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Tristán o el pesimismo

O EL PESIMISMO (continued 2)

Reading edition

—¡Pero, mujer, si es el paisano Barragán! ¿No ves que es el paisano Barragán...? Ven acá, Barragán, ven a saludar a mi mujer.

—¡No, no!—gritó Elena dando un salto atrás y disponiéndose a correr.

Costó trabajo convencerla de que el paisano Barragán no era un secuestrador y aún no pudo llegar a convencerse por completo. La verdad es que jamás bandido ni criminal alguno tuvo un aspecto más aterrador.

—Pero hombre, ¿sigues todavía con la manía de dejarte esas barbas disparatadas?—manifestó Reynoso, un poco amostazado por el susto que había recibido su esposa. Sin duda creía que la traza terrorífica de su amigo dependía exclusivamente de la barba. Era un error. No dependía de la barba, ni de la nariz, ni de los ojos, ni de los cabellos, sino de la aciaga combinación que la naturaleza pérfidamente se propuso hacer con todos estos elementos. ¡Cuántos disgustos le había costado!

Los ojos de Barragán quisieron sonreír y sonrieron en efecto, como si un buldog se hallase dotado de esta facultad.

—¿Crees tú que la barba...?

—Sí, hombre, sí. Quítatela.

—¡Pero si me la quité hace dos años y al día siguiente me llevaron a la cárcel en Veracruz!

Don Germán soltó a reír y le abrazó de nuevo. Elena le tiró de la manga diciéndole por lo bajo:

—¡Basta, Germán, basta!

En efecto, el paisano Barragán, según explicaba más tarde Reynoso a sus amigos, nunca había logrado quitarse de encima aquella gran traza de ladrón, aunque lo intentó repetidas veces. Por consejo de sus amigos empezó en cierta ocasión a vestirse de levita y sombrero de copa; pero con esta indumentaria estaba tan horrible, tan patibulario que los mismos amigos le aconsejaron que se volviese a la chaqueta y al sombrero de fieltro. Había nacido en Escorial (por eso le llamaba siempre paisano), pero le había conocido en Guatemala, donde también se empleaba en el comercio del café, con el cual logró juntar un pequeño capital. Poco antes de regresar Reynoso a España se había trasladado de Guatemala a México, y no supo ya más de él sino que allí se había casado.

A los gritos habían acudido también el jardinero y su mujer y un peón de los que trabajaban por allí cerca. Todos emprendieron juntos el camino de la casa satisfechos de que no hubiera acaecido nada malo. Pero Barragán tocó en el hombro a Reynoso y le dijo:

—Dispénsame un instante que vaya a recoger el caballo.

—¡El caballo!—exclamó su amigo en el colmo de la sorpresa—. ¿Pero has venido a caballo?

—Sí, he venido desde Madrid... Ya te explicaré... Seguid andando, que yo os alcanzo en seguida, porque está amarrado ahí cerca.

Siguieron, en efecto, a paso lento el camino que ceñía el muro. Reynoso aprovechó la ocasión para darles brevemente noticias de su amigo.

—Por lo demás—terminó diciendo—Barragán es de los hombres más honrados que he conocido. Un poco agarrado en cuanto al dinero, pero decente, pacífico, conciliador, incapaz de hacer daño a nadie... En fin, un cordero.

—¡Un lobo!—murmuró Elena al oído de Clara volviendo al mismo tiempo la cabeza atrás con susto.

Barragán llegaba ya con el caballo del diestro. Reynoso ordenó al peón que allí venía que lo llevase a la cuadra, y emparejándose después con su amigo marcharon un poco delante. Este le informó, mientras llegaban a la puerta del parque y lo atravesaban, de los últimos sucesos de su vida. Se había casado, en efecto, en México con una viuda que ya tenía dos hijos bien crecidos, casi hombres. («¡Claro—decía para sus adentros Reynoso—una joven no se atrevería contigo!») Al poco tiempo empezaron las disensiones en el seno de la familia. La madre tenía muy mimados a sus chicos y les dejaba gastar cuanto querían. Como no tenía mucho dinero que darles, se empeñaba en que él subvencionase a sus vicios.

—Naturalmente, yo...

—Ya, ya; no me digas más.

Pues bien, el asunto se había ido poniendo tan serio, las pretensiones de los mocitos crecieron a tal punto, que ya le injuriaban y le amenazaban cuando no soltaba los cuartos. Por fin, uno de ellos le disparó un tiro...

—¿Qué dices?—exclamó don Germán.

—¡Ni más ni menos...! Es posible que fuera por asustarme nada más, porque la bala quedó incrustada en el techo... pero de todos modos...

—¡Ya lo creo que de todos modos!

—En fin, decidí escaparme. Realicé a la callandita casi todo mi dinero y lo envié en letras a Europa. Después una mañana les dejé plantados, tomé el vapor y anduve viajando algunos meses por Inglaterra y Alemania para despistarlos, porque sospecho que me seguirán los pasos. Por fin, vine a Madrid, y allí estoy desde hace quince días. Tenía grandes deseos de verte, pero, francamente, el Escorial es un sitio peligroso para mí porque han de suponer que he venido a recalar a esta tierra.

—¡Pero hombre, parece mentira que con ese aspecto tremendón y esas barbas tengas miedo de tus hijastros!

—Es que no los conoces, Germán. ¡Mis hijastros son dos gauchos, dos leopardos!

—¡Pero tú pareces un tigre!—repuso riendo Reynoso.

Mientras esto sucedía en las afueras del parque, dentro de él Tristán llevaba a cabo un gravísimo descubrimiento. Hostigado por los recelos que Cirilo y Visita le infundían y ardiendo en deseos de cerciorarse de la intriga que contra él se tramaba, no dudó en faltar a la delicadeza espiándolos. Sabía que el matrimonio se hallaba en el cenador con el marquesito, y hacia allá se dirigió sin hacer ruido. Metiéndose en el macizo de las cañas que lo circundaban, observó en qué situación se hallaban colocados y se aproximó buscándoles la espalda. Las primeras palabras que oyó le dejaron yerto.

—¡Pero si ya está arreglado!—exclamaba el marquesito.

—Lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace—respondía Visita.

Una ola de sangre subió al rostro de Tristán. Estuvo a punto de caer. Quiso avanzar más para escuchar la conversación que se le escapaba por haber bajado la voz los interlocutores, pero uno de los perros que allí estaban lo olfateó y se puso a ladrar. Entonces no tuvo más remedio que descubrirse, fingir que llegaba en aquel momento haciendo de tripas corazón, sonreír y dirigir palabras amables a aquellos traidores. Ellos le recibieron con la más perfecta tranquilidad fingiendo pasmosamente que tenían gusto en verle por allí y preguntándole por Clara. Imposible llevar a grado más alto la hipocresía. ¡Qué abismo de maldad es el corazón humano!

No hacía mucho rato que estaban allí sentados cuando llegó la caravana que conducía en triunfo al paisano Barragán. El marquesito y Cirilo, al verle, se pusieron en pie y sus ojos no pudieron menos de expresar la sorpresa y la inquietud. El mismo Tristán, a pesar de hallarse bajo el peso de un desengaño doloroso, miró con estupor a aquel extraño personaje. Reynoso lo presentó con palabras afectuosas y cordiales, desvaneciendo la primera desagradable impresión. Se narró en medio de algazara la terrible aventura de Elena y el valor desplegado por Clara en aquellas críticas circunstancias. Tristán, cuyo corazón estaba henchido de amargura, tomó la palabra para dejar caer una gota de hiel.

—Nada tiene de extraño el susto de Elena. Los peligros de toda clase hormiguean en el mundo y nos vemos acechados constantemente por un enjambre de enemigos que espían nuestros pasos para caer de improviso sobre nosotros al menor descuido. No sólo la naturaleza es nuestra enemiga y se halla dispuesta siempre a trituramos sin compasión, sino que los riesgos más tristes, por ser los más insidiosos, nos llegan de nuestros semejantes, de aquellos que juzgamos nuestros amigos, nuestros hermanos. De tal suerte que el mísero ser humano vive en el mundo como el pájaro en el bosque, afinando la vista y el oído para huir ante la sombra más fugaz y al menor ruido. El egoísmo es la esencia del mundo, es su mismo sostén y jamás podremos guardarnos bastante los hombres los unos de los otros. «El hombre es el lobo del hombre», ha dicho con razón Hobbes.

Elena se inclinó al oído de Clara para decirle muy bajo:

—¿No te he dicho yo que era un lobo? ¡Mira qué pronto le ha conocido Tristán!

Clara llevó el pañuelo a la boca para no soltar la carcajada.

—No tanto, Tristán, no tanto—replicó Reynoso—. Existe mucho egoísmo en el mundo, pero existe también mucho amor. Los hombres amamos más de lo que pensamos. Tú mismo, que acabas de afirmar que el egoísmo es la esencia del mundo, no hace mucho tiempo que viendo salir de un portal a una pobre mujer con los vestidos ardiendo, envuelta por las llamas, te quitaste el abrigo, te arrojaste sobre ella, la envolviste y, quemándote las manos, con peligro de tu vida, lograste salvarla de una muerte horrorosa... Lo que hay es que el amor no levanta tanto estrépito como el egoísmo. En nuestras almas suele entrar cubierto de harapos como un mendigo, se sienta en el rincón más obscuro y allí espera silencioso a que le arrojemos algunos mendrugos de nuestra mesa. ¡Ay del mortal que le niegue esos mendrugos! Más le valiera no haber nacido, dice Jesús en su Evangelio.

—Más nos valiera a todos no haber nacido. La raíz inconsciente de nuestro ser proclama la identidad, es cierto, y yo, por un movimiento irreflexivo, me lancé en socorro de aquella mujer; pero ¡ay! en cuanto reflexionamos se desvanece la ilusión y los hombres quedamos unos enfrente de los otros como seres radicalmente distintos, como adversarios que se disputan encarnizadamente el tiempo y el espacio. Nuestras más caras ilusiones, el amor conyugal, el amor filial son «imágenes de oro bullidoras», como dice Espronceda, que brillan mientras la luz del sol las hiere, pero así que ésta empieza a faltarles se vuelven fantasmas repugnantes, hijos legítimos del pérfido destino, como aquella hermosa doncella que el moro Ferragut, en el poema del obispo Valbuena, tenía entre sus brazos y al caerse la vela vio transformada a la luz de la luna en una flaca vieja con el rostro lleno de verrugas...

Quedó un momento pensativo con los ojos melancólicamente puestos en el vacío y luego añadió bajando más la voz:

—Hace algún tiempo fui a visitar a un amigo cuyo padre se había muerto. Estaba sumido en la desesperación: el llanto bañaba sus mejillas. Y no le faltaba motivo. Era un padre bondadoso, justo, un perfecto caballero, de rara modestia a pesar de ser título de Castilla y poseer cuantiosas riquezas... A los ocho días volví por allá. Encontré a mi amigo tan afanoso y preocupado dictando órdenes, conferenciando con sus administradores, escuchando las peticiones de una nube de parásitos, que no tuvimos tiempo a dedicar un recuerdo a aquel noble varón que desde hacía pocos días descansaba en la cripta. Viéndole tan activo, tan solicito, tan poseído de su papel de amo, me acometió un deseo punzante, que con dificultad logré reprimir, de preguntarle: «Vamos a cuentas, amigo mío: yo no dudo que amases entrañablemente a tu padre; pero si por un movimiento libérrimo y absolutamente secreto de tu voluntad pudieses resucitarle para entregarle de nuevo ese título y esa gran fortuna que ahora posees, ¿lo harías? ¡No mientas! ¿lo harías...?» Después de esto le he tropezado muchas veces en sociedad, saludado, acatado por todo el mundo. Y siempre la misma pregunta indiscretísima retozó en mis labios, la misma curiosidad oprimió mi corazón.

—¡Pero eso que estás diciendo es horrible!—profirió Clara con ímpetu.

—¡Horrible!—repitieron a un tiempo Elena y Visita.

Tristán se dio cuenta instantáneamente de su indiscreción al hablar en tal forma delante de su prometida y de Elena (en cuanto a Visita se alegraba) y dijo echándolo a broma:

—No tomen ustedes en serio estas metafísicas. Son curiosidades malsanas que nos acuden cuando no tenemos otra cosa más seria en que pensar.

Pero Reynoso no se dejó engañar por la rectificación.

—Nadie ha dudado jamás, y la misma religión cristiana nos lo repite a cada momento, que en el fondo de nuestra alma viven instintos depravados, se agitan apetitos bestiales, dormita, en una palabra, la fiera. Pero la experiencia me ha enseñado que es más fácil adormecerla con el humo de la lisonja que con los gritos del miedo. Mostrando confianza a nuestros hermanos solemos hacerlos mejores: recelando de ellos, jamás... Recuerdo que hace bastantes años tuve necesidad en Guatemala de ir desde mi finca a la capital para cobrar unas letras. Me acompañaba un criado de confianza que lo había sido también de mi tío. Cuando regresábamos observé en aquel hombre extrañas señales que me infundieron sospechas: se mostraba taciturno, preocupado; examinaba con atención mis armas; dirigía miradas penetrantes en torno suyo; apenas comía. Recelé, en suma, que aquel hombre proyectaba robarme, tal vez asesinarme. Llegamos al anochecer a una miserable estancia, donde nos albergamos. Antes de acostarnos le llamé aparte y le dije confidencialmente: «Pepe, el estanciero y la gente que aquí tiene no me inspiran confianza. Toma mi revólver y mi estoque y hazme el favor de vigilarlos mientras yo duermo tres o cuatro horas. Luego despiértame y yo te velaré a ti otras tres o cuatro.» No pueden ustedes figurarse cómo cambió la fisonomía de aquel hombre en un instante. En sus ojos volvió a brillar de repente la alegría y la serenidad. «Pierda usted cuidado, mi amo—respondió con voz clara y gozosa—; antes que le tocasen a usted el pelo de la ropa ya había yo despachado tres o cuatro al otro barrio.» Me acosté en la íntima persuasión de que decía verdad. Y, en efecto, me dejó dormir toda la noche, velando mi sueño con la solicitud de un padre... Siempre he imaginado que todos los hombres tienen en el fondo de su alma un gato, Tristán, un gato de bondad y de nobleza. ¡Hay que buscárselo, hay que buscárselo!

—Se busca el gato y se halla el ratón—respondió aquél alzando los hombros.

Mientras Tristán y Reynoso departían de esta suerte, el paisano Barragán, sorprendido y asustado de aquellas filosofías, miraba a uno y otro interlocutor, haciendo rodar sus ojos feroces, encarnizados, de un modo tan odioso que Elena, al tropezar con ellos, sintió un escalofrío correr por todo su cuerpo.

—Vaya, vamos a dar una vuelta por el jardín—dijo levantándose para huir aquella visión siniestra.

Pasearon un rato por el parque. Reynoso les dijo de pronto:

—Os he mostrado casi todos mis bichos, pero aún nos falta algo digno de verse, aunque sea bien modesto. Venid conmigo.

Les hizo salir por la puerta del jardín y, dando la vuelta por él, los llevó hasta un paraje donde adosadas a la pared sobre tableros había hasta veinte o más colmenas de corcho.

—Ni un paso más—les dijo—porque es peligroso. Dejadme a mí solo.

Se adelantó él efectivamente y cuando hubo llegado salieron de pronto los enjambres y le cubrieron todo, cabeza, rostro, manos, como si de repente hubiera quedado negro. Un grito de susto salió de todas las bocas.

—¡No hay cuidado!—exclamó don Germán en voz alta—. No se muevan ustedes.

Dio algunas vueltas en esta forma y luego, pasando por delante de las colmenas y deteniéndose en cada una, las abejas fueron levantando el vuelo y metiéndose cada cual en su casa.

—Ya lo ven ustedes como no había miedo—dijo viniendo hacia ellos completamente limpio—. Ni una sola me ha picado; no han hecho las pobrecitas más que darme la bienvenida.

—Pero ¿cómo ha logrado usted...?—dijo el marquesito.

—De un modo muy sencillo. Empecé aproximándome con cautela, cada día un poco más.

—¿Sin careta?

—Sin careta ni guantes. Me fui acercando poco a poco. Dos o tres veces me picó alguna, pero lo sufrí con resignación. No les hacía ningún daño y al cabo logré convencerlas de que nada debían temer de mí. Desde entonces me dejan acercarme todos los días, y no sólo eso, sino que me saludan del modo afectuoso que acaban ustedes de ver... ¿No piensas, querido Tristán—añadió dirigiéndose alegremente a éste—, que el mismo procedimiento es el que debemos emplear con los hombres? Persuadámosles de que no queremos perjudicarles, de que no deseamos siquiera utilizarlos en nuestro provecho, y entonces nuestras relaciones con ellos serán dulces y cordiales.

—Todo eso está muy bien—repuso Tristán en el mismo tono jocoso—, pero usted las utiliza seguramente en su provecho quitándoles la miel y la cera.

—¡Tienes mucha razón, amigo mío!—exclamó Reynoso riendo—. En este caso soy un traidor... Pero ellas me perdonan porque las dejo lo bastante para alimentarse y las estimulo a trabajar. De otro modo se aburrirían...

—No se apure usted, don Germán. Los traidores saltan en todas partes—replicó Tristán dirigiendo una mirada penetrante a Cirilo y Visita.

VI

LA FAMILIA DE TRISTÁN

Por no regresar con ellos a Madrid prefirió quedarse a comer en la casa y partir en el tren que debía pasar a las nueve de la noche. En cuanto a Barragán, fue instado para que pernoctara allí, pero no aceptó. A la hora de obscurecer montó de nuevo a caballo y la emprendió hacia Villalba, donde pensaba dormir. Reynoso quedó haciendo comentarios alegres.

—Es un hombre original mi amigo Barragán, ¿no es cierto? Añadan ustedes a esa traza de salteador, que Dios o el diablo le han dado, la manía que siempre ha tenido de caminar de noche y por veredas apartadas, de hacer los viajes a caballo, de pernoctar en las ventas y comer en las tabernas, y comprenderán la serie de aventuras cómicas unas y desagradables otras que le han sucedido. En más de una ocasión le llamaron aparte para proponerle un negocio, esto es, desvalijar o asesinar a alguno.

—¿Y estás seguro de que no ha mojado nunca en alguno de esos negocios?—preguntó Elena con acento dubitativo.

—¡Mujer, qué estás diciendo!—exclamó su marido soltando a reír.

Elena sacudió la cabeza reservándose su opinión.

Ya bien cerrada la noche se enganchó el coche y Tristán fue transportado a la estación.

Al entrar en uno de los departamentos de primera no había allí más que dos señoras, una joven y otra vieja, que parecían madre e hija. Tristán se arrellanó cómodamente en un rincón frente a ellas. Cuando sonó la campana y el tren iba a ponerse en marcha subió al coche un señor de rostro apoplético y aspecto rural.

—Caballero, ése es mi sitio—dijo encarándose un poco rudamente con Tristán.

Este, cuya susceptibilidad siempre viva se hallaba ahora exacerbada, respondió con calma afectada e impertinente:

—En este momento es el mío.

—Es cierto que no he dejado en él señal ninguna porque creí que no subiría nadie, pero estas señoras son testigos de que he venido ocupándolo desde Valladolid.

Las señoras corroboraron el aserto con un murmullo y una inclinación de cabeza.

—La opinión de estas señoras es muy respetable, pero no me parece suficiente para darle a usted el derecho de reclamar el sitio del modo perentorio que lo ha hecho.

—¡Qué modo perentorio ni qué calabazas!—exclamó el buen señor perdiendo la paciencia.

Tristán, que ya la tenía perdida de antemano, replicó en el mismo tono. La disputa se fue haciendo cada vez más agria. Por último Tristán poniéndose un poco pálido y mirándole fijamente a los ojos profirió resueltamente:

—¡Hágame usted el favor de sentarse y no molestar más!

El caballero también se puso pálido y le dirigió una larga mirada centellante. Hubo un instante en que pareció que iba a arrojarse sobre él; pero haciendo un supremo esfuerzo sobre sí mismo alzó los hombros con desdén, dejó escapar un bufido expresando el mismo sentimiento y fue a sentarse en el rincón opuesto. Tristán permaneció en el suyo y afectando indiferencia cerró los ojos como si se dispusiera a dormir. Bien comprendía que las señoras le estaban mirando y no con gran benevolencia.

Al cabo de un rato, como en realidad no podía ni tenía deseo de conciliar el sueño, se alzó del asiento y se asomó a la ventanilla. La noche era clara y tibia; la vasta llanura erizada de lomas se extendía debajo de un cielo tachonado de estrellas. Aspiró algunos minutos con placer el fresco y cuando se disponía nuevamente a sentarse una ráfaga de viento le llevó el sombrero.

Las dos señoras levantaron la cabeza al oír la interjección que soltó, pero no dieron muestras de pesar ninguno por el accidente. Tristán se puso a maldecir en voz baja y con rabiosa cólera de su mala suerte, pues no traía gorra y le era preciso llegar hasta su casa con la cabeza desnuda. El caballero de la reyerta le miró con expresión de indiferencia y luego, levantándose y tomando de la red una sombrerera, se la presentó abierta diciéndole:

—Vea usted si ese sombrero le sirve.

—Muchas gracias—respondió avergonzado—. En cuanto llegue me meto en un coche...

—Los coches están fuera del edificio. Pruebe usted a ver si le sirve—insistió con acento rudo y franco el caballero.

Tristán sacó el sombrero y en efecto le estaba bastante bien.

—Pero yo no puedo... No tengo el honor de conocer a usted.

—Lo envía usted mañana al hotel de París. Aquí tiene usted mi tarjeta.

Tristán dio las gracias repetidas veces sin poder disimular su embarazo. Estaba realmente abochornado por su intemperancia pasada. El caballero se volvió a su rincón y de nuevo reinó el silencio. Tristán creía notar que las dos señoras le miraban con desprecio y acaso no le faltaba razón.

Poco después el generoso caballero se asomó también a la ventanilla. Al cabo de algún tiempo dio un grito y Tristán le vio sin sombrero.

—¡Qué! ¿también a usted?—dijo sin poder disimular su satisfacción.

Pero el caballero presentó su sombrero diciendo con sorna:

—No; yo he sido más listo que usted y he podido atraparlo en el aire.

Las señoras, que se hicieron cargo de la broma, soltaron la carcajada y aun exageraron un poco su risa. Tristán también hizo un esfuerzo desesperado para reír, pero estaba irritadísimo y no volvió a pronunciar palabra hasta llegar a Madrid. En la estación el caballero se despidió muy atento: las señoras ni le miraron siquiera.

La casa de su tío Escudero, con quien vivía, estaba situada en la calle de Alcalá y era grande y lujosa. Ocupaba aquél todo el piso principal, tenía destinado el bajo a oficinas y los demás alquilados. El criado les dijo que los señores se hallaban en el teatro y Tristán se retiró a su habitación sin esperarlos.

Pasó la noche intranquilo, agitado por tristes presentimientos. Ninguna cosa en el mundo puede tener solución feliz y aquel matrimonio que él había acariciado durante algunos años, aquel sueño de amor acompañado de los ricos presentes de la fortuna estaba a punto de disiparse también como todo. La pérfida voluntad que rige el universo nos hace ver la felicidad a algunos pasos de distancia sin permitirnos jamás llegar a ella. Ya le parecía haber entrado en una de las ratoneras que el genio de la especie tiene armadas siempre para los mortales. Sin embargo, no era todavía bastante filósofo para dejarse estrangular como un mísero ratón sin tratar de romper la malla. Estaba resuelto a luchar aunque persuadido ¡ay! de que en la lucha sería vencido.

Apenas pudo trabajar aquella mañana. Los libros que sucesivamente iba poniendo delante de los ojos no le interesaban: las cuartillas permanecían en blanco a pesar de sus esfuerzos desesperados para llenarlas. Cuando se aproximaba la hora del almuerzo se encaminó a las habitaciones de sus tíos con ánimo de hablar con ellos acerca del asunto que le preocupaba. Don Ramón Escudero estaba ya en el comedor sentado en una butaca y echando frecuentes ojeadas al reloj, que no se daba tanta prisa a caminar como él quisiera. Era un hombre grueso con el pelo blanco, las mejillas rasuradas, la fisonomía plácida. Su esposa, que entraba también en el comedor cuando Tristán, formaba con él raro contraste; delgada, ojos inquietos, rostro afilado, movimientos espasmódicos.

—¿Han llegado los niños, Eugenia?—preguntó Escudero—. Buenos días, Tristán. ¿Qué tal de excursión? ¿Han quedado todos buenos?

La señora respondió que los niños acababan de llegar. Tristán dio cuenta sumaria también de la salud de sus amigos del Escorial. Después, sin preámbulo alguno, antes que llegaran los niños y su prima Araceli, delante de la cual por nada hubiera entrado en tales confidencias, abordó el asunto que le preocupaba y celebró consulta con sus tíos. Narró todo lo que había sucedido en el Sotillo en tono dramático y con reticencias adecuadas para infundir las sospechas que atormentaban su espíritu. Escudero escuchó el relato sin pestañear. Doña Eugenia bastante distraída.

—Todo eso—manifestó aquél con acento perfectamente tranquilo, como si se tratase de un asunto insignificante y baladí—no es prueba suficiente para acusar a Cirilo de que trabaje para deshacer tu matrimonio... Pero aunque trabajase, ¿qué? Yo estoy seguro completamente de Germán. ¿No lo estás tú de Clara...? ¡Pues entonces...! Ella tiene cien mil pesos. Tú tienes ochenta mil... Pero tú eres licenciado en Filosofía... Total iguales... Vaya, vamos a almorzar.

Don Ramón Escudero poseía el triste privilegio de descomponer el sistema nervioso de su sobrino Tristán por sosegado que estuviese (que no solía estarlo). Este don natural no falló tampoco en la ocasión presente. Nuestro joven se encrespó terriblemente y como no se atrevía con su tío, a quien de buena gana hubiera llamado imbécil, la emprendió contra Cirilo y su esposa a quienes cubrió de dicterios. Don Ramón estaba ya acostumbrado a estas cóleras insensatas y no hacía caso alguno de ellas por haberle persuadido, no se sabe quién, de que era achaque común de todos los jóvenes que estudiaban filosofía y letras. Las presenciaba impasible y hasta con cierto respeto como señal de su alta vocación, pues inclinaba su cabeza delante de las ciencias filosóficas y nada en el mundo le causaba tanta admiración como oír a un hombre hablar una hora seguida sin lograr comprender una palabra. Sin embargo, como era la hora del almuerzo y podía hacer daño a su sobrino, trató de calmarle. Se alzó de la butaca y acercándose a él le dijo al oído:

—Pierde cuidado, querido, que como resulte cierto eso que sospechas, yo me encargaré de poner un buen castigo a Cirilo... Le reduzco el tanto por ciento de la administración al cuatro... ¡Ya ves, le doy el cinco...! Me parece que no le quedarán más ganas de meterse donde no le llaman...

Y miraba a su sobrino con tal semblante triunfal y satisfecho, que éste temió perder la razón y darle un golpe con el puño cerrado sobre las narices. Para evitar semejante catástrofe, determinó sentarse a la mesa. Don Ramón quiso hacer lo mismo, pero su esposa le detuvo con un grito:

—¡No, Ramón...! Hazme el favor de desinfectarte las manos.

—¡Pero, mujer, si no he tocado nada infectado!

—Sí; has estado en la oficina y todos esos empleados suelen tener microbios.

—¡Mis empleados no tienen microbios!—replicó Escudero saliendo por el honor de su dependencia.

—Todo el mundo los tiene. En esa botella hay una solución de sublimado.

Doña Eugenia hablaba con tal autoridad y firmeza que parecía no admitir la posibilidad de una réplica. Su esposo, sin intentarla siquiera, se dirigió al pequeño gabinete de toillette que estaba contiguo al comedor y de buen o mal grado llevó a cabo la operación higiénica.

En aquel instante llegaba su hija Araceli. Era ésta una joven de veinte años de tipo distinguido, o lo que es igual, un manojito de huesos con ojos interesantes. Ninguna otra cosa de interés ofrecía su persona, pero resultaba agradable si no bella. Tristán la había encontrado tal en otro tiempo cuando la niña comenzó a hacerse mujer, y esto ayudado de la fortuna cuantiosa que su tío poseía acaso le hubiera decidido a fijar en ella sus miras matrimoniales. Por su próximo parentesco, por habitar bajo el mismo techo, y por la alta estimación que merced a su aplicación y talento había logrado Tristán inspirar a sus tíos, parecían destinados el uno para el otro. Pero la niña había mostrado desde su más tierna edad una vocación decidida y fervorosa por el estado de marquesa, y sus padres, como es natural, no quisieron echar sobre su conciencia el peso de contrariársela. Apenas sabía coger la aguja y ya se entretenía, con inocencia angelical, en bordar una corona más o menos torcida en el peto de sus delantales o sobre su almohadilla de costura. En el colegio no admitía conversación sino con las hijas o por lo menos sobrinas de algún título del reino, y cuando los jóvenes comenzaron a seguirla, su primera mirada no era al bigote, sino a los gemelos de la camisa por ver si descubría grabada en ellos la corona de sus ensueños. Se puede asegurar que sin este precioso símbolo de nobleza y poderío, aunque fuese bordado en cañamazo, la vida le parecía un árido desierto de horror y tristeza. Así, pues, ni los triunfos universitarios ni la simpática figura de su primo lograron hacer la más pequeña mella en aquel tierno corazón, inflamado de amor por la aristocracia. Tristán, despechado, la guardó toda su vida oculta ojeriza. Ella, por su parte le correspondía con un desdén tan efectivo, tan manifiesto, que era capaz de encender la ira del hombre más paciente.

Antes de sentarse a la mesa llegaron los niños, un chico de nueve años y otra niña de seis. Como era domingo, después de misa la doncella los había llevado en coche al Retiro: allí se habían apeado, habían corrido por prescripción facultativa media hora (ni un minuto más ni un minuto menos) y los habían restituido a casa en perfecto estado de conservación. El criado comenzó a servir el almuerzo y la doncella se colocó detrás de los niños para su cuidado. Araceli no había podido lograr de sus padres que comiesen en mesa aparte según las pragmáticas de la buena sociedad.

La distinguida joven estaba de humor jovial aquella mañana. Había ido a misa de once a San José con mademoiselle (la cual también se sentaba a la mesa) y le había ocurrido una aventura... verán ustedes qué aventura.

—Pues señor, oí misa cerca del altar de la Virgen del Carmen, y al salir de la iglesia siento que me tocan en el hombro. ¿Quién me toca? me pregunto. Vuelvo la cabeza y me veo a la vizcondesa de Mazorca. ¡Pero vizcondesa! ¿es usted? Me informo de la salud del vizconde y de los niños y de buenas a primeras me dice con mucha gracia: «Araceli, por ser día señalado le regalo este bolsillito.» Miro el bolsillo y veo que es el mío, que había dejado olvidado sobre la silla. La vizcondesa había estado arrodillada cerca de mí sin que la viese y advirtiendo cuando me levanté que dejaba el bolsillo se apresuró a recogerlo. ¡Lo que pudimos reír...! Al salir, en las escaleras de la iglesia tropezamos al marqués de Cabezón de la Sal, íntimo amigo del vizconde, y nos propuso dar una vuelta por la calle de Alcalá. Después quiso que entrásemos en el reservado del Suizo, pero yo tenía mucha prisa porque papá no retrasa por nada un minuto la hora del almuerzo y allá los dejé a la puerta.

Realmente aquella tierna escena era a propósito para regocijar a todo el mundo, pero si se ha de confesar lisamente la verdad a nadie regocijó más que a la gentil narradora. Su papá rumiaba tranquila y filosóficamente como un buey; su mamá, como siempre, se hallaba distraída, inquieta, en espera a cada instante de una desgracia; y en cuanto a Tristán es imposible que nadie pudiese mostrar en su rostro un gesto de displicencia y de tedio más señalado.

La doncella aprovechó una pausa para dar a su señora noticia de un encuentro agradable que habían tenido en el Retiro.

—¿No sabe la señora a quién vimos en el paseo? Pues estábamos ya para venirnos cuando veo cruzar una mujer de mantón... Aquella mujer parece Aurora, digo para mí... Y así fue como lo pensé: la misma Aurora que había venido a Madrid a comprar zapatitos para los niños y se marchaba a su casa.

Aurora era una joven que había sido segunda doncella durante algunos años en casa de Escudero, se había casado con un tipógrafo y vivía en el Puente de Vallecas.

—¡Ay, señora, qué cambiada está! No la conocería si la viese. ¡Qué delgada, qué descuidada, qué sucia! Vergüenza me dio siquiera que hubiera besado a los niños...

Doña Eugenia dejó escapar un grito doloroso y se puso en pie de repente. Escudero, asustado del susto de su esposa, soltó el tenedor que cayó en el plato con estrépito; los niños chillaron, la doncella se puso pálida.

—¡Cómo!—profirió la señora con voz alterada—. ¿No sabe usted que le tengo prohibido que nadie bese a los niños...? ¡Y les besa una mujer que vive en uno de esos barrios sucios, llenos de miseria, y habita en una casa que será seguramente un foco de infección...! ¡Ahora mismo a desinfectar a estos niños! ¡Ahora mismo, sin pérdida de tiempo!

—Pero, mujer—se atrevió a apuntar Escudero, recogiendo el tenedor y volviendo a engullir tranquilamente—, no es tan seguro que la casa de Aurora sea un foco de infección, porque ella también tiene niños y es de suponer que los besará...

Doña Eugenia no escuchaba nada.

—¡Que los contagie ella si quiere...! ¡Yo no quiero contagio...! ¡yo no quiero que se mate a mis niños!

Y diciendo y haciendo los agarró con mano crispada del brazo, y bajándolos de la silla los arrastró hasta el lavabo del gabinete contiguo, y quieras que no les metió la cabeza en una disolución de sublimado y les restregó los labios y las mejillas casi hasta hacerles brotar la sangre. Los niños protestaban con altos gritos de aquel lavatorio intempestivo y cruel. La consternación se pintaba en el rostro de los espectadores, exceptuando el de Escudero que reaccionaba admirablemente ante los continuos sobresaltos que su espasmódica esposa le proporcionaba.

Todo quedó en calma al fin, pero la doncella delincuente se marchó llorando y vino otra a sustituirla. Sin embargo, al cabo de pocos minutos se presentó de nuevo con una carta urgente para el señor. Se puso éste con calma los anteojos, la leyó atentamente y luego sacudió la cabeza con tristeza.

—¡Pobre Manuel!

Un antiguo agente de negocios, compañero suyo, había quedado arruinado tiempo hacía; venía viviendo en la mayor miseria y por fin le notificaba que el casero le había puesto los muebles en la calle y le pedía por el amor de Dios que le diese veinte duros.

—¡No faltaba más...! ¡Ya lo creo que se los daré!—exclamó don Ramón, que era hombre caritativo, echando mano a la cartera.

Pero de pronto se detuvo, quedó un instante suspenso y por fin, levantándose, fue a su despacho. Miró su libro de gastos y vio que el día anterior había quedado agotada la consignación mensual de limosnas. Así que volvió diciendo con cara compungida:

—Dile que no puede ser... Lo siento mucho... pero no puede ser.

—¡Pero, papá!—exclamó Araceli.

—No puede ser, hija... no puede ser...—repuso con impaciencia.

Escudero hacía cuantiosas limosnas, tenía destinada para ello una partida crecida de su presupuesto mensual, pero era un hombre tan formal y tan exacto que, una vez agotada ésta, por nada ni por nadie haría un adelanto sobre el presupuesto del mes siguiente. Fue necesario conformarse. Sin embargo, Tristán sacó disimuladamente del bolsillo un billete y haciendo seña a la doncella, se lo dio por debajo de la mesa.

Araceli seguía de humor placentero. La poética aventura con la vizcondesa había exaltado sus sentimientos de grandeza. Mecida con deleite sobre las nubes irisadas del cielo aristocrático, no daba paz a la lengua. Las costumbres excéntricas pero respetables de la marquesa de C.***, tía de su amiguita Enriqueta, la belleza de la condesa de B.***, los trajes de la duquesa H.***, los escándalos del barón de S.***, un verdadero loco, pero ¡tan fino! ¡tan distinguido! Siempre se acordaría de aquella tarde en que se sintió indispuesta en las carreras y el mismo barón fue por una taza de te y se la sirvió por su propia mano.

La misma sobrexcitación heráldica le impulsó a dirigirse a su primo en tono jovial.

—¿Y qué tal, qué tal el marquesito del Lago? Dicen que es un cazador de primera fuerza.

Tristán se encogió de hombros con desdén.

—No sé si es de primera o de última, pero no le oí hablar nunca de otra cosa.

—Me ha dicho Visita que es un chico muy simpático.

Una pedrada en la cara no le hubiera hecho peor efecto a nuestro joven que aquella frase. Obscureciose su rostro y dijo con acento de concentrado desprecio:

—¡El marquesito del Lago es un imbécil!

—Para ti todos son imbéciles—repuso picada la prima—. No asistiendo al Ateneo y no citando a los filósofos alemanes... ya se sabe, un imbécil.

—Lo digo y puedo probarlo. Ni aun sabiendo de antemano lo que iban a preguntarle en el examen y preparándole su ayo toda una noche, fue posible que aprobase el derecho romano.

—¿Y para qué necesita saber derecho romano si es marqués?—replicó con audacia irritante la joven.

La disputa prosiguió con acritud por ambas partes, sobre todo por la de Tristán. Sin embargo, Escudero hizo callar a su hija, porque después de lo que Tristán había revelado era disculpable su cólera.

VII

SUS AMIGOS

Al entrar de nuevo Tristán en su cuarto después del almuerzo, encontró allí a su amigo García.

—¡Hola! ¿estás tú aquí? No me han dicho nada—dijo en un tono entre cariñoso y displicente.

Claro que no le habían dicho nada, ni había para qué. García, en opinión de los criados de la casa, no representaba nada porque traía el chaquet raído, los pantalones deshilachados, el sombrero con grasa y las barbas terriblemente aborrascadas. Y sin embargo, García era el amigo más íntimo que tenía el señorito Tristán, su condiscípulo y un catedrático en ciernes.

Su amistad databa de la Universidad. Un día en que a Tristán le tocó la conferencia, la pronunció con tal galanura que el profesor, sorprendido agradablemente, manifestó que se felicitaba de haber hallado al fin un discípulo de tan claro entendimiento y de palabra tan fácil. Al salir de clase un muchacho feo, peludo y desaseado, con quien nunca había cruzado la palabra, le abrazó y le felicitó con entusiasmo. Era García. Desde entonces no tuvo Tristán otro amigo más leal, más cariñoso, más abnegado. Al compás de los progresos que nuestro joven hacía tanto en la Universidad como en el Ateneo y la prensa, crecía en proporción geométrica la admiración de García. Cuando Tristán publicó sus primeros artículos y poesías en una revista, juzgole de golpe un gran hombre, y de esta opinión ya no le apeó nadie en toda la vida. Al ponerse a la venta el año anterior su volumen de poesías titulado Engaños y Desengaños, García le creyó en el pináculo de la gloria y él a su lado para compartirla. Recorría las calles con el tomo en la mano, entraba en las librerías y se enteraba de cuántos ejemplares se habían vendido, iba a los cafés y leía en alta voz algunos versos dejando estupefactos a los parroquianos, y en todas partes voceando y gesticulando dilataba la fama del poeta. Tristán agradecía aquella devoción; pero no lo bastante; hay que decirlo sin ambages. Así es nuestra pecadora naturaleza.

Como venía de la mesa malhumorado no hizo más que saludarle, encerrándose después en un silencio sombrío y poco cortés. Pero García estaba habituado a estos silencios y respetaba el carácter caprichoso y a ratos poco comunicativo de su amigo. Encendió éste un cigarro, le ofreció otro y se puso a pasear de una esquina a otra del despacho exactamente como si estuviera solo. García tenía un libro en la mano, aparentaba leerlo, pero cuando Tristán volvía la espalda levantaba los ojos hacia él y le miraba con mezcla de inquietud y respeto. Al fin, sonriendo con humildad, se atrevió a decir:

—¿No sabes, Tristán? Hoy he tenido una agarrada en el Colegio Platónico.

Tristán sin interrumpir su paseo dejó escapar por la nariz un sonido que indicaba que le había oído.

—Sí, una agarrada con el director y por tu causa.

—¿Por mi causa?—expresó de mala gana el joven dignándose apenas volver la cabeza.

—Sí; no sé quién le fue con el soplo de que yo en la clase de Retórica citaba tus composiciones y se las hacía aprender de memoria a los niños y me llamó y me dijo muy hosco:—«Amigo García, tengo entendido que se permite usted en clase hablar de los versos de un amiguito de usted y ponerlos nada menos que al lado de los grandes modelos literarios. Sepa usted que eso no es tolerable y debiera usted considerar que el afecto y la amistad por apasionada que sea no dan derecho a mixtificar (es una palabreja que emplea a troche y moche), a mixtificar la tierna inteligencia de sus discípulos.»—«Señor director—le contesté—, cuando yo me autorizo el citar con elogio una composición cualquiera es porque estoy persuadido de que lo merece sin que la amistad ni otro motivo cualquiera tenga parte en ello.»—«¿Acaso se figura usted que su amigo (que no pasa de ser un principiante) puede colocarse a la altura de los grandes poetas que hemos tenido y que tenemos en España?»—me pregunta cada vez más encrespado.—«No señor, no me lo figuro, sino que estoy convencido de ello»—le replico.—«¡Vamos, García, déjese usted de badajadas y no sea ganso!» Sí; creo que me llamó ganso. Yo debiera responderle: El ganso y el avestruz y el cernícalo es usted que dirige un colegio en España sin saber castellano... Pero ya ves, amigo Tristán, necesito los quince duros mensuales que me da...

En efecto, García vivía sosteniendo también a su anciana madre con los quince duros que le daban en el Colegio Platónico, veinte del colegio Greco-latino y algunas lecciones particulares. En total cincuenta o sesenta duros al mes. Había hecho ya tres oposiciones a cátedras de Retórica y Poética ocupando segundo y tercer lugar en las ternas y estaba resuelto a oponerse a todas las que vacaran hasta apoderarse de una.

—¡Tú siempre haciendo tonterías, García!—exclamó Tristán con acento donde se transparentaba la complacencia con que las observaba.

Y como se pusiera repentinamente de mejor humor propuso a su amigo el salir a tomar café. Lo tomaron en la Cervecería Inglesa y desde allí bajaron a Recoletos dando un paseo y siguiendo por la Castellana hasta el final. Allí Tristán quiso entrar un momento en el tiro de pistola. Era un aficionado ardoroso de este ejercicio, en parte porque conociendo su carácter temía a cada instante verse obligado a acudir al terreno del honor; en parte también porque había mostrado desde el principio excepcionales disposiciones para él. Frecuentaba asimismo las salas de armas, pero aquí sus éxitos habían sido muy inferiores. Penetraron, pues, en el recinto del tiro y fue recibido por los tres o cuatro parroquianos que allí había con muestras de respeto como una lumbrera del arte. Tristán dio claras pruebas de que merecía este honor metiendo ocho balas seguidas a voz de mando en un pequeño círculo del tamaño de un duro. Es imposible imaginarse el rendimiento, la veneración con que el mozo que cargaba las pistolas se las iba presentando después de cada tiro. Un sacerdote ofreciendo la mirra y el incienso en el altar no adoptaría una actitud más humilde y contemplativa. En cuanto a García, aunque era un hombre enteramente retórico de los pies a la cabeza, miraba a su amigo desde el diván donde se había sentado con ojos alegres y triunfantes y los volvía a los parroquianos con ganas de decirles: «¿Ven ustedes qué ojo tiene para meter la bala en el blanco? Pues es tan certero para medir los sáficos adónicos.»

Salieron por fin de allí y regresaron al centro por el mismo paseo. Estaba éste, como domingo, muy concurrido, pero aunque García iba bastante mal trajeado y contrastaba con la elegancia perfilada que ostentaba siempre su amigo, éste no se avergonzaba poco ni mucho de llevarle a su lado: una buena cualidad que hay que reconocerle. García la agradecía con todo el calor de su alma. No habían andado mucho cuando tropezaron con el gran poeta don Luis de Rojas, el amigo cariñoso y el maestro venerado de Tristán. Era un viejecito pulcro, de facciones correctas y ojos vivos que gastaba perilla y bigote enteramente blancos ya y el cabello cortado en media melena como tributo pagado a su gloriosa juventud romántica. Traía un nietecito de la mano que Tristán besó y agasajó mientras García se apartó respetuosamente algunos pasos. Maestro y discípulo departieron con afecto unos momentos, y en la forma cordial con que Rojas le abordó podía observarse que Tristán era su predilecto. Así lo había declarado en efecto el maestro francamente en el prólogo que puso al volumen de poesías titulado Engaños y Desengaños, publicado por nuestro joven el año anterior. Merced a este prólogo, el libro había logrado una resonancia que no alcanzan de ordinario las producciones de los poetas noveles.

—Adiós, Aldama—concluyó diciéndole y apretándole al mismo tiempo la mano—; que no falte usted el viernes. Hace dos o tres semanas que no le vemos.

Rojas recibía a sus amigos los viernes por la noche en su casa. Era una tertulia casi exclusivamente de literatos donde predominaban los jóvenes.

Tristán, que le admiraba de corazón y estaba muy pagado de su predilección afectuosa, comenzó luego que se hubo emparejado con García a cantar sus alabanzas.

—¡Qué poeta, amigo mío! ¡Qué fantasía! ¡Qué vena fácil, armoniosa, fresca! Jamás se han escrito en español ni imagino que en idioma alguno unos versos más melodiosos. Hasta en sus últimas composiciones, cuando ya no es más que un pobre viejo caduco, asoma en todas partes la garra del león. ¡Mira que La barca a pique es hermosa de veras...! ¡Hermosa, hermosa!

Y al paso que caminaban se puso a recitar con un poco de énfasis las octavas de aquella famosa composición del más famoso poeta español. García aprobaba con el gesto y con algunas palabras sueltas la belleza de la canción. «¡Grandioso en verdad! ¡Muy patético! ¡Qué pompa! ¡Qué ornato...!»

Cuando Tristán terminó, caminaron algún tiempo en silencio. De pronto García se detiene y exclama en tono resuelto:

—¿Sabes lo que te digo, Tristán...? La barca a pique es una pieza de relevante mérito. La pompa es magnífica, muy patética y de mucho artificio... pero yo no cambiaría por ella tu Golpe de viento...

Tristán se puso rojo, no sabemos si de vergüenza o de placer; acaso de ambas cosas a un tiempo.

—¡Hombre, por Dios, no desbarres!

—Yo no te diré que tenga tanto estro y tanto número. Rojas es único para el número en España... Pero prefiero la tuya porque tiene más variedad de tropos...

—¡Por Dios, García!

—Lo dicho... Tiene más riqueza de tropos. De eso no hay quien me apee... Además, te lo diré francamente—añadió parándose y ahuecando la voz—, no transijo, no puedo transigir con la metonimia que Rojas emplea en el quinto verso de la segunda octava. Es más que atrevida, disparatada. Eso de «las estrellas sus rayos esgrimiendo» podrá haber críticos que lo aprueben, no te lo niego, pero mi conciencia literaria me impide en este punto emitir un dictamen favorable.

Tristán siguió protestando. García manifestó con creciente energía:

—Te lo digo y te lo repito. Me juzgaría indigno del título de licenciado en Filosofía y Letras y de inculcar en la inteligencia de mis discípulos las primeras nociones de la Poética si no sostuviese que tu composición ostenta mayor variedad de tropos que la de Rojas.

¿Qué iba a hacer Tristán en vista de esta decisión inquebrantable? Se resignó como es natural.

Y paso entre paso llegaron hasta el salón del Prado y subieron por la calle del mismo nombre hasta el Ateneo. Allí se despidieron. García no era socio, no ciertamente por falta de ganas, sino de recursos pecuniarios.

Columpiándose en una mecedora con un periódico en las manos halló Tristán a su amigo Núñez en una de las salitas de conversación de aquel centro docente. Era hombre de treinta y cuatro a treinta y seis años: de más edad por lo tanto que nuestro joven; rubio, con ojos de color indefinible tirando a verde, penetrantes y maliciosos; la barba rala y partida por el medio. Vestía con la elegancia un poco fantástica y afectada que alguna vez usan los artistas para apartarse de la vulgaridad burguesa. Saludáronse con frialdad de buen tono que mostraba al mismo tiempo confianza y Núñez siguió leyendo.

—¡Cuidado que se pone cursi el paseo de la Castellana los domingos...! Es decir, se pone más porque lo está siempre. Esas niñas que van rezumándose con los papás detrás de ellas; esos jóvenes que marchan ciñendo la orilla de los coches vuelta hacia ellos la cabeza y quitándose el sombrero cada cuatro pasos, sin conocer a nadie, sólo para que las damas pedestres los admiren y veneren; esos aristócratas que pasean en carruaje y se miran y se remiran sin cesar como si no se conociesen, aunque se están mirando desde que nacieron y se seguirán mirando hasta la hora de la muerte... Dime, ¿no causa grima a cualquiera?

Núñez dejó escapar un murmullo de aprobación sin levantar la cabeza, pero miró con el rabillo del ojo a su amigo y una chispa de malicia atravesó por sus ojos.

—Dudo que exista en el mundo—prosiguió Tristán—una ciudad más aburrida, más prosaica y cominera que la capital de España. Aquí la gente se vuelve para mirarse por la espalda como si todos fuesen seres raros o admirables; delante de cada ciego que toca la guitarra hay una muchedumbre apiñada; las señoras pasan la vida averiguando lo que comen sus vecinas y los caballeros cuánto ganan sus amigos; la juventud se ocupa en descifrar las charadas o en contestar a las preguntas que proponen los periodiquitos ilustrados: «¿cuál es el mejor literato? ¿cuál es el torero más bruto?», etc. Y contestan siempre los que no han leído un libro ni han asistido a una corrida. Los viejos piropean a las jóvenes y las siguen y hablan de política y no saben una palabra de la profesión que han ejercido toda la vida. Los generales discuten la separación de la Iglesia y del Estado y los obispos se preguntan si estamos preparados para una guerra con el extranjero. Y en las calles y en los paseos, en los teatros y en las iglesias, se observa en las fisonomías la misma vulgaridad, el signo indeleble de cursilería y de ignorancia que caracteriza a nuestros amables convecinos...

Al tiempo de pronunciar estas palabras, como estuviese jugando con el bastón, se le cayó al suelo con estrépito.

Dejó escapar una interjección de impaciencia, lo recogió y se quedó unos instantes pensativo.

—¿Por qué se habrán de caer las cosas, vamos a ver?—exclamó al cabo como si hablase consigo mismo—.¿Por qué no habían de quedarse donde se las colocase? Esta ley de la gravedad que nos encadena al suelo, que nos pone grillos al nacer como si fuéramos presidiarios, ¿no es una ley estúpida? ¡Y luego nos hablan de inteligencia en la naturaleza! ¡Menguada inteligencia que corre parejas con su bondad!

Núñez soltó una carcajada.

—Amigo Páramo, hoy vienes más páramo que nunca te he visto. ¡Me río yo de las estepas de la Siberia y de los ventisqueros del monte de San Bernardo!

Era una de las bromitas que se autorizaba con Tristán el ponerle este sobrenombre a causa de sus ideas sombrías. A menudo, cuando tenía que enviarle una carta por el correo interior o por medio de mensajero, escribía en el sobre: «Señor don Tristán Aldama del Páramo», o bien añadía al apellido «y Fernández Yermo» o «Desierto Arenoso». Tristán toleraba estas bromas porque respetaba y admiraba a su amigo. Núñez, como ya se ha dicho, le llevaba ocho o diez años de edad, gozaba de un nombre ilustre como pintor, frecuentaba la alta sociedad y era temido y agasajado por su mordacidad. Estas circunstancias hacían que Tristán se sintiese halagado por aquella amistad que, aunque nacida hacía dos años nada más, había adquirido gran intimidad, hasta llegar a tutearse. Por su parte Núñez hizo de Tristán su amigo porque le halló inteligente y figurando entre los jóvenes de más porvenir en la literatura, porque vestía con elegancia y pertenecía a una familia opulenta. La vida de ambos no era igual, sin embargo. La de Núñez, más disipada; frecuentaba más el Casino que el Ateneo, tenía queridas y gastaba mucho dinero, sin que se supiese de dónde procedía, pues hacía años que pintaba poco.

Tristán sonrió, avergonzado de aquellas extemporáneas lamentaciones.

—¿Y qué tal lo has pasado ayer en el Escorial? Apenas hay necesidad de preguntarlo, porque en medio de ese páramo, el Sotillo viene a ser un jardincito abrigado y delicioso... Y a propósito, ¿cuándo me llevas al Sotillo?

Hacía ya algún tiempo que Núñez le venía instando para que le llevase a ver la posesión de su futuro cuñado, de la cual se hacían lenguas en Madrid. Tristán, prometiendo hacerlo, dilataba la presentación por cierto vago recelo que en momento ni ocasión alguna podía desechar de si. Por esto y aún más porque el nombre del Sotillo le trajo de nuevo a la imaginación la intriga indigna tramada contra él, su semblante volvió a obscurecerse. Núñez no reparó o no quiso reparar en ello y le apretó con su desenfado habitual para que le señalase día. Tristán al cabo se vio obligado a fijar uno de la próxima semana en que por celebrarse el aniversario del matrimonio de sus futuros cuñados había allí otros invitados.

—¿Y qué tal? Esa linda joven del Escorial ¿está conforme con tu cuñado?

—¿Qué quieres decir?—repuso con gravedad Tristán.

—Si está conforme con él en las cosas temporales y en las espirituales.

El joven se sintió herido por aquella desvergonzada pregunta y replicó secamente:

—No hay otro matrimonio más feliz sobre la tierra.

—Me alegro... me alegro que no discutan... Ella es una hermosa mujer, un ejemplar admirable de nereida... Quisiera hacer su retrato desnuda, saliendo del agua...

Pero viendo que Tristán se ponía cada vez más hosco cambió de conversación.

—¿Sabes tú? Hace poco, cuando venía hacia aquí, tropecé en la carrera de San Jerónimo a tu amigo Morel. Me para y me pregunta, mientras se dibuja en sus labios una sonrisa de lástima: «¿Ha leído usted el libro de Sánchez Abellán...? ¡Qué extravagancia! ¡Qué majadería! Imposible llegar más allá en el arte de disparatar. Es la obra de un idiota o de un loco.» Y las carcajadas fluían de su boca y tenía que apoyarse en la pared para no caer de risa. Sigo caminando y unos cuantos pasos más allá, al dar vuelta a la calle del Príncipe, encuentro al mismo Sánchez Abellán. Nos saludamos, cambiamos algunas palabras, y de buenas a primeras, sonriendo mefistofélicamente, me pregunta: «¿Ha leído usted los últimos artículos de Morel en El Noticiero...? ¡Prodigioso...! ¡Enorme...! Léalos usted si quiere pasar un buen rato... Indudablemente ese hombre es un loco o un idiota.» Los dos habían empleado iguales calificativos. ¿No tiene gracia?

—Para mí no tiene ninguna—dijo Tristán malhumorado.

Núñez le miró un momento con curiosidad burlona y repuso tranquilamente:

—Consiste en que ese molino que tienes en el cerebro no tritura más que cosas negras. Pero el mío muele rico trigo candeal y produce harina blanca superior... Vamos a ver, ¿no es una satisfacción observar cómo esos dos hombres se han conocido perfectamente? ¿No es puro y legítimo el deseo de que la luz penetre en los espíritus?

En el curso de la conversación había cruzado por delante de ellos un chico imberbe a quien Núñez saludó inclinándose muy reverente y quitándose el sombrero. A Tristán le sorprendió un poco aquel saludo aunque no dijo nada. Pero ahora, como cruzara otro jovenzuelo de diez y ocho a veinte años y Núñez volviese a inclinarse y saludar con la misma reverencia, no pudo ocultar su sorpresa.

—Dime, Gustavo, ¿por qué saludas tan respetuosamente a esos chiquillos?

—Te lo explicaré en pocas palabras—repuso Núñez tranquilamente—. El primero que ha cruzado por aquí hace un rato es secretario tercero de la sección de Ciencias morales y políticas y ha presentado una Memoria acerca de la Cuestión social, que se discutirá el año próximo. Este de ahora ha publicado ya tres artículos en El Defensor de los Ayuntamientos sobre El individuo y el Estado. Ahora bien, estos jóvenes que discuten la cuestión social y escriben sobre las relaciones del individuo y el Estado son indudablemente los futuros gobernadores, los consejeros de Estado, los directores generales, los ministros. Estos jóvenes, no te quepa duda, serán nuestros amos por aquello de que «joven sociólogo en puerta, cacique a la vuelta». Hay que tenerlos satisfechos, hay que ganarse su amistad.

—Pero, hombre, ¿a ti, que eres un artista, qué te importa la amistad de los políticos?

—¡Anda! ¿Imaginas que se puede ser en España un mediano colorista sin tener algún amigo ministro?

Tristán sonrió levemente, quedó unos instantes pensativo y al cabo le preguntó:

—¿Y nosotros los poetas también necesitamos la amistad de los ministros?

—No, vosotros necesitáis pertenecer a uno de los dos Cuerpos colegisladores—respondió gravemente el pintor.

—¡Vamos, Gustavo, hoy traes la guasa verde!

—No es broma, querido, es la pura verdad. Tú escribes un tomo de versos y pones en la cubierta: «Poesías, por Tristán Aldama». Eso no dice nada; el público no sabe a qué atenerse, porque lo ignora todo de ti. Pero estampa debajo del título, verbi y gratia: «por Tristán Aldama, diputado por Puertocarnero o senador vitalicio», y ya el público tiene motivos para conocerte y la crítica para guardarte consideraciones. Tus versos no son advenedizos; demuestran que tienen algún arraigo en el país.

—¡Vaya, vaya, Gustavo!—exclamó riendo Aldama.

—¡Que sí, querido, que sí! El público necesita siempre una garantía...

Un joven de agradable rostro y correctamente vestido iba a pasar por la salita, pero viendo a nuestros amigos se volvió recelosamente para no cruzar por delante de ellos.

—¡Eh! ¡eh...! amigo Valleumbroso, no se nos escape usted.

El joven dio la vuelta y quedó en pie frente a ellos.

—Atraque usted, querido—dijo Núñez—. Bien se conoce que quiere usted sustraerse a las felicitaciones de los amigos. Los grandes espíritus desdeñan el aplauso de la muchedumbre.

—¡Yo...! ¿Qué motivo hay para felicitarme?—exclamó el joven sonriendo, haciéndose de nuevas y rebosando de orgullo.

—¡Casi nada! Aunque por mi profesión, y aun más por mi holgazanería, no pueda estar muy al tanto de las novedades literarias, la trompeta de la fama ha traído a mis oídos la noticia de que ha publicado usted un volumen de poesías muy notable, que esos Pelillos a la mar son deliciosos y que se venden como pan bendito.

Las mejillas del poeta enrojecieron súbitamente y repuso en tono desabrido:

—Mi libro no se titula Pelillos a la mar.

—No, hombre, se titula Pétalos al aire—se apresuró a decir Tristán.

—¡Ah...! perdone usted, amigo Valleumbroso. No sé cómo se me metió en la cabeza... Es que suena algo parecido... Bien se conoce que soy profano en asuntos literarios. En fin, de todos modos me consta que es precioso el libro.

—Muchas gracias—dijo el poeta secamente.

—Todavía no hace muchos minutos que preguntándole al amigo Aldama acerca de las últimas publicaciones, me decía: «Lo único que puede leerse entre lo recientemente publicado son los Pelillos... (usted perdone)... los Pétalos de Valleumbroso.» Yo le respondí: «En cuanto salgamos de aquí paso por la librería y los compro.»

—Muchas gracias: no se moleste usted: yo se los enviaré.

—No acepto el regalo. En España son tan pocos los libros que se publican dignos de comprarse, que el presupuesto del más aficionado a las letras no padece mucha alteración aunque se proponga ser despilfarrador. Lo único que me atrevo a esperar de su amabilidad es que me firme el ejemplar.

—Lo haré con mucho gusto.

El joven poeta estaba sobre brasas. El carácter de Núñez le inspiraba un vivo recelo. Así que no fue posible retenerle allí más tiempo a pesar de los esfuerzos que aquél hizo para ello. Mientras se alejaba a paso rápido todavía le gritaba:

—Mil enhorabuenas. En cuanto lea el libro ya hablaremos de esos Peli... de esos Pétalos. Que agote usted la edición pronto.

Cuando Tristán reprochaba a su amigo que se sirviese de él para burlarse de un compañero, se presentó en la sala un hombre alto, enjuto, pálido, con los bigotes largos y caídos como los de los chinos y unos ojos saltones, resplandecientes, que sonreían al vacío. Vestía levita negra, larga, amplia, flotante y no muy limpia. Más que levita parecía una basquiña. Sobre la cabeza grande y despeinada llevaba un sombrero de copa bastante viejo y también despeinado que no la tapaba sino a medias.

—¡Viva mil años el ilustre Pareja—exclamó Núñez—, el sabio enciclopédico, que es honra del Ateneo y gloria de su patria!

El hombre de la basquiña se acercó a paso lento y reposado y su faz académica se dilató con una sonrisa de plácida condescendencia.

—El amigo Núñez—dijo quitándose el sombrero, que sin duda le molestaba, y acomodándose en una mecedora—siempre tan galante, tan lisonjero.

Núñez, volviéndose hacía Tristán y como hablándole en tono confidencial, le dijo:

—Cuando uno de estos hombres tan profundamente observadores se acerca a mí, no puedo menos de sentirme inquieto, cohibido. Parece que está uno delante de una máquina fotográfica y teme verse reproducido en mala postura.

—Hasta ahora me parece que no tiene usted motivo para pensar que le haya enfocado.

—Pero lo temo. Esa máquina que usted lleva en el cerebro no se cansa jamás de impresionar. Hace pocos días entré en el café de Levante y le vi a usted en un rincón comiéndose una ración de riñones salteados. «¿Ves aquel señor que está en la mesa de la esquina?—le dije al amigo que conmigo venía—. ¿Qué piensas que está haciendo?»—«Comiendo riñones»—me contestó—. «Pues no señor, está observando, observando siempre; para él no hay riñones que valgan.»

—No tanto, amigo Núñez, no tanto. Bien se señalan en usted a la par que los estigmas sintomáticos de la idiosincrasia artística los caracteres étnicos de la naturaleza andaluza.

—No soy andaluz, señor Pareja; soy extremeño.

—Mucho mejor. ¡Raza de conquistadores!

—Pero yo, aunque le parezca una gran inmodestia, estoy persuadido de que soy el hombre más notable de mi raza. Cuando tenía veinte años, conquisté a mi patrona que tenía cincuenta. No creo que Hernán Cortés ni Pizarro, ni Alvarado ni García de Paredes...

—¡Nada, nada, se le concede a usted la primacía!—exclamó el sabio soltando una carcajada vibrante y majestuosa.

—Lo que me admira principalmente en este señor—prosiguió Núñez volviéndose de nuevo hacia Tristán—no es tanto su talento de observador como la profunda ironía que comunica a todo lo que sale de su pluma y de sus labios.

—La ironía, querido Núñez, es la flor que brota siempre del conocimiento adecuado de las cosas y muestra la imposibilidad de reducir el conocimiento intuitivo al conocimiento abstracto—expresó Pareja dejando caer las palabras una a una como perlas destinadas a enriquecer la tierra.

—Pero de todos los grandes irónicos que hoy florecen en España, estoy convencido de que es usted el que ofrece mayor solidez.

—¿Quiere usted decir con eso que los demás suenan a hueco?—preguntó el sabio con fina sonrisa maliciosa.

—Cabalmente y que el hombre verdaderamente macizo que conozco es usted. Una cosa para mí incomprensible, señor Pareja, es cómo ha llegado usted a profundizar materias tan diversas, la filosofía, las ciencias naturales, la historia, la política, la música...

—Cuestión de método, querido Núñez; adecuada distribución del tiempo; ése es el secreto. Horas destinadas a la observación; horas destinadas a la especulación; horas destinadas a la práctica, sin que jamás ni por ningún motivo se compenetren. Si en las horas destinadas a la especulación hacemos una observación, todo está perdido.

Hablaba Pareja con tal acento de suficiencia, recalcaba de tal modo las sílabas, sonreía, dirigía a Núñez y Tristán miradas tan amables y condescendientes que resisten a toda descripción. Imposible manifestar con más claridad la íntima satisfacción de sí mismo de que se hallaba poseído.

—Ayer tarde—prosiguió—estuve en Alcalá a visitar el penal. ¡Curioso! ¡curiooooso! ¡curio-sí-si-mo! No pueden ustedes formarse idea del número de notas que he tomado. Hablé con muchos penados, me enteré de infinidad de historias, verdaderos casos clínicos, y por último, distribuí entre ellos, con permiso del director, algunos ejemplares de mi folleto El delincuente ante la ciencia.

—Nada me parece más a propósito para infundirles algún consuelo—dijo Núñez—. Realmente en los momentos de tristeza y desesperación, si algo puede llevar el sosiego al alma ulcerada del delincuente, es la consideración de que se encuentra delante de la ciencia y de que ésta le contempla.

—Así es, amigo Núñez, así es. Usted sabe poner los puntos sobre las íes.

—Alguna vez se me olvidan.

—¡Nada, nada, pone usted los puntos sobre las íes!

Y al decir esto se balanceaba sobre la mecedora y echaba sus piernas didácticas al alto con tal alegría que ningún emperador la sintió mayor al poner una placa sobre el pecho de alguno de sus generales victoriosos.

—Creo que se alegrará usted de saber—expresó después en tono más placentero si cabe—que desde hace algunos días vengo haciendo estudios también en los barrios bajos de Madrid. ¡Qué cosas he visto! ¡Qué cosas he oído! ¡Curioso! ¡Curioooso! ¡Curio-sí-si-mo!

—Supongo que allí no habrá usted repartido el folleto de El delincuente ante la ciencia.

—¡No, hombre, no!—exclamó riendo y añadió luego con ático humorismo—. Porque si bien me figuro que se encontrarán allí igualmente bastantes delincuentes, éstos no son in actu, sino in potentia. Dejando, pues, aquellos folletos para mejor ocasión, he distribuido algunos otros sobre El sentimiento religioso como un desequilibrio en la nutrición.

—Bien hecho. Me parece lo más urgente para las clases trabajadoras restablecer el equilibrio en la nutrición. La creencia en Dios y en la inmortalidad del alma en resumidas cuentas no sirve más que para turbar la digestión.

—Es así, querido Núñez, es así. Usted sabe poner los puntos sobre las íes.

Tristán se llevó la mano a la boca para reprimir un bostezo. Así que se presentaba este síntoma de aburrimiento, la enfermedad se declaraba en él con tal violencia que no se pasaron tres minutos sin que se alzase bruscamente de la mecedora y les dijese adiós.

Cuando Gustavo montaba sobre uno de estos asnos no se hartaba nunca de hacerle correr. Pero entre todos los asnos antiguos y modernos ninguno estuvo más satisfecho de su naturaleza asnal que el ilustre Pareja.

VIII

UN BUEN DÍA QUE CONCLUYE MAL

Cirilo quedó sorprendido cuando oyó tocar suavemente en la puerta de su despacho. Conocía perfectamente la mano que daba aquellos golpecitos.

—¡Pero ya!—exclamó—. ¡Adelante, adelante!

Visita se presentó peinada y vestida como para salir. La sorpresa de su esposo fue mucho mayor. Ordinariamente él se levantaba muy temprano como hombre de negocios que era, y apoyándose en su bastón iba hasta su despacho y allí trabajaba hasta las nueve, hora en que venía a desayunar al dormitorio con su mujer, que aún permanecía en la cama. Luego la ayudaba a vestirse sin llamar a la doncella y tornaba al escritorio.

Visita reía a carcajadas adivinando, sin verlo, el rostro asustado de su marido. Avanzó lentamente llevando extendidas las manos y acercándose le tomó la cabeza y le besó repetidas veces.

—¡Pero, hija mía, si no son más que las ocho!—dijo él, que como hombre de vida metódica y escrupulosamente regularizada aún no volvía de su asombro—. ¿Cómo estás ya peinada y vestida?

—Porque hoy nos desayunamos antes, iremos a misa antes... y después..., después Dios dirá.

—Pero necesito concluir de extender estos recibos.

—Pues no se concluyen.

—Entonces no es que Dios dirá; es que dices tú—repuso él en tono jocoso.

—Eso es, digo yo... y mando que te vengas conmigo ahora mismo a desayunar.

Así se hizo. Arreglose después prontamente y salieron de casa poco antes de las nueve para oír misa en la Encarnación. Habitaba nuestro matrimonio un cuartito bajo en la plaza de Oriente, amueblado con elegancia y provisto de todas las comodidades compatibles con su fortuna, que desde hacía algún tiempo iba prosperando lindamente. Cirilo trabajaba firme. Además de la administración de Reynoso y Escudero tenía alguna otra y se ocupaba en negocios como agente privado. Menos a la Bolsa, a todas partes se hacía acompañar por su esposa que estaba ya enterada de bonos, pagarés, cheques, talones y resguardos como un consumado zurupeto. Visita le ayudaba a subir y bajar las escaleras del Banco y los coches de punto, le llevaba los rollos de valores, le tenía por el bastón mientras firmaba documentos o contaba billetes y le echaba la goma a la cartera. ¡Y que no hacía ella estas cosas con poco gozo! La cuitada se juzgaba tan inútil que cuando podía prestar algún servicio su corazón se inundaba de alegría.

Al salir de la iglesia le dijo resueltamente:

—Hoy, quieras que no, tienes que dejarte guiar por una ciega. Hazme el favor de buscar un coche.

Se fueron al primer puesto y en el trayecto Cirilo no dejó de preguntarle adónde pensaba conducirle.

—Ya lo sabrás.

Hasta que subieron al vehículo y Visita dijo triunfalmente «a la Bombilla» no logró averiguarlo.

Ya están en la Bombilla. Allí se apean un momento, entran en un café-restaurant y encargan el almuerzo para las doce: vuelven a montar y siguen paseando por la Moncloa, dejan el coche cerca de la fuente de las Damas y suben lentamente por un montecillo cubierto de pinos hasta colocarse en un alto y deleitoso paraje tapizado de césped desde donde se divisa el único paisaje digno que tiene la capital de España. A la izquierda el río oculto entre el follaje de la Casa de Campo; delante el Guadarrama con su crestería recortada que se destaca puramente con el azul del cielo; a la derecha la Dehesa de la Villa, el camino de Amaniel, los campos verdes de la Moncloa.

Cirilo dejó escapar un suspiro de satisfacción y contempló arrobado el espléndido panorama que tenía delante murmurando «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!» A su lado Visita también parecía aspirar su belleza grave y solemne, si no por los ojos por la boca y por la nariz que se abrían para dejar paso a la fresca brisa de la sierra.

—¿Verdad que es muy hermoso?—dijo apretándose contra su marido—. Tú apenas has visto esto, pero yo lo conozco perfectamente porque de soltera venía con mi padre a merendar a este sitio todos los domingos. Algunas veces venía la criada con nosotros, traíamos el almuerzo y pasábamos aquí todo el día. Puedo decirte cómo es el paisaje lo mismo que si lo estuviera viendo... ¡Es decir, lo estoy viendo, lo estoy viendo de veras! Mira aquí debajo la Puerta de Hierro, las encinas del Pardo que se extiende hasta las faldas del Guadarrama. ¡El Guadarrama! ¡Qué hermosas montañas de color violeta...! Y el cielo, el cielo azul encima, profundo, inmenso, convidando a volar por él.

A Cirilo se le apretó el corazón. Aquella alegría de su pobre esposa, ciega en lo mejor de la vida, le removía las entrañas como si quisieran arrancárselas. No pudo contestar; hubo una larga pausa. De repente Visita aproximó su rostro al suyo y le besó en los ojos.

—¡Ya sabía que estabas llorando...! No llores, tonto... ¡Si soy feliz, enteramente feliz! ¿Qué importa que no pueda ver esas montañas? Ya las he visto y acaso en mi imaginación las finja ahora más hermosas aún de lo que son. Además, Dios me permite estar al lado de ellas, sentir su aliento embalsamado y fresco... y tenerte a ti al mismo tiempo. Peor, mil veces peor sería que las viese y no pudiera tener tu mano en la mía como la tengo ahora.

Cirilo le pasó el brazo por detrás de la cintura y la apretó tiernamente contra sí.

—¡Ea!—dijo ella dejándose caer en el césped—. Basta de paisajes y de enternecimientos. Yo soy la ciega más dichosa que existe a la hora presente en Madrid, y tú el cojito más guapo, más simpático, más bueno y más feliz... ¿Verdad que sí...? ¡Di que sí!

Cirilo se sentó con algún trabajo a su lado. Ella sacó de su ridículo un libro y se lo dio diciendo:

—Ahora tendrás la amabilidad de leerme un poquito, estoy segura de ello. He traído esta novela porque es de tu autor favorito y quiero que el día de hoy te diviertas mucho, mucho... porque si tú no te diviertes mucho, mucho, yo estoy decidida a aburrirme.

Cirilo cogió el libro riendo y se puso a leer. La lectura siempre tenía atractivo para ellos porque eran aficionados a la buena literatura y devotísimos de los mejores autores; pero ahora al aire libre, en tan poético paraje y con la excitación placentera que el paseo dado y la perspectiva que el suculento almuerzo les producía, era sin duda doblemente grata. A menudo Visita le interrumpía para hacer comentarios, unas veces deplorando la maldad de algún personaje o alegrándose de que la heroína fuese tan simpática, otras veces vaticinando alguno de los sucesos o peripecias de que la narración les iba a dar cuenta. Reían a carcajadas en alguna página y a la siguiente sin saber cómo se enternecían y hacían pucheritos, porque aquel autor gozaba el privilegio de subyugarlos y arrastrarlos al sentimiento que bien quería. Cuando Visita notó que su marido comenzaba a fatigarse le hizo cerrar el libro y lo guardó de nuevo en su bolsita. Se aproximaba ya la hora del almuerzo y se disponían a levantar el vuelo de aquel delicioso sitio cuando Visita percibió un leve ruido a su espalda.

—¿Quién anda ahí?—preguntó a Cirilo.

—Una pobre mujer—respondió éste.

—¿Qué hace?

—Me parece que anda recogiendo plantas.

En efecto, con una raída navajita aquella mujer iba cortando cardillos y guardándolos en una falda. Cuando se aproximó a ellos les dio los buenos días. Visita inmediatamente trabó conversación con ella y se enteró de su tarea. Los guardas le dejaban cortar cardillos: los que en algunas horas podía recoger los llevaba a la mañana siguiente a la plaza. Visita le preguntó cuánto solían valerle.

—Un día con otro treinta céntimos.

—¡Treinta céntimos!—exclamó asombrada.

—¡Ay, señorita! y esos días me doy por satisfecha porque al fin podemos comer pan en casa... Pero la señorita... (dijo un poco acortada fijándose en los ojos inmóviles de Visita).

—Sí, la señora tiene la desgracia de estar ciega—respondió Cirilo tristemente.

Hubo una pausa y al cabo la mujer profirió con acento desesperado:

—¡Ciega quisiera estar yo para no ver lo que veo en mi casa!—Y al mismo tiempo prorrumpió en amargo llanto—. Hace pocos meses que salí del hospital, donde me han cortado un pecho... Con el otro solamente alimento a mi niño..., es decir, pudiera alimentarlo si tuviese qué comer... ¡Pero no lo tengo! Mi marido es cochero, pero está enfermo de reumatismo sin poderse apenas mover y le han despedido de la casa... Ahora que está un poco mejor, no encuentra trabajo... Sin la caridad de los vecinos, que son casi tan pobres como nosotros, ya hubiéramos muerto de hambre hace tiempo... Algunas veces me dan pan y otras veces un poco de sopa... Pero la casa ¡ay la casa! Ya debemos cinco meses y de un día a otro nos pondrán los pocos trastos que tenemos en la calle... ¡Dios mío, Dios mío, qué va a ser de nosotros!

—¡Vaya por Dios! ¡Infeliz mujer!—exclamó Visita por lo bajo.

Cirilo sacó una moneda del bolsillo y se la entregó.

—¿Qué le has dado?—le preguntó su esposa al oído.

—Una peseta.

—Dale más.

Sacó un duro y se lo dio.

—¿Qué le has dado?

—Un duro.

—Dale más. Nosotros no tenemos hijos. Dios nos ha protegido hasta ahora y nos seguirá protegiendo.

Cirilo echó mano a la cartera y le entregó un billete de cincuenta pesetas. La mujer, sorprendida y roja de emoción y de alegría, no encontraba palabras para dar las gracias. Se deshacía en fervorosas bendiciones.

—¡Dios se lo pague, señorita, Dios se lo pague! ¡Bendita sea la hora en que su madre la ha parido! ¡Bendita la leche que ha mamado...!

—Pase mañana por nuestra casa. Ahora le dará una tarjeta mi marido—dijo Visita—. Tenemos amigos que están en mejor posición que nosotros y acaso puedan colocar a su esposo.

Iban ya lejos y todavía les seguía la voz de la pobre mujer que gritaba sin cesar:

—¡Dios les bendiga, señoritos! ¡Que nunca pase la desgracia por su casa...! ¡Que Dios la proteja, señorita, que Dios la proteja y ya que no ve la tierra le haga ver el cielo!

—Ya lo estoy viendo—murmuró Visita mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas.

El coche les esperaba abajo. Montaron de nuevo en él y se trasladaron a la Bombilla. Antes de entrar en el gabinete que les tenían reservado dieron orden para que sirviesen también de almorzar al cochero. Pasaron después, y en un comedorcito agradable con vistas al río hicieron los honores al almuerzo, cuyos platos habían de antemano elegido. El paseo, el aire puro les había despertado el apetito. Visita bebió un poco más de lo ordinario y se quedó traspuesta algunos instantes en un sofá, mientras su marido leía el periódico que había enviado a comprar.

—¡Ea, ahora con la música a otra parte!—exclamó al cabo la ciega levantándose y sacudiendo la pereza.

—¿A qué parte?—preguntó Cirilo riendo.

—Adonde la proporcionan mejor en Madrid; al circo del Príncipe Alfonso.

Y así se verificó rápidamente. Oyeron el concierto que en las tardes dominicales de primavera allí se celebraba y ya de noche se restituyeron a su casa, no sin haber dado antes una vuelta por la confitería para comprar los postres de la comida.

—¡Buen día...! ¡Superior, hija, superior!—exclamaba Cirilo después de comer, reclinado cómodamente en una butaca y saboreando una taza de café al par que chupaba un fragante tabaco de la caja que el día antes le había regalado Reynoso.

—¿Te has divertido? ¿Has estado a gusto con tu mujercita?—le respondía Visita, que también tomaba café sentada a su lado en una sillita baja.

—Con mi mujercita estaría yo a gusto aunque viviese en una zahurda comiendo berzas y pan negro.

Y al mismo tiempo se inclinó para besar sus cabellos. Hubo una larga pausa en que ambos parecían paladear su dicha enternecidos.

—¿Sabes lo que estoy pensando?—profirió ella al cabo buscando a tientas su mano y apretándola tiernamente—. Pues pienso que si yo no fuese ciega no te querría tanto como te quiero... y me parece que tú tampoco me querrías a mí de este modo. Por tanto que no seríamos tan felices.

—Quizá sea como piensas—repuso él inclinándose otra vez para besarla—. Pero daría la vida por que recobrases la vista.

—Y estoy pensando también que el invierno próximo lo vamos a pasar aún mejor que este, porque tendremos en Madrid a don Germán y a Elena, y más cerca aún de nosotros a Clara y Tristán... Ya ves, vienen a vivir a cuatro pasos de aquí, en la calle del Arenal. Todas las noches al teatro es monótono y además costoso: algunas iremos a su casa, o vendrán ellos a la nuestra. ¿Qué gusto, verdad? ¡Qué tertulitas íntimas, agradables, vamos a tener aquí los cuatro!

En aquel instante sonó el timbre de la puerta y la doncella se presentó anunciando al señorito Tristán. Este apareció detrás de ella. La faz de Cirilo y la de Visita se iluminaron con una sonrisa de alegría. La de aquél se apagó, sin embargo, al observar el rostro serio y contraído del joven.

—Buenas noches.

Al oír el saludo, la sonrisa de Visita también se apagó: su fino oído de ciega había notado algo extraño en el timbre de la voz.

Después de preguntarse por la salud y de unas cuantas frases superficiales, Tristán abordó con premura, pero en tono afectadamente sosegado, la magna cuestión que allí le conducía.

—El objeto que me trae a estas horas (aparte del placer que siempre tengo en verles y en departir con ustedes) es un poco raro, un poco molesto... acaso también un poco ridículo... Pero en fin, en este mundo no es todo corriente y agradable por desgracia: alguna vez hay que tocar también en lo molesto y en lo ridículo, y a mí me llega el turno a la hora presente. Desearía obtener de su amabilidad me dijese si en el tiempo que llevamos de relación amistosa he incurrido en su desagrado por alguna acción o por alguna omisión que les haya molestado, si han observado ustedes en mí algo que no estuviese de acuerdo con una franca y leal amistad, o bien si inadvertidamente creen ustedes que les ocasioné algún perjuicio.

Cirilo y Visita permanecieron mudos, estupefactos ante aquel extraño discurso.

—Deseo saber—repitió al cabo de un instante, recalcando más las palabras—, si en el curso que hasta ahora ha seguido nuestra amistad tienen ustedes algún motivo de queja contra mí.

—Me parece ociosa la pregunta, Tristán—manifestó Cirilo recobrándose—. Demasiado sabe usted que nunca nos ha dado motivos para otra cosa que para estimarle en lo mucho que vale y considerarle como uno de nuestros buenos y cariñosos amigos.

—¿Tampoco les he ocasionado perjuicio alguno de un modo indirecto, esto es, sin darme cuenta de ello?

—Absolutamente ninguno que yo sepa.

—Está bien... ¿Entonces por qué conspiran ustedes contra mí y me hacen la guerra?

—¿Conspirar contra usted...? ¿Hacerle la guerra?

—Sí. ¿Por qué me hieren en la sombra y trabajan cautelosamente a fin de desbaratar mi próximo matrimonio?

—¿Qué está usted diciendo?

—Comprendo perfectamente—profirió Tristán sin querer hacerse cargo del asombro de Cirilo—que el afecto que les liga a sus parientes los señores de Reynoso (por más que el parentesco sea lejano) les haga ver el matrimonio de Clara poco ventajoso y apetecer para ella otro de más relieve. Comprendo igualmente que mi persona les inspire una secreta antipatía... que les hastíe, que les cargue. Eso pasa no pocas veces con aquellas personas que las circunstancias nos imponen la obligación de tratar... Lo que no puedo comprender es que hayan aguardado a última hora para hacer a Clara el favor de proporcionarle un enlace más ilustre o para mostrarme a mí su hostilidad... Bien es cierto—añadió con amarga ironía—que lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace.

—Permítame usted que le diga, amigo Tristán, que no entiendo lo que usted quiere decir ni aun el paso que usted acaba de dar visitándonos en esta forma brusca y desusada... es decir, sí veo que está usted irritado y que juzga que nosotros le hemos hecho algún agravio en lo que se refiere a su próximo matrimonio, pero por más que discurro no sé dónde está ese agravio. Lo mismo Visita que yo nos hallamos tan contentos y nos parece tan bien esa boda que precisamente en este momento hablábamos de ella con alegría y nos felicitábamos de que...

—¡Bien, bien, dejemos eso!—exclamó Tristán con aspereza. Aquellas palabras le parecían el colmo de la hipocresía y de la impudencia.—No necesito decir a usted que la alegría o la tristeza de ustedes en lo que a mi boda se refiere, aunque en sí mismas tengan mucha importancia, para mí la tienen secundaria. Puedo casarme o permanecer soltero y vivir bien o mal y ser feliz o desgraciado sin que en ninguna de estas cosas influya de un modo decisivo la alegría o la tristeza de ustedes... Pero si no influyen sus sentimientos pueden influir las acciones. Todos estamos expuestos en la vida a tristes desengaños, a las asechanzas de nuestros enemigos... y a la traición de nuestros amigos.

—¡Vea usted lo que está diciendo, señor Aldama!—profirió Cirilo perdiendo la paciencia e incorporándose en la butaca—. Considere usted que con esas reticencias me está usted ofendiendo y que yo no le he dado motivo alguno para ello.

—«Lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace»—repitió Tristán sonriendo sarcásticamente—. Hasta ahora nada le he dicho ofensivo... No ha sido más que la queja de quien se siente herido. Pero no respondo de que más tarde no pueda decirle algo que le moleste de veras.

—¡Pues entonces cortemos inmediatamente esta conversación!—exclamó Cirilo apoyándose con mano crispada sobre la mesa para levantarse—. Considero a usted un hombre de honor y sé que se arrepentiría de haber ofendido a quien carece de medios para pedirla reparación de la ofensa.

Visita se había puesto en pie también vivamente y Tristán hizo lo mismo.

—Tampoco es noble ampararse de su debilidad para dar rienda suelta a rencores injustificados y hacer daño a quien nunca se lo ha hecho a usted.

—Repito que no se me ha pasado por la imaginación jamás ocasionar a usted daño alguno y que sólo un chisme de algún malintencionado pudo hacérselo creer y ponerle tan obcecado.

—¡Obcecado! ¡obcecado!—exclamó Tristán con voz enronquecida ya por la ira—. No hay chismes, no hay malintencionados. Yo no puedo creer que tengan mala intención ni pretendan engañarme mis propios oídos. A la postre todo se descubre. Para quien no procede con lealtad el mundo es transparente. A hacérselo ver es a lo único a que he venido a aquí, o lo que es igual a decirles a ustedes que ya no me engañan y que desprecio como merecen sus falsos testimonios de amistad... Ahora queden ustedes con Dios. Me han declarado la guerra... Está bien, lucharemos. Lucharemos sí; ustedes en la sombra; yo cara a cara y a la luz del día. Buenas noches.

Y tomando el sombrero que tenía sobre una silla se lo encasquetó violentamente y salió como un huracán de la estancia.

Visita, cuyo estupor le había impedido pronunciar una palabra en esta breve escena, se dejó caer de nuevo en la silla y rompió a llorar.

—¡Dios mío, un día tan feliz como habíamos pasado!

Cirilo se pasó la mano por la frente y respondió con amargura:

—Ya ves, querida, que ningún día puede llamarse feliz hasta que suenan las doce de la noche.

IX

UN TROPEZÓN DE GUSTAVO NÚÑEZ Y OTRO DE SU AMIGO TRISTÁN

Al día siguiente recibió Tristán una carta de Cirilo. En términos dignos le hacía presente que si su enojo procedía de ciertas palabras que con insistencia había repetido en la conversación habida la noche anterior, lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace, Visita recordaba en efecto haberlas pronunciado hablando con el marqués del Lago. Estas palabras se referían al proyecto que tenía la marquesa de abandonar a Madrid para irse a vivir con su hijo a sus posesiones de Extremadura. El citado marqués del Lago podía dar testimonio de ello si fuese interrogado.

Tristán ya estaba arrepentido de su violencia. Aunque la carta no disipase enteramente sus dudas, le hizo pensar que pudiera haber incurrido en un error. Por otra parte comprendía el daño que tal precipitación podía ocasionarle en el ánimo de la familia Reynoso. Respondió a Cirilo dándole excusas y rogándole guardase reserva de lo ocurrido.

Llegó el día del aniversario del matrimonio de los Reynoso, que siempre se celebraba con alegría. Sólo el segundo año dejó de hacerse por estar reciente el fallecimiento de doña Dámasa, madre de Elena. Tristán cumplió su compromiso llevando al Sotillo a su amigo Núñez, previamente anunciado hacía tiempo. Clara lo recibió con toda la expansión de que era capaz su carácter circunspecto. Se trataba de un amigo íntimo del elegido de su corazón y se esforzó en mostrarse locuaz y afectuosa. Elena, en cambio, prevenida contra él, lo acogió con toda la gravedad de que era susceptible su temperamento infantil y bullicioso. De suerte que equilibrándose por el esfuerzo ambas naturalezas vinieron a producir resultados análogos. Mas no se pasó mucho tiempo sin que la distinta condición de ambas recobrase sus derechos. La charla viva, irónica, chispeante de Núñez empezó a causar secreta alegría a la gentil señora de Reynoso; su rostro serio comenzó a iluminarse y no tardó su linda boca en estallar en carcajadas ruidosas celebrando los donaires casi siempre maliciosos del pintor. En cambio en el dulce y grave semblante de Clara no tardó en señalarse la inquietud y el tedio que tanta charla frívola, tanta frase picante le producían.

Reynoso había hecho colocar la mesa para almorzar en una isleta que había en el centro de una de las dos charcas que en la gran finca adquirida por él y agregada al Sotillo existían. Era la más pequeña y estaba casi siempre vacía, y crecían en ella bosquetes de juncos y cantaban las ranas. Los frailes, a quienes la mansión perteneciera en la antigüedad, habían hecho construir para su recreo sobre esta isleta un gran cenador formado de columnas de granito a modo de templete griego. Estaban las columnas en pie, pero el techo había desaparecido. Don Germán, que tenía instinto artístico, no quiso restaurar ninguna de las ruinas que la pesadumbre del tiempo había causado en las construcciones de los frailes y todos los hombres de gusto se lo aplaudían. Los restos de la abadía, de la iglesia, de los cenadores y los muros estaban cubiertos de maleza y exhalaban la dulce melancolía de las cosas pasadas. Para llegar a la isleta del cenador había un puente de piedra de fábrica suntuosa como todas las demás antiguas construcciones, pero igualmente deteriorado; el piso, formado por grandes bloques de granito, alguno de los cuales se había desprendido. En torno de la derruida columnata crecían algunas acacias y todo lo demás invadido por la yerba y la maleza.

Formaba extraño contraste la gran mesa adornada al gusto moderno, la vajilla resplandeciente, los criados de frac, con la tristeza y desolación de aquellas ruinas. Núñez lo encontró original en alto grado y felicitó calurosamente a Elena por más que no había partido de ésta la idea. Sentáronse a la mesa a más de la familia, de Tristán y Núñez, Cirilo y Visita, el marquesito del Lago, su hermana la condesa de Peñarrubia que se hallaba pasando unos días en el Escorial con su madre, Escudero y su hija Araceli, Narciso Luna, muy popular en el mundo elegante y disipado de Madrid, amigo íntimo de la condesa de Peñarrubia, Gonzalito Ruiz Díaz, primogénito de los duques del Real-Saludo que pertenecían también a la colonia veraniega del Escorial y habitaban en un suntuoso hotel de su propiedad, dos hermanas de éste amigas de Clara y de la edad de ella aproximadamente, el farmacéutico Vilches, primo hermano de Elena, con su señora, el paisano Barragán y otros pocos invitados más hasta el número de treinta.

El gasto de la conversación hiciéronlo Tristán, Gustavo Núñez, la condesa de Peñarrubia y Narciso Luna. Los tres últimos se conocían y se trataban íntimamente, y Gustavo y Narciso se tuteaban como socios asiduos de la Peña. Aquél era ingenioso y culto como ya sabemos; éste un hombre vulgar que suplía a menudo el ingenio con la desvergüenza. Imposible saber los años que tenía: lo mismo podía ser un joven de treinta años envejecido que un anciano de sesenta remozado: el rostro bastante arrugado, pero ninguna cana en la barba ni en los cabellos, de suerte que a primera vista hacía el efecto de llevarlos teñidos; la voz tomada y el aspecto crapuloso.

—Hace un sin fin de tiempo que no veo ningún cuadro de usted, Núñez—dijo la condesa de Peñarrubia dirigiéndose al laureado pintor.

—¡Oh cielos! ¿También usted, condesa?—exclamó aquél con aspaviento cómico de susto.

—¿Qué quiere usted decir?—replicó sonriente la dama.

—Quiero decir que me pareció usted una persona segura tratándose de ese género de terribles inquisiciones... Pero veo que no lo es usted... La pregunta que acaba de hacerme es mi sombra negra, es mi castigo. No voy a ninguna parte que no resuene en mis oídos... Salgo de casa por la mañana, doy unos cuantos pasos y me encuentro con un señor mi conocido que me estrecha la mano efusivamente. Al cabo de un instante se echa un poco hacia atrás y exclama con acento rudo y campechano:—¡Hombre, hace muchísimo tiempo que no veo ningún cuadro de usted!—El año pasado pinté uno para la Exposición de Bellas Artes—contesto.—¿Y desde el año pasado no ha pintado usted ningún otro?—No, señor.—Pero lo estará usted pintando.—Tampoco... La fisonomía de aquel señor, mi conocido, se contrae; sus ojos adquieren una expresión severa que me infunde tristeza y pavor.—¿Y entonces qué se hace usted?—No sé qué responder, vacilo y tiemblo.

La condesa soltó una carcajada, dejando ver el oro de algunos de sus dientes empastados.

—Me arrepiento y pido perdón humildemente. Tiene usted razón; no hay nada más estúpido que fiscalizar el trabajo de los artistas. Alegrémonos del resultado de sus esfuerzos cuando nos lo ofrecen y no les persigamos con nuestras prisas.

La de Peñarrubia frisaba ya, como sabemos, en los cuarenta. Fisonomía bastante ajada, aunque no desprovista de belleza; pintado el rostro y teñidos de rubio los cabellos.

—El predominio de las ideas utilitarias en nuestra sociedad—dijo Tristán—, la fiebre de progreso, el interés social sustituido a la felicidad individual tiende a convertir el hombre en máquina. Una vez determinada su función en virtud de la división del trabajo se le exige un esfuerzo sin tregua. El industrial debe ocuparse noche y día en la fabricación de sus productos, el militar no debe perder de vista jamás la espada, el abogado no debe pasar un día sin pronunciar su discurso, el minero allá en su pozo arrancará noche y día el metal del seno de la tierra y el poeta en su gabinete compondrá desde que Dios amanezca odas, elegías y epitalamios.

—Pero amigo Tristán—repuso la condesa—, he oído decir que el que trabaja es el único hombre feliz.

—Cierto; eso es lo que se dice. En la imposibilidad de emanciparse del trabajo los hombres han convenido de algún tiempo a esta parte en que no es una pena, como se dice en la Biblia, sino un goce. Y razonan del modo siguiente: «Si no trabajásemos nos aburriríamos. Luego el trabajo no es una maldición, sino una bendición.» La conclusión no es legítima, como a primera vista se observa. Lo único que se puede afirmar es que el aburrimiento significa para nosotros una pena mayor que la del trabajo.

—Pues yo no me aburro jamás sino cuando estoy acatarrado y el médico me obliga a sudar en la cama—dijo Narciso Luna: y la frase fue celebrada por su amiga la de Peñarrubia.

—Llámese usted un hombre excepcional—dijo Tristán dirigiéndole una mirada de desdén—, porque la vida, para la casi totalidad de los humanos, oscila siempre entre la pena y el aburrimiento. Cuando no nos domina el tedio nos hallamos en plena catástrofe.

—Con tu permiso, querido Tristán—manifestó Núñez—, para mí el mundo es una comedia muy interesante. El único defecto que la encuentro es que decae un poco al final... del espectador.

—Para entonces también hay ciertos recursos—apuntó Narciso Luna dirigiendo una mirada amorosa a la condesa.—Mientras uno es joven una mujer de veinticinco años le hace feliz. Cuando lleguemos a viejos acaso una botella de Jerez de igual edad nos haga el mismo efecto.

—Pero oye tú—dijo una de las chicas del Real-Saludo al oído de su hermana—, ¿Narciso Luna es joven?

—Naturalmente—respondió la otra—. ¿No has oído que Marcela Peñarrubia tiene veinticinco años?

A las dos les acometió una risa tan loca que los ojos de todos se volvieron hacia ellas. La de Peñarrubia, que sospechó que ella era la causa, les clavó una larga y fría mirada. Pero las chicas no podían reprimirse... ¡no podían...! ¡vamos, que no podían!

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