DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA
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WATERLÓO

Cuando descendí del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo de batalla. Hacía un bello día primaveral. La vasta campiña verde se extendía bañada de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el gran recuerdo de Hugo, narrando la formidable caída del dueño del águila, y a los sonoros clarines líricos y a las terribles trompetas épicas apareció todo lo que el arte ha creado por obra del más tempestuoso derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos. Y entonces me convencía de que en realidad no puede ya fácilmente concebirse otro Napoleón que el Napoleón idealizado de la leyenda, el de los versos de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri de Groux. Los lugares de peregrinación y de turismo, la realidad de las reliquias conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a afirmar mayormente el carácter extrahumano de la acción que tuvo entre los hombres el semidiós, cuyas cenizas están bajo la cúpula de los Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós..., ¡mísero planeta!) El gran león conmemorativo se alza sobre su alto pedestal; los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont aún mantiene ruinoso el tremendo capítulo de Los miserables, las ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es la ilustración patente del magnífico trozo de historia que cambió la suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo de la sangrienta función, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad o la piedad, o la admiración de estrictos visitantes. La Belle Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio como una abuela. En el cuartel general de Wéllington hay un café y se vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpón, está el carretón y los barriles, tomados en Waterlóo. Y en un hotel inglés en que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas casacas, petits-chapeaux, autógrafos de Blucher, Wéllington y otros jefes, números del Times que dieron cuenta de la batalla, sables franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas. Una vieja inglesa hace el boniment, da la explicación, vende tarjetas postales... Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda del Aguila, en el inmenso Napoleón, semidiós en cenizas.
Y he ahí que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde tanta sangre se derramó por el Cabito, por el Pelón, por uno de los más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas, la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco, pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a lo lejos un mugido. Un pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha. Tranquilidad. Mayo. Paz.
POR EL RHIN
Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine, y que me eres grata por tu catedral portentosa, por el agua que inventó Farina y por mi amigo Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles y ha llevado al zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto. Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron en tu suelo, guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo; por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró en tratos con el diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas aún he podido contemplar esculpidas en tu rathaus. Llevo de ti la visión de tus puentes de barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gótica de las maravillas de Burgos, de París, de las antiguas basílicas de las ciudades que antaño sabían orar católicamente; el magnífico esplendor moderno de tus construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta, marmórea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío casi heraldizado de tulipanes multicolores.
¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propósito, de un poeta que me es íntimamente personal y querido:
...; la celeste Gretchen; claro de luna; el aria, el nido del ruiseñor; y en una roca agreste, la luz de nieve que del cielo llega y baña a una hermosura que suspira la queja vaga que a la noche entrega Loreley en la lengua de la lira. Y sobre el agua azul el caballero Lohengrín; y su cisne, cual si fuese un cincelado témpano viajero, con su cuello enarcado en forma de S. Y del divino Enrique Heine un canto a la orilla del Rhin; y del divino Wolfang la larga cabellera, el manto: y de la uva teutona el blanco vino.
El vaporcito, flamante y elegante, sale por el río, hacia Maguncia. Miro a un lado la campaña verde, y a otro la fila de grises edificios comerciales y marítimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo. Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una sirena. Y antes de las últimas villas y chalets que señalan el término de población, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocación de la pasada feudalidad teutónica.
Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y de grabado que han deleitado nuestra infancia en páginas de dorados libros, en antiguos almanaques o en ornamentados keepsakes. Y sobre las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo de las tradiciones legendarias.
Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad Media «enorme y delicada», o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y sonoros de armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que su castillo de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He aquí las siete montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg; y una vasta procesión de poéticas resurrecciones empieza. ¿Son cincuenta nombres? ¿Son cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de creaciones de la historia, de la fantasía popular y de la celeste potencia de los maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais pensando en una brumosa soñación, o mirando con los ojos de vuestra mente las figuras de luz de luna, nacidas de la melodía de los poemas, pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera, a perderse en la negrura de un túnel, una locomotora, que arrastra su caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía no había ferrocarriles en estas regiones que sintieron antaño el paso de los dragones y de los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de las sagas rhenanas, y los repitió y aprisionó en la prosa suya, hecha como con las mismas rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los castillos señoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y transforma. Lo que es estudio folklórico para los eruditos, vive y palpita siempre en la imaginación y en el corazón populares—y en el santuario de los incontaminados poetas.
...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras, en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican el espanto de las torturas y carnicerías. Caballeros que parten en peregrinación a Palestina, son salvados de las desgracias por el Señor, a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como en las Mil y una Noches, y aparecidos como en los cuentos del pueblo. Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de consagración. Bárbaros velludos como osos y feroces como tigres, se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de lánguidos cuellos cantan romanzas acompañándose con el arpa, ante reyes paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan, en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en caballos como huracanes, ciervos y jabalíes. Lorelay, envuelta en gasa lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la sirena, se sienta en su roca.
Antorchas llameantes brillan entre los peñascos. San Clemente libra a la suave Ina, de la furia del río y de los bandidos. Uta, muere abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de ser, corriendo los tiempos, un común faits-divers. El Arzobispo Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por castigo de Dios, a causa de su mal corazón, comido por los ratones. El Conde Eppo encuentra en una montaña a una bella joven robada por un gigante; y, con ayuda de la Santísima Trinidad, salva a la dama y echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme persona de Carlo Magno aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego el emperador, ante ellos, un día que los encuentra por casualidad, y los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo César sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son vencidos en sus mansiones feudaes por la unión de los comerciantes de las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es castigado por la cólera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del río. Los espíritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de los hombres, pierden su castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas guardan un vino de dioses que inútilmente es buscado en los campos misteriosos. El diablo, Satanás en persona, sale de sus abismos y entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvación eterna. Pero Nuestra Señora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y españoles, de la guerra de Treinta años. Una diestra caballería conduce a la dama que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansión de su amante. Y cien y cien más páginas, de sangre y de bruma, de luz pálida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en que nació el hombre que después Lucifer ha hecho mayor competencia al Creador: Gutenberg.
Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesía y de encanto lírico, en este viaje de horas, por el río sereno, eternamente perfumado por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas. Y canta Adelaida von Stolterfoth: «Del polvo de la ruina nace en el Rhin una vida más bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo han descansado en las tumbas; resuenan las canciones con extraños saludos que yo debo repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueños. Cuando veo volar al pájaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los barcos en la lejanía de las brumas grises, me parece que dice palabras el pájaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rápido paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino de arte, de americanas tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el oído atento a esas palabras de las aves y de las barcas germánicas, y de esa bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud de la sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los odios humanos, ni las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberanía del espíritu se basa en lo que está más allá del bien y del mal, más allá de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de mentira: en lo infinito, en lo absoluto.
FRANCFORT S. M.
Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía. A pesar del abuso del art nouveau que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar de sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos de sus banqueros, tiene un aire de antigüedad, un olor de vejez y un sello imborrable de ghetto y de judengasse. Por algo hacen detener el carruaje cuando, al pasar por la calle Boerne, os señalan una casita vieillotte de estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y allí manejó sus primeros millones el viejo rex Judeorum, tronco de los barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de mármol o de bronze de un pensador, de un poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve como extraña en esta tierra de circuncisos. En el día, se siente el hervor de los negocios, la agitación de los rapaces mercaderes de oro. De noche, no hay lugar más triste. A las diez, ya los teatros están cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como el catolicismo, el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas se sabe aquí que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos iconográficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemán. El verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild.
La sombra del Emperador de la banca, del César israelita, se ve, por los ojos de nuestra adoración mammónica contemporánea, más grande que la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente sobre el río moroso que divide la población.
HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES
Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado en párrafos acres. Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es alegre, casi con alegría latina, en cuanto cabe en un centro sajón. Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con su estricto senado, sus fábricas, sus canales, sus grandes hoteles, sus almacenes copiosos, y es también la ciudad que se divierte, se embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se parece a Montmartre como la cerveza al champaña, cafés al aire libre, a la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos, y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la música. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque poderosos semitas gozan en villas y cottages de la felicidad que da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró en este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningún compatriota de Bolívar, aunque no es raro oir hablar español, pues son muchos los hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a establecer con sus familias criollas, después de hacer fortuna en las lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas.
Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de amor y de ensueño, pues no es imposible ejercer esa delicada función de soñar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prácticos que sean, tienen un poético paraje formado por un remanso del río, en el cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario público. Estos poetas no tienen otra ocupación más que consagrarse a la belleza, ser blancos—hay algunos negros—y deslizarse gallardamente, con la dignidad que les dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen exactamente con sus obligaciones, y además de la pitanza que les ofrecen sus guardianes, el público los gratifica con migas de pan. El remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven gracia mágica sobre ese divino espectáculo, que pondría meditabundo al doctor Tribulat Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos cristales que multiplican sus olímpicos aspectos, gozan de la más dulce beatitud en la capital de los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque, en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo en compañía de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con una manera de satisfacción glotona, que el cisne, como el ganso, bien preparado, es, ¡ay! muy sabroso.
Y a propósito de líricos cisnes, os he dicho que Hamburgo tiene un Montmartre que se llama San Pauli... A mí me lo habían asegurado así, al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro café de nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo demás, los teatritos son sórdidos, con chanteuses de deshecho, espesas mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en inglés o en alemán chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya. En un gran salón de audiciones populares, da conciertos una banda militar. En la plaza, un guignol atrae al populo; los letreros de la luz eléctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversión es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces, las salchichas, los diversos bráten, y la excelente cerveza. M. de Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh, Des Esseintes!, ¿y los cisnes?
BERLÍN
Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he creído comprender al emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de arte, inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro de coronada testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominación y de dignidad cesárea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, más o menos, con excepción quizá del autócrata de Rusia, merecen el paraguas de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio de un simbólico dibujo célebre, el despertamiento y la acometida de la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no fuese el óbice pietista, quién sabe si llegaría hasta realizar la liga medioeval dominadora del mundo—el Papa y el Emperador;—Guillermo II, vive más allá del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo porvenir, y amacizando el presente robusto de su país, con la rigurosa disciplina que lo militariza todo, príncipe de ideal sustentado por la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradición eclesiástica romana, cuando la misma Francia cristianísima echa de su suelo a las congregaciones religiosas y está dominada por un gobierno que no desearía otra cosa que la completa ruptura del concordato y la separación absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carácter es de acero como su voluntad, está en su verdadero centro en este Berlín geométrico, alegre de otra alegría que la de París, hollado a cada momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y su circulación activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias. Y no en vano el divino Euforión surgió en esta tierra a la evocación del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara a cada paso se mira florecer la gracia helénica, ya en la composición de los artificiales paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones monumentales. Yo no sabría alabar cierta protestante hipocresía general que se nota en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en sus mejores manifestaciones, una larga comprensión de la armonía, del desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra germánica, Goethe resucitó la olímpica persona de la homérica Helena, Lessing meditó sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pensó: Heine, el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Momsen construyó su edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma.
La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales. Allí en Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas, al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los plantíos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensación de un ensueño. A través de los vidrios de un color azul dulce y de cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baña el recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mágica luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino centinela, el arcángel Miguel, armado de su espada flamígera, y luego, he allí tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresión sabias y celestes palabras. Allí descansa en la paz de Dios Federico Guillermo II; allí descansa en la misericordia de Dios Guillermo I, emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he allí, a su lado, a la Dama porfirogénita que es semejante a una diosa. El artista no haría con más amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas cubierto por el lino fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca sobre esa realización pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamígera, vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de los príncipes de mármol; e iguales a los del último paria, en la sola y posible igualdad de la transformación eterna, quedan en sus criptas semejantes a santuarios, esos puñados de huesos de Hohenzollern.
Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con más estatuas, derroche de mármol como en la alameda de la Victoria, mármol para todos los Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y bronce y mármol para el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck; almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas cigarrerías, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes teatros y un music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la atención de Huysmans. Huysmans vió mucho, pero no lo vió todo, naturalmente. A mí me ha parecido entrar en un círculo del Dante, en el cual hubiera necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aquárium es subterráneo, y no es solamente aquárium, pues se exhiben hasta loros y arañas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus aegipcianus que está a la entrada, semejante a una rana estirada, y el zomurus gigánteus, lagarto erizado como de púas de hierro. Más allá, la africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada art-nouveau, y el pithon feroz y el crótalo con su apéndice de cascabeles; el naja búngarus, venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flácidas; y luego la anaconda brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre peñascos, hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y después una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. ¿Os atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta. Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran «garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero aquárium, la fantástica vida submarina que tanto ha interesado al autor de A Rebours. Es la inaudita flora del Océano, los peces de sueños calenturientos, los aspectos de visión diabólica, o de locura. Veo en un fondo de arenas y de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos, caprichos madrepóricos, semivivientes rábanos que se encogen, hipocampos y estrellas purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado, junto al escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosímiles van arrastrando sus casas llenas de púas y protuberancias. Y la pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes. Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las más increíbles, la reproducción de fisonomías humanas que habéis observado, desde las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y gestos que creeríais imaginarios y alucinatorios; y os convencéis que los pintores holandeses de ciertos cuadros demoníacos, y el mismo Rops y Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e ilusorias, no han creado nada, pues todo lo que la imaginación del hombre más torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Seguís, y os encontráis con la murena que se envaina en un tubo como un espeso sable gris. Pequeños pulpos evolucionan entre el agua burbujeante. Inmóvil sobre la arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa con su arpón largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrán marino acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de terciopelo negro ornada de amarillo.
Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín, el griego, y también el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto común; con mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones; ciudad de secretos escándalos y de corrección excesiva; ciudad en que se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad; ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece periódicos religiosos y os vende ¡imágenes de Cristo!
VIENA
Me habían dicho: «Es una hermana de París». Es una hermana de París que tiene los ojos más azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio. Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si no la gracia impregnada de parisina, posee la elegancia, la gallardía de la seducción.
Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals, placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magníficos danzadores, deslizándose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo. Más o menos, he podido encontrar realizada esa imaginación, con mucho progreso además y mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento, y mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven excelente rostbraten y una pilsen de oro pálido, que es como líquida seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos armoniosos y ondulantes. En este mismo jardín fué donde Strauss dirigió la suya. Aquí nació el vals, a cuyos compases se balanceó el orbe; el vals, halago de la melancolía, lengua del gozo, música de amor, creación de un músico minor, pero que adoptarían los más altos y mayores, como Weber, como Chopín, como el mismo poderoso Beethoven. ¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tenía mucho menos talento que Strauss.
Juraría que no hay uno solo de los que lean estas líneas, que no haya tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza, al mágico brotar de esa pequeña y cristalina cascada melodiosa que se llama El Danubio azul... Yo le debo muy copiosa cosecha de recuerdos y de ensueños, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo por los organillos...
También como París, es este un país de arte, y en una avenida os encontraréis con un grande y pensativo Goethe, sentado en su sillón de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes y airosos, o con Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer. En París hay más vicio que goce, aquí más goce que vicio. De todas maneras, aquí lanzó su último aliento el probo y sensato Marco Aurelio, que, entre sus mejores sentencias, ha dejado ésta, si poco purista, muy cuerda: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular, no daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere».
Viena placentera, pero también Viena laboriosa, pensadora, política, sentimental, artística, guerrera, religiosa. Todo encontraréis a vuestro paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme vegetación de piedra; más allá, Santa María Stiegen, vasto bouquet de ojivas y flechas, lo antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con su peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas de estatuas de mármol, que tienen por fondo verdores de árboles y macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central; o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo griego; y ante este último, mientras a sus pies, entre simulacros marmóreos, se vierte el agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea, gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada Victoria.
Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los suspiros, o en el mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías, sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O allá, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su larguísima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn, donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al gran Napoleón, y al triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y las verdes cúpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas educadas y pomposas de los castaños. Las mitologías de las fuentes se bañan en la exhalación de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata quietud invita a sentarse en los místicos bancos de los parterres, a meditar, a soñar, a imaginarse las bellas representaciones de la historia, mientras en su magnífica altura, la Gloriette destaca sobre el fondo celeste su pórtico soberbio, aún persistente decoración de más de una comedia y drama imperiales y reales.
LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS
Un capuchino de larga barba guía al grupo de visitantes—campesinos, forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bóveda, el ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia. Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su lección, recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcófagos viejos, en donde reposan reales e imperiales huesos viejísimos, entre las cajas de metal gris labrado de esculturas macabras y simbólicas, tras duras rejas férreas. A mí no me interesan esos príncipes antiguos que tienen su página correspondiente en los anales austriacos: no me atrae Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia la izquierda, en donde duermen los porfirogénitos malditos, las coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos, jóvenes o viejos, pero idénticos en el sufrimiento, en la desventura, en la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en que están los restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de María Luisa en la caja mortuoria, como los otros sarcófagos en que duermen su eterno sueño, Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las campanas; Elisabeth, la «emperatriz errante», que segó el anarquismo, y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aquí reposa, en la paz de la muerte, el que estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores de Austria y de los reyes de Hungría. El capuchino explica rápida y precisamente, en alemán, la vida de cada uno de los príncipes difuntos que reposan en el subterráneo; y el profundo silencio de los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequeña iglesia de los capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia predestinada fatídicamente a ser azotada por la desgracia; tristes grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas extraordinarias que realizan las más lúgubres y dolorosas creaciones de los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio.
LA SECESIÓN
Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección correspondiente a los secesionistas vieneses, mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo nuevo, de lo raro, según sus temperamentos, o intérpretes personales de las antiguas tradiciones artísticas, sin blague bulevardera, sin esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Salón de los Indépendents parisienses. ¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesión, noto una sinceridad y una noble independencia y una consagración a la idea y a la realización de la belleza, muy distantes de los extravagantes épateurs apurados de arribismo que abundan en la capital francesa.
En edificio propio construído y arreglado conforme con los gustos y pensares estéticos de los organizadores del museo, la obra de la Secesión se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio innegable del tesón, de la energía y del talento de sus puros artistas. El museo es un museo «de excepción» como diría Vittorio Pica. Nada de lo que hay en él es vulgar ni común, y se manifiesta en todo un don de alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento, que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca. Aquí se ve que no se busca asustar al burgués, sino más bien darle una nueva revelación de belleza. Aquí tienen nobles sacerdotes el ensueño y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el enigma que existe en toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extraño aparato simbólico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito. Y hay la franca expresión y el desdén de toda rutina. Aquí es el único museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la académica hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo más íntimo, de no ocultar lo más oculto, a punto de que se os vienen a la memoria ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier. La leyenda tiene sus cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os diré los nombres de los autores, pues no están en las telas y no tengo tiempo para anotar un catálogo. Sí recordaré al potente Franz Metzner, el Rodin austriaco, el autor de ese poema soberbio de mármol que se llama La Tierra, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas de una originalidad imponente y comprensiva. La Tierra, de Metzner, está expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez. Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la fuerza natural, está sobre su base como la majestad y el misterio de un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado a la Exposición de San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios, ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía sus figuras valientes, que renuevan algo del arcáico arte asirio; Metzner, sus soberbias creaciones plásticas, sus sintéticas expresiones de la persona humana; Klimt, sus cuadros simbólicos de factura extraordinaria y de significación honda, como El manzano de oro, La vida es un combate, La Jurisprudencia y La Filosofía, que tantas discusiones causó cuando se expuso en París en la última Exposición Universal.
Salgo de la Secesión encantado de encontrar un verdadero templo del arte en tiempos en que los templos del arte están en posesión de los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros países de arte naciente se junten las energías individuales de los puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de la chatura de las escuelas de limitación y atrofia y de las modas vanas que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza.
BUDA-PEST
...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleiteó mis años infantiles. Los Madgyares, en la cual cantaba un coro:
Vamos señores A la feria de Buda, Que hoy es el día De vender y comprar.
Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento:
Ego sum, ego sum El leguito del convento Ego sum, además Campanero y sacristán...
Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las dos ciudades gemelas unidas por los magníficos puentes, con su clima, sus flores, sus paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas construcciones son art nouveau, o secesión, mansiones caprichosas de los magnates y propietarios de pingües pushtas y «economías». Es una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a orillas del agua azul del armonioso río. Hay edificios espléndidos como el magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las más bellas mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraíso. ¡Oh! todos los países tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara, jardín, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, músicas nacionales, trajes pintorescos; y allí he visto una colección de beldades que habrían dejado meditabundo y soñador al mismo rey Salomón que, como sabéis, era de gusto exquisito.
Un momento ha habido de duelo nacional, más que duelo ha sido una glorificación, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes del gobierno asistían a la ceremonia en que se honraba la memoria del viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares, universitarios, heráldicos, desfilaban en la severa procesión. Y en en los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se veía una muchedumbre de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos húngaros. Y ante ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de las más frescas coronas, de los estudiantes, compré a una florista un ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazón palpitante, con un temor de emoción, arrojé yo también mi ofrenda al anciano Jokai.
