más seguros. Los enemigos de los Borgia fingían obedecer á Pío III, traicionando al mismo tiempo á su capitán general. Venecia apoyaba en secreto á los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más á Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su muerte si lo creía oportuno.

Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto con recelo y antipatía á este joven formado en su misma escuela. Era el odio del maestro viejo al discípulo audaz é insolente. Gonzalo de Córdoba, obedeciendo á su rey, dió desde Nápoles la orden de incorporarse á sus banderas á todos los españoles al servicio de César Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno á su persona el cerco de sus enemigos.

Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo mismo que empezaba á obscurecerse su buena estrella.

Al perder el apoyo de tres mil españoles, ejército pequeño, pero el mejor organizado de entonces, los condottieri y los señores feudales desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de las Romañas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando por entrar en ella para exigir á Pío III que les entregase al duque «vivo ó muerto».

César se refugió en el castillo de Sant Angelo, haciéndose llevar á hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el Vaticano.

Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado á las Romanas á que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos partidarios fieles que permanecían junto á él, especialmente el belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole Adriana, tenida por inexpugnable luego de las obras hechas en ella por Alejandro VI.

Al fin hubieron de renunciar sus adversarios á los procedimientos violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un proceso contra él, Así transcurrió Octubre de 1503, y como Juliano de la Rovere había conseguido atraerse mientras tanto á todos los individuos del cónclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano Piccolomini, que ya duraba demasiado.

Hizo el médico del Pontífice una operación torpe pero oportuna en una pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante el trono apostólico. Rovere, á pesar de su odio á los Borgia, se puso en comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas á cambio de que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.

«El futuro Julio II—pensaba Claudio—, tan injustamente alabado por los historiadores de su época, fué peor realmente que el más malo de los Borgia, uniendo á su perversidad la nota antipática de la traición y la hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando á su antiguo amigo Rodrigo de Borja, para adularlo á continuación servilmente, cuando éste le perdonaba sus deslealtades».

Alejandro VI era para él «un judío»; pero esto no le impidió casar á individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los Borgia, no obstante su belleza artística.

—Yo no puedo vivir—decía indignado—en los mismos lugares que habitó ese «marrano» español, ese circunciso.

Y semanas antes había suplicado á César que le proporcionase el apoyo de los cardenales españoles, debiendo á ellos su elección.

Su pontificado resultaba grande políticamente, porque el hijo de Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo referente á las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo, empezó á trabajar en Roma como protegido de César.

Prometía Rovere al duque de las Romañas una situación bajo su pontificado semejante á la que había tenido con Alejandro VI, pero pronto se convenció el enfermo de que iba á tratarle traidoramente, como siempre.

Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba á César su título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo emisarios á todos los Estados dependientes de la Santa Sede para que sustituyesen á los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían á Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las Romañas adoraban al Valentino y se mantenían fieles á él, no queriendo someterse á la autoridad directa del Papa.

Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar á César en el castillo de Sant Angelo. Luego, asustado por la protesta de los cardenales españoles, se limitó á tenerlo preso en las habitaciones que ocupaba dentro del Vaticano, ó sea en la llamada torre Borgia.

A principios de 1504 aún estaba el duque de las Romañas tendido en su lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los franceses en el reino napolitano contribuyó á que Julio II no se atreviese á abreviar la vida de su prisionero.

Hasta el mes de Abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el gobierno de las Romañas. Aceptaba César la entrega de sus Estados á cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes á todos sus gobernadores para que cediesen á los representantes del Papa ciudades y fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otros españoles, como delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de Mirafuente, y se negaban á obedecer los mandatos de su señor.

—Cuando el duque esté libre—contestaba Mirafuente—y me escriba, le obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor para mí.

César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había trasladado á su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una licencia para embarcarse tan pronto como las Romañas se sometiesen.

Solamente algunas ciudades empezaron á acatar á Julio II, lamentando con ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta democrático para aquella época, del hijo de Alejandro VI.

Tales manifestaciones populares á favor de César fueron una prolongación de su salida triunfal del Vaticano, un año antes. El 26 de Abril consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba, dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el Católico.

Llegaba finalmente César á Nápoles sin otro acompañamiento que su antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.

Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia única, pero ésta necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que la protegiese: España ó Francia.

Ya que su suerte le había empujado á Nápoles, tierra de Fernando el Católico, se ofrecía á emprender la conquista de toda Italia para que fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra la Toscana.

En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fué hecho prisionero por Gonzalo de Córdoba, cumpliendo una orden de los reyes de España.

La política tortuosa é incomprensible para los demás que siguió en todas ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía por el momento ayudar á Julio II, y éste deseaba tener otra vez al hijo de Alejandro á su disposición para que acabase la entrega de las Romañas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.

Para vencer su resistencia, intentó valerse el Pontífice del auxilio de ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgia porque no les habían proporcionado empleos ó dado muy poco en los tiempos de su grandeza.

Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba á ir á Forli como enviado de Julio II para sobornar al gobernador Mirafuente. Este le afeó su traición, indigna de un español, por ser los Borgia españoles de origen, y luego de acribillarlo á puñaladas lo hizo colgar de una almena.

Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de las Romañas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.

También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su salvoconducto á nombre de don Fernando el Católico.

Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo poseía ya el cautivo por haberlo confiado á uno de sus lugartenientes italianos, Baltasare de Scipione; mas al fin consiguió el virrey de Nápoles, por medio de los Colonna, apoderarse de él, rompiéndolo.

Resistíase el prisionero durante tres meses á ruegos y amenazas, no queriendo dar nuevas órdenes á sus gobernadores de las Romañas para que entregasen las fortalezas. Al fin cedió en Agosto, y la rendición de sus últimos defensores fué con gran pompa y no menores testimonios de afecto al duque vencido, demostrándose una vez más el gran amor que éste sabía inspirar á los que le rodeaban.

Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice á darle una suma enorme como reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la plaza desde que César no pudo socorrerle.

El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese á un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba el nombre de César, duque de las Romañas; á su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y detrás toda su tropa, compuesta de españoles é italianos. La resistencia había durado nueve meses.

Indudablemente, esta aparatosa rendición de Forli, la más tenaz de sus plazas en resistirse, fué á cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba hizo á César de acuerdo con las instrucciones de su rey; pero transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad lo embarcaba en una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito Grasica. Dicho buque hizo rumbo á España escoltado por una flotilla de guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban á César en las costas de Italia saliesen á libertarlo.

Durante el resto de su vida sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César Borgia, llorando la felonía con que lo había tratado por obedecer las órdenes de Fernando el Católico.

Baltasare de Scipione, el condottiere al servicio de César, que se dejó engañar entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo á los usos caballerescos de la época, hizo publicar un llamamiento en toda la cristiandad retando á combate á los que quisieran sostener que los reyes Fernando é Isabel no habían obrado como traidores, «con menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y ningún español se presentó, á pesar de que eran muchos los que vivían entonces en Italia, siempre dispuestos á batirse con el más ínfimo pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho reto.

Lo inconcebible para algunos fué que un hombre como César creyese en la palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfluo dar valor á las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por engañar al terrible discípulo.

Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande á su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España, recordando cómo le había engañado una vez.

—¿Una nada más?—dijo Fernando el Católico, sonriendo finamente—. Yo creo que lo he engañado más de ocho.

Llegaba á Valencia la galera procedente de Nápoles á fines de Septiembre de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo de español pisaba el suelo de España.

Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y cuando al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de Pamplona, y el destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro lado de la Península.

La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba á conocerlo vencido y muerto.

Como los Borgia disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia, el rey no lo dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre é incómoda. Allí pasaba varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus partidarios en Valencia.

El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo. Un día, cuando mostraba á César el triste paisaje desde lo más alto de la torre principal, aquél lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán, y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner á prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.

Poco después lo trasladaban al castillo de la Mota, junto á Medina del Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.

Isabel la Católica había muerto, el 26 de Noviembre de 1504, en la misma Medina del Campo, cuya fortaleza iba á guardar ahora á este prisionero célebre.

Castilla estaba amenazada de una guerra civil. Parte de la nobleza pedía que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su hija doña Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña Juana, que después fué llamada «la Loca», y su marido Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.

Esta situación anormal vino á favorecer al prisionero de Medina del Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influenciado por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por conseguir la libertad del duque del Valentinado.

Se negaba el papa Julio II á apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas, la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa viuda pertenecía á la familia de don Fernando, muchos creyeron que el proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse pasivamente á todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.

Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo á su frente al duque de Alba, y otro que sostenía los derechos de Felipe el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente. Ambos grupos pusieron sus miras á la vez en el solitario cautivo.

Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las Romañas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En los mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en libertad á César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer á Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.

Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas que se conocen.

Claudio recordaba la considerable altura de la torre del homenaje en el castillo de la Mota.

Facilitaba dicho clérigo á César una cuerda muy larga, pero aun así resultaba corta, quedando á varios metros del suelo. El único criado de Borgia, un español admitido á su servicio pocos meses antes, fiel hasta la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus allegados, se prestaba á ser el primero en descender por la cuerda, y al llegar á su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.

Dejábase deslizar César á continuación. Llevaba manos y brazos envueltos en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al final de aquélla, viendo debajo de él á su criado con las piernas rotas.

La alarma dada por los centinelas ponía término á su incertidumbre. El alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se matase, y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su magullamiento, atravesaba á nado el foso de agua fría, subiendo á gatas la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de Benavente, é izándolo en un caballo, lo llevaban á todo galope á Villalón, lugar fuerte del que era señor el citado prócer.

Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su evasión la había efectuado el 25 de Octubre de 1506, y cuando á fines de Noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos y las manos envueltos en vendajes.

Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes que iban de feria en feria, se dirigieron á Santander, embarcándose allí para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao, Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente á Pamplona el 3 de Diciembre.

Resultaba admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se vieron detenidos por los alcaldes de dos poblaciones; pero con tanta serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de aquéllos, que inmediatamente los soltaron.

El detalle más triste de esta fuga novelesca fué la identificación que iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista. Todos los que declaraban haber visto á los tres mercaderes hacían mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el «príncipe biondo e bello» tan admirado años antes por las damas romanas.

Ya libre al lado del rey Juan de Navarra su cuñado, procuró el duque Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le reclamó el pago de la dote de su mujer Carlota de Albret, que nunca había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su ducado de Valence.

Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia, necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez á Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de Medina del Campo, venía á figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey francés fué recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.

Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su cuñado, y sin miedo á potencias tan fuertes como España y Francia, puso en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra, para preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.

Antes creyó necesario dar fin á una guerra insignificante que existía entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont, conde de Lerin, súbdito rebelde—lo mismo que los vasallos romanos desleales con el Papa—, el cual se defendía de su legítimo señor sostenido por Fernando el Católico.

En esta pequeña campaña sin gloria iba á perecer obscuramente el capitán que había intentado la unificación de Italia.

El 11 de Febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del conde de Lerin se movían durante la noche en torno al campamento de los sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.

Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas, y un amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de colocarse bien las piezas de su armadura, y montó á caballo, sin que en realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza atrás para enterarse de si era seguido.

Le perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente, encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos aumentar su osadía á la vista de las ricas armas del caballero, y como eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.

La armadura, colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba defenderse en el suelo, lo remataron á golpes, despojándolo de su envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.

Al ver el conde de Lerin la riqueza de dicha armadura, de las más finas que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vió el cadáver del misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto á él y llorando á un mozo con aspecto de paje.

Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que preparaban su fuga, y viniendo luego á Navarra á unirse con él.

Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la velocidad de su corcel, y acabó por descubrir su cadáver.

Beaumont y los suyos preguntaron á Juanito quién era el gran señor recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:

—Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romañas.

Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando Beaumont que tan alto personaje, famoso en toda la tierra, hubiese venido á morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus partidas.

Quedaba el cadáver en la iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas del gótico florido español.

Figuraban en ella los reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa, reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el sarcófago, un pomposo epitafio en castellano empezaba del siguiente modo:

Aquí yace en poca tierra El que toda le temía; El que la paz y la guerra En la su mano tenía...

«Pero estaba escrito—siguió pensando Claudio—que ninguno de los Borgia dejase un monumento firme, recordando su paso por la tierra. Calixto III y Alejandro VI, después de ser enterrados en San Pedro, han venido á parar á una iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos. Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que describieron varios autores españoles durante el siglo XVI, desapareció en el siglo XVII, siendo hecho pedazos».

El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo á enterrar en plena calle. Fué esto venganza de un prelado á cuya diócesis pertenecía Viana.

Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaísmo en 1498 y encerrado en el castillo de Sant Angelo, prolongándose varios años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico, quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el Pontífice á los judaizantes fugitivos de España.

Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y otros diez mil que tenía en poder de varios banqueros, sumas considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de César á Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.

Murió Aranda á consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas á la iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de Alejandro VI.

Y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de los Borgia, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.

El obispo judaizante perseguido por la Inquisición quedaba vengado.

VI «¡Y no la veré más!»

Llevaba Claudio Borja varios días recluído en su casa, sin otro ejercicio que cortos paseos, apoyado en un bastón, por el jardín del «villino». Todas las tardes recibía la visita de sus amigos, instalándose éstos en el estudio como si fuese una prolongación de aquel café, lugar de sus reuniones, para hacer compañía al que llamaban por antonomasia «el herido».

Una mañana, cerca ya de mediodía, vino á visitarle Enciso de las Casas. En días anteriores se había valido del teléfono para preguntar por el estado de Borja, excusando su ausencia y justificándola con las grandes ocupaciones que le imponía cierta cuestión entre el gobierno de su país y el Vaticano. Atento siempre á cumplir las reglas del buen trato social, creía faltar á sus deberes no yendo en persona á pedir noticias.

Al presentarse ahora, volvió á hablar de sus importantes labores diplomáticas, celebrando á continuación el buen aspecto del convaleciente.

—¿Quién diría que tiene usted la pierna atravesada de un balazo? ¡Qué encarnadura vigorosa!... Es usted un verdadero Borja, digno de sus ascendientes.

Permaneció indeciso algún tiempo, como si temiese lo que iba á decir y el mal efecto que pudiera causar en su oyente.

—Ríñame, amigo mío—dijo de pronto con aire resuelto—. Aunque soy más viejo que usted, tal vez he cometido una chiquillada que le molestará, pero no dude que lo hice con buena intención. ¡Me asusté tanto al verle chorreando sangre en aquel jardín!...

Y bajo la mirada interrogativa de Claudio siguió expresándose con tono de excusa.

—Los médicos dijeron que la herida no era grave; pero yo juzgué oportuno cumplir mis deberes de amigo avisando al único de sus parientes que conozco. En resumen: necesito decirle que remití un largo telegrama á Valencia anunciando á su tío don Baltasar todo lo ocurrido.

Claudio acogió con inquietud las ultimas palabras.

—Luego envié otro telegrama quitando importancia al suceso; pero sin duda creyó el canónigo que mi segundo aviso era simplemente una treta para tranquilizarle, y se atuvo á mis primeras palabras. Total: que don Baltasar llegó anoche á Roma, esta mañana vino á verme, y ahora está en la Embajada de España hablando con el señor Bustamante.

En el primer momento no ocultó Borja su enfado contra este plenipotenciario tan bondadoso, tan simpático é inoportuno. Pero al fin se mostró sereno, acogiendo la noticia con afectada indiferencia. El canónigo Figueras ya estaba en Roma y era inevitable el verle. Escucharía con paciencia su sermoneo, si es que en realidad se interesaba por este episodio de la vida moderna, menos conmovedor para él que los otros que iba descubriendo en documentos antiguos.

No podía dudar, sin embargo, del afecto del santo varón. El era tal vez el único ser contemporáneo capaz de hacer vibrar su sensibilidad. Esto del duelo y el balazo debía haber sacudido como una catástrofe telúrica el venerable caserón, envuelto en discreto silencio, allá en la tranquila calle de Caballeros.

Según contó Enciso, había preparado Figueras rápidamente su viaje, y al tomar el tren se imaginaba encontrar en Roma moribundo á Claudio. Este tuvo, no obstante, la sospecha de que también debía haber influido en tal resolución el hecho de vivir él en la Ciudad Eterna. ¡Ver una vez más las Estancias de los Borgia, con los restos de la azulejería de Manises encargada por Alejandro VI!...

Volvería don Manuel acompañando á Figueras aquella misma tarde. Ya lo había preparado para que no agobiase á su sobrino con inútiles quejas ni reprimendas morales. Era conveniente olvidar lo pasado ó pensar sólo en ello para ponerle remedio. Todo lo ocurrido debía apreciarse como una aventura descabellada, propia de la juventud.

Acogió Borja con débil sonrisa de agradecimiento los buenos propósitos de Enciso. La presencia de éste acababa de despertar en su memoria muchos recuerdos adormecidos.

Vaciló antes de hacer una pregunta que desde algunos minutos antes se agitaba en su pensamiento, pugnando por exteriorizarse.

—¿Y Rosaura?—dijo al fin.

Ahora fué el diplomático-artista quien titubeó.

—Esa señora—repuso después de larga pausa—debe estar ya lejos de Roma en los presentes momentos. Me dijo que se marchaba hoy... ¡Ay, querido Claudio! La vida cambia incesantemente y nosotros también. Ya sabe usted que la existencia es á modo de una rueda, y cuando nos imaginamos ir siempre hacia arriba, en una ascensión sin término, nos vemos cabeza abajo. La que usted llama Rosaura ha dejado de merecer tal nombre poético. Es simplemente la señora viuda de Pineda, y pronto pasará á ser la señora de López Rallo. Se casa, querido amigo, y se casa con verdadero fervor, como si fuese á conocer por primera vez el matrimonio. Una mujer tan interesante, tan... poética, sólo habla de las cosas del hogar, embelleciéndolas con verdadero entusiasmo.

Y Enciso mostraba en palabras y gestos una desilusión de padre de familia cansado de los monótonos placeres caseros y admirador secreto de irregularidades y aventuras al ver á esta dama novelesca, perpetuo ídolo de sus ensueños, igual á su propia esposa y á la mayor parte de las mujeres que encontraba en los salones.

—Yo no sé—continuó—qué potencia de sugestión tiene ese muchacho del monóculo. ¡Quién podía imaginarse á Rosaura «la perfecta casada», pensando nada más que en sus hijos y deseosa tal vez de tener otros en su segundo matrimonio!...

Siguió escuchándole Claudio con cierta frialdad. Examinaba su interior, para saber si tales palabras despertaban en él ecos dolorosos. Realmente, no sufrió celos ni le agitó la cólera. Creía que le hablaban de otra mujer, distinta á la que él había conocido. Hasta sintió cierto deseo de reir imaginándose á Rosaura con este nuevo aspecto de hembra tranquila y procreadora. Era semejante á las llamadas «burguesas» que tantas veces excitaron las risas de los dos en el jardín de la Costa Azul.

La había creído igual á una de esas aves marinas cuyas alas son fuertes como las del águila y puramente blancas como las de la paloma, volando sobre la inmensidad oceánica, viendo las olas altísimas cual insignificantes arrugas de la llanura azul, y ahora resultaba un ave de corral, ansiosa de vivir entre polluelos.

—Yo creo, amigo Claudio—continuó el diplomático—, que esa bofetada dada por usted en el hotel no pudo ser más oportuna... para el otro. Tal incidente sirvió para que Rosaura se interesase por ese mozo como nunca, sufriendo angustias al pensar en su suerte, admirando su actitud valerosa. Para las mujeres, el hombre que aman resulta siempre un héroe. De ser López el herido, ella lo habría curado, lo mismo que se ve en las novelas, enternecida por su desgracia. Como ha tenido la buena suerte de que el herido sea usted, ella lo admira como triunfador. De todos modos, lo ama más fervorosamente que antes del choque de ustedes dos.

La consideración de su vencimiento y de que Rosaura creía al otro más valiente amargó por primera vez á Claudio, reflejándose en su rostro la molestia que le causaban tales palabras.

Enciso debió darse cuenta de sus pensamientos, y se apresuró á añadir:

—No crea que vive tranquila y orgullosa después de lo ocurrido. Al contrario, parece muy inquieta. Teme que usted vuelva á tener cuestiones con López Rallo. Dice que conoce su carácter, y que, sin duda, buscará al otro para perturbar la felicidad... de ellos dos... Sé bien lo que digo. Puedo afirmarlo, pues lo he escuchado de su propia boca.

Y sonriendo al evocar el recuerdo de una visita grata, contó á Borja cómo dos días antes la señora de Pineda le había suplicado que fuese á verla en su hotel.

En dicha entrevista le revelaba sus planes futuros de existencia, su matrimonio con el secretario de legación.

—Adivinará usted—siguió diciendo—que no me llamó únicamente para darme tales nuevas. Quería que yo la acompañase aquí mismo, presenciando una conversación de ustedes dos. Necesitaba verlo para pedirle en nombre de su antigua... amistad que la deje tranquila y no se acuerde más de su persona. Quiere que acepte los hechos, como ella los aceptó en otro tiempo. «Lo pasado fué un sueño, amigo Enciso, un sueño nada más. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...» Estas fueron sus palabras.

Asintió Claudio con movimientos de cabeza, permaneciendo silencioso. Lo mismo que había dicho Rosaura cuando se hablaron en el hotel.

—Usted reconocerá—continuó el diplomático—que el encargo resultaba un poco... difícil para mí. Las mujeres encuentran natural todo lo que favorece sus deseos. Figúrese un hombre como yo, tranquilo, de costumbres respetables, trayéndola aquí para presenciar una entrevista tempestuosa de antiguos amantes... Y si, por el contrario, la conversación se dulcificaba, con un grato desfile de recuerdos melancólicos, ¡imagínese qué papel para un ministro plenipotenciario cerca del Papa!... A mí me gustan las cosas novelescas... pero hasta cierto punto.

Y parecía vibrar en su voz un lejano eco de aquella envidia mansa, de aquel tranquilo despecho con que había comentado siempre las historias amorosas de la bella argentina, tan admirada por él.

—Por fortuna, ella misma desistió de la visita cuando le propuse que viniese sin mí, dándole las señas de esta casa. Por nada del mundo se atreve á quedar á solas con usted. Tal vez tiene miedo á que los recuerdos puedan más que su voluntad; y esto, querido Claudio, resulta lisonjero para un hombre... En resumen: se limitó á rogarme que influyese con usted para que no moleste más á ella ni á su futuro marido. Hoy se han marchado de Roma no se adónde. Verdaderamente, después del duelo, su existencia aquí no resultaba grata. Tenía que permanecer en sus habitaciones del hotel, sin atreverse á bajar al comedor ni al salón. En nuestro mundo se comenta todavía el suceso... Todos los que no la conocen querían verla. Las mujeres se ocupaban envidiosamente de su buena suerte. ¡Dos jóvenes queriendo matarse por una viuda con hijos!... Y exageraban su edad para dar cierto aspecto ridículo al choque de ustedes...

Eran más de las doce, y Enciso quiso marcharse. Antes de partir creyó del caso dar por adelantado algunos de los consejos que seguramente iba á oir Borja de boca de su tío.

—Don Baltasar piensa como nosotros dos. ¿Se extraña usted y quiere saber quién es el otro?... Me refiero á don Arístides. Mi ilustre amigo le quiere como siempre. Lamenta un poco lo que ocurrió aquella noche en mi casa; pero ahora, gracias al tiempo transcurrido, lo ve con frialdad, lo mismo que lo vi yo desde el primer momento. Una humorada un poco fuera de tono; un capricho genial de poeta, como digo á todos... Las cosas se arreglarán, amigo Claudio. Déjese llevar por las exigencias sociales como si fuesen olas dulces. Después ya se saldrá de la corriente, cuando lo juzgue oportuno, para hacer sus gustos, pero siempre sin escándalo... Siga los consejos de nosotros tres, que le queremos.

Al quedar solo el joven, resurgió en su memoria la imagen de Rosaura tal como la veía un año antes, entre las florestas de la Venusberg.

En días anteriores era una pálida imagen, falta de vida, logrando evocarla sin que despertase en él vibración alguna. La tenía cerca, podía verla en cualquier momento, repitiendo la escena del dancing, perturbando sus nuevos amores, y la convicción de tal potencia le mantenía inactivo, en resignada calma. Al saberla ahora lejos, fugitiva con aquel hombre de gustos frívolos, hábilmente egoísta para asegurarse una vida de lujo por medio del matrimonio, fuera ya de su alcance, imposibilitado de adivinar dónde se encontraba, resurgía en su recuerdo como la Venus medieval emerge ante los ojos del caballero Tannhäuser, desnuda, luminosamente blanca, cual una nube hecha carne, entre las valvas de la enorme madreperla que le sirve de lecho.

Ya no la comparaba ahora con un ave doméstica. Desplegaba sobre la inmensidad azul sus alas blancas de paloma de Afrodita, majestuosa como un águila, pero en su vuelo iba hacia otro.

—¡Y no la veré más!—dijo con voz de lamento—. ¡Ay! ¿quién me la devolverá?...

Seguía pensando en esto á media tarde, cuando llegó don Baltasar Figueras, acompañado hasta la puerta del «villino» por un doméstico de la Embajada de España.

El canónigo se mostró discreto. Con una curiosidad casi infantil quiso ver y tocar el vendaje que aún llevaba el joven en la pierna herida. Escuchó luego el relato del encuentro, formulando preguntas pueriles para explicarse ciertos detalles.

—¡Las majaderías que hacen los hombres!...

Pero á tal exclamación unía cierto orgullo, pensando que uno de su familia había expuesto la vida tranquilamente, como lo hicieron en otros siglos, yendo de torneo en torneo, ciertos caballeros andantes del reino de Aragón que ostentaban ante su nombre el título de «Mosén».

Evitó alusiones directas á la dama que él había conocido en la Costa Azul, autora inconsciente de tales hechos dramáticos. Su honestidad eclesiástica le hizo evitar estas y otras escabrosidades de la conversación.

—Creo que después de las tonterías que llevas hechas—dijo con un acento severo que no causó mella en su oyente—, renunciarás á tu vida actual. La verdadera culpa de todo la tiene tu existencia de vagabundo, sin familia, sin mujer, sin casa. Esta mañana hemos hablado de ello don Arístides y yo. El se muestra dolido, y con razón, de lo que ha pasado; pero te quiere, y lo mismo ese pobre ángel de Estelita, y hasta su tía, que tiene su geniazo, pero en el fondo es una buena de Dios. Te perdonan y te esperan. No digas que no; para algo me ha traído la Providencia aquí. Les harás una visita conmigo. Nada de hablar de lo que ya está olvidado. Yo te ayudaré... Volverás á vivir con la familia de tu antiguo tutor, lo mismo que antes de que conocieras á esa señora. Lo que debe ser será. Como don Arístides goza de tanto poder en el Vaticano, puede arreglar tu boda en pocos días, suprimiendo trámites. Te advierto que no me voy de aquí sin dejarte casado con Estelita.

Y creyó que con esto quedaba dicho todo.

A la mañana siguiente salió Borja por primera vez de su casa, para buscar al canónigo en un hotelito de la calle del Governo Vecchio, muy frecuentado por clérigos á causa de su proximidad á la Ciudad Leonina, y que le había servido de alojamiento en todos sus viajes á Roma.

Andaba Claudio sin dificultad, apoyándose ligeramente en su bastón, gozando las delicias del movimiento, del aire libre y del sol, en una mañana suave, cuya luz dorada, cernida por nubes sutiles, daba cierto color de naranja á las piedras antiguas.

Figueras, al salir de su alojamiento, le hizo saber que estaban invitados á almorzar en la Embajada de España á la una de la tarde. Pero era oportuno presentarse antes, para que se restableciese la cordialidad entre Claudio y la familia de don Arístides.

—Ahora son las diez. Nos iremos allá á las doce, cuando disparen el cañonazo en el castillo de Sant Angelo.

Como ya no le inspiraban preocupaciones los asuntos de su sobrino, volvió otra vez á pensar en «su tema», excitado por el ambiente de Roma.

—Necesito ir, antes del almuerzo, á echar un vistazo á las famosas Estancias, decoradas por el Pinturicchio.

Mientras caminaban hacia el Tíber, siguiendo luego por el puente de Sant Angelo y las calles rectas y estrechas de la Ciudad Leonina, don Baltasar formuló una vez más sus protestas contra los «grandes calumniados», como él llamaba á los Borgia.

—A Lucrecia ya le hicieron justicia. El protestante Gregorovius y otros historiadores han probado que esta dama, muerta á los treinta y nueve años, de mal parto, no fué nunca la mujer sensual ni la envenenadora inventada por los enemigos de su familia, y que ciertos poetas de nuestra época ennegrecieron aún más, caprichosamente. Siendo princesa de Ferrara, ella que en su juventud había figurado como la mujer más elegante de Europa, renunció á las vanidades mundanas, se despojó de joyas y ornamentos, entregándose á la vida piadosa, fundando monasterios y hospitales, sin abandonar por ello el cuidado de sus hijos ni los deberes representativos de una princesa reinante. Su muerte, ocurrida en 1519, fué la de una buena madre, mostrándose serena, piadosa y cristiana hasta el último momento. Todavía en la antevíspera escribió doña Lucrecia de su propio puño al pontífice León X, con el que estaba en correspondencia frecuente. Por sus cartas sabemos que hacía diez años que llevaba bajo sus vestiduras majestuosas un áspero cilicio y dos años que se confesaba todos los días, comulgando semanalmente.

Todo el pueblo de Ferrara lloró su muerte. Alfonso de Este, su esposo, rudo soldado que escribía al pie de su firma «bombardero», como el mejor de sus títulos, vivió quince años más, pero acordándose siempre de ella.

Sin fijarse en que Claudio no parecía mostrar en aquel momento gran interés por esta rehabilitación histórica, el sacerdote continuó:

—El último en morir de la familia Borgia fué don Jofre, príncipe de Esquilache. Este joven, que César tuvo siempre como «hombre para poco», débil de cuerpo y encogido de ánimo, debió sentirse feliz al verse solo en la tierra.

Su mujer, la inflamable doña Sancha, había fallecido en 1506, luego que César la hizo sacar del castillo de Sant Angelo, donde estaba encerrada por orden de su suegro el Papa, enviándola á Nápoles. Al morir, aún no había cumplido veintisiete años.

—Aquella gente vivía muy aprisa, yéndose del mundo antes de tiempo. A pesar de su mala fama, he leído, en cartas de algunos españoles de entonces, que fué doña Sancha «muy acabada y valerosa princesa, y muy favorecedora de España». Fuese como fuese, lo cierto es que don Jofre, viéndose viudo á los veintitrés años, se marchó á nuestro país, donde casó con una hija del conde de Albaida, quedándose allá, en la obscura y humilde dicha de los que no tienen historia.

Mostró Claudio Borja un repentino deseo de saber algo que había excitado su curiosidad repetidas veces.

—¿Y don Michelotto?—preguntó—. Nadie habla de él después de la muerte de César, ni figura durante los últimos años de éste, cuando estaba prisionero en España.

Sonrió el canónigo, haciendo al mismo tiempo un gesto de cómico terror.

—¡Micalet Corella!... ¡Qué tipo!... Efectivamente, nada he leído sobre el final de su vida terrible. César salió de Italia sin poder verle. Don Miguelito, luego de defender como perro rabioso los dominios de su amigo y señor, cayó prisionero de los florentinos con otros partidarios de César, y el nuevo papa Julio II consiguió que se lo enviasen á Roma, encerrándolo en el castillo de Sant Angelo. Aquí le hizo dar tormento con la esperanza de que confesase los crímenes de César. El testimonio de este hombre considerábalo precioso para incoar un terrible proceso contra el duque de las Romañas... Pero el duro don Micalet aguantó toda clase de suplicios sin hablar, manteniéndose fiel á su protector. Indudablemente le preguntaron acerca de muchos delitos imaginarios que César no había cometido nunca. ¡Le inventaban tantos!... Como si no tuviese bastante con los que resultan completamente ciertos...

Calló Figueras, repasando sus recuerdos, para añadir poco después:

—Ni una palabra sobre don Michelotto, luego de su encierro en Sant Angelo. La noche cae sobre su nombre. Tal vez murió á consecuencia de los tormentos. Es posible igualmente que recobrase su libertad y lo mataran en una emboscada al verle solo, sin el auxilio de aquellos temibles compañeros de aventuras, que había tenido que licenciar. ¡Resultaban tan numerosos sus enemigos!... También pudo ser que consiguiera huir á España y pasase el resto de su existencia al lado de su hermano el marqués de Cocentaina, aquel Corella de nacimiento legítimo, que salvó al papa Borgia de un león, aquí cerca, en el Belvedere. Nada tendría de extraño que en nuestra tierra viviese y muriese como un hidalgo, buen creyente, pasando los días en la iglesia del pueblo y relatando sus aventuras á los hijos de su hermano.

Después de oír esto, Claudio Borgia volvió á acoger con indiferencia las palabras de don Baltasar.

Se iban cruzando en las estrechas calles con damas extranjeras que volvían de la iglesia de San Pedro. Eran norteamericanas pertenecientes á una peregrinación. Sin saber por qué, las encontró el joven alguna semejanza con la mujer que llevaba en su pensamiento. En realidad, no existía ningún parecido físico; eran rubias las más, y la otra tenía los ojos y el pelo negros. Pero había de común entre ellas cierto aire de soltura gimnástica, la buena conservación de la carne por los cuidados higiénicos, esa uniformidad del bienestar que caracteriza á la mujer rica. La ausente era una viajera como todas ellas, y la vida de gran hotel, de dancing, de sleeping, de lujosos trasatlánticos, las unificaba con el mismo aire inconfundible é indescriptible que aglomera á los individuos de una nación, emparentándolos, aunque sus aspectos particulares sean distintos.

Después de varios días de encierro, le impresionaba el continuo paso de estas extranjeras, que en otro momento le habían parecido transeuntes vulgares.

«¡Y no la veré más!—pensaba—. ¡Y la he perdido para siempre!...»

El canónigo continuó hablando.

—Así como ahora existe una Lucrecia completamente distinta al monstruo que inventó la fantasía, también empieza á dejarse ver un Alejandro VI que no es el bandido creado por sus calumniadores. Yo soy clérigo y me está prohibido hablar contra los Papas; mas sin incurrir en pecado, puedo establecer una diferencia entre los hombres y la sagrada función pontifical que ejercieron, y te digo que Juliano de la Rovere, ó sea Julio II, procedió como un malvado al denigrar á su antecesor, acogiendo todas las calumnias, por disparatadas que fuesen, para difundirlas, y dando protección á cuantos quisieron escribir contra los Borgia... El tal Rovere, tú sabes que tuvo hijos, lo mismo que Alejandro VI, y además fué aficionado á otras cosas infames no conocidas por nuestro compatriota.

Al surgir la reforma protestante, necesitaban sus escritores concretar sobre la cabeza de algún Pontífice todos los vicios y delitos de la corte de Roma durante siglos, y Julio II les daba ya hecho el trabajo con la leyenda contra los Borgia, de reciente formación.

Este Papa, que fué grande por lo mucho que le dejaron preparado ó realizado Alejandro VI y su hijo, continuó la calumnia contra ellos, aun después de muerto, por medio de los escritores que aceptaron á ciegas su falsa y apasionada información.

El mayor defecto de Rodrigo de Borja había sido tomar á risa lo que inventaban contra él: su falta de miedo al juicio de la posteridad, su bondadosa pereza, que nunca se tomó el trabajo de rectificar la mentira diaria.

—Que hablen—decía—. Al pueblo romano hay que permitirle el insulto, y así se deja gobernar mejor.

Los enemigos del Papado encontraban á su disposición un Pontífice, víctima expiatoria preparada por otro Pontífice. Además era español, del país que sostuvo con su espada la unidad religiosa del mundo. ¿Qué más podían desear?...

—Y durante tres siglos, casi hasta nuestros días, los historiadores se han copiado unos á otros, sin tomarse el trabajo de subir hasta las fuentes originales.

Luego el canónigo añadió, con una cólera reconcentrada que no podía inspirarle ningún suceso contemporáneo:

—Hasta los españoles aceptaron la calumniosa leyenda de los Borgia, dejándose influenciar por autores extranjeros que repiten falsedades sin comprobarlas antes. Sólo en el curso de nuestra vida ha empezado á verse un nuevo Alejandro VI. Yo mismo—dijo con cierta modestia—he contribuído un poco á tal justificación. El hombre que escribe á su hijo unas cartas que sólo éste debe leer, dándole consejos morales é instrucciones religiosas, no tiene la menor relación con el monstruo sádico inventado por los folicularios de aquella época, celebrando orgías con toda su familia.

Le hizo insistir el entusiasmo en sus afirmaciones optimistas y enérgicas.

—Alejandro fué un gran Pontífice, y hasta su hijo César (la peor persona de la familia) resulta igual á los príncipes de su época. Sólo se diferencia de ellos por tener más talento y mayores condiciones de energía y actividad. Muchos de los crímenes que le atribuyen son indignos de su inteligencia y su carácter. Cuando César se decidía á obrar como malvado, por razones políticas ó particulares, realizaba sus delitos con una franqueza bárbara ó con una habilidad diplomática que arrancó gritos de admiración á Maquiavelo.

Marchaba Claudio al lado suyo sin oirle, pero él continuó su peroración como si el otro le escuchase, y una sonrisa irónica acompañó sus palabras.

—¡El veneno de los Borgia!... Ya sabes cómo lo fabricaban; una invención absurda, digna de la medicina y la farmacopea de aquellos tiempos, si es que realmente se puso en práctica alguna vez. Hartaban á un cerdo de alimentos cargados de arsénico, luego lo apaleaban, y la baba que iba soltando la recogían para que sirviese de veneno. Es cierto que el arsénico deja sus huellas en los envenenados, pero más discretas, menos visibles y escandalosas que las mencionadas por los enemigos de los Borgia. Cuando un cardenal ó un gran señor moría cubierto de pústulas ó grandes abcesos con numerosos orificios, era voz general que lo había matado el «veneno de los Borgia». ¡Como si de faltarles este veneno no hubiesen llegado á morir nunca! ¡Como si no existiesen enfermedades entonces!... Precisamente acababa de aparecer la terrible dolencia vergonzosa que tú sabes, extendiéndose por toda Europa, sin respetar á Papas ni á reyes. Para su curación se recetaban los remedios más extravagantes. Tampoco se conocía la verdadera naturaleza de la diabetes, y hay que pensar la vida de continuo banqueteo y excesos en bebidas y dulces que llevaban los próceres y prelados del Renacimiento. Apenas enfermaba alguno de ellos, perdiendo sus fuerzas y cubriéndosele el cuerpo de abcesos, se atribuían dichos tumores al «veneno de los Borgia». Era el resto del tósigo que se escapaba por la epidermis, y el único remedio, según la medicina de la época, consistía en beber caldo de culebra negra ó buscar centenares de perros, gatos ó gallos, abriéndolos vivos para aplicarlos con todo su calor sobre el enfermo.

Hizo una pausa el canónigo, y añadió:

—Indudablemente, dar veneno á los enemigos era entonces una regla aceptada por todos los jefes de gobierno. Los más de los príncipes tenían á su devoción alquimistas encargados de buscar nuevos tósigos, y una de las mayores preocupaciones de Alejandro y su hijo no fué envenenar á los demás, sino librarse ellos del veneno ajeno, cuyos verdaderos efectos resultaban más disimulados que el de muchas enfermedades naturales, mal conocidas en aquel tiempo.

Habían llegado á la plaza de San Pedro, admirando Figueras, como siempre, las columnatas semicirculares y la enorme cúpula de la basílica.

Mostróse emocionado una vez más por el aspecto majestuoso del monumento. Era un símbolo de la universalidad de sus creencias... Y acto seguido acopló en su imaginación el recuerdo del Pontífice que él llamaba «su Papa» á dicha grandeza arquitectónica.

—Nunca puedo ver esto—dijo—sin pensar en nuestro Alejandro. Sé bien que se construyó luego de su muerte, pero nadie me negará que durante su pontificado llegó el catolicismo á su mayor grandeza. Después de los primeros siglos del triunfo de la Iglesia, la cristiandad romana empezó á perder gente, en vez de aumentar sus prosélitos. Los griegos nos abandonaron, llevándose una parte de Europa, y luego de muerto el papa Borgia, sus inmediatos sucesores perdieron otra parte al rebelarse los pueblos afectos á la Reforma. El catolicismo, tal como es actualmente, inicia su desarrollo bajo el gran Papa español. En su tiempo se descubre la América; él es quien reparte el mundo entre españoles y portugueses; Colón le escribe en castellano (á pesar de que Rodrigo de Borja llevaba viviendo en Italia tres cuartas partes de su existencia) contándole que ha descubierto trescientas leguas de la costa de Asia, el Japón y un sinnúmero de islas inmediatas. Veinte naciones americanas son ahora católicas, al otro lado del Océano, por haber nacido á la vida cristiana en tiempos de nuestro Alejandro. Más de cien millones de seres acatan á Roma en el opuesto hemisferio por el proselitismo del papa Borgia, que se apresuró á enviar misioneros á América en el segundo viaje de descubrimiento. Se comprende el orgullo de aquel Pontífice. ¿No habríamos incurrido nosotros en el mismo pecado?... Realizaban los españoles el prodigio de llegar á Asia por Occidente (pocos sospecharon entonces que se había descubierto un nuevo mundo), y el Pontífice consagrador de tan inaudita hazaña era también español. Un creyente como Alejandro VI debía ver en ello la mano de la Providencia.

Claudio sólo pensaba en la visita que iba á hacer hora y media después á don Arístides y su familia.

Seguiría su destino. Una voz burlona parecía gritarle desde el fondo de su memoria: «¡Adiós, caballero Tannhäuser!»

Iba á acabar su vida de locuras. Se contentaría con una existencia reposada, dulcemente monótona, sin delirios felices y sin conflictos. Sería el marido de Estela; y la misma voz lejana repetía como un eco lamentoso: «¡Pobre Estela!»

Se aproximaron á una puerta del Vaticano, y el canónigo, como si hablase ante una muchedumbre de diversas creencias y razas, siguió diciendo:

—Y para los que no pertenecen á nuestra religión, el pontificado de Alejandro VI representa un gran acontecimiento histórico, el mayor tal vez de nuestra raza... ¿Qué éramos los blancos nacidos en Europa? Una minoría de la humanidad aglomerada en un continente estrecho. ¡Quién sabe si, faltos los blancos de expansión, debilitados en una lucha incesante por la propiedad del exiguo suelo, esos pueblos de Asia que parecen inmensas colmenas ó interminables nidos de hormigas habrían acabado por caer sobre los nuestros, esclavizándolos por la fuerza de su inmensa superioridad numérica!... Pero descubrimos los españoles el mundo americano en tiempos del papa Borgia, y gracias á nosotros pudo Europa desarrollarse en la más prolongada de las masas continentales, donde se repiten dos veces, á un lado y á otro de la línea ecuatorial, todos los climas y todas las riquezas, triunfando con ello definitivamente el hombre blanco sobre el resto del planeta.

Como si por primera vez se diese cuenta de la distracción de su sobrino, cesó de andar y se volvió hacia él, señalando el palacio grandioso que tenían enfrente.

—Me imagino—dijo con entusiasmo—la emoción de Rodrigo de Borja á mediados de 1493, cuando sólo era Papa unos meses y el Pinturicchio iba trazando sus primeras figuras en los salones que ahora llaman Estancias de los Borgia. Había empezado á difundirse una noticia entre los miles de españoles avecindados en Roma ó acudidos á ella para solicitar mercedes del cardenal compatriota recientemente elegido Papa.

Uno de estos españoles-romanos, clérigo aragonés, llamado Lorenzo de Cosco, que añadía á su calidad de presbítero el título de «generoso y literato», traducía al latín, idioma universal de entonces, la carta escrita por un tal Colón, desde Lisboa, á un judío converso, el magnífico Gabriel Sánchez, tesorero del rey Fernando el Católico.

En ella relataba el marino las peripecias de su viaje con un centenar de españoles y tres barcos á través del Océano.

—Iban en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, y las habían encontrado por la ruta de Occidente, aunque sin poder llegar á su capital, la rica Calambú, ó sea el moderno Pekín, descrita por Marco Polo y Mandeville. El Papa español, entusiasmado por este suceso providencial, facilitaba la impresión de la carta traducida por Cosco, enviándola á todos los soberanos de la tierra... Y lo raro del caso fué que Alejandro VI, que había vivido la mayor parte de su existencia en Italia, hablase de Colón llamándolo español. También el italiano Jacobo Trotti escribía á su señor, el duque de Ferrara, sobre las nuevas tierras descubiertas por el «español» Colón... Esto resulta otro misterio histórico, necesitado de luz, como la falsa leyenda de los Borgia. ¿No lo crees así?...

Nada dijo Claudio. Tal vez no había oído las palabras de don Baltasar; pero éste, sin percatarse de su indiferencia, siguió hablando:

—El papa Borgia fué el primero que hizo saber á los hombres, de una manera que puede titularse oficial, el descubrimiento de América, que aún no se llamaba América, y cuya verdadera naturaleza nadie había llegado á presentir. ¿No te conmueve este recuerdo, evocado aquí mismo, antes de que subamos á ver sus famosas Estancias?...

Cogió á Claudio de una solapa, mirándolo de cerca, al hacer dicha pregunta, y el joven, aunque ignoraba á causa de su preocupación lo que había dicho el canónigo, aprobó moviendo la cabeza.

Un lamento continuo seguía resonando en su interior. Era lo único que podía oir:

«¡Y se fué para siempre!... ¡Y no la veré más!»

FIN

«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos) Junio-Septiembre 1926

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