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Tirso de Molina

LA PRUDENCIA EN LA MUJER

Reading edition

La escena es en Toledo, León y otros puntos.

JORNADA PRIMERA

Sala en el alcázar de Toledo.

ESCENA I

El infante don Enrique, el infante don Juan, don Diego de Haro.

D. Enrique.

Será la viuda reina esposa mía,

y daráme Castilla su corona.

O España volverá a llorar el día

que al conde don Julián traidor pregona.

¿Con quién puede casar doña María,

si de valor y hazañas se aficiona,

como conmigo, sin hacerme agravio?

Enrique soy; mi hermano, Alfonso el Sabio.

Don Juan.

La Reina y la corona pertenece

a don Juan, de don Sancho el Bravo hermano:

mientras el niño rey Fernando crece,

yo he de regir el cetro castellano.

Pruebe, si algún traidor se desvanece,

a quitarme la espada de la mano;

que mientras gobernare su cuchilla,

sólo don Juan gobernará a Castilla.

Don Diego.

Está vivo don Diego López de Haro,

que vuestras pretensiones tendrá a raya,

y dando al tierno Rey seguro amparo,

casará con su madre; y cuando vaya

algún traidor contra el derecho claro

que defiendo, señor soy de Vizcaya:

minas son las entrañas de sus cerros,

que hierro dan con que castigue yerros.

···············

D. Enrique.

Vos, caballero pobre, cuyo Estado

cuatro silvestres son, toscos y rudos,

montes de hierro, para el vil arado,

hidalgos por Adán, como él desnudos,

adonde en vez de Baco sazonado,

manzanos llenos de groseros ñudos

dan mosto insulso, siendo silla rica,

en vez de trono, el árbol de Garnica,

¡Intentáis de la Reina ser consorte,

sabiendo que pretende don Enrique

casar con ella, ennoblecer su corte

y que por rey España le publique!

Don Juan.

Cuando su intento loco no reporte

y edificios quiméricos fabrique,

mientras el reino gozo y su hermosura,

se podrá desposar con su locura.

···············

Don Diego.

Cuatro bárbaros tengo por vasallos,

a quien Roma jamás conquistar pudo,

que sin armas, sin muros, sin caballos,

libres conservan su valor desnudo.

Montes de hierro habitan, que a estimallos,

valiente en obras, y en palabras mudo,

a sus miras guardárades decoro,

pues por su hierro España goza su oro.

Si su aspereza tosca no cultiva

aranzadas a Baco, hazas a Ceres,

es porque Venus huya, que lasciva

hipoteca en sus frutos sus placeres.

La encina hercúlea, no la blanda oliva,

teje coronas para sus mujeres,

que aunque diversas en el sexo y nombres

en guerra y paz se igualan a sus hombres.

El árbol de Garnica ha conservado

sin que tiranos le hayan deshojado,

la antigüedad que ilustra a sus señores,

ni haga sombra a confesos ni a traidores.

En su tronco, no en silla real sentado,

nobles, puesto que pobres, electores

tan sólo un señor juran, cuyas leyes

libres conservan de tiranos reyes.

Suyo lo soy ahora, y del Rey tío,

leal en defendelle, y pretendiente

de su madre, a quien dar la mano fío,

aunque la deslealtad su ofensa intente.

Infantes, si a la lengua iguala el brío,

intérprete es la espada del valiente;

vizcaíno es el hierro que os encargo,

corto en palabras, pero en obras largo.

Illustration from Tirso de Molina

¡Ser mis esposos queréis...!

ESCENA II

La reina doña María, de viuda; don Enrique, don Juan, don Diego.

Reina.

¿Qué es aquesto, caballeros,

defensa y valor de España,

espejos de lealtad,

gloria y luz de las hazañas?

Cuando muerto el rey don Sancho,

mi esposo y señor, las galas

truecan León y Castilla

por jergas negras y bastas;

cuando el moro granadino

moriscos pendones saca

contra el reino sin cabeza,

y las fronteras asalta

por la lealtad defendidas,

y abriéndose su Granada,

por las católicas vegas

blasfemos granos derrama;

¡en civiles competencias,

pretensiones mal fundadas,

bandos que la paz destruyen,

ambiciosas arrogancias,

cubrís de temor los reinos,

tiranizáis vuestra patria,

dando en vuestra ofensa lenguas

a las naciones contrarias!

¡Ser mis esposos queréis,

y como mujer ganada

en buena guerra, al derecho

me reducís de las armas!

¡Casarme intentáis por fuerza,

e ilustrándoos sangre hidalga,

la libertad de mi gusto

hacéis pechera y villana!

···············

Os engañáis, caballeros,

que no está desamparada

de estos reinos la corona,

ni del Rey la tierna infancia.

Don Sancho el Bravo aún no es muerto;

que como me entregó el alma,

en mi pecho se conservan

fieles y amorosas llamas.

Si, porque es el Rey un niño

y una mujer quien le ampara,

os atrevéis ambiciosos

contra la fe castellana,

tres almas viven en mí:

la de Sancho, que Dios haya;

la de mi hijo, que habita

en mis maternas entrañas,

y la mía, en quien se suman

esotras dos: ved si basta

a la defensa de un reino

una mujer con tres almas.

Intentad guerras civiles,

sacad gentes a campaña,

vuestra deslealtad pregonen

contra vuestro Rey las cajas;

que aunque mujer, yo sabré

en vez de las tocas largas

y el negro monjil, vestirme

el arnés y la celada.

Infanta soy de León;

salgan traidores a caza

del hijo de una leona,

que el reino ha puesto en su guarda,

veréis si en vez de la aguja

sabré ejercitar la espada,

y abatir lienzos de muros

quien labra lienzos de Holanda.

···············

ESCENAS III a V

[Los pretendientes, al verse rechazados, reúnen sus partidarios y alzan bandera de rebelión contra el Rey y la Regente. Don Juan busca el apoyo de los árabes granadinos: don Enrique acude en demanda de ayuda a su sobrino el Rey de Portugal; don Diego de Haro espera tropas de Aragón y Navarra. La Reina llama a sus vasallos a palacio y les presenta al niño Fernando IV como rey legítimo de Castilla y León; pero mientras les habla excitándoles a la lealtad, las tropas rebeldes cercan el palacio y lo toman por asalto. La Reina y su hijo huyen precipitadamente a León.]

ESCENAS VI a VIII

(En Valencia de Alcántara.)

[Las familias Benavides y Caravajal tienen desde antiguo profundos resentimientos. Don Alonso Caravajal consigue el amor de doña Teresa de Benavides y se desposa secretamente con ella. Don Juan de Benavides se siente afrentado por esta unión y reta a don Alonso: cuando están a punto de llegar a las manos se presenta la Reina, fugitiva.]

ESCENA IX

Reina.

Ilustres Caravajales,

Benavides excelentes,

mis deudos sois y parientes.

Blasones os honran reales:

mostrad hoy que sois leales.

Un árbol sirve de silla

a la inocencia sencilla

de vuestro Rey incapaz.

(Descubre al Rey niño encerrado en el tronco de un árbol.)

No permitáis que en agraz

os le malogre Castilla.

Como la aurora, amanece

entre la tiniebla oscura

de la traición, que procura

matárosle y le oscurece.

Si este tierno sol merece

glorias de una ilustre hazaña,

lograd el que os acompaña,

y con valor español

defended los dos un sol

que os da el oriente de España.

Benavid.

¡Oh retrato del amor,

niño Rey, humilde Alteza!

Con tu angélica belleza

se enternece mi rigor.

No tuviera yo valor

si el socorro que me pides,

a las perlas que despides

negaran mis fieles labios.

Por los tuyos sus agravios

olvidan los Benavides.

Famosos Caravajales,

treguas al enojo demos,

y para después dejemos

guerras y bandos parciales.

No salgan los desleales

con su bárbaro consejo.

A estos pies mi agravio dejo

para volverle a tomar,

que mal se podrá olvidar

el odio heredado y viejo.

Juntemos nuestros amigos

y de dos un campo hagamos;

que mientras al Rey sirvamos

no hemos de ser enemigos.

Serán los cielos testigos,

para ilustrarnos después,

de que hoy el valor leonés,

con lealtad y con amor,

el bien del Rey su señor

antepone a su interés.

Don Al.

Fénix de España, nacido

para que su gloria aumente,

pájaro sois inocente,

en ese árbol como en nido.

¿Quién, mi perla, os ha escondido

desa suerte?

Rey.

Hanme quitado

mi reino, y no me han dejado

aun la cuna en que nací;

y como a Herodes temí,

vengo huyendo al despoblado.

Don Pedr.

No temáis del gavilán,

pájaro tierno y hermoso,

por más que intente ambicioso

hacer presa en vos don Juan.

Benavid.

Todos por ti morirán,

sol de España, hasta que quedes

libre de las viles redes

de ambiciosos cazadores.

···············

Alto, hidalgos, a León:

muera el Infante tirano.

Y vos, ejemplo cristiano, (A la Reina.)

regidnos desde este día,

y será, pues de vos fía

el cielo una ilustre hazaña,

la Semíramis de España

la reina doña María. (Vanse.)

ESCENAS X a XII

(Sala en el palacio de León.)

[Los Infantes vencedores están gozando de su triunfo. Han decidido repartirse el reino entre ambos: Don Juan reinará en León, y don Enrique, en Murcia y Sevilla. Entre tanto, los Caravajales y Benavides derrotan a las tropas de los Infantes, los cuales son sorprendidos y presos. Custódianlos don Alonso y don Pedro Caravajal y don Juan de Benavides, mientras esperan la sentencia que contra ellos ha de dictar la enojada Reina.]

ESCENA XIII

(Don Luis, con una fuente de plata, y en ella un papel.)

Don Luis.

La Reina ha mandado, Infantes,

que entréis en esa capilla,

donde os esperan dos padres

que vuestras almas dispongan,

porque quiere en esta tarde

mostrar a España del modo

que allanar rebeldes sabe.

Don Enr.

¿La Reina, nuestra señora,

es posible que eso mande?

¡La piadosa! ¡La clemente!

¡A dos primos! ¡A dos grandes!

¡Ah mujeres! ¡Qué bien hizo

naturaleza admirable

en no entregaros las armas!

Don Juan.

Cuando darnos muerte mande,

y por medio del rigor

a Fernando el reino allane,

puesto que con los rendidos

es medio el amor más fácil,

Portugal y Aragón tienen

reyes de nuestro linaje

que nuestra muerte la pidan

y castiguen sus crueldades.

···············

Don Luis.

Aquí está vuestra sentencia.

(Presenta a los Infantes el papel que viene en la fuente.)

Don Juan.

¿Con ella el plato nos hace?

¿En una fuente la envía?

Pues tiempo vendrá en que pague

la costa deste banquete,

cuando lleguen a aprecialle

con lanzas en vez de plumas

los que nuestro valor saben.

Don Enr.

Dejádmela ver primero.

¡Oh muerte fiera! ¡Que bastes

a asombrar pechos de bronce

sólo con un papel frágil!

(Lee.) “Doña María Alfonso, reina y gobernadora de Castilla, León, etc.: por el rey don Fernando IV deste nombre, su hijo, etc. Para confusión de sediciosos y premio de leales, manda que los Infantes de Castilla sus primos salgan libres de la fortaleza en que están presos, se les restituyan sus Estados, y demás desto hace merced al infante don Enrique de las villas de Feria, Mora, Morón y Santisteban de Gormaz; y al infante don Juan, de las de Aillón, Astudillo, Curiel y Cáceres, con esperanza, si se redujeren, de mayores acrecentamientos, y certidumbre, si la ofendieren, de que le queda valor para defenderse y ánimo para pagar nuevos deservicios con nuevos galardones. — La Reina gobernadora.”

(Descórrese una cortina en el fondo, y aparece la Reina, en pie, sobre un trono, coronada, con peto y espaldar, echados los cabellos atrás, y una espada desnuda en la mano.)

ESCENA XIV

Reina.

La reina doña María

castiga de aquesta suerte

delitos dignos de muerte.

Contra vuestra alevosía

en armas y en cortesía

os ha venido a vencer,

siendo hombres, una mujer,

a daros vida resuelta,

como quien la caza suelta

para volverla a coger.

Si pensáis que por temor

que a los que os amparan tengo

a daros libertad vengo,

ofenderéis mi valor.

Para confusión mayor

vuestra, he querido premiaros;

porque si acaso a inquietaros

vuestra ambición os volviere,

cuanto agora más os diere,

tendré después que quitaros.

Poco estima a su enemigo

quien le vence y vuelve a armar;

que en el noble es premio el dar,

como el recebir, castigo.

Si dándoos vida os obligo,

por vuestra opinión volved,

y si no, guerra me haced:

veamos quién es más firme,

vosotros en deservirme,

y yo en haceros merced.

Don Juan.

No olvide jamás España

tu magnánimo valor,

pues juntas con el temor

la piedad que te acompaña.

Eternicen esta hazaña

pinceles y plumas cuantas

celebran memorias santas,

pues que reprendiendo obligas,

haciendo merced castigas

y derribando levantas

que yo desde aquí adelante,

desta merced pregonero,

seré en servirte el primero.

Don Enr.

Y yo leal y constante,

con satisfacción bastante...

Reina.

Venid, y al Rey besaréis

las manos.

Don Juan.

Desde hoy podéis

regir nuestros corazones,

que obligan más galardones

que las armas que traéis.

···············

JORNADA SEGUNDA

ESCENA I

Don Juan, Ismael.

Don Juan.

De reinar tengo esperanza

con traidora o fiel acción;

mas no juzgo por traición

lo que una corona alcanza.

Reine yo, Ismael, por ti,

y venga lo que viniere.

Ismael.

Si el niño Fernando muere,

cuya vida estriba en mí,

no hay quien te haga competencia.

Don Juan.

De viruelas malo está;

fácil de cumplir será

mi deseo, si a tu ciencia

juntas el mucho provecho

que de hacer lo que te pido

se te sigue.

Ismael.

Agradecido

a tu real y noble pecho

quiero ser, porque esperanza

tengo que en viéndote rey,

has de amparar nuestra ley.

Hebreo soy; la venganza

de Vespasiano y de Tito,

que asoló a Jerusalén,

y el templo santo también,

causando oprobio infinito

a toda nuestra nación,

nos hace andar desterrados,

de todos menospreciados,

siendo burla e irrisión

del mundo, que desvarío

quiere que mi ley se llame,

sin que haya quien por infame

no tenga el nombre judío.

Mas si palabra me das,

en viéndote rey, de hacer

mi nación ennoblecer,

y que podamos de hoy más

tener cargos generosos,

entrar en ayuntamientos,

comprar varas, regimientos,

y otros títulos honrosos,

quitándole al Rey la vida

te pondrás la corona hoy.

Su protomédico soy;

muerte llevo escondida

en este término breve;

(Saca un vaso de plata.)

con que si te satisfago,

diré que el Rey en un trago

su reino y muerte se bebe.

A un sueño mortal provoca,

donde con facilidad,

de la sombra a la verdad,

y al corazón de la boca

viendo el veneno correr,

llamar de la muerte puedes

los médicos Ganimedes,

pues que la dan a beber.

···············

ESCENA II

Ismael.

Ismael.

Pues honra y provecho gano

en matar a un niño Rey,

y estima tanto mi ley

a quien da muerte a un cristiano,

¿qué dudo que no ejecuto

del infame la esperanza,

de mi nación la venganza

y destos reinos el luto?

···············

El niño Rey está aquí;

que beba su muerte trato.

(Al querer entrar en el aposento del Rey repara en el retrato de la Reina, que está sobre la puerta.)

Mas ¡cielos! ¿no es el retrato

éste de su madre? Sí.

No sin causa me acobarda

la traición que juzgo incierta,

pues puso el Rey a su puerta

su misma madre por guarda.

¡Vive Dios que estoy temblando

de miralla, aunque pintada!

¿No parece que enojada

muda me está amenazando?

¿No parece que en los ojos

forja rayos enemigos,

que amenazan mis castigos

y autorizan sus enojos?

No me miréis, Reina, airada.

Si don Juan, que es vuestro primo,

y en quien estriba el arrimo

del Rey, prenda vuestra amada,

es contra su mismo Rey,

¿qué mucho que yo lo sea,

viniendo de sangre hebrea

y profesando otra ley?

No es mi traición tan culpada:

tened la ira vengativa.

¡Qué hiciérades a estar viva

pues que me asombráis pintada!

Mas ¿para qué doy lugar

a cobardes desvaríos?

Ea, recelos judíos,

pues es mi oficio matar,

muera el Rey, y hágase cierta

la dicha que me animó...

(Al querer entrar, cae el retrato, y tápale la puerta.)

Pero el retrato cayó,

y me ha cerrado la puerta.

Dichoso el vulgo ha llamado

al judío, Reina hermosa;

mas no hay más infeliz cosa

que un judío desdichado.

Y pues tanto yo lo he sido,

riesgo corro manifiesto

si no huyo de aquí...

(Quiere huír por la otra puerta, sale la Reina, detiénele, y él se turba.)

ESCENA III

Reina.

¿Qué es esto?

¿De qué estáis descolorido?

Volved acá. ¿Adónde vais?

¿De qué es el desasosiego?

Ismael.

Volveré, señora, luego.

Reina.

Esperad. ¿De qué os turbáis?

Ismael.

¿Yo turbarme?

Reina.

No es por bueno.

¿Qué lleváis en ese vaso?

Ismael.

¿Quién? ¿Yo?

Reina.

Detened el paso.

Ismael.

Quien dijere que es veneno,

y que al Rey nuestro señor

no soy leal...

Reina.

¿Cómo es eso?

Ismael.

Que estoy turbado confieso,

pero no que soy traidor.

Reina.

Pues aquí ¿quién os acusa?

Ismael.

(Ap.) Mi misma traición será.

Reina.

Culpado, Ismael, está

quien sin ocasión se excusa.

Ismael.

El Infante es el ingrato,

que yo no le satisfice;

y si el retrato lo dice,

engañaráse el retrato.

Que aunque el paso me cerró,

cuando a purgar al Rey vengo,

yo, Reina, ¿qué culpa tengo,

si el retrato se cayó?

Don Juan, el infante, sí,

que con aquesta bebida

me manda quitar la vida

al tierno Rey que ofendí...

Digo, que ofendió el Infante.

Reina.

En fin, vuestra turbación

confesó vuestra traición;

no paséis más adelante.

¿Es la purga de Fernando

esa?

Ismael.

Gran señora, sí;

y si he de decir aquí

la verdad... ¿Qué estoy dudando...?

El deseo de reinar

con don Juan tanto ha podido,

que ciego me ha persuadido

que llegue la muerte a dar

al niño Rey; y el temor

de que no me castigase

me obligó que le jurase

ser a su Alteza traidor.

Afirméle que este vaso

iba con la purga lleno

de un instantáneo veneno;

pero no haga dello caso

Vuestra Alteza, que es mentira

con que pretendí engañalle

no más que por sosegalle

y dar lugar a la ira.

Y pues del título infame

me he librado de traidor,

juzgo agora por mejor

que la purga se derrame;

que otra medicina habrá

que le haga al Rey más al caso.

(Quiere derramarla y detiénele la Reina.)

Reina.

Tened la mano y el vaso;

que pues mi Fernando está

para purgarse dispuesto,

no es bien perder la ocasión

por una falsa opinión

que en mala fama os ha puesto.

Conozco vuestra virtud;

médico habéis siempre sido

sabio, fiel y agradecido.

Asegurad la salud

del Rey y vuestra inocencia

haciendo la salva agora

a esa purga.

Ismael.

Gran señora,

no estoy, con vuestra licencia,

dispuesto a purgarme yo,

ni tengo la enfermedad

del rey Fernando y su edad.

Reina.

¿Que no estáis enfermo?

Ismael.

No.

Reina.

No importa; vuestra virtud

desmienta agora este agravio:

en salud se sangra el sabio;

purgaréisos en salud.

Tiene muy malos humores

el reino desconcertado,

y por remedio he tomado

el purgalle de traidores:

a vos no puede dañaros.

Ismael.

Es muy recia, y no osaré

tomarla, señora, en pie.

Reina.

Pues buen remedio, asentaros.

Ismael.

A vuestros pies me derribo;

no permitáis tal rigor.

Reina.

Bebedla; que haré, dotor,

atenacearos vivo.

El infante don Juan es

noble, leal y cristiano,

sin resabios de tirano,

sin sospechas de interés.

De la nación más rüin

vos, que el sol mira y calienta;

del mundo oprobio y afrenta,

infame judío, en fin:

¿Cuál mentirá de los dos?

¿O cómo creeré que hay ley

para no matar su Rey

en quien dió muerte a su Dios?

···············

Bebed: ¿qué esperáis?

Ismael.

Señora,

si el confesar mi traición

no basta a alcanzar perdón,

baste el ser vos...

Reina.

Bebé agora,

o escoged salir mañana

desnudo y a un carro atado

a vista del vulgo airado

y vuestra nación tirana,

por las calles y las plazas,

dando a la venganza temas,

y vuestras carnes blasfemas

al fuego y a las tenazas.

(El hebreo, ante la amenaza de la Reina, bebe. Vase por la puerta del fondo, y cae muerto dentro.)

ESCENA IV

Reina.

¡Vos lleváis buena esperanza!

Su bárbara muerte es cierta.

Quiero cerrar esta puerta;

que el ocultar mi venganza

ha de importar por agora.

¡Ay, hijo del alma mía!

Aunque mataros porfía

quien no como yo os adora,

el cielo os está amparando;

mas pues sois ángel de Dios,

sed ángel de guarda vos

de vos mismo, mi Fernando.

ESCENAS V a VIII

[Los Estados vecinos se aprovechan de los continuos disturbios de Castilla, promovidos por los Infantes. Los árabes atacan Jaén; el Rey de Aragón pone sitio a Soria, y en Extremadura se teme a los portugueses. Para sostener los ejércitos fronterizos la Reina se ve obligada a vender su patrimonio y sus joyas, y cuando llega una situación apurada empeña sus tocas a un mercader segoviano antes de imponer nuevos pechos a los vasallos.]

ESCENA IX

Don Juan.

(Ap.) Alegre espero

del Rey la agradable muerte.

¿Si habrá el veneno mortal

asegurado mi suerte?

¡Oh corona! ¡Oh trono real!

¿Cuándo tengo de poseerte?

Reina.

Primo.

Don Juan.

Señora.

Reina.

Bien sé

que desde que os redujisteis

a vuestro Rey, y volvisteis

por vuestra lealtad y fe,

a saber que algún rico hombre

a su corona aspirara,

y darle muerte intentara

a costa de un traidor nombre,

que pusiérades por él

vida y hacienda.

Don Juan.

Es ansí.

(¿Si dice aquesto por mí?) (Ap.)

Creed de mi pecho fiel,

gran señora, que prefiero

la vida, el ser y el honor

por el Rey nuestro señor.

Pero el propósito espero

a que me habléis desa suerte.

Reina.

Solos estamos los dos:

fiarme quiero de vos.

Don Juan.

(Ap.) Angustias siento de muerte.

Reina.

Sabed que un grande, y tan grande

como vos... —¿De qué os turbáis?

Don Juan.

Témome que ocasionáis

que algún traidor se desmande

contra mí, y descomponerme

con vuestra Alteza procure.

Reina.

No hay contra vos quien murmure,

que el leal seguro duerme.

Digo, pues, que un grande intenta

(y por su honra el nombre callo)

subir a Rey de vasallo,

y sus culpas acrecienta.

Quisiérale reducir

por algún medio discreto,

y porque tendréis secreto,

con vos le intento escribir;

que por querelle bien vos

mejor le reduciréis.

Don Juan.

¿Yo bien?

Reina.

Tan bien le queréis

como a vos mismo.

Don Juan.

Por Dios

que el corazón me sacara

a mí mismo, si supiera

que en él tal traición cupiera.

Reina.

Eso, primo, es cosa clara;

que a no teneros por tal,

no os descubriera su pecho.

El mío está satisfecho

de si sois o no leal.

Aquí hay recado: escribid.

Don Juan.

(Ap.) ¿Qué enigmas, cielos, son éstas?

¡Ay, reino, lo que me cuestas!

Reina.

Tomad la pluma.

Don Juan.

Decid.

Reina.

Infante...

Don Juan.

Señora...

Reina.

Digo

que así, Infante, escribáis.

Don Juan.

Si por Infante empezáis,

claro está que habláis conmigo,

pues si don Enrique no,

no hay en Castilla otro infante.

Algún privado arrogante

mi nobleza desdoró;

y mentirá el desleal

que me impute tal traición.

Reina.

¿No hay Infantes de Aragón,

de Navarra y Portugal?

¿De qué escribiros servía

estando juntos los dos?

Haced más caso de vos.

Don Juan.

(Ap.) ¡Qué traidor no desconfía!

(Paseándose la Reina, va dictando, y don Juan escribe.)

Reina.

Infante: como un rey tiene

dos ángeles en su guarda,

poco en saber quién es tarda

el que a hacelle traición viene.

Vuestra ambición se refrene;

que se acabará algún día

la noble paciencia mía,

y os cortará mi aspereza

esperanzas y cabeza...

La reina doña María.

Leedme agora el papel,

que no es de importancia poca,

y por la parte que os toca

advertid, Infante, en él.

(Léele don Juan.)

Cerralde y dalde después.

Don Juan.

¿A quién? Que sabello intento.

Reina.

El que está en ese aposento

os dirá para quién es. (Vase.)

ESCENA X

Don Juan.

“¡El que está en ese aposento

os dirá para quién es!”

Misterios me habla, después

que matar al Rey intento.

¡Escribe el papel conmigo,

y remite a otro el decirme

para quién es! Prevenirme

intenta con el castigo.

¿Si hay aquí gente cerrada,

para matarme en secreto?

Ea, temor indiscreto,

averiguad con la espada

la verdad desta sospecha.

(Saca la espada, abre la puerta del fondo y descubre al judío muerto con el vaso en la mano.)

¡Al cielo! Mi daño es cierto:

el doctor está aquí muerto

y la esperanza deshecha

que en su veneno estribó.

Todo la Reina lo sabe,

que en un vil pecho no cabe

el secreto. Él le contó

la determinación loca

de mi intento depravado.

El veneno que ha quedado

he de aplicar a la boca. (Toma el vaso.)

Pagaré ansí mi delito,

pues que colijo de aquí

que sois, papel, para mí,

siendo un muerto el sobrescrito.

Si deste vano interés

duda vuestro pensamiento,

“El que está en este aposento

os dirá para quién es.”

Mudo dice que yo soy;

muerto está por desleal;

¡quien fué en la traición igual,

séalo en la muerte hoy!

Que por no ver la presencia

de quien ofendí otra vez,

a un tiempo verdugo y juez

he de ser de mi sentencia.

(Quiere beber; sale la Reina y quítale el vaso.)

ESCENA XI

Reina.

Primo, Infante, ¿estáis en vos?

Tened la bárbara mano.

¿Vos sois noble? ¿Vos cristiano?

Don Juan, ¿vos teméis a Dios?

¿Qué frenesí, qué locura

os mueve a desesperaros?

Don Juan.

Si no hay para aseguraros

satisfacción más segura

si no es con que muerto quede,

quiero ponerlo por obra,

que quien mala fama cobra

tarde restauralla puede.

Reina.

Vos no la perdéis conmigo;

ni aunque desleal os llame

un hebreo vil e infame,

que no vale por testigo,

¿le he de dar crédito yo?

Él fué quien dar muerte quiso

al Rey. Tuve dello aviso,

y aunque la culpa os echó,

ni sus engaños creí,

ni a vos, don Juan, noble primo,

menos que antes os estimo.

El papel que os escribí

es para daros noticia

de que en cualquier yerro o falta

ve mucho, por ser tan alta,

la vara de la justicia;

y lo que su honra daña

quien fieles amigos deja,

con traidores se aconseja,

y a rüines acompaña.

De la amistad de un judío

¿qué podía resultaros,

si no es, Infante, imputaros

tal traición, tal desvarío?

Escarmentad, primo, en él,

mientras que seguro os dejo;

y si estimáis mi consejo,

guardad mucho ese papel,

porque contra la ambición

sirva, si acaso os inquieta:

a la lealtad de receta,

de epítima al corazón;

que siendo contra el honor

la traición mortal veneno,

no hay antídoto tan bueno,

Infante, como el temor.

Don Juan.

No tengo lengua, señora,

para ensalzar al presente

la prudencia que en vos...

Reina.

Gente

viene; dejad eso agora.

ESCENAS XII a XVII

[El infante don Juan prepara una nueva traición. Dice a varios caballeros que la Reina y don Juan Caravajal quieren casarse proclamándose reyes de Castilla, y que han sobornado a un médico judío para que envenene al niño Rey, pero el Infante llegó a tiempo de evitar tan horrible crimen y castigó al médico con la muerte. En la habitación inmediata les muestra el cadáver del judío. Como los caballeros no dan crédito a las palabras del Infante, él les invita a que vayan aquella noche a cenar a su quinta donde les dará testimonios indudables de los propósitos de la Reina y de Caravajal.]

[El mayordomo se presenta a la Reina para decirle que, agotado por completo el tesoro real y su crédito, por la noche no se podrá cenar en Palacio.]

Reina.

Los monteros

de Espinosa, mis guardas, con secreto

me prevenid, don Juan, y caballeros

parientes vuestros: yo os diré a qué efeto.

Don Al.

No quiero saber más que obedeceros.

Reina.

La pena refrenad, que yo os prometo

que esta noche, Melendo, a costa ajena

habemos de tener una real cena.

ESCENA XVIII

Don Juan, don Diego, don Nuño, don Álvaro.

Sala en la quinta del infante don Juan.

Don Juan.

Mientras que se hace hora

de cenar, entretengamos

el tiempo.

Don Nuño.

Dados jugamos.

Don Juan.

Dejad los dados agora,

que tienen muchos azares.

Don Diego.

No es pequeño el que sospecho

que ha de alborotar mi pecho

don Juan, mientras no repares

de la Reina la opinión,

que corre riesgo por ti.

Don Juan.

Que al reino he librado di,

don Diego, de una traición.

Don Diego.

Más difícil de creer

se me hace, cuanto más

lo pienso.

Don Juan.

¡Terrible estás,

don Diego! Si te hago ver

hacer la Reina favores

a don Juan Caravajal,

y en correspondencia igual

que él la está diciendo amores,

¿crêráslo?

Don Diego.

Crêré que miente

la vista; pero en tal caso

los celos en que me abraso,

si ven tal traición presente,

y de Castilla el decoro

me obligará a que os incite

que el gobierno se le quite,

y en el alcázar de Toro

esté presa.

Don Juan.

¿A quién podremos

nombrar por gobernador,

y del niño Rey tutor?

Don Nuño.

Si a vos, don Juan, os tenemos,

¿qué hay que preguntar a quién?

Don Juan.

Yo soy muy poco ambicioso.

Don Diego.

Don Enrique es poderoso,

y tendrá ese cargo bien.

Don Juan.

Don Enrique ha pretendido

ser rey, y si en su poder

está el reino, ha de querer

lo que hasta aquí no ha podido.

D. Álvaro.

Serálo don Diego, pues,

que nadie en España ignora

quién es.

Don Juan.

Dejemos agora

aquesto para después;

que cuando por elección

el reino en Cortes me elija,

será fuerza que le rija,

y tuerza mi inclinación.

Don Diego.

(Ap.) Este es traidor, vive el cielo,

y por verse rey levanta

a la Reina, cuerda y santa,

el insulto que recelo.

Aunque la vida me cueste,

lo tengo hoy de averiguar.

Don Juan.

Caballeros, a cenar. (Tocan a rebato.)

Pero ¿qué alboroto es éste?

ESCENA XIX

El Criado.—Dichos.

Criado.

La Reina y toda su guarda

la casa nos han cercado.

Illustration from Tirso de Molina

Daos a prisión, caballeros.

Don Juan.

(Ap.) ¡Qué mucho si tiene al lado

los dos ángeles de guarda

que dijo, que la dan cuenta

de aquesta nueva traición!

¿Cómo esperáis, corazón,

sin matarme, tal afrenta?

ESCENA XX

Don Alonso, don Melendo, soldados.—Dichos; después la Reina.

D. Alonso.

Daos a prisión, caballeros;

las espadas de las cintas

quitad.

(Quítanselas y sale la Reina, armada.)

Reina.

No se hacen las quintas

si no es para entreteneros,

ni es bien que yo guarde fueros

a quien no guarda a mi honor

el respeto que el valor

de un vasallo a su Rey debe,

y a dar crédito se atreve

ligeramente a un traidor.

···············

Si la vida que os he dado

dos veces (que no debiera),

apetecéis la tercera,

Infante inconsiderado,

decid, pues estáis atado

al potro de la verdad,

quién fué el que con deslealtad

quiso dar veneno al Rey,

haciendo a un hebreo sin ley

ministro de tal maldad.

Don Juan.

Señora...

Reina.

No moriréis,

como la verdad digáis.

Don Juan.

Si piadosa me animáis,

severa temblar me hacéis.

Muerte es justo que me deis,

y cesará la ambición

de una loca inclinación

que a su lealtad rompió el freno,

y con el mortal veneno

ha mezclado esta traición.

Yo al médico persuadí

que al Rey mi señor matase,

porque en su silla gozase

el reino que apetecí.

Después que muerto le vi,

por vos forzado a beber

el veneno, hice creer

a todos, en vuestra mengua,

cosas que no osa la lengua

memoria dellas hacer.

Reina.

En la Mota de Medina

Estaréis, Infante, preso

hasta que os vuelva a dar seso

el furor que os desatina.

Don Juan.

Quien a ser traidor se inclina,

tarde volverá en su acuerdo.

La libertad y honra pierdo

por mi ambicioso interés:

callar y sufrir, pues es

por la pena el loco, cuerdo. (Llévanle.)

Don Nuño.

Nadie, gran señora, ha dado

fe en vuestra ofensa al Infante.

Reina.

Noticia tengo bastante

de quién es o no culpado.

Dos ángeles traigo al lado,

y el cielo a Fernando ayuda,

que ingratos intentos muda.

···············

[La Reina obliga a todos los caballeros presentes a que le devuelvan las rentas que tienen usurpadas al tesoro real.]

JORNADA TERCERA

ESCENAS I a IV

[Fernando IV llega a edad de reinar sin tutela. Su madre le da prudentes consejos para el gobierno y se retira a la villa de Becerril. Don Nuño, don Álvaro y el infante don Enrique se captan la privanza del joven monarca, el cual trata con algún desdén a Benavides y a los hermanos Caravajales.]

ESCENA V

El Rey, don Enrique, don Nuño y don Álvaro, en traje de caza; acompañamiento, retirado.

(Claro en los montes de Toledo.)

Rey.

¡Fértiles montes!

D. Álvar.

Notables.

Don Enr.

Afirmarte dellos puedo

que, aunque ásperos y intratables,

son los montes de Toledo

más fecundos y admirables

que los de África, alabados

de Plinio por milagrosos.

···············

Rey.

De más estima es la caza

que tienen, a que me inclino.

Don Enr.

La que esta comarca abraza

es tanta, que hasta el camino

muchas veces embaraza.

Rey.

No pienso salir tan presto,

Infante, de su aspereza.

Don Enr.

Este ejercicio es honesto,

y propio de la grandeza

de un rey.

Rey.

Escuchad: ¿qué es esto?

ESCENA VI

(Don Juan, de labrador.—Dichos.)

Don Juan.

Ínclito y famoso Rey,

felice por ser Fernando,

en el valor el primero,

aunque en sucesión el cuarto;

si la justicia y prudencia

que mostró en sus tiernos años

Salomón, le ganó nombre

eternamente de sabio,

y a las puertas del gobierno

sobre el trono estáis sentado

de España, cuando Castilla

os pone el cetro en la mano,

imitad a Salomón,

y entrad deshaciendo agravios,

porque al principio os respeten

y adoren vuestros vasallos.

···············

La reina doña María,

mujer de don Sancho el Bravo,

Jezabel contra inocentes,

Athalía entre tiranos,

por vivir a rienda suelta

en tan ilícitos tratos,

que para que no os ofendan,

los publico con callarlos,

intentando libre y torpe

casarse con un vasallo,

y dándôs la muerte niño,

estos reinos usurparos;

de mi lealtad temerosa,

porque me dió mi cuidado

noticia de sus intentos

(que dan voces los pecados),

viendo oponerme leal,

con armas y con vasallos,

a sus mortales deseos,

quitado me ha mis Estados,

y en la Mota de Medina

ha, invicto señor, diez años

que preso por inocente,

lloro desdichas y agravios.

Supe, gracias a los cielos,

que vuelto el siglo dorado,

el gobierno de Castilla

resucita en vuestra mano,

y que esta Athalía cruel

se ha recogido, llevando

los esquilmos de estos reinos,

por su ambición disfrutados,

y fiando en mi inocencia,

y en la lealtad de un criado,

hechas las sábanas tiras,

del homenaje más alto

descolgándome una noche,

como me veis disfrazado,

entre estos montes desiertos

ha cuatro meses que paso.

Si el poco conocimiento

que tenéis de mis trabajos

pone mi crédito en duda,

y a persuadiros no basto

a la justa indignación

de vuestra madre, Fernando;

don Juan soy, infante y hijo

del rey don Alonso el Sabio;

mi sobrino os llama el mundo,

y yo mi señor os llamo.

Ved si es razón, Rey famoso,

que pobre y desheredado

habite silvestres montes

vuestro tío, y que triunfando

de la lealtad la traición,

coma las yerbas del campo.

···············

Rey.

Levantad, ilustre tío,

del suelo, que estáis bañando,

las generosas rodillas,

y dadme los nobles brazos;

que habéis sacado a los ojos

lágrimas que os están dando

los pésames del rigor

con que el tiempo os ha tratado.

Con vuestras quejas he oído

la mala cuenta que ha dado

mi madre de su gobierno;

pero negocio tan arduo,

aunque don Enrique alega

lo que vos, y ha provocado

mi severo enojo, pide

que lo averigüe despacio.

Contento estoy con la caza

que en estos desiertos hallo,

pues siendo vos su despojo

a vuestro ser os restauro.

Vuestros Estados os vuelvo,

dándoos el mayordomazgo

mayor de mi casa y corte.

Don Juan.

Reinéis, señor, siglos largos.

Don Enr.

Para gozarlos seguro,

es, gran señor, necesario

que a los principios cortéis

a los peligros los pasos.

A lo que el Infante ha dicho

contra vuestra madre, añado

que es don Juan Caravajal

el que en ilícitos tratos

con la Reina ofende torpe

la memoria de don Sancho,

vuestro padre, y ambicioso

el reino intenta usurparos.

Para esto ofrece la Reina

que al de Aragón dé la mano

la infanta doña Isabel,

vuestra hermana, y que éntre armado

en Castilla, cuyo reino

le entregará, porque amparo

dé a sus livianos deseos.

En León los dos hermanos

Caravajales intentan,

por ser tan emparentados,

juntar sus deudos y amigos,

y del reino apoderados

alzar por doña María

banderas, y despojaros

de vuestro real patrimonio:

para esto tiene usurpados

diez cuentos de vuestra renta

a costa de pechos varios,

que mientras tuvo el gobierno

la dieron vuestros vasallos.

Mirad, gran señor, si piden

la diligencia estos casos,

con que ataja inconvenientes

y imposibles vence el sabio.

Rey.

¡Válgame el cielo! ¿Es posible

que mi madre haya borrado

la fama con tal traición,

que su nombre ha eternizado?

···············

D. Álvar.

Lo menos, señor, te han dicho

de lo que pasa, que es tanto

que excede a cualquiera suma.

D. Nuño.

Si yo por testigo valgo,

afirmarte, señor, puedo

que si no acudes temprano

al peligro de Castilla,

no has de poder remediallo.

Rey.

Alto, pues, vasallos míos;

no es posible que haya engaño

en vuestros hidalgos pechos;

creeros quiero a los cuatro.

Mi madre es mujer y moza;

quedó el gobierno en su mano;

el poder y el amor ciegan;

no hay hombre cuerdo a caballo.

Si por tantos años tuvo

estos reinos a su cargo,

¿qué mucho, siendo ambiciosa,

que sienta agora el dejarlos?

El derecho natural

perdone, que de dos daños

se ha de elegir el menor.

Castilla me pide amparo;

mi madre la tiraniza;

y pues conspira, afrentando

la ley de naturaleza

contra quien el ser ha dado,

hoy mi justicia dé muestras

que contra insultos y agravios

no hay excepción de personas,

sangre, ni deudos cercanos.

Pues sois ya mi mayordomo,

y estáis, Infante, agraviado,

tomad a mi madre cuentas,

hacelda alcances y cargos

de las rentas de mis reinos;

y si no igualan los gastos

a los recibos, prendelda.

Don Juan.

No me mandéis...

Rey.

Esto os mando:

prended también los traidores

Caravajales; que entrambos

han de dar a España ejemplo,

viéndolos en un cadalso.

Juan Alfonso Benavides

debe ser también tirano:

en Santorcaz esté preso,

que así al reino satisfago.

···············

Don Juan.

Servirte sólo pretendo.

Rey.

Por los cielos soberanos,

que ha de quedar en el mundo

nombre de Fernando el Cuarto.

(Vase con el acompañamiento.)

ESCENA VII

Don Enrique, don Juan, don Nuño, don Álvaro.

Don Juan.

Esto es hecho, don Enrique.

Don Enr.

Dadme, sobrino, los brazos

en que estriba nuestro aumento,

y por vuestro ingenio gano.

Don Juan.

Quitemos aqueste estorbo;

que si una vez derribamos

la Reina, no hay que temer.

Don Enr.

Para eso yo solo basto.

Don Juan.

Mas escuchad, si os parece,

la traza que he imaginado

para que los dos reinemos,

que es sólo lo que intentamos.

A la Reina tengo amor,

sin que el tiempo haya borrado

con injurias y prisiones

de mi pecho su retrato.

Si por verse perseguida

de su hijo, que indignado

ponella manda en prisión,

su honor y fama arriesgando,

con nosotros se conjura,

y ofreciéndome la mano

de esposa (que esto y más puede

en la mujer un agravio),

de la corona y la vida

al mozo Rey despojamos,

¿qué dicha no conseguimos?

¿Qué temor basta a alterarnos?

Vos reinaréis, don Enrique,

en todo el término largo

que abarca Sierra Morena,

y yo en Castilla gozando

el apetecido cetro;

si con la Reina me caso,

daré Trujillo a don Nuño,

y a don Álvaro otro tanto.

Don Enr.

Si eso con ella acabáis,

habréis, don Juan, dado cabo

a mi esperanza y temores.

D. Álvar.

La traza prudente alabo.

D. Nuño.

Infante, si a efeto llega,

conquistad el pecho casto

de la Reina, y habréis hecho

un prodigioso milagro.

Don Juan.

Eso a mi cargo se quede.

Venid: firmemos los cuatro,

para más seguridad,

la palabra que la damos

de ser todos en su ayuda

contra el Rey, pues de su mano

la fortuna nos corona

en Castilla.

Don Enr.

Vamos.

Los otros tres.

Vamos. (Vanse.)

ESCENAS VIII y IX

[La Reina se instala en su villa de Becerril, donde vive rodeada del cariño de los villanos.]

ESCENA X

Don Juan, don Nuño, don Álvaro.—La Reina, don Alonso, don Pedro.

D. Álvar.

(Hablando ap. con el Infante al salir.)

La Reina está aquí y también

los Caravajales.

Don Juan.

Tengo

a dicha el tiempo a que vengo.

(Llegándose a la Reina y los Caravajales.)

Los dos a prisión se den.

D. Alonso.

¿Nosotros? ¿Por qué ocasión?

Don Juan.

¡Bueno es que ocasión pidáis,

desleales, cuando estáis

iniciados de traición!

D. Pedro.

Si no estuviera delante

la Reina nuestra señora,

pudiera un mentís agora

daros la respuesta, Infante.

Don Juan.

¡Oh villanos! Brevemente

vuestros castigos darán

muestras de quién sois.

Reina.

Don Juan,

¿sabéis que estoy yo presente?

¿Sabéis que la Reina soy?

¿Cómo llegáis indiscreto

a prender, sin más respeto,

ninguno donde yo estoy?

Don Juan.

Cumplo, señora, mi oficio.

Reina.

Cuando yo a enojarme llegue...

Don Juan.

Vuestra Alteza se sosiegue,

que esto es todo en su servicio.

Reina.

¡En mi servicio prender

los que me sirven a mí!

Don Juan.

El Rey lo ha mandado ansí.

Reina.

Si él lo manda, obedeced

como vasallos leales,

que tiene el lugar de Dios;

mostrad en esto los dos

quién son los Caravajales.

Y si lo mismo procura

hacer de mí, la cabeza

le ofreceré.

Don Juan.

Vuestra Alteza

tampoco está muy segura.

Harto hará en mirar por sí.

···············

(Don Nuño y don Álvaro se llevan a don Alonso y a don Pedro.)

ESCENA XI

Reina.

Como a la real obediencia

se sujeta mi paciencia,

no os parezca novedad,

don Juan, no favorecer

a quien tan bien me sirvió,

porque nunca bien mandó

quien no supo obedecer.

Mas el que es ministro real,

cuando algún culpado prende,

con la vara sólo ofende,

que con la lengua hace mal.

El juez prudente castiga

cuando el cargo que vos cobra,

y atormentando con la obra,

con las palabras obliga.

Poco mi respeto os debe.

Don Juan.

Cuando sepáis que estos dos,

gran señora, contra vos

han usado el trato aleve

que ignoráis, no juzgaréis

mi rigor por demasiado.

Reina.

¿Contra mí? Experimentado

tengo, como vos sabéis,

don Juan, en no pocos años,

aunque es fácil la mujer,

lo poco que hay que creer

en testimonios y engaños.

···············

Don Juan.

En prueba, señora, deso,

porque sepáis cuán leales

os son los Caravajales,

y si el Rey mal los ha preso,

advertid que han dicho al Rey

que la ambición de mandar

os obliga a conspirar

contra el amor y la ley

que a vuestro Rey y señor

debéis; tanto, que usurpado

tenéis a su real Estado

treinta cuentos; que el amor

que tenéis al de Aragón

le fuerza, si os da la mano,

a entregalle en ella llano

a Castilla y a León;

y otras cosas que no cuento,

pues por indignas de oíllas,

no sólo no oso decillas,

mas de pensallas me afrento.

El Rey, fácil de creer,

contándole lo que pasa

testigos de vuestra casa,

manda que os venga a prender,

después de tomaros cuentas

del tiempo que gobernado

habéis su reino, y cobrado

de su corona las rentas.

No quise que cometiese

a otro el venir sino a mí,

que serviros prometí,

porque no se os atreviese;

y como aquí los hallé,

no me sufrió el corazón

pasar por tan gran traición,

y ansí prendellos mandé.

Reina.

Que el Rey forme de mí quejas,

y ponerme en prisión mande,

no me espanto, mientras ande

la lisonja a sus orejas.

Mas ¡que los Caravajales

tal traición contra mí digan!...

Por más, don Juan, que persigan

su valor los desleales,

no saldrán con la demanda.

Vuestro cargo ejercitad;

prendedme, cuentas tomad,

y haced lo que el Rey os manda.

Don Juan.

Yo, gran señora, juré

de serviros y ayudaros,

y lo que os debo pagaros

con lealtad, amor y fe.

El infante don Enrique

y otros caballeros sienten

que traidores os afrenten,

y el Rey esto os notifique;

para lo cual hemos hecho

pleito homenaje de estar

de vuestra parte, y pasar

cualquier peligroso estrecho

por vos, si darme la mano

de esposa tenéis por bien,

y el reino quitar también

a un hijo tan inhumano.

···············

En este papel confirman

esto cuatro ricos hombres,

cuyo poder, sangre y nombres

conoceréis, pues lo firman,

que son don Enrique, yo

con don Álvaro, y también

don Nuño: si os está bien,

mi amor justa paga halló.

Reina.

(Tomando el papel.)

Guardaréle para indicio

de vuestra lealtad y ley,

y verá por él el Rey

a quién tiene en su servicio...

(Métele en la manga, y luego saca otro y le rompe.)

Aunque pegarme podría

la deslealtad que hay en él,

que si es malo, de un papel

se ha de huír la compañía,

rasgalle es mejor consejo;

que para vuestros castigos,

es bien aumentar testigos,

y será quebrado espejo,

que en la parte más pequeña,

como en la mayor, la cara

retrata que en él repara;

mas si en pedazos enseña

las vuestras, viéndoos en él,

como son tantas, don Juan,

retratallas no podrán

las piezas dese papel.

Tomad las cuentas, primero

que me prendáis, de la renta

real, y alcanzadme de cuenta,

si podéis; pero no espero

que en eso me deis cuidado,

pues vos mismo sois testigo

que en tres que hicisteis conmigo,

siempre quedasteis cargado.

Pero esperadme, que en breve

las que pedís os daré,

porque el Rey seguro esté,

y sepa quién a quién debe. (Vase.)

Don Juan.

¡Que callar me haga ansí

el valor desta mujer!

ESCENA XII

El Rey, don Melendo, don Juan.

Rey.

Difícil es de creer

que conspire contra mí

mi misma madre, Melendo;

pero es mujer: ¿qué me espanta?

Don Mel.

La Reina, señor, es santa.

Rey.

Ver por mis ojos pretendo

la verdad que temo en duda.

Don Juan.

¡Rey y señor! ¿Vuestra Alteza

Aquí?

Rey.

La poca certeza

que tengo, manda que acuda

en persona a averiguar

la verdad destos sucesos.

Don Juan.

Ya están los hermanos presos

que el reino os quieren quitar.

Y la Reina, temerosa

de veros con ella airado,

conmigo se ha declarado,

y promete ser mi esposa

si en su favor contra vos

estos reinos alboroto,

y hago que sigan mi voto

los grandes.

Rey.

¡Válgame Dios!

¿Mi madre?

Don Juan.

No guarda ley

la ambición que desvanece.

Vuestra corona me ofrece;

mas yo no estimo ser rey

por medios tan desleales.

De rodillas me ha pedido

que, a su llanto enternecido,

suelte a los Caravajales,

y que me vaya a Aragón

con ella; que desde allá

con sus armas entrará

a coronarme en León;

y si resiste Castilla,

irá después contra ella.

Prendedla, señor, sin vella,

porque si venís a oílla,

yo sé que os ha de engañar;

que, en fin, siendo madre vuestra,

mozo vos, y ella tan diestra,

más crédito habéis de dar

que a mí a su fingido llanto.

Rey.

Esa no es razón ni ley.

ESCENA XIII

La Reina.—El Rey, don Juan, don Melendo.

Don Mel.

Aquí, señora, está el Rey.

Don Juan.

(Ap.) De mis traiciones me espanto.

Reina.

Huélgome que haya venido,

hijo y señor, Vuestra Alteza

a averiguar testimonios,

que hace gigantes la ausencia.

Su mucha cordura alabo,

porque, en negocios de cuentas

y de honras, suele un cero

dañar mucho si se yerra;

···············

Mandado habéis a don Juan

que a tomar la razón venga

de vuestro real patrimonio;

viéndolo vos, soy contenta,

que aunque deberos me imputan

privados que os lisonjean

treinta cuentos, serán cuentos

de mentiras, no de hacienda.

Pero yo admito sus cargos:

sumad, don Juan, en presencia

del Rey, gastos y recibos,

por que sus alcances vea.—

Cuando de tres años solos

quedó del Rey la inocencia

y este reino a cargo mío,

primeramente en la guerra

que vos, Infante, le hicisteis,

levantándole la tierra,

llamándôs Rey de Castilla

y enarbolando banderas,

gasté, Infante, quince cuentos,

hasta que en la fortaleza

de León, preso por mí,

peligró vuestra cabeza.

Redújeos a mi servicio,

y haciéndôs mercedes nuevas,

murmuraron los leales,

que veros pagar quisieran

vuestra traición con la vida;

y para enfrenar sus lenguas

con el oro, que enmudece,

les di tres, que no debiera.

Item: en edificar

en Valladolid las Huelgas,

donde en continua oración

a Dios sus monjas pidieran

que de vos al Rey librase

y las trazas deshiciera

de vuestro pecho ambicioso

en mi agravio y en su ofensa,

veinte cuentos. Item más:

cuando por estar su Alteza

enfermo quisisteis darle

veneno (ya se os acuerda)

por medio del vil hebreo

que entonces médico era

del Rey, en una bebida,

testigo de la fe vuestra;

en hacimiento de gracias,

misas, procesiones, fiestas,

seis cuentos, que repartí

en hospitales e iglesias.

Aunque pudiera contar

otras partidas inmensas,

en que por servir al Rey

vendí mis joyas y tierras,

como todo el reino sabe,

sólo os sumo, don Juan, éstas,

que no las negaréis, pues

tenéis tanta parte en ellas.

Sólo no he de dejar una,

porque el Rey que os honra, sepa

cuán codiciosa usurpé

en Castilla sus riquezas.

A un mercader de Segovia,

para pagar las fronteras

de Aragón y Portugal,

empeñé mis tocas mesmas,

en prueba de vuestra fe,

que no tuvisteis vergüenza

de ver contra el real respeto

sin tocas a vuestra Reina.

Premié al mercader leal;

quitéle mis nobles prendas,

que los traidores agravian,

y los leales respetan.

···············

Ya me parece que basta

esto en materia de cuentas;

en materia de mi honor,

para no seros molesta,

aquí he escrito mis descargos.

Vuestra Majestad los lea,

(Dale un papel.)

y conozca por sus firmas

en quién su privanza emplea.

Rey.

¡Válgame el cielo! Aquí dice

que como mi madre ofrezca

la mano a don Juan de esposa

juntando Estados y fuerzas

con don Enrique, don Nuño

y otros, haciéndome guerra,

me quitarán a Castilla

para coronarla en ella.

Reina.

Para asegurar traidores,

fingí romper esa letra

y la guardé para vos,

otra rasgando por ella.

Rey.

Don Juan, ¿es vuestra esta firma?

Don Juan.

Sí, gran señor.

Illustration from Tirso de Molina

Don Juan, ¿es vuestra esta firma?

Rey.

Pues en éstas

a los demás desleales

conozco. Si la prudencia

que tanto celebra España,

gran señora, en Vuestra Alteza,

mi confusión no animara,

por no estar en su presencia,

de mí sin causa ofendida,

sospecho que me muriera.

[Los caballeros desleales han huído a Aragón. Al infante don Juan se le destierra de Castilla y León, y los Estados que le pertenecían son repartidos entre Benavides y los dos Caravajales.]

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Ilustración de cabeza de capítulo
Ilustración de cabeza de capítulo
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