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Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

XXXII

Reading edition

El 4 de Marzo.—El muelle.—El ferry.—Amigos cariñosos.—Ibarra y Alatorre.—Capitan Hagen.—La estacion.—El tren.

AMANECIÓ al fin el 4 de Marzo, reinando aún cruelísimo el invierno.—No obstante los preparativos de viaje y el buen arreglo de los equipajes, expeditados desde la víspera, quedaron como adheridos á nosotros, flotantes y sin colocacion, canastos, abrigos, sombreros, paraguas y todo aquello á que se le ha dado el significativo nombre de triquis, no obstante proclamar todo viajero, que estorba hasta el rosario á los que tienen la costumbre de usarlo.

A mí me condujo hasta el muelle el coche de un caballo, mi vehículo constante, el confidente, por decirlo así, de todas mis impresiones de San Francisco.

Ya hemos dado idea del muelle de Oakland y ya conocemos esos ferrys ó vapores de rios, encargados en tragin constante del acarreo de viajeros de uno al otro lado de la bahía.

Las aguas estaban un tanto inquietas, pero como encadenadas y obedeciendo al timon y viendo subordinadas las maniobras de los buques.

Al entrar en nuestro vapor, á las seis de la mañana, encontramos arropados á varios de nuestros amigos, y á algunas señoritas vestidas elegantemente y desafiando el ventisco helado, que azotaba sus hermosos rostros.

Entre los favorecedores que acabo de mencionar, se contaban los Sres. Andrade, Ferrer, Ahumada, Gaxiola, Coroella, y las Sritas. Gutierrez, de lo más inteligente y virtuoso que cuenta la colonia mexicana.

Dos ó tres dias ántes de nuestra partida, un amigo veracruzano, á quien soy deudor de mil finezas, me invitó á una visita por una de las calles más accidentadas y embrionarias, por decirlo así, de San Francisco: la calle de Green.

No hacia mucho, en una de mis descarriladas por falta de direccion, me encontré en el término de los ferrocarriles urbanos del N. E. de la ciudad: apéeme resuelto para seguir á pié; interceptó mi vista un barranco profundo; descendí casi rodando; á poco me salió al paso una montaña y la escalé decidido: entónces me quisieron envolver marañas de casas, escaleras escurriéndose y asaltando las rocas, ventanillas como los ojos de un buho en las eminencias, tendederos de ropa, juegos de coche botados en el suelo, vacas pastando tranquilas en la llanura tendida entre dos casas, hondonadas con sus árboles, sus jardines floridos y sus graciosas fuentes, todo á los lados de una cuesta; yo descendia entretenido, cuando ví en un farol escrito el nombre de Green. Estaba en la calle de Green, indicando la resurreccion de la ciudad.

Illustration from Viaje a los Estados Unidos, Tomo I

LIT. H. IRIARTE.

Calle de Montgomery.

A la calle de Green fuí conducido por mi amigo el veracruzano, una noche oscurísima. Llegamos á un punto en que estaba obstruido el paso; era una casa en obra: atravesamos por entre escombros y como en un subterráneo; yo llamaba á mi guía á cada momento, porque perdia el piso: me dijo “suba vd.” y comencé mi ascension por una escalerita de palo que casi flotaba como una cinta con nudos, que no tendrá una vara de ancho; dí vuelta, y entónces me embarraba á la pared por una verdadera cornisa con su barandal, todo trémulo y amenazante. Saliónos al paso una puertecita pequeña. Estábamos á grande altura, causaba pavor la consideracion de los muchos escalones que habiamos subido.

Abrióse la puertecita y nos hallamos en el sacramental pasadizo americano, con sus guarda-sombreros, como es de rigor.

Podria caber la casita en la palma de la mano; pero qué limpieza! qué elegancia! qué exquisitos adornos! siendo para mí el de más precio las banderas nacionales y los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo.

Esa es la casita de las Sritas. Gutierrez, entre quienes se mantiene dudoso el sólido mérito, sin decidirse por la hermosura, por las gracias ó las virtudes.

Saben encargarse de nuestra felicidad miéntras estamos bajo su techo, olvidamos nuestras penas y va nuestra admiracion de sorpresa en sorpresa, enorgulleciéndonos de lo que vale la mujer mexicana.

Una de las señoritas me enseñó sus versos, llena de timidez y de bondad.

Lindísimos versos, alma pura de mujer, cantos de ave melodiosa que enajenan por su elevacion y su pureza cristalina.

Estas Sritas. Gutierrez estaban tambien formando grupo cerca de nuestro noble marino el capitan Hagen y de Schleidem, ambos sombríos, y el primero con brusco aspecto y brillantes los ojos de llanto reprimido.

Nuestros amigos Ibarra y Alatorre, que quedaban en San Francisco, se disponian á acompañarnos con M. Hagen hasta la primera estacion del tren.

La conversacion fué animada, casi alegre, durante los primeros momentos; entónces, en tiras de papel, escribí algunos versos; en cuanto partió el vapor, se hizo entrecortada y difícil la palabra; al tocar el muelle de Oakland, unos amigos se arrojaron en nuestros brazos, los otros se alejaron, llevándose sus pañuelos á los ojos.

La estacion ó punto de partida del ferrocarril, con la grandiosidad del edificio, los rieles y ruedas en los suelos, las máquinas, los talleres y el inmenso agolpamiento de gente, presentaba aspecto singularísimo.

Los grupos de viajeros se ordenan como por sí mismos: el viajero aguerrido se relaciona con el conductor, recorre los asientos para apoderarse del mejor, y cuando suena la campana, está instalado.

Hablemos de los trenes.

Los diversos trenes corren por sus cuerdas separadas, aunque dependan de una misma empresa.

Así es que hay trenes de efectos, de semillas, de ganados, y de pasajeros con sus equipajes.

Los carros de semillas son verdaderas trojes rodantes de tablas, con sus grandes puertas en el medio ó en los extremos.

Los carros de ganado son como grandes jaulas exteriormente, y en la parte interior como corrales y caballerizas; hay carros descubiertos totalmente, en que se conduce carbon, y otros, como tanques ó grandes cajones para el petróleo.

El tren de pasajeros tiene dos grandes divisiones: una de carros que pertenecen á la Compañía empresaria, y otra de carros accesorios y especiales (los de Pullman), que pagan á la Compañía un tanto por recorrer el trayecto.

Entre los carros de la empresa, los hay de primera y segunda clase, division que marca más bien el precio para hacer más escogida la concurrencia.

Los carros de primera clase tienen sus asientos traveseros de dos en dos, con sus cojines, su alfombra y sus departamentos cuidados y limpios.

Los de segunda, están llenos de sofacitos de bejuco; en uno de los extremos de ese carro se ve la estufa y el depósito de la leña que la alimenta.

Al extremo opuesto hay oficinas de desahogo y de aseo, y un aparato que contiene agua con hielo para la provision comun.

La gente que se aloja en las secciones más baratas, es pobrísima y de maneras las más bruscas; patanes, con pisones tremendos llenos de clavos, por piés; racimos de plátanos, por manos; sobrecargados de trapos y de chirlos, y con unos sombreros obtusos, inverosímiles, escurridizos y sin figura determinada, como al derretirse, como al pasar á líquidos. En esos carros se fuma con libertad, y eso quiere decir el imperio de la pipa, esa hornilla adherida á un tubo y dependiente de unos labios como claraboyas, y de unos pulmones como fuelles, que soplan torbellinos de humo pestilente....

Y ese incidente es el menor; los que mascan tabaco, en los muladares, en las zahurdas, en las cloacas, en donde la asafétida seria perfume y la putrefaccion campea, pueden llevar el estandarte de la suciedad repugnante.

El tabaco de mascar es un panecillo negro y meloso, compacto como una tabla: las astillas de ese tabaco, que son las que se mascan, producen raudales de saliva negra, que todo lo inunda, dejando por donde quiera rastros asquerosos.

En esos carros, en que el que puede duerme sentado, se ostenta el tipo del yankee ordinario, en toda su desnudez. El yankee en quietud, se echa, se rueda, se empina, se para de cabeza; pero pocas ó ningunas veces atina á sentarse como la gente, y el pandemonium aquel del carro, es una de cuadriles, de codos, de patazas enarboladas, de gañanes patiabiertos, que es una delicia.

El yankee es invasor por excelencia, y declara respaldo, cojin, ó colchon, ó silla, al primero que se le presenta; cuando uno vuelve la cara, ya un rinoceronte de esos se le reclinó en el pecho, como si le hubiesen visto á uno cara de sofá: cuando ménos siente, puja oprimido por una torre que se le vino encima; y cuando está más descuidado, un brazo pesado y velludo le está enlazando el cuello como una serpiente, si no es que se ha instalado con el mayor desplante en las rodillas de cualquiera.

Por su parte, la mamá de baja estofa, protege con todas sus fuerzas la independencia del nene, y el nene, en mangas de camisa, salta sobre las gentes, invade tambien, y es un encanto pasar unas horas con los renuevos de los titanes de la América.

En cuanto al Pullman car, hay el carro-salon, el carro-comedor, con cocina, y el carro de pasajeros, secciones que constituyen el departamento de un palacio andante, con cuanto el esplendor, el lujo, la grandeza y la comodidad pueden inventar.

Me ceñiré por ahora á la descripcion del carro de dormir ó de pasajeros, porque los otros se habian suprimido en el ferrocarril central del Pacífico en que yo hice el viaje.

El carro todo es de madera exquisita, y en su interior, de chapeados y embutidos de madera de rosa, con adornos y molduras riquísimas de plata alemana.

Al entrar al carro, perfectamente alfombrado de alfombras, imitacion de las turcas, se pasa por un callejon con sus ventanas de cristales cincelados, que da al gabinete de aseo de las señoras.

Ese gabinete es un precioso camarin, con su tocador, con su mesa de mármol, agua corriente, jabones, pomadas, cepillos, toallas y cuanto puede desearse para el aseo.

Contiguo al tocador, y dando uno de sus costados al tránsito que ya describimos, existe un cuarto pequeño para familias que desean estar aisladas, y el que se incomunica del resto del carro, quedando con su luz y todas sus comodidades.

Al extremo opuesto hay tres departamentos para los hombres, uno de aseo, el Water Closset, y el cuarto de fumar, porque en el interior de estos carros no se fuma.

La seccion de aseo la compone un gran mostrador, con tres ó cuatro lavamanos bajo sus llaves, de metal blanco, que arrojan agua en abundancia, requeridos por sus respectivas bombas; junto á cada lavamanos, hay en sus trastos grandes trozos de jabon, una que otra vez con esponjas; no se conoce el zacate, y á los extremos, toallas que podrian llamarse fajas que giran contínuas en un perchero, y donde litografía su rostro y se limpia todo bicho viviente.

El yankee zabulle su cabeza, escupe, hace diabluras, y deja las más veces su agua inmunda como herencia al sucesor. En una especie de nicho embutido en la pared, está un vaso y hay agua con hielo.

Por supuesto, las escenas de ese departamento son en paños menores, y nada hay más repugnante que el estado en que dejan jabones y toalla giratoria, los hijos de Guillermo Pen.

El Water Closset y el Smoking car (carro de fumar), son cuartos adaptados á su objeto. Este último da á la plataforma, con completa separacion del carro interior.

Veamos ahora lo que constituye el Sleepen car (carro de dormir), que se elogia como una invencion de las más felices.

Figuremos un salon, poco más ó ménos de doce varas de largo, lleno de pequeños sofacitos de dos asientos, unos frente á los otros, pero con goznes en el respaldo, de modo que se presten á la trasformacion en lecho cuando conviene.

Los viajeros quedan durante el dia en secciones de cuatro en cuatro con dos ventanillas disponibles. En el intermedio de las ventanas hay un hueco donde se coloca una pequeña lámpara en las noches, y de dia se afianza una mesita muy cómoda para escribir ó para comer los que llevan provisiones y no quieren salir del carro.

En la parte superior del carro se abulta un adorno ó cómoda corrida que lo corona lateralmente, y siguiendo una especie de órden gótico, toca el cielo, de donde penden de trecho en trecho grandes lámparas dentro de globos de cristal apagado, en sus sustentáculos elegantes de plata alemana.

Al frente del adorno que describimos, corre una gruesa varilla de metal blanco y reluciente.

Los pequeños sofaes ó asientos están forrados en terciopelo carmesí. Los cristales de las ventanas son hermosísimos.

La concurrencia es selecta, generalmente se aisla, jamás importunan á una señora, prodigan á los niños cariñosos cuidados, y un yankee bien educado, es de lo mejor y más caballeroso.

Fino sin afectacion, consecuente y franco sin llaneza.

Ríe con bonhomie y estrepitosamente, manifiesta ingénua admiracion por lo que cree bueno y no comprende, y se apasiona de las gracias y de la dulzura de nuestras damas.

Sobre todo, el respeto á las señoras es de todos ellos, y eso explica esa intimidad y esas grandes travesías sin accidentes, que no, no pasarian con gente de nuestros hábitos; se puede jurar esto que digo, no hay que acusarme de parcialidad.

En las noches, los asientos de los sofacitos se corren y extienden: el adorno cae como una tapa, sirviéndoles de techo, de esa tapa se hace otra alcoba y se convierte aquella seccion en dos camas: dentro de la caja superior está la ropa de las dos camas, que quedan con sus colchones, sus cobertores, sus respaldos, su lámpara y cuanto puede apetecerse, ménos cierto adminículo que en esos casos quisiera uno llevar colgado como un arete.

Dispuestas así las cosas, se corre una cortina por las varillas superiores, se afianza de trecho en trecho de grandes clavos de metal, y quedan formadas alcobas perfectamente iguales, donde se pasa la noche muy cómodamente, cuando todo marcha en regla.

El exterior de las alcobas queda como un callejon angosto entre dos altas paredes de lienzo grueso.

El servicio está sobrevigilado por caballerosos y atentos inspectores, á quienes se recomiendan las mejores maneras, y los que son despedidos á cualquiera falta.

Se ocupan del aseo y sirven á los viajeros, negros muy elegantes y bien vestidos de azul, con sus cachuchas en que está escrito el oficio á que se les destina. Estos negros asean, preparan el agua, cepillan la ropa, limpian las botas, y en la carga y descarga de los trenes se encargan de los equipajes, haciendo mandados en las estaciones y siendo en general útiles y honrados.

En el interior de los carros, y á los piés de los asientos, corren tubos caloríferos que los mantienen á la temperatura que se quiere, de suerte que está azotando la nieve los cristales, á la vez que corren los niños en el saloncito con sus vestidos de lienzo, y las damas ostentan sus trages de primavera.

Por los tránsitos interiores de todo el tren pasa, con más frecuencia que lo que se quisiera, álguien que ofrece en venta á los viajeros libros y folletos á propósito para los ferrocarriles, guías de viaje, vistas, itinerarios y cuadernos con novelas maravillosas y patibularias.

Acaba su primera excursion el vendedor y á poco vuelve á pasar con su canasto de naranjas, peras, dulces y juguetes; en otro paseo ofrece las curiosidades de la localidad que se recorre.

Los libros y cuadernos los deja en los asientos.... despues recoge los que no se han vendido, y cobra.

Pero tanto éstos como los servidores, si bien no hablan sino pocas palabras, dan en cambio sendos puertazos, que aturden cuando se cierran y abren varias puertas á la vez.

Por la parte exterior de todos los carros, y saliente sobre las ruedas, hay una andadera ó pasadizo por donde transita la servidumbre, con tal desembarazo y rapidez, como si fueran en un corredor.

Corren, suben, bajan, se escurren, se acurrucan, se encaraman y se estacionan como unos zopilotes horas enteras, asidos á la rueda de que pende el garrote, en lo más alto de los trenes, con sus blusas cortas y sus cachuchas, cuyas viseras se ven á lo léjos como anchos picos de grandes pájaros.

El conjunto de la concurrencia que partió con nosotros era hermoso é iba alegre como á un paseo, en el carro de dormir que ocupaba la primera clase.

En lo alto del interior del carro veíanse, bien colocados, sombreros, neceseres, paraguas y bastones, y bajo los asientos, petaquillas manuables, sacos de noche, licoreros, botiquines, porta-ropas, neceseres de viaje y esos mil utilísimos adminículos del viajero, que están al alcance de todo el mundo en los Estados-Unidos, y donde se confeccionan con increible baratura.

Hay baúles desde veinte reales hasta cuarenta y cincuenta pesos, con cuanto se puede desear para un viajero, y lo mismo puede decirse de los artículos manuables.

El interior del carro, lleno de luz, presentaba un bello conjunto. Ladies con sus sombrerillos con flores y plumas, sus grandes sobretodos de nutria ó de paño, caballeros con paletós riquísimos de las mismas materias y sus cubiertas de dril para conservar siempre el aseo, y niños angelicales con increible gorrillos, encajes, sedas y pieles.

Como deciamos, nos acompañaban nuestros amigos Ibarra, Alatorre y Hagen.

Nada puede compararse en fertilidad y animacion á los campos que recorriamos. En los caminos se encontraban ómnibus y carruajes, y carretas que chirriaban conduciendo mieses y granos; en el suelo formaban alfombra las sementeras; bajo grupos de árboles gigantes tendia la viña sus toldos caprichosos; sobresalian entre los sembrados los discos de los molinos de viento, las chimeneas de las fábricas y las puntiagudas torres de los templos; y á lo léjos, al pié de las montañas, veíanse pastando los ganados ó corriendo en hileras al lago en que reverberaba, tiñéndolo de azul y grana, la risueña luz matutina.

En la estacion de Lanthroop, ántes de Sacramento, recibimos los adioses de nuestros amigos.............................

De aquella estacion parten varios caminos; pero dos me atraian por su fama: el de los Angeles y el del Valle de Yo-semite. El primero conserva mil recuerdos de México: en medio de la corriente de la colonizacion; donde hay una leyenda sentida; donde se balancea una ave canora; donde tiende el amor sus alas de oro, allí se invoca á México, como si el sentimiento concediera nuestra nacionalizacion á todo lo bello y á todo lo poético.

En cuanto al Valle de Yo-semite, llenos están los Albums y las guías de viaje con las relaciones de aquella naturaleza magnífica sobre toda comparacion.

Arboles á los que se ha tenido que llamar monstruosos, porque ha parecido vulgar y fria la denominacion de gigantescos, rocas cuyo conjunto ha merecido el dictado de catedrales y de las que una sola fungiria como montaña. Cataratas cayendo como en tropel y precipitándose por gradas de inmensa altura, valles apacibles y sombríos limitados por alturas inconmensurables, y lagos entre follajes y arboledas, que como que se esconden avaros para guardar pedazos de cielo en sus entrañas, y comprender en un sentimiento único de admiracion tierna, las más espléndidas manifestaciones de Dios....

Pero no era posible detenerse: el wagon tiene algo de fatal en su marcha; sigamos contemplando lo que nos rodea, á vuelo de pájaro.

Dejando por uno y otro lado sembradas estancias y chozas, que como que brotaban al borde de las ventanillas del carro, abriendo sus bocas y sus ojos para vernos pasar y desaparecer veloces, los conocedores nos hacian notar la proximidad de una grande estacion.... leña apilada por dos y tres millas.... ruedas y rieles aquí y acullá.... grandes pipas con agua.... carbon amontonado en colinas.... despues cruceros de rieles en todas direcciones.... luego como una ciudad desbaratándose y andando sus aceras cada una con su locomotora.

La estacion, cuando es de alguna importancia, está bajo grandes jacalones que cubren el despacho, el telégrafo, los depósitos para la carga, caminos para coches y carros, fondas y cantinas, depósitos de ropa hecha, sombreros, zapatos, baúles y todo género de útiles de viaje.

Antes de llegar el tren á la estacion, repica á vuelo su sonora campana; el mugir de la locomotora se hace vibrante y agudísimo, jadea la máquina, el sonar de las ruedas parece remedar la carrera contenida del monstruo.

A ese espectáculo corren en bandadas los vendedores y asaltan el tren con periódicos, tarjetas y vendimias á millares; suena á la vez el gongo ó la campana del restaurant; la voz del conductor anuncia que hay diez ó veinte minutos de descanso: entónces, como una catarata, descienden los pasajeros y corren á las mesas del restaurant, esto es, los pasajeros acomodados: los de escasa fortuna, vuelan á la cantina ó restaurant de puro mostrador.

Luego que han entrado los viajeros al restaurant decente, se cierran las puertas, quedando una salida única, donde se paga cuota fija, cómase lo que se comiere, ó no se coma nada.

El arrastrar de sillas, el sonar de platos y cubiertos, los gritos y el afan de engullir lo mejor y más pronto, preocupa la voracidad de esta raza humana, que en ciertos momentos se las puede disputar á los buitres y á los lobos.

En cuanto á las comidas, plan americano neto: maíces, papas, huevos, trozos de carne como para jaula de fieras, melaza, cakes, jamon, polvos y salsa de lumbre y aguarrás.

Aunque á veces el tiempo concedido de diez á veinte minutos sea el necesario para sorber unos tragos de café y devorar un trozo de carne, la preocupacion de la marcha es tal, que las mismas horas parecerian instantes.

Se come ladeado, con la vista fija en la puerta, con el oido atento al más leve ruido.

Hay quien diga que esa situacion la explotan maravillosamente los dueños de las fondas: de uno se contaba que hacia servir la sopa de tal manera caliente, que entre un sorbo y un soplido y cien maldiciones, por la tostada del esófago, se iba el tiempo sin que casi probaran bocado los transeuntes: hacia así su negocio, porque el resto de la comida quedaba intacto; pero despues notó que en las bolsas se sacaban muchos la carne y las papas, etc., que el café y el caldo lo enfriaban con trozos de hielo, y celebró una especie de transaccion.

Como tengo dicho, desde el anuncio del tren se agolpa la gente á la estacion: nosotros estábamos en Lanhtroop. El ferrocarril tiene allí ramales para Yo-semite, por Visalia y San Joaquin.

Partió por fin el tren por entre campos cultivados y caminos que parecian escaparse de debajo de nuestros wagones, llenos de movimiento.

La personalidad se concentraba: cada uno queria acomodar lo mejor posible sus cachivaches; cada cual buscaba medio de hacerse agradable á los sirvientes.

El viajero aguerrido cuidaba su canasto con comestibles, sus neceseres y sus babuchas.

El tétrico sacaba su libro, incomunicándose con todo el mundo.

Las simpatías y antipatías se manifestaban como por explosion, formando grupos, aunque saludándose apénas.

Entre los viajeros, habia dos que desde luego me impresionaron.

Era el uno pelon, barbilampiño, rubio, de azules ojos, y de desembarazados movimientos.

En todas partes habia estado y todo lo sabia, posee cuatro ó cinco idiomas, es capaz de hacer una tortilla de huevos en la uña del dedo meñique, lleva botiquin, hace prodigios con su navaja, lo mismo engulle dulces que sorbe wiskey, parece diestro en las armas, habla de música como un filarmónico consumado, tiene retratos de todos los artistas célebres, que son sus amigos, y no hay suceso notable que no haya presenciado y cuyos resortes íntimos no conozca del pé al pá.

Y no obstante esa pluralidad de aptitudes, á nadie molesta, sirve á todo el mundo y de todo el mundo se hace querer: llámase Mr. Gland, é iba para Missouri.

El otro era un viajero realmente de leyenda.

Encapotado, taciturno, á quien mejor deberia llamarse bulto que persona.

Le cubria hasta los ojos, escurriéndose como un lienzo, un sombrero negro, de anchas alas, bajo de las cuales relumbraban los vidrios de sus anteojos verdes, ocultaba su barba y su boca tosco cachenéz de lana, mal embutido en la solapa de su paletó, que caia sobre gruesas botas de enormes suelas.

Unos guantes grises de lana forraban sus manos, haciéndolas de tamaño desproporcionado con su cuerpo.

Pero el cabello que ocultaba el disparatado sombrero y se escapaba en sutiles hebras sobre sus hombros, era de rayos de sol, y el cútis, que solia verse por entre el gollete de groseros trapos en que se embutia su cuello, tenia la tersura y la delicadeza de un cáliz de azucena.

Era evidente: tratábase de un jóven de alta distincion, que viajaba de incógnito; no se oyó su voz una sola vez; de dia estaba como clavado en su asiento, con su libro al frente, del que no despegaba los ojos. En la noche solia descender en alguna estacion; pero salia ántes que todos y volvia á su puesto primero que nadie.

En la noche, cuando todo el mundo se habia recogido, pasaba solitario horas enteras en el cuarto de fumar.

Yo, que estaba como Hércules III, deseosísimo que algo me sucediera para tener qué contar, me forjé una novela con aquel personaje desconocido: pero por más intruso que me mostré, no conseguí saber nada absolutamente.

A un amigo que nos acompañaba, y que por su desgracia sabia inglés perfectamente, le iba agobiando á preguntas sobre los sitios que recorriamos.

—Esta poblacion se llama Stockton, en memoria del célebre comodoro de ese nombre, uno de los conquistadores de California.

—Qué alegre es! y parece de importancia por sus muchos edificios, sus torres, sus plazas y el tragin que se nota.

—Este pueblo es la cabecera de San Joaquin.... vea vd. los ligeros vaporcitos de su rio.... al principio, el único comercio eran las minas; ahora, los granos hacen competencia á aquel comercio. Hace diez años, continuó Lorenzo, que este es el nombre del amigo, esto era casi desierto; ahora tiene trece iglesias de todos los cultos, catorce escuelas públicas y particulares, está alumbrado con gas y tiene un pozo artesiano de mil dos piés de profundidad, que produce 360,000 galones de agua.

Vea vd. esos grandes edificios: aquel que ve vd. al frente es Yo-semite; más adelante tiene vd. á Lafayette, por entre aquellos pinos, adelante de esos jardines.

Se publican varios periódicos: aquí han traido los tres principales, que son: El Independiente, La Gaceta, El Observador........

Relinchó el vapor, sonó la campana.... trac, trac...... adelante.

El propio esmerado cultivo, las mismas sementeras; tras de las yuntas, en apariencia señores decentes, con sus gruesos levitones de paño, sus botas hasta la rodilla, alguno su sorbete muy catrin.... ¡diantre de cosa! decia yo.... aquí no hay peones como en México.

—Sí, hombre; pero los peones de aquí son ciudadanos como los demás, todos esos comen con tenedor y cuchillo, y leen su periódico, y tienen su mujercita de gorro y de guantes cuando va á la ciudad.

—Hombre, ni me lo diga vd.; esas parejuras, por fuerza los han de molestar.

Casi todos los campos que cruzábamos estaban cercados y atravesados por pequeños caminos y multitud de carros de todos tamaños y hechuras: un hombre con una carga á cuestas, ni para un remedio; mulas de carga, ni por un ojo de la cara.... ¿y los burros?.... ¿los burros?....

—Pero venga vd. acá. ¿Vd. se puede imaginar siquiera á un yankee arreando un burro? La gradacion tiene de ser forzosa: en una invasion americana, los que no combatieran, que por fortuna serian los ménos, bajarian al rango de indios, los indios al de burros y los burros desaparecerian....

—Pues oiga vd., á palos muera el pronóstico, y no me ande con esas bromas, si quiere que las amistades se conserven.

—Quieto, Fidel, que hemos llegado á Sacramento.

Desde luego conocimos que estábamos en una poblacion de alta importancia: la capital nada ménos del poderoso Estado de California.

El gentío agolpado en la estacion era inmenso y de personas distinguidas; negreaba de sombreros, casacas y sobretodos aquel espacio; los mil vendedores de toda clase de efectos, circundaron el carruaje, los muchachos repartidores de periódicos invadieron el interior de los wagones, proclamando desaforados sus diarios.

El Sr. Iglesias recibió en el wagon la visita de las autoridades y personas notables del Estado, quienes se particularizaron en finura y atenciones.

Miéntras se verificaban esas presentaciones, Lorenzo me sacó á la plataforma, dando espalda al bullicio, y me dijo:

—Aunque sea á tiro de fusil, vea vd. el Sacramento. Este era el término del ferrocarril en 1870: desde San Francisco á Ogden solamente tiene este ferrocarril 882 millas de largo, ó sean 294 leguas, es decir, como desde México hasta cerca de Matamoros.

Vea vd. la ciudad como sobre una peana entre bosques de pinos: á esa altura llaman el Banco de Sacramento: fíjese vd. en sus emparrados y jardines; las calles son muy amplias, las plazas hermosísimas.

Los hoteles son excelentes: por aquí tiene vd. á Orleans: allí está vd. viendo el Aguila de Oro; en aquel extremo se distingue el Hotel del Capitolio.

Y no es el todo la mucha poblacion, sino la poblacion industriosa y moralizada. Sacramento tiene 18,000 habitantes solamente, y hay más energía de vida que en México comparativamente.

Serán 18 iglesias de varias religiones, hay dos orfanatorios, gas y agua por todas partes. Se publican aquí cinco periódicos.

—Bien; ¿pero á qué se debe la extraordinaria altura á que está colocada la ciudad?

—Se debe á la lucha que se tuvo que sostener con las corrientes impetuosas del rio: en 1851 y 52 fueron esas inundaciones espantosas; no dejaban rastros de construccion, pusiéronse murallas y barreras que paliaron el inconveniente: en 1861 y 1862, repitiéronse las inundaciones, hasta ahogar la ciudad: entónces se levantó el piso sobre el mayor nivel que pudieron alcanzar las aguas, se desgarraron las montañas, se levantó un dique poderoso á la corriente, que vino á estrellarse contra este obstáculo invencible.

Una parte de la ciudad quedaba descubierta. Alzóse un muro fuertísimo y se coronó con un ferrocarril.

Entónces á la ciudad se le dijo: “Florece.” Se tendió el rio á sus piés como un lebrel, y ella, descuidada y tranquila, desplegó todos sus encantos.... toda esa algarabía de alturas que está vd. viendo y parten del centro y circundan la ciudad, son molinos, talleres, fundiciones y fábricas de maquinaria.

Ese gran edificio es el hospital, que sostiene la Compañía del ferrocarril, y en que se atiende á los enfermos como á príncipes. Tuvo de costo el edificio, 60,000 pesos.

Nos quedan pocos, minutos, me dijo Lorenzo. Vea vd. la maravilla de Sacramento: su Capitolio.

—El edificio, segun he leido en las guías, continuó Lorenzo, ocupa como cuatro de nuestras manzanas regulares.

Se ven primero como tres terrados uno sobre otro en gradacion: á cada uno de esos terrados, que son otros tantos deliciosos jardines en ascenso, se sube por escaleras tendidas.... á los lados de las escaleras centrales hay dos grandes alas de edificios suntuosos.

Como trepando á lo más alto, se ve como en el aire otra escalera de granito, de 25 piés de alto por 80 de ancho, que conduce al pórtico.

Este pórtico tiene diez columnas de frente.... y se entra al salon de la rotonda que tiene 72 piés de altura.

En el frente y alas del edificio hay distribuidas cinco colosales estatuas que representan: á California, la Guerra, la Ciencia, la Agricultura y la Minería.

Las alas son de 164 piés sobre el cimiento; los lados Norte y Sur contienen las Cámaras de diputados y senadores.

A la espalda del edificio central, hay una extensísima proyeccion circular, que contiene la librería.

La cúpula es, como lo está vd. viendo, grandiosísima.

Sobre ese pedestal circular que parece descansar en la parte alta del edificio, se eleva esa gigantesca tribuna formada en círculo de 24 columnas histriadas: sobre ellas, como engastado más reducido círculo, se alzan otros 24 pilares circuidos en su base de una balconería corrida: allí se redondea la gran cúpula metálica y cierran su amplia bóveda, 12 columnas corintias que sustentan la coronilla sobre que se levanta la estatua olímpica de California.

—Ya se deja entender, dije aturdido, la profusion de cristales, marcos, cuadros y todo lo consiguiente á ese embutimiento de palacios, á esa hipérbole de fierros, cristales, ladrillos, para cubrir esa superficie de 60,000 piés que reza la guía......

—Juuú!!.... Ju-ú!.... hizo la locomotora; y adelante....

El sueño, que escolta á la gula satisfecha, puso en silencio el carro, silencio que dejaba escuchar el compasado galopar del tren y los puertazos con que anunciaba su presencia la servidumbre de los wagones.

Sentado, solitario en el cuarto destinado para fumar, saqué mi carterita, y consagrando mis primeras apuntaciones á la locomotora, escribí lo siguiente:

EL TREN DE VAPOR.

Va cruzando en las llanuras, Va corriendo en las montañas, Con sus músculos de fierro, Con su penacho de llamas, Con su estridor que remeda El retumbar de las aguas, El intrépido gigante Que devora las distancias; Parece que en su carrera Muros rompe y velos rasga, Que extiende verdes campiñas, Que engendra las sierras altas, Y va soltando los rios Que cantan en las cañadas: Las alegres sementeras Le saludan cuando pasa, Y repite sus acentos Pavorosa la barranca. Parece que lleva un vítor Cuando corre entre las casas, Y que al contento congrega En el campo á las cabañas, Que alzan sus plumeros de humo Sobre sus techos de tablas. A su paso se detienen Los caballos y las vacas, Y curiosas al principio A su encuentro se adelantan, Y cuando le miran cerca Retroceden y se escapan. Va despertando la noche El rumor de sus pisadas, Y á modo de sol viajero Su ojo fijo lanza llamas. Ruge y vibran los espacios Como si en lo alto á las almas Dijera: “haced los honores A la humanidad que pasa.” Y así corrientes de pueblos Se conocen y se enlazan, Y en el seno del Progreso Con santa efusion se abrazan, Los que entre los hielos nacen Y los que hacen en Africa. Tú, imperando, vendrá un dia Que el hombre en comunion santa A tus clamores de bronce Responda con mil hosannas.... Siendo los pueblos familias.... Y el mundo, la comun patria.

Fidel.

Marzo 5 de 1877.

Las casuquitas que ya de trecho en trecho, ya dispersas, ya agrupándose, veiamos, todas como que se dirigian á nuestro encuentro, como que venian á buscar los rieles, como se dirigen los ganados á la corriente.

Detrás de esas casitas aparecian los sembrados, despues los árboles, que en hileras como soldados ó como frailes, parecian andar descaminados ascendiendo á la montaña, donde en filas ó en grupos les esperaban sus compañeros.... alguna vez se tendia la llanura amarillenta y salpicada de nieve, ascendia revistiendo la loma, formaba muro la Sierra, coronada de sus picos desiguales, los brazos abiertos de los pinos y sus figuras fantásticas, y tras este muro se aislaba grandiosa y solitaria, una montaña de cristales, que tal parecia, revestida por el hielo, trasparentando las hondas grietas, los espantosos derrumbes, las rocas gigantescas.

Esto, visto entre esos calados de las ramas, entre esos pabellones de las copas sin hojas, es el paisaje que presenta el monte Shasta de California, donde parece decir en la Sierra Nevada, sus últimos adioses la vegetacion.

El camino sigue ascendiendo: la serranía forma muros y se abre, se apiña, se aglomera y trepa tumultuosa; á su pié negrea, culebreando, el hondo abismo; el tren va como equilibrándose en la cresta que se forma en el borde de la hondonada.... del lado opuesto; no se percibe un árbol, ni una choza; el horizonte como que se abate doliente sobre la nieve.

Las sombras bajaban lentas de lo alto de los montes, y como que se apiñaban el el fondo de los valles.... en el vacío.... como que se iniciaba la nada .... ¡qué triste es el alma de la noche cuando pasea por esos desiertos!!

Los conocedores del terreno nos anunciaban que pasábamos por precipicios horrorosos, cortábamos aquella Sierra que describe con tanta valentía Bulnes, que parece despedazada por los huracanes y las erupciones volcánicas, y es por el cataclismo producido por la pólvora y el fierro, dirigidos por el hombre.

En medio de las sombras atravesábamos alturas levantadísimas y aisladas rocas, en cuya cima abrió una como ceja el camino sobre una pared lisa, y por aquella ceja, balanceándose; sobre el abismo, pasa la locomotora y el tren poderoso.... las luces de los faroles como que se descuelgan para alumbrar la inmensidad del abismo, muriendo en sus sombras pavorosas....

Gemia con prolongados ecos el viento, caia la nieve azotando los vidrios del wagon, los pasajeros guardaban profundo silencio.

Varios amigos nos refugiamos al cuarto de fumar: la conversacion giró incierta sobre varios asuntos, fijándose al último en la historia del ferrocarril del Pacífico y en los progresos del vapor.

—Parece increible, dije yo, que un invento planteado apénas en 1831, haya producido tan estupendos resultados.

—Pero los obstáculos que aquí se amontonaron, dijo M. Gland, exceden á toda ponderacion; parece que se trataba de un duelo á muerte entre la audacia del yankee y las dificultades de la naturaleza.

—Si hubiéramos podido disponer en Sacramento, me dijo Lorenzo, de media hora siquiera, ya habria llevado á vd. y le habria colocado en frente de la casa núm. 54.

Veria vd. una tienda de aspecto sencillo con un rótulo maltratado por el tiempo; que dice simplemente: “Hunkington y Hop-Kins.” El establecimiento es una ferreterría y sus propietarios lograron, á fuerza de actividad y de honradez, acumular una fortuna regular. En esa casa se proyectó el ferrocarril del Pacífico.

Aunque simples comerciantes aquellos propietarios, se ocupaban de la política: fueron primero Free soilers y despues republicanos: la casa era punto de reunion de sus correligionarios; con ese motivo asistian frecuentemente Stanford, despues popular gobernador de California, y los dos Crokers, uno de ellos juez y ambos hombres inteligentes y de empresa.

Vaso de cerveza en mano, y al amor de la chimenea, se discutia sobre política, recayendo siempre la conversacion sobre las ventajas inmensas de un ferrocarril que atravesase aquellos desiertos, comunicando el Atlántico con el Pacífico.

—Ya vd. sabe, interrumpió uno de los circunstantes, cómo comienzan aquí estos negocios: dos ó tres arbitristas, con un nombre que dé algun viso á su frente, logran una concesion, forman su fondo (stock), cierto ó imaginario, y quiebran.

Los capitalistas machuchos, que conocen este juego, acechan y esperan, se muestran los trazos del camino, se ha vulgarizado el negocio. Los capitalistas hacen propuestas desastradas, que al fin se aceptan, gritando entusiasmados: “Al vencedor pertenecen los despojos.”

Este juego se ha hecho ó intentado en México; pero la inocencia de nuestros gobiernos ha hecho de modo que todas las pérdidas hayan sido para la nacion, siendo los arbitristas dueños y señores del campo.... todavía hoy....

—No fué así el ferrocarril del Pacífico: los cinco comerciantes que hemos mencionado, apechugaron el negocio y no lo soltaron de la mano, á pesar de la conjuracion de los hombres y de los elementos.

Es de advertir que los cinco comerciantes de que hablamos eran hombres desconocidos en todos los mercados monetarios; que el proyecto se calificó de imposible por ingenieros de renombre; que se apoderó de él la caricatura y el ridículo sangriento: zaherido por los políticos, dice la historia; combatido por la prensa; despreciado por los capitalistas, y por mucho tiempo tan desprestigiado, que un banquero se desacreditaba por el solo hecho de suscribirse al stok.

Ya tenemos presente que se trataba de un camino de cerca de ochocientas leguas, con trechos ardientes como el Africa, ó helados como la Siberia, y con desiertos más inclementes que los de Arabia, y por todas partes salvajes contra quienes se tenian que sostener luchas encarnizadas y sangrientas.

No solo habia que crear crédito para la empresa contra todas estas dificultades, sino que cuando se tuvo dinero, el material para el camino, el fierro, las espigas ó clavos, las herramientas, la pólvora, las locomotoras, los carros, tenian que embarcarse en New-York y rodear el Cabo de Hornos en viajes de ocho meses para llevarse á San Francisco, desde donde atravesando 120 millas llegaba á Sacramento. Ni un pié de fierro fué puesto en el camino en las 300 millas que hay á Ogden, ni una espiga clavada que no hubiese atravesado el Cabo de Hornos.

Los operarios tuvieron que hacerse venir á largas distancias con el material.

Escasamente poblada California en aquel tiempo, los jornales eran muy subidos.

Vinieron operarios de New-York, y por último, diez mil chinos fueron trasportados al través del Océano Pacífico, y su trabajo completó la obra.

Cuando un tal Judah, ingeniero, comenzó por construir el primer tramo de ferrocarril del Valle de Sacramento, las gentes dijeron que se habia vuelto loco.

Este individuo consiguió, no obstante, algun dinero: se internó en la Sierra, y volvió con la noticia de que habia descubierto puntos por donde hacer practicable el camino.

Una ley del Estado de California declaró que para que una Compañía tuviera derecho al permiso, debia pagar mil pesos por cada milla que se propusiese construir.

Esto desesperó casi á los cinco empresarios; pero léjos de desalentarse, formaron la Compañía en estos términos:

Stanford,—Presidente. Hunkington,—Vicepresidente. Mark,—Secretario. Hop-Kins,—Tesorero.

Hunkington fué á Washington y logró la concesion, comunicando la fausta noticia á sus compañeros, en estos términos: “El bill pasó. Nos sacamos el elefante.”

Con la concesion se solicitaron nuevos accionistas, y el primer momento de entusiasmo.... produjo.... la suma miserable de 600 pesos.

—No, dijo Mr. Gland á Lorenzo; aunque exacta, está vd. haciendo muy á la ligera la historia de este ferrocarril. Oigan vdes. lo que yo sé y recuerdo haber leido en Laboulaye y en Simonin, uno de los viajeros más ilustres de los Estados-Unidos.

El decreto de concesion fué de 1.º de Julio de 1862, es decir, en plena guerra de Secesion: á Lincoln cupo la gloria de firmar la union de los Océanos, con la misma pluma tal vez con que abolió la esclavitud.

Dividió la concesion en dos secciones; una comprendiendo la Sierra Nevada, y es la Compañía Central Pacifique, y la otra, la de las Montañas Rocallosas, y es Union Pacifique que llega hasta Omaha.... las conquistas de la nieve y del fuego, para ponerlos al servicio de la humanidad.

Esta division produjo la competencia consiguiente, y forma dos séries de leyendas interesantes, que tienen por móviles la emulacion y la temeridad.

Cada Compañía queria mayores avances y verificaba más milagrosas empresas.

La Compañía del Este, tendia sus rieles, disciplinaba á su gente de un modo estricto, improvisaba ciudades, salvaba abismos, abria pozos para procurarse agua.

La del Oeste acarreaba gente del Japon, contenia las avalanches de las nieves con palizadas, con Snow-Sheeds (jacalones), ó mejor dicho, grandiosos edificios de madera, sostenidos por robustas vigas, galeras inmensas con sus paredes de tablas puestas en los grandes descensos para impedir la acumulacion de la nieve.

En el Este, por los grandes desfiladeros, se lanzaba la locomotora, se ponian los rieles sobre las rocas desiguales, cruzaba el vapor dejando el peligro, y la temeridad el trazo, despues se avanzaba....

En el Oeste porfiaba la nieve por obstruir el paso y se amontonaban metros sobre metros. Entónces afrontaba la locomotora la situacion, agregando á su frente despejadores del terreno, como rejas de arado; la nieve resistia como un muro de bronce: entónces se ponian dos locomotoras y tres; crugia el hielo, gemia como herida la locomotora y muros enteros de nieve se derrumbaban, pasando, sobre sus entrañas dispersas, triunfante el vapor.

El gobierno, al presenciar la formalidad de las construcciones, acudió al auxilio de las dos Compañías, y les dió en calidad de subvencion, cincuenta millones de pesos.

Diré á vd. algo sobre la construccion científica.

—No, por el amor de Dios; así como así, ya está vd. viendo las distracciones de su auditorio.

—Dicen que el plazo para la construccion de la vía fué el de ocho años.

—Sí, señor, me replicó Mr. Gland; pero ántes de siete años, el 10 de Mayo de 1869, estaba concluida.

Al principio se marchó con bastante rapidez; pero al fin, una especie de fiebre, de rabia, se habia apoderado de ambas Compañías.

En Abril de 1869, una de las Compañías construyó diez millas en un dia (más de tres leguas). Lo más notable es que solo ocho hombres colocaron y manejaron todos los rieles. Estos ocho gigantes trasportaron cada uno 8,000 arrobas de fierro en el dia!!

En la parte de las Montañas Rocallosas, el general Dodge, que dirigia los trabajos como ingeniero en jefe, dió á sus obreros organizacion militar.

Salvajes y animales feroces corrian despavoridos á la proximidad de los trabajadores.

Los primeros obreros hicieron pié en Julesburgo.

Los irlandeses terraplenaban; gritones, batalladores, afectos al trago, vivian en casas rodantes de madera. Cada cual tenia su revolver al cinto para defenderse de los indios y para armar campaña.

Entre estos obreros y sus secuaces, habia la gente más perdida del mundo: aventureros de todas las naciones, figuras siniestras, fachas patibularias, arpías desechadas de la cárcel y los hospitales.

Los salones danzantes eran teatro de asaltos cuotidianos y batallas en forma, que apaciguaba el terrible juez Linch, que solia funcionar activamente. Al general Dodge cupo la honra de domesticar estas fieras.

Avanzó el camino á Chayene: desaparecieron las fieras de que hemos hablado, y una ciudad floreciente, industriosa y feliz, brotó en el desierto de aquella levadura de veneno, de víboras y de guano de vicios.

En el Oeste, los chinos hacian casi todo el trabajo; sóbrios, disciplinados, inteligentes, rompieron esa muralla de granito que se llama la Sierra Nevada, cuya mayor altura es de dos mil metros sobre el nivel del mar.

En los descensos se hacia y se hace marchar el tren sin locomotora, por efecto de su propia gravedad, retenido y moderado por los frenos: en las subidas se ponen dos locomotoras, que se oyen como jadear y sofocarse, agotando su titánico impulso.

Si hubiera luz, me decia M. Gland, distinguiria vd. desde las alturas que vamos cruzando, allá muy abajo, llanuras cubiertas de nieve, y en el confin del horizonte, como serranías de cristales apagados, formando pliegues sus ondulaciones, alzándose como en olas petrificadas sus colinas superpuestas: es un mar sorprendido y encadenado en medio de su hervor, por las nieves eternas.

En algunas eminencias suelen verse en alto los brazos de los árboles, como luchando por salvarse de un estupendo naufragio.... y grupos de pinos, como señores consternados que lamentaran con espanto aquel aniquilamiento silencioso y terrible.

Uno de nuestros compañeros sacó el reloj.... eran las once de la noche. A dormir....

El interior del Slepen car era un triste dormitorio con sus lámparas de trecho en trecho.

Mis compañeros, muy habituados á los viajes, tuvieron pronta colocacion.

M. Gland, habia conversado y obsequiado á un sirviente que le tenia preparado su cómodo lecho.

Yo quedé solitario, sin colocacion alguna, aunque cierto de que me esperaba allí una cama con los brazos abiertos.

El sueño me vencia; pero los departamentos estaban cubiertos totalmente, y son tan iguales, tan difíciles de distinguir, que me temia uno de esos encuentros, que no me fuera en manera alguna agradable.

Al fin, logré instalarme; pero tan mal y con tales inconvenientes, que con notoria injusticia, porque en ninguna parte del mundo se camina con mayores comodidades que en los Estados-Unidos, forjé ántes de que alumbrase la luz, el siguiente calumnioso romance:

MALA NOCHE.

Ven pronto, luz de los cielos, Para mirar por mis ojos Que soy el mismo sugeto Con mi piel y con mi rostro; No me hagan creer mis sentidos Que estoy habitando en otro, Ligero para tortuga, Muy obeso para mono. Y lo digo porque siento Que me morí como un pollo En las contiendas de anoche, En este Eslip del demonio: Eslip, sangrienta asechanza, Eslip, sobrenombre irónico, Cual si dormir se pudiese En medio de un terremoto, O al que se mece colgado En las dos astas de un toro; O al que va haciendo columpio En la barquilla de un globo. Era un carro intercadente; Era el retozar de un cojo; Era un brusco zarandeo, Como de Pane el birlocho; Era un carro como estuche, Do íbamos unos tras otros, Como en cuello de botella Tapones de hinchado corcho. Tan tartamudo de ruedas, Y de unos muelles tan flojos, Como tras el si adorado Se queda voluble novio. Era por fuera una artesa Con sus puertas y cerrojos, Y por dentro gallinero, Jaula, cómoda, sarcófago, Todo, ménos una estancia De gente de tomo y lomo. Llega la noche, se torna La prision en dormitorio, Y es un salon de profundis El Pullman Palace lóbrego: (Yo digo en el que me encuentro, Dicen que hay mejores otros). Hambriento porque no quise Desafiar al fiero noto Que les dió tal safacoca A mis compañeros mozos, Que yacen enteleridos Y duermen desde las ocho. Resuelto por fin me empaco Al uso, debajo de otro, Que si no ronca, rechina, Y puede, al descender tosco, Aplastarme las narices Si salen con bien mis ojos. Me empaco en cinco dobleces, Que aunque tengo el cuello corto, Cuando pienso levantarme, De cada sosquin me doblo: Antes de entregarse al sueño Quiere mi cuerpo reposo; Mas quietud en este carro Es pedir peras al olmo. Prescindo de sus vaivenes Y del tufo del petróleo, Y del viento que se cuela Hasta taladrar los poros, Y del ruido que en cien millas De correr, me tiene sordo; Pero los rieles son cuerdas Y el wagon holgado choclo, Que gobierna el maquinista Con tan temerario arrojo, Que cada vaiven nos pone Entre este mundo y el otro. En vano viajes emprendo Allende del dormitorio: Al regresar entumido Y dando un diente contra otro, Los nichos de los durmientes Por lo iguales equivoco. Uno me despide airado, El otro me gruñe fosco: Y al cielo rindo mil gracias De no encontrar un celoso, Que me rompa tres costillas Porque con su esposa topo, Diciéndole: “compañero, ¿Tiene usted á mano fósforos?” Así, subiendo y bajando, Sin poder cerrar los ojos, Me halló la luz de la aurora Dando vueltas como un loco.

Fidel.

Marzo 5 de 1877.

No obstante la extension de la nieve, el dia amaneció hermoso y el sol apareció espléndido, convirtiendo aquellas atrevidas alturas, aquellos despeñaderos, aquellas ramas de los árboles, en paisajes de cristales, en quiebras de luz, en reverberaciones de íris y en todo lo que puede soñar de más fantástico la imaginacion.

Al Sur se extendian las llanuras y se agrupaban las montañas, como de cristal.

El carro verificó su trasformacion, y quedó convertido en la sala elegante que ya conocemos.

El previsivo M. Gland me invitó al carro de fumar, á que echásemos un trago por vía de abrigo contra la intemperie.

A cada cuarto de hora, á cada media hora, nos sorprendia una casita medio hundida en la nieve, ó grupos de chozas en que parecia imposible la vida, y allá volaba desde la plataforma del tren, una balija con correspondencia, y veiamos descolgarse el alambre telegráfico, vínculo poderoso de los hombres en la sublime comunicacion de sus espíritus.

Yo no perdia ocasion de manifestar á M. Gland mi asombro por el ferrocarril del Pacífico.

—Oh! me decia M. Gland, le han contado á vd. una puntita solamente: estos indios que vd. vió ayer, mansos, degradados como un toro que monta un muchacho, fueron tremendos enemigos del camino.

Ya amontonaban piedras enormes para descarrilar el wagon, precipitándose ellos en la avalanche de peñascos; ya sorprendian á los viajeros y entablaban sangrientas campañas, saltando como furias por esas quiebras; ya un indio en un descenso se abalanzaba al tren, rompia sus frenos y en espantoso remolino, locomotora, tren y pasajeros se hundian en los abismos; ya se proveian mañosos de pólvora, petróleo y brea con que untaban los árboles, y al pasar el tren por un peligroso desfiladero, el relámpago, la explosion, el incendio, detenian al reptil gigante.

La vez que sucedió eso se destacaba la locomotora en un mar de llamas, aullando como un monstruo en agonia; vaciló.... pero el goehed yankee le dió tremendo empuje, voló sobre el abismo de fuego con impetuosidad, los muros de llama se barrieron y cruzó el vapor.... que habia separado con su empuje el peligro y dejaba tras de sí la estupefaccion y el escarmiento.

Yo escuchaba todo esto como una leyenda, muy superior á las de las “Mil y una noches.” Me parecia aquel un país encantado, temia que á la hora ménos pensada se abriese la tierra, se desgajaran rocas y montañas, se partiesen los árboles, se hundiesen los muros y corriesen los hielos, dejando al descubierto una ciudad con sus catedrales, sus torres, sus palacios, sus rios, y saliendo de los troncos de los árboles y las abiertas rocas, damas y caballeros vestidos con primor, saludando la locomotora, que ya era un carro de oro cuya chimenea, trasformada en sitial de diamantes, sustentaba como respaldo á una divinidad que derramaba por donde quiera la vida y la felicidad de los mortales.

—No crea vd., me decia M. Gland, á quien algo participaba de mis sueños, los indios tienen tambien sus leyendas poéticas que vd. no desdeñaria si yo se las pudiese contar.

—Haga vd. un esfuerzo.

—En las luchas que han sostenido los indios en los fuertes, en las paces ajustadas y destruidas, no faltaron sus entrevistas poéticas.

Una jóven, hija de un jefe de tribu, garrida, airosa, soberbia, amazona de los desiertos, en sus encuentros con las caras pálidas, se enamoró de uno de ellos, oficial americano. En uno de los combates murió el oficial y fué sepultado en el lugar destinado á los blancos.

Desde entónces, en las noches de luna se veia descender de las montañas, aéreo y flotando las profusas crines, un caballo blanco, montado por una verdadera deidad.

El caballo se detenia cerca de las tumbas, y la jóven que lo montaba descendia y entonaba sobre la tumba del oficial muerto, cantos tan doloridos, que parecia que hacian gemir el viento y que se derretian de dolor los hielos.

Despues de algun tiempo, conducia casi un esqueleto el caballo de nieve.

La jóven, próxima á su muerte, llamó á su padre, le hizo confidente de su amor; pero le dijo que no guerrease con las caras pálidas, que eran las almas de sus antepasados que venian del Oeste; por último, rogó al jefe le diese sepultura en el panteon de los blancos, junto al amado de su corazon.

El jefe de la tribu cumplió las disposiciones de su hija, se hicieron solemnes honras á la hermosa india; el comandante de las fuerzas americanas se quitó sus guantes y los puso sobre la niña, para que en su travesia por los desiertos sin término, no la hiriese el frio. Así se selló la paz con la tribu india.

—Es sencilla, pero hermosa esa leyenda, Mr. Gland: ¿no sabe vd. otra?

—La va vd. á oir, me dijo.

Como he dicho á vd., continuó, los indios creen que despues de su muerte sus almas se dirigen al Oeste, sin duda conservando la tradicion de las primeras emigraciones de sus antepasados.

Tras esas montañas del Oeste está para ellos el país de la bienaventuranza.

Un jóven cazador perdió á su amada, y su casa se destruyó, sus bienes se aniquilaron, y su consuelo único era dirigir sus pasos por el principio de la vía que conduce al otro lado de las montañas, ó sea al país de las almas.

Descuidando sus correrías, triste, consumiéndose, decidióse á marchar al lugar donde se encontraba el encanto de su corazon.

Absorbido hondamente en esta idea, un dia se sintió como trasportado á un reducido lugar que estaba en la quiebra de la Sierra: allí vió unos picos de rocas que como que se alargaban hasta tomar la figura de cuellos de serpiente, enlazándose para cerrarle el paso. El cazador avanzó resueltamente, y entónces cada serpiente vomitó chorros de agua, que formaba remolinos tremendos, que lo arrebataban, subiéndole al espacio; allí veia como trasparente su vestidura mortal; por su espalda y en sus entrañas se jugaban los rayos del íris como entre cristales.

Abrió sus brazos como las alas de un pájaro y se lanzó al espacio; pero cayó blandamente á la orilla de un lago, donde un anciano pálido de blanca barba, le metió en una barca; la barca avanzaba, y tras ella se evaporaban las aguas, quedando un vacío inmenso: llegaron al pié de una Sierra semejante á la Sierra natal. Abandonaron la barca, y vió que montes, árboles y rocas, flotaban en el espacio, y él atravesaba todos esos objetos como si fueran figuras formadas por las nieblas.

De cuando en cuando se oia un eco poderoso, tremendo como el trueno; pero que al repercutirse moria en deliciosas melodías: entónces, al estampido, se desprendian de las ramas de los árboles y de las crestas de las rocas, trozos como de cristal, verdaderos prismas que al cruzar los aires, producian los colores y volaba la verdura á los prados, el íris á las nubes, los celajes imitaban el topacio y se suspendia la púrpura, como un dosel, sobre una encantadora pradera circuida por una faja de estrellas.

Allí distinguió á las almas con figuras que él comprendia que palpaba, pero de que no pudo jamás dar cuenta en el lenguaje del mortal.

De entre un grupo de esos espíritus, bella sobre toda belleza concebible, y hechizadora del espíritu sobre todo encanto, oyó el mismo requiebro de ternura y la misma voz amada, porque para el hombre ni en el país de las almas hay otra de más dulzura y melodía, esa voz le dijo: “Vuelve á tu país natal, y deja que el dolor y las lágrimas rompan y destrocen tu vestido humano: entónces vendrás á mí y viviremos en la eterna dicha....” La alma del cazador estaba ébria de felicidad.... tendió su mano.... creyó que asia su manto luminoso........ y volvió en sí.... junto á su cabaña medio destruida.... un viejo, con remota semejanza, estaba á su lado.... “¿Qué es de mí? dijo, ¿qué me queda despues de este desencanto......?”

—Alza la frente, dijo el viejo... álzala y bendice á tu Dios.... te queda la esperanza....

El viejo se desvaneció entre las nubes que arrastraba una ráfaga de viento......

Yo quedé sumergido en hondas reflexiones.

—Vea vd., me dijo Mr. Gland, hemos pasado lugares muy interesantes sin habernos fijado en ellos. New-Castle, Clips Gaf Mill, Cisco.... posas, paraderos del camino, pueblos en gérmen, con sus historias interesantes.

Cisco está á 5,939 piés sobre el nivel del mar, tres millas al Oeste de Tamarak: hay aquí como 400 habitantes, en esas colmenas de palo que está vd. viendo.

El wagon avanzaba sobre negras masas de roca que sobresalen de las lomas.

—¿Ve vd., me dijo mi guía, esas pilas de madera, esas tablazones, esas vigas? Vea vd. esas hileras como de cucuruchos de payaso: son las casas de Truekee. La ciudad está al Norte, tiene como 2,000 habitantes y pertenece al condado de la Nevada: de aquí parten los caminos para el Oregon y Sacramento; hay tres hoteles, tienen un periódico y por todas partes hay escuelas.

Rastros de cercas, establos, carruajes.... mucha madera á la orilla del rio.... ese lugar se llama “Boca:” está cinco mil quinientos piés sobre el nivel del mar.

Vea vd. ahora correr el tren haciendo zig-zag sobre las aguas del rio: le atraviesa, como que lo persigue y sorprende, como el juego de un monstruo marino, de un gigantesco caiman.... todo entre árboles tronchados, entre rocas despedazadas, sobre aguas que caen en cascadas á incorporarse con las aguas del rio.

Hemos pasado varios grupos de chocillas. Son Bronco y Verdi.

¿Ve vd. esas llanuras como de mármol blanco? ¿Ve vd. esos horizontes tranquilos que redondean el suelo y como que le forman borde en un infinito de claridad magnífica?

En este lugar se produce muy frecuentemente el fenómeno llamado miraje. Es decir, al viajero rendido de fatiga en estas soledades, se le presentan de repente, y á corta distancia, fértiles llanos cruzados por rios cristalinos, arboledas sombrías, edificios, torres y todos los atractivos del descanso.... y aquello es una ilusion.... el viajero corre ansioso y la ilusion se retira y se desvanece como un sueño de felicidad que trae en pos de sí el desengaño y el abatimiento.... Ese es el Miraje tan celebrado por los viajeros.

Vamos ahora á llegar á Winremuca: véala vd. naciente en el desierto y se fijará en sus hoteles.... nos saldrán á recibir sus periódicos, nos señalarán en la fonda los lugares ántes ocupados por los indios Pinkas.... despues sigue Golconda y lo que llaman Iron Point, que está situado en una cañada profundísima, lo mismo que la Palizada y Cartin, donde se hace el consumo de madera.

Todos estos lugares son accidentados al extremo: el tren hace evoluciones que solo viéndose se pueden comprender. A veces como que asciende aéreo y vuela, dejando á sus piés despeñaderos y cascadas: otras como que se sumerge entre las peñas y va soltando á su espalda los rieles, que se tienden sobre crujías de palizadas, tejidos de alambre, ó como que se va asiendo á barretones de fierro.

En los desfiladeros se multiplican los galerones, que son inmensos, y sus armazones de bóvedas, y sus vigas, nos hacen creer como que vamos dentro del esqueleto de un gran monstruo al chocar con sus costillares, que hacen barras de luz y sombra al ir corriendo....

Desde Cartin cobra el paisaje el aspecto de los desiertos mineros, y así es Elko, condado de la Nevada, Peco Disth y Toano.

Tierra aridísima, montones de los terreros de las minas tristes y verdiosos.

Por donde quiera que se vuelven los ojos hay minas de plata y oro, hasta deslumbrar, hasta fatigar la atencion.

En Toano se hace el camino más quebrado; pero de entre las hendeduras de las rocas, en las quiebras, en algunas alturas, sonríe la vegetacion, anunciando la Cañada de Keclton, que tiene grandes lagos y pintorescas colinas: en Keclton hay estacion en forma, en contacto con los caminos y líneas de vapor del Oregon.

Abundan en este territorio las minas de cuarzo y oro.

El país minero es de 150 millas: allí cerca tiene vd. al Condado Hada, con 6,000 habitantes; hay más de 500 casas de ladrillo. Más adelante está la poblacion....

Esas grandes rocas como columnas, cuyas cimas apénas alcanza la vista, es el Monument Point, los lagos que están á su pié se llaman Alcalinos, el aire en estos lugares es sofocante y malsano.

Desde las alturas de esas rocas se percibe el gran Lago Salado.

No se fije vd. en ese grupo de casucas: es Rosel.

Este gran conjunto de rocas, me dijo mi guía, siempre al avanzar rapidísimo del tren, es Promontory: aquí se verificó la union de los caminos en Mayo de 1862. Vamos adelante.

—No adelante, dijo Lorenzo, que bien vale la pena refiera vd. á Fidel algo de aquella solemnidad que completó la comunicacion rápida de los polos, uniendo al Atlántico con el Pacífico.

—Yo no recuerdo bien, replicó Mr. Gland; pero vd. podria referirnos algunos pormenores de aquel grande acontecimiento.

—Escuche vd. lo que recuerdo, aunque muy confusamente, continuó Lorenzo, y eso porque hace poco refresqué mis ideas con la más popular Guía de viajeros titulada: “Crofutt’s Tras-Continental Tourist.” Despues de recapacitar algunos instantes, así habló Lorenzo:

“El lúnes 10 de Mayo de 1869, en este punto se fijó el último clavo, ó como si dijésemos, el amarre de los lazos que unen al Atlántico con el Pacífico.

En este lugar parece que se habian dado cita los representantes de todos los pueblos del globo, bajo arcos y bóvedas de banderas de todas las naciones.

Se terminaba aquí la construccion de 1,774 millas, que era el trayecto del camino.

La agitación era inmensa: al tropel de las gentes, á los ecos de las músicas, como que se despertaba y salia de sus soledades el desierto. Era el gran jubileo de la confraternidad de los pueblos, las nupcias de los antípodas, la alianza santa de todos los hombres.

En aquel mar de gente que en oleadas llegaba á las orillas del camino, sobresalian lonas haciendo sombra, edificios portátiles, ómnibus, diligencias, guayines y carros como zozobrando en aquellos oleajes en que todos los ruidos brotaban entre todos los colores y se repercutian en todos los ecos.

El punto en que se iban á unir los caminos, dejaba ver un claro con los durmientes preparados y los rieles á un lado, para fijarse en el instante que el sol tocase en el zenit.

En San Francisco se habian reunido á las campanas, por medio de alambres telegráficos, los alambres con que se toca á fuego, poniéndose en conexión con el alambre principal, comunicando Baltimore, Filadelfia, Chicago y Cincinati, con el objeto de que en un solo instante llevase el rayo á pueblos lejanos la noticia de aquella gran victoria de la humanidad.

El sol estaba próximo á marcar el instante de la gran solemnidad; el presidente Stanford apareció representando al Ferrocarril Central; el H. M. Durand representaba el Ferrocarril de la Union, con el carácter de vice-presidente.

Millares de voces invocaron la asistencia divina al colocarse los últimos rieles: entónces se dejaron ver tres personajes, cada uno con un clavo en la mano: dos clavos de oro de California y la Arizona, uno de plata de la Nevada.

Vióse tambien á otro personaje con un martillo de plata, de que pendia un alambre unido al telégrafo.

A cierto momento surgieron de entre el concurso, por lados opuestos, dos hermosísimas locomotoras: el “Júpiter,” del Ferrocarril Central, y la “116” del Pacífico: vieron llegarse como dos paladines armados de punta en blanco.... como que hablaron, como que se estrecharon, mugiendo potentes.

Por fin brilló el sol, dando la gran señal del regocijo: se fijan los rieles, clamorean las máquinas, el mundo prorumpe en aclamaciones, y al primer martillazo dado por Stanford al clavo de oro, lleva el telégrafo la noticia á los más remotos pueblos, donde repite el entusiasmo, el himno de triunfo sobre el tiempo y la distancia.

Multitud de personas, subiéndose en las máquinas, tocaron sus copas y estallaron mil ¡vivas! corria el vino á torrentes, y nunca júbilo mayor fué más legítimo que el que despertó los ecos de estos desiertos y estremeció las eternas nieves de estas montañas......

Varias veces en cortísimo tiempo se tuvieron que reponer los rieles, porque las gentes arrancaban fragmentos, para guardarlos como reliquias de aquel gran suceso y de aquel gran dia....”

Cesó de hablar Lorenzo: M. Gland aplaudió, certificando su exacta relacion.

Habiamos pasado entre tanto los campos solitarios cubiertos de nieve de Blue Crecks.

El tiempo era muy inclemente y se hacia sentir el frio, no obstante que los tubos funcionaban á nuestros piés.

Soplaba el huracan, se desataba una tempestad de nieve espantosa.... los gemidos del viento y los aullidos de la máquina se perdian en aquellas soledades, en que no quedaba un solo resquicio, un fragmento el más ligero de vida.

En el interior del wagon parecia hacerse el duelo de la naturaleza, por una reunion de cadáveres.

De repente me pareció escuchar algo como un canto, como los acentos de una música que más bien eran ayes doloridos.

Asoméme á una ventanilla, en un alto que hizo el wagon, y al borde de aquel camino lúgubre, en aquella soledad sin arrimo alguno, ví de pié.... un ciego con su barba blanca, apoyado en un báculo, y una niña, bella como un ángel, medio desnuda, á su lado, reclamando con sus cantos el ciego, la piedad de los pasajeros.

El horizonte sombrío, la nieve, la soledad terrible: estos eran los componentes del cuadro más conmovedor y patético que yo haya visto en mi vida.

Varios pasajeros arrojaron monedas al ciego; éste, por medio de la niña, hizo circular sentidísimos versos impresos, de que siento no haber guardado copia.....

Estábamos á corta distancia de Ogden, lugar en que termina el Ferrocarril Central y se cambian los trenes.

Las sombras caian sobre los llanos cubiertos de nieve.

Yo me retiré solitario al cuarto de fumar, y en el libro de mis apuntaciones dejé el recuerdo que sigue de la escena que tenia ante mis ojos:

CAMPOS DE NIEVE.

Ni una ave cruza los vientos, Ni hay en la tierra una planta, Blanco sudario de nieve Cubre el valle y las montañas, Donde osamentas remedan Del árbol las secas ramas Que en la nieve sobresalen, Y que con esfuerzo se alzan Como pidiendo socorro, Porque míseras naufragan. Cual cadáveres parecen De edificios, las cabañas, Con los postigos cerrados De sus amarillas tablas. Esas mansiones parecen O de muertos, ó de estatuas, Porque casi es imposible Que cruce la voz humana. ¡Oh y cuán pérfida la nieve Nuestras miradas encanta, Miéntras que tristes sentimos Hielo y muerte en nuestras almas! Como una mujer hermosa Que con sus pérfidas gracias, Embelesa los sentidos Miéntras traidora nos mata. Ni hay arroyos que murmuren, Ni aves amorosas cantan.... Se oye gemir á lo léjos.... Es el huracan que pasa Como huyendo del demonio De la muerte y de la nada.... ¡Oh montes encantadores! ¡Oh verjeles de mi patria!

Fidel.

Marzo de 1877.

El personaje misterioso de bota fuerte y cabellos de oro siguió llamando mi atencion. Generalmente esperaba á que todo estuviese en profundo silencio y se deslizaba como una sombra al cuarto de fumar.

La noche que llegamos á Ogden brillaba la luna intermitente, cruzando por entre grupos de negras nubes, deslizándose despues entre leves celajes y volviéndose á hundir como en mansos y claros lagos de un extenso bosque.

Yo, espiando siempre al desconocido ó desconocida que burlaba sin pretenderlo mis pesquisas, me escurrí hácia la plataforma que daba al cuarto de fumar. Pegado á los cristales de su ventanilla, se veia su rostro, verdaderamente hermoso, como un bajo relieve de la plegaria ó del éxtasis... Era divina.... Me pareció que murmuraba un canto; yo me colgaba por la parte exterior.... Sí, cantaba.... y podia yo seguir la medida del canto.... Pero la aparicion se apercibió de mi presencia, sacó del bolsillo una enorme pipa.... y yo no sé cómo se escapó de mis labios esta exclamacion: Maldito yankee!.... Cuando quise contener mis palabras, ya habian salido de mis labios.... me volví azorado y me pareció ver una alegre sonrisa culebrear sobre la dentadura de marfil del hombre de la pipa....

La noche fué tranquila y agradable.

Al siguiente dia, como el bulto de la cabellera de oro se lavaba ántes que nadie y se retiraba despues al cuarto de fumar, yo allí me instalé.

El personaje, con el cachenéz sobre la nariz y el sombrero á los ojos, estaba en un rincon.

Yo, con la detestable é indómita voz que me ha valido ignominiosas expulsiones de los círculos musicales, comencé á tararear la cancion que habia escuchado la noche anterior, saqué mi libro de apuntaciones y comencé á escribir, recitando y cantando mis versos en el tono de la cancion...: por supuesto, fingiéndome distraido y en total independencia del de las botas fuertes....

En uno de mis gorgoreos desastrados, alcé la voz y ví á la del cabello de oro inclinada hácia mí con una expresion de inteligencia y de satisfaccion indescribible: entendia lo que yo escribia, sabia español, era.... una beldad perseguida.... era la heroina de una novela mexicana.... A pesar de mis años.... ¿eh?.... leí entónces, como para mí solo, mis versos....

Oiganlos vdes., ya que aquel patan los oyó como un zoquete, cruzando frente á mí con sus patazas de á vara y su brusquedad de carretero.... ¡y yo que me habia enternecido tan de veras!.... Maldito yankee!

CANCION.

Tierna memoria Del bien querido, Que al pecho herido Consuelo dás.

Ay! no abandones, Blanco lucero, Al extranjero Que errante va.

——

Sentido arrullo Que busco en vano, Porque lejano Vibrando está.

Dulce consuelo Da en su camino, Al peregrino Que errante va.

——

Nítida estrella Del Occidente, Sobre mi frente Miré lucir.

Oh! no le ocultes Tu faz brillante, Al bardo errante Que adora en tí.

——

Pasé rendido Por la fatiga, Tu sombra amiga Me consoló.

En tí luz halla Mi incierto paso, Cuando á mi ocaso Llorando voy.

——

Sobre mi abismo De inmenso duelo, Tendiste un cielo De inmenso amor.

En los desiertos, Sobre los mares, No desampares A tu cantor.

Guillermo Prieto.

Marzo de 1877.

Estábamos á la orilla del Lago Salado, cruzábamos lo que se llama el Cañon del Diablo, profundísima barranca que parece formada á pico: trozándose una inmensa montaña que se abre en su cima, se cuelga y precipita en un abismo espantoso.

Por allí asoman, y se extienden, y se inclinan los rieles, sobre tejidos de barras de hierro, que á lo léjos forman caprichosos calados por entre los cuales se ven cruzar las aguas despedazando su corriente.

Al Sur se ven las cercas de madera, las palizadas, las sementeras y los edificios de Utah, del país de los Mormones, de que tanto se habla, y que son ciertamente dignos de profundo estudio.

El tren hizo alto un momento: de entre las chocillas salian corriendo primorosas muchachitas, que con sus piernitas desnudas, sus zapatitos de lana y sus cestillos y trastos, subieron al tren alegres y juguetonas, á ofrecernos café caliente, leche, bizcochos y dulces.

La niña que nos servia era deliciosa de hermosura y alegría: iba, venia, atendia á todos y mostraba complacencia en servirnos. Los mexicanos hicimos una colecta de algunos pesos para gratificarla.... cuando la recibió.... mostró extraordinaria sorpresa, incredulidad suma; pero la persuadimos que aquello era suyo y para sus padres: entónces.... saltaba, nos daba á todos las manos, y se fué corriendo y brincando sobre la nieve, derramandola felicidad....

El tren continuó su marcha.... íbamos por un terreno en que la vegetacion, la vida, triunfaban de la nieve.... verdes pinos.... risueños trigales, el sol reflejando en los lagos, los ganados en la ladera del monte, los becerros atravesando en fuerza de carrera por el llano, espantados con los bufidos de la locomotora....

En el interior de la locomotora, todos hablábamos de Mormones.

Un viajero frances cautivó nuestra atencion, diciéndonos que él habia visitado la ciudad del Lago Salado. Casi todos nos agrupamos al rededor de su asiento, y él, con la mayor amabilidad y compostura, habló de esta manera:

“De Ogden hay ferrocarril hasta la ciudad de Lago Salado, y recorren esa distancia los pasajeros, en dos horas y media.

“Al camino lo hace muy pintoresco el hermoso lago que va á la derecha, con sus infinitas montañas al Oeste, que le sirven como de muro y se reflejan en sus cristalinas aguas, inversas, de una manera gigantesca y caprichosa.

“No existen peces en el lago, porque su agua es extremadamente salobre; pero sí patos de gran tamaño y color negro, que me sorprendió verlos allí, por la razon de que no tienen de qué alimentarse.

“Llegué á la ciudad á las ocho y media de la noche, habiendo salido de Ogden á las seis, y desde luego descansé en un elegante y bien servido hotel, situado en la calle principal de la ciudad.

“Era por este tiempo: hacia un frio que se sentia en los huesos; caia en copos tupidos la nieve é invadia las aceras hasta hacerlas intransitables.

“La costumbre es limpiar las aceras diariamente y amontonar, ó mejor dicho, formar murallas á sus orillas, de modo que se camina como por cañadas formadas, por las paredes de las casas de un lado, y por el otro, de la nieve. Cuando brilla el sol, aparece una ciudad encerrada en muros de cristal.

“Las calles son amplias y rectas, todas ellas con hileras de árboles por sus dos lados y una corriente de agua potable á su pié, en acueducto aseado y á propósito para que se surtan todas las casas de la ciudad.

“Al siguiente dia de mi permanencia en Utah, me acompañó, en calidad de cicerone, un dependiente del hotel.

“El gran Tabernáculo ó templo Mormon es el edificio que más sobresale: es como una inmensa cúpula sostenida por innumerables columnas y abierta á todos los vientos.

“Se distingue á lo léjos como una media naranja, sobre los otros edificios de la ciudad: puede contener el edificio, que tiene el aspecto de un perol boca abajo, doce mil personas, y en caso de incendio, se desocuparia instantáneamente.

“Las condiciones acústicas del edificio son tan excelentes, que no obstante su extension, desde cualquiera de sus extremos la voz del opuesto lado se escucha, sin perderse una sílaba, aunque no se esfuerce.

“El órgano del templo es como otro edificio, tiene tres mil tubos y los hay de cinco y seis piés de altura.

“El Hno. Mormon, encargado del templo, nos dijo que allí mismo se construyó el órgano, en un taller que nos mostró.

“Otro de los grandes edificios es el Museo, especulacion de un viejo que muestra con gran prosopopeya petrificaciones vulgares, pájaros disecados, vestidos y armas de indios. Nosotros lo recorrimos de prisa, para visitar la gran casa de comercio de Bringam Young.

“Ropa, sedería, armas, instrumentos de labranza, muebles, todos los inventos de las ciencias y de las artes, se encuentran en aquel espléndido bazar.

“Los dependientes serán de treinta á cuarenta, entre hombres y mujeres, todos hijos de Bringam Young.

“El teatro, aunque edificio de grande magnitud, no tiene nada de extraordinario.

“El templo de que hice mencion anteriormente es de madera y fierro: ahora se construye uno nuevo de granito, de una magnificencia superior á todo encarecimiento: es costumbre que los viajeros den su limosna para la construccion del nuevo templo.”

Cesó de hablar el caballero frances, y ví á mis compañeros poco satisfechos de su narracion. Se ha pintado á los Mormones de un modo tan fantástico; la circunstancia de poseer cada uno de esos chicos cinco y seis mujeres, y vivir, segun dicen, en paz, cuando por mi tierra muchos no se la pueden entender con una, exigia algo de crónica, algo de cuchicheo y de chisme, que no se encontraba en la relacion del frances, ó algun estudio sobre el particular.

Entónces yo dije que poseia una carta sobre el particular, de mi erudito y sabio hermano y amigo, Ignacio Ramirez.

Mostraron los circunstantes mexicanos interes por conocer mi carta, y yo dí lectura á la siguiente, que veo como la mayor gala y como el más valioso ornamento de mis pobres Viajes, aprovechando la ocasion de hacer pública mi gratitud, á aquel cuyo talento admiro más cada dia, y cuyas virtudes y patriotismo son honra de mi patria.

Oigamos al ilustre Nigromante, miéntras llegamos á Ogden:

“Sr. D. Guillermo Prieto.

“Querido Fidel:

“Voy á referirte todo lo que he leido con relacion á los Mormones, procurando, con este trabajo, satisfacer tus deseos, y estudiar, al mismo tiempo, cómo se forma una religion verdadera, supuesto que la revelacion de Smith es, segun éste pretende, la única fidedigna.

“Salomon Spaulding, eclesiástico, doctor y comerciante, fué desgraciado en todas sus profesiones; para agravar sus penas se metió á erudito. Los yankees, como asíduos lectores de la Biblia, son propensos á resolver el problema sobre los primeros pobladores de la América, por medio de un dilatado viaje que se supone hicieron en otro tiempo varias tribus judías; así es que Spaulding hizo fácilmente su Exodo americano. En su entusiasmo, para acreditar su teoría, escribió una obra, suponiéndola traduccion de otra, donde en estilo bíblico se cuenta que Lehi, con sus hijos Laman, Lemuel, Sam y Nephi y con las esposas de éstos, en el reinado de Zedekias, salió de Jerusalem y vino á dar al nuevo continente. Figuran tambien en el libro otros nombres como los de Mormon, Moroni, Mosiah y Helam, héroes, profetas y personas distinguidas, siempre necesarias en un dilatado drama. Establecidas las tribus semíticas en la América Setentrional, sobrevinieron los disgustos y las guerras consiguientes, hasta haberse declarado Dios en favor de los Nepitas, que por lo mismo fueron destruidos por los feroces é impíos Lamanitas: de éstos descienden los actuales pieles rojas.

“El caviloso anticuario trató de publicar la Odisea, pero no encontró un socio capitalista; se murió dejando en ajenas manos su mujer y su manuscrito. La viuda, en tiempo oportuno, hizo la revelacion verdadera de la falsa revelacion de su consorte difunto; y el manuscrito paró en manos de Sidney Rigdon, impresor, teólogo, versátil en sus creencias religiosas, grande ergotista y más amigo de esta vida transitoria que de la eterna: era uno de tantos que se afanan por encontrar la religion verdadera para los otros, partiendo de la conviccion de que ellos no necesitan ninguna.

“Dueño Rigdon de este tesoro, no sabia cómo emplearlo, cuando la Providencia le deparó un mozalbete que ella habia destinado para trastornar el mundo. Joseph Smith, primer profeta de los Mormones, nació en 13 de Diciembre de 1805, en Sharon, condado de Windsor; y en 1816 pasó con sus padres, hermanos y hermanas á Palmira, lugarejo perteneciente á Nueva-York. Smith, padre, se dedicó á varias humildes profesiones, por no tener ninguna; fué principalmente cervecero, varillero, cavador de pozos y buscador de tesoros. Smith, hijo, trabajaba lo ménos que podia. Elegante de aldea, aborrecia por igual su estado humilde y los medios comunes para mejorarlo. Sensual, misterioso en sus palabras y acciones, pasaba sus ocios pescando en el rio y cazando ratas almizcladas. Ignorante hasta apénas saber leer y escribir, se dedicó sin embargo á repetir de memoria numerosos versículos de la Biblia. Ese mozuelo, con ocasion de que su padre y hermanos abrian un pozo, se apoderó de una piedra trasparente que tenia la figura de un pié; hallazgo que en vano le reclamaron los dueños del terreno: esa piedra sirvió de base á su pedestal de profeta.

“Esto pasaba en 1819, cuando tú habias entrado en tu segundo año de edad. Intencionalmente aproximo tales nombres y tales fechas. Pocos años despues, segun refieres en el bellísimo prólogo de tu “Viaje á los Estados-Unidos,” inventabas unos cristalitos por medio de los cuales se veian campos, mares y cielos, completándose el encanto por la maravilla de un cajoncito que, sin agotarse, producia onzas de oro. Tu infantil invencion revelaba al mundo un poeta; pero el vidrito de Smith, mejorado despues con otros vidritos, iba á convertir todas tus ilusiones en sorprendentes realidades. Armado el mozalbete haragan con su curiosidad geológica, dió y tomó en que á través de ella descubria lo pasado y lo futuro; positivistas los yankees, solicitaron al zahorí para que les enseñase, no de dónde vinieron los indígenas al Nuevo Mundo, ni si la tierra fué criada en siete dias, ni á dónde irán á parar sus almas, ni ningun problema científico, sino pura y simplemente dónde habia dinero enterrado.

“Entónces ya tuvo el jóven Smith una profesion tan nueva como preciosa; muchos, muchos tesoros buscó sin descubrir ninguno, porque siempre el encanto se deshacia á causa de que alguno de los concurrentes hablaba mal á propósito; pero ganaba el importe de las buscas, y la numerosa familia de su padre pudo vivir con algun desahogo.

“Creció tanto la fama del vidente, que llegó á los oidos de Rigdon; éste, pues, cargó con su misterioso manuscrito, y despues de muchas conferencias secretas, se publicó solemnemente la primera página del mormonismo. Hé aquí en extracto lo que esa historia contiene:

“Un ángel, con todo el aparato escénico que acostumbran los ángeles, se apareció repetidas veces á José Smith: despues de haberlo sometido á las pruebas convenientes, le llevó á un montículo, y le dijo: “Escarba.” Smith, que era un escarbador hereditario, comenzó á profundizar la tierra y á levantar piedras, hasta que formada por varias de éstas, descubrió una caja donde se encerraban, figurando un libro, varias láminas que el profeta unas veces llama de bronce y otras de oro. Sobre ese libro aparecieron unos anteojos propios para el más agigantado de los gigantes; uno de sus cristales sirve para ver lo pasado, y el otro, para el porvenir: tales vidritos se llaman: el “Urim” y el “Zhummim.” Ya ves cómo la revelacion ha derrotado completamente á la poesía.

“Amigo de proceder con órden, José Smith comenzó aplicando uno de los extensos lentes, no sé si el “Urim” ó el “Zhummim,” á la lectura del libro que el cielo le habia entregado.

“La Biblia mormónica, lo mismo que el “Manuscrito descubierto” de Spaulding, se ocupa del viaje que varias tribus judías hicieron desde hace más de tres mil años al nuevo continente, y de la destruccion de los Nefitas por los degenerados Lamanitas; ese libro nos revela que la brújula ha sido descubierta y usada desde, por lo ménos, hace cuatro mil años; que los geroglíficos egipcios se han usado desde entónces en la América, desfigurándose con el tiempo hasta convertirse en la escritura azteca y maya; que los mahometanos no inventaron ni la voz ni el instrumento cimitarra; que ya desde entónces la voz Biblia, que designa la coleccion del Antiguo, y Nuevo Testamento, era tan conocida, que Cristo y su crucifixion se mencionan como acontecimientos sabidos desde la dispersion de Babilonia; y que el Señor Dios siempre ha aborrecido la poligamia; pero en el fondo esa obra contiene lo que todo libro revelado: la Moral saliendo de los brazos de la Fé.

“Smith, más afortunado que Spaulding, encontró, no sin alguna dificultad, quien le costease los gastos de imprenta. Martin Harris, anciano de frente levantada, cabellera alisada cayendo en bucles sobre la oreja, y con todas las arrugas que caracterizan á la vejez; medio teólogo, lleno de supersticion y fatigado por ingénita codicia; usurero y mal casado, solo por contradecir á su esposa y ganar un ciento cincuenta por ciento, aceptó la empresa de publicar á su costa el libro revelado: publicólo, se arruinó, pero quedó divorciado.

“Cuando Harris vacilaba en sus compromisos, se le dieron por Smith, en copia, algunas páginas del libro milagroso. Harris consultó con varias personas, cuya opinion no le fué favorable. Una circunstancia hizo que ántes de conocer los fragmentos de la obra, vacilasen algunos inteligentes. El profesor Rafinesque llamó la atencion de los sabios sobre algunas láminas de oro encontradas en nuestra República, y que contenian extrañas inscripciones; recordáronse entónces hallazgos semejantes en diversas planchas metálicas, y se renovaron todas las antiguas teorías sobre el orígen de los indios; para los hebreo-maniacos aparecia muy natural que se descubriese algo semítico y que en pos de las inscripciones saliesen de las entrañas de la tierra los libros sagrados de los judíos. Cuando muchos sabios se dicen: “Esto es posible,” la muchedumbre clama: Esto se ha realizado!

“El profesor Anthon, citado como testigo del monumento egipcio por la opinion pública, desmintió la especie burlándose de los pretendidos caractéres geroglíficos, y de la doctrina mormónica, y de Martin Harris. Este, entónces, como buen creyente, se confirmó en la fé mormónica, aprontó sus ahorros y fué el primer editor de la Biblia del Siglo XIX, tan fecundo en biblias.

“La sociedad mormónica quedó solemnemente establecida. Ya, desde entónces, la formaban los hermanos y hermanas y los padres de José Smith; Olivier Cowdery, secretario del profeta; Sidney Rigdon, que tuvo derecho y autoridad para publicar despues el apéndice bíblico, titulado: “Doctrinas y pactos;” Martin Harris, satisfecho de haber compensado todas sus pérdidas con un divorcio que le permitió intervenir en una milagrosa concepcion segun los rumores que corrieron sobre una hermana de Smith, y muchos otros que pronto fueron potentados de la Iglesia.

“La concordia entre el profeta y sus primeros apóstoles, duró poco, así lo quiso el Señor. En prueba de ello, en 1831, Smith tuvo una revelacion del tenor siguiente: “Escúchame, dijo el Señor Dios, en lo que concierne á mi servidor Olivier Cowdery. No conviene á mi sabiduría que le confíe el dinero que debe llevar á Sion, si no es que lo acompañe una persona segura y fiel.”

“El gobierno de Smith, fué una série no interrumpida de revelaciones; te mencionaré las más importantes: “Conviene, dijo una revelacion del Señor, que se fabrique una casa para mi servidor, José Smith.” En otra revelacion, quiso el Señor que se construyese un palacio para Smith y sus esposas. Y por fin, el Señor se resolvió á que su pueblo aceptase la poligamia, no dando para tanta inconsecuencia otra razon, sino esta: “Yo soy alfa y omega.”

“Los habitantes de Palmira no se vieron en tan extraños acontecimientos, por no tener á su disposicion el “Urim” y el “Zhummim,” un conjunto de maravillas y la renovacion del mundo, sino la audacia en la mentira, la santificacion del escándalo y un peligro contínuo para la seguridad de sus bienes; multiplicaron, pues, de tal suerte sus hostilidades, que Smith y su Iglesia tuvieron que trasladarse á Kirtland en el Ohio. Aquí reinó la “efusion del espíritu,” y todos los habitantes se convirtieron en profetas; fué necesario que el Señor prescribiese que Smith tenia concedido el monopolio de las revelaciones.

“Poco despues, para libertarse de la accion inmediata de toda autoridad, resolvió el legislador trasladar su pueblo á las fronteras occidentales, que tenia entónces la poblacion de los Estados-Unidos; emprendióse, pues, una marcha atrevida hasta Independencia, en el condado de Jackson. Así pinta la localidad el mismo Smith: “La temperatura es deliciosa durante nueve meses del año; la nueva Sion, la ciudad que estableceremos, quedará situada á igual distancia del Atlántico y del Pacífico, en el grado 39 de latitud y entre los 10º y 20º de longitud occidental; será, por lo mismo, uno de los lugares más afortunados del mundo.”

“Ese establecimiento no duró mucho tiempo. Smith tuvo que ausentarse para volver á Kirtland, donde fué emplumado y donde la suerte le fué adversa en toda clase de negocios; y cuando regresó á Sion, sosteniendo una nueva lucha contra la fortuna, se vió expulsado del Estado de Missouri, y aceptó un asilo en el Illinois, donde fundaron á Nauvoo, “La Biblia.” Aquí fué donde se desarrollaron admirablemente la prosperidad material y la organizacion característica de la secta.

“Bajo el nombre de diezmo, los Mormones contribuyen para los gastos públicos con todo lo que les sobra de sus gastos privados, á juicio del profeta. La institucion es una mezcla de la propiedad individual y del comunismo. Así, el gobierno disfruta de influencia y de recursos poderosos. Vióse Smith derepente con la múltiple investidura de revelador, jefe de la Iglesia, de prefecto y de general, y con autorizacion, por parte del gobierno de la Union, para levantar una fuerza respetable. Habitó un magnífico palacio, edificó un templo monumental, y pudo pasar revista á cuatro mil hombres, acompañado de un brillante estado mayor, donde figuraban diez damas.

“Pero Satanás y sus secuaces no se cansaban en perseguir al santo y á su Iglesia; José Smith, candidato para la presidencia de la República, murió á manos de infames asesinos, y los Mormones tuvieron que abandonar á Nauvoo para refugiarse en Utah, desierto que entónces pertenecia á la Nacion Mexicana. La historia de tan audaz y dilatada peregrinacion, es conmovedora. Doscientas mil personas abandonaron sus comodidades, y á pié, á caballo y en carros, atraviesan vastas soledades, donde sus pasos levantan sal en vez de polvo; donde el silencio es importunado por el aullido del lobo; donde el mosquito, como los héroes, nace del fango y se alimenta de sangre; donde la vegetacion se arrepiente de su nacimiento y se oculta entre las desnudas rocas; donde el manto de la nieve dura seis meses sobre el suelo; y donde los vientos no corren, sino patinan. Las jóvenes, orgullo de Nauvoo, lavando sus vestidos en una fuente extraviada y sin más adorno que su hermosura, celebraban las fiestas religiosas, entonando los himnos de las tribus judías, cuando marcharon al cautiverio de Babilonia. La nieve era lecho nupcial, cuna y sepulcro.

“En esos dias, el yankee se apoderaba de la Alta California, se descubrian los placeres de oro, y los Mormones podian improvisar una maravilla en el Lago Salado. Pero, muerto Smith, ¿quién ha podido recoger su herencia, presentarse como profeta, dirigir la inaudita expedicion é imponer su voluntad á los creyentes y á los gentiles? Ese hombre extraordinario ha sido Brigham Young, que acaba de entregarse al eterno reposo.

“Brigham Young, adoptó el mormonismo en Kirtland, el año de 1832. Nació en Veomont, cuatro años ántes que José Smith. Era audaz, astuto y gran conocedor del corazon humano. Urbano en su trato y de buen gusto en sus placeres. Comprendia fácilmente toda clase de negocios y se expresaba con facilidad y elocuencia. Su organizacion atlética le inclinaba á rivalizar con Hércules, en algunas de sus hazañas escandalosas. Y su incontestable superioridad le dió la mano para elevarlo á una altura en que se ha sostenido hasta su muerte.

“Brigham Young asaltó el poder, luchando con poderosos rivales; derrotó en la opinion pública y expulsó á un hermano del primer profeta; excluyó de la herencia pontifical al hijo mayor de Smith, haciendo notoria la incredulidad del jóven y de su madre Emma, en lo relativo al orígen divino de la revelacion sobre la poligamia, y excomulgó solemnemente al tremendo Rigdon, que era acaso el verdadero padre del mormonismo.

“Brigham Young, por medio de sábias y minuciosas precauciones, hizo posible la peregrinacion de doscientas mil personas por el desierto; y arrancó de entre los bancos de sal, en Utah, una ciudad con sus palacios, sus jardines, su movimiento industrial y mercantil, y su templo.

“Brigham Young ha visto caer bajo el puñal de los celos á los principales jefes del mormonismo, y siéndoles superior en intemperancia erótica, ha podido dominar las tempestades públicas y privadas que á cada paso levanta la poligamia. Los disturbios domésticos ocupan una página extensa y curiosa en la historia de los santos del último dia, y la intervencion de Brigham Young, se hace á veces tan necesaria, como la intervencion de nuestro gobierno en los pronunciamientos locales, y esa mediacion es tan desinteresada como la nuestra. Por lo comun, las riñas conyugales terminan con una paliza.

“La sobrevigilancia de Brigham Young, dice Rocheford, desciende á veces hasta los últimos pormenores domésticos y hasta los más fútiles adornos del tocado. Así, ha predicado en el templo, contra los abultadores: “Hace algun tiempo que observo en vuestros talles algunas hinchazones insólitas. ¿Qué significan esas modas ridículas? Salid y volved sin ese aparato mundano. No es hácia las espaldas donde debeis lucir vuestras protuberancias. Veo, no sin ira, que de seis meses á esta parte, en la ciudad santa, nacen muy pocos muchachos.”

“Muerto Young, ¿qué será del mormonismo? yo no tengo el “Urim” ni el “Zhummim” para revelarlo; puede ser que tú descubras algo con tus cristalitos. Pero la prosperidad actual de esa tribu es la encarnacion de una verdad importante; así en la sociedad como en el individuo, los estados de barbarie y de civilizacion no son sucesivos sino simultáneos. En la república-modelo coexisten la libertad y la lucha de razas, la monogamia y la poligamia, la libertad individual y el comunismo, y la teocracia y la democracia. Algunos escritores consideran la poblacion de Utah como un remolino; pero los mismos Estados-Unidos, ¿no son una vorágine?

“La única leccion que para mi uso he sacado de estos estudios, se reduce á que la religion verdadera del Lago Salado se ha concebido y formado lo mismo que las falsas; pero no terminaré sin hacerte notar que los Mormones, por medio del trabajo, han desterrado del Desierto dos plagas de los países más favorecidos por la naturaleza; la mendicidad y el infanticidio.

“En verdad te lo digo, hermano mio, la poligamia es un acto de barbarie. Esclavizarse toda la vida á una mujer por amor, se concibe y tiene su utilidad y su poesía; los pesares entónces son las espinas de la flor. Pero solo por incontinencia, alumbrar numerosos hogares, pagar numerosos caseros, luchar con innumerables suegros, fastidiarse en todos los lechos y sacrificar á las queridas la esposa, es pagar muy caro el vicio; sobre todo en este siglo en que la Vénus de lance, muy diversa de la Vénus vaga, está de tal suerte acreditada, que no hay marido de esos que lloran en el teatro, que no desee poseer una mujer infiel por el placer de perdonarla. Sin embargo, yo creo que las señoras Mormonas disfrutan alguna compensacion, supuesto que cuando en Utah algun pequeñuelo afirma que conoce á su padre, todo el mundo exclama: Este niño es más sabio que su madre!

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