ÍNDICE (continued 2)
Tomás Orts-Ramos translation
—Muchachos, a vuestras piezas—dijo Kernok precipitándose hacia un banco con la bocina en la mano—; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! no hagáis fuego sin que os lo manden.
XI
EL COMBATE
¡El abordaje!... ¡El abordaje!... Unos se suspenden de las jarcias, otros se lanzan hacia los obenques. Víctor Hugo, «Navarin».
—¡Maestro Durand, balas!—¡Maestro Durand, acaba de declararse una vía de agua!—¡Maestro Durand, mi cabeza, mi brazo, mire cómo sangra!
Y el nombre del maestro Durand, el artillero-cirujano-calafate de a bordo, resonaba desde el puente a la cala, dominando el ruido y el tumulto inseparables de un combate tan encarnizado como el que se libraba entre la corbeta y el brick; y, en efecto, a cada andanada que enviaba, El Gavilán temblaba y crujía en su armazón, como si hubiese estado a punto de abrirse.
—¡Maestro Durand, balas!—¡La vía de agua!—¡Mi pierna!—repetían voces confusas.
—Pero ¡con mil diablos! un instante; no puedo hacerlo todo; llevar balas arriba, reparar abajo una avería, curar vuestras heridas... Es preciso empezar por lo primero, y después se ocuparán de vosotros, montón de vocingleros; porque, ¿para qué sois buenos ahora? sois tan inútiles como una verga sin velas y sin relingas.
—¡Maestro, balas! ¡pronto, balas!
—¡Balas! ¡santo Dios, qué cañonazos! si vais tan de prisa durante un cuarto de hora, las gargantas de nuestros cañones se secarán pronto. Tomad, hijos míos, y cuidadlas bien, son las últimas.
Entonces el señor Durand abandonó el saco de artillero para tomar el martillo del calafate, y se precipitó hacia la bodega para tapar la vía de agua.
—¡Voto a tal! sufro mucho—decía el maestro Zeli.
Estaba tendido en tierra en el fondo del sollado, iluminado apenas por un farol cuidadosamente cerrado; el muslo derecho estaba casi separado del tronco; en cuanto al izquierdo, una bala se lo había llevado.
A su alrededor gemían otros heridos, confundidos todos sobre el suelo, esperando que el señor Durand pudiese abandonar el martillo por el cuchillo.
—¡Voto a tal! tengo sed—continuó el maestro Zeli—; me siento débil; apenas si oigo hablar nuestros cañones; ¿es que están constipados?
Al contrario, las andanadas eran más fuertes y más frecuentes que nunca; lo que ocurría es que el oído del maestro Zeli estaba ya debilitado por la proximidad de la muerte.
—¡Oh! tengo sed—dijo—y frío, ¡yo que tanto calor tenía hace un momento!
Después, volviéndose a un compañero:
—Fíjate tú, polaco, ¿es que quieres quedarte tieso como ese que tienes al lado? ¡Oh! ¡el cochino! ¡qué feo es! ¡Toma! ahora pone los ojos en blanco.
Era uno que expiraba en las últimas convulsiones de la agonía.
—Durand, ¿vendrás de una vez?—gritó de nuevo Zeli—; ven a ver mi pierna, viejo mío.
—Al instante estoy para ti; otro martillazo nada más, y la avería que tenemos en la línea de flotación habrá desaparecido del todo... Bueno, ya te ha llegado el turno; ¿es que no somos cuñados?
—Sí, un poco—respondió Zeli.
El señor Durand descolgó el farol y lo aproximó al maestro Zeli que esbozó una entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba a dar a Durand.
—¡Toma!—dijo el cirujano-calafate-artillero—, ¿dónde está tu otra pierna, farsante?
—Allá arriba, sobre el puente, quizás aún... Vamos, desembarázame de ésta, porque me incomoda mucho. Parece que me han atado una bala de treinta y seis al pie. ¡Oh! y tengo sed, siempre sed.
Mientras examinaba la pierna del maestro Zeli, el señor Durand sacudió tres o cuatro veces la cabeza y silbó, muy bajo, es verdad, el aire del Botón de rosa, para acabar diciendo:
—Estás... fastidiado, viejo mío.
—¡Ah! pero, ¿de veras?
—Sí, sí.
—Entonces, si tú eres un buen muchacho, toma mi pistola y levántame la tapa de los sesos.
—Iba a proponértelo.
—Gracias.
—¿No tienes ningún encargo que hacerme?
—No. ¡Ah! sí; toma mi reloj; se lo darás a Grano de Sal.
—Bien. Vamos...
—¡Ah! me olvidaba; si el capitán no revienta allá arriba, dile de mi parte que ha mandado como un valiente.
—Bien. Vamos...
—¿De modo que tú crees que estoy lo que se llama...?
—Sí, a fe de hombre, y ya comprenderás que yo no querría hacer una mala partida a un amigo.
—Es verdad. Pero a pesar de eso siempre... Brrr... ¡Qué frío! Casi no puedo hablar... Me parece que mi lengua pesa tanto como un pedazo de plomo. Toma, ahora estoy mareado... Adiós, viejo. Otro apretón de manos... Vamos, ¿estás dispuesto?
—Sí.
—Perfectamente. ¡Fuego! eso me curará...
Cayó.
—Pobre b...—dijo el señor Durand.
Esta fue la oración fúnebre del maestro Zeli.
El señor Durand hubiera deseado quizá terminar todas sus operaciones tan caballerescamente, pero sus otros clientes, espantados de la violencia del tópico, que había, no obstante, dado tan buenos resultados en el maestro Zeli, prefirieron emplasto de estopa y de grasa, que el honrado doctor aplicaba indistintamente a todo y para todo, con un suplemento de consuelos para los moribundos. Tan pronto era: «¡Bah! Después de nosotros, el fin del mundo». O bien: «La próxima campaña debía ser ruda, el invierno frío, el vino malo»; y una multitud de otras gracias destinadas a endulzar los últimos momentos de los pobres piratas, que tenían el cuidado de abandonar una honorable existencia sin saber demasiado a dónde iban.
El señor Durand fue interrumpido bruscamente en sus cuidados espirituales y temporales por Grano de Sal, que cayó como una bomba en medio de siete agonizantes y de once muertos.
—¿Vienes a estorbarme en mi trabajo, perro?—dijo el doctor.
Y el grumete recibió con esta admonición una bofetada que hubiera abrumado a un rinoceronte.
—No, maestro Durand; al contrario, es que piden municiones allá arriba, porque acaban de enviar la última granada; y no crea usted, la corbeta inglesa ha quedado rasa como un pontón, pero sigue haciendo un fuego de mil demonios... ¡Ah! Mire, una bala se me ha llevado un dedo. Vea usted, maestro Durand...
—¿Y quieres que yo pierda el tiempo en mirar tu rasguño, bribón, perro?
—Gracias, señor Durand; lo cierto es que vale más eso, que tener un brazo de menos—dijo Grano de Sal envolviendo precipitadamente en estopa lo que le quedaba del dedo—. Pero mire—añadió—, ahí llega un parroquiano, maestro.
Era un herido que descendía al sollado; como estaba mal atado, cayó sobre el suelo, quedando muerto.
—Otro que ya está curado—dijo el maestro Durand que estaba absorto pensando cómo remediar la falta de balas.
—¡Municiones!... ¡municiones!—gritaban muchas voces con un acento de terror.
—¡Voto a tal! ¡aun cuando debiéramos cargar los cañones con grumetes, se hará fuego contra los ingleses!—exclamó el maestro Durand subiendo rápidamente al puente.
Grano de Sal le siguió, no sabiendo si la intención que el doctor había manifestado de emplearle como proyectil, era una broma o no. Pero, fiel a su sistema de consolarse, se dijo:
—Preferiría eso a ser colgado por los ingleses.
XII
SIGUE EL COMBATE
¡Silencio! todo ha terminado, todo se lo ha tragado el abismo. La espuma de los altos mástiles ha cubierto la cima. Víctor Hugo, «Navarin».
—¡Y bien! ¡o vienen balas, o somos hundidos como perros!—gritó Kernok al maestro Durand tan pronto como le vio aparecer sobre el puente.
—¡No queda ni una!—dijo el doctor rechinando los dientes.
—¡Que mil millones de rayos se lleven al brick! ¡y no tener nada, nada, para recibir a los ingleses que van a abordarnos! ¡Mira! ¡voto a tal! ¡mira!...
Y diciendo esto, Kernok empujó a Durand contra el empalletado, que caía a pedazos. En efecto, aunque la corbeta estuviese horriblemente averiada, se adelantaba viento en popa sobre el brick con un jirón de vela de su mesana, mientras que El Gavilán, que había perdido todas sus velas, no podía evitar el abordaje que el inglés quería intentar, y que había de serle ventajoso porque eran más.
—¡Ni una bala! ¡ni una bala! ¡San Nicolás! ¡Santa Bárbara, y todos los santos del calendario, si no venís en mi auxilio—gritó Kernok en un estado de espantosa exasperación—, juro hacer añicos vuestras hornacinas del mismo modo que rompo este compás! ¡Y que un rayo me pulverice si queda piedra sobre piedra de una sola de vuestras capillas en toda la costa de Pempoul!
Y el pirata, echando espumarajos por la boca, había arrojado contra el suelo una brújula.
Parece que los santos que Kernok implorara tan brutalmente, quisieron portarse como corresponde a gente canonizada. Los hombres hubieran castigado al temerario; los semidioses acudieron en su auxilio, demostrando así que su creencia etérea era superior a nuestras inteligencias estrechas y rencorosas.
Así, apenas Kernok había terminado su singular y horrible invocación, que, herido por una idea súbita, por una idea de las alturas, quizás, exclamó rugiendo de alegría:
—¡Las piastras!... ¡voto a tal! muchachos, ¡las piastras!... carguemos nuestras piezas hasta la boca: esa metralla vale tanto como la otra. El inglés quiere moneda; la tendrá, y bien caliente, tanto que, saliendo de nuestros cañones, parecerán más bien lingotes de bronce que buenos escudos de España... ¡Subid las piastras!... ¡las piastras!
Esta idea electrizó a la tripulación. El maestro Durand se precipitó hacia el pañol y bien pronto aparecieron tres barriles sobre el puente, unos ciento cincuenta mil francos aproximadamente.
—¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!—gritaron los diez y nueve piratas que quedaban en estado de combatir, ennegrecidos por la pólvora y por el humo, y desnudos hasta la cintura para maniobrar con más facilidad.
Y una especie de alegría feroz y delirante los exaltó.
—Esos perros de ingleses no podrán decir que somos avaros—exclamó uno—; porque esa metralla les pagará con creces el cirujano que les cura.
—Ya se ve que combatimos con una dama. ¡Voto a tal! ¡cuánta galantería! ¡balas de plata!...—dijo otro.
—Yo no pediría más que una carga como esa para divertirme en Saint-Pol—añadió un tercero.
Y efectivamente, echaban el dinero en los cañones a puñados, hasta ahogarlos. De este modo pasaron cincuenta mil escudos.
Apenas todas las piezas estuvieron cargadas, cuando la corbeta, que se encontraba cerca del brick, maniobró de modo de meter su bauprés en los obenques de El Gavilán; pero Kernok, por un movimiento hábil, evitó el choque y luego se dejó derivar por el inglés.
A dos tiros de pistola, la corbeta envió su última andanada, porque ella también había agotado sus municiones; también se había batido bravamente y también había hecho prodigio de valor durante las dos horas del encarnizado combate. Desgraciadamente, el oleaje impidió a los ingleses apuntar bien, y toda su andanada pasó por encima del corsario, sin hacerle daño.
Un marinero del brick hizo fuego antes de la orden.
—¡Perro aturdido!—exclamó Kernok, y el pirata rodó a sus pies, abatido de un hachazo.
—Sobre todo—añadió—, no hagáis fuego hasta que estemos casi tocándonos; en el momento en que los ingleses vayan a saltar sobre nuestro puente, nuestros cañones les escupirán en el rostro, y ya veréis cómo eso les molesta; ¡estad seguros!
En aquel instante mismo, los dos navíos se abordaron. Los tripulantes ingleses que quedaban estaban en los obenques y sobre los empalletados, con el hacha a punto, el puñal entre los dientes, prestos a lanzarse de un brinco sobre el puente del brick.
Un gran silencio reinaba a bordo de El Gavilán.
—Away! goddam, away! lascars—gritó el capitán inglés, hermoso joven de veinticinco años que, habiendo perdido las dos piernas, se había hecho meter en un barril de salvado, para contener la hemorragia y poder mandar hasta el último momento—. Away! goddam!—repitió.
—¡Fuego, ahora, fuego sobre el inglés!—aulló Kernok.
Entonces todos los ingleses se lanzaron sobre el brick.
Los doce cañones de estribor les vomitaron en la cara una granizada de piastras, con un estruendo espantoso.
—¡Hurra!—gritaron los piratas.
Cuando el espeso humo se hubo disipado y se pudo apreciar el efecto de aquella andanada, no se vio ya a ningún inglés, a ninguno... Todos habían caído al mar o sobre el puente de la corbeta, todos estaban muertos o espantosamente mutilados. A los gritos del combate sucedió un silencio sombrío e imponente; y aquellos diez y ocho hombres, únicos supervivientes, aislados en medio del Océano, rodeados de cadáveres, no se miraban sin cierto espanto.
El mismo Kernok fijaba los ojos con estupor en el tronco informe del capitán inglés; porque la metralla se le había llevado un brazo. Sus hermosos cabellos rubios estaban teñidos de sangre; no obstante, la sonrisa aparecía en sus labios... Es que había muerto sin duda pensando en ella, en ella que, bañada en lágrimas, vestiría largos hábitos de luto al saber su glorioso fin. ¡Afortunado joven! Tenía quizá también a su anciana madre para llorarle, para llorar al que había mecido en sus brazos cuando niño. ¡Era quizás un porvenir brillante que se malograba, un nombre ilustre que se extinguía en él! ¡Qué pesar debía producir su muerte! ¡Cuánto debían llorarle! ¡Dichoso, tres veces dichoso joven! ¡qué no debía a la culebrina de Kernok! con una bala había hecho un héroe llorado en los tres reinos. ¡Qué hermosa invención la de la pólvora!
Tal debía ser, poco más o menos, el resumen de las reflexiones de Kernok, porque permaneció risueño y tranquilo a la vista de aquel horrible espectáculo.
Sus marineros, al contrario, se habían mirado largo rato con una especie de extrañeza estúpida. Pero, pasado este primer movimiento, el natural indiferente y brutal se adueñó otra vez de ellos, y todos, en un impulso espontáneo, gritaron:
—¡Hurra! ¡Viva El Gavilán y el capitán Kernok!
—¡Hurra! ¡muchachos!—dijo él—. Y bien, ya lo veis; El Gavilán tiene el pico duro; pero ahora hay que pensar en reparar las averías. Según mi estima, debemos estar por el lado de las Azores. La brisa fresquea; vamos, muchachos, limpiemos el puente. Y en cuanto a los heridos... en cuanto a los heridos—repitió golpeando maquinalmente el empalletado con su hacha—, les harás llevar a la corbeta, maestro Durand—dijo bruscamente.
—¿Para...?—preguntó éste con aire interrogativo.
—Ya lo sabrás—respondió Kernok con aire sombrío, frunciendo sus espesas cejas.
El maestro Durand fue a cumplir las órdenes del capitán, murmurando:
—¿Qué querrá hacer? Es raro...
—¡Aquí, grumete!—gritó Kernok a Grano de Sal que estaba enjugando con aire de tristeza el reloj que le había legado el maestro Zeli, porque estaba cubierto de sangre.
El marmitón levantó la cabeza; las lágrimas brillaban en sus ojos. Avanzó hacia el terrible capitán, pero sin el menor temor. Una idea fija le dominaba, y era el recuerdo de la muerte de Zeli, al cual era bien adicto.
—Vas a bajar a la cala y decir a mi mujer que puede venir a besarme: ¿oyes?—dijo Kernok.
—Sí, capitán—respondió Grano de Sal; y una gruesa lágrima cayó sobre el reloj.
En el acto desapareció por la escotilla.
Kernok subió con agilidad a las gavias y examinó el aparejo con la más escrupulosa atención; las averías eran numerosas, pero no inquietantes, y con la ayuda de los palos y de las vergas de recambio, comprendió que podría continuar su ruta y llegar al puerto más inmediato.
Grano de Sal volvió a subir al puente, pero solo.
—¡Y bien!—dijo Kernok—; ¿dónde está mi mujer, animal?
—Capitán, es que...
—¿Qué es? ¿hablarás, perro?
—Capitán... está en la cala...
—Ya lo sé. ¿Por qué no ha subido, bribón?
—¡Ah! ¡caramba! capitán... es que está muerta...
—¡Muerta! ¡muerta!—dijo Kernok palideciendo; y por la primera vez su rostro expresó el dolor y la angustia.
—Sí, capitán, muerta, muerta por una bala que ha entrado por debajo de la línea de flotación; y lo más raro es que el cuerpo de la señora ha tapado justamente el agujero que el cañonazo había hecho, sin lo cual el agua hubiese entrado y el brick se habría ido a pique. De todos modos, la señora ha salvado a El Gavilán, y vale más eso que...
Grano de Sal, que había bajado los ojos al comenzar su narración, no pudiendo sostener la mirada chispeante de Kernok, se aventuró a levantar la cabeza.
Kernok ya no estaba allí; se había precipitado en la cala, y miraba, con los ojos secos, los brazos cruzados, los puños convulsivamente apretados; porque, según la relación del grumete, la cabeza y una parte de la espalda de Melia, empotradas en el agujero producido por la bala, habían impedido al proyectil ir más lejos.
¡Pobre Melia! hasta la muerte había sido útil a su Kernok.
El pirata permaneció solo unas dos horas, encerrado en la cala al lado de los restos de Melia. Allí desahogó su dolor, porque cuando subió al puente, su rostro estaba impasible y frío. Solamente, un poco antes de su regreso, un grito doloroso se había oído y una masa informe había desaparecido entre las aguas. Era el cadáver de Melia.
Durante este tiempo, el maestro Durand había hecho conducir los heridos a bordo de la corbeta inglesa.
—Pero, ¿por qué no nos dejan a bordo del brick?—preguntaban con insistencia al buen doctor.
—Hijos míos, yo no sé nada; tal vez porque aquí son mejores los aires, y en las heridas graves hay que cambiar de aires, ya se sabe.
—Pero, maestro Durand, vea usted que se llevan para el brick todos los palos y todas las vergas de recambio de la goleta. ¿Cómo vamos, pues, a navegar?
—Quizá por el vapor—respondió el señor Durand, que no podía resistir el placer de hacer un chiste.
—¡Cómo! Usted se va, maestro Durand, y vosotros también, camaradas. ¿Y nosotros? ¿y nosotros?... ¡Maestro Durand!... ¡Maestro Durand!
Así decían los heridos, bastante fuertes para gritar, pero no para andar, viendo al señor Durand y a sus compañeros que se embarcaban en la canoa.
—Lo más probable es que no sea para hacernos tomar el aire para lo que nos envían aquí—dijo un parisiense que tenía un brazo de menos y un balazo en la columna vertebral.
—¡Pues bien! ¿para qué nos han enviado aquí, parisiense?—preguntaron muchas voces con inquietud.
—¿Para qué?... con objeto de que reventemos aquí, mientras ellos se reparten nuestra parte de presa. ¡Eso está muy mal hecho! Unicamente, si hubieran tenido un poco de corazón, habrían hecho un agujero en la cala para que nos hundiésemos... en lugar de dejarnos aquí para que nos devoremos como fieras. Esto será por el estilo del Colin que yo vi en el Mont-Thabor, en casa del señor Franconi—aquí su voz comenzaba a debilitarse—, porque acabo de oírles decir que ya no quedan víveres a bordo de la corbeta, y a eso se debe principalmente el que nos hayan dejado de lado. Sin embargo, es sensible morir cuando se es rico; porque con mi parte de la presa, me hubiera divertido de lo lindo en París... ¡Dios! ¡la Cabaña!... ¡el Vauxhall!... ¡el Ambigú!... ¡y las señoritas! ¡Ah! sí, ¡es mortificante! porque ahora, en el tiempo de atar un gratel ya estaré cocido... ya no tengo sensación en las piernas... Es por vosotros por quienes lo siento... porque vosotros no sois muy tiernos, corderos míos... Estaréis endiabladamente duros, y para comeros hará falta una famosa salsa...
Sus restantes palabras no pudieron entenderse, y cinco minutos después estaba muerto. El parisiense había adivinado la verdad; es imposible dar cuenta de las maldiciones de que Kernok y demás cofrades fueron objeto. Un herido inglés, que conocía el francés, comunicó a sus compañeros el destino que les esperaba. El barullo aumentó, y cada uno juraba y blasfemaba en su lengua. ¡Vaya un barullo! un barullo capaz de despertar a un canónigo. Pero todos aquellos desgraciados estaban demasiado gravemente heridos para poder levantarse; y, además, carecían de botes...
Hubo muchos que, rodando, se dejaron ir hasta los empalletados, y de allí se arrojaron al mar, preveyendo todo el horror de la suerte que estaba destinada a sus compañeros.
—Ya se han quedado allí—dijo el maestro Durand a Kernok cuando hubo vuelto a bordo.
—Bien—respondió Kernok—; la brisa sopla del Sud. Con esta mesana por vela y los juanetes en lugar de las gavias, podemos continuar la ruta. Orienta hacia el NNE.
—¿Así—dijo el maestro Durand mostrando la corbeta que se balanceaba desmantelada—, abandonamos a esos pobres diablos?
—Sí—respondió Kernok.
—Pues no deja de ser un procedimiento bien poco delicado.
—¡Ah! es verdad... ¿Sabes los víveres que nos quedan a bordo, gracias al festín que os he dado, salvajes? ¡Pues bien! no nos queda más que una caja de galleta, tres toneladas de agua y una caja de ron; porque en un día habéis echado a perder los víveres de tres meses.
—Tanta culpa es de los de aquí, como de los que quedan allá.
—Me... río; tenemos aún, quizá, ochocientas leguas que hacer y diez y ocho hombres que mantener; además, éstos deben ser los primeros, porque se hallan en estado de trabajar.
—Los que deja usted en la corbeta van a reventar como perros o a comerse los unos a los otros; porque mañana, pasado mañana... tendrán hambre.
—Me... río, ¡que revienten! Vale más que sean los que están medio muertos que no nosotros, que aun tenemos mucho que hacer.
Los marineros del brick oían esta conversación y comenzaron a murmurar:
—No queremos abandonar a nuestros camaradas.
Kernok paseó sobre ellos su mirada de águila, puso su hacha bajo el brazo, se cruzó las manos a la espalda y dijo con voz imperiosa:
—¿Eh? vosotros... ¿no queréis...?
Se hizo un profundo silencio.
—¡Sois unos animales bien singulares!—exclamó—. Sabed, pues, canallas, que estamos a ochocientas millas de tierra; que hemos de contar al menos con quince días de navegación, y que si guardamos los heridos a bordo se beberán toda nuestra agua y nos harán tanto servicio como los remos a un navío de tres puentes.
—Eso es verdad—interrumpió el artillero-cirujano-calafate—, nada bebe tanto como un herido; son lo mismo que los borrachos, siempre tienen la boca seca.
—Y cuando estemos sin agua y sin galleta, ¿será el señor Kernok el que os dará lo que falte? Nos veremos obligados a comer nuestra carne y a beber nuestra sangre, como tendrán que hacer ellos; ¡vaya un alimento perro! Eso os tienta, ¿no es cierto, bergantes?... mientras que si tratamos de arribar a Bayona o a Burdeos, podemos ver de nuevo Francia y vivir como buenos burgueses con nuestra parte de presa, que no será pequeña, puesto que también nos repartiremos la de esos...—añadió Kernok designando a los heridos de la corbeta.
Este argumento calmó victoriosamente los últimos escrúpulos de los recalcitrantes.
—En fin—terminó Kernok—, esto será así porque yo lo quiero; ¿está claro? Y al primero que abra la boca se la cerraré yo; ya sabéis que acostumbro cumplir lo que prometo. Conque, en marcha, muchachos.
Los diez y ocho hombres que componían entonces la tripulación, obedecieron en silencio y dirigieron una última mirada a sus compañeros, a sus hermanos, que lanzaban gritos espantosos viendo al brick alejarse. Después, como la brisa soplaba mucho, El Gavilán se encontró bien pronto lejos del lugar del combate. Pero al día siguiente se levantó una horrible tempestad, enormes montañas de agua parecían a cada momento querer tragarse al buque que, capeando el temporal, huía ante el tiempo.
En fin, después de una penosa travesía, El Gavilán recaló en Nantes, donde reparó sus averías, y después, de acuerdo con los deseos de Kernok, se hizo de nuevo a la mar para fondear una vez más en la bahía de Pempoul.
Allí se formó una comisión para verificar la legalidad de la presa. Entonces Kernok juró, con todos sus juramentos, que en lo sucesivo iría a desembarcar a Santo Tomás, ¡porque aquellos cormoranes de administradores habían pescado en sus aguas! Estas fueron sus propias expresiones.
XIII
LOS DOS AMIGOS
¿Un alma tan rara y ejemplar no costaría más de matar que un alma popular o inútil? Montaigne, lib. II, c. XIII.
Es una excelente posada la del Áncora de Oro, en Plonezoch. Cerca de la puerta se elevan dos hermosas encinas, verdes y frondosas, que dan sombra a las mesas, siempre atractivas, de tan lustrosas que están; y como el Áncora de Oro está situada en la plaza mayor, no se encuentra un golpe de vista más animado, sobre todo a la hora del mercado, durante las hermosas mañanas de julio.
Por eso dos honrados compañeros, dos apreciadores de aquella hermosa localidad, habían echado raíces ante una de aquellas mesas tan lustrosas y tan limpias; hablaban de esto y de lo de más allá, y la conversación debía ser ya larga, porque buen número de botellas vacías formaban un imponente y diáfano reducto alrededor de los interlocutores.
El uno podía tener sesenta años, feo, moreno, grueso, con largas y blancas patillas que hacían un raro contraste con su tez bronceada. Llevaba un holgado frac azul grotescamente cortado, un ancho pantalón de tela y un chaleco escarlata con botones de áncoras, y al que le faltaban por lo menos seis pulgadas para llegar a la cintura; finalmente, un inmenso cuello de camisa rígido y almidonado se levantaba amenazador por encima de las orejas de este personaje. Además, anchas hebillas de plata brillaban en sus zapatos, y un sombrero charolado, impertinentemente ladeado, acababan de darle un aire coquetón y calavera que contrastaba singularmente con su edad avanzada. Por lo demás, se veía que iba vestido de etiqueta y que le incomodaban sus adornos.
Su amigo, de un traje menos afectado, parecía mucho más joven. Una chaqueta y un pantalón de tela componían todo su atavío, y una corbata negra, negligentemente anudada, permitía ver un cuello nervioso que soportaba un rostro risueño y abierto.
—Se acerca San Saturnino—dijo golpeando ligeramente su pipa sobre la mesa para hacer salir toda la ceniza—, se acerca San Saturnino, y hará veinte años que El Gavilán—aquí llevó una mano a su gorra de lana de cuadros azules y rojos—, que nuestro pobre brick fondeó por última vez en la bahía de Pempoul al mando del difunto señor Kernok.
Y suspiró sacudiendo la cabeza.
—¡Cómo pasa el tiempo!—contestó el hombre del cuello alto echándose al coleto un enorme vaso de aguardiente—; me parece que fue ayer: ¿no es eso, Grano de Sal? Y si te llamo Grano de Sal entre nosotros, es porque tú me lo has permitido, muchacho. Esto me recuerda los tiempos pasados.
Y el viejo se echó a reír dulcemente.
—¡Voto a tal! no se moleste usted, señor Durand; usted es uno de los antiguos, un amigo del pobre señor Kernok.
Y de nuevo levantó los ojos al cielo suspirando.
—¡Qué quieres, muchacho! cuando llega la hora de desamarrar—dijo el señor Durand sorbiendo, con un largo resoplido, una gota de aguardiente que quedaba en el fondo de su vaso—, cuando el cable cede, el áncora se va al fondo. Es lo que decía yo siempre a mis enfermos, a mis calafates, o a mis artilleros, porque tú sabes...
—Sí, sí, ya lo sé, maestro Durand—respondió prontamente Grano de Sal que temblaba a la idea de oír al ex artillero-cirujano-calafate comenzar de nuevo el relato de sus triples hazañas—; pero eso es más fuerte que yo, y se me parte el corazón cuando pienso que aun no hace un año estaba ese pobre señor Kernok allá abajo en su granja de Treheurel y que todas las noches fumábamos una pipa con él.
—Es verdad, Grano de Sal. ¡Dios de Dios! ¡qué hombre! ¡y le querían en toda la comarca! Un desgraciado marinero le pedía algo, y lo obtenía al instante. En fin, desde hace veinte años que se había retirado de los negocios para vivir de sus rentas, todos se hacían lenguas de su caridad. Y después, ¡qué respetable cara con sus largos cabellos blancos y su frac marrón! ¡qué aire más bondadoso cuando llevaba a la espalda a los hijos del viejo Cerisoët, el artillero, o les hacía barquitos de corcho! Solamente yo le hacía siempre un reproche a ese pobre Kernok, se había aficionado demasiado a la gente de sotana.
—¡Ah! ¡porque era mayordomo de la parroquia! Y además, por pasar el tiempo. Pero no podrá usted dejar de confesar que infundía respeto en su banco de encina, con sus guantes blancos y su pechera, el día de la fiesta de la parroquia de San Juan.
—Yo prefería verle en el puente, con un hacha en la mano y su bocina en la otra—respondió el ex artillero-cirujano-calafate llenando su vaso.
—Pues, ¿y en la procesión, señor Durand? cuando presumía con su cirio, que quería llevar siempre como una espada, a pesar de las lecciones del monaguillo... Pero lo que desolaba sobre todo al señor cura es que el capitán Kernok mascaba tanto, que durante la misa escupía sobre todo el mundo.
—Le desolaba... le desolaba... es por eso por lo que embruteció a mi camarada para hacerle dejar al presbiterio veinte fanegas de sus mejores prados.
Aquí Grano de Sal alargó inverosímilmente el labio inferior guiñando los ojos, miró al maestro Durand con el aire más picaresco, más malicioso, más burlón que fuera posible imaginar, moviendo negativamente la cabeza.
—¡Caray! ¡si lo sabré yo!—repitió el maestro Durand casi ofendido de la pantomima del antiguo grumete.
—Vamos, vamos, tranquilícese usted—repuso éste—, no es al cura a quien ha hecho esta donación.
Aquí una pausa, y la extrañeza del maestro Durand se manifestó por un excesivo enarcamiento de sus cejas y por la absorción de un glorioso vaso de vino.
—Es—dijo Grano de Sal—, a la sobrina del cura, ¡eh!
—¡Ah! el viejo farsante, el viejo farsante—murmuró el maestro Durand lanzando una carcajada homérica—; ya no me extraña que fuese mayordomo y que comulgase con tanta frecuencia.
Y se entregó con Grano de Sal a unos arrebatos de alegría tan ruidosa; que unos perros comenzaron a ladrarles.
—Lo más mortificante es que—continuó Grano de Sal—toda la fortuna del capitán Kernok vuelve al Gobierno. Como no había hecho testamento...
—¿Cómo había de pensarlo? ¿Es que podía prever ese accidente?
—Usted le vio después... después de la cosa... ¿no es cierto, señor Durand? porque yo había ido a Saint-Pol.
—Seguramente que le vi. Figúrate tú, muchacho, que vienen a decirme: «Señor Durand, se siente olor de quemado en casa del señor Kernok; ¡pero de una chamusquina más rara!» Eran las ocho de la mañana y nadie se atrevía a entrar en su habitación; ¡son tan bestias! Me decido yo a entrar, muchacho, y... ¡Ah! ¡Dios mío! échame de beber, porque me pongo malo cada vez que lo recuerdo.
Se repuso un poco después de un largo trago de aguardiente, y continuó:
—Entro, y figúrate tú qué espectáculo: el cuerpo de mi pobre viejo Kernok cubierto de una ancha llama azulada que le corría de la cabeza a los pies, lo mismo que cuando arde un ponche. Yo me aproximé y le eché agua; ¡bah! aún ardía más fuerte, porque estaba casi cocido.
Grano de Sal palideció.
—¡Esto te extraña, hijo mío! pues bien, yo se lo había predicho.
—¡Usted!...
—Sí. El bebía demasiado aguardiente, y yo le decía siempre: «Mi viejo camarada, tú acabarás por una concustion invantánea—dijo el maestro Durand con importancia, apoyando cada palabra e hinchando los carrillos.
Quería decir una combustión instantánea, solución exacta y verdadera de la muerte de Kernok, dada por un médico de Quimper, hombre muy entendido, al que se había enviado a buscar un poco demasiado tarde.
—¿Y eso no le hace temblar, señor Durand?—dijo Grano de Sal que veía con pena al ex artillero-cirujano-calafate tomar la misma dirección que su difunto capitán.
—Yo, es diferente, muchacho; yo mezclo el aguardiente con vino, mientras que él lo bebía puro.
—¡Ah!...—respondió Grano de Sal poco convencido de la temperancia del señor Durand.
—¡Toma!—dijo éste—, ahí tienes uno que morirá en la piel de un bandido, si es que no le desuellan vivo.
Y señalaba a un hombre alto y delgado, con uniforme azul bordado, que atravesaba la plaza.
—¡Cuánto daría por estar a bordo con ese perro de Plick, él con los brazos atados a una cuerda de obenques y la espalda desnuda... yo con un buen rebenque en la mano! ¡Cuando pienso que por haber pasado por las manos de ese miserable de comisario nuestra parte de presa ha disminuido en nueve décimos; que en lugar de los sesenta mil francos con que vivo desde hace veinte años podría tener un millón, y que a ese pobre Kernok no le tocaron más que doscientos mil francos de las toneladas de plata que recogimos a bordo del buque español!
—¡Bah!—dijo Grano de Sal—, un poco más, un poco menos, es igual. Yo estoy bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y de haberme comprado un quechemarín para el cabotaje. Pero desde que no veo al pobre señor Kernok, parece que me falta algo.
—A propósito—dijo el señor Durand—, creo que se acerca la hora de la misa que hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo.
Grano de Sal sacó un reloj lo menos de una pulgada de grueso.
—Tiene usted razón, señor Durand, son las diez.
Después, alargándole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena de acero reforzada con un cordón negro:
—Vea, ¿lo reconoce usted?—dijo al maestro.
—¡Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te lo entregase el día del combate de El Gavilán contra la corbeta. ¡Pobre Zeli! Aun le veo, tendiéndome la mano y diciéndome: «¡Toma!... esto es para Grano de Sal... Adiós... viejo... no te olvides». ¡Voto a tal!—dijo el viejo emocionado—, esto me da más pena ahora, cada vez que me acuerdo, que en el momento en que ocurrió. ¡Pobre Zeli!
Y la cabeza del señor Durand cayó entre sus manos callosas y arrugadas.
Grano de Sal parecía absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj.
—Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente—dijo el posadero, con su gorra en la mano, e inquieto de la prolongada permanencia de los dos marinos.
—Lo que sobre para ti—dijo Grano de Sal arrojándole una moneda de oro.
Y dando el brazo al viejo Durand, se encaminó con él hacia la capilla de San Juan.
XIV
LA MISA DE DIFUNTOS
...Golpea los aires como el toque funesto Que pide a los vivos las primas para los muertos Cuando un frío ataúd es lo único que queda De la que sonrió a nuestros primeros esfuerzos. S. Delaunay, «Ob. inéditas».
Figuraos una ensenada entre dos montañas, en la cual una multitud de embarcaciones bretonas, de velas rojas y cuadradas, han abordado varando sobre un hermoso fondo de arena de una blancura deslumbrante.
En el fondo, el mar, cuyas ondas azules, después de haber prolongado los contornos de la bahía, van a morir sobre frescas praderas cortadas por setos de rosales silvestres y por oxiacantos floridos que esparcen a lo lejos su perfume.
Aquí y allá algunas encinas seculares sostienen un techo de rastrojos cubierto de lindas matas azules y de clemátidas, que penden en largas guirnaldas.
Dan animación a este paisaje, aquí una cabra levantada sobre sus patas traseras que parece suspendida de los verdes festones; allá una pequeña carreta tirada por grandes bueyes, y el chirrido ronco y continuo de la rueda y la canción salvaje del Dragoubras, y el aspecto ágil del montañés de Arrés que monta en pelo a uno de esos caballitos negros, de pelo rizado, de ojo brillante, de patas nerviosas, que franquean los salientes de la costa con tanta ligereza como un camello.
Después, en medio de aquella colina, cuya pendiente es casi insensible, se ven los edificios consagrados a San Juan. Aquí la iglesia gótica, con sus arcos y sus ojivas, sus altas y delgadas columnas, sus frontones esculpidos como un encaje, contrasta singularmente con el pesado campanario de plomo que eleva su techumbre gris y sombría por encima del obscuro verdor de los abetos y alerces.
Los toques redoblados de todas las campanas de la iglesia de San Juan, anuncian la ceremonia de que hemos hablado, un servicio fúnebre por el alma del difunto señor Nicolás-Bárbara-Kernok, propietario de Treheurel. Porque toda la población de la comarca, donde el digno anciano era adorado, había abandonado sus trabajos para ir a rendir un postrero homenaje a su respetable bienhechor.
Era necesario ver la multitud que se apretujaba bajo los pórticos de la iglesia, las jóvenes con su corpiño escarlata bordado de azul y con sus cofias, las viejas con sus capas que las tapaban por completo, los hombres con sus birretes negros, de los que se escapaban largos cabellos que caían hasta su ancho cinturón de cuero, del que pendía un largo cuchillo.
Todos esperaban que las puertas fuesen abiertas.
Bien pronto llegaron Grano de Sal y el maestro Durand. A su vista todas las cabezas se inclinaron; ellos respondieron con un saludo protector a estas muestras de deferencia.
Por fin, se abrió la puerta; y entre apreturas, empellones y codazos, cada cual se colocó en su sitio.
El sol enviaba alegremente sus dorados rayos a través de las vidrieras de colores de la capilla, e iba a reflejar sus mil maticos sobre el banco pulimentado y negro de encina, cargado de pesadas esculturas, banco en el cual se sentaba Kernok en los días solemnes. ¡Ah! ¡y con qué dignidad tranquila y majestuosa ostentaba en él su pechera y su frac marrón! ¡con qué destreza ocultaba su chicote a la vista del cura! ¡con qué aire de compunción cerraba los ojos, fingiendo rezar y recogerse, cuando la plática del sacerdote le sumía en la más agradable somnolencia!
Y era preciso que el recuerdo de aquella figura venerable estuviese aún bien presente en el pensamiento de Grano de Sal y del señor Durand, porque permanecieron un buen rato inmóviles ante el banco.
—Me parece estarle viendo aún—dijo el señor Durand.
—Y a mí también—respondió Grano de Sal.
Un rumor sordo anunció la llegada del señor Karadeuc, el párroco.
Primero ofició y después subió al púlpito.
Los fieles aprovecharon este momento para estornudar, sonarse, toser, bostezar, suspirar, volverse de un lado y de otro...
Después se hizo el silencio... ¡el más profundo silencio!
El predicador avanzó hasta el borde del púlpito, apoyó en él sus manos huesudas y velludas; sus ojos brillaban bajo sus espesas cejas rojas y su boca esbozaba una singular sonrisa... después comenzó:
«Mis queridos hermanos, apprehendi te ab extremis terræ et a longinquis ejus vacari te; elegi te, et non abjeci te; ne timeas, quia ego tecum sum.»
Como el auditorio se componía de sencillos habitantes de la baja Bretaña, este exordio hizo poco efecto.
«Sí, hermanos míos, lo que quiere decir: Te he tomado de la mano para traerte de los lugares más alejados del mundo; te he llamado de los puntos más distantes; te he elegido y no te he rechazado; no temas nada, porque yo vengo a ti.
»Porque, hermanos míos, estas palabras pueden aplicarse al virtuoso, al digno, al respetable anciano que todos lloramos... en una palabra, a Nicolás Kernok, antiguo negociante.»
Aquí el señor Durand dio un primer codazo a Grano de Sal, que, apretándose la nariz con el pulgar y el índice, dejó escapar una especie de mugido sordo, como una risa ahogada.
«¡Ay! hermanos míos—continuó el cura—, ese antiguo negociante, el digno Kernok, era también un cordero alejado del redil. Ese cordero se encontraba también en países lejanos... y la Providencia le tomó por la mano.»
—¡Por la pata!—dijo el viejo Durand.
—¡Mire que comparar al capitán a un cordero!—dijo Grano de Sal poniéndose la gorra delante de la cara.
Sin embargo, el predicador continuó:
«La Providencia le ha dicho también: Elegi, non abjeci te... te he elegido y no te he rechazado, aunque tu vida haya sido agitada.»
—Llama agitada a aquello—murmuró Durand dando un segundo codazo a Grano de Sal que le respondió con la misma energía, es decir, con otro codazo capaz de hundir dos costillas al artillero-cirujano-calafate. ¡Oh! los dos se comprendían.
«...Sí, hermanos míos, agitada. Pero después de haber navegado en un mar proceloso, la popa de su esquife ha conseguido una orilla de paz y de reposo.»
—¡La popa, la popa!—dijo Durand con aire despreciativo—; ¡la proa, la proa, sacristán!
El cura lanzó una mirada de indignación a Durand y repitió con obstinación:
«Pero la popa de su esquife consigió por fin la orilla de paz y de reposo, donde ese virtuoso, ese digno, ese respetable anciano hizo brotar la flor de la caridad y de la religión.»
¡Qué bestia es ese cura!—murmuró Grano de Sal.
—Bestia como un arenque—contestó Durand encogiéndose de hombros.
«...Así, hermanos míos—continuó el predicador—, uníos a mí para dar las gracias al Rey de los reyes por haber coronado al que todos lloramos con una aureola de su eternidad.»
—Amén—respondieron los asistentes.
—Oye, Grano de Sal: ¿ves tú al capitán Kernok tocado con una aureola?—dijo el maestro Durand.
Pero Grano de Sal ya no le escuchaba, porque el cura había descendido del púlpito para dirigirse al cementerio donde reposaba Kernok; pronto llegaron ante la tumba.
El rostro de Grano de Sal se había vuelto severo y sombrío, tenía la gorra entre sus manos, y Durand le apretaba el brazo mientras se enjugaba los ojos.
Entonces el cura dijo algunas oraciones, que fueron repetidas a coro por los asistentes arrodillados, y luego todos se retiraron.
Sólo quedaron Durand y Grano de Sal.
Y el sol había desaparecido hacía ya rato detrás de las montañas de Tregnier, mientras que los dos amigos aun continuaban sentados cerca de la tumba de Kernok, mudos y pensativos, con la cabeza oculta entre las manos.
EL GITANO
Cara de ángel y corazón de demonio. Lope de Vega.
CAPÍTULO I
EL BARBERO DE SANTA MARÍA
Un barbero di qualidad.
—Por el ojo de San Procopio, le juro, compadre, que el gitano piensa desembarcar en Matagorda. Mi digna tía Isabel, volviendo de la isla de León, ha visto todos los guardacostas dispuestos y me ha dicho que habían apostado dos centinelas en el faro para vigilar las evoluciones de la embarcación de ese condenado que se ve a lo lejos.
—¡Por la silla de Santiago, compadre! el pescador Pablo, que ha llegado de Conil, me ha repetido de nuevo que la tartana de rojas velas está fondeada a medio tiro de cañón de la costa, y que todos los carabineros están alerta...
—Han abusado de su credulidad, señor don José.
—Le han engañado, señor rapabarbas—respondió José saliendo con aire burlón.
Esta calificación de señor rapabarbas hizo estremecer violentamente a Flores, porque si él rejuvenecía al público, era por no desmentir la significación ¡ay! demasiado positiva de la bacía de cobre reluciente que se balanceaba en un rincón obscuro de la puerta; pero también, en el sitio más visible, aparecía un inmenso cuadro representando una mano armada de lanceta que abría delicadamente las venas de un brazo colosal. De modo que el observador comprendía fácilmente que el barbero ponía su amor propio y su gloria en ejercer ciertas prácticas quirúrgicas, y que era casi a su pesar si descendía a la innoble navaja, cuyos provechos parecían, no obstante, bastante honrosos.
El maestro Flores gozaba además de una consideración merecida; su barbería, como lo son generalmente las barberías de España, era el lugar de reunión de todos los chismosos, y particularmente de todos los marinos retirados que habitaban en Santa María; y si las noticias que se recogían en aquella fuente no estaban revestidas de un carácter bien auténtico, no se puede negar que por lo menos estaban fabricadas a conciencia; detalles, palabras históricas, retratos, circunstancias, nada faltaba. Devoto, de un espíritu flexible y conciliador, el barbero exhalaba beatitud por todos sus poros; siempre iba cuidadosamente vestido de negro; sus cabellos grises y lisos se reunían detrás de sus orejas, y dos anchos surcos rojos, reemplazando a las cejas, se dibujaban encima de dos ojitos pardos, de una movilidad extraordinaria; pero lo que más llamaba en él la atención eran sus manos, cuya piel blanca y fresca y las uñas rosadas hubieran hecho honor a un canónigo de Toledo.
Ya hemos dicho que Flores se estremeció violentamente ante el impertinente apóstrofe de José, y este movimiento súbito y colérico hizo desgraciadamente desviar aquella mano ordinariamente tan firme y tan segura; el acero rozó ligeramente el cuello de uno de sus parroquianos, que se arrellanaba con complacencia en el gran sillón de nogal donde iban sucesivamente a sentarse todos los marinos de la isla de León y de Santa María.
—¡Que el diablo le lleve!—dijo el paciente dando un brinco sobre su asiento—. La plaza de verdugo está vacante en Córdoba, ¡por Cristo! usted puede obtenerla, porque tiene excelentes disposiciones para abrir la garganta a los cristianos.
Y enjugó con la punta de su corbata la sangre que salía de su herida.
—Tranquilícese—respondió Flores con importancia, consolado, casi contento de su torpeza ante la idea de que podría poner en práctica sus gloriosos conocimientos de cirugía—; tranquilícese, mi querido hijo, porque sólo ha sido atacada la epidermis; no están interesados más que los vasos capilares, y un emplasto de diaquilón, o de ungüento remediará mi inadvertencia; y a decir verdad, esa pequeña evacuación sanguínea le será muy saludable, porque usted me parece un individuo muy propenso a la plétora; de modo, hijo mío, que en lugar de blasfemar, debería usted...
—Darle las gracias, ¿no es eso, maestro? Lo tendré presente, y a la primera cuchillada que tenga la desgracia de dar, le diré al alcalde: Señor, mi enemigo es un individuo propenso a la plétora y esto no es más que una evacuación sanguínea. Tenga en cuenta, señor, que lo he hecho por su bien.
Aquí, los numerosos parroquianos que llenaban la tienda de Flores se echaron a reír tan fuertemente, que el barbero se puso rojo de cólera.
—¡Hijo de Satanás!—murmuró mientras aplicaba su benéfico bálsamo sobre la herida sangrienta.
—¡Me maldice usted, padrecito!—dijo el marino—; vaya, no se incomode; se lo perdono todo, incluso la sangría, gracias a la buena noticia que usted acaba de darnos... ¡Ah! ¡conque la tartana de ese maldito ha fondeado cerca de Conil! ¡Por mi madre, daría con gusto los ocho años de soldada que Fernando me debe por ver a ese condenado gitano con grilletes en los pies y en las manos y arrodillado en la capilla ardiente! ¡Cuántas veces, al querer darle caza con la escampavía he renegado de mi patrón por las bordadas que nos hacía correr ese favorito del infierno! ¡porque siempre se embarca cuando peor tiempo hace! Y mientras que nuestra embarcación rodaba cubierta por el oleaje, la suya parecía saltar y deslizarse por las olas... ¡Virgen del Carmen! apostaría este par de alpargatas nuevas a que si el gitano tocase con el dedo la pila del agua bendita, ésta se estremecería y herviría como si hubiesen metido un hierro candente.
—Puede ser—dijo Flores—; pero es lo cierto que mi noticia es positiva.
—Que el cielo le oiga—dijo uno—, y yo prometo a San Francisco hacer dormir a mis criados sobre la piedra y no darles más que garbanzos cocidos con agua por espacio de nueve días.
—Que lo prendan, y yo prometo a la Virgen una hermosa mantilla y un anillo.
—Yo prometo a la Virgen del Pilar ir de aquí a Jerez con los pies desnudos, un cirio de tres libras entre los dientes y las manos atadas a la espalda, cuando vea a ese renegado en un calabozo esperando su suplicio—dijo un tercero.
—Y yo—exclamó un tratante en ganado—, me comprometo a dar dos de mis mejores cabritos a los santos padres de San Juan, si me prometen que el descreído será descuartizado y le echan plomo derretido en los ojos; porque ¡por San Pedro! yo no quiero la muerte del pecador, pero ha de haber una justicia. Si ese primo de Satanás se contentase con hacer el contrabando, aunque esté condenado, se le podrían comprar sus mercancías exorcizándolas; pero el maldito saquea las casas de campo de la costa, roba nuestras hijas y comete profanaciones en nuestras capillas. Aun no hace mucho se ha encontrado la imagen de San Ildefonso con una gorra de marinero en la cabeza y una larga pipa en la boca. ¡Por los siete Dolores de la Virgen! ¡semejantes abominaciones no anuncian nada bueno!
—¡Y pensar—dijo el marino—que el señor gobernador de Cádiz no puede disponer de una buena fragata para poner término a tales horrores y que no tenemos para defendernos más que algunos guardacostas que huyen así que divisan el bauprés de la tartana maldita! Armemos algunos faluchos por cuenta nuestra, compadre, y ¡por Santiago! ya veremos si Satán le protege y si está al abrigo del plomo.
—Una cosa bien singular—dijo en voz baja el tratante en ganados—, es que Pedrillo, mi cabrero, me ha asegurado haber visto un bote de la embarcación del gitano abordar a lo largo de las rocas donde está construido el convento de San Juan, y que...
—¿Y qué?—dijeron todos a la vez.
—Y que el condenado había entrado en el santo lugar.
—¡Jesús! ¡Virgen santa! ¡qué horror!—dijo la multitud persignándose.
—Pues eso no es nada aún: el condenado se ha atrevido a subir a la torre del reloj, y mi cabrero lo ha visto perfectamente fumando su cigarro maldito, y poco después... ¡le ha oído acompañarse una canción blasfema con su guitarra maldita!
—Pero, los dignos padres, ¿cómo han sufrido semejante abominación?—preguntó Flores con aire contrito.
—¡Ahí verá usted!—y el interlocutor entornó los ojos sonriendo maliciosamente.
A pesar de todo el peligro que había en hablar de cosas del clero, se iba quizás a discutir gravemente sobre este asunto, cuando una voz aguda y estridente dijo en tono burlón:
—¡A menos que el condenado del gitano no sea el mismo Satanás!
Todos los ojos se volvieron hacia un rincón obscuro de la barbería, porque era allí donde se encontraba el desconocido que había pronunciado tan singulares palabras. Cuando vio todas las miradas de la asamblea fijas en él, se levantó, dejó caer su obscura capa, atravesó el largo salón del establecimiento y fue a sentarse gravemente en el gran sillón, que entonces esperaba un paciente.
Su talla resultaba airosa, aunque inferior a la media, y su rico traje andaluz le dejaba ver en toda su elegancia. Se desató el pañuelo rojo que rodeaba su cabeza, escapándose un bosque de cabellos que casi cubrieron su cara; sus grandes ojos brillaban con un dulce brillo.
—Vamos, maestro—dijo a Flores, al mismo tiempo que se pasaba el índice extendido por el mentón, imitando el movimiento de la navaja—; y por mis pecados—añadió—, no me trate usted como al amigo de los botones de áncora. Sobre todo, nada de evacuación sanguínea.
El amigo de los botones de áncora iba a responder, cuando un rumor, al principio lejano y en seguida más próximo, lo impidió; se distinguía una voz de hombre tímida y suplicante, y una voz de mujer agria y regañona.
—¡Grandísimo embustero, te voy a confundir!—dijo ella al entrar, con las ropas en desorden y arrastrando a un jovencito de unos quince años.
—¡Mi tía Isabel!—dijo Flores con la navaja levantada.
—¡Y el pescador Pablo!—exclamaron los otros.
—Señora—decía el niño—, le juro por el alma de mi padre que yo he visto hace dos horas la tartana de las velas rojas fondeada cerca de Conil.
La señora Isabel hizo un gesto que hubiera tenido toda su significación y toda su eficacia, sin el marino que se interpuso prudentemente entre los dos campeones.
—¡Aun ese maldito gitano!—dijo el joven del traje andaluz—. Señores, he aquí una buena ocasión de probar lo que os decía hace un momento, es decir, que ese condenado es Satanás en persona.
Y se levantó gravemente.
—Vamos, señora, estoy dispuesto a aclarar la cuestión, porque yo he visto el buque de las velas rojas aun no hace dos horas.
—Lo mismo que yo—respondieron a la vez Isabel y Pablo.
—Un momento—dijo el desconocido—, ¿jura usted por el santo nombre de Dios y por el mártir de la cruz decir la verdad?
—Lo juramos.
—Hable usted, pues, señora.
—Pues bien, tan verdad como Santa Isabel, mi patrona, tiene su trono en Córdoba (aquí se persignó), es que yo he visto, aun no hace dos horas, el buque, y que Dios me quite la vida si yo miento.
—Habla tú—dijo al pescador.
—Que San Pablo me haga perecer la primera vez que salga al mar, si no es verdad que hace dos horas he visto la tartana del condenado fondeada a un tiro de fusil de Conil; y es tan verdad, señores, que he encontrado cerca de Vejer un destacamento de aduaneros que se dirigían apresuradamente a la costa, guiados por Blasillo, el hijo de Blas, que había ido a prevenirle; yo no quiero contradecir a la señora Isabel, ¡pero que Dios me aplaste si miento!
Había en las dos versiones tan diferentes[7] un tal acento de verdad y de convicción, que los espectadores se miraban con extrañeza. El mismo forastero sonreía con un aire de incredulidad. En cuanto a Flores, no se daba cuenta de que, desde que el nuevo cliente se hallaba sentado en el sillón, no había cesado de pasar el dorso de la navaja por el mentón de aquel improvisado Salomón.
—¡Hola! maestro—dijo el joven—, si continúa usted de ese modo, no tengo que temer, ciertamente, ninguna evacuación sanguínea; y además, es preciso que esté usted furiosamente preocupado para no haber visto en seguida que no se trataba de afeitarme sino de arreglarme el pelo.
—En efecto—dijo el barbero confundido—, en efecto; tiene usted la barba tan lisa como una manzana; una mujer no la tendría más suave.
—¡Una mujer!—repitieron Pablo y la señora Isabel.
En el mismo instante, un niño pequeño se aproximó a la puerta y avanzó su linda cabeza rubia, después la retiró, la volvió a avanzar como si hubiese buscado a alguien, vio al desconocido y en dos saltos se plantó en sus rodillas.
Apenas le hubo hablado al oído, se levantó bruscamente, tomó su capa y arrojó un escudo a Flores, diciendo con aire singular:
—Forzosamente, señores, ese gitano tiene que ser Satanás en persona, puesto que está en tres lugares a la vez; porque yo os juro ¡por Cristo!—añadió persignándose—, que bordea desde hace dos horas a la vista de Sanlúcar.
Terminadas estas palabras, saltó ágilmente sobre su caballo, que relinchaba a la puerta, puso al niño a la grupa, y desapareció prontamente en un espeso torbellino de polvo que el galope de su caballo hizo levantar en medio de la calle.
Los parroquianos de Flores que se habían precipitado a la puerta para seguir con la vista a aquel personaje, hicieron, al volver a entrar en la tienda, las conjeturas más raras sobre la triplicidad verdaderamente fenomenal del contrabandista gitano, conjeturas que abandonaron sin agotarlas, como hubieran hecho en otra ocasión, para hablar de la corrida de toros que debía celebrarse al día siguiente.
II
LA CORRIDA DE TOROS
Madrid, cuando tus toros brincan, Hay manos blancas que aplauden Y mantillas que se agitan.
A. de Musset.
¡España! ¡España! ¡cuán puro y brillante es tu cielo! Santa María está bañada en oleadas de luz; los mil balcones de sus blancas casas centellean y arden, y los naranjos perfumados de la Alameda parecen cubiertos de hojas de oro. A lo lejos, Cádiz, envuelta en un vapor cálido y rojizo, que allá, sobre la arena resplandeciente de la playa, las olas azules y transparentes iban a deshacer como un largo listón de diamantes en espuma centelleante hecha de agua y de sol; después, en el puerto, centenares de faluchos, de balandros, cuyas flámulas se despliegan levantadas por una ligera brisa que circula silbando por entre las cuerdas. El fresco olor de las algas marinas, el canto de los marineros que despliegan las amplias velas grises aun húmedas por el relente de la noche, el toque de las campanas de las iglesias, el relincho de los caballos que saltan lanzándose hacia las verdes praderas que se extienden detrás de la ciudad... todo, en fin, es música, perfume y luz.
Y el apresuramiento causado por el anuncio de una corrida de toros que debía celebrarse el mismo día en Santa María, aumentaba aún el tumulto. Casi toda la población de las ciudades y aldeas vecinas llena los caminos. Allá, las calesas rojas, cubiertas de ricos dorados, vuelan arrastradas por un caballo rápido, cuya cabeza está cargada de plumas abigarradas y de cascabeles que resuenan a lo lejos; aquí, el pavimento tiembla y gime bajo el peso de ocho mulas cuyos arneses resplandecen de cifras y de escudos de armas de plata, y que arrastran un coche pesado y macizo, rodeado de lacayos con las magníficas libreas de un grande de España y precedido de picadores de trajes deslumbrantes.
Más lejos, el portante ágil y jacarandoso del campesino andaluz. ¡Por todos los santos de Aragón! ¡qué hermoso está con su amante a la grupa y su airoso traje obscuro bordado en seda negra y encarnada! ¡Y esos millares de botoncitos de oro que serpentean a lo largo del muslo y van a detenerse por encima de sus polainas de piel de camello! ¡Con qué vigor su pie se apoya en el amplio estribo morisco! Pero no se puede ver su cara, porque está casi oculta entre los pliegues de la mantilla de su andaluza.
¡Por Santiago! ¡Vaya la linda pareja! ¡cómo le aprieta ella con sus dos brazos, y con qué gracia las mangas verdes de su jubón se destacan sobre el color sombrío de la chaqueta de su amante! ¡Qué fuego en esas pupilas que centellean bajo unas espesas cejas negras! ¡vive Dios! ¡qué miradas! ¡qué talle tan flexible!... ¡que la Virgen bendiga esa complaciente basquiña con largas franjas de raso, que deja ver una pantorrilla fina y redonda y un pie de niña!... ¡Tres veces bendita sea, porque ha dejado ver un momento la liga azul, y su media de seda y el pequeño puñal de Toscana que una verdadera andaluza no abandona jamás!
¡Adelante! El brioso caballo galopa: sus crines negras trenzadas con cintas encarnadas flotan sobre su cuello nervioso, y la espuma blanquea su bocado y sus brillantes copas! ¡Adelante, muchacho! ¡que tu espuela se hunda en el flanco de tu montura, porque tu morena de las largas pestañas, trémula y asustada, te estrechará violentamente contra su corazón y tú sentirás sus latidos! ¡y sus cabellos acariciarán tu frente y su respiración abrasará tus mejillas!
¡Por Santiago, adelante, joven pareja, y desapareced ante las miradas envidiosas entre esa nube de polvo dorado!
Pero ya estamos a las puertas de Santa María. Todo son apreturas y gritos; gritos de dolor y de alegría confundidos; hombres, mujeres, viejos, niños, están allí inmóviles, esperando con angustia el momento de la corrida. Por fin, las barreras se abren, el pueblo se precipita y las inmensas galerías que rodean la arena se llenan de espectadores jadeantes de deseo y de impaciencia.
—¡Plaza! ¡plaza al alcalde, a la Junta y al señor gobernador!
Delante de ellos marchan los milicianos de la ciudad con sus largas carabinas; después los guardias, que tocan sus clarines, y llevan los pendones rojos y amarillos en los que se ven bordados los leones de Castilla y la corona real.
¡Plaza! ¡plaza a la monja! porque es la primera y la última fiesta a la que la pobre joven asistirá. Hoy, aun pertenece al mundo, mañana ya pertenecerá a Dios; por eso hoy está deslumbrante de pedrería, su ropa brilla bajo las lentejuelas de plata, y cinco hileras de perlas rodean su cuello de alabastro; también hay perlas sobre sus brazos blancos y mórbidos, perlas y flores sobre sus bellos cabellos negros que sombrean su pálida frente. ¡Ved, qué cosa más conmovedora! ¡con qué amor y respeto mira a la superiora del convento de Santa María! Ni una mirada para ese espectáculo brillante y ruidoso, ni una sonrisa para ese murmullo de admiración que la sigue, para los homenajes que la rinde la más alta nobleza de Sevilla y de Córdoba. Nada puede distraerla de sus santos pensamientos. Huérfana, rica, se entrega a Dios, y en su representación a la superiora de Santa María. Ese corazón puro e ingenuo, teme al mundo sin conocerle, porque han querido hacerle ganar el cielo sin combatir. Mañana, según la costumbre, esa espesa cabellera caerá bajo las tijeras; mañana, el paño y el sayal reemplazarán a esos brillantes tejidos; mañana quedará sometida a un juramento inquebrantable; pero hoy, la costumbre quiere que asista a las vanidades y a las alegrías engañadoras de un mundo que ella no conoce, como para darle un eterno y último adiós.
¡Plaza, pues! plaza a la monja que entra en su palco toda adornada y cubierta de tela blanca sembrada de flores.
¡Bravo! los clarines suenan, es la señal, y las puertas del toril se abren; ¡un toro se precipita a la arena! Es un bravo toro salvaje nacido en las selvas de Sanlúcar; es pardo de color; solamente una estrecha faja blanca serpentea por su lomo. Sus cuernos son cortos, pero fuertes y afilados; no hay acero que se le pueda comparar. Su cuello musculoso soporta sin esfuerzo una cabeza enorme, y sus patas secas y nervudas no flaquean bajo el peso de su pecho y de su grupa que son de una amplitud extraordinaria.
En cuanto a sus flancos, son huesudos, redondeados, y retiemblan bajo los golpes reiterados de su larga cola, que, al herirlos, zumba como un látigo.
Cuando entró, hubo una formidable explosión de admiración, y los gritos de ¡bravo, toro! resonaron por todas partes. El animal se detuvo en seco, suspendió un momento los movimientos de su cola, y miró con extrañeza a su alrededor... Después, a pasos lentos, dio la vuelta a la barrera que separaba la arena de los espectadores, buscó una salida, y no encontrándola, volvió al centro del ruedo, y allí comenzó a afilar sus cuernos y a levantar con ellos torbellinos de arena.
En aquel momento se presentó un chulillo.
¡Que la Virgen te proteja, hijo mío! ¡y haga el Cielo que tu hermoso traje de raso azul bordado de plata no se tiña de rojo, como la banderola que haces flamear ante los ojos de ese compadre que muge y se irrita!
¡Bravo, chulillo, tu patrona vela por ti! porque apenas si has tenido tiempo de saltar la barrera para escapar del toro, cuyos ojos comienzan a brillar como carbones ardientes.
Pero, paciencia, se ve venir al picador con su larga pica y montado sobre un valiente alazán; un ancho sombrero gris lleno de cintas cubre su cabeza, y lleva polainas y perneras para preservarse de los primeros ataques.
¡Bravo, toro! ¡toma carrera con la cabeza baja y te precipitas sobre el picador!... Pero él te detiene en seco, hundiéndote su excelente hoja en el lomo. Tu sangre salta, tu muges y tu furor redobla. ¡Como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!
¡Por Santiago! ¡qué brincos! ¡qué mugidos! ¡bravo, toro! el picador rueda derribado; su valiente caballo tiene el flanco abierto; sus entrañas salen entre torrentes de sangre. Da algunos pasos... cae... y muere... ¡Bien, compadre de los cuernos agudos, bien! por eso oyes resonar los pataleos y los gritos de una alegría frenética. Yo le digo aún: ¡como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!
¡Pero, silencio! aquí están las banderillas de fuego, ¡oh! ¡oh!... retrocedes hacia la barrera escarbando la tierra y lanzando aullidos terribles. ¿Qué será, pues, hijo mío, cuando ese bravo chulillo ¡que la Virgen proteja! te hunda en el pecho esas largas flechas adornadas de flores y cubiertas de cohetes y petardos que se encienden como por encantamiento? ¡Toma! ¿no lo decía yo?... ¡Por el alma de mi padre!... ¡el chulillo está destripado! ¡Jesús! ¡magnífica cornada! La culpa es suya; no se ha apartado a tiempo. ¡Bravo, toro! ¡qué noble y magnífico estás saltando en medio de esas llamas que estallan y se cruzan! Tu sangre se mezcla al fuego; tu piel se estremece y cruje bajo los cohetes que serpentean y forman guirnaldas cayendo en lluvia de oro; tu rabia ha llegado al límite, y los espectadores han huido de la primera barrera, temiendo que la franquees, ¡y no obstante, tiene seis varas de alta!
¡Condenación! ¡el matador no llega! y sin embargo es la hora. ¿Podría estar más a punto? Jamás; porque jamás la furia de ese compadre alcanzará un grado más elevado, y yo apostaría mi buena escopeta contra un fusil inglés a que él perecerá. ¡Santa Virgen! ¡cómo tarda! haced que llegue pronto.
Pero, ya está aquí, es él... es Pepe Ortiz.
¡Viva Pepe! ¡viva Ortiz!
¡Ah!... saluda al señor gobernador, a la junta y a la monja... Se ha quitado el sombrero y ahora se pone su redecilla roja. ¡Bueno! Después apoya contra el suelo su ancha espada de dos filos... ¡Jesús! ¡Cuánto oro en su traje color de naranja! ¡estoy deslumbrado! ¡oro por todas partes!... oro hasta en sus medias y en sus zapatos... En fin, ya está en la arena...
—Mata al toro por mí, amor mío—le grita una andaluza de tez morena y de dientes de esmalte—. ¡Por Cristo! ¡no sonrías así a tu amante!... ¡Huye, José, huye, que el toro se te echa encima!...
Pero él lo espera a pie firme, con la espada entre los dientes; le agarra uno de los cuernos y salta ágilmente por encima de él. ¡Bravo, mi digno matador, bravo! recoge la flor de almendro que tu amada te ha echado mientras juntaba las manos para aplaudirte.
¡Pero he aquí que el toro se revuelve! ¡Virgen del Carmen! ¡mala señal! Se detiene, ya no muge; sus piernas tendidas, los ojos sangrientos y la cola enroscada. Encomienda tu alma a Dios, José, porque la barrera está lejos y el toro cerca... Adelante, demonio... ¡adelante la afilada, espada!... ¡Demasiado tarde! la espada se ha roto en pedazos, y José, atravesado por un cuerno del toro, ha quedado clavado en la balaustrada. Ya decía yo bien. ¡Como hay Dios! ¡será una hermosa corrida!
Entonces fueron los aullidos de alegría, los gritos de admiración convulsiva, gritos que hubieran resucitado a un muerto.
—¡Bravo, toro! ¡bravo!—gritaron todas las voces de la multitud... ¿Todas?... no, una sola faltó, la de la joven de la flor de almendro.
Desde hacía mucho tiempo, no se había visto semejante fiesta; el toro, aún excitado por su triunfo, daba saltos espantosos, se encarnizaba contra los restos sangrientos del matador y del chulillo, y los jirones de aquellos desgraciados caían sobre los espectadores. Se estaba, pues, en una cruel incertidumbre sobre la suerte de la corrida, porque el fin de Pepe Ortiz había singularmente enfriado el celo de sus colegas, cuando un incidente extraño, inaudito, dejó a la multitud estupefacta y silenciosa.
III
EL GITANO
¡Cómo hacen estremecer sus miradas ardientes!... ¡qué hermoso es! Delfina Gay, «Magdeleine», cap. V.
Ya sabéis que el circo de Santa María está construido a orillas del mar y que a él sólo dan acceso dos puertas. ¡Pues, bien! De pronto se abrió la barrera que daba frente al palco del gobernador y se presentó un caballero.
No era un chulillo, porque no agitaba en el aire el ligero velo de seda roja, y su mano no blandía ni la larga lanza del picador, ni la espada de dos filos del matador; no llevaba tampoco ni el sombrero adornado de cintas, ni la redecilla, ni el traje bordado de plata. Vestido completamente de negro, a la moda de los acróbatas, llevaba polainas de gamo que caían en numerosos pliegues sobre su pierna, y una gorra de marinero sobre la que flotaba una pluma blanca; montaba con una destreza y una elegancia poco comunes, un pequeño caballo blanco enjaezado a la morisca, lleno de vigor y de fuego; en fin, largas pistolas ricamente damasquinadas pendían de los arzones de su silla, y él no llevaba más que uno de esos sables cortos y estrechos que usan los marinos de guerra.
Apenas había aparecido, el toro se retiró al otro extremo de la arena para aprestarse a combatir al nuevo adversario. Gracias a esto, el hombre negro tuvo tiempo de hacer ejecutar algunas cabriolas a su caballo y de apostarse al pie del palco de la mujer. ¡¡¡Y tuvo el atrevimiento de mirar fijamente a aquella prometida del Señor!!!
El rostro de la pobre joven se volvió rojo como la flor del granado, y ocultó su cabeza en el seno de la superiora, indignada de la temeridad del desconocido.
—¡Ave María... qué atrevimiento!—dijeron las mujeres.
—¡Por la Virgen! ¿de dónde sale ese demonio?—se preguntaban los hombres, estupefactos de tanta audacia.
De repente, resonó un grito general, porque el toro tomaba impulso para lanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvió, saludó a la monja y la dijo sonriendo:
—Por usted, señora, y en honor de esos hermosos ojos azules como el cielo.
Apenas acabó estas palabras, el toro embistió... El jinete, con una prontitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dio un bote y se encontró a diez pasos del toro, que le perseguía encarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se le adelantaba siempre y tomó bastante ventaja sobre él para que su dueño pudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle:
—Por usted también, señora; pero esta vez en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral.
El toro llegó con furia; el hombre de la pluma blanca, arrancó una pistola del arzón, apuntó y disparó con tanta habilidad, que el toro cayó mugiendo a los pies de su caballo. Viendo el peligro inminente que corría aquel hombre singular, la monja había lanzado un grito penetrante y se había precipitado sobre la balaustrada de su palco, apoyando en ella las dos manos; él se apoderó de una, imprimió sobre ella un beso ardiente, y continuó dirigiéndola una mirada terrible y fija.
Había en aquella escena extraña tantos motivos de asombro para los españoles, que permanecían como petrificados. Aquel traje singular, aquel toro muerto, contra la costumbre, de un pistoletazo; aquel hombre que besaba la mano de una semisanta, de una prometida de Cristo, todo aquello contrastaba tanto con las enseñanzas recibidas, que la junta, el alcalde, el gobernador, se quedaron boquiabiertos, mientras que el que tan vivamente excitaba la curiosidad general, continuaba con los ojos inflamados y fijos sobre la monja, que, trémula y confusa, no tenía fuerzas para salir del palco. Era en vano que la superiora tratase de anonadarle con toda suerte de epítetos como: ¡impío, condenado, miserable, renegado! En vano le gritaba con el acento de la más santa indignación: «¡Tema la cólera del Cielo y de los hombres, usted que ha osado hacer oír palabras mundanas a unos oídos castos, usted que no ha temblado al tocar la mano de una esposa de Dios!
El miserable miraba siempre a la monja, repitiendo con admiración: «¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!»
Por fin, la voz chillona del alcalde vino a sacarle de su éxtasis, tanto más fácilmente cuanto que la monja había abandonado el palco apoyada del brazo de la superiora, y que dos alguaciles habían sujetado la brida de su caballo, a lo que él no opuso resistencia alguna.
—Por quinta vez, usted, cualquiera quien sea, responda—decía el alcalde—. ¿Con qué derecho ha matado usted de un pistoletazo un toro destinado a divertir al público? ¿Con qué derecho ha dirigido usted la palabra a una joven que mañana debe pronunciar sus votos santos e irrevocables? En una palabra, ¿quién es usted?
Y el munícipe volvió a su asiento, enjugándose la frente, miró al gobernador con aire satisfecho y dijo a los dos alguaciles:
—Tenedle bien por la brida.
—¿Que quién soy?—dijo el extraño caballero levantando altivamente la cabeza, que hasta entonces no se había podido distinguir bien.
Y viéronse sus facciones de una regularidad perfecta; sus ojos eran atrevidos y penetrantes, un bigote negro y brillante sombreaba sus labios encarnados, y su poblada barba, que se dibujaba en dos arcos a lo largo de las mejillas, iba a detenerse en un mentón con un hoyuelo. Su color era pálido y mate.
—¿Que quién soy?—repitió con una voz llena y sonora—, va usted a saberlo, digno alcalde.
Y apoyó vigorosamente sus espuelas en los flancos del caballo que dio una violenta sacudida. Entonces el animal se enderezó bruscamente y dio un salto tan prodigioso, que los dos alguaciles rodaron por el suelo...
—¿Que quién soy?... ¡soy el gitano, el bohemio, el maldito, el condenado, si usted lo prefiere, digno alcalde!
Y en dos saltos franqueó la puerta y la barrera, ganó la playa que estaba próxima y pudo verse cómo se arrojaba al mar con su caballo...
Entonces ocurrió un suceso bastante raro. El nombre del gitano hizo un efecto tal, que todos los espectadores quisieron salir a la vez y se precipitaron hacia los vomitorios demasiado estrechos para dar paso a aquella masa de hombres que se agrupaban en la misma dirección. Por esta causa, las vigas de la plaza se resquebrajaron y crujieron, no pudiendo soportar una sacudida tan violenta y toda una parte del anfiteatro se hundió bajo los pies de los espectadores. El tumulto y el espanto llegaron a su límite, una multitud de personas estaban amontonadas las unas sobre las otras, y sobre todo aquellas que soportaban un peso tan enorme, lanzaban gritos lamentables y se encomendaban al santo de su nombre.
—¡Es ese maldito, ese condenado—decían—, que ha atraído la cólera del Cielo osando profanar a la prometida de Cristo! su presencia es un azote... ¡Anatema, anatema sobre él!
Y luego venían unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestro santo padre.
En vano el alcalde y el gobernador que habían escapado al desastre, trataban de restablecer el orden: ni siquiera podían conseguir hacerse oír, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados los que aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a los últimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montón de hombres se disipó como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero en muchos, los acentos de un verdadero dolor habían reemplazado a los gritos de temor o de sorpresa.
He aquí por qué:
El desgraciado barbero Flores, situado en la parte más baja del circo, se encontró entre el número de los que soportaban todo el peso de la multitud. Después de haber hecho con sus compañeros de infortunio increíbles esfuerzos para escapar a la presión, y viendo que las sanas y buenas razones no podían nada sobre la indolencia de los compadres de las capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar de los de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articuló con pena a algunos desgraciados que gemían como él.
—Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima de nosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidad y la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguños que yo después me encargaré de curar, sea con diaquilón, el ungüento, o la...
Aquí se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino le había hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de un carnicero.
—O la balsamina—continuó respirando apenas—. Así, pues, padres míos, absolvedme por anticipado, porque es por la salvación de todos, sobre todo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cómo la punta de un cuchillo persuade mejor que las más elocuentes palabras.
—Ave María, que Dios nos guarde—respondieron los dos frailes que oprimían al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron, por sus movimientos bruscos y agitados que aquél buscaba su cuchillo—. En nombre del Cielo, ¡no haga usted eso, hijo mío! ¿No comprende que sería un homicidio?
—Pero, padres míos, los homicidas son ustedes... ¿no comprenden que me están ahogando?
—¡Por Cristo! A nosotros también nos ahogan.
—Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pónganse de lado, padres míos, las heridas son así menos peligrosas, porque no se encuentran más que las falsas costillas. En fin, yo la tengo—dijo abriendo con dificultad su navaja.
—¿Están dispuestos, compadre?
—¡Jesús! no lo estamos.
—¡Es igual, que Dios nos ayude!
Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los que recibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada más eficaz para hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagándose de abajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado más satisfactorio, salvo los rasguños que Flores se encargó de cicatrizar y cicatrizó probablemente con su habilidad acostumbrada.
Rehechos todos de esta violenta emoción, el primer grito fue el de preguntar dónde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana, con las velas rojas, empavesada como en un día de fiesta, se balanceaba a lo lejos... Era él, no podía dudarse—. ¡Al puerto! ¡al puerto!—y se precipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecución.
¡Pero allá, gran Dios, qué espectáculo! El pueblo español es talmente ávido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un niño habían quedado en la población; todos estaban en la plaza, los marinos mismos habían abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaron apresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lo lejos faluchos y balandros que el mar se había llevado al retirarse.
Entonces cayó un nuevo aluvión de maldiciones sobre el gitano, y todo el pueblo, en un movimiento espontáneo, se dejó caer de rodillas para pedir a Dios que hiciera hundir aquella tartana, que parecía burlarse de la llorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores.
De pronto, el cielo pareció escuchar aquella demanda, ciertamente justa, porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el viento corriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcación del gitano debía encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa; ¡y cuál no fue la alegría pública cuando reconocieron a dos escampavías del Gobierno que izaron el pabellón español, asegurándole con un cañonazo!
Entonces la tartana cambió rápidamente sus amuras, viró en redondo con una preteza prodigiosa, pasó por entre las dos escampavías y fue a parar fuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia y prestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaña y la táctica de los espectadores de Santa María, ellos contaban siempre con la velocidad y el número de sus atacantes para ver a su enemigo aprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre las dos escampavías una ventaja de marcha positiva, desapareció bien pronto detrás de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fue hasta después de un cuarto de hora de navegación que los guardacostas que navegaban en las mismas aguas, desaparecieron también a los ojos de la multitud, ocultos por el promontorio.
Y todo Santa María temblaba de impaciencia y de deseo por conocer el resultado del combate que iba a librarse detrás de la montaña.
IV
LAS DOS TARTANAS
Zarpa el balandro que se balancea sobre las olas, y brilla en el azul de los mares como una centella. Víctor Hugo, «Navarin».
—¡Adelante, mi fiel Iscar! ¡ya lo ves, el mar está azul y el oleaje viene a acariciar dulcemente tu ancho pecho, blanqueado por la espuma! ¡Adelante! ¡tú hundes en el agua límpida tus narices que se abren temblorosas! y tu larga crin se cubre de perlas brillantes como gotas de rocío. ¡Adelante! mueve aún tus corvas vigorosas que hienden las olas. Valor, mi fiel Iscar, valor, porque ¡ay! los tiempos han cambiado. ¡Cuántas veces, sobre la fresca verdura del prado de Sevilla o de Córdoba, tú alcanzabas y dejabas atrás las brillantes calesas que arrastraban a las hermosas granadinas, morenas y rientes, con su redecilla de púrpura que volaba al viento y su rica mantilla prendida con broches tornasolados! ¡Cuántas veces tú has relinchado de impaciencia cerca de la estrecha ventana cerrada por una cortina de seda, detrás de la cual suspiraba mi Zetta! ¡Cuántas veces tú has relinchado mientras que nuestros labios se buscaban y se oprimían ardientes, aunque separados por el tejido celoso! Pero entonces yo era rico; entonces el pabellón de guerra de las anchas franjas y del león real, se izaba en el palo mayor cuando yo subía a bordo de mi fragata; entonces la inquisición no había puesto aún precio a mi cabeza... ¡entonces, no me llamaban el condenado! y más de una vez la mujer de algún grande de España me sonreía tiernamente cuando, en una bella tarde de estío, yo acompañaba con mi guzla su voz pura y sonora. ¡Vamos, valor, mi fiel Iscar, porque el pasado está lejos! Pero tú me has entendido, porque tus orejas se levantan y tus relinchos redoblan. ¡Valor, he ahí mi tartana! he ahí mi enamorada que se balancea sobre las olas como una gaviota se deja mecer en su nido por una onda transparente. Pero, ¿no oyes, como yo, pitos confusos y alejados, un rumor que viene a extinguirse en nuestros oídos? ¡Por el disco de oro del sol! ¡es esa innoble multitud de Santa María a quien mi nombre ha aterrado! Por lo menos he visto a esa monja por segunda vez. ¡Qué hermosa es! ¡y mañana enterrada para siempre en el convento de Santa María! ¡Qué crimen!... ¡y no se la robaré a Dios!
Apenas el gitano pronunció estas palabras, cuando de la tartana cayó al agua una especie de puente flotante, e inclinado, que estaba amarrado a la borda del buque por largos brazos de hierro. El caballo apoyó fuertemente sus patas delanteras sobre la extremidad de la plancha y de un vigoroso salto ganó el combés que se elevaba muy poco por encima del mar.
En el interior de aquella embarcación se notaba un esmero y una limpieza raros, y no se veía nadie a bordo, a excepción de un fraile, grueso y rechoncho, que llevaba un hábito azul y una cuerda ceñida a la cintura; pero el reverendo parecía presa de la mayor inquietud y angustia; armado de un enorme anteojo, lo paseaba incesantemente sobre el espacio que separa Santa María de la isla de León, lanzando a intervalos exclamaciones, lamentos e invocaciones que hubieran enternecido a un corregidor.
Pero cuando hubo visto al gitano su rostro adquirió un aire que inspiraba verdadera piedad; su frente baja y rasurada, coronada de una línea de cabellos de un rubio pálido que parecían erizarse de furor. Movía a un lado y a otro sus hoscos ojos, y un temblor convulsivo agitaba sus labios y su triple barba. Por fin, habiendo hecho evidentemente todos los esfuerzos para articular una palabra y no habiéndolo podido conseguir, agarró al gitano por un brazo, y con el extremo de su anteojo, que temblaba en su mano de un modo espantoso, le designó un punto blanco que se advertía a la entrada del golfo.
—¡Y bien! ¿qué es eso?—preguntó el réprobo.
—¡Es... es... el... el... el guardacostas!—balbuceó el fraile con una pena extrema.
Y se oían rechinar sus dientes. Y miraba, con los brazos cruzados sobre su pecho jadeante.
El gitano se encogió de hombros, fue a sentarse sobre un empalletado y se volvió hacia Santa María repitiendo:
—¡Qué hermosa estaba!
El anteojo cayó de las manos del fraile; se golpeó la frente, tuvo un momento de recogimiento, se secó el rostro inundado de sudor, hizo un esfuerzo sobre sí mismo como para tomar una resolución atrevida, y dirigiéndose al comandante de la tartana, que parecía aún absorto en su amoroso ensueño, exclamó:
—¡Réprobo... renegado... condenado... apóstata, excomulgado... hijo de Satanás... brazo derecho de Belcebú!...
—¿Qué pasa?—dijo el gitano a quien este insultante exordio había sacado de su éxtasis.
—¡Pues bien! ¡tres veces maldito! yo te conjuro en nombre del superior del convento de San Francisco que es mi dueño y el tuyo...
—El mío, no, fraile.
—Mi dueño y el tuyo—continuó—; te conjuro a desplegar las velas y a tomar el portante. Ese guardacostas se aproxima y nosotros deberíamos estar ya a la vista de Tarifa, si el infierno no te hubiera sugerido el loco pensamiento de ir a esa maldita corrida de toros y dejarme solo, a mí, que no entiendo nada de vuestras malditas maniobras. Y si te hubieran preso, ¡ahora que tu cabeza está a precio!
—No les temo.
—No se trata de ti, por Cristo, sino más bien de mí. Si tú hubieses sido detenido en tierra, ¿qué habría hecho yo aquí?
—¡Qué quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestro estado... la idea de ver esa fiesta me ha sonreído, ¡y sin duda me ha guiado mi buen ángel, padre mío!
—¡No me llames tu padre, condenado! El que tú llamas tu buen ángel, ¡por San Juan! tiene el pie torcido.
—Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitación, hago tanto caso de ella como esto...—Y golpeó con su varilla sus botas que chorreaban agua—. Sepa usted que esperaré no sólo ese guardacostas, sino otro que debe llegar del Este.
—¡Les esperarás! ¡virgen santa! ¡les esperarás! ¡Oh San Francisco, rogad por mí!
Y después de un momento de silencio, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Arriba todo el mundo, arriba, hermano mío! En nombre del superior de San Francisco, yo os orde...
—¡Acabemos, fraile!—dijo el condenado; y le puso una mano sobre la boca, y con la otra oprimió tan violentamente el brazo del tonsurado, que el desgraciado comprendió toda la significación del gesto y se arrojó sobre el puente del navío con la expresión de ese terror mudo que nos anonada cuando tenemos la convicción íntima de no poder escapar a un peligro inminente.
El gitano sonrió compasivamente; después miró fijamente en dirección a la bahía de Cádiz.
—¡Por las rocas de la Carniola! ¡tardas bastante tú también!—exclamó viendo la segunda escampavía destacarse del horizonte y avanzar con rapidez—. Llegan aquí como dos sabuesos que atacan a una corza en un zarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza es astuta y ligera. ¡Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque se oyen los cuernos.
Era una de las escampavías que había disparado un cañonazo. A este ruido inesperado, el desgraciado fraile dio un salto convulsivo, levantó instintivamente la cabeza por la borda, y, viendo las dos escampavías, la bajó rápidamente y se precipitó en el sollado haciendo repetidas veces la señal de la cruz.
El gitano se aproximó silenciosamente a la brújula, comparó su dirección con la del viento, calculó las probabilidades de la brisa, reflexionó un instante... después tomó un silbato de oro suspendido de su cintura, se lo llevó tres veces a la boca, y de un salto se plantó en el empalletado.
A esta señal, diez y ocho negros subieron silenciosamente al puente. Apenas se había oído un segundo toque de silbato, cuando la tartana había aparejado y desplegado su antena, su bauprés y su trinquete y el condenado manejaba la barra del timonel. Las dos escampavías se iban aproximando, una por cada lado, y no estaban a un tiro de cañón de la tartana, cuando ésta viró en redondo, pasó intrépidamente por entre sus enemigos, al mismo tiempo que les enviaba una andanada, y se precipitó en dirección a la punta de la Torre. Esta increíble maniobra no podía intentarse más que con un navío tan velero y de una marcha tan segura; porque antes que las dos escampavías se hubiesen colocado de popa al viento, el gitano bordeaba ya el promontorio, que le ocultaba a los ojos de los españoles, ocupados aún en orientarse. Es en este lugar donde los habitantes de Santa María le perdieron de vista.
A un tiro de fusil de la base de este promontorio se elevaba una cadena de enormes bloques de granito que formaban, avanzándose hacia el mar, los bordes escarpados de un estrecho canal que serpenteaba entre ellos y el pie de la montaña y no tenía más salida que a través de los rompientes más peligrosos.
El gitano estaba tan acostumbrado a semejantes escollos, que se aventuró sin temor por aquel pasaje, y después de haber navegado con una destreza maravillosa, hizo cargar todas las velas y desarbolar largando los obenques, que no estaban establecidos sobre un sitio fijo, sino sobre las garruchas; de modo que al cabo de algunos minutos la tartana, que tenía muy poco calado, había quedado lisa como un pontón y enteramente oculta por las rocas que disimulaban el canal por la parte del mar.
Una vez allí, el silbato del condenado resonó de nuevo, pero en dos veces distintas, con modificaciones singulares.
Bien pronto se oyó el ruido de unos remos que batían el agua acompasadamente, y se vio salir de detrás de un grupo de rocas una tartana semejante en un todo a la del gitano. En ella iba el joven de cara femenina e imberbe que tanto había asombrado al barbero Flores. El condenado le hizo un gesto que él pareció comprender, porque haló su navío a lo largo de los escollos mientras la profundidad del agua no era suficiente; luego, habiendo llegado al otro extremo del canal, después de haber evitado hábilmente una multitud de arrecifes, el viento hinchó sus velas y desembocó por el pasaje en el instante mismo en que las dos embarcaciones españolas doblaban el promontorio. Cuando vieron esta nueva tartana, forzaron las velas y se echaron sobre ella, creyendo perseguir aún al gitano.
—Sois unos valientes cazadores—decía éste tranquilamente desde su escondite—. La corza os ha dado el cambiazo, y estás sobre una falsa pista; y mientras que ese pavo va a cruzar en todos los sentidos para fatigarlos y arrastraros en su persecución, la corza pondrá a buen recaudo los ricos tejidos de Venecia, los aceros de Inglaterra y los cobres de Alemania que tiene encerrados en su vientre. ¡Vamos, vamos! ¡a la caza, y por esa estrella que comienza a brillar, pueda la mía ser dichosa esta noche, porque el sol baja!
En efecto, ya el sol tocaba a su ocaso, y el mar y el cielo, confundiéndose en el horizonte inflamado, no formaban más que un inmenso círculo de fuego. La cima de las olas centelleaba iluminada por los largos reflejos dorados que venían a extinguirse en las sombras que proyectaban las grandes rocas de la costa.
Largo tiempo se vio a la tartana maniobrar con una agilidad sorprendente para escapar a las dos escampavías. Tan pronto aligeraba el aparejo y ponía la proa a través del oleaje que cubría al buque de una espuma blanca que caía en lluvia brillante con todos los matices del arco iris y parecía rodearle de una aureola de púrpura y azul; y allí, pérfidamente, esperaba a sus enemigos, abandonándose a las ondulaciones del agua... Después, cuando se aproximaban, creyendo ya echarle mano, ponía la popa al viento, extendía sus velas como grandes alas de púrpura, y dejaba bien lejos a los bonachones guardacostas que se habían locamente alabado de atraparle.
Tan pronto, virando en redondo y cubriéndose repentinamente de banderolas y paveses de mil colores, corría al encuentro de sus perseguidores. Estos se separaban inmediatamente para tomarla entre dos fuegos, y se precipitaban activamente al combate. Pero la tartana, como una coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su rumbo primitivo, y a la velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas de luz que abrazaban la atmósfera, desesperando así a los honrados guardacostas que se apuntaban un nuevo fracaso. En fin, después de dar numerosas pruebas de su superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a las escampavías, conseguía arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitano contaba llevar a cabo su desembarco.
Porque la maldita tartana cumplió tan bien sus instrucciones, que poco a poco el vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron en la bruma y desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya más que una claridad sombría y rojiza, y las estrellas comenzaban a brillar.
En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana, escuchaba con oído atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamente como el paso de muchos caballos.
—¡Ellos son, por fin!—exclamó.
V
LA BLASFEMIA
¿No eres, pues, más que un fraile llorón? J. Janin, Confesión.
No se podía descender de la cima de la montaña de la Torre, más que por un sendero estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. La pendiente del camino era casi menos rápida, pero se necesitaba mucho tiempo para llegar hasta la playa.
A la entrada de este sendero apareció un hombre a caballo, al que se distinguía difícilmente a la pálida luz del crepúsculo; se detuvo de pronto, pareció conferenciar con algunos de sus compañeros, sin duda ocultos entre los áloes, y después arrojó al aire un cigarrillo encendido que describió una ligera faja de fuego.
Cuando la misma señal hubo partido de la tartana, aquel hombre continuó su marcha seguido de una docena de españoles, también a caballo, que avanzaron con precaución por entre las numerosas rampas de aquel difícil camino. Los unos llevaban sombrero, los otros una redecilla o un simple pañuelo de colores vivos cuyos extremos flotaban sobre sus hombros; pero todos tenían el color atezado, los ragos duramente característicos y el aspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas de tierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados con dos anchos cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligereza extraordinaria, pero tan grandes, que el jinete no podía montar más que sobre la grupa, donde se sentaba como un timbalero delante de sus timbales; además, pieles de carnero rodeaban sus cascos, de modo que era imposible oírlos cuando marchaban al paso.
Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe de aquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compañeros:
—¡Por la silla de mi patrón!—aquí se quitó el sombrero—; hijos míos, a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente del navío más que al maldito con su gorra y su pluma blanca.
—¿Dónde está, pues, el hermano?
Una voz.—Si el hermano no está presente, ni un real de esas mercancías entrará en mis cofres, ¡Dios me salve! pero el superior del convento de San Juan hace muy mal en emplear a semejante descreído para desembarcar su contrabando, y aunque tenga allí un fraile para bendecirlo y para borrar las garras de Satanás, soy de opinión que tarde o temprano seremos castigados por traficar con un excomulgado. ¡Amén!
El jefe.—¿Y crees que no temo, como tú, la cólera de la Virgen al tocar unas mercancías que ¡por Santiago! huelen más a azufre que a cera?
Un filósofo (que había sido cocinero)—.¡Pero pensad, compadres, pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarán por buenos dóllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera!
El jefe.—¡Cállate, impío!
El filósofo.—Después de todo, no son los exorcismos del reverendo los que le quitarán el olor, si es que lo tienen; a mí que me den las mercancías endiabladas, si son más baratas, y yo hago mi negocio; porque soy de opinión...
—¡Ave María purísima! compadeced al blasfemo—dijeron los contrabandistas persignándose y estremeciéndose de horror.
Muchos fervientes católicos hasta se buscaron sus cuchillos.
El gitano, que no concebía la causa de este retraso, reiteró la señal con el cigarrillo encendido.
—¡Cuánto tiempo perdido!—dijo el filósofo, y avanzó por el agua hasta poder ser oído de los de la tartana—: ¡Señor condenado, señor maldito!—gritó con aire burlón—, ¿ha olvidado usted que estas santas gentes no se acercarán si el reverendo, con su presencia, no tranquiliza las conciencias tímidas de estos corderos?—Y volvió a unirse a sus compañeros que le maldecían.
El gitano se golpeó la frente y dio un silbido.
—¡El hermano!—dijo a un negro que se mostró a la entrada de la escotilla.
El negro desapareció y volvió solo al cabo de un instante, haciendo un signo negativo con la cabeza.
—¡Pues bien, izadle!
El negro entonces, con una prontitud admirable, levantó una antena de la que ató una polea y una cuerda, descendió al sollado y tres minutos después se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse un momento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra al lado del condenado, que le desembarazó amablemente de las cuerdas y garfios de que había sido rodeado aquel nuevo Icaro.