BLASONES Y TALEGAS
Reading edition
I
De la empingorotada grandeza y el coruscante lustre de sus antepasados, he aquí lo que le restaba, catorce años hace, al señor don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada:
Un casaquín de paño verde con botones de terciopelo negro;
Un chaleco de cabra, amarillo;
Un corbatín de armadura;
Dos cadenas de reló con sonajas, sin los relojes;
Un pantalón de paño negro, muy raído;
Un par de medias-botas con la duodécima remonta;
Un sombrero de felpa asaz añejo, y
Un bastón con puño y regatón de plata.
Esto para los días festivos y grandes solemnidades.
Para los días de labor:
Otro casaquín, incoloro, que soltaba la estopa de los entreforros por todas las costuras y poros de su cuerpo;
Otro corbatín, de terciopelo negro, demasiadamente trasquilado;
Otro chaleco, de mahón de color de barquillo;
Otro pantalón, «de pulga», con más pasadas que un pasadizo;
Otro sombrero de copa, forrado de hule;
Unas zapatillas de badana, y
Un par de abarcas de hebilla para cuando llovía.
Como ornamentos especiales y prendas de carácter:
Una capa azul con cuello de piel de nutria y muletillas de algodón, y
Un enorme paraguas de seda encarnada, con empuñadura, contera y argolla de metal amarillo.
Como elementos positivos y sostén de lo que antecede y de algo de lo que seguirá:
Una casa de cuatro aguas con portalada y corral, de la que hablaremos luego más en detalle;
Una faja ó cintura de viejos y retorcidos castaños alrededor de la casa;
Un solar contiguo á los castaños por el Sur, dividido desde tiempo inmemorial en tres porciones, prado, huerto y labrantío, por lo que se empeñaba don Robustiano en que tenía tres solares, y que ellos daban origen á su apellido; un solar, repito, mal cultivado y circuído de un muro apuntalado á trechos, y todo él revestido de una espesa red de zarzas, espinos y saúco;
Algunos carros de tierra en la mies del pueblo, y
Un molino harinero, de maíz, zambo de una rueda, que molía á presadas y por especial merced de las aguas pluviales, no de las de un mal regato, pues todos los de la comarca le negaban últimamente sus caudales.
Item, como objetos de ostentación y lustre:
Un sitial blasonado junto al altar mayor de la Iglesia parroquial.
Y un rocín que rara vez habitaba bajo techado, por tener que buscarse el pienso de cada día en los camberones y sierras de los contornos.
Item más.—Tenía don Robustiano una hija, la cual hija era alta, rubia, descolorida, marchita, sin expresión ni gracia en la cara, ni el menor atractivo en el talle. No contaba aún treinta años, y lo mismo representaba veinte que cuarenta y cinco. Pero en cambio era orgullosa, y antes perdonaba á sus convecinos el agravio de una bofetada que el que la llamasen á secas Verónica, y no doña Verónica.
Por ende, al verse colocada por mí en el último renglón del catálogo antecedente, tal vez enforcarme por el pescuezo le hubiera parecido flojo castigo para la enormidad de mi culpa; pero yo me habría anticipado á asegurarla, con el respeto debido á su ilustre prosapia, que si en tal punto aparece no es como un objeto más de la pertenencia de su hidalgo padre, sino como la segunda figura de este cuadro, que entra en escena á su debido tiempo y cuando su aparición es más conveniente á la mayor claridad de la narración.
En el ropero de esta severa fidalga, he dicho mal, en su carcomida percha de roble, había ordinariamente:
Un vestido de alepín de la reina, bastante marchito de color;
Un chal de muselina de lana rameado, y
Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.
Con estas prendas, más un par de zapatos con galgas en los pies, un marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica junto á su padre el sitial blasonado en la Iglesia los días festivos, durante la misa mayor.
Ordinariamente no usaba, ni tenía, más que un vestido de estameña del Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.
Y con esto queda anotado cuanto á nuestros dos personajes les quedaba, que de público se supiese.
Penetrando ahora en su vida privada para conocer también algo de ella, conste que tenían un Año cristiano y la ejecutoria, envuelta, por más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero daban pasto á su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda, fomentaban más y más su vanidad solariega.
Así nutrían el espíritu.
En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura con escrúpulos de carne y un torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de darles el poco jugo que los dos tenían.
Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi impalpables rentas que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse aliquando el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica, dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas, alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los dos ilustres señores á escondidas y con grandes precauciones.
He dicho que el Año cristiano y la ejecutoria constituían el pasto y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en concepto del solariego, más edificante y transcendental. Consistía en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos, empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de su escudo de armas; por qué, verbigracia, el león era pasante y no rampante; por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante mal hecho, etc., etc... Y desde tal punto iba descendiendo poco á poco por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban claras, evidentes y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente. Decía así:
«Antes que nobles nacieran, Antes que Adán fuera padre, Por noble era insigne ya La casa de Tres-Solares».
Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron marzazgas, martiniegas, yantares y fonsaderas; no pagaron nunca derechos al Rey «é le fablaban sin homenaje». Uno de ellos fué trinchante, en época posterior, de la mesa real; y más acá, acompañando otro á su Alteza á una cacería, tuvo ocasión de prestarle su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas para obsequiar á un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dió origen á la colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una á cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos por dos de la vista baja, ó sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque de Osuna, sobre si á aquél correspondía ó no poner seis plumas en vez de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fué Regidor perpetuo de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta zapateras que se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las campanas á vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para recibir en ella ciertos días á algún pariente suyo, se vió en el pueblo constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia, lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho. ¿Y privilegios de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención de plantíos y de reparto de camberas, ó prestaciones... y tantísimas cosas más por el estilo?...—«Pero ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido) «á otros tiempos otras costumbres. Cundieron los franc-masones; la impía, la infame filosofía del francés invadió los pueblos y cegó á los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución; aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto á la plebe cuatro emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades, nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución; y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión... el escándalo universal».
Todo esto, y mucho más, decía don Robustiano á sus convecinos, revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango. Por supuesto que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover; y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de grandezas que, puestas en el mercado, no valdrían á la sazón medio celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se quedaba tan satisfecho.
La misma relación hacía con frecuencia á su hija durante las largas noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las grandezas de sus progenitores! ¡Vaya si gozaba y si se le ensanchaba el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más encopetada princesa!
Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres á don Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada y derecha talla por el balcón principal, ó solana, de su casa, si llovía, ó por el solar si hacía bueno, echando de paso á la calleja las piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.
Verónica, entre tanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre ó bajaba al huerto á sallar media docena de berzas cuando estaba segura de que nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría al instante; porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza, recelosa y huraña.
Sabía leer mal y escribir peor, gracias á que su padre se lo había enseñado en casa; pues éste no quiso que su hija, cuando niña, asistiera á la escuela del lugar, donde necesariamente había de rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de sus toscos convecinos.
Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al corro donde la gente moza baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una hila, ni una deshoja.—Para que formara una idea del primero, la acompañó varias veces á que le viera por encima de las tapias del solar; en cuanto á las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por los relatos exagerados que, respecto á descompostura y licencia, le hacía don Robustiano.
De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de su juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos é inocentes confidencias; sin haberse reído una sola vez con expansión; sin poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor, sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.
La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por dentro, no se abría sino en las ocasiones indispensables, ó cuando llamaba á ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera, que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don Robustiano, que no honraba con ella, por no desprestigiar su grandeza, ni aun á su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica con intimidad, amoldóse por entero á su criterio; y tomando su voz por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oir á esta mujer y murmurar á su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única tarea que no cansaba á la solariega doncella.—Que no amó jamás, es decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón fué siempre extraño á semejante necesidad, además de que su posición era lo menos á propósito para creársela. En los mozos del pueblo, como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto á pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había á sus alcances, ni á proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de su corral ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre, pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños: éstos vegetaban con sol y aire; ella con el escaso pan de cada día, los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás á cansarse buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas, apegada á las suyas postizas, como el árbol á la tierra, dejaba pasar sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.
Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus antepasados, ó por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien es cierto que no se amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.
Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y escudos de armas; pero jamás citaba á las familias sino por el nombre del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «los de..».[7], y sabido era que se refería á la familia del señor don Fulano de Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba á algunas de ellas, por tradición, cordiales simpatías, y á otras, también por herencia, odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su puerta.—No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas á San Juan, iba á visitar tal ó cual santuario, ó á espolvorarse un poco en la feria de acá ó de allá, ó á la capital, rodease media provincia, si era preciso, por no tocar en casa de los de A ó de B, como en su concepto mandaba la buena cortesía, si las tales casas se hallaban en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de recibir en la suya visitas de tal calibre.
Por eso, cada vez que, después de oirse ruido de herraduras en la calleja contigua, llamaba alguien á su portalada, salía corriendo Verónica y decía, fingiendo la voz:
—¡No está en casa!
Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran las chancletas por debajo de la portalada.
Si el que llamaba no se alejaba en el acto, añadía ella con zozobra:
—¡Y no vendrá en todo el mes!
Y si aún insistía el de afuera, concluía la de adentro con espanto:
—¡Y está sola la casa... y se llevó la llave don Robustiano!
En seguida se retiraba, y su padre, que observaba el suceso con un ojo por el ventanillo ó cuarterón de la puerta del estragal, le decía con febril ansiedad:
—¡Ahora arriba; y silencio, aunque echen la puerta al suelo!
Y el pobre señor sufría angustias de muerte cada vez que se hallaba en trances semejantes, porque es de advertir que su carácter era afable y expansivo, y su corazón noble y hospitalario; pero el orgullo, el pícaro orgullo de raza, el ardiente celo por el lustre de su estirpe, eran más fuertes que él, y no podía resignarse á mostrar aquel roñoso polvo de su grandeza, aquella angustiosa desnudez de sus hogares preclaros, á los, en su concepto, más esponjados rivales suyos en timbres y pergaminos.
La verdad es que las grandezas interiores de la casa de don Robustiano mejor estaban para apuntaladas que para vistas... Y á propósito: esta ocasión es la más oportuna para dedicar á aquélla el párrafo que le tenemos prometido.—Vaya, pues.
Dividíase el edificio en tres partes: baja, principal y alta. En la primera se hallaban las cuadras, el anchísimo soportal y la bodega. La segunda estaba, á su vez, dividida por un largo carrejo en dos porciones iguales, una al Sur y otra al Norte. Constaba aquélla de tres piezas, dos de las cuales eran dormitorios y la restante un gran salón llamado de Ceremonias por la familia, y sépase por qué. Según don Robustiano, allí recibían sus mayores los homenajes de sus súbditos; allí trataban y pactaban de potencia á potencia con los señores de aquende y de allende en los apurados conflictos que surgían á cada instante por cuestiones de etiqueta ó de administración; allí, en fin, se verificaban todos los actos domésticos que más sublimaban el recuerdo histórico de los ascendientes preclaros de don Robustiano. Por eso consagraba éste al salón de Ceremonias un respeto casi religioso: no entraba en él en mangas de camisa, ni escupía sobre su suelo, ni consentía que se abriese más veces que las puramente indispensables. Por lo demás, no le quedaban otras señales de sus pasados altos destinos que dos retratos ahumados y sin fisonomía ni traje perceptibles á la simple vista, aunque el solariego aseguraba que eran las veras efigies de dos de sus abuelos; un sillón de vaqueta, blasonado, tres sillas cojas, de lo mismo; una mesa apolillada, de nogal, con gruesos relieves, y las ensambladuras del techo manchadas y corroídas por las goteras. Tal es la historia del salón de Ceremonias, y tal era el salón mismo. De las dos piezas inmediatas á él, hay muy poco que hablar: estaban tan desnudas y deslucidas como el salón, y es cuanto se puede decir: no contenían más que las camas, de alto y pintarrajeado testero, eso sí; la percha de Verónica, una silla de encina por cada cama, un Crucifijo y una mala estampa de Santa Bárbara encima de la de don Robustiano, y otra percha para la ropa y sombreros de éste.
La parte Norte constaba del mismo número de piezas que la del Sur; pero una estaba ya sin tillado cuando Verónica vino al mundo; la otra se quedó sin techo pocos años después, merced á una invernada cruel que entró por el tejado, llevándose detrás los cabrios, las latas, las tejas y el pedazo de desván correspondientes; la otra, sala de comer y de tertulia en los buenos tiempos, había perdido la mitad del muro exterior, quedando en su lugar un boquete que tenía que tapar don Robustiano todos los otoños á fuerza de rozo, morrillos y barro de calleja, únicas reparaciones asequibles á sus fondos, por el cual boquete se empeñaban en meter la cabeza todas las iras del invierno. Felizmente la cocina, que se hallaba en terreno neutral á una de las extremidades del carrejo, había quedado servible y respetada de los temporales. De manera que don Robustiano no había tenido más remedio que irse replegando poco á poco á la parte del Sur, á medida que la del Norte se arruinaba. Al fin y al cabo, el pobre señor, disponiendo aún de media casa, y de media casa enorme, apenas podía revolverse en ella, y eso que su ajuar estaba reducido á la última expresión. Para comprender este, al parecer, contrasentido, hay que observar que en cada salón de los dos citados se podía dar una batalla. Del desván no quiero hablar, pues tal se hallaba, que hasta una mirada le conmovía. No obstante, debe citarse un tesoro que encerraba, un tesoro, en concepto de don Robustiano: dos piezas roñosas de una armadura de un su ascendiente que peleó en San Quintín. Yo juraría que eran dos grandes vasos ó canjilones de noria; pero cuando el solariego decía lo contrario, sabido se lo tendría. Dentro del corral (que, como es de ene, estaba al Sur y contiguo á la casa), había un pabellón habitable, aunque muy pequeño, que don Robustiano llamaba la glorieta. Allí tenía el solariego todos sus papeles de familia y escasísimos libros de abolengo en una alacena embutida en la pared junto á una mesa de castaño, sobre la que había una carpeta de badana y un tintero de estaño. Enfrente del pabellón había una teja-vana que servía de leñera, y al lado de ésta un pozo con el correspondiente lavadero.
Añada el lector á todo lo que queda dicho un largo balcón á cada fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre cada puerta, y media torre almenada cubierta de hiedra en el ángulo del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera, por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni debo acordarme, el palacio.
Hemos dicho que de higos á brevas hacía don Robustiano un viaje á la capital, ó á alguna feria ó santuario de la provincia, y es conveniente añadir aquí cómo le hacía; pues este cómo le comía á él la atención mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.
Concebido el proyecto cuatro ó cinco meses antes de realizarle, le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le rumiaba con lo que comía; y sólo á vueltas de muchas semanas de brega se atrevía á aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios suspiros, como aquél que se decide á acometer una empresa heroica y descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica del vestido de gala de su padre, costura á costura, botón á botón, pelo á pelo; pasada al calzoncillo; remiendo á la espalda del chaleco; zurcido á la pechera de la camisa; refuerzo á un ojal; cepillo y saliva á esta mancha; estirón y puñetazo á aquella arruga; reposición de jaretas... y para todo ello, en atención á la transparencia y esencial debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos como si se anduviera con telas de araña ó panes de dorar. Esto, por lo que hace á Verónica.
Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de tocino; las ponía al sol dos ó tres días, y cuando ya las hallaba flexibles y á su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza á pieza todas las de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de celemín. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente había de servirle de paje, ó espolique, se encargaba de rascar con un par de garojos el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre á su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria á fuerza de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.
Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje; daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba, colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno el espolique, vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al corral. Allí se embridaba el caballo; daba don Robustiano, por vía de prueba, un par de tirones á las cinchas, y, calzando una espuela en el pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya en actitud de montar:
—Cuidado con olvidarse de los requisitos de costumbre; sobre todo, á la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo llevarme detrás la silla al desmontar; y ¡á fe que haría la triste figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo á los pies de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que te he repetido mil veces.
Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas ó sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación ó advertencia familiar á su amo; pero que se guardara muy bien de hacerlo y de no observar la más rigorosa compostura cuando atravesasen barriadas ó caminos reales. Sólo en casos muy apurados le concedía el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese el previo señor don, exigencia en la cual no hubiera hallado nada que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso Don Pelayo, Infanzón de la Vega.
¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda á la altura del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible á todo cuanto á su lado ocurriese, atento sólo á devolver los saludos que le dirigían los transeúntes; hundido hasta la cintura entre la capa arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese de permitirse tanto lujo de vigor. Á una vara del estribo izquierdo marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro, al mismo trote pausado y monótono del rocín.
En tal guisa, parándose á respirar á la sombra de este castaño, bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá, llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver á casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, ó poco menos.
Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las alforjas llenas. Don Robustiano las atacaba de lechugas, ó de cualquier otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.
Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la expedición y á propósito de ella, eran del siguiente jaez:—¿Por qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche: hasta sacaron la cabeza para verme mejor.—Creí conocer á una dama que viajaba en jamugas.—Me pareció, á lo lejos, bastante deteriorada la casa de los de Tal.—De los siete que comimos en la mesa redonda, tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me parecieron gentezuela de poco más ó menos... Por cierto que ahora se gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: el marqués que comía á mi derecha tenía uno.—En el pueblo de Cual se está levantando un palacio: supuse que le harían los de X... pero se me dijo que le fabricaba ¡pásmate! un rematante de arbitrios...
Si el viaje había sido á Santander, los comentarios subsiguientes, aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba contar que, merced á su destreza, el caballo galopó muy erguido al salir por la Alameda, á consecuencia de lo cual todo el señorío que en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron, entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto, debía de ser el Intendente.
Creo que el lector, con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que, dicho sea de paso, no debe chocar á nadie que se fije un poco en las condiciones morales del solariego.
«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en la mies por la cizaña y el pan de cuco, y en el hogar por el orín y la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido que humillarla delante de ningún villano en solicitud de un mendrugo para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se ostentaba virgen, sin el mejor ingerto de leña grosera; aún la piqueta revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada... en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y en ello fundaba su mayor vanidad.
II
Toribio Mazorcas (a) Zancajos, era en figura, en carácter, en alcurnia y en dinero, el viceversa de su convecino don Robustiano: chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico. Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco á poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas. Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella, y á los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que, con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo durante una de sus primeras breves visitas á él.—Generalmente se daba una vuelta por la tierruca cada cuatro años.—Al hallarse viudo y rico, pasóle por la mollera la idea de volver á casarse más á su gusto; pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le quedaba, muchachón de diez y ocho años, fresco, rollizo, esbelto, buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle á Andalucía á continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, ó casarle de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera al traste en pocos días con las botas amontonadas á fuerza de sudores, y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios, se decidió... por enviar á Antón (así se llamaba el chico) á Santander á un colegio «de los caros», con el fin de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él al plan de restauración que se proponía con respecto á su descendencia. El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía, y guiado sólo de su afán de salir á ver mundo y gastar como un señor algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como su padre quería. Pero antes de un mes se convenció de que no estaba ya su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente levita. Con ella era un facha que excitaba la risa en los paseos, mientras que con el traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y se decidió á no salir más de él, ni de su condición de labrador, como sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía rodearle la posición de su padre.
Como éste, y tal vez por la propia causa, no mecía gran cosa con las mozas de aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua compañera; le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander, sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde sus principios» y sin carecer de un interesante personal, sabían ser «amas de su casa». Y he aquí el camino por el cual encarriló el demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir á parar con sus pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que á la hija del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba bien lejos de presumirse tamaño desaguisado á su estirpe solariega.
Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato de Verónica, del gusto del joven Antón, así en cuanto á lo físico como á lo moral del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en el teatro ó en los salones de nuestras cultas capitales una mujer desagradable á los ojos de un hombre avezado á saborear los afeites y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto, era, relativamente á lo que la rodeaba, una filigrana, una cosa fina, materialmente hablando; y en siendo una cosa fina en estas aldeas, ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la envidia de los aldeanos. Lo fino es para ellos el prototipo de lo bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no piojo resucitado, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables; cualidad que basta y sobra para inspirar á las gentes sencillas una más que regular consideración.—Por lo que hace á sus prendas morales, ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de apreciarlas con su falta de mundo.
Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen de las aristocráticas, concluyó por cobrar á la hija de don Robustiano un verdadero interés.
Tanto, que habló á su padre del asunto; y como daba la feliz casualidad de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia en la Iglesia y los blasones del palacio, por más que muchas veces se hubiese reído de las hinchadas presunciones de su noble convecino, lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas con la mejor voluntad.
Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque don Robustiano se había quedado en la sacristía á saludar al señor cura. Iba, como de costumbre, á un paso más que regular y sin otro pensamiento que el de llegar á casa cuanto antes, pues en fuerza de vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta á la luz y al aire de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando se halló frente á frente con el hijo de Mazorcas.
Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por fuera, como á la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa, bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo negro y lustroso.
Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse acera, dijo con voz no muy segura:
—Muy buenos días, señora doña Verónica.
Ésta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que llevaba, contestó con la mayor indiferencia:
—Buenos días, Antón.
Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vió alejarse algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de no volver á hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la solariega, atreviéndose á llamarla bastante recio:
—¡Doña Verónica!
No hubieran hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia, lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo á pique de llegar á carrera. Pero Antón se había resuelto á no dejar la empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fué dable:
—Tengo que pedir á usted un favor.
Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos convulsas, y pálida como la muerte:
—¿Un favor... á mí?—dijo, entre desabrida y asustada.
—Á usted, sí, señ...—respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.
Dió nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró á Verónica y después á los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego á cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin, logrando tragar el tarugo, rompió á hablar de esta manera:
—Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me contribuye, porque se lo merece, quería decir á usted ahora lo que... vamos, lo que ya la hubiera dicho más de cuatro veces al habérseme acomodado tan buena proximidad como ésta... Lo verdad es, señora doña Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis medios me lo permiten, quería transigir á mi gusto y proporcionales comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de personal... Vamos al decir... que si... yo...
Y aquí volvió á anudársele la garganta.
Á Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más lívida y descompuesta.
Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso algún tanto, continuó:
—Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que esto sea menosprecio y me esté mal el decirlo, creo que... vamos, no son quién para mí las mozas del lugar, llamado á contraer enuncias el día de mañana... Porque, doña Verónica, á mí me dió Dios un corazón muy blando de su natural y un poco de sentido acá á mi manera, y pienso que con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si á mano viene, declinar á una miaja de finura y cortesía que le consuele en una inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto; pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar á una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como á los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las circunferencias del temor de Dios y de la buena ley á mí, creo que bien puedo, sin ofender á nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No es verdad, doña Verónica?
—Me parece que sí,—tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía dónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.
Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de seda, continuó:
—Pues bueno: en contingencia de estas razones, y sin más ites ni consonancias, sépase usted, Doña Verónica, que lo que yo quiero con todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.
Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre. Jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron no poco á producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel gélido organismo.
Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo, como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y lectores, preciso es confesar que á la hija de don Robustiano le iba el rubor á las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas coloradas!
Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero que siempre conservaba respetuosamente en la mano.
—¡Doña Verónica, dígame usted que sí... ó me solivianto!
No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es indudable que la palabra, y también algo la acción que la acompañó, acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca cerrada y los ojos echando lumbre, fué cosa de un solo instante.
Pero don Robustiano la vió, y en el acto dedujo, así de su huída como de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario. En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó á hacer el molinete con su bastón. Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro, y apartándose á un lado saludó respetuosamente á don Robustiano; pero éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando inalterable y silencioso hacia su casa.
Al entrar en ella y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento melodramático:
—¡Sol de mi estirpe! ¿habrá osado mirarte frente á frente ese baldragas?
Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible y bondadoso hasta el extremo de que á su lado no hubiera habido un pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del ayuntamiento, nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que oyera anteponer un don al nombre de un plebeyo; que viera vestido con una prenda dos dedos más larga que la chaqueta á un rústico labrador; que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al pasar con la debida consideración, ó que tal otro se había reído del marabú de su hija ó del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se atreviera alguien á sostener que cuatro miserables onzas de oro valían más ó eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que, como una provocación á su augusta pobreza, osara un villano meterle por los ojos el brillo de su riqueza improvisada... ya se ponía trémulo é iracundo, y era capaz de arrojar un sillón á la cabeza del provocador. Por eso odiaba de muerte á Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el flamante edificio abundancia y alegría por todas partes. La contigüidad de esta casa á la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano, era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo á su rancia dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo, más que por Zancajos, por don Toribio, que por añadidura era bromista y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan irritantes provocaciones el fanático solariego? Júzguese ahora de lo que pasaría por sus adentros cuando sorprendió á Verónica con el hijo de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.
No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba á quitarse el sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias, tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible á Verónica.
Ésta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón en rincón desde que había llegado á casa, acudió al llamamiento de su padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el delantal.
—Míralos frente á frente,—le dijo don Robustiano señalando á los dos retratos de la pared.
Verónica obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera más.
—Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto—pensó don Robustiano.—Y añadió en voz alta:
—Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas... Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo esto es muy grave, Verónica, y me vas á decir lo que significa.
Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.
—¡Qué significa todo eso, repito!—añadió don Robustiano.
—Nada, señor padre,—contestó al fin la hija tartamudeando.
—¡Ira de Dios! ¿cómo que nada?
—Nada, señor padre.
—¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo pregunto, te pones encarnada?
—Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que conmigo le sucede...
—Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué ha sucedido en la calleja?
—Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su merced se quedó hablando con el señor cura... y viniendo sola, al llegar á la esquina del solar de Toribio pasó su hijo y me dió los buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera... cuando va y me llama con la mayor cortesía...
—¡Fuego divino!
—¡Señor, que me asusta su merced!
—¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ése!... ¡Cortesía ese cerdo!...
—Sí, señor, con mucha cortesía...
—¡Acaba!
—Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por arriba, y de que si riqueza por abajo... y que yo... y mis prendas...
—¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de decirte galanteos... á tí, á la nieta de cien nobles?
—¡Jesús María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...
—¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?
—Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué... porque la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.
—¡Pero te faltó!
—No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de llamarme doña Verónica.
—Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... Pero vamos adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja á que te manifestó algunas pretensiones.
Verónica, al oir esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:
—¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!
—¡Señor—respondió ésta casi llorando,—puedo jurar á su merced que ni siquiera me tocó en el pelo de la ropa!...
—¡Qué ropa ni qué pelo ni qué doscientos mil demonios? Te detuvo, osó mirarte á la cara, hablarte, decirte chicoleos como á una tarasca bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; á tí, mi hija, la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo yo! y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni para los sacrílegos... ¡Verónica! tu madre, que murió al echarte al mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna en estas siete comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse á mí; tu madre, digo, no te dió ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena, con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de Napoleón: «charmante femme[8]» la dijo al pasar, y ella, indignada, aunque sin comprender la frase, á la vergüenza de aceptarla prefirió caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver delante... Vete, vete lejos de mí... y cuenta que no te pongo á pan y agua... porque eso no sería penitencia para tí.
Verónica, sin esperar á que le repitiera su padre la orden, sin alzar la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se detuvo hasta la cocina.
Cuéntase que don Robustiano al quedarse solo cayó de hinojos ante los retratos de sus dos antepasados, y rodándole las lágrimas por sus enjutas mejillas, ofreció á las roídas imágenes su vida inmaculada en reparación del crimen de su hija, según él, primera demagoga en aquella larga y copetuda familia.
III
Cuatro días necesitó Verónica para poder darse cuenta de los extraordinarios sucesos que le habían ocurrido en media hora. Al cabo de ese tiempo, y cuando ya el recuerdo de los anatemas de su padre no la hacía estremecerse, analizando en todos sus detalles la escena con Antón en la calleja, llegó á sacar en limpio:
Que su vanidad de noble no se resentía ya al considerar la falta de etiqueta cometida por el plebeyo Mazorcas, en el hecho de haberla detenido y requerido de amores á la faz del sol;
Que había hecho muy mal en aturdirse tanto como se aturdió al escuchar las manifestaciones de aquél, y mucho peor en no haberle respondido con un poco de agrado;
Que Antón era un buen mozo, con los ojos así y las narices de tal modo y la boca de cuál otro;
Que todo esto lo había visto ella sin saber cómo, pues juraría que no había mirado una vez siquiera al mozo durante su conversación con él, ni hasta entonces se había parado jamás á considerarle tan al pormenor;
Que al paso que se borraban de su memoria con la mayor facilidad las iracundas expresiones de su padre, las respetuosas y suaves de Antón se le habían grabado en ella á mazo y escoplo;
Que cuanto más examinaba éstas más las quería examinar, y cuanto más quería examinarlas más le latía el corazón y le zumbaban los oídos; y, por último,
Que Antón la había dicho que consistía su felicidad en casarse con ella, lo cual significaba que la quería de veras.
En seguida se atrevió á pensar:
Que casarse con Antón equivalía, porque Antón era muy rico, á vestir y comer todo cuanto apeteciera; á salir de estrecheces y privaciones, á reir como todo el mundo; á ser el ama de una casa llena de ropa nueva y firme, y sobre todo, á dar fomento, expansión y cuerpo á aquel inexplicable sentimiento que por primera vez experimentaba en su vida; aquel rarísimo no sé qué que la hacía encontrar algo en el ruido del follaje, en el curso del agua, en el contacto del aire y en la luz del sol; algo que hasta entonces había pasado en la naturaleza inadvertido para ella;
Que una vida, como la suya hasta allí, consagrada al recuerdo triste, monótono y miserable de su rancia progenie, era una abnegación estúpida y un sacrificio estéril; al paso que compartida con la de un hombre honrado, cariñoso y pudiente, tenía que ser más útil, más placentera y más grata á Dios que se la había dado.
En fin, por pensar en todo, hasta pensó:
Que era una solemne majadería creer que un hombre valía más cuantos más timbres tenía su ejecutoria.
Como se ve, la hija de don Robustiano empezaba, aunque un poco tarde, á pagar su tributo á las leyes de la naturaleza; que Dios no formó á la mujer con el solo destino de vegetar como un helecho.
Aparte de los pensamientos que la hemos descubierto, otros síntomas exteriores mostraban bien á las claras el cambio radical operado en ella en tan breve tiempo. Una mirada viva é insinuante brillaba en sus ojos, antes yertos y apagados; animaba su boca, de ordinario marmórea y mal cerrada, el alegre perfil de la sonrisa, y el color de sus labios y mejillas no era ya el de los fúnebres blandones, sino el de las rosas de Mayo. Tampoco le causaban tedio las faenas domésticas: al contrario, se aficionó de repente al trabajo y se apasionó del aseo y del orden; y siempre en actividad y movimiento, la antigua rigidez de su talle se trocó en agradable y hasta elegante flexibilidad.
Dormía poco y soñaba con Antón; y no bien oía un cantar en la calleja, ya estaba atisbando por las rendijas de las ventanas para ver y oir si la cantaban á ella y si el que cantaba era él... Por de contado que para esto, y hasta para pensar, se ocultaba de su padre, que desde la escena consabida la trataba con la severidad más implacable.
Entre tanto Antón, á quien dejamos más atrás saludando á don Robustiano después de haber declarado su atrevido pensamiento á Verónica, al ver cómo ésta le abandonó á lo mejor, cuando él aguardaba de sus labios una palabra digna del emperejilado discurso que ya conocemos, sintió crecer más y más su entusiasmo por la solariega, y juró que había de llevar adelante la empresa, ó de «finiquitar» en ella.
En consecuencia de sus firmes propósitos... Pero atiendan ustedes, y perdonen, que donde hay hechos están de más los comentarios.
Era una tarde del mes de Agosto.—Pesados, plomizos nubarrones avanzaban casi tocando las cumbres de las altas montañas que limitaban el horizonte de la casa de don Robustiano; las hojas de los castaños que la circundaban no se movían; los vencejos se cernían y revoloteaban sobre el campanario de la aldea, como si jugaran á las cuatro-esquinas; el aire que se respiraba era tibio, el calor, sofocante. De vez en cuando se rasgaban los nubarrones, y una rúbrica de fuego, precursora de un sordo y prolongado trueno, daba fe de que se estaba armando por allá arriba el gran escándalo: los obreros se apresuraban á hacinar en la mies la yerba, segada y seca; el ganado suelto se arrimaba á los bardales de las callejas, y los perros, con las orejas gachas y rabo entre piernas, á un trote menudito tornaban á sus corraladas respectivas á roer un hueso el que había tenido antes la suerte de robarle, ó á lamerse las patas ó echar una siesta los menos afortunados, al amparo de una pértiga ó de un montón de junco seco, mientras pasaba la ya próxima tormenta.
Don Robustiano y Verónica contemplaban estos síntomas con un miedo cerval, y al oir el cuarto trueno cerraron todas las puertas y ventanas de la casa. Siguiendo la costumbre establecida en ella en lances de tal naturaleza, Verónica corrió á buscar el libro del Trisagio y la vela de los truenos—cuya virtud consistía en ser una de las empleadas en alumbrar el Monumento en Semana Santa,—y entregó ambas cosas á su padre. Éste sacó de un haz de pajuelas una á medio quemar, y se dirigió con ella á la cocina, seguido de Verónica, que no se atrevía á estar sola en ninguna parte de la casa. Arrimó con mucho tiento la pajuela á las brasas y después á la vela, y ésta quedó encendida á vueltas de tres estonudos del pobre señor, á cuyas narices llegaba sofocante y nauseabundo el humo del infernal amasijo.
Y porque no se me tache de demasiado minucioso, al llegar aquí, por algún lector impaciente, debo advertir:
1.º. Que don Robustiano había jurado no admitir en su casa, rancia y apegada á los viejos usos, los fósforos de cerilla, ni siquiera los de cartón, por ser uno de los modernos inventos que más caracterizaban el espíritu de la época.
2.º. Que si encendió la pajuela en las brasas y la vela en la pajuela, y no la vela en los tizones directamente, fué porque siendo la llama de éstos más fuerte que la de la pajuela, derretía la cera que se le aproximaba mientras á fuerza de carrillo prendía el pábilo, y la cera costaba cara.
Queda, pues, demostrado que los pormenores consabidos no están á humo de pajas y sin su razón de carácter en el sitio en que los puse. Y ahora prosigo.
Encendida la vela, puso don Robustiano delante de la llama, trémula y escasa, la palma de su mano á guisa de pantalla, y marchó carrejo adelante á paso de procesión, siempre seguido de Verónica, hasta su alcoba, en la que había, como se recordará, una imagen de Santa Bárbara. Hincáronse ante ella padre é hija, después de colocar la vela en un candelero de metal amarillo; abrió don Robustiano el libro de oraciones, y dijo santiguándose:
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
—Amén,—contestó desde la puerta de la alcoba una voz robusta.
—¡Jesús, María y José!—gritaron padre é hija, pensando que algo sobrenatural ocurría allí.
Y cuando se atrevió don Robustiano á mirar hacia atrás, se halló con su vecino Zancajos apretándose los ijares y riendo á más y mejor.
—¡Bárbaro!—rugió colérico el solariego poniéndose de pie.
—¿Qué será esto?—pensó Verónica al ver en su casa y tan inesperadamente al padre de Antón.
—¡Tú sólo eres capaz de eso, animal!—añadió don Robustiano echando espumarajos por la boca.
—¡Ja, ja, ja!—reía cada vez con más ganas el intruso.
—¡¡Toribio!!
—¡Ja, ja, ja!
—¡Zancajos de los demonios! ¿Vienes á provocarme á mi propia casa?... Y ahora que me acuerdo, ¿cómo has entrado en ella, bandido?
—Aprovechando la salida de la obrera ó sirvienta... ó lo que sea esa bruja chismosa que está siempre metida aquí... Llegaba yo con ánimo de visitar á ustedes; ví que se abría la puerta y me colé, porque dije: si dan en no abrir, por más que yo llame no asomo al corral en todo el santo día de Dios.
—En mi casa no entra nadie sin mi permiso.
—Lo sé muy bien, señor don Robustiano.
—Entonces...
—Pero hay casos...
—Acabemos: ¿qué morcilla se te ha roto aquí? ¿Qué tienes que decirme?
—Poco y bueno.
—¿Bueno y tuyo? ¿Y qué haces callado?
—Esperando á que usted me deje hablar... Como se me ha hecho un recibimiento tan suave...
—El que merece un hombre que se introduce como tú en el hogar ajeno.
—¡Ja, ja, ja!
—¿Otra vez, Toribio?
—Perdone usted, don Robustiano, que soy muy tentado de la risa...
—¿Acabas ó no? ¿Qué es lo que tienes que decirme?
—Si doña Verónica nos dispensa el favor de dejarnos solos un instante...
—Mejor será que la dejemos nosotros á ella. Así como así, ya que el diablo te pone á mis alcances, no quiero que te vayas sin llevar las orejas calientes á propósito de cierto asunto. Vente conmigo.
—Adonde usted quiera, don Robustiano.
Toribio Mazorcas se puso en seguimiento del solariego, que le condujo al salón de Ceremonias, cerrando, cuando en él estuvieron, la puerta, á la cual se pegó por fuera Verónica como una lapa, no tanto por el miedo que tenía, como hemos dicho, al quedarse sola durante la tormenta, cuanto por escuchar la conversación por el ojo de la cerradura.
Vestía Zancajos un rico traje obscuro, de corte medio entre el de caballero y el de hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro que salía después sobre el pecho y bajaba en dos grandes ramas á perderse en uno de los bolsillos del chaleco; calzaban sus enormes pies brillantes botas de charol, y llevaba en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro.
Ninguna de estas prendas pasó inadvertida para don Robustiano; antes al contrario, las examinó de reojo una á una y sintió con indignación herirle las pupilas los rayos de tanto lustre, porque los consideró, según costumbre, como un insulto á su descolorida pobreza. Y como en situaciones análogas era cuando más irritada se erguía su vanidad, tomó asiento con aire majestuoso en el sillón de los blasones y dejó delante de él y de pie al rico Mazorcas que, como hombre de buen humor, se reía de aquellas debilidades.
—Habla,—le dijo el solariego ahuecando la voz.
Mas antes que Toribio desplegase los labios, dejóse oir un trueno horrísono que hizo temblar el pavimento.
—¡Santa Bárbara bendita!—exclamó don Robustiano cubriéndose la cara con las manos.
—Que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita en el ara de la Cruz, líbranos. Amén, Jesús;
concluyó Verónica desde su escondrijo, dando diente con diente.
—Esto pasará, don Robustiano,—dijo Mazorcas.
—¡Ya habría pasado si nos hubieras dejado rezar el Trisagio en paz y en gracia de Dios!
—Si es por eso, ya lo estamos rezando, que precisamente me le sé de memoria desde que era tamañico... Y si no, escuche y perdone:
«El trisagio que Isaías escribió con grande celo, le oyó cantar en el cielo á angélicas jerarquías...».
—¡Toribio!... No te burles de las cosas santas, ya que las mundanas te merecen tan poco respeto.
—Yo no me burlo, señor don Robustiano; que, á Dios gracias, soy hombre de mucha fe.
—En fin, alma de Satanás, ¿qué es lo que quieres?
—De hacerlo saber trato... y en pocas palabras.
—Dios lo quiera.
—Yo, don Robustiano, aunque hombre de baja estofa, como ustedes dicen, sin más educación que el dalle y el ariego, supe, á fuerza de sudores y paciencia, ganarme honradamente, en Andalucía, un caudal más que regular.
—Y á mí, ¿qué me importa eso?
—Algo puede importarle.
—Ni tanto como una castaña, menos que un alfiler, para que lo sepas, ¡farsantón!
—No hay que tomar así las cosas, don Robustiano, que yo vengo de paz; en casos como éste es cuando debe hablarse con toda claridad, y lo que dejo apuntado no va en otro concepto. Digo que soy bastante rico, y añado que soy viudo, que pico en viejo y que por aquello de que «el joven puede morir, pero el viejo no puede vivir», y por lo de que «antes va el carnero que el cordero», todos mis haberes han de pasar bien aína á manos del único hijo que tengo.
—Á propósito: ese hijo es un facineroso.
—Creo que está usted equivocado, don Robustiano: Antón es un gran sujeto, nada tonto y muy cariñoso.
—Repito que es un bandido.
—Sostengo que usted le calumnia.
—Me ha inferido un agravio.
—Eso ya es otra cosa; y si fuera cierto, podía usted contar con que el ser mi hijo no le libraría de que yo le virase la jeta de un sopapo. Conque dígame usted cómo le ha agraviado.
—Osando elevar sus ambiciones hasta mi hija.
—Eso no es agravio.
—¡Impío!
—Lo dicho. Y tan no lo tengo por tal, que hablarle á usted de ese asunto es lo único que aquí me trae.
—¡Hola!... Según eso, ¿vienes tú á remachar el clavo?
—¿Quiere usted dejarme acabar de explicarme?
—Sigue, sanculote; acaba, francmasón.
—Agradeciendo, señor don Robustiano. El caso es que tanto yo como mi hijo, ya que los medios lo permiten, nos hemos propuesto dar, en él que es joven, robusto y generoso, base, cimiento y entronque á una familia á la usanza de las ricas del día; queremos que fenezcan la chaqueta y los terrones en mi generación y que de ella en adelante aparezcan otras más lucidas; vamos, que, á ser posible, nazca desde hoy la gente de mi casa con la levita puesta, como el otro que dice.
—Y ¿piensas, ganapán, groserote, que á un señor le hace la levita? ¿Piensas que basta rascarse la boñiga de las manos y echarse un puñado de onzas en el bolsillo y una cadena de oro al cuello, para quedar convertido en un personaje de calidad? Pero, señor, ¡á esta canalla del día, á esta caterva de jacobinos se le figura que hasta la ley de Dios está también al capricho de sus infames ambiciones!
Y al decir esto estalló un trueno aún más fuerte y prolongado que el anterior. Á sus vibraciones temblaron hasta los viejos cuadros de la pared. Don Robustiano se encogió como un ovillo, y el mismo Zancajos no se creyó muy seguro bajo aquellos carcomidos techos.
—¿Lo oyes, Voltaire?... ¡Hasta la cólera divina te amenaza!—exclamó don Robustiano abriendo los ojos después que cesó el trueno.
—Lo que yo oigo—respondió con sorna Toribio,—es que truena, y lo que veo es que esto se tambalea, lo cual lo mismo puede significar una amenaza para mí que un aviso para usted.
—¿Un aviso para mí? revolucionario, ¿para mí? Y ¿por qué?
—Porque esto se va, don Robustiano, y es una lástima que por una vanidad mal entendida se queden ustedes á la luna de Valencia el día de mañana, ó aplastados debajo de un montón de escombros, como sabandijas, que aún será peor.
—¿Qué quieres decir, bandolero?
—Que nosotros, no los impíos como usted cree (y yo se lo perdono), ni los bandoleros, ni los jacobinos, sino los hombres de bien, creyentes y laboriosos, que á fuerza de trabajo hemos hecho una fortuna; que nosotros, repito, somos los llamados á afirmar estos escudos que se caen de rancios, y estos techos minados por la polilla; á hacer producir esos solares yermos y á llenar de ruido y de alegría el hueco de estos salones ahumados, que ya no tienen nada que hacer de por sí desde que feneció la reina Maricastaña.
—¡Jesús... Jesús mil veces!! Y no hay un rayo que... ¡Dios me perdone! Una centella... ¡Ave María purísima!... Pero sigue, sigue, Robespierre; continúa, desollador: quiero ver hasta dónde llega tu sacrílega osadía.
Todo esto lo dijo don Robustiano revolviéndose iracundo en el sillón, castañeteando los dientes y apretando los puños.
Zancajos continuó después de sonreirse:
—Yo, como ya he dicho, tengo mucho dinero.
—¿Otra vez las talegas, fanfarrón? ¿Otra vez me provocas, jandalillo aceitero?
—Digo que tengo mucho caudal.
—¡Y dale!
—Que tengo muchos monises, pero nada más.
—Ya se te conoce.
—Y quisiera, á costa de lo que me sobra, adquirir lo que me falta; quisiera hallar para mi hijo una colocación que no se pareciera en nada á estas mocetonas rústicas de la aldea, ni tampoco á las pisonderas relamidas, damiselas de la ciudad... quisiera, pinto el caso, una solariega pobre...
—¡San Robustiano bendito!
—Una solariega pobre que se hallara dispuesta á apuntalar las fachadas de su palacio con los montones de ochentines ganados en la taberna de Sevilla.
—Te veo, Iscariote.
—Ella sería siempre una señora; descansaría á la sombra y sobre bien mullidos sillones, y dejaría obscuro al sol con las galas que Antón la echara...
—Sigue, sigue...
—Saldría á ver un poco el mundo, si le daba la gana; educaría á sus hijos en el temor de Dios y á la altura de las necesidades del día...
—¡Echa, echa, hijo de una perra!
—Y con tal que quisiera bien á su marido y se creyera muy honrada con él...
—¡Vamos... con franqueza, hombre, pide por esa boca!
—En conclusión, don Robustiano: mi hijo y yo hemos pensado para el caso en doña Verónica, cuya mano vengo á pedirle á usted para Antón.
Verde, amarilla, azul... de veinticinco colores se puso la cara del orgulloso solariego al oir las últimas palabras de Zancajos; y ya se disponía, no sé si á tirarle con un mueble ó á llamar en su auxilio todas las furias del averno, pues de ambas cosas tenía trazas, cuando el salón, que poco á poco había ido quedándose medio á obscuras con la intensidad del nublado, vióse súbitamente iluminado por una luz fatídica y fosforescente: los próximos castaños doblaron rugiendo sus pesadas copas; se abrieron con estrépito las puertas del balcón; estalló en los aires un trueno despatarrado, es decir, según el diccionario montañés, agudo, estridente, como si el cielo fuera una inmensa lona y la rasgasen á estirones desiguales dos gigantes enfurecidos; las nubes se desgajaron, y el huracán, arrollando en su ira potente mares de agua y pedrisco, inundó con ello valles, callejas y tejados... y el del achacoso palacio lanzó un quejido lúgubre, aterrador, como si, rindiéndose á la pesadumbre de los años y al furor de la tempestad, gritase á sus cobijados: «¡Sálvese el que pueda, que yo me hundo!»—Todo esto junto sucedió en brevísimos instantes.
Verónica, que aguardaba con afán la respuesta de su padre á la demanda de Toribio, lanzó un grito; don Robustiano dos, y Zancajos un ¡zambomba! que valió por diez; y acto continuo los tres personajes, atropellándose unos á otros, salieron despavoridos al corral.
Allí, guarecidos de la lluvia bajo la teja-vana, estuvieron largo rato esperando á que se desplomaran los últimos restos de la grandeza de don Robustiano. Qué angustias pasaría este desdichado en aquella situación, durante la cual no se atrevió á abrir los ojos, no hay para qué decirlo. Si el techo se hundía, ¿qué iba á ser de él? ¿adónde iba á parar su pobre, pero altiva independencia?
Pasó media hora, y pasó también el furor de la tormenta. Don Robustiano empezaba á creer que el crujido que les hizo huir del salón no procedía de ninguna lesión grave sufrida por su palacio, y ya se iba serenando su ánimo y hasta se había atrevido á abrir los ojos, cuando, después de mirar y remirar el edificio, exclamó señalando á un punto del tejado:
—¡Qué horror!
—Hace media hora que lo estoy viendo yo—dijo Mazorcas.—¡Y si fuera eso sólo!...
—Pues ¿qué más hay, hijo de Lucifer?
—Mire usted debajo del alero, junto á la puerta del balcón.
—¡Dios de bondad!
Lo que veían don Robustiano y Toribio era una enorme quebradura en la cumbre del tejado y una grieta tremenda en la pared de la fachada principal.
La pobre Verónica lloraba; su padre hacía pucheros. El rico Mazorcas, profundamente conmovido, se atrevió á decirles:
—Ya no deben ustedes pensar en dormir en esta casa; y para remediar el mal en parte, les ofrezco la mía de todo corazón.
—¡Primero la cárcel!—replicó iracundo el fanático solariego.
—Muy mal pensado, don Robustiano: es mucho más cómoda mi casa, donde nada les faltará á ustedes mientras ésta se repara... y pongo también para ello mi dinero á su disposición.
—¡Yo no pido limosna!
—Ni yo se la ofrezco á usted, señor don Robustiano.
—Aún me queda por ahora esa glorieta.
—Es cierto; pero ese garito no tiene desahogo suficiente, ni siquiera el preciso abrigo.
—Y á tí ¿qué te importa?
—Nada, si usted quiere; pero, francamente, me da lástima verle á usted, en una situación como ésta, andarse todavía reparando en pelillos y respirando por esa condenada herida de señorío.
—¿Aún tienes humor para provocarme, carbonero?
—No, señor: lo que tengo es afán de que usted comprenda para in sæcula que por aquella grieta de la pared se ha largado ya la poca grandeza que en casa le quedaba.
—¡Vete tú de ella, corsario! ¡Sal de mi corralada, salteador!
—Sí que me marcho, y sin enfadarme, don Robustiano; y en prueba de ello, otra vez le ofrezco, sin plazo ni réditos, el dinero necesario para reparar los estragos de la tempestad.
—¡Primero la unción que tu dinero!
—¡Bah!... Piénselo usted en calma... y no olvide tampoco mi otra proposición, que usted me dará las gracias algún día... y usted también, doña Verónica.
—Señor padre, dígale su merced que sí,—se atrevió á murmurar la pobre muchacha en tono suplicante, aludiendo, en verdad sea dicho, más á la proposición matrimonial que á la otra.
—¡Un rayo que le parta!—gritó convulso don Robustiano.—¡Dejadme en paz!
—Voy á complacerle á usted. ¡Salud, don Robustiano! Adiós, doña Verónica.
—Vaya usted con Él, don Toribio,—respondió afectuosamente la solariega.
—¡Don... alforjas! ¡don marrano! digo yo, ¡hembra perversa!—exclamó don Robustiano fuera de sí al oir á su hija dar semejante tratamiento á un hombre tan vulgar como Zancajos.
Entre tanto, éste salió del corral entre risueño y apenado: risueño, porque para un carácter como el suyo siempre ofrecían un deleite sabrosísimo las rabietas aristocráticas de don Robustiano; apenado, porque como hombre de buen sentido y excelente corazón, se condolía de la tenacidad del señorón que se sacrificaba lastimosamente, con cuanto le pertenecía, en aras de una mal entendida dignidad, rechazando obstinadamente á la fortuna que llamaba á las puertas de su casa.
IV
Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dió el primero rienda suelta á sus lamentaciones y tomaron mayor cuerpo los sollozos de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo. ¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón que le restaba sólo podía aceptarse como habitación interinamente, y eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien entrase el otoño daría tanto dormir allí como al raso en la llosa más desabrigada.
No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio, cuyo techo podía desplomarse de un momento á otro; y para esto se necesitaba dinero, precisamente lo que á don Robustiano le faltaba; y para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo tendría casa... pero no tendría qué comer; y para tenerlo había que renunciar á las reparaciones, lo cual equivalía á condenarse á vivir á la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.
Todas estas consideraciones, en esta misma forma y en un momento, asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante, se resolvió á habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y él de la antigua morada.
Cuando fué hora de acostarse, don Robustiano renunció á este placer: prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha, dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que á su clase convenían, aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba. Desde luego desechó el recurso de la venta de su escasa hacienda. El de un préstamo le pareció más aceptable. Pero ¿á quién se le proponía? ¿Á Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos, ó ricachos tan ordinarios como él. El señor cura que, como en confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran, necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente, entre todos los prestamistas, el menos indigno de él, pues al fin y al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podría el Ayuntamiento meterse á prestamista? Y si podía, como mero administrador de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él humillarse á concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo, ¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y le vendían lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado, ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te abochornas!» clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el siglo tuviera la culpa de lo que á él le sucedía.—Y en cuanto se calmaba un poco, tornaba á discurrir y volvía á tropezarse con los dos fatales extremos: no comer, ó la humillación de pedir; más claro: el hambre ó el dinero de Zancajos.—«Vea usted,—decía retrocediendo ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le hiriesen el rostro,—vea usted cómo sería muy útil que todos los hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De este modo podríamos hacer frente á ciertas eventualidades y reirnos descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía que nos estima en poco y nos acorrala como á bestias despreciables... Pero en lances como el que á mí me ocurre hoy, ¿tendríamos la abnegación suficiente para confesar á los demás una necesidad tan perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?... ¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor, una limosna á un tabernero soberbio y presuntuoso, ó de reclamar el auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es indudable que yo debía acudir con mis cuitas á las rancias familias del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego tantas sospechas de que no tengan esos señores más lucido pelaje que yo!... También es cierto que no tratamos aquí de que, por llegar, me llenen los bolsillos de monedas... ¡Me guardaría yo muy bien de manifestar á nadie mis apuros de sopetón! Por de pronto, me limitaría á ir tanteando el terreno y preparando las voluntades, y después... después ¡qué diablo! me quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que me mata».
Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo, acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo de un hombre de los suyos. En seguida procedió á formarlos á todos en su memoria y á pasarles la necesaria revista para elegir el más conveniente. Por supuesto que no conocía á ninguno de ellos de trato, ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el resultado de su tarea.—Diez familias habían sido enemigas mortales de la suya, unas por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta y otras por cuestión de carácter; del paradero de otras tantas no tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se habían extinguido por completo, y que algunas estaban reducidas á una vieja solterona ó á un celibato memo. Solamente halló una que no le desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive. Verdad es que desde entonces no habían vuelto á comunicarse directa ni indirectamente, los representantes de ambas; pero esto no era un obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse á lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido. Atúvose, pues, á ello, y se resolvió á encomendar sus amarguras al consejo, á la protección... ó á lo que saliera, de esa familia, única, ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, y que tendría su edad próximamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los Tres-Solares. Decía así:
«Á un Rey hicieron merced Y con Infanta casaron, Y al mismo sol dieran lustre Los que esta casa fundaron».
En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su voluntad, apenas amaneció mandó que cazasen el caballo, que con la pasada tormenta había ido á parar á los quintos infiernos; hizo que después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial que conocemos cabalgó don Robustiano á las diez de la mañana. Atravesó seis callejas, dos sierras y un monte; y á la bajada de él y en medio de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que le anunciara á su amo.
Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio. Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero, en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar á don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.
Entre tanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada de don Robustiano y careciendo de tiempo para ponerse su traje de etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.
—¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega?—le preguntó, apeándose, don Robustiano.
—El honrado soy yo, señor don Robustiano,—contestó don Ramiro doblándose más y más.
Entonces el primero tendió su diestra al segundo, y
—Salvo el guante,—le dijo, aludiendo á uno con que la cubría, viejísimo y bordado con tres filas de lentejuelas por el dorso.
—La acepto y correspondo,—dijo Seis-Regatos apretándosela mucho.
En seguida introdujo á su huésped en casa, mandando al paje á la cocina y disponiendo que se encerrase el caballo en las caballerizas. Nada se habló de almuerzo para el primero ni de pienso para el segundo.
Las piezas que recorrieron los dos solariegos hasta llegar al estrado en que se detuvieron, no merecen el trabajo de una especial mención, porque ninguna de ellas podía echar grandes roncas á las del palacio de don Robustiano. En cuanto al estrado, también corría parejas, en tamaño y conservación, con el salón de Ceremonias que conocemos. Pero no tenía retratos como éste. En su defecto, había un reló de caja, muy antiguo, y un trofeo compuesto de dos sables corvos, una espada de cazoleta, un cuerno de caza y dos cuchillos de monte. Por todo mueblaje, el indispensable sillón de vaqueta, con las armas talladas de la familia, y cuatro sillas de paja en muy mal estado.
Don Robustiano apreció también el valor de todo aquello que, por el sitio que ocupaba, tenía que ser lo mejorcito de la casa, y dedujo que se las había con un personaje tan tronado como él.
Por su parte, don Ramiro había tenido tiempo suficiente para examinar el hábito de su huésped, y se convenció bien pronto de la exactitud de las noticias que tenía acerca de los medios de fortuna de don Robustiano.
Tomaron asiento los dos señorones, y dijo el de casa:
—Ante todo, debo manifestar á usted mi pena por no poderle presentar á mi esposa é hijas, porque están en la Iglesia desde esta mañana.
—¡Te veo!—pensó don Robustiano.—Apostaría una oreja á que están escondidas en algún rincón por falta de vestido con qué presentarse delante de mí como conviene á su clase.—Y en voz alta respondió:—Su señora esposa de usted y sus señoras hijas, todas muy señoras mías, están siempre cumplidas con este humilde servidor, señor don Ramiro.
—Mil gracias en nombre de ellas y en el mío, señor don Robustiano. Y ¿á qué debemos la honra de tan agradable visita?
—La honra es mía, señor don Ramiro; y en cuanto al objeto de mi visita, es pura y simplemente el deseo de conocer personalmente al noble nieto del gran amigo de mi señor abuelo.
—¡Cuánto celebro esa ocurrencia que me proporciona á mí el placer de estrechar su mano y de ofrecerle mi cordial amistad!
—Que yo acepto con todo mi corazón, señor don Ramiro, lamentándome de no haber puesto en ejecución muchos años hace el pensamiento que realizo hoy. Pero usted sabe, por propia experiencia, cómo en los hombres de nuestra condición llegan á hacerse los hábitos una segunda naturaleza. Se aísla uno, se retrae y, metido en su cáscara un día y otro y un mes y un año, ya no acierta á salir de la portalada la vez que se lo propone. Así es que yo, aunque siempre con el afán de estrechar la mano de usted, jamás he podido lograr una ocasión que me pareciese bastante oportuna para ello.
—Lo mismo, poco más ó menos, me ha sucedido á mí con respecto á usted.
—¡Vaya si lo creo!
—Y ¿cómo logró usted hoy vencer tanta pereza?
—Pues le diré á usted, señor don Ramiro: voy siendo ya muy viejo; llevo muchos años de retiro y de devorar en silencio la pena, por no decir despecho, que me causa el desdén y menosprecio con que mira el siglo que corre á los hombres de nuestra procedencia; y me he dicho: «¿será posible que yo me muera sin el placer gratísimo de desahogar mi pecho junto al del hombre en quien se reconcentran todos mis afectos amistosos, sin decirle: he aquí vinculada en este corazón toda la lealtad con que fué adicta á tu familia durante siglos enteros la mía?» Y con tal fe me lo dije, don Ramiro; tan ardiente llegó á ser mi deseo, que en el acto monté á caballo... y aquí me tiene usted.
—Ese rasgo le enaltece á usted, don Robustiano; y, en recíproca, puedo, á Dios gracias, brindar al insigne Tres-Solares con toda la adhesión y sincero cariño de cien generaciones de Seis-Regatos.
—¡Líbreme Dios de ponerlo en duda! Y ¡ojalá que todos los buenos de la Montaña hubiéramos seguido siempre y para todo esta misma conducta entre nosotros! ¡Otro gallo nos cantara hoy!
—¿Usted lo cree así?
—¿No he de creerlo? ¿Acaso usted lo duda?
—No tal; pero...
—No hay pero, don Ramiro. Es á todas luces evidente que una estrecha y cordial inteligencia entre todos los nobles de cada país, nos hubiera dado una fuerza considerable. Lo vulgar, lo nuevo, lo ilustrado, como ahora se dice, nos desecha, nos acoquina: agrupémonos, apoyémonos mutuamente; y de este modo, si no logramos vencer el torrente desbordado, podremos, separándonos de él, vivir en un remanso aparte con nuestros recuerdos, nuestras ideas y nuestros mutuos auxilios. ¿Quién de nosotros está exento de una adversidad, de un golpe de la desgracia? Usted vive hoy tranquilo y descuidado en el seno de su familia, al calor de su hogar; y ya que el siglo no puede arrebatarle derechos y preeminencias que valían pingües maravedís, porque todos se los tiene ya por allá á muy buen recaudo, el tizón de un villano, el rayo de una tempestad le aniquilan el techo venerable de sus mayores. Las rentas son escasas (pongo un ejemplo), suprimidas las obvenciones y privilegios de mejores tiempos; la familia exige atenciones que no se pueden cercenar: ¿con qué se repara el inesperado siniestro? ¿Ha de profanar usted sus timbres de nobleza, ha de injuriar las augustas tradiciones poniéndose á especular como un judío, ó á labrar la tierra como un miserable ganapán? No, seguramente. ¿Ha de aceptar la humillante limosna de un rústico filántropo? Mucho menos. ¿Ha de vender sus blasones por un puñado de oro? ¡Qué horror! El Estado, entre tanto, hace como que no le ve y aparenta que no le necesita: ¿qué partido toma usted en el supuesto infortunio? He aquí dónde está indicada la necesidad de un mutuo auxilio entre todos nosotros.
—Magnífico sería eso, don Robustiano; pero equivaldría á quitarnos uno de los rasgos que más nos han distinguido siempre: el hacernos capaces de esa fraternal unión. Precisamente la discordia ha sido entre las familias de calidad el pecado más común.
—Pecado sublime, pecado magnífico, señor don Ramiro, en los tiempos de nuestra grandeza; porque, teniéndonos en perpetua rivalidad, fructificaba en grandes empresas que redundaban en honra de la clase y lustre de la nación. Pero hoy es distinto: hoy somos pocos, estamos sin fuerzas y nos aqueja un infortunio común. Y pues no podemos vivir como señores, debemos tratar de no morir como esclavos.
—Veo, don Robustiano, que usted no se ha convencido aún de una triste verdad.
—¿De cuál?
—De que ya pasó nuestro tiempo; de que estamos de sobra en el mundo, y es una quimera soñar en alianzas, y menos en restauraciones; de que no hay más remedio que entregarse á discreción...
—¡Cómo! ¿Sería usted capaz de transigir con las tendencias del siglo?
—Hombre, así tan en absoluto...
—Luego ¿transigiría usted en algo?
—Según y conforme.
—Precisemos más el asunto. Supongamos que mañana se presenta en casa de usted un zascandil cualquiera, un tabernerillo rico, como quien dice, y le pide una hija en matrimonio: ¿se la concedería usted?
—Señor don Robustiano, si el rico tabernero fuese honrado... Pero me pone usted un ejemplo de difícil solución, porque como no me he visto en el caso supuesto y no puedo prever las circunstancias en que me hallaría entonces y las que adornarían al tabernero...
—¿Es decir, que me concede usted la posibilidad de admitir en su familia un injerto semejante?
—Perdone usted, don Robustiano, que hasta ahora ni he negado ni he concedido nada sobre el asunto. Mas ya que de ejemplos se trata, suponga usted, por su parte, que yo me muero de hambre; que tengo muchas hijas; que un tabernero rico me pide una; que yo se la niego porque me llamo Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega; que real y efectivamente me muero mañana, y que mi familia, sola y miserable, va extinguiéndose poco á poco entre congojas de hambre y estremecimientos de frío. ¿Qué objeto tienen estos sacrificios, quién me los agradece, quién los recompensa? ¿El mundo? El mundo ó no los ve, ó se ríe de ellos; porque, créalo usted, don Robustiano, risa es lo que inspiran muchos actos que á nosotros nos cuestan lágrimas. ¿La historia? No hemos de merecerle una triste mención. ¿Nuestros antepasados? Dan su descendencia por acabada, pues dos docenas de individualidades arrinconadas, carcomidas y sin prestigio que lucir ni destino que llenar en la tierra, no alcanzan á preocupar ni por un momento los manes venerandos de aquellos ilustres progenitores. ¿Nuestra conciencia? Á mí me dice la mía que cuando las mundanas vanidades no tienen un objeto transcendental é inmediato, es hasta un delito pagarse de ellas.