XXXII (continued 2)
Reading edition
“En cuanto á la iniciativa individual, es seguro que los Mormones hubieran desaparecido desde que llegaron á Utah, si en vez de confiarse al trabajo hubieran pretendido subvenciones ó derechos protectivos: los ignorantes y perezosos han inventado la proteccion y las subvenciones, que son hijas de los caballeros de industria.
“Yo te presento un mundo helado: anímalo con el sol de tu inteligencia; sepan los Mormones algun dia, que por el Lago Salado pasó el año de 1877 un poeta.
“Tu hermano,
El Nigromante.
“Posdata.—Yo no conozco á ningun Mormon; pero he tratado á muchos amigos, que por intuicion han seguido el sistema de Smiht: en sus riñas conyugales, tú harias tal vez el papel de Brigham Young.—Vale.”


LIT. H. IRIARTE.
Vista de las Sierras en el Ferrocarril central del Pacífico.
La lectura del manuscrito que dejo copiado, de tal manera nos preocupó, que pasamos por Ogden sin fijarnos en él convenientemente.
La poblacion tendrá 3,500 habitantes: sobresalen entre las casitas de madera las iglesias, las escuelas y los hoteles: se ven al rededor de las casas jardines cultivados con esmero, y en el fondo del paisaje riseñas sementeras.
El cañon de Ogden, que tiene de largo cinco millas, se ve como una inmensa galería de altas y negras rocas, que parecen unirse luego que pasa el tren: del corazon de estas paredes hendidas, desiguales, como que se arrancan y están como al caer, peñascos estupendos que encallejonan y dan aspecto caprichoso al horizonte.
Gigantescas masas de roca decoran la salida de ese cañon, y despues de un trecho accidentado se precipita el tren en Devils Gate (La Puerta del Diablo), que es imponente y pintoresca.
Colosales peñascos derrumbados de uno y otro lado de los rieles, fragmentos de piedra que remedan ruinas estupendas, forzan el curso impetuoso de un verdadero torrente, y en aquellos desfiladeros y sobre las crestas de esas rocas parece que se han desafiado como para un duelo á muerte la naturaleza y el arte.... se interpone el promontorio de piedra, lo supera el arco.... quiere hundirse, y robustas columnas le detienen.... como que intenta una desviacion, y la malla de fierro sujeta el camino, ó un tejido de alambre resiste los vaivenes que parecen empujar al abismo la locomotora.... en el fondo de esas rocas, y abriéndose como un pórtico espléndido, se ven los campos de esmeralda y los sembrados de oro.... alegrando el espíritu y ofreciendo al mortal, en medio de los desiertos, la prosperidad y la abundancia.
Con la misma distraccion pasé frente á Eco, y á Pulpit-Rocks, con sus bosques de abundante caza y sus rios de riquísima pesca.
Nos detuvimos en Green-River (Rio verde), cabecera del Condado de Sweet Watter, y que tendrá una poblacion como de 200 almas.
Pero realmente en iniciativa estas poblaciones, tienen aspiraciones extraordinarias: son niños hercúleos, que poblarán de gigantes esta parte de las Montañas Rocallosas.
Al pasar por Point-Rocks me dijo uno de los compañeros, que en aquel punto existe un abundante pozo artesiano y ricos criaderos de carbon de piedra, que explotan las compañías.
La noche fué tremenda; aullaba el viento, la nieve azotaba las ventanillas del wagon.... El dudoso viajero de los cabellos de oro se encerró en el cuarto de fumar....
De trecho en trecho se detenia la máquina: en las profundidades del camino, veia yo, á la luz de linternas que proyectaban su claridad en la nieve, rompiendo muros de tinieblas, trabajadores infelices, con sus altas capuchas, ocupados en barrer los rieles.
En cada detencion, la máquina era objeto, lo mismo que los trenes, de escrupuloso reconocimiento.
La luz del dia 7 fué tristísima: caia como doliente y llorosa sobre tendidas y monótonas llanuras.
Ninguna huella de la humanidad; era como una navegacion de un género tristísimo, en que no habia esa majestad del mar, esa comunicacion con el infinito, que engrandece el espíritu.
Los pasajeros permanecian en sus lechos como sin acabarse de persuadir que era del dia la luz que se deslizaba por entre los empañados cristales, á visitarlos.
¿Qué hacer?.... Tomé mi lápiz, y haciendo mesa de mi almohada, escribí lo que leerá, si gusta, el piadoso lector:
UN SUEÑO.
Soñé que el manto de plata Que del sol quebró los rizos, Como sembrando diamantes Y salpicando de brillo El primor de los cristales Y las galas del armiño, Dejaba ver tras sus pliegues Con sus perfiles distintos, A los montes gigantescos Y á los soberbios encinos, A risueñas sementeras, Y á murmuradores rios. Y yo soñando esperaba, Tras una roca escondido, Del sol la primer sonrisa, Porque dulce voz me dijo, Que del sol al primer rayo, Miraria de improviso La nieve desvanecerse, Romper el hielo sus vidrios, Y brotar árboles verdes, Y correr alegres rios, Y renovarse la vida En el monte y el bajío, A los cantos de las aves, De las gentes al bullicio, Y al saltar de los ganados Con soltura y regocijo. Yo esperaba, y poco á poco Sentí del terror el frio, Porque tras el blanco manto Pensé ver, claro y distinto, El hogar porque yo anhelo Y do me esperan los mios. Y del sol espiaba entónces Con honda ansiedad el brillo Porque me asaltó la duda, Del augurio, é indeciso Ya la muerte me amagaba, Ya el gozo me daba brío, Y del problema de mi alma Estaba al romperse el hilo. La luz plegaba sus alas Tras un celaje sombrío, Cual mirada de quien llora Y en la sombra busca alivio; Y á medida que avanzaba Como con incierto giro La luz, y sobre la nieve Se derramaba su brillo, Se exhumaban de la tierra, Tristes y descoloridos, Como fantasmas los montes, Como esqueletos los pinos, Alzando sus secos brazos Y dando al viento gemidos. Y la luz adelantaba, Y su semblante amarillo, De cadáver, sacó el campo Y apareció muerto el rio, Como fallece una madre Sobre el sepulcro de su hijo. Y la luz se iba extendiendo, Y al dar en el caserío, Alumbrando un cementerio Y á la entrada de sus nichos, De pié tristes esqueletos Que con los brazos tendidos Inmóviles señalaban Nuestro lúgubre camino. Hondo terror me embargaba, Sentí el corazon herido: Era como luz enferma, Erase un cráneo el sol mismo Despojado de sus rayos, Escuálido y amarillo. Dejaba en el negro suelo El hielo medio fundido, Como de huesos humanos Los fragmentos esparcidos. La luz doliente avanzaba; Reconocí con delirio, El lúgubre cementerio, Y en los huesos sentí frio, Ví avanzar la luz terrible, Avanzar.... llegar sus visos A un punto.... donde se encuentra Cuanto adora el pecho mio.... Y creí morir.... de repente, Y de un relámpago al brillo, La tumba corrió á mi encuentro Dando agudos alaridos. ···························· Ví al monstruo que me llevaba, Y llevaba mi destino, Que me arrancó de mi sueño Con sus intensos gemidos.
Guillermo Prieto.
Marzo 7 de 1877.
Estamos en Laramie, tan célebre en las relaciones de los viajeros, tan encarecido en la leyenda.
El aspecto de la naturaleza cambia; la nieve, adelgazándose y derritiéndose, deja ver de trecho en trecho amarillenta yerba y sonríe el verde césped en alguna hondonada, como tímida promesa de la pronta llegada de la primavera. Algunos árboles, como viajeros recien llegados, parece que inspeccionan el campo desde las orillas del camino.... trenes, oficinas, transeuntes, como que anuncian de léjos el fin del desierto, como los indicios de tierra en el mar.
Hace muy poco, cerca de la poblacion estaba el fuerte, perfectamente guarnecido por tropas americanas.
Algunos soldados se instalaban en aquel ingrato suelo con sus familias, pugnaban por conquistar las comodidades de la vida, y tenia algo de la detencion de la caravana, los grupos de mulas y caballos, las tiendas de campaña y los depósitos de provisiones.
Laramie, cabecera del Condado de Albany, tiene más de mil habitantes; la ciudad está paralela al camino, una ancha y clara corriente atraviesa las calles principales.
Hay muchas elegantes iglesias y cómodos hoteles; el edificio municipal es digno de una gran ciudad.
Se publican en Laramie dos periódicos: El Centinela y El Independiente. El telégrafo y el buen servicio del correo hace que los habitantes de Laramie y los pasajeros estén al tanto, como donde quiera que se publica un periódico, de cuanto ocurre dia á dia en todos los Estados de la Union.
A la salida del pueblo hay un molino, cuyo costo ha sido ciento veinte mil pesos. Es magnífico.
En los alrededores de la ciudad, y como agrupándose á la vía férrea, están situadas las oficinas de maquinaria y los talleres del ferrocarril, entre leña apilada, rieles amontonados en los suelos, grandes pipas con agua y colinas de carbon que hacen negrear el suelo con su polvo.
Laramie, segun reza la leyenda, fué el primer lugar del mundo en que se reunió un jurado de mujeres.
Sucedíanse las tremendas nevadas: los altos picos de las Montañas Rocallosas, las tendidas llanuras á sus piés, las negras rocas, los impetuosos torrentes, la luz como despedazada sobre las peñas, y en las hondas cañadas formaban paisajes ásperos, sombríos, que sin embargo poseian cierta grandeza que me cautivaba.
Los viajeros, acurrucados en sus asientos ó hundidos en sus abrigos, dormitaban. M. Gland mismo, habia dejado de hablar.
Yo soñaba con los ojos abiertos, me parecia atravesar una region desconocida, como que esperaba que tierra, rieles y trenes, se hundiesen de repente, por una fundicion repentina del suelo, y seguir corriendo bajo tierra, bajo bóvedas iluminadas á la luz de rojas llamas, y que fuesen una sucesion de salones con caballeros y paladines, damas y dueñas, enanos y gigantes.... tan excéntrico, tan inesperado así era cuanto me rodeaba.
Saltando de su asiento y como si hubiese tenido aviso en medio de su sueño, volvióse á mí M. Gland, y me dijo:
—Chayene. ¿No ha oido vd. hablar de Chayene?
Chayene, continuó, es la más grande ciudad entre Ogden y Omaha; desde aquí se siente la influencia del Colorado, que está llamado á un gran porvenir.
Estamos, siguió alegremente M. Gland, sobre mantos de plata y oro: desde aquí hasta Omaha comienza la série de aventuras romancescas de los Apaches, Kayoways, Comanches, Arrapaos y Chayenes, de donde tomó su nombre esa gran ciudad que parece ir corriendo en los inmensos llanos, por el movimiento de nuestro carruaje.
En 1859, esto era desierto, tendido en inmensas llanuras.
Se anunció la corriente del camino, llegaron empacados y en su estado primitivo de fierros y tablas, iglesias, hoteles, almacenes, y al concluirse el desempaque, quedó una ciudad, como si se sacara de una cajita de juguetes.
Héla ahí, con sus acueductos y sus arboledas, sus edificios uniformes y sus grandes plazas.
Atrás quedaba Dember, capital del Colorado, que es como otro grande embrion de donde ha salido un territorio que pronto se convertirá en grande Estado de la Union, y aparecerá otra estrella en el firmamento de Washington.
Es de advertir que aquí no fué, como en otras partes, la poblacion, conjunto de hombres de varios pueblos, luchas de costumbres diferentes, fusiones y trasformaciones y productos de esas entidades heterogéneas, no, señor; la casi totalidad de estos hombres era del Oeste: el móvil, los metales preciosos.
Por todas partes se veian hombres sujetándose á las mayores privaciones y peligros, extraviarse adrede en busca de aventuras; unos se perdian entre las nieves; los otros desaparecian en las entrañas de la tierra: allí, á manera de cazadores, espiaban la huella de una veta, la seguian en alturas y en profundidades, la sorprendian y se publicaba la bonanza: así adquirió el renombre de Golden City la capital del Colorado.
Un tumulto, un incendio, ó no sé qué, parecian estos campos.
Montañas de ropa hecha, fondas brotando como hongos de la tierra, hoteles como regados á mano por todas partes.
Comer, vestir, dormir: hé ahí cubiertas las primeras necesidades.
Chillaba la carreta, porfiaba ruidoso el martillo, la sierra armaba escándalo, la garrucha chirriaba levantando piedras, y tercios, y muebles á las nubes; todo en el suelo eran escombros, todo ruido en derredor: así lanzó sus primeros vagidos Chayene, y así el Colorado y Omaha brotaron de la tierra, como los personajes de los cuentos, al herirla la indomable audacia del yankee......
Durante la travesía de Ogden á Omaha, los dias habian sido pésimos, y las noches fatales. Mi único entretenimiento fué observar al ambiguo aquel de la cabellera rubia, que advertido sin duda de mi diligencia en observarlo, era á cada momento más caprichoso ó caprichosa, porque aquello era una condenacion.
Su rostro, como ya hemos dicho, lo conservaba obstinadamente cubierto, y sus modales eran tan bruscos, que parecian afectados; alguna vez desnudó una mano de su guante, y era una mano alabastrina, aristocrática, de una mujer distinguida; pero aquel estirar las piernas, aquellos piés que parecian falúas.... esas no eran pertenencias femeninas, era un patan que provocaba mis rencores.... Cuando sacaba su pipa, que era rara vez, se le notaba, aunque muy imperceptiblemente, la repugnancia con que apelaba á aquel accesorio de su disfraz.... era, no hay duda, una bella lanzada á lo desconocido, en alas del infortunio, é inundada en lágrimas.... ¿Era tal vez una jóven que queria ocultarse á las miradas del zelo, y que creia oir tras de sí los pasos de un asesino.... era una mujer criminal que envenenó al amante infiel é iba á ocultar su quebranto y sus remordimientos entre el tumulto de las ciudades del Este?
La noche anterior á la en que llegamos á Omaha, en las paradas del tránsito subian y bajaban viajeros sin cesar.
El personaje comun de dos se encerró en el cuarto de fumar.... yo penetré, en las altas horas de la noche, y permanecimos como dos estatuas.
La luna descolgaba dispersos rayos del borde de una nube lóbrega, el huracan gemia.... en la Sierra se veian dudosas claridades sobre la cima de los montes, y se extendian como corrientes de sombra que se precipitaban en las cañadas.
El cuarto de fumar es pequeño y angosto; en el centro hay dos banquillas, una frente á otra, como los asientos de un coche; en la pared de tabla existe uno como farol incrustado en el carro, que contiene una rojiza lámpara: á los lados de aquella especie de nicho están dos ventanillas del carruaje: una era del misterioso personaje, la otra mia. A cada avance de mi mirada, á cada indagacion, se sustraia el desconocido en la sombra, ó bien pegaba el rostro al cristal del postigo: á mí á veces me parecia que sonreia mujer angélica; á veces que se disponia carretero feroz á descargarme un puñetazo.
Fingí dormir, y entónces, suponiéndome, él ó ella, distraido, cantó clara y distintamente el “Adios” de Shubert; pero tan sentido, tan hondamente sentido, que me subyugó, me empujó á la region de mis recuerdos más dolorosos, y sentí lágrimas en mis ojos.
Entónces, como de costumbre, recurrí á mi lápiz, y escribí y declamé con toda energía lo siguiente, que puede acomodarse á los compases de aquel canto delicioso:
CANCION.
Alma que mi alma adora Con íntima pasion, Por tí doliente llora Mi triste corazon.
——
Aislado en mi tormento Mi voz te aclamará, Y sin eco mi acento.... En sombras morirá.
——
Se alzó cual llama pura Por tí mi ardiente amor; Mas yo soy noche oscura Y tú, radiante sol.
——
Dulce rayo de luna Entre las ruinas fué Tu amor, en mi fortuna Y en mi hondo padecer.
——
Sin rumbo y sin abrigo En mi dolor te ví; Tú fuiste faro amigo Del náufrago infeliz.
——
Yo soy, mi bien, tu templo, Mi corazon, tu altar, Y tu incienso el más puro, Mi férvido cantar.
——
Fuiste del alma mia Las auras y la luz, Y el sol de mi alegría Tu hermosa juventud.
——
Un punto cruzó el cielo Tu ráfaga fugaz: Pasó.... y en negro duelo Por siempre me hallarás.
——
Ya escucho el tierno acento De tu amoroso “Adios:” La eternidad horrible Los ecos repitió......
——
Adios....! adios! mi encanto, Sangre de mi alma, adios! Será eterno mi llanto, Como mi eterno amor.
——
Será mi llanto eterno, Eterno mi dolor.... Adios, cielo de mi alma! Luz de mi vida.... Adios!
Guillermo Prieto.
A medida que yo leia, la persona misteriosa desprendia el rostro del grosero cachenéz que la cubria y dejaba al descubierto un cuello de cisne, émulo de la nieve herida por el sol.... ella habia comprendido.... casi era una revelacion la que me hizo el cachenéz.
Habiamos tocado la estacion anterior á Omaha: á los lados del paradero del tren, que despedia luz vivísima, se distinguia una diligencia y varios bogues; de uno de estos bogues se apeó un arrogante caballero, moreno, de cabello negro, de maneras desembarazadas y ojos negros hermosísimos: detúvose el tren, el jóven saltó y se colocó al pié de la escalerilla del wagon. El viajero comun de dos, con la velocidad del relámpago, recogió su saco de viaje y se precipitó fuera del coche; apénas salido, se lanzó á los brazos del dueño del bogue.... al hacer este movimiento, se le cayó el sombrero, y una catarata de rizos de oro inundó los hombros y el cuello del jóven de los ojos negros......
Yo habia seguido maquinalmente al viajero y estaba estupefacto con la trasformacion.... quise darme de cachetadas.... cuando estaba suspendida en los brazos del viajero afortunado, se volvió á mí, y con una sonrisa angélica, me dijo: “Adios, Sr. Prieto!.... Adios!”
Tan linda!.... y sabe español.... Soy un asno, soy un rinoceronte.... ¡pecador de mí!
A poco se detuvo el tren en Omaha, y miéntras mis compañeros comian, yo apunté en mi cartera:
Omaha: Término del ferrocarril de la Union, está á la orilla occidental del Missouri y al lado del famoso puente que se cita como un grandioso monumento. Es extraordinario el movimiento que se nota por todas partes: vienen á agolparse á nuestro alrededor, ómnibus, coches, quitrines y carros de todos tamaños, para conducir pasajeros, equipajes y efectos. La poblacion, sin embargo, solo tiene diez y ocho mil habitantes. El edificio más notable que percibo por aquí cerca es Claim House (Casa de reclamaciones).
En 1854 este era un punto casi desierto: la oficina de correos era el sombrero del administrador, porque en él recogia y despachaba la correspondencia.
La poblacion tiene hoy 18,000 habitantes, y la oficina de correos, así como las del Estado, se encuentran en edificios magníficos.
Al principio los hoteles de Omaha eran de segundo órden; pero se organizó una Compañía y se edificó el Gran Hotel Central, que puede figurar, y es mucho decir, entre los buenos hoteles de los Estados-Unidos.
Por todas partes se ven hornos de fundicion; por todas partes hay regada maquinaria; se suceden las fábricas, y la plata y el oro beneficiados se calculan en más de un millon de pesos anuales.
Los principales periódicos que se publican en la ciudad, son: El Heraldo, La Tribuna, El Republicano, y La Abeja. Además, hay un periódico Bohemio, otro Escandinavo, otro Aleman y un Semanario de Agricultura, que goza de merecida nombradía.
Por entre las verdes arboledas que atraviesan en todas direcciones la ciudad, se ven blanquear fábricas y edificios: hay multitud de escuelas, dos institutos, diez y nueve iglesias, cuatro bancos, cuarenta factorías y grandes depósitos de carbon y leña, y almacenes en que se agencian fletes.
Para asilo y proteccion de los emigrantes, se encuentra en este punto un inmenso edificio, en que se les procura, por veinticinco centavos al dia, habitacion y comida.
La Compañía del Ferrocarril de la Union, sostiene en este lugar sus valiosísimas fábricas y se jactan los carroceros de ser este el punto del Oeste en que se construyen mejores wagones.
Sin duda la ciudad fué trazada, previendo que un dia ocupara un lugar eminente entre las mejores ciudades del Oeste.
El trazo la divide en ocho cuarteles, capaces entre todos de contener un millon de habitantes.
En esa proporcion son las plazas y los paseos, de los que algunos son muy frecuentados.
Mis compañeros lamentaban que no hubiésemos tenido tiempo de que viese yo el Puente, que se cita como una verdadera maravilla de la ciencia. En la historia del Puente hace ostentacion de su tenacidad y ardimiento el pueblo americano.
Decretada en 1866, se presentaron obstáculos que parecian insuperables, y se suspendió en 1868. En 1870 se hicieron esfuerzos que no dieron resultado satisfactorio; pero en 1871, se autorizó especialmente á la Compañía para continuar, auxiliándole con dos millones y medio de pesos.
El Condado de Douglass, en Nebraska, se suscribió con 250,000 pesos, y con más de 200 el Potawatoma.
Tiene el puente, con las obras adyacentes, una milla de largo, y sus alrededores los forman calzadas y parques que sirven de vistosísimos paseos.
De Omaha tomamos el tren para San Luis Missouri.
—Hénos aquí, me dijo Lorenzo, atrayéndome al cuarto de fumar, en terrenos que serán futuras naciones, porque esta region americana amamanta leones.
Los Estados del Oeste, incluyendo en ellos el Sur, son los proveedores inmensos de la América: de su conjunto surgen destellos de emancipacion; su acrecimiento rápido es el anuncio de que está por nacer una gigantesca nacionalidad en esta parte del Nuevo Mundo.
La tierra, herida por la azada del colono, derrama sus mieses con prodigalidad, sin más proteccion que la del cielo; los grandes depósitos del Oeste llaman á sus mercados á los hombres de todo el globo, y miéntras la Europa, en las aguas del Atlántico, la corteja, el Japon y la China le tienden los brazos sobre la peana de oro que erigió California como un tálamo á la confraternidad universal.
He dicho que no son pueblos sino naciones las que se perciben desde aquí en embrion: el Oregon es más grande que la Inglaterra; Tejas más que la Francia; California más que España.
En estas inmensas zonas que florecen solas bajo un mismo pabellon, se reunen y dan cita los productos todos del globo, y hacen imposible cualquiera exclusion: los artículos favorecidos en un punto dañarian al opuesto, y esto relajaria todo vínculo, convirtiendo en nominal el poder del centro.
Los elementos de vida propios de cada pueblo son tales, que Chicago, propiamente llamada la Reina de los lagos, era apénas en 1830 un punto militar atascado en un pantano.
Hoy cuenta la ciudad 300,000 habitantes.
Se encadenó la ciénega y se le hizo desaparecer bajo cimientos de palacios; en la guarida de la putrefaccion y de la fiebre, tendieron sus doseles de ramas los árboles y brotaron las flores; se dirigió la corriente de las aguas á los labios de la capital sedienta, por acueductos que ponen en olvido las inmortales obras de los romanos.
Apénas se anuncia la industria de la salazon de cerdos, cuando más de un millon se trasforman en un año en sabrosos manjares.
El cultivo del maíz hace que por millones se cuenten sus rendimientos, y que un frances diga que deberia servir de emblema de esa nacionalidad una mazorca, así como Chicago deberia dejar su nombre para llamarse Porcopolis, como se denominaba á Cincinatti.
—Sin embargo, dije yo, Chicago aun no se restablece de su último asolador incendio.
—Creo que padece vd. una equivocacion. Chicago está más floreciente que nunca.
Chicago fué presa del incendio la noche del 9 de Octubre de 1871: 17,500 edificios se sepultaron en el mar de llamas.
En 1872, la nueva ciudad habia resucitado de entre escombros y cenizas, y contaba 41 bancos y 201 iglesias, 35 grandes hoteles, entre ellos Palmer-house, que es de primer órden, calles, plazas, edificios y paseos en mayor número y mejores que ántes del incendio. Chicago, como vd. ha oido, cuenta apénas 47 años de existencia, y su poblacion es de 500,000 almas. Es sin duda el primer mercado del mundo por los granos, el ganado y las viandas saladas. Más al interior, su territorio es como el centro de todos los pueblos bañados por el Atlántico; 17 caminos de fierro conducen á esta gran metrópoli del Illinois; cada línea se esfuerza por conducir á Chicago con mayor baratura y en ménos tiempo que las otras: hoy de New-York á Chicago se hace el camino en ménos de treinta horas y hay 1,600 kilómetros de distancia, es decir, como de México á Chihuahua, poco más ó ménos.
A medida que avanzaba el tren, redoblaba la locomotora sus gritos, prolongándolos más y más, para evitar un choque con los trenes que sin cesar se cruzan.
Los campos cultivados, los ganados, las casas rústicas, los jardines y los carros, anunciaban la proximidad de la gran poblacion de San Luis.
—Es de sentirse, me decia Lorenzo, que no pueda vd. hacer un estudio detenido de esos lugares, en que se verifica la alianza del Mississippí y el Missouri, que traen como en gérmen en sus aguas las mayores riquezas de la tierra.
Inmensas llanuras divididas por fértiles sementeras; las corrientes conduciendo y trasportando pueblos; las trojes henchidas brindando goces al hombre y creces al comercio, y la preponderancia del trabajo presentándose, desde la iniciativa de la colonia con el aventurero con su hacha al hombro, seguido de su familia llena de harapos, hasta el opulento propietario que trasporta el lujo de las grandes ciudades y hace que le rinda homenaje en la tierra, que él, el primero, arrancó á la barbarie, desembarazándola de malezas y ahuyentando con su rifle á los animales feroces.
Al ruido cercano de la locomotora; al traqueteo de fierro de su galopar afanoso; á la vista de las embarcaciones del rio; bajo los hermosos árboles de la quinta opulenta, refieren los ancianos las luchas con los Pieles Rojas, las torturas á que sujetaban al blanco ántes de inmolarlo, y esas escenas de horror y de sangre de los primitivos tiempos del Oeste.
Por lo demás, la historia aun no desplega sus labios de una manera clara y distinta, sobre esos restos de murallas, esos esqueletos de ciudades perdidas en los tiempos, esos resíduos de grandes poblaciones que se encuentran en el Ohio, Illinois, la Indiana, Kentuky, Michigan y la Luisiana.
Tocábamos, en estas pláticas, en la estacion de San Luis.
Aunque allí habia carruajes, un senador que se hizo muy nuestro amigo en el viaje, nos dijo que el Hotel del Sur, que era el mejor, estaba muy cerca y que podriamos ir á pié.
La noche era oscurísima, el alumbrado parecia encomendado á un ayuntamiento de los de por acá, caminábamos en medio de una oscuridad completa, rompiendo la nieve con nuestro calzado.
El senador, nuestro guía, es robusto como atleta y ligero como un venado; tomó del brazo al Sr. Iglesias, y eso fué correr: yo me resbalaba, me hundia, me tropezaba con mi propio aliento, y hubiera sucumbido sin el auxilio de Lorenzo, que casi me llevaba en peso.
Por aquí torcemos, por allá nos descrismamos; de repente nos detenemos porque un amigo se habia dejado un botin en un atascadero y porfiaba por encender un fósforo para buscarlo.
Así corrimos más de una milla, empapándonos, tropezando á cada paso, y oyendo, con la bílis derramada, la charla del senador, que estaba, con nuestras inquietudes, nuestras resbaladas y equilibrios, como una pascua.
Al fin tocamos en el Hotel del Sur, empujamos la puerta y nos deslumbró un salon magnífico, de sesenta varas de extension, con altísimas columnas, pavimento de mármol y una magnificencia superior á todo encarecimiento.
Miéntras Gomez del Palacio arreglaba lo correspondiente á nuestro hospedaje, yo me encargué de examinar el salon espléndido que funge como patio del hotel.
A mi derecha se veian las oficinas de recepcion de los equipajes, el despacho al pié de la amplísima escalera, correo, telégrafo y expendios de periódicos.
A la izquierda, gabinete de periódicos, expendios de tabacos y dilatadas sillerías, cerca de una gran chimenea.
Por todas partes se agolpaba la gente, hablando de negocios, leyendo periódicos, y en perpétuo movimiento, á todos los departamentos del hotel.
Sobre la escalera soberbia de mármol, se arrancaba, sobre pilares colocados circularmente, la cúpula del edificio, alta y grandiosa, ceñida de trecho en trecho por anchos corredores que conducian á suntuosos salones, de los que cada uno era lugar de tertulia en que se tocaba, se cantaba y las hermosas hacian ostentacion de sus gracias. Las paredes eran espejos, el suelo alfombras, y en los aires, la claridad del gas no permitia el recuerdo del sol.
Despues de instalados varios compañeros, fuimos presentados á M. Ca-hill, redactor de un periódico en español, titulado: El Comercio del Valle, quien tiene noticias bastante exactas sobre el tráfico de México, y sostiene con calor y copia de datos, las ventajas de la estrechez de relaciones mercantiles.
Pequeño de cuerpo, de ojos vivos, de fácil palabra, aunque con dejo inglés, M. Ca-hill era un precioso cicerone.
Nos dijo que tocando San Luis en el golfo de México, nuestra República está llamada á estrechar sus vínculos con esta parte de la Union, fundando una ventajosa reciprocidad.
San Luis, decia M. Ca-hill, en rigorosa exactitud geográfica, está situado casi en el centro del gran valle de Mississippí, y participa de las ventajas de suelo tan fértil y de punto de comunicacion tan poderoso.
La ciudad está delineada con toda regularidad, y como vd. sabe, contiene medio millon de habitantes. Por lo general, las calles, partiendo de la orilla del rio, corren al Occidente. Los edificios más notables son de fierro, piedra y ladrillo.
—Es lástima, dijo un compañero de M. Ca-hill que solo permanezcan vdes. aquí unas cuantas horas, en cuyo tiempo no pueden formarse idea de nuestra sociedad.
Esta sociedad, que tuvo nacimiento de la Luisiana, mejor dicho, que en calidad de cesion de ella, se hizo la concesion cuando todavía era Colonia Francesa, en 1762, á Liguest Laclede y á sus socios, conserva algunos tintes de su orígen. En el fondo de sus costumbres, hay algo del pulimento de la raza latina, se tiene en mucho la sociedad culta, las artes merecen atencion y encuentra analogías la raza de vdes., que no encontraria en el Norte.
El acrecimiento de la ciudad en poco más de cien años de fundada, ha sido estupendo. Vea vd. solo en poco más de cincuenta años:
En 1811 tenia 1,400 habitantes.
En 1850 ” 74,439 ”
En 1860 ” 160,773 ”
En 1870 ” 310,864 ”
En 1875 ” 490,000 ”
Los ramos principales de comercio, son: algodon, plomo de las minas del Missouri, heno, sal, lana, maderas de construccion, tabaco y especias y granos.
En 1874, la importacion del grano ascendió á 30.674,504 fanegas, y la exportacion á 24.417,411.
San Luis es la primera ciudad de la Union en la elaboracion de harina. En 1874 habia 24 molinos en actividad, los cuales producian 1.573,202 barriles.
No obstante desarrollo tan prodigioso en la agricultura, se calculan 40,850 hombres dedicados á las manufacturas, y la riqueza que representan se valúa en 240.000,000 de pesos.
Miéntras disertaban muy sérios los señores formales en la sobremesa de la fonda, otros amigos, en un santiamen, habian contraido relaciones y las calentaban con sabrosos ponches en el restaurant frances, comunicado con el hotel.
Contaba uno lo familiar que es aquí á los americanos el idioma de Racine, y apoyaba su aserto en varias anécdotas.
En una botica, por cierto muy próxima, cuyo propietario es cubano, charlaba un compatriota de la brusquedad de los yankees y de la antipatía de las razas.
Un yankee se presentó pidiendo una bebida: el imprudente cubano seguia su charla, y por vía de paréntesis, dijo al boticario; “Oh! si estos son unos béstias.... póngale vd. á ese unas gotitas de estrignina en ese brebaje, á ver si revienta.” Eso lo decia en broma, por supuesto.
El yankee no se dió por entendido de la conversacion.
Confeccionáronle su bebida, tomóla el yankee, pagó, y al salir, con mucha amabilidad dijo al cubano en correcto español:
—Dígame vd., caballero: ¿cuál es la causa de que desee vd. que yo reviente?
El cubano quedó estático, respondiendo confuso y aturdido:
—Yo he dicho al señor “revente,” es decir, que vuelva á venir conmigo, para que demos un paseo....
El yankee se retiró riendo á carcajadas.
La conversacion continuó animada, hasta que nos retiramos á nuestros cuartos, deseosos de aprovechar el siguiente dia para dar un paseo por San Luis.
Yo dormí mal, porqué me tocó un alojamiento en el quinto cielo, y la preocupacion de los incendios se apodera de tal modo de la imaginacion, que constituye un verdadero tormento: presentir convertido el local que nos abriga en inmensa hoguera; verse rodeado de abismos; escuchar el desplome de los techos; oir los alaridos de las víctimas.... todo eso me espantaba, considerándome como condenado á muerte.
Un francecillo muy simpático, llamado Arture, que me habia conocido en México, estaba en mi cuarto á las auroras de Dios, invitándome á pasear.
Arture es el hombre de sociedad por excelencia; sabe un poco de todo y se amolda á todas las situaciones y á todos los caractéres; tira la pistola, canta, diserta sobre ciencias y artes con buen sentido, conoce á las notabilidades de Europa y América; galante con las damas, audaz con aventureros, marinos y soldados, circunspecto con hombres de respeto, y alegre, servicial y campechano con todo el mundo. Era otro Mr. Gland en tafilete frances.
—Ha venido vd. al mejor hotel, me decia, y esto que en la ciudad los hay magníficos.
Lindell-Hotel, sin ir más léjos, compite con este; tiene seis pisos, es de piedra arenisco, costó 800,000 pesos. Está aquí cerca, en la avenida de Washington.
Plander’s-Hotel, Hotel-Barnim-Lacled, y hasta el Gran-Central, que cuesta un peso diario, son establecimientos que no desdeñarian las mejores capitales de Europa.
—Plan americano por supuesto, observé yo aludiendo á las comidas.
—Hay de todo: ya ha visto vd. anoche una excelente fonda francesa.
—Excelente, Arture: yo sentí no cenar, porque todo me pareció muy bien.
—Por ese estilo es la fonda Sincler y C.ª, de Olive-Street, Garner, Cafferitta, Garmi-Restaurant, Nicholas-Cantine, y otras muchas, la mayor parte al estilo frances.
Miéntras hablaba Arture, yo me vestia á toda prisa y hablaba á Lancaster, que estaba en un cuarto contiguo, para que hiciese lo mismo.
Alfonso, como lo tenia de costumbre, en cuanto llegó, y en el propio hotel, se habia provisto de guías, de mapas y de lo necesario para sus sesudos estudios, dedicándose á ellos en las noches y al levantarse.
—Vamos A***, aprovechemos la bondad de nuestro cicerone: quiere que primero recorramos algunas calles, visitemos algunos edificios, y desea que concurramos en la tarde á un concierto que dan unas señoritas, para el fomento de una Biblioteca.
—¿De qué te ocupabas tú? dije á Alfonso.
—Me ocupaba, me dijo, del estudio de este comercio en sus relaciones con el nuestro. Estos Estados brindan mil facilidades, así como Orleans, por muchos motivos que explaya perfectamente el periódico en español que nos facilitaron anoche.
—Pero en estas relaciones mercantiles, en su modo espontáneo, y con total independencia de los gobiernos, es en donde yo creo ver, dije, el quid de nuestras difíciles cuestiones de los Estados-Unidos, y á ello dirijo yo mi mira: el acrecimiento prodigioso de la Union Americana presenta estos sorprendentes resultados. La creciente preponderancia del Oeste que es entidad autonómica, tan independiente del Norte como del Sur, formando espontáneos vínculos, convierte en privativos sus intereses y debilita la influencia del gobierno central.
Este acrecimiento tendrá por fuerza su representacion en el congreso, y al punto que esa representacion se aumente, la lucha tiene de iniciarse y poner en peligro las conveniencias del Norte.
La adquisicion de tierra, el fomento de las ideas de conquista, la intervencion por la fuerza, en mi juicio no las intentará el Norte; pero no puede ser indiferente á la marcha de México ni á sus tendencias á la libertad mercantil; así, no le queda más recurso que influir en sus negocios, sea por medio de tratados, sea considerando á México como colonia ó brindándole con un protectorado; pero esto mismo ofrece graves dificultades. El ideal de la gente ambiciosa del Norte, es hacer de México la India de los Estados-Unidos.
—Señores.... el tiempo vuela, dijo nuestro cicerone. Veamos aunque sea algunas calles y volvamos por los compañeros. Si pudieran vdes. detenerse siquiera un dia, tendria el gusto de presentarlos al Club Germania ó al de la Universidad, centros en que se reune lo más selecto de la sociedad de San Luis.
Para que vdes. se formen muy somera idea del movimiento de San Luis, iriamos á los depósitos de los ferrocarriles: el de San Luis y Kansas; el del Atlántico, Pacífico, Kansas, Tejas y el Gran Depósito de la Union, en que parece que el mundo entero se da cita para activar el tráfico.
Por lo demás, las ciudades de los Estados-Unidos se parecen como gotas de agua: dilatadas arboledas, anchas plazas, generalidad de edificios hechos como con panes de jabon, techos de caballete, largas chimeneas, coches, carretones, carros y carritos por todas partes.
Vacilábamos sobre el rumbo que tomariamos á la puerta del hotel, cuando burla, burlando, no obstante el pésimo dia, salian nuestros compañeros á ver la Lonja del Comercio, y nos antellevaron, como se dice por nuestra tierra.
Yo me dejé conducir por M. G. A. Hayward, cumplido caballero á quien merecí especiales atenciones, y quien me encantó por la mezcla de sabiduría y buen humor de su conversacion: á mí los sabios adustos.... me cargan, no los puedo tolerar.
Fuimos á la Lonja de Comercio, que es un edificio como una catedral: soberbio pórtico con robustas columnas, amplios corredores con ventanas rasgadas y lujosos departamentos, y en el templo, un salon como una iglesia, de forma elíptica, lo ménos de ochenta varas de extension.
El centro del salon está despejado para el tráfico, y hay gente que va y viene como en una gran plaza.
En una de las cabeceras y en los costados, hay extensas mesas que corresponden á los diferentes bancos; al pié del salon se ven como aparadores con toda clase de semillas y artículos de comercio, como un depósito inmenso de muestras, al cuidado de corredores y agentes mercantiles.
La techumbre es una alta y extensa cúpula con una cornisa saliente en su arranque, que le forma cintura, y la guarnece una amplia balconería, desde donde asiste el público á aquel espectáculo lleno de ruido, de movimiento febril y de cierta alegría, de que no es fácil dar idea.
No es fácil describir, en efecto, aquellas caras rubicundas, con sus dentaduras blancas y su piel restirada; aquellas inmensas botas de suelas de á dos dedos de grueso; aquellos hombres intrusos, de camisetas encarnadas, y aquellos flacos escurridizos que parece que llevan una locomotora en cada corva.
Este gentío, que es inmenso, se agrupa en el centro del salon, corre, alterca, disputa, improvisa remates, transa, y sale y entra, como si se tratase de apagar un incendio.
Adviértase que este tragin se verificaba estando las calles inandables de lodo y de nieve, entrando algunos empapados con la lluvia, con sus pantalones remangados hasta la mitad de las botas, ó hundidos en la parte superior de ellas.
A medio dia el salon se despeja, se establece silencio profundo y se hacen las operaciones de Clearing-House, ó sea casa de liquidaciones, ó como si dijéramos, traduciendo la palabrita en lépero, (aclarar paradas).
Como se sabe, cada banco emite sus billetes que fungen como dinero: de esos papelitos hemos visto en México y sabemos cómo se manejan.
Pues bien, con los tales papelitos, éstos y aquellos han hecho sus compras. A tal hora, cada banquero recoge sus billetes y da en cambio los de los otros bancos, quedando cada quien con lo suyo. Así se hacen cambios y negocios por millones, sin necesidad de que ande el dinero de aquí para allá, y en un abrir y cerrar de ojos. Toma tus billetes, dáme los mios, y tan amigos como siempre....
El crédito, el crédito es una gran cosa; pero no estamos para sermones.
Nosotros habiamos asistido al espectáculo descrito al principio, desde la balconería superior.
Salimos de allí y nos condujeron á la parte superior del edificio, desde donde se distinguia la opulentísima ciudad, las llanuras que la circundan cuajadas de vistosas sementeras, y ese mar subordinado y grandioso que tiene por nombre “El Padre de las Aguas,” y que lleva en su seno ciudades de embarcaciones, que hacen marchar sobre la corriente, sementeras, ganados, bosques y montañas.
M. Hayward me decia, satisfecho de mi sincera admiracion:
—Oh! es un dolor que vd. no vea el puente para que vd. se forme idea de ese puente: le referiré, poco más ó menos, lo que dice de él un ilustre viajero frances (Simonin), á quien tal vez habrá vd. leido.
El largo del rio, dice, en aquel punto es de quinientos metros, el lecho es profundísimo, la corriente cambiante, y movibles los bancos de arena de las orillas.
Fué necesario para establecer el cimiento del puente descender hasta la roca sólida que está situada á treinta metros bajo el nivel medio de las aguas. Cuando se proyectó al principio este trabajo, se juzgó imposible.
Se llegó á la roca por medio de cestos y cajones en que descendian los obreros, proveyéndoseles de aire desde sobre las aguas. Así se quitaron por medio de bombas de vapor las arenas y se evitaron las infiltraciones que pasaban, á pesar de la presion de muchas atmósferas mantenidas en el aparato.
De esta manera se empezaron á construir los cimientos, venciendo, con esfuerzo hercúleo, obstáculos inmensos.
Despues se elevaron los pilares, ó mejor dicho, las torres en que descansa el puente. Estos pilares, en número de cuatro, son de granito y parecen construidos para la eternidad: dos á los extremos y dos en el centro del rio.
Los arcos que se apoyan sobre estas torres están formados de enormes tubos de acero, abiertos en el interior, y empalmados de dos en dos. Los dos arcos exteriores tienen de luz 150 metros, el del medio 158, tanto y medio de la distancia del Sena á Paris.
La altura del arco principal, sobre el nivel de las aguas, y midiendo desde la clave, es de cerca de cuarenta varas, de tal manera, que los más grandes buques de vapor pueden pasar por debajo, inclinando sus chimeneas, lo que ejecutan fácilmente por medio de una palanca.
Así correspondió esta obra grandiosa á la obligacion que se impuso á los ingenieros de que no estorbasen la navegacion del rio.
El puente tiene dos corredores ó tránsitos, uno superior para la gente, los caballos y los coches, y uno inferior para el tránsito de los trenes de los ferrocarriles. Estos entran en la ciudad por un túnel abierto donde termina el puente. Catorce líneas férreas tocan en el puente monumental. El corredor ó tránsito superior tiene bastante espacio para que se haya formado en él un paseo público.
En el pilar central del puente se fabricó una plataforma, en que se reune por las noches la música militar.
Desde aquel sitio se disfruta la vista de un panorama magnífico: el rio cuajado de embarcaciones, las fértiles llanuras del Illinois á corta distancia, y en el fondo, hasta el horizonte, se percibe, se ve, un bordado de alegres sementeras, cortado de Norte á Sur por una ancha faja de plata, con ligeras sinuosidades, que parece una mansa corriente, y que conduce á la mar, como dice Simonin, una de las más grandes masas líquidas que corren sobre el globo.
Descendimos de la Lonja y nos dirigimos á la oficina de apagar incendios. Allí nos recibió un caballero chaparro, de una fisonomía alegre como una sonaja, de dentadura blanquísima y de unas mejillas escarlatas que reventaban de gordura.
Reia de todo, nos apretaba las manos hasta hacernos desesperar, iba, venia, y se manifestaba, no con intimidad, sino casi con parentesco, con sus caballos.
La oficina tiene el mismo ó mayor esplendor que en San Francisco, con la diferencia de que cada caballo es un prodigio de hermosura, y que haria una buena compra quien consiguiese cada uno en mil quinientos pesos.
El cicerone escarlata de que acabo de hacer mencion, afable, obsequioso, semibrusco, pero atento y franco, es un personaje popularísimo en la ciudad entera, por su nobleza y generosidad.
No solo enseñó á mis compañeros todas las oficinas, sino que ofreció hacer, como lo hizo en la tarde, un simulacro de apagar un incendio en nuestro propio hotel, para que viésemos funcionar las máquinas.
El escarlata y yo fuimos los hombres más amigos del mundo, y apuramos sendos vasos de cerveza en el breve espacio de nuestro conocimiento.
Miéntras descansaba el Sr. Iglesias y recibia personas de las más notables de la ciudad que le presentaba el senador y el distinguido periodista que ya conocemos, yo, sacudiendo la albarda de la etiqueta, me lancé á recorrer la animadísima ciudad.
Como era mi costumbre, entré en dos ó tres tabaquerias, cierto como estaba de encontrar en alguna de ellas gente de la tierra de María Santísima.
En una de ellas, que tenia por muestra la estatua grotesca de un marino patilludo, de piernas abiertas, puro en boca; volteado cuello y sombrerillo con sendos listones, percibí un conjunto que me atrajo, porque trascendia á tierra de cristianos, como manojito de flores.
Un viejecillo de sombrero alto á la Pipelet, chupiturco de lienzo rayado y con más arrugas el pantalon tirando á blanco, que carrillos de vieja histérica, estaba repantigado en una butaca, con un párvulo panzudo en camison entre las rodillas; un gato y un perro dormitaban á distancia, desmintiendo aquello de “Como perros y gatos.”
Las paredes del estanquillo están tapizadas de anuncios: en el aparador del mostrador hay sus chácharas: bolsitas para tabaco, pipas, fósforos, tijeras para cortar las cabezas de los puros, mecheros, bolsas de budruz y atadillos de papel, para improvisaciones de cigarros.
La dama que despachaba en el interior del mostrador es nariguda, rígida, biliosa, con el peineton ladeado, un tápalo como colcha cruzado al pecho, y un purillo entre los labios, que la enseria y masculiniza lo que no es decible.
Entré al estanquillo de La Perla de las Antillas pidiendo cigarros de Cabañas, y soltando cien palabras más, para dar á conocer que era de casa, y al punto, de debajo del mostrador y tras de las vidrieras, asomaron caritas de ángeles de ojazos negros, boquitas de flor de granado y aquella endenidá de la raza española que me agarabata materialmente.
—¡Hola! hola! dijo la señora saliendo del mostrador y fijándose en mí.... Isabela!.... Paquita!.... Tula! (gritando) vengan vdes. acá. ¿Cuál es su gracia de vd.?
—Guillermo Prieto, servidor de vd.
—Oh! si no lo podrá decir.... ¿lo ven? el mismo empaque, la propia manera de reir.
—Veanle vdes..... (á sus hijas).
—Vamos, despáchate.... dale un abrazo.
—Denos vd. un abrazo.
Yo tenia cara de simple; pero tratándose de bonitas, en abrazar no hay engaño.... abracé á las muchachas, á la vieja, al viejo.... y me disponia á seguir con todo el mundo.
—No, vd. por fuerza es pariente muy cercano de D. Felipe de la Cueva: si tiene vd. toda su cara.... veanle vdes. ahora que se ríe.... y aquello fué agasajarme y llevarme al interior de la habitacion, en medio del regocijo mayor.... excepto Tulita, á quien se anublaban los ojos y soltaba cada suspiro que me erizaba el cabello.
Don Felipe de la Cueva, que debe ser buen chico y á quien en su casa conocen, habia hecho mil favores á aquella excelente familia y era el prometido de Tulita. Yo me encontré con los honores de la fotografía, y no me pesaba.... procuraba adivinar hasta dónde llegaban las confianzas del venturoso D. Felipe con Tulita, para perfeccionar mi asimilacion....
—Tula.... ¿ven vdes.? decia, y su propio buen humor; ahí se sentaba, yo aquí....
—Debe haber sido más cerca de mi silla.
En cinco minutos fuí dueño de la casa.
Regalé al viejo D. Pablito un lapicero, á las muchachas unos anillos y mis mancuernas á Tulita, que me hacia probar los placeres de la semejanza.... Yo, que en mi país me parezco á todos los decidores, á todos los padres de hijos de contrabando y á todos los políticos derrotados, gozaba de deliciosas sorpresas....
En la casa almorcé y pasé parte de la tarde oyendo tocar la guitarra.
De todo me hablaban, todo me consultaban; yo encarecí á Doña Salomé las inmensas ventajas de que se estableciese en México: allí, le decia, nos desayunamos con cajetas de la Habana; por poco que una gente se respete, fuma puro habano; el cigarro habano es de toda gente bien educada, y desde el salon al templo, una danza habanera disipa los pesares y refresca y anima los más adoloridos corazones....
Don Pablito me habló de negocios; echó pestes contra los yankees, y cuando vino su hijo Leopoldo del colegio, porfió porque me enseñase la traduccion que estaba haciendo del inglés, porque es un muchacho como el demonio y con un talentazo más lindo que Jesus del Monte.
Leopoldo ya tenia sus toques de yankee; su saco holgado, su sombrero de fieltro y su zapato bajo con hebilla de acero.
Las muchachas estaban acurrucadas, por mi dicha, al rededor del retrato de D. Felipe....
—Vea vd. mi traduccion, me dijo, es un simple Book notes sobre Missouri.
—Lee tú, Leopoldo, para que el señor se haga el cargo de tu sindéresis.
Y leyó Leopoldo:
“El Missouri, desde los tiempos que pueden distinguirse á la luz de la historia, era del dominio de los hombres de Piel Roja, que vivian en aduares y formaban bandas ó tribus errantes sobre el territorio que hoy forma el Estado de aquel nombre. Vivian los pieles rojas de la caza y la pesca. Tenian perros, pero no otros animales domésticos; hablaban diferentes idiomas incultos, y á veces se hacian cruda guerra los unos á los otros.
Tal era la condicion de aquellos hombres, cuando el 7 de Julio de 1683, una pequeña banda de europeos y canadienses, procedentes de Quebec y conducida por el fraile Marquete y el comerciante Zohet, llegó con todos á las orillas del Mississippí.
Está comprobado que los pieles rojas no hostilizaron á los extranjeros y que los dejaron internarse rio abajo hasta la reunion con el Arkansas, y volver de allí á remontar el rio para ocupar su punto de partida á publicar ante el mundo la admirable descripcion del rio más grande é imponente conocido hasta entónces, ya por el caudal de sus aguas, la extension de su curso, su magnificencia, la majestad de sus tributarios y la riqueza de sus márgenes.
En 1688, Lasalle navegó por el Mississippí hasta la desembocadura, sin hallar obstáculo alguno ni resistencia de parte de los indios, y desde entónces hasta hoy, los aborígenas del Missouri han mostrado gran confianza en toda clase de extranjeros.
Por la causa enunciada, esta region ha sido siempre de paz, donde no se han sentado jamás las discordias y las guerras, que en otras comarcas de los Estados-Unidos han sembrado por todas partes la ruina y la desolacion.
El Missouri ha sido siempre una tierra de asilo. En 1755 fundaron á Santa Genoveva los franceses, atraidos allí por las minas de plomo encontradas en sus inmediaciones. Este fué el primer establecimiento fundado por europeos en el Estado. No hay memoria de que los fundadores compraran tierra alguna á los habitantes primitivos, ni que éstos los viesen como enemigos; aunque es cosa sabida que los indios del Illinois eran reconocidos como los dueños de aquellas tierras por los pieles rojas. Pero en aquellos dias, ni se conocia el nombre de indios, ni se les habian dado leyes algunas para protegerlos, de manera que se les invadian sus tierras impunemente y se les despojaba de ellas para todos los que las codiciaban.
La paz de Paris fijó, en 1763, el Mississippí como límite de las posesiones de Francia é Inglaterra. Esto cambió el tráfico y relaciones de los indios con los franceses, continuando aquellos su comercio en las poblaciones de Cahokia y Kaskaskia, hasta que Pedro Laclede trasladó sus almacenes del fuerte Chartres hasta el sitio donde hoy está la ciudad de San Luis.
El 15 de Febrero de 1764, un lugar-teniente, el coronel Chouteau, comenzó á trabajar en el lago, cerca del rio, al Sur de donde hoy está la casa del cambio, y ha sido el único mercado en forma que tuvo la ciudad durante sesenta años.
Laclede construyó edificios pasajeros para abrigar á sus trabajadores y herramientas, con las abundantes maderas que habia en las márgenes del rio y de que estaba cubierta aquella orilla, bastando para esas construcciones y para el fuego de los vivaques de los nuevos pobladores, durante la rigurosa estacion del invierno. En Marzo volvió allí Pedro Laclede, llevando consigo el plan del nuevo pueblo, que debió llamarse San Luis, en honor de Luis XV, rey de Francia.
Lisquet manifestó en la fundacion de la ciudad un gran respeto por la religion y las cosas sagradas. Al lado de la calle del Mercado destinó un lote de más de cien yardas por lado cuadrado, para una iglesia católica y un cementerio que sirviera para su objeto, durante el cual fueron sepultados allí cuantos acompañaron á Pedro Laclede Lisquet.
Todos estos restos se conservan en la Catedral y en la Casa del Obispo, que ocupa la mayor parte de la calle del Nogal.
Lisquet era un hombre activo y perspicaz; se dedicó á varias empresas, instalado en la que hoy es calle de Main, frente al mercado. Donde hoy se encuentra el Hotel Barnim y otros magníficos, estaba la casa habitacion de Lisquet y sus almacenes.”
Miéntras el jóven estudiante nos leia entusiasmado su traduccion, las chicas, primero tímidas, despues ménos consideradas, cuchicheaban y me llamaban la atencion, haciéndome la jóven llorosa, confidente de las penas por la ausencia de mi parecido, á quien en otra edad hubiera querido semejarme en todo y por todo.
La bulla era tal, que al lector apénas se escuchaba, quedándole por todo auditorio su amante padre.
Mis amigos fueron á buscarme: unos estaban citados para ver fungir las bombas en el simulacro de un incendio figurado en el hotel Southern, y otros debiamos ir al concierto musical cuyos productos deberian ser para una biblioteca particular.
Despedíme de la tabaquería, no sin dar las gracias por la generosa acogida á que habia dado lugar mi semejanza con D. Felipe de la Cueva.
Mis compañeros se dispusieron á ver el gran simulacro del incendio, yo me dirigí al concierto.
Allí ví, como entre nosotros, y no sé con cuántas exageraciones más, aquellos socios ceremoniosos y encendidos por el afan de figurar, que apartan curiosos, conceden gracias, suben de brinquito las escaleras y llevan triunfales de su brazo á las notabilidades artísticas.
No faltaban sus donas acatarradas, siempre envidiosas y poniendo peros á sus compañeras, que lo hacen divinamente; no escaseaban esos figurines que ven con el lente, tararean distraidos, y desde la altura de una cromática, apénas nos distinguen á los míseros mortales.
Como tengo indicado, á mí me llevó al concierto una persona amabilísima que tenia un amigo, mi acompañante, conocedor de todos los artistas, confidente de todas las poridades de los teatros, dilletanti encarnizado, que sabe todos los motivos, impone silencio en las reuniones, lleva pastillas de pino marítimo para obsequiar á los virtuosi, y para quien los asuntos de bastidores son como el primero de todos los deberes y la más séria de todas las ocupaciones.
Algunas frases de buena educacion le hicieron creer, yo no sé con qué motivo, que yo era (¡bárbaro!) un amateur de primera fuerza.
Aquel era un concierto de mucha importancia.
El elegante teatrito, los pianos, todo me trasportó al Conservatorio Mexicano.
La tarde era lluviosa: el salon estaba amorosamente calentado por bien repartidos tubos.... la música era clásica hasta en sus últimas notas; imperaban Mozart, Hayden, Bethoven; todo era recogimiento y atencion.
Yo comencé á sentir pesada la cabeza, tiesos los párpados, á sufrir un muelleo desconocido en mis quijadas; cuando quise evitarlo, habia topado con mi frente á una respetable señora que estaba delante de mí; quise reponerme, con esa afectada gravedad de los dormilones, pero á poco me sentí sacudido con cierta brusquedad por un caballero de cuyo hombro habia hecho mi reclinatorio.
Entre tanto, los sacerdotes de la armonía estaban en el éxtasis.... mi compañero vino á decirme al oido que roncaba yo de un modo estúpido, de llamar la atencion, de hacer el descrédito de México.... mi amigo queria devorarme, y me sacó de aquel lugar, sonrojado y queriéndome pedir una satisfaccion.
Cuando volvimos al hotel, nuestros compañeros nos describieron el simulacro del incendio, altamente complacidos de la precision y celeridad de las maniobras, de la inteligencia de los caballos y de la bondad y riqueza de máquinas, escalas y útiles de todas clases para la extincion de los incendios.
Gomez del Palacio, á quien muchas bondades merecí, siempre habia recogido para mí algunos datos sobre el comercio de Missouri, que yo me entretuve en ordenar, miéntras llegaba la hora de la marcha, no obstante el tragin y el aire de fiesta que reinaba en el hotel.
¿Quién me habia de decir que á los diez dias habia de quedar convertido aquel alcázar del descanso y del lujo, en un monton de cenizas, despues de los horrores del incendio?...................
Pero no anticipemos los sucesos........
Las apuntaciones anteriores las hice en verdadera tortura, porque han de estar vdes. que un amigo de San Luis me proporcionó un chiquitin, como un monito, para que me acompañase. Este diminuto cicerone á quien llamaban Petit-Courrier era un rehilete, y para mí, un verdadero tabardillo: no me dejaba quieto un instante, á cada movimiento me decia: “¿se ofrece algo?” Veia yo para una tabaquería, él me decia al momento: “¿qué usa vd.? ¿trabucos?”—Hombre, si soy un pollo.—¿Damas?—No me ve vd. viejo?—¿Coraceros?—Esos los usan conmigo cuando me ponen preso. Volteaba como examinando una cantina:—Tomamos lague? ¿coptail? ¿unos amargos? ¿menta? Y aquel demonio no me dejaba un instante, haciendo diez mil caravanas en un ladrillo.
—Hermosa mujer! clamaba yo.... ¿Eh? je!.... repetia el chiquitin.... ese es el lado flaco de todos.... iremos á una visita.... se habla español.... buen Champaña; hay una andaluza que canta el torito de la castainuela....—¡Hombre, si estamos con el pié en el estribo! yo quisiera.... un libro cualquiera......
—¡Oh, la bella literatura! para eso, la francesa, centro del mundo.... ¿Vd. conoce algo de Feuillet? ¿de Droz?.... Oh, quell filosofie!.... Y con semejante chicharra pegada á la oreja, he escrito esos números, que parece que cada uno de ellos me picaba los dedos con un alfiler.
Las diez de la noche fué la hora designada para nuestra marcha á Orleans.
Soplaba un viento cortante y destemplado; á la estacion marchábamos hundiéndonos en el lodo y rompiendo fragmentos de hielo: un policía, alto como torre, fornido como un Sanson, y del que cada bota podria servir de funda á un pilar de Catedral, arrojaba al vuelo tercios y baúles al carro de los equipajes; nosotros nos acomodamos lo mejor que pudimos en el wagon, y partió el tren.
En los momentos en que partiamos para Orleans, estaba la cuestion política en su mayor efervescencia; demócratas y republicanos se tiraban con las gamarras á la cara, y no fijaba uno los ojos por parte alguna, por donde no viera saltar un politicastro vivaz y escurridizo como una rata.
Los programas que circulaban, corrian parejas con sus avisos para curar toda clase de enfermedades, con la sola diferencia que la competencia era en cinismo en cuanto á abalanzarse rabiosos á los destinos públicos.
No puede ser de otra manera: los partidos beligerantes son como empresas mercantiles, con sus ramificaciones perfectas hasta las últimas aldeas; ahí está la intriga, la corrupcion; ahí se apuran hasta los últimos términos la influencia y el soborno; pero esto afecta poco el modo de ser social, que sigue el rumbo de los grandes intereses de aquella sociedad.
Hablando de tarifas de aduanas, decia la plat form (programa) de los demócratas:
“La tarifa actual empobrece multitud de industrias para subvencionar un pequeño número, prohibe la importacion que podria comprar el trabajo americano, ha degradado al comercio americano, ha detenido la venta de los productos del trabajo entorpeciendo los cambios; una industria que ocupa la mitad de la poblacion y cuesta al pueblo cinco veces más de lo que produce el Tesoro, impide los progresos de la produccion y es nociva al trabajo. Queremos que la aduana se reduzca á su purísimo carácter fiscal. Tal como está la tarifa, solo sirve para alentar el contrabando, enriquecer empleados pícaros y precipitar en la bancarota á los negociantes honrados.”
No obstante las recriminaciones que se hacian al partido republicano, éste decia en su favor:
“Durante el último año fiscal que terminó en 30 de Julio de 1876, el excedente de los ingresos fué 29.249,000 pesos, que fueron aplicados á la reduccion de la deuda. En los diez últimos años, el reembolso ha sido 579.423,284 pesos de nuestra deuda. En 30 de Junio de 1866, la deuda nacional era de 2,640.348,000 pesos. En 1866, el ingreso producido por las contribuciones interiores era de 309.226,813 pesos. En 1876, se redujo en 200.000,000 para aliviar al pueblo.”
Veamos ahora la situacion del Sur pintada por un republicano:
“Cinco, diez ó veinte negros han sido muertos, y á veces tambien algun blanco segun se nos dice diariamente; pero cada anuncio de un hecho de este género, es seguido de la mentira de estampilla de que los negros han comenzado el ataque ó los blancos se han limitado á defenderse. Los negros, pobres ignorantes, casi desarmados ó sabiendo apénas servirse de sus armas, son representados como precipitándose sobre sus adversarios, bien armados, ejercitados é intrépidos, haciéndose matar con el único objeto de preparar un pequeño suplemento de capital político á sus amigos del Norte.
Los asesinatos cometidos de diez negros en Hamburgo, con las particularidades de una atrocidad extraordinaria, no son sino el prólogo de la campaña en favor de Tilden en aquel Estado.
Ese es el principio de la obra de intimidacion. Bajo un pretexto fútil y escandaloso, como trescientos hombres blancos invaden aquella pequeña aldea habitada por gente de color, y ejecutan allí sus asesinatos, lanzan á los bosques á las mujeres y á los niños, y saquean sus infelices habitaciones.”
—No se apure vd., decia yo al entusiasta mexicano que me hablaba de estos pormenores: si le cogemos la embocadura al sufragio, como estos caribes, armaremos cada zambra de perecernos de risa.... No se puede decir que estemos del todo atrasados...................................
—No, no es para dar idea, á galope, de la situacion de los partidos en los Estados-Unidos, y mucho ménos despues de la guerra. Cuando vd. profundice sus estudios, verá que en la vida privada, el americano es inteligente, racional y modesto; pero en cuanto se trata de la cosa pública, nada conoce vd. de más fátuo, de más pretensioso é intolerante.
Se elogia su sentido práctico, porque todo lo quiere reducir á la mecánica y al número; el derecho, la economía política, la diplomacia, todo se subordina á la conveniencia del momento, aunque esto les produzca terribles desengaños.
En la guerra pasada se ha perdido un millon de hombres, se han gastado catorce mil millones de pesos; pero la emision del papel aumentaba el negocio, y se decia que casi era un bien la guerra.
Pero las quiebras se sucedieron, huyeron los capitales espantados, y en el fondo de la reorganizacion, quedan vivos los gérmenes de lucha entre el Este y el Sur.
No puede ser de otra manera: la masa del pueblo trabaja y se entrega á sus negocios; cosa de trescientos mil politiqueros tienen á su cargo, ó mejor dicho, profesan como industria la cosa pública: éstos están divididos en republicanos y demócratas, partidos irreconciliables, porque no caben en una propia especulacion: la lid se entabla; el partido vencido sigue explotando en corta escala á sus adeptos; el vencedor se apodera de los destinos públicos, y anda la anderga.
Vea vd. cómo pinta Molinari á los partidarios de Tilden, con motivo de la convencion de San Luis. Se habla del partido demócrata:
“Allí se encuentra, dice, el viejo propietario de esclavos, con el corazon henchido de amargos recuerdos, convencido de que la emancipacion era el robo, y de quien la única esperanza es la indemnizacion que puede arrancarse al gobierno.
“Allí se encuentra el viejo agitador separatista que precipitó á los Estados á la rebelion y redactó las actas de sesecion. Allí están los oficiales y soldados que hicieron flotar la bandera confederada sobre campos de batalla teñidos de sangre de sus compatriotas, y que se vanagloriaban de sus expediciones como títulos legítimos para los honores y los empleos. Allí están los nombres del congreso rebelde de Richmond, que debatieron á puerta cerrada la cuestion de la bandera negra....”
—No, decia mi amigo, la cuestion en muchos puntos está intacta ahora como ántes; es preciso armonizar por medio de la libertad intereses que aun están encontrados. Hoy puede decirse á Hayes como se decia á Grant:
“Los productos que alimentan las manufacturas del Norte y sostienen las relaciones con el extranjero, se recolectan en el Sur; el Oeste cuenta con los mercados de la Luisiana, de la Florida y de la Carolina, para la salida de sus cereales, en cambio de lo que recibe azúcar y tejidos. De esos intereses comerciales depende todavía la conservacion y tranquilidad de la Union.”
Durante la travesía en que me ocupo, se hablaba de la série de batallas conocida en la última guerra con el nombre de la “Campaña del Mississippí,” y se repetian nombres que, aunque nos eran familiares, oiamos figurar con cierto carácter de novedad.
Lincoln, Farragust, Rosecrans, venian á nuestro encuentro como viejos conocidos.
Yo aproveché aquella ocasion para hacer algunas apuntaciones acerca de esos personajes, que tambien cobraron nuestro conocimiento en los dias de la intervencion francesa.
Hé aquí algunas de mis apuntaciones:
“Lincoln nació en 12 de Febrero de 1809, de unos padres tan oscuros, que Tomás Lincoln, que le dió el sér, apénas sabia firmar.
A los siete años, y ya frecuentando la escuela Abraham, el padre abandonó el Kentuky y se trasladó al condado de Spencer, en Indiana, donde se dedicó al cultivo de la tierra, de suerte que hasta los veintidos ó veintitres años, no dejó la azada de la mano.
Hasta 1830, Lincoln no era otra cosa que un buen peon de campo.
Honradísimo, robusto, constante en el trabajo Abraham Lincoln, la única aventura que interrumpió la tranquilidad de su vida, fué un encuentro con siete negros que quisieron asaltarlo en compañía de un amigo suyo, yendo á Orleans, y en que el intrépido labriego del Kentuky salió victorioso.
En 1830, emigró de nuevo Abraham con su padre al Illinois, dirigiendo él mismo las carretas que conducian á su familia.
En la nueva residencia, se distinguió Lincoln como leñador, manejando el hacha con más destreza que la hoz y el azadon.
En 1831, un tal Denton Offat, que traficaba con Nueva-Orleans, le propuso una expedicion, unido á dos de sus amigos; para ello fué preciso construir una barca: dedicáronse al trabajo Lincoln y sus amigos con la remuneracion de doce pesos diarios, y se efectuó la expedicion.
Al volver Lincoln de su viaje, se encontró con que su padre se habia mudado al condado de Coles, á la orilla del rio Sangamon.
En aquel lugar quiso continuar Abraham su educacion: comenzó por procurarse una gramática inglesa, y no habiéndola, hizo un viaje de ocho millas para ir á copiar el libro requerido, que aprendió en un mes, con sorprendente tenacidad.
El presidente Jackson nombró por este tiempo á Lincoln administrador de correos de la Nueva Salem. Sin duda el nombramiento de Lincoln se debió á lo muy despoblado de aquellos lugares. Lincoln, sin embargo del cortísimo sueldo de administrador, recorria aquellos lugares, dando pábulo á la inclinacion que tenia á los debates políticos.
Ascendió Lincoln á escribiente de los almacenes de Offat, y de ahí nacieron sus relaciones con Douglas.
En 1834, fué elegido representante de la legislatura, y en 1836, fué reelecto.
En 1834, le aconsejó Juan D. Stuart que estudiase leyes; le facilitó libros, otros amigos influyentes le favorecieron y se hizo al fin abogado.
Acreditado su bufete más de lo que él mismo esperaba, se trasladó á Sprierfield, se unió primero á Stuart y despues al juez Longan.
En la campaña de 1844, Lincoln fué de los más celosos é infatigables partidarios de los whigs, se opuso enérgicamente á la anexion de Tejas y compartió la derrota del famoso orador Enrique Clay, derrota que debia precipitar la guerra con México.
En 1846, se le eligió para tomar asiento en el congreso general, siendo el único whig que ganó la votacion.
Cuando se verificó la eleccion presidencial en 1848, Lincoln apoyó la candidatura de Taylor, pronunciando en su favor elocuentísimos discursos.
En 1849, se retiró Lincoln del congreso para dedicarse á su profesion, y reapareció en 1852 en la escena política, propalando la presidencia de Scott.
En la convencion nacional republicana de 1856, Lincoln obtuvo ciento dos votos para el cargo de vice-presidente, si bien no alcanzó entónces la victoria, y en 1858 se le proclamó como el primer campeon del partido.
En 1860, la convencion republicana formada en Chicago dió todos sus votos á Lincoln para la presidencia, y en 1861, el 13 de Febrero, fué proclamado presidente de los Estados-Unidos.
Estéban Douglas fué de los más ardientes partidarios de Lincoln. En uno de sus más notables discursos decia:
“Hace veinticinco años que conozco á Lincoln, nos tratamos los dos, siendo muy pobres ambos; yo era maestro de escuela, él tenia una tiendecita cualquiera en Nueva Salem; era él más afortunado que yo, y tuve lugar de admirar su perseverancia, su honradez sin tacha, su inteligencia y sus buenos sentimientos.”
Morris, al mismo tiempo, emitia conceptos respecto de Lincoln, en que se le representaba como una medianía en el foro y en la tribuna. Decia Morris tambien:
“Cuando se comunicó á Lincoln que la convencion republicana de Chicago le habia elegido presidente de la Union, estaba jugando un partido de pelota con los muchachos, y no dejó el juego. Elegidle, anunciad despues que ha desembarcado algun enemigo en nuestras costas ó que algunos Estados se niegan á reconocer al gobierno general, y es muy probable que vaya á terminar alguna partida empezada, ántes de averiguar si el hecho es cierto.”
Estos eran los juicios sobre Lincoln en los momentos de su eleccion; el triunfo de Lincoln determinó la separacion de la Carolina, siguiendo su ejemplo Virginia, Georgia, Carolina del Norte, Luisiana, Alabama, Florida, Tennessee, Kentucky, Missouri, Tejas, Mississippí y Arkansas. Al advenimiento de Lincoln al poder, tronaba la guerra civil y estaba destrozada la Union.
Durante cuatro años, se sucedieron los combates: las masas de hombres que se chocaron ensangrentando el suelo americano, oscurecen todo lo conocido en los tiempos antiguos y modernos.
El tercer año de la guerra fué inaugurado por Lincoln con la proclama de emancipacion, fecha 1.º de Enero de 1863. En 1864, el Norte contaba con más de un millon de hombres á su servicio.
La Guerra, que hasta entónces le habia sido adversa, comenzó á sonreirle, y conquistando palmo á palmo un terreno que se podia calcular en extension como la mitad de la Europa, penetró al interior del Sur, y encerró, por decirlo así, en la fortificacion de Richmond, al general Lee, que ántes habia sido el terror de Pensylvania, miéntras los formidables monitores en el mar, se apoderaban, despues de sangrientas luchas, de todos los fuertes sublevados.
El Norte entero, como un solo hombre, secundaba las miras de Lincoln; abrió la mano con liberalidad inaudita para toda clase de recursos, contándose por millones diarios. Se escucharon rumores de paz, pero las primeras proposiciones fueron inadmisibles.
Lincoln se habia trasladado á Haptom para facilitar las negociaciones, y al fin, el 9 de Abril, las fuerzas del general Lee se rindieron al general Grant en Appomata Court House, despues de una honrosa capitulacion.
La guerra habia durado cuatro años, dia por dia.
Con el fin de celebrar tan fausto suceso, los habitantes de la capital se reunieron al frente de la Casa Blanca, y Lincoln les dirigió una arenga llena de moderacion y compostura, evitando toda alusion que pudiese herir susceptibilidades.
Tres dias despues, aunque era el aniversario del bombardeo del fuerte Sumter, se evitó todo recuerdo; pero en la noche asistió Lincoln al teatro con su familia.
Poco despues, dice uno de sus biógrafos, de terminado el tercer acto del drama que se representaba, y á eso de las nueve de la noche, la detonacion de una pistola hacia estremecer al público, y el presidente Lincoln, que se hallaba apoyado en el antepecho del palco, caia herido mortalmente por la bala que le disparó el asesino John Wilkes Booth, jefe de una partida de conspiradores.
El presidente recibió la herida en la parte inferior de la cabeza, yendo la bala á sepultarse en el cerebro, y quedando el herido insensible hasta su muerte, que fué á las siete y veinte minutos del 18 de Abril.”
Al amanecer del siguiente dia, esto es, del 12 de Marzo, con un cielo espléndido como si se hubiera corrido una cortina, como si se presentase á nuestros ojos deslumbrados el cambio de una decoracion teatral, gozábamos las delicias de un clima templado, y como que nos sorprendia la vegetacion de nuestro país.
Corria el tren entre quiebras y cañadas á los dos lados del camino; dilatadísimos bosques ofrecian á los ojos sus sombras, sus hilos de agua pura cayendo de las rocas, y sus claros en que ya distinguiamos habitaciones risueñas rodeadas de ganados, ya chozas medio destruidas con los rastros del incendio, la tablazon floja y como flotante, y cenizas y desolacion por todas partes.
A veces de entre esas chozas arruinadas salian, colocadas en fila para ver pasar el tren, familias de negros; los niños casi desnudos; las mujeres como arpías, con el seno desnudo y los lanudos montones de cabellos en desórden, y negros con sorbetes desgobernados y rotos, restos de harapos de paño y unas botas incomprensibles, indescribibles, que eran el cataclismo del calzado sobre el pié desnudo.
No es posible describir el efecto que me producian aquellos lugares, algunos de ellos semejantes á nuestras Huastecas. ¡Cómo revivian en mi mente mis impresiones de niño, cuando leyendo á Chateaubriand, me encantaba con aquellos cuadros en donde parece que vibra su voz y se desliza su poderoso espíritu!
Atravesando esos pintorescos rios nos detuvimos algunas horas en Mobila.
Mobila, como dice Molinari, es el gran puerto de embarque del algodon del Alabama y de una parte de la Georgia. En ninguna parte se han hecho más sensibles los estragos que agobiaron á aquella rica y fecunda region del Sur.
Las más hermosas habitaciones se destruyeron ó vendieron á vil precio.
Mobila exportaba ántes de la guerra 900,000 balas de algodon por año: la exportacion, hoy, ha disminuido en más de una mitad.
Al ver las calles de Mobila, involuntariamente se exclama:
“¿Por qué se ha convertido en desierto la ciudad llena de gente?”
Mis compañeros se quedaron descansando en uno de los hoteles; yo me salí á la ventura á recorrer aquella ciudad, que hace esfuerzos titánicos por reconquistar su antiguo esplendor.
En un bar-room, de la manera más inesperada, me hallé un mexicano jóven, aventajadísimo estudiante de medicina, que, como por adivinacion, se dirigió á mí, me tendió la mano del modo más oportuno, y á las cuatro palabras éramos amigos.
El jóven Z*** es natural del Saltillo; su vestir es elegante y su educacion me pareció sobresaliente.
Hacia alarde del habla, de las maneras y de las costumbres de la gente bien educada de la frontera. Apénas hablamos, cuando le invité á que diéramos una vuelta, porque solo cinco horas teniamos disponibles.
Tomó á pechos el chico su mision, y echamos á andar.
A nuestro regreso al hotel, me ayudó á compaginar las siguientes apuntaciones.
Mobila está situado en la parte occidental del rio de su nombre, casi á la entrada de la bahía y á treinta millas del Golfo de México.
La ciudad está como guarecida entre frondosos árboles, como si temiera el arenal que la rodea, y la limitan colinas de poca elevacion.
Tiene grande regularidad la ciudad, por supuesto forjada con el molde americano; el piso es excelente y llaman sobre todo la atencion en el centro las sombrías arboledas y el profuso follaje de los robles, entre cuyas ramas medio aparecen, medio se ocultan los edificios, dando aspecto muy agradable al conjunto.
Dominan la reducida, pero risueña bahía, el fuerte Morgan, antiguamente Bowyer, Mobila, Point y el fuerte Gaine: en la extremidad de la isla del Delfin, descuella sobre todas esas eminencias un faro cuya linterna está elevada á cincuenta y cinco piés sobre el nivel del mar.
En la direccion de la bahía se distinguen restos de las baterías construidas durante la guerra, que destruyeron los vencedores.
Gran número de buques de vela navegan entre Mobila y Nueva-Orleans, y cruzan en el interior el Alabama, el Tombigbe y otros rios, lo que da á la bahía y á las orillas de los rios grande animacion.
Mobila fué el sitio original de la colonizacion francesa, y los que conocen las costumbres de sus habitantes, hacen grandes elogios de su cultura, costumbres y maneras simpáticas con nuestra raza. La fundacion, en el comun sentir, se verificó en 1703.
En 1723, la residencia del gobierno colonial se trasportó á Nueva-Orleans. En 1763, Mobila, con toda la parte de la Luisiana, al Este del Mississippí y al Norte de Bayon, Iberville y los lagos Maurepas y Pontchartrain, pasaron á la posesion de la Gran Bretaña. En 1780, la Inglaterra devolvió á España este territorio, y aquel gobierno, en 1813, entregó la ciudad, que no contenia ni mil personas, á los Estados-Unidos, por el tratado de 1819.
Mobila en la última guerra, se hizo notable por su poderosa resistencia al Norte, tanto que no se rindió sino tres dias despues de la rendicion de Lee (12 de Abril de 1865).
Cuando en 1864, las tropas del general Farragust destrozaron los fuertes y cerraron el puerto, no lograron apoderarse de la ciudad.
Además del comercio del algodon, de cuya extension hemos dado idea, tiene importancia la manufactura de muebles, carruajes, papel, fundiciones, maquinaria, etc.
La calle del Gobierno es de las más hermosas, los jardines de las casas que se perciben bajo los robles pomposos que sombrean la calle, hacen hermosísima la vista.
Bienville park, entre las calles del Delfin y San Francisco, es tambien muy hermoso, y ya se notarán en los nombres las invasiones de la raza americana entre franceses y españoles, y ya se deja entender cuáles serán los matices que tal mezcla produzca en lo más íntimo de las costumbres.
La aduana, en que se encuentra la oficina de correos, es de los más hermosos edificios; está hecha toda de granito y tuvo de costo 250,000 pesos.
El Teatro y la Casa del Mercado, están en la Calle Real.
Dos edificios llamaron, en mi rápido tránsito por Mobila, singularmente mi atencion: el edificio de las Compañías impares, Old fellows Hall, que está al frente de la aduana y es de fierro y ladrillo, y el Banco de Mobila, que tienen columnata y pórtico magníficos.
Las iglesias más notables son la Catedral de la Inmaculada Concepcion (católica romana); la Iglesia de Cristo y la Trinidad (episcopales).
Hay en Mobila suntuosos hospitales, cuatro asilos para huérfanos, un colegio de Medicina á que pertenecia mi simpático fronterizo, muy bien atendido, y multitud de escuelas y academias, entre ellas una escuela hebrea, de mucha fama.
Spring Hill es un agradable suburbio situado al Oeste de la ciudad, al cual se va por los wagones de la calle de San Francisco.
En la ciudad hay seis líneas de wagones.
En Spring Hill está situado el colegio de San José, institucion jesuítica: fué fundada en 1832 por el obispo Portier, y tiene un hermoso edificio de 375 piés de largo, coronado por una torre desde la cual se disfrutan vistas deliciosas.
El colegio contiene una librería de 8,000 volúmenes, y una muy valiosa coleccion de aparatos científicos. En la espalda del edificio hay una magnífica estatua de la Vírgen, llevada de Francia.
A lo largo de la bahía, en una extension de más de dos leguas, se prolonga una magnífica calzada, que puede considerarse como el mejor paseo de la ciudad.
Acababa mis apuntaciones con mi jóven amigo el Sr. Zartuche, le abrazaba, me escribia en un papel algunas palabras afectuosas para su hermano Andrés, que reside en México, cuando tocó la puerta Francisco, que venia á decirme que iba á sonar la hora de partir.
Estábamos á 144 millas de Orleans, é íbamos á ver el Golfo de México, algo de México, por Dios, que yo estaba sudando wiskey hacia tres dias, y á recorrer el camino de fierro más sorprendente de los Estados-Unidos.
Como suena la palabra, es un camino construido sobre un pantano lleno de resumideros y hundiciones; vamos, era como un esfuerzo de patinar sobre una tortilla de huevos.
Lo diré francamente: yo no estoy organizado para ninguna clase de maromas; pero mucho ménos para estas; no las soporto, no hay una cosa que más me encocore, que esos fanfarrones del mar, que dicen que á ellos se les marean los dientes cuando se anuncia una tormenta, ó esos soldaditos de tres al cuarto que se jactan de dormir en el suelo y beberse una botella de aguarrás, porque son hombres.
El camino es un equilibrio perpétuo; se ven los delgados troncos de los pinos como balaustradas y crujías en que salta y se juega la luz, se extienden en soberbios cortinajes enredaderas que flotan rotas por los vientos; y por los claros de aquella crujía de los árboles tupidos, se ven casitas blancas, vegas risueñas en que juegan los niños, ó que atraviesan los carros tirados por caballos, y grupos de hombres blancos y negros, dedicados á unas mismas labores.
Hay en el trayecto muchas estaciones de nombres franceses: Rigollets, Cheft, Menteur, Michaud, Gentilly, y nombres indios como Pascagoula y Biloxi: esta última estacion está habitada por gascones á quienes se conoce al vuelo.
Vayan vdes. á ver una puerilidad singular: aquel coqueteo de las selvas con el Golfo de México, visto por interrupciones como envuelto en un manto de púrpura y oro, me tenia realmente regocijado; pero con un verdadero fandango en las entrañas, me saludaban los árboles, me decian chicoleos las aves, me parecia que tenia el cielo sombrero ancho y que la estrella de la tarde se habia terciado un rebozo para hacerme una muequilla, como cualquiera maldita de estas de los barrios de México.
La tarde caia como para restituirme á la realidad: la sombra descendia lentamente como un párpado que priva al ojo eternamente de la luz.
No cantaban las aves, el viento parece que llegaba fatigado y recogia sus alas sobre las ramas de los árboles.
Hondo silencio reinaba en el interior de nuestro coche; yo, en la plataforma, veia sin ver, me mantenia sin conciencia de la vida, en esa disposicion del espíritu, entre el ensueño y el éxtasis: mi alma no estaba en mí, se paseaba libre en esos espacios que nos deja el olvido.
Repentinamente me pareció que atravesábamos por dentro un mar de llamas; era, en efecto, el resplandor vivísimo de un incendio reverberando en las aguas.
Incendiaban aquellos, como nuestros labradores, el pasto seco; pero la llama caprichosa, ya se recogia como encharcándose entre los árboles, ya se extendia en agitados lagos en los claros sin árboles, ya trepaba á lo más alto de una colina, convirtiéndola en edificio maravilloso y fantástico, y ya, descendiendo en corrientes, perfilaba los bordes de las aguas y culebreaba en direcciones distintas.

LIT. H. IRIARTE MEXICO.
Calle del Canal. N. Orleans
Las aguas realzaban y embellecian el espectáculo, corriendo en el filo de las bases de la colina iluminadas por las llamas; presentaban como suspendidas en un éter de oro, colinas y arboledas, destacándose en las sombras, que eran ya espesas, pero que dejaban percibir las figuras monstruosas de las nieves: el espectáculo era al extremo fantástico.
De pronto, el tren se encarriló como entre dos cercas de madera; se escuchó un ruido extraño.... yo saqué espantado la cabeza, y ví como suspendido el inmenso tren sobre las olas hirvientes del Océano, pero á gran altura.
El cimbramiento era horrible, parece que el monstruo de fierro que nos conducia temblaba ante la empresa temeraria de atravesar el puente.
Lancaster, que en situaciones semejantes es impasible, estaba con su libro en la mano, titulado: Los Estados-Unidos y el Canadá, de Molinari: leia con una de las lamparillas del wagon (leyendo): “¿Cómo pasaremos?—En Europa este seria gravísimo negocio. En América la cosa es muy sencilla: se han cortado de las cercanías los pinos más largos y más gruesos, y de dos en dos se han metido y afirmado en las aguas como pilares. En seguida se les ha asegurado con trozos trasversales, sobre los que se han colocado los rieles, y adelante! ¡go ahead! Si uno de estos pilares sepultados sesenta ú ochenta piés de profundidad, cede al peso del convoy, entónces, tomaremos algunos tragos de agua salada.”
Aunque tal es el texto de Molinari al hablar del paso en que nos hallábamos, confieso que no me hizo ninguna gracia la muy adecuada cita de mi querido Alfonso.
El tren se detuvo sobre aquel precipicio, y entónces más bien adivinamos que distinguimos el Golfo de México.
Sea por la disposicion de mi alma, sea por lo inesperado de aquella especie de revelacion, me impresionó profundamente.
Unas veces, como vulgarizándose mi espíritu, queria llamar á mi patria con los nombres de la hija, de la madre, de la querida; otras, no me la podia figurar sin personalidad, con sus ojos, con sus labios trémulos, con su seno palpitante y con su negra cabellera tendida sobre su espalda: era su aparicion en mí, dentro de mi alma, rejuveneciéndola, iluminándola, empapándola en ternura infinita.
Ponia atento el oido, porque creia reconocer en los ecos de las olas, articulaciones de voces amigas.
A veces se me figuraba que de detrás de la curva de las olas, aparecian las cúpulas de las torres de nuestra Catedral, y los templos, las copas encanecidas de los ahuehuetes de Chapultepec y estas serranías que viven, que sienten, que descienden en tropel á las llanuras, como moviéndose, que se aislan como pensativas.
A veces se me figuraba que se hundia el puente, que unos momentos nos envolvian las ondas rugientes, produciéndonos congojas mortales, y que seguia despues el tren corriendo por el poético camino de Maltrata, con sus selvas gigantes, sus hondonadas risueñas, sus quiebras romancescas, bajo un cielo delicioso y envuelto en auras empapadas en aromas.
Despues se desvanecia la ilusion, las olas sin fin del Océano corrian, empujadas por el viento, y venian á morir saltando bajo nuestros piés, donde temblaban melancólicas las luces de las linternas del tren y de los faroles del puente.
No me fué posible percibir el lago de Ponchartrain, porque ya era de noche.
Los aprestos de los viajeros, la llegada de los agentes de ómnibus y hoteles y la vista confusa de sembrados y chozas, nos advirtieron nuestra próxima llegada á Orleans.
En la extendida llanura se veian, ya distantes las luces de las cabañas de los labradores, ya más cercanos los claros de luz de llama de algunas casas, ya entre ramajes y cañas, picos de gas que reverberaban como luceros.
Los gritos de los sirvientes del ferrocarril comenzaron á escucharse, los alaridos de la locomotora fueron más repetidos, y la campana triunfal del tren, sonando á vuelo, anunció nuestra llegada á Orleans.
Antes de arribar á la estacion, que es bien pobre y desmantelada, se habia deliberado concienzudamente sobre dónde deberiamos parar, y nos habiamos fijado en el Hotel Metropolitano; pero no habia allí cuartos y tuvimos que acomodarnos en el City Hotel, uno de los más americanos y favorecidos de la ciudad: Corner Camp and Common Streets.
En efecto, la afluencia de pasajeros es mucha, y el tragin insoportable.
Llovia á cántaros: llegamos sacudiéndonos y buscando en el primer piso en que está el despacho, el salon de recepcion, y en el comedor algun refrigerio; allí amontonaban unos desesperados dependientes baúles y almofrejes, con la tosquedad peculiar á los criados y carreteros.
Corrimos al despacho, donde nos tocó un servidor áspero como almohaza y con ménos palabras que un poste; nos arrojó á la cara nuestras llaves y subimos escaleras que fué un contento.
Estas escaleras eran muchas; por todas partes conducian á callejones, vericuetos, pasillos y escondrijos.
Soliamos topar á nuestro paso negros desastrados y verdaderas arpías de peineta, delantal, brazos apergaminados y amarillos, y unos zapatazos capaces de contener á Vicente Manero, cómodamente sentado dentro de uno de ellos, y es de advertir que Manero es el hombre más gordo de México.
A mis compañeros les dieron habitaciones más ó ménos cómodas. Yo salí de inclinacion á una irlandesa, con más años que el andar en dos piés los llamados racionales, y un malditísimo génio que parecia educada por portero de ministerio ó por guerrillero hecho general; esta animala quiso encaramarme á un último piso, en que materialmente escuchaba los estornudos de los habitantes de la luna.
Como quien quiere y no quiere la cosa, me informé acerca del importante ramo de comidas, y supe, con amargo desconsuelo, que se observaba el plan americano con inquebrantable rigidez.
Tal anuncio me hizo volver á mi undécimo cielo, turbado y descolorido.
Habia lugar en mi cuarto para todo, absolutamente para todo, ménos para el huésped; ese quedaba suprimido ó se suponia de enrollar para meterlo en el ropero ó dejarlo en el barrote de una puerta, ó declararlo en cama luego que entrase.
Alcalde, que llegó dias despues á mi vecindad, tenia que escalar su baúl para llegar á su lecho.
Tendido en un colchon que tenia perfecta semejanza con un globo al desinflarse, me quedé dormido.
FIN DEL TOMO PRIMERO