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Tirso de Molina

EL VERGONZOSO EN PALACIO

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JORNADA PRIMERA

ESCENAS I a IV

[Ruy Lorenzo, secretario del Duque de Avero, intenta asesinar al Conde de Estremoz para vengar ciertos agravios que de él había recibido; pero sus intenciones son descubiertas a tiempo. Huye precipitadamente Ruy Lorenzo y el Duque ordena que le busquen y le prendan.]

ESCENA V

(Campo del ducado de Avero. Mireno y Tarso, pastores.)

Mireno.

···············

Mucho ha que me tiene triste

mi altiva imaginación,

cuya soberbia ambición

no sé en qué estriba o consiste.

Considero algunos ratos,

que los cielos, que pudieron

hacerme noble, y me hicieron

un pastor, fueron ingratos;

y que, pues con tal bajeza

me acobardo y avergüenzo,

puedo poco, pues no venzo

mi misma naturaleza.

Tanto el pensamiento cava

en esto, que ha habido vez

que, afrentando la vejez

de Lauro, mi padre, estaba

por dudar si soy su hijo,

o si me hurtó a algún señor,

aunque de su mucho amor

mi necio engaño colijo.

Mil veces, estando a solas,

le he preguntado, si acaso

el mundo, que a cada paso

honras anega en sus olas,

le sublimó a su alto asiento

y derribó del lugar

que intenta otra vez cobrar

mi atrevido pensamiento;

···············

Siempre, Tarso, ha malogrado

estas imaginaciones,

y con largas digresiones

mil sucesos me ha contado,

que todos paran en ser,

contra mis intentos vanos,

progenitores villanos

los que me dieron el ser.

Esto, que había de humillarme,

con tal violencia me altera,

que desta vida grosera

me ha forzado a desterrarme,

y que a buscar me desmande

lo que mi estrella destina,

que a cosas grandes me inclina

y algún bien me guarda grande;

···············

si quieres participar

de mis males o mis bienes,

buena ocasión, Tarso, tienes;

déjame de aconsejar,

y determínate luego.

Tarso.

Para mí, bástame el verte,

Mireno, de aquesa suerte:

ni te aconsejo ni ruego;

discreto eres; estodiado

has con el cura; yo quiero

seguirte, aunque considero

de Lauro el grave cuidado.

Mireno.

Tarso, si dichoso soy,

yo espero en Dios el trocar

en contento su pesar.

Tarso.

¿Cuándo has de irte?

Mireno.

Luego.

Tarso.

¿Hoy?

Mireno.

Al punto.

Tarso.

¿Y con qué dinero?

Mireno.

De dos bueyes que vendí,

lo que basta llevo aquí.

Vamos derechos a Avero.

···············

ESCENAS VI a XII

[Mireno y Tarso han dejado de ser pastores y parten, muy gozosos, por el camino de Avero. En el bosque, al lado del camino, encuentran al fugitivo Ruy Lorenzo y a su criado Vasco.]

Ruy.

··················

¿Adónde bueno, amigos?

Mireno.

¡Oh, señores!

a la villa a comprar algunas cosas

que el hombre ha menester. ¿Está allá el Duque?

Ruy.

Allá quedaba.

Illustration from Tirso de Molina

es que los dos troquéis esos vestidos por aquestos groseros;

Mireno.

Déle vida el cielo.

Y vosotros, ¿dó bueno? Que esta senda

se aparta del camino real y guía

a unas caserías que se muestran

al pie de aquella sierra.

Ruy.

Tus palabras

declaran tu bondad, pastor amigo.

Por vengar la deshonra de una hermana

intenté dar la muerte a un poderoso,

y sabiendo mi honrado atrevimiento,

el Duque manda que me siga y prenda

su gente por aquestos despoblados;

y ya desesperado de librarme,

salgo al camino. Quíteme la vida,

de tantos, por honrada, perseguida.

Mireno.

Lástima me habéis hecho; y ¡vive el cielo!

que si como la suerte avara me hizo

un pastor pobre, más valor me diera,

por mi cuenta tomara vuestro agravio.

Lo que se puede hacer, de mi consejo,

es que los dos troquéis esos vestidos

por aquestos groseros; y encubiertos

os libraréis mejor, hasta que el cielo

a daros su favor, señor, comience;

porque la industria los trabajos vence.

Ruy.

¡Oh noble pecho, que entre paños bastos

descubres el valor mayor que he visto!

Páguete el cielo, pues que yo no puedo,

ese favor.

Mireno.

La diligencia importa:

entremos en lo espeso, y trocaremos

el traje.

Ruy.

Vamos. ¡Venturoso he sido!

(Vanse los dos.)

Tarso.

¿Y habéis también de darme por mi sayo

esas abigarradas, con más cosas

que un menudo de vaca?

Vasco.

Aunque me pese.

Tarso.

Pues dos liciones me daréis primero,

porque con ellas pueda hallar el tino,

entradas y salidas desa Troya;

··················

Ruy Lorenzo, de pastor; Mireno, de galán.

Ruy.

De tal manera te asienta

el cortesano vestido,

que me hubiera persuadido

a que eres hombre de cuenta,

a no haber visto primero

que ocultaba la belleza

de los miembros la bajeza

de aqueste traje grosero.

···············

Alguna nobleza infiero

que hay en ti, pues te prometo

que te he cobrado el respeto

que al mismo Duque de Avero.

¡Hágate el cielo como él!

Mireno.

Y a ti con sosiego y paz

te vuelva, sin el disfraz,

a tu Estado; y fuera dél,

con paciencia vencerás

de la fortuna el ultraje.

Si te ve en aquese traje

mi padre, en él hallarás

nuevo amparo; en él te fía,

y dile que me destierra

mi inclinación a la guerra;

que espero en Dios que algún día

buena vejez le he de dar.

Ruy.

Adiós, gallardo mancebo;

la espada sola me llevo

para poder evitar,

si me conocen, mi ofensa.

···············

(Vanse Ruy Lorenzo y Vasco.)

Tarso.

···············

Mas pues eres ya otro hombre,

por si acaso adonde fueres

caballero hacerte quieres,

¿no es bien que mudes el nombre?

Que el de Mireno no es bueno

para nombre de señor.

Mireno.

Dices bien: no soy pastor,

ni he de llamarme Mireno.

Don Dionís en Portugal

es nombre ilustre y de fama;

don Dionís desde hoy me llama.

Tarso.

No le has escogido mal.

···············

Extremado es el ensayo;

pero ya que así te ensalzas,

dame un nombre que a estas calzas

les venga bien, de lacayo,

que ya el de Tarso me quito.

Mireno.

Escógele tú.

Tarso.

Yo escojo,

si no lo tienes a enojo...

¿No es bueno?...

Mireno.

¿Cuál?

Tarso.

Gómez Brito.

¿Qué te parece?

Mireno.

Extremado.

Tarso.

¡Gentiles cascos, por Dios!

Sin ser obispos, los dos

nos habemos confirmado.

ESCENA XIII

[Varios pastores van por orden del Duque en busca de Ruy Lorenzo. Topan con Mireno y Tarso y, tomándolos por el Secretario y su criado los atan y conducen al Palacio de Avero.]

ESCENA XIV

Salón del Palacio del Duque en Avero.

Doña Juana, don Antonio, de camino.

Doña Juana.

¡Primo don Antonio!

Don Ant.

Paso:

no me nombréis; que no quiero

hagáis de mí tanto caso,

que me conozca en Avero

el Duque. A Galicia paso,

donde el rey don Juan me llama

de Castilla, que me ama

y hace merced, y deseo,

a costa de algún rodeo,

saber si miente la fama

que ofrece el lugar primero

de la hermosura de España

a las hijas del de Avero,

o si la fama se engaña

y miente el vulgo ligero.

Doña Juana.

Bien hay que estimar y ver;

pero no habéis de querer

que así tan de paso os goce.

Don Ant.

Si el de Avero me conoce

y me obliga a detener,

caer en falta recelo

con el Rey.

Doña Juana.

Pues si eso pasa,

de mi gusto al vuestro apelo;

mas si sabe que en su casa

don Antonio de Barcelo,

conde de Penela, ha estado,

y que encubierto ha pasado,

cuando le pudo servir

en ella, lo ha de sentir

con exceso; que en su Estado

jamás llegó caballero

que por inviolables leyes

no le hospede.

Don Ant.

Así lo infiero;

que es nieto, en fin, de los reyes

de Portugal, el de Avero.

···············

ESCENA XV

El Duque de Avero, el Conde de Estremoz, doña Serafina, doña Magdalena.—Dichos.

Duque.

Digo, conde don Duarte,

que todo se cumpla así.

Conde.

Pues el Rey nuestro señor

favorece la privanza

del hijo del de Berganza,

y a vuestra hija mayor

os pide para su esposa,

escriba vuestra excelencia

que con su gusto y licencia

doña Serafina hermosa

lo será mía.

Duque.

Está bien.

Conde.

Pienso que Su Majestad

me mira con voluntad,

y que lo tendrá por bien:

yo y todo le escribiré.

Duque.

No lo sepa Serafina

hasta ver si determina

el Rey que la mano os dé;

···············

Doña Juana.

(Hablando aparte con don Antonio.)

Presto os habéis divertido.

Decid, ¿qué os han parecido

las hermanas, don Antonio?

Don Ant.

No sé el alma a cuál se inclina

ni sé lo que hacer ordena:

bella es doña Magdalena,

pero doña Serafina

es el sol de Portugal.

Por la vista el alma bebe

llamas de amor entre nieve

por el vaso de cristal

de su divina blancura:

la fama ha quedado corta

en su alabanza.

Duque.

Eso importa.

Don Ant.

Fénix es de la hermosura.

Duque.

Llegaos, Magdalena, aquí.

Conde.

(A doña Serafina.)

Pues me da el Duque lugar,

mi serafín, quiero hablar,

si hay atrevimiento en mí

para que vuele tan alto

que a serafines me iguale.

Don Ant.

Prima, a ver el alma sale

por los ojos el asalto

que amor le da poco a poco:

ganaréme si me pierdo.

Doña Juana.

Vos entrasteis, primo, cuerdo,

y pienso que saldréis loco.

Duque.

(A doña Magdalena.)

Hija, el Rey te honra y estima;

cuán bien te está considera.

Doña Mag.

Mi voluntad es de cera;

vuexcelencia en ella imprima

el sello que más le cuadre,

porque en mí sólo ha de haber

callar con obedecer.

Duque.

¡Mil veces dichoso padre

que oye tal!

Conde.

(A doña Serafina.)

Las dichas mías,

como han subido al extremo

de su bien, que caigan temo.

Doña Ser.

Conde, esas filosofías

ni las entiendo, ni son

de mi gusto.

Conde.

Un serafín

bien puede alcanzar el fin

y el alma de una razón.

···············

Don Ant.

¡Qué agudamente responde!

Ya han esmaltado los cielos

el oro de amor con celos:

mucho me enfada este Conde.

Doña Juana.

¡Pobre de vuestra esperanza,

si tal contrario la asalta!

Duque.

Un secretario me falta

de quien hacer confianza;

y aunque esta plaza pretenden

muchos, por diversos modos

de favores, entre todos,

pocos este oficio entienden.

Trabajo me ha de costar

en tal tiempo estar sin él.

Doña Mag.

A ser el pasado fiel,

era ingenio singular.

ESCENA XVI

[Los pastores traen presos a Mireno y a Tarso. Quieren hablar todos a la vez y en su rusticidad no aciertan a explicar por qué han prendido a aquellos dos hombres.]

Duque.

¡Hay mayor simplicidad!

Ni he entendido a lo que vienen,

ni por qué delito tienen

así estos hombres. Soltad

los presos, y decid vos

qué insulto habéis cometido,

para que os hayan traído

de aquesa suerte a los dos.

Mireno.

(De rodillas.) Si lo es el favorecer,

gran señor, a un desdichado,

perseguido y acosado

de tus gentes y poder,

y juzgas por temerario

haber trocado el vestido

por darle vida, yo he sido.

Duque.

¿Tú libraste al secretario?

Pero sí, que aquese traje

era suyo. Di, traidor,

¿por qué le diste favor?

Mireno.

Vuexcelencia no me ultraje,

ni ese título me dé,

que no estoy acostumbrado

a verme así despreciado.

Duque.

¿Quién eres?

Mireno.

No soy, seré;

que sólo por pretender

ser más de lo que hay en mí,

menosprecié lo que fuí

por lo que tengo de ser.

Duque.

No te entiendo.

Doña Mag.

(Ap.)¡Extraña audacia

de hombre! El poco temor

que muestra, dice el valor

que encubre. De su desgracia

me pesa.

Duque.

Di, ¿conocías

al traidor que ayuda diste?

Mas pues por él te pusiste

en tal riesgo, bien sabías

quién era.

Mireno.

Supe que quiso

dar muerte a quien deshonró

su hermana, y después te dió

de su honrado intento aviso;

y enviándole a prender,

le libré de ti, espantado

por ver que el que está agraviado

persigas, debiendo ser

favorecido de ti,

por ayudar al que ha puesto

en riesgo su honor.

Conde.

(Ap.)¿Qué es esto?

¿Ya anda derramada así

la injuria que hice a Leonela?

Duque.

¿Sabéis vos quién la afrentó?

Mireno.

Supiéralo, señor, yo;

que a sabello...

Duque.

Fué cautela

del traidor para engañarte:

tú sabes adónde está,

y así, forzoso será,

si es que pretendes librarte,

decillo.

Mireno.

¡Bueno sería,

cuando adónde está supiera,

que un hombre como yo hiciera

por temor tal villanía!

Duque.

¿Villanía es descubrir

un traidor? Llevalde preso;

que si no ha perdido el seso

y menosprecia el vivir,

él dirá dónde se esconde.

Doña Mag.

(Ap.) Ya deseo de libralle,

que no merece su talle

tal agravio.

Duque.

Intento, Conde,

vengaros.

Conde.

Él lo dirá.

Tarso.

(Ap.) ¡Muy gentil ganancia espero!

Duque.

Vamos, que responder quiero

al Rey.

Tarso.

(Ap. con Mir.) ¡Medrando se va

con la mudanza de estado,

y nombre de don Dionís!

Duque.

Viviréis, si lo decís.

Mireno.

(Ap.) La fortuna ha comenzado

a ayudarme: ánimo ten,

porque en ella es natural,

cuando comienza por mal,

venir a acabar en bien.

···············

(Vanse los pastores, el Duque y el Conde.)

Doña Mag.

Mucho, doña Serafina,

me pesa ver llevar preso

aquel hombre.

Doña Ser.

Yo confieso,

que a rogar por él me inclina

su buen talle.

Doña Mag.

¿Eso desea

tu afición? ¿Ya es bueno el talle?

Pues no tienes de libralle,

aunque lo intentes.

Doña Ser.

No sea. (Vanse.)

Doña Juana.

¿Habéisos de ir esta tarde?

Don Ant.

¡Ay, prima! ¿Cómo podré,

si me perdí, si cegué?

¿Si amor, valiente, cobarde,

todo el tesoro me gana

del alma y la voluntad?

Sólo por ver su beldad

no he de irme hasta mañana.

Doña Juana.

¡Bueno estáis! ¿Que amáis, en fin?

Don Ant.

Sospecho, prima querida,

que de mi contento y vida

Serafina será fin.

JORNADA SEGUNDA

ESCENA I

Doña Mag.

¿Qué novedades son éstas,

altanero pensamiento?

¿Qué torres sin fundamento

tenéis en el aire puestas?

···············

Ayer guardaban los cielos

el mar de vuestra esperanza,

con la tranquila bonanza

que agora inquietan desvelos.

Al Conde de Vasconcelos

o a mi padre di en su nombre

el sí; mas porque me asombre,

sin que mi honor lo resista,

se entró al alma, a escala vista,

por la misma vista un hombre.

Vióle en ella, y fuera exceso,

digno de culpar mi error,

a no saber que el amor

es niño, ciego y sin seso.

¿A un hombre extranjero y preso

a mi pesar, corazón,

habéis de dar posesión?

¿Amar al Conde no es justo?

Mas ¡ay! que atropella el gusto

las leyes de la razón.

···············

ESCENA II

Doña Juana.—Doña Magdalena.

Doña Juana.

Aquel mancebo dispuesto,

que ha estado preso hasta agora,

y tu intercesión, señora,

ya en libertad le ha puesto,

pretende hablarte.

Doña Mag.

(Ap.) (¡Qué presto

valerse el amor procura

de la ocasión y ventura

que ha de ponerse en efeto!

Mas hace como discreto,

que amor todo es coyuntura.)

¿Sabes qué quiere?

Doña Juana.

Pretende

del favor que ha recibido

por ti, ser agradecido.

Doña Mag.

(Ap.) Áspides en rosas vende.

Doña Juana.

¿Entrará?

Doña Mag.

(Ap.) (Si preso prende,

si maltratado maltrata,

si atado las manos ata

las de mi gusto resuelto,

¿qué ha de hacer presente y suelto

quien ausente y preso mata?)

Dile que vuelva a la tarde,

que agora ocupada estoy.

Mas oye; no vuelva.

Doña Juana.

Voy.

Doña Mag.

Escucha: di que se aguarde.

Mas váyase; que ya es tarde.

Doña Juana.

¿Hase de volver?

Doña Mag.

¿No digo

que sí? Ve.

Doña Juana.

Tu gusto sigo.

Doña Mag.

Pero torna; no se queje.

Doña Juana.

Pues ¿qué diré?

Doña Mag.

Que me deje,

(Ap.) (y que me lleve consigo.)

Anda, di que entre...

Doña Juana.

Voy, pues.

(Vase.)

ESCENA IV

Mireno, doña Magdalena.

Mireno.

Aunque ha sido atrevimiento

el venir a la presencia,

señora, de vuexcelencia

mi poco merecimiento,

ser agradecido trato

al recebido favor;

porque el pecado mayor

es el que hace a un hombre ingrato.

Por haber favorecido

de un desdichado la vida

(que al noble es deuda debida)

me vi preso y perseguido;

pero en la misma moneda

me pagó el cielo sin duda,

pues libre con vuestra ayuda

mi vida, señora, queda.

¿Libre dije? Mal he hablado;

que el noble, cuando recibe,

cautivo y esclavo vive,

que es lo mismo que obligado.

···············

(Arrodíllase.)

Doña Mag.

Levantaos del suelo.

Mireno.

Así

estoy, gran señora, bien.

Doña Mag.

Haced lo que os digo. (Ap.) (¿Quién

me ciega el alma? ¡Ay de mí!)

¿Sois portugués?

Mireno.

Imagino

que sí.

Doña Mag.

¿Que lo imagináis?

Desa suerte, incierto estáis

de quién sois.

Mireno.

Mi padre vino

al lugar en donde habita,

y es de alguna hacienda dueño,

trayéndome muy pequeño;

mas su trato lo acredita.

Yo creo que en Portugal

nacimos.

Doña Mag.

¿Sois noble?

Mireno.

Creo

que sí, según lo que veo

en mi honrado natural,

que muestra más que hay en mí.

Doña Mag.

¿Y darán las obras vuestras,

si fuere menester, muestras

que sois noble?

Mireno.

Creo que sí:

nunca de hacellas dejé.

Doña Mag.

Creo decís a cualquier punto;

¿crêis acaso que os pregunto

artículos de la fe?

Mireno.

Por la que debe guardar

a la merced recebida

de vuexcelencia mi vida,

bien los puede preguntar,

que mi fe su gusto es.

Doña Mag.

¡Qué agradecido venís!—

¿Cómo os llamáis?

Mireno.

Don Dionís.

Doña Mag.

Ya os tengo por portugués

y por hombre principal;

que en este reino no hay hombre

humilde de vuestro nombre,

porque es apellido real,

y sólo el imaginaros

por noble y honrado, ha sido

causa que haya intercedido

con mi padre a libertaros.

Mireno.

Deudor os soy de la vida.

Doña Mag.

Pues bien; ya que libre estáis,

¿qué es lo que determináis

hacer de vuestra partida?

¿Dónde pensáis ir?

Mireno.

Intento

ir, señora, donde pueda

alcanzar fama que exceda

a mi altivo pensamiento:

sólo aquesto me destierra

de mi patria.

Doña Mag.

¿En qué lugar

pensáis que podéis hallar

esa ventura?

Mireno.

En la guerra;

que el esfuerzo hace capaz

para el valor que procuro.

Doña Mag.

¿Y no será más seguro,

que le adquiráis en la paz?

Mireno.

¿De qué modo?

Doña Mag.

Bien podéis

granjealle, si dais traza

que mi padre os dé la plaza

de secretario, que veis

que está vaca agora, a falta

de quien la pueda suplir.

Mireno.

No nació para servir

mi inclinación, que es más alta.

Doña Mag.

Pues cuando volar presuma,

las plumas le han de ayudar.

Mireno.

¿Cómo he de poder volar

con solamente una pluma?

Doña Mag.

Con las alas del favor;

que el vuelo de una privanza,

mil imposibles alcanza.

Mireno.

Del privar nace el temor,

como muestra la experiencia,

y tener temor no es justo.

Doña Mag.

Don Dionís, este es mi gusto.

Mireno.

¿Gusto es de vuestra excelencia

que sirva al Duque? Pues alto.

Cúmplase, señora, ansí;

que ya de un vuelo subí

al primer móvil más alto.

Pues si en esto gusto os doy,

ya no hay subir más arriba:

como el Duque me reciba,

secretario suyo soy.

Vos, señora, lo ordenad.

Doña Mag.

Deseo vuestro provecho,

y ansí lo que veis he hecho;

que ya que os di libertad,

pesárame que en la guerra

la malograrais; yo haré

como esta plaza se os dé,

porque estéis en nuestra tierra.

Mireno.

Mil años el cielo guarde

tal grandeza.

Doña Mag.

(Ap.) Honor, huír;

que revienta por salir

por la boca amor cobarde. (Vase.)

ESCENA V

Mireno.

Pensamiento, ¿en qué entendéis?

Vos que a las nubes subís,

decidme: ¿qué colegís

de lo que aquí visto habéis?

declaraos, que bien podéis:

decidme, tanto favor

¿nace de sólo el valor

que a quien os honra ennoblece?

¿O erraré si me parece

que ha entrado a la parte amor?

¡Jesús! ¡Qué gran disparate!

Temerario atrevimiento

es el vuestro, pensamiento;

ni se imagine ni trate:

mi humildad el vuelo abate

con que sube el deseo vario;

mas, ¿por qué soy temerario

si imaginar me prometo

que me ama en lo secreto

quien me hace su secretario?

¿No estoy puesto en libertad

por ella? Y ya sin enojos,

por el balcón de sus ojos

¿no he visto su voluntad?

Amor me tiene.—Callad,

lengua loca; que es error

imaginar que el favor

que de su nobleza nace,

y generosa me hace,

está fundado en amor.

···············

ESCENAS VI a IX

[Don Antonio, enamorado de doña Serafina, quiere quedarse en el palacio del Duque, aunque guardando el incógnito. Para ello solicita y obtiene la plaza de secretario, vacante por la huída de Ruy Lorenzo.]

ESCENA X

Jardín del palacio.

El Duque, doña Magdalena.

Duque.

Si darme contento es justo,

no estés, hija, desa suerte;

que no consiste mi muerte

mas de en verte a ti sin gusto.

Esposo te dan los cielos

para poderte alegrar,

sin merecer tu pesar

el Conde de Vasconcelos.

A su padre el de Berganza,

pues que te escribió, responde;

escribe también al Conde,

y no vea yo mudanza

en tu rostro ni pesar,

si de mi vejez los días

con esas melancolías

no pretendes acortar.

Doña Mag.

Yo, señor, procuraré

no tenerlas, por no darte

pena, si es que un triste es parte

en sí de que otro lo esté.

Duque.

Si te diviertes, bien puedes.

Doña Mag.

Yo procuraré servirte;

y agora quiero pedirte,

entre las muchas mercedes

que me has hecho, una pequeña.

Duque.

Con condición que se olvide

aquesa tristeza, pide.

Doña Mag.

(Ap.) (Honra, el amor os despeña.)

El preso que te pedí

librases, y ya lo ha sido,

de todo punto ha querido

favorecerse de mí:

con sólo esto, gran señor,

parece que me ha obligado:

y así, a mi cargo he tomado,

su remedio y tu favor.

Es hombre de buena traza

y tiene extremada pluma.

Duque.

Dime lo que quiere, en suma.

Doña Mag.

Quisiera entrar en la plaza

de secretario.

Duque.

Bien poco

ha que dársela pudiera;

aún no ha un cuarto de hora entera

que está ocupada.

Doña Mag.

(Ap.) (Amor loco.

¡Muy bien despachado estáis!

Vos perderéis por cobarde,

pues acudistes tan tarde,

que con alas no voláis.)

Duque.

Por orden del camarero

a un mancebo he recibido,

que de Lisboa ha venido

con aquese intento a Avero;

y según lo que en él vi,

muestra ingenio y suficiencia.

Doña Mag.

Si gusta vuestra excelencia,

ya que mi palabra di,

y él está con esperanza

que le he de favorecer,

pues me manda responder

al Conde y al de Berganza,

sabiendo escribir tan mal,

quisiera que se quedara

en palacio, y me enseñara;

porque en mujer principal

falta es grande no saber

escribir cuando recibe

alguna carta, o si escribe,

que no se pueda leer.

Dándome algunas liciones,

más clara la letra haré.

Duque.

Alto, pues; lición te dé,

con que enmiendes tus borrones;

que en fin, con ese ejercicio

la pena divertirás,

pues la tienes porque estás

ociosa; que el ocio es vicio.

Entre por tu secretario.

Doña Mag.

Las manos quiero besarte.

ESCENA XI

Conde.—Dichos.

Conde.

Señor...

Duque.

Conde don Duarte...

Conde.

Con contento extraordinario

vengo.

Duque.

¿Cómo?

Conde.

El Rey recibe

con gusto mi pretensión,

y sobre aquesta razón,

a vuestra excelencia escribe.

Dice que se servirá

Su Majestad de que elija,

para honrar mi casa, hija

de vuexcelencia, y tendrá

cuidado de aquí adelante

de hacerme merced.

Duque.

Yo estoy

contento deso, y os doy

nombre de hijo, aunque importante

será que disimuléis,

mientras doña Serafina

al nuevo estado se inclina;

porque ya, Conde, sabéis

cuán pesadamente lleva

esto de casarse agora.

Conde.

Hará el alma, que la adora,

de su sufrimiento prueba.

Duque.

Yo haré las partes por vos

con ella; perded recelos:

el Conde de Vasconcelos

vendrá presto, y de las dos

las bodas celebraré

luego.

Conde.

El esperar da pena.

Duque.

No estéis triste, Magdalena.

Doña Mag.

Yo, señor, me alegraré

por dar gusto a vuexcelencia.

Duque.

Vamos a ver lo que escribe

el Rey.

Conde.

Quien espera y vive,

bien ha menester paciencia.

(Vanse el Duque y el Conde.)

ESCENAS XII a XV

[Doña Serafina ensaya en el jardín su papel para una representación dramática que ha de celebrarse en el palacio de Avero. Don Antonio, por mediación de doña Juana, está oculto en el jardín con un pintor encargado de hacer en secreto un retrato de doña Serafina, la cual, vestida de hombre e ignorante de que la están retratando, declama con gran entusiasmo los versos de la comedia que ha de representar.]

ESCENA XVI

Habitación de doña Magdalena.

Doña Magdalena, Mireno.

Doña Mag.

Mi maestro habéis de ser

desde hoy.

Mireno.

¿Qué ha visto en mí,

vuestra excelencia, que así

me procura engrandecer?

Dará lición al maestro

el discípulo desde hoy.

Doña Mag.

(Ap.) ¡Qué claras señales doy

del ciego amor que le muestro!

Mireno.

(Ap.) ¿Qué hay que dudar, esperanza?

Esto, ¿no es tenerme amor?

Dígalo tanto favor,

muéstrelo tanta privanza.

Vergüenza, ¿por qué impedís

la ocasión que el cielo os da?

Daos por entendido ya.

Doña Mag.

Como tengo, don Dionís,

tanto amor...

Mireno.

(Ap.) Ya se declara,

¡ya dice que me ama, cielos!

Doña Mag.

Al Conde de Vasconcelos,

antes que venga, gustara,

no sólo hacer buena letra,

pero saberle escribir,

y por palabras decir

lo que el corazón penetra;

que el poco uso que en amar

tengo, pide que me adiestre

esta experiencia, y me muestre

cómo podré declarar

lo que tanto al alma importa

y el amor mismo me encarga,

que soy en quererle larga

y en significarlo corta.

En todo os tengo por diestro;

y así me habéis de enseñar

a escribir, y a declarar

al Conde mi amor, maestro.

Mireno.

(Ap.)¿Luego no fué en mi favor,

pensamiento lisonjero,

sino porque sea tercero

del Conde? ¿Veis, loco amor,

cuán sin fundamento y fruto

torres habéis levantado

de quimeras, que ya han dado

en el suelo? Como el bruto

en esta ocasión he sido,

en que la estatua iba puesta,

haciéndole el pueblo fiesta,

que loco y desvanecido

creyó que la reverencia,

no a la imagen que traía,

sino a él sólo se hacía;

y con brutal impaciencia

arrojalla de sí quiso,

hasta que se apaciguó

con el castigo, y cayó

confuso en su necio aviso.

¿Así el favor corresponde,

con que me he desvanecido?

Basta; que yo el bruto he sido

y la estatua es sólo el Conde.

Bien puedo desentonarme,

que no es la fiesta por mí.

Doña Mag.

(Ap.) (Quise deslumbrarle así,

que fué mucho declararme.)

Mañana comenzaréis,

maestro, a darme lición.

Mireno.

Servirte es mi inclinación.

Doña Mag.

Triste estáis.

Mireno.

¿Yo?

Doña Mag.

¿Qué tenéis?

Mireno.

Ninguna cosa.

Doña Mag.

(Ap.)(Un favor

me manda amor que le dé.)

¡Válgame Dios! Tropecé...

(Ap.) (Que siempre tropieza amor.)

(Tropieza y da la mano a Mireno.)

El chapín se me torció.

Mireno.

(Ap.) (¡Cielos! ¿Hay ventura igual?)

¿Hízose acaso algún mal

vuexcelencia?

Doña Mag.

Creo que no.

Mireno.

(Ap.)(¡Que la mano la tomé!)

Doña Mag.

Sabed que al que es cortesano

le dan, al darle la mano,

para muchas cosas pie.

(Vase.)

Mireno.

“¡Le dan, al darle la mano,

para muchas cosas pie!”

De aquí, ¿qué colegiré?

Decid, pensamiento vano:

en aquesto, ¿pierdo o gano?

¿Qué confusión, qué recelos

son aquéstos? Decid, cielos,

¿esto no es amor? Mas no,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.

Pues ¿qué enigma es darme pie

la que su mano me ha dado?

Si sólo el Conde es amado,

¿qué es lo que espero? ¿Qué sé?

Pie o mano, decid: ¿por qué

dais materia a mis desvelos?

Confusión, amor, recelos,

¿soy amado? Pero no,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.

El pie que me dió, será

pie para darla lición,

en que escriba la pasión

que el Conde y su amor la da.

Vergüenza, sufrí y callá;

bajad ya, atrevidos vuelos,

vuestra ambición, si a los cielos

mi desatino os subió,

que llevo la estatua yo

del Conde de Vasconcelos.

JORNADA TERCERA

ESCENAS I a VI

[Ruy Lorenzo se refugia en la casa de Lauro, padre de Mireno, y le refiere que si intentó la muerte del Conde de Estremoz fué para vengar a una hermana suya a la cual había dado el Conde palabra de casamiento. Lauro se lamenta de la fuga de su hijo Mireno, y en su dolor dice que él no es pastor ni se llama Lauro, sino que es el Duque de Coímbra.]

Lauro.

···············

Murió el Rey de Portugal,

mi hermano, en la primavera

de su juventud lozana;

mas la muerte, ¿qué no seca?

De seis años dejó un hijo,

que agora, ya hombre, intenta

acabar mi vida y honra;

y dejando la tutela

y el gobierno destos reinos

solos a mí y a la Reina.

Murió el Rey, sobre el gobierno

hubo algunas diferencias

entre mí y la Reina viuda;

porque jamás la soberbia

supo admitir compañía

en el reinar, y las lenguas

de envidiosos lisonjeros

siempre disensiones siembran.

···············

Pero cesó el alboroto

porque, aunque era moza y bella

la Reina, un mal repentino

dió con su ambición en tierra.

Murió, en fin; gocé el gobierno

portugués sin competencia,

hasta que fué Alfonso quinto

de bastante edad y fuerzas.

Caséle con una hija

que me dió el cielo, Isabela

por nombre, aunque desdichada,

pues ni la estima ni precia.

Juntáronsele al Rey mozo

mil lisonjeros, que cierran

a la verdad en Palacio,

como es costumbre, las puertas.

Entre ellos un mi enemigo,

de humilde naturaleza,

Vasco Fernández por nombre,

gozó la privanza excelsa:

y queriendo derribarme

para asegurarse en ella,

a mi propio hermano induce,

y para engañarle, ordena

hacerle entender que quiero

levantarme con sus tierras,

y combatirle a Berganza,

siendo Duque por mí della.

···············

Creyólo, desposeyóme

de mi Estado y las riquezas

que en el gobierno adquirí:

llevóme a una fortaleza,

donde sin bastar los ruegos,

ni lágrimas de Isabela,

mi hija y su esposa, manda

que me corten la cabeza.

Supe una noche propicia

el rigor de la sentencia;

···············

me descolgué de los muros,

y en aquella noche mesma

di aviso que me siguiese

a mi esposa, la Duquesa.

Supo el Rey mi fuga, y manda

que al són de roncas trompetas

me publiquen por traidor,

dando licencia a cualquiera

para quitarme la vida,

poniendo mortales penas

a quien, sabiendo de mí,

no me lleve a su presencia.

···············

Murió mi esposa querida,

y un hijo hermoso me deja,

que en este traje criado,

comprando ganado y tierras,

y hecho de duque pastor,

ha ya veinte primaveras

que han dado flores a mayo,

hierba al prado y a mí penas.

···············

ESCENA VII

(Habitación de doña Magdalena.)

Doña Juana, doña Magdalena.

Doña Juana.

Don Dionís, señora, viene

a darte lición. (Vase.)

Doña Mag.

A dar

lición vendrá de callar,

pues aun palabras no tiene.

De suerte me trata amor,

que mi pena no consiente

más silencio; abiertamente

le declararé mi amor,

contra el común orden y uso,

mas tiene de ser de modo

que, diciéndoselo todo,

le he de dejar más confuso.

(Siéntase en una silla y finge que duerme.)

ESCENA VIII

Mireno, doña Magdalena.

Mireno.

¿Qué me manda vuexcelencia?

¿Es hora de dar lición?

(Ap.) (Ya comienza el corazón

a temblar en su presencia.

Pues que calla, no me ha visto;

sentada sobre la silla,

con la mano en la mejilla

está.)

Doña Mag.

(Ap.) En vano me resisto.

Yo quiero dar a entenderme,

como que dormida estoy.

Illustration from Tirso de Molina

Yo quiero dar a entenderme como que dormida estoy.

Mireno.

Don Dionís, señora, soy.—

No me responde. ¿Si duerme?

Durmiendo está. Atrevimiento,

agora es tiempo; llegad

a contemplar la beldad

que ofusca mi entendimiento.

Cerrados tiene los ojos,

llegar puedo sin temor;

que si son flechas de amor,

no me podrán dar enojos.

¿Hizo el autor soberano

de nuestra naturaleza

más acabada belleza?

Besarla quiero una mano.

¿Llegaré? Sí; pero no,

que es la reliquia divina,

y mi humilde boca indina

de tocarla. Pero yo

soy hombre ¡y tiemblo! ¿Qué es esto?

Ánimo. ¿No duerme? Sí.

(Llega, y se retira.)

Voy. ¿Si despierta? ¡Ay de mí!

Que el peligro es manifiesto,

···············

El temor al amor venza:

afuera quiero esperar.

Doña Mag.

(Ap.) ¡Que no se atrevió a llegar!

¡Mal haya tanta vergüenza!

Mireno.

No parezco bien aquí

solo, pues durmiendo está.

Yo me voy. (Ap.)

Doña Mag.

(¿Que al fin se va?)

(Fingiendo que habla dormida.)

Don Dionís...

Mireno.

¿Llamóme? Sí.

¡Qué presto que despertó!

Miren ¡qué bueno quedara

si mi intento ejecutara!

¿Está despierta? Mas no,

que en sueños pienso que acierta

mi esperanza entretenida,

y quien me llama dormida

no me quiere mal despierta.

¿Si acaso soñando está

en mí? ¡Ay, cielos! ¿Quién supiera

lo que dice?

Doña Mag.

No os vais fuera;

llegaos, don Dionís, acá.

Mireno.

Llegar me manda en su sueño.

¡Qué venturosa ocasión!

Obedecella es razón,

pues, aunque duerme, es mi dueño.

Amor, acabad de hablar;

no seáis corto.

Doña Mag.

Don Dionís,

ya que a enseñarme venís

a un tiempo a escribir y amar

al Conde de Vasconcelos...

Mireno.

¡Ay, celos! ¿Qué es lo que veis?

Doña Mag.

Quisiera ver si sabéis

qué es amor y qué son celos:

porque será cosa grave

que ignorante por vos quede,

pues que ninguno otro puede

enseñar lo que no sabe.

Decidme, ¿tenéis amor?

¿De qué os ponéis colorado?

¿Qué vergüenza os ha turbado?

Responded, dejá el temor;

que el amor es un tributo

y una deuda natural

en cuantos viven, igual

desde el ángel hasta el bruto.

Si esto es verdad, ¿para qué

os avergonzáis así?

¿Queréis bien? —Señora, sí.—

¡Gracias a Dios que os saqué

una palabra siquiera!

···············

¿Y habéis dicho a vuestra dama

vuestro amor? —No me he atrevido.

—¿Luego nunca lo ha sabido?

—Como el amor todo es llama

bien lo habrá echado de ver

por los ojos lisonjeros,

que son mudos pregoneros.

—La lengua tiene de hacer

ese oficio; que no entiende

distintamente quien ama

esa lengua que se llama

algarabía de allende.

¿No os ha dado ella ocasión

para declararos? —Tanta,

que mi cortedad me espanta.

—Hablad, que esa suspensión

hace a vuestro amor agravio.

—Temo perder por hablar

lo que gozo por callar.

—Eso es necedad; que un sabio

al que calla y tiene amor

compara a un lienzo pintado

de Flandes, que está arrollado.

Poco medrará el pintor

si los lienzos no descoge

que al vulgo quiere vender

para que los pueda ver.

El palacio nunca acoge

la vergüenza: esa pintura

desdoblad, pues que se vende,

que el mal que nunca se entiende

difícilmente se cura.

—Sí; mas la desigualdad

que hay, señora, entre los dos,

me acobarda. —Amor, ¿no es dios?

—Sí, señora. —Pues hablad;

que sus absolutas leyes

saben abatir monarcas,

e igualar con las abarcas

las coronas de los reyes.

Yo os quiero ser medianera:

decidme a mí a quién amáis.

—No me atrevo. —¿Qué dudáis?

¿Soy mala para tercera?

—No; pero temo, ¡ay de mí!

—¿Y si yo su nombre os doy?

¿Diréis si es ella, si soy

yo acaso? —Señora, sí.

—¡Acabara yo de hablar!

¿Mas que sé que os causa celos

el Conde de Vasconcelos?

—Háceme desesperar;

que es, señora, vuestro igual

y heredero de Berganza.

—La igualdad y semejanza

no está en que sea principal,

o humilde y pobre el amante,

sino en la conformidad

del alma y la voluntad.

Declaraos de aquí adelante,

don Dionís; a esto os exhorto;

que en juegos de amor no es cargo

tan grande un cinco de largo

como es un cinco de corto.

Días ha que os preferí

al Conde de Vasconcelos.

Mireno.

¡Qué escucho, piadosos cielos!

(Da un grito Mireno, y hace que despierta doña Magdalena.)

Doña Mag.

¡Ay, Jesús! ¿Quién está aquí?

¿Quién os trajo a mi presencia,

don Dionís?

Mireno.

Señora mía...

Doña Mag.

¿Qué hacéis aquí?

Mireno.

Yo venía

a dar a vuestra excelencia

lición; halléla durmiendo,

y mientras que despertaba,

aquí, señora, aguardaba.

Doña Mag.

Dormíme, en fin, y no entiendo

de qué pudo sucederme;

que es gran novedad en mí

quedarme dormida ansí. (Levántase.)

Mireno.

Si sueña, siempre que duerme

vuestra excelencia, del modo

que agora, ¡dichoso yo!

Doña Mag.

(Ap.) ¡Gracias al cielo que habló

este mudo!

Mireno.

(Ap.) Tiemblo todo.

Doña Mag.

¿Sabéis vos lo que he soñado?

Mireno.

Poco es menester saber

para eso.

Doña Mag.

Debéis de ser

otro José.

Mireno.

Su traslado

en la cortedad he sido,

pero no en adivinar.

Doña Mag.

Acabad de declarar

cómo el sueño habéis sabido.

Mireno.

Durmiendo vuestra excelencia,

por palabras le ha explicado.

Doña Mag.

¡Válame Dios!

Mireno.

Y he sacado

en mi favor la sentencia,

que falta ser confirmada,

para hacer mi dicha cierta,

por vuexcelencia despierta.

Doña Mag.

Yo no me acuerdo de nada.

Decídmelo; podrá ser

que me acuerde de algo agora.

Mireno.

No me atrevo, gran señora.

Doña Mag.

Muy malo debe de ser,

pues no me lo osáis decir.

Mireno.

No tiene cosa peor

que haber sido en mi favor.

Doña Mag.

Mucho lo deseo oír:

acabad ya, por mi vida.

Mireno.

Es tan grande el juramento,

que anima mi atrevimiento.

Vuestra excelencia dormida...

—Tengo vergüenza.—

Doña Mag.

Acabad;

que estáis, don Dionís, pesado.

Mireno.

Abiertamente ha mostrado

que me tiene voluntad.

Doña Mag.

¿Yo? ¿Cómo?

Mireno.

Alumbró mis celos,

y en sueños me ha prometido...

Doña Mag.

¿Sí?

Mireno.

Que he de ser preferido

al Conde de Vasconcelos.

Mire si en esta ocasión

son los favores pequeños.

Doña Mag.

Don Dionís, no creáis en sueños,

que los sueños, sueños son. (Vase.)

ESCENA IX

Mireno.

¿Ahora sales con eso?

Cuando sube mi esperanza,

¡carga el desdén la balanza

y se deja en fiel el peso!

···············

Calle el alma su pasión

y sirva a mejores dueños,

sin dar crédito a más sueños,

que los sueños, sueños son.

ESCENAS X a XVI

[Don Antonio declara su amor a doña Serafina. Esta le rechaza y le afea su conducta por haberse fingido secretario del Duque. Don Antonio, al verse así despreciado, arroja a los pies de doña Serafina el retrato que hizo pintar en el jardín, y se marcha indignado. Doña Serafina examina el retrato y nota que aquel hombre tiene con ella un extraordinario parecido. Deseando saber quién es el retratado, llama nuevamente al conde don Antonio para que se lo confiese; y el Conde inventa un nuevo ardid para conseguir el amor de Serafina. Dice que él no está directamente interesado en aquel amor y que se introdujo fraudulentamente en Palacio para servir de mediador entre doña Serafina y don Dionís de Coímbra, el cual se enamoró de ella un día que estuvo en Avero disfrazado de pastor.—Aquel retrato es de don Dionís. Doña Serafina cree el embuste y accede a tener aquella noche una entrevista con el don Dionís del retrato.]

ESCENA XVII

Habitación de doña Magdalena.

El Duque, doña Magdalena; después Mireno.

Duque.

Quiero veros dar lición;

que la carta que ayer vi

para el Conde, en que leí

del sobrescrito el renglón,

me contentó. Ya escribís

muy claro.

Doña Mag.

Y aún no lo entiende

con ser tan claro, y se ofende

mi maestro don Dionís.

(Sale Mireno.)

Mireno.

¿Llámame vuestra excelencia?

Doña Mag.

Sí; que el Duque, mi señor,

quiere ver si algo mejor

escribo. Vos experiencia

tenéis de cuán escribana

soy; ¿no es verdad?

Mireno.

Sí, señora.

Doña Mag.

Escribí, no ha un cuarto de hora,

medio dormida, una plana

tan clara, que la entendiera

aun quien no sabe leer.

¿No me doy bien a entender,

don Dionís?

Mireno.

Muy bien.

Doña Mag.

Pudiera

serviros, según fué buena,

de materia para hablar

en su loor.

Mireno.

Con callar

la alabo: sólo condena

mi gusto el postrer renglón,

por más que la pluma excuso,

porque estaba muy confuso.

Doña Mag.

Diréislo por el borrón

que eché a la postre.

Mireno.

¿Pues no?

Doña Mag.

Pues adrede le eché allí.

Mireno.

Sólo el borrón corregí,

porque lo demás borró.

Doña Mag.

Bien lo pudisteis quitar,

que un borrón no es mucha mengua.

Mireno.

¿Cómo?

Doña Mag.

(Aparte a Mireno.)

El borrón con la lengua

se quita, y no con callar.—

Ahora bien, cortá una pluma.

Mireno.

Ya, gran señora, la corto.

Doña Mag.

(Enojada.) Acabad, que sois muy corto.

Vuestra excelencia presuma

que de vergüenza no sabe

hacer cosa de provecho.

Duque.

Con todo, estoy satisfecho

de su letra.

Doña Mag.

Es cosa grave

el dalle avisos por puntos,

sin que aproveche. Acabad.

Duque.

Magdalena, reportad.

Mireno.

¿Han de ser cortos los puntos?

Doña Mag.

¡Qué amigo sois de lo corto!

Largos los pido; cortaldos

de aqueste modo, o dejaldos.

Mireno.

Ya, gran señora, los corto.

Duque.

¡Qué mal acondicionada

sois!

Doña Mag.

Un hombre vergonzoso

y corto, es siempre enfadoso.

Mireno.

Ya está la pluma cortada.

Doña Mag.

Mostrad. ¡Y qué mala! ¡Ay Dios!

(Pruébala y arrójala.)

Duque.

¿Por qué la echáis en el suelo?

Doña Mag.

¡Siempre me la dais con pelo!

Líbreme el cielo de vos.

Quitalde con el cuchillo.

No sé de vos qué presuma;

siempre con pelo la pluma

(Ap.) y la lengua con frenillo.

Mireno.

(Ap.)Propicios me son los cielos;

todo esto es en mi favor.

ESCENA XVIII

El Conde.—Dichos.

Conde.

Dadme albricias, gran señor;

el Conde de Vasconcelos

está sólo una jornada

de vuestra villa.

Doña Mag.

(Ap.)¡Ay de mí!

Conde.

Mañana llegará aquí,

porque trae tan limitada,

dicen, del Rey la licencia,

que no hará más de casarse

mañana, y luego tornarse.

Apreste vuestra excelencia

lo necesario, que yo

voy a recebirle luego.

Duque.

¿No me escribe?

Conde.

Aqueste pliego.

Duque.

Hija, la ocasión llegó

que deseo.

Doña Mag.

(Ap.) Saldrá vana.

Mireno.

(Ap.) ¡Ay, cielo!

Doña Mag.

(Ap.) Mi bien suspira.

Duque.

Vamos, deja aqueso y mira

que te has de casar mañana.

(Vanse el Duque y el Conde.)

Doña Mag.

(Escribe.) Don Dionís, en acabando

de escribir aquí, leed

este billete, y haced

luego lo que en él os mando.

Mireno.

Si ya la ocasión perdí,

¿qué he de hacer? ¡Ay, suerte dura!

Doña Mag.

Amor todo es coyuntura. (Vase.)

ESCENA XIX

Mireno.

Fuése. El papel dice ansí:

(Lee.) No da el tiempo más espacio:

esta noche en el jardín

tendrán los temores fin

del Vergonzoso en Palacio.

¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿Qué veo?

¿Esta noche? ¡Hay más ventura!

¿Si lo sueño? ¿Si es locura?

No es posible, no lo creo.

Esta noche en el jardín...

¡Vive Dios, que está aquí escrito

mi bien! A buscar a Brito

voy. ¿Hay más dichoso fin?

Presto en tu florido espacio

dará envidia entre mis celos

al Conde de Vasconcelos

el Vergonzoso en Palacio. (Vase.)

ESCENA XX

[Lauro sabe que su hijo está en Avero y decide ir a verle.]

ESCENA XXII

Palacio del Duque, con jardín. Es de noche.

Doña Juana y doña Serafina, a una ventana.

Doña Ser.

¡Ay, querida doña Juana!

Nota de mi fama doy;

mas si no me declaro hoy,

me casa el Duque mañana.

Doña Juana.

Don Dionís, señora, es tal,

que no llega don Duarte

con la más mínima parte

a su valor. Portugal

por su padre llora hoy día;

para en uno sois los dos;

gozaos mil años.

Doña Ser.

¡Ay, Dios!

Doña Juana.

No temas, señora mía,

que mi primo fué por él;

presto le traerá consigo.

Doña Ser.

Él tiene un notable amigo.

Doña Juana.

Pocos se hallarán como él.

ESCENA XXIII

Don Antonio y después Tarso, como de noche.—Dichas.

Don Ant.

Hoy, amor, vuestras quimeras

de noche me han convertido

en un don Dionís fingido

y un don Antonio de veras.

Por uno y otro he de hablar.

Gente siento a la ventana.

Doña Juana.

Ruido suena; no fué vana

mi esperanza.

Tarso.

Este lugar

mi dichoso don Dionís

me manda que mire y ronde

por si hay gente.

Doña Juana.

Ce: ¿es el Conde?

Don Ant.

Sí, mi señora.

Doña Juana.

¿Venís

con don Dionís?

Tarso.

(Ap.) ¿Cómo es esto?

¿Don Dionís? La burla es buena.

¿Mas si es doña Magdalena?

Reconocer este puesto

me manda, porque le avise

si anda gente, y me parece

que otro en su lugar se ofrece;

y que le ronde, ande y pise,

vaya; mas que es don Dionís,

eso no.

Don Ant.

Conmigo viene

un don Dionís, que os previene

el alma, que ya adquirís,

para ofrecerse a esas plantas.

Hablad, don Dionís; ¿qué hacéis?

(Finge la voz.)

¿Que estoy suspenso no veis,

contemplando glorias tantas?

Pagar lo mucho que os debo

con palabras será mengua,

y ansí refreno la lengua,

porque en ella no me atrevo.

Mas, señora, amor es dios,

y por mí podrá pagar.

Doña Juana.

(Ap.) ¡Bien sabe disimular

el habla!

Doña Ser.

¿No tenéis vos

crédito para pagarme

esta deuda?

Don Ant.

No lo sé;

mas buen fiador os daré:

el Conde puede fiarme.—

Yo os fío.

Tarso.

(Ap.)¡Válgate el diablo!

sólo un hombre es, vive Dios,

y parece que son dos.

Don Ant.

Con mucho peligro os hablo

aquí; haced mi dicha cierta,

y tengan mis penas fin.

Doña Ser.

Pues ¿qué queréis?

Don Ant.

Del jardín

tengo ya franca la puerta.

Doña Juana.

Mira que suele rondarte

don Duarte, señora mía,

y que si aguardas al día,

has de ser de don Duarte;

cualquier dilación es mala.

Doña Ser.

¡Ay, Dios!

Doña Juana.

¡Qué tímida eres!

¿Entrará?

Doña Ser.

Haz lo que quisieres.

Don Ant.

Don Dionís, amor te iguala

a la ventura mayor

que pudo dar: corresponde

a tu dicha. —Amigo Conde,

por vuestra industria y favor

he adquirido tanto bien:

dadme esos brazos; yo soy

tu amigo, Conde, desde hoy.—

Yo vuestro esclavo. —Está bien:

dará el tiempo testimonio

desta deuda. —Aquí te aguardo,

que así mis amigos guardo:

entrad. —Adiós, don Antonio.

(Éntrase.)

Doña Ser.

¿Entró?

Doña Juana.

Sí.

Doña Ser.

¡Que deste modo

fuerce amor a una mujer!

Mas por sólo no lo ser

del de Estremoz, poco es todo.

(Vanse de la ventana.)

···············

ESCENA XXIV

Mireno, de noche.—Tarso.

Mireno.

Él se debió de quedar,

como acostumbra, dormido.

Tarso.

Ya queda sustituído

por otro aquí tu lugar.

Mireno.

¿Qué dices, necio? Responde:

vienes aquí a ver si hay gente,

¡y estáste aquí, impertinente!

Tarso.

Gente ha habido.

Mireno.

¿Quién?

Tarso.

Un Conde,

y un don Dionís de tu nombre,

que es uno y parecen dos.

Mireno.

¿Estás sin seso?

Tarso.

Por Dios,

que acaba de entrar un hombre

con tu doña Magdalena,

que, o es colegial trilingüe,

o a sí propio se distingue,

o es tu alma que anda en pena.

Más sabe que veinte Ulises.

Algún traidor te ha burlado,

o yo este enredo he soñado,

o aquí hay dos don Dionises.

Mireno.

Soñástelo.

Tarso.

¡Norabuena!

ESCENA XXV

Doña Magdalena, a la ventana.—Mireno, Tarso.

Doña Mag.

¿Si habrá don Dionís venido?

Tarso.

A la ventana ha salido

un bulto.

Doña Mag.

¡Ay Dios! Gente suena.

Ce: ¿es don Dionís?

Mireno.

Mi señora,

yo soy ese venturoso.

Doña Mag.

Entrad, pues, mi vergonzoso.

(Vase de la ventana.)

Mireno.

¿Crês, que lo soñaste agora?

Tarso.

No sé.

Mireno.

Si mi cortedad

fué vergüenza, adiós vergüenza;

que seréis, como no os venza,

desde agora necedad. (Vase.)

···············

ESCENAS XXVI y XXVII

[Lauro, Ruy Lorenzo y algunos pastores llegan a Avero en el momento en que un heraldo publica el siguiente bando:]

“El rey nuestro señor, Alfonso el V, manda: Que en todos sus Estados reales, con solemnes y públicos pregones, se publique el castigo que en Lisboa se hizo del traidor Vasco Fernández, por las traiciones que a su tío el duque don Pedro de Coímbra ha levantado, a quien por leal vasallo y noble, y en todos sus Estados restituye; mandando que en cualquier parte que asista, si es vivo, le respeten como a él mismo; y si es muerto, su imagen hecha al vivo pongan sobre un caballo, y una palma en la mano, le lleven a su corte, saliendo a recebirle los lugares: y declara a los hijos que tuviere por herederos de su patrimonio, dando a Vasco Fernández y a sus hijos por traidores, sembrándoles sus casas de sal, como es costumbre en estos reinos, desde el antiguo tiempo de los godos. Mándase pregonar para que venga a noticia de todos.”

···············

Illustration from Tirso de Molina

“El rey, vuestro Señor, Alfonso el V, manda...”

Lauro.

Gracias a vuestra piedad,

recto Juez, clemente y sabio,

que volvéis por mi justicia.

Ruy.

El parabién quiero daros

con las lágrimas que vierto:

gocéisle, Duque, mil años.

Duque.

¿Qué labradores son éstos,

que hacen extremos tantos?

Conde.

¡Ah, buena gente! Mirad

que os llama el Duque.

Lauro.

Trabajos,

si me habéis tenido mudo,

ya es tiempo de hablar. ¿Qué aguardo?

Dadme aquesos brazos nobles,

Duque ilustre, primo caro.

Don Pedro soy.

Duque.

¡Santos cielos,

dos mil gracias quiero daros!

Conde.

¡Gran Duque! ¡En aqueste traje!

Lauro.

En éste me he conservado

con vida y honra hasta agora.

···············

Duque.

Es el Conde de Estremoz,

a quien la palabra he dado

de casalle con mi hija

la menor, y agora aguardo

al Conde de Vasconcelos,

sobrino vuestro.

Lauro.

Mi hermano

estará ya arrepentido,

si traidores le engañaron.

Duque.

Doile a doña Magdalena,

mi hija mayor.

Lauro.

Sois sabio

en escoger tales yernos.

Duque.

Y venturoso otro tanto,

en que seréis su padrino.

Ruy.

(Ap.) Aunque el Conde me ha mirado,

no me ha conocido. ¡Ay cielos!

¿Quién vengará mis agravios?

Duque.

Hola, llamad a mis hijas,

que de suceso tan raro,

por la parte que les toca,

es bien darles cuenta...

ESCENA XXVIII

Doña Magdalena, doña Serafina. Doña Juana.—Dichos.

Doña Mag.

¿Qué manda vuestra excelencia?

Duque.

Que beséis, hijas, las manos

al gran Duque de Coímbra,

vuestro tío.

Doña Mag.

¡Caso raro!

Lauro.

Lloro de contento y gozo.

Doña Ser.

(Ap.) Mi suerte y ventura alabo:

ya segura gozaré

mi don Dionís, pues ha dado

fin el cielo a sus desdichas.

Lauro.

Gocéis, sobrinas, mil años,

los esposos que os esperan.

Doña Ser.

El cielo guarde otros tantos

la vida de vuexcelencia.

Doña Mag.

Si la mía estima en algo,

le suplico, así propicios

de aquí adelante los hados

le dejen ver reyes nietos

y venguen de sus contrarios,

que este casamiento impida.

Duque.

¿Cómo es eso?

Doña Mag.

Aunque el recato

de la mujeril vergüenza

cerrarme intente los labios,

digo, señor, que ya estoy

casada.

Duque.

¡Cómo! ¿Qué aguardo?

¿Estás sin seso, atrevida?

Doña Mag.

El cielo y amor me han dado

esposo, aunque humilde y pobre,

discreto, mozo y gallardo.

Duque.

¿Qué dices, loca? ¿Pretendes

que te mate?

Doña Mag.

El secretario

que me diste por maestro

es mi esposo.

Duque.

Cierra el labio.

¡Ay, desdichada vejez!

Vil, ¿por un hombre tan bajo

al Conde de Vasconcelos

desprecias?

Doña Mag.

Ya le ha igualado

a mi calidad amor,

que sabe humillar los altos

y ensalzar a los humildes.

Duque.

Daréte la muerte.

Lauro.

Paso,

que es mi hijo vuestro yerno.

Duque.

¿Cómo es eso?

Lauro.

El secretario

de mi sobrina, vuestra hija,

es Mireno, a quien ya llamo

don Dionís, y mi heredero.

Duque.

Ya vuelvo en mí: por bien dado

doy mi agravio de ese modo.

Doña Mag.

¿Hijo es vuestro? ¡Ay, Dios! ¿Qué aguardo,

que no beso vuestros pies?

Doña Ser.

Eso no, porque es engaño:

don Dionís, hijo del Duque

de Coímbra, es quien me ha dado

mano y palabra de esposo.

Duque.

¡Hay hombre más desdichado!

Doña Ser.

Doña Juana es buen testigo.

Doña Mag.

Don Dionís está en mi cuarto,

y mi cámara.

Doña Ser.

¡Qué bueno!

En la mía está encerrado.

Lauro.

Yo no tengo más que un hijo.

Duque.

Tráiganlos luego. ¡En qué caos

de confusión estoy puesto!

···············

ESCENA XXIX

Mireno.—Dichos.

Mireno.

Confuso vengo a tus pies.

Lauro.

Hijo mío, aquesos brazos

den nueva vida a estas canas.

Este es don Dionís.

Doña Ser.

¿Qué engaños

son éstos, cielos crueles?

Duque.

Abrazadme, que ya ha hallado

el más gallardo heredero

de Portugal, este Estado.

Lauro.

¿Qué miras, hijo, perplejo?

El nombre tosco ha cesado

que de Mireno tuviste;

ni lo eres, ni soy Lauro,

sino el Duque de Coímbra:

el Rey está ya informado

de mi inocencia.

Mireno.

¿Qué escucho?

¡Cielos! ¡Amor! ¡Bienes tantos!

ESCENA XXX

Don Antonio.—Dichos.

Don Ant.

Dame, señor, esos pies.

Duque.

¿A qué venís, secretario?

Doña Ser.

Conde, ¿qué es de don Dionís,

mi esposo?

···············

[Se descubre que don Antonio es el Conde de Penela; el Duque le perdona y accede a que doña Serafina sea su esposa. El Conde de Estremoz se casa con Leonela, hermana de Ruy Lorenzo, y éste, después de perdonado, vuelve a ocupar el cargo de secretario.]

Viñeta de adorno
Viñeta de adorno
Ilustración de cabeza de capítulo
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