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Torquemada en el purgatorio

TERCERA PARTE (continued 2)

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—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.

—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque, comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte por unos seis millones nada más?

—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?

—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?

Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper. Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de aquella compra reportaría.

—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: esto matará á aquello... Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de corresponder...

—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...

—Sí, señora... ¿y qué?

—Que sale á subasta su galería.

—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?

—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en reales museos.

—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.

—Usted.

—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!

—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.

—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al Louvre, ó á la National Gallery, que pagarán á peso de oro los de Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y Van Dick...

—¿Y qué más?

—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación es bajísima.

—El Bajísimo ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?

—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; serás una especie de Médicis...

—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo. Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras, y de la desgracia que le acarreáis.

—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere comprarlo. ¡Vaya un archivo!

—Como que estará lleno de ratas.

—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos, libros rarísimos...

—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me hubiera secado el foco de las lágrimas.

Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse, lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le dijo:

—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, dilapidar mi dinero estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese, que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito..., quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí! me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...

—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos á comer.

—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras á tí...

—¡Brrrr!...

X

Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana (la del tantos de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza. Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan fecunda en experimentales enseñanzas.

De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael, que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.

Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento, si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por la escalera de servicio.

Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.

—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.

—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías ver á nadie. Por lo demás, yo tenía ganas de verte, y de echar un párrafo contigo.

—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han contado muy detalladamente.

—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre artista de la cuenta y razón, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante de tanta gente culta y facultativa! Créelo; mientras hablaba, para entre mí me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.

—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que puedan decir otro tanto.

—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro, rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.

—Es usted el hombre feliz.

—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás. No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme á su natural. La opinión pública me cree dichoso, me envidia, y no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir del Gólgota, quiero decir, de la cruz de mi casa, ó en otros términos, un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición ó del Infierno. Heme aquí atado de pies y manos, obligado á dar cumplimiento á cuantas ideas acaricia tu hermana, que se ha propuesto hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la Papisa Juana en figura de señora.

—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de barro, lo amasa...

—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China, siempre saldré puchero de Alcorcón.

—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!

—Se me figura que sí. Porque verás...

Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel momento histórico, un grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto en que se veía, de tener que hacerse con un palacio y la mar de pinturas antiguas, diseminando el dinero y privándose del gusto inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital fabuloso, que era su desideratum, su bello ideal, y su dogma, etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.

—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy próxima la terminación de mis martirios.

Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.

—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero; como que es usted avaro...

—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.

—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.

—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...

—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave. Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me he equivocado en todo...

—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque este cura, cuando se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de guardar la Biblia, y ahora resulta...

—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con usted, por razones diversas.

—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.

—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia deshonrada, á mis hermanas envilecidas.

—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque prestaba dinero á interés.

—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.

—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de ñales.

—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que usted le inspiraría asco, aversión...

—Pues me parece que... ¡digo!

—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo que intentaban amansar.

—¡Hombre, tanto como monstruo...!

—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la papisa Juana, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle, y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.

—Me parece que no desafino...

—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático, creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy común en nuestra sociedad.

—Hombre, hombre...

—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.

—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría... Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una noche... en confianza de ella para mí: «Tor, el día que te aborrezca, me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es desconocido el adulterio, y lo será siempre.»

—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación. Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér híbrido...

—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.

—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito, y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia ilustración...

—Eso no, no, Rafaelito.

—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme seguir; yo bien sé que...

—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que soy un bruto... claro, un bruto sui generis. Á ganar dinero, eso sí, ¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.

—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero á montones.

—Seamos justos: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, convengamos en que soy un animal.

—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del banquete?»

XI

Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo secreto, le dijo:

—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento y pienso. Mi discurso no fué más que una serie no interrumpida de vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada... Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí que aplaudían al hombre de dinero, no al hablista.

—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...

—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo un núcleo de dos ó tres, eran más tontos que yo.

—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.

Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus ademanes.

—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición, el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted, y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole, depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr. D. Francisco, yo no puedo estar aquí.

Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole en el asiento.

—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.

—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un altar y adorarla.

—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me dejara capitalizar mis ganancias.

—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz más objetivo, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad. ¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico, y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro el mayor de los mentecatos... (Levantándose bruscamente.) Debo retirarme..., abur...

Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.

—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital... Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor. Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr. D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he pedido en mi vida, y el último también?

—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que iba tomando su hermano político.

—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del Oeste.

—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto dispendio.

—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.

—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito; no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el llevarte á Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la clásica nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.

—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle, hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me da.

—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia, ó te has propuesto tomarme el pelo, por decirlo así. Si no has de morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! yo no habría de reparar...

—Á un muladar, digo.

—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo poético, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?

—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo. Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero. ¡Pobre niño!

—Durmiendo está como un ángel.

—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.

Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió tentando las paredes.

XII

Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.

—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? Me inclino á creer que no estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?

—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud. Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me da por dormir vestido.

—Hace calor.

—Frío tengo yo.

—Y Pinto, ¿dónde está?

—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.

Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una pierna sobre otra.

—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?

—Á que venga Pinto para quitarme las botas.

—Te las quitaré yo si quieres.

—Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido—dijo Rafael alargando un pie.

—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la primera bota.—De damas se dice, no de Reyes.

—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho de Reyes... Velay, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.

—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan augusto... Guasón está el tiempo.

—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas, vulgo prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas, el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé quién dijo que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... usted que es tan erudito...

—No sé... Lo que sé es que esto matará aquello.

—Como dice Séneca, ¿verdad?

—Hombre, Séneca no... No tergiverses...—observó el Marqués sacando la primera bota.

—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí, señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.

—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te acuestes, y á dormir como un bendito.

—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante seré la misma sumisión, y la obediencia personificada, y no daré el menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas.

Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud semejante á la de la maja yacente de Goya.

—Me parece bien. Y ahora... á dormir.

—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un largo sueño.

—Pues te dejo. Ea, buenas noches.

—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes Santo.

—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?

—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (Incorporándose.) Se me olvidó darle un besito á Valentín.

—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós. Duérmete.

Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había mandado por una taza de te.

—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta que veas que está bien dormido.

Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar. Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven entrar á Pinto desencajado, sin aliento.

—Señor, señor...

—¿Qué, con mil Biblias?

—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!

Bajaron todos... Estrellado, muerto.

Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.

FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO

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