O EL PESIMISMO (continued 4)
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Vencida la indiferencia del público, o por mejor decir enardecido ya por el aplauso, el tercer acto fue un gran triunfo para el autor. Llamadas a escena, palmoteo ruidoso, bravos y otras señales de complacencia. Tristán, rojo de emoción, avanzaba por la escena entre los actores recibiendo los aplausos y haciendo profundas cortesías... Después en el saloncillo una nube de amigos que brotan siempre al calor de los aplausos como se cuenta que nacen los sapos con la lluvia de verano. El autor se sintió abrazado y tuteado por una porción de sujetos con quienes jamás en la vida había cambiado un saludo. El gran dramaturgo Estévanez recibía casi tantos plácemes como Tristán por haber descubierto a aquel muchacho y ponerle en el camino de la celebridad. Realmente el viejo se sentía contento y se mostraba orgulloso de haberle adivinado.
Cuando ya se había sosegado un poco el entusiasmo y Aldama departía entre un círculo de amigos distribuidos por los divanes, apareció en el saloncillo la figura prolongada del ilustre Pareja, el sabio ateneísta, con su levitón flotante y el deslucido sombrero de copa en el cogote. Avanzó majestuosamente hasta el autor y estrechando su mano con fuerza exclamó:
—¡Bravo, joven, bravo! Le doy a usted mi cordial enhorabuena. Ha demostrado usted mucho talento. Creo que no es posible hacer más sin la ayuda de la cultura científica que entre ustedes los literatos (me perdonará usted que se lo diga) es por lo general bien deficiente.
A Tristán no le supo bien aquella enhorabuena, pero la aceptó disimulando.
Pareja se volvió hacia los circunstantes sonriente, benévolo, dichoso de sentirse tan sabio.
—No es posible hacer más, lo repito. Mi amigo Aldama es uno de los literatos que pudiéramos llamar simplistas; pero en la estrecha esfera en que se mueve, pocos, poquísimos le aventajarán. Yo apetezco, sin embargo, un arte más alto. ¿No es verdad, señores, que es una tristeza el observar cuán pobre es la cultura de nuestras escuelas en elementos científicos? Los literatos ignorantes, los que juzgan que basta escribir una novela agradable o un drama interesante sin preocuparse de los grandes intereses sociales y de los problemas científicos, son los que aún dominan. De ahí procede ese arte frívolo, inconsistente, sin enjundia que durante tantos siglos nos ha inmovilizado y con el cual es preciso acabar. Un arte en el cual el concepto no tiene valor ¿qué significa? Una obra literaria sin análisis científico ¿qué es? Hace falta una nueva dirección. Si mis ocupaciones me lo permiten, señores, no será difícil que me entretenga algún día en escribir una novela y un drama. Y entonces les diré a los literatos: «Ahí tenéis la nueva fórmula; ahí tenéis la fórmula de la novela y del drama modernos. Recogedla si queréis: sacad de ella el partido que os fuere posible. Yo os la dejo y me retiro a mis queridos trabajos científicos sin intentar por más tiempo invadir vuestros dominios.»
Este discurso, pronunciado de un solo aliento, produjo efecto gratísimo en la reunión a juzgar por la disposición a la alegría que se manifestó inmediatamente en todos los rostros. Uno de aquellos jóvenes se levantó del asiento y estrechó la mano del sabio con veneración diciéndole:
—Señor Pareja, me haría usted el más desgraciado de los hombres si no influyese para que me reservaran una butaca el día del estreno de su drama.
Otro le fue acompañando hasta la puerta haciéndole presente que pensaba dedicarse a la poesía lírica y consultándole al propio tiempo si debía comenzar por el estudio de la Biología o el de la Patología interna.
Cuando ya había terminado el sainete y se disponía el autor a retirarse con sus amigos, el inspector de policía vino a decirle que había hecho detener por sospechoso a un hombre de mal aspecto que se hallaba en el paraíso y que decía conocerle.
—¿Mal aspecto?—preguntó Tristán.
—Malísimo.
—¿Unas barbas muy largas? ¿Cara de asesino?
—Sí, señor, sí—se apresuró a decir el inspector.
—Suéltenlo ustedes: es un santo.
El funcionario quedó estupefacto, y aunque nunca quiso convenir en la santidad del paisano Barragán (pues no era otro el detenido) al fin se decidió a soltarlo.
En aquel instante entraba en el saloncillo Reynoso con García. Este, para no turbar a su amigo Aldama, había escrito desde la delegación una esquelita a aquél haciéndole saber lo que le ocurría. Don Germán se apresuró a ir allá y afianzarle. Llegaba el buen García feliz, resplandeciente. En cuanto divisó a Tristán se precipitó hacia él y cayó en sus brazos llorando de alegría:
—¡Hemos triunfado! Ya sé que has salido siete veces a escena... Si yo hubiera estado en el teatro me dejo cortar las manos si no sales catorce.
—¿Pero es de veras que has estado preso?
—Ya lo creo, por haber querido explicar el argumento a un tío que no comprendía por qué gustaba tu obra. Me parece que a estas horas ya lo ha visto claro.
Tristán le abrazó riendo.
Una porción de amigos de última hora acompañaron al autor hasta su casa en unión de Reynoso y de García. Este hubiera querido organizar una procesión nocturna con hachas de viento como las que solía improvisar la empresa en los triunfos de Estévanez, pero el percance de la detención había hecho abortar su idea.
Tristán durmió mal aquella noche. La embriaguez de la gloria como la del vino enciende la sangre y agita los nervios. Por la mañana se hizo traer los periódicos y se regaló con su lectura. En general se mostraban no sólo benévolos, sino lisonjeros con la producción del poeta novel. A Tristán no le parecía, sin embargo, bastante todo aquello: recordaba las revistas dedicadas a los estrenos de Estévanez, las comparaba con las de su obra y éstas se le antojaban bien frías. Pero al tomar en manos El Universal y leer la revista del famoso crítico Leporello la ira le hizo empalidecer. Era un artículo desdeñoso, irónico, todo él traspirando amargura y malevolencia. Un furor ciego le acometió. Borráronse de repente de su imaginación los aplausos de la noche anterior, los elogios del resto de la prensa; borráronse también todas las prosperidades que disfrutaba en este mundo, y en un instante se juzgó el hombre más desgraciado de la tierra. Cuando don Germán y su amigo Gustavo Núñez entraron en su cuarto por la mañana le hallaron paseando de un lado a otro con el periódico en la mano y rechinando los dientes.
—¡Claro, esto ya me lo presumía yo! ¿Cómo es posible que Estévanez viera con buenos ojos mi triunfo? ¡Y abrazándome ayer el hipócrita! ¡el canalla!
—Pero ¿qué tiene que ver Estévanez con ese artículo de El Universal?—preguntó con asombro Reynoso.
—Pero, ¿no sabes, inocente—profirió Tristán sonriendo sarcásticamente—, que Leporello está casado con una parienta de Estévanez y que no ve más que por sus ojos ni piensa más que por su cerebro?
A don Germán no le pareció aquello una prueba irrefutable de que el gran dramaturgo fuese el inspirador del artículo, pero no quiso llevarle la contraria abiertamente observando el estado de agitación en que se hallaba.
—Pero en ese caso ¿por qué ha tomado tal interés por tu obra y por qué la ha hecho representar?
—¿Sabes por qué?—respondió Tristán apretándole la mano y con una expresión de infinita perspicacia—. Porque estaba persuadido de que mi obra haría fiasco. Así lo creían los cómicos todos y éstos no se atreven a respirar si Estévanez no se lo permite.
Reynoso guardó silencio.
Gustavo Núñez se sentó en una butaca, encendió un cigarro y cruzando las piernas dijo con su habitual displicencia:
—Cuando era niño mi madre acostumbraba a leerme el Año cristiano antes de dormirme. Pues bien, recuerdo la historia de un santo que por espacio de muchos años se hizo pasar por idiota, sufriendo con admirable paciencia para ganar el cielo toda clase de burlas y de escarnios tanto de los hombres como de los niños. Después de haber vivido un poco encuentro igualmente admirable el procedimiento para ganar la tierra. Si quieres, amigo, lograr algún resultado en las letras es menester que comiences por fingirte tonto y que lleves el convencimiento a todos de que lo eres. La empresa no es fácil porque los literatos son suspicaces y bien despiertos, y no se les engaña de buenas a primeras. Toda clase de obstáculos se te enredarán en las piernas y no podrás dar un paso. Pero si persistes y logras convencerles y te ponen el marchamo de medianía incurable, entonces verás cuán desembarazado caminas; las selvas enmarañadas se abrirán para dejarte paso, las montañas se abatirán, los ríos quedarán en seco y entre nubes de incienso proseguirás tu marcha gloriosa arrullado por los ¡hosanna! de la crítica.
Tristán, sin hacer caso de estas palabras, siguió paseando agitado y colérico. Don Germán sonrió y replicó suavemente:
—Todo eso, amigo Núñez, me parece más gracioso que exacto. Jamás ha existido unanimidad de pareceres en este mundo. Mucho menos puede haberla en las obras literarias en que se trata de lo feo y lo bonito. Pero eso no impide que aquí como en todas partes prevalezca al cabo lo que debe prevalecer y perezca lo que debe perecer. Yo he vivido siempre bien alejado del mundo de las artes y las letras, pero tengo el presentimiento de que en la literatura los enemigos contribuyen más a formar las reputaciones que los amigos. Unas veces con un silencio injustificado y receloso, otras con un ataque intempestivo como el que ahora ha experimentado Tristán, señalan al público el sitio donde está lo bueno. En las aldeas de Francia he visto que para descubrir las trufas sueltan los cerdos al campo. En el sitio donde las hay se detienen y comienzan a hozar estos animales. Entonces acuden a separarlos, se cava la tierra y se recoge el fruto. Así los envidiosos delatan el paraje donde existen las trufas literarias; allí acude el público, los separa y se las come. Perdone usted lo feo de la comparación en gracia de su exactitud...
Núñez no quiso conceder la exactitud del símil y se desbordó inmediatamente en un torrente de paradojas e ingeniosidades, todas bien amargas y resquemantes. Don Germán le respondió con su habitual sencillez y se entabló una discusión prolongada. Tristán se puso en seguida de la parte del pintor y le superó si no en gracia en amargura y exaltación. Al fin Reynoso la cortó jocosamente advirtiendo que les esperaba el almuerzo. Núñez se despidió.
Durante el almuerzo Tristán se mostró tan taciturno que Clara, sorprendida y dolorosamente impresionada, no apartaba de él los ojos. Reynoso y Elena se dirigían miradas furtivas, sonriendo unas veces, otras sacudiendo la cabeza con señales de enfado. Particularmente Elena se iba poniendo nerviosa con el silencio descortés y embarazoso de su cuñado. En poco estuvo que no le interpelase bruscamente y sólo atendiendo a las señas de su marido logró contenerse. Pero no pudo menos de murmurar una de las veces:
—¡Parece mentira que un hombre tan majadero haya escrito una obra tan bonita!
Tristán alzó la cabeza y preguntó distraído:
—¿Qué decías?
—Que está admirable esta salsa.
Don Germán sonrió y Tristán bajó de nuevo la cabeza persistiendo en su silencio desconsiderado.
En cuanto terminó el almuerzo se encerró en su despacho. Allí vino a llamar no mucho tiempo después García, que traía igualmente un número de El Universal en la mano. En cuanto entró apretó la de Tristán fuertemente y dejó escapar estas fatídicas palabras:
—¡Hay que aplastar a la víbora!
Tristán se estremeció. García se dejó caer en una butaca y paseando sus ojos relampagueantes por la estancia como si esperase descubrir oculto en algún rincón al odioso reptil se echó mano al bolsillo interior del chaquette, sacó un manojo de cuartillas, dejó caer hacia atrás la capa y se puso a leer con voz hueca. Era una respuesta aplastante, en efecto, a la crítica de Leporello nutrida de sana doctrina retórica y adornada con todos los recursos que proporciona al discurso la ortografía española; signos de admiración, interrogantes, puntos suspensivos, paréntesis, etc., etc. Tristán, muy caviloso, apenas le escuchaba.
«¡Pero váyase a Leporello con las diferencias entre el estilo adornado y el vehemente y patético! ¿Qué sabe el crítico zorrocloco de humanidades? De éstas no sabe más que lo que a la suya se refiere, y como ésta no ve mucho más allá de sus narices... de ahí que... ¡tente pluma! ¿Cómo es posible que un hombre de tan corta vista logre entender que el fin moral de la tragedia es purgar nuestras pasiones por medio de la compasión y del terror, mientras que el de la comedia es corregir nuestros vicios por medio del ridículo? Pero no hablemos de ridículo, no mentemos la soga en casa del ahorcado. Si el escritor insigne a quien Leporello moteja...»
—¡Por Dios, García!—exclamó Tristán avergonzado.
—¡Déjame! Yo sé lo que escribo—exclamó García con la misma voz vibrante, campanuda, con que leía su artículo.
«Si el escritor insigne a quien...»
—¡Pero García, eso es demasiado! ¿No comprendes?...
El retórico extendió su mano para atajarle y sin hacerle caso volvió a repetir con más énfasis:
«Si el escritor insigne a quien Leporello moteja pudiera descender a responderle; si la pluma brillante que ha trazado los prodigiosos versos de Magdalena pudiera mancharse una sola vez, etc.»
García, trémulo y gritando como un energúmeno, concluyó al cabo la lectura del artículo. Una mirada feliz, triunfante brilló en sus ojillos negros, debajo de sus pobladas pestañas, como una linterna dentro de un bosque. Envolvió las cuartillas lentamente, las metió en el bolsillo y acercando la boca al oído de Tristán y haciendo una serie prodigiosa de muecas pronunció estas palabras memorables:
—Este artículo saldrá en el correo de esta noche, y pasado mañana o a todo más el sábado se publicará en El Clamor de Alicante. El sábado, pues, ya podrás caminar por la calle con la cabeza bien levantada.
XII
LA NOVENA SINFONÍA
En un billetito perfumado, muy perfumado, y las armas de la noble casa de Peñarrubia estampadas en lacre de color rosa, invitaba la condesa a comer a su entrañable amiga Elena.
«Cherie: Ya que tu señor marido te ha dejado hoy por aquellos bichos tan feos que guarda en el Sotillo, ven a alegrar unos instantes esta humilde casita comiendo conmigo esta noche. A las ocho. Tú puedes venir cuando se te antoje que para eso eres el ama. Adieu, ma petitte poupée de biscuit. Muchos besos, muchos, muchos...
Marcela.»
El matrimonio Reynoso se hallaba instalado desde el 1.º de enero en su magnífico hotel de la Castellana. Corrían los últimos días de febrero. Don Germán, que había aceptado con semblante risueño por no disgustar a Elena el traslado de domicilio, se aburría mortalmente en la corte. Sólo la ópera y algunos conciertos le indemnizaban de aquellas horribles horas de paseo con los coches en fila viendo cruzar a su lado una ristra de rostros contraídos y de cuellos almidonados. Luego otra vez a verlos en el teatro, en las soirées, después de haberlos visto por la mañana en la acera de la calle de Alcalá y por la tarde en algún five o'clock, en la exposición de pinturas, en las carreras, en dondequiera que repicasen. Cualquiera diría, pensaba Reynoso, al observarlos tan presurosos, tan sedientos de verse a todas horas, que estos señores se aman entrañablemente. Y, sin embargo, el día que uno de ellos se presenta con un nuevo tren tirado por un tronco de raza sería asesinado gozosamente por sus más íntimos amigos.
Casi todas las semanas se escapaba el indiano algunas horas o un día entero a su finca. Hasta entonces no había dormido nunca allá, pero como necesitase hacer una larga excursión al monte, determinó quedarse aquella noche y regresar al día siguiente.
A las ocho en punto se detenía la berlina de Elena delante de una casa de la calle de Serrano donde vivía la de Peñarrubia. Ocupaba esta dama un modesto entresuelo sin lujo ni ostentación; la escalera estrecha, los muebles pocos y sencillos, la servidumbre reducida a una cocinera y una doncella. El único lujo que se autorizaba era un exceso de luz y de perfumes. Los vecinos de los otros cuartos al subir la escalera y cruzar por delante de su puerta advertían por el montante una viva, esplendorosa iluminación y sentían en la nariz un penetrante aroma de violeta. No necesitaban más para penetrarse de la clara estirpe de la inquilina.
Cuando Elena llegó no estaba Marcela y aún se pasó un buen rato sin que apareciese. Al cabo hizo su entrada en compañía de Narciso Luna, de Gustavo Núñez y de otra dama que llamaba Enriqueta. Venían de una matinée en casa de la de Somorrostro, donde decía que se habían encontrado casualmente. Marcela había invitado a comer a Gustavo. Todo parecía muy claro. Sin embargo, Elena sintió un leve estremecimiento olfateando la trampa. Aquella dama a quien no conocía se llamaba Enriqueta Atienza, hermana del marqués de Raigoso, de treinta y ocho a cuarenta años de edad, casada con un banquero, rubia y separada de su marido.
Pasaron inmediatamente al comedor. El criado de Narciso Luna servía la comida. Este vivía en un cuartito de la calle de Recoletos, haciendo sus comidas en el Club. Un criado arreglaba su habitación, limpiaba su ropa y le ayudaba a vestirse. Muchas veces se vestía en el mismo Club, haciéndose traer el frac y la camisa. La de Peñarrubia utilizaba al muchacho para sus recados y aun para servir la mesa cuando tenía invitados.
—No; ahí no, Elena... Siéntate aquí.
Y después que la tuvo acomodada la condesa sentó a su lado a Gustavo Núñez.
Elena no pudo menos de sentir un poco de malestar mezclado de miedo. Esta mala impresión se disipó al cabo en el curso de la comida. La alegre conversación y el vino hicieron efecto en su cerebro volátil. Todos la colmaban de atenciones y de mimos. Elena que era propensa a ellos, como una niña de pocos años, pronto se halló en su centro dejando pasar al través de sus ojos y su boca aquella infantil, inagotable alegría que formaba su principal encanto.
Antes que hubiesen terminado de comer llegó el vizconde de las Llanas, el cual, por ciertos signos indubitables, pronto hizo comprender a Elena que era el amante de Enriqueta Atienza. Un noble de traza innoble, joven aún pero bien estropeado; el pelo lacio, las mejillas hundidas, la nariz amoratada, la voz aguardentosa, los ojos levemente torcidos y aviesos. A Elena le produjo malísimo efecto aquel aristócrata que tenía todo el aspecto de un caballero de industria. Además hablaba con un cinismo repugnante bien lejano del culto e ingenioso de Núñez.
La conversación era animada aunque reducida casi toda a la narración y comentario de las intrigas amorosas que se anudaban y se desanudaban en el círculo de sus conocimientos. Pepita Z*** había entrado al fin en relaciones con el marqués de G***. ¡Cuánto tiempo le había estado despreciando! Como que esperaba que el duque de A*** se rindiese a sus encantos. Convencida al fin de que el duque no se hallaba dispuesto a morder aquella manzana pasada, cayó arrepentida en los brazos del marqués. Blanquita H*** estaba pasando las grandes ducas por Manolo L*** y éste sin hacerle caso.
—¿Y por qué no la quiere Manolo?—preguntó Núñez—. Blanquita es una preciosa criatura.
—Porque está enamorado de su mujer según dicen—respondió Enriqueta Atienza.
—¡Qué mal gusto!—exclamó la condesa—. Gorda como una barrica de aceite y bizca por añadidura... ¿Pero Manolo no se había casado con ella por el dinero?
—Todo el mundo pensaba eso y él mismo no se ocultaba para decirlo. Ahora al cabo de seis años resulta que se pone loco perdido por ella y tiene unos celos atroces de Marquina.
—¡Válgate Dios! ¡Después de tanto tiempo como llevan de relaciones! Me parece que Marquina entró en amores con ella antes de ser ministro, ¿verdad?
—Ya lo creo; ni soñaba con serlo. Pues a pesar de eso Manolo está furioso, persigue a su mujer y la vigila. El día menos pensado va a dar un escándalo provocando a Marquina.
—Muy mal hecho—profirió la condesa.
—Muy mal hecho—repitió Gustavo Núñez.
—Muy mal hecho—corroboraron el vizconde de las Llanas y Narciso Luna.
—Unos amores tan largos es cosa que debe respetarse—manifestó Enriqueta con profunda convicción.
Los demás expresaron también su aprobación poniéndose muy serios. Parecía que aquel adulterio era cosa sagrada e intangible.
A los postres llegó Rosita León, una mujercilla que sólo tenía de joven la figura grácil, elegante y vivaracha. El rostro bastante ajado y con pronunciadas ojeras. Rubia también y separada de su marido.
—Es una observación que vengo haciendo desde largo tiempo—dijo Gustavo Núñez echándose atrás en la silla y limpiándose la boca para beber—. Todas las señoras que no están de acuerdo con sus maridos se pintan el pelo de rubio. Parece así como la primera señal ostensible de su independencia, una declaración enérgica y valerosa de que están hartas del yugo matrimonial y que no se hallan dispuestas a soportarlo por más tiempo.
—Eso no es exacto—repuso la condesa un poco picada—. Aquí tiene usted a Elena que es rubia y sin embargo se halla bien conforme con su marido.
Núñez no dio su brazo a torcer y replicó inclinándose correctamente:
—Cuando se tiene un marido tan amable y tan simpático como Elena, no sorprende esa conformidad.
El vizconde de las Llanas y Enriqueta levantaron hacia él los ojos con curiosidad no exenta de malicia.
—Eso de la conformidad—manifestó Rosita León aceptando una copa de champagne que le tendía la condesa—es cosa complicada. Se puede estar de acuerdo desde ciertos puntos de vista y sin embargo no estarlo desde otros.
El vizconde soltó una estrepitosa carcajada.
—¿Y cuál es el punto de vista desde donde su marido no es aceptable, se puede saber?—preguntó groseramente.
—¿Se puede saber cuándo dejará usted de ser un sinvergüenza?—Luego añadió bajando la voz:—Yo estimo mucho, muchísimo a mi marido, pero... francamente no le quiero, ¿por qué no he de decirlo?
—Él en cambio la quiere a usted muchísimo, pero no la estima—dijo sonriendo Núñez.
—¿Por dónde le ha venido a usted esa noticia?—replicó la de León vivamente y con señales de cólera. Era sino del pintor despertarla fácilmente; pero como hombre bien educado y cauto sabía restañar prontamente las heridas.
—Por lo que a mí me sucede. Yo cuando quiero mucho a una mujer desearía estrujarla.
Rosa no pudo menos de reír.
—Está visto, Marcela, que te complaces en recibir en tu casa a los hombres más desvergonzados de Madrid.
Mas el pintor tenía la atención puesta en otro punto y temía que aquel libre chisporroteo ahuyentase la caza que perseguía. Poniéndose serio y con ademanes de hombre sensato y convencido principió a decir lentamente:
—En este asunto de la fidelidad conyugal pienso que casi todos nos equivocamos. Así que vemos a una mujer casada corriendo una aventura, lo primero que decimos es: «Esa mujer no está conforme con su marido», si es que no aseguramos: «Esa mujer aborrece a su marido». Si meditásemos con calma y observásemos con cuidado comprenderíamos que es injusta la sospecha. Estoy absolutamente persuadido de que la mayoría de las mujeres que faltan a sus maridos no lo hacen porque dejen de hallarse conformes con ellos ni menos porque los aborrezcan...
—¿Entonces por qué les faltan?—preguntó Narciso Luna riendo.
—Por la tendencia invencible que todos los seres sentimos hacia la variedad, a lo menos como seres corporales. Sería muy bello que fuésemos espíritus puros. Entonces acaso existiera en los matrimonios fidelidad, aunque lo dudo, porque la inclinación al cambio reside igualmente en el fondo de nuestra naturaleza espiritual. Pero ¿cómo ni por qué contrarrestar los impulsos vitales con que la naturaleza nos advierte que por encima de nuestros mezquinos intereses están los suyos, que esas convenciones que llamamos sagradas son cosas para ella absolutamente despreciables? Toda mujer percibe instintivamente que la promiscuidad no es un crimen natural como el robo o el asesinato, sino artificial inventado por el egoísmo de los hombres. Si no falta a su marido será porque teme a las consecuencias, no porque le aterre el pecado.
—¡Choque usted, Núñez: eso mismo he pensado yo siempre!—exclamó Enriqueta Atienza alargando su copa que Gustavo se apresuró a tocar con la suya.
—Una mujer puede amar mucho a su marido—prosiguió el pintor—, pero llega un momento en que sin darse ella misma cuenta, por un impulso vivo pero fugaz de su naturaleza se entrega a otro hombre. ¿Quién no tiene en el mundo caprichos? ¿Quién no siente estos impulsos inconscientes de su naturaleza? ¿Qué tiene que partir con ellos nuestra alma ni nuestras verdaderas y profundas afecciones? El mundo injusto y cruel como siempre condena a aquella pobre mujer, la persigue y la maldice.
—Sin embargo—apuntó la condesa que presumía de dialéctica sutil—, la responsabilidad que el mundo exige a la mujer no se funda precisamente en la conciencia o inconsciencia de su capricho, sino en las consecuencias que consigo arrastra. Hay maridos tranquilos, que tienen la piel dura... que no son muy aprensivos...
—Vamos, maridos sin vergüenza—exclamó Rosa León.
Los comensales rieron y la condesa también.
—A esta clase de maridos no se les hace ningún daño. Pero hay otros susceptibles, de una sensibilidad exquisita y a éstos una falta que en sí misma tiene tan poco valor puede herirles de muerte.
—Si les hiere de muerte es porque padecen una aberración—replicó el pintor—. No son espíritus sanos, bien equilibrados. Pero en fin, no se trata de eso. A la mujer corresponde evitar disgustos a su marido por medio de una gran prudencia, del más profundo secreto. Basta con eso, porque repito y sostengo que no hay tal crimen. Si lo hubiese sería igual para los dos cónyuges, y bien saben ustedes que las faltas del marido, cuando no son excesivamente escandalosas, ni atentan al matrimonio ni extinguen por lo general el amor de la esposa.
Elena escuchaba con intensa atención. Las palabras del pintor le sorprendían y aunque no les diese completo asentimiento, no pudo menos de hallarlas razonables.
Núñez con astucia cambió en seguida la conversación. Las señoras dieron permiso para encender los cigarros y, con asombro de Elena, la condesa aceptó un cigarrito de tabaco turco que Narciso le ofreció.
—¿Y dónde anda ahora Menelao, amigo Gustavo?—preguntó con sonrisa insolente el vizconde de las Llanas.
Núñez se turbó levemente y echó una rápida mirada de reojo a Elena. Luego se puso serio y murmuró de mal humor:
—No lo sé.
—¿Viaja lejos de Esparta?
El pintor visiblemente molesto se contentó con alzar los hombros, dirigiendo en seguida la palabra a la condesa. El vizconde hizo un guiño a Narciso Luna y dejó escapar una risita maligna.
Se levantaron de la mesa. El café se les sirvió en el gabinete de la condesa. Esta se fue a la sala antes de terminar, abrió el piano y comenzó a teclear suavemente: luego llamó a Elena, la hizo sentar a su lado en un diván y comenzó a charlar perdiéndose en un mar de graciosas y menudas confidencias que aún alegraron más a Elena con estarlo ya mucho a causa del champagne. Cuando se hallaban más distraídas vino a interrumpirlas Gustavo Núñez.
—¡Usted siempre tan importuno!—exclamó la condesa.
—¡Perdón! Me daba el corazón que se estaban ustedes contando secretos... y los secretos de las señoras me fascinan. Dios no ha hecho ni puede hacer otra cosa más interesante. Me retiro—añadió dando un paso hacia la puerta—, pero conste que lo hago con todo el dolor de mi alma.
—Acérquese usted, granuja, arrime usted una silla y venga usted a pedir perdón a Elena de haberla escandalizado hace un momento.
Elena nada había hablado a la condesa de las opiniones de Núñez.
—Siento mucho que no le parezcan bien y si hubiera sabido su disconformidad me guardaría de emitirlas.
—Debiera usted suponerlo, malvado, porque Elena adora a su marido.
—Volvemos a lo mismo, condesa. Las mujeres que adoran a sus maridos me encantan. Y si cometen alguna falta (de lo cual nadie está libre en el mundo) yo las perdono de buen grado porque tienen corazón.
Elena soltó una carcajada.
—Sabe usted decir las cosas de un modo, Núñez, que cualquiera pensaría que habla usted en serio.
—¿Tan absurdas encuentra usted mis ideas?
Efectivamente Elena las hallaba completamente disparatadas y así lo manifestó sin rodeos. Se inició una discusión viva pero amical entre el pintor y la dama. La condesa les dejó enfrascados en ella y fue a reunirse con sus amigos en el gabinete. Núñez se mostró paradójico y chispeante como siempre, pero más delicado, más insinuante que nunca. Elena no pudo menos de reír muchas veces admirando su gracia y habilidad. Gustavo tuvo espacio y ocasión para decir todo, todo lo que bullía en su mente desde hacía algunos meses sin que la dama encontrase motivo para enojarse. El tiempo transcurría, la charla fue haciéndose cada vez más íntima. Elena, un poco aturdida, se iba dejando arrastrar a las confidencias. Como se veía aplaudida y mimada por aquel hombre, le mostraba su interior inocente, pero voluble y caprichoso. Núñez comprendió que el vicio no arraigaría jamás en su temperamento infantil pero podía caer por la ligereza increíble de su espíritu.
Al cabo se alzó sofocada del diván. Cuando entró en el gabinete debía de tener el rostro encendido. Todos la miraron con insistencia y creyó notar en sus ojos cierta curiosidad burlona. Vio que a hurtadillas el vizconde de las Llanas apretaba la mano del pintor como si le diese la enhorabuena. Bruscamente se despidió.
—¡Tan pronto!—exclamó la condesa.
En vano la suplicaron que se quedara otro ratito. Resueltamente se iba. Se sentía sofocada, con un deseo irresistible de salir de aquella casa. Bajó la escalera precipitadamente, montó en el coche y se dejó caer en un rincón. Pero allí su agitación fue en aumento, tenía toda la sangre acumulada en las mejillas; latían sus sienes, temblaban sus manos, sonaban en sus oídos aquellos requiebros delicados en la superficie, en el fondo desvergonzados. Lentamente se despojó del guante de la mano izquierda que acababa de ponerse. En aquella mano habían estampado un beso hacía un instante y ella, en vez de castigar la insolencia, se había limitado a levantarse del asiento roja como una amapola. ¿Cómo había perdido la fuerza para rebelarse? Esta idea dolorosa trazaba una arruga profunda en su frente. Su imaginación volaba, volaba hacia el Escorial. ¡Qué feliz había sido allí siempre! ¿Por qué había tomado tanto empeño en venir a Madrid? Esta ciudad empezaba a causarle miedo. Jamás en su vida se había hallado tan humillada y tan inquieta. Cuando llegaron a la puerta del hotel y el lacayo vino a abrir la portezuela, sin hacer movimiento alguno para salir le preguntó:
—¿El tiro de mulas está aquí o en el Sotillo?
—Está aquí, señora.
—Quitad éste y enganchadlo.
—Está bien, señora—replicó el lacayo sorprendido.
Y como permaneciese de pie con la portezuela abierta esperando que la señora bajase, ésta le dijo con alguna impaciencia:
—Cierra, yo no salgo del coche.
La sorpresa del lacayo fue mucho mayor. Habló en voz baja con el cochero, bajó éste del pescante, tomó otra vez la orden de la señora y se dispuso a cumplimentarla. Un buen cuarto de hora se tardó en cambiar los tiros de la berlina, porque el de mulas no estaba enjaezado. El cochero propuso cambiar el coche por una carretela de camino, pero Elena se negó a ello. Era poco más de las once.
—Al Sotillo—dijo con firmeza al lacayo cuando todo estuvo a punto. Ni éste ni el cochero sintieron esta vez sorpresa porque ya se lo habían tragado—. ¡Vivo! ¡vivo!—Apenas salieron por la puerta de San Vicente emprendieron el galope. La noche era obscura; el cielo estaba aborrascado; grandes nubes negras, informes, monstruosas corrían por él dejando por intervalos descubierto algún rincón de azul obscuro. La tierra se extendía negra, amenazadora como el cielo. En poco más de tres horas alcanzaron el Sotillo, que dormía el sueño profundo y tranquilo del labriego. Ladraron los perros furiosos, pero al oír la voz del cochero se amansaron repentinamente. Elena subió a las habitaciones de su marido. Este al sentir el ruido del coche y los ladridos de los perros se había vestido apresuradamente. Cuando la vio aparecer quedó estupefacto. ¿Qué ocurría? ¿Cómo a tales horas...?
—Nada—replicó ella turbada—. He sentido mucho miedo y no pude resistir.
Don Germán tuvo una sonrisa cariñosa para aquel capricho infantil. Ya estaba acostumbrado a ellos.
—¡Vendrás muerta de frío, hija mía!—dijo acariciándole el rostro, palpando su espalda.
—No, he venido muy bien abrigada.
Reynoso mandó encender las chimeneas del dormitorio y del saloncito contiguo que ya estaban apagadas; luego despidió a los criados y se encerró con su esposa.
—¿Pero qué es eso? ¿qué es eso?—dijo paternalmente tomándole una mano y arrastrándola suavemente hacia un diván. Elena le echó los brazos al cuello y rompió a llorar. Don Germán asustado, confuso la instó para que se explicase. ¿Qué había pasado? ¿Había tenido algún disgusto con los criados? ¿Le habían dado algún susto? Elena callaba, llorando cada vez con más sentimiento. Al cabo profirió entre sollozos:
—No sé lo que tengo... nada me ha pasado... pero he sentido miedo de pronto... ¡un miedo tan horrible...! Pensé que no te volvería a ver más...
Reynoso sonrió aplicando sobre sus mejillas algunos besos prolongados.
—Es que estás nerviosa, hija mía.
—Sí, muy nerviosa.
—Voy a llamar para que te traigan una taza de tila con azahar.
Elena se opuso resueltamente. Se encontraba bien; no necesitaba otra cosa que tranquilidad y sentirle cerca de sí. Y se estrechaba contra él y le apretaba la mano y de vez en cuando la llevaba a sus labios. Reynoso a su vez la apretaba tiernamente contra su pecho y le acariciaba la cabeza rozando con los labios sus cabellos dorados.
Al cabo de un largo silencio, Elena levantó sus ojos mojados de lágrimas y sonriente y confusa balbució con mimo:
—¡Si me hicieses un favor, Germán!
—¡Cuanto tú quieras, alma mía!
—Es que acaso te moleste...
—Si me molesta, mejor: así tendrá algún mérito.
—Quisiera que tocases la novena sinfonía de Beethoven, esa obra que tanto me gusta... Yo pienso que me tranquilizaría más que la tila y el azahar.
—¡Pero eso no es molestia, hija mía! Es un placer—replicó riendo el caballero.
Y abrazándola de nuevo y estampando un beso en su frente se alzó del asiento, se acercó al piano y lo abrió.
Elena comenzó a escuchar con tal inmovilidad y silencio que parecía la estatua simbólica de la atención. Aquel ser pueril, de natural tan ligero y aturdido hallaba repentinamente en el fondo de su alma una seriedad increíble. Las frases graves, solemnes de la inmortal sinfonía le revelaban el acuerdo misterioso de las cosas entre sí y el de su propio corazón con el universo. Su espíritu se bañaba en lo infinito y percibía como uno de los más escogidos de la tierra la eterna, profunda armonía que reside en el centro de la vida inmortal. No lloraba: sus grandes ojos abiertos parecían absorber oleadas de luz. De vez en cuando los cerraba con un gesto aprobador. ¡Así es; así es el mundo; así es la vida! Reynoso que había advertido vagamente el efecto que aquella obra producía siempre en su esposa la tocaba ahora con singular maestría, con un sentimiento arrobado y una unción que hasta entonces jamás había sentido.
Cuando terminó y se alzó del asiento, Elena vino hacia él, se colgó de su cuello y dejó caer la cabeza sobre su pecho sin decir palabra. Así estuvieron unos instantes. Suavemente Reynoso la condujo al diván y la sentó sobre sus rodillas. ¿Y ahora estaba contenta? Sí, sí, Elena estaba muy contenta; todo se le había pasado. Y volviendo repentinamente a su acostumbrada alegría comenzó a charlar con animada volubilidad. ¡Qué susto le había dado! ¿verdad? ¡Vaya una cara chistosa que había puesto cuando la vio aparecer! ¡Ni que fuera la estatua del Comendador! Él se defendía; se había asustado, es cierto, pero inmediatamente había sentido una extraordinaria alegría.
—¡Mentira! Tú te dijiste: «Vaya unas horas oportunas que tiene mi mujercita para visitarme.» Y echaste de menos en seguida tu hermoso sueño interrumpido.
—¡Qué idea! Al contrario; por ver estos ojos divinos, por acariciar estos cabellos de oro, por besar estas manos de nieve y de rosa velaría yo toda la vida.
—No seas embustero. Confiesa que dormías a pierna suelta y muy a gusto lejos de tu pobrecita Elena.
—Que dormía, sí, lo confieso; pero niego que durmiera a gusto. Mientras el sueño no me rindió tu imagen no se apartó de mi pensamiento.
Elena alegre con estas palabras como un pajarito en el árbol aparentaba no creerle, le tiraba del bigote, le daba suaves bofetadas en las mejillas, le tapaba la boca, «el frasco de las mentiras» como ella decía. Pero él, aunque enajenado por aquella lluvia de caricias, concluyó por mostrarse inquieto. Tal vez su ruidosa alegría dependiera del mal estado de sus nervios, fuese una continuación de la crisis. Así que con timidez le insinuó la idea de acostarse. Elena protestó inmediatamente. Se hallaba admirablemente: no sentía ningún sueño.
—Pero, hija mía, es imposible que después del sacudimiento nervioso que has tenido, después del viaje tan molesto en carruaje, no te sientas fatigada. ¿No sería mejor que fueses a la cama?
Hizo nuevas protestas de que no estaba fatigada, de que no tenía sueño. Quien lo tenía era él, el grandísimo cazurro, que con el achaque de que ella se reposase sentía unas ganas atroces de meterse otra vez entre sábanas y roncar como un gañán. Don Germán reía asegurando que sólo temía por la salud de ella.
—¡Pero cuántas mentiras me has dicho hoy, Virgen del Carmen! ¿No te remuerde la conciencia de engañar de ese modo a una infeliz mujer?
Y de nuevo volvió a su charla voluble, incoherente, hablando del adorno de la casa, que era su tema favorito, saltando por intervalos al teatro, a las tertulias que había asistido, a las amigas, para volver de nuevo a la casa, a sus eternos proyectos de reforma, echar abajo el tabique del comedor, levantar en el jardín sobre columnas una serre que comunicase con él, cambiar la decoración del despacho de su marido que era muy vulgar por un mobiliario estilo americano que había visto en la calle de Alcalá. Porque Elena se metía a reformar hasta las habitaciones particulares de su marido y éste la dejaba hacer, feliz de verla tan divertida.
Poco a poco, no obstante, aquel chorro de palabras se fue haciendo menos copioso. Su marido se lo hizo notar. ¿Tendría sueño por ventura? Elena se mostró indignadísima ante aquella superchería y para castigarla le dio unos cuantos pellizcos y le tiró del bigote con refinada crueldad. Pero entonces, ¿por qué comenzaba a apoyar la cabeza en su pecho? ¿Por qué no se mantenía derecha?
—Porque hablo mejor así, antipático. ¿No comprendes que tengo la boca más cerca de tu oído?
Sin embargo cada vez hablaba menos. Últimamente se quejó de que su marido no decía nada. ¿Por qué no hablaba? ¿Todo lo había de decir ella? Reynoso por complacerla se puso a contarle lo que había hecho durante el día, su excursión a la sierra. Elena escuchaba cediendo cada vez más al letargo que la invadía. Su marido sonrió. Ella advirtió su sonrisa.
—¿De qué te ríes socarrón? ¿Te figuras que tengo sueño?
No, no tenía sueño: y para demostrarlo abría desmesuradamente sus hermosos ojos negros.—¡Habla, habla que te escucho!
Don Germán siguió hablando maquinalmente, sin preocuparse de lo que decía. Al cabo aquellos ojos brillantes quedaron inmóviles unos instantes y de pronto se cerraron. Elena se durmió como un niño en los brazos de su marido.
XIII
VIDA LITERARIA
El estreno feliz de su drama fue una verdadera desgracia para Tristán. Los reparos que algunos críticos pusieron a la obra, particularmente los del famoso Leporello, le hirieron como graves injurias. Además, esperando fundadamente que permaneciese mucho tiempo en el cartel, la empresa, atendidas ciertas circunstancias de renovación de abono, la retiró después de la quince representación. Fue un golpe mortal para su amor propio. Desde luego sospechó que la mano de Estévanez, del traidor Estévanez había intervenido en este asunto. Así que vio que comenzaban los ensayos de un drama de éste ya no le cupo duda alguna. Un odio frenético prendió en su corazón. Para desahogarlo un poco comenzó a asistir a las tertulias literarias de los cafés y cervecerías, con predilección a una que se reunía por las noches en un rincón del café de Fornos. Allí, sobre aquellas dos mesas de mármol pegadas, se hacía diariamente la disección en vivo de los escritores de más nota. Naturalmente Estévanez, en su calidad de astro de primera magnitud, era quien más a menudo ofrecía sus carnes palpitantes al estudio de aquellos jóvenes anatómicos. Tristán gozaba voluptuosidades desconocidas metiendo en ellas el bisturí de su lengua. Sus aptitudes quirúrgicas se desenvolvieron prodigiosamente con el ejercicio. Él, que había sido hasta entonces hombre de estudio, en pocos meses se hizo un maldiciente de café. Pasaba aquí horas y horas no sólo sin preocuparse de sus libros sino, lo que era peor, sin preocuparse mucho de su joven esposa. Esta, que cada vez se encontraba más pesada a causa de su embarazo, salía poco de casa. La acompañaban Elena y Visita; recibía también las frecuentes visitas de doña Eugenia y Araceli, pero su señor marido no hacía mucho polvo en casa.
El caso es que Tristán, pasando la vida en el café y en los saloncillos de los teatros, juzgaba de buena fe por una increíble aberración de su espíritu que llevaba la existencia más adecuada para un literato. Ocupado incesantemente en triturar las obras de los demás, aguzaba, es cierto, su sentido crítico, pero se le iba embotando la inspiración creadora. Así que cuando se ponía delante de la mesa de trabajo le costaba insuperable emborronar algunas cuartillas. Y cuando al día siguiente las leía parecíanle tan desabridas que solía dar casi siempre con ellas en el cesto de los papeles rotos. Hervía no obstante su cerebro en proyectos, sentía cada día más vivo el deseo de la gloria, pero cada día se hallaba también más incapaz de cualquier esfuerzo tenaz y serio para conquistarla. Por otra parte, una vez alcanzada preveía los sinsabores que consigo arrastra, sentíase débil para sufrir las objeciones de la crítica como ya lo había experimentado, comprendía que en cuanto se levantase un poco tendría contra sí a todos sus camaradas de café y de saloncillo y se sentía intimidado. Veíase yacente y desnudo sobre aquellas dos mesas pegadas del café de Fornos. ¡Cuán torvas brillaban las cuchillas y los bisturíes! Ya los creía sentir en sus entrañas. Y de hecho estaba bien seguro de que la amistad con los jóvenes anatómicos no aplacaría, sino que exacerbaría su fiereza. Indudablemente era más dulce buscar las articulaciones de los otros. Ya no frecuentaba tanto a Gustavo Núñez porque a éste le agradaban más los apartes con las damas que las reuniones con los hombres aunque fuesen literatos. Sin embargo, alguna vez paseaban o comían juntos. El pintor no había dejado de visitar la casa de los recién casados aunque estaba seguro de que no era santo de la devoción de la señora. Y en estas conversaciones solía embromar lindamente a Tristán con sus nuevos amigos reprochándole el tiempo que perdía. Tristán se defendía alegando que el trato con la gente de la misma profesión era de absoluta necesidad para sostenerse y confortarse.
—No lo pienses, querido Páramo, no lo pienses. La unión hace la fuerza en todas partes menos en el arte. En el arte el aislamiento es el que hace la fuerza.
Nuestro joven se daba alguna vez cuenta de ésta y otras verdades que Núñez le soltaba a quema ropa. En ciertos momentos veía lo estéril de aquellas críticas y lo triste de estar acechando y comentando el trabajo de los otros descuidando el suyo. Por otra parte, tanto en el café como en los saloncillos de los teatros, había tenido ya más de un rozamiento, alguna disputa agria que no había terminado en el campo del honor por milagro. Acaso no fuera milagro, sino el temor que inspiraba la misma violencia de Tristán y su extraordinaria habilidad en la pistola, ya conocida de algunos. Pero por más que despreciase en el fondo del alma aquellas resquemantes tertulias y se propusiera más de una vez huirlas, no le era posible. Después de almorzar, los pies le arrastraban quieras que no al café de Fornos y después de comer hacia el saloncillo del Español o de la Comedia. Para ello a menudo necesitaba despertar a su joven esposa, que después de las comidas gozaba en sentarse sobre sus rodillas y quedar un momento traspuesta con la cabeza apoyada en su hombro. Crueldad estúpida de la cual no se daba bien cuenta. La pobre Clara sentía el corazón apretado cuando su marido por ir a gozar la compañía de sus amigos la obligaba a levantarse de aquel asiento donde el amor la clavaba. ¡Si supiera que aquellos amigos por quienes la abandonaba le aborrecían cordialmente como se aborrecían entre sí y estaban siempre aparejados para inferirle todo el mal que pudieran!
Una de las pocas, casi la única admiración que ya le quedaba a Tristán en literatura era la de Rojas, su maestro y protector. No asistía con puntualidad a sus tertulias nocturnas de los viernes, pero iba de vez en cuando. Y cuando tropezaba en la calle al célebre poeta, nunca dejaba de departir con él algunos instantes y solía acompañarle hasta el paraje adonde se dirigía. Además se complacía en defenderle en todas partes y a boca llena le apellidaba el primer poeta español de su siglo. Un día fue invitado para la velada que en honor suyo debía celebrarse al día siguiente en el salón paraninfo de la Universidad. Como admirador, como discípulo y amigo íntimo, ocupó un puesto en primera fila, «entre los alabarderos» como él mismo decía riendo a su maestro. Leyó éste con su reconocida maestría, admirada en toda España, lo mejor de su repertorio, La oda a Gravina, La barca a pique, La cita, El cóndor y sobre todo las leyendas, las incomparables leyendas. El público electrizado no se hartaba de aplaudir y pedir más. Mas he aquí que a Tristán le acomete repentinamente un grande, un inmenso tedio. Toda aquella poesía ¿qué era en el fondo? Palabritas sonoras enlazadas unas a otras para halagar el oído. ¿Qué pensamiento, qué emoción se agitaba debajo de esa brillante cascada? Cierto que las descripciones eran felices, ¿pero el don de la poesía consiste solamente en describir los objetos exteriores? El espíritu humano no se alimenta de descripciones, sino de ideas y sentimientos. Todo le pareció pueril, primitivo en aquella poesía. En una época de duda, de tristes desengaños como la nuestra se le debe exigir al poeta que remueva nuestra alma con las ideas más caras y tentadoras, que eche alguna vez la sonda en los grandes misterios que a todos nos fascinan...
Acometiole tedio y tristeza. Miraba a aquel hombrecillo ya caduco con sus largas melenas grises que había pasado cincuenta años describiendo los ojos de las odaliscas y el galope de los caballos, los rugidos de la mar, el vuelo de las mariposas. ¿Y esto es un gran poeta?—se preguntaba con un bufido desdeñoso. En un punto pasó de la admiración al desprecio. Le pareció que caía la venda de sus ojos y se rió de sí mismo que por mucho tiempo había adorado a aquel idolillo de marfil. Cuando instado por el público Rojas se puso de nuevo a leer La danza de las ondinas no pudo resistir más; se alzó del asiento y salió a la calle.
Aburrido y encolerizado bajó hasta la Puerta del Sol y entró en un café a tomar chocolate. Poco después entró Gustavo Núñez con otros amigos, pero los dejó unos instantes y vino a sentarse a su mesa. Bajo la impresión del cambio brusco de ideas, cuando se habían cruzado algunas palabras indiferentes, Tristán desahogó con el pintor aquel nuevo desprecio que sentía. Pocas cosas en este mundo le quedaban ya por despreciar. Núñez hacía tiempo que las despreciaba todas. Escuchole sorprendido y risueño. En sus ojos verdosos chispeaba una alegría burlona observando con qué furor Tristán acometía toda la obra literaria de Rojas. En verdad que no le dejó hueso sano. Como si se hallase bajo el resquemor de un agravio personal se mostró tan excesivo en sus críticas, tan descompuesto y exasperado que producía un efecto cómico. Núñez soltó la carcajada.
—¡Anda con él, hijo! ¡Chúpale la sangre! ¡Arrástrale por las melenas!
Tristán se sintió un poco avergonzado.
—No te imagines que éstos son solamente desahogos de café. Antes de muchos días pienso publicar un estudio sobre Rojas y se sabrá lo que ahora pienso de su poesía anodina.
—No harás bien—dijo fríamente Núñez.
—¿Por qué?
—Porque siendo hasta ahora su amigo y admirador se supondrá, como es natural, que habéis reñido.
—No diré una palabra en desdoro de su persona; al contrario, le trataré con el mayor miramiento. ¡Pero en cuanto a su obra...!
—Eso es peor, porque entonces se achacará tu ataque a los celos del oficio.
Tristán levantó la cabeza con orgullo.
—Jamás he sentido la envidia.
Núñez alzó los hombros con indiferencia, se quedó unos instantes silencioso y pensativo, y al cabo poniéndose en pie para irse repuso en voz baja:
—¡La envidia...! La envidia, querido Tristán, es un sentimiento tan constante en el corazón del hombre que aun los juicios más exactos, más imparciales acerca de nuestros contemporáneos cuando no les son absolutamente favorables se atribuyen a envidia.
Le dio la mano y se despidió.
No hizo caso de la juiciosa advertencia. Pocos días después aparecía en El Independiente el primer artículo de la serie de tres que dedicaba al estudio de la obra poética de Rojas. Aunque hizo lo posible por moderarse y de buena fe pensó haberlo logrado, el estudio resultó un ataque violento que dejó estupefacto al mundo literario. Como lo había previsto Núñez, levantó polvareda y produjo indignación. Aun los mismos enemigos de Rojas censuraron con acritud la conducta de Tristán. Al cabo se trataba de un anciano cubierto de laureles. Nadie menos que él, su protegido y discípulo, tenía derecho a escribir semejantes artículos. Tales censuras que llegaron pronto a sus oídos y que no tardó tampoco en ver estampadas en la prensa le mortificaron enormemente, le pusieron de un humor endiablado.
No necesitaba de este pequeño tropiezo para vivir malhumorado. La vida para él era un continuo tropiezo. Donde los demás veían el camino raso y cómodo, él encontraba una carrera de obstáculos. El descuido de un criado, la informalidad de un amigo, la pérdida de cualquier objeto, una visita pesada, el frío, la lluvia, el sol, todo servía para obscurecerle y era pretexto para un torrente de amargas reflexiones sobre el universo, la vida, el destino del hombre, etc., que dejaban atónita a Clara. Esta padecía bastante del humor tétrico de su marido. Sin embargo, el misterio adorable que en su ser se efectuaba y el fausto acontecimiento que esperaba con impaciencia manteníanla en un estado de embelesamiento y de éxtasis del cual no era fácil sacarla.
Un disgusto producido por el temperamento receloso y suspicaz de su marido vino no obstante a arrancarla de él y desazonarla por algunas horas. Había encargado Tristán a un agente privado llamado Samper la venta de ciertos efectos y la compra de otros. Este agente había sido en otro tiempo dependiente de su tío y entonces había hecho amistad con él. Era hombre afectuoso, trabajador y exacto en el cumplimiento de sus deberes. Por esto y por la buena amistad que con él mantenía solía encargarle de sus pequeños negocios, cobro de intereses, permutas de efectos, etc., con preferencia a otros demás posición y categoría. El asunto de que ahora se trataba era de alguna entidad, ventilándose una cantidad de treinta mil pesetas aproximadamente. Por la mañana le había entregado Tristán los títulos con el objeto de negociarlos en la Bolsa por la tarde, y quedaron en verse aquella misma noche en el café a primera hora para que le diese cuenta de la operación. Tristán acudió puntual, pero Samper no pareció por allí. Aguardole media hora, una hora, hora y media. Nada. Entonces acometiole de pronto la sospecha de que se hubiese fugado con el dinero. Apenas nacida esta sospecha se fue enseñoreando rápidamente de su espíritu. Samper no era rico y treinta mil pesetas pudieran haberle seducido. Aguardó todavía algún tiempo y al cabo se lanzó a la calle dirigiéndose a paso largo hacia la casa de huéspedes en que aquél habitaba. En efecto, Samper había salido aquella misma noche de Madrid para Santander. Había llegado turbado a casa diciendo que tenía a su padre muriendo, metió apresuradamente alguna ropa en la maleta y había partido. Tristán quedó sofocado de indignación. Comprendió que todo aquello no era más que una comedia. Sin pérdida de tiempo se dirigió al Gobierno civil, habló con el secretario que era su amigo y logró que se pusieran telegramas para que se le detuviese en el camino.
Al día siguiente supo que se le había detenido en Palencia y que regresaba aquella noche conducido por la guardia civil. Pero antes que llegase recibió el paquete de los nuevos títulos comprados que le enviaba un banquero amigo de Samper a quien éste los había dejado con tal objeto. Tristán quedó estupefacto y aterrado de su precipitación. No se atrevió a ir a la estación a esperarle, pero envió a García para que le diese toda clase de excusas y escribió al mismo tiempo al secretario del Gobierno haciéndole saber lo que había pasado y lamentándose mucho de ello. García llegó de la estación pálido y tembloroso. La escena que allí se había desarrollado fue violenta en extremo. Samper, más desesperado aún por el retraso del viaje que por la vergüenza sufrida, se había desbordado en palabras de indignación. Los presentes compartíanla con él y censuraban acremente a Tristán, a quien García no osaba apenas defender. El desgraciado agente, sin ir a su casa, tomó otra vez el tren.
Pocos días después un hombre enlutado se presentó en casa de Tristán. Era Samper. Había salido aquél y el agente iba a retirarse cuando vio en el corredor la figura de Clara que se asomaba para ver quién era la visita.
—Sólo venía, señora—le gritó desde la puerta—, a dar las gracias a su marido por el buen concepto que le merezco...
—Ha sido una equivocación según creo—respondió Clara toda turbada.
—Yo también me he equivocado, señora, porque pensé que los sabios como su marido serían los hombres más prudentes y los más delicados.
—Perdone usted... Él ha tenido un disgusto bien grande...
—Siento muchísimo habérselo proporcionado—replicó Samper con sonrisa sarcástica—. No deje usted de decírselo de mi parte y de darle las gracias igualmente por haber impedido que abrazase por última vez a mi padre y le cerrase los ojos...
Aquí la voz se le anudó en la garganta al pobre hombre y rompió a sollozar. Clara, llorando también, acudió a consolarle y después que partió se sintió indispuesta.
XIV
UN DESCUBRIMIENTO DEL PAISANO BARRAGÁN
Elena había logrado tener sus martes. Desde las cuatro recibía en su lindo boudoir a los amigos y amigas de más intimidad. Se charlaba, se reía, se tomaba te, se comían bastantes emparedados y se decían no pocas tonterías. Hecho lo cual entre siete y ocho de la tarde marchaba dignamente la elegante sociedad a prepararse con recogimiento para los emparedados y las tonterías de los miércoles de otra no menos amable señora. La institución de estos martes, por venerable que fuese, no había encontrado eco simpático en el corazón de Reynoso. No se opuso a su erección porque jamás contrariaba los gustos de su esposa, pero se reservaba el derecho de no contribuir a su esplendor. Pocas veces se le veía en aquel círculo, y cuando se dejaba ver sólo era por cortos momentos. Formábanlo, en su mayoría, las familias de la colonia veraniega del Escorial que Elena había tenido ocasión de tratar, pero también acudían otros elegantísimos miembros de la alta sociedad madrileña que no reparaban en sacrificar para ello algunas horas de su precioso tiempo.
Aquel día rebosaba de distinción y de elegancia el gabinete y el saloncito contiguo de la bella esposa de Reynoso. Una duquesa, tres condesas, una marquesa y dos vizcondesas; además las de Domínguez y las de Mínguez, emparentadas con lo más elevado e inaccesible de la aristocracia española. Araceli estaba en sus glorias. Empezaba a perdonar a Elena su obscura estirpe en gracia de los muchos títulos que ya acudían a sus martes. Además allí celebraba largas e interesantes conferencias con el primogénito del duque del Real-Saludo y Elena protegía sus amores y la duquesa los toleraba. La razón de esto último consistía en que sus principios impedían a la duquesa el estar de acuerdo con su marido en ningún asunto de este mundo. Erigido en sistema tan saludable precepto, es preciso confesar que desde su juventud fue un modelo de consecuencia. El duque por su parte lo fue igualmente toda la vida de noble terquedad. El matrimonio de Araceli no adelantaba pues un paso, pero sus amores iban a galope. Por la mañana en el balcón, por la tarde en la Castellana o el Retiro, por la noche en el teatro o en los saraos los enamorados no se perdían apenas de vista y aun puede decirse de oído. Pero donde más se placían por la libertad y confianza que gozaban era en casa de Reynoso.
Hablaba pues animadamente Araceli con Gonzalito en un rincón; hablaba en otro con no menor animación el chico de Domínguez con una de las chicas de Mínguez; y distribuidas por la estancia en butaquitas y sillas volantes charlaban las señoras con zumbido de cigarras a la hora de la siesta. Clara, por instinto, se había acercado a otra joven señora también encinta y comunicaba con ella sabias y profundas observaciones acerca del arte de fajar los infantes. Elena, la condesa de Peñarrubia y otra señora se decían ardorosamente los últimos secretos de la moda. Tristán bostezaba con la mayor elegancia hojeando un álbum de retratos. Pero había allí una mamá, la señora de Goyeneche, cuya hija alta, huesuda, era una notabilidad en el piano. Como es natural se la instó, se la suplicó con vehemencia para que hiciese feliz por algunos cortos instantes a la reunión. La joven se resistía con palabras humildes como todas las notabilidades: «¡Oh, felices! ¡Si yo no hago más que cencerrear un poquito...! Tendrán ustedes que taparse los oídos.» Y otras frases por el estilo acompañadas de un poquito de rubor que impresionaba gratamente a los tertulios y les obligaba a redoblar sus esfuerzos. No obstante, la mamá ni aun en broma podía oír que su hija cencerreaba y decía en voz baja que Mr. Lamotte, su profesor, había declarado más de una vez que jamás había tenido una discípula tan aprovechada.
Al fin se logró que la niña se acercase haciendo contorsiones hasta el piano.
—¿Qué toco, mamá?—preguntó dulcemente encarándose con la autora de sus días.
—Toca Les premieres feuilles du printemps—respondió la mamá con una pronunciación que hubiera hecho dar un salto a cualquier parisién.
—No sé si me acordaré... ¡Hace tanto tiempo que no toco esa pieza!
¡Mentira! Aquella misma mañana la había tocado dos veces con el profesor. La mamá guardó el secreto.
Se puso al cabo a teclear. Los tertulios escucharon dos o tres minutos con atención: luego cada cual anudó la conversación interrumpida con su vecino. De tal suerte que a los cinco minutos nadie escuchaba a la notable joven más que su entusiasta mamá. Esta, con los ojos fijos en el suelo, las mejillas encendidas, el espíritu recogido, estaba pendiente de los dedos de su niña como si entre ellos se estuviese ventilando la salvación del género humano. De vez en cuando Elena suspendía la conversación un instante y exclamaba en voz alta:
—¡Qué hermoso! ¡Qué delicadeza de ejecución! ¡Es una preciosidad!
Los demás volvían también la cabeza y murmuraban: «—¡Precioso! ¡precioso!»
Inmediatamente todos anudaban su cuchicheo interesante, empezando por la señora de la casa: «—El sombrero malva, el vestido malva, la sombrilla malva, el forro del coche malva...»
La pianista animada por los elogios ponía el alma y la vida en la interpretación de Les premieres feuilles du printemps. Pero las nuevas hojitas primaverales brotaban en medio de una espantosa soledad. Sólo la señora de Goyeneche apreciaba sus matices delicados y su frescura virginal.
La pieza terminó. Transcurrieron unos momentos sin que la reunión distraída se diese cuenta de ello. En cuanto se comprendió estallaron los bravos; todo el mundo felicitaba con elogios hiperbólicos a la artista que confusa y ruborizada se agitaba en contorsiones humildes, mientras su mamá embargada por la emoción estaba a punto de romper a llorar.
Algunos minutos después, abrumada quizá por el peso de su gloria y sintiendo generosamente el deseo de compartirla, la pianista preguntó por qué el señor Aldama no leía alguna de sus hermosas poesías que tanto renombre le habían dado. Como se trataba de un hermano de los amos de la casa los demás también lo preguntaron. Tristán, que no era aficionado a esta clase de lecturas domésticas, rehusó bruscamente la invitación. Sin embargo, la condesa de Peñarrubia con un gesto melodramático le pidió permiso para recitar ella misma una de sus mejores composiciones, El golpe de viento, que sabía de memoria. Tristán se lo otorgó con galantería. La condesa obtuvo un triunfo ruidosísimo. Hubo necesidad de repetir. Entonces el poeta animado por el tufillo de gloria que le entraba por la nariz se aventuró a sacar de la cartera una poesía que había terminado el día anterior, aunque adivinase que no era muy a propósito para ser leída en una reunión mundana.
En efecto, la poesía se titulaba Mi cadáver. Era una visión fúnebre de lo que sería su cuerpo después de la muerte. El poeta describía prolijamente todas las fases de su descomposición cadavérica con verdad y relieve admirables. ¿Cómo estarán mis ojos?—se preguntaba. Sus ojos quedarían opacos, vidriosos y poco a poco se irían poblando de gusanos que concluirían presto con ellos dejando negras, vacías las órbitas. ¿Cómo quedaría su cabeza? La masa de sus cabellos se iría desprendiendo de ella cayendo al cabo en el fondo del ataúd como un montón de barreduras, la piel se huiría dejando al descubierto blanca como la porcelana la tapa del cerebro. ¿Cómo quedarían sus manos? ¡Ah! sus pobres dedos, aquellos dedos que tantas veces habían acariciado las sortijas de tus cabellos de ébano, que oprimieron las rosas de tus mejillas y humildes y temblorosos buscaban los tuyos en la obscuridad, servirían durante algunos días de festín a una legión de gusanos y serían pronto objeto de horror aun para ti misma, hermosa, si los vieses...
La tertulia de Elena quedó estupefacta y aterrada. La composición estaba escrita con talento y esto mismo la hacía aún más aterradora. Muchos se despidieron inmediatamente; otros quedaron haciendo comentarios en voz baja, poco halagüeños para el poeta. Elena, cuyo miedo infantil a la muerte era proverbial en la familia, se sintió indispuesta a los pocos momentos. Fue necesario que le diesen algunas cucharadas de azahar y le hicieran oler el frasco de sales. Al cabo con gesto de indignación dijo a su cuñada:
—Me alegro, hija, de no hallarme en tu caso, porque si lo estuviera abortaría seguramente.
Cuál sería el asombro y el susto que recibió cuando a las dos de la madrugada vinieron a decirle que Clara estaba con los dolores de parto. Vistiose apresuradamente diciendo para sus adentros: «¡Estaba previsto! ¡Cómo no había de suceder esto después de haber escuchado aquella poesía de los gusanos!»
Reynoso y ella se trasladaron lo más pronto que les fue posible a la calle del Arenal, pero ya llegaron tarde. Clara acababa de dar a luz un hermoso niño. Elena apenas podía creerlo; tan persuadida estaba de que su cuñada tendría un aborto. Inmediatamente se apoderó del infante, y después de arreglado convenientemente se lo llevó a su padre que arrellanado en una butaca del despacho estaba comiendo melancólicamente unas rajas de jamón en dulce. La emoción le había producido hambre.
—¡Aquí está el botón de rosa...! ¡Aquí está el tesoro...! ¡Este es el rey Salomón! ¡Este es el emperador de la China!
Detrás de Elena venían doña Eugenia y Visita, a quienes se había enviado aviso, y algunas criadas. Tristán tomó a su hijo en las manos y clavándole una larga mirada de infinita compasión exclamó:
—¡Desdichada criatura condenada a la vida! El Destino me ha elegido a mí como instrumento para dártela. Si así no fuese te pediría perdón por ello. ¡Qué preferible sería para ti que permanecieras eternamente en los limbos de la nada! Dentro de pocos días abrirás los ojos, el telón se alzará y la escena del mundo quedará al descubierto. Sorprendido y ansioso esperarás con impaciencia las bellas, las dulces, las alegres aventuras como yo las he esperado, como las espera todo el mundo. Pronto sabrás a tu costa que en este planeta alumbrado por el sol no hay más que dolor, trabajo, pesares y miseria.
—¡Quita allá, majadero!—exclamó Elena furiosa arrancándole el niño—. ¡Vaya un modo gracioso que tienes de saludar a tu hijo! ¡No hacía falta ya sino que le leyeses la Oda de los gusanos de esta tarde!
Los demás mostraron también en su rostro el mal efecto que les causaba aquel exabrupto.
—Tienes razón, Elena—repuso el joven engullendo un pedazo de jamón y aplicando a sus labios la copa de Jerez—. Hay cosas que deben reservarse. Al enamorado no se le puede decir que la novia es fea aunque lo sea. Después de todo tampoco hace falta. La miseria de este mundo es tan visible que ni aun el que voluntariamente cierra los ojos deja de percibirla, porque si no la ve la siente.
—Y si hubiera muchos antipáticos como tú este mundo sería sin duda más desgraciado—replicó Elena saliendo bruscamente de la estancia con el niño.
Contra lo que podía presumirse, supuesto el recibimiento que le había hecho, Tristán se mostró desde el principio como padre atento y vigilante hasta caer en lo ridículo. Así que su hijo tuvo a bien presentarse en este mundo de horror y tristeza, se creyó en el deber de hacérselo más llevadero. El medio más adecuado para ello pensó que sería comprar los libros recientes que trataban de la higiene y educación de los niños. Día y noche se entregó a su lectura con verdadero furor. En pocos días adquirió una suma increíble de conocimientos que puso en conmoción a todos los criados de la casa. El modo de lactarlo, el modo de vestirlo, el modo de bañarlo, todos los agentes internos y externos a los cuales pudiera estar expuesto el infante cayeron inmediatamente bajo la crítica inflexible de su enorme sabiduría. Clara, que como buena y robusta madre criaba a su hijo, estaba sorprendida, pero acataba los fallos de su marido porque los creía fundados en las prescripciones de los sabios. Lo peor del caso era que ¡cosa rara! éstos no solían estar conformes en sus métodos. Un libro afirmaba que a los niños no se les debe poner más que vestidos holgados; otro decía que esto es expuestísimo a las desviaciones de la columna vertebral. Un sabio aconsejaba que desde los primeros meses se les calzara con zapatos de suela; otro tronaba contra esta horrible costumbre y vaticinaba resultados tristísimos si se les aprisionaba los pies. El uno preconizaba el uso del agua fría en los baños; el otro se revolvía contra este procedimiento y afirmaba con datos estadísticos que el agua fría aumentaba la mortalidad un treinta y cuatro por ciento, mientras el uso del agua caliente la rebajaba hasta un veintitrés.
El resultado de esto era que nadie sabía a qué atenerse en la casa y todo el mundo andaba de cabeza. Se le estaba bañando unos días en agua fría; de pronto venía la orden de que se usase el agua caliente. Se le estaba fajando con una docena de vueltas; cuando menos podía pensarse quedaba proscrita la faja. Mamaba el infante cada dos horas; pues bien, un día cambiaba radicalmente el sistema y se le dejaba mamar en cuanto llorase. Todo a merced del último libro o revista que cayese en las manos del amo de la casa.
Todavía no era esto lo que causaba más desazón en la familia. Tristán leyó un artículo en que se descubrían los abusos infames que las criadas cometían algunas veces con los niños más tiernos, unas veces atormentándoles, otras acariciándoles demasiado. Inmediatamente se puso a sospechar de cuantos tomaban al niño en las manos, a ejercer una vigilancia incesante sobre la servidumbre. En cuanto una muchacha cogía el niño, ya estaba su papá con los ojos clavados en ella; la seguía a todas partes, le prohibía tocarle si no fuese por encima de la ropa. Procuraba también ocultarse y hacerles pensar que estaban solas, espiándolas por el quicio de las puertas o presentándose de golpe cuando menos lo esperaban. Al principio las domésticas no podían comprender qué significaban aquellos desusados pasos y lo tomaban como una de sus muchas extravagancias; pero así que lo supieron se mostraron tan ofendidas que resolvieron marcharse. Sólo por los ruegos de Clara, a quien adoraban, consintieron en quedarse.
Hacía ya dos meses que había nacido el niño y corrían los últimos días del mes de junio. Una noche, antes de ponerse a comer, cuando aún estaba Tristán en su despacho, entró una doncella a anunciarle que preguntaba por él aquel caballero que los señoritos llamaban paisano...
—¡Ah! sí, Barragán... Pase usted, Barragán, pase usted—añadió en voz alta y dando algunos pasos hacia la puerta.
—No; si no ha entrado aún, señorito—respondió la criada confusa.
—¿Cómo que no ha entrado? ¿Le ha dejado usted en la escalera?
Efectivamente le había dejado en la escalera y con la puerta cerrada. Cuantas seguridades se habían dado a la servidumbre de que Barragán era una buena persona y no un malhechor fueron insuficientes a disipar sus recelos. En el fondo las criadas estaban convencidas de que un día u otro aquel sujeto jugaría una mala partida a sus señoritos.
—Pásele inmediatamente y no vuelva usted a hacer eso.
Un instante después aparecía en el despacho el rostro espantable del paisano Barragán. Lo primero que hizo antes de saludar fue cerrar cuidadosamente la puerta. Luego, dirigiendo miradas torvas en derredor y entregándose a una serie de muecas a cual más odiosa y espeluznante, avanzó cautelosamente hacia Tristán y le puso una mano sobre el hombro. A pesar de la absoluta convicción que éste tenía de su honradez no pudo menos de retroceder un paso, dando señales de susto.
—Usted me perdonará, Tristanito, que le moleste un momento. Tengo que hablarle de algunas cosillas serias.
Barragán era el hombre de los diminutivos.
—Estoy a sus órdenes, amigo Barragán—respondió Tristán completamente asegurado...—Pero siéntese usted.
Barragán se sentó y a su lado Tristán. Aquél volvió a pasear una mirada salvaje por la estancia y sonriendo ferozmente preguntó con la mayor finura:
—¿Cómo está usted, Tristanito? Bien, ¿eh? ¿Y Clarita? ¿y el niño? Me alegro, me alegro muchísimo.
Una vez enterado de la salud de todos pensó Tristán que el paisano pasaría a explicarle el asunto serio que allí le traía. Pero no fue así. Lo único que hizo fue mirarle durante largo rato fijamente como si tratase de inquirir si efectivamente se hallaba bien de salud o es que le ocultaba alguna secreta dolencia.
—¿Conque bien, Tristanito? ¿bien de verdad, eh?
Tristán un poco impaciente le aseguró que nada le dolía. Pero disipadas estas dudas parece que renacieron más vivas las referentes a la salud de Clara. Hubo necesidad de asegurarle igualmente que la joven madre jamás se había sentido más vigorosa. ¿Y el niño? ¿Cómo seguía el pobrecito? Inmediatamente el paisano se puso a disertar sobre el tiempo y a hacer comparaciones geográficas entre España y Guatemala, y dando un salto después llegó hasta Méjico y habló de los gauchos y de las vacas salvajes y de las diligencias donde los viajeros iban pertrechados de todas armas y de los asaltos de los bandidos, etc. En fin, después de un largo rato de vagar por aquellos lejanos países se levantó de la silla y se dispuso a marcharse. No quería estorbar; sin duda irían a comer... Tristán asombrado también se levantó del asiento y le acompañó hasta la puerta del despacho, pero una vez allí no pudo menos de decirle:
—¿Se ha olvidado usted de que tenía que hablarme de cierto asunto?
Barragán se puso un poco pálido, y como si le hubiesen aplicado en los riñones una fuerte corriente eléctrica, agitado y convulso comenzó a dar vueltas por la estancia mientras Tristán le contemplaba presa de la mayor estupefacción. Al cabo parándose delante de él le dijo:
—Siéntese usted, Tristanito, siéntese usted... Voy a hablarle... pero me permitirá que no me siente... No puedo; me encuentro alterado, completamente alterado.
—¿Quiere usted una taza de tila?—preguntó Tristán sonriendo interiormente de ofrecer tila a aquel monstruo.
—No, señor, muchas gracias; sólo le pido que me permita estar de pie y dar algunos paseos...
—Pasee usted cuanto quiera, amigo Barragán—repuso Tristán mirándole con curiosidad.
Pero con gran sorpresa suya en vez de hacer uso de esta facultad el paisano se dejó caer como un plomo sobre el diván, sacó el pañuelo y se lo llevó a la frente empapada de sudor.
—¡Es tan triste! ¡Es tan triste!—murmuró con abatimiento.
—Ha tenido usted algún disgusto, ¿verdad? ¡Oh! la vida es una cadena que no se compone de otros eslabones—dijo Tristán con filosófica conmiseración que ocultaba una positiva indiferencia.
—Sí; un disgusto bien grande... Pero aún siento más el que va usted a tener.
Tristán dio un salto en la butaca a pesar de su metafísica resignación.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué es ello? ¿Qué disgusto voy a tener?
—¡Es una desgracia, es una verdadera desgracia!—murmuró con más abatimiento aún Barragán.
—¿Qué desgracia es esa? ¿Qué ha pasado?—profirió el joven en el colmo de la impaciencia.
Barragán, que parecía más inclinado a las vagas lamentaciones que a las confidencias, repitió cada vez con acento más desolado:
—¡Qué tristeza! ¡Qué tristeza!
—Pero vamos a ver... ¡hable usted!—profirió el joven exasperado sacudiéndole por el hombro.
—¡Cálmese usted, Tristanito! Le aconsejo a usted que tenga calma en estas circunstancias.
No hay consejo menos calmante que el de la calma. Tristán, ya fuera de sí, comenzó a patear con furor, soltando al mismo tiempo una serie de interjecciones bien enérgicas.
—¿Quiere usted hablar o no? ¡Maldita sea mi suerte!
—Allá voy... Ya sabe usted, Tristanito, que a mí no me gusta pasearme por las calles y que muchos días monto a caballo y me salgo por las afueras.
—Sí, sí, ya lo sé. ¡Adelante!
—Y que suelo comer donde me pilla... a lo mejor en cualquier taberna... Creo que con eso no ofendo a nadie y que usted no me despreciará, ¿verdad, señor Aldama?
—Ni más ni menos. ¡Adelante!
—Pues había ido esta tarde hasta Vallecas y a la vuelta entré en una taberna del camino, y como tenía hambre, mandé que me frieran unos huevitos y me guisasen un pisto. Es admirable cómo guisa los pistos la tía Bibiana del Puente de Vallecas. No deje usted de probarlo si algún día llega hasta allá...
—¡Lo probaré...! ¡Adelante!
—Pues como le digo, estaba comiendo, no en la taberna precisamente, sino en una piececita contigua donde suelen servir a los parroquianos que quieren estar solos. Esta habitación tiene una ventanilla al camino, y por ella vi que se detenía un coche de punto frente a la taberna y que bajaba de él ese pintor amiguito de usted...
—¿Núñez?
—Sí, señor. Entró en la taberna y le vi que pedía un vaso de agua para una señora que quedaba en el coche. La chica de la tía Bibiana quiso salir para servírselo, pero no lo consintió y él mismo fue a llevárselo. Yo había notado al través de los visillos que la señora procuraba ocultarse retirándose hacia el fondo del carruaje y esto despertó un poquito mi curiosidad. Así que con disimulo alcé un si es no es el visillo, apliqué el ojo, y cuando la señora se inclinó para tomar el vaso de agua quedé asustado viendo que era Elenita.
—¿Cómo? ¿Qué está usted diciendo? ¿Mi cuñada Elena?
—La misma, Tristanito, la misma.
—¡No puede ser!
—Le digo que la he visto tan bien como le estoy viendo a usted ahora.
—¿Y no pudo usted haberse equivocado? ¿Que fuese una mujer parecida?
—Le repito que estoy bien seguro de ello. Ya se hará usted cargo del disgustillo que habré tenido. Con decirle que no pude probar otro bocado está dicho todo. Allí se quedó el pisto de la tía Bibiana sin que lo tocase. Yo quiero a Germán como si fuese mi hermano y le digo a usted en conciencia, Tristanito, que hubiera preferido perder cuatro mil pesetas a saber lo que he sabido. Me vine a casa y no pude parar en ella. Hace dos horas que ando dando vueltas por las calles y tantas cosas he pensado que tengo la cabeza como un volcán...
No había más que mirarle para cerciorarse de la verdad. Sus ojos sanguinolentos semejaban lava encendida: la boca un negro, espantoso cráter.
Tristán quedó unos momentos pensativo y luego poniéndole una mano sobre el hombro le preguntó:
—¿Ha dicho usted una palabra de esto a alguien?
—La primera persona con quien hablo desde el suceso es usted.
—Pues bien, le invito, le exijo por el interés de toda la familia que guarde usted absoluto silencio sobre lo que ha visto... o cree haber visto.
—Lo guardaré, Tristanito, lo guardaré.
—Ya pensaremos lo que se ha de hacer. Pero entre tanto, le repito, ¡silencio, mucho silencio!
Luego se puso a dar paseos por la estancia sin decir palabra, como si Barragán no estuviese allí. Este comprendió que estorbaba y se despidió, anunciando otra vez, más que con palabras por medio de signos desesperados, que si había hombre en el mundo que semejase un sepulcro ese hombre era él, el paisano Barragán.
Cuando quedó solo Tristán siguió paseando absorto en profunda meditación. Y pensando, pensando, resultó que a los pocos minutos adquirió el convencimiento de que Barragán había visto visiones. No tenía nada de extraño. Como era hombre tan poco acostumbrado a vivir entre damas ni aun entre personas civilizadas, bastaba cualquier semejanza de rostro o de toilette para que el infeliz se confundiese. Ni en el carácter de Elena ni menos en el de Núñez entraba semejante ruindad. Además, caso de que fuesen amantes no era verosímil que cometiesen la imprudencia de exhibirse paseando en coche por las cercanías de Madrid. ¡El pobre Barragán...!
Y bien tranquilo, con la sonrisa en los labios se dirigió al comedor, donde ya le esperaba Clara. No pudo resistir a la tentación y dio cuenta a ésta de la conversación que acababa de tener con el paisano en tono de broma y haciendo comentarios humorísticos como quien está bien seguro de lo disparatado del asunto. Clara se puso pálida, luego roja como una brasa, y renunció a comer por el momento dando señales de profundo abatimiento. Tristán se manifestó sorprendido de aquella emoción y se esforzó en calmarla adoptando cada vez un continente más tranquilo. Llovieron sobre la atribulada joven multitud de reflexiones, unas serias, otras jocosas. ¿No sabía que Barragán era un hombre primitivo y selvático para quien todas las señoras eran una misma señora como para los niños su papá todos los caballeros que encuentran en la calle? Esto en cuanto a la explicación material del suceso. En cuanto a la moral no había motivo alguno para dudar de la fidelidad de Elena, cuyo carácter inocente y afectuoso ella podía conocer mejor que nadie. Y por parte de Núñez bien podía estar segura de que era incapaz de faltar a las leyes de la caballerosidad. Gustavo tenía un temperamento burlón, le gustaba pasar por escéptico y original, pero en el fondo era el honor y la rectitud personificados.
Clara levantó hacia él una mirada donde se leía el asombro. Y realmente era asombroso que aquel hombre que de todo el mundo recelaba sólo en Núñez tenía completa confianza.
Por lo demás él era ya hermano de Germán y le interesaba tanto su honor como a ella misma. Era ofenderle el suponer que si aquella especie de Barragán tuviera asomo de fundamento no le ofendería gravemente y no se arrojaría inmediatamente a poner remedio. Esta última observación impresionó un poco a Clara, si no la tranquilizó por completo.
Tristán se levantó de la mesa, encendió un cigarro puro, jugó un momento con el niño y salió a la calle en la misma actitud que todas las noches. Sin embargo, en el fondo de su alma aunque no quisiera confesarlo había una leve preocupación, algo que le escocía. Este escozor fue el que le obligó a encaminar sus pasos al Ateneo en vez del café de Fornos. Un célebre crítico de arte estaba dando en aquel centro unas conferencias acerca del pintor Velázquez. Le tocaba la segunda aquella noche, y aunque él no había asistido a la primera porque desde hacía algún tiempo le interesaban más los donaires y murmuraciones del café que las disquisiciones estéticas, sabía perfectamente que Núñez no dejaría de estar allí y a todo trance quería verle. En efecto, a los pocos pasos que dio por el espacioso corredor donde se amontonaban los socios en espera del aviso de la conferencia vio a su amigo en el centro de un grupo de artistas, sorprendiéndoles y haciéndoles reír como siempre con sus paradojas. Tristán se dirigió a este grupo, terció en la conversación y en cuanto le fue posible se arregló para sacar a Gustavo de allí y llevarle hacia un rincón donde había dos mecedoras. Ambos se sentaron uno frente a otro. Hablaron unos instantes de asuntos indiferentes. De pronto Tristán afectando una risita irónica:
—¿A que no sabes, Gustavo, dónde te han visto hoy?
—Seguramente en ningún sitio donde no haya estado—repuso el pintor con su habitual displicencia.
—¿Has estado en una taberna del Puente de Vallecas?—replicó Tristán sin abandonar la sonrisa, pero mirándole con atención intensa a la cara.
Ni un pliegue de ésta se descompuso, ni el más ligero cambio en su color, ni una ráfaga de sorpresa por los ojos. Sólo en las manos hubo un leve temblor que no llegó a percibir Tristán.
—¿Has estado tú?
-No; Barragán es el que ha estado y pretende haberte visto nada menos que servir un vaso de agua a mi cuñada Elena que habías dejado en el coche.
Nada, ni un imperceptible signo de confusión o de sorpresa. La más completa, la más absoluta tranquilidad. Hubo una pausa. Núñez dio un prolongado chupetón al cigarro, sacudió la ceniza con el dedo meñique.
—¿Barragán ha visto o ha olido a tu cuñada?—preguntó al cabo con afectada indiferencia.
—Dice haberla visto cuando se inclinó para tomar el vaso—replicó Tristán sin perderle de vista.
—¡Oh! entonces no hay cuidado. El sentido infalible en los hombres como Barragán es el olfato... Al menos eso dicen todos los viajeros y naturalistas.
—Desde luego he pensado que ha sido una equivocación muy explicable en quien no ha frecuentado toda su vida más sociedad que la de los gauchos...
Después de estas palabras Tristán pensó que su amigo iba a manifestar de una vez si había estado o no en la taberna y en caso afirmativo dar una explicación. Pero no fue así. Núñez adoptó un continente más glacial aún que de costumbre y empezó a columpiarse suavemente chupando el cigarro por intervalos y mirando al techo. Aunque no creyese ni más ni menos en la aventura, a Tristán le irritó un poco tanta displicencia. Fingiendo, sin embargo, alegre desembarazo le dijo al cabo poniéndole una mano sobre la rodilla:
—Vamos a ver, ¿quién era la incógnita, Gustavo?
—¿Qué te importa?
—¿Una duquesa?
—Lo es a ratos solamente—repuso el pintor sin poder reprimir la risa.
—¡No necesito más! ¡La Trini!—exclamó Tristán riendo también; luego añadió bajando la voz—: Efectivamente... rubia con ojos negros... no es extraña la equivocación.
—¡No digas sandeces, Tristán! Si tu cuñada te oyese te arrancaría los ojos. ¡Confundir una madonna de Rafael, una estatua de Praxíteles con esa moza de cántaro! Y a propósito, ¿te pega mucho Clara?
—¡Todavía no!—exclamó el poeta riendo.
—Efectivamente aún no te he visto con la cara hinchada... ¡Pero no te descuides!
Todavía charlaron unos momentos embromándose mutuamente cuando se oyó el grito del conserje—: Conferencia del señor Jiménez... Conferencia del señor Jiménez.
—Vamos a oír a Jiménez—dijo Núñez alzándose de la mecedora.
Sin embargo, Tristán todavía sentía un vago malestar en su espíritu. Al tiempo de avanzar hacia la cátedra cogidos del brazo dijo a su amigo, mitad en serio mitad en broma:
—Conste, querido, que la equivocación de ese bruto me ha dejado completamente frío. Te he considerado siempre como una buena persona y tengo absoluta confianza en tu fidelidad.
—Haces mal—repuso Núñez gravemente—. Yo soy un hombre lleno de virtudes como todo el mundo sabe, pero el día en que tu cuñada me haga una seña estoy dispuesto a arrojarlas todas por la ventana.
Tristán rió de buen grado y las últimas sombras de duda se disiparon.
Cuando terminó la conferencia y salieron a los corredores el pintor se juntó a sus amigos dejando a Tristán sin ceremonia. Este vagó todavía un rato de grupo en grupo escuchando comentarios. Tenía ganas de irse, pero había visto en un corro cerca de la puerta a su antiguo maestro y ex amigo Rojas. Desde la publicación de los artículos había evitado cuidadosamente el tropezar con él y por no pasar cerca se estuvo quieto. En el amplio corredor iluminado resonaban cada vez más altas las voces de los socios. Había risas, violentas discusiones, ensayos vergonzantes de discursos. En un grupo se discutía el panteísmo, en otro la necesidad de rebajar el presupuesto de marina; más allá se narraba una aventura escandalosa, mientras cerca comentaban unos señores la última encíclica de Su Santidad.
—¡Curioso! ¡curioso! ¡curio-sí-si-mo!
En el centro de un grupo tronaba y relampagueaba el ilustre Pareja.
—Porque yo en mis modestísimos estudios he aprendido... Reconozco en usted, amigo Valleumbroso, la psicosis epileptoides del genio...
—Muchas gracias—decía el mosquito lírico ruborizándose—. Me favorece usted demasiado...
—Nada, nada: es justicia seca. Esa instabilidad en sus estudios, esa originalidad excesiva en el absurdo, ese agotamiento de que usted se queja a menudo son los estigmas reconocidos del genio...
—Muchas gracias, muchas gracias—balbuceaba el mosquito.
—Pero el señor Valleumbroso no padece convulsiones, y según me han dicho, los genios...—apuntó tímidamente uno de los admiradores que rodeaban a Pareja.
Este sonrió de un modo tan suficiente que tal sonrisa bastaría por si sola para reducir a ceniza cualquier argumento por poderoso que fuese. Hay que imaginar cómo quedaría cuando el ilustre Pareja manifestó agitando su brazo derecho y haciendo imprimir a las faldas de su levita un principio de movimiento rotativo:
—Porque la forma clínica aplicable al señor Valleumbroso no es la de los caracteres bien conocidos de convulsibilidad, pérdida de conciencia, etc. Pero, amigo Rodríguez, hay otra—¡hay otra!—. Esta forma, más o menos larvada, más o menos esfumada, escapa a la investigación de los espíritus superficiales, pero no a los temperamentos reflexivos. ¿Estamos, amigo Rodríguez? ¿Estamos?
El pobre Rodríguez se encogió, se encogió hasta quedar convertido en un trapo.
—Hay en Valleumbroso—prosiguió el sabio con voz resonante—una preocupación de la personalidad propia, que es uno de los caracteres típicos de la forma clínica genial. ¿No es verdad, amigo Valleumbroso?—añadió poniéndole con protección una mano sobre el hombro—¿no es verdad que vive usted excesivamente preocupado de sí mismo?
El autor de los Pétalos al aire comenzó a tragar saliva como si algo le estorbase en la garganta. Era duro afirmar su vanidad; pero como de no hacerlo se le escapaba uno de los caracteres típicos del genio concluyó por estar conforme con que jamás pensaba en otra cosa más que en sí mismo. Y ruborizándose aún más de lo que estaba añadió en voz baja dirigiéndose a Rodríguez:
—Cuando niño me ha dicho mi mamá que he padecido convulsiones.
—¡Lo ven ustedes!—exclamó Pareja en alta voz.
Y henchido de entusiasmo dio una vuelta en redondo y su levita flotó como las alas de una mariposa.
—Sería acaso por la alferecía—murmuró el recalcitrante Rodríguez.
—¡Qué alferecía, señor mío, ni qué calabazas!—gritó el ilustre Pareja—. Eso no es más que un efecto de la ley binomial, según la cual ningún fenómeno se produce aislado. Esas convulsiones infantiles eran la voz de la naturaleza que anunciaba ya la aparición de un genio. Yo tengo la seguridad de que cuando Valleumbroso compone sus poesías el acceso creador se manifiesta siempre en él instantáneo, inconsciente y con intermitencias. ¿Verdad, amigo Valleumbroso? ¿verdad que padece usted intermitencias?
—¡Oh, muchísimas!
—No era posible otra cosa. La ciencia sólo consiste en descubrir las leyes eternas de la naturaleza. Cesaron las convulsiones, pero vino como compensación fatal, como equivalente psíquico la creación genial. O lo que es igual, Valleumbroso ya no es un convulsivo, pero sigue siendo un epiléptico en el momento que siente el estro creador. Si usted me lo permitiese, querido Valleumbroso, yo quisiera una vez estar a su lado en el instante de componer para hacer sobre usted algunas experiencias científicas.
—Cuando usted guste—replicó el mosquito, rojo de placer.
—Tengo la seguridad de encontrar la insensibilidad dolorífica en mayor o menor grado y la irregularidad del pulso engendrada por el impulso convulsivo de las arterias...
Tristán que se había parado un instante a escuchar, sintió un estremecimiento de ira. Y rechinando los dientes murmuró: ¡Imbéciles!
Se alejó de aquel interesante grupo dispuesto a salir a la calle aunque tuviese que pasar por delante de Rojas. Felizmente éste ya no estaba allí. Salió, pues, confiado del corredor, pero al pasar por el vestíbulo salía el anciano poeta del guardarropa donde acababa de ponerse el abrigo. Se encontraron de frente. Tristán tuvo un instante de vacilación. Al cabo bajó los ojos y trató de ganar la puerta sin saludar. Rojas no le dejó:
—Buenas noches, Aldama. ¿Por qué no quiere usted saludarme? ¿Teme usted los reproches de su víctima?
—¡Mi víctima!—exclamó el joven visiblemente confuso—. ¡Oh no, don Luis! ¡Yo no hago víctimas de tal categoría!
—Déjeme sorprenderme, amigo mío, al saber que conservo aún alguna categoría. Yo pensaba que después de sus artículos ya no quedaban del poeta Rojas ni los huesos, que estaba no sólo enterrado, sino putrefacto.
La sonrisa con que el anciano vate acompañó estas palabras hirió a Tristán como un latigazo.
—Carezco del poder de enterrar a nadie porque no soy sepulturero—repuso en tono algo desabrido—. Me he limitado siempre a expresar con toda franqueza mi opinión sin cuidarme de saber a quién exaltó o a quién deprimió esa opinión, ya que no versa jamás sobre asuntos que atañen a la honra.
—¿Está usted seguro de que siempre ha expresado con franqueza su opinión?
—El dudarlo es una ofensa.
—¿También cuando afirmaba usted que yo era el primer poeta español no sólo de los tiempos modernos, sino también de los antiguos?
—Entonces lo creía.
—Usted lo creía: yo no. En cambio yo pensaba que era posible ganar el corazón de un joven dedicándole un cariño apasionado, alentando y protegiendo sus esperanzas; creía que el afecto desinteresado de los viejos debía engendrar el respeto y consideración de los jóvenes. Eso no lo creía usted.
—La cualidad que más he estimado siempre en los hombres y por tanto en mí mismo es la sinceridad. Si usted imagina que pudiera enajenar tesoro de tal valía a cambio de favores literarios, vive usted en un error. Me considero no sólo con el derecho, sino también con el deber de decir claramente lo que siento acerca del arte y de los artistas.
Rojas sonrió, guardó silencio unos instantes y al cabo dijo:
—A un general se le confía la dirección de una campaña. Este general combina su plan estratégico y el enemigo le derrota. Una casa de comercio entrega poderes a un empleado para la gerencia de sus negocios y la casa experimenta graves pérdidas. El general y el gerente son hombres muy sinceros, no hay que dudarlo, pero ni la nación ni la sociedad depositarán ya en ellos jamás su confianza. ¿No teme usted, amigo Aldama, que el público haga con usted lo mismo?
—Eso no es cuenta de usted, don Luis, ni debe preocuparle—replicó Tristán con mal disimulada irritación—. Si el público no acepta mis juicios, yo sufriré las consecuencias de su desvío.
—Está usted bien pagado, hijo mío, de sus juicios.
—Cada uno lo está de sus propias obras por poco que valgan.
—Las hay que lo merecen y las hay también que merecen ser despreciadas por su mismo autor.
—Comprendo, don Luis, que usted se halle bien ufano de las suyas, pero ¿por qué no quiere usted dejar a los demás la ilusión de que no escriben cosas despreciables?
—He sido el primero en apreciar y elogiar las suyas, pero no puedo hacer el mismo caso de una obra realmente literaria escrita con la frescura de una imaginación juvenil que de un ataque injustificado y violento inspirado por la musa del tedio y fraguado por la de la hipocondría.
—¿Ese juicio tan severo no estará inspirado ahora por la del despecho?
El anciano vate le miró fijamente a los ojos durante unos momentos; luego alzando los hombros replicó suavemente:
—Me encuentro en una edad, señor Aldama, en que las rosas y los laureles que la benevolencia del público acumuló sobre mis sienes quieren escaparse de ellas temiendo la obscuridad de la tumba. El barquero fatal me hace ya señas: las potencias celestes me invitan a desprenderme de todo humano cuidado. He llegado al fin de mi carrera y puede usted creerme que los aplausos de los hombres no me embriagan, porque apetezco ya los de los ángeles. Si aquéllos me alegrasen podría morir tranquilo, porque no está en el poder de usted ni en el de ningún critico el arrebatármelos. El pueblo olvida fácilmente a los ricos, a los guerreros, a los hombres de Estado, pero recuerda siempre con amor al artista que una vez le proporcionó algunos instantes de alegría espiritual. Aunque todos los críticos de España se armasen hoy para arrancarme de la cabeza la corona y de los hombros la púrpura, mañana al salir a la calle las miradas de los hombres me saludarían como a un rey. Perdóneme usted este rasgo de orgullo póstumo. Hoy ya no lo siento, y porque no lo siento puedo decirle, amigo Aldama, que por encima de la gloria literaria, por encima de toda gloria humana, hay algo que los hombres deben respetar, y cuando no lo respetan dejan de ser hombres. Quede usted con Dios.
XV
EL PAISANO BARRAGÁN COMERCIA CON LOS ESPÍRITUS Y LUEGO CON LOS CUERPOS
¿Hay Dios o no hay Dios? Si lo hay ¿dónde está? Si no lo hay ¿quién hizo este mundo? ¿Morimos para siempre o resucitamos después en otra vida? ¿Por qué nacemos? ¿por qué morimos? ¿Qué es el cielo? ¿qué es el infierno? Tales eran las graves cuestiones metafísicas que se agitaban incesantemente en el cerebro tenebroso del paisano Barragán. La misa nupcial de Clara y Tristán habíalas despertado y desde entonces nuestro indiano ni había podido darles solución (¡cosa rara!), ni había logrado sosegar. Se puede decir que apenas vivía ya para otra cosa que para pensar en ellas, salvo el cortar puntualmente el cupón de sus títulos y comer algún guisado en el Puente de Vallecas o en los Cuatro Caminos. Doña Mónica, la patrona que le tenía alojado por la módica cantidad de tres pesetas cincuenta céntimos diarios en un cuarto de la calle de las Hileras, le aconsejaba prudentemente «que no hiciese caso y comiese», pero él no podía seguir este consejo prosaico al menos en su primera parte. En lo que a la nutrición se refería acaso lo siguiera más decididamente si doña Mónica al cabo de sus años hubiera adquirido la costumbre de poner los garbanzos más blandos.