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Tierra virgen

DEDICATORIA (continued 2)

Reading edition

Hay ciertos amores que tienen en nuestro corazón algo así como títulos originales, anteriores á nuestra vida y que la naturaleza parece cobijar amante en su seno dulce.... ¡de madre eterna!

¡Qué evocaciones de recuerdos lejanos hice aquella mañana!

¡Cuántas de esas cosas han salido quizás para siempre de las posibilidades humanas y por eso mismo viven más intensamente en mi alma!

Han dejado la vida exterior para convertirse en parte integral de mí misma.... ¡Tierra! Nos aguardan los mozos. Tomamos los caballos y ascendemos la montaña que forma una bella ensenada cubierta de bosques sombríos que las márgenes del agua extendidas á ambos lados oprimen en sus brazos de verdura....

Bajo el follaje de inmensos robles aparece todavía el lago Ranco en resplandeciente visión.

Es bellísimo todo ese conjunto dominado por el dibujo central de aquella campana que avanza al medio del lago entre los dos golfos y que diseña su pirámide cónica en medio de las nieves de las cordilleras que se extienden á ambos lados oprimiendo la copa azul en prolongado abrazo....

Más arriba de la montaña, cuando ya los robles de la gradiente se destacan enteros en el esplendor del agua, me parece encontrarme en el límite del mundo, allí donde comienza el espacio eterno y se nada en el éter.

Todavía otras visiones fugaces del lago á través del follaje cada vez más ideal, más lejano, más en visión vaporosa y desaparece para siempre como se borra un miraje en el cielo.

Hay paisajes que abandonamos como á una persona querida, porque su fisonomía ó su alma se comunica con nuestra inconsciente intimidad.

Los compañeros vienen muy animosos. Don Mauricio caracolea en su alazán, el señor cura no recuerda todavía los nudos de la montura. El señor Figueroa se aleja, es de esas personas que se borran en los tiempos felices, pero que aparecen en los conflictos.

Vamos á atravesar el río en balsa. Al bajar la montaña se nos presenta desolado uno de los muchachos que nos sirven de guías y dice que de la otra margen donde está la balsa, nadie contesta á su llamado y que no hay esperanza de atravesar el río.

Ya vemos nuestro viaje interrumpido por este contratiempo; pero el señor Figueroa asegura que el balsero no ha contestado porque ha visto al muchacho solo, pero que cuando vea la caravana vendrá á pasarnos.

La esperanza nos alienta. La margen del río es preciosa. Inmensos robles y laureles hacen sombra al cauce, muy ancho y sin corriente que semeja laguna.

Una casita de madera aparece al otro lado. Nos bajamos de los caballos y gritamos todos. En aquella soledad sólo el eco triste nos responde como una burla.—Don Mauricio y el señor Figueroa gritan: Compadre Ferrand, al dueño de la propiedad y de la balsa. Ferrand, dice el eco y la casita permanece muda.

Nos desolamos imaginando que tal vez la familia ha desalojado la casa durante la cosecha y que tendremos que regresar por el mismo camino.

Al fin se divisa un bulto en la cuesta y se oye una voz que contesta. Es el compadre Ferrand en persona. «Estoy solo, dice, si no encuentro á nadie iré yo mismo á balsearlos». Salvados. Nos tendemos en la hierba.

Poco después el universal compadre, baja la cuesta, entra en su gran balsa y con la ayuda de un solo remo, maniobra tan bien en el remanso del río que luego aborda nuestra orilla.

Nos lo presentan. Es un joven español que ha sido buen mozo y que es siempre simpático, de fisonomía abierta y fina, pero tostada y estropeada por el aire de la montaña.

La vida de campo por la soledad y la ausencia del deseo de agradar no opone á los naturales ultrajes del tiempo esos retoques que la voluntad ejerce sobre el rostro como el más poderoso reactivo. Ya Mlle. Mars decía hace tanto tiempo: On est belle tant qu’on veut. Nuestro cerebro que es el más activo creador engendra belleza á voluntad así como la despreocupación mental deforma esas caras en que los buenos rasgos no alcanzan á salvar el desgaste del tiempo.

Nos metemos á la balsa con nuestros caballos. El joven Ferrand con grandes esfuerzos, porque la embarcación va muy pesada, evoluciona diestramente con su remo y encuentra manera de decirnos cosas amables, con su frente contraída en que brotan gruesas gotas de sudor.

Nos lleva á su casa pequeñita, pero muy hospitalaria. Nos recibe su señora. Es joven y rubia con cara de muñeca. El ambiente de la casa es de una cordialidad que hace sentirse bien porque se respira atmósfera de verdad y de higiene moral.

Nos ofrecen un café esquisito con buñuelos rellenos con dulce de murta y nos sirven con tanta sencillez como bondad. El compadre Ferrand nos cuenta que es de Granada y que se embarcó en Málaga escondido de su familia para venir á encontrar en Valparaíso á un tío que lo invitaba á trabajar en el comercio. Con sus economías compró este fundo Panqueco en $6,000 y ahora tiene cerrado el contrato de venta por $150,000.

Está tan aburrido con los indios que no quiere seguir trabajando en el campo. Esa gente es de una mala fe y de una pereza que hace las faenas imposibles.

Inconsciencia del deber, digo yo, mientras Ferrand asegura que son maliciosos y perversos. Así será, pienso, pero la verdad es que la conciencia moral es muy distinta de la conciencia puramente humana. La una nos enseña á buscar primero nuestro interés propio, la otra nos demuestra que haciendo el interés ajeno, hacemos sobre todo el propio dentro de esa ineludible equidad que encadena todos nuestros actos. Verdad que la ley moral se cumple á plazos largos, lo que no obsta á que sea implacable en sus sanciones.

En quince años de matrimonio el compadre Ferrand tiene trece hijos de los cuales dos son ahijados de nuestros compañeros. ¡Jesús! digo yo estremecida de horror mientras el compadre se complace en su vasta paternidad y se encuentra feliz en medio de su familia.—Estoy muy hallado con mi mujer, añade contento. Transcribo esta frase textual porque encierra una de las profesiones de felicidad más abiertas que jamás había escuchado.

Este hogar de aspiraciones colmadas, y de tanta paz me hace pensar que la dicha—si alguna existe en la tierra—se encuentra en esa dulce mediocridad de los que luchan materialmente por vivir. En el matrimonio sobre todo la dicha resulta de un nivel adaptable y en gran parte de correlaciones físicas—prueba irrefutable de que lo que llamamos alma está ausente de estos lazos terrenos y sólo vienen á actuar partes inferiores de nosotros mismos que tienen sin embargo trascendental importancia en la vida humana. Cuánto le conviene al hombre de trabajo la compañera modesta que entra á compartir con él las preocupaciones y fatigas y en cambio el hombre refinado que bien hace de buscarse la mujer delicada que vibra como una harpa en múltiples cuerdas dentro de la exquisita complegidad de los temperamentos ricos.

Le pregunto á la señora por los niños. Están amontañados, me contesta. Pasan el día en el campo. Cuando se enferman hacen sufrir, pero cuando están sanos se cuidan solos y alegran mucho. Esa vida natural sin complicaciones, es sin duda lo mejor de esta tierra.

La hospitalidad de aquella familia era española en el alto sentido de la palabra; por su manera tan modesta, tan abierta y tan sincera de acoger á las gentes! Se sale de esos hogares bendiciendo esa vieja virtud de la hospitalidad, tan desterrada de nuestros hábitos modernos. Pensaba entonces en el inmenso bien que la bondad hace al alma, por las muchas barreras humanas que suprime llegando á realizar el ideal de caridad, que consiste en hacernos sentir que nuestro prógimo es parte de nosotros mismos y que en el fondo formamos un todo en Dios....

Al salir de la casa de Panqueco encontramos el campo rozado para el cultivo y en seguida entramos á un bosque tan imprevisto en su grandeza como nunca viera nada semejante.

Hasta entonces no había sentido yo qué cosa misteriosa, palpitante de vida, imponente de majestad, es el legítimo bosque que el hombre no ha profanado.... detenido quizás por la altiva pujanza de una fuerza irreductible....

Entramos en el fragor de una espesura negra, en que los árboles cuya copa no alcanzan nuestros ojos forman una techumbre de vuelo infinitamente audaz.

En general todos los árboles de los bosques del sur, crecen tan estrechamente agrupados que no pueden extender sus ramas en derredor y guardan su fuerza para trepar las nubes en colosal arranque.

Y su vuelo así recto me hace pensar en esas existencias que no se derraman humanamente en la vida natural y que concentran todas sus energías para penetrar los planos superiores, de modo que lo que pierden en circunferencia lo ganan en elevación.

La selva se levanta á alturas vertiginosas y el terreno ondulado de cerro, le da las más gigantescas perspectivas.

En los descensos del suelo vemos arrancar los árboles de un nivel inferior y su altura se pone más al alcance de nuestra vista.

El bosque toma proporciones de catedral y semeja en sus altos robles esos vuelos tremendos de arcos que abrazan las bóvedas en luz vacilante á la caída de la tarde.

Me parece encontrarme en un templo gótico con prolongaciones sombrías en rincones ignorados, con penumbras pálidas, con rayos fugitivos que agitan las sombras, con obscuridades y repercusiones de ecos graves ó solemnes que se repiten extinguiéndose....

Los robles y los laureles entrelazándose forman los atrevidos arcos, las misteriosas ojivas, los arquitrabes robustos. El templo medioeval tétrico, inmenso y esbelto es la pobre y menguada copia de este bosque en que sentimos agitarse, incubarse, estremecerse el obscuro bullir de una vida que pugna por romper su prisión de materia, para alcanzar un más allá indefinido que atrae como el imán con su fuerza magnética....

Aquella negrura helada, aquel filtrar ondeante y trémulo de la luz, aquellas sombras inquietas, todo ese palpitar de imágenes movibles, junto á esa petrificación secular de los viejos troncos que se yerguen potentes ó de los ganchos que se retuercen sólidos, da una impresión de intensa vida....

Por otra parte, la flexibilidad de las ramas que se buscan en ansias pasionales, la ternura de las hojitas frágiles que tiemblan con delicadezas de alma, la manera como las ramas se enlazan amorosamente, extendiéndose unas hacia otras en espasmos y deliciosas languideces, todo es la manifestación de una vida inmensa, infinita, que se elabora en el seno de la tierra, que se escabulle con las raíces, que se afirma robusta sobre el suelo y que después se eleva á la altura buscando la caricia del sol como toda vida más consciente busca la verdad y el amor....

Ahora en el bosque negro quiero sentir esta emoción de lo inmenso y de lo formidable, dentro del misterio inaccesible.... me dejo coger en la majestad de esta potencia que parece envolvernos en el despliegue de sus fuerzas infinitas.

Los jinetes que nos preceden ó que nos siguen zig-zagueando en el estrecho sendero que dejan libre los árboles, parecen pigmeos poblando una mansión de gigantes. El tamaño del caballo y del hombre sirve de proporción apreciable en aquella inmensidad selvática.

De todo esto surge para mí una idea de grandeza divina que sólo he encontrado en el fondo de los libros hindúes que hablan de Brahma el inmanifestado.... del Dios desproporcionado al concepto humano....

Allí nada nos cobija ni nos habla nuestra lengua terrestre.... Se nos revela una vitalidad que no está dentro de nuestras posibilidades próximas ni remotas y que se nos representa cruel y despiadada.

En aquel templo sin divinidad personal, donde la adoración se perdería en el vacío, donde los gemidos no tendrían eco, ni la plegaria respuesta, todo es mudo, insondable y helado.

Ningún pájaro canta, ningún insecto zumba, ni la hierba cruge bajo los pies de los caballos.—Hay una paralización secular, un silencio mágico. Nuestras voces mismas toman siniestras repercusiones en las lejanías negras y en los rincones helados donde no penetra el sol. Cuando se quiebra el terreno crecen las columnatas de los orgullosos troncos que se lanzan arriba en tan soberbia línea.

El alma de este bosque encierra sin duda esa parte de misterio que nunca ha entrado en comunicación con el hombre. Allí está el universo inmanifestado que los Budhistas sienten en el fondo de sus meditaciones.

Impresión semejante es la que hace pasar Pierre Loti en una tarde de conversación con los teósofos de Madras en el momento en que se desteñían en las vidrieras de la estancia las figuras de Brahma, de Vichnú y de Sakia Mouny.... Sentimos una omnipotencia que se ejerce terrible sin ninguna de las misericordias cristianas.... Es la evolución que se continúa inexorable dentro de la causa y del efecto, sin los méritos de un Redentor ni las ternuras de una Virgen Madre.

Al salir del bosque negro, se espacian los árboles por algún rato y penetramos á otro bosque, que yo llamaría el bosque verde. Es igualmente inmenso en la elevación de sus árboles y compacto en su espesura, pero tiene sin embargo más luz y atenúa su ferocidad salvaje....

La penumbra esmeraldina en que las hojas brillan y se animan mediante refracciones súbitas de luz le da una nota humana, de paraíso descubierto.

Todo el mediodía que siguió entre las tres y las seis de la tarde tardamos en atravesar este bosque, deslumbrados por las infinitas perspectivas de una variedad eterna dentro de su uniformidad.

El camino ondea en contínuas curvas al pie de los grandes robles, en un incesante renuevo de sorpresas. Los enlazamientos, las agrupaciones, los desvíos en que alternan los grandes árboles y los pequeños arbustos, las plantas, los helechos, las enredaderas que caen en guirnaldas, los ganchos que se entrecruzan, las ramas caídas.... forman una variedad interminable y graciosa.

Arboles hay que se unen por la raíz y que después se separan violentamente; otros hay que á la distancia se buscan, se abren camino, llevados por irresistibles atracciones y que juntan sus vértices allá arriba en el firmamento azul que apenas divisamos tras la espesura verdosa del follaje. Y mientras las raíces se ignoran separadas por distancias grandes, las copas se mecen unidas en el cielo haciéndome recordar la idea de Foggazzaro:

«Sono spozi senza nozze, non con la carne ma con il cuore; cosi si conguingeno gli astri e i pianeti, non con il corpo ma con la luce, cosi si accopian gli palmi, non con la radici, ma con il vertici». En nuestra vida también se forman uniones determinadas por la mejor que tenemos, uniones que se establecen fuera de las fórmulas y que nos mantienen vinculados á seres de quienes nos separa todo humanamente.... pero con quienes estamos ligados en el plano espiritual de las almas....

La multiplicación del bosque nos hace sentir la multiplicidad de nuestra vida, las asociaciones y los alejamientos, las compenetraciones y las repulsiones, realizadas aquí en la extensión y la variedad de las formas, allá en nuestras almas dentro de las afinidades y de los grados de conciencia. Encontramos una imagen de nosotros mismos dentro de ese enmarañamiento complicado, dilatado, lleno de luces y sombras, de cambios bruscos y de imprevistas continuaciones.

¡Qué de vidas ocultas sentimos palpitar en torno nuestro, no ya vidas conscientes, orgánicas, pero siempre activas, oscuras y fecundas!

En la savia que sube, en el pájaro que nace, en la semilla que germina, en el botón que estalla, todo es vida, y vida que bulle, que se ensancha y que tiende á tomar una forma superior.

Todas esas fuerzas latentes que se nos hacen sensibles en los perfumes, en el aire, en el batir de las hojas, en el estremecimiento imperceptible del ramaje y en otras tantas cosas indistintas que nuestros órganos no alcanzan á percibir, pero que presentimos confusamente, nos revelan misterios que yo quisiera penetrar.... La primera lección que recibo de la inmensa variedad del bosque es la de que todo es diverso en la naturaleza. No hay en la extensión de la selva, dos troncos iguales, ni dos ramas idénticas, ni dos hojas semejantes. Todo es diferente. La naturaleza en su inagotable inventiva no ha repetido jamás un modelo, conserva el tipo sí y lo multiplica eternamente distinto con inacabable riqueza de expresión.

Al considerar esa variedad jamás repetida, pensamos que si cada hoja lleva su sello propio, ¿qué no habrá puesto la vida de individualismo en el alma humana?

¡Cuánto diferirán las almas, los corazones, los temperamentos, si los millares de hojas del bosque cantan con otras tantas lenguas la separatividad universal!

¡Cómo se empequeñece á mis ojos el juicio del hombre que no logra aprender de la naturaleza esta gran lección de lo imprevisto, de lo diferente, de lo particular y de lo único!.... Tenemos ideas generales sobre todas las cosas, pero no sabemos particularizar. Conocemos la especie, descubrimos el tipo, pero nunca vemos al hombre en su caso especial dentro del conjunto de las circunstancias armónicas con su propio temperamento.... De allí resulta que no logramos penetrar al individuo que es lo diferente y en esa ignorancia jamás vemos la situación única ni el carácter preciso de las ideas y de los sentimientos particulares. Somos incapaces de juzgar porque las líneas generales que marcan el tipo dejan siempre oculto el misterio del sér individual....

La multiplicidad del bosque sentida así es fecunda en enseñanzas que si no recogemos es porque nos ponemos en contacto sólo con la superficie de las cosas sin penetrar su alma.

Llevamos tres horas de marcha sin ver el fin de aquella selva magnífica que exhibe toda la gama del verde, en tonos luminosos y en tonos muertos según los rayos del sol atraviesen, penetren ó dejen en sombra el follaje. Aquella penumbra tan suave á los ojos, tan clara en su tenuidad, tan cambiante en los matices, que le prestan los rayos esquivos y danzantes del sol, diseña con primores de relieve el dibujo de las distintas hojas y muestra sus delicadezas y finuras.

Todo eso que parece caprichoso obedece á ocultas leyes que se dominan unas á otras. Todo en la naturaleza busca un centro, obedece á un impulso es atraído por una fuerza....

Hay una línea ascendente en los árboles que tiende hacia arriba entre las mil líneas locas que se ensanchan en torno, de la misma manera que nuestro desarrollo interior nos lleva á un progreso psíquico dentro de las mil experiencias que hacemos al rededor nuestro en la vida diaria.

Atravesábamos el bosque en un profundo silencio, cuando de súbito sentimos junto á nosotros, un canto de pájaro, canto tristísimo como voz de alarma.... No es el canto de la complacencia á la vida feliz y desbordante de la naturaleza ¡nó! el pájaro que rompe el silencio sagrado parece amenazarnos.

Los mozos me dicen que es un chacao y que cuando grita á la derecha es buena seña, así como cuando grita á la izquierda es de mal augurio.

Reparo por primera vez en el muchacho que me habla.

Tiene una cara chusca, diablesca, con ojos negros burlones en su misma gravedad de tipo indígena. La boca es ancha, sensual y muestra en la sonrisa una malicia de raza que parece provocarnos al eterno duelo de nuestros orígenes.

Es el mozo de don Mauricio. Varias veces lo hemos oído llamar ¡Fortunio! y aquel nombre de época galante disuena en la grandeza del bosque.

—Verdad que tienes un nombre muy bonito, le digo yo risueña. Y el muchacho en un finísimo gesto de picardía, gesto lleno de subentendidos que equivalen á todas las explicaciones y á todas las burlas, dice:

—Mala prenunciación del gringo—eso es textual, pero el gesto entre pillo y desdeñoso parece decir: estos gringos brutos no entienden náa, pero los aguantamos porque nos conviene....»

Todo el indio en lucha con el español estaba contenido en aquel ligerísimo fruncir de las cejas en aquel leve bailar de los ojos y encogerse del hombro.... Si nuestras palabras dicen algo de nosotros mismos, muchas cosas más dicen nuestros gestos, el acento de nuestra voz, la acción de nuestra mano y, sobre todo, nuestro silencio.

Nuestros diálogos transcritos al pie de la letra no dirán jamás lo que decimos, nosotros en la más sencilla conversación en que se ponen en contacto mundos de ideas inexpresables, de evocaciones ocultas y de comprensiones inconscientes.

—«No me llamo como dice el patrón, Fortunio, sino Saturno»—agrega el muchacho serio, mientras á nosotros nos da risa aquel nombre que parece caído de las nubes....

Como doy mucha importancia á los signos exteriores, porque creo que nada es casual y que todo se encadena dentro de una oculta lógica, me paso observando cada vez que el chacao lanza su nota tétrica de qué lado viene el sonido y me complazco en reconocer que es de buen augurio porque me canta siempre á la derecha.

Había tal melancolía de misterio en la selva que todas las cosas parecían presagios tristes.

Otra enseñanza y muy dulce esta vez que se desprende del bosque es la de una conciencia suprema que preside á las deliciosas, fantasías, á las metamórfosis infinitas de la vida vegetal....

Si ese Maestro Artista es tan sabio, tan rico de recursos, tan exquisito de gusto en el mundo grosero de la materia ¿qué no realizaría de belleza y de gracia en la esfera más amplia y más sutil del reino espiritual? Allí donde ninguna limitación entraba su poder, ni ningun obstáculo entorpece sus planes.

Si la materia abrupta bajo la dirección de su fuerza realiza tan maravillosos encajes, tan hermosos monumentos, tan imponentes pórticos, tan dulces enramadas, tan exquisitos dibujos con sus eternas verduras ¿qué no realizará cuando encuentra instrumentos más dóciles, más finos y más vibrantes para encerrar sus divinas armonías?

Si dentro de las rudezas indómitas de la materia se produce siempre y á cada instante la belleza ¿qué espléndidos dibujos se estarán elaborando en nuestras almas, en esa tela blanda de nuestro espíritu? ¿qué bordados, qué primorosos encajes estará trabajando en nosotros esa gran tejedora que es la vida?

Si la naturaleza ha podido hacer del bosque una belleza continuada ¿qué resultará de estas vidas humanas que estamos viviendo en el dolor, en la lucha, en la injusticia?

Esa fuerza tan poderosa para convertir en belleza de conjunto, lo que aisladamente es inarmónico—ya que toda desarmonía lo es tan sólo fuera de su relación con otro conjunto más grande—¿qué no efectuará esa misma fuerza en los seres desprendidos de la masa inconsciente y que tienden más fuertemente á un centro?

Si la naturaleza bajo el sólo impulso de sus eternas leyes crea belleza y siempre belleza, ¿qué no hará en nosotros que no sólo somos conducidos, sino que secundamos el impulso?.... ¿A dónde vamos en materia de belleza completa, de armonía suprema y de luz infinita?

¡Encuentro mucha dulzura en considerar el bosque con los millares de plantas que producen tan magnífica unidad!

En la última hierbecita siento á los hermanos menores de la evolución, proclamando todos la sabiduría de las fuerzas que nos conducen y la omnipotencia de la Vida para cumplir sus designios eternos....

En los ganchos torcidos, en las ramas indómitas, veo otros tantos actos desacordes de mi propia vida, que encuentran su armonía más lejos, en el gran conjunto; pues, lo que en un momento nos rebaja y nos hace retroceder, eso mismo, bajo otro punto de vista, nos levanta por el dolor, por la experiencia adquirida y nos lleva en último término hacia arriba.... así como el tronco alcanza su altura en línea general, cualquiera que sea la desviación de sus ganchos.

Dentro de estas ideas la selva ha venido á revelarme una proteccion, un amparo, una paternidad cariñosa.

Miro hacia atrás mi vida vivida ¡cuántos desvíos! ¡cuántos robos al ideal! ¡cuántas pérdidas del camino! y sin embargo la Vida, esa gran transformadora, ha hecho de todo eso luz, amor, verdad y armonía. Nuestros dolores actuales, nuestras dudas, nuestros desencantos ¿serían acaso ménos felices que los troncos sacudidos por la tempestad ó simplemente inclinados sobre otros troncos que les prestan su apoyo, y que dentro de esas mismas irregularidades defectuosas construyen belleza, adquieren fisonomía propia, establecen particularidades.

¡En esta manifestación de grandeza, en esta explosión de armonía se me manifiesta lo que nuestra vida va realizando, dentro del plan de que formamos parte, dirigidos por una providencia particular y amable!

Nunca la vida me había parecido tan próvida, Dios tan artista, el tiempo tan fecundo, la naturaleza tan rica, como en este día de vagar por el bosque en perpetuo asombro de bellezas renovadas sin cesar.

Todos los caprichos de la fantasía natural nos proclaman la grandeza de la vida que si así realiza sus tendencias en planos inferiores como son los de la forma corpórea ¿qué no hará fuera y dentro de nosotros que somos instrumentos de más altas y profundas armonías?

El bosque deja dos impresiones diversas: la majestad de lo grandioso y de lo impenetrable en la selva negra, la impresión de la variedad y de la gracia infinita de la línea y del color en el bosque verde....

En una parte más clara, pero todavía muy hermosa, bandadas de choroyes, de loros, bandadas parleras chicharreantes atronaban el aire con sus vocinglerías locas.... El señor cura les endereza el cañón de su fusil y echa á tierra unos cuántos loros.

Entramos en la Pampa de Huacamalala, pampa porque no es montaña fragosa, sino devastada y luego llegamos al río Ignau; precioso sitio en que el terreno se quiebra bruscamente entre montañas que abren lecho profundo á un río claro y torrentoso que se precipita en saltos caprichosos y audaces.

Allí don Mauricio nos muestra el puente que hizo construir miéntras fué Alcalde, porque se ahogaban ahí de noche todos los borrachos que se aventuraban á atravesar el río.

Hay una gran belleza algo desconcertante y melancólica en esa quebrada negra de vegetación á cuyo fondo murmura tristemente el agua.

En seguida atravesamos el gran fundo de Duhalde, Narí.

Se elabora mucho monte. Los árboles bastante espaciados, presentan nuevas combinaciones, de troncos derrumbados, de troncos calcinados, de portadas de follaje....

Otro pajarillo grita muy cerca en una especie de rezongo metálico.—«Es el comecheu», me dice Saturno.

Algunos árboles tienen sus troncos enteramente cubiertos de una enredadera de follaje muy fino y Saturno que es mi diccionario vivo me dice que se llama el paulum. Es un musgo delicadísimo que cae en guirnaldas y tapiza todo el tronco del árbol hasta las más elevadas ramas.

Me muestra otro árbol delgado que da una madera muy fina, el radal.

Me pasa una flor de ulmo en forma de estrella blanca con finísimos estambres que forman plumilla leve.

Saturno es un compañero que me ha comprendido.

«El chacao», señora, añade, grita de tres layas, á veces como pito de máquina, otras ocasiones echa un canto esparramao y también suele echar un cantito delgadito bien bonito.

Ya no necesito preguntar nada pues, Saturno viene á mi lado y se anticipa á mis anhelos. Debe creer que tengo la curiosidad en doble dosis sobre las hijas de Eva.

Y el camino cruza otro bosque, el Tique, magnífico en sus follajes espesos y en sus grandes robles atrevidos.

Es la hora del ocaso, el disco del sol desciende lentamente y aparece majestuoso entre los árboles. En la diafanidad atmosférica se destacan las finuras del ramaje y el sólido dibujo de los troncos. Ese fondo de claridad crepuscular destaca todas las formas con las delicadezas de líneas de los cakemonos.... El follaje inmóvil por la quietud de la tarde en un momento de suprema calma tenía la tristeza de las cosas moribundas....

Algunos arreboles rosados jugueteaban como girones de tul en la copa de los árboles. Luego desaparece el sol y un leve resplandecimiento marca el poniente en el laberinto del bosque mudo.

Comenzamos á preguntarnos unos á otros atónitos si los bosques van á continuar después que se extinga la luz....

La caída del sol en el corazón del bosque reúne á todas sus grandezas el terror á la obscuridad.

Sabemos que falta mucho camino y la luz decae velozmente....

Don Mauricio que no ha recorrido aquel camino nos alienta sin embargo con bondad. No hay ningún cuidado. ¡Qué bien nos hacen esas personas que saben transmitirnos su serenidad cuando el ánimo decae!

Bajamos de los caballos en un bosque á que la hora ya avanzada de la tarde da proporciones colosales.

Se siente una inmensa tristeza de abandono, de desamparo.... Tristeza de tarde de ruptura sentimental, cuando miramos en torno nuestro y todo en la vida ha palidecido y ningún horizonte nos solicita y las sombras cunden con su soledad hostilizante....

No podemos perder un minuto de la luz que va siendo escasa.

La idea de la Pampa abierta bajo la claridad de las estrellas nos halaga como la esperanza de un oasis verde en el desierto quemante.

Nos intercepta el paso una puerta de trancas que cierra el cercado de una pequeña casita.

Don Mauricio pide la llave y entramos á la vaquería de Cairruca. ¡Dios mío! la luz desmaya, todo palidece, se descolora, se borra, se pierden las proporciones y allá en lontananza negrea el bosque y parece acecharnos como una fiera á su presa.

La voz de don Mauricio se vuelve más entera, más cobijante.—¡No hay nada que temer! pero yo voy sintiendo la necesidad de mayor protección y compañía.

Deseo congratularme á Saturno, porque lo siento inteligente y baquiano en el camino.—¡Saturno!—imploro—no me abandones, ven á mi lado. ¡Mira que soy tuerta y ya no veo! Saturno incrédulo clava en mis pupilas sus ojillos burlones de lanceta y dice:—«¿Con ojos tan claritos....?» Sí, Saturno, con ojos tan claritos.... Pero uno es de vidrio, añade mi marido, ya que eso de la miopía no entrará en la mollera de Saturno.

La luz es tan débil, tan incierta, que no distinguimos que se nos vienen encima dos bultos monstruosos. Son dos toros cogidos de los cachos.... Susto horrible: nos parecen gigantes deformes....

Y sin detenernos entramos á esa negrura que divisábamos....

Es el bosque de Las Cabras, dicen los guías.—Nadie reconoce el camino. Las sombras nos envuelven.

Apenas distingo el caballo de mi marido que me precede á un paso.

Tenemos que hablarnos continuamente para saber á quien pertenece el bulto que está cerca de nosotros.

Es inexpresable el horror de la noche en el bosque. En todo momento podemos estrellarnos contra un tronco y despedazarnos.

Nunca olvidaré la voz de don Mauricio que nos infundía valor....

Querría detenerme, estrechar una mano cualquiera, me encuentro abandonada sobre el caballo. Los compañeros me recomiendan que confíe en su instinto, que suelte la rienda y que me deje ir, pero cuando un gancho de árbol me pega en la cabeza y me tira de espaldas, comprendo que el caballo sólo tiene que calcular el espacio en que le cabe el cuerpo, pero no la altura de su jinete....

Ese ilusorio sendero que los guías siguen en el enmarañamiento negro, se ve obstruído de improviso por enormes troncos de árboles tendidos en el suelo.

Nuestros caballos no pueden continuar; la marcha se detiene. Si los animamos saltan y nos tiran, ¿á dónde?—En aquel limbo los guías echan pie á tierra y conducen los caballos por la brida.

En la angustia el nombre de Saturno me parece débil y clamo con todas mis fuerzas: ¡Júpiter! ¡Sálvanos, que perecemos!

Uno de los amigos, sumamente emocionado, baja del caballo.—Un sacudón, dice, me sería fatal; y tiene razón, pues es enfermo.... «Tengo dos hernias» me agrega en voz baja.

Qué no se confiesa, Dios mío, en un momento de pavor!....

Antes que la luz se fuera yo también embromaba y decía: Señor cura, confiéseme para que alguna vez pueda comparar el frente y el fondo de una mujer.... Le aguardan muchas sorpresas....! Pero qué lejos me encontraba de ese estado de ánimo que tenía todavía en el bosque de los Choroyes cuando el mismo señor cura maniobraba airoso con su escopeta y yo prometía la confesión de mis culpas....

¡Para bromas estamos metidos en aquel atolladero! Comprendemos que el guía ha perdido el camino, pero nadie lo confiesa y cuando mi voz trémula implora ¡Júpiter! ¿Saldremos de aquí por Dios? Una preciosa voz admirablemente timbrada, voz de convicción y de firmeza me responde: ¡Sí señora! Conservo como una música en el oído la vibración enérgica de aquella voz de muchacho....

Lo que contiene más efusión de alma de todo nuestro sér es la voz. Creaturas antipáticas á los ojos nos cautivan con un bonito acento de voz y las más lindas personas nos repelen cuando chillan como pitos ó hablan gangosas....

La voz es el alma; la voz concentra las energías y las ternuras.

En la voz tiemblan todas las delicadezas, se estremecen todas las pasiones, bullen todas las escorias morales.... La voz alienta, consuela, mece, arrulla, defiende.... La voz retrae, cansa, desconcierta, hiere....

La voz de Saturno aquella noche era una estrella conductora....

Cuando á las reiteradas preguntas de mi esposo sobre la dirección del camino respondía: ¡Sí señor! parece que se adueñaba de la potencia ciega del bosque y que la dominaba con una fuerza secreta.

No me ahorraba por cierto ese consuelo; á cada instante le hablaba para saber si estaba cerca de mí—y para volver á escuchar ese Sí señora con su sonsonete cantado en la última sílaba.

¿Es el camino Saturno? Y la vibración de su voz se derramaba en la obscuridad muda y siniestra de la espesura sin fin.

Mi esposo saca su pañuelo para que yo divise algo, pero su blancura misma se vuelve indistinta.

En la gran confusión uno de los compañeros se desmonta y en vez de tomar el caballo por la brida lo arriaba para que le mostrase el camino á riesgo de perderlo para siempre en el bosque y quedarse á pie en la espesura negra.

¿Qué camino es este? averigua inquieto el señor cura sin avanzar ni retroceder.

La voz de Saturno trae como una orientación al decir «Sigamos, este es el camino»;

Mi marido no quiere perderme, me llama á cada instante para que no me atrase ni un paso y mi nombre á aquella hora en la gran negrura no resuena con nobleza de patricia romana en ecos de villa clásica sino que toma una solemnidad triste.

Nuestra comparsa parece partida de malhechores que huyen....

Me dicen que avance y avanzo temblando de destrozarme la cabeza.—Millones de gigantes están ahí con sus brazos extendidos para devorarme.

Siento tantas vidas que se agitan en las sombras y que toman actitudes terribles.

No conozco el terror de la muerte súbita que nos saca violentamente de una forma de vida á otra sin duda mejor, pero tiemblo de despedazarme el cuerpo y quedar con el espíritu prendido en un miserable girón de materia.

Experimento una sensación de pavor que sólo había sentido en las catacumbas de Roma, en una ocasión en que sola con un Frate y á merced de su vacilante cerilla, vi entrecruzarse las galerías negras inexploradas de una excavación reciente que abrían sus múltiples bocas como fauces de monstruos.

Aquí mismo sentimos mil senderitos negros que se excurren, que se cruzan, que se ramifican en todas direcciones y que ponen ante mi mente el problema de la orientación.

¿Qué es la orientación?

Como sabemos entre las huellas inciertas de un camino que ondula en el bosque, en inmensa extensión, entre aspectos siempre semejantes, sin una estrella ó un resplandor que marque los puntos cardinales ¿cómo se sabe entre todos esos senderos cuál es el que nos lleva á nuestro término?

Este obscuro problema pone de manifiesto que la orientación física no reside en ninguno de nuestros órganos, que es un instinto radicado en nuestro inconsciente, del mismo modo que la orientación moral no está en la inteligencia, ni en la razón humana, sino que es el producto de un guía secreto y familiar con quien contamos absolutamente y que nos lleva por las inexploradas regiones misteriosas, hasta la gran luz que no divisan pero que presienten nuestros anhelos.

Soy humanamente tan desorientada como soy moralmente orientada.

Hay un impulso que me lleva por los caminos del alma con una confianza que me da siempre razón y á la que me es dulce abandonarme.

En cambio yo que soy una sonámbula en la vida humana cuando encuentro como ahora un hijo del pueblo que á los dieciocho años en tal laberinto y en tal obscuridad me afirma la voz y con el sendero perdido en el fragor de los troncos y de la amenazante enramada sabe sin embargo que encontrará el camino en pocos pasos más, porque tiene seguridad de la dirección general que lleva.... entonces me pregunto ¿qué misterio de vida oculta hay en la orientación que nunca había reparado?

Me admira tanto que Saturno en la complicada red de los senderos que no vemos pueda decir: «Vamos bien» y sin embargo no me admira el hallarme igualmente segura en sendas más tortuosas, en vías mil veces más misteriosas, como es el mundo espiritual que yo habito sin más estrella que el sacrificio.

«Renuncia, dice una voz secreta, y habrás puesto el pie en el peldaño superior de la escala».—«Deja lo que amas y lo encontrarás más lejos», sigue diciendo la misma voz....

¡No tengo más norte, y qué segura me siento....!

Cuando he solido tomar en la vida caminos de atravieso, rutas atrevidas alejadas de todos los senderos custodiados, he sentido interiormente que ese camino áspero y pendiente, peligroso y obscuro, es el mío y que debo explorarlo de grado ó por fuerza.

¡Qué misterioso imán hay en el fondo de nuestras aspiraciones, de nuestros amores, de nuestros gustos!

Imán que nos atrae, que nos marca un rumbo y que no nos retiene lo suficiente para producir el reposo.

Saturno perfectamente orientado no vacila un momento en la firmeza de sus respuestas. Por todas partes nos rodea la negrura compacta que no rompe la más leve desgarradura de luz.

Nuestras voces se buscan anhelantes como espíritus sin cuerpo que se agitasen en las sombras.

Las voces más ó menos fuertes ó débiles marcan la distancia ó la proximidad á que nos encontramos unos de otros.... Cuando una voz se aleja temblamos por el compañero y lo llamamos angustiados.... Nos hablamos continuamente y ellos nos llaman sin cesar.... Las voces de todo un grupo se atenúan, se pierden.... el pánico crece.... han tomado otro camino.

Nos detenemos á esperarlos hasta que se nos reúnen.

Parecía á veces que Saturno se afianzaba en un sendero, pero después lo veíamos vacilar, culebrear sin que su voz traicionase con la más leve inflexión de miedo una desconfianza del rumbo general que seguíamos....

Las voces en aquel silencio del bosque dormido tomaban resonancias de prisión, ecos cavernosos y fatídicos.... que acababan de atemorizarme.

De pronto encienden un cabito de vela, que Juancho, más prevenido que Saturno llevaba consigo, y aquella lucecita débil como una candelilla hace resaltar más el horror de la negrura que nos rodea.

El falso reflejo parece cegar á los caballos, pues la sombra se acentúa y se hace impenetrable. Aquella luz presta su propia palidez á los árboles y los hace aparecer monstruosos en sus proporciones fantásticas.

La perpetua oscilación de la llamita, la facilidad y la rapidez con que se consumía caldeando ya los dedos de Juancho, su extinción próxima sin ver el término del bosque todo aumentaba la emoción de angustiosa fatalidad.

Algunos compañeros que no podían marchar á nuestro paso se quedaban atrás.... teníamos que detenernos para esperarlos y entre tanto la luz agonizaba....

Nos quejábamos de encadilamiento por culpa de la vela, pero á la vez que consuelo nos procuraba el ver diseñarse pálidas y amarillentas las ramas de los árboles como cadáveres de árboles que nos escoltasen en un país de sombras.

Creía encontrarme más allá de la muerte, almas sin cuerpo conservando las voces de nuestra personalidad terrena, cruzando una región del plano astral, donde nos envolviera como fantástica red aquel enmarañamiento del follaje que no sería entonces más que la forma ilusoria de las redes materiales que nuestra vida grosera del mundo hubiera creado á nuestro espíritu en su marcha ascendente....

Y más y más el fragor de la negrura nos envuelve y nos rodea....

La lucecilla se ha quedado atrás y vista así sola y ambulante parece una alma que penara en las tinieblas.

En todo caso esa vela me figura la escasa fe de ciertas almas que en materia religiosa apenas saben donde poner el pie, sin luz más que para ver el suelo allí próximo y careciendo de esas soberbias visiones de conjunto que constituyen las energías y los heroísmos de las almas que conocen el camino que recorren y que ven alumbrarse enormes perspectivas que señalan términos anhelados....

La vela se consume y tenemos que esperar á los atrasados.

...De pronto un ladrido de perro rompe el silencio.... Se anuncia una casa. I allí mismo se alumbra una ventana, se descubre una fogata. ¡Refugio! Impresión imponderable de alivio.

La casa estaba muy cerca, pero la hemos visto en el último instante porque la espesura del bosque la ocultaba.

Nos allegamos á la puerta.

Es Pampa Redonda, según dice Saturno.

Pedimos velas con voces que imploran misericordia y una voz de mujer contesta: «No tenemos ni con que alumbrarnos!»—¡Una vela por Dios! insistimos todos en coro. «Solo tengo una vela de cera que les daré», contesta la misma voz mientras otra vocesilla clara de niño, voz de ángel dice «Alójense aquí».

La inocencia siempre es intuitiva y generosa.

Esa voz me recordó otra voz de mujer muy cobijante, muy segura que en cierta ocasión de obscuridad moral, de incertidumbre y de angustia me hospedó generosa en su corazón y en su poderoso cerebro....

Hay que continuar andando en el bosque que no concluye y que debiera llamarse Selva Cerrada en vez de Pampa Redonda, pero siquiera hemos encontrado una vivienda y se ha calmado nuestra angustia.

Por la orientación de distancia que ha traído la casita se sabe que el «Aserradero» está todavía muy lejos y así se ve cuán errados de cálculos andaban los compañeros en cuyo programa la llegada á aquel sitio estaba marcada para las siete de la tarde ó en todo caso con las últimas luces.

Saturno no opinaba al oir estos cálculos, pero cuando era interrogado decía con suficiencia: «No llegaremos antes de la media noche».

La vela de cera que nos han dado, da una luz clara y fija y aunque pequeñita alumbra mucho.

Los bosques se continúan impasibles de silencio y de negrura. Parece que hemos entrado al país de las sombras infinitas.

¡Cuántas vidas humanas no son más que un camino en eterna sombra! ¡cuántas almas viven sin saber de dónde vienen ni a dónde van!

¡Felices todavía si una fe débil como la lucesilla de nuestra vela se enciende á su paso, para que los troncos del bosque de la vida no los destrocen ó los ganchos los opriman en sus brazos duros!

Los árboles toman figuras espantosas con el reflejo de la vela.... las sombras que se alargan parecen reptiles que huyen á esconderse. Tras de la visión pálida de las ramas próximas se adivinan otras más tétricas y luego la negrura insondable y muda en que millares de vidas se agitan inconscientes.... donde quién sabe cuántos seres nos miran, nos acechan con sus ojos de ascuas....

Muchos árboles parecen aplastarnos con la vida súbita que toman las ramas al paso de la luz de nuestra vela.

Otra casita. ¡Qué nuevo alivio el de encontrar vivienda humana en la espesura del bosque interminable!

Son los Corrales. Pedimos más velas, pero la única que nos dieron no se pudo encender. La mujer que nos recibe dice: «De aquí vá á salir un niño con un animal». Ese niño debe ser un «Baquiano» que conoce el bosque y que nos conducirá.

—¿Saldrá luego el niño? preguntamos anhelantes—Sí, ya vá.... Y poco después veíamos partir una sombra que era el muchacho arreando el animal; sombra que se perdía como una exhalación en la masa intrincada del bosque. Oíamos el crugir de las hojas, pero no veíamos nada.

En seguida la espesura se abrió por breves momentos y allá en una altura inmensa aparecieron las estrellas muy pálidas y muy frías como pertenecientes á otro sistema solar, alejadas de nosotros, pero sin embargo mirando todavía con sus pupilas trémulas nuestras ansiedades humanas, antes de perderse definitivamente en las distancias cósmicas.

Qué poco duraban estas apariciones.... las estrellas desaparecían en las sombras de otro bosque ilimitado y nos envolvían las tinieblas.

En esa fugitiva aparición de las estrellas, las lenguas se desatan.

Conversamos, nos comunicamos nuestros temores y Saturno sin tener que alentarnos con sus robustos Sí, señor, se pone jocoso. «En las llanáas se le devuelve el habla que se le había cortao al señor Cura».

¡Dios mío! salvados!

¡El «Aserradero!» el puerto de salvación; nos bajamos, por supuesto.

En el «Aserradero» nos recibe un alemán que habla con don Mauricio su endiablada lengua y nos introducen en una especie de fonda.

Las viejas leyendas alemanas describen estas casitas en que se da asilo al viajero perdido en el bosque.

¡Estamos en salvo! Por el alivio que siento puedo medir el terror pasado.

Me he convencido de que en la vida no se vive nada en conjunto, sino por mínimas parcialidades y esta es la razón de que resistamos tantas cosas sin sucumbir.

Nos dan, no ya velas sino dos faroles que iluminarán regiamente nuestra comitiva porque el viaje no ha acabado, ni tampoco el bosque, sólo que desde el «Aserradero» parte por el corazón de la montaña una línea de madera que es un socavón abierto en la espesura.

Los que hemos estado perdidos y que conocemos ese pavor especial de la incertidumbre, sentimos ahora qué cosa tan grande es la ruta marcada, donde no existe el peligro de la elección.

Ahora no hay más que soltar la rienda al caballo, apuntándola apenas lo preciso para que no tropiece en los durmientes de la línea que no están terraplenados. No vemos nada, ¿pero qué importa? Nuestros caballos ven.

Aquel socavón negro, en que las estrellas pálidas no penetran, tiene un delicioso misterio de fragor.

Los faroles iluminan sus paredes vegetales espesas, los árboles se animan, toman palideces febriles y siluetas espectrales.

Miro hacia atrás y la luz muy lejana, muy incierta, del otro farol que alumbra á los compañeros atrasados, aumenta el misterio triste pero ya confiado de la noche.

No puedo dejar de hacer comparaciones. Las vidas orientadas moralmente como la mía son estas que van por un riel, aunque sea en un socavón obscuro. No se ve, pero se sabe que es el camino directo para llegar al término.

Saturno se pone delicioso de buen humor para referir las aventuras del viaje—«Tanto valor que ha agarrao el señor Cura en los rieles. Allá en el Tique se atracó á los palos y no quería andar ni recular.—Entonces no hacía juicio ni á la escopeta ni á la manta, como alla arriba, cuando estaba claro y chicharreaban los choroyes. El señor Cura reclamaba que le contestaran en la oscuridad y Juancho allí junto á él se callaba para que creyera que estaba solo. Su culpa fué de apiarse y no querer que le pasaran la bestia tirando».

Me imagino que la gente del pueblo, y también muchos necios, miran á los sacerdotes como desposeídos de cierta hombría que á ellos les envanece mucho—como si el sacrificio del corazón y la soledad consiguiente no necesitaran mil veces más valor y más fuerza de voluntad que atravesar de noche el bosque.

¡Qué hermosa se ve la lucesita en la línea recta y á la gran distancia que vamos cruzando!

Al concluirse la trocha de madera nos detiene el paso una puerta de trancas con llave. ¡Qué chasco! Si tendremos que pasar la noche aquí! Me muero de frío. Saturno me da un chal.

Si hacemos ruido pueden darnos de balazos. Lo mejor es gritar y tanto se grita que al fin nos abren.

Es el Chacayal. Cerraron la puerta, porque en la tarde habían reunido la boyada en el potrero.

De allí salimos definitivamente á la luz de las estrellas que nos parecen luminosas como la luna después de las tinieblas recorridas.

Todavía una hora de marcha y caemos en Río Bueno por una dirección muy diversa de la que creía que llevábamos....

Vivo eternamente desorientada en el mundo. ¡Cuánto he gozado, Dios mío, en estos días de íntima comunión con la naturaleza!

Traigo una fatiga y un cansancio cerebral indescriptibles.

Parece que mi cabeza ha sido tenaceada con hierros durante muchos años.

Todas las ideas que me asediaban, todas las imágenes que me hostigaban, sucediéndose sin tregua, todos los pensamientos que brotaban, todas las emociones que me agitaban, parecían pedirme albergue, buscar permanencia, producir vibración.

Todo el espectáculo natural, toda la belleza que había contemplado, pretendía vivir á través de mí, dejar su imagen en la película cerebral....

Todos los gérmenes recibidos durante aquellos días querían ser fecundados y reproducirse....

Toda esa Vida que yo, sér consciente, había atravesado, que había sentido, que había admirado, me parecía ávida de quedar fija en alguna parte antes de desaparecer para siempre en el torbellino de las cosas que mueren.

Y esa lucha entre la naturaleza y el cerebro toma proporciones de ataque y de defensa que llega á hacerse insoportable.

Más de alguna vez leyendo á ciertos artistas me había parecido descubrir entre ellos y la vida, entre su cerebro y la naturaleza que pide ser animada ese mismo combate horrible y despiadado que se traba entre el hombre y la mujer en la hora pasional, cuando Ella necesita ser amada, sentir el calor del halago, en su corazón la dulzura del sentimiento, en sus entrañas el fuego del amor y clama y pide al hombre en su belleza, en su ternura que la ame, que la reproduzca.... pero esa misma mujer es pura y hace ciertas reservas á su pudor que el hombre cruel viola y destroza en la fiebre del deseo.... sin llegar á estremecerla de felicidad hasta que se entrega plenamente.

Esa misma lucha de la mujer que quiere ser amada y permanecer inviolable y del hombre que se apodera de ella por encima de todas las resistencias, es la que yo veo realizarse entre el artista y la vida....

Lucha cruel, lucha terrible porque es el combate de la fuerza contra la fragilidad, del instinto tímido contra la conciencia audaz.... lucha desigual en que el elemento femenino es siempre vencido y avasallado.

La naturaleza que allí es esencialmente femenina se entrega por fin al artista, le da el secreto de su oculta belleza, de su gracia pudorosa y él la coge, la fecunda, le da vida, la fija en un instante hermoso y la conserva para siempre.

¡Cesa entonces la lucha, el cerebro queda en paz, la imagen se grava y permanece eternamente esculpida en el mármol, en la tela, en el sonido ó en la palabra!

* * *

Cuando se ha vivido unos cuantos días en íntima comunión con la naturaleza, cuando la vida que ella representa, que ella encierra, nos ha mecido por breve tiempo en su regazo, sentimos una dilatación completa de nuestro ser íntimo, sentimos que traspasamos el círculo material de nuestro cuerpo, el radio de nuestra mente, que nos ensanchamos en el espacio abierto, que entramos á formar parte de un todo con el aire, con el agua, con el animal y con la planta.

La tierra y el cielo no quedan fuera sino dentro de nosotros mismos.

Nos incluímos en una fraternidad infinita en que el astro y el insecto son nuestros hermanos.

Todos vamos formando parte de un inmenso organismo en que cual más, cual menos concurrimos á un concierto, somos nota de una inmensa sinfonía, que proclama la verdad, que formula la belleza que realiza la bondad para constituír en último término la gloria de una manifestación omnipotente y divina.

Dentro de esta dulce certidumbre nuestras dudas son las momentáneas sombras de los grandes esplendores, nuestras penas los peldaños de una ascensión penosa, nuestros amores son las intuiciones de los complementos que necesitamos, nuestros odios las eliminaciones forzosas de los obstáculos que nos cierran el paso y nuestra Fe la energía magnética que nos atrae al Polo de eterna orientación.

La naturaleza es el poema divino, es el único libro en que la vida ha escrito su decálogo.

La naturaleza es sobre todo la madre de la humanidad.

Vamos á ella confiados de donde quiera que vengamos, á donde quiera que nos encaminemos y ella nos conducirá sin extravíos de sendas, sin emboscadas, sin precipicios insalvables al foco de su radiación infinita: Dios.

La naturaleza sabe hablar al rústico y al refinado, al niño y al viejo, al dichoso y al triste.

Las mismas palabras le sirven para hacerse entender del francés y del árabe, del chileno y del hindú.

Lo que dijo á los patriarcas nómades del desierto es lo mismo que está diciendo á nuestras almas contemporáneas.

Todos los que han contemplado las perspectivas cambiantes del mar, las palpitaciones de los mundos siderales en la noche callada, los horizontes grises del desierto, el fragor de las selvas vírgenes, la audacia de las grandes cordilleras, todos han leído la palabra eternidad escrita en sus viejas constelaciones, en sus aguas movibles, en sus piedras rudas y en sus verduras tiernas.

Donde quiera que hayamos vuelto alguna de sus grandes páginas, hemos sentido vida inmensa, infinita y potente, belleza inagotable y amor eterno.

El universo entero está movido por el amor que hace germinar las plantas, anidar á los pájaros, fundirse á dos almas en una y á todos en Dios.

Cuando hemos paseado nuestros ojos por la tierra ó por el firmamento, desde nuestra vida pequeña y limitada, hemos sentido siempre en todas partes la perfección de una obra admirable, que se manifiesta en verdad, que resplandece en belleza, que se cumple en justicia, que se establece en armonía y que se difunde eternamente en amor.

Dejemos alguna vez nuestras disensiones de credos de razas y de ideas, olvidemos las miserias diarias que nos atormentan, las banderas que nos apartan, los lemas que nos dividen, perdonemos á nuestros ingratos, aceptemos el ser despreciados ó desconocidos, cerremos nuestros libros, sumerjámonos en la naturaleza y arrullados en su seno leamos esta sola palabra que lleva escrita la tierra cansada y el cielo esplendoroso: «Solo el amor engendra vida, la perpetúa en el tiempo fugaz y la conquista en la eternidad».

Río Bueno, marzo de 1910.

Illustration from Tierra virgen
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