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Tierras Solares, Obras Completas Vol. III

GIBRALTAR

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GIBRALTAR
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Illustration from Tierras Solares Obras Completas Vol. III

I

Illustration from Tierras Solares Obras Completas Vol. III

Desde que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar. Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma nacionalidad, que me conduce al Peñón.

Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias.

—¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga tocar y cantar.

La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal. Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de fuego que alborotará la mano de la guerra.

—¿Qué le parece, Paquito?

Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta, junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que siente el corazón popular.

España fué la nación que más lauros conquistó; por la tierra y por el mar extendió su autoridad; al grito sacrosanto de Castilla y de León, clavaba en lo más alto su glorioso pabellón. Tiempo feliz que de fijo para siempre ya pasó. Al comparar la antigua situación con la actual, causa pena y dolor. De ira y de vergüenza deberíamos llorar al contemplar, y es la verdad, que nuestra dignidad manchada está desde que vió ondear la bandera inglesa en el Peñón de Gibraltar. Qué vergüenza da, que vergüenza da, y es la verdad. Aunque el mundo sabe que ese invencible Peñón hoy es inglés por una traición. Porque jamás pudo vencer el pueblo inglés al español, y en lucha igual, franca y leal, el Aguila se humilla ante el León. Pero ha de llegar el día en que volvamos nuestro Peñón a recobrar y ese día cerca está, y subiendo a lo más alto, y allí gritando ¡viva España! nuestro glorioso pabellón clavar.

¡Alas poor, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas—, on the waves.

El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel. Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme aquí en un hotel carísimo—parece que no hay de otros en la ciudad—y luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.

Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos están expuestos con los precios escritos en inglés y en español. Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa, correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros, y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock, junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli, todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas.

Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto—una española, otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno—; más allá de los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes, amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por consecuencia de una liga continental.

Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón. Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White, todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle, concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.

Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans, es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr. Fox—sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.—«¿Y la guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»—«No sabe nadie lo que puede pasar. Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.

En un solo día he visto pasar un hermoso crucero francés, tres barcos de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes. Se espera pronto a la escuadra nacional. Además, el King Alfred y el Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de días, la visita del emperador de Alemania.

Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club Ladysmith que da bailes de máscaras en sus salones, situados en el Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por su parte, predica el bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con máximas evangélicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Señor, son pocos como los temperantes de tal o cual asociación. Prefieren entre el hunting y el tennis, unas salidas gratas por el lado de la Línea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas y el consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aquí, en la ciudad armada, está el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company, en que hay una «star» que se llama mademoiselle Vanmeeren.—«¡Soberbio, Mr. Fox!—¡I think so, Mr. Darío, The Channel Fleet will thus find ample amusement for their evenings on shore!»

Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa de España, donde Tarifa semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan.

—¡Allo, Mr. Darío!

—¡Allo, Mr. Fox!

—¿Una taza de té?

Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar de cacerías y otros sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma parte activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes.

Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan en convencerme de que los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses sí. Los ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesía de Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas, confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japonés, y no soy simpático cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así, llegamos a tratar de la cuestión anglo-española, la eterna cuestión de Gibraltar.

—Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar por una traición. Y a los japoneses se les acusa de traidores por causa del golpe por sorpresa que inició la guerra actual. ¿Qué guerra no es, en realidad, traidora? ¿Y qué cosa es traición, cuando se trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner excelentes y modernísimas fortificaciones en el Fraile, en La Leña, en Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho, confiese usted que serían unos tontos. Puesto que usted ha leído al filósofo alemán de «Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar en mayores disertaciones. Además el tiempo es oro.

Miss Fox pone un poquito más de brandy en mi té.

Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzándose en el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de presentación para un rico árabe, que reside en Tánger, y llevo además otra, del amable cónsul argentino en Málaga, para el administrador español de correos en la ciudad blanca.

II

En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las jiras sportivas. Ha sido un fox hunting de lo más ameno y variado, después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios—, uno de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans, por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en caballos veloces; magnífica jauría;

Van perros de fina raza, Cornetas de monte, en fin, Cuanto exige Moratín, En su poema La Caza.

como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He aquí esa muestra del humor britanocalpense:

Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.» Oh where and oh where can he be? There's no one to keep these bold «thrusters» in check No signs of E. M. can we see. We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball) And gossiped and «coffe-housed» there, And drinks (though the need of Dutch courage is small) While violets decket each dame there. Chorus.—And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.» His smile beaming broadly and bland As fietd money tickets he swift did collect By scores were they thrust in his hand.

Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne. Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón, como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su vista abarca.

Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el mismo hotel que yo, sonríe amargamente.—«¿Usted no sabe hasta dónde llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me lee unos recortes que saca de su cartera:

«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al «golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte. Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos que la plaza de Gibraltar.

Sin extremar, como en Gibraltar se extreman—por ser allí la jurisdicción militar la única que rige—la dignidad, el honor, si todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria, debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro. Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece, seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de España. La soberanía española en aquella región de la Península es una pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar, de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela.

Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés. Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera, y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra española...»

¿Y agua?

Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca, corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y un pale-ale, que muy poco tienen de españoles...

No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto «inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de santificaciones.

Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés. El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere avanzar, tierra adentro.

Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo xix. El último proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de la fortificación, lleva la fecha de 1900.»

Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro.

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