GALERÍAS
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INTRODUCCIÓN Leyendo un claro día mis bien amados versos, he visto en el profundo espejo de mis sueños que una verdad divina temblando está de miedo, y es una flor que quiere echar su aroma al viento. El alma del poeta se orienta hacia el misterio. Sólo el poeta puede mirar lo que está lejos dentro del alma, en turbio y mago son envuelto. En esas galerías, sin fondo del recuerdo, donde las pobres gentes colgaron cual trofeo el traje de una fiesta apolillado y viejo, allí el poeta sabe el laborar eterno mirar de las doradas abejas de los sueños. Poetas, con el alma atenta al hondo cielo, en la cruel batalla o en el tranquilo huerto, la nueva miel labramos con los dolores viejos, la veste blanca y pura pacientemente hacemos, y bajo el sol bruñimos el fuerte arnés de hierro. El alma que no sueña, el enemigo espejo, proyecta nuestra imagen con un perfil grotesco. Sentimos una ola de sangre, en nuestro pecho, que pasa... y sonreímos, y a laborar volvemos.
LXII Desgarrada la nube; el arco iris brillando ya en el cielo, y en un fanal de lluvia y sol el campo envuelto. Desperté. ¿Quién enturbia los mágicos cristales de mi sueño? Mi corazón latía atónito y disperso. ... ¡El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el sol, el agua, el iris... ¡el agua en tus cabellos!... Y todo en la memoria se perdía como una pompa de jabón al viento.
LXIII Y era el demonio de mi sueño, el ángel más hermoso. Brillaban como aceros los ojos victoriosos, y las sangrientas llamas de su antorcha alumbraron la honda cripta del alma. —¿Vendrás conmigo?—No, jamás; las tumbas y los muertos me espantan. Pero la férrea mano mi diestra atenazaba. —Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño cegado por la roja luminaria. Y en la cripta sentí sonar cadenas y rebullir de fieras enjauladas.
LXIV Desde el umbral de un sueño me llamaron... Era la buena voz, la voz querida. —¿Dime: vendrás conmigo a ver el alma?... Llegó a mi corazón una caricia. —Contigo siempre... Y avancé en mi sueño por una larga, escueta galería, sintiendo el roce de la vesta pura y el palpitar suave de la mano amiga.
LXV SUEÑO INFANTIL Una clara noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños, noche de alegría, —era luz mi alma que hoy es bruma toda, no eran mis cabellos negros todavía— el hada más joven me llevó en sus brazos a la alegre fiesta que en la plaza ardía. So el chisporroteo de las luminarias, amor sus madejas de danzas tejía. Y en aquella noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños noche de alegría, el hada más joven besaba mi frente..., con su linda mano su adiós me decía... Todos los rosales daban sus aromas, todos los amores amor entreabría.
LXVI Si yo fuera un poeta galante, cantaría a vuestros ojos un cantar tan puro como en el mármol blanco el agua limpia. Y en una estrofa de agua todo el cantar sería: «Ya sé que no responden a mis ojos, que ven y no preguntan cuando miran, los vuestros claros, vuestros ojos tienen la buena luz tranquila, la buena luz del mundo en flor, que he visto desde los brazos de mi madre un día».
LXVII Llamó a mi corazón, un claro día, con un perfume de jardín, el viento. —A cambio de este aroma, todo el aroma de tus rosas quiero. —No tengo rosas; flores en mi jardín no hay ya: todas han muerto. Me llevaré los llantos de las fuentes, las hojas amarillas y los mustios pétalos. Y el viento huyó... Mi corazón sangraba... Alma ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
LXVIII Hoy buscarás en vano a tu dolor consuelo. Lleváronse tus hadas el lino de tus sueños. Está la fuente muda, y está marchito el huerto. Hoy sólo quedan lágrimas para llorar. No hay que llorar ¡silencio!
LXIX Y nada importa ya que el vino de oro rebose de tu copa cristalina, o el agrio zumo enturbie el puro vaso... Tú sabes las secretas galerías del alma, los caminos de los sueños y la tarde tranquila donde van a morir... Allí te aguardan las hadas silenciosas de la vida, y hacia un jardín de eterna primavera te llevarán un día.
LXX ¡Tocados de otros días, mustios encajes y marchitas sedas; salterios arrumbados, rincones de las salas polvorientas; daguerreotipos turbios, cartas que amarillean; libracos no leídos que guardan grises florecitas secas: romanticismos muertos, cursilerías viejas, cosas de ayer que sois mi alma, y cantos y cuentos de la abuela!...
LXXI La casa tan querida donde habitaba ella, sobre un montón de escombros arruinada o derruida, enseña el negro y carcomido maltrabado esqueleto de madera. La luna está vertiendo su clara luz en sueños que platea en las ventanas. Mal vestido y triste, voy caminando por la calle vieja.
LXXII Ante el pálido lienzo de la tarde, la iglesia, con sus torres afiladas y el ancho campanario, en cuyos huecos voltean suavemente las campanas, alta y sombría, surge. La estrella es una lágrima en el azul celeste. Bajo la estrella clara, flota, vellón disperso, una nube quimérica de plata.
LXXIII Tarde tranquila, casi con placidez de alma, para ser joven, para haberlo sido cuando Dios quiso, para tener algunas alegrías... lejos y poder dulcemente recordarlas.
LXXIV Yo, como Anacreonte, quiero cantar, reir y echar al viento las sabias amarguras y los graves consejos; y quiero, sobre todo, emborracharme, ya lo sabéis... ¡Grotesco! Pura fe en el morir, pobre alegría y macabro danzar antes de tiempo.
LXXV ¡Oh tarde luminosa! El aire está encantado. La blanca cigüeña dormita volando, y las golondrinas se cruzan, tendidas las alas agudas al viento dorado, y en la tarde risueña se alejan volando, soñando... Y hay una que torna como la saeta, las alas agudas tendidas al aire sombrío, buscando su negro rincón del tejado. La blanca cigüeña, como un garabato, tranquila y disforme ¡tan disparatada! sobre el campanario.
LXXVI Es una tarde cenicienta y mustia, destartalada, como el alma mía; y es esta vieja angustia que habita mi habitual hipocondría. La causa de esta angustia no consigo ni vagamente comprender siquiera; pero recuerdo y, recordando, digo: —Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
LXXVII Y no es verdad, dolor, yo te conozco, tú eres nostalgia de la vida buena y soledad de corazón sombrío, de barco sin naufragio y sin estrella. Como perro olvidado que no tiene huella ni olfato y yerra por los caminos, sin camino, como el niño que en la noche de una fiesta se pierde entre el gentío y el aire polvoriento y las candelas chispeantes, atónito, y asombra su corazón de música y de pena, así voy yo, borracho, melancólico, guitarrista lunático, poeta, y pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.
LXXVIII ¿Y ha de morir contigo el mundo mago donde guarda el recuerdo los hálitos más puros de la vida, la blanca sombra del amor primero, la voz que fué a tu corazón, la mano que tú querías retener en sueños, y todos los amores que llegaron al alma, al hondo cielo? ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, la vieja vida en orden tuyo y nuevo? ¿Los yunques y crisoles de tu alma laboran para el polvo y para el viento?
LXXIX Desnuda está la tierra, y el alma aulla al horizonte pálido como loba famélica. ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso? Amargo caminar, porque el camino pesa en el corazón. El viento helado, y la noche que llega, y la amargura de la distancia... En el camino blanco algunos yertos árboles negrean; en los montes lejanos hay oro y sangre... El sol murió... ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?
LXXX CAMPO La tarde está muriendo como un hogar humilde que se apaga. Allá, sobre los montes, quedan algunas brasas. Y ese árbol roto en el camino blanco hace llorar de lástima. ¡Dos ramas en el tronco herido, y una hoja marchita y negra en cada rama! ¿Lloras?... Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor te aguarda.
LXXXI A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR Te he visto, por el parque ceniciento que los poetas aman para llorar, como una noble sombra vagar envuelto en tu levita larga. El talante cortés, ha tantos años compuesto de una fiesta en la antesala, ¡qué bien tus pobres huesos ceremoniosos guardan! Yo te he visto aspirando, distraído, con el aliento que la tierra exhala, —hoy, tibia tarde en que las mustias hojas húmedo viento arranca— del eucalipto verde el frescor de las hojas perfumadas. Y te he visto llevar la seca mano a la perla que brilla en tu corbata.
LXXXII LOS SUEÑOS El hada más hermosa ha sonreído al ver la lumbre de una estrella pálida que en hilo suave, blanco y silencioso, se enrosca al huso de su rubia hermana. Y vuelve a sonreir, porque en su rueca el hilo de los campos se enmaraña. Tras la tenue cortina de la alcoba está el jardín envuelto en luz dorada. La cuna, casi en sombra. El niño duerme. Dos hadas laboriosas lo acompañan hilando de los sueños los sutiles copos en ruecas de marfil y plata.
LXXXIII Guitarra del mesón que hoy suenas jota, mañana petenera, según quien llega y tañe las empolvadas cuerdas. Guitarra del mesón de los caminos, no fuiste nunca, ni serás, poeta. Tú eres alma que dice su armonía solitaria a las almas pasajeras... Y siempre que te escucha el caminante sueña escuchar un aire de su tierra.
LXXXIV El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma. Luz en sueños. ¿No tiemblas, andante peregrino? Pasado el llano verde, en la florida loma, acaso está el cercano final de tu camino. Tú no verás del trigo la espiga sazonada y de macizas pomas cargado el manzanar, ni de la vid rugosa la uva aurirrosada ha de exprimir su alegre licor en tu lagar. Cuando el primer aroma exhalen los jazmines y cuando más palpiten las rosas del amor, una mañana de oro que alumbre los jardines, ¿no huirá, como una nube dispersa, el sueño en flor? Campo recién florido y verde, quién pudiera soñar aún largo tiempo en esas pequeñitas corolas azuladas que manchan la pradera, y en esas diminutas primeras margaritas.
LXXXV La primavera besaba suavemente la arboleda, y el verde nuevo brotaba como una verde humareda. Las nubes iban pasando sobre el campo juvenil... Yo vi en las hojas temblando las frescas lluvias de abril. Bajo ese almendro florido, todo cargado de flor, —recordé—yo he maldecido mi juventud sin amor. Hoy, en mitad de la vida, me he parado a meditar... ¿Juventud nunca vivida, quién te volviera a soñar?
LXXXVI Eran ayer mis dolores como gusanos de seda que iban labrando capullos; hoy son mariposas negras. ¡De cuántas flores amargas he sacado blanca cera! ¡Oh, tiempo en que mis pesares trabajaban como abejas! Hoy son como avenas locas, o cizaña en sementera, como tizón en espiga, como carcoma en madera. ¡Oh, tiempo en que mis dolores tenían lágrimas buenas, y eran como agua de noria que va regando una huerta! Hoy son agua de torrente que arranca el limo a la tierra. Dolores que ayer hicieron de mi corazón colmena, hoy tratan mi corazón como a una muralla vieja: quieren derribarlo, y pronto, al golpe de la piqueta.
LXXXVII RENACIMIENTO Galerías del alma... ¡el alma niña! Su clara luz risueña; y la pequeña historia y la alegría de la vida nueva... ¡Ah, volver a nacer, y andar camino, ya recobrada la perdida senda! Y volver a sentir en nuestra mano, aquel latido de la mano buena de nuestra madre... Y caminar en sueños por amor de la mano que nos lleva En nuestras almas, todo por misteriosa mano se gobierna. Incomprensibles, mudas, nada sabemos de las almas nuestras. Las más hondas palabras del sabio nos enseñan, lo que el silbar del viento cuando sopla, o el sonar de las aguas cuando ruedan.
LXXXVIII Tal vez la mano, en sueños, del sembrador de estrellas, hizo sonar la música olvidada como una nota de la lira inmensa, y la ola humilde a nuestros labios vino de unas pocas palabras verdaderas.
LXXXIX Y podrás conocerte recordando del pasado soñar los turbios lienzos en este día triste en que caminas con los ojos abiertos. De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños.
XC Los árboles conservan verdes aún las copas, pero del verde mustio de las marchitas frondas. El agua de la fuente, sobre la piedra tosca y de verdín cubierta, resbala silenciosa. Arrastra el viento algunas amarillentas hojas. ¡El viento de la tarde sobre la tierra en sombra!
XCI Húmedo está, bajo el laurel, el banco de verdinosa piedra; lavó la lluvia, sobre el muro blanco, las empolvadas hojas de la hiedra. Del viento del otoño el tibio aliento los céspedes undula, y la alameda conversa con el viento... ¡el viento de la tarde en la arboleda! Mientras el sol en el ocaso esplende que los racimos de la vid orea, y el buen burgués, en su balcón, enciende la estoica pipa en que el tabaco humea, voy recordando versos juveniles... ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, huyendo entre los árboles de oro?