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Tipos y paisajes

BLASONES Y TALEGAS (continued 2)

Reading edition

—¡Me asombra usted, don Ramiro!... Pero aun admitiendo que el mundo y la historia y nuestras ilustres tradiciones no deban tenerse en nada para nuestra conducta de hoy, esas dos docenas de individualidades, carcomidas como usted dice, ¿no son acreedoras á alguna consideración? Si uno de nosotros, por no sucumbir al rigor de la adversidad, faltara á sus antecedentes, prescindiera del lustre de la clase, ¿qué dirían los demás?

—Ni una palabra.

—¡Cómo!... Usted se chancea.

—Lo dicho, don Robustiano.

—¡Los orgullosos de A.*... por ejemplo!...

—Hace seis años engordan á expensas de un destino de secretario de ayuntamiento que logró el hijo mayor; el segundo recría ganado, y la tercera es la esposa de un maestro de escuela.

—¡Don Ramiro!

—No hay más, don Robustiano. Y ya se conoce bien que se ha pasado usted la vida encerrado en su cáscara, dedicado sólo á rendir culto á sus propios timbres. Á mí también me ha sucedido mucho de eso mismo, créalo usted; pero tengo cuatro hijas: éstas, como mujeres, son curiosas y han podido darse arte para adquirir grandes noticias de los nuestros sin salir de estas cuatro paredes. Creílas yo, como usted, exageradas; traté, á mi modo, de comprobarlas, y bien pronto me convencí de que eran la pura verdad. De entonces data ésta mi manera de pensar que á usted tanto le sorprende. Desde entonces, y á despecho de mi entusiasmo por el lustre y la dignidad de la clase, no sé qué responder á preguntas como la que usted me dirigió á propósito del consabido tabernero.

Don Robustiano se hacía cruces,

—¿Y los encopetados de B.*?

—Han casado la hija mayor con un tratante en carnes.

—¡Horror! ¿Y los de C.*?

—Se han dividido entre los hermanos el mayorazgo, y tiene usted allí de todo: carretero, salta-ferias, vago camorrista...

—¡Es posible! ¿Y los de D.*?...

—Los de D.* han trocado en pajares sus torres almenadas, y en dalles y rastrillas sus blasones: labran la tierra y rascan la boñiga á su ganado. Los de E.* han hecho lo mismo, é igual todos los que han podido hacerlo, y los que no, por falta de propiedades, si tienen hijas aguardan al tabernero consabido que cargue con una de ellas y mantenga á las demás; y si no las tienen, se irían con el moro Muza que les diera de comer.

Don Robustiano se hallaba, oyendo á don Ramiro, como aquél que acaba de despertar y duda si sueña en el acto ó si soñaba antes. Solo, encerrado en su caserón, sin haber cruzado en su vida una palabra con los demás señores nobles del país, creía en ellos y en su augusta dignidad con toda la fe de que era capaz su razón, alimentada, durante el curso de tantos años, á fuerza de quimeras y abstracciones caballerescas: creía en la incorruptibilidad y en la grandeza de sus conmilitones como don Quijote en Amadís de Gaula ó en Tirante el Blanco: los juzgaba á todos por sus propios sentimientos. Por eso las manifestaciones de don Ramiro le hacían tanto efecto cuanto eran inesperadas; y como procedían de un caballero tan cumplido, ni se atrevió por un momento á ponerlas en duda. Aceptó, pues, desde luego la creencia de que había vivido equivocado muchos años y que á la sazón se hallaba solo en la Montaña. Semejante desencanto hizo asomar una lágrima á sus ojos. Pero como no hay mal que por bien no venga, la enjugó en el acto con la idea, no mal fundada, de que la defección de sus cofrades de nobleza le relevaba á él de los escrúpulos que tanto le dificultaban la solución del conflicto en que se hallaba.

Como solariego fanático, le apenaban las palabras de don Ramiro; pero como mortal necesitado, las recibía hasta con deleite. Atúvose á este último efecto como más llevadero; y para hacerle más justificable á sus propios ojos y sacar de él todo el partido posible en obsequio á su situación, buscó en nuevas razones de su interlocutor desapasionado la fuerza de que carecía su propio convencimiento.

—Me deja usted atónito con sus noticias,—dijo á don Ramiro, siguiendo su propósito.

—No lo quedé yo menos cuando las adquirí, don Robustiano.

—Según ellas, don Ramiro, el ejemplo que le puse á usted del solariego á quien le destruye su casa un golpe de la adversidad, toma un color enteramente distinto del que yo le daba.

—Yo lo creo.

—Aceptar un noble el préstamo de un villano cuando todos los demás recursos dignos se han apurado inútilmente y cuando el siniestro es irreparable si el préstamo se rechaza, no es ya para el primero una humillación.

—Todo lo contrario.

—¿Tal le parece á usted?

—Con el convencimiento más sólido.

—Y si ese villano tiene un hijo y solicita para éste á su hija de usted al mismo tiempo que ofrece el préstamo, acceder á sus pretensiones, máxime siendo el hijo honrado, me parece una friolera después que sé que los orgullosos de B.* han admitido en su familia á un tratante en carnes.

—Indudablemente. Y aquí donde usted me ve y nadie nos oye, y hablándole con más franqueza que al principio, le diré sin rebozo que si el tabernero honrado y pudiente de nuestro ejemplo solicitara la mano de una de mis hijas, yo le concediera las dos, y hasta las de sus hermanas si la ley me lo permitiera.

—¿Palabra de honor, don Ramiro?

—Palabra de honor, don Robustiano. Pero veo que usted hace mucho hincapié en estos dos supuestos. ¿Pecaría de indiscreto si le preguntara la razón de ello? ¿Quizá se encuentra usted en el caso de tener que decidir algo en ese sentido?

—¡Qué aprensión, don Ramiro! Nada de eso. Verónica, mi única hija, está muy libre hasta la hora presente de tener que elegir ni entre nobles ni entre villanos; y en cuanto á mi casa... ¡bah! está más firme que una roca... salvo una pequeña avería que ha sufrido y, á Dios gracias, repararé sin el auxilio de nadie... Pero pudiera... en el día de mañana... y es conveniente caminar sobre terreno despejado... porque, en fin, ya usted me entiende.

—¡Mucho que sí!

—¿De manera, don Ramiro, que hemos concluído ya los de la sangre azul?.

—Para in sæcula sæculorum.

—Y, por consiguiente, ¡adiós hidalguía, adiós formalidad, adiós buena fe y adiós nobleza!

—Dicen que nos ha sustituído otra de nuevo cuño: la nobleza de los hechos, la aristocracia de la posición, la del dinero.

—¡Nobleza diabólica, aristocracia infernal!

—Pero que no hay más remedio que aceptar.

—¡Primero el suplicio!

—Recuerde usted, don Robustiano, lo que hemos hablado.

—Tiene usted razón: ¡ya no somos nada, nada podemos, nada valemos!

—Es duro, pero es verdad.

—¡Oh, miserable canalla!

—Despréciela usted como yo... y adelante con la vida... Y para hacerla más llevadera, vamos á tomar las once.

—No se moleste usted, don Ramiro.

—Lo hago con el mayor gusto, don Robustiano.

Don Ramiro salió del estrado, y volvió al poco tiempo trayendo en una bandeja deslustrada dos cortadillos, una botella de vino blanco y hasta media docena de bizcochos de soletilla, muy duros y desportillados.

Mientras los dos solariegos se regodeaban con aromático la Nava, abordaron nuevos asuntos de conversación, que maldito el interés inspiraban ya á don Robustiano después de lo que sabía acerca del que allí le había llevado. Así es que procuró abreviar el diálogo todo lo posible y volverse cuanto antes á su pueblo.

Al despedirse le prometió don Ramiro pagarle la visita.

—No le perdonaría á usted que no me honrase con ella,—le respondió don Robustiano.

Y, sin embargo, determinó al mismo tiempo darle un solo de portalada, como de costumbre; pues por más desprestigiada que estuviera la clase, él no se resignaba todavía á mostrar su casa á nadie, máxime desde el percance del día anterior.

Caminando de vuelta á ella iba don Robustiano torturándose el magín para convencerse á sí propio de la necesidad en que se hallaba de aceptar las ofertas de Toribio, y del ningún desdoro que de ello resultaría para su buen nombre. He aquí sus últimas consideraciones:

—«Si todos han prevaricado, ¿á qué conduciría mi inflexibilidad? ¿Quién podrá ya echarme en cara como un delito el recibir los ochavos de Toribio para reedificar mi casa? ¿Quién podrá tomar por agravio al lustre de la clase el enlace de Verónica con Antón? Nadie... Sin embargo, mi propia sangre, mi propio carácter me increpan esos actos como indignos de mí... Pero á estos señores no debo yo prestarles hoy la misma consideración que en tiempos normales. Estoy á pique de quedarme sin hogar, y para restaurarle no puedo contar con el apoyo de mis semejantes... En una palabra, con pan y techo, en mi posición de anteayer, hubiera muerto inmaculado protestando contra la prevaricación de los míos; pero desertados éstos de su campo natural y legítimo, y en mis circunstancias de hoy, puedo y debo, sin sonrojarme, transigir con mis escrúpulos en obsequio á lo apremiante de la necesidad que me abruma».

Se ve, pues, harto clara la inesperada resolución que adoptó don Robustiano á consecuencia de su visita á don Ramiro. Dígolo porque no se sorprendan ustedes al ver cómo se porta nuestro solariego en los párrafos que siguen.

No bien llegó á casa y comió de prisa, y abrasándose el paladar, la bazofia de todos los días, que Verónica había preparado peor que nunca en un fogón improvisado en la leñera, envió un recado á Toribio previniéndole que pasara á verle en seguida.

Zancajos no se hizo esperar y se presentó en el acto en casa de don Robustiano. Mandó éste á Verónica que los dejara solos en el pabellón, y dijo á Mazorcas tan pronto como su hija le hubo obedecido:

—Toribio, tú debes saber que hay algo en el hombre más fuerte que su propia voluntad...

—Sí, señor, el genio,—contestó Zancajos.

—Precisamente, y por eso ayer estuve contigo un poco más severo de lo que yo hubiera deseado.

Toribio recibió con la mayor sorpresa esta satisfacción del altivo solariego.

—Pues pelillos á la mar, don Robustiano—le contestó con afabilidad.—Apuradamente tengo yo un carácter que se pinta solo para no tomar á pechos ciertos desahogos... Conque no se hable más del asunto, y dígame usted en qué puedo servirle.

—Voy allá. Ya sabes la desgracia ocurrida ayer en mi casa: tú la presenciaste.

—Sí, señor.

—Esa desgracia necesita una reparación inmediata.

—Sí, señor. (¿Adónde irá á parar esto?)

—Yo tengo recursos para llevar á cabo esta reparación... ¡no me lo negarás!

—¡Cá, no, señor!

—Pero esos recursos son raíces, propiedades que rinden intereses, mas con lentitud y parsimonia. ¿No es así?

—Mucho que lo es.

—Por lo tanto, no puedo disponer en el acto de la cantidad necesaria para acometer inmediatamente la obra... ¿eh?

—Cabales.

—Luego, que á cuenta de mis fincas, si no alcanzasen mis rentas, proponga yo á Juan ó á Pedro un anticipo, nada tiene de particular.

—¡Qué ha de tener? Y en prueba de ello, vuelvo hoy á poner á su disposición de usted cuanto dinero necesite para el caso.

—Gracias, Toribio... Y para que veas que correspondo dignamente á tu oferta, la acepto desde luego.

El sagaz ricacho, buscando mientras oía y contestaba á don Robustiano el motivo del rápido cambio verificado en éste, recordó de pronto haberle visto cabalgar por la mañana, y no dudó ya un momento, al escuchar sus últimas palabras, que su viaje había tenido por objeto solicitar de algún otro señorón el favor que á él le desdeñó, y que sus propósitos se habían malogrado. No obstante, lejos de tratar de vengarse agravando la situación aflictiva del mísero don Robustiano, acogió su rasgo de abnegación con la más viva alegría. Verdad es que pensaba utilizar el acontecimiento para sus otros conocidos planes.

—¡Bien, candonga! así me gustan á mí los hombres—dijo al solariego,—francos y descubiertos. Pida usted ahora por esa boca, que de fijo será medida.

—En cuanto á garantías...—añadió don Robustiano con repugnancia, temiendo que Zancajos le exigiese en tal sentido una nueva humillación.

—En cuanto á garantías—respondió Toribio con la expansión de siempre,—una sola me basta, don Robustiano.

—¿Cuál?—dijo éste temblando.

—Que toque usted estos cinco.—Y Mazorcas alargó su mano al solariego.

Éste la vió junto á sí como si viera una culebra; pero sacrificando otra vez sus instintos orgullosos en aras de la necesidad, correspondió á los deseos del jándalo tocándole apenas los cinco robustos dedos de la diestra con los de la suya, fríos, enjutos, largos y afilados, diciendo al mismo tiempo:

—Toco y estimo.

—Ahora va lo grave,—pensó Mazorcas. Y sin estar muy seguro de no encolerizar de nuevo á don Robustiano, le dijo con sumo cuidado:—En cuanto á cantidad, usted la fijará, así como el momento de la entrega. Pero antes de tratar de estos puntos secundarios... quisiera yo recordarle otro que dejamos pendiente ayer.

Nuevo efecto de repugnancia en don Robustiano y nuevo sacrificio de su vanidad solariega.

—En cuanto á este asunto—respondió con visible disgusto,—he resuelto que te entiendas con la persona á quien exclusivamente importa en mi casa. Y llamó á Verónica. Zancajos llegó al colmo de su sorpresa.

—¡Poder de la necesidad!—exclamó para sus adentros.

Al obrar así se proponía don Robustiano salvar con la forma lo humillante que en el fondo, y según su juicio, era para él la consumación del proyecto de Toribio. No asintiendo á él con su palabra, creía menos agraviada su dignidad, que, á pesar de sus recientes convicciones, se le revelaba tan soberbia como siempre.

Cuando entró Verónica y la saludó Toribio, se puso más encarnada que cuando Antón le declaró sus amorosos anhelos. Don Robustiano, mordiéndose los labios y pellizcándose la solapa del casaquín, empezó á dar vueltas por el estrecho recinto en que se hallaban.

—Doña Verónica—dijo Mazorcas desde luego,—á mí me consta que usted conoce las intenciones de mi hijo respective á usted, y me consta igualmente que Antón la quiere á usted mucho más que el domingo pasado, ¡y eso que entonces la quería bien! Con estos antecedentes tuve ayer la honra de pedir al señor don Robustiano la mano de usted para mi dicho hijo Antón. Un suceso que usted no habrá olvidado fué la causa de que mi memorial se quedara por entonces sin respuesta; pero hoy han variado las cosas, á Dios gracias, y su señor padre me responde que deja al cuidado y á la discreción de usted el asunto. ¿No es así, señor don Robustiano?

—Sí,—contestó éste refunfuñando y volviéndoles la espalda.

La sorpresa de Verónica al conocer el cambio operado en la voluntad de su padre, fué aún mayor que la de Toribio poco antes.

—Conque usted dirá,—añadió éste aproximándose más á la atortolada muchacha. Pero Verónica no daba lumbres. Se pellizcaba las uñas, se mordía el labio inferior, se balanceaba sobre un pie... y nada más. Por fin, al cabo de un rato y tras de varias excitaciones de Toribio,

—Si mi señor padre es gustoso...—dijo convulsa y mirando de reojo á don Robustiano.

El solariego por toda respuesta dió otro gruñido y aceleró más sus paseos.

—Dice que sí,—gritó Toribio interpretando á su gusto el confuso monosílabo.

—Pues entonces... yo también,—añadió Verónica sudando de vergüenza.

Don Robustiano al oirlo rugió como una pantera; mas trató de refrenar su coraje.

—¡Ea!—exclamó Toribio entonces lleno de júbilo;—esto es cosa hecha. Vuelvo á mi casa á dar la noticia al borregote de Antón, que la recibirá como una bendición de Dios, y... Pero antes, vengamos á cuentas. La obra de esta casa corre prisa, tanto que yo la empezaría mañana. Ustedes no pueden vivir aquí con el jaleo que se va á armar; y puesto que somos unos...

—¡Todavía no!—gritó don Robustiano en las últimas agonías, como si dijéramos, de su vanidad.

—Quiero decir—repuso Mazorcas,—que lo seremos, y en esta inteligencia, espero que ya no rehusarán mi casa.

—¡Decente estaría eso!—refunfuñó don Robustiano.—¿No te parece? ¡Después de lo que habéis arreglado, ir á meterse ésa allí!...

—Hay un buen remedio—observó Zancajos:—anticipemos el belén. ¿No es verdad, doña Verónica? ¿No es cierto, don Robustiano?

Excusado es decir que la primera asintió de buena gana á la proposición. En cuanto al segundo, estaba resuelto á no hablar del negocio y se calló como un muerto; digo mal, como un lobo acorralado.

Pero Zancajos se pintaba solo para descifrar gruñidos y refunfuños, y ajustando los de don Robustiano á su deseo, declaró «el belén» anticipado y acordó, en nombre de los demás, que tendría lugar tan pronto como se despachasen todas las zarandajas indispensables.

—Otra cosa—añadió:—usted, señor don Robustiano, no es tan á propósito como yo para lidiar con el laberinto que se va á revolver aquí desde mañana al comenzar la obra. Si usted me lo permite, me encargaré yo de ella.

—¡Eso más!—dijo don Robustiano con honda amargura, pensando que ni sobre los viejos morrillos de su casa podía disponer ya.

—Creo que usted no me ha comprendido bien—dijo Toribio adivinando la intención de las palabras de don Robustiano:—usted recibirá de mí la cantidad que guste; usted dirigirá la obra y pagará obreros y materiales, y hará en todo su voluntad: lo que yo quería para mí era, como si dijéramos, el cargo de sobrestante, porque, desengáñese usted, conozco mucho á la gente menuda y sé, como nadie, hacerla andar en un pie. Todo esto, don Robustiano, con el fin de adelantar la obra y conseguir que no nos den en ella gato por liebre. Además, creo que se puede sacar un gran partido de esta casa dando á la compostura cierta dirección... vamos, como yo se la daría.

Don Robustiano no halló del todo descabellada la pretensión de Toribio; y como al fin era la menor de las tres humillaciones que llevaba aceptadas en el día, accedió á ella sin gran dificultad.

Zancajos se despidió en seguida y corrió, como había dicho, á llevar á Antón la feliz nueva.

Verónica se quedó en éxtasis, saboreando, sin acabar de comprenderla, su inesperada felicidad.

Don Robustiano, entre tanto, creía ver incrustados en el techo los rostros de sus antepasados que le miraban iracundos fulminando sobre él una tempestad de maldiciones. «¡Caín solariego!»—pensó que le gritaban;—«¿qué has hecho del lustre de tu familia?» Y dominado por esta pesadilla, corría febril por la estancia y sudaba gotas de hiel. Al cabo se rindió á la fuerza de su misma excitación, y al desplomarse desfallecido en el sitial blasonado, dirigió al cielo, desde el fondo de su acongojado corazón, esta plegaria:

—Dios de justicia: si obré con mengua, haz que caiga toda sobre el siglo que me abandona, ¡no sobre mis timbres preclaros! ¡no sobre mí, que sucumbo al rigor del infortunio!

V

Quince días después de estos sucesos, el pueblo en que ocurrieron era teatro de otros de muy distinta naturaleza.

Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de rosas y tomillo; las seis mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que calentaba á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían chuparse la lengua á toda la vecindad. En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisaban en grandes trozos seis terneras; improvisábase en el centro una fuente de vino tinto, y se armaba una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros, sacando á sus roncos instrumentos los más alegres aires que dar podían; volteábanse las campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes; las mozas adornaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le faltaba para concluir un epitalamio.

Toribio Mazorcas, resplandeciente de oro y charol, iba de la cocina al corral, del corral á la bodega, de la bodega á la fuente, de la fuente á la solana, y daba aquí una orden, allá un coquetazo, en el otro un pellizco, y en todas partes reía y alborotaba.

Antón, atortolado y tembloroso, se vestía en su cuarto, con el esmero de una coqueta, un traje tan rico como flamante, y se miraba al espejo, y se atusaba los rizos, y daba el suspiro que temblaban los cristales de la ventana.

Verónica hacía casi lo mismo en su angosto nicho del solariego pabellón, y hasta las lágrimas se le caían de gusto al ajustar á su talle un precioso vestido de seda y colocar sobre su cabeza delicada guirnalda de flores como los ampos de la nieve; miraba con infantil complacencia los tornasoles de su falda y las ondulaciones de la cadena de oro que le pendía del cuello, y lo pulido de sus zapatos de raso azul... y todo el montón de galas que el rumbo de Zancajos había hecho que le preparasen en Santander en poco más de una semana.

Don Robustiano, no sé si por respeto al pudor de su hija ó por tirria á sus lujosos atavíos, había abandonado el pabellón y recorría meditabundo las ruinas de su palacio.

Y á propósito: no quedaban de éste más que las cuatro paredes, y no completas, pues en la agrietada se había cortado por lo sano, lo cual es tanto como decir que le faltaba la mitad. El tejado, el desván, el piso principal... todo había venido al suelo en pocos días, pues Zancajos se había propuesto hacer una gorda, y esta pieza porque falseaba por el tillado y aquélla por la pared, todas las demolió, contra la intención de don Robustiano, que hubiera querido conservarlas en su primitivo estado, á serle posible. El corral y la castañera estaban llenos de caballetes de aserrar y de montones de argamasa y de sillares á medio pulir, distinguiéndose en el portal y en grupo aparte todos los que contenían escudos de armas, pues éstos se guardaban como oro en paño para ser colocados, á su tiempo, en los lugares que siempre ocuparon en el edificio. En el día á que nos estamos refiriendo, la turba de operarios que allí trabajaba había suspendido sus tareas en atención á la fiesta.

Todo lo que de ella llevamos dicho pasaba cuando aún el sol apenas alcanzaba á dorar la cruz del campanario de la iglesia.

Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral de Toribio y se dirigió á la portalada vecina. Componíase aquélla de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba allí esta señora); detrás de la danza formaban doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo á las cantadoras, un sinnúmero de mozas y mozos de lo más florido del lugar. Las inmediaciones de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, y á su compás piafaban, graves como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:

—De los novios de estas tierras aquí va la flor y nata.

Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:

—Válgale el Señor San Roque[9], Nuestra Señora le valga.

Luego las doce:

—De los novios de estas tierras aquí va la flor y nata. Válgale el Señor San Roque, Nuestra Señora le valga.

Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la comparsa á la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron y callaron todos por un instante. En seguida los mozos de la comitiva echaron una relinchada; pero tan firme, que llegó á los montes vecinos y aun quedó una gran parte para volver de rechazo hasta el punto de partida en ecos muy perceptibles. Acto continuo las de las panderetas, mientras Zancajos daba tres manotadas en los herrados portones, cantaron esta nueva estrofa:

—Sol devino de estos valles, deja el escuro retiro, que á tu puerta está el lucero que va á casarse contigo.

Momentos después se abrió la portalada y aparecieron don Robustiano y Verónica: el primero pálido y con gesto de hiel y vinagre; la segunda trémula y ruborosa; aquél con su raído traje de etiqueta; ésta con las ricas flamantes galas de novia.

Zancajos, Antón y la alcaldesa se adelantaron á recibirlos, y como los cinco no cabían bien debajo de los arcos, se determinó que solamente ocuparan tan honorífico puesto los dos señores. Esta honorífica distinción no dejó de halagar la vanidad del solariego, que entró bajo los arcos dando la mano á su hija con aire majestuoso y ciertos asomos de desdén, como si aquello y mucho más se mereciera.

Las mozas se relamían al contemplar el lujo de Verónica; y más de cuatro de ellas, considerando que se había llevado el gran acomodo del pueblo, la miraban de bien mala voluntad.

Colocados así los solariegos, y á su lado, aunque fuera de los arcos, Toribio, su hijo y la alcaldesa, se puso en marcha la comitiva entre los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las gaitas, las coplas de las cantadoras, el estallido de los cohetes y el toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán estaba encaramado en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de solemnizar á volteo limpio cualquier movimiento que notase entre la gente de la boda.

Cuando ésta llegó al portal de la Iglesia, salieron á recibirla el señor cura, el alcalde con una comisión del ayuntamiento, el maestro y los chicos de la escuela.

El primero, hombre prudente, se limitó á saludar á cada uno de los cuatro principales personajes del alegre y pintoresco grupo.

El alcalde, labrador pudiente, rapado á navaja en cuanto no fuese mejorar terrenos y amillarar riquezas imponibles, que en esto era capaz de marear al más lince; pero con presunciones de servir para todo por lo mismo que á saber ser alcalde nadie le echaba la pata, hallando sin aquél lo que hizo el señor cura por todo «homenaje» á los novios, se propuso darle una lección en tan solemnes momentos y mostrar al pueblo entero lo que él sabía hacer por lo fino cuando el caso lo requería. Al efecto, se afirmó bien sobre los pies, braceó tres veces, escupió cuatro, levantó la cabeza, medio cerró los ojos, y encarándose con los novios, dijo muy recio:

—¡Oh devinos misterios!... ¿Qué miro? ¿qué arreparo? ¿son fantesías de mis ojos? No, que seis vusotros que venéis; vusotros lo más runflante de mis... vasallos, á uncirvos... para sinfinito... en la santa... metripolitana parroquial... Yo, y la comisión del monicipio que aquí de cuerpo presente eisiste, vos... vos... inciensamos... vos requerimos y ensalzamos para que sea enhorabuena y por la gloria que vos deseo. Tal digo con esta fecha.

Y no dijo más el alcalde; pero miró en derredor de sí con aire de conquistador. Los concejales que le acompañaban añadieron unísonos estas lacónicas palabras, haciendo al propio tiempo una reverencia:

—La comisión otorga.

El maestro se limitó por de pronto á plegarse en dos mitades, sin decir una sola palabra; pero en seguida giró rápido sobre los talones, y vuelto hacia sus chicos, les gritó alzando los brazos:

—¡Á una!

Y los granujas comenzaron á cantar un himno compuesto por el pedagogo, formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas que terminaban á la puerta de la Iglesia.

Pasó la comitiva por en medio de ellas y entró en el templo. Don Robustiano fué á ocupar el sitial que á la sazón estaba cubierto con la mejor colcha de Toribio. Éste, como padrino; su hijo, Verónica, y la alcaldesa como madrina, se hincaron en las gradas del altar mayor. Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para tocar la misa, éste para echar la epístola y dirigir á los demás cantores.

Pasaré por alto los detalles de la ceremonia religiosa, pues, mutatis mutandis, fueron los que conoce todo fiel cristiano, como sin duda lo es el lector. Solamente haré notar que hubo tiros de escopeta y cohetes á la puerta, en el momento de la Consagración; que los novios, cuando fué ocasión de leerles la epístola de San Pablo, se trasladaron al sitial para oirla desde allí, como si de este modo se le diera más solemne posesión del privilegiado asiento al hijo de Mazorcas; que don Robustiano, aunque vió esta intrusión con amargo despecho, ya no sabía qué cara poner en fuerza de lo que, por otra parte, le halagaba la pompa desplegada en obsequio de su hija; y por último, que Toribio reía y lloraba á la vez, y no pudiendo contenerse, abrazó á su consuegro, y á Verónica, y á Antón, y á la alcaldesa, y estuvo en un tris que no abrazase también al señor cura.

Cuando se dió por terminada la ceremonia, y después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió á formar la comitiva á la puerta de la Iglesia y se puso en marcha conforme había venido, con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de tarines y aun de medias pesetas á la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los danzantes, los gaiteros y las cantadoras á recoger tal cual moneda descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas informalidades, que para todos habría luego.

Una hora después que la boda llegó á casa del rico jándalo, la fiesta tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos, los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala principal.—Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presentó allí, se posesionaron del corral, donde había, para el que menos, abundante ración de guisado, pan y vino... y arroz con leche.

El señor cura, como hombre previsor y cuerdo, se retiró muy pronto de la mesa, dejando á los convidados en completa libertad, después de haber brindado por la felicidad de los novios, á quienes dedicó muchos y sabios consejos. La presidencia que dejó vacante este buen señor fué ocupada por don Robustiano, que la aceptó con su característica gravedad. Pero toda ella no fué bastante á mantener en orden á las buenas gentes que le rodeaban. Rió, gritó y echó bombas Toribio; cantó el sacristán; largó tres discursos el alcalde; batió palmas la alcaldesa; otorgaron tres veces los concejales, y el maestro, creyendo llegada la ocasión, después de pedir la venia á la cabecera de la mesa, leyó la composición que tantos sudores le había costado y decía así:

«Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme á reglas; discurrida por Canuto Prosodia, maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada á la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre Doña Verónica Tres-Solares y su excelso consorte, Don Antonio Mazorcas (vulgo Antón, por apócope), hoy día de sus nupcias ó esponsales, 1.° de septiembre del año corriente de gracia.

Salgan á luz los astros naturales Y las estrellas, Y cante la rajuca en los bardales Y las miruellas; Que doña Verónica, pues, con don Antonio, En este día, Ya las nupcias contrajo, ó matrimonio, Con sinfonía.— Que el cielo les derrame bendiciones Es mi deseo, Y que tengan los hijos á montones. Amén.—Laus Deo.»

Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba medio pueblo despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una maravilla. Dos carrales, ó pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y á las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque se estaba apagando ya. De arroz con leche iban á la misma hora siete calderadas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una pata.

Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos á darle á las cigüeñas de las gaitas. Esto y media docena de cohetes lanzados al aire, fué la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar á la cucaña y del baile general.

Lanzáronse á ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza arriba ó como su hartura y sus mareos se lo permitían, diéronse á relinchar y á victorear á los novios. Éstos, con una parte de los convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo contrario, quedáronse donde estaban apurando unas botellas de Jerez con el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se empeñó en ir á echar un repique musical que sabía para las grandes ocasiones; pero no vió logrados sus deseos, porque al ir á empuñar los badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió el poco aplomo que le quedaba, y contó uno á uno con la cabeza y las costillas todos los escalones del campanario.

Entre tanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dió la gente en pedir á gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más bilis que chuletas durante la comida, al verse precisado á alternar allí con semejante canalla y sintiendo colmada la medida de su paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el sombrero y se largó á su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que alcanzaran á detenerle.

—De todas maneras—dijo á Zancajos,—yo no había de dormir aquí...

—¡Cómo que no? ¡Y yo que le tenía á usted preparada la mejor habitación de mi casa!

—Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie, no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al brindarme con tu casa y al dedicar á mi hija el fausto que la dedicas hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter. Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y á Dios te queda.

No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes más obscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas. Protestó contra tamaña debilidad; mas le fué inútil el recurso, porque entonces vertieron sus ojos mares de llanto, y su pecho oprimido estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en la cuenta de que había en su naturaleza algo más que un sentimiento de admiración á su linaje. Treinta años pasados junto á Verónica no habían bastado á dárselo á conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba. El orgulloso y fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes supremos que la ausencia de su hija angustiaba más á su alma que la pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido á creerlo. Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando en ellas fuerza bastante para resistir por entonces los impulsos del corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de aquel recinto, antes que ir al ajeno á buscar el consuelo que tanto necesitaba.

No obstante, su llanto no fué estéril: la cuerda más sensible de aquella alma había vibrado ya, y sus ecos misteriosos hallaron pronto y cariñoso refugio en el corazón.

Cuando la humana naturaleza sufre tales sacudidas, el tiempo sólo basta ya para conducir el vacilante espíritu al término que anhela, al centro que necesita.

Nada dijo Mazorcas á Verónica de la retirada de su padre; por el contrario, y con el fin de no turbar la alegría de la recién casada en un momento tan crítico, al notar aquélla la ausencia de don Robustiano, la hizo creer que éste se había recogido á descansar en la habitación que se le tenía allí preparada.

Siguió, pues, la boda tan animada como al principio; y llegó la noche, y se encendieron hogueras en el corral, y continuó la gente danzando y riendo hasta cerca de las diez. Entonces dió Toribio espita á un barril de exquisito aguardiente, y con esta sosiega despidió á la muchedumbre, que bien necesitaba ya el reposo de la cama. Hubo cantares y música otra vez, pero con una desafinación insoportable; vivas y plácemes á los novios, á don Robustiano y á Toribio; despertaron los concejales, el maestro y comparsa, que roncaban sobre la mesa de la sala; desalojóse ésta, quedó el corral desierto, recogióse lo que se pudo de la cacharrería y demás zarandajas del festín de abajo, fuéronse las guisanderas, volvió á reinar el orden y el silencio en casa del rico jándalo, retiróse éste discretamente, y...

El que quiera saber más que vaya á Salamanca; pues yo hago aquí punto y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes acontecimientos de aquel día de imperecedera memoria entre los vecinos del consabido pueblo, de cuyo nombre, vuelvo á repetirlo, no quiero ni debo acordarme.

VI

Al llegar aquí y á punto de dar fin á la presente historia, necesito que el lector suponga que han pasado ocho años desde los sucesos que dejo referidos. Hecha esta suposición, vuelva los ojos hacia las personas y las cosas de que venimos tratando, y mucha será su penetración si al primer vistazo las conoce.

El palacio es ya digno de tan pomposo nombre por fuera, por dentro, por arriba y por abajo.

El solar se ha convertido en huerta de ricas y variadas frutas y en ameno y delicioso jardín, y ya no le cierra la pared apuntalada y cubierta de malezas, sino un sólido muro que, á la vez que de resguardo á lo cercado, sirve de base á una elegante verja que permite al transeúnte recrear la vista con lo que está vedado á su mano.

La cintura de castaños es un hermoso parque bordado de caprichosos senderos y macizos de flores y tupido de césped.

La antigua media torre almenada es un anchísimo mirador de cristales; la glorieta una sala de verano; la teja-vana de enfrente, mitad invernáculo, mitad pajarera, y así todo lo demás; porque Toribio se había propuesto, como dijimos, hacer una gorda, y lo cumplió transformando el antiguo caserón solariego en una morada provista de cuantas comodidades pudiera exigir en el campo el gusto más exquisito.

¡Pues dígole á usted los moradores del improvisado Edén!

Antón es un señor bastante grueso que se pasa el día corriendo de hacienda en hacienda, aquí dirigiendo la siega, allá inspeccionando la cabaña, más allá la poda de un monte, en el otro lado la construcción de una nueva casa de labranza, aquí riñendo á un colono holgazán, allí remunerando la laboriosidad de otro, etc., etc. Siempre va tarde á comer á casa, por más que se propone lo contrario, pero nunca de mal humor; y el mayor desahogo que se permite, al desplomarse rendido en un sillón mientras se enfría un poco la sopa, es un par de resoplidos al aire y otro de besos en cada mejilla á dos chiquitines, rubios como el oro, rollizos y frescos como unas mantecas y sanos como corales, que le acometen apenas se sienta, y trepan sobre sus rodillas, y le sueltan el chaleco, y le aprietan la garganta, y se le encaraman en los hombros, y le aturden y le embriagan á embestidas, abrazos y pisotones.

Verónica es una matrona ágil y risueña que se mira en los ojos de Antón. Tiene sobre sí el peso de la dirección interior de la casa, y después de atender, como ella lo hace, con afanoso deleite á tan sagradas ocupaciones, apenas le queda una hora que consagrar á su mayor delicia: ver á sus dos hechiceros diablillos correr por el jardín ó por la castañera. No ha querido salir un instante fuera de los términos del pueblo, como Toribio deseaba, para que conociera un poco el mundo. Para ella el mundo es aquel rincón donde ha nacido, donde están sus hijos, Antón y cuantas personas y objetos le son caros.

El único pesar que le aqueja es la consideración de que algún día, y no lejano, tendrá que separarse de sus pimpollos para darles una educación que allí no pueden recibir, si su padre y sus abuelos no se resuelven, como ella desea y ellos no quieren, á que sean unos señores labradores, como lo es su padre.

Toribio, un poco más cano y caído de voz que antes, es el mismo de siempre: risueño, bromista y cariñoso. Tan pronto como conoció que su hijo era tan capaz como él para dirigir el belén de sus propiedades, encomendóselas con la mejor gana y se consagró pura y exclusivamente á saborear los goces de la familia, para lo cual contaba con un corazón de perlas.

Don Robustiano pasó la pena negra durante los ocho meses que necesitó la mágica dirección de Toribio para terminar las obras del palacio. Su corazón de padre le aconsejaba todos los días que fuese á ocupar la cómoda habitación que el rumboso jándalo le preparó en su casa; pero su tesón característico, sus resabios aristocráticos se lo impedían. Por eso, no bien se dió al edificio solariego el último brochazo de pintura, brindó con la flamante morada á toda la familia de su hija. Y brindar en tales términos equivalía en don Robustiano á decir: «Necesito que vengáis á vivir conmigo; quiero morir en vuestra compañía». La verdad era que al pobre viejo le mataba la soledad, y hasta le pesó más de una vez, durante aquellos meses de angustia, haber nacido tan noble, y ya que lo era, haber alardeado siempre de serlo, porque la repugnancia á contradecirse, á tener que tragarse las tempestades que había soltado contra la canalla plebeya, y especialmente contra Toribio, era ya lo único que le impedía aceptar la hospitalidad de éste. Por el contrario, acogerle á él bajo el techo solariego transcendía á merced de parte de don Robustiano, y esto ya daba muy distinto color al asunto.

De este modo vieron satisfechos sus más vivos anhelos todos los personajes de nuestra historia al cobijarse juntos dentro del antiguo palacio: don Robustiano, porque, como se ha visto, languidecía en la soledad; Verónica, porque, conociéndolo, padecía mucho lejos de su padre, y Toribio y Antón, por ver contenta á Verónica y por acabar de una vez de formar en todos conceptos parte de la ilustre familia. Con tan favorables antecedentes, no era aventurado pronosticar la más completa armonía entre los nuevos moradores del restaurado palacio.

Ya hemos visto qué pelaje tan en consonancia con este pronóstico muestran ocho años después Verónica, Antón y Toribio.

En cuanto á don Robustiano, ¡asómbrese y santígüese el lector! ha engordado, se ríe con los chistes de Zancajos, le coloca junto á sí en el sitial de la Iglesia, pasea con él y le da con frecuencia palmaditas en el hombro; departe con Antón, le excita á que no vista chaqueta ni aun para andar en casa; va con él muchas veces á visitar las labranzas... y le quiere entrañablemente. ¿Cabe mayor transformación de carácter? ¿Y cómo había de suceder otra cosa? Don Robustiano es el primero en su casa para todo. Preside la mesa; guía el rosario; á él se le pide el dinero para los gastos domésticos; su menor capricho se respeta como una orden; se le cede el mejor asiento cuando vuelve de pasear; los criados le saludan desde media legua; el gabinete más soleado, más ancho y mejor amueblado es el suyo; Toribio le ha suscrito á un periódico de sus ideas... y todas éstas y otras infinitas atenciones se le consagran por la familia espontáneamente, sin que él necesite apuntar la insinuación más vaga. Por si no fueran bastantes estos motivos de satisfacción, los dos ángeles de Verónica no le dejan sosegar un momento y le hacen correr con ellos, y contarles cuentos, y jugar al escondite... y le comen á besos, que es, entre todas las delicias de que se ve rodeado, la que más consuela y rejuvenece el alma del honrado viejo.

Largas y acaloradas discusiones sostiene con la familia á propósito del porvenir de las dos hermosas criaturas. Él quiere que sean jurisconsultos; Antón que ingenieros; Toribio que generales, y emperadores si es necesario; Verónica... que no se los lleven nunca de su lado.

—En todas las profesiones, artes y oficios—concluye siempre el solariego,—cabe lo que más debe ambicionar un padre para su hijo: que sea hombre de bien, y estos niños tienen ya mucho adelantado para serlo como el que más: el no necesitar ocuparse en el modo de adquirir el pan de cada día; tarea peligrosa en la cual se tuercen, al rigor de la necesidad, muchas conciencias de suyo rectas y delicadas, y desmayan no pocos espíritus denodados. Otra ventaja tienen aún de inmensa utilidad, si saben aprovecharla en cuanto vale; un gran libro en que aprender, un ejemplo vivo que imitar: su abuelo Toribio... Sí, amigo mío: tú, mal que pese á tu modestia, sin argumentos pomposos, sin ruidosa palabrería, pero con hechos muy elocuentes, has sido capaz de hacerme comprender, y ahora me deleito en confesarlo, que existe una nobleza más ilustre, más grande, más veneranda que la de la sangre, que la de los pergaminos: la nobleza del corazón.

Después de oir tan claras, tan ingenuas manifestaciones de boca de don Robustiano, y después de contemplar el cuadro de su familia, que acabo de describir rápidamente, ¿qué me resta que decir á mí? Nada, benévolo lector. Hazte, pues, la cuenta, y no te equivocas, de que he concluído; perdona las faltas, y si eres montañés y montañés fidalgo, refrena tu suspicacia y otórgame la justicia de creer que al hablar de don Robustiano y de don Ramiro y de la caterva de solariegos que éstos evocan en su diálogo, así me acordé de tu padre ó de tu abuelo, como del emperador de la China.

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NOTAS:

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