DEDICATORIA
Reading edition
Al compañero único de los días sombríos, dedico estas páginas escritas en la hora de sere- nidad que precede á la tarde que va á comenzar..........!
«El paisaje es un estado de alma». Amiel.

TIERRA VIRGEN....
...Partimos de Río Bueno una mañana muy temprano; el puente, el río y los campos desaparecen en la bruma. Creemos recorrer el espacio en una nube.
A través de esa neblina, el sol aguarda para hacer su entrada triunfal.
No es un día pálido el que se prepara tras la cortina de tul, es un día radiante que se vela.
Hace un frío punzante, pero todos estamos valientes. El señor cura que nos acompaña, parece ir á la conquista de los Santos Lugares. La montura va despedazada, las correas se sostienen con cañamitos, todo se vuelve nudos y más nudos en la silla, lo que no obsta á que se sienta jinete. Don Mauricio, muy ancho en su cabalgadura, va algo grave, como midiendo de antemano el galope que le aguarda. Un antiguo militar recuerda, en su gallarda apostura que en otra época, fué jefe de regimiento, pero los 104 kilos no desmienten su peso.
Pronto cruzamos en el camino al señor Figueroa, nuestro invitante, cosa de que aún no me daba cuenta, y la amabilidad con que le tendí la mano era más hija de mi buen humor que de deferencia á su persona. Es un hombre modesto, sério, pequeño, de bigote negro, de cutis muy quebrada, que guarda los pliegues de todas las contracciones, cosa que he notado hasta en las personas jóvenes de la comarca. Las arrugas se ahondan en surcos como si la piel no fuera bastante elástica para contraerse.... Dentro de la armonía á que obedecen todos los detalles, eso podría significar falta de laxitud en el esfuerzo que supone una preocupación continua....
Se atraviesan grandes potreros con cierros de trancas de madera. Pasadas las pampas que parecen muy bonitas á los que miran con ojos de lucro el terreno rozado por el beneficio que reporta, entramos al camino ondulado, coqueto y gracioso, con sus grandes robles diseminados en caprichosas combinaciones.... enlazados en ternuras casi humanas.... aislados en grupos, extendiendo sus ganchos en acogidas francas, levantándolos en imprecaciones suplicantes....
¡Qué vida profunda hay en la naturaleza! Qué oculto estremecimiento de energías lleva la savia en su ascensión á través de la materia que alimenta!
El señor cura ya no habla, se queda atrás, los nudos de las correas le molestan, el poncho que atravesó sobre la silla resbala á cada instante. Todas esas pequeñas molestias reemplazan el primer bienestar y dobladas por el cansancio, de que no son más que la forma sensible, hacen la caminata pesada y quitan á la visión de las cosas su esplendor primero.
Se atraviesa un bosque sombrío y denso. Los robles levantan sus troncos gruesos y atrevidos como flechas que se pierden en las nubes y luego se reúnen, se estrechan, se enlazan y se extienden en formidable masa.... Es aterrorizante el frío de la espesura del bosque, y ese frío unido á la oscuridad en que apenas se filtran los rayos solares en pincelazos atrevidos que cortan las sombras, nos produce cierto pavor de majestad indómita.—Entramos en comunicación con lo que yo llamaría el alma del bosque y sentimos una impresión de terror á lo grande y á lo esquivo....
Ese misterio que hace el fondo de nuestra vida humana, allí parece formular su grande incógnita y oprimirnos en su abrazo de hielo.
Todo paisaje para mí es un estado de alma. En cada sitio me parece encontrar el fondo de un retrato cuya figura sería un alma humana, colocada en la perspectiva correspondiente al momento de su conciencia individual.
El bosque en su belleza me traduce el sobrecogimiento de un alma que siente la inmensidad de la vida y que se desconsuela sin saber de dónde viene y a dónde va....
Pronto los árboles vuelven á espaciarse; el hombre ha pasado por ahí armado de hacha y fuego, haciendo estragos, abriendo claros que desafían aún los viejos robles solitarios erguidos como un reto de la raza indígena á la civilización....
Los copihues se suspenden de los grandes árboles, se cuelgan de los ganchos, tiemblan como lágrimas, escalan las altas copas y en un movimiento de infinita gracia retuercen sus delicados filamentos para columpiar en el aire sus campanillas rojas.... Otras veces los copihues mecen sus cálices invertidos ó manchan de gotas de sangre el denso follaje de los robles.
Los chilcos silvestres también se suspenden de los árboles en manojitos bellos de tonos morado y rojo en feliz consorcio.
Los helechos forman pirámides de encaje entre los árboles ó se arrastran lánguidos en tupidos ramos buscando las vertientes de agua cristalina que brotan entre las piedras. Los bien torneados pinos que sirven para los árboles de Navidad exhiben su forma piramidal espesa y aterciopelada como si esperasen las sorpresas de Noel.... Algunos membrillos y manzanos cargados de frutos, hacen la ilusión del huerto cultivado en pleno bosque. El calor y el cansancio enmudecen á los compañeros. Don Mauricio se ha vuelto solemne, casi no se sabe si el señor cura existe; todos marchamos taciturnos....
—¿Qué árboles son esos que se agrupan magníficos en figuras graciosas?, pregunto al guía. Son avellanos, laureles, coigües, y más que todo, robles.... Los boldos, compactos, y de reluciente follaje, se asemejan á los naranjos. Los arrayanes florecidos de blanco exhalan un perfume penetrante y seco que parece saturar el pulmón con una esencia de vida.... Las fucsias silvestres cuelgan como cascabeles de tonos cardenalicios en la espesura de las plantas.
Aparece otro árbol que no conocía—el tique—tan alto como el roble, tan fino y delicado de follaje como el laurel, pero de madera inútil. Gracias á su inutilidad permanece sin ultrajes, mientras sus hermanos, los robles, están heridos de muerte.... ¡Qué previsora es la naturaleza para colocar estas nobles bellezas sin objeto en países donde no hay ojos de artista que las defiendan, y sí, tantas avideces pecuniarias que las destruyan! Los tiques se salvan por inútiles y yo bendigo esa santa inutilidad que los conserva para embelesar los ojos....
El cauce del Río Bueno aparece en una quebrada profunda al pie de un alto cerro cortado á pique. El bosque que cubre las montañas es tan denso que creeríamos bailar fácilmente sobre las copas de los árboles como en un tapiz.
Almorzamos en un ranchito; don Cantalicio, el dueño de casa, nos recibe con jovialidad; sus zapatos son unos pedazos de cuero recogidos con gareta sobre el pie y le dan un aire de bonachonería que acentúa su sonrisa necia y su mirar reposado.
¡Qué buen apetito desarrollan las caminatas y qué ricas son las cazuelas al pie del estribo! Hacemos los honores del salchichón y del jamón crudo de don Mauricio, con apetito de trapenses.
Ascendemos otro cerro y penetramos en un bosque grandioso. El hielo, la sombra, el silencio, la esbeltez de los robles que forman techumbre de colosal elevación, todo eso me parecen el producto de poderes superiores que nos aplastasen con su grandeza......
De súbito el bosque se aclara por una visión que azulea radiante entre los troncos rudos. Parécenos haber llegado á un confín del horizonte, á un término del planeta que toca en el espacio, en la atmósfera diáfana y transparente.
La montaña declina en pendiente brusca, los altos robles bajan sus columnatas y los troncos se destacan de la base á la copa en fondo azul inmaculado...
...¡Es el lago Ranco que se divisa en ideal visión al pie de la montaña! Aparece como ensueño quimérico una concha azul magníficamente engastada en los cortes atrevidos de montañas lejanas... Las cordilleras se muestran en el último fondo, cerrando el lago con su leve encaje de nieve y de recortes delicadísimos, mientras un gran cerro en forma cónica avanza al centro de las aguas azules cual centinela destacado sobre la aérea decoración de las nieves remotas.
Es bella como una alucinación la vista de ese lago azul, embutido en montañas diáfanas, cuya transparencia atmosférica les da aspecto de florituras de cristal de Venecia en sus dibujos leves y vaporosos.
El lago Ranco condensa y excede en belleza á todos los lagos de Suiza. Tiene el color del lago Ginebra eternamente azul, la fantasía del lago Lucerna en la soberbia entrada de sus golfos, en los avances de sus penínsulas; pero posee como belleza propia aquella redondez de línea mantenida dentro de sus mismas ondulaciones, recogiéndose en maravillosa unidad de conjunto.
La impresión primera podría condensarse en un sentimiento de mundo joven, de naturaleza vírgen que aguarda una raza.
Así como la belleza griega nos reposa en su quietud, que excluye todo esfuerzo, toda lucha, la visión del lago nos sumerge en la paz de las cosas definitivas.
La superficie azul, engastada en su vegetación, en sus montañas, en sus eternas nieves, nos transmite la serenidad olímpica, la blandura de la armonía y la beatitud del alma en el éxtasis supremo!
A la gran distancia, el fondo del lago, contemplado desde la margen poniente, aparece esfumado por la atmósfera en perfecta nitidez de contornos, sin violencias, sin brusquedad de formas, dentro de una tonalidad de acuarela desleída en azul, en plata y en gris.
El mundo está tranquilo, la tierra aguarda y confía.
Me arrodillé en tierra, porque la belleza me dobla siempre las rodillas, y dije por primera vez de mi vida: ¡Viva Chile!
Me parece que no amo á este país, pese á quien pese, y lo digo sin rubor, porque la peor de las verdades tiene tras de sí toda una lógica que nos defiende y nos escuda contra la más hermosa de las mentiras.
Me molesta ese peso de fatalidad que oprime á la raza y que los Andes de Santiago representan con su muro vertical, fuerte y despiadado, que corta el horizonte como una amenaza.
Aquí, por el contrario, he visto aparecer un mundo venidero, un alma nueva que transpasará la estrechez de los valles, que saltará las cumbres y que verá abrirse una tierra prometida.
Hasta esa península que avanza sobre el lago en forma de colosal campana, me parece el emblema de un tiempo futuro de una era nueva que va á sonar, marcando épocas mejores. La campana aquella se destaca al centro mismo del lago, sobre la magnífica decoración de templo antiguo que le dan las cordilleras alucinantes y leves de la gran lejanía.....
En aquel divino rincón, que parece surgido la víspera del caos, conservando toda la frescura de una aurora cósmica, de un mundo que no ha recibido la «flétrissure» del hombre, sobre aquella visión de encantamiento, un pequeño vapor pintado de blanco, con su cámara transparente de cristales, nos aguarda para surcarlo.
La misma navecita, en la quietud edénica del lago azul, parece un anacronismo.
Nos desmontamos en la playa de piedra menuda, acariciada por el oleaje del agua en cadencia blanda que no alcanza á turbar aquel gran silencio evocador de una vida por venir...?
El vaporcito «Elfrida», aunque de poco calado, no puede tomarnos en la playa y de su costado se desprende un bote también blanco, «Teresita», que se vara sobre las piedras y nos sirve de puente para entrar á bordo.
Nos creemos exploradores de país de hadas.
Las aguas tienen la transparencia de un cristal purísimo, como nieve recién fundida en toda la pureza de las cumbres inaccesibles. Las piedras se diseñan entre vetas de luz y presentan el fondo, que lentamente se pierde en el espesor de las aguas.
El vapor, blanco como un cisne, rompe con su quilla la tersa superficie azul y abre un ancho surco que forma á ambos lados un doble borde de agua en que menudas chispitas de diamantes fulguran al sol. El día es soberbio, el lago brilla en un esplendor de juventud, en una idealidad de perspectivas que confinan con las audacias de los sueños.
Las riberas tienen algo de tan frágilmente delicado, de tan vaporoso, que se vuelven casi irreales con sus montañas nítidas y transparentes, con sus nieves eternas, esfumadas en el gris plateado de la atmósfera.
No interrumpen la suave curva del lago los golfos que se internan en misteriosas ensenadas de frescura y de paz, ni las penínsulas que avanzan sus cabos como proas de buques cubiertas de flores, ni el capricho de sus islas que se diseminan á distancias varias, que exhiben formas y tamaños diversos, pequeñas las unas y grandes las otras, bajas éstas, ó altas aquellas.
La mayor ó menor proximidad de tierra á que nos encontramos diseña, con más ó menos precisión, la opulenta gama de platas, de azules, de grises ó de verdes en las riberas y en las montañas.
Las islas próximas tienen en el espesor de su verdura una intensidad aterciopelada de colorido, las lejanas oscilan entre la sombra y la luz, y las más distantes, con la interposición de la atmósfera, parecen rincones velados por un tul.
La ribera que abandonamos con su verdura, con sus bosques que se suspenden en la montaña, cual inmensas construcciones medioevales, tremebundas y negras, hace una impresión de realidad humana frente á ese enorme golfo diáfano con que las montañas remotas estrechan el lago azul en castísimo abrazo. La playa en que nos hemos embarcado redondea su línea, dando dulce cabida al lago mientras la inmensa curva lejana pasa tras de sus extremidades y continúa en ensenadas pequeñas á los costados.
Entre estas dos márgenes, la oriente y la poniente, hay la diferencia del ensueño á la realidad: aquí todo es fuerte, intenso, de color, lleno de relieve y rico en detalles, en formas y matices; allá todo es vasto, azulado, suave, impreciso....
Las montañas, las cordilleras, las márgenes floridas envuelven el lago con cierta suavidad casta, con cierta ternura de brazos que se cierran por vez primera sobre un amor por largo tiempo acariciado. Y las aguas azules, lisas y brillantes, se dejan coger en ese abrazo de la vida con no sé qué pudor de belleza que ignora la secreta fuerza de su encanto, pero que en aquella revelación de lo infinitamente dulce, se estremece en palpitaciones aceleradas y tímidas.
Solo ahora vengo á darme cuenta de que el Sr. Figueroa, tan modesto, tan amable, es dueño del vapor que nos conduce y de buena parte de las márgenes del lago. Verdadero tipo del hombre emprendedor, de aspecto sereno y de ademán reservado, no impone su presencia sino que la evade.
¡Qué linda travesía! Surgen islas y más islas.... Hay pasajes tan estrechos entre las mismas islas, que no sabemos cómo el vapor endereza rumbo hacia allá; pero á medida que nos aproximamos, el boquete se dilata, se abre, se ensancha como manparas que se corriesen para dar paso á un cortejo real.
Las lejanías azuladas de las montañas son idealizaciones de ensueños.... El promontorio en forma de campana que avanza sobre el lago tiene un colorido mucho más denso que las otras montañas teñidas de éter que se extienden seguidas de sus cordilleras fileteadas de nieve.
¡Cómo sentimos en la paz, en el impenetrable silencio, en la soledad, en la quietud sonriente, en el esplendor tranquilo de la naturaleza, el alma virgen que no tiene recuerdos, sino esperanzas, que no ha conocido el regret de lo irreparable, sino la embriaguez de la promesa!
¡Qué sello de gracia original y de delicadeza ingenua hay en esas lejanías inciertas, en esos golfos sombríos, en esas ensenadas apacibles y en esos picachos soberbios!
Tierra joven, por donde no ha pasado el hombre con su fiebre de goces, con su injusticia cruel, mundo virgen que sonríe á esas primeras caricias á que no han seguido el triste despertar ó el olvido fatal.
Nos acercamos á una de las más pequeñas islas, de las veinticinco que el lago contiene. Los árboles diseminados en grupos, ó bien estrechados en masa de bosque, cortan su negrura, su relieve duro, sus contornos bruscos, en la diafanidad del aire, del agua y de las montañas remotas...
Es la isla de las Murtas. Su nombre lo toma de la pequeña fruta que producen los arbustos de que está enteramente cubierta. Las murtas en forma de pequeñas bolitas colorean en medio de hojas menudas, oscuras y relucientes, con ese perfume fuerte, algo seco, pero penetrante, del arrayán. La fruta es deliciosa, de carne blanca, lechosa, con sabor á piña.
Entre los mozos y nosotros, hacemos una buena provisión de murtas, cogiendo ramos, ganchos enteros, puesto que sería muy largo desprender tan solo las bolitas rojas. Falta algo para que concluyan de madurar, las más están verdes, pero ya los indios han venido á la isla y han tomado las que estaban en sazón. Con el calor del día y con el mareo mismo que produce la navegación, las murtas me han parecido suaves y deliciosas. Comprendo ahora que los más pequeños placeres equivalen á los grandes goces, según sea nuestra disposición interior.
La austeridad de pureza que se desprende del lago, junto con ese refinamiento de sensación que da la soledad, nos aprestan para sentir con mayor intensidad lo espiritual y lo material. Nuestros sentidos y las cuerdas de nuestra alma se afinan para vibrar profundamente.
Todo en aquella región toma la amplitud y la resonancia del sonido sobre el agua y del eco en el silencio.
En ningún fruto había encontrado tanto sabor y tanto perfume como en estas pequeñas murtas silvestres, cogidas en una isla desierta, en calidad de malezas que crecen descuidadas.
Las aguas muy suaves, muy lisas, hacen un pliegue de raso al ondularse muellemente, un gran pliegue de seda, ancho, sin quebraduras ni chispas, con gran irradiación de luz que no ofenden sin embargo la vista en centellas locas.
Parece que las aguas fueran espesas por su ondulación gruesa y blanda en toda la amplitud de una suntuosa tela que no puede plegarse y que redondea sus curvas solemnemente. A veces una ráfaga de aire más vivo rompe los pliegues anchos, quiebra el agua en pequeñas olitas de palpitaciones leves, que borran la luz.
La embriaguez del aire, del color, de la forma, el éxtasis de aquella contemplación apasionada, me agotan, y tengo que tenderme en la cámara cerrando mis ojos á la belleza.
¡Qué delicioso vacío del cerebro produce el sueño arrancándonos de las garras de esas ideas que nos clavan sus uñas, que nos solicitan, que nos persiguen y que quieren perpetuarse en nosotros!
Cuando volví á cubierta, el panorama había cambiado; nos aproximábamos á aquella fantástica orilla que elevaba sus países de hadas en las cordilleras tenues. Estábamos al otro lado de las islas, y se abrían nuevas perspectivas.
Una masa enorme de tierra ondulada, con sus bosques y sus llanuras, con sus jardines y sus sementeras, se levantaba á flor de agua, allí muy cerca. Es la isla del Huape, ocupada por los indios: esos últimos descendientes de la raza proscrita.
Los indios se esconden en sitios que habrían envidiado los griegos para levantar sus templos.
Si el paisaje es un estado de alma, como son todos para mí, este representa el éxtasis del espíritu que ya reposa en la suprema armonía.
Los amigos, entre tanto, ríen en la cámara. Don Mauricio, con su gravedad jermánica, mezcla de solemnidad campechana y de ironía amable, cuenta algunas chuscadas, y el señor cura, repuesto ya del cansancio en el suave balance del vapor, las celebra con envidiable buen humor.
Por las ventanas de cristal azulea el lago, resplandecen las crestas de las olas y el espectro solar refleja los colores del iris. Ha desaparecido la gran campana que avanzaba desde el centro de las cordilleras y entramos ahora al golfo, que forma por un lado su enorme península, y por el otro, los cerros de la izquierda, altos y aterciopelados, que levantan su flora tropical sobre las ondas azules, transparentes y livianas.
Vamos á desembarcar en Llifens, lugar de baños sulfurosos con aguas que toman sus vertientes en las cordilleras próximas. El señor Figueroa es también propietario del establecimiento termal. ¡Cómo crece su figura pequeña á medida que vemos extenderse su nombre por las riberas encantadas!
Peñones enormes de cerros, puntas fantásticas que me recuerdan la configuración de Gibraltar parecen desprenderse de la masa de las cordilleras y venirse encima de la playa en majestuoso desorden de erupción volcánica.
Lo audaz y lo imprevisto de las formas que hacen fondo á Llifens, acusan una revolución cósmica.
Demoramos todavía mucho tiempo en abordar tierra. Vamos muy ligero, y sin embargo parece que no avanzamos. Sólo cuando logramos detallar los árboles de la montaña que arroja sus bosques hasta el borde del agua, nos hacemos la ilusión del arribo.
Las cordilleras, con sus recortes de encaje, con sus lejanías inaccesibles, desaparecen definitivamente tras la masa cada vez más monstruosa de las montañas de Llifens. Aquello es triste, selvático y desconcertante, pero, en cambio, la playa parece un parque artificial en la espesura, y en la gracia de los grupos de árboles que trepan las cuestas y bordean los caminitos de cerro.
* * *
Nos esperan varias personas en el muellecito de madera, porque el mecánico, un inglés buen mozo con cara de Cristo, ha hecho silbar varias veces el pito. Los silbidos parecen haber profanado el silencio bíblico en que la naturaleza dormida espera la voz de un animador.
Nos tienden manos afectuosas y cordiales para desembarcar. Me presentan al señor Montecinos, socio del señor Figueroa. Tiene un aspecto tarambana y bullanguero que revela al hombre lleno de salud y de energías. El sitio es hospitalario, precioso y tranquilo. En la serenidad de este rincón de lago la vida ha perdido sin duda su carácter de lucha: todo da la sensación de la tierra reposante.
El vapor que viene una vez á la semana deja seis días de incomunicación con el mundo: seis días en que la vida puede seguir el rumbo de nuestra fantasía: ¡seis días para vivir á nuestro antojo!
¡Cuánto supone para nuestra dicha una semana sin cartas, sin alarmas, sin angustias, una semana vivida sin que ninguna realidad entorpezca el vuelo de nuestros ideales, sin que ninguna mala noticia corte el apacible curso de nuestra vida interior!
Verdad es que en el mundo hay pocos optimistas de esos que creen siempre con absoluta fe y para quienes las realizaciones tienen la eternidad del alma y se prolongan en plazos infinitos...
Para mí, todo pensamiento es generador, todo deseo es realizador. Creo en la soberana omnipotencia de nuestro ser íntimo, y por eso, en la soledad, cuando ningún estorbo atenúa mi confianza, mi espíritu se escapa de las humanas limitaciones y se marcha al país de las posibilidades que ningún tiempo estrecha, y que ninguna muerte troncha... mundo en que no nos hiere el desengaño ni nos daña la injusticia.
Los que no piensan así, deben sentirse inquietos en esos sitios apartados, donde la imaginación agranda los temores. Para ser optimista es preciso que nuestra Fe sea triunfante, que sepa romper las ligaduras y saltar los precipicios.
Al desembarcar nos ofrecen ir á tomar una taza de café en el hotel allí próximo. Tengo ese hambre especial que producen la larga excursión y la proximidad de la nieve, pero el temor de perder la puesta de sol, me hace rechazar el ofrecimiento con heroísmo.
Me conducen por el camino de cerro, bajo la techumbre de los árboles.
El lago queda atrás. Desconfío que la vista próxima que se me ofrece sea mejor que la que hemos dejado.
Subimos algunos pasos más y recuperamos con ventaja la visión del lago á través de la faja de verdura del bosque que se extiende en la ladera.
Fué una tarde de soledad, de ensueño y de belleza que guardo entre mis recuerdos más dulces.
Reconozco que nunca me había encontrado en un rincón más solitario, más confín de mundo, á mil leguas de los aspectos familiares, no ya solo a mis ojos sino también, á mi pensamiento.
Aquello era el «nuevo horizonte» que hemos soñado en alguna hora de mística desolación.... Si visitamos cualquier lugar en Asia ó en Africa, hay una descripción que lo ha precedido en nuestra mente, una narración de viajero artista que ha evocado el sitio y que nos ha robado el encanto de lo desconocido, que yo siento aquí por primera vez. Alguien antes que yo ha ido á todas partes y ha dejado una partícula de su ensueño... Aquí llego y siento la fruición secreta del explorador que toma posesión de la tierra virgen, del que logra imprimir en una vida el primer sello que ahonda en la materia intacta.
La atmósfera exhala esa quietud de la tierra inviolada, esa paz que no ha turbado el viajero, que no ha asechado el artista y que invade el alma con la grandeza de las fuerzas originales.
Todos los silencios de otras tardes bellas, ceden la preeminencia á este silencio de templo abandonado, en que las voces vibran con sonoridades angustas.
Un cortinaje de nubes se recoge sobre el horizonte descubriendo un cielo celeste pálido que pone una raya de luz al borde de la ribera opuesta. El sol ya próximo al ocaso, enciende una ruta brillante que atraviesa el lago del uno al otro confín.
Parece el sendero conductor á un paraíso ignorado que tiende sobre el agua su puente luminoso haciendo chispear las olas fugitivas.
Hundido el astro, las nubes se filetean de oro. El lago toma un color de acero bruñido que se corta bruscamente en el verde de las riberas. Aquella placa metálica, dura y sobria de tonos, con cierta tristeza desencantada de aspecto, sobre la cual se destaca un árbol de la ribera enteramente seco extendiendo sus ganchos desnudos y retorcidos, me habla de los misterios primitivos de la vida increada.
La tarde es la más fugaz entre las cosas fugaces de la vida; sus aspectos se suceden con tal rapidez que el actual nos hace casi ilusorio el anterior.
Las aguas se rizan en imperceptible palpitación que borra la tersura reluciente, y con los últimos reflejos crepusculares toman tintes de plata, violeta y rosa... Aquellos tonos no eran los de nuestro viejo planeta, la tierra. ¡Nó! eran matices de un mundo regido por otro sistema, dentro de condiciones atmosféricas también diversas.
¡Qué deseos de tomar la taza de café! Esa lucha tan desigual y tan estéril entre la taza de café y la puesta de sol me parece resumir mi vida entera de defensa al ideal ante las imposiciones prácticas... No puedo arrancarme al espectáculo. ¡Es tan hermosa la tarde contemplada desde esta serenidad del mundo joven, cuya soledad me da el encanto de lo nuevo, de lo desconocido.... Me complace encontrar todavía lugares donde la pureza original de las cosas no ha sido manchada, donde ninguna voluntad consciente ha roto la armonía de las fuerzas que siguen la línea ascendental de la vida.
Creo sentir una tregua en el combate, creo descubrir una visual más alta que me muestra el término de la estrecha senda escondida....
Dentro de este seno de montaña, frente al lago que redondea majestuosamente su copa violácea entre las verduras eternas, me siento en más intima comunión con la vida.
Esas interrogaciones que todos formulamos ante los ideales lejanos y los pesares próximos, aquí parecen encontrar su respuesta.
El agua, como el aire, el cielo, como la montaña, nos hablan de un pensamiento que nos conduce, de una potencia infinita en sus recursos de acción, de una ternura constante y próvida que nos envuelve á todos: los ínfimos y los grandes, los pequeños y los poderosos.
Esa comunión universal que San Francisco predicó hace varios siglos, ese reino de Dios á que introdujo á las más humildes creaturas, yo la siento aquí por primera vez de un modo absoluto, sin exclusiones y sin injusticias.
La vida es manifestación divina que parte de un centro infinito, que evoluciona, se desarrolla, se individualiza, cree, espera, ama, y vuelve al foco de su esencia eterna, no ya como emanación parcial, sino con vida con conciencia, con fuerzas propias adquiridas en la lucha, en el dolor y en el sacrificio.
Psyquis ha amado, Psyquis ha sufrido y se ha adueñado de esa esencia vital que conquista la eternidad por encima de todas las limitaciones de la materia, de todas las fragilidades de la carne, de todos los accidentes del tiempo. ¡La divina Psyquis que sentimos palpitar en el fondo de nosotros mismos, en el seno amable de la naturaleza, en la amargura de nuestras lágrimas, en la inestabilidad de nuestros goces!...
Quiero irme, pero la fantasmagoría nueva de la magia crepuscular me retiene siempre.
Los arreboles han tomado tonos de sangre hirviente y tiran una espesa tela carmesí ribeteada de oro sobre las transparencias opalinas del cielo.
Y con aquella orgía de colores violentos, se acrecienta la tristeza desolada del lago, visto siempre á través del esqueleto de un árbol.
Hacia la derecha, las aguas plomizas se escurren siniestras al pie de montañas con tonos de basalto. Las soledades descoloridas, los fondos muertos, abren perspectivas tétricas ante la postrera irradiación de la tarde. Las sombras envuelven ya todas las formas.
Una majestad de misterio se cierne en el paisaje, la naturaleza toma una expresión severa. Los arreboles sangrientos ponen en el cielo su nota trágica, como si nuestra vida oscura de acá abajo, encontrase allá arriba, sus repercusiones atroces.
La solemnidad de este último momento da mayor desolación al lago virginal y solitario.
Experimento no sé qué pavor de la soledad humana, nostalgia de afinidades íntimas; me encuentro como separada de la vida que amo, para entrar en una faz desconocida, de otra existencia que presiento.
* * *
Tenía un ensueño que no había podido realizar y que se cumple hoy. ¡Tan cierto es que nuestra mente posee una virtud fecunda de realización, cuando al concepto se une el deseo! En mi primer viaje á Suiza, había soñado habitar uno de esos albergues rústicos que los viajeros de los siglos pasados encontraban en la Helvecia pastoril—albergues que la civilización bautizó después con nombres más pomposos: La Cigogne, Le Lion d’Or,—pero que yo no descubría en ninguna parte.
He llegado á este mundo, atrasada en un sentido y adelantada en otro. Por mi temperamento cristiano y doliente debí pertenecer á la lucha medioeval; por mis ideales, pertenezco á una Grecia venidera, y mientras tanto vivo en un mundo rancio en sus fórmulas estancadas, nuevo en los albores de una era que se aproxima... y de que muy pocos entre mis contemporáneos han tomado la vanguardia.
Dentro de este perpetuo equívoco de épocas que por ignoradas causas llevo en mi destino, llegué á Suiza cuando los ingleses habían corrompido el país con su dinero y con su etiqueta.
Aquellos albergues de mi fantasía se habían convertido en el Hotel Palace, El Kulm, Le Beau Rivage. La Suiza de mis anhelos estaba profanada.
En vano la Jungfrau levantaba su pirámide blanca y la Dent du Midi ponía su magia en el cielo, pues los trenes, los funiculares, habían manchado el templo divino, y así, en vez de dormir en Suiza el sueño dulce de las excursiones, se pasaban los insomnios enervantes de la orquesta, del baile y de toilette.
Aquí en Llifens, en un rincón de esta tierra, me esperaba la realización de un ensueño perdido, para probarme que á veces es un error ir á buscar lejos lo que poseemos tan cerca.
El albergue es un chalet de madera de tres pisos, recién construído.
Los antiguos dueños, siguiendo la tradición utilitaria y antiestética de nuestra raza, perdieron la incomparable vista del lago por buscar la proximidad de un arroyuelo.
Todo el carácter chileno se esculpe en ese rasgo que antepone una ínfima ventaja material á cualquier espectáculo de belleza. Siempre el crepúsculo sacrificado al café... y todavía los que prefieren el ideal á la realidad son considerados como desequilibrados, despreciables y raros... ¡Perdónalos, Señor, que aún no saben que el hombre vive de otra cosa que de pan!...
El señor Montecinos, socio del señor Figueroa, nuestro invitante, es un hombre bien plantado, simpático, que respira energías alegres.
Nos introducen á un comedor en que los muros, el servicio y la loza son relucientes y nuevos.
El señor Montecinos no le da importancia á la lejanía del lago, que yo lamento, y entonces le cuento que llevo tres meses de privaciones en casa de Frau Mohr por gozar de la vista del río que tengo ante mi ventana y que es la más bonita del pueblo.
¡Ah, señor Montecinos! No sólo de pan vive el hombre... ya lo dijo el Evangelio hace una barbaridad de siglos...
Nuestros cuartos en el segundo piso son deliciosos por su limpieza, por su hermosa vista á los picachos y sobre todo, son deliciosos de parecido al ideal albergue que tenía en mi mente de niña.
Apenas el tiempo para la más indispensable toilette, y bajamos al comedor.
Montecinos hace la réclame constante de Llifens. «Señores: lo primero, agua de Llifens». El agua tiene ese pésimo sabor de las aguas sulfurosas, pero la bebemos y el apetito confirma la réclame.
Tan buena debe ser la atmósfera que aunque yo detesto que me «hagan el artículo» ahora me divierto y encuentro exquisitas las cosas del lugar...
Si conociera el señor Montecinos el magnífico surtido de impertinencias con que regalo al desgraciado que me pondera su artículo, ya comprobaría qué apaciguante del sistema nervioso es el agua, el aire y la hospitalidad de su casa.
Sin sobremesa ni nada, á la cama, porque el cansancio es atroz y me proclama una de esas verdades tristes de que las mujeres nunca acusamos recibo á nuestro espejo, pero sí á nuestros músculos gastados, á nuestra fatiga, á nuestras piernas estropeadas! «Ya no tengo veinte años...»! ¡Cuánta amargura encierra ese convencimiento tardío!...
Camas riquísimas que dan la sensación del nido, y esa conversación á velas apagadas que es la gran conversación.
No tenemos fisonomía que componer: hablamos como espíritus, de esos afectos huérfanos en el mundo; de todo aquello que forma nuestra verdad inaccesible.
Recuerdos de sucesos que han pasado en la tumba de nuestro corazón, esperanzas que nadie cobija, sentimientos que nutrimos de nuestra sola fuerza...
Todo eso murmurado en la obscuridad del cuarto de albergue, donde nada nos recuerda nuestro ayer ni nuestro mañana, creyéndonos desligados de todo lazo, viviendo la verdadera y legítima vida de nuestro corazón, con el porvenir abierto á la esperanza...
¡Qué complicidad encuentro en el ambiente para exteriorizar mi pobre vida desconocida, sin derechos humanos!
Rezamos con mi amiga unas cuantas oraciones de esas que forman las invisibles redes que nos ligan á nuestros ausentes, á nuestros amados proscriptos...
Y siento cómo esa plegaria, esa aspiración de nuestra mente y de nuestro corazón, nos enlaza á través de la vida espiritual con aquellos de quienes estamos separados por todas las barreras...
* * *
Despierto en Llifens. Las aves de corral rumorean y nos comunican, en sus vocinglerías, esa apacible existencia animal que reposa inconsciente.
Me quedo algunos momentos en cama disfrutando de ese bienestar muelle de las sábanas tibias.
Para salir de nuestro cuarto tenemos que pasar por el de nuestros compañeros. Se siente mucho ruido de jarros y de botas. No tenemos agua en el lavatorio y no podemos salir a buscar porque ignoramos en qué parte de la toilette se encuentran los vecinos.
El señor cura, compadecido de nuestro bloqueo, dentro de esa franca promiscuidad que autoriza el albergue, penetra a nuestro cuarto trayéndonos un jarro de agua.
Profunda gratitud, pero, ¡oh desgracia! En el agua, nada tranquilamente una trucha!
Al verla siento que mi vida se complica con esa otra existencia que yo no querría destruír.
Toda vida me inspira respeto; me cuesta desprender una flor de su tallo, tanto como dejar ahogarse á una mosca.
Me parece que suprimir un insecto cualquiera, equivale en el orden general, á la supresión de otra vida más útil, puesto que las más ínfimas creaturas van formando parte de una evolución en que lo más pequeño como lo más grande concurre al concierto universal.
De esta piedad sólo quedan excluídas las lagartijas, las arañas y los ratones.
Inútilmente me he dicho que bajo de nuestros sentidos existe el universo de lo pequeño, que talvez oprimimos y despedazamos inconscientes, y que fuera del alcance de nuestros órganos existe el mundo de lo inmenso...... que todo es cuestión de punto de vista, ¡inútil! la vida de la trucha que nada en el jarro tan tranquila como en el lago, me parece tan respetable como la de un ser más importante.... y me resigno á lavarme con el agua que le sobra al pecesillo.
A medida que nuestra conciencia de la vida se dilata, nuestras responsabilidades crecen en igual proporción. Sabemos que con el pensamiento podemos dañar más profundamente que con las palabras ó con los actos, sabemos el poder creador del deseo, la energía que lleva consigo nuestra voluntad y no podríamos emplear nuestras facultades fuera de los fines elevados sin hacernos reos de traición á la solidaridad universal de que formamos parte.
Por la ventana entra un aire puro de extremada sutileza, envuelto en ese aliento vivificante de la naturaleza, emanaciones de arbustos, de hierbas, olores de lechería, de gallinero, con una fuerza de vida que llena nuestros pulmones....
El cuadro de aquel rincón de cordillera es fantástico y severo. Todas las líneas son violentas, convulsionadas, caprichosas; hay cierta monstruosidad en las formas.
Vamos á los baños por un senderito que serpentea los prados de pasto tierno hasta el lugar de la vertiente, que queda situada en un rincón dominado por los cerros, cuya masa levanta muros que vuelven sombrío el pequeño valle en que está edificado el establecimiento termal.
Es una construcción pequeña, compuesta de varios cuartos, con sus tinas de cemento cavadas en la misma montaña.
La vertiente hierve y exhala sus bocanadas sulfurosas.
El baño es muy agradable y repone, con sus aguas livianas, de las fatigas del viaje.
* * *
Nos embarcamos para ir á Riñinahue. El vapor toma la dirección del río Picuin que baja de las cordilleras y desemboca en el lago Ranco.
Se abre á nuestras miradas un magnífico golfo que se presenta en ideal perspectiva, redondeando su ensenada mientras las montañas se separan y dejan en descubierto un fondo de cordilleras escalonadas en tres, en cinco, en siete cadenas antepuestas unas en pos de otras y que degradan sus matices desde la ruda proximidad hasta el confín eterizado.
Las cadenas de cordilleras diseñan las distancias enormes en sus recortes, en sus nieves, en sus lontananzas inmateriales.
El inmenso cajón de Rupumeca, escalona allí sus caprichosos cordones, formando siete planos sucesivos de formas fantásticas que parecen conducirnos, desde la vida grosera que llevamos, hasta las idealidades superiores que nos atraen...
Los últimos cordones de montaña, azulados, diáfanos, que aparecen á la gran distancia, nos presentan como en un miraje, las probabilidades de sutileza que esperan á la materia misma en su evolución á través del tiempo.
Las perspectivas abiertas, extendidas en lejanías de ensueño, me representan esas visiones audaces que se abren á nuestra alma en la meditación y que toman vida en la observación de las leyes naturales.
¡Cómo lamento ahora no tener mi Kodac para fijar en la película la combinación idealmente armónica de esa perspectiva que retrocede sus planos en sucesión magnífica, dilatando los horizontes y dándonos la sensación casi física de la eternidad en la sucesión de los tiempos!...
Aquel cuadro de belleza serena, de formas suaves, de distancias tan sensibles al ojo en su misma esquivez de inaccesible lejanía, me hacía sentir algo del infinito en el tiempo, de la continuidad de todas las cosas a través de la vida.
Tras de cada muro se levanta otro más alto, tras de cada horizonte, por inmenso que sea, se despliega otro más grande.... y así la vida se extiende, se dilata, y prolonga sus posibilidades más allá de nuestros conceptos humanos. De la visual que poseemos, pende el que logremos descubrir que todo límite es aparente y no real, y que los espacios se abren infinitos más allá de cada horizonte material ó moral. Estamos al frente de la desembocadura del río Picuin que recogió las cenizas de un volcán en erupción y las llevó en su curso, arrasando todo lo que encontró á su paso.
Los habitantes del lago cuentan este desastre con cierto sentimiento trágico, pues ese mismo volcán, con la descomposición del aire, produjo la muerte del ganado.
El relato de la catástrofe contrasta con la serenidad del golfo azul en que las cordilleras decoran el fondo como un país soñado.... En esta mañana de sol, todo sonríe, brilla, irradia y se inmoviliza, en la quietud apacible de la vida....
Bordeamos las riberas del golfo de Riñinahue que van presentando perfiles más y más imprevistos de cordilleras, á la vez que exhiben del otro lado cordones escondidos que se despliegan lentamente.
Costeamos el picacho escarpado que se levanta sobre el lago, como un desafío de realidad brutal, allí próximo á las suaves ondulaciones de las montañas, que se esfuman en transparencias de mundos ignorados.
A este gran coloso de Riñinahue, alzado con tan atrevida pujanza, siguen, en prolongación blanda, los cerros que forman la península de Llahuape, donde la vegetación recobra todos sus fueros, convirtiéndola en un vergel, en una masa compacta de verdura que dominan algunos avellanos y laureles y que platean en toda su extensión los ulmos floridos—gran jazmín con corola de estambres finísimos como encajes. La flor del ulmo da la mejor calidad de miel de abeja y esparce en el aire su perfume de colmena.
¡Qué suaves ensenadas, qué cobijantes recodos tiene Llahuape en la larga extensión de su costa, que bordeamos de muy cerca!
Tras de esa misma península, el lago se interna en prolongado golfo.
Quise remontar el cerro para descubrir el lago del otro lado, pero me observaron que la distancia era enorme y que no alcanzaría á llegar en el tiempo de que disponía. En los lugares donde las proporciones son tan armónicas, la verdadera noción de la distancia desaparece.
Unas cuantas canoas de indios, varadas sobre las piedras de la playa, dan al paisaje, una nota humana en su misma rudeza.
Cerca de la orilla, las chispas de sol caen sobre las crestas de las ondas y forman en el fondo del lago, muy bajo en aquella parte, vetas cambiantes de luz, que se cruzan en caprichosos enrejados dentro del agua, que se extienden, que se quiebran, que se doblan como resortes é iluminan las piedras de abajo en brillante ondulación.
Allí, próxima al lago, aparece una ruca abandonada que pone un sello de vida en la soledad.
Embarcados nuevamente, costeamos la península. Cada puntilla nos parece la última, pero pasada una, aparecen otras y otras en inacabable continuación, hasta ver por fin abrirse el gran golfo de Riñinahue que extiende sus aguas en dilataciones tristes de naturaleza agreste y selvática. La verdura de las riberas es enorme. Los cerros se ven cubiertos por aquel magnífico manto vegetal que brota del lago mismo y que domina las cumbres. Aquello es paradisíaco, exhuberante, riquísimo. Es la aparición del mundo joven que conserva la marca de las energías cósmicas en eterno desafío al esfuerzo humano.
La hermosura del golfo de Riñinahue es melancólica y desolada.
Se interna en atrevido impulso hacia las montañas que aparecen fragosas é impenetrables, y toma un aspecto de magnífica desolación.
Una grande alma encontraría el decorado de un dolor irreparable, de una angustia apropiada á los personajes de Miguel Angel; pero á nosotros, pobres creaturas de un período de transición y de incertidumbres, aquella tristeza nos aplasta.
La isla de los Chingues brota á flor de agua en esa parte del lago y me recuerda, en la conformación y en la exhuberancia de la verdura, la fantasía de los islotes de la bahía de Río Janeiro.
A cierta distancia, la isla semeja una enorme ballena recostada sobre el lago. Desde más cerca es imponente en su espesura y en lo inaccesible de sus márgenes, que se elevan bruscamente, manchando con su oscuridad el azul vivo de las aguas á esa hora del mediodía....
Pasamos entre la península de Llahuape y la isla de los Chingues.
Desde el centro del lago las cordilleras de Rupumeca, presentan faces nuevas de sus complicadísimas cadenas, muestran otros perfiles, otros cordones idealmente remotos, evaporados, diafanizados en las lejanías imprecisas........
* * *
Es la tarde en el rincón del lago. Las coloraciones se desvanecen trémulas, todo se destiñe, la naturaleza parece esfumarse vaporosa como una visión bella.
Es el momento de más culminante belleza, cuando todas las cosas parecen llegar al idealismo supremo, alzándose en un ansia de vida mejor, que traspasa la densidad de la materia como el ardor del espíritu aniquila el cuerpo y lo transforma.
Entre tantas tardes mágicas de mis recuerdos, ésta del lago Ranco, tan descolorida, tan sobria de tonos, me parece más elevada, más alta de expresión, más próxima al mundo sin forma, por la abstracción del color fuerte y de la línea violenta que se funden en el éter impalpable. Es cuando he visto á la naturaleza corpórea confinar más profundamente con el plano espiritual.
La manera cómo vivimos estas cosas en nosotros mismos es tan imperceptible, que no podemos explicarlas.
Hay algo de íntimo y oculto que habla al espíritu una lengua jamás profanada por expresión terrestre. La Virgen Naturaleza sigue insinuándose al alma con esa misma luminosa sencillez con que se comunicaría al hombre primitivo en el secreto de sus selvas, ante las viejas constelaciones que no habían recibido la confidencia de los amores humanos ni servido de aliadas á los crímenes de abajo.
A ratos, yo dejaba de ser alma humana, desligada de lo transitorio, para revestir mi personalidad de mujer y en aquel templo sublime, ante ese majestuoso palidecer del lago, evocaba los paraísos terrenos de mis recuerdos y de mis ensueños....
En aquella augusta soledad que convidaba á las emociones grandes, yo dejaba vibrar por vez postrera en mi corazón todas las voces bellas que alguna vez me habían invitado á vivir y todas esas voces amadas y lejanas evocaban dulcemente las dichas posibles que nunca se realizaron. La luz desmayaba entre tanto y las sombras intrusas envolvían las cosas.
* * *
Los que sentimos en la sangre algunos salvajismos que en determinado momento se apoderan de nosotros y nos sorprenden—salvajismos que anulan nuestros refinamientos naturales—llegamos á sospechar que por allá en el pasado algún atavismo rudo está poniendo en la complicación de nuestro ser un instinto que el tiempo y el esfuerzo no logran dominar por completo.
Esta sospecha de araucanismo hace que mire con afecto y con ojeriza á la raza que si ha dejado un sedimento de fatalidad en el fondo de nuestro ser moral, también ha dejado energías en nuestra voluntad.
Nunca se me había presentado la ocasión de conocer á los indios en su primitivo estado, de modo que cuando supe que en la isla del Huape todavía existían «indios de verdad» me encaminé gozosa.
La legendaria raza araucana que luchó con los españoles i que en la familia indígena representa más genuinamente el territorio no es la que habita en las islas del lago Ranco.
Aquí hay una raza diversa de indios «Huilliches» (chicos y corredores) que no presentan ese carácter guerrero y altivo de los viejos campeones históricos.
Cada raza de hombres tiene profunda relación, como el animal y como el árbol con la tierra que los produce y así los habitantes de esta región, no pueden tener condiciones de lucha sino de oportunismo y bienestar.—La naturaleza es demasiado blanda para producir guerreros. Aquí se encontrarán cultivadores de la tierra, seres pasivos, ágiles y flexibles.
Mientras más salvaje es una creatura más armonía debe guardar con su tierra natal, porque tiene el alma colectiva de los animales apenas consciente en un primer grado de separatividad. Se me ocurre que estos indios Huilliches en quienes la humanidad destella su primer fulgor deben asemejarse á la índole del paisaje tranquilo y dulce.
Me vengo haciendo estas reflexiones cuando ya la isla del Huape perfila su masa, y diseña sus colinas en la pureza radiante del día, levantándose sobre las ondas azules como una tierra de promisión.
Elfrida silba sus mas estridentes pitos para poner en alarma á los indios y conseguir que se nos muestren, pero la isla permanece desierta á nuestros ojos.
«No asoma ningún cholito» dice desconsolado el mecánico, que es un gringo con cara de Corazón de Jesús de estampa francesa—aunque la verdad es que pudo ser más sincero hablando en género femenino.
La isla ya mui próxima parece un gran parque encontrado de súbito en la extensión del lago. Es muy accidentada de terreno y de forma; tiene montañas, colinas, planos cultivados, mesetas, bosques, lomajes blandos y se divisan las rucas á la sombra de árboles legendarios, que habrán servido de «junta» al consejo de las tribus.
En las menudas piedrecillas de la playa hay muchas canoas varadas y una nos sirve de puente para alcanzar las primeras piedras en seco.—Al atravesar la canoa observo la tosquedad con que ha sido construída, horadando apenas un tronco de árbol.
Y más arriba escondidas entre los árboles de la playa hay todo un astillero de canoas en construcción.
En la tierra firme se me acentúa la impresión de encontrarme en un parque deliciosamente cultivado. Las praderas compactas de yerba, los boscajes densos en grupos casi simétricos que alternan con los planos sembrados, los senderitos que ondulan con tan coqueta flexibilidad en los lomajes, me hacen la ilusión de una morada principesca.
Las cercas vivas ostentan flores primorosas, que forman racimos de capullos en tonos mordorées. Los arrayanes floridos, parecen cubiertos de copos de nieve recién caída.
Subimos por el camino que conduce á la ruca del cacique Llancumil, situada en la falda de la colina, pero á bastante altura sobre el nivel del lago.
Don Mauricio sufre del corazón y sube con lentitud para evitar la fatiga. Montecinos alegre y animoso, con toda esa energía que dan las arterias elásticas, en que la sangre jenerosa circula en ritmo perfecto, marcha adelante armado de una botella de aguardiente para el cacique, que nos servirá de introducción y nos abrirá su hospitalidad. Llamamos á don Mauricio, y como no puede alcanzarnos, Montecinos declara—siempre preocupado de la réclame de Lliféns—que si no hace una cura de agua de los Baños no le saldrán del estómago las borras de cerveza que tiene aconchadas—y sin embargo don Mauricio es tan temperante que sólo toma chicha de las manzanas de su huerto.
La vista del lago que viene apareciendo a través de los árboles es maravillosa. ¡Por entre los arcos del ramaje azulean las aguas plácidas y las montañas aparecen en la idealidad de la distancia, como el soberbio pórtico de un templo consagrado á la divinidad de la suprema armonía, de la paz eterna!
No se ve á ningún ser viviente en el cercado de la ruca del cacique; sólo un jardinillo defendido por una empalizada, muestra la vivienda habitada.
Penetramos al cercado, admirando aquella vista de tan griega serenidad que me recuerda á Corfú en el colorido, en lo vaporoso y lo suave de las formas, en esa risueña quietud en que todas las cosas parecen estáticas....
No puedo creer que no exista aquí una raza digna de oficiar en tal santuario el culto de la admiración á la armonía de la estética divina.
La puerta de la ruca está cerrada y nadie nos recibe.—Silencio profundo en torno nuestro. Quizás los indios están ocupados de sus cosechas allá en el fondo de la isla y no lograremos verlos.
Montecinos que habla un poco de araucano y que conoce las costumbres de los indios, comenzó á llamar en «lenguas» (dialectos), pero nadie respondía.
Empujó por fin la puerta de la ruca y en un interior negro, sucio, ahumado, vimos á dos mujeres acurrucadas, inmóviles á la orilla de una fogata. Son la mujer y la hija del cacique Llancumil.
Ambas nos miran impasibles y no hacen ni un movimiento. Están cubiertas por unas mantas ó túnicas que las envuelven de alto á abajo. Tienen caras achatadas, frentes estrechas, color cobrizo y cabello muy negro, liso y compacto, peinado en raya con dos apretadas trenzas que caen en la espalda.
La madre y la hija se asemejan mucho, no con esa semejanza que reside en los rasgos, sino con la identidad que produce la carencia de expresión y la falta de individualidad.
Las dos mujeres se parecen como dos piedras, como dos plantas.
Ese algo único é intraducible que hace que la persona de tipo más semejante al mío no sea yo, ni yo ella, faltaba en esas dos mujeres, que en edades diversas y con facciones distintas, eran iguales en sus angostas frentes vacías de pensamiento, en sus ojos desiertos, en sus bocas frías....
Ningún músculo se contraía en aquellos rostros, ninguna sonrisa asomaba á sus labios y ninguna centella chispeaba en el fondo de sus ojos muertos de raza impotente.
Montecinos entró á la ruca armado de su botella como de una oliva de paz entre tribus enemigas.
¡Qué de reconciliaciones y de olvidos duermen en el fondo de las botellas!
¡Qué inveterados rencores, qué sordas enemistades, se desvanecen con el humo del alcohol! ¡cuánto hay de físico en nuestras mismas emociones que un poco de vino disipa!
La India no quiso aceptar el vaso que le ofrecen; piensa quizás que la van á envenenar.—Montecinos lo comprende, bebe primero y después le alarga el vaso. Ella antes de empinarlo, con un gesto de inercia mete los dedos dentro, esparce unas gotas por el suelo y después bebe un largo sorbo. Ese signo es una conjuración que hace al «Calcu» (brujo). ¡Tras la rudeza de las pretendidas supersticiones cuantas profundas verdades de naturaleza se ocultan—verdades que descubre la intuición espontánea de los rústicos y que después confirman los sabios! Qué de influencias malsanas nos traen ciertas personas—influencias que puede neutralizar alguna práctica mediante el ejercicio de nuestra voluntad disciplinada que pone en juego fuerzas contrarias. Ya la ciencia viene exclareciendo muchos de estos misterios psíquicos y la risa de los incrédulos va tomando carácter de simple necedad.
La India devuelve el vaso, y se coloca de pie en la puerta de la ruca en indolente actitud: ni nos observa ni nos habla.
No logramos despertar su curiosidad ni siquiera su atención.—Le somos totalmente indiferentes.—Mientras menor es el grado de conciencia en una creatura, mayor es también su dificultad para comunicarse; mientras menos se sabe, menor número de cosas atraen ó seducen. La facultad admirativa no puede existir porque la admiración supone conocimiento de la cosa en sus relaciones con las demás de que es conjunto.
Todos hacen preguntas á la India, pero apenas responde un monosílabo á la tercera vez que se insiste en una interrogación.—Parece que cada palabra tarda en caer á aquel cerebro obtuso y cerrado á toda idea. Se le pregunta cuánto tiempo habita aquella ruca: no responde. Se insiste: silencio.—Por último contesta que no sabe y cuando ya se ve acosada, dice que habita allí desde muchos años.
Comprendía la pregunta, pero desconfiaba del objeto, pensando quizás que querían desalojarla de su vieja morada y con su silencio se daba el tiempo de rehuir la respuesta.
Todos los recursos que me suministra mi ductilidad nerviosa para crear entre las gentes que me atraen, la atmósfera armónica, mediante esas antenas morales que evitan los contactos rudos se estrellaron contra la India.
Me hice para con ella sencilla, fácil, blanda, poniéndome al diapasón de su rusticidad.
Traté de penetrar en su ambiente moral, en su estructura indígena... pero todas mis sensibilidades se estrellaron contra la inercia, contra la impotencia vibratoria de aquella mujer.
El lago, las piedras, los árboles eran más penetrables que esa creatura en quien la experiencia terrena ha dejado el estigma de Dios sabe qué crueldades é injusticias, que la hacen más inaccesible á nosotros que la naturaleza puramente orgánica.
Sospechando que en el fondo de la última mujer duerme una hija de Eva, sensible al halago, admiro el jardinillo; pero todo es en vano, la India no me escucha. Entonces reparo en su manta que la cubre como un saco sin costura desde el cuello hasta los pies y ahora no más sus labios sin expresión se plegan levemente y esbozan una sonrisa débil y triste de niña enferma.
Frente á aquella muestra de raza primitiva colocada como una esfinge en la puerta de la ruca negra, el lago esplendoroso tiende su concha de záfiro y las cordilleras decoran el fondo del paisaje con magnificencia de gloria.
La India me parece entonces la estatua de una fatalidad sometida á todos los despotismos del destino, frente á la naturaleza libre que dilata sus horizontes purísimos, en nirvánica quietud, en sublime paz.
Ahora comprendo mejor que la individualidad es una liberación del ser humano, que mediante sus esfuerzos logra colocarse por encima de las leyes que lo oprimen, de las pasiones que lo tiranizan, de los pesares que le acechan.
Una individualidad me dije es lo contrario de esta pobre esclava que tengo delante, tímida, inerte, sometida á los elementos hostiles, vencida por las fuerzas naturales.
En sus pupilas aún no se enciende la vida que pugna por romper ligaduras, por ascender pendientes, por combatir enemigos.
La India se resigna á todo lo que siente más fuerte que ella: sufre, se inmoviliza y calla. En vano la más ideal visión despliega su belleza, ella nada ve, nada quiere, nada admira ni nada espera..... Su inercia es completa, necesitará vivir muchas vidas para llegar al dominio que el hombre debe tener sobre su medio y sobre los elementos. Se necesitará mucho tiempo para que esa alma entre en conciencia de los poderes de su «yo», para que aprenda esa ciencia del sacrificio que es la llave de nuestras conquistas.
Ninguna creatura humana me había dado por contraste más exacta idea de lo que constituye la individualidad, o sea esa emancipación completa del ambiente, ese dominio de las leyes inferiores de nuestra especie, que se produce por el sometimiento á las superiores. Toda individualidad marca ese momento en que la conciencia toma posesión de la vida. La personalidad es el primer grado que conduce á la individualidad y consiste en comenzar á desprenderse de una masa, de un tipo de raza, de una mentalidad determinada para entrar á ser «yo» con todo lo que la naturaleza nos ha dado de característico. La individualidad es ese mismo «yo» que se afirma más profundamente en lo que tenemos de único, de incomunicable y de esencialmente diverso de todos.
Adquirir una personalidad es difícil por las imposiciones de nuestro temperamento, por las sugestiones del medio, por los intereses humanos que nos dominan, pero crearse la individualidad es aún más penoso porque supone la guerra consigo mismo, el dominio de nuestro ser inferior, de nuestros semejantes que nos oprimen y de toda la vida que pugna por avasallarnos. Ser «Uno mismo», ¡qué enormes victorias supone contra nuestro corazón, contra nuestras pasiones, contra nuestros prejuicios, contra nuestra voluntad! Si examinamos nuestra vida entera, tal vez no encontraremos un solo acto realmente individual. Nuestras virtudes como nuestras faltas han sido las más veces reflejo de ajena sugestión, nuestras ideas espejismos inconscientes de otras mentalidades... Si logramos sustraernos al mundo visible que nos rodea ¿sabemos acaso hasta qué punto estamos influenciados por el mundo invisible, ya que en los planos superiores todos los mundos se compenetran?
¡Y sin embargo ser «uno mismo» es el solo objeto de la vida, de la prueba y del dolor!
Pasamos por este mundo de atroces limitaciones sólo para aprender á encontrarnos á nosotros mismos y en nosotros al centro único de la vida: ¡Dios!
Verdad es que el Evangelio nos ha mostrado un camino tan corto como sencillo para encontrarnos, y ese camino consiste en darnos, en renunciarnos, en desprendernos de este «yo» carnal y humano, para que desentrañemos del abismo de nuestro ser, el alma inmortal eterna y todopoderosa que duerme en el fondo de nuestra vida inconsciente esperando la voz que le diga: ¡Levántate y anda!....
Habíamos mandado llamar al Cacique con un «cholito» y aguardábamos allí en la ruca deslumbrados por el paisaje, que el lento declinar del día hacía cada vez más bello en su serenidad radiante.
Me obceca la idea de la Grecia.
El cuadro tiene una coloración de tonalidad tan delicada, unida á tanta pureza de líneas que si de súbito encontrase una Venus de Milo, un Apolo de Belvedère, aquello no me causaría asombro sino satisfacción de armonía.
Estábamos á bastante altura para no percibir ni siquiera el oleaje de la playa y en aquel silencio de naturaleza desierta, sin cantos de pájaros ni ruidos humanos, oimos una nota aguda y vibrante que rasgó la quietud del lago como una flecha. Nos miramos asombrados ¡nada! Vuelve a sonar la misma nota aguda.
La India ve nuestro asombro y permanece muda. De pronto don Mauricio repara en un arco de madera colgado de la ruca y era ese aparato con su cuerda tendida como un violín el que vibraba cuando soplaba cierto viento produciendo esa nota extraña. La cuerda es de esparto, planta del lugar que da una flor semejante al azahar en la forma y en el perfume.
El cacique no viene y nosotros no podremos llegar á pie hasta el centro de la isla porque es lejos y la tarde cae.
Cuando yo pedía datos sobre la facilidad de ver á los indios, parecía según lo que me contaban que eran los seres más sumisos y que habría bastado un mandato para que se reuniesen y celebrasen ante nosotros sus ceremonias, pero aquí en su ínsula vengo á comprobar que ellos continúan siendo potencia indómita para nosotros.
Esta altivez conservada en el fondo de una isla perdida en un lago solitario, sin duda es muy hermosa. Si han sido expulsados de todas partes, allí donde se han atrincherado como en un último baluarte continúan siendo fuertes.
Salimos á excursionar acompañados de varios niños que vienen con nosotros desde Llifens, Augusto, de siete años, pequeñito y flaco, con unos ojos preguntones y atónitos y Endulia de carita fresca, redonda y bien recortada, que sonríe mostrando sus dientecitos de ratón.
A través de los bosques y praderas descubrimos á cada paso vistas ideales en que las colinas se redondean, los árboles se estrechan y el lago azulea en radiantes lontananzas dominado por la diadema de eternas nieves que ciñen su frente pura.
Hora de serenidad, de embriaguez y de calma...... que no conocen los sitios poblados del viejo mundo.
Un gran laurel destaca su silueta arrogante y su ramaje fino sobre el «azur»; grupos de boldos obscuros y relucientes parecen limoneros de Sorrento vistos á través de la cálida irradiación de las aguas napolitanas.
La montaña está coronada por grupos de robles que en la diafanidad del aire diseñan su ramaje en primores de relieve.
Volvemos á la ruca. La India permanece de pié en el umbral. Su actitud en aquella suprema paz del día que cae, me habla de ese destino que los antiguos pintaron implacable y ciego cumpliéndose sin piedad. Montecinos penetró en la ruca, sacó varias de esas mantas tejidas de rabiosos tonos que ellas fabrican y nos las tendió en el terrado para que nos sentáramos.
El trabajo es bonito, los colores se alían dentro de su misma violencia.
Alabamos la belleza del trabajo y preguntamos á la India si quería vendernos algunas mantas. Contestó que no vendía y permaneció inmutable.
Habría querido penetrar en aquella creatura, conocer las ideas vagas de religión que pueden caber en su mente embrionaria.
Los indios, practican sin duda instintivamente muchas fórmulas religiosas, rudas si se quiere, pero que en el fondo corresponden á profundas verdades naturales.
Así por ejemplo cuando, preparan una empresa y quieren tener éxito, comienzan por hacer un sacrificio y queman un animal—sacrificio que es la válvula de escape de la fatalidad, que todos presentimos más ó menos fuerte en torno nuestro... Sabemos de instinto que un sacrificio voluntario cancela una deuda moral.
A trueque de una concesión espontánea adquirimos un bien que deseamos. Dentro de esas almas rudas de indios, en quienes impera el instinto sin «contrôle» razonable hay sin duda más penetración de ciertas verdades espirituales que en los seres civilizados, cuyo desarrollo psíquico no es suficientemente intenso para descubrir el fondo esencial de las cosas.
Tendremos que marcharnos sin haber visto en la isla más que á las dos mujeres impasibles como plantas que extienden sus raíces hacia la humedad de la vertiente y sus ramas hacia el rayo del sol.. La conciencia humana ha despuntado apenas en temores, en desconfianzas, en pequeñas astucias.
Su limbo cerebral no ha sido alumbrado más que por rayos furtivos de intuición que les han indicado el medio adecuado, pero obscuro de conjurar las influencias malas y de atraer las buenas.
Habrán comprendido quizás que están bajo el dominio de un Poder inteligente á quien se teme sin amar, porque no se formula de manera tangible... porque no llega hasta sus almas circunscrito en un foco de amor, humanizado en un Cristo, doliente en su carne y en su sangre... Y todavía me pregunto si ese Poder que en todo caso perciben infinito dentro de su misma inabordable lejanía, no estará más cerca de la idea de la divinidad, de Brahma el Incomunicable de los Hindúes que el pequeño Dios vengativo y arbitrario que se ha creado la mente del último devoto materializado en una estampa.
El concepto divino que duerme en el fondo de esos seres si no es más concreto, es tal vez más grande en su propia vaguedad que el de los fanáticos empequeñecidos que necesitan reducir á Dios á su nivel para poder alcanzarlo.
Nos vamos del Huape sin haber presenciado ninguna de esas Juntas en que las tribus se reúnen en torno de un «Canelo», árbol sagrado de los araucanos como de los Huilliches.
Allí una niña escogida, quien sabe dentro de qué reglas que pertenecen á la ciencia de las leyes mágicas se pone á romancear (decir oraciones) al rededor del árbol para hacer propicio á Dios en sus súplicas obteniendo buen tiempo i prosperidad en sus cosechas.
Después hacen parejas cuidando de nivelar los tamaños y giran en rondas al son de sus trutrucas de madera en torno del canelo lejendario.
Me dicen que el cuadro es muy brillante. Los bailarines llevan trajes de colores chillones y se aderezan la cabeza con latas y cintajos.
Todo eso no habría alterado la idea de «raza» que me ha dado la India esposa del cacique con su túnica negra y su silencio de esfinge.
Mientras ella miraba con sus ojos sin alma el lago sonreía en su divina belleza y las montañas se esfumaban vaporosas en sus transparencias quiméricas.
Todo vivía, palpitaba, se estremecía y amaba en torno de su impasibilidad indígena. Y todo ese desbordamiento de la vida feliz encontraba como una valla en la mirada vacía de sus ojos de animal resignado, de fiera en reposo...................................
.....................
La tarde cae. Tenemos que marcharnos de la isla y tocar con las últimas luces la playa de Llifens.
En el silencio de la isla que parece desierta se escuchan ahora algunos cantos aislados de pájaros—bandurrias y tregles—que ponen en el aire mudo su nota musical. Algunos árboles tienen el tronco cubierto de enredaderas que caen en festones. Es el boqui, me dice Montecinos. Hermosas flores solferino en apretados capullos las quinoas aparecen entre los arbustos. Otro árbol el guagúan, especie de laurel, levanta su copa airosa i pinta su follaje obscuro en la transparencia atmosférica. El picha-picha, árbol que da muy rica madera suave utilizada generalmente en mangos de herramientas, está cubierto de esquisitos frutos negros.
Nos marchamos de esta última morada que la invasión civilizada deja á los indios sin haber visto más que á dos pobres mujeres en primera etapa humana....................
He tratado de demorarme en la isla todo el tiempo preciso para hacer la travesía á la hora del crepúsculo.
El crepúsculo de ayer fué muy hermoso en su soledad virginal, pero ahora necesito recoger esa misma impresión en pleno lago.
Esta tarde tiene una de esas bellezas esquivas que no sabemos traducir en las palabras porque la sentimos más allá de nosotros mismos en esa misteriosa región que no dominan nuestros modos de expresión....
Tengo la manía crepuscular; nunca he comprendido ni amado los sitios sino á la hora del atardecer, como si la naturaleza fuese una ruborosa que sólo se entregase en tenuidades de luz. He perseguido las tardes de todos los hemisferios; he visto caer el sol en el desierto, en el mar y en la montaña, y reconozco que esta tarde es la más hermosa de mi vida artística.
Al tomar el vapor el centro del lago el sol se ha hundido tras las montañas del Huape. El lago está tranquilo de un azul claro que confina con el gris. Las montañas muy altas del lado de oriente le hacen magnífico marco.
Y aquel postrer resplandecimiento del sol que se ha ido, pone en los cerros todos, en los altos y en los bajos, en los atrevidos y en los suaves, en los próximos y en los lejanos, dentro de su perfecta degradación de luz, un rubor súbito, una palpitación ardiente, un reflejo trémulo....
La naturaleza en aquel momento es una virgen que se sonroja, que trepida, que lucha y que en una última caricia blanda se entrega á la invasión de la vida que la apremia, que la solicita y que la inunda en sus delicias.... Todo en la concha redonda del agua levemente rosada y en los montes refulgentes de destellos cálidos, todo parece vibrar en una convulsión suprema que uniera las partes todas del universo, que fundiera, al agua, al árbol, al monte y al hombre en su perfecta unidad de origen y de fin. La sutileza de los tonos, la degradación magnífica de los matices, la tenuidad imperceptible en que se fundían unos en otros, la sobriedad armónica del color y de la línea hacían que el paisaje proclamase la unidad absoluta de la vida, la compenetración de todo cuanto somos en la esencia divina....
Ni una nube que rompiese la uniformidad deliciosa del cielo ni el más leve arrebol que cortase el cristal transparente del aire, ni una mancha de verdura que interrumpiese la tonalidad compacta de las montañas. Todo era liso, puro inmaculado y diáfano....
Estábamos á bastante distancia de las márgenes para que desapareciesen todos los detalles; sólo se nos presentaba el gran conjunto del cuadro recogido en una sola mirada y transfigurado por una luz ténue, difusa... luz de aparición. La tierra parecía a aquella hora despojada de sus asperezas, de sus brusquedades de piedra, de sus accidentes, de sus irregularidades y sólo veíamos un mundo de ensueño, de beatitud estática en que todas las realidades transformadas por un poder mágico, en que todos los elementos asociados llegan en un instante feliz á la suprema armonía que todo lo enlaza, que todo lo aplaca, que todo lo reúne y que todo lo eterniza....
No puedo describir los paisajes, sino por comparaciones de estados psíquicos.
Si llegara para mí un momento en que todas mis esperanzas fuesen realidades, en que mis ensueños tomaran forma, mis ideales vida y yo sintiese una felicidad sin más allá, una dicha sin temor al minuto que la roba, al mañana que la desvanece y si en aquel estado de alma yo me prosternase y dijera: «No tengo que creer, no tengo que esperar, porque amo definitivamente....!» Pues ese era el momento que aquella naturaleza reflejaba en su delicadeza sutil, en su fulguración ténue, en su unidad profunda y en su calma divina....
Todo parecía decir una sola palabra tan rara en la tierra. ¡Paz! Paz! y siempre Paz!
¡Qué dulcemente resuena esa palabra en la soledad de nuestra alma atormentada aunque sea por el breve espacio de un minuto fugaz!...
¡Qué grato es ver la Paz dibujada en el miraje frágil de una tarde humana, creer que la Paz existe en el fondo de las cosas, y que vendrá para cada una de nuestras almas en una hora preciosa de la vida por venir!...
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Augusto, el chico de los ojos tímidos y averiguadores, trae un botecito de madera en que ha trabajado todo el día de ayer. Examino el juguete y me admiro de lo bien hecho que está el trabajo; tiene su quilla, su proa, sus tablas de asiento. Le ha puesto un cordelito y lo amarra con toda la solidez que sus fuerzas le permiten. No se atreve á cargarlo con sus caramelos, de miedo que sean muy pesados y lo hundan.
Necesito tomar mis apuntes y no encontrando nada en que apoyar el pliego de papel el señor cura me pasa el bote.
Lo coloco sobre mis rodillas y me sirve de escritorio, pero los ojos de Augusto me persiguen suplicantes y entonces comprendo mi usurpación.
Me apresuro á devolverle su tesoro y juntos ponemos á flote el botecito blanco que el niño sostiene maravillado del cordel y que salta al costado de nuestro vapor, sin que jamás una gota de agua penetre adentro.
Observo la carita de Augusto con su expresión de debilidad en que se pinta una satisfacción profunda.
Me complace descubrir ese fondo de interrogación doliente que encierra la mirada de algunos niños, como si temiesen las sorpresas que la vida les reserva.
De pronto Augusto grita desesperado, ¡qué pena! el cordel se ha desatado y el botecito queda bogando solo á merced de las olas y, en la distancia que ya nos separa, se ve cada vez más diminuto, cada vez más ínfimo en la extensión de las aguas...
La mirada del niño lo sigue con cierta ternura impotente en que se mezclan el asombro y el desaliento.
¡Qué habría dado yo por tener otro bote con que reemplazar al que ya solo veíamos de cuando en cuando blanquear un instante sobre la cresta de una ola para desaparecer después por mucho rato!
Los ojos ávidos y tristes del niño expían ansiosos ese reaparecimiento, cada vez más tardío del botecito minúsculo en la estela espumosa más y más ancha que el vapor deja á su paso...
Yo misma, colgada de la ventana de la cámara, sigo ese último é incierto blanquear de la navecita de madera en la ondulación del agua...
Y cuando desaparece para siempre, Augusto y yo nos miramos en una larga mirada de comprensión infinita, ya que en diversas formas esta humanidad lleva el desconsuelo de las cosas irreparables.
En mi pena por el botecito perdido no sabría distinguir si es el botecito mismo que me entristece, ó si solo me sirve de pretexto para sentir tantas cosas bellas nutridas al calor de mi corazón, que en un momento fatal de la vida se han alejado de mí y han desaparecido para siempre en el revuelto oleaje de los acontecimientos efímeros...
Todos llevamos en el alma el cordel cortado de una ilusión muerta, de un afecto desconocido, de una presencia alejada...
Y cuando la barquita de Augusto desaparece en la última cresta azul, despedimos con ella alguna hora hermosa de nuestra vida que se fué para siempre..., algún encanto del pasado que no tiene ya más derecho de regreso... El botecito perdido ha encontrado tanta repercusión en mi alma, tanto eco en los demás, porque todos hemos despedido algo... que la eternidad entera sería incapaz de devolvernos.
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Desde el momento de nuestro embarque en el Huape hasta la llegada á Llifens, el cuadro tuvo una transformación completa, pasando como las fisonomías humanas por todas las faces de una crisis de alma intensa, matizada en las expresiones más hondas, más ricas y más diversas.
A ese primer sonrojo trémulo y palpitante de los rayos del sol que muere, sigue la majestuosa y lenta extinción del color...
¡Todo va pasando de los rosados, de los violáceos, de los cobres pálidos á las tonalidades muertas, blanquizcas y secas, pero ese mismo fulgor postrero que anima todo el cuadro con una vida intensa nos da una sensación exquisita de delicadeza y de intimidad!
Tras el alto picacho que cobija á Llifens, dos desgarraduras de montaña abren sus lejanías insondables y muestran la imprevista fantasía de sus múltiples cadenas de cordillera. En el golfo de Riñinahue aparecen también los cordones nevados de Rupumeca escalonando sus filetes de pedrerías y pasando por toda la gama de los tonos azules desvanecidos en plata...
De esa parte el panorama tiene una extensión ilimitada y abre sobre el lago una perspectiva de país encantado...
Por el lado izquierdo de Llifens otra partidura de montaña descubre en magnífica visión siete cadenas de cordilleras dominadas por la cresta blanca de Choshuenco.
Todo el cajón de Camahue, dilatado en distancias increíbles, da al ojo la sensación material de lo inconmensurable... y junto con las cordilleras de la derecha prolongan una doble magia sobre el fondo del lago...
Nuestra vista rompe por ahí todos los límites y alcanza remotos confines de fantástica idealidad.
La atenuación de la luz es tan rápida y va dando al cuadro aspectos de belleza tan fugaces, que cada realidad parece desvanecer la anterior. Así, en nuestra vida las emociones, en revuelto torbellino, se suceden, se complican y se desvanecen unas en pos de otras...
A medida que palidece el paisaje, que las montañas pierden su vibración ardiente, todo entra en un reposo más perfecto, en una pureza más alta, en una placidez más sublime.
Con la luz parece haberse alejado del cuadro todo lo accidental, quedando reducido á sus grandes líneas y á sus reflejos más dulces. Lo que el crepúsculo perdía en brillo, lo ganaba en majestad y en profunda serenidad.
En esa palidez de la tarde todo se va inmovilizando, se va petrificando en las rigideces marmóreas de las cosas que entran definitivamente en el reposo, lejos del ondear de la vida.
Antes de ocultarse en la sombra la naturaleza reviste la más acabada de las formas y el día concluye en un momento de suprema belleza.
Así como la muerte sabe imprimir á todas las cosas, aún á las más vulgares un sello augusto, así la tarde al caer sobre el mundo parece anular todo lo pequeño, acallar todo lo pueril y en ese silencio y en esa majestad eleva una gran plegaria de paz y de concordia en que las creaturas todas, conscientes é inconscientes, entramos por un instante en el curso ascendente de la vida, que ansía, que busca y que clama en medio de la miseria y de la obscuridad por el Centro Unico, de donde todas las cosas emanan y á donde todas tienden irresistiblemente!
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He hecho la travesía en cubierta con mi amiga, ambas de pie, cogidas por la solemnidad de esta naturaleza, tan intensamente evocadora en la quietud del lago dormido, cuyo terso espejo velaban apenas las ráfagas de aire, convirtiendo su luz en fugitiva sombra.
Las aguas plateadas y lisas palpitaban acariciadas por el viento y volvían á recobrar su limpidez cristalina... En esta tarde se me ha revelado la grandeza de la naturaleza y con ella la grandeza de la vida. Ese algo de trascendental y de permanente que el vivir lleva consigo en su vaivén y en su caducidad no lo había sentido jamás á tanta hondura como hoy, en el fulgor mágico y en la lenta descoloración del paisaje.
El brillo y la luz pasaron como pasa la pasión y el acontecimiento humano por nuestra alma; pero allí queda la naturaleza siempre alzada esperando en la sombra las auroras próximas, los días futuros y los siglos venideros...
Todo pasa, la felicidad y la pena, el amor y el odio, y sólo queda el estado de alma más elevado, más hondo ó más estrecho que esas emociones han dejado á su paso...
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Ya cerca de Llifens los montes aparecen como monstruos de piedra, los bosques como cavernas tenebrosas.
Solo del lado del poniente la isla del Huape se destaca sobre fondo de topacio en una última reminiscencia de la luz que se ha extinguido.
Apenas queda una leve claridad para que el mecánico guarde «Elfrida» en la embocadura del río Calcurrupe, pues el lago se suele agitar durante la noche y las embarcaciones se destrozan al chocar con las piedras ó con los troncos de árboles de la playa.
Al bajar á tierra me parece salir de una magnífica visión que se ha desteñido, que se ha esfumado, que se ha idealizado, que se ha hecho inmaterial ante mis ojos para dejar en mi alma la impresión de una armonía sobrehumana y de un éxtasis divino....!
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El cansancio hace que nos acostemos sin hacer tertulia de sobremesa á nuestros amables compañeros.
A la mañana siguiente las aves de corral nos despiertan con su vocerío. Los gansos, las gallinas y los chanchos me dan una impresión de vida sana y potente. Desde las ventanas de la casa aparece amenazante el picacho que yo he bautizado con el nombre de Jibraltar. Me dicen que en la cumbre hay un lago, á pesar de que su extremada altura nos muestra la cima pequeñísima.
A esa hora de la mañana en que nos encaminamos al baño, hay una extremada ternura en los campos, los pastos chispean en sus gotas de rocío y un frío seco y agudo, frío de cordillera cercana, nos azota el rostro.
La señora Poirier, esposa del señor Montecinos, tipo de mujer tranquila pero algo cansada por la vida, con ojos de bondad resignada—me acogió muy amable en su casa. Su hija María Rosa, retrato de la madre joven en la alegría ingenua de los pocos años, de la pureza y del buen humor, me hizo compañía durante el paseo.
Esa juventud moral y físicamente sana tiene el encanto de las flores que guardan en sus pétalos tersos el rocío de la mañana.
La niña con cara redonda y sonrosada, con nariz respingada, boca fresca y ojos sonrientes, me parece un fruto de la montaña.
La madre y la hija nos acompañan al embarcadero y también Augusto que quiere hacer la travesía con nosotros en la esperanza de recuperar el botecito perdido. Se levantó muy temprano ilusionado por la idea de que el lago hubiera devuelto su presa sobre la playa en el oleaje de la media noche; pero, nada! esos barquitos de cordel cortado que nos abandonan en la vida no vuelven jamás.
A veces nos entristece dejar á personas que apenas conocemos... Quizás presentimos afinidades en que no hemos alcanzado á vibrar con ellas... Descubrimos tal vez con la fraternidad oculta de un deseo, la viudez de una ilusión... Y entre los saludos y las frases comunes del código mundano, las almas se han dicho cosas que los labios no saben formular....
Me cuenta la señora Poirier los sufrimientos que ha pasado con los niños enfermos, me descubre una vida triste de abnegación y de sacrificio y á través de la mirada tranquila palpita la angustia humana que todos por distintas cosas y en grados diversos llevamos en el alma....
Al partir le estrecho la mano como si la hubiera conocido siempre.
Las simpatías y los afectos viven fuera del tiempo y obedecen á leyes que no están inscritas en los protocolos.
Nos embarcamos. Montecinos no quiere llevar á los niños porque va á volver muy tarde. La señora insiste por María Rosa que no ha salido ayer. Ella fué feliz en su niñez y quiere que sus hijas gocen de la vida.... Ya llegará el sufrimiento inevitable y si han tenido su parte de felicidad lo aceptarán mejor.
Augusto ha resuelto no quedarse por ningún motivo y con la agilidad de un gato trepa al muelle y se mete al vapor.
Sus ojitos tristes de niño débil se acentúan esa mañana, que viene en ayunas con gran cólera de su padre, que lo amenaza con dejarlo todo el día sin comer y que acto continuo le corta una rebanada de queso.
Los promontorios de Llifens como monstruos de granito quieren aplastarnos al dejar la playa, pero pronto quedan atrás y las altas cordilleras aparecen grandiosas é idealmente lejanas.
El vapor endereza rumbo hacia el golfo de la Mariquina, inmenso cerro que se levanta á pico sobre el lago en una exuberancia vegetal que no permite ver un ápice del terreno.
La selva impenetrable que cubre toda la montaña, compuesta de arbustos, de grandes árboles, de helechos y de enredaderas forma la masa de verdura más compacta que puede imaginarse.
A la derecha del golfo se levanta soberbia la montaña de Huequecura y al fondo la configuración valiente de los montes en que se han prendido cendales de tul, se esfuma en la atmósfera pálida y hace un contraste violento con la tinta aterciopelada de la vegetación.
Al pie de Huequecura pasa el camino que conduce al puerto mayor de cordillera «Huabun». La ruta se interna entre las negruras del bosque hasta traspasar la frontera próxima.
Pasamos muy cerca de tierra admirando el audaz corte á pico de las montañas tapizadas siempre de plantas, de helechos y de musgos. En poquísimas partes demasiado pendientes se ven piedras que parecen labradas en escudos como antiguos trozos de ruinas... dando á la montaña un carácter de austeridad grave. La impresión de Huequecura en ese momento de pureza matinal, es el de un monte sagrado, donde germinarán fuerzas ocultas, presididas por los espíritus protectores que velan sobre el mundo dirigiendo la combinación de la vida.
La entrada al golfo de la Mariquina es magnífica... Cada vez que el lago se interna en el seno de la tierra, en el paraíso de la verdura fresca, en la augusta soledad, da la sensación de un descubrimiento que revela purezas y encantos imprevistos. Hay en el golfo un aspecto de integridad virginal, sin sello alguno de vida humana. Es solitario, sin rucas... sin canoas... sin montones de leña... impregnado en auras de quietud. Atracamos á tierra y poco después aparecieron dos indios á caballo muy bien montados y trayendo en las manos truchas recién cogidas y relucientes como láminas de plata. Pretenden llegar hasta el vapor sin desmontarse, pero la hondura del agua es grande allí cerca y entonces vuelven á la orilla, desaparecen con rapidez de flechas en el bosque y reaparecen por la otra margen.
Montecinos habla con ellos en aquella lengua araucana tan desapacible á pesar de sus terminaciones llenas y blandas.
En tierra encontramos los grandes árboles que forman el bosque, distribuídos los grupos en caprichos y en simetrías de gracia rústica y coqueta.
Al salir del golfo, ya más próximos á la Mariquina que á Huequecura, admiraba la indescriptible fantasía de las entradas de montañas, la hermosa delineación de los picachos centrales, cada uno de dibujo singular diseñados en admirables pinceladas de color, que se funden los unos en los otros o que se oponen cortándose violentamente.
Mientras más se aproxima Elfrida al costado de la Mariquina elevada tan soberbiamente en la floresta paradisíaca de su vegetación las perspectivas se van transformando en variedad abrumadora... Los diversos perfiles se cambian, según el punto de vista que presentan. Los picos se deshacen y se rehacen, se descubren nuevas entradas del lago en golfos inexplorados, otras ensenadas se esconden y se cierran para siempre á nuestros ojos...
Las penínsulas toman prolongaciones sorpresivas, las cumbres próximas huyen de nuestra vista y aparecen nuevas cimas lejanas é indomables...
Aquellas vistas son un perpetuo kaleidoskopio que fatiga el cerebro con su belleza eternamente múltiple en sus infinitas manifestaciones.
Muerta de cansancio y mareada con aquel ondear del agua me entro á la cámara.
Augusto, con sus ojillos negros saltones, mira en vano las olas azules y transparentes... Ninguna da noticia del botecito perdido.
Hacemos un entre-almuerzo. Don Mauricio saca un precioso puñal para trinchar el queso y los pollos—puñal cuya delgada hoja damasquina serviría para enterrarla en el corazón de una odalisca, en el fondo de un castillo árabe, pero los tiempos son tan vulgares que los más bellos objetos tienen ahora destinaciones prosaicas.
Se escapa al mismo tiempo del bolsillo del chaleco de don Mauricio una laboreada bombilla de plata que llevaba prendida en la cadena del reloj. Entonces nos explica que la lleva siempre consigo en las excursiones, para los imprevistos, atrasos, pérdidas de caminos, tempestades, accidentes. Prepara mate en su vaso de cacho calentando agua en cualquiera fogata. ¡Qué ganas de tomar mate! pero siempre vencida por el ideal me voy á instalar en cubierta para ver cómo se forma la decoración de las montañas, una vez que el vapor toma el centro del lago dejando atrás el picacho de Riñinahue que cierra desde Llifens el lado derecho del golfo.
Futrón se presenta algo perdido en la bruma, pero en el mismo riquísimo aterciopelado de toda la vegetación de las márgenes del lago.
La montaña de Huequecura se destaca maravillosa en el riquísimo manto de sus verduras eternas, dejando correr por su costado el río Camahue.
Pasamos por el boquete que se abre entre el Huape y la isla de Cuncuma. Otro boquete se descubre entre la Mariquina y la isla de Quilleifa.
Desde aquel punto aparece el pico de Jibraltar con el morro de Riñinahue construyendo en la perspectiva la decoración ideal del lago.
Aquella titilación del sol sobre las ondas, aquella irradiación vibrante vuelven á marearme y tengo que tenderme en la cámara, pero no me importa porque ya he visto á la distancia precisa desprenderse el gran morro del fondo, colocarse al centro del lago, erguirse en un magnífico racourci que suprime al ojo la extensión de su perfil y que viene á formar aquella construcción magnífica de atalaya avanzado sobre la transparencia azul de las aguas, destacándose sobre las cordilleras esfumadas en sus nieves y en sus vaguedades de ensueño....
Me acuesto. Montecinos sin decaer un punto en su intarissable verbe joyeuse sigue contando chuscadas y aventuras que todos celebran estrepitosamente.
Hablan de los indios. A mí me han parecido muy torpes por la dificultad que ponen en contestar las preguntas, pero se me observa que es solo astucia para no decir jamás lo que piensan y la prueba es que cuando la pregunta les conviene la comprenden al punto y no la hacen repetir jamás.
Tienen muy mala fe, engañan siempre, trabajan para ellos y flojean para los españoles.
Los agricultores de la región que los emplean para sus faenas de campo se desesperan de sus picardías....
Esta conversación me hace pensar en el residuo ponzoñoso que ha dejado en esas almas la crueldad y la injusticia de que han sido víctimas y que la raza guarda en sus atavismos como reparación á los pasados ultrajes.
Nadie quiere ver que estos defectos son las consecuencias lógicas de viejas causas y todo se pone en cuenta de salvajismo y de maldad nativa.
Son tan ladrones, añade Montecinos, que en su propia casa le robaron á Quinchagual su caballo y el de su entenada.... ¿Cómo no se robaron también á la entenada? pregunto yo. Porque el indio le encuentra más beneficio á un caballo que á una mujer, responde irónico Montecinos.
Me duermo sin saber más del caballo de Quinchagual y pronto me despierta una voz que dice: «Puerto Yáñez»; creyendo que debe ser un puerto hospitalario, levanto mi cabeza desvanecida y veo los embarcaderos que se escalonan en la ribera á continuación de Puerto Nuevo, y que son: Puerto San Pedro, Puerto Barrientos y Puerto Yáñez.
Tengo un amigo de ese apellido y me gustaría saber el origen de Puerto Yáñez para contárselo, digo al señor Figueroa, conocedor de la anécdota que motivó ese nombre y que me refiere gustoso: El dueño de ese lugar es muy admirador de don Eliodoro Yáñez, el enemigo jurado del sur....—¿El enemigo...? le interrumpo atónita. Sí, señora, prosigue el señor Figueroa convencido, porque ese caballero mató la industria de los alcoholes que florecía en la región. Un chusco conocedor de la admiración de que era objeto el señor Yáñez en aquella casa se presentó allí con un compañero, le hizo creer que era don Eliodoro Yáñez en persona y el favorecido dueño de casa en agradecimiento por aquella visita puso á su embarcadero el nombre que nadie le ha quitado más tarde. El supuesto señor Yáñez estuvo en aquella visita de muy buen humor; iba como vulgarmente se dice entre dos luces, merced á unas copitas escapadas á la matanza de la industria, con lo que acabó de congratularse á su antiguo admirador.
Estamos ya muy cerca de Puerto Nuevo á donde vamos á desembarcar. El señor cura ha venido todo el viaje armado de su escopeta, en persecución de los pájaros que otros exploradores le dijeron que eran tan numerosos en el lago.
Hemos divisado muchas garzas reales, pero siempre quedan á mayor distancia que un tiro de fusil.
Los cerros de Ilahue monótonos y lisos tiran su faja al borde del horizonte claro cubiertos de magnífica vegetación.
Ya se divisan nuestros caballos al borde de la playa. Llegamos.
El lago Ranco despliega allí su anfiteatro magnífico, redondea su superficie brillante engastada soberbiamente en las cordilleras del fondo con aspecto de país de leyenda.
No soñaron sin duda los griegos dentro de la infinita idealidad que los caracterizó un cuadro más puro de color y de línea, más armónico, que aquellas formas audazmente delicadas, que aquella tonalidad suavísima que flota desde el azur radiante hasta los grises pálidos desmayados en las eternas nieves....
Ese es el escenario de una gran raza porque la naturaleza, que es sabia en sus combinaciones, no podría haber hecho un mundo de ensueño para la actual raza chilena insensible, utilitaria y antiestética.
No serán los caducos retoños de la colonia con sus apolillados blasones ni los advenedizos enriquecidos de ayer los futuros pobladores de este paraíso, serán nuestros descendientes regenerados en la lucha tiránica de la vida los que vengan á recoger esta herencia de belleza. Ellos levantarán aquí sus palacios, crearán su arte, forjarán su personalidad y yo habré sido la exploradora de un rincón bello de este planeta, llegado demasiada temprano á una tierra demasiado joven.
Al venir me arrodillé en un arranque de espontánea admiración y ahora me marcho llevando la seguridad de que aguardan á este país tiempos grandes, tiempos en que la raza sacudirá la fatalidad indígena que la agobia, en que desarrollará las inmensas facultades del yo fuera de las trabas de un fanatismo rancio ó de un racionalismo limitado y emprenderá el vuelo á las regiones del Ideal.
A nosotros, tristes emisarios de un mundo futuro, nos toca recoger el desdén y la duda, pero nuestra fe nos da la seguridad de que ningún esfuerzo es estéril y de que cada uno cosecha lo que siembra. Verdad profunda para los que creemos en la eternidad de la vida, para los que esperamos las compensaciones á que todo esfuerzo da derecho....
¡Cuánto me ha hecho soñar ese mundo de los siglos venideros en que mi conciencia actual se volverá á encontrar con vinculaciones viejas y espectativas nuevas!
Todas esas ideas me sonreían, mientras las olas corrían fugaces persiguiéndose y quebrándose al costado del vapor. Sentía entonces con más íntima fruición los lazos sentimentales que atan de lejos, que unen á través de los tiempos y que se conservan fuera de todas las exterioridades!
El seno de esta naturaleza espléndida y pudorosa me hacía entrar en más íntima comunicación con todo lo que amo por ese sortilegio del mundo solitario, tan hondamente protector de nuestra intimidad secreta.
En aquel rincón inviolado, se esperaba más, se soñaba mejor y se amaba con más alto derecho, conferido quizás por la sagrada armonía de las cosas que salen inmaculadas de las divinas manos.