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ÍNDICE (continued 3)

Tomás Orts-Ramos translation

Viendo la ascensión del fraile, los contrabandistas, que esperaban en la playa, habían gritado gloria in excelsis y se habían arrodillado, creyendo que era un milagro; pero el filósofo rió mucho de su simplicidad.

Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midió con la vista al gitano con el aire más digno y más despreciativo que le fue posible, casi como el mártir mira a su verdugo.

El Gitano.—Dispénseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esos honrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza su sagrado ministerio.

Y le mostró el grupo que observaba atentamente lo que pasaba a bordo.

El fraile.—¡De cuánta caridad cristiana no he de estar dotado para consentir en pasar días enteros con un apóstata, con un réprobo de la peor especie, y todo para purificar lo que tu herético y satánico contacto ha manchado; a fin de que los cristianos puedan servirse de esas mercancías sin temer la cólera del Cielo!

El gitano.—¡Qué quiere usted, padre mío! Su superior me paga bien y me emplea para desembarcar los objetos de contrabando de que el convento está abarrotado; me emplea porque sabe que nadie mejor que yo conoce las revueltas y los escondrijos de esta costa, y que, si me prenden, en nada he de comprometerle... Pero ¡anatema, como usted dice, anatema! estoy maldito. Ya se sabe... y como los españoles, aun siendo contrabandistas, son demasiado religiosos para comprar cualquier cosa que haya tocado un excomulgado, le envían a usted para que bendiga estas ricas telas, estos brillantes aceros, a fin de que quede tranquila la conciencia de los compradores y de aligerar la cueva del convento. En fin, aunque en pequeño, somos Dios y el diablo.

El fraile.—¡Miserable!... ¡renegado!... ¡descreído!

El gitano.—Además, usted hace un honrado comercio con esas buenas gentes, porque les vende un poco demasiado caro sus bendiciones y sus exorcismos, que, aquí entre nosotros, no hacen la seda más fina ni el acero más flexible.

El fraile.—¡Hijo de Satanás! ¡infame condenado!

El gitano.—Pero como vuestro gracioso soberano paraliza todas las industrias y prohíbe todo aquello que no deja fabricar, el contrabando se hace indispensable; los frailes lo explotan con Gibraltar, y los españoles pagan doble lo que podrían fabricar en casa. A mí me hace esto mucha gracia.

El fraile.—¡Execrable réprobo! yo...

El gitano.—¡Basta, fraile, esas gentes te esperan! Ve a cumplir tu obligación, porque el tiempo pasa y la noche avanza.

—¡Perro maldito! ¡mi obligación!... ¡mi obligación!...—murmuró el fraile ganando la orilla por medio de un puente lanzado desde la tartana, y por el cual también el gitano había bajado, montado sobre su caballito que habían izado desde la cala, lo mismo que al reverendo.

Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancías, el reverendo se había aproximado a los contrabandistas.

—¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!—les dijo.

—¡Amén!—respondieron ellos, besándole el hábito.

El fraile.—Ya veis, hijos míos, cuán cara me es vuestra salvación, y...

El filósofo.—Es decir: nos es cara... a nosotros. ¡Pero Dios haga que ese capital, colocado aquí en oremus, nos proporcione allá arriba la vida eterna!

—¡Silencio, el hereje!—gritaron.

El fraile hizo un gesto despreciativo y continuó:

—¡Cuán cara me es vuestra salvación!... porque yo me expongo a pasar días enteros con ese hijo de Satanás, para que Dios no se irrite de vuestras relaciones con él.

—Y para hacer su pacotilla—repuso el incorregible filósofo.

—Por eso os bendecimos, padre mío—gritaron los otros contrabandistas a fin de ahogar aquella impertinente interrupción.

El fraile.—¡Jesús! hijos míos, yo lamento tanto como vosotros el que esa tartana sea mandada por un renegado; pero ese renegado es el único hombre, es decir, el único descreído, que conoce bien esta costa. ¡Ay! ¡no presentarse un cristiano!

—Oiga, padre mío—dijo el hombre víctima de la distracción de Flores, el hombre de la evacuación sanguínea—, oiga, ¿es una buena acción librar al mundo de un pagano?

—¡Se gana el Cielo, hijo mío!

—Gracias, padre mío—y se alejó.

En aquel momento, el gitano había descendido de su caballo, y permanecía absorto en sus reflexiones, mientras que los negros acababan el desembarque. Su fiel Iscar se revolcaba sobre la arena y mojaba sus largas crines, cuando de pronto dio un brinco y lanzó un relincho que hizo volver bruscamente a su dueño y le sacó de su ensimismamiento.

En aquel momento, el cuchillo del marino se levantaba sobre el pecho del gitano; éste asió al asesino por la garganta con tal prontitud y fuerza, que no pudo ni lanzar un grito. El cuchillo cayó de sus manos; sus ojos giraron en sus órbitas y sus dedos quedaron rígidos; poco a poco se fueron aflojando, sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo, sus piernas se debilitaron, y cayó estrangulado. Sus compañeros creyeron que se trataba de un fardo.

—¡De rodillas, hijos míos!—dijo el fraile a los contrabandistas.

Todos se arrodillaron, menos el filósofo, que miraba la luna silbando el Trágala.

Entonces el fraile, armado de un hisopo, se aproximó a los fardos y dio una vuelta alrededor de ellos diciendo:

—¡Atrás, Satán, atrás! y que este signo de redención purgue a esas mercancías de la mancha que la herejía ha impreso en ellas. ¡Atrás, Satán, atrás!

Y echó torrentes de agua bendita sobre las cajas.

—Las moja demasiado; va a estropearlas—dijo el filósofo.

—¡Silencio!—gritaron todos a la vez.

—¡Atrás, Satanás!—dijo otra vez el fraile—. Ahora, hermanos míos, ya podéis tocar esos objetos.

Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y él sacó un largo papel de su cintura.

—Esas seis balas, hijos míos, son de sederías venecianas cuyas muestras podéis ver a la luz de este farol. ¡Ved qué hermosos colores! ¡y qué tejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara, hijos míos.

—¡Oh! ¡padre mío!

—Tened en cuenta que ya está bendecida, hijos míos.

—¡Por los cuernos de Satanás! el sello de la aduana del Cielo nos cuesta más caro que la de Cádiz—exclamó el maldito filósofo.

—¡Cállate, miserable!—dijo el fraile.

—Pero, reverendo, ¡dos doblones!

—Si es regalado, hijo mío. Ya se los cuesta al superior.

Y la discusión iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudió corriendo un hombre presa de la mayor agitación; era el pescador Pablo.

—¡Por la Virgen, huid!—exclamó—, ¡huid! los aduaneros me persiguen; hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar del desembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le ha prometido además aumentar el desorden que produciría su muerte, largando las amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y de cortaros la retirada.

—¡Muera! ¡muera Punto!—y los cuchillos brillaron.

—Eso no es todo—añadió—; los crímenes y las profanaciones del maldito recaerán sobre vosotros, y el señor obispo ha ordenado que os prendan o que os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a un renegado.

—¿El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? ¡Qué milagro!—añadió el filósofo.

—Así, pues, ¡huid!... ¡huid!... no habrá cuartel para vosotros.

—¡Muera Punto el traidor, muera!—y todos los cuchillos salieron de sus vainas.

—Ya está muerto—dijo el gitano empujando el cadáver con el pie—. De modo que, cargad de prisa vuestras mercancías, porque la marea sube y el cielo se cubre de nubes; y una vez que hayáis visto brillar allá arriba las carabinas de los aduaneros, tendréis que escoger entre el fuego y el agua, hijos míos.

Después dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto a la tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas que formaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneció en la playa, montado sobre su fiel Iscar.

—Ya se lo decía siempre al superior—gritaba el fraile—. Prevenga al señor obispo de que el condenado está a su servicio, y así él obrará en consecuencia. Nada... él ha querido ocultárselo, y he aquí lo que ocurre.

Y dirigiéndose al gitano, le preguntó con inquietud:

—¿Por qué haces alejar tu embarcación? ¿es que tendremos que abordarla a nado?

—¿Y de qué nos serviría la embarcación ahora padre mío? No puedo ir con niebla por entre esos rompientes.

—Pero al menos estaríamos en seguridad, en el caso en que los aduaneros bajasen para sorprendernos; y, ¡por Cristo! no podrían aproximarse a la tartana entre esos peñascos y esas olas. Haz poner el puente.

El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterró al fraile.

Los contrabandistas no habían tomado parte en esta discusión; tal prisa se daban a embalar las mercancías que contaban obtener a mejor precio, gracias a este incidente. El filósofo, sobre todo, cargaba de tal modo a su caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de las mercancías; no obstante, el filósofo continuaba acumulando fardo sobre fardo, mientras murmuraba:

—Una vez en el camino de Vejer, será preciso que Dios te preste las alas de un serafín para que me alcances, fraile.

Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de la tartana.

—¡Ah! ya caigo—dijo el fraile a quien el signo del gitano había asustado mucho—, ya caigo; el señor capitán se queda con nosotros, porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de esta ensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escala de Jacob. El señor capitán me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo.

Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan pálido como un cadáver, y no obstante quiso sonreír y miró al excomulgado con el aire más humilde y más amable.

El rostro del gitano adquiría una expresión equívoca, cuando, al fogonazo de un tiro que partió de lo alto de la montaña, se vio a los aduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza de retirada por aquel lado se había perdido.

—¡Virgen santa!, ¡sálvenos, señor capitán, sálvenos!—dijo el fraile—; ¡la salida! ¡Señor! ¡indíquenos la salida!

—¡La salida!—repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber de lo que se trataba.

—¿Qué salida?—preguntó el gitano—. Usted está soñando, padre mío, y me temo que sea un mal sueño; porque los aduaneros empiezan a bajar y las balas silban. ¡Oiga!...

—¡Pero, Dios mío! Usted me había dicho que en medio de esas rocas existía un paso oculto que daba a la costa, un paso que podía darnos el medio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... ¡Virgen santa! ¡por todas partes rocas cortadas a pico!—exclamó el fraile desesperado, mirando por encima de su cabeza.

—¡Por todas partes rocas cortadas a pico!—repitió el gitano.

—Vamos, reverendo, un milagro; éste es el momento—dijo el filósofo que miraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado.

Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaña, pero las balas caían muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estaban aún muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La luna brillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba en todos sus detalles aquel curioso cuadro.

—¡Cuánto me gusta una hermosa noche de verano!—dijo el gitano—; las flores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nos llegan más suaves. ¿Sentís, hermanos míos, el rico olor de los áloes y de los naranjos?

Una nueva descarga interrumpió este inconveniente monólogo, pero esta vez cayó un contrabandista.

—¡En nombre de Cristo! tú debes salvarnos ¡en nombre de Dios, yo te lo ordeno!—gritó el fraile enseñándole el cielo.

Este movimiento resultó hermoso, pero no produjo ningún efecto, porque el gitano respondió riendo:

—¡En nombre de Dios, de Dios!... ¿qué se figura usted, padre mío? No bromee, pues. El momento es grave, ¡grave!... vea usted a ese cristiano que se retuerce y pierde su sangre.

A la risa espantosa del gitano se unió el ruido del mar, que ascendía, y empequeñecía cada vez más el espacio donde se oprimía aquel puñado de hombres.

Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tomó su escopeta y la dirigió contra el gitano. El fraile se precipitó sobre él. ¡Desgraciado! ¡sólo él puede salvarnos! ¡sólo él conoce la salida!

Viendo aquel movimiento hostil, el gitano había entrado en el mar que ya cubría el pecho de su caballo.

—He ahí a los aduaneros que bajan las últimas rampas, hijos míos, y ya sabéis que ahora las balas hacen daño—dijo el maldito señalando al contrabandista herido de muerte.

Los demás se echaron entonces a los pies del fraile.

—¡Padre mío, ruegue por nosotros!

Y el fraile y ellos se prosternaron gritando:

—¡San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros!

Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, se veía al gitano, a caballo, y aquella figura extraña, cuyas proporciones la noche parecía doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos de color de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura.

Los fogonazos se sucedían sin interrupción; un segundo contrabandista cayó, y se oían ya las voces de mando de los aduaneros.

El espanto del fraile había llegado al límite; se arrastró hasta la orilla del mar, y allí, arrodillado en el agua, gritó al gitano con el acento del más profundo terror. ¡Sálvame, sálvame!

¡Y el fraile lloraba!

—¡Por el alma de tu padre, sálvanos! ¡te daremos tanto oro que podrás llenar tu tartana!—aullaron los contrabandistas.

E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos se revolvían en las últimas convulsiones de la agonía.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!—balbuceó el fraile.

Y el desgraciado se retorcía los brazos y se revolcaba sobre la roca ensangrentada.

—¡Dios está sordo!—dijo el gitano—; invoca a Satanás.

Y se echó a reír.

—¡Atrás, atrás, blasfemo!—respondió el hermano levantándose horrorizado.

Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a sus pies y les cubrían de espuma.

—Invocad a Satanás, y os salvaré. Detrás de esas rocas hay una salida secreta oculta por una piedra; ella os pondrá al abrigo de los aduaneros. Aun estáis a tiempo, porque ahora no os ven—dijo el gitano, que ya estaba a flote con su caballo.

Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperación, y el fraile, con la mirada fija y el rostro lívido, hizo un movimiento de horror pensando en la proposición del maldito... Después, no obstante, pareció vacilar.

Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se veía a los aduaneros, se oía el ruido de sus armas y los preparativos de las baterías que armaban.

—¡Pues bien!—dijo el fraile en su delirio—, ¡pues bien! Satanás, sálvanos, ¡porque tú no puedes ser más que Satanás!

—¡Sí, Satanás, sálvanos!—gritaron los demás con un acento de terror indefinible.

Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

El gitano se encogió de hombros, volvió la cabeza de su caballo del lado de la tartana, y la ganó a nado en medio de una granizada de balas, cantando una antigua canción mora del Hafiz:

—¡Oh! permites, encantadora niña, que yo envuelva mi cuello con tus brazos, etc., etc.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Los contrabandistas se quedaron anonadados.

—¡Fuego! ¡por Santiago! ¡Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la pluma blanca, y sobre el mismo bandido—gritaba el oficial al que se distinguía perfectamente, porque su tropa se había parapetado detrás de una rampa, y desde allí hacía un fuego nutrido y continuo sobre los contrabandistas.

Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenían más que elegir que entre el fuego y el agua, como había dicho el gitano.

—¡Fuego! ¡fuego sobre esos descreídos!—repetía el oficial para estimular a su gente—; el señor obispo ha prometido indulgencias para esta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al resto de la banda. ¡Fuego!...

—Pero, capitán, veo a un religioso...

—¡Infame! se ha disfrazado. ¡Fuego!

—¡Por San Pedro! fuego, pues. ¡Por usted, reverendo!

El fraile recibió el tiro en el pecho y cayó de rodillas. No quedaban más que dos, él y el filósofo, también herido. Los otros habían sido muertos, se habían ahogado entre los rompientes al querer ganar a nado la tartana, o arrastrados por las olas.

—¡Hijos míos!—gritaba el fraile—, soy un religioso de San Juan enviado por el superior; ¡piedad en nombre de Cristo! ¡piedad!

Y se agarraba a las agudas puntas de la roca.

—Esto quiere decir—balbuceó el filósofo recibiendo una segunda y mortal herida—que si yo hubiera de creer en algo, no creería ni en Dios ni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y...

Sus brazos se abrieron; dejó el trozo de granito que oprimía con fuerza, abrió desmesuradamente los ojos... y desapareció.

—¡Gracia! ¡gracia! ¡Dios mío! ¡me ahogo!—aulló el fraile que se debatía entre las olas.

—¡Cómo!—dijo el oficial—, ¡aun vive el impío! ¡fuego, pues, por Santiago!

Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hábito azul del reverendo flotó un instante, y después ya no se vio nada, nada... ni caballos, ni hombres, ni fraile... nada más que olas espumosas que habían invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarse con gran estrépito contra la segunda.

Sólo el gitano se había salvado.

—¡Por Cristo! su tartana va a estrellarse contra los escollos—exclamó el oficial—. Dios es justo, y puesto que sale del canal contra la marea, su pérdida es segura.

En efecto, el condenado bordeaba intrépidamente aquel paso, que el furor de las olas debía hacer impracticable.

VI

LA MONJA

¡Ah! este corazón ha descendido vivo a la tumba, y las austeridades del sombrío convento no me han preservado de una mirada criminal. En vano he llorado amargamente. Delfina Gay, «Madame de la Vallière».

Ciertamente, si yo fuese monje, y tuviese que elegir un convento, elegiría el de Santa Magdalena; es un digno convento, triste y sombrío, situado a orillas del mar, a siete leguas de Tarifa. Al Norte, el Océano golpea sus muros; al Sud, lagunas impracticables; al Oeste, rocas cortadas a pico; pero al Este... ¡ah! al Este, una bella pradera verde, atravesada por un riachuelo que serpentea y brilla al sol como una larga cinta plateada; y luego, las violetas y las clemátides que perfuman sus bordes, las palmeras de largas flechas y los almendros que dan sombra. Y luego, en medio de la llanura, la encantadora aldea de la Pelleta, con su alto campanario, blanco y esbelto, sus casas albas y su ramillete de naranjos y de jazmines. Y después, más lejos, las montañas obscuras de Medina, cuyas vertientes están cubiertas de olivos y de tejos...

Os lo repito, si yo fuese monje, no elegiría otro convento que el convento de Santa Magdalena.

¡Y los días de fiesta, pues! los jóvenes van a bailar casi bajo sus muros, y no negaréis que, para una pobre reclusa, es un gran placer oír el restallido embriagador de las castañuelas bajo los ágiles dedos de los andaluces... y ver los movimientos lentos y tranquilos del bolero... al majo perseguir a su maja que le huye y le evita... después se aproxima a él y le arroja un extremo de su corbata que él besa con transporte, y se envuelve una mano, mientras que con la otra hace resonar sus castañuelas de marfil.

Agitad, agitad vuestras castañuelas, jóvenes, porque la cachucha reemplaza al bolero. ¡La cachucha! ¡he aquí una verdadera danza andaluza, una danza ardiente y animada, vertiginosa y lasciva! Id... id... rodead con vuestro brazo amoroso la cintura de vuestra amante, y arrastradla rápidos y estremecidos al son del instrumento sonoro. Id... su seno palpita... su ojo brilla, y el viento levanta su negra cabellera y deshoja su guirnalda de flores; después, murmuraréis a su oído:

—Amor mío... cuán dulce me será respirar esta noche a tu lado el perfume de los almendros...

Y ella se lanza más vivamente aún, y su brazo os ha oprimido tan fuertemente que habéis sentido su corazón brincar bajo su mantilla.

Vaya, no temas, muchacha, tu madre no ha oído nada, y esta noche, después del rosario, cuando tu abuelo te haya besado en la frente, trémula, inquieta, tus piececitos desflorarán el césped, y te detendrás veinte veces, conteniendo la respiración. Por fin, te sentarás, palpitante, al pie de ese bello almendro florido, cuyas hojas relucientes reflejarán la dulce claridad de la luna. Allí, de pronto, dos fuertes brazos te envolverán. ¡Virgen santa! ¡qué atrevimiento! Pero entonces, valerosa muchacha, tú no tendrás miedo.

Ya el son de las castañuelas es más opaco, el sol se pone, la cachucha vertiginosa ha cesado, las jóvenes regresan a su aldea y ríen, y cantan, alisándose con la mano los rizos sedosos de sus húmedos cabellos.

Ahora no diréis como yo que es un digno convento el convento de Santa Magdalena; porque, en fin, figuraos una pobre joven encerrada en él, con sus diez y ocho años, sus ojos negros y su corazón español que late bajo su escapulario.

A primera hora, maitines, una larga plegaria en una iglesia sombría y helada; después vísperas, después la misa, después la novena, después el Angelus ¿y qué sé yo?

Por toda distracción, dos horas de paseo en el jardín del viejo claustro. ¿Conocéis un jardín de claustro? grandes encinas negras y silenciosas, un césped raquítico encuadrado en verjas de cañas, y el sol a mediodía; eso es todo.

Así, confesad, que cuando un día de fiesta se ha podido escapar de la iglesia para ir a su celda, ¡el corazón late desahogado y alegre!

La reclusa entra en ella, cierra cuidadosamente la puerta, y ya está en su casa. ¡En su casa! ¿comprendéis esta palabra? cuatro paredes desnudas, pero blancas; un crucifijo de ébano encima de una mesita de nogal cubierta de flores; una reja que da sobre la verde pradera; una cama estrecha, sobre la cual se puede soñar. Francamente, con todas esas riquezas y vuestros recuerdos de niña, ¿envidiaríais la suerte de la camarera mayor de la reina de todas las Españas?

Pues, no obstante, una joven está allí sola; el crucifijo, la mesita, la reja, la cama, el perfume dulce y tenue, todo lo tiene; pero ella no mira ni la pradera, ni el baile, ni el sol que se oculta resplandeciente.

Oculta la frente entre sus manos y las lágrimas ruedan a través de sus dedos.

Ya podemos figurárnoslo: era la monja que asistió a la corrida de toros.

Ya no brillaban encima de ella el raso ni las pedrerías como el día en que se despidió del mundo. ¡Oh! ¡no! un amplio sayal de burdo paño envolvía su lindo talle como una mortaja, sus largos cabellos negros, habían sido cortados, y los que le quedaban estaban ocultos tras la blanca toca que dibujaba su frente cándida, más blanca aún. Pero, ¡Santo Dios! ¡qué pálida estaba! sus ojos azules, tan bellos y tan puros, estaban rodeados de un ligero círculo amoratado, en el que las venas surcan la piel suave y rosada.

—¡Dios mío! ¡perdón! ¡perdón!—dijo, y se dejó caer de rodillas sobre el duro suelo.

Algún tiempo después se levantó con las mejillas purpurinas y los ojos brillantes.

—¡Huye! ¡huye, peligroso recuerdo!—exclamó precipitándose hacia la reja—. ¡Oh! ¡oh! ¡aire! ¡me abraso! ¡Oh! quiero ver el sol, los árboles, las montañas, esos bailes, esa fiesta. Sí, quiero ver esa fiesta, ser absorbida completamente por ese espectáculo brillante. ¡Dichosos ellos! ¡Bravo, joven! ¡qué ligereza! ¡qué gracia! ¡cómo me gustan el color de tu basquiña y las trenzas de tu moño! ¡qué bien hace esa flor azul en tus cabellos rubios! Pero tú te aproximas a tu pareja... ¡Guapo mozo! sus ojos te miran con amor... El también tenía una dulce mirada, pero...

Y se calló, ocultando su cabeza entre las manos; porque su corazón latía con tal fuerza, que parecía querer saltársele del pecho. Después, reponiéndose, y hablando de prisa, como si hubiera querido escapar a un recuerdo que la oprimía:

—¡Qué brillante está el sol! ¡Jesús! ¡qué hermoso matiz de púrpura con reflejos de oro! ¡qué tornasolado tan magnífico y tan raro! Tan pronto parece una elegante torre morisca con mil cresterías, ahora es un globo de fuego; pero sus contornos varían siempre, y se presentan destacados... ¡Virgen del Carmen! se diría que es un rostro humano... Sí... esa ancha frente... y esa boca... ¡Oh! no... sí... Jesús... ¡es él!...

Y jadeante, había caído de rodillas, con las manos juntas, en una especie de éxtasis, ante aquella imagen fantástica, que el vapor fue revelando, se borró poco a poco y desapareció del todo.

Cuando ya no vio más que un horizonte inflamado, se levantó en un violento paroxismo, y se arrojó sollozando sobre la cama.

—¡Él!... ¡siempre él... él en todas partes!—exclamó con un gesto de desesperación—. ¡Horror! cuando me prosterno ante tu imagen sagrada, ¡oh Cristo! tus divinas facciones se borran... y es él a quien veo... ¡él a quien adoro!... Sí, muda y confusa, quiero escuchar a la superiora, cuando lee un libro santo; pues bien, su voz parece debilitarse y desaparecer y es a él a quien oigo; porque el sonido armonioso de sus palabras vibra siempre en mi corazón... ¡Horror! en fin, si me arrastro penitente al tribunal divino, allí también está él... porque mi amor es el único crimen de que pueda acusarme.

Se echó a llorar.

—¡Un crimen! ¿es verdaderamente crimen? ¡Oh madre mía! si no hubieses muerto, estarías conmigo; yo tendría mi cabeza sobre tus rodillas y tú... acariciarías con tus manos mis cabellos largos y rizados; y me dirías si es un crimen, porque yo te lo confesaría todo. Ya ves, madre mía, me habían dicho que yo sería dichosa en el convento, pero que para esto era preciso abandonar el mundo; dije que sí, porque entonces aún no sabía lo que era el mundo... Y después me vistieron y me adornaron como una santa y me llevaron a una fiesta en la que un toro mató a dos cristianos—así me dijeron—, porque yo permanecí oculta en el regazo de mi superiora durante todo el tiempo que duró aquel horrible espectáculo... Pero de pronto, un grito de extrañeza resonó y yo levanté la cabeza... era... era él. Sí, él... que fijó sobre mí una mirada... que me matará; y él me dijo la primera vez, ¡oh, lo estoy oyendo aún: Por usted señora, y en honor de sus hermosos ojos, azules como el cielo. Después, rápido, se revolvió... y yo me estremecí a mi pesar... La segunda vez, me dijo con la misma voz, con la misma mirada, sonriéndome y saludándome con la mano derecha: Por usted también, señora, y en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral. Y con intrepidez esperó al monstruo cuyos cuernos estaban tintos en sangre, y lo abatió a sus pies... El espanto se había apoderado de mí, puse las manos en la balaustrada del palco, tanto temía por él; porque me parece que si él hubiese sido herido, yo habría muerto. Entonces él se apoderó de mi mano, ¡oh!, bien a mi pesar, madre mía... y la besó, sí...

Sus ojos se cerraron. Apoyó la cabeza sobre la almohada y continuó en voz baja y con palabras entrecortadas:

Y—quizá tú me dirás, madre mía: «Mi rosita, ¿le amas tú, pues? Bien, entonces os prometeréis y Dios os bendecirá». ¡Oh! sí, prometidos... Mira a mi novio, ¡qué hermoso es!... Flores, flores por todas partes... He ahí a mis compañeras con sus largos velos blancos... ¿no oyes el grave sonido del órgano... y la multitud que repite como yo: «¡Qué hermoso es el novio!» ¡Oh! llega el viejo sacerdote... su mano tiembla al unirnos; ya es mío, es mi esposo ¡es mi esposo... ¡Oh! madre mía, quédate, quédate... ¿Me dejas?

—Tu esposo está contigo, ángel mío.

—¡Madre mía! ¡mi buena madre!

Dichosa joven, dormía. ¿No es, repito, un digno convento, el convento de Santa Magdalena?

VII

EL LEVANTE

...¡La muerte! Cervantes, «Don Quijote».

El levante es un viento del Este; cuando sopla, palidecen hasta los marinos más intrépidos. No es una de esas inocentes brisas que levantan olas como montañas, ¡no!; el mar se eleva muy poco, porque es tal la fuerza del levante que rechaza las olas, que las nivela por el poder de presión que ejerce la columna de aire sobre la superficie del agua.

Pero también es preciso que el timonel vele a la barra ¡Virgen santa! ¡y que vele bien si no quiere ver al navío desaparecer entre un torbellino!

Después, el sol brilla, el cielo queda limpio, de un azul magnífico, con lindos matices de un rosa vivo, que producen el más encantador efecto.

Las embarcaciones de un tonelaje elevado, tal como navíos, fragatas y corbetas, aun maniobrando con mucha prudencia, tienen mucho que temer de ese viento; pero las goletas, tartanas y faluchos, tienen todas las probabilidades posibles de zozobrar.

Si el peligro es grande durante el día, debe ser inmenso durante la noche, sobre todo cuando se bordea cerca de las costas, que con frecuencia son atravesadas por corrientes de una velocidad de cuatro o cinco nudos.

Era, pues, de noche, y el levante que soplaba sobre la costa, erizada de rocas, era un poco más violenta que no lo fue cuando el memorable vendaval de 1797, que hizo naufragar a todas las embarcaciones fondeadas en la rada de Cádiz; todo pereció, personas y buques.

Era uno de esos temibles huracanes durante los cuales los marineros se quedan lívidos y creen en Dios.

Las estrellas brillaban, las olas, al chocar unas contra otras, desprendían tantas luces fosforescentes, que aquella vasta llanura, de un negro sombrío, aparecía casi iluminada por millares de chispas azuladas, y verdaderamente, salvó el levante que mugía más que el trueno, era un hermoso espectáculo.

Las dos escampavías que habían salido a la caza de la figurada tartana del gitano, bailaban sobre aquella sima abierta.

Habían arriado sus gavias, sus foques, su vela mayor, y huían con el viento de proa sólo con el aparejo de mesana; había sido amarrada la barra del timón, y los sesenta y tres hombres que componían las dos tripulaciones, estaban muy ocupados en el sollado poniéndose a bien con Dios. Como no había ningún sacerdote presente, se confesaban los unos a los otros.

La confesión es una cosa admirable en sí misma, en tierra, por ejemplo, en una iglesia de aldea donde las vidrieras dejan penetrar un alegre rayo de sol, cuando vais a partir para una larga campaña, y vuestra abuela está allí arrodillada, llorosa, haciendo arder un cirio bendito que ha dedicado a Nuestra Señora: ¡oh! sí, entonces, la confesión al oído de un juicioso y virtuoso sacerdote de cabellos blancos, que, al salir del confesionario y apoyando su brazo trémulo sobre el vuestro, os dice: «Hijo mío, vamos a ver a mis ovejas que bailan bajo los sauces allá abajo, al borde del arroyo, y de pasada llevaremos una botella de buen vino al pobre viejo Juan Luis, el protestante.»

De este modo, sí, comprendo la confesión; pero a bordo, en medio de una tempestad, cuando únicamente a fuerza de brazos se puede escapar a una muerte inminente, cuando las olas se estrellan con furia contra la embarcación, cuando a cada momento se ve desaparecer una vela, cuando los palos se inclinan y crujen, cuando el oleaje se abate y muge sobre el puente, lo arrolla todo y arrastra hombres, vergas, botes... ¡oh! entonces la confesión es una práctica por lo menos fuera de uso y sin utilidad ninguna para virar en redondo o para largar una gavia.

Quedamos en que a bordo de las dos escampavías habían sido amarradas las barras del timón; las dos embarcaciones navegaban en las mismas aguas, y como nadie, absolutamente nadie, había quedado sobre el puente, la gracia de Dios cuidaba de ellas; y esto, en la práctica, resultaba bastante mal, porque la escampavía Urna de San José, a consecuencia del ángulo que su barra formaba con su quilla, se dejó ir violentamente sobre su compañera la Bendición de Nuestra Señora de los Siete Dolores y la abordó por la popa, y como la parte de detrás de un buque acostumbra ser menos resistente que la anterior, la Bendición de Nuestra Señora de los Siete Dolores recibió el bauprés de la Urna de San José, en la obra muerta, que se abrió y dio libre acceso a una vía de agua que echó a pique a la escampavía y a los sesenta confesados y confesores.

Ya veis que la confesión no vale nada en semejantes ocasiones.

Pero la escampavía no se hundió rápidamente.

La Urna de San José sintió, a la espantosa conmoción que experimentara, que algo extraordinario pasaba en su exterior, y fue enviado un grumete, que se disponía a confesar su sexagésimo tercero pecado, para que se enterase de lo ocurrido. Montó en el acto, arrastrándose por el puente, vio el bauprés enteramente destrozado, y a un tiro de fusil a la otra escampavía, con la popa hundida, elevar su proa, donde se habían refugiado los tripulantes que quedaban.

El capitán del buque que se hundía, puso sus dos manos ante su boca en forma de trompa, y por medio de esta bocina improvisada dijo no sabemos qué cosa al grumete que tuvo la atención de formar también con su mano una especie de trompeta acústica.

Pero desgraciadamente la Bendición de Nuestra Señora de los Siete Dolores estaba bajo el viento y el grumete no entendió ni una palabra; pero como le habían dicho que viese lo que ocurría, se acurrucó en un rincón y miró.

Algunos de los náufragos se arrojaron al mar; pero ¡por el ángel de San Pedro! había que nadar contra viento y marea para llegar a la escampavía, que no obstante no estaba lejos. Imposible. Se ahogaron, pues, los imprudentes, después de haber sido cegados por el remolino de las olas, que les azotaba y les ensangrentaba la cara.

El grumete veía todo esto a la luz de su farol, tratando de no perder ni una convulsión, ni un rechinar de dientes a fin de ser exacto en su relación, pero rogaba a Dios por ellos; ¡el pobre y digno muchacho!

Bien pronto, la proa de la escampavía se hundió también, y los que sobrevivieron a este desastre se subieron al palo de mesana, el único que había quedado en pie, y era cosa curiosa ver este palo, sobre el cual las cabezas de aquellos hombres estaban agrupadas, y que se me perdone la imagen como las cerezas sobre esos ligeros bastones que tanto placen a los niños.

Esta viga, cargada de hombres, no permaneció ni diez minutos fuera del agua; pero durante esos diez minutos ¡qué drama más terrible!...

Al final no quedaron más que dos sobre el palo, dos hermanos, según creo, gente piadosa y juiciosa; pero el instinto vital se sobrepuso a la fraternidad; cuando eran niños ¡oh! se amaban mucho. El más hermoso de los frutos era el que ellos se ofrecían, y cuando uno cometía una falta, su madre tenía que castigar a los dos, porque el uno no quería acusar al otro. Más tarde se enamoraron de la misma mujer, y la mataron para que no perteneciese a ninguno de los dos. Eran españoles, perdonadles. Por esta causa fueron condenados a cinco años de galeras; el mayor consiguió escaparse, pero no habiendo conseguido favorecer la evasión de su hermano, volvió a ingresar en presidio, por no querer abandonar a aquel ser querido.

En fin, dos valientes y leales camaradas, si los hay; pero, ¿qué queréis? enfrente de la muerte está permitido sentirse un poco egoísta.

El palo sobresalía aún unos seis pies del agua, y, para el que ocupaba la parte más elevada de él, era una altura comparable a las de las montañas más altas, porque en aquellos momentos decisivos, un minuto de existencia era un año... una pulgada de terreno, era una legua.

El hermano mayor, que, no obstante, ocupaba el sitio inferior, sintiendo la frescura del agua, que le oprimía como un círculo de hierro helado, hizo un violento esfuerzo, y se agarró a las rodillas del menor.

Este, que oprimía el palo con todas las fuerzas convulsivas de la agonía, intentó apoyar su pie sobre el pecho de su hermano para ahogarle... ¡Desesperación! ¡Imposible! Se apretaba las rodillas como un torno.

Y, cosa rara, aquellas dos cabezas, que tantas veces se habían alegremente sonreído y tiernamente besado, allí se seguían con ojos de odio, se mataban con la mirada.

En fin, el que ocupaba lo alto del palo, lo abandonó un instante.

El otro advirtió el movimiento, y se soltó también.

Es lo que el pequeño esperaba. Le arrojó los dos brazos alrededor del cuello, no suavemente como otras veces y diciéndole: «Buenos días, hermano», sino con frenesí. De modo que le estranguló oprimiéndole la garganta contra un tope de la mesana con un cabo de cuerda que flotaba. ¡Crimen inútil! sólo el pensamiento se extinguió en aquel cuerpo, porque los brazos del cadáver estrechaban siempre las rodillas del fratricida, hasta que desaparecieron los dos.

Cuando el grumete no vio nada más, se frotó los ojos, miró aún otra vez y bajó para contar lo que había presenciado, causando gran extrañeza, pero le dejaron con la palabra en la boca, con la promesa de que le dejarían acabar otra vez su relación, y el encargado del cuarto de babor, subió al puente por orden del capitán. El viento soplaba con un poco menos de violencia, pero la noche era clara; colocose un buen marinero en la barra del timón para evitar la deriva, y continuó la embarcación con rumbo al Oeste.

Hacía algún tiempo que se dejaban llevar en esta dirección, cuando el marinero de guardia gritó:

-¡Barco a estribor!

Se precipitaron todos a la luz de los faroles y pudieron ver a la tartana completamente desmantelada, ¡a la tartana que perseguían desde la víspera! ¡a la tartana causa primera de todos sus desastres!

—¡Por fin!—aulló el capitán—, la Santa Virgen nos protege y Dios es justo. ¡Vas a pagar, maldito, la muerte de nuestros hermanos!

Y a pesar de la impetuosidad del viento, intentó sesgar.

VIII

LA «URNA DE SAN JOSÉ»

¿Por miedo?... No, señor... Calderón.

—¡Santiago! ¡Santiago!—gritó el capitán de la Urna de San José—. ¡Santiago! haz que los artilleros ocupen sus piezas.

—Capitán... yo...

—¡Cualquiera diría que tiemblas!...

—No, capitán, pero el levante ha alterado mis nervios...

—¡Por Cristo! ¿Qué se diría si se viese al teniente del navío que yo mando temblar como una gaviota entre un temporal? Vamos, artilleros, a vuestras piezas; ¡y vosotros, rumbo hacia la tartana, que Satanás confunda! Cuando hayamos cambiado de disposición le largaremos una andanada. ¡Que Dios me ayude!... el levante cede... ¡Ah! ¡por la Virgen! ¡será una hermosa fiesta para el pueblo de Cádiz verte entrar con hierros en las manos y en los pies, con tu tripulación de demonios, perro maldito!—decía el honrado Massareo mostrando el puño a la tartana desamparada, silenciosa y sombría, que se balanceaba al movimiento de las olas.

Sí, sí—continuó Massareo—, ¡por San José! ¡conozco tus astucias! te meneas menos que una boya para que me ponga a tu alcance... Entonces tú arrojarías, a mi pobre barco una andanada de azufre que nos haría arder lindamente... ¡o me jugarías alguna otra pasada diabólica! Pero Dios protege al viejo Massareo. Más de una vez ha escapado con los ricos galeones de Méjico a los garfios de esos malditos ingleses, que, no obstante, no tienen nada de tontos, ¡los herejes!—y se persignó.

Después, dirigiéndose, al timonel:

—No vayas contra el viento; orza, orza, torpe, y piensa en virar en redondo.

El levante disminuía sensiblemente, y se veía, por las nubes que avanzaban rápidamente desde el horizonte y por las oscilaciones de la brisa, que el viento cambiaba de dirección. Las estrellas aparecieron veladas, y la noche, de clara que era, se tornó sombría. La tartana estaba sumergida en la obscuridad; solamente un punto luminoso brillaba en su popa, en la dirección de la cámara; pero no se oía el más ligero ruido a bordo, ni se veía a nadie sobre el puente.

El capitán del guardacostas, habiendo efectuado dichosamente su cambio de amuras, se dejó ir sobre la tartana, hasta una distancia de medio tiro de pistola. Entonces llamó a su teniente Santiago, pero éste, creyendo que se trataba de mandar el fuego, había desaparecido con la rapidez del relámpago.

—¡Santiago!—repitió.

—Señor capitán, está en el fondo de la cala; dice que le ha enviado usted para que vigile cómo sacan la pólvora.

—¡El miserable! ¡Por Santiago! que le traigan muerto o vivo; y tú, Alvarez, dame mi bocina de combate.

Entonces el bravo Massareo volvió hacia el barco mudo el enorme orificio del instrumento y gritó:

—¡Ah de la tartana!... ¡ah!

Después bajó la bocina, se llevó la mano a la oreja para no perder ni una palabra, y escuchó atentamente.

Nada... Profundo silencio...

—¿Eh?—dijo al primer contramaestre que estaba cerca de él.

—No he oído nada absolutamente, señor capitán, a no ser una especie de gemido; pero, ¡por el Cielo! no se fíe usted, vale más que les hable a cañonazos; ese lenguaje lo entenderán perfectamente, ¡por San Pedro!, porque nuestro valiente almirante Galledo, que Dios tenga bajo su brazo derecho—aquí se quitó su gorra—, nuestro valiente almirante decía siempre que ésta era la lengua universal, y que...

—¡Paz, Alvarez, paz! cállese el viejo congrio. Me ha parecido ver moverse alguna cosa sobre el puente.

Y de nuevo, empuñando la inmensa bocina, gritó:

—¡Ah de la tartana!... ¡ah!... enviad una embarcación, si no os echo a pique...

—Como perros malditos que sois—añadió Alvarez.

—¡Te callarás! pueden haber hablado, y tu necia lengua que va tan de prisa como el gato de un cabrestante, me ha impedido oír nada—dijo el capitán con una volubilidad colérica, repitiendo por tercera vez—: ¡Ah de la tartana!... responded o hago fuego.

Esta vez se distinguió un gemido prolongado que no tenía nada de humano, y que hizo estremecer al capitán Massareo.

—Capitán, si usted quiere creerme—dijo Alvarez, persignándose—, enviémosles una andanada y viremos en redondo; porque veo el fuego de San Telmo que revolotea en su popa, y ¡por la Virgen! no se está bien aquí.

—¡Esto es demasiado!—exclamó Massareo—. ¡San Pablo, rogad por nosotros! ¡Vamos! ¡por la gracia de Dios! Artilleros, a vuestras piezas; armad vuestras baterías. Bien. Haced la señal de la cruz. Bien. Ahora ¡fuego!... ¡fuego a estribor!...

La andanada partió, y el fogonazo, iluminando un instante la tartana, proyectó sobre las aguas un vivo reflejo de luz.

Después, cuando el humo blancuzco de la pólvora se hubo disipado, se vio al navío inmóvil, silencioso, con su punto luminoso a popa, obscurecido de cuando en cuando por una sombra que pasaba y repasaba en la cámara.

—¿Y bien, Alvarez?—preguntó Massareo que no comprendía la obstinación del barco cañoneado.

—Señor, todas las balas le han caído encima y el maldito no se menea. Y sin embargo, hay gente a bordo, lo juraría por mi rosario.

—El caso es espinoso—dijo Massareo con inquietud—; voy a hacer correr una bordada, mientras que yo, tú, Pérez y ese poltrón de Santiago, cuyo consejo es sin embargo muy provechoso, nos reunimos para deliberar acerca de lo que hay que hacer.

Viraron en redondo dirigiéndose hacia el Este; se envió a buscar a Santiago, se reunieron los cuatro miembros de la asamblea, y comenzó la discusión.

Ningún plan había sido adoptado, cuando el prudente Santiago exclamó:

—Con la protección de la Virgen, he aquí lo que yo haría; armaría una chalupa, me aproximaría a la tartana maldita y entraría al abordaje... ¡Eh, compadres! ¿qué les parece?

A los compadres también se les había ocurrido este medio, el único que razonablemente podía emplearse, pero se habían guardado muy mucho de decir esta boca es mía, porque sabían que el que propusiera esta medida sería naturalmente encargado de ejecutarla. La inconcebible temeridad de Santiago les sacó de su embarazo y no tuvieron más que una voz para alabar y felicitar al autor de aquel admirable plan de campaña, que vio, pero demasiado tarde, en qué peligrosa situación se había colocado.

—El Cielo le ha inspirado, Santiago, dele las gracias—dijo el capitán.

—¡Hermano Santiago, qué dichoso eres!—exclamó Alvarez golpeándole amistosamente la espalda—. ¡Por Cristo! es una hermosa ocasión para ascender a oficial. ¡No estar yo en tu lugar! ¡Cuánta gloria vas a recoger ejecutando tu audaz proyecto! ¡¡¡Abordar al maldito!!! Venderán tu retrato por las calles de Cádiz y te sacarán canciones. ¡Dichoso mortal!

Y se precipitó por la escalera que conducía a la cala silbando un motete.

—¡Pero—exclamó el desgraciado Santiago, trémulo y aturdido—, yo no he dicho que...!

—Usted tendrá más probabilidades para abordar al maldito atacándole por estribor, hijo mío—le dijo gravemente el artillero Pérez—; por babor trae desgracia, y he aquí probablemente lo que la pasará: Se acerca usted a cierta distancia... tiran contra usted... Perfectamente, compadre... Se aproxima aún más... y desde lo alto de las vergas le tiran un puñado de balas que caen sobre su chalupa... Muy bien, compadre. Entonces, con la agilidad que usted debe poseer, usted y su gente, tratan de aferrarse a los portaobenques, a las escalas y a todo lo que esté a su alcance... Perfectamente, compadre. Pero he aquí que ¡por todos los santos del paraíso! mientras que estáis agarrados a la borda, se abre de pronto una escotilla y os encontráis frente a la nariz con una docena de anchos esmeriles cargados hasta la boca de balas, clavos y lingotes que, como usted puede suponer, hacen un fuego del infierno y matan por lo menos a las tres cuartas partes de sus hombres. Entonces los que quedan, si es que queda alguno, se lanzan ágilmente al abordaje como gatos salvajes, el puñal entre los dientes y la pistola en la mano; viene una lucha cuerpo a cuerpo, se mata, se muere... pero siempre se recoge gloria y... esto es todo. ¡Por los dolores de Nuestra Señora, que no esté yo en su lugar! ¡oh! sí, ¡que no esté yo en su lugar, hijo mío!—repitió lanzando un ardiente suspiro, pero desapareciendo velozmente en el sollado.

—¡Pero, Santa Virgen!—exclamó Santiago que había estado a punto de interrumpir veinte veces al artillero Pérez—, pero ¡por la corona de espinas de Jesucristo! si yo he dado ese consejo, no ha sido para ejecutarlo yo mismo, y puesto que envidian mi lugar...

—No, Santiago—repuso el bravo Massareo—, eso sería una injusticia; esa misión le pertenece de derecho, y usted la tendrá, Santiago, usted la tendrá. Sería llevar la delicadeza demasiado lejos.

—Usted ha sembrado, justo es que recoja—dijo otro.

—Sin duda, hace falta mucho valor, sangre fría, agilidad y sobre todo mucha suerte para llevar a cabo una empresa tan peligrosa; pero con la ayuda de Dios y de su patrón, Santiago, usted saldrá de ella con honor, o bien morirá con la muerte de los valientes, lo que no es dable a todo el mundo. Vamos, hijo mío, cumpla bien, que Dios y su jefe tienen la vista fija en usted—dijo el capitán.

—¡Pero, por todos los santos de la capilla de la catedral de Cádiz!—exclamó Santiago pálido de cólera y de temor—, yo quiero al instante...

—No puedo por menos que alabar semejante prisa, Santiago. Voy, pues, a dar las órdenes oportunas para hacer armar la chalupa. Nada le faltará: puñales, hachas, picas de abordaje, esmeriles, balas, cartuchos de metralla. Esté tranquilo, hijo mío, que yo velo con la solicitud de un padre... Vamos, vamos, modere ese ardor, y, como un verdadero español, piense en Dios, en su rey y en su dama, si es que usted la tiene. Piense, pues, cuál será su alegría, cuando le vea volver moribundo, cubierto de heridas y seguido de la multitud que gritará: «¡Es él, es el vencedor del gitano! ¡es el valeroso Santiago!» ¡Ah! hijo mío; si mi cargo no me obligase a permanecer a bordo... ¡muerte de mi vida! no tendría usted esa misión. ¡No, por Santiago! yo se la habría disputado.

Y tomaba el mismo camino que los demás miembros del consejo, cuando Santiago le retuvo por el brazo gritando:

—No, capitán, no; preferiría mejor no descubrirme en la iglesia, no arrodillarme ante el Santo Sacramento, faltar a mi rosario, que ir a bordo de ese condenado barco, de ese barco donde Satanás tiene su corte; y además—continuó con tranquilidad, muy convencido de haber encontrado un argumento sin réplica—, además, mi religión me prohíbe el contacto de los excomulgados y de los apóstatas.

—¿Quién habla de eso, hijo mío?—dijo el capitán persignándose—; soy demasiado buen cristiano, aprecio demasiado la salvación del cuerpo y del alma de mis marineros para exponerlos así.

—En hora buena, capitán, eso es; cuide sobre todo de la salvación del cuerpo, ¿entiende usted? del cuerpo de sus marinos, es lo más importante—dijo Santiago un poco más tranquilo.

—Hijo mío—repuso el capitán—, usted no me ha comprendido; yo estoy lejos de exigir de usted que estrangule al descreído con sus propias manos. ¡Virgen santa! no, sin duda; ese contacto me hace estremecer de horror; pero la bala de su mosquete o la hoja de su puñal evitará esa mancilla a sus cristianas manos.

Santiago, más exasperado aún por la decepción que experimentaba, exclamó:

—¡Ni el hierro, ni el plomo, ni yo daremos muerte a ese excomulgado! ¡No iré a bordo, por las mil llagas de San Julián, no, no iré!—añadió golpeando violentamente el suelo con el pie.

—Santiago, amigo mío—dijo fríamente el capitán—; tengo el derecho de vida y muerte sobre todo hombre de mi tripulación que se me rebele o se niegue a ejecutar mis órdenes.

Y diciendo esto, le mostró dos pistolas que había sobre el cabrestante.

Ante aquella espantosa alternativa, Santiago prefirió el abordaje, y descendió a la chalupa que le esperaba, con la sombría resignación del hombre a quien llevan a la muerte.

Al alejarse de la escampavía, el desgraciado Santiago, acordándose de los consejos y las predicciones de Pérez, que el miedo había grabado en su mente, esperaba a cada momento una súbita descarga de mosquetería. Se acercó, no obstante, a lo largo de la tartana, sin que se oyese ni un solo disparo. Entonces, arrojando su amarra, recomendó su alma a Dios, porque, según los informes topográficos y precisos del artillero, era en aquel momento cuando las amplias bocas de los esmeriles debían hacer un fuego del infierno.

Esperó, pues, y besó su rosario exclamando:

—¡De rodillas, hermanos míos, somos muertos!

Los diez hombres que le acompañaban, aprovechando a todo evento esta advertencia, se arrojaron al fondo de la chalupa.

Silencio, siempre silencio. No se oía... no se veía nada... más que la luz que brillaba siempre en la cámara, y que de cuando en cuando aparecía obscurecida por una sombra que la ocultaba.

Santiago, un poco más tranquilo, se atrevió a levantar la cabeza, pero la bajó prontamente al oír un crujido de la tartana, y luego la volvió a levantar, sin ver esmeriles ni escotillas.

Como nada da tanta tranquilidad como un peligro pasado o evitado, Santiago se enderezó presa de un ardor marcial, y trepó a bordo de la tartana seguido de sus diez hombres, a quien su ejemplo electrizaba. Llegados al puente, no encontraron más que despojos, jarcias destrozadas por el viento, un desorden, en fin, que anunciaba que aquel buque había sufrido cruelmente los efectos del levante. Pero de pronto se oyó un ruido desordenado en el sollado.

Los diez marineros y el segundo de la Urna de San José se miraron palideciendo; no obstante, gritaron con voz un poco temblorosa, es verdad:

—¡Viva el rey! ¡Adelante la Urna de San José y el valiente Santiago!

Porque los compañeros de armas del valiente Santiago, que se apretujaban los unos contra los otros, al oír aquel ruido imprevisto, se aproximaron tan bruscamente a él, que el desgraciado héroe fue precipitado por la escotilla que tenía a sus pies, y desapareció.

Sus marineros, tomando aquella caída por una prueba de abnegación y de intrepidez, siguieron al nuevo Curcio a los gritos de ¡viva Santiago! y saltaron en el sollado como los carneros de Panurgo.

Santiago se había levantado prontamente, y aprovechando el error de sus hombres, les dijo en voz baja:

—Hijos míos, el valor y la sangre fría no son nada; ya habéis visto todos que, aun a riesgo de caer sobre millares de picas o de sables, me he precipitado ciegamente en el sollado... eso es audacia, sencillamente.

—¡Viva nuestro Santiago!—repitieron los marinos.

—Callaos, hijos míos, en nombre del Cielo, callaos; lanzáis unos gritos capaces de asustar a las gaviotas. Guardaos vuestros ¡viva Santiago! para más tarde. Ya gritaréis eso en la plaza de San Antonio. Será de un gran efecto; pero, mientras tanto, veamos el medio de forzar el reducto de esos condenados.

Y mostraba la cámara en la cual se hacía siempre un ruido infernal. De pronto, como si se le ocurriese una idea súbita, exclamó:

—¡Amigos míos, armad vuestras carabinas!... ¡Fuego sobre ese tabique!

Lo que había decidido sobre todo a Santiago a esta maniobra, es que encontrándose necesariamente detrás de su tropa, se vería libre del primer choque de la salida que podrían intentar los sitiados.

—¡Fuego! ¡y que el Cielo nos ayude!—repitió empujando a su pelotón.

Y sonó la descarga.

A una distancia tan corta, las balas, llegando en masa sobre el tabique, lo hundieron en parte, y antes de que los marineros hubiesen vuelto a cargar sus armas, una masa espantosa les derribó y pasó por encima de ellos lanzando horribles mugidos.

—¡Desconfiad!—gritaba Santiago, que estaba guarecido detrás de uno de sus valientes al que hacía servir de escudo—; desconfiad, es una astucia de guerra; quieren caer de improviso sobre nosotros; volved a cargar las armas.

—Señor teniente—dijo uno de los marinos—, ¡pero si el sitiado tiene el más hermoso par de cuernos que jamás cristiano alguno haya tenido plantados sobre la cabeza!...

—¡Apresad al monstruo!—gritó Santiago retrocediendo con su escudo viviente—, es el condenado, apresadle... Vade retro, Satanas... ¡Santiago, San José, tened piedad de nosotros!

—Pero, teniente... si esto no es... más que un buey ¡por la Virgen! un excelente buey que se mueve. ¡Con siete balas en el cuerpo!

Y la luz que se trajo de la cámara, permitió comprobar la exactitud de este curioso boletín. Era, en efecto, un buey destinado a la comida de la tripulación de la tartana, y que se habían probablemente visto obligados a dejar al abandonar la embarcación.

—¡Un buey! ¡un innoble buey!—decía Santiago—. Un plan de ataque combinado con tanta sangre fría y ejecutado con tanta audacia para... ¡para apoderarnos de un buey al abordaje!

—Nos lo llevaremos, ¿verdad, teniente? Nos vendrá al pelo porque ¡hace tanto tiempo que no comemos carne fresca!

—Os guardaréis de ello... ¿lo oís?—repuso Santiago con cólera—. ¡Qué brutos y qué asnos sois! es decir, que queréis exponeros a las burlas de vuestros camaradas presentando ese hermoso trofeo... Me opongo terminantemente; subid al puente, seguidme, cerrad las escotillas, y sobre todo, una vez a bordo, no desmintáis ni una palabra de lo que diré al capitán, tanto en vuestro interés como en el mío.

Santiago volvió a bordo de la escampavía, donde ya comenzaban a estar inquietos, e hizo con una rara imprudencia, un relato detallado de su combate con el gitano y sus demonios.

—En fin—añadió—, en fin, lo cierto es que todos están muertos o fuera de combate.

Al escuchar aquella heroica narración, en que la intrepidez de Santiago se revelaba por primera vez, el capitán Massareo, que conocía perfectamente la cobardía de su segundo, no concebía un cambio tan rápido; pero, acordándose de la quijada de Sansón, de la burra de Balaam, y de tantos otros milagros, acabó por mirar a Santiago como un elegido a quien Dios había animado de pronto con un soplo divino, para darle la fuerza de combatir a un réprobo, a un hijo del ángel rebelde. De modo que una vez que hubo adoptado esta desgraciada idea, creyó ciegamente todas las tonterías y todas las mentiras que Santiago tuvo a bien contarle.

—¿Y el gitano?—preguntó el capitán.

—El gitano, capitán, estaba probablemente disfrazado, pero yo estoy convencido de que ha muerto también. ¡Diablo de sangre, cómo mancha!—dijo Santiago que quería sin duda desviar la conversación de un asunto tan delicado, y se interrumpió para limpiarse un ancho trazo de sangre que surcaba su vestido, último vestigio de la agonía del pobre cuadrúpedo.

—¿Está usted herido, valiente Santiago?—preguntó el capitán con interés—. ¡A ver!

—No, no, por mi madre, no verá usted nada. Es una insignificancia, una tontería—respondió Santiago con una indiferencia afectada, retrocediendo precipitadamente—; pero lo que es importante, capitán, es echar a pique ese nido de demonios. Las escotillas están cerradas, es cuestión de unos cuantos cañonazos, y habremos purgado la costa del más grande bandido que jamás haya infestado la costa.

Massareo se moría de deseos de preguntar por qué no habían traído prisioneros que hubieran podido dar fe del feliz éxito de la expedición; pero comprendiendo que tendría que encargarse él de esta segunda misión, y como ello no era muy de su gusto, accedió a todo lo que quiso el valiente y bienaventurado Santiago, y comenzó a cañonear vigorosamente la pretendida tartana del gitano, que no podía resistir largo tiempo un fuego tan nutrido.

IX

EL RELATO

No matarás. Mand. de la ley de Dios.

Mientras que el bravo Massareo destruía una de las tartanas, la otra salía del canal de la Torre, y navegaba con habilidad a pesar de las ráfagas del levante, cuya violencia disminuía, sin embargo, sensiblemente.

No había nada en el mundo más resplandeciente que la pequeña cámara de aquel buque, en la cual dos invitados estaban comiendo. Un enorme globo de cristal pendiente del plafón, proyectaba una claridad viva y pura sobre un rico tapiz turco, de un azul brillante, en el que se veían bordados hermosos pájaros rojos que desplegaban sus alas doradas, y tenían entre sus patas de plata largas serpientes de escamas verdes como esmeraldas; un diván de raso obscuro, daba la vuelta a toda la pieza.

En el centro, y cerca del diván, se levantaba una mesa servida con gusto y riqueza exquisitos; pero en lugar de ser sostenida sólo por las patas, cuatro ligeras cadenas la ataban al suelo, para librarla de los vaivenes. El tinto de Rota, el Jerez y el Pajarete centelleaban en preciosos frascos de cristal cuyas mil facetas reflejaban una luz cambiante y coloreada como los matices del prisma, mientras que los racimos de Sanlúcar, de granos violados y aterciopelados, las brevas de Medina, las granadas de Sevilla, que el sol había abierto, y las naranjas de Málaga, se elevaban en elegantes pirámides en las cestas tejidas con un ligero hilo encarnado, tal como se ven en Esmirna; el mantel, resplandeciente de blancura, estaba atravesado, según la moda oriental, por brillantes dibujos de oro y de seda.

Unicamente sencillas botellas de un verde obscuro, de cuello largo y estrecho, de tapón lacrado y sujeto por alambre, botellas, en fin, que olían a Francia y a champaña a una legua, contrastaban singularmente con el lujo y el aparato asiático que dominaba en aquella pieza.

Y era efectivamente champaña, porque dos copas cónicas y cilíndricas, que se levantaban sobre su ancho pie de cristal, aparecían gloriosamente llenas, y el licor rosado que hervía y centelleaba, elevó bien pronto su espuma temblorosa por encima de los bordes del vaso.

—¡Atención, comandante, la marea sube!

Esto decía el joven imberbe que mandaba aquella tartana, sosia de la del gitano, perseguida con tanto encarnizamiento y desgracia por los dos guardacostas, mientras que el comandante desembarcaba el contrabando del convento de San Juan al pie de las rocas de la Torre...

La misma tartana de que el valiente Santiago se apoderara al abordaje con un buey y sus cuernos y que el no menos valiente capitán acababa de destruir a cañonazos.

—Comandante, la marea baja, y si usted no tiene cuidado habrá bajado del todo en un instante—repitió el muchacho, y de un trago apuró lo que él llamaba la marea, de modo que su vaso quedó seco—. ¡Cómo amo este vino de Francia! Porque nuestro Jerez y nuestro Málaga, con su color amarillo sombrío, me parecen tan tristes como el canto de una dueña; mientras que el color rosado y riente de este champaña me llenan el alma de alegría. ¡Dios de verdad! Es como si oyese a mi Juana rasguear en mi guitarra un vivo bolero. Por mi fe; viva el vino de Francia—repuso dejando tan vivamente el vaso sobre la mesa, que lo rompió.

Este ruido sacó al otro comensal de su ensimismamiento: era el gitano.

—¡Francia, Blasillo! palabra ¡es un digno país!

—¡País de hospitalidad!—dijo Blasillo apurando un segundo vaso de champaña.

El gitano miró, inclinó la cabeza hacia atrás recostándola sobre los cojines del diván, y soltó una carcajada.

—Y de la libertad—continuó Blasillo en el mismo tono.

Aquí las carcajadas del gitano fueron tan violentas que resonaron por encima del ruido de la tempestad eme mugía fuera, con gran confusión del pobre Blasillo, que le miraba con aire de disgusto y de estrañeza.

El gitano lo advirtió.

—Perdón, Blasillo, perdón, hijo mío; pero tu ingenua admiración por ese dulce país de Francia, como le llaman, ¡me ha recordado tantas cosas!...

Después de un momento de silencio, el gitano se pasó rápidamente la mano por la frente, como para desechar una idea penosa, y dijo sonriendo:

—Ahora que ya no podemos dedicarnos al contrabando y que nuestra escuadra ha quedado reducida a la mitad, ¿a dónde iremos, Blasillo?

—¡A Italia, comandante! Como aquí, el sol es caliente, el cielo azul, los árboles verdes; como aquí, las mujeres son morenas, cantan acompañándose de una guitarra y se arrodillan delante de la Virgen; sin contar con que más de una ensenada de la costa de Sicilia ofrecería un bueno y seguro refugio a la tartana. Vamos, ¡rumbo hacia Italia, comandante!

—¡A Italia!... no, porque los asesinos son castigados con la muerte, ¿no lo sabes, Blasillo?

—¡Dios mío! ¡usted asesino!—dijo el muchacho con espanto.

—Escucha. Blasillo, yo tenía catorce años; mi hermana Sed'lha y yo conducíamos a nuestro padre que apenas podía andar, cuando cayó herido de un tiro de carabina. Era el fruto del odio santo, que nos tenía un cristiano. Yo no llevaba encima más que mi estilete; me lancé en persecución del asesino le alcancé cerca de una roca. El era fuerte y vigoroso, pero la sangre de mi padre había manchado mis ropas... y le degollé con fruición. He aquí cómo abandoné Italia con mi pobre Sed'lha ¿qué habrías hecho tú, Blasillo?

—Hubiera vengado a mi padre—dijo el adolescente después de un momento de expresivo silencio—. Viremos en redondo, comandante—añadió con un profundo suspiro—, y vayamos a Egipto. Se dice que Mehemet Alí e Ibrahim acogen muy bien a los extranjeros. Vamos a Alejandría...

—Es una hermosa ciudad Alejandría: es allí donde yo desembarqué al huir de Italia. Un buen emir me recogió con mi hermana y me envió al colegio, porque hay más instrucción y más colegios en Alejandría que en todas las Españas, Blasillo.

—Le creo a usted, comandante.

Aprendí allí la lengua francesa, el español, la ciencia de los números, el arte náutico. Salí de allí hecho un buen marino.

—¡Y que lo diga usted!

—Al cabo de seis años yo mandaba un brick, que tuvo un encuentro con el brulote de Canaris, Blasillo.

Este hizo el saludo militar.

—Y volví a puerto para reparar las averías y reclutar una nueva tripulación, lo que ocurría siempre que se encontraba a Canaris. En Alejandría me recibieron afectuosamente. Verdaderamente es una alegre ciudad, sobre todo en las hermosas tardes en que el sol se pone detrás de las arenas del desierto y cuando dora con sus rayos el harem de Mehemet, las fortificaciones del viejo puerto, el palacio del faraón y la columna de Pompeya. Entonces el aire del mar refresca el aire abrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, y uno, tendido sobre un muelle cojín, aspira el vapor del tabaco levantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, y después, una hermosa joven de Candía o de Samos, se arrodilla ante uno ofreciéndole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamente cincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazo pasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza de ángel que se dibuja como una aparición fantástica en medio de un humo azulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile.

Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetas centelleantes de los frascos de vidrio:

—Vamos a Alejandría, comandante—dijo incorporándose.

—¡A Alejandría! ¿qué te parecería, mi querido niño, si te sentasen sobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes? ¡flecha, por otra parte, brillante y dorada! ¿y si se te dejase en esa incómoda posición hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas de tus grandes ojos negros?

Esta proposición apagó el ardor de Blasillo, que llenó prestamente su copa sonriendo:

—Viremos, pues, en redondo, comandante.

—Sí, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprés de mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado.

—¿Y por qué, comandante?

—¡Oh! porque yo hundí cinco veces mi kangiar en la garganta del buen anciano emir que nos recogía a Sed'lha y a mí, y me hizo instruir como un rabino.

—¡Dios del Cielo! ¡otro asesinato! ¡Usted asesino de su bienhechor!

—Había abusado de la hospitalidad que nos diera para seducir a mi hermana, con la que no podía casarse. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar, Blasillo?

El joven español ocultó la cabeza entre sus manos.

—¿Y su hermana?—preguntó.

—Me quedaba aún una última prueba de afecto que darle, y se la di.

—¿Cuál?

—La maté, Blasillo.

—¿Mató también a su hermana? ¡Usted fratricida! ¡Anatema!

—¡Niño! ¿sabes tú qué suerte espera en Egipto a una joven de mi raza que se ha dejado seducir, cuando el seductor es casado? La despojan de sus vestidos y la pasean desnuda por la ciudad; después la mutilan del modo más horrible, la meten en un saco y la exponen a la puerta de una mezquita, donde todo hombre, incluso un cristiano, puede llenarla de golpes, de injurias y de barro... ¿Qué hubieras, pues, hecho más por tu hermana, Blasillo?

—¡Siempre asesinatos, siempre! No obstante, yo admiro a usted—dijo Blasillo anonadado.

—¡Bebamos, niño! ¿ves? la espuma plateada tiembla y chisporrotea. Bebamos, y arrojemos a la sombra los negros recuerdos del pasado. ¡Por tu amante Juana, por sus ojos negros!

Blasillo repitió casi maquinalmente:

—¡Por Juana y sus ojos negros!

—Blasillo, ¿dónde iremos a arrojar el áncora?

—Propongo que en Francia, comandante—y mostraba su copa medio vacía—, porque, por mi Juana, ¡si los franceses se parecen a su vino!...

—Justo, Blasillo, justo. Como su vino, ellos estallan, chisporrotean y se evaporan.

—Pero por lo menos no habrá allí, así lo espero, minaretes de flechas agudas sobre los cuales sienten a las gentes, mezquitas donde insulten a las jóvenes, y cristianos que degüellen a un anciano como un corzo. Además, usted no ha estado allí, ¿verdad, comandante?

—Sí, Blasillo.

—¿Y permaneció usted mucho tiempo en ese hermoso país?

—Blasillo, cuando salí de Egipto, vine a Cádiz, en tiempos de las Cortes; ofrecí mis servicios y no me preguntaron si llevaba la cruz o el turbante, pero me hicieron maniobrar una hermosa fragata de guerra, y cuando vieron que yo servía para el caso, me la confiaron. Hice algunos afortunados cruceros, y sobre todo recorrí la costa con el mayor cuidado. Más tarde, cuando la santa alianza tuvo que reconocer que tu dulce país tenía la fiebre amarilla...

—¡Por mi Juana! era una fiebre de libertad.

—Bien, Blasillo, fue un pequeño acceso de libertad, corto y rápido, que la santa alianza detuvo prontamente con un poco de pólvora de cañón. ¡Hermosa victoria! porque tus compatriotas que no tiran jamás sobre un hombre que lleva un crucifijo, tuvieron que bajar sus armas ante las cruces, los pendones y los religiosos que precedían al ejército francés, y se arrodillaron ante el enemigo como al pasó de una procesión. De modo que ésta fue una victoria, una victoria de agua bendita, Blasillo. Yo seguí otro sistema; dejé pasar las tonsuras y tiré sobre los soldados. Por esta causa, cuando la paz de Cádiz, fui condenado a muerte por masón, comunero, rebelde y hereje, que viene a ser lo mismo. Huí a Tarifa, donde me refugié con Valdés y algunos otros hombres. Nos sitiaron, y al cabo de ocho días de una vigorosa defensa, tuve la suerte de caer moribundo entre las manos de un oficial francés que favoreció mi fuga, y me dirigí a Bayona y de allí a París.

—¿A París, comandante? ¿Usted ha estado en París?

—Sí, hijo mío; y allí, vida nueva; reanudé la amistad con un capitán de la marina que había conocido en el Cairo en el momento en que iba a ser decapitado por haber levantado el velo a una de las mujeres de un fellah. Yo le salvé a bordo de mi brick. Al encontrarme en Francia, quiso atestiguarme su agradecimiento, y me presentó a un pequeño número de amigos, como un proscrito de la Inquisición. Entonces recibí tantas y tan calurosas protestas de interés, que me conmoví, Blasillo. Bien pronto el círculo se engrandeció, y todos quisieron oírme contar mi desgraciada existencia. Yo me presté a ello; siempre es dulce hablar de sus desgracias a quien las compadece, y hay en ello como una miserable coquetería que impulsa a decir: Ved cómo mi herida sangra aún. Pero mi vanidad fue cruelmente castigada, porque advertí un día que se me hacía repetir con demasiada frecuencia mis desgracias. Más desconfiado, estudié aquellas almas generosas, y escuché las reflexiones que hacían nacer mis confesiones. Entonces pude apreciar el interés que se tenía por el hombre que ha sufrido mucho. Al principio quedé anonadado, después me dio risa. Figúrate tú, Blasillo, que querían a todo precio emociones nuevas, como ellos decían, y, para proporcionárselas habrían asistido, creo yo, a la agonía de un moribundo, y habrían analizado uno a uno todos sus movimientos convulsivos. Y, a falta de mi agonía, explotaban el relato de mis males, y se complacían en hacer vibrar cada cuerda dolorosa de mi corazón, para apreciar su sonido. En cuanto a mí, con los ojos chispeantes, el pecho hinchado por los sollozos, les contaba la agonía de mi pobre hermana y mis horribles imprecaciones cuando vi que estaba muerta... muerta para siempre... entonces ellos, palmoteando, decían: «¡Qué expresión! ¡qué gesto! ¡Qué bien representaría el Otelo!» Sí, cuando yo les contaba mis combates por la independencia de España, que me habían proscrito; cuando mi exaltación africana llegaba hasta el delirio y yo gritaba jadeante: ¡libertad! ¡libertad!... ellos decían: «¡Qué hermoso está! ¡Qué bien representaría el Bruto!» Y después, cuando habían asistido a la tortura moral que me imponían exaltando mis recuerdos, se iban tranquilamente al baile, a sus ocupaciones, a otros placeres: porque para ellos todo estaba dicho: la comedia ya había sido representada. Entonces, yo creía despertar de un sueño, y me encontraba solo con mi amigo el capitán de barco, orgulloso de mí, como el que exhibe un tigre aprisionado.

—¡Infame!—exclamó Blasillo.

—No, Blasillo; aquellas buenas gentes trataban de distraerse. ¡El día es tan largo! y además, ¿de qué podía quejarme? no me habían silbado, al contrario, me aplaudían. ¿Qué quieres? mi vida es un papel; así como así, todo es comedia: amistad, valor, virtud, gloria, abnegación.

—¡Oh! ¡comandante!—exclamó Blasillo con amargura.

—¡Todo, muchacho, todo! hasta la piedad de las mujeres por la desgracia. Y si no, escucha; yo amaba con pasión a una mujer hermosa, joven, rica y brillante. Una tarde, yo me había deslizado en su tocador antes de la hora, y acurrucado detrás de un espejo, esperaba. De pronto, se abre la puerta, y Jenny entra con una mujer hermosa, joven también. Bien pronto vinieron las confidencias, y como su amiga le envidiase mi amor, ella respondió: «¿Crees que le amo? no, condesa; pero me choca y me enternece; me da miedo y me divierte. ¡Qué pálidas resultan las lamentaciones de un héroe de novela al lado de su desesperación! porque, querida mía, cuando el pobre muchacho llega al capítulo de sus disgustos pasados, llora con lágrimas de verdad y, ¿lo creerás tú? me conmuevo» añadió riendo fuertemente. Ya ves, Blasillo; había faltado a sus deberes y se había entregado a mí para hacerme representar sucesivamente los remordimientos, el furor o el amor; me inspiró piedad entonces, Blasillo. ¡Bebamos, muchacho! ¡Por la hospitalidad de Francia, como tú dices, por la libertad!... Una mañana, mi amigo el capitán, vino a decirme que mi presencia en París podría encender de nuevo la antorcha de la revolución en España, y que si en el plazo de tres días no había abandonado Francia, me exponía a ser detenido y a ser conducido a la frontera... allí, ya comprendes lo que me esperaba. Viendo mi embarazo, el excelente hombre, que debía tomar en Nantes el mando de un negrero, me propuso partir con él; yo acepté, y diez días después estábamos a la vista del estrecho de Gibraltar: Mi buen amigo quiso dejarme en Tánger, donde yo permanecí algún tiempo; allí, el judío Zamerith, jefe de una de nuestras sectas de Oriente, me cedió las dos tartanas con sus tripulaciones de negros mudos, y tú, querido mío, y tú de propina; tú, pobre aspirante de marina, al que habían hecho prisionero a bordo de un yate, cuyo pasaje fue asesinado; ¡tú, pobre niño, que has querido unirte a mi suerte! ¿Amas, pues, al condenado? di, ¿me amas?

El gitano pronunció estas últimas palabras con aire emocionado. La única lágrima que en mucho tiempo había derramado, brilló un momento en sus ojos, y tendió la mano a Blasillo, que la asió con una exaltación inconcebible, exclamando:

—¡En vida y en muerte, comandante!

Y una lágrima obscureció también la mirada de Blasillo; porque todo lo que impresionaba el alma o la cara del maldito, se reflejaba en él como en un espejo.

No obstante, y aunque hubiese adoptado las ideas del gitano, esto no era en él la pálida y servil parodia de aquel carácter singular; pero este carácter resumía a sus ojos todos los rasgos que hacen al hombre superior, y lo copiaba como una bella alma copia a la virtud. Si quería compartir todos sus peligros, es que obraba movido por una especie de fatalismo, persuadido de que vivía de su vida y de que moriría de su muerte. En fin, aquel hombre singular era para aquel niño apasionado más que padre, amigo o jefe, era un dios.

Y en efecto, aquel compuesto de audacia y de sangre fría, de crueldad y de sensibilidad; aquel golpe de vista seguro y penetrante de profundo táctico, unido a una prontitud de ejecución siempre justificada por el éxito; aquel lenguaje, tan pronto cargado de los colores orientales, tan pronto abrupto y brusco; aquellos vastos conocimientos, aquellos crímenes, excusables y comprensibles hasta cierto punto, aquel interés que rodeaba al proscrito, aquella existencia prematuramente amargada, las amargas revelaciones de aquella alma fuerte y generosa, a quien el destino condujo a demostrar el amor filial por un asesinato, y el amor fraternal por otro asesinato; en fin, la vista de aquel réprobo, grande en medio de sus desgracias, todo aquello debía fascinar a una imaginación ardiente y joven. Así, el gitano ejercía sobre Blasillo aquella inevitable y potente influencia que un hombre tan extraordinario debía imponer a todo carácter exaltado; en una palabra, Blasillo experimentaba por él aquel sentimiento que comienza en la admiración y acaba en la abnegación heroica.

—¡Bebamos, Blasillo!—repuso el comandante, cuya mirada había recuperado su vivacidad habitual—, bebamos, porque acabo de hacerte una larga y aburrida confesión, hijo mío; únicamente ten presente que no has de volverme a hablar jamás de esto; ahora ya conoces mi vida. ¡Vamos! ¡por tu Juana!

—¡Por su monja, capitán!

—Ya la había olvidado, así como mi proyecto de escalo, porque los muros son elevados, Blasillo.

—¡Por el Cielo, comandante! si los muros del convento de Santa Magdalena son elevados, una flecha provista de un hilo de seda lanzada por una ballesta, puede llegar bien alto, y caer en el jardín del claustro.

—¿Y después, Blasillo?

—Después, comandante, la monjita que habrá recibido el hilo de seda, del cual usted habrá guardado un cabo, se lo notifica por un ligero movimiento; entonces usted ata una escala de cuerda a la extremidad del hilo que cae por la parte de fuera; la joven tira hacia ella, fija la escala en el muro, como ha hecho usted por la parte de fuera, y ¡por la Virgen! usted puede una noche entrar en el santo recinto y salir tan fácilmente como yo vacío esta copa.

—Por mi kangiar, joven, conoces el fuerte y el flaco del reducto, y, a fe mía, tengo deseos de...

En aquel momento, un viejo negro de cabellos blancos, el único tripulante que no era mudo, descendió rápidamente, se lanzó hacia la habitación, e interrumpió al gitano.

X

EL PRODIGIO

...Yo no sé, maestro, si es demonio o brujo; mi manta encarnada se ha vuelto negra, y he mellado mi larga espada escocesa golpeando el ala satinada de un joven cisne. Word'Wok, «Aventuras de Ritsborn, el buen loco».

—Y bien, Bentek—dijo el gitano al viejo negro—, ¿qué quieres? ¿Por qué has llegado aquí saltando y debatiéndote como un tiburón al que clavan el harpón?

Pero Bentek, viviendo entre mudos, había acabado por tomar horror a la palabra y por perder casi la costumbre de hablar; de modo que no respondió más que por el monosílabo ¡pom!... ¡pom!... que acompañaba con gestos bruscos y precipitados.

—¡Ah! ya caigo—dijo Blasillo—; el viejo cormorán quiere probablemente hablar del cañón.

Blasillo no se equivocaba, porque apenas había terminado de hablar, cuando un cañonazo lejano se oyó, después otro y después otro. Finalmente, advirtieron un vivo cañoneo.

Eran los valientes de Massareo que destruían la otra tartana.

—¡Por los santos del paraíso!—exclamó el ardiente joven—, ya habla el cañón.

El gitano escuchaba silenciosamente, mientras que Bentek continuaba sin interrumpirse sus ¡pom!... ¡pom! y su viva pantomima. Blasillo, poniéndose apresuradamente un cinturón, colocaba en él su sable, su puñal y sus pistolas. Tenía ya el pie en la primera grada de la escalera del sollado, cuando el gitano, que se había hundido en el diván, le gritó:

—Blasillo, bebamos, hijo mío, y hablemos de la monja y del escalo del convento de Santa Magdalena.

—¡Beber... hablar!... ¿en este momento?—preguntó Blasillo, confundido, abandonando el cordón de seda rojo que iba a servirle para subir la escalera.

El gitano miró fijamente a Bentek, e hizo un gesto que el viejo negro comprendió en toda su expresión, porque en dos saltos desapareció.

—Sí, hijo mío, bebamos en este momento; porque, Blasillo, tú eres como el joven y ardiente savo que, como no distingue el grito inofensivo del alción del grito de guerra de la gaviota, afila sus uñas y su pico para sostener un combate imaginario.

—¡Cómo!...

—Escucha atentamente ese ruido, y no oirás que esos cañonazos sean contestados; si tú no estuvieses aquí, si no te hubieses visto obligado por ese levante del infierno a abandonar la pobre hermana de mi tartana, que, completamente desamparada, flota ahora al capricho de las olas como el nido desierto de una gaviota; si tú no estuvieses aquí, querido, yo no me quedaría tendido sobre este sofá, porque temería por ti. Así, pues, calma ese ardor, Blasillo; se trata seguramente de algún buque que ha zozobrado y que pide auxilio. Pero se equivoca; lo que hice ayer por ti, Blasillo, no lo hubiese hecho ni lo haré jamás por nadie.

—Le debo la vida una segunda vez, comandante; sin usted, sin la tempestad que me arrojó a su paso, yo me hubiera hundido con la desgraciada canoa en que navegaba al dejar la tartana.

—Pobre niño, tú habías maniobrado, sin embargo, con una rara habilidad para conducir a esos pesados guardacostas lejos de la punta de la Torre, mientras que yo desembarcaba el contrabando del tonsurado... Mala noche para él, Blasillo; ¿por qué blasfemaba?... el buen Dios le ha castigado—añadió riendo y vaciando su copa.

—¡Por el alma de mi madre, comandante! la segunda tartana marchaba como una dorada, ¡qué ligereza! hubiese virado en redondo en un vaso de agua. ¡Ay! ¿qué queda ahora de ese bonito y fino buque? ¡nada!... algunas planchas rotas o empotradas en las rocas.

—¿Llegué, pues, bien a propósito, Blasillo?

—¡Dios del Cielo! comandante, había perdido el palo mayor y el bauprés; las tres cuartas partes de la tripulación habían sido barridas por las olas, y las bombas no bastaban para achicar el agua ¡ay! No tuve más remedio que abandonar el buque, que a estas horas ya debe haberse hundido.

En aquel momento, el ruido del cañoneo se oyó tan distintamente, que el gitano se lanzó hacia el puente, seguido de Blasillo.

La noche era sombría y fresca, y el condenado, encontrándose en la misma dirección que la escampavía de Massareo, que tiraba del lado opuesto, había podido aproximarse sin ser visto, ya que el fogonazo de las andanadas no iluminaba más que el casco del navío sobre el cual tiraban.

El réprobo se dejó ir aún un instante, hizo apagar todas las luces, y se puso al pairo a medio tiro de fusil del guardacostas, que continuaba disparando, y cuyos tripulantes, atentos, estaban agrupados sobre los empalletados. Se oían perfectamente las voces de Santiago y del valiente Massareo.

—¡Por el Cielo! ¡es el casco de la otra tartana el que hunden esos perros!—exclamó Blasillo en voz baja, mostrando al gitano los restos del pobre buque, que, iluminado a cada andanada, comenzaba efectivamente a hundirse—. ¡Fuego sobre ellos, comandante, fuego!

—Silencio, niño—respondió el condenado.

Y se llevó a la cámara a Blasillo, haciendo descender también a Bentek.

Se sabe que después de la heroica expedición de Santiago contra la tartana que sólo tenía un inocente buey por todo defensor, se sabe que, vuelto a bordo, el digno teniente de la Urna de San José, había decidido al capitán Massareo a destruir la embarcación, esperando así borrar las trazas de su mentira.

Su voz agria y chillona lo dominaba todo a bordo de la escampavía.

—¡Vamos, valor, hijos míos!—decía—, Dios es justo y por su asistencia y la mía nos vemos libres de ese infernal gitano.

—¡Cómo!—preguntó el honrado Massareo—, ¿está usted bien seguro, Santiago, de que el condenado está entre el número de los muertos?

—¿Dónde quiere usted que esté, capitán? Con semejante tiempo no era posible salvarse a nado. Pero, escuche—dijo al ver que la tartana ya se hundía—; he querido reservarle una sorpresa; tengo la certeza de que ha muerto, porque yo mismo lo he derribado al suelo y lo he agarrotado.

—¡Tú!—dijo Massareo con aire de incredulidad.

—¡Yo!—contestó Santiago con un impudor inconcebible.

—Santiago, si puedes darme pruebas de lo que dices, ¡por el dedo pequeño del pie de San Bernardo!, la aduana y el señor gobernador de Cádiz te darán más escudos que los que necesites para armar y equipar un buen buque de tres palos y hacer viajes a Méjico.

—Una prueba, capitán... aunque no fuesen más que esos horribles aullidos... ¿cree usted que un hombre ordinario puede gritar de esa manera?... ¿quién quiere que sea más que el condenado?

Se trataba del desgraciado buey, que, presintiendo su fin, mugía lamentablemente.

—La verdad es, Santiago—repuso el capitán estremeciéndose—, que ni usted ni yo pediríamos socorro de esa manera.

—¡Y si hubiese visto usted al maldito—continuó Santiago—cuando yo le planté dos balas en el costado! ¡si usted hubiera visto al monstruo cómo se debatía! pero ¡por los siete Dolores de la Virgen! su sangre era negra, negra como el alquitrán, y olía tan fuertemente a azufre, que Benito creyó que quemaban mechas en la cala.

—¡Santa Virgen, tened piedad de nosotros!—dijo el bueno de Massareo interesado hasta el último punto—; pero, ¿por qué ha tardado usted tanto en dar esos detalles?

Como partió una andanada al mismo tiempo que la pregunta del capitán, Santiago aparentó no haberla oído, y continuó con una imperturbable impudicia:

—Aún le veo, capitán, todo vestido de rojo ¡el malvado! con unas calaveras bordadas de plata, y después una talla... ocho pies y algunas pulgadas; unos hombros... unos hombros anchos como la popa de la escampavía, y después una barba roja, cabellos rojos, ojos brillantes, y unos dientes... es decir, unos colmillos como un jabalí. En cuanto a los pies, los tenía torcidos como las patas de mi carnero Pelieko.

Massareo bendecía a Dios, persignándose de que, por su voluntad, se hubiera podido librar a la costa de un tal réprobo.

En aquel momento, la tartana se hundió destrozada, entre los alegres gritos de la tripulación del guardacostas, y el espesor de las tinieblas, que, durante aquel largo cañoneo, habíanse disipado a intervalos, parecía aumentar. El mar estaba casi tranquilo, y no se notaba más que una débil brisa del Sud.

—En fin—exclamó el capitán—, por la intercesión de Nuestra Señora y por el valor de Santiago, que puede contarlo como un milagro, nos hemos desembarazado de ese demonio. Pero que se haga la voluntad de Dios en todas las cosas. Hijos míos, de rodillas, y demos las gracias a Dios por ese testimonio de su bondad hacia los bienaventurados, y de su cólera contra los malditos.

—Amén—respondió la tripulación, que se arrodilló, y todos entonaron una especie de Te Deum de un efecto muy agradable.

El aire era pesado, la noche sombría, y a dos pasos no se distinguía un bulto.

Al fin del primer versículo se hizo el silencio, un profundo silencio. Massareo, solo, dijo:

—Dios de bondad, que velas por tus hijos y los defiendes contra Satanás...

No pudo decir nada más.

El, Santiago y todos los tripulantes, quedaron petrificados sobre el puente, con los ojos fijos, extraviados, y en una espantosa inmovilidad.

—Palabra de honor... creo...

Ya sabéis que el mar estaba tranquilo, la noche obscura... todo obscuro... ¡Pues bien!

Un inmenso foco de una luz roja y brillante se levantó de pronto; el mar, reflejando aquella claridad deslumbrante, hizo rodar olas de fuego, la atmósfera se inflamó y las cimas de los peñascales de la Torre se tiñeron de una luz purpurada, como si un vasto incendio hubiera hecho presa en la costa.

Aquella luminosa aureola era surcada en todas direcciones por largas, cintas de fuego que estallaban en mil chispas, se entrecruzaban y caían en lluvia de oro o de azul o de fuego. Eran millares de ardientes meteoros que centelleaban chisporroteando, vivos y frecuentes relámpagos de una blancura deslumbrante.

Y después, en medio de aquel lago de fuego aparecían el gitano y su tartana.

Era el gitano en persona rodeado de su tripulación de negros, cuyas repugnantes figuras semejaban máscaras de bronce enrojecidas al fuego...

El gitano, sobre el puente de su buque, completamente vestido de negro, con su gorro adornado de una pluma blanca, los brazos cruzados y montado sobre su caballito que llevaba una rica gualdrapa de púrpura, y cuyas crines, trenzadas de hilo de oro, caían formando globitos de cristal y de pedrería, sujetos con cintas de plata.

Al lado del réprobo y apoyado en el cuello de Iscar, se veía al joven Blasillo, vestido de negro también, y teniendo en la mano una larga carabina damasquinada; después, Bentek y sus negros, formados en dos filas, rodeaban silenciosamente los cañones, y el ligero humo blancuzco que se elevaba de cuando en cuando probaba que las mechas estaban encendidas y las piezas cargadas.

No había nada en el mundo más imponente que aquel espectáculo, que semejaba una aparición satánica; porque el profundo silencio de la tripulación del réprobo, su inmovilidad, el buque negro que, a los ojos de los españoles, que ignoraban que el gitano tuviese dos tartanas, parecía surgir del fondo del abismo en medio de oleadas de luz y de llamas, en el momento mismo en que la creían destruida para siempre; el rostro tranquilo y frío del condenado, cuya mirada tenía algo de sobrehumano, todo esto debía aterrorizar al desgraciado Massareo y a sus acólitos que no vieron en esta aventura pirotécnica más que el triunfo de Satanás.

La voz del condenado tronó, y toda la tripulación de la escampavía, que estaba arrodillada y como fascinada ante aquel extraño espectáculo, cayó de bruces contra el puente.

—¡Y bien!—dijo el gitano—, ¡y bien, valiente guardacostas, ya ves que ni el viento ni el fuego pueden nada contra mí, y que cada una de tus balas han reparado una de mis averías. ¡Por Satanás! mi dueño, ¿te atreverás aún a perseguir al gitano, creerás aún que miserables como tú y los tuyos puedan detener en su carrera al que resiste a los embates de la tempestad y a la voluntad de Dios?

Nadie en la escampavía se atrevió a contestar esta impertinente fanfarronada.

—Pero, ¡por la ardiente pupila de Moloch! ¿no respondéis? Vamos, que ese capitán que ha restaurado mi tartana con tanta diligencia, que ese valiente capitán se levante, o destrozo su embarcación. ¡Palabra de honor! Pensad bien, hermanos míos, que vosotros no encontraréis como yo en el fondo del Océano bravos demonios de alas de fuego que, saliendo de los abismos de lava ardiente en que se agitan, tomen vuestra escampavía sobre sus hombros para ponerla a flote. Porque la claridad que vosotros veis, hermanos míos, no es más que el reflejo de sus alas que han desplegado un momento. Por última vez, capitán, levántate, o atacaré tu navío con un cierto fuego que el agua bendita y los exorcismos no podrán apagar, te lo juro.

Los españoles sufrieron un instantáneo sobresalto, como si hubiesen recibido una conmoción eléctrica, pero nadie se levantó.

—¡Por la uña de Belcebú! es sin duda ese héroe del frac azul y de la charretera de oro que oculta su cabeza detrás de un cañón y que no se menea más que un pescado muerto... Blasillo, hijo mío, haz que esconda esa pierna que se le ve aún, porque el valiente se desliza como una culebra a lo largo de ese afuste.

Blasillo dejó caer el gatillo de su larga carabina, y el capitán Massareo, por el brusco movimiento que le hizo hacer su herida, se encontró casi sentado en el puente, fijando en el gitano unos ojos mortecinos que miraban sin ver.

Creo que la bala de Blasillo le había roto una pierna.

—Ve a decir a los sabuesos de la aduana y al señor gobernador de Cádiz, que yo hubiera podido destrozar e incendiar tu buque, y que no lo he hecho. Mírame bien—añadió el gitano poniéndose la punta de su índice en la frente amplia y despejada—, mírame bien, para que te acuerdes del condenado y de su clemencia; pero como mañana podrías creer que se trataba de un sueño, he aquí lo que te probará la realidad de tu visión. ¡Adiós, valiente!

Al mismo tiempo tomó una mecha de las manos de Bentek, y se aproximó a un cañón; el disparo partió, la bala silbó, rompió el palo de mesana del guardacostas, hundió una parte de la borda, mató dos hombres e hirió tres.

Apenas había resonado el cañonazo, cuando el inmenso foco de luz en medio del cual apareciera el gitano, se extinguió como por ensalmo, y la obscuridad profunda que reemplazó a aquella claridad deslumbrante, hizo las tinieblas más espesas aún; ya no se distinguía nada, ni se oía nada.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—Y bien, Blasillo, ¿qué dices tú de mi venganza?—preguntó el gitano a su joven compañero después que se hubieron alejado mucho de la escampavía por medio de los largos remos de la tartana, cuidadosamente envueltos, de modo que la misteriosa desaparición del gitano pudiera pasar a los ojos de los españoles por un nuevo prodigio.

—¡Su venganza, comandante, su venganza! ¿Cómo hubiera tratado, pues, a los amigos?... ¡Dejar a esos miserables!... ¡Por la Virgen! ¡si supiera usted lo que yo he sufrido viendo a la pobre tartana caer pieza a pieza bajo el cañón de esos cobardes!

—¡Tú eres un niño, querido! si yo hubiera hundido a esos miserables y a su embarcación, ¿quién lo hubiera sabido? Se les hubiera creído perdidos a consecuencia del huracán, y mañana, otras dos escampavías se pondrían en mi persecución. Mañana, Blasillo, ni un brick, ni una fragata, ni un navío se atreverá a ello, tan grande ha sido el terror que he sabido inspirarles. Hubiera matado a doce cobardes; así paralizo el valor de diez mil bravos, porque en tu dulce país se pelea valientemente contra los hombres, pero aun se teme al diablo... Ya lo saben los frailes; así ellos se sirven de Dios como yo de Satanás, Blasillo. Ves, otra comedia.

Blasillo no respondió nada, pero preguntó al gitano qué es lo que pensaba hacer.

—Palabra, hijo mío, no hay que pensar en el contrabando; no nos queda ya más que un camino, y es el de ir a ofrecer nuestros servicios a los insurrectos de la América del Sur; pero antes de partir quiero ver a la monja. El terror de tus compatriotas durará mucho tiempo, Blasillo; además, nuestro retiro continúa siendo tan seguro y tan secreto como antes; hablemos, pues, Blasillo, del convento de Santa Magdalena.

—Hablemos, comandante.

Hablaron, y largamente.

En cuanto a Massareo y su tripulación, esperaron el día en la misma posición, es decir, con la nariz pegada al suelo, y únicamente cuando el sol estuvo bien alto se atrevieron a levantar la cabeza; pero como no habían maniobrado durante aquella noche terrible, se encontraron varados sobre la costa de Conil, enfrente del faro de señales.

Entonces aquellos desgraciados, pálidos y maltrechos, se miraron con espanto, y de un brinco se plantaron en la playa, echando a correr con toda la velocidad de sus piernas, como si el gitano les pisara los talones.

Encontraron un asilo en Conil; allí contaron detalladamente el prodigio, y este relato, ya desnaturalizado por ellos, tomó, al pasar por los labios de los campesinos de Conil y sus alrededores, un carácter tal, que ya no se trataba de una tartana, sino de un inmenso navío, tripulado por legiones de demonios que vomitaban llamas, con sus alas de fuego, y llevando a la cabeza al gitano—o mejor dicho, al mismo Satanás, como ya se dijo juiciosamente en la barbería de Flores—, que se había precipitado al fondo del Océano, en el momento en que la tartana se hundía a los cañonazos del guardacostas; en fin, una historia digna del Romancero, pero que, por absurda que fuese, y según la predicción del gitano, tuvo durante largo tiempo a todo el litoral en jaque y llevó a su límite máximo el terror que inspiraba el nombre del condenado.

XI

AMOR

Quisiera poseer tantos sentidos como estrellas las hermosas noches para ocuparlos todos en nuestro amor; pienso que es por eso por lo que los ángeles son dichosos entre todas las criaturas. C. Nodier, «El rey de Bohemia».

¡Oh! ¡cuánto amo una noche de estío, una bella noche de España, con su cielo transparente y azul como en los más hermosos días de Francia, y su luna más brillante que su sol! porque entonces todo es misterio y silencio, todo se agranda en la obscuridad; porque entonces el ligero estremecimiento del ala matizada de una mariposa, una flor que, destacada de su aureola, cae zumbando sobre una hoja seca, el murmullo de las ramas que el aire agita y balancea, resuenan más fuerte a vuestro oído inquieto y atento que el cañón que truena en un día de fiesta.

¡Ved el convento de Santa Magdalena! ahora que el sol no le dora con sus rayos, ¡cómo se eleva imponente con sus negros y altos muros y sus vastos pórticos grises cortados en festones! ¡cuán bien sus pesadas torres, sus largas galerías desiertas encuadran en la sombría verdura de las viejas encinas! ¡cómo sus grandes sombras hacen resaltar la luz blanca y viva que alumbra los muros, platea los techos de plomo y la brillante flecha del campanario!

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