JORNADA CUARTA (continued 2)
Reading edition
Federico, llevándose las manos á la cabeza.
No me lo digas, que me vuelves loco de pena.
La Sombra, remedando su movimiento.
¡Pobre hombre! Vives de ideas circunstanciales y de artificios jurídicos.
Federico.
Siento una ansiedad que me anonada. Yo quiero morirme. Espérate. ¡Pero si por más que oprimo el botón y me introduzco los dedos hasta el alma no puedo dar el salto! Aguárdate; no me dejes en esta soledad.
La Sombra, con naturalidad.
Pero qué, ¿crees tú que yo no tengo nada que hacer? Mi mujer me aguarda.
Federico, burlándose.
¡Tu mujer! Pero si tú apenas haces ya vida marital con ella. Lo sé, tonto, lo sé... Tu perfección moral te ha elevado sobre las miserias del mundo fisiológico. ¡Mérito grande! Pero Augusta no entiende de esas perfecciones: me lo ha dicho. Es humana, y no le hace maldita gracia parecerse á los serafines.
La Sombra.
¡Simple, confundes á Augusta con La Peri!
Federico.
Yo no tengo líos con La Peri, fuera del trato de amistad y de las relaciones económicas. Leonor, para mí, rivaliza en pureza con los arcángeles.
La Sombra, gravemente.
Cuestión de apreciación. Todas son ángeles cuando no están en contacto con nosotros, que las humanizamos y las corrompemos... Y no me detengas más. Abur.
Federico.
No te vayas. Tu compañía, que antes me era tan desagradable, ahora me gusta.
La Sombra.
No puedo entretenerme. ¿No ves que viene el día? Me voy con la noche. (Desaparece.)
Federico, fijándose en la claridad que entra por el balcón.
Pues es verdad. ¡Amanece, y yo sin acostarme! ¡Oh, que luz tan viva! ¡Si yo dormir pudiera...! Tomás, Tomás, ¿tú no duermes? (Cierra los ojos, apretando los párpados.)
Bárbara, arropándole.
¡Pobrecito! Le atormenta su propio pensar. ¡Cómo castañetea los dientes!... ¡Ay, bueno le han puesto esas bribonas! Todo por la manía de que hay clases; pues si se persuadiera de que se acabaron las tales clases y de que todas somos lo mismo, se arreglaría de otra manera, y la felicidad reinaría en su casa. Señorito, ¿quiere una taza de te?... Nada, no responde. Inmóvil y frío. Le daré friegas... (Se las da.) ¡Señorito!
Federico.
¡Ay!, me lastimas. ¿Se fué Tomás?... No le vi salir. (Abriendo los ojos y mirándola estupefacto.) ¡Ah!, Bárbara. Eres un ángel..., digo, precisamente un ángel, lo que se llama un ángel, no; pero...
Bárbara, para sí.
¡Qué simpático, qué mono!
Federico.
Pero sí una hembra mestiza, hermosa y espiritual mula, nacida de la yegua humana y del asno divino. Dime, ¿quién me salvará á mí? ¿Dónde encontraré yo la compañera de mi vida, la que reúna en un solo sentimiento el amor y la confianza, la ilusión y la amistad?
Bárbara.
Pues eso..., en cualquiera de las que pertenecen al bello sexo lo podría encontrar. ¡Somos tantas...! Pero olvide sus preocupaciones, y tire el orgullo por la ventana. ¿Quiere que le acueste?
Federico.
Sí..., sálvame tú..., líbrame de esta opresión. Quiero decir, que me desabroches el chaleco y me quites las botas.
Bárbara le sirve de ayuda de cámara.