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Torquemada en el purgatorio

SEGUNDA PARTE (continued 2)

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Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la adivinadora Cruz.

Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante, encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.

—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no han querido darme la vitalicia? (Denegación de Fidela.) Bien decía yo que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo, aunque la verdad, esto de la senaduría no viene á llenarme ningún vacío... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo cosas malas, Biblias y Cristos, y todo el palabreo que uso cuando me da la corajina.

—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.

—¡Bah! ya te ríes, de lo cual se desprende que no es nada.

—Algo hay; cosas de familia...

—¿Pero qué, por vida de la...?

—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.

—¿Rafaelito, qué?

—Que mi hermano no me quiere ya.

—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya vuelve el punto ese con sus necedades?

—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están bien en su boca.

—¿Qué te ha dicho?

—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y que yo no te merezco.

—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.

—Que eres digno de lástima.

—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo esquilmado que me tiene.

—No es por eso.

—¿Pues por qué, ñales?

—Si dices indecencias me callo.

—No, no las digo, ¡ñales, re-ñales! Tu hermanito me está cargando otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que evitemos todo punto de contacto entre él y yo.

X

—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre cuando descubre...

—¿Qué?... ¿Y quién es ese Jamle, ¡Cristo!, quién es ese punto que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á relucir á cada triquitraque? ¡Jamle, dale con Jamle!

—Era un Príncipe de Dinamarca.

—Sí; que andaba averiguando aquello de ser ó no ser. ¡Valiente bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?

—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que Hamlet á su madre...

—Que también debía de ser una buena ficha.

—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas tragedias de Shakespeare.

—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el Sí de las niñas.

—No, hombre... ¡Qué bruto eres!

—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa, y en sabiendo que ese Jamle es todo invención de poetas, no me interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras llover... ¿Y tu hermana?

—Ha ido á compras.

—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!

—¿Dónde?

—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi líquido. Tu hermana y yo vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos abrigará; qué nuevos gravámenes me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos pensando qué será, qué no será.

Fidela se sonreía picarescamente.

—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y á todo el globo terráqueo.

—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde decírtelo. Ella te lo dirá.

—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay para mí momento histórico que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?

—Hombre, no tanto.

—¿Se trata de gravamen, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio, así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos, ¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi cuñadita barre para afuera.

—No exageres, Tor...

—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?

—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la sorpresa que quiere darte.

—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.

—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y atribuciones que...

—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un jollín en casa.

—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la pata (tomándole una mano). Aquí quietecito y hablando á lo caballero, sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.

—Pues sácame de dudas.

—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi hermana te...?

—Prometido.

—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...

—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.

—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...

—Muy señora mía.

—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.

—Ya me entero, sí.

—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que por transmisión de títulos del Reino...

—Demonio, ¡ñales! ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu hermana...

—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y pagar lo que se llama medias annatas...

—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.

—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden. ¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida. Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...

—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?

—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del emperador Carlos V.

—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos... Costará... ¿quinientos reales?

—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!

—¿Costará dos mil?

—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho mil duros.

—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá estar el título hasta las kalendas griegas por la tarde, si esperan que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa. Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia, y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal, que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran memorialista con casa abierta?

—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré yo, y por consiguiente tú Marqués.

—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que yo Marqués!

—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...

—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!

—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el Becerro, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en línea recta del rey D. Mauregato.

—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera bromas. (Parándose ante ella, en jarras.) ¿Tienes tú el capricho de ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? En una palabra: ¿es para tí cuestión de ser ó no ser, como dijo el otro?

—No lo creas: no tengo esa vanidad.

—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó Juana Particular?

—Lo mismo.

—Pues si tú no acaricias esa idea de ponerte corona, ni yo tampoco, ¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?

—Lanzas y medias annatas.

—Jamás oí tal terminacho.

—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de Carlos IV.

—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque yo las uñas... En una palabra, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo... Lanzas y medias annatas... (Con desvarío.) Digo que no... Lanzas... San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?... Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (Alzándola voz.) Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta socaliña, voy y... en una palabra, me suicido.

—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.

—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (Repitiéndolo como para fijarlo en la memoria.) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas... medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos rebelamos, ¿sí ó no?

Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á él, y acariciándole le trajo al sofá.

—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?

—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas... digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera.

—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad, te vendrá el título como anillo al dedo...

—Si no costara dinero, no te digo que no.

—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo?

De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo, dentro de la escasez de sus medios retóricos.

—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués. ¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para ellos títulos que tengan algún punto de contacto con la ciencia, verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de la cuadratura del círculo, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad? Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año... Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le tengamos crecidito.

—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus intrigas.

—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura en el momento histórico menos pensado. Todo se remediaría poniéndote tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi interés; porque al paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la Perra Chica...

No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza. Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz, ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban. Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín... marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas.

XI

Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus altos designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas los sapos y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran las estrellas del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. Precisamente, en el momento histórico de la referida conversación entre D. Francisco y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico y el investigador de genealogías con las manos en la masa, esto es, fabricándole un escudo al tacaño, lo que en verdad no era para ellos difícil, por ser el apellido Torquemada de noble sonsonete, de composición castiza, y muy propio para buscarle orígenes tan antiguos como los Jerusalem. Cruz no se paraba en barras, y antes de hablar con su cuñado, lo dispuso todo para la pronta ejecución de su arrogante idea, apretándole á ello el ansia de cogerles la delantera á los indecentes Romeros. Encargó en Gracia y Justicia que se activase el expediente, dispuso que con la mayor brevedad posible se compusiesen todos los árboles genealógicos y todas las ejecutorias que fueran menester, y no faltaba más que imponer al bárbaro el gravamen, con firme voluntad, como la cosa más conveniente para la familia y para él mismo.

Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa. Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su representación social se acrecía con la corona, traduciéndose tarde ó temprano en beneficios contantes. No le convenció más que á medias, y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía; figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar, y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda regla.

Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado y los conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien hubo de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con muy buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas como él (como el señor de Torquemada) eran las que representaban dignamente el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. Veíase tratado con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y lo mismo el Presidente que todos los señores de la Mesa le traían en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce adelantos en el más rebelde de sus discípulos.

Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía Cruz para empujarle, velis nolis, por aquella senda, bastará decir que á poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su acta, limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario de Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal, empantanado desde la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto el que armaron, aclamando al preclaro hijo del Bierzo. Algo había hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la comisión, hablar al Ministro en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía por esto autor del milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de verse objeto de tales ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas rimbombantes que le pusieron de allá, ni de los panegíricos que en su honor entonaron el alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en su tertulia, el cacique en mitad de la calle, y hasta el cura en el púlpito sagrado. Y trajo una carta El Imparcial, en que narraba el efecto causado por la noticia en aquella sensata población, describiendo cómo había perdido el sentido todo el sensatísimo vecindario; cómo habían sacado en procesión por las calles, entre ramas de laurel, un mal retrato de D. Francisco que se proporcionaron no se sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que atronaban los aires expresando la gratitud con sus restallidos, y cómo, en fin, le aclamaron con roncas voces, llamándole padre de los pobres, la primera gloria del Bierzo y el salvador de la patria leonesa.

Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo uno.

—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen los éxitos de debajo de las piedras.

Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron sus tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor propio satisfecho, y el temor de que todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos gravámenes.

Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta, según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube... Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la Biblia en pasta, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte, aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más allá que se variara el trazado de la carretera.

Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas muy extrañas. Cayó asimismo sobre la casa un buen golpe de leoneses residentes en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que pedían protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á sus postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado por cierto, del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc... Y otros enviaban versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria. Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que se fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan alta, que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia de un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de la visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa por D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas de la Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba determinación alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le sentaba á comer en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían una idea tan hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las carretadas de dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de paño pardo y refajo verde, vinieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco cuando era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de Paradaseca; y no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo le saludara con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete La Presumida burlada: «¡So burro, hijo mío!»

XII

Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin, le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó que tan sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á los que traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran castañas y bellotas, que á él le gustaban mucho.

En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido para ésta y la comisión, se aventuraba á ilustrar á sus compañeros con alguna idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una ú otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías á cada rato al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso de cualquiera de aquellos puntos, ya otra colecta para erigir un monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante víctimas por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y viudas y huérfanos del Sursum Corda! Era un gotear frecuente, que al cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres confería! Tan cargado estaba ya de ser hijo ilustre, que una noche, al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral de ñales, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor día tiraba el acta en medio del redondel, vulgo hemiciclo, y otro que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio que banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así lo reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agradacerlo, y alegrarse de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran de su dignidad.

Pues señor, por aquel camino pronto llegaría la de vámonos. ¡Comidas de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde Octubre venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un diario abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia. Pues con el nuevo régimen de convites, crecería la suma, hasta llegar á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era lo lógico, y lo procedente, y lo que se caía de su peso. ¿Á qué tanto lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos, chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella gente, y los hermanos del ministro, y el general Morla, y otros tantos que no hacían más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy malo? Verdad que él también lo encontraba todo pésimo, pues política que no fuese de economías á raja tabla, caiga el que caiga, era una política de muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte comensales, que concluían por darle la razón.

Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues el pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos, era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese, gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas era un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas. La ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el primer año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en firme todas las acciones del ferrocarril de Villafranca á Minas de Berrocal, con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los bercianos verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus compinches harían una buena jugada largando las acciones después de hacerlas subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican, hasta las nubes. Esto, y el arreglo con la casa de Gravelinas, á la cual se asignó una pensión por la vida del Duque actual y diez años más, quedándose Torquemada y compañeros negociantes con todos los bienes raíces (que se venderían poco á poco, recibiendo en pago las obligaciones emitidas por la casa ducal), la fortuna del tacaño iba creciendo como la espuma, en progresión descomunal, amén de sus innumerables negocios de otra índole, compra y venta de títulos, con tal tino realizadas, que jamás se equivocó en los cálculos de alza y baja, y sus órdenes en Bolsa eran la clave de casi todas las jugadas de importancia que allí se hacían.

Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, como tenía derecho á esperar, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero? «Me inclino á creer que sí—decía para su capote, con verdadero derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida Naturaleza tergiversase la cuestión, y la criatura me saliese con instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No hay expresión para esta idea. Pronto hemos de salir del dilema. Y bien podría resultar hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá lo veremos. Me inclino á creer que será varón, y por ende, otro Valentín; en una palabra, el mismo Valentín bajo su propio aspecto. Pero ellas no lo creen así sin duda, y de aquí la expectación que reina en todos, como cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»

Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los días, anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el 24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma, con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron la colaboración de una tercera eminencia.

Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de la casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía más que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna referente á sus vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á enterarse y hacerle compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le había hecho maldita gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas á Quevedito, que oficiaba como ayudante, le dijo:

—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad de Cruz, que siempre tiende á hacerlo todo en grande, aunque no sea menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda, manda. Es refractaria á la modestia y á la moderación, y con ella no valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, vulgo Jesucristo, ó en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos tres puntos de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo que Dios quiera. No vivo hasta no ver...

XIII

Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles. Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar, y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más personal facultativo, si era menester. Calmóse la parturienta á prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón, hablando con Morentín de cosas literarias.

—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que estaba usted aquí.

—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que usted espera...

—¿Y segundo?

—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas las dos enhorabuenas.

—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy... medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está inventando pamplinas para sacarnos del statu quo, y meterme á mí, tan humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo de qué viene ese título?

—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.

—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh, qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con qué poner un puchero, como ciertos y determinados títulos que viven de trampas... Mi bello ideal no es la nobleza: tengo yo una manera sui generis de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene más desideratum que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un pobre que ha logrado asegurarse la clásica rosca, y nada más. Es cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos puntos muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?

Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le colmaban de júbilo.

—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, en parangón del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y apechugo con todo, incluso con las medias annatas.

—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.

—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.

—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy, sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.

—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.

—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy el primero en rendir parias á la ciencia... Pero que veamos sus resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de Morentín?

—Lo mismo digo yo.

—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo contrario; y los tratamientos son como el tejido de Penélope, que hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se dejan de pagar las cuentas de los señores Galenos... ¡quiá!... Y yo profeso la teoría de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos. ¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van ganando... Aquí estamos en actitud espectante, diciendo «qué será, qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y les soy á ustedes franco: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y se sobraba; tal es mi humilde punto de vista.»

Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»

Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á llorar.

—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay? ¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?... No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la mamá de Morentín, enteramente... ¿Y el señor de Zárate ha venido?... ¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto, y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto, creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad?

Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó le ponían furioso.

Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.

—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos.

—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le puede dar á usted la enhorabuena?

—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de comadrones.

—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado de la ciencia.

—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.

—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso? Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la pelvis?

—¿Qué dice usted?

—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la sella obstetricalis?

—Cállese usted, hombre... ¿Á qué obedecen esos aparatos? Dios quiera que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se despachan sin ayuda de facultativos.

—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se llamaban omfalotomis, fíjese usted, y en Roma obstetrices.

No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»

XIV

—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada escupiendo las palabras.

—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes divulgaban la buena noticia.»

Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz, que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo:

—Varón, varón.

—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por las tres eminencias.

Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un momentito.

—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, que sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron multitud de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, y llenándole la cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus manifestaciones... San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de la Medicina. Gracias mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... Ya sabía yo que había de ser... del sexo masculino, vulgo macho... Dispensarme, no sé lo que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo el mundo. Vete á la taberna y que traigan unas copas de Cariñena... ¡Qué disparate...! No sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y champañ... Señores, mil y mil gracias, por su actitud de simpatía y... beneplácito. Estoy muy contento... Seré Mecenas de todo el mundo... Que traigan peleón, digo Jerez... Bien sabía yo el resultado de la peripecia... Lo calculé. Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga otro abrazo. ¡La ciencia...! Lo... or á la ciencia. Pero lo dicho: no se necesitaban tantos doctores. Ha sido un parto meramente natural y espontáneo, por decirlo así. Somos felices... Sí señora, felices... enteramente; tiene usted razón, enteramente...

Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y de echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir, radiante.

—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.

—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»

Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones, comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.

—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...

—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de la suerte, el niño mimado del Altísimo...

No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose de que su hermana hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención del nuevo sér, que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo muy mal á D. Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:

—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de antaño, más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación en los siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.

El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión, la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.

No le pareció bien á Torquemada llenar el buche á toda la turbamulta, y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que reclamaban las circunstancias. Reasumiendo: que celebraron allí la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo como fieras, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas largas, es decir, unas cincuenta personas, en cifra redonda. Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber champagne, sino en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de tú á D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se cortarían todos los istmos para mayor fraternidad entre los mares, y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios... Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que diesen un gran baile, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso.

Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto de aquella cena, y de los que vendrían á renglón seguido, pues la tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo, á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y yo el calzonazos por excelencia.» Acostóse ya cerca del día con la mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. ¿Sería broma, aquello del gran baile, ó lo dirían en serio? Cruz, al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.

—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?

Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia, escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y con los montaraces aldeanos que las acompañaban.

—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo quería enterarse.

—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una fija, y otra de suplente por si la primera se indispone.

—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.

—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito pimpollo que Dios le ha dado?

—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo! ¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!

—Por eso siempre tira usted al monte.

—Pero vamos á ver, Crucita. Seamos justos... ¿Quién ha visto usted que tenga dos amas?

—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...

—¿Y acaso somos nosotros testas coronadas, por decirlo así? ¿Soy yo por casualidad Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de cartón?

—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero, Príncipe de Asturias...

—Dale con que soy...»

Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre, congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple, Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.

—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted verá... Yo soy la economía por excelencia, y usted el despilfarro personificado... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites diarios... medias annatas... Total, que pululan los gastos.

—Los que pululan son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?

El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de chocolate.

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