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Realidad

JORNADA SEGUNDA

Reading edition

ESCENA PRIMERA

Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera, en calle y en café, según se indica.

Federico Viera, Manolo Infante.

Federico, que sale por el fondo.

¡Maldita sea mi suerte! ¡Necio de mí! Debí prever este desastre, pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede es siempre una noche de perros. Las desdichas, como las venturas, no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia civil. Si mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un día tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las vísperas de los días malos son... peores. (Un lacayo le pone el abrigo.)

Infante, que entra por la derecha, como viniendo de la calle.

¡Hola..., Federico el Grande..., qué oportunidad!...

Federico.

Infantillo, ¿venías á buscarme?

Infante.

Justamente, á eso vengo... Salía de mi honrado Círculo de Ingenieros, y dije: «voy á subir un momento allá, á ver si está ese perdío y le arranco al nefando tapete, para llevármele á tomar chocolate y echar un párrafo con él».

Federico.

¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al nefando tapete!... ¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (Bajan la escalera.) ¿Tenías que decirme algo concreto, ó simplemente charlar?

Infante.

Nada concreto.

Federico.

¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia de bon enfant, tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible para extraer las ideas.

Infante.

Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los demás nuestras propias cualidades.

Federico.

En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque adivino de qué quieres hablarme.

Infante.

Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en mi prima.

Federico.

Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y satisfecho.

Infante.

Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso... Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.

Calle.

Federico.

¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha el alma mirando el cielo estrellado y espaciándose por ese azul inmenso. Las noches de Madrid son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda la vida, la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay, debiera hacerse de noche.

Infante.

A eso vamos.

Federico.

¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre. Observa qué templado ambiente!

Infante.

Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa. Dice Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos ponemos á analizarlo, aplicando á él todo nuestro espíritu con insistencia, el dolor se alivia.

Federico.

¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.

Infante.

Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no. De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio, la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.

Federico.

Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de una cartera.

Infante.

No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.

Federico.

Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.

Infante.

Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.

Federico, fríamente.

Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á decírtelo.

Infante.

Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.

Federico.

Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.

Infante.

¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.

Federico.

Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme y leal.

Infante.

Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta estima á su marido, y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo. No hay miedo de que dé escándalos; y si tiene, como pienso, algún drama íntimo de estos imposibles de evitar en las altas clases sociales, uno de estos..., llámalos errores, llámalos derivaciones espiritualistas ó materialidades que nacen de la excitación de la vida elegante, en fin, dales el nombre que quieras...; pues digo que si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y buenas formas, guardándole á su marido todo el respeto, y hasta el cariño... que... Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas las categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se cuentan nunca, y cada día encontramos una categoría y una forma nuevas.

Federico.

¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito esas filosofías de estira y afloja, y me atengo á la idea de que Augusta es honrada.

Infante.

Es que la honestidad también tiene sus categorías.

Federico.

No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo yo un mala cabeza, como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos tiempos, estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus pretensiones son una mala acción y una deslealtad.

Infante.

Si pones la cuestión en el terreno de la moral del Amigo de los Niños...

Federico.

Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?

Infante.

No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya, con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.

Federico.

Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá; por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.

Infante.

¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia, que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?

Federico.

En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.

Infante.

¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.

Federico.

Con escándalo ó sin él, será una indignidad.

Infante.

En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones de cierta clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad; pero nada más. Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene por ti verdadera debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito textualmente: «Es preciso que entre todos hagamos un esfuerzo para regularizar la vida de ese pobre Federico, arrancándole sus hábitos viciosos. Es un excelente corazón, y un carácter hidalgo debajo de su capa de libertino con embozos de bohemio.»

Federico.

¿Eso dijo? (Con sequedad y soberbia.) ¡Pero qué empeño de reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian. ¿Por qué no me dejan como soy?

Infante.

Hombre, agradece la intención.

Federico.

Sí, la agradezco.

Infante.

Por lo demás, ya sabemos que á ti no te baraja nadie.

Federico, con ira disimulada.

Pues no vacilo en decir que si yo estuviese como tú, prendado de Augusta, y no supiera contenerme en una actitud completamente platónica, sería un hombre indigno... Si te parece, entraremos en la chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.

Chocolatería.

Toman asiento, y son servidos por un mozo.

Infante.

¿De modo que tu consejo es que desista?

Federico, ensimismado.

Sí; el honor lo pide así.

Infante.

¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido bien todavía, y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor, precisamente, me manda no desistir?

Federico.

Dirías un disparate.

Infante.

Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase mañana por tu casa?

Federico, con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la mesa.

Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades de tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema ante estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda previsión. En el momento crítico discurro lo que debo hacer, y lo hago. Obro por inspiración, y la inspiración y el cálculo no son compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación ingeniosa y salvadora.

Infante.

¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los amigos? ¿Por qué no aceptas...?

Federico, interrumpiéndole.

Porque me quedaría sin amigos. Déjame á mí. Yo me bandeo solo. (Tratando de arrojar de su mente las penosas ideas que le abruman.) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por nada. Te digo que no hablemos de eso.

Infante.

¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confiaras tus afanes, y en ayudarte á vencerlos?...

Federico.

Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder tu amistad.

Infante.

¡Perderla!

Federico.

Sí, perderla. Déjame á mí. Los favores de cierta clase se pagan con el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: inglés te aborrecí, héroe te admiro?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo, tú no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser insolvente, si quiere conservar á los amigos, lo primero que debe hacer es no deberles nada. Inglés te aborrezco. Yo no puedo evitar que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente que viene en mi auxilio... En fin, no quiero tocar este punto. No lo toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te diré es que no vayas mañana á casa. Estaré fuera casi todo el día.

Infante, para sí.

¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.

Federico.

Ahora, vámonos pian pianino á dar otro paseo.

Calle.

Siguen paseando y charlando. Llegan á la calle de Lope de Vega.

Infante.

¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré hasta tu casa.

Federico.

Esta es la hora de las confidencias, la hora de la amistad. Me estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No tengo sueño ni ganas de acostarme.

Infante.

Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.

Federico.

Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo no tuviera hoy bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que... Vamos, te la cuento.

Infante.

Gracias á Dios que me confías algo.

Federico.

Y la cosa es grave. (Avanzan hacia el extremo de la calle.) Sigamos hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi casa. (Señalando á la derecha.)

Infante.

Noticia fresca. Como no digas más...

Federico.

Quedamos en que ésta es mi casa. Bueno. Mira ahora la de enfrente.

Infante.

La miro, y no veo en ella nada de particular.

Federico.

Fíjate en la planta baja..., en la tienda...

Infante.

Veo un rótulo de ultramarinos que dice: Santana. Géneros del Reino y extranjeros.

Federico.

Perfectamente. Más arriba verás dos ventanas, que corresponden al entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.

Infante.

Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener contigo.

Federico.

Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo como de veinte años, un hortera que le hace guiños á mi hermana.

Infante.

¡Ah!, ya...

Federico.

Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja querer de semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me sirven, y plantarlas en la calle.

Infante.

Cuestión delicada es esa para resolverla ab irato. Considera que tu hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la edad crítica del amor... No ve á nadie... Ha visto á ese chico...

Federico, irritándose.

Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi hermana dejándose impresionar por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy un botarate, un vicioso...; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno á que ese vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que ella guste de vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín en mi casa. A mi hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas, y al danzante ese, como yo le coja á mano, como le sorprenda en la escalera de mi casa..., tengo sospechas de que hay aproximaciones..., como le sorprenda, te juro que no le quedarán ganas de volver.

Infante.

Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas. Comprendo que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?

Federico, nervioso.

No me vengas á mí con esa clase de reflexiones. La tapadera de las circunstancias sirve para encubrir los ultrajes al honor. Que mis ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero son así, y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso; no encajo, no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia á admitir ciertas ideas hoy dominantes. Eso que en lenguaje político se llama pueblo, yo lo detesto, qué quieres que te diga, y no creo que con la gente de baja extracción vayan las sociedades á nada grande, hermoso ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula..., no lo puedo remediar... Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad, ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!

Infante.

Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos se sobreponen á las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se democratizará... á despecho de tu aristocracia.

Federico.

Prefiero verla muerta.

Infante.

Piénsalo bien... Esas cosas se dicen pronto..., pero luego la realidad... (Aproxímanse á la puerta de la casa.)

Federico.

¿Dónde estará ahora ese maldito sereno? Quizás durmiendo la mona en el hueco de alguna puerta. (Suena la cerradura, y observan que la puerta se abre por dentro.) ¡Ah!, escucha, mira. Alguien sale...

ESCENA II

Los mismos. Santanita.

Ábrese la puerta y aparece Santanita, el cual, al ver á los dos amigos, retrocede asustado y como si quisiera volver á meterse en el portal.

Federico, con súbita ira.

¡Rayos y demonios!... ¡Eh!... ¿Quién es usted? (Echándole mano al pescuezo.)

Santanita, con terror suplicante.

¡Ay, ay!... ¡Por Dios, D. Federico, no me mate usted!

Federico.

Badulaque, mequetrefe, tú vienes de mi casa. (Le sujeta con nerviosa energía. Infante interviene en ademán pacífico.)

Infante.

¡Por Dios... Calma...! ¡Qué atrocidad! (Tratando de calmar á su amigo.)

Federico.

Si no fuera quien soy, le ahogaría... ¡Miserable! ¿Qué hacías en esta casa?

Santanita.

¡Señor, óigame usted!... (Anonadado y trémulo.) Subí sin más objeto que hablarle... por el ventanillo..., nada más. Yo se lo juro..., y puede usted comprobarlo arriba.

Infante.

Basta... Retírese usted.

Federico, soltándole.

Sí..., que se vaya... La escena es repugnante. (Mirando á Santanita con desprecio.) ¡Qué ignominia! Si en vez de ser un bicho fuera un hombre, acabaría con él, puesto que no hay tribunales que castiguen estas infamias.

Infante.

Concluyamos. (A Santanita.) ¿Todavía está usted aquí?

Federico.

Ya has oído, muñeco, que no me rebajo á castigarte. Otra cosa será si llego á cogerte en mi casa.

Infante.

Largo... Se acabó la cuestión.

Santanita, recogiendo su sombrero, que en la refriega se le ha caído.

Don Federico, usted abusa de su posición. No es caballero todo el que lo parece, ni para serlo basta llevar sombrero de copa. Puesto que usted se pone en ese terreno, á él iremos todos. (Se aleja.)

Federico, sin poder contenerse.

¡Pues no se atreve...! ¡Si me provoca...!

Infante, sujetándole.

Déjale, por Dios. Ya ves que huye.

Santanita, desde lejos.

Don Federico, usted se empeña en luchar con la corriente, imponiendo á todo el mundo su quijotismo, y usted se fastidiará. (Vase calle abajo.)

ESCENA III

Federico, Infante.

Infante.

Pero hombre, ¿estás en ti? Si le maltrataras gravemente, ¿no sabes que podría costarte la torta un pan?

Federico.

Iré á la cárcel... ¡Qué vergüenza, qué leyes! Si esto se llevara á la justicia, á mí me condenarían, y á ellos les casaban. ¡Y á esto llaman organismo social! La ley protege la deshonra, y el Estado es el amparador de los criminales. (Entra en el portal.)

Infante.

No me despido. En la calle te he librado de hacer un disparate, y ahora entro contigo para impedirte hacer otro en tu casa.

Federico.

A esa chiquilla sin seso y de condición villana, le enseñaré yo el respeto que debe á su nombre. ¡Qué falta de pudor! ¡Qué vileza!

Infante.

¡Ay, amigo mío (ambos encienden cerillas y suben), no echas de ver que se han quedado muy atrás los tiempos calderonianos!

Federico.

Sí, y también echo de ver la gran diferencia en favor de aquéllos. ¿Pero tú crees que si en nuestra edad se usara el ceñir espada, se me escapa ese tipo asqueroso? Le atravieso en el acto.

Infante.

Más vale que no usemos armas.

Federico, llega á su habitación y llama.

Verás, verás cómo ahora resulta que nadie ha visto nada, que todo es figuración mía y ganas de reñir. Estas canallas de mujeres me la han de pagar.

ESCENA IV

Los mismos. Claudia.

Claudia, abriendo la puerta.

Buenas noches.

Federico.

Oye, ¿qué hacía en casa ese sinvergüenza que acaba de salir?

Claudia, soñolienta.

¿Quién? ¿Está usted loco? Bah; ya viene con sus remontazones. Aquí no ha entrado nadie.

Federico.

Tú y tu hermana sois unas grandísimas alcahuetas... ¿Y la señorita?

Claudia.

Acostada y durmiendo.

Federico.

Pasa, Infante. (Entran en la sala.)

Infante.

Mira, deja el asunto para mañana. Ya debes suponer que te han de negar todo. Ten calma, soporta el hecho, y búscale solución de la manera más práctica.

Federico.

¡Qué tonto eres! (A Claudia.) Mañana os ponéis en la calle con toda vuestra indigna parentela, y mi hermana irá á las Arrepentidas... ¡Qué bajeza de espíritu y de sentimientos!... No quiero verla... Que no se ponga delante de mí. No podría contenerme...

Infante, sentándose.

Eso me parece muy bien: no hables con nadie esta noche. Aplaza la cuestión para otro día.

Federico, á Claudia, con vivo enojo.

Esta casa es una sentina, y vosotras alimañas inmundas.

Infante.

Bien, desahógate...

Federico, á Claudia.

Quítate de mi presencia... Vete... con mil pares de demonios.

Claudia, para sí.

Ya se le pasará el enfado... Este señorito fantasioso cree que estamos en tiempos como los de esas comedias en que salen las cómicas con manto y los cómicos con aquellas espadas tan largas y hablando en consonante. ¡Válgate Dios con la quijotería! (Vase.)

Federico, paseándose.

¡Esto es horrible! ¡Qué bochorno! ¡Aquí tienes tu dichosa idea de igualdad, que todo lo encanalla! Ese pelandruscas se ríe de mí en mis barbas, ultraja un nombre respetable, y tengo las manos atadas contra él.

Infante.

Has hecho bien en aplazar la función. Y ahora puedo irme tranquilo.

Federico.

Retírate si quieres. (Recogiendo tres cartas que hay en el velador.) ¿Tres cartas? ¿Apostamos á que en ellas vienen nuevas calamidades? Nada, que sigue la mala. (Abre una.) ¿Lo ves?... Una desgracia, un golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega pasado mañana... ¿Y á qué viene?... Es mi padre y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva. (Con ira.) Te juro, amigo Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y adondequiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me la hieren y me la chafan. ¡Este hombre...! (Estruja la carta y la arroja al suelo.) Si no fuera mi padre, creo que le... ¿Pero á qué vendrá á Madrid? Me lo figuro, y la rabia me ahoga. ¿Por qué no se estará allá, en su libre América, olvidado y olvidándonos? No me bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que también este azote había de caer sobre mí.

Infante.

Lee las demás cartas. La suerte suele darnos sorpresas... Quizás en alguna de ellas encuentres un bien inesperado.

Federico, examinando otra carta.

Sí..., para bienes inesperados está el tiempo. Conozco la letra. Es de Torquemada... (La abre.) ¡Maldita sea tu alma!... (Lee.) «Pongo en su conocimiento que si mañana á las doce...»

Infante.

Lo que es por ese lado... Entérate de la otra. ¿Conoces también la letra del sobre?

Federico, que sonríe examinando el sobre.

Pues mira, estos garabatos me producen una dulce impresión entre tantas desventuras. Es de una mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es de La Peri... ¡Pobrecilla!... (Lee para sí.) Nada, me convida á almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es á propósito para almuercitos...

Infante.

Yo me retiro... No olvides mis consejos. Siento dejarte tan preocupado y caviloso. ¿Acaso, en medio de las agitaciones de esta noche, has visto un rayo de luz, un indicio de salvación?

Federico, después de una pausa.

¡Quién sabe! Tal vez sí. (Se dan las manos cariñosamente.)

Infante.

Pues buenas noches... digo, buenos días. Pronto amanecerá.

Federico.

Adiós.

Vase Infante. Federico pasa á la alcoba.

ESCENA V

Gabinete lujoso en casa de La Peri. Es de día.

Federico, Leonor.

Federico, entrando precedido de una criada.

Pásale recado en seguida. Si hay alguien y tengo que hacer antesala, me marcho, porque no estoy de humor de plantones.

Criada.

No hay nadie; digo, sí, está ese, que es lo mismo que decir nadie. Pero al momento se va... (Poniendo atención.) ¿Oye usted? Ya sale... como siempre, metiendo mucho ruido.

Federico.

Pues anda, dile á tu ama que estoy aquí, y que si no sale pronto me colaré adentro.

Criada.

Siéntese usted un ratito. Leonor sabe que es usted, porque me dijo: «corre á abrir, que debe de ser ese...» Ahora saldrá. (Vase.)

Federico, sentándose en un sillón.

Aquí todos somos eses. ¡Bueno, bueno, bueno!

Leonor, que sale presurosa, muy maja, con bata negra de seda, adornada de lazos rosa-té, la cara recién empolvada, el pelo recogido con horquillas de concha.

Niño, buenos días. Hay que echarte memoriales para verte. (Poniéndole la mano en la cabeza.) ¿Cómo estás? ¿A ver esa carátula? Palidez tenemos, y ojeritas... ¡Ay, ay! Habrás dormido mal... ¡Pobrecito de mi alma!

Federico, estrechándole la mano.

Yo, así, así. ¿Y tú, como estás? (Se sientan juntos. Leonor le pasa la mano por el pelo.)

Leonor.

¿Recibiste mi papel?

Federico.

Sí, esta madrugada, al llegar á casa. Te agradezco mucho la buena voluntad.

Leonor.

El agradecimiento está de más. Pues oye: supe ayer por Torquemada lo que te pasa, y la que te tenían armada para hoy ese pillo y su compinche Bailón. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como tú lo has echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.

Federico.

Conozco tu buen corazón y tus desplantes de generosidad. Puesto que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento ante ti el embarazo que estas materias me producen ante otras personas con quienes tengo amistad.

Leonor.

Es que yo soy tu amiga de... de la entraña, y los demás lo son de aquí. (Tocándose la punta de la lengua.) Estoy contenta; esta mañana te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del soponcio.

Federico.

¡Qué célebre! (Riendo.) ¿Y qué te dijeron los naipes?

Leonor.

Primero salió disgusto grande..., ya sabes, el siete de espadas, en un corto camino, cuerpo y pensamiento de un hombre moreno. La cosa era bien clara...

Federico, burlándose.

Clarísima; ya lo creo.

Leonor.

No lo tomes á broma. Pues rezados los tres Padre-nuestros con muchísima devoción, y encendida la lamparilla á San Antonio, volví á echar lo que ha de venir, y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por la mañana, el caballo de bastos, que eres tú, la mujer de buen color, y por fin, el as de oros. ¿No sabes lo que significa el as de oros?

Federico, impaciente.

Signifique lo que quiera, vamos al grano, Leonorilla. No hay tiempo que perder, y es preciso plantear la cuestión lisa y crudamente. ¿Tienes dinero?

Leonor.

¡Dinero!... (Mirándose las uñas.) Lo que es dinero, muy poco tengo disponible; pero se puede agenciar de aquí á la noche.

Federico.

Imposible esperar de aquí á la noche.

Leonor.

Tienes razón. Salió el dos de bastos, que quiere decir corto camino... Bueno; pues para no cansar, empeñaré todas mis alhajas, ó las que sean menester. ¿Qué quiere decir la sota de copas junto al as de oros sino que la mujer de buen color llevará á Peñaranda sus joyas? ¿Te parece bien?

Federico.

Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la necesidad, con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo supiera. ¡Qué extrañas relaciones estas! No somos amantes: lo fuimos. Somos tan sólo amigos, pero esta amistad nuestra es un fenómeno psicológico... ¿Sabes lo que es psicológico? Pues quiere decir del alma, un fenómeno...

Leonor.

Mira (con ademán de pegarle), no me llames á mí fenómeno, ni tampoco á nuestra amistad...

Federico.

Quiero decir que esto nadie lo entiende más que nosotros. Por nada del mundo acepto yo de un amigo de mi clase ciertos favores. ¿Por qué los acepto de ti sin que mi decoro se sienta herido? No puedo explicármelo claramente. ¿Qué significa esta fraternidad que entre nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo degradado, tú también, nos entendemos en secreto... Quizás si tus auxilios se hicieran públicos yo los rechazaría con horror. Pero es el caso que de otras personas, bien seguro estoy de ello, no los recibiría ni aun ocultándolos con el mayor sigilo. Mi orgullo tiene esta debilidad contigo, quizás porque entre tú y yo hay un parentesco espiritual, algo de común, que no es honroso, sin duda: la desgracia, Leonor, el envilecimiento... Esto me confunde.

Leonor, sin entender estas psicologías.

No, tonto; es que nos sale de dentro el ser amigos.

Federico.

Amistad es ésta que Dios debiera tener en cuenta. En ella se funda algo, que si no es virtud, se le parece; en ella puede haber abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida, como tú me ayudas ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido. Pues aunque seamos un par de pícaros tú y yo, este sentimiento que uno á otro nos inspiramos, ¿no es de la mejor ley?

Leonor.

Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser esto, porque yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila, y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de éste y del otro, me chapuzo, me emborracho; pero no me importa engañar al que más me entusiasma y encajarle una mentira. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí que es rarísimo. No sé...; pero como vivo sin familia, me parece que tú eres para mí algo como hermano, como padre..., y si tú dices: «Leonorilla, tal cosa te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú solo me hablas con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más caballero que hay bajo el sol.

Federico.

Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te profeso un cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta órbita, venimos á juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi alma un gran consuelo. (Para sí.) ¿Será verdad lo que estoy diciendo, ó me engaño y me ilusiono con palabras artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado con la degradación, como los seres que viven en una sentina y no pueden respirar si se les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido á encontrar el único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer envilecida.

Leonor, que le ha observado cariñosamente, tratando de penetrar el objeto de su meditación.

¿En qué piensas, monín?

Federico.

En cosas que á mí me pasan.

Leonor.

¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como entre tú y yo no hay lío, puedes contarme tus penitas. Dime: ¿A qué señora trasteas, pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.

Federico.

Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su excepción, y lo que es el nombre no hay para qué sacarlo á relucir.

Leonor.

Bueno; guárdate el nombre. No le vaya á dar el aire. ¿La quieres mucho?

Federico.

Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, y tan buena por todos estilos, que no me la merezco. Pero...

Leonor.

Ese pero es muy salado. Di que no te entusiasma.

Federico.

No es eso; despierta en mí ilusión grandísima: mas no sé qué barrera, no sé qué zanja la separa de mí... Sería mi felicidad si entre ella y yo se estableciese, como entre nosotros, esta confianza, esta sinceridad, este abandono de los secretos penosos de la vida... Mi alma se divide... La parte que tengo aquí me hacía falta llevarla allá para completar lo otro.

Leonor, tirándole del pelo.

¿Y piensas llevarla, canallita?

Federico.

Es que no puedo. Estas cosas son fatales, superiores á nuestra voluntad. Así es que faltando allá un ligamento esencial y necesario, aquello tiene que concluirse.

Leonor.

¡Qué cosas!

Federico.

Ya ves que te hablo de mis amores. Cuéntame ahora los tuyos. ¿Sigues con el Marqués de La Cerda? ¿No te has cansado ya del pollo malagueño?

Leonor.

Chico, el Marqués está cada día más chocho por mí; sólo que de algún tiempo á esta parte se me ha vuelto muy cicatero, y hace muchos números. En cuanto al pollo, verás. He estado apasionadísima, chochísima durante unos meses. No podía vivir sin él. Ya me voy enfriando, porque me ha hecho dos ó tres judiadas buenas. ¡Y cómo me tira el dinero el muy tuno! ¡Pero paso por todo, porque es tan guapo, tan zalamero!... Hace dos días tuvimos una bronca un poco más fuerte que las de tanda. Le tiré una bota á la cabeza y le hice sangre en la frente. Después no tenía yo consuelo. Ayer y anoche estuvimos de monos; pero al fin tocamos á reconciliación.

Federico.

¡Qué vida, chica! ¡Qué misterio en los afectos humanos! Y hay tontos que quieren reducirlos á reglas y encasillarlos como las muestras de una tienda.

Leonor.

Sí que es raro lo que le pasa á una. Mírame chiflada por ese gitano, y sin maldita confianza en él; no le fiaría el valor de una peseta, ni nada tocante á las cosas formales.

Federico.

Pues á mí me pasan hoy, además de lo que te he dicho, cosas muy desagradables. Si tuviéramos tiempo te las contaría.

Leonor.

Sí que hay tiempo. Son las diez y media. Yo me visto volando, y arreglo eso en lo que se persigna un cura loco. Cuenta.

Federico.

Pues he descubierto que mi hermana me ha salido enamoricada de un muchacho de ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo efecto que si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy á hacer yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré á la idea de que se ha muerto mi hermana.

Leonor.

¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley á ese facha, déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede que sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por ahí. Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si me hubiera casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos con el tenientillo de Infantería que me perdió, hoy sería yo una mujer honrada; mira tú, tendría la mar de chiquillos y... Pero no nos descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos de nuestros negocios. Saldré á eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos á ver: ¿quedamos en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar á mañana, yo le pediría á mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con sacarle los ojos si no vomitaba.

Federico.

No..., eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo prefiero.

Leonor.

Pues manos á la obra. Por una casualidad, tuve noticia de este apurillo tuyo. Fuí á ver á Torquemada, para pagarle mil reales que le debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe también la cantidad. Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú á contarme tu compromiso y á pedirme que echara el resto por sacarte?

Federico, después de vacilar.

Creo que sí.

Leonor.

¡Viva la confianza! Ahora á la calle, Leonor. Voy á echarme una falda... Al momento estoy lista. (Vase saltando.)

Federico, solo.

¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo absorbe una fortuna que la regala. Ha arruinado á tres ricachos, y á mí me comió lo que heredé de mi madre. ¡Pero qué simpático desorden!

Leonor, que entra en traje de calle, con mantilla y manguito.

Ya estoy. No te muevas de aquí. Yo te lo arreglaré todo. Torquemada está á dos pasos, calle de Tudescos... Me parece que llevo bastante... género. (Mostrando varios estuches envueltos en un pañuelo.) Llevo los tres solitarios, el collar de perlas, los pendientes, la mariposa de brillantes... Con esto creo poder llegar á las trece mil pesetas. Si no es bastante, Valentín me dará lo que falte, prometiendo llevarle alguna alhaja más.

Federico.

Haz lo que quieras. Te pintas sola para estas cosas. Aquí te aguardo.

Leonor.

Si viene el Marqués, no me le entretengas, á ver si se larga. Dices que no me has visto, que cuando llegaste ya había salido yo. Si le hablas del crimen ese, te advierto que es Cuadradista rabioso, y que quiere ahorcar á todo el género humano, menos á la madrastra. Dale por ahí mucho jabón. Si cuando yo venga está él aquí, salúdame como si no me hubieras visto hoy. Ya buscaré un pretexto para escaparnos, dejándole en el chiquero.

ESCENA VI

Federico, solo, paseándose.

¿Esto qué es? ¿Es la mayor de las degradaciones, ó acaso hay en esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo que en el mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos auxilios en reciprocidad de otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro en ellos nada de vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de susceptibilidades, y ningún remordimiento descubro por tales actos. Busco y revuelvo más, y mi orgullo no parece por ninguna parte. Anda huído por los rincones y escondrijos del alma. ¿Será que el tal orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y anarquía para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de la dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir nuestro rebajamiento... Hay en mí dos hombres: el Federico Viera que todo el mundo conoce, y el amigo de La Peri. ¿Cuál es el verdadero y cuál el falsificado? Me marea esta duda, y no sé qué pensar de mí. (Pausa. Trata de ordenar sus ideas.) ¿En qué consiste que cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir á contárselo á esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y la dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de decirlo. ¿Acaso le tengo amor? No; no es eso, porque sus amantes no me infunden celos. Amistad es, sí, y de las más atractivas. ¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que no siento por ninguna otra?... (Herido por un recuerdo.) ¡Ah!, ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece que la idea de la cita ha brotado en mi mente con un ligero chispazo de disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí ó no? No puedo dudar que me interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase y me propusiese el rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y altanera, tiene entusiasmo, la exaltación temeraria de las almas de complexión robusta. Bien sabe Dios que no quisiera lastimarla. Me gusta, me ilusiona, me embriaga á ratos; pero no me inspira la dulce familiaridad con que estoy ligado á esta bribona de Leonorcilla. La otra pertenece á la sociedad, y ante ella, por una serie de actos maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (haciendo ademán de vestirse) como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no. Por nada del mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me veo una semana sí y la otra también. Por nada del mundo admitiría de ella lo que admito de esta pobrecilla y despreciada Peri. La quise y la seduje por estímulos obscuros de la imaginación y de los sentidos, y por ella he faltado á la consideración que debo á un amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de La Peri para pagar mis deudas? (Con rabia.) Y sin embargo, el mundo no lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían de saludarme; por lo otro me envidiarían... (Agitadísimo.) Lo indudable para mí es que con unas y otras cosas, la vida se me va haciendo muy pesada y me cuesta ya trabajo cargar con ella. No hay en mi existencia un rato de tranquilidad, y adondequiera que me vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme, viene mi padre, como llovido, á turbar más mis ideas y á ponerme en el disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es un bien combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba! (Pateando.) Luego la casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta mengua. No puedo más; mi resistencia se acabará pronto. (Se sienta. Larguísima pausa.) Ya, ya sé la cantinela de Augusta esta tarde. Me parece que la oigo: que desea regenerarme; que debo pensar en vivir de un modo regular; el estribillo de la última tarde que nos vimos. Y para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio! ¡Aceptar tal cosa, vivir y vivir bien con la fortuna del hombre á quien ultrajo! Esto no lo haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente delante de todos mis amigos cinco duros á La Peri, y tomarlos sabiendo que ella los sustrae del bolsillo de sus amantes; prefiero esto á recibir de la mujer de Orozco esos medios de vida honrada que me ofrece. ¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo la vida con los oficios más vergonzosos, en esta casa ó en otra cualquiera, envileciéndome, pero sin engañar á nadie... (Vuelve á pasear.) ¡Cuánto tarda Leonor! Si no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito compañía constante. ¿Pero á quién descubrirme totalmente? ¿Cómo contarle á la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una amiga del alma, una socia moral, que hace los mayores desatinos por librarme de las uñas de mis acreedores»? En cuanto yo le refiriera esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita de celos y recriminaciones! No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de la confianza no pueden existir. A Leonor sí le confío lo que es de cierto orden, mis deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y me da la mano cuando voy á hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero si le declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que miro sus ofertas y la inquietud inmensa que me produce el ultraje á Orozco, de seguro no lo comprendería, ni sabría consolarme. De modo que á una y á otra he de ocultarles algo; con ninguna puedo tener la comunicación plena y total, consuelo del alma... Mi vida ha venido á dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo que seguir en esta incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera á nadie, y ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden á soportar todo el peso de tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde pueda... Me parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad.

ESCENA VII

Federico, Leonor.

Leonor, entrando presurosa.

Hecho todo. Dame un abrazo... en premio de mi virtud.

Federico.

Ahí va. (La abraza y la besa.) Tu virtud, sí. No creas que has dicho una broma.

Leonor.

Basta de matemáticas, ó sea de agradecimiento. No dirás que he tardado mucho. Fuí á casa de ese puerco de Torquemada, y desde la puerta me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma los pagarés. Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían horrores de ti; que yo te pago las trampas.

Federico.

Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en eso. De modo que...

Leonor.

Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas á casa de ese judío. Échate pronto á la calle, y á ver dónde nos reunimos luego para almorzar juntos...

Federico, tomando el dinero.

Donde tú quieras. Estoy á tus órdenes.

Leonor.

¡Ah! ¿No ha venido el Marqués ni ningún otro de esos cataplasmas?

Federico.

No ha venido nadie.

Leonor.

De buena lata te has librado. Mira, chiquío, conviene que tomemos soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.

Federico.

Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado, en un bodegoncito, donde nos sirvan cordero ú otro plato español de los que á ti tanto te gustan?

Leonor.

¡Ah, pillastre! Te avergüenzas de que te vean conmigo, y buscas un sitio solitario para esconderte. Bien; iremos á casa de Botín, el de la Cava.

Federico.

No; es que...

Leonor.

Te veo, besugo... Tu señora, quienquiera que sea, estará celosa, y puede que te ande buscando las vueltas.

Federico.

No es eso, tonta. Pero no nos detengamos.

Leonor.

A la calle. (Cantando.) ¡Españoles, venid! Nos separaremos en el portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No me des plantón.

En la escalera.

Federico.

¡Quita, pues no faltaba más!...

Leonor.

¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes á quién me encontré ahora? Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que fuese á verle. Mira tú, á ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez mil realetes para dártelos á ti... No seas tonto y no pongas esa cara. ¡Vaya! Lo que ya hice una vez, ¿por qué no repetirlo ahora?

Federico, contrariado.

Por Dios, Leonor, que se te quite eso de la cabeza.

Leonor.

¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto, chico! Déjame á mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué quiere tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos las repartidoras de la riqueza y niveladoras de las fortunas mal distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última que me hizo, cuando me prometió el tapiz y luego se llamó Andana. Se la guardo, sí, porque es la única persona que me ha engañado en este mundo. Déjale venir, tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el tapiz es mío, y luego lo empeñamos si nos hace falta dinero, ó lo vendemos si te conviniere...

Federico, con hondo disgusto.

Leonorilla, no me mezcles á mí en esas historias...

Leonor.

¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...

Federico.

No es que me meta á fraile, sino que... Cállate, cállate.

Leonor.

¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que yo, preparando con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.

Federico, apartándose de ella.

¡Qué ignominia! Me causa horror tu proposición.

Leonor, con calma bonachona.

Pero qué, ¿tu tranquilidad no vale una trampa?...

Federico, aterrado.

Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo oyera alguien! ¡Si esto se supiera...!

Leonor.

¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el deshonor dependen de que las cosas se sepan ó no se sepan. De forma y manera que si lo que debe quedar secreto quedara siempre, esas palabrillas, honor y deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.

Federico.

Filosófica estás... (Llegan al portal.) Bueno; no nos entretengamos charlando.

Leonor.

¡Eh, niño!, no vayas á distraerte y á darme un esquinazo. Porque tú las gastas así.

Federico.

Descuida. Seré puntual. (Se separan en la calle.)

ESCENA VIII

Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa elegancia. En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete, un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea encendida, sobre la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda, tocador con colgadura, una silla larga, banquetas de pelouche, armario de luna, lavabo. En el fondo de este gabinete, la puerta que comunica con una alcoba. Es de día.

Augusta, Felipa.

Augusta, en la sala de la derecha, en pie, mirando su reloj.

Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué ansiedad! Yo creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca á la puntualidad...

Felipa, entrando con una bata.

¿No se pone la señorita la bata?

Augusta.

No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (Pasa á la otra estancia. Se quita el abrigo y el sombrero.) Hace mucho calor aquí. No eches ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (Para sí.) Pero es tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer! (Ayúdala Felipa á quitarse el vestido y á ponerse la bata. Después la descalza, poniéndole chinelas de raso, negras.) Ya estoy cómoda. Ahora sólo falta que venga á las tantas. No, lo que es hoy no se lo perdonaría. (Alto.) Por Dios, Felipa, ten cuidado con la puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa: á eso de las seis te vas á casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue y qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien cargadita de azúcar. (Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y mira á la calle al través del visillo.) ¿Pero por qué tardará tanto este hombre, el primer desocupado de Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe Dios si esos demonios de ingleses le habrán armado hoy alguna trampa de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por Santa Engracia. Él es... Me lo dice el corazón. (Atenta al ruido del carruaje. Pausa.) No, no será éste. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina... Sigue para arriba... (Se pasea por la habitación.) ¡Qué rato tan triste este de la espera, de la incertidumbre, del temor de que no venga! (Vuelve al balcón, y levanta un poco el visillo.) Por la calle solitaria no pasa un alma... El pregón del aguador, que va con el burro cargado de botijos, me suena como un de profundis. Pues el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes como mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido debe de ser un carromato, de estos de siete mulas, que están pasando media hora. ¡Qué pesadez, qué monotonía y qué sobresalto! (Se echa en una butaca, la cabeza hacia atrás.) Esperaremos así. El corazón me dice que el primer coche que se sienta en el Paseo será el suyo. ¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas; pero lejano, por la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el plantón... Pero lo que yo digo: ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...? (Aguzando el oído.) ¡Ahora, ahora! (Levántase.) Si no es éste, me entrará la desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche en que viene él, que hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!, gracias á Dios, se para en la esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en abrir!... ¡Felipa!

ESCENA IX

Augusta, Federico.

Federico, entrando en la sala.

Perdóname, hija de mi alma, si he tardado un poco.

Augusta.

¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya pensé que no venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta tardanza era... la del humo...

Federico.

¡Pero qué calor hace aquí! (Quitase gabán y sombrero.) ¿Conque la del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (Se sientan ambos en el sofá.)

Augusta.

Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las perrerías que me haces.

Federico.

¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No, gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis. Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche, cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».

Augusta.

No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis preguntas.

Federico.

¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...

Augusta.

Será con su cuenta y razón. Empiezo á preguntar. Primero: ¿por qué has tardado tanto hoy?

Federico.

¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden interesarte.

Augusta.

¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? ¡Qué herejías echas por esa boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado á la hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no debí escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. ¡Anoche no dormí pensando en tus traiciones!...

Federico, riendo.

Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No me he enterado de ellas todavía.

Augusta.

Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, á cuya casa vas con tanta frecuencia...

Federico, interrumpiéndola.

Te lo habrá dicho Malibrán, que se dedica á desacreditarme.

Augusta.

Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de La Peri tiene gran influjo sobre ti.

Federico, con frialdad y un poco distraído.

¡Qué disparate!

Augusta.

Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos pueden ser ó no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.

Federico.

¿Cómo?

Augusta.

Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.

Federico, abrazándola con cariño, pero receloso.

¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía, no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la malicia de amigos que me quieren mal.

Augusta, dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas ternezas.

Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije: «¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome: «¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas, ¿á qué tanta gazmoñería?»

Federico, besándola.

Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.

Augusta.

Y ahora siguen las preguntas.

Federico.

¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres que te hable con completa sinceridad? Pues La Peri es amiga mía... La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad, así... (con embarazo), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre, le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela comprender.

Augusta, seria.

No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen, sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con personas de tal estofa?

Federico, con acritud y ligeramente turbado.

¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á calumniarme?...

Augusta.

No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas amistades confesadas por ti.

Federico, impaciente.

¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué te importa lo demás?

Augusta, con cariño.

¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama de veras, gusta mucho absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me ofreces más que la flor de la vida, y eso no me satisface; yo quiero también las hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?

Federico.

Buena, buena.

Augusta.

¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No; si es de ley, ha de completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la comunidad de penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te oprimen el corazón. Yo sé que hay esos secretos, yo sé que padeces callandito por la falsa idea que tienes de la dignidad. ¿Para qué sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten y se apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo... ¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes clavadas en el tuyo. ¡Si no puedes negar que las tienes, si todo el mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas espinas verás qué pronto me las sacudo yo.

Federico, para sí.

Corazón inmenso, no merezco poseerte. (Alto, abrazándola.) ¡Qué buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué indigno soy de ti!

Augusta.

¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate á mí. Ya sé los argumentos que te haces á ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo vas á ver. Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no puede confiar á una señora casada y rica, con quien tiene relaciones, ciertas contrariedades de su vida. Temes parecer indelicado, innoble. ¡Qué tontería! El verdadero amor debe ahogar el orgullo y acabar con él, como el pez grande se come al chico. Yo aspiro á vencer tu orgullo y á devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín, las grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa: Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas sin chistar. (Con veleidad graciosa.) Pues oye, se me ocurre una transacción: que gastes con todos esa delicadeza y la suprimas para mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de ella. Le clavaría las uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor que te tengo. (Sonriendo.) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si fueras un hombre metódico que llevaras tus cuentas por partida doble, créelo, me serías antipático.

Federico, soltando la risa.

¡Monísima! Me haces mucha gracia.

Augusta.

Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.

Federico, con viveza.

¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si eres como dices, ¿á qué ese empeño de poner orden en mí?

Augusta, confundida.

Pues si hay contradicción que la haya. No retiro nada de lo dicho. Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu amante, tu consejera y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías. Dame tu confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.

Federico, con seriedad.

Augusta, vida mía, lo que ignoras de mí se revela á tu imaginación soñadora como algo interesante, novelesco, dramático, y no es eso; es de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que derribando esta muralla de la China perdería quizás tu estimación?

Augusta.

No, no; la pobreza no deshonra á nadie. Comprendo, aunque nunca las he pasado, las humillaciones que trae la falta de dinero; pero eso se remedia fácilmente, querido mío.

Federico.

Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero no es mejor que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor mismo? Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de serlo, lo mirarías quizás con repugnancia.

Augusta.

Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo claro y patente me aburre.

Federico.

Vuelvo á señalarte la contradicción. Si eres así, ¿cómo se te antoja penetrar en mi vida íntima para que yo también te aburra?

Augusta.

No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?

Federico.

Sí, estoy encantado oyéndote.

Augusta.

Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por dicha mía ó por desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae, y aun eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han de pasar las cosas con arreglo á pliego de condiciones, como si la vida fuera una continua subasta, me carga.

Federico.

Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.

Augusta.

Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa á su época.

Federico.

También tú.

Augusta.

Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman novelesco los tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad. ¿Por qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad no muy clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este puritanismo inglés que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese del disparate, que á mí me sabe tan bien.

Federico.

Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que, según dices, tengo, y cortarme á patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me amas por absurdo, ¿á qué combates mi desequilibrio, que, según tú, es una cosa tan bonita?

Augusta.

Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero locamente: á nadie he querido ni quiero sino á ti, y este amor primero y último hace una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento mi carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués, vulgarizarte. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así, de tu pobreza disfrazada? Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es el gran paso, que yo no he dado hasta ahora en el proceso, ó como quiera que eso se llame, de los afectos; el paso del período soñador al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis del amor; el tránsito de la época legendaria á la época clásica. ¿Qué tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me transformo, es que aspiro á fundir la ilusión con la razón, á hacerte feliz en todos los terrenos, á establecer tu vida junto á la mía en condiciones de estabilidad. ¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro? (Le da muchos besos.)

Federico.

Lo entiendo..., en principio lo entiendo. Pero veo que no cuentas con la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás ya casada.

Augusta.

Es cierto. Con esa idea me traes á la vida real. Iba yo por los espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una escoba. Pero, en fin, el que no podamos hacer vida normal no estorba para que yo intente mejorar tu existencia y librarte de ciertos suplicios. ¿Te lo digo más claro? Pues guardando las formas y respetando lo que debo respetar, quiero que participes de los bienes materiales que yo disfruto. La desigualdad entre mi bienestar y tu malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es preciso que nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (Sonriendo.) Sin duda esto es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.

Federico, con exaltada pasión.

¡Vieja tú! Eres la juventud eterna, la gracia infinita y la tentación del mundo entero.

Augusta, riendo y abandonándose.

¡Borrico!

Intermedio largo.

ESCENA X

La misma decoración.

Los mismos personajes. Federico, en el gabinete, reclinado en la silla-larga. Augusta, dentro de la alcoba. No se la ve al principio de la escena. Es de noche. La lámpara está encendida.

Federico, mirando el reloj.

Yo creí que era más tarde: las siete menos diez.

Augusta, desde la alcoba.

¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo? ¿Tienes prisa de que me vaya?

Federico.

Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera, pondría por delante los que ya están á la espalda.

Augusta.

Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto; pero ya sabes que no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme. Llegando á casa á las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he pasado la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir, he mandado á Felipa á que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde allá.

Federico.

¿Y si tu marido ha ido á ver á la enferma?

Augusta.

Casi nunca va.

Federico.

No te fíes, no te fíes.

Augusta, apareciendo en la puerta de la alcoba.

Veo que eres tú más receloso que yo.

Federico.

Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me proponías, todas las precauciones serían inútiles y el disimulo absolutamente imposible.

Augusta.

No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca. (Acercándose á él.) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la época positiva, positivista ó como quieras llamarla. Es menester, amigo de mi alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me ocurren mil planes.

Federico.

Cuéntamelos. Me gusta oirte divagar con tanto donaire sobre lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más independiente que existe en el mundo.

Augusta, sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando su cabeza sobre el pecho de él.

Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle de la plaga de sus acreedores.»

Federico, agitado.

Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.

Augusta, vivamente.

Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.

Federico.

No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien yo, por mil motivos, debería reverenciar... (con mucha inquietud), de un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (Augusta da un suspiro y cierra los ojos.)

Augusta, después de una pausa.

¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo. ¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento para mantenerme en vela!

Federico, para sí, meditabundo.

Alma ambiciosa de lo desconocido, de lo ilegislado, no puedo seguirte en tu vuelo. En ti no hay idea moral, al menos la idea mía, elemental y rutinaria, la que á mí me argumenta sin descanso. Hay entre tú y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda muralla se alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte lo que eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla?

Augusta, suspira otra vez y levanta la cabeza.

Habíamos convenido en no hablar nunca de mi falta, ó lo que sea. Legalmente no tengo disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la embriaguez primera, un código, de estos que hacen todos los amantes, unas Tablas muy monas, en que derogábamos toda la legislación que anda por esos mundos?

Federico, para sí.

Su valor es tan grande como su pasión. Defiende sus faltas como si fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese camino de vértigo y de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan poco. Me gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos del disparate, que sin duda están llenos de flores.

Augusta.

Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al hombre cuyo nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de amor.

Federico, con sequedad.

Está bien. Pero no me hables á mí de favores de ese hombre, porque no puedo admitirlos.

Augusta.

¿Ni míos tampoco los admites?

Federico.

Tampoco.

Augusta.

De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo, querido mío!

Federico.

Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone, y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor seriedad.

Augusta, inquieta y malhumorada.

Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí, y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud, ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior, y luego vengan sermones. (Se dan las manos.) Yo siento á veces en mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración; pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza. Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje, aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.

Federico, para sí.

¿Qué será ello?

Augusta.

Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la virtud ha llegado á ser en él una manía, un tic.

Federico, irónicamente.

¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.

Augusta.

No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea, la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su bondad. (Dando un gran suspiro.) Él es un santo, y yo te quiero á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante de estas dos verdades mirándolas cara á cara.

Federico, para sí.

Me abruma con su admirable tesón.

Augusta, después de una pausa.

No tienes nada que contestarme, ó necesitas pensar mucho tus argumentos. ¡Ay, qué sesudo se me ha vuelto mi borriquito, y qué gran moralizador!

Federico.

Vamos á cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos en la gran crisis, que salimos del período soñador para entrar en el práctico? ¿No quieres tú regularizarme?

Augusta.

¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome á mí la regularidad! ¡Ingrato! Quita allá. (Le rechaza cariñosamente.)

Federico.

No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada al porvenir. Supón tú que, por unas ú otras causas, esto no pudiera continuar sin escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras relaciones.

Augusta.

Por mí nunca las sacrificaría.

Federico.

No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan de ligero. Yo te quiero demasiado para llevarte al escándalo y á la deshonra. A ti te corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; á mí la serenidad. Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido la culpa, hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de protecciones que sólo se dispensan á un hijo, á un hermano. Eso pone la cuestión en el terreno de lo insoluble. Si no le impides que esos propósitos se manifiesten, te dejo...; no puedo tolerar situación tan degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es posible que no lo comprendas?

Augusta, con exaltación.

No; debo de ser tonta. Siento rabia de que te empeñes en hacérmelo comprender. Para mí la situación es otra. Tú me perteneces; yo te amo más que á mi vida, y quiero que participes de los bienes materiales que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria y que te veas sujeto á mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo mi bienestar, á la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de ello.

Federico.

¿Y pretendes que no me avergüence yo?

Augusta.

¡Debilidad, tonterías! ¡Si otros lo hacen!...

Federico, exaltándose también.

Pues si insistes en eso, he de hablarte con claridad, como no lo he hecho nunca. ¡Hace tiempo que yo siento una pena, un sobresalto..., más claro: un remordimiento por el ultraje que infiero al hombre más generoso, más digno que existe en el mundo!... Quisiera que fueses siempre mía; pero las cosas de la vida, ¿van por ventura al compás de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si no te dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar á tu marido todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es extravagante. Ya sé que cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy humano no amar á un hombre de grandes cualidades y prendarse de un cualquiera. Pues bien: protestando de que me gustas hoy lo mismo que ayer, tengo el valor de incitarte á que me sacrifiques, á que entres en la ley, á que vuelvas los ojos á aquel hombre tan superior á mí..., superior á mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.

Augusta, con rabia.

¡Qué manera tan suavecita de decirme que no me quieres ya! Ningún hombre enamorado sugiere á su querida la idea de volver al deber. Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última hora es ridícula y hasta poco delicada.

Federico.

No, porque yo, al proponerte con honrada convicción lo que te propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, á ir contigo hasta donde quieras, menos á la ignominia de recibir beneficios materiales de tu marido.

Augusta.

Está bien. (Llorando.)

Federico, con súbito arranque.

Me revelo á ti con absoluta ingenuidad. Te diré que me creo bastante indigno, y no quiero serlo más.

Augusta.

¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para apartarme de ti. No, no; tú no eres indigno.

Federico, amargamente.

No sabes lo que dices; no me conoces. Por algo te oculto las miserias de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras y volvieras á la ley.

Augusta, arrojándose á él.

¡No; dejarte, nunca! Porque si fueras el último de los bandidos, te querría lo mismo que te quiero.

Federico, con cierto desvarío.

Yo no te merezco. Regenérate huyendo de mí, y entregando los tesoros de tu alma al hombre más digno de poseerlos.

Augusta, con exaltación sublime.

No me da la gana. Cuéntame tus cosas. Unámonos resueltamente en todas las esferas de la vida. Todo lo mío es tuyo.

Federico.

Eso jamás.

Augusta.

Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.

Federico.

No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros más fuerte, más alta que nunca.

Augusta, estrechándole en sus brazos.

Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea, menos...

Federico, para sí, confuso.

Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un acorazado...

Augusta.

¿Qué piensas?

Federico, con pasión.

Pienso que no hay nada mejor que condenarse contigo. (Para sí.) ¡Y qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del mundo no vale lo que sus ojos.

Augusta.

¿No me quieres ya?

Federico.

¿Y tú á mí?

Augusta.

¡Borricote!

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